La teoría de Joa

Agus Grimm Pitch

Fragmento

La teoría de Joa

1. Julia

De todos los escenarios posibles que imaginé antes de esta noche, ninguno incluía encontrar a Joa Keuler desmayado entre bolsas de basura.

Y no sé qué se supone que deberíamos hacer. Camino de un lado a otro tratando de encontrar una solución. No podemos hacer de cuenta que no lo vimos y seguir con nuestra ruta como si nada. No es ético dejar tirada a una persona desmayada, pero tampoco se me ocurren otras opciones. ¿Llamar a una ambulancia? Quizá sea exagerado y probablemente al pobre lo metería en un quilombo importante si se supiera que dos desconocidas lo encontraron así. El chabón respira, así que no es que esté muerto. Aunque no tengo ni idea de por qué no se mueve. ¿Coma etílico? Lo más probable. ¿Debería patearlo para comprobarlo? Demasiado violento. Le podría tirar agua en la cara, pero perdí la botella en algún momento del concierto. Si lo levantamos para sacarlo de la basura, tal vez se despierte. Pero ¿y después qué?

Pensá, Julia. Pensá. Me digo.

Escucho pasos provenientes de la calle y giro sobresaltada. Dejo de respirar hasta que me doy cuenta de que en realidad no hay nadie. El callejón está bastante oscuro (lógicamente: son las tres de la mañana) y tiene solamente una salida, por lo que sería fácil que nos acorralaran. Dos mujeres y una estrella de rock desmayada serían las víctimas perfectas de cualquier loco que pasara por ahí. Internamente, le pido a Dios que nos ayude. Es un hábito del que nunca me pude deshacer del todo.

Necesitamos encontrar alguna salida de esto, y rápido.

—Lola, ¿te vas a quedar parada ahí toda la noche? —digo—. Me estás poniendo nerviosa.

Ella me mira. Tiene los brazos cruzados y los ojos entrecerrados. No se mueve.

—Todo te pone nerviosa, Julia. No es ninguna novedad —responde—. Además, estoy pensando.

—¿En qué?

—¿No es una situación rara? Hasta hace… ¿cuánto?, ¿tres horas? —pregunta—, estaba cantando en el estadio de River y ahora está acá… así —señala al chico con ambas manos—. Alguien debe estar buscándolo, ¿no te parece?

Tiene razón. Porque no es cualquier borracho: es Joa Keuler. Todos saben quién es él. Porque no conocerlo, significa no conocer a Gris. Y no conocer a Gris, significa que vivís en un frasco. ¿Cómo no vas a conocer a la banda de rock más importante de la última década?

Bueno, yo misma no la conocía hasta hace un par de semanas, pero Lola ya se encargó de reírse de mí por eso. Hay muchas cosas de las que me tomó un tiempo enterarme.

—No podemos dejarlo ahí —dice Lola.

—Ya sé —respondo—. Pero quizá piensen que quisimos secuestrarlo o algo así. Ni siquiera sería la primera vez que pasa. —No miento. Los intentos de secuestrar a Joa Keuler son todo lo frecuentes que uno supondría—. O por ahí se muere en el camino y nos echan la culpa. Ni siquiera sabemos exactamente por qué no se mueve, ¿y si…?

Escondo la cara entre las manos. Estoy empezando a hiperventilar. Me asalta de nuevo el pensamiento de que fue un error enorme habernos desviado de nuestro camino cuando lo vimos. Deberíamos haber hecho lo que todo el mundo hace: pretender que la persona desmayada no existe.

A ver, reconozco que, en parte, estamos como estamos porque la gente siempre elige mirar para otro lado cuando pasan algunas cosas y me hace sentir culpable desear lo mismo, pero en este preciso momento, no puedo evitarlo. De todos los seres humanos sobre la Tierra que podríamos habernos encontrado en esta situación, venimos a cruzarnos con el que probablemente nos va a traer más problemas.

Lola me saca las manos de la cara, me toma por las muñecas y me mira fijamente.

—No entres en pánico —me dice—. Va a estar todo bien.

Asiento, aunque no estoy del todo convencida. Ella repite la última frase y yo vuelvo a asentir. Afirmaciones, las llama. No sé si son útiles, sin embargo, elijo creer. El efecto placebo hace que mi respiración empiece a normalizarse poco a poco. Y cuando vuelve a estar en un ritmo normal, Lola continúa hablando.

—Tengo una idea —dice—. Hay una cafetería a unas cuadras de acá que está abierta hasta tarde. Y no me mires así —suelta, en respuesta a mi expresión—: no es ningún lugar demasiado turbio. Podemos arrastrarlo hasta ahí entre las dos, y si tenemos suerte quizá se despierte y podamos llamar a alguien. ¿Qué te parece el plan?

—Eh, yo…

—Excelente —me interrumpe sin darme tiempo a pensarlo dos veces—. Dame una mano con esto.

Se acerca al pibe y lo agarra de un brazo. Me hace un gesto para que tome el otro y lo hago. Entre las dos lo levantamos. Sorprendentemente, con mucha facilidad, pese a que ninguna de las dos somos ejemplo de persona atlética. Es más bajo que nosotras y no pesa demasiado. Pero tenía tanta presencia en el escenario que pensé que nos sacaba una cabeza.

Puedo imaginar exactamente lo que mi padre pensaría de eso. Hasta con su voz y todo. Sacudo la cabeza para tratar de borrarlo de mi mente. Me paso el brazo derecho de Joa por los hombros y tengo que reprimir las arcadas, porque está completamente cubierto de basura. Me dan ganas de mandar a la mierda el gesto de buena persona y salir corriendo sin mirar atrás. Empezamos a arrastrarlo hacia la calle. Internamente maldigo todo lo que nos llevó a esta situación.

