Hija de la tierra (Historias de Cathalian 1)

Andrea Longarela

Fragmento

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Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo, en un lugar muy lejano, dos mares se tocaban en un punto. Sus aguas se unían en caricias sutiles y un romance inaudito. Los dioses marinos, que habían acostumbrado a luchar por delimitar su parte, dejaron de hacerlo. Osya y Beli se convirtieron en amantes, y su amor líquido se mecía y sentía en las olas y en la brisa de sal.

Sin embargo, no todos los dioses lo aprobaban. La diosa Tierra, habituada a las atenciones de Beli bajo sus aguas, dejó de sentir su roce y comenzó a llamarlo con nuevas especies marinas, corales rosados y plantas de colores y formas increíblemente bellas. Aun así, su adorado Beli ya estaba lejos. Pasaba las noches enredado con las olas de Osya y mirando el cielo.

La diosa Tierra, despechada, un día lanzó un rugido furioso y triste, y de las profundidades del agua se erigió un terreno vasto y fértil que se interpuso entre los amantes para siempre.

De las lágrimas de ambos, en ese territorio brotó la vida y se dividió en dos de manera natural. Del lamento de Osya nació Vadhalia, al oeste, que se convertiría en zona mágica salpicada por la esperanza de su corazón agrietado. Del pesar de Beli se alzó el reino humano de Cathalian, al este, mucho más terrenal y melancólico. A los Hechiceros se les cedió la punta norte; a las brujas, Hijas de Thara, la punta sur. Y, cuando la luna bañó con su luz una pequeña laguna en el pico más cercano a Osya, las Sibilas de la Luna brotaron de siete flores.

Durante mucho tiempo, los linajes vivieron en paz, en una armonía que tardaría en hacerse pedazos.

Pero la historia nos ha enseñado una y otra vez que el poder es capaz de corromper al alma más noble.

Igual que el amor…

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—¿Crees que puede sentirnos?

Maie lo miraba con toda la curiosidad del mundo en sus ojos azules. Se podía ver en ellos el fragor de la juventud, su inocencia y esa picardía que siempre la acompañaba. Una mezcla peligrosa fuera de los límites de la Casa Verde.

Estábamos escondidas tras lo que quedaba en pie del viejo castillo caído. Las pequeñas piedras rojizas se nos clavaban en las rodillas. Era posible que se nos notasen sus marcas en los pliegues del vestido al regresar y que tuviéramos que lavarlos a escondidas, pero no nos importaba. La tentación de descubrir lo que escondían los muros siempre era mucho más fuerte que el miedo a recibir un castigo por ello.

El Hombre Sauce se limpiaba las patas largas y huesudas en el arroyo. Su cresta de plumas grisáceas y hojarasca enredada brillaba bajo el sol de media tarde. Su altura superaba la primera rama del árbol que tenía tras él, lo que nos indicaba que era un ejemplar adulto. Medio hombre medio criatura de otros tiempos. Unos en los que la magia se colaba en cada respiro de aliento y vivía en armonía con los humanos, dando forma a un mundo cuyo equilibrio acabó hecho escombros por culpa de la Gran Guerra entre especies.

—¿Te imaginas lo que sería tocarlo?

—No deberías decir eso —la reprendí.

—¿Nunca has pensado cómo se sentirán las plumas entre los dedos? ¿Cómo sería el tacto de su piel de corteza?

Negué con la cabeza, aunque estaba mintiendo. Todas imaginábamos cosas sin cesar. Tanto cuando la vieja Hermine nos narraba antiguas leyendas extraídas de libros como cuando lográbamos escaparnos de los ojos de las vigías y explorábamos por nuestra cuenta. Siempre fantaseábamos con saber algo más de lo que fuese que existiera más allá del territorio seguro.

—Deberíamos volver —le dije.

Fue solo un susurro, pero suficiente como para que el Hombre Sauce se incorporase y sus orejas picudas se plegasen para escuchar a su alrededor. Había percibido nuestra presencia, pese a la distancia, a nuestro escondite entre arbustos y a que nuestra voz fuese apenas un murmullo contra el oído de la otra.

Maie cogió mi mano. Él se giró y lo vimos en todo su esplendor. Su cuerpo se asemejaba al de un hombre, pero más alto y delgado, como un junco seco. Sus piernas tenían tan poca carne que no eran más que hueso rodeado de piel mortecina. Esta estaba tan seca y cuarteada que le daba el aspecto del tronco de un árbol, de ahí su nombre. Harapos sucios le cubrían del torso a los muslos, prendas robadas que, en algún momento, habrían pertenecido a un cuerpo mucho más pequeño que el suyo. Sus ojos parecían dos piedras negras. No tenía pelo, pero sí dientes. Unos dientes afilados y amarillentos que me produjeron escalofríos. Dientes rasuradores de carne.

—Ziara…

—Shhh. No te muevas.

Tapé la boca de Maie al percibir su miedo. Me subí la capucha e hice lo mismo con la suya, sintiéndome protegida por el color verde de la tela. Las piedritas se me clavaron tan fuerte en las rodillas que supe que me sangrarían. No obstante, prefería eso a que el Hombre Sauce nos viera y atacase. No eran criaturas agresivas y, habitualmente, solo se alimentaban de pequeños roedores, pero si se sentían en peligro la cosa cambiaba. Y nosotras nos habíamos colado en su zona de paso. No solo eso, sino que al estar en territorio prohibido no contábamos con la protección del concilio.

—Quien no respeta las normas de la magia asume sus consecuencias.

Aparté la voz de la Madre de mi cabeza. Me centré en respirar lo más en silencio que pude y en evitar que el pánico que comenzaba a llenar los ojos de Maie saliera a borbotones y la criatura nos descubriera.

