Prólogo
Seis semanas antes
Bryden Frost llega tarde. Si no recoge a su hija, Clara, de la guardería en los próximos minutos, recibirá una amonestación y una multa por retraso. La multa le da igual, lo que quiere evitar es la amonestación. Sabe que, siendo las cinco de la tarde de un martes a finales de enero, en Albany, Nueva York —una ciudad de unos cien mil habitantes—, es normal encontrar tráfico, pero hoy está peor de lo habitual. Avanza unos metros y frena, avanza unos metros y frena. Mira de reojo el teléfono móvil, colocado en el portavasos, a su derecha, inquieta por si la llaman de la guardería. O le mandan un mensaje de texto. ¿Por qué mandan mensajes si saben que está en el coche, de camino?
Resopla detrás de un camión enorme que le bloquea la visión. ¿Qué demonios está pasando? Piensa en Clara, tan pequeña y adorable, la luz de su vida, esperándola en la guardería. ¿Será la única niña que quede por recoger? No, no puede ser. Parte del personal se queda un poco más de tiempo porque hay padres que salen de trabajar más tarde. ¿Será consciente con tres años de que su madre se ha retrasado? ¿Se sentirá triste, abandonada? ¿Le habrán puesto ya su pequeña chaqueta de pana rosa? ¿Se encogerá su corazoncito cuando vea que otros padres recogen con entusiasmo a sus hijos? ¿O estará distraída con alguna cuidadora amable, quizá Hilda, tan atenta y experta en prevenir cualquier disgusto antes de que ocurra? Esa mujer vale su peso en oro. Pero, si es Sandy la que está con ella, estará mirando el móvil, seguro, pensando en sus cosas, sin preocuparse por los sentimientos de Clara. Y Clara es tan sensible. Su niña orquídea.
—¡Por el amor de Dios! —murmura Bryden, exasperada por la demora. Son las 17.04 y tenía que recoger a Clara a las 17.00. Debería pedir trabajar desde casa más a menudo, así sería todo más fácil. Los coches empiezan a moverse de nuevo y ve una oportunidad de cambiarse al carril derecho. Pega un volantazo con la esperanza de adelantar al camión alto que tiene delante y recuperar algo de tiempo. Dentro de pocos metros hay un cruce y reza para que el semáforo no se ponga en rojo. Delante tiene un Tesla negro, muy elegante. Oye que le llega un mensaje y mira automáticamente el teléfono. Cuando ve en la pantalla el nombre «Guardería Dandylion», su cuerpo se proyecta hacia delante, el cinturón de seguridad la retiene con brusquedad y un ruido estridente y horrible resuena en sus oídos.
Pese a que solo iba a treinta por hora, siente el impacto, el sobresalto, el estruendo. Alza la mirada, incrédula, y se da cuenta de que ha chocado con el Tesla, que se había detenido ante el semáforo en ámbar. «¡Mierda!».
Se queda quieta un momento, aturdida, con ambas manos sobre el volante, con la mirada al frente, diciéndose a sí misma que no ha sido tan grave. Los airbags ni siquiera se han activado; ha sido más el ruido y el susto que otra cosa. El corazón le late con fuerza y se da cuenta de que respira de forma rápida y entrecortada. La persona a la que ha golpeado conduce un coche de lujo, está claro que hoy no es su día de suerte. Mientras piensa en todo esto, ve que un hombre alto, ataviado con un traje oscuro y un abrigo de lana abierto, sale lentamente del Tesla y cierra la puerta. La observa y sus miradas se cruzan a través del parabrisas. Luego avanza despacio hacia la parte trasera de su coche, en dirección a ella.
«Mierda, mierda, mierda». Aún no sabe si está enfadado o no. Lo que más le llama la atención, a medida que se acerca, es lo atractivo que es, parece un actor de cine. Bryden sale con torpeza de su coche, un Volvo viejo pero duro como un tanque: seguro que el parachoques trasero del Tesla está totalmente abollado. Los coches vuelven a circular y está a esto y nada de que la atropelle uno. Respira hondo y mira al hombre que tiene enfrente.
No da la impresión de que esté enfadado. Parece… cordial. Razonable. Gracias a Dios. En este momento se ve incapaz de lidiar con la rabia de otro conductor. Se mostrará conciliadora. Pagará lo que haga falta. Todo saldrá bien.