Porque yo ni siquiera quería estar acá. Pensaba pasar esta noche de sábado como todas mis noches de sábado: en el departamento mirando series y tratando de no pensar en que el lunes tengo que volver a trabajar. Pero no. A mi mejor amiga (y digo “mejor” aunque en realidad sea la única que tengo) se le ocurrió que era una excelente idea participar en un concurso por unas entradas para el concierto de Gris.

Y la peor parte es que encima tuvo la suerte de ganarlas. Un poco la envidio: yo nunca gané un sorteo en mi vida. Y eso que recé mucho (en secreto). Desde que me lo contó, asumí que iba a invitar a otra persona. Por ahí a cualquiera de sus amigas de la feria, que hubieran ido encantadas, o a su chongo o chonga de turno.

Claramente, me equivoqué. Ella estaba decidida desde el principio a que yo la acompañara y no había forma de evitarlo porque vivimos juntas y es imposible inventar excusas.

Nunca pudo entender por qué yo jamás había ido a un concierto. De todas las cosas que no hice en 21 años de vida, le parecía una de las más inaceptables. Se le grabó tan profundamente en la cabeza que tenía que vivir esa experiencia, que no paraba de sacar el tema cada vez que tenía oportunidad. Desayuno, almuerzo y cena.

Una vez me lo preguntó después de un día de mierda que había tenido en el trabajo y casi le estampo mi mochila en el medio de la cara. Puede ser demasiado insistente cuando se encapricha con algo.

La insistencia le sirvió, porque terminé diciéndole que sí, solo para no escucharla. Con la única condición de que volviéramos en taxi y no en el auto de algún desconocido.

—Confiá en mí. Te vas a divertir —me aseguró.

No se me ocurrió pensar que treinta mil personas enfrente de un escenario son, de verdad, mucha gente. Y que a las personas que tengas al lado les va a dar igual si te dejan sorda con sus gritos agudos. Y que a nadie, absolutamente a nadie, le va a importar aplastarte en un pogo, si eso significa estar un poco más cerca del aire que respira el increíble, magnífico, maravilloso (según criterios que no son los míos) Joa Keuler.

A pesar de todo, salí con vida del concierto. Terminó a la madrugada. Habíamos estado paradas ahí desde las seis de la tarde, pero empezaron con varias horas de retraso quién sabe por qué (aunque considerando esta situación, puedo formular algunas teorías). No fue tan terrible como pensé que iba a ser. Ni fui capaz de encontrar la razón exacta por la cual estuvo terminantemente prohibido para mí poner un pie en un lugar así durante toda mi adolescencia. Más allá de que la gente sea un poco salvaje, no encontré nada particularmente pecaminoso en una masa de personas gritándole a un cantante que se casarían con él.

Dejando de lado mis especulaciones, no pensé que las cosas iban a terminar dándose de esta manera. No contaba con que tendríamos que caminar veinte cuadras solas, sin conseguir un solo taxi libre o un Uber que nos quisiera llevar, y que encontraríamos al mismo cantante que unas horas atrás habíamos visto brillar en el escenario medio muerto en un callejón oscuro.

En fin, cosas que pasan, ¿verdad?

Salimos por fin a la calle y lo seguimos arrastrando, ahora por la vereda. Miro hacia todos lados para corroborar que no haya nadie: todo vacío. Con más luz, me doy cuenta de que la suciedad dejó a Joa casi irreconocible. Su pelo, que antes estaba perfectamente rizado, ahora está todo húmedo y aplastado. Tiene la remera desgarrada en partes, como si se la hubieran querido arrancar. El pantalón de cuero tiene varios agujeros y le falta una zapatilla. Podrían confundirlo con un drogadicto cualquiera. Eso me tranquiliza un poco, porque hay menos posibilidades de que alguien lo reconozca. Aunque, en el fondo, me da un poco de pena. Y también me intriga. Todo en partes iguales.

¿Por qué una persona que, según todos dicen, lo tiene todo, llega a esta situación?

Dejo que Lola nos guíe hasta esa cafetería que dice que conoce. Trato de hacer contacto visual con ella, sin éxito alguno. Sigue concentrada en el camino. Intento confiar en que nos sacará de esta situación en la que nos metimos sin querer. Tengo que hacerlo.

Nos cruzamos con una señora mayor paseando a su perro. Es un chihuahua, con la correa demasiado larga. Cuando pasamos por al lado muestra los dientes y se abalanza hacia nosotros. Lola y yo lo esquivamos, pero el perro muerde el tobillo descubierto de Joa y no da indicios de querer soltarlo. Él, obviamente, no reacciona. Como tengo los brazos ocupados, lo único que puedo hacer es patearlo, así que lo hago. Cuando se suelta, veo que el tobillo está sangrando: genial, otra cosa más de la que podrían culparnos.

La señora tira de la correa para acercar el perro a ella. No dice nada, pero nos mira con desaprobación. Levanto las cejas como pidiéndole una explicación, sin dejar de avanzar. Ella solo bufa, murmura algo que no llego a entender y continúa su camino. Siento deseos de gritarle que aprenda a controlar a su animal, y que, de todas maneras, ¿quién saca a su mascota agresiva a pasear a la madrugada? Pero me contengo. No estamos en condiciones de pelear con ninguna desconocida.

—Deberías haberlo pateado más fuerte —me dice Lola después de que nos alejamos.

—Pensé que eras animalista —le respondo.

—No aplica a los chihuahuas.

