1
Edgewater, Indiana
EMMA
Nota para mí misma: no seas gay en Indiana.
En realidad, es una nota para los demás. Porque yo ya soy gay en Indiana y, alerta de spoiler, es una auténtica mierda.
Lo anuncié en internet antes de contárselo a mis padres en Emma Canta, mi canal de YouTube, donde salgo tocando la guitarra, principalmente versionando las canciones populares del momento. La gente te deja más comentarios si cantas canciones conocidas, y a mí me gusta que me dejen mensajes. No tengo muchos amigos, de modo que estos pequeños saludos digitales me hacen sentir menos sola en el mundo.
No estoy intentando que alguien me descubra ni nada parecido. En primer lugar, porque, literalmente, eso no funciona nunca y, en segundo lugar, porque la sola idea de la fama me produce pánico. Ya tengo la sensación de que todo el mundo está enterado de mis asuntos. Pero claro, esto se debe a que, en efecto, están enterados de mis asuntos. Un paso en falso y salió en todas partes.
Os cuento lo que sucedió.
Imaginaos el verano anterior al primer año de instituto. Y ahora imaginadme a mí: tímida y apocada, con unas gafas de montura gruesa que agrandan tanto mis ojos que parezco un búho. Participo en un picnic para jóvenes organizado por Vineyard, una de esas iglesias nuevas que se promocionan como si fueran una marca comercial y tienen sacerdotes jóvenes que tocan la batería.
Realmente dejan en evidencia a otras iglesias como la luterana y la bautista misionera y al resto de los lugares de culto convencionales que abundan en Edgewater, Indiana. Aquellos letreros tan cursis que solían poner cosas como ¿QUÉ LE FALTA A NUESTRA IGLESIA? ¡LE FALTÁS TÚ! empezaron a volverse más sarcásticos cuando se inauguró la Vineyard.
Como es natural, esto significa que todos los adolescentes quieren ir allí. Rebelión de alto nivel, ¿verdad? «¡No, mamá, quiero ir a la iglesia guay, donde puedo llevar vaqueros durante la misa!» Y, como es natural, también significa que aquellas invitaciones de las asociaciones juveniles que solían degenerar en fiestas de ponche y bizcocho en lóbregas salas escolares de pronto han dado lugar a grandes picnics al aire libre donde se sigue sirviendo una comida que deja bastante que desear, porque siguen estando organizados por una iglesia.
Y así es como terminé con un plato de albóndigas con salsa de barbacoa entre las manos. He oído demasiadas historias de terror sobre la ensalada de patata, la ensalada de huevo, la ensalada de macarrones y sobre cualquier ensalada que recurra a la mayonesa para pegar todos sus ingredientes, y también he leído que las minizanahorias son zanahorias que no pasan los controles de calidad que luego se tiñen y se reducen, así que tampoco las quiero ni ver.
Una olla de albóndigas humeantes no transmite precisamente una sensación de diversión estival (¿tal vez en Suecia?), pero su contenido parece seguro. Las tengo ya en el plato, pero ahora estoy intentando descubrir cómo comerlas sin ponerme perdida. Estas cosas son inmunes a los tenedores y a los cuchillos, que es lo único que tengo a mano.
Hay una larga cola en las mesas de la comida y no me apetece esperar a que me toque el turno para conseguir una cuchara. Tampoco tengo ganas de llamar la atención colándome con una excusa del tipo «¡Es que solo necesito una cuchara!». Hasta las personas más encantadoras y atractivas son objeto de miradas reprobatorias cuando se saltan la cola de la comida en un almuerzo campestre, y yo, como mucho, puedo llegar a ser resultona.
Además, ¿quién se come las albóndigas con cuchara? «Cara albóndiga» no sería el peor insulto que me han dedicado, pero en este momento tengo la sensación de que sería el peor.
Alerta de spoiler: no es el peor. Pero ya llegaremos a eso.
De modo que aquí estoy, intentando llevarme a la boca este alimento para ninjas, cuando aparece ella. Pelo ondulado de color caoba, piel bronceada, ojos oscuros. Ella se detiene. Yo me detengo. El mundo se detiene. Probablemente, el universo se detiene; no soy capaz de explicar las leyes físicas que participan en esto.