—Vaya —dice él. Y, por un momento, Bryden no tiene nada claro por dónde va a salir. Está demasiado impresionada por su aspecto. Es alto, bien proporcionado, elegante, lleva un traje y un abrigo caros. Tiene el pelo negro y espeso, los ojos azules y barba de un par de días. Se pregunta a qué se dedicará. Hay algo en él un tanto inquietante, como si en el fondo estuviese molesto pero intentara no demostrarlo. Claro que está molesto, piensa; su coche parecía recién salido del concesionario. Impoluto. El suyo, en cambio, tiene mugre acumulada a lo largo del mes. Y es probable que él también vaya con retraso a donde sea que se dirija.
Entonces sonríe y su rostro se transforma. Como si hubiese decidido dejar el incidente atrás, perdonarla, mostrarse encantador y no complicarle la vida. Ella se siente agradecida. Su marido, cuando vea la factura, igual no tanto.
—Lo siento muchísimo —dice nerviosa. Nunca había tenido un accidente de tráfico—. Iba a recoger a mi hija de la guardería y llego tarde —balbucea, intentando explicarse—, y me han enviado un mensaje y me he distraído… Lo siento, ha sido culpa mía, totalmente mía. —Cualquier esperanza de recoger a Clara a una hora razonable ya se ha desvanecido, por supuesto. Tiene que llamar a Dandylion y avisar de que ha tenido un percance con el coche. No pueden amonestarla por eso, ¿no?
Él sigue mirándola a los ojos y Bryden no puede evitar sonrojarse. Se aparta el pelo de la cara y, de repente, se siente un poco avergonzada. Se pregunta qué estará pensando él. Ahora es madre y a menudo olvida que los hombres suelen encontrarla atractiva. Sin saber muy bien por qué, mira de reojo su mano izquierda y ve una alianza de oro en el dedo anular. Eso la tranquiliza: no está flirteando, solo le presta atención.
—Vamos a ver los daños, ¿le parece? —dice él con naturalidad, y luego se da media vuelta para examinar la parte trasera de su coche. Se acuclilla y la examina.
El parachoques está abollado. Llama mucho la atención en un coche tan nuevo y reluciente, parece que lo acabase de comprar. Ella desea con todas sus fuerzas que no sea el caso. No recuerda la última vez que lavó el suyo, ni siquiera se molesta en comprobar si tiene daños; está pendiente de él, de cómo acaricia la superficie del parachoques. Hay algo casi tierno en el gesto. El hombre vuelve a mirarla y su sonrisa se ha esfumado. Luego mira el Volvo, y después a ella.
—El suyo parece estar bien —comenta—. El mío, en cambio…
Bryden agradece que no le grite ni la insulte por haberle destrozado la parte trasera de su vehículo.
—Lo siento mucho. ¿Cree que será muy cara la reparación? —Y entonces se siente tonta por haberle hecho esa pregunta. Claro que sí. Él pone cara de «me temo que bastante» y ella dice—: Disculpe, tengo que llamar a la guardería.
Se aleja un poco y llama a Gwen, la directora de Dandylion, para explicarle el motivo de su retraso. Le pide que le cobre por el tiempo extra y que, por favor, tranquilice a Clara, que le diga que todo está bien y que llegará en cuanto pueda.
—¿Le importa pedirle a Hilda que se lo diga, por favor? —añade.
—Por supuesto —responde Gwen.
Gwen sabe que a Bryden le gusta el modo en que Hilda interactúa con su hija; a todos los padres les gusta.
—Gracias —contesta Bryden con calidez, y vuelve a centrarse en el asunto que tiene entre manos. Él espera a que finalice la llamada.
—¿Quiere que lo tramitemos a través del seguro o por nuestra cuenta? —le pregunta.
Bryden no está segura.
—Pues ahora mismo no sé decirle, es la primera vez que tengo un accidente con el coche. No sé cómo funciona. Tendré que hablarlo con mi marido —responde.
—De acuerdo. Pues nos pasamos los datos entonces. —Intercambian sus números de teléfono y se facilitan el nombre, la dirección y los datos del seguro de cada uno—. Llevaré el coche mañana para que me den presupuesto —añade—. Después me pondré en contacto con usted para ver cómo lo hacemos.
—Vale, de acuerdo. Lo siento mucho —repite Bryden.