Doblamos en la siguiente cuadra, solo tenemos que caminar hasta la mitad y ahí está la cafetería. Por lo que se ve desde afuera es un local bastante chico, sin mesas exteriores, lo cual se puede atribuir al horario. También tiene un farol al lado de la puerta, pero o no funciona o nadie se tomó el trabajo de prenderlo. Sumado al vidrio opaco y la pintura levantada, le da un aspecto viejo y descuidado. Me genera desconfianza. Me siento tentada de preguntarle a Lola exactamente cómo conoce este lugar, pero presiento que no me va a gustar la respuesta.

—Apoyalo acá —me dice moviendo a Joa hacia una pared de ladrillo—. Conozco a uno de los meseros. Voy a hablar con él y vuelvo.

Lo ponemos de espalda contra la pared y lo bajamos con cuidado hasta que queda sentado. Lola entra al bar, suena una campanita cuando abre la puerta y yo me quedo parada vigilando. Es una calle silenciosa y tan vacía como el camino que hicimos hasta acá. Empieza a soplar viento y me da un escalofrío. Me arrepiento de no haber traído ni siquiera una campera liviana. Cruzo los brazos para intentar recuperar algo de calor. No me veo en un espejo desde que salí, pero no quiero ni pensar en el aspecto deplorable que debo tener después de todo esto. Me había planchado el pelo y me había puesto un poco de delineador que Lola me prestó. ¿Todavía se notará? ¿O pareceré un mapache?

Veo a una persona con capucha caminando por la vereda de enfrente. No sé si me vio. Casi no hay iluminación de este lado. Pero, por instinto, meto la mano en el bolsillo del pantalón y agarro mi llavero con fuerza. Lo compré por internet y trae una navaja para defensa personal. Algunas personas pensarían que es exagerado; sin embargo, para una mujer, nunca está de más.

—¿Y vos, quién sos? —dice una voz detrás de mí.

Me sobresalto y me doy vuelta sacando la navaja automáticamente. Bufo de alivio al darme cuenta de que, obviamente, no es nadie nuevo. Tal vez sí sea un poco paranoica a veces. Joa Keuler está despierto, con la mirada fija en mí, analizándome.

—Por favor no… no me ataques —dice levantando las manos—. Sos como… muy linda para andar sola —continúa mientras me agacho para quedar a su altura y guardo el llavero. Odio hablarle a la gente desde arriba—. ¿Estás tratando de secuestrarme? —pregunta en un susurro.

El aliento a alcohol mezclado con el aún persistente olor a basurero me toma por sorpresa y me ahoga un poco. Dudo que él sea consciente de eso. Toso con fuerza y me masajeo la sien.

—No, imbécil —respondo—. Es más, creo que acabo de salvarte de morir ahogado entre bolsas de basura. Y, por cierto —aclaro—, no estás en condiciones de levantarte a nadie.

En ese mismo momento veo que Lola se asoma. Tanto Joa como yo giramos para verla.

—Ah, parece que revivió —dice con una sonrisa.

Asiento. Me hace una seña para que la sigamos y luego vuelve a meterse en el local. Agarro a Joa de un brazo y tiro para que se ponga en pie. Trastabilla un poco, pero finalmente consigue estabilizarse. Por precaución, no lo suelto hasta que ambos entramos.

La primera impresión que tengo del lugar es que el ambiente es agobiante. No tiene ventanas ni ventilación. ¿Es legal eso siquiera? La luz brilla por su ausencia (vaya manera de expresarlo). Solo hay un par de lámparas no muy potentes esparcidas por el techo. Está decorado de una manera rara y diría que pasada de moda, con pósteres amarillentos pegados en las paredes de ladrillo sin revocar y mesas de madera. La mayoría están vacías, salvo por un par al fondo ocupadas por señores jugando a las cartas. Uno de ellos está fumando un habano y el humo es tan denso que incluso a esta distancia consigue asfixiarnos un poco.

Los hombres nos clavan la mirada por unos segundos, pero ninguno dice nada y retoman su juego. Por suerte, no muestran signos de haber reconocido a nuestro nuevo amiguito. Elegimos una de las mesas cercanas a la puerta y ayudo a Joa a sentarse. Lola y yo nos acomodamos enfrente, y él se queda con la vista clavada en un servilletero unos segundos, hasta que finalmente pregunta:

—¿Qué bolsas de basura?

—Estabas desmayado en un callejón, ¿no te acordás?—pregunto.

Él niega con la cabeza. Parece genuinamente sorprendido por lo que le estoy contando. Como si le hubiera sucedido a otra persona y no a él mismo.

—Entonces, ¿no tenés ni idea de dónde estabas antes ni de cómo llegaste ahí? —insiste Lola.

Él vuelve a negar con la cabeza y se encoge de hombros.

Genial: no solo está borracho, sino terriblemente desorientado.

Acto seguido, agarra una servilleta y empieza a doblarla y desdoblarla en patrones irregulares.

—Creo que va a ser difícil hablar con él. Está en Narnia —me susurra mi amiga al oído.

—¿Alguna idea? —respondo.

Ella no llega a contestarme, porque aparece un mesero medianamente alegre al principio, aunque su gesto muta a uno de evidente mal humor cuando ve el estado de Joa. Nos deja una única carta sobre la mesa y nos pregunta qué vamos a pedir, manteniendo una distancia prudencial. No lo culpo por eso. Ojeo la carta, que no tiene demasiada variedad, y se la paso a mi amiga. Nuestro compañero de mesa no parece estar al tanto de la situación y sigue enfrascado en su servilleta.

—Te pido un té y dos cafés dobles —dice Lola. Decide por mí porque ya sabe lo que pido siempre, y por Joa… bueno, tampoco está en condiciones de elegir nada— y tres tostados. Uno de queso solo. Soy vegetariana. Gracias.

Le sonríe al mesero y como respuesta él le guiña un ojo antes de irse. Sospechoso.