No era la primera vez que nos veíamos en una situación similar. Llevábamos ya tiempo escapándonos a escondidas y cada vez tendíamos a ir más lejos, a sabiendas de que el más mínimo descuido podría ser fatal. Sin embargo, la curiosidad era más fuerte que cualquier instinto de supervivencia. Había algo en nuestro interior que tiraba de nosotras sin control y que habíamos aprendido a ocultar bajo las órdenes de Hermine, pero cuando estábamos a solas… Hacía unas semanas habíamos visto cruzar caballos en estampida. Auténticos y salvajes, con sus crines cobrizas al viento. Los primeros que veíamos reales y no pintados sobre un viejo lienzo amarillento. Había soñado con el sonido del golpeteo de su galope algunas noches. Meses atrás nos había parecido escuchar el rumor de los espíritus que mantenían en armonía el viejo bosque. Pese a ello, sí era la primera vez que alguno de esos descubrimientos captaba nuestra presencia, y ese era un error que podía costarnos la vida.

Las rodillas de Maie temblaron y las hojas secas rompiéndose bajo su peso nos delataron. La mirada oscura de aquel ser se clavó en el arbusto que nos escondía. Según las enseñanzas de Hermine, eran criaturas que no veían muy bien, pero su olfato sí era prodigioso y, en aquel instante, movía su aguileña nariz en nuestra dirección.

Mi corazón latía tan rápido que, cuando su cuerpo se tensó y dio el primer paso, supe que podía oler la sangre circulando por mis venas a toda velocidad.

Íbamos a morir. Nos habíamos arriesgado demasiado y aquel era el precio por nuestra desobediencia. El temblor de Maie me dijo que ella también lo sabía.

Contuve un gemido y me preparé para echar a correr. Su mano se trenzó con la mía con tanta fuerza que, de no estar centrada en sobrevivir, habría gritado por el dolor.

Cuando el Hombre Sauce dio otro paso, Maie cerró los ojos y su respiración agitada nos delató del todo. Él caminaba de forma lenta, casi meditando cada zancada, aunque eso no significaba que tuviéramos alguna posibilidad de escapar en caso de que nos atreviéramos a huir.

Dos pasos más y ya podíamos verle las rodillas huesudas a través del seto.

Uno más y podríamos tocarlo si alargábamos las manos.

Tragué saliva con fuerza y abracé a Maie dentro de mi capa. Si aquella iba a ser nuestra muerte, lo haríamos juntas, en un abrazo eterno. Comencé a contar hasta diez para serenarme, pero solo llegué al seis. Un crujido repentino rompió aquella angustiosa quietud y los tres giramos la cabeza en otra dirección. No estábamos solos. La tensión repentina del Hombre Sauce y el temor que inundó sus ojos provocaron que mi cuerpo se estremeciera y que el pánico alcanzara su plenitud. Lo que fuera que nos había descubierto era lo bastante peligroso como para que una criatura como aquella se echase a temblar.

Fue un visto y no visto. En apenas dos segundos, una tormenta plateada arrasó con todo. Levantó una polvareda según se acercaba al Hombre Sauce y se lo llevaba con él, dejando a su paso un grito agónico que se mantuvo como un eco interminable junto a nosotras.

Después, solo quedó el silencio.

Noté el sudor frío perlando mi nuca y deslizándose por la espalda, la garganta seca y las piernas entumecidas. El miedo me acariciaba los huesos y me helaba la sangre. La cabeza de Maie se escondía en mi cuello y cerraba su mano con fuerza sobre la falda de mi vestido. Cuando quité la mía de su boca, su voz temblorosa le puso fin a aquella estremecedora calma:

—Era un…

No debíamos pronunciar su nombre. Decían que, si lo hacías, ellos respondían con facilidad a la llamada. Y nadie en su sano juicio querría tener que enfrentarse a uno de esos seres. Solo pensar que lo habíamos tenido tan cerca ya me provocaba escalofríos.

Aun así, ¿qué diablos hacía en el Bosque Sagrado? No pertenecía a su territorio. Según las normas del concilio, no debía atravesar jamás el Río de Sangre. Nosotras vivíamos en zona protegida. Éramos las hijas de Hermine. Intocables. El último tesoro de los hombres.

Maie respiraba aterrada de forma entrecortada, pero no fui capaz de mentirle.

—Sí, lo era. Vámonos.

Apreté su mano entre mis dedos y echamos a correr hacia la Casa Verde. Nuestra casa. La única que conocíamos. Donde vivíamos y crecíamos, hasta el instante en el que uno de los últimos hombres soñase con nosotras. Yo era una de las mayores, una de las pocas que quedábamos bajo su techo que no habíamos sido entregadas al nacer, sino que me habían llevado allí cuando apenas había cumplido los cuatro años.

Antes de entrar por el agujero del muro que se escondía tras las zarzas, y que nos unía a ese mundo del que se nos mantenía ocultas, me pareció vislumbrar un brillo iridiscente a mi izquierda, como el escamado centelleante de una sirena. Como un rayo de plata. Como un tornado de fuerza y magia que deja tras su paso una estela de polvo brillante.

No debía decirlo en alto, pero sí, era uno de ellos.

Uno de los Hijos Prohibidos.

Un Hijo de la Luna.

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Hermine nos observaba con ojos escrutadores. Una al lado de otra, rectas, formando una línea eterna de chicas vestidas de blanco. Como un manto de nieve.

—Runia, ¿a qué se deben tus ojeras?