Él vuelve a esbozar esa sonrisa tan encantadora.
—Cosas que pasan —dice. A continuación, camina con elegancia hacia su abollado Tesla y se va.
Bryden se monta en su Volvo y conduce con más cuidado el resto del camino hasta la guardería, pensando en cuánto costará la reparación. No es el fin del mundo, pueden permitírselo, pero será un golpe al bolsillo. Seguidamente intenta apartar el pensamiento de su cabeza y centrarse en la alegría inminente de ver a su hija.
1
En la actualidad
Bryden anima a Clara a que se termine los Cheerios y el plátano. Debe prepararla para llevarla a la guardería. Hoy es martes y va a trabajar desde casa —un apartamento ubicado en el barrio residencial de Buckingham Lake— porque aquí tiene menos distracciones y le cunde más que en la oficina. Es contable en una empresa mediana y bastante prolífica situada en Pearl Street, en el centro de Albany, y no le ponen reparos a que teletrabaje.
Su marido, Sam, aparece en la cocina ya vestido para irse al trabajo, ajustándose una corbata de seda estampada. Le da un beso en la mejilla y se dirige a la cafetera. De espaldas a ella, mientras se sirve el café, le pregunta:
—¿Qué haces hoy? ¿Trabajas desde casa?
—Sí, te lo dije anoche, ¿no te acuerdas?
—Es verdad. —Se gira para mirarla y sonríe—. Además, llevas tu uniforme de teletrabajo.
Ella se ríe y se mira la sudadera y las mallas que lleva puestas.
—Es lo mejor de trabajar en casa, que no necesitas arreglarte.
Sam prepara unas tostadas y se las come sentado a la mesa de la cocina, junto a su hija, mientras le hace muecas para que se ría; Bryden, entretanto, se asegura de que Clara tenga todo listo para la guardería.
Sam es el primero en irse del apartamento. Trabaja como gestor de carteras en Kleinberg Wealth y hoy tiene una reunión a primera hora. Antes de que se vaya, Bryden coge a Clara y se dan un abrazo grupal en la entrada; luego, le da un beso a su marido antes de que se ponga el abrigo. Madre e hija le dicen adiós con la mano desde la puerta, lo ven caminar por el pasillo y entrar en el ascensor para bajar al garaje, donde está su coche. Tarda catorce minutos en llegar a su oficina, ubicada en el centro de Albany.
Poco después, Bryden entra en el ascensor con Clara, baja al garaje y abrocha a su hija en la sillita del Volvo para llevarla a la guardería.
Ese mismo día, a media tarde, Sam Frost se encuentra en una reunión con un cliente de alto perfil. Están sentados a una mesa larga, frente a unas ventanas de cristal con vistas panorámicas de la ciudad, cuando Connie le hace una señal a través de la pared de vidrio: quieren hablar con él por teléfono. Él niega con la cabeza. Si tiene el móvil apagado durante las reuniones es por algo. Pero ella insiste, le hace gestos y muecas, y a Sam no le queda más remedio que disculparse y salir.
—¿Qué es tan importante como para interrumpir la reunión?
—Es de la guardería de su hija.
—¿Está bien? —pregunta él enseguida.
—Sí, está bien, pero su mujer no ha pasado a recogerla.
Mira el reloj. Son las 17.30. Bryden siempre la recoge a las 17.00.
—¿En serio?
—Creo que debería atender la llamada.
La sigue hasta la recepción y coge el teléfono.
—Sam Frost —dice.
—Señor Frost, disculpe que lo moleste, pero Bryden no ha venido a recoger a Clara y no responde ni a las llamadas ni a los mensajes.
—Debe de estar en el coche, de camino —responde él—. ¿Podrían esperar un poco más?
—No nos vamos hasta las seis y media. Pero alguien tendrá que venir a por ella antes de esa hora.
Sam hace cálculos mentales.
—De acuerdo: si Bryden no llega antes de las seis, iré yo a por la niña. Me encuentro a pocos minutos de allí. Pero seguro que aparecerá en cualquier momento. Intentaré ponerme en contacto con ella.
—Gracias, señor Frost.
Cuelga. Connie lo mira.
—¿Todo bien? —pregunta.
—Seguro que sí —contesta Sam—. Algo la debe de haber retenido.