Tanteo mi bolsillo y toco mi celular (que hace rato se apagó por falta de batería) y mi llavero con las llaves de casa.

—¿Yo te di mi billetera? —le pregunto a mi amiga.

Ella niega con la cabeza. Después, rebusca entre sus propios bolsillos y saca su teléfono y sus llaves.

—Tampoco tengo la mía —susurra.

Las dos compartimos una mirada de pánico. Lo que faltaba, pienso. Trato de recordar en qué momento de todo el trayecto las podríamos haber perdido, pero es inútil. Si algún punga nos las robó en el concierto, es tarde. Y si se nos cayeron en la salida, también es tarde. Cualquiera que haya pasado probablemente se las llevó y está disfrutando en este momento de la plata que no le corresponde. Gracias a Dios, no tengo ninguna tarjeta de crédito con la que puedan endeudarme, pero para esto, y principalmente para la vuelta, nos vendría genial el efectivo. O, por lo menos, una tarjeta de transporte.

Me invade otra oleada de pánico. Trueno mis dedos, apoyo los codos en la mesa y dejo caer mi cabeza.

—Vamos a encontrar una manera de solucionarlo. Quizá yo podría… —sugiere Lola.

—No te voy a dejar que hagas una estupidez como “forma de pago” —la interrumpo tajante—. Vi cómo te miró. Más tarde me vas a contar de dónde lo conocés, pero en este momento me parece muy poco relevante.

Entonces, sin previo aviso, Joa deja un fajo de billetes sobre la mesa.

Lola y yo lo miramos y luego nos miramos extrañadas. Nos quedamos unos segundos sin saber qué hacer. Hasta que reacciono y (con cuidado, para no llamar la atención de nadie) agarro los billetes y los reviso. Están atados con una gomita elástica. Son dólares. Fucking dólares. Saco uno y lo estiro sobre mis piernas, tapándome con el cuerpo. Son de cien. Y son auténticos. Cuento por encima la cantidad que hay en el fajo.

¿Este chabón andaba con casi tres mil dólares en el bolsillo y los saca así como si nada? ¿A qué clase de persona nos encontramos?

—¿De dónde los sacaste? —pregunto en voz baja.

—Los tenía en el bolsillo del pantalón —me responde como si fuera una obviedad.

—Julia, es millonario —interviene Lola.

—Podés ser rico, pero no idiota —le respondo—. ¿Vos vas caminando por la calle tan tranquilo con esto? —digo dirigiéndome a Joa.

Asiente.

—Podés usarlos para pagar, ya que perdiste la billetera… —explica encogiéndose de hombros.

Me quedo con la boca abierta. Estoy demasiado sorprendida como para responder algo. Mi amiga suelta una risa nerviosa.

—Parece que la estrellita de rock es una caja de sorpresas —comenta con ironía mientras se cruza de brazos y se apoya contra el respaldo.

En ese momento, veo que el mesero se acerca con nuestra bandeja. Tapo el fajo de billetes con el brazo. El hombre apoya nuestro pedido en la mesa. No nos dice nada, pero mira a Lola de una manera tan rara que me hace sentir terriblemente incómoda. Definitivamente, voy a pedirle explicaciones por esto. Por ahora, solo agarro mi café y bebo un poco. El calor que baja por mi garganta me hace bien. Muerdo el tostado. No me había dado cuenta de lo mucho que necesitaba comer.

Mi amiga revisa el suyo y la escucho quejarse por lo bajo.

—Le dije que le pusiera solo queso…

Abre su tostado y le saca las fetas de jamón. Se las ofrece a Joa, que sin que nos diéramos cuenta ya se terminó la mitad de lo que le sirvieron. Él acepta con gusto. Lo observo comer con voracidad. Parece que casi ni mastica lo que se lleva a la boca. ¿Comerá siempre así? Al menos físicamente no se le nota.

Nos quedamos un par de minutos en silencio hasta que todos terminamos de comer. Entonces, pregunto:

—¿Y ahora qué?

—No tengo ni la más puta idea, amiga.

Nuestro compañero de mesa volvió a la carga con los dobleces de su servilleta, de la que se había olvidado por un rato. Parece que no la estaba doblando al pedo: estaba haciendo una grulla de origami. Considerando el estado en el que está, le quedó increíblemente prolija.

Cuando la termina, nos la muestra con orgullo.

—¿No es bonita? —nos dice—. Mirá, la podés hacer volar si tirás de la cola.

Efectivamente, tirar de la cola hace que las alas se muevan. La levanta y la pasea por el aire, riéndose. Parece genuinamente feliz. Casi de una forma infantil. ¿Acaso no estaba inconsciente hasta hace unos minutos? ¿Cómo es que de pronto tiene la capacidad para hacer una puta grulla de origami? Será otro misterio del universo que quedará sin resolverse.

Él deja su creación en la mesa y aparentemente recuerda algo.

—¿Le avisaron a Damián? —consulta.

—Damián, ¿el baterista? —repregunta Lola y Joa asiente como si fuera algo que deberíamos haber sabido—. Ni siquiera lo conocemos, amigo.

De repente, la cara se le transforma. Tiene un súbito arranque de conciencia y murmura algo para sí mismo. Reflexiona por unos segundos, apoya las manos sobre la mesa y dice:

—Perdón, tengo que irme.

Se para bruscamente y empieza a caminar. Tendría que decirle algo, pero no se me ocurre nada. Nunca fui buena discutiendo con borrachos. Y eso que he tratado con bastantes. Lola intenta agarrarlo del brazo para decirle que se quede (o que por lo menos nos explique qué carajo le pasa), pero se mueve tan rápido que cuando ella logra estirarse él ya salió corriendo por la puerta.