Solo puedo decir que la magia interviene, porque en ese momento, Alyssa Greene me mira y se convierte en una diosa. Una diosa radiante, amable, inteligente y divertida con un brillo de labios reluciente que, de pronto, me entran ganas de saborear.
La verdad es que no me sorprende haberme quedado tan prendada de Alyssa Greene. Siempre me han gustado las chicas. De pequeña ya era una lesbiana en potencia. En sexto grado, estaba loca por Madison de Talk to the Hand, y no porque quisiera ser amiga suya. Y ahora soy una lesbiana normal y corriente, pero de tamaño adolescente. Le dedico pensamientos a Ariana Grande (pensamientos impuros) y me parece que, si llegara a conocer a Lara Jean de To All the Boys I’ve Loved Before, podría ayudarla a montar la secuela To All the Girls Who Eclipsed Them.
Lo que me sorprende es que Alyssa pase de largo de todos los comensales que se sientan a la mesa de los postres y me ofrezca un palillo gigante. Con una sonrisa deslumbrante, dice:
—Esto es lo único que funciona.
No me sorprende que sea simpática, sino que se haya fijado en mí. Que de algún modo yo sea visible para la chica más bonita que nunca haya respirado. Y las sorpresas no se terminan aquí, porque entonces me toca la mano. Y se queda a mi lado mientras ensarto una albóndiga tras otra. Incluso me deja compartir una con ella. ALLÍ MISMO, EN EL PICNIC DE LA IGLESIA.
Sobre el césped, la gente juega a Cornhole (un juego que consiste en lanzar bolsas y meterlas por un agujero) y una canción de rock cristiano retruena por el altavoz, cortesía de la playlist del iPhone del párroco Zak. El cielo es inabarcable y perfectamente azul, y Alyssa Greene anota su número en mi teléfono. Luego me obliga a enviarle un mensaje, para que así ella tenga también el mío.
Aquella misma noche grabé una versión de TSwift para Emma Canta. Estaba tan emocionada, me invadía una sensación tan fantástica y azucarada, que conté al mundo que me había enamorado de una chica, sin pensarlo dos veces. Sin el más mínimo titubeo. Subí la canción, le puse una carátula medio decente y me fui a dormir.
Me despertó mi madre.
Es probable que algún día esta sea una historia muy divertida de contar, pero mi madre me despertó a trompazos y me colocó una captura impresa de mi página de YouTube delante de la cara. Y cuando preguntó, «¿Qué significa esto?», lo único que pude decir fue: «¡No lo sé!», ¡porque no lo sabía!
—¡Nosotros no te hemos educado así! —chilló.
—¿Así?, ¿cómo? —pregunté yo, porque, como ya he dicho, me acababan de despertar de un sueño profundo con una hoja de papel aplastada frente a mi cara.
Mi madre se incorporó para alcanzar la poco impresionante altura de metro sesenta.
—Sabes perfectamente de qué te estoy hablando, Emma.
¡Pero no lo sabía! ¿No me habían educado para… cantar por internet? ¿Para colgar vídeos ataviada con el fabuloso pijama de color salmón que mi abuela me había regalado por Navidad?
La verdad es que, al cabo de un par de segundos, mi cerebro ató cabos. La noche anterior había colgado un vídeo lleno de emoticonos de corazón, en honor a la chica que me había regalado un palillo para nubes de azúcar. (Y una versión muy pasable de «Our Song», en mi opinión.)
Y después de haber publicado yo el post, alguien de la ciudad debió de visionarlo y (exacerbado o exacerbada en su delicada sensibilidad) debió de informar inmediatamente a mi querida madre. (Es imposible que hubiera encontrado ella sola mi página de perfil y la hubiese impreso como si fuera la receta de una ensalada crujiente de fideos ramen.)
En aquel momento, supongo que estaba demasiado aturdida como para temer a mis padres, quienes, como yo sabía perfectamente, llevaban toda la vida siendo miembros de una iglesia que odiaba oficialmente a los homosexuales, aunque era «demasiado fina» para reconocerlo de forma pública. Debí de interpretar su silencio como una aprobación, cosa que históricamente ha sido una pésima decisión. De modo que dije la verdad.