Ella nunca contestaba, pero todas sabíamos que se escondía de noche en los lavabos y le robaba horas al sueño. No quería ser escogida. No quería que nadie soñara con ella. No quería pertenecer a nadie más que a sí misma. No sé si por miedo u orgullo, pero era la que más sufría en aquella casa. Lo que Runia desconocía era que, aunque ella no escuchara la llamada, él vendría igualmente a buscarla. Fuera quien fuera. Siempre había funcionado así. Era el destino de las Novias. Era mi destino.

Me observé el bajo de la falda; pese a haber lavado las manchas rojizas con las que la piedra del castillo había teñido la tela, aún tenía alguna brizna de hierba enganchada. Levanté el pie y la retiré como pude antes de que llegara mi turno. No podía permitir que la Madre descubriese que había estado en los jardines en vez de haciendo mis tareas. Mucho menos que pensara en la posibilidad de que saltáramos al otro lado del muro.

Hermine se colocó frente a mí y estudió mis ojos. Mantuve la mirada sin miedo. Sus iris verdosos se parecían al color que llenaba cada rincón de nuestro hogar. Un tono de verde similar al de las esmeraldas más oscuras que era capaz de imaginar. Un verde bosque, un verde como el que me figuraba que tendrían las aguas profundas del río más denso del mundo. Un verde único. Aquí todo era de ese color, desde las paredes, las puertas y las ventanas de la casa hasta el azulejado del suelo mezclado con el blanco o las cortinas aterciopeladas que tapaban el paso de la luz. Un color que ellos no podían apreciar. Un tono que aquellos que más nos odiaban no podían percibir. Un escondite seguro. El punto débil de su magia. Todo era verde. Bueno, todo no. Nosotras éramos el blanco. Nuestros vestidos de gasa y encaje nos diferenciaban de cualquier otra criatura que existiese. Cuando llegaba el invierno y tanto el Bosque Sagrado como los jardines se cubrían por completo de nieve, simulábamos ser copos ocultos bajo su manto. El resto del tiempo eran las capas seguras las que nos escondían de su mirada.

Al pensar en ello, me percaté de que aquella tormenta plateada que había acabado con la vida del Hombre Sauce no podía habernos visto. Solo había sido pura casualidad que su presa estuviera a punto de cazar a dos chicas traviesas que se habían escapado de su hogar. El cazador desafortunado convertido en el botín de otro.

Hermine deslizó su escrutinio por mi cuerpo, hasta posar la vista en un pequeño agujero a la altura de la cintura. Recordé en el acto el tirón que sentí entre los ramajes al correr con Maie de vuelta a casa. El encaje se había rasgado, dejando a la vista mi pálida piel.

—¿Qué es esto, Ziara?

—No lo sé, Madre. Me habré enganchado con algo realizando mis tareas. Me ocuparé de coserlo esta noche.

Dudó. Su rostro se frunció, pero no insistió. Me dije que debía tener más cuidado cuando nos alejáramos de la casa, porque, pese a la prohibición, al riesgo que corríamos y al pavor que habíamos sentido aquel mismo día, sabía que volveríamos a hacerlo. Más aún después de haber sentido la agitación desmedida de tener tan cerca a uno de ellos. Y no estaba pensando precisamente en la criatura con piel de árbol, sino en otra; en otra cuyo nombre no debíamos pronunciar.

La ronda siguió. Como cada día. La Madre estudió a cada chica, una a una, comprobando que todo estuviese en orden, que no hubiera ningún indicio de posible enfermedad o inquietud que perjudicara el ritual si alguna era bendecida en sus sueños aquella noche. Como siempre desde que me reclamaron, me alejaron de mi familia y pasé a formar parte de las hijas de Hermine. Una de las Novias del Nuevo Mundo.

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No tenía muchos recuerdos de la que había sido mi vida antes de llegar a la casa. Recordaba el rostro adusto de mi madre, sus manos encallecidas por el trabajo en el campo y sus ojos hundidos y siempre tristes. Recordaba a mi padre, su semblante serio y su espalda ancha, tan alto que tenía que agacharse al entrar por la puerta de aquella granja en la que vivimos y me criaron hasta que me descubrieron las Ninfas Guardianas. Poco más. Deseaba atesorar más recuerdos, pero, por mucho que me esforzaba, no aparecían.

No obstante, algunas noches me despertaba en plena madrugada con el sabor de las pesadillas en la garganta. Imágenes que se repetían sin cesar y que resultaban tan vívidas que no parecían fantasías, sino rescoldos de un pasado que se empeñaba en volver a mí cada vez con más insistencia. Unas sombras alargadas que me arrebataban de las manos de mi madre. Sus gritos y la mirada de perdón de mi padre al aceptar a cambio un saco de monedas. Los ojos de Hermine al abrir los míos por primera vez en aquel lugar. Una carrera por un prado amarillo que acababa en un precipicio justo antes de despertarme. Y un claro de agua único y especial, uno en el que brillaban virutas de polvo, restos de magia, dentro de las rocas que bordeaban la ladera de ese hogar desdibujado al que a ratos regresaba.

Cuando eso ocurría, cuando las pesadillas no me daban tregua, me levantaba y me dirigía hacia uno de los balcones de la biblioteca para refrescarme. Era el único cuya madera cedía bajo mis manos de forma silenciosa y que nunca se cerraba con llave.

Aquella noche, me sorprendí al encontrarme a alguien en una de las esquinas de la sala bajo la luz de un candil.

—¿Qué estás haciendo?

—Ziara… ¡Qué susto me has dado! Pensé que serías Feila o alguna de esas chivatas que le van enseguida con el cuento a Hermine.