—Sigámoslo —suelta.

Las dos nos paramos con rapidez y agarramos nuestras cosas de arriba de la mesa. El mesero nos ve y al parecer cree que nos vamos a ir sin pagar. Yo también lo creería, siendo honesta. Se acerca rápidamente hacia nosotras. Saco un billete del fajo que Joa dejó y se lo tiro mientras corremos hacia la puerta. Cuando salimos escucho el sonido de un portazo detrás de nosotras, aunque no nos sigue. De nada, señor mesero. Le acabo de dar la mejor propina de su vida.

Cuando el viento de la calle me golpea la cara, descubro lo mucho que me hacía falta respirar aire fresco. Miro hacia la izquierda y Lola hacia la derecha. Podemos distinguir a Joa que se dirige a la avenida y empezamos a correrlo. Entonces, entre jadeos, le pregunto a Lola, en referencia al camarero:

—¿Se puede saber de dónde lo conocías?

—Tinder —responde—. Salimos una vez, pero me dio malas vibras y lo ghosteé.

—¿Y cómo sabías que trabajaba en este lugar?

—Sabés que tengo memoria para detalles boludos —explica recogiendo los mechones rubios y rosas que le tapan la cara—. Le metí un verso y le prometí una segunda cita para que nos dejara pasar con Joa.

—Entonces vas a tener una segunda cita…

—Ni en pedo, amiga. Ni en pedo. Lo tengo bloqueado de todos lados —se ríe con el poco aire que le queda.

Yo también me estoy quedando sin aire. Estamos yendo lo más rápido que podemos y aun así no logramos alcanzarlo. ¿Cómo hace para correr tan rápido medio descalzo y con un tobillo lastimado sin agotarse?

Las luces nos indican que ya estamos a metros de la avenida. Joa perdió su otra zapatilla en el camino. Gracias a nuestros esfuerzos, pudimos acortar bastante la distancia con él. El semáforo para peatones está en rojo, por lo que supongo que va a detenerse.

Y el hijo de mil putas va y cruza una avenida con el semáforo en rojo.

Frenamos en la vereda y vemos que un auto le pasa rozando por el costado y pega un bocinazo. Joa se sorprende y en vez de moverse para salir de ahí solo se queda parado dando vueltas, sin saber a dónde ir.

—Lo van a atropellar —digo casi sin aliento.

—Tendríamos que sacarlo de ahí, ¿no? —observa Lola.

—Supongo —levanto las cejas completamente resignada por la situación—. A la cuenta de tres…

Contamos y nos lanzamos al medio de la calle transitada para proteger a un individuo que acabamos de conocer y que es una persona lo suficientemente anormal como para intentar dejar tres mil dólares de propina en un café. Muy altruista de nuestra parte. Llegamos hasta él, lo agarro de la remera y tiro de ella para que quedemos frente a frente.

—¡¿Estás loco!? —le grito—. ¿Cómo vas a cruzar con el semáforo en rojo?

Y entonces escucho las sirenas. En menos de cinco segundos tenemos tres patrulleros alrededor. Nos tienen rodeados. Me tapo los ojos con la mano porque las luces me ciegan. Entre mis dedos puedo ver que una de las puertas se abre y un policía se baja.

—¿Otra vez vos? —bufa el hombre con resignación.

La teoría de Joa

2. Julia

Esta es la primera vez que viajo en un patrullero.

Nunca fui una persona con los suficientes problemas como para tener que subirme a uno. Me genera una sensación rara que haya una reja entre la parte delantera y la trasera del auto. Más bien, me hace sentir una criminal. ¿Acaso lo soy?

No recuerdo que nada de lo que hayamos hecho en las últimas horas sea efectivamente ilegal. Pero yo sé que, en muchos casos, no se trata de lo que hacés realmente, sino de la cara que te vean, y eso me asusta un poco. ¿Tengo cara de delincuente? No lo creo. Si la tuviera, ya nos hubieran esposado, ¿verdad?

Voy sentada en el medio. Procuro que no se note que estoy tensa, pero no puedo dejar la pierna quieta. Lola me pone una mano en la rodilla para frenarla. Me llegan recuerdos de todas las veces que lo hacía cuando nos sentábamos juntas en el colegio. Más de una vez me amenazó con atármela a la silla porque movía el banco y causaba que rayara sin querer sus apuntes decorados. Sus apuntes siempre fueron más lindos que los míos. Yo no tenía tanta paciencia como para usar tantos colores, así que usualmente se los pedía para fotocopiarlos. A veces me daba culpa, porque sentía que me estaba aprovechando de ella, pero nunca me reclamó nada. Yo quería creer que Dios iba a recompensárselo de alguna manera. Todavía lo espero, un poco. Después de todo, aprobé más de la mitad de las materias gracias a eso.

Me inclino hacia ella.

—¿Cómo podés estar tan tranquila? —le susurro.

—Solo salvamos a un borracho de morir atropellado —me responde también en un susurro—. Hasta donde sé es un acto de… ¿cómo era?, misericordia, ¿no?

—Ni siquiera sabemos a dónde nos llevan.

—Buen punto. Pero no hicimos nada, así que no pueden hacernos nada.

Hago una mueca en respuesta y ella traga saliva. No me contesta. Sabe perfectamente a lo que me refiero. Me incorporo de golpe cuando el hombre en el asiento del copiloto se acomoda y dice algo por su radio. Por un segundo tengo miedo de que nos hayan escuchado. De hecho, probablemente lo hicieron. Y los cuestionamientos no son algo que a los policías les agrade oír. Pero lo desestimo, porque nos ignoran durante todo el camino.

