Capítulo uno
Sam
¿Cuál es exactamente el protocolo para dejar tampones en el cuarto de baño de un tío? ¿Y un cuarto de baño monstruoso de puro ordenado? Bueno, ahora la mitad era para mí, así que no iba a seguir impecable mucho tiempo.
Abrí y cerré unas cuantas veces la puerta del pequeño armario, pero la caja rosa seguía destacando… como una puñetera caja rosa, claro. ¿Tendría que haber traído otra caja para guardarla? «¿En serio te preocupa tanto dónde poner los tampones?». Dejé la puerta cerrada y retrocedí un paso muy despacio, como si estuviera dejando pruebas falsas o algo así.
El neceser del maquillaje estaba a la izquierda del lavabo, pero las cremas y la legión de productos para el pelo que necesitaba para domar los rizos debido a la humedad del sur consumían más espacio del asignado y uno de los cajones recién vaciados para mí. Sí, aquello proclamaba a gritos que había una chica.
A la mierda. Ahora yo también vivía allí, igual que mis tampones… Desde hacía doce horas. Volví a mi cuarto, procurando pasar de puntillas ante la puerta de mi nuevo compañero de piso, que estaba justo al otro lado del pasillo. Que yo me hubiera levantado a las siete menos cuarto no quería decir que él también se tuviera que levantar a esas horas, y un despertar grosero no era precisamente la mejor primera impresión.
—¡Es hora de levantarse! —anunció Ember con una mano a la espalda antes de entrar en mi cuarto.
Puede que fuera mi mejor amiga, pero estaba demasiado contenta para la hora que era, resplandeciente por el sol de Alabama y por cosas que yo no quería saber respecto a su novio, Josh. El novio con el que ahora vivía yo, junto con Jagger, su mejor amigo, y el otro tío cuyo nombre no era capaz de recordar. Tres chicos, una chica. Había situaciones incómodas, situaciones muy incómodas, y luego aquello. Ember paseó la vista por las cajas a medio vaciar.
—Vaya. ¿No has dormido nada?
—Unas horas. —«Apenas»—. Como no bajes la voz, vas a despertar a los chicos.
—Anda ya. Grayson volvió anoche a las tantas, y los tres han salido a correr hace ya un buen rato. ¿Por qué crees que ya estoy tan espabilada?
Su sonrisa transmitía más información de la necesaria.
«Grayson. Eso es».
—¿Ya se han ido? Deben de ser medio ninjas; no he oído nada. Y lo de vosotros dos, puaj. Sois asquerosos. —«Y envidiables».
Se echó a reír a modo de respuesta y me tendió la bolsa que llevaba escondida.
—¡Bienvenida a Alabama!
—Pero si vives en Tennessee.
—Oye, soy en parte alabamesa, o como se diga, así que tengo autoridad suficiente para darte la bienvenida. Venga, coge el regalo —me apremió, sacudiendo la bolsita plateada.
La cogí, tiré el papel de seda rojo sobre un montón de cajas vacías y alcé una camiseta granate con cuello de pico que llevaba estampada la palabra troy. Una sonrisa me iluminó el rostro.
—¡Es genial! Me encanta.
Hacía tanto tiempo que no me sentía feliz, que casi no reconocí la sensación.
—Un nuevo comienzo, universidad nueva, camiseta nueva. —Sonrió y me dio un abrazo—. Ya sé que las clases de verano no empiezan hasta dentro de unas semanas, pero me pareció que era buen momento para dártela.
La estreché con fuerza antes de soltarla.
—Gracias. En serio. Si no fuera por ti, que me dijiste que me matriculara en Troy, o por Jagger, que me ha ofrecido vivir aquí, o por Josh, que me ha ayudado a hacer la mudanza…
—Para eso estamos. ¡Ay, que casi se me olvida! —Se saca un papel del bolsillo del pijama—. La contraseña de la wifi. Ya sé que tienes que hablar con tu madre por Skype. ¿Preparo café?
—Claro. Eso ni se pregunta.
—Ni se pregunta —repitió, y se fue hacia la cocina.
La manzana se reflejó en el espejo del armario cuando encendí el portátil. Me conecté a la wifi.
—«Pilotos». Claro —mascullé con una risita, y accedí a Skype tres minutos antes de la hora.
Ella ya estaba conectada.
Se oyó el timbre, respondí y el rostro de mi madre apareció en la pantalla a los pocos segundos. Parecía cansada. Se bajó la cremallera de la chaqueta de camuflaje y la colgó en el respaldo de la silla. Debajo llevaba la camiseta de color pardo.
—Samantha, nena, ¿cómo estás? —preguntó esbozando una sonrisa.
En las paredes de su habitación en Afganistán no se veía nada, solo la foto enmarcada de la graduación en el instituto.
—Muy bien. —Apoyé el ordenador en la cómoda—. A medio desempaquetar las cosas. ¿Y tú?
—Ha sido un día duro, pero todo bien. ¿Qué demonios llevas puesto?
Me miré, y luego a ella.
—Eh… ¿El pijama?
Tenía conjuntos que hacían que aquellos pantalones cortos y la camiseta de tirantes parecieran de una monja.