—Esa chica me gusta.
—Bien, pues ya puede dejar de gustarte —me soltó, como si uno pudiera decidir dejar de ser gay como quien cancela una cuenta de Netflix—. ¡No permitiré algo semejante en esta casa! ¡No bajo mi techo!
Si esta fuera una historia pensada para conmover a la gente, al estilo de Sopa de pollo para el alma, ahora es cuando yo diría, en efecto, fue difícil durante un tiempo, pero luego mis padres recordaron que yo era su única y adorada hija, y que me amaban de manera incondicional. Se afiliaron a una asociación antidiscriminatoria y empezaron a llevar camisetas en los desfiles del orgullo gay con frases de vergüenza ajena como ABRAZOS GRATIS DE MAMÁ Y ABRAZOS GRATIS DE PAPÁ. Al cabo de un tiempo llevé a mi novia a cenar a casa y, cuando por fin nos graduamos, ya habían dejado de llamarla «tu amiga».
Lo lamento. Vuestra alma se va a quedar sin sopa por esta vez.
Se pasaron semanas discutiendo lo que debían hacer: campamento de conversión o desahucio. Y, finalmente, después de dejarme coger la guitarra y las cosas de la escuela, me pidieron la llave y me echaron de casa. Toda mi ropa, el ordenador portátil, la colección de tarjetas de felicitación que guardaba desde los seis años… Tengo entendido que quemaron todo lo que no pudieron donar. Qué melodramáticos, ¿verdad?
De modo que ahora vivo con mi abuela, mi yaya, a dos manzanas de casa de mis padres, en Edgewater, Indiana. Soy la única chica abiertamente gay de todo el instituto y, por suerte, conservo todavía mi canal de YouTube.
Es vulgar y bastante agresivo, y sé que nunca se hará viral. Pero tengo algunos subscriptores, y cuando escriben comentarios, siento que son como amigos. Amigos con los que tengo cosas en común, amigos y amigas homosexuales. Los necesito. Los necesito tanto que me lo tomo como una colección de cartas de Pokémon: quiero tenerlos a todos.
Hay lugares donde ser gay está de moda. Nueva York, San Francisco…, lugares imaginarios, en tierras imaginarias, muy lejos de aquí. Pero Indiana no es uno de esos lugares. Así que este es mi consejo: no seáis gais en Indiana, a no ser que os resulte totalmente inevitable.
Aquí no os espera nada más que sufrimiento.
2
Edgewater, Indiana
ALYSSA
Como es probable que nunca hayáis estado aquí, dejad que os diga que Indiana es un lugar precioso.
A veces, por la noche, la luna brilla de tal manera por detrás de las nubes que el cielo parece un manto de seda de color perla. Me levanto a las cinco de la mañana para ir al instituto, y a esa hora las carreteras están bañadas por una niebla plateada. Justo antes de que salga el sol, cuando mi autobús gira a la izquierda por la carretera estatal 550, todo se vuelve carmesí, luego de color lavanda, luego rosa.
En verano, hay acres de luciérnagas. En el bosque hay un estanque tan cristalino que puedes bañarte. Las frambuesas, las moras y las zarzamoras crecen a lo largo de las vallas de madera, y puede cogerlas quien quiera. Al llegar el otoño, los colores estallan y los vergeles de manzanos quedan a disposición de todos. ¿Habéis probado alguna vez el bizcocho frito caliente con mantequilla de manzana? Está riquísimo.
El invierno es como el que sale en las tarjetas navideñas. Campos ondulados, mantas de color blanco, el susurro de la nieve al caer y unas noches tan negras que puedes ver la Vía Láctea. En los días más claros, los campos se extienden hasta el infinito. Es una expansión plateada y reluciente, que se alarga hasta rendirse al llegar al horizonte azul y helado.
Indiana se asocia a ciudades pequeñas, desfiles del Cuatro de Julio y baloncesto. Demasiado baloncesto, en realidad. Este deporte se considera una religión en nuestro estado. Si entras en el instituto sin haber jurado lealtad a los IU Hoosiers o a los Purdue Boilermakers, te meten en una madriguera de topos para toda la eternidad.
(Los Fighting Irish de la Universidad de Notre Dame gozan de una dispensa especial; se te permite animarlos, pero siempre serás un poco sospechoso.)
Apoyar al equipo de nuestra escuela, los James Madison Golden Weevils, es clave en Edgewater. Cuando se celebra alguna fiesta, nunca es en honor del equipo de fútbol americano. Ni hablar. Son los antepenúltimos del estado, para nosotros es como si no existieran.
Las fiestas se organizan siempre para el equipo de baloncesto. El baile de graduación es para el equipo de baloncesto. Los espectáculos de animadoras, la venta de pasteles, la venta de papel de regalo, la venta de palomitas de tamaño industrial…; todo está pensado para el baloncesto. ¡Vivan los Golden Weevils!
En consecuencia, el equipo de baloncesto es la razón por la cual las entradas para el baile de graduación están estrictamente racionadas. Entre el equipo universitario (de primera a tercera categorías), el equipo júnior (dos categorías) y el preparatorio de primer año (¡cuatro categorías!), tenemos ya ciento cincuenta atletas garantizados, con sus probables ciento cincuenta parejas, y el jefe de bomberos ha dicho que no puede haber más de cuatrocientas personas en el gimnasio del instituto.
De manera que, cuando los Futuros Almacenadores de Maíz de América (FAMA) instalan su mesa para vender las entradas para el baile en el Salón de los Campeones (el vestíbulo donde se exponen los trofeos), cuentan con tres objetos esenciales:
1. Una caja para el dinero. Las entradas solo pueden comprarse al contado, y ni se te ocurra traer un cheque firmado por tus padres. Los FAMA desprecian los cheques para Momentos Inolvidables de tu mamá.
2. Un fajo de entradas diseñadas por el único chico de la escuela que sabe utilizar bien el Photoshop. («Bien» es la palabra correcta; aquí todo el mundo sabe poner filtros en el Insta, pero cuando se trata de textos, es como si un subreddit se envenenara de tipografías y empezara a vomitar Papyrus y Comic Sans).
3. La lista. La lista tiene dos columnas: Nombre. Nombre de la pareja. Ambas están inextricablemente entrelazadas. No hay entradas para personas que vayan sin acompañante en nuestro baile de graduación. Esta lista es la razón por la cual he estado manteniendo un serio debate con mi novia en relación con el baile.
Estamos en el último año de instituto; esta es nuestra última oportunidad. Y sí, claro que deseo con toda mi alma ir con ella al baile y bailar bajo la luna de cartón y las estrellas de papel de aluminio. Claro que quiero mirar esos extraños ojos de color canela que a veces se vuelven azules y a veces verdes, dependiendo del color de la ropa que lleve puesta. Claro que quiero abrazarla y dejar que el mundo entero se desvanezca a nuestro alrededor.
Pero no se desvanecerá.
Aquí seguro que no. Y menos si mi madre está mirando.
Que quede muy claro: no me avergüenzo de ser lesbiana. Amo el amor y amo a mi novia. Me gustan los murmullos y los besos secretos. Me gusta acurrucarme a su lado en el sofá de terciopelo de su abuela y ver películas cuando la lluvia llega desde el oeste. Me gusta que nuestras manos tengan exactamente el mismo tamaño, pero que en cambio ella tenga los pies pequeños con unos dedos superlargos. Cuando canta, la amo todavía más. Tanto que me duele, como si hubiera una mano que me apretara el corazón hasta convertirlo en un diamante.
Ella parpadea como una luciérnaga, porque tiene el pelo dorado, pero casi castaño; los ojos azules, pero casi verdes. Cuando se quita las gafas, me gusta presionar mi nariz contra la suya solo para mirarla. Eso la hace reír y sonrojarse, y sus mejillas se vuelven de pronto tan rosadas como sus labios. Es duro tener que susurrar nuestro amor, en vez de gritarlo a los cuatro vientos.
Pero la realidad es que mi madre no está preparada. Ahora mismo está muy frágil. Está frágil desde que mi padre se fue. Para él fue muy sencillo. Agarró una bolsa de deporte y se sumergió en la noche. Creó una nueva familia. Claro que, teniendo en cuenta el día en que nació mi hermanastro, debió de crear esa nueva familia antes incluso de irse de nuestra casa.
Y desde entonces mi madre vive en una delicada burbuja de cristal. Ella cree que si va más a la iglesia, si reza con más fuerza, si limpia mejor la casa, si pierde nueve kilos, si me educa correctamente, si por fin consigue preparar con éxito la receta para el estofado que le dio su suegra…, mi padre no tendrá más remedio que volver a casa. La fe brilla en sus ojos; es como un transformador que haya recibido el impacto de un rayo. Como un chorro caliente, rápido e incesante que se derrama.
Este ardor implica que tengo que ser la hija perfecta. Debo sacar un sobresaliente en todas las asignaturas y ganar créditos adicionales para que mi promedio general supere en mucho la nota media exigida. Mis universidades de reserva tienen que ser la primera opción de los demás. Tengo que dar clases en la escuela dominical y mis niños deben ser los mejores preparando esas manualidades tan preciosas que hacen llorar a los padres.
Pero si soy presidenta del consejo estudiantil es porque yo lo elegí. Porque creía que podría cambiar las cosas que exigían un cambio y reforzar las que era necesario reforzar. Aun así, voy a ir al baile de graduación con un vestido de color lila, tirantes de espagueti y largo hasta las rodillas, y mi madre ha tenido que trabajar sesenta horas a la semana durante un mes para poder pagarlo. Es un vestido que lleva lentejuelas de Swarovski en el corpiño. Swarovski. Lentejuelas.
¿Y por qué? A ver, ella es presidenta de la AP (Asociación de Padres o, mejor dicho, Absolutamente Perfectas), el grupo de adultos que hará de carabina durante el baile. Este año todo va a ser perfecto, y va a ser perfecto porque llevaré ese vestido y llegaré colgada del brazo de un chico vestido con un esmoquin.
Algún chico. Cualquier chico. Mi madre no sabe quién será, pero sin duda tiene sus propios candidatos. Como Paolo, el alumno de intercambio que va a nuestra iglesia. Es un auténtico universitario de segundo año y es exactamente como los universitarios de segundo año que salen por la tele: fuerte y musculoso, de andares seguros. No me malinterpretéis: el chico está muy bueno. El problema es que también se acuesta en secreto con la directora del coro, pero, chitón, que esto quede entre nosotros.
La cuestión es que la burbuja de mi madre está a punto de estallar. Ella piensa que está haciendo magia doméstica, pero en realidad se engaña a sí misma. Engaña a todo el mundo. En cualquier instante, todo se va a derrumbar bajo sus pies. El hechizo desaparecerá y yo tendré que estar en condiciones de ayudarla a salir a flote una vez más.
Por eso no quiero ser el reloj que marque la medianoche. Y por eso no estoy discutiendo, sino debatiendo seriamente con mi novia acerca del baile de graduación. Ella desea pasar una noche mágica y yo también. Pero vivimos en Edgewater, Indiana, y firmar la lista con nuestros nombres (Emma Nolan, Alyssa Greene), el uno junto al otro, significa algo más que comprar dos entradas para el baile.
Emma sabe, mejor que nadie, cómo funcionan estas cosas. Su madre y su padre siguen yendo a mi iglesia. Cada semana. El mismo banco. Las mismas caras pétreas que alzan la mirada hacia el Señor dibujado en el vitral de detrás del púlpito. A sus pies descansan unos corderos; su pelo es casi dorado cuando los rayos del sol lo atraviesan.
Mi padre se ha ido ya. Mi madre está en la-la-land, donde probablemente no le falten danzas mágicas ni canciones de variedades. Para mí, ir al baile de graduación es algo más que ponerme un vestido y comprar un ramillete de flores. Es elegir entre ser la hija perfecta e ideal o empuñar un bate de béisbol y destrozar a mi madre en mil pedazos.
Y, aun así, quiero volar libre y aceptar ir con Emma de pareja y besarla bajo la luz brillante de una bola de discoteca prestada. De modo que lo estamos debatiendo. No discutiendo. No quiero que nos peleemos. Es primavera e Indiana vuelve a ser un lugar precioso. Entre nosotras, con el cielo azul, los perales en flor y los tulipanes que apuntan sus pequeños tirabuzones al sol, me inclino a decir que sí. Quiero decir que sí.
Ya veremos.
3
Subterfugio
EMMA
Llevo cien dólares en el bolsillo, pero aún no me he acercado a la mesa de venta de entradas.
Me resulta imposible, porque Nick Leavel está interpretando en este preciso instante el papel estelar de la obra LA GRAN PETICIÓN[1] en el Salón de los Campeones. Solo hay localidades de pie para ver el espectáculo, pero básicamente porque estamos en el vestíbulo principal de un instituto y nadie que aprecie su vida se arriesgaría a sentarse (a) en las escaleras ni (b) en la mesa de venta de entradas para el baile que han montado los FAMA.
Una oleada de excitación recorre al público involuntario. Nick tiene tras él a una brigada de jugadores del equipo júnior. Llevan cartulinas pegadas al pecho y claveles de gasolinera (supongo) entre los dientes. Con sus gafas de sol, la chaqueta de cuero y los zapatos más lustrados que he visto en mi vida, Nick se lleva dos dedos a la boca y emite un silbido cortante y agudo.
En el Salón de los Campeones, todo el mundo se detiene y se vuelve hacia él. Os juro que Nick hace una pausa para echar un rápido vistazo a los grupitos que van a presenciar su momento de gloria. Al parecer, no tiene suficiente con la petición dramatizada que le va a hacer a Kaylee Brooks y quiere asegurarse de darlo todo. Cuando eres el alero estrella de los Golden Weevils, tu obligación es deslumbrar en todo momento.
—Kaylee —dice Nick, tomándola por ambas manos. Le da la vuelta y, de un modo muy cómico, se ve obligado a desenredarle un poco los brazos, aunque finge hacerlo con gran naturalidad. Los zapatos elegantes de vestir arañan el suelo cuando se gira para arrodillarse ante ella. Levanta la cabeza para mirarla, pero no dice nada.
Entonces hace un gesto con la cabeza y el equipo júnior se precipita sobre la pareja. De pie en semicírculo detrás de Nick, los jugadores lanzan los claveles a los pies de Kaylee. Y, entonces, uno por uno, ondean las cartulinas.
Por una parte, se nota que lo han ensayado y la pequeña brizna de sentimentalismo que reside en lo más hondo de mi corazón me provoca una sonrisa. Pero, hablemos en serio, este puñado de adolescentes que juguetea con las cartulinas parece un atajo de niños de tercero representando una obra de teatro sobre cómo crecen las flores. Para colmo, esto está sucediendo en el vestíbulo de un instituto. Enfrente de carteles amarillentos en los que se lee: SIMPLEMENTE DI NO. Es divertidísimo, pero me guardo las risas para mí misma.
—Kaylee —dice el primer jugador, levantando el cartel. Hay mucho texto escrito, pero, por suerte para el público, Nick lo lee en voz alta. Mira literalmente por encima de su hombro para asegurarse de que está en el lugar adecuado.
Apretando las manos de Kaylee, le dice como si fuera un locutor de radio en un programa de madrugada:
—Cariño, desde que íbamos a primero, todo el mundo ha estado al corriente de lo nuestro. Sabes que soy como Michael Jordan, pero se está muy solo en la cima.
Pongo los ojos en blanco con tanta fuerza que me duelen. Porque, dejad que os lo aclare, ese tío que se está comparando con un negro es el chico más blanco de nuestro instituto predominantemente blanco. Con ese pelo castaño claro y esos ojos azules, es el vaso de leche más alto y espumoso del sur de Indiana. Y Kaylee lame la leche como una gatita acabada de rescatar.
Cae la siguiente cartulina, y yo me pego a las escaleras porque sí, estoy mirando la escena, pero no, no quiero que me pillen mirando la escena. Mientras agarro con fuerza las correas de mi mochila, de pronto siento un escalofrío. No porque tenga frío ni por un exceso de cinismo. Es porque la veo a ella.
Cuando Alyssa se aproxima, siento un hormigueo p