Me meto la mano en el bolsillo y la sensación del fajo de billetes hace que me ponga más nerviosa. Todavía no sé qué voy a hacer con esto. Esta vez, por primera vez en mucho tiempo, no tengo un plan.

Aunque no nos hayan explicado nada, algo pude captar acerca de la situación en la que nos metimos, según la conversación de los policías que nos llevan. Parece que no es la primera vez que a Joa Keuler lo detiene la policía. Lo reportaron como desaparecido (no frente al ojo público, por obvias razones) después del concierto. Aparentemente, estaba en una fiesta y sus amigos lo perdieron de vista. Y por ser el legendario, magnífico y extravagante (según criterios que, de nuevo, no son los míos) vocalista de Gris, el cuerpo policial entero se movilizó para encontrarlo. No quisiera saber si dejaron de lado un caso que requería más de su atención por buscar a este tipo. Mejor no pregunto cosas que prefiero ignorar.

Lo rastrearon a través de las cámaras. Y por el testimonio de una señora “con un perro insoportable” que se fue a quejar por “presencias indecentes” (palabras textuales). No me cabe duda alguna de que fue la mujer con el chihuahua. Asumo que no habrá mencionado la parte en la que su mascota mordió ferozmente a la “presencia indecente”. Sí, probablemente omitió ese detalle. Solo espero que el perrito no haya tenido rabia.

Joa apoyó la cabeza en la ventana izquierda apenas lo subieron y se quedó completamente dormido. Yo le puse el cinturón y se lo ajusté bien. No porque vaya a pasarle algo, sino porque preferiría que no se cayera encima mío. Haberlo arrastrado cinco cuadras es razón suficiente como para que mañana vaya a incinerar la ropa que llevo puesta. Se quedó en la misma posición por los casi veinte minutos que llevamos de viaje.

Bueno, al menos hasta ahora.

—Oficial… —dice exagerando la formalidad en su voz—. ¿Puede abrir la ventanilla, por favor?

El hombre no saca los ojos del camino. Presiona un botón en el tablero del auto y lo mantiene hasta que la ventanilla baja del todo. Joa asoma la cabeza y lo escucho vomitar. Cierro los ojos y hago una mueca de asco tratando de no pensar en si llegó a digerir o no los tostados que se comió. Sin éxito. Cuando termina, se vuelve a acomodar en el asiento como si nada hubiera pasado.

Apenas unas cuadras más tarde, el auto empieza a frenar. Miro por la ventanilla del lado de Lola esperando ver una comisaría. Sin embargo, el hecho de que estamos en la puerta de un hotel de lujo me toma por sorpresa.

¡Claro! Cómo puedo ser tan estúpida. ¿En serio creí que lo iban a llevar detenido? ¿Al fucking Joa Keuler?

Es la segunda vez hoy que pienso que Lola quizá tenga razón cuando me dice que, a veces, exagero demasiado, pero no voy a reconocérselo en este preciso momento.

El patrullero sube por una rampa y frena justo enfrente de la puerta. Hay dos personas paradas esperando. Uno de ellos, un hombre alto de traje y lentes oscuros (para protegerse de qué sol, no se sabe). Se acerca sonriente. Bajan la ventanilla del asiento del copiloto al verlo.

—Muchas gracias, jefe —dice en un tono confianzudo—, por el favor.

—Ya le dije mil veces que no me diga jefe —responde el conductor, fastidiado—. Usted y yo no somos amigos por más que nos veamos seguido.

—Está bien, no se me ofenda… Oficial, ¿mejor así? —pregunta sin esperar respuesta—. Si me permite, me tengo que llevar acá al amigo, porque están todos preocupados.

Ninguno le responde y se limitan a bajar del auto. Después, abren las dos puertas traseras. El piloto se inclina sobre Joa para desabrocharle el cinturón, mientras Lola y yo salimos por el otro lado. El señor de traje nos mira, extrañado. Me agarro del antebrazo de mi amiga con fuerza. Veo que el policía levanta a Joa bruscamente del hombro para sacarlo. Se ve que eso lo marea, porque se vuelve a inclinar a un costado para vomitar de nuevo, justo encima de las botas del oficial.

—No nos pagan lo suficiente como para aguantar esto —le dice a su compañero y ambos niegan con la cabeza.

Desvío la mirada.

—¿Y ustedes son…? —nos pregunta el hombre de lentes a Lola y a mí, señalándonos con el índice.

—Estaban con él —responde el otro policía.

—Ya estaba así cuando lo encontramos —se apresura a agregar Lola.

Yo asiento, nerviosa.

—Ya veo —dice el hombre rascándose la barba—. Bueno, ladies, me presento. Mi nombre es Martin —acentúa la A, como si fuese un nombre extranjero y nos extiende la mano—. Soy el mánager de Gris —agrega como si acabara de anunciar que tiene un título de nobleza—. Un gusto conocerlas.

Percibo que nos guiña un ojo por debajo de los anteojos de sol. Sonríe y nos estrecha la mano a cada una con demasiada fuerza. Sus dientes son tan blancos que parecen plásticos. De hecho, probablemente lo sean juzgando por su forma perfecta.

Noto que la otra persona, un chico más o menos de nuestra edad, se queda parado esperando un poco más atrás. Tengo que hacer un esfuerzo, pero finalmente lo reconozco por el corte mullet y los brazos de baterista como el tal Damián. Cuando el oficial levanta a Joa y lo lleva hasta la puerta, el chico se acerca. Quedan frente a frente y él le pone las manos en los hombros.

—Te abrazaría, pero das bastante asco, amigo —dice y se rasca la cabeza—. ¿Dónde mierda estabas? Me preocupaste.

—No tengo idea —responde Joa negando con la cabeza y riéndose, con sinceridad.