Sonreí. Ninguna de las dos debía estar ahí. Maie se posó la mano en el corazón por la impresión y después me hizo sitio a su lado para que me sentara. Me agaché y leí lo que escondía en su regazo. Era uno de los viejos manuscritos de la biblioteca. Sus hojas estaban tan amarillentas y frágiles que parecían a punto de romperse. No debíamos cogerlos sin permiso, pero a Maie no había muchas cosas que la frenaran; la cantidad de castigos que llevaba a sus espaldas daba fe de ello.

Pasó una de las hojas y me estremecí. Vi un dibujo; era la imagen de uno de esos de los que teníamos prohibido hablar.

—¿Se puede saber qué estás haciendo con eso?

Maie puso los ojos en blanco y se retiró la trenza que caía por su pecho hacia atrás con altanería. Con el camisón y bajo la luz de la llama, me parecía tan pequeña como la Maie de cinco años atrás.

—No seas mojigata. Solo estoy leyendo sobre ellos. Hoy casi hemos visto uno.

—Hoy no hemos visto nada más que un viejo Hombre Sauce.

—Ziara, vamos…

—Hoy no hemos visto nada —insistí, pero hasta mi voz resultaba falsa.

Maie sacudió la cabeza. Su pelo castaño parecía más dorado junto al candil. Sus ojos azules, más claros. Su piel, más pálida. A veces admiraba su belleza dulce, apacible y delicada. Pese a que su espíritu distaba de ello, su apariencia era el ejemplo perfecto de lo que el mundo buscaba de nosotras y de para lo que el destino nos preparaba.

Complacencia, ternura, sumisión.

Mi aspecto, en cambio, destacaba entre la fineza de mis hermanas. Mi pelo era fuego. Largo, espeso, indomable. Del color de las llamas. Mis ojos, dos avellanas con destellos rojizos. Mi piel estaba cubierta de pecas.

Maie carraspeó y me devolvió a la realidad.

—Estamos solas. Delante de mí no tienes por qué fingir. Y tú sabes igual que yo que era uno de ellos.

Era cierto. Y estaba rondando la casa, cuando supuestamente era imposible encontrarlos a menos que nos adentráramos más allá del Río de Sangre. Aquello no encajaba.

Maie colocó el dedo en una de las líneas y comenzó a leer bajito:

—Una de las primeras razas híbridas documentadas. Conservan forma y particularidades humanas, pero no lo son. Hijos de las Sibilas de la Luna y de los Antiguos Hechiceros de Lithae. Cazadores, silenciosos y audaces. Los límites de su magia son desconocidos. Su longevidad aún es un misterio. Se los reconoce por ser reguero de plata. —Hizo una pausa, dubitativa—. ¿Qué diablos significa eso?

—No lo sé.

Pero sí que lo sabía. Yo había sentido sus ojos de plata sobre mí aquella tarde. Como un reguero constante que dejaba un polvo plateado a su paso.

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—Runia, hoy y aquí comienza tu ceremonia de plenitud. Tus hermanas y yo, tu Madre, te deseamos una vida feliz. Nos presentamos y arrodillamos ante el hombre honrado para ser tu propio destino. Te has deslizado en sus sueños. Él se ha colado en los tuyos. La llamada de los últimos hombres os ha unido. Sois nuestra esperanza.

—Sois nuestra esperanza —repetimos todas con los ojos entrecerrados y las manos unidas. Habíamos formado un círculo, arrodilladas alrededor de la dichosa pareja, siguiendo los pasos del ritual que tantas veces habíamos practicado.

Runia lloraba. Lo hacía sin lágrimas, como una buena Novia entrenada para ello, pero todas las veíamos. Así sucedía entre hermanas. Su desolación era casi tangible para nuestros ojos. Él era un hombre apuesto. Alto, con porte de caballero. Sus galones de oro resplandecían y sus dientes se asomaban tras una sonrisa cortés. Las marcas del destino destacaban sobre los dedos de ambos; un ensortijado anillo de líneas negras únicas que brotaba en su mano en el mismo momento en el que uno soñaba con el otro. Unos hilos que los unían para siempre, raíces que crecían entre ellos, una alianza permanente en su dedo anular a ojos de cualquiera e imposible de ocultar.

No tendría que ser algo malo para Runia. Quizá tuviera una gran vida.

Sin embargo, yo percibía la furia en los ojos opacos del hombre. No era uno de los buenos. Debía serlo, pero transmitía oscuridad. Temí por ella y más aún por no poder hacer nada al respecto. Cada día la sensación de que éramos mercancía y esa celebración un mero trámite se agudizaba más.

Había sido testigo de decenas de ceremonias. En algunas los hombres se mostraban cordiales, agradecidos y tan esperanzados como las chicas. En otras, el miedo era más que palpable ante caballeros que destilaban vileza y falsedad.

Runia se arrodilló frente a él y le besó la mejilla. Él hizo lo mismo. El cortejo funcionaba así. Después nos dedicaron una reverencia y desaparecieron por la puerta verde de aquella casa a la que Runia nunca regresaría. Quizá sí entraría a la zona del Manantial para entregar a su futura hija, pero nosotras jamás volveríamos a verla allí dentro. Puede que algún día una hija suya lo hiciera para convertirse en una de nosotras, pero ella no.

Recé en silencio para que engendrase un varón.

Sentí una pena tan grande que me dejó sin aliento.

—¿Crees que será feliz? —dijo Maie con voz temblorosa mientras los veíamos alejarse.

—Espero que sí.

—¿Pero tienes esperanza, Ziara?

No contesté. No hacía falta. Por mucho que nos la repitieran cada día, viviendo aisladas, nunca llegábamos a comprender del todo el verdadero significado de esa palabra.

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Aquella noche, la cena fue en honor a Runia. Hubo pan de frutas, compotas azucaradas y pastel de nueces. Hermine pronunció unas palabras sobre la homenajeada y después nos dejó a solas.