Le envía un mensaje: «¿Estás bien?». Observa el móvil unos segundos, pero no hay respuesta. La llama, pero salta el buzón de voz.
—Seguro que va al volante —le dice a Connie.
Regresa a la reunión, que termina poco después. Son las seis de la tarde y no ha logrado localizar a Bryden, así que llama a la guardería. Contesta Gwen, la directora.
—Íbamos a llamarlo, señor Frost. Bryden no ha llegado todavía. Espero que se encuentre bien.
—No sé qué le habrá pasado —dice Sam, permitiendo que la preocupación penetre en su voz—. Pero salgo para allá ahora mismo.
Mira a Connie, que sigue allí, expectante.
—Esto es muy raro. La he llamado y le he mandado mensajes, y en la guardería también lo han intentado, pero no responde. Ya debería haber llegado.
Por si acaso, llama de nuevo a Bryden mientras Connie lo observa. Nada, sin respuesta. Deja otro mensaje:
—Estoy muy preocupado, Bryden. Por favor, ponte en contacto conmigo. Voy a recoger a Clara.
Sam sale rápidamente de la oficina y conduce deprisa, tanto como se atreve, hasta llegar a la guardería, situada a medio camino entre el centro y su apartamento, en la zona noroeste de la pequeña ciudad de Albany. Lo primero que hace es abrazar a Clara y cubrir con besos las lágrimas de su rostro hasta arrancarle una sonrisa. Luego mira a Gwen, que se ha quedado esperándolo.
—Lo siento, no sé qué le habrá pasado a Bryden. Seguro que hay una explicación. —Nunca había ocurrido algo así. Deja a su hija en el suelo y la coge de la mano—. Vamos a buscar a mamá, ¿vale?
Salen de la guardería como si no pasara nada. Es importante actuar con normalidad delante de su hija, piensa, aunque esto no tenga nada de normal.
Entran en el garaje y lo primero que ve Sam es el coche de su mujer, en su sitio habitual. Aparca en la plaza de al lado.
—Mira, el coche de mamá está aquí —le dice a Clara. Su voz suena falsa, con un optimismo impostado.
Baja del coche y echa un vistazo por las ventanillas del Volvo, pero está vacío. Luego ayuda a Clara a salir de la sillita.
Se montan en el ascensor del sótano 1B y suben al octavo piso. Las puertas se abren, Sam avanza por el pasillo silencioso de la mano de su hija. La moqueta amortigua el ruido de sus pasos; siente el golpeteo de su propio corazón.
Al abrir la puerta, ve el bolso de Bryden encima de la mesita del recibidor, bajo el espejo. Todo parece normal, como siempre. Llama a su mujer mientras cierra la puerta.
—¿Bryden?
Ninguna respuesta.
El recibidor y el pequeño pasillo conducen al salón, un espacio amplio y abierto. A la izquierda está el comedor y, sobre la mesa, donde ella suele trabajar cuando se queda en casa, se encuentra su portátil, abierto. Y el móvil, al lado. Sam hace una búsqueda rápida por todas las habitaciones, mientras Clara, de tres años, lo sigue como un cachorrillo nervioso. Mira en la cocina, luego revisa el dormitorio principal y el baño en suite, después la habitación de Clara, el estudio, el otro baño. Todo parece estar en su sitio, tal como debería. El apartamento está ordenado, como de costumbre. Pero no hay rastro de Bryden. Vuelve apresurado al comedor. El portátil de su mujer está encendido, pero en modo de reposo. Como si hubiese salido con la intención de volver enseguida.
Luego revisa el apartamento de nuevo, pero esta vez con más cuidado. No hay ninguna nota en el frigorífico ni en ningún otro sitio. Clara empieza a darse cuenta de que algo va mal de verdad.
—¿Dónde está mamá? —pregunta. El labio inferior le tiembla, está a punto de echarse a llorar.
—No lo sé, cariño, pero ya verás como vuelve pronto. Seguro que tenía una cita y a mí se me olvidó que debía ir yo a recogerte. Papi tonto. La encontraremos, te lo prometo.
Levanta a la niña en brazos, sale de casa y llama al apartamento 808, dos puertas más allá de la suya. Se da cuenta de que casi la está aporreando y se obliga a calmarse.
Angela Romano abre con cara de sorpresa. Los observa durante un instante: él con Clara en brazos, el gesto de preocupación.