—¿Sabés qué? No importa. Lo fundamental es que estás bien —suspira aliviado—. Subí, date una ducha y vamos a casa.

Hace el amague de caminar hasta la puerta, pero se detiene y clava la vista en nosotras.

—¿Y ellas? —le pregunta a Martin, señalándonos con la cabeza.

El mánager reflexiona durante unos segundos antes de responder

—Eh… se supone que estaban con él —dice visiblemente incrédulo por nuestra versión—. Ahora les pedimos un taxi. Esperen por acá sentadas.

—¿Acá afuera? Está bastante fresco —insiste Damián.

—No pensabas hacerlas esperar adentro, ¿o sí? —se ríe—. Ni siquiera sabemos quiénes son, o sus intenciones… —agrega en un tono más bajo, que escuchamos de todas maneras.

—Sería muy irrespetuoso ni siquiera ofrecerles un café, Martin.

El mánager bufa, fastidiado.

—No podés meter a dos extrañas en el cuarto. Ni siquiera las conocés.

—No sé el contexto —discute—. Lo que sí sé es que encontraron a Joaquín y lo trajeron de vuelta. En una pieza.

El mánager pone los ojos en blanco.

—El pasillo del hall. Es todo lo que voy a ceder. Y hacé que las revisen antes, ¿está claro? —Damián asiente—. Ahora llevátelas. Tengo cosas más importantes de las cuales preocuparme.

—Que sea pasillo, entonces.

Damián nos hace una seña para que lo sigamos, sonriendo como si no hubiéramos escuchado toda la conversación. Martin se queda hablando con los policías. Supongo que están arreglando sus asuntos.

Por fin me suelto del brazo de Lola y vuelvo a palpar mi bolsillo. ¿Debería mencionárselo a este chico? Parece de confianza. Decido esperar un poco y entramos al hall de recepción, donde saluda al encargado antes de dirigirse a los ascensores del fondo.

Este lugar es todo lo lujoso que daba a entender por fuera. Los pisos de mármol perfectamente lustrados. Las lámparas de cristal. Los mangos brillantes de las puertas. Probablemente sea la única vez en mi vida que pise un lugar así.

Miro a Joa de reojo y se me ocurre que él tampoco pertenece (al menos en apariencia) a este lugar.

Los dos ascensores frente a nosotros están abiertos. Damián hace que Joa entre en uno, toca uno de los botones más altos y se aleja diciendo:

—No voy a compartir ascensor con vos.

—¡Ey! —se queja Joa, pero las puertas se cierran antes de que pueda seguir protestando.

Damián nos hace una seña para que subamos al otro y nosotras nos quedamos paradas con una expresión de duda.

—Me da igual lo que diga Martin —aclara—. Se van a morir de frío acá abajo. Además —agrega—, no me gustaría que las molesten.

Ambas asentimos en agradecimiento y no puedo evitar que el chico me caiga todavía mejor. Aunque al mismo tiempo, puedo entender el razonamiento del mánager: yo tampoco dejaría pasar a cualquiera, si fuera ellos.

—Gracias —dice Damián y agrega—. Por haberlo ayudado, quiero decir. Nadie les agradeció todavía, ¿verdad? Perdón por eso —se disculpa.

—Sos el primero, felicidades —contesta Lola riéndose—. Vamos a estar esperando una canasta de frutas de tu parte.

Los tres nos reímos por el comentario.

Llegamos al piso 13 y las puertas se abren. Joa está parado en el pasillo frente a nosotros.

—¡Sabés que le tengo fobia a los ascensores! —exclama exasperado.

—Lo sé perfectamente —contesta Damián saliendo—, pero estás bastante sucio y hay damas presentes —continúa señalándonos con las manos—. Aunque supongo que, si te encontraron así, ya están curadas de espanto.

Joa pone los ojos en blanco y se cruza de brazos. Entonces, los tres seguimos a Damián por el pasillo a la derecha. Llegamos a una puerta doble y él saca una llave de su bolsillo, pero se frena antes de meterla en la cerradura.

—Les tengo que advertir que Ian está bastante… enojado —dice—. Se supone que ya tendríamos que haber vuelto a nuestras casas, pero tuvimos que parar un rato en el hotel para esperar a Joa. Así que ustedes no le hagan caso. Y a vos —agrega dirigiéndose a Joa— te conviene desaparecer rápido.

Recapitulo mentalmente tratando de recordar quién carajo es Ian, pero no lo consigo. ¿Se supone que tendría que saber estas cosas?

—Esto es diez veces más grande que nuestro departamento —me susurra Lola cuando entramos, luego de darme un codazo.

Tiene razón. Este lugar es enorme para ser un simple “cuarto de hotel”. Podría considerarse varios cuartos en uno, de hecho. Es lógico, considerando el lujo del edificio en su totalidad, pero de todas maneras me sorprende. Involuntariamente, me causa un poco de rechazo. Me enseñaron desde siempre a despreciar este tipo de cosas.

Me resulta imposible ignorar el hecho de que se puede ver toda la ciudad a través de los ventanales. Y hasta las alfombras son tan mullidas y están tan limpias que te dan ganas de tirarte a dormir en ellas.

Y pensar que en nuestro departamento tuvimos que encajar la mesa y un sillón terriblemente incómodo como piezas de Tetris para poder meterlas en un espacio tan reducido.

El ambiente está calefaccionado y lo agradezco internamente. Damián nos invita a Lola y a mí a sentarnos en los enormes sillones, ni lo dudamos. Me dejo caer con confianza sobre los almohadones y cierro los ojos: estoy demasiado cansada como para que me importe guardar las formas ahora.

Apenas nos terminamos de acomodar, escuchamos un portazo proveniente de alguna parte que no llegamos a ver, como anticipo de una tormenta.