Tras cada ceremonia que vivíamos ocurría lo mismo. Pese a la pena por la despedida, en la casa se respiraba un ambiente cálido y soñador. Las chicas fantaseaban con su propia fiesta de plenitud, como si fuera lo que más deseaban en el mundo. Podría ser así, aunque no para todas. Algunas, como la infeliz Runia, vivíamos con miedo la llegada del día. Quizá porque no alcanzábamos a comprender la felicidad implícita de convertirnos en propiedad de otro. Quizá porque creíamos que tenía que existir algo más que un destino impuesto desde el nacimiento. Quizá porque siempre fuimos diferentes.

—¿Cómo crees que será? Yo nunca sueño.

Maie escuchaba las conversaciones de las demás; algunas se imaginaban desposadas por apuestos nobles a caballo; otras anhelaban ser las dueñas de castillos erigidos frente al sol, fortalezas que no habían sido derruidas en la Gran Guerra y que guardaban entre sus paredes inmensas riquezas de las que disfrutar; unas pocas dudaban de su futuro, pero la esperanza se agarraba a ellas y cruzaban los dedos mentalmente por ser las siguientes. Maie estaba en ese último grupo. Era inteligente, curiosa y temeraria. No creía del todo en que desposarse con un desconocido pudiera hacerla dichosa, pero tampoco se negaba a probarlo. Ella quería soñar y atravesar las murallas. Ver lo que nos escondían más allá del muro. Su curiosidad por conocer lo que las demás iban descubriendo era más grande que su miedo y que su sentido de la protección. Pese a ello, las Novias no soñaban nunca. El hechizo bajo el que vivíamos se ocupaba de que así fuera mientras estuviéramos dentro de la Casa Verde. Al menos, no lo hacían con imágenes claras, sino más bien con sombras difusas, brillos y colores sin determinar. Solo lo hacían llegado el momento.

Menos yo.

Suspiré.

—Yo preferiría no soñar.

Maie se acercó más a mí y susurró pegada a mi oreja para que nadie oyera la conversación. Mi secreto se había convertido en nuestro hacía mucho tiempo.

—¿Has vuelto a tener pesadillas?

—Sí, he soñado con el claro de agua. Me sumerjo y giro sobre mí misma, como si un remolino me atrapara.

—¿Y después?

—No recuerdo mucho más. Solo que me ciega un destello y la sensación de asfixia es tan intensa que me despierto tosiendo.

Mis sueños se repetían. Coleccionaba un puñado de ellos, pero siempre eran los mismos. El primero que recordaba era una imagen de la granja. Mi madre remendaba un vestido frente al fuego. Mi padre no estaba. Yo jugaba sobre el suelo, haciendo rodar una naranja. Entonces, el fuego crecía y nos cubría; mamá se levantaba, se colocaba con rapidez sobre mí y me resguardaba bajo su falda. Cuando conseguía salir de su protección, todo había desaparecido. Había otro en el que me veía correr por un prado amarillento. Me reía. El sueño consistía en eso, en correr y correr, hasta que el prado se acababa al llegar a un precipicio. Otros también se repetían, pero cuando me despertaba no conseguía recordarlos con exactitud; mi mente los ocultaba. Y, por último, estaba el del claro. Era una pequeña charca dentro de una cueva. Las gotas brillaban, como si estuviera cubierta por un manto de estrellas. Me sentía en calma, hasta que tropezaba y caía dentro de ella. El agua comenzaba a girar a mi alrededor y me atrapaba. No notaba los pies y algo me apretaba el pecho. Me hundía. No podía respirar. Me ahogaba. Y, entonces, ocurría. Me cegaba una luz potente y me despertaba con la sensación de que me había tragado todo un océano.

Maie me observaba con ese brillo envidioso que siempre le provocaban mis diferencias. Por mucho que me quisiese, no podía evitarlo. Habría matado por ser capaz de poseer algo que la hiciera distinta a las demás.

—La siguiente serás tú. Ya lo verás —le dije en un intento un tanto torpe de animarla. Ella sonrió.

—Eso espero.

Le devolví la sonrisa, pero por dentro deseé que no se cumpliera. Si perdía a Maie, no me quedarían motivos para levantarme por las mañanas. Ella era lo único en aquella casa que hacía que atravesar los muros fuese posible, aunque solo lo hiciéramos imaginándonoslo o escapándonos de vez en cuando a las inmediaciones del Bosque Sagrado. Sin ella, las murallas se alzarían para mí hasta alcanzar el cielo. Sin ella, me daba miedo la soledad.

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—Giarielle portaba la belleza de las brujas. Sus ojos rasgados guardaban secretos. Su pelo indomable recordaba a las llamas de los que morían bajo sus manos. Su corazón estaba hecho de piedra y espinas.

Kiren leía uno de los relatos de los libros de la biblioteca a la luz del hogar encendido. Hermine, en la butaca pegada al gran ventanal, daba cabezadas con una sonrisa en los labios. Después de cada ceremonia, leíamos historias. Kiren tenía un don para hacerlo, con su voz aterciopelada y una expresividad que mantenía a las demás en vilo, pese a que fueran leyendas mil veces escuchadas. Esa noche habían escogido la de la bruja Giarielle. Era una de las favoritas; quizá porque costaba creer que una mujer hubiera podido engañar y traicionar a un rey. A mí me incomodaba compartir con ella su rasgo más distintivo. Feila me lo recordaba con miradas hirientes a mis cabellos cada vez que se recordaba su historia.

