Un soldado siempre está solo

Nicolás Gueilburt

Fragmento

I

I

El auto se detuvo, abrieron la puerta y Burgos atravesó un cordón policial que lo protegió de curiosos y fotógrafos que deambulaban en las inmediaciones. Subió al auto. Cerró los ojos. Sintió el golpe sordo del portazo y se imaginó tirado en una playa tropical de cara al sol. A su lado, Ana bronceándose de espaldas con los breteles del bikini bajos, Juan saltando las olas de la última rompiente y una brisa fresca y suave soplando sobre la costa. De golpe, cambia el viento, las nubes se ponen negras, las gaviotas se espantan, las madres gritan con el agua hasta los tobillos para que los chicos salgan del mar; vuelan lonas y sombrillas y él, que se ha incorporado de la reposera, la camisa hawaiana embolsada por el viento, no puede dar crédito a lo que ve: un tsunami acercándose directo hacia ellos. Entonces, abrió los ojos.

El patrullero que lo trasladaba se hacía camino entre una multitud de fanáticos agolpada, mientras adentro el silencio era absoluto.

Estaban locos, o por lo menos, alienados. Y no habían llegado hasta ahí para pedirle ayuda psiquiátrica. El imperativo era ganar. La frustración, una fuerza viva que arrasaba con todo; un apetito voraz hecho de gritos que invadían su centro.

Alrededor, por lo cerrado de la noche, las caras parecían invisibles. Se escuchaban como una música pesada los insultos desesperados y los golpes secos en los cristales, patadas que sacudían toda la estructura.

El policía lo miró por el espejo y chistó.

—Qué quilombo que armaste. Ustedes con un silbato son más peligros que un francotirador —le dijo.

—Si no estábamos nosotros, te mataban —dijo el que viajaba a su lado.

Él había olvidado los botines en el vestuario y mantenía la mirada en los mocasines lustrosos y brillantes. Temía el contacto visual con el exterior.

Con su bolso Adidas al hombro caminó bajo custodia por los pasillos ruinosos y, en la antesala de la oficina del comisario, se sentó un momento a esperar que lo llamasen. No necesitó cerrar los ojos para que las imágenes de lo sucedido apenas unas horas antes golpearan su mente con la fuerza repentina de un rayo.

En las tribunas habían tirado una bomba de estruendo. Por un momento, las jóvenes caras de los jugadores se le confundieron con las de sus compañeros del Regimiento de Infantería 7. Sintió un hormigueo en las piernas y pensó que iba a desmayarse; después, un incesante sube y baja de palpitantes emociones que aún persistían.

En ese estado, la noche del viernes 28 de mayo de 2010, Ciro Burgos declaró en la comisaría 7ª de Avellaneda.

—Usted no es ni un ladrón, ni un asesino, ¿o me equivoco? —diría más tarde el comisario Costas.

—Sólo soy un árbitro de fútbol —respondió él.

—Le voy a decir algo que nadie se anima a decir en este país: a los que impartimos justicia nos tratan como a una pelota de mierda. Porque, vamos a ser sinceros, si nosotros no lo sacamos de la cancha, usted no sale vivo. ¿O miento?

—Yo se lo dije, comisario —corroboró el policía que lo había custodiado.

Burgos se encogió de hombros y firmó el informe que el secretario del comisario terminó de tipear en una computadora de escritorio e imprimió ahí, en el momento.

—¿Algo más para declarar? —preguntó Costas.

Burgos negó con la cabeza.

—El agente lo va a acompañar a su casa. No sea que a algún fanático se le dé por hacerse el héroe.

Burgos asintió, quería salir cuanto antes.

—Quiero darme un baño y olvidarme de todo, nada más —dijo.

En verdad, se había duchado en el vestuario; sin embargo, apenas pisó la calle tuvo una idea fija: meterse de nuevo bajo la ducha y dejar de oír los gritos de la gente.

A primera hora del lunes Burgos corría cuando lo llamaron a la oficina. Cruzó la cancha de entrenamiento con la campera deportiva a medio abrir y, subiéndose el cierre para no enfermarse, porque estaba transpirado, entró en un edificio de ladrillos gastados.