—Vos… —dice alguien.

Y ese alguien sale de un pasillo lateral hecho una furia. Pasa empujando a Damián a un costado para dirigirse a Joa y sin previo aviso le encaja una piña en el medio de la cara. Joa se tambalea hacia atrás y el chico lo agarra de la remera (o lo que queda de ella) y lo acorrala con fuerza contra una pared. El golpe de la cabeza del vocalista se escucha desde donde estamos.

—¿¡Cómo podés ser tan idiota!? —le grita a centímetros de su cara.

En ese momento, Damián interviene y agarra al atacante por detrás para sacárselo a Joa de encima. Le cuesta un poco porque se resiste, pero cuando finalmente logra separarlos, se ubica entre medio de los dos con los brazos extendidos.

—Tratemos de resolver esto como personas civilizadas —dice mirando hacia ambos lados.

—Ah, claro —responde el chico cruzándose de brazos—. ¿Le vas a pedir a él que se comporte como una persona civilizada? —señala con la cabeza—. Como si alguna vez te hubiera hecho caso.

—Ian, por favor… —suplica Damián.

Ahora que se quedó quieto, me doy cuenta de que es el guitarrista. Pero no es eso lo que más me llama la atención, sino el hecho de que es, literalmente, una fotocopia de Joa. Lo único que lo diferencia son unos centímetros más de altura, y que tiene el pelo largo y lacio en lugar de rulos cortos. Es como ver a dos clones enfrentados. No me queda claro cuál de los dos sería el malvado.

Joa se pasa una mano por la boca. Está sangrando. Se separa de la pared relamiéndose el labio inferior. Todo queda silencioso, en suspenso, durante unos segundos. Hasta que, en un movimiento rápido, se asoma para esquivar a Damián y le tira un escupitajo a Ian.

Me quedo con la boca abierta. ¿Se llevan así todo el tiempo?

El guitarrista reacciona y cuando intenta agarrarlo, Joa logra evadirlo y sale corriendo hacia el pasillo, haciéndole la seña del dedo medio. Ian intenta perseguirlo, pero Damián logra detenerlo. Se escucha un portazo.

—Ian, tenés que calmarte —le dice sujetándolo de un hombro.

—Y una mierda —le contesta soltándose de su agarre—. Estoy harto de que sigas defendiéndolo. Un día nos va a meter en un quilombo serio, a todos.

—No lo estoy defendiendo. Estoy evitando que se maten entre ustedes.

—Seguro —suelta de forma inexpresiva mientras agarra una guitarra que estaba apoyada en un costado, se sienta en una silla y empieza a afinarla mientras habla. Es una habilidad que yo nunca podría alcanzar—. Como todas las otras veces que lo cubriste. Al final, siempre fue tu favorito—concluye sin mirarlo, enfatizando la última palabra.

El baterista baja la cabeza, visiblemente herido por el comentario.

—Los dos me importan por igual —dice—. Estoy tratando de hacer que las cosas funcionen. Intento ayudar, ¿qué querés que haga? ¿Que lo eche? Sabés que no puedo hacer eso. No puedo elegir a uno de ustedes —sentencia con la voz quebrada—. Además…

—Además, ¿qué?

Damián no responde. Está al borde de las lágrimas. Traga saliva. Se acaricia un brazo con el pulgar. Se puso nervioso. Sabe que habló de más.

Ian lo nota, aunque no piensa rendirse. Apoya la guitarra en la mesa y se acerca hasta quedar cara a cara con el baterista.

—Además qué, Damián.

—Que la banda no es nada sin él —concluye otra voz.

Todos nos damos vuelta. De una puerta que acaba de abrirse, y que por lo que llego a vislumbrar es la del baño, sale el que, por descarte, identifico como el bajista.

Todavía lleva puesta la túnica blanca que tenía en el concierto. Junto con la corona de ramas que tiene en la cabeza, el pelo largo y rubio y los pies descalzos, lo hace parecer un cura. O Jesús. O un pastor evangélico. O un dios griego. Quién sabe. Tal vez todos a la vez. Tiene un cigarrillo encendido; por el olor dulce me doy cuenta rápidamente de que no es tabaco.

—¿Qué? No me mires así —le dice a Ian—. Sabés que estoy diciendo la verdad. No somos nada sin Joaquín.

Le da otra calada a su cigarrillo con toda la tranquilidad del mundo. Ian se acerca a él.

—Sabés que te partiría la cara si no fuera porque sos un nene y tu mamá haría un escándalo.

Me río por dentro. Es irónico: ahora que están juntos, puedo ver que el bajista les saca más de veinte centímetros a todos, incluso estando inclinado.

—Punto uno: cumplí 18 la semana pasada —dice—. Punto dos: no deberías golpear a nadie solo porque te dice la verdad. No deberías golpear a nadie, en líneas generales.

—Por mí te podés meter la verdad en el orto, San.

—¿Probaste haciendo yoga? —pregunta con tranquilidad, evadiendo el comentario—. Te ayudaría con todo ese… enojo. En serio, te vendría bien —asiente para sí mismo—. Tengo un amigo que da clases.

No puedo distinguir si lo está diciendo para provocarlo o si efectivamente es una sugerencia. Ian aprieta los puños y exhala con fuerza.

—¿Saben qué? —dice—. Se pueden ir todos bien a la mierda —camina—. Les deseo toda la suerte del mundo cuando el próximo quilombo en el que se meta mi hermano salga en la tele. Como siempre, va a ser fantástico para la imagen de la banda. Estoy seguro de que a todos los auspiciantes les va a encantar quedar pegados a un alcohólico —agrega con ironía—. A partir de ahora, es responsabilidad de u

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