—Su majestad Danan de Cathalian era un hombre apuesto, justo y fiel, pero su integridad no pudo combatir la magia negra de la bruja de fuego. Ella lo hechizó y lo mantuvo preso de un amor fingido. Hasta que un día Giarielle fue castigada por su propio encantamiento; había volcado en él tanto amor para que Danan le correspondiera que este lo repartió en otros lechos de la corte.

—Anda, vamos. Esto es un aburrimiento —susurró Maie.

Tenía razón. Habíamos escuchado aquella historia miles de veces. Giarielle había enloquecido ante la traición y había prendido fuego a los aposentos de Danan. Dentro yacía él con su esposa, la reina Niria, y su primogénito recién nacido dormía en la cuna. El orgullo de Giarielle la hizo observar la grotesca escena demasiado tiempo como para que el tejado de la mansión venciera y muriera aplastada por sus propios actos. Estaba encinta. Un sirviente llegó a tiempo para salvar a Rakwen, el bebé huérfano que a su debido momento se convirtió en el rey de Cathalian. Desde entonces, las brujas habían sido perseguidas y condenadas por nuestro linaje hasta llegar al mismo rey Dowen.

Nos escabullimos del gran salón, donde las hermanas escuchaban embelesadas el final de la bruja Giarielle, y nos dirigimos de puntillas a los pasillos de las cocinas. Una de las criadas nos vio, pero sonrió entre dientes y disimuló que no lo hacía. Pese a las normas estrictas que nos imponían, solíamos contar con aliadas en el servicio que pasaban por alto lo que consideraban travesuras de chiquillas.

Maie abrió la puerta de atrás que daba a los cultivos y enseguida sentimos en la cara el frío del comienzo del invierno. Quedaba muy poco para que la nieve cubriera el muro y todo se transformara en un manto blanco; para que aquellas murallas que nos rodeaban nos encerrasen aún más.

Nos adentramos en uno de los invernaderos y Maie arrancó una zanahoria antes de dejarse caer en el suelo. La luna brillaba con fuerza al otro lado del cristal. Me senté a su lado y deseé con fuerza que Runia, allá donde fuera, encontrase paz.

—¿Crees que estaba aquí por la luna llena?

Volví el rostro y me encontré con los ojos soñadores de Maie clavados en aquella redondez blanca que brillaba en el cielo. Estaba hablando de lo sucedido días atrás en el bosque. La conocía tan bien que sabía que le estaba dando vueltas a la posibilidad de cruzarnos con él de nuevo. Y, pese al miedo, tuve que admitirme a mí misma que la simple idea me hacía sentir tan viva y despierta que me asustaba. Cada vez que había pensado en lo ocurrido notaba que mi sangre se aceleraba.

—No lo creo.

—Los libros dicen que en luna llena sus poderes alcanzan todo su potencial.

—Los libros no son más que un puñado de leyendas, Maie.

Ella tenía razón, no solo lo habíamos leído en los libros, sino que Hermine nos había enseñado todo lo que necesitábamos saber sobre ellos para mantenernos a salvo y, entre esas pocas cosas que provocarían pesadillas a cualquiera, estaba la creencia de que bajo el influjo de la luna llena eran imparables. Su magia se alimentaba de ella.

Se encogió de hombros y sonrió entre dientes.

—Puedes intentar engañarte todo lo que quieras, Ziara, pero lo que vimos era real. Tan real como que Runia esta noche se entregará a un hombre.

Y ese era el problema. Si Maie era temeraria, mis sentidos me decían con insistencia que yo podía llegar a serlo mucho más. El ritmo acelerado de mis latidos no dejaba de repetírmelo.

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Nos preparábamos para el invierno. Los días cada vez eran más cortos y el frío comenzaba a colarse por las grietas de la Casa Verde. Por ese motivo, trabajábamos más horas en nuestras tareas diarias, con el objetivo de estar preparadas cuando la nieve cubriera el muro y quedáramos atrapadas en su interior. Una burbuja más segura que nunca.

—El invierno no es nuestro enemigo. Su hielo nos mantiene más protegidas —recitaba Hermine mientras nos dejábamos los dedos cortando leña o recogiendo alimentos para envasar y llenar las despensas.

No obstante, a mí me agobiaba esa sensación de encierro. Me había ocurrido desde siempre. Recordaba los primeros inviernos que había pasado allí y la ansiedad que me llenaba el pecho. Había llegado a desmayarme por la falta de aire y la curandera me había ofrecido brebajes que me adormecían cuando esos ataques me azotaban sin remedio. Con los años, había aprendido a sobrellevarlos, aunque ese autocontrol no evitaba que me mantuviera más aislada de lo normal, más huraña y con un temor permanente a enloquecer que se me pegaba a los huesos. De no ser por la compañía y paciencia de Maie, esos meses apenas abriría la boca para pronunciar palabra.

Aquella mañana, me desperté con los pies helados y enseguida vi la escarcha pegada al cristal de la ventana del dormitorio. Quedaba poco para que se congelaran las inmediaciones hasta tal punto que apenas podríamos salir de la casa.

La planta de arriba de la mansión estaba dividida en grandes habitaciones que compartíamos en grupos de diez. Según entrabas en ellas, las camas se pegaban a izquierda y derecha de los muros, y se separaban entre ellas por una pequeña mesilla con un candil que algunas de nosotras usábamos para leer antes de dormir. Hermine seleccionaba los títulos de los libros. En el muro frontal, grandes ventanales nos dejaban ver los jardines y, en la lejanía, la frondosidad del Bosque Sagrado. Estaban cubiertos por cortinas de terciopelo verde, aunque solíamos apartarlas para que nos despertara la luz del sol.