—Sam, ¿qué pasa?
—¿Sabes dónde está Bryden? —pregunta él directamente.
—No, he llegado a casa hace una hora. No la he visto.
—No ha ido a recoger a Clara a la guardería y tampoco está en casa. No sé dónde puede estar.
Clara empieza a llorar.
Ahora Angela se muestra preocupada. De forma instintiva, extiende los brazos hacia la niña y la coge.
—Clara, ¿quieres saludar a Savanah? Está en el salón.
La deja en el suelo y le da una palmadita en el culete para que vaya con su hija, que también es su mejor amiga. Clara y Bryden pasan mucho tiempo con Angela y su hija.
Una vez que Clara se va, Sam no tiene que seguir fingiendo que todo está bien.
—Se ha dejado el bolso y el móvil en la casa, y su coche está en el garaje —dice Sam. Angela mira el reloj. Sam sabe que son casi las seis y media—. Se suponía que tenía que recoger a Clara a las cinco. ¿Dónde coño se ha metido?
—No lo sé —responde Angela en voz baja pero tensa—. Déjame a Clara un rato. Y envíame un mensaje cuando la encuentres, ¿vale? Mantenme informada de todo.
Sam nota que su vecina está intentando mantener la calma por él, pero es obvio que también está preocupada.
—De acuerdo. Gracias.
Vuelve a toda prisa a su apartamento y llama a la hermana de Bryden, Lizzie, que vive en el centro, no muy lejos de ellos.
—¿Qué? —dice Lizzie cuando se lo cuenta.
—¿Has hablado hoy con Bryden? —pregunta Sam.
—No, ¿y tú? ¿Cuándo hablaste con ella por última vez?
—Esta mañana, cuando me fui a trabajar. Su móvil está aquí y el bolso también, pero ella no. —Está ansioso y se le nota en la voz mientras camina de un lado a otro por el apartamento. En el comedor, mientras habla con Lizzie, coge el móvil de Bryden y revisa rápidamente los últimos mensajes. Sabe su contraseña y ella la suya. Ve los de la guardería y los suyos propios: no ha respondido a ninguno. No hay nada que le dé pistas acerca de adónde puede haber ido—. ¿Qué hago?
—¿Le has preguntado a Paige? —pregunta Lizzie—. Igual sabe algo. Llámame en cuanto hables con ella, ¿vale?
Lizzie cuelga. Sam llama a Paige Mason, la mejor amiga de Bryden; salta el buzón de voz, así que le envía un mensaje de texto: «¿Está Bryden contigo?». No recibe ninguna respuesta inmediata y llama de nuevo a Lizzie.
—No me cabe en la cabeza que no fuera a por Clara, algo grave ha tenido que pasar —dice Lizzie, inquieta.
Sam traga saliva.
—Lo sé.
—Creo que deberías llamar a la policía.
—Sí, voy a llamarla ahora mismo.
—Está bien. Voy para allá.
—Sí, por favor, ven —responde Sam.
2
La inspectora Jayne Salter, del Departamento de Policía de Albany, está cenando en su apartamento, cerca de Washington Park, cuando recibe la llamada. Levanta el móvil de la mesa y, por encima de la llama titilante de una vela, lanza una mirada de disculpa al hombre sentado frente a ella, traga el trozo de comida que tiene en la boca y dice:
—Jayne Salter.
—Disculpe que la moleste, inspectora, pero acabamos de recibir el aviso de una mujer desaparecida. No fue a recoger a su hija de la guardería. El marido fue quien nos llamó. Ya hay patrullas de camino a la vivienda.
Jayne mira el reloj. Son las 18.51.
—Voy para allá ahora mismo. ¿Cuál es la dirección?
—Es un edificio de apartamentos: Constitution Drive, apartamento 804. En Buckingham Lake.
Anota la dirección y cuelga. Observa a su novio, Michael Fraser, que ha dejado de comer y ha depositado el cuchillo y el tenedor sobre la mesa. La observa con desánimo. Es 7 de marzo, el primer aniversario de su primera cita, y él quería que fuese algo especial. Le ha preparado su plato favorito, linguine con marisco, y ha comprado champán. Ella apenas ha bebido media copa, por lo que supone que está en condiciones de conducir.
Entonces se da cuenta de que ha vuelto a hacerlo, dar prioridad al trabajo. Tendría que haber pensado primero en Michael, en todo el esfuerzo que ha hecho. Pero luego duda. ¿Seguro? ¿Debería preocuparle más la posible decepción de su novio que encontrar a una mujer desaparecida? Se da cuenta de que ya está a la defensiva, porque sabe que a él no le agrada la idea de que se tenga que ir. Bueno, cuando la conoció ya sabía a lo que se dedicaba.
Se levanta de la mesa. Él también se pone en pie.
—Lo siento muchísimo, Michael, sabes que lo siento. Pero hay una mujer desaparecida. Una mujer con una hija.
Él asiente, resignado, y se despide de ella con un beso.
Jayne va a por el abrigo y el bolso.
—Termina tú de comer, yo me caliento el plato cuando vuelva. —Y añade—: Intentaré no llegar muy tarde.
—Ajá —responde él con una sonrisa compungida—. Nada, cenaré viendo Netflix, seguro que hay algo bueno.
Menos de diez minutos después, Jayne llega a la dirección indicada. Un coche patrulla está estacionado en la calle, frente al edificio; ella aparca detrás. Es un inmueble grande, lujoso, de color arenisca, de unas diez o doce plantas, y la mayoría de las viviendas parecen tener balcón. Un camino semicircular permite el acceso desde la calle hasta la entrada. La puerta principal es bastante elegante, con un arco sobre el que puede leerse: CONSTITUTION DRIVE 100. Es un edificio atractivo, ubicado en un buen barrio. Jayne entra por las puertas de cristal y enseguida repara en la conserjería, que se encuentra a la izquierda; el joven detrás del mostrador parece aburrido y ni siquiera levanta la vista. Los suelos relucen y el interior se ve bien cuidado. Los ascensores se hallan a la derecha. Se acerca al mostrador y enseña su placa.
—¿Está el administrador del edificio? —pregunta.
El joven mira la placa, alarmado, y responde:
—No.
—Llámelo, por favor, es urgente.
—Sí, señora.
Mientras el joven busca el teléfono, ella se aparta del mostrador, cruza el vestíbulo y coge el ascensor hasta el octavo piso. Alza la vista para ver si hay cámaras, pero parece que no es el caso. El ascensor hace ding al llegar arriba. Las puertas se abren y enfila el pasillo; la moqueta amortigua sus pisadas. Saluda a una agente uniformada que está en la puerta del 804 y entra en el apartamento. Lo primero que salta a la vista es su amplitud. Está decorado en tonos claros y neutros; desde la entrada se alcanza a ver el salón, cubierto por una elegante moqueta beis. Un hombre y una mujer aguardan sentados en un sofá grande y cómodo; al advertir su presencia, alzan la mirada. Los acompaña el oficial Hernandez, que se acerca a ella cuando la ve y le dice en voz baja:
—Acabamos de llegar. El marido se encuentra bastante alterado. La hermana de la desaparecida también está aquí.
Jayne se adentra en el salón y se sienta. Hernandez permanece de pie, a su lado.
—Soy la inspectora Jayne Salter —se presenta.
Examina al hombre que tiene frente a ella: está sentado con las rodillas separadas y los dedos de las manos fuertemente entrelazados. El marido. Sabe que, cuando una mujer desaparece, muchas veces es él el responsable de una manera u otra, pero intenta no ser prejuiciosa al respecto. Parece angustiado. Es atractivo y viste de manera formal, aunque con un toque algo desaliñado: se ha aflojado el cuello de la camisa y se ha quitado la chaqueta —que descansa, junto a una corbata roja, sobre el brazo del sofá—, y es evidente que no ha dejado de pasarse los dedos por el pelo. Nota que le tiemblan un poco las manos; por eso las mantiene entrelazadas, para que no se note. La mujer sentada al lado no tiene ningún rasgo especialmente llamativo: menuda, de cabello castaño intermedio, media melena por encima de los hombros. Sus ojos azules están en alerta.
—Soy Sam Frost —dice el hombre—, el marido de Bryden.
—Y yo su hermana, Lizzie Houser —añade ella.
—Haremos todo lo posible por encontrarla —dice Jayne, inclinándose hacia delante. Dirige la mirada a Sam—. ¿En qué momento se dio cuenta de que su mujer había desaparecido?
Traga saliva, nervioso.
—Me llamaron de la guardería. Bryden no había ido a recoger a Clara. Serían las cinco y media. Normalmente la recoge a las cinco. Llevaban un rato llamándola y enviándole mensajes. Yo también intenté llamarla, pero tampoco tuve suerte, así que recogí a la niña y llegué a casa hacia las seis y media. Dejé a Clara con una vecina y llamé a la policía. El móvil de Bryden está aquí, en la mesa del comedor. Y el bolso también. Ella nunca sale de casa sin el bolso ni el teléfono.
—¿Y su coche?
—Está abajo, en el garaje.
—De acuerdo. Discúlpeme un momento —le dice a Sam.
Jayne cruza el salón, entra en la cocina y llama al inspector Tom Kilgour, que ya está al tanto de la situación y va de camino a la comisaría.
—Necesito que envíes un dispositivo al número 100 de Constitution Drive para hacer un registro completo de todo el edificio.
—Entendido —responde Kilgour.
—Es un edificio de apartamentos. El coche de la desaparecida sigue en el garaje; se dejó el teléfono y el bolso en casa, así que podría seguir aquí. Que revisen todas las zonas comunes: gimnasio, trasteros, garajes, azotea, todo.
—Igual se ha desmayado en algún sitio o se ha caído por las escaleras —sugiere Kilgour.
—Es posible. Si no aparece en ninguna zona común, tendremos que ir puerta por puerta preguntando si alguien la ha visto. Ahora te envío una descripción completa y una foto.
—Perfecto, te aviso en cuanto lleguemos.
—Cuando estés aquí, tenemos que hablar con el administrador de la propiedad. Viene de camino. Necesitamos acceso a todas las grabaciones de las cámaras de seguridad que haya dentro y fuera del edificio.
La inspectora termina la llamada y regresa al salón. Se sienta de nuevo frente al hombre nervioso del sofá.
—Hábleme de su mujer, Sam.
—Es una madre excelente, muy responsable. Nunca se iría sin más, jamás abandonaría a Clara.
—¿Trabaja en algún sitio?
—Sí, es contable en Rolf y Weiner. Pero justo hoy trabajaba desde casa.
—¿Tiene algún problema de salud física? ¿Epilepsia, diabetes, algo así?
—No.
—¿Algún problema de salud mental?
—No, ninguno.
—¿Podría haber ido a algún sitio dentro del edificio? ¿A la lavandería, el gimnasio?
—Tenemos lavadora y secadora en casa, y ella no usa el gimnasio. Podría haber ido al garaje. También va mucho a casa de nuestra vecina Angela, pero estuve con ella antes de llamarles y tampoco la había visto. Clara, nuestra hija, está ahora con ella. Tiene tres años. —Su voz se quiebra.
—¿En qué apartamento vive Angela? —pregunta Jayne.
—En el 808. Ah —recuerda Sam de pronto—, y también va a veces al trastero… Estos últimos días ha estado bajando cosas allí.
Jayne asiente con la cabeza.
—Lo revisaremos. ¿Sabe si ha tenido algún problema últimamente?
—No —responde Sam. Su cuñada niega con la cabeza.
—¿Ha notado algún cambio reciente en su estado de ánimo o en su comportamiento?
—No.
—¿Problemas económicos?
—No.
—¿Y entre ustedes dos, en el matrimonio, están pasando por una mala racha?
—En absoluto —niega Sam con firmeza—. Somos muy felices. —Se inclina hacia delante en el asiento—. Por favor, tiene que encontrarla. Temo que le haya pasado algo.
—Esto no es nada propio de ella —coincide Lizzie, un poco agitada.
Jayne observa que está muy tensa. Ambos lo están, pero es normal.
—¿Cuándo fue la última vez que habló con su mujer, Sam?
—Esta mañana, antes de irme a trabajar, sobre las ocho. Me fui un poco antes porque tenía una reunión a primera hora. Como le he dicho, Bryden trabajaba hoy desde casa, pero antes debió de llevar a Clara a la guardería, a las nueve más o menos.
—Entiendo. ¿Y no ha recibido noticias de ella en todo el día? ¿Ningún mensaje ni nada?
—No.
—¿Suelen hablar o enviarse mensajes durante el día? —pregunta Jayne.
—A veces. Bueno, casi todos los días. Pero yo sabía que hoy tenía mucho trabajo, por eso se quedó en casa, y no quería que la interrumpieran, así que no me extrañó no saber nada de ella.
La inspectora mira a Lizzie.
—¿Y usted? ¿No ha tenido ningún contacto con ella a lo largo del día?
—No.
—Bien. Necesitamos una foto reciente de Bryden y una descripción completa, incluida la ropa que llevaba la última vez que la vio esta mañana. ¿Puede ayudarme con eso?
Sam asiente.
—Mide un metro sesenta, pesa unos cincuenta y cuatro kilos. Tiene treinta y cinco años. Pelo rubio hasta los hombros, ojos verdes. Esta mañana llevaba unas mallas negras y una sudadera gris, y el pelo recogido en una coleta.
Mientras Sam busca fotos en el móvil, Jayne observa cómo Hernandez toma nota de todos los datos.
—Si no aparece en el edificio, necesitaremos llevarnos el móvil y el portátil. ¿Ha notado algo raro en el apartamento, algo que falte?
—No, nada.
—¿Está completamente seguro?
—Sí, lo he revisado todo.
—¿La puerta estaba cerrada con llave cuando llegó a casa?
Sam parece confundido por un momento.
—Hum, he entrado con mi llave, como siempre, pero no recuerdo si estaba la cerradura echada. Solo recuerdo que metí la llave y entré.
—¿Le importa si echo un vistazo? —pregunta Jayne.
—No, en absoluto.
Jayne se pone en pie y le pide a Hernandez que envíe de inmediato la descripción y la foto al equipo. Luego mira Sam y le advierte:
—Si no la encontramos pronto, necesitaremos toda la información bancaria para comprobar si ha accedido a sus cuentas recientemente.
—No se ha fugado, si es eso lo que insinúa —dice Sam con brusquedad.
No se molesta en responderle. Sabe que a veces la gente se fuga. De hecho, pasa continuamente: gente que llega al límite y decide romper con todo, o lo va planeando poco a poco, de forma meticulosa. Jayne no sabe nada de esa mujer ni de su familia. Todo parece estar bien, pero eso no significa que lo esté. Si su intención era irse y empezar de cero, podría haber dejado el bolso y el teléfono a propósito.
También es posible que se haya caído en algún lugar del edificio y se haya dado un golpe en la cabeza. O algo peor, como que la hayan sacado del apartamento contra su voluntad o que su marido la haya asesinado. Es posible que esta sea la escena de un crimen. Lleva al oficial Hernandez a un aparte y le dice en voz baja:
—Proceda como si el apartamento fuera la escena de un crimen. Nadie más debe acceder sin mi autorización, y asegúrese de que todos los presentes queden registrados.
3
Lizzie observa todo lo que pasa en el apartamento de su hermana con atención: el agente uniformado, la inspectora echando un vistazo, su cuñado. Sam parece inquieto. Menos mal que Clara se encuentra en casa de Angela y no está presenciando nada de esto. Piensa que debería ir a ver a su sobrina, pero no quiere salir por si ocurriese algo importante, por si hubiera alguna novedad.
No quiere perderse nada. Sabe que algo le ha pasado a Bryden: ella nunca abandonaría a su familia. Siente como si una corriente eléctrica le recorriese el cuerpo, como si fuera un diapasón humano que no deja de vibrar. Pero no cree que nadie se haya percatado. Es enfermera, sabe manejarse en situaciones complicadas. Su trabajo consiste en hacer que los demás mantengan la calma y en controlar sus propias emociones siempre que sea necesario. Está acostumbrada.
Ya ha hecho lo más difícil: llamar a sus padres, que viven en Tampa, Florida. Su madre se puso histérica y su padre se quedó tan sorprendido que apenas dijo nada. Todos saben que Bryden no dejaría de ir a recoger a su hija…, a menos que algo se lo impidiese. Le han dicho que tomarían el primer vuelo a Albany. Se quedarán con Lizzie, en su apartamento de Center Square, no muy lejos del de Bryden y Sam, a escasos diez minutos en coche. Lizzie intentó tranquilizarlos, pero sus palabras sonaron poco convincentes. Esto no es nada propio de Bryden.
Jayne baja al vestíbulo y se reúne con Kilgour y el equipo de búsqueda. Tom Kilgour, que ronda los treinta y pocos, es algo más joven que ella. Alto y de hombros anchos,