—Ahora vives con hombres, no puedes llevar un pijama así. Cómprate alguno decente.
—Otra posibilidad es vestirme con un saco o ponerme cinturón de castidad, mamá.
Me lanzó una mirada. Esa mirada tan suya.
—No te hagas la graciosa conmigo. Solo te digo que muestres menos piel y más sentido común.
—Sí, señora —respondí con soniquete.
—Samantha.
Suspiré.
—Vale, mamá, pero que sepas que tu teoría está muy anticuada.
—Pues hazlo por mí, ¿vale? No me hace ninguna gracia lo de que compartas piso con chicos, o que te hayas ido a una universidad de Alabama, en medio de la nada.
—Esta universidad me aceptó, a diferencia de las otras veinte en las que solicité plaza —le repliqué mientras pasaba los dedos por las letras plateadas de la camiseta nueva.
—¿Y eso por qué será? —repuso ella.
La miré a los ojos.
—Ya lo sé, ya lo sé. Estoy haciendo todo lo posible por enmendar lo que pasó. He entrado en una universidad de verdad, como me dijiste. Me las estoy arreglando sola y hoy mismo empiezo a buscar trabajo. No puedo dar marcha atrás y cambiar lo que hice el año pasado. —«Ojalá pudiera». El arrepentimiento era una constante asquerosa en mi vida—. Si saco buenas notas, a lo mejor me readmiten en Colorado el próximo curso. —«Si tengo el valor de hacerles frente».
Se pasó las manos por la cara y suspiró.
—Lo siento. Es que no me gusta que tengas que pasar por esto sin que yo esté a tu lado.
—No necesito que me salves, mamá. Solo que me dejes un poco de espacio para respirar. —Unos centímetros, aunque sea. Para variar.
—A lo mejor el problema es que te he dejado demasiado espacio. —Alguien llamó a su puerta—. ¡Adelante! —respondió, y de inmediato se irguió en la silla.
Hacía mucho que yo ya sabía que era dos mujeres en una, mi madre y la…
—¿Coronel Fitzgerald? —Una cabeza anodina asomó por la puerta.
Esa misma, la coronel Fitzgerald, la alter ego de mi madre.
—Estoy hablando con mi hija, capitán. Sea lo que sea, ¿puede esperar?
Por el tono de su voz, parecía dar por sentado que sí.
—No, señora, lo siento.
—Bien, ya voy.
Se volvió hacia mí con la clásica sonrisa de «lo siento, Sam».
—Samantha, lo…
—Lo sientes —concluí la frase, yo también con una sonrisa forzada—. Ya lo sé, mamá. El deber te llama. ¿Mañana a la misma hora? Y te comento las clases que puedo elegir.
—Perfecto, nena. Estoy orgullosa de cómo has reaccionado. Te dejo.
—Hasta luego.
Me despedí con un gesto de la mano y pulsé el botón rojo para finalizar la conversación. Me ponía de los nervios, pero siempre habíamos estado juntas. Había hecho un esfuerzo inmenso para criarme al tiempo que ascendía en el Ejército, siempre tomando como ejemplo a Marcelite Harris, la primera general de división afroamericana. Yo estaba segura de que la superaría y sería la primera teniente general.
Siempre que yo no estorbara.
Se oyó la campana del correo electrónico, que se estaba actualizando tras veinticuatro horas sin conectarme. Pasé por alto las alertas de ventas y un par de mensajes personales, y vi uno de un tal apoole@gmail.com con el asunto qué tal la mudanza. Lo abrí por curiosidad y contuve una exclamación.
Da igual a qué estado te traslades. Sigues siendo una puta.
Borré el correo electrónico y cerré de golpe el portátil con el pulso acelerado. ¿Adónde tenía que marcharme para escapar? Cualquiera habría dicho que, después de las diecinueve últimas veces, ya habría dejado de abrir mensajes con remitente desconocido. Incluso llegué a crear una dirección nueva, pero no tardaron en llegarme ahí también.
Traté de dejar el tema de lado. Un nuevo día, un nuevo comienzo. Una nueva universidad, como había dicho Ember. ¿Seguiría pensando lo mismo si supiera lo que había hecho? No se lo había dicho ni a mi madre. Lo atribuí todo a las malas notas y seguí adelante. Algunas cosas eran demasiado feas para dejar que salieran a la luz.
Noté el frío suelo de madera bajo los pies al bajar las escaleras en dirección a la cocina. Al otro lado de la puerta de cristal la mañana parecía agradable, fresca, pero ya había descubierto que el mes de mayo en Alabama no tenía nada de fresco. Ya hacía calor, y pronto haría mucho más.
Ni rastro de café o de Ember, pero vi una nota: «Por lo visto, los chicos se han quedado sin café. Voy a comprar, vuelvo ahora mismo. Espero que haya ido bien con tu madre».
Casi a modo de respuesta, me empezó a doler la cabeza como si supiera que le estaban negando la cafeína a una adicta confesa. Me froté las sienes y fui abriendo los armarios de la cocina para ver qué había.
Todo estaba tan organizado como el cuarto de