Me incorporé sobre la cama, pero agarré la manta y me cubrí hasta el cuello con ella. Había soñado con mis padres. Hacerlo siempre me dejaba un regusto amargo en la boca y la sensación de que me pesaba el cuerpo, como si una carga extraña se me anudara a los hombros. Pensé en ellos. En la mirada de pánico de mi madre cuando llamaron aquella tarde a la puerta. En el arrepentimiento de mi padre al entregarme sin luchar y a cambio de una bolsa de monedas. ¿Cuánto vale un hijo? No lo suficiente como para venderlo y no perder un poco de humanidad al hacerlo. Al momento, la imagen de aquellas sombras que me envolvieron y me llevaron hasta la protección de Hermine apareció en mi mente. Ninfas Guardianas que habitaban el Bosque Sagrado y que se encargaban de encontrar a las chicas que vivían de forma clandestina después de firmarse la paz y de que se decidiera que nosotras éramos el precio a pagar. Nunca lograba darles forma del todo. Recordaba que eran luz y un instante después oscuridad; garras de humo que me durmieron entre sus brazos para sacarme de allí y que no pudiera recordar el camino de vuelta.

Estaba tan inmersa en mis pensamientos que no me di cuenta de la algarabía que explotó a mi alrededor. La cama de Maie se encontraba en la pared de enfrente y dos camas a la izquierda de la mía. Siempre la veía al despertarme, pero, aquel día, su espacio estaba ocupado por un montón de hermanas. Sentí un nudo en la garganta creciendo lentamente, como cuando recogíamos la lana después de las clases de costura, enredando el hilo entre los dedos y formando un ovillo hasta que era tan grande que no nos entraba en la mano. Me levanté despacio, rezando para que no fuera verdad, pero cuando la risa de Maie destacó por encima de las demás supe que ya era tarde. Di dos pasos y entonces la vi dando un salto sobre el colchón y buscándome con una sonrisa nerviosa que deseé no haber tenido que atisbar jamás.

—Ha sucedido, Ziara. ¡Me ha escogido!

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La gran sala estaba vestida de fiesta. Jarrones de flores secas adornaban cada rincón. La chimenea encendida caldeaba el ambiente y llenaba las paredes de sombras que se movían sin cesar como en un baile improvisado. Olía a romero y a los manjares que nos esperaban en el comedor para la celebración posterior. En un rincón, Feila tocaba con la flauta una melodía alegre.

Maie esperaba sentada frente a un ventanal la llegada del hombre. Llevaba su vestido de ceremonia. Era de un blanco más brillante que el de nuestros tejidos, con mangas largas abullonadas y cuello alto. El encaje de la falda dibujaba pequeñas flores de invierno. Sus pies estaban enfundados en unas botas negras de cordones que le llegaban hasta las rodillas. Hermine había peinado sus cabellos en una trenza atada con un lazo azul de seda y una corona de rosas pálidas adornaba su cabeza. Estaba preciosa. Sus ojos azules brillaban de una forma especial y sus mejillas estaban arreboladas por la inquietud y las ganas de salir, por fin, de aquel hogar en el que la habían entregado tantos años atrás.

Me acerqué a ella y posé una mano en su hombro. Maie respondió colocando la suya sobre mis dedos.

—¿Cómo te sientes?

Suspiró y me lanzó de nuevo esa sonrisa que la había acompañado los últimos días, dedicados exclusivamente a su preparación. Ninguna de nosotras sabía qué enseñaba Hermine a las elegidas antes de marcharse. Tampoco era algo que yo deseara conocer. No, si para hacerlo tenía que ser escogida o despedirme de mi mejor amiga.

—Bien, Ziara. Me siento… preparada.

Lo parecía. Sin embargo, yo no podía dejar de pensar en cómo era posible que se sintiera segura sin saber su verdadero destino. No conocía a aquel hombre. Peor aún, Maie había sido entregada en la Casa Verde cuando solo tenía dos años, así que no recordaba a ninguno fuera de una ceremonia de emparejamiento. Nunca había conversado con uno. Tampoco tenía conciencia de haber pisado terreno humano. Era prácticamente una muñeca dentro de aquel lugar. Todas lo éramos. Incluso yo, que conservaba recuerdos de mis primeros años de vida, me sentía una marioneta.

Quise decírselo. Quise que abriera los ojos y tuviera miedo, ya que el miedo siempre te mantiene alerta y mucho más preparada para el ataque que esa curiosidad insana que la caracterizaba y que había sido la principal causa de nuestra amistad. Pese a que nos costase controlarla, yo sabía que esa actitud nos llevaba directamente al borde del precipicio. Aunque no fuese posible, quise que saliera corriendo hasta el bosque y huyera de ese destino que siempre me pareció un castigo en vez de una bendición. Quise que se sintiera tan infeliz como yo ante el hecho de perderla.

Pero solo fui capaz de decir lo siguiente:

—Voy a echarte de menos.

Apretó los dedos sobre los míos y después sonrió al ver el séquito que se adentraba por el portalón.

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Se llamaba Isen y era el descendiente de un alto linaje. Sus antepasados habían gobernado las Tierras Altas durante siglos, antes de que los Hijos Prohibidos las hicieran suyas en la Gran Guerra y tuvieran que huir pidiendo protección al reino de Cathalian. Era joven, aunque al menos diez años mayor que Maie, de aspecto altivo y vestía ropas que en algún momento denotaron estatus pero que se veían desgastadas por el tiempo. En su casaca azul brillaba el oro de algunas insignias de las que desconocíamos el significado y una espada colgaba de un cinturón de cuero con joyas incrustadas.

—Es un gran partido, Maie. ¡Has sido bendecida por los dioses! —había dicho Hermine al enterarse de quién se trataba.

Su cabello era oscuro y su mirada almendrada recordaba al brillo astuto de algunos felinos que estudiábamos en los viejos libros. Transmitía dureza y elegancia a partes iguales.