Lo golpeó un intenso olor a meo, así que se pasó la mano por la frente y después se cubrió la nariz para sentir su propio sudor, y apuró el paso por un pasillo largo; las paredes tenían la pintura descascarada y en el techo se veían manchas de humedad y grietas. Pasó a una oficina de paredes blancas y piso de cerámicos.

Debajo del escudo de la Asociación Argentina de Árbitros, parado detrás de una mesa de fórmica, lo esperaba Olivares, exárbitro internacional y actual veedor de la Asociación. Era un gordo de cara redonda y piel muy blanca que siempre andaba apurado, tenía la papada inflamada, casi un doble mentón y una nariz ancha llena de pelos que sobresalían duros con un goteo incesante por un resfrío espantoso.

Saludó a Burgos estrechándole la mano, tenía las uñas largas.

—Vení, pasá, cerrá la puerta, se rompieron los caños, desbordaron los baños, es un quilombo.

Lo palmeó en el hombro y lo invitó a sentarse.

Pensaba en cómo había llegado a ser primero juez principal y después funcionario un tipo como Olivares, cuando este tomó el control remoto y le dio play a un reproductor de DVD sobre un mueble de caña seca, ya sin barniz.

Juntos repasaron el compilado de las jugadas que el comité había editado con su actuación en la última fecha: cobrando mal una posición adelantada / desconcertado lejos de una jugada / protegido de piedras y botellas por el escudo de un policía rumbo a la manga en el entretiempo / agitado, siguiendo el juego / aturdido por la bomba de estruendo / finalmente: transpirado, a la espera de un córner, en el preciso instante en que movía los labios y cantaba.

—Qué cagada, ¿no? —dijo Olivares, y puso pausa congelándolo en la pantalla.

—No sé qué me pasó. Me salió todo mal —dijo Burgos.

—Todo no, Ciro. Pero este primer plano cantando la canción no te ayuda —Olivares lo miró atento—. Quieren que descanses...

—Necesito la plata.

—Los del comité no quieren saber nada —Olivares suspiró—. Vos sabés que sos como un hijo para mí, pero mucho no puedo hacer.

—Ese camarógrafo de mierda... —se lamentó él.

—Dejame ver, pero no te prometo nada.

Caminaba Burgos en silencio hacia la puerta de salida cuando Olivares lo detuvo.

—Dame un minuto, ahora vuelvo.

Burgos se quedó mirando la pantalla: se le veían hasta los pelos de las orejas. Pero había algo más, algo en sus ojos que no reconocía. Prefirió mirar por la ventana.

Afuera el sol se fragmentaba en haces de luz que se filtraban a través de las nubes. Sus compañeros continuaban dando vueltas a la cancha. Olivares caminaba y gesticulaba efusivo, seguramente hablando por teléfono con alguno de los que manejaba el comité.

A los pocos minutos regresó y le dijo que traía buenas noticias.

Caminaron un rato en silencio. Primero por un sendero de ciruelos pintados de cal hasta la mitad del tronco para evitar que las hormigas se subieran a la copa. Cada tanto Olivares se frenaba, respiraba hondo, se masajeaba el abdomen y retomaba el paso. Después bordearon la cancha pegados al alambrado. Más allá, Burgos divisó una calle cubierta de barro, el humo de la quema, los descampados, un carro tirado a caballo, la subida y la bajada a la autopista, los autos que pasaban rápido; al final la torre de Interama.

—En la AFA están buscando un juez internacional para una final regional —le dijo Olivares al fin—. Les hablé de vos. La gente de allá, de Rosario, dijo que no hay problema, te quieren…

Burgos se sorprendió.

—¿Liga del interior?

—Sí. Dos partidos, ida y vuelta. Hay buena plata.

—Es un quilombo… ahí pasa de todo.

—Yo después te consigo algo. No te digo un clásico, pero algo en Primera. De a poco te voy a ir metiendo de nuevo...

Sin darle tiempo a responder ni a pensar siquiera, Olivares agregó:

—Te va a venir bien, desaparecés un poco, cambiás de aire.

Burgos miró a unos teros. Sus compañeros elongaban cerca de la zona de vestuarios. Una nube ocultó el sol. Sintió frío.

—¿Puedo elegir a mis asistentes?

—A uno. Al otro lo pone la Asociación —dijo Olivares, y siguieron caminando.

Burgos eligió a Trejo, era buen lineman, amigo leal y valiente. Había sido su compañero en Malvinas y le había salvado la vida. Sabía que, llegada la ocasión, le haría frente a cualquiera. Era todo lo que necesitaba para esta aventura.

2

Durante tres días vivió sumergido en un mundo silencioso. Buscaba películas en el cable, veía Los Soprano en DVD, dormía largas siestas. Por las noches, se quedaba pensando en su infancia, fumando con el cenicero sobre el pecho, mientras acariciaba a Carmela, su gata mitad blanca, mitad colorada. Pero por más que intentara evadirse, no podía dejar de pensar en los periodistas deportivos. Seguramente, en sus programas radiales o televisivos, a la mañana, tarde, noche o de madrugada, estarían estrujando su alma en vivo y en directo.

Por momentos sentía el pecho oprimido, taquicardia, falta de aire, temía desmayarse. Lo más terrible era que hasta sus parientes y amigos hablarían de lo sucedido en Avellaneda. ¿Cómo estaría Juan? Por suerte el fútbol casi no le interesaba y nunca miraba un partido que él dirigiera, así se lo había pedido a Ana, así era mejor.

Trató de hacer memoria. Repasó la noche completa, jugada por jugada, hasta el momento en que empezó a mover los labios y cantó la canción de la hinchada. Terminaba de lavar los platos cuando sonó el timbre. Se secó las manos en el pantalón del pijama y atendió el portero, pero no había nadie. “Cada día te quiero más”, susurró, y volvió a pensar en Juan, en sus compañeros de escuela, en que tenía que ir a verlo.

Esa noche, Burgos se despertó transpirado. La gata bebía el agua de un vaso en la mesa de luz, como si estuviera en medio de una travesía, en procura de su presa o perseguida por algún espectro: un terror atávico, que Burgos presintió en la penumbra, en ese primer instante de conciencia donde todo es difuso. Sin importarle la hora se levantó de la cama. En pijama, con una taza de café y un cigarrillo humeando entre los dedos, le grabó un mensaje a Trejo: debían mirar los partidos de la liga rosarina, analizar la estrategia de los dos equipos y sus jugadores. Dejó el teléfono y se acercó a la ventana. Pesadísima la lluvia caía del cielo, depositándose en las calles y haciéndolas líquidas. Al mirarlas fluir como ríos, Burgos sintió con potencia arrolladora el paso del tiempo; desde su divorcio, apenas un año atrás, este corría cada vez más veloz y, como una cascada, se llevaba los días puesto, uno tras otro. Bastaba con cerrar y abrir los ojos, y ya saldría el sol para iluminar la ciudad llena de ruidos que aumentarían hasta caer la noche.

En el patio del gimnasio, con el transcurso de la tarde, volvió a emerger la sombra del miedo. Entre tanta gente, Burgos se sentía otra vez pequeño y solo. Discretamente, se había ido mezclando entre padres y madres impacientes, y ahora evitaba siquiera levantar los ojos del piso para pasar desapercibido. Igual, si lo atacaban, como solía suceder en lugares públicos después de una actuación polémica, él encontraría una excusa para justificar sus propios errores. Pero en el fondo, sabía que la verdad era otra: estaba ya, era evidente, viejo para el oficio. Las heridas de sus pies habían empeorado, su atención se dispersaba, le costaba seguir el partido, cambiarse en el vestuario, ir a entrenar; se había metido en una coraza de la que ahora no sabía cómo escapar.

Se sacudió porque alguien le tocaba un brazo. Salió despacio de sus pensamientos y se encontró en el gimnasio, turbado por el incesante murmullo del lugar.

La voz de otro padre, Toshiro, lo devolvió a la realidad.

—¿Vos, Ciro? ¿Qué querés?

—Yo estoy bien, gracias —respondió mecánicamente.

—Para mí dos, con doble ración de mostaza—le dijo Toshiro a su esposa, una mujer delgada y de pelo corto, atractiva y misteriosa como una sirena, que le sonrió y se dirigió hacia la mesa de tablones y caballetes donde vendían hamburguesas y choripanes.

Toshiro la siguió con la mirada, después, metió la mano en el bolsillo de la chomba, sacó un paquete de Benson 100s y le ofreció a Burgos, pero él declinó. Olivares le había dicho que tenía que hacer buena letra, bajo perfil, no podía fumar en público, su cabeza estaba en la guillotina.

—¿Dónde te toca este fin de semana? —preguntó Toshiro, largando el humo, frunciendo el entrecejo, con una mirada que parecía decir: “Ya sé la cagada que te mandaste”.

—Rosario... —respondió Burgos, esperando ahora una agresión directa.

Pero Toshiro asintió satisfecho, con el cigarrillo entre los labios y una sonrisa cómplice. Era robusto, tenía panza, la cabeza afeitada, los ojos rasgados, cejas peludas y un bigote en punta que terminaba a la altura de la pera. Sabía, porque se lo había dicho en alguna otra conversación, que su padre era japonés y su madre italiana, que de joven había sido cantante de rock y que ahora tenía un centro de meditación en las sierras de Córdoba y era maestro de budismo zen.

—Nosotros volvimos de Porto de Galinhas esta semana —dijo entonces Toshiro cambiando de tema—. El lugar, maravilloso. El clima, como siempre en Brasil: a la mañana sol, a la tarde lluvia tropical. Camarão à milanesa y caipiriña, todo el tiempo.

—El paraíso —agregó Burgos, fingiendo entusiasmo.

Toshiro asintió:

—Tiene dos zonas distintas de playas.

Su mirada se desvió, se refregó los ojos; a Burgos le dio desconfianza.

—A mi mujer y a los chicos le gustan las playas con olas para barrenar, pero son ventosas y de agua fría —continuó—: Yo prefiero el mar calmo, hago la plancha, tomo algo, leo y me relajo.

Hizo una pausa, largó el humo con violencia, pareció de pronto enojado.

—¿Vos, Ciro, a cuál hubieras ido? —preguntó.

Burgos pensó un momento antes de responder.

—Un día a cada una… —dijo finalmente.

Después dudó y se corrigió.

—O, a la mañana a una y a la tarde a otra.

Toshiro sentenció:

—Mal hecho. Vos tenés que hacer lo que querés. No importa lo que quieran los demás. Primero estás vos.

Burgos lo miró con sorpresa, como si nunca hubiera considerado esa perspectiva. La idea de priorizar sus deseos sobre las expectativas de los demás lo hizo reflexionar. Pero ¿era esa la enseñanza?, ¿qué le quería decir?, ¿por qué no le hablaba del cielo y de la tierra, de las nubes y el río, del sueño y de las almas? Se perdió en sus pensamientos. Entonces la sirena regresó con un vaso de Fernet con Coca-Cola y dos hamburguesas para su marido. Toshiro levantó el pan y al ver la mostaza desparramada sobre la carne, arqueó una ceja, después apretó los panes y, de un mordisco, se comió media.

Lo primero que le impresionó cuando entró al gimnasio fue el perfume de los inciensos mezclándose con el humo de la parrilla. Entre tibios aplausos, los competidores subían en fila al dojo. Burgos reconoció rápido a Juan; debajo de un kimono blanco, con un cinturón azul amarrado a la cintura. Quiso gritarle, pero se contuvo. Toshiro, en cambio, que había entrado detrás suyo, cuando vio a su hijo con el cinturón rojo, soltó un grito, chifló y con un cigarrillo entre los dedos se pegó al dojo.

Debido a su gran altura, Burgos descubrió entre el público a Ana y a su novio, un tipo flaco, de pelo platinado, que le lanzó una mirada fugaz y piadosa.

Se acercó a ellos.

—Debe ser difícil para vos, Ciro —dijo Ana, poniéndole una mano en el hombro—. Digo, estar acá hoy entre tanta gente.

Parecía alegre y cariñosa, con el vestido de lino marrón que destacaba sus piernas. Por un instante, Burgos vio a la chica que alguna vez había ocultado de sus ojos a todas las demás.

—¿Cómo está Juan?, ¿dijo algo? —preguntó, ansioso.

Ana respondió con resignación:

—Ya sabés, no mira fútbol…, pero algo vio.

Burgos pretendió mantener la compostura, pero instintivamente encorvó su espalda.

—¿Te contó él? —dijo con urgencia.

Ana negó mirando fijamente a Juan. El combate había comenzado.

—No hizo falta —respondió—. Encontré un portal de noticias deportivas abierto en su computadora.

Burgos respiró hondo. ¿Algún día, Ciro, podrás —se preguntó, apretando los puños en los bolsillos— demostrarle al mundo lo que valés y así torcer tu destino? Porque es imposible, completamente improbable, que alguien crea en vos si vos no lo hacés.

Su mirada se perdió en el vacío hasta que un grito seco llamó su atención: justo en ese instante, con un golpe preciso en el hígado, Juan derribaba al hijo de Toshiro, su rival. Burgos contuvo el aliento, sintió los músculos abdominales tensos y las piernas flojas. El árbitro, al que casi no le había prestado atención, dio por terminada la pelea.

Burgos puso, ahora sí, toda su expectativa en el árbitro, un hombre atlético de traje y corbata, con anteojos finos y arrugas marcadas, que parecía tranquilo, lejos de las presiones a las que él, desgraciadamente, estaba acostumbrado. Igual, reflexionó; ya no tendría que consumirse dando explicaciones a dirigentes y periodistas, ni someterse a la locura de los fanáticos. Todo eso había pasado. Sería distinto en Rosario. Aquellos días insoportables se habían ido para siempre.

Saboreando la atención del público, el árbitro finalmente anunció que el ganador era Juan. Se produjo un silencio que Burgos sintió como la liberación de un peso que había soportado durante mucho tiempo. Después, llegó el alivio de saber a su hijo valiente, y los gritos del público volvieron a llenar el gimnasio, convirtiéndose en un estruendo que pareció barrer fracasos y dudas.

Al salir a la vereda encontró a Ana apoyada en un coche fumando un cigarrillo. El aire, pesado entre ellos, pareció recordarles las viejas costumbres y los silencios compartidos. Entonces el sonido de un motor rompió la quietud, y el Gol gris manejado por el novio de Ana se detuvo bajo unos gomeros altos y frondosos que sombreaban la entrada del gimnasio. Cuando las ruedas frenaron en la cuneta, un chorro de agua sucia salpicó los zapatos de Burgos, como un recordatorio inoportuno de la realidad que infiltraba su vida.

—Vamos —dijo Ana, tirando el cigarrillo y abriéndole la puerta a Juan.

Burgos se agachó para despedirse de su hijo.

—¿Sabías, papi, que los rusos van a sacar el dólar de su reserva? —dijo Juan.

—Se viene una guerra mundial, hijo —respondió él.

—¿Puedo ir con vos? —preguntó Juan.

Burgos negó con un nudo en la garganta. No iba a la guerra, pero ¿por qué no lograba sonreír despreocupadamente mientras se despedía de su hijo? ¿Por qué temblaba con inútil nerviosismo? Lo abrazó y sintió que no podía darle lo que él se merecía, que todo intento por aliviarle los golpes de la vida sería insuficiente. Pero Juan no pareció darse cuenta, lo miró con ojos radiantes, lo besó y subió al coche.

Burgos caminó hacia la esquina, pensó en comprarse algo de comer en la estación de servicio, unas barras de cereales, o un sándwich de salame y queso, tanto olor a Paty le había despertado el hambre, pero prefirió seguir caminando, no fuera a ser que Toshiro lo encontrara y le ofreciera llevarlo a su casa.

Anduvo por senderos sin pensar. El Parque Centenario le pareció un mundo aparte, donde mujeres y hombres caminaban sin rumbo por el circuito perimetral, ignorando que, a la par, una fauna de runners perseguía una meta infinita: correr, correr, correr. Todos luchan por seguir adelante, pensó Burgos, y aceleró el paso. Tuvo la impresión de que podía hacerlo sin parar, atravesar la ciudad, bajar por Díaz Vélez, el Abasto, Corrientes hasta el puerto, y cruzar el Río de la Plat

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