Maie contuvo el aliento cuando lo vio fuera de su sueño por primera vez. Su piel se enrojeció y apartó los ojos de los del hombre con una timidez desconocida en ella hasta ese instante. La conocía demasiado bien para saber que se sentía intimidada por su simple presencia; no quería ni imaginarme qué sucedería cuando se quedaran a solas.

—Isen Rinae, de las Tierras Altas.

Hizo una reverencia para presentar sus respetos a Hermine y su voz resultó más cálida de lo que jamás me hubiera imaginado.

Maie ocupó su lugar en la ceremonia en el centro del círculo, y las demás nos arrodillamos y agachamos la cabeza para honrarlos a ambos. El ritual siempre era el mismo, sin excepciones. Lo habíamos ensayado tantas veces antes de llevarlo a cabo que podíamos hacerlo con los ojos cerrados. De vez en cuando pensaba en todas aquellas niñas que aún eran pequeñas para ser destinadas y a las que nunca veíamos, pese a que vivieran apenas a unos kilómetros hacia el sur. Las imaginaba aprendiendo los pasos de aquel acto ceremonial sin saber lo que de verdad sería vivir algún día su propia ceremonia. Yo siempre había estado en la Casa Verde, pero, cuando fuimos demasiadas, las más pequeñas habitaban esa otra casa inmensa en la que se oían los llantos de los bebés, antes de ser trasladadas a la nuestra según crecían.

Cuando había un nacimiento, si era un niño, podía permanecer con su madre en su hogar, muy lejos de allí. Si era niña, la entregaban por orden del concilio bajo la tutela de Hermine, y de ese modo cada día éramos más, pese a que otras fueran saliendo al mismo tiempo. Era el precio que los hombres debían pagar por la Gran Guerra.

Hermine decía que algún día los hombres recuperarían el poder y el lugar que les pertenecía, pero que aún era pronto para saber cuándo sucedería eso. Por culpa de los Hijos de la Luna y de otras especies que apoyaban su causa, nosotras estábamos allí, atrapadas, destinadas a ser propiedad de otros. Al pensar en eso, no pude evitar recordar aquella tormenta de plata que nos había librado a Maie y a mí de una muerte segura. Un enemigo demasiado cerca de su terreno prohibido como para ser una casualidad. Tampoco pude frenar el impulso de alzar la mirada y observar a los hombres que acompañaban a Isen, mientras ellos a su vez nos estudiaban a nosotras: un grupo de figuras blancas, puras, de pies descalzos para la ceremonia e ingenuidad casi infantil. Quizá alguno de ellos ya tuviera una esposa destinada esperándolo fuera de los muros. Era posible que alguno regresara pronto después de soñar con una de las Novias que aquel día rendía homenaje al jefe de su clan. Incluso pensé en la posibilidad de que alguno de esos hombres se convirtiera en mi futuro. Casi lo deseé si así conseguía permanecer cerca de Maie.

Apreté los puños y recé por que fuese afortunada. Pedí a la diosa Tierra que siempre velase por ella y que Isen la hiciera feliz. Supliqué a los espíritus del bosque que nos protegían que nunca dejaran de hacerlo; les cedí mi propia protección a cambio de la de Maie. La magia era la culpable de aquella unión y, a la vez, confiar en ella era la única salida que encontraba.

Cuando terminé con mis oraciones, abrí los ojos y vi a mi mejor amiga marchar por el sendero. Me levanté y salí con las demás hermanas para dedicarle el adiós que merecía. Antes de que el portón se cerrase, contemplamos por última vez la sonrisa de Maie, los mechones de sus cabellos sobre su rostro mecidos por el viento y sus ganas infinitas de formar parte del mundo.

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Con la marcha de Maie, el invierno se convirtió para mí en una sucesión de días sin sentido. La rutina siempre había sido una constante en nuestra vida; desde que nos levantábamos hasta que nos acostábamos, ocupábamos las horas según el estricto horario de Hermine. Aseo, desayuno, enseñanzas en la biblioteca, comida, tareas según el calendario —costura, cocina, leña, huerto, vigía— y tiempo libre antes de la cena y de que la Madre hiciera la comprobación diaria de que todo estaba en orden.

No obstante, acostumbrarme a la ausencia de Maie estaba resultando tan difícil que buscaba cualquier minuto de descanso para estar sola y lo más lejos posible de la Casa Verde. Si ya solía pasear por los jardines hasta acercarme más de lo que debía al muro, pasé a hacerlo tan a menudo como me era posible y en cada ocasión de un modo más temerario que la anterior.

Cada semana, se encomendaba a dos de las hermanas el puesto de vigías. Eran las encargadas de controlar desde la torreta de la mansión que ninguna de las chicas se acercara al muro y, a la vez, de dar aviso en caso de que alguien se aproximara a la Casa Verde desde el exterior. Pese a ello, y por mucho que Hermine nos moldeara a conciencia para ese puesto, resultaba muy fácil escabullirse de esa vigilancia y saltarse las normas. Puede que, si Hermine no hubiera confiado a ciegas en nosotras, yo no habría arriesgado tanto, pero era tan sencillo pasar por alto las prohibiciones que casi me parecía una invitación a ese mundo que desconocía. Una llamada silenciosa que era incapaz de ignorar.

Con Maie era divertido hacerlo. No solo por la energía que nos corría por las venas cada vez que nos colábamos por el agujero del muro, sino porque aquellas salidas nos daban material suficiente para fantasear durante días entre las paredes verdes. Sentíamos que cada descubrimiento era un alimento que nos reconfortaba, una bocanada de oxígeno para no enloquecer ni cuestionarnos demasiado nuestro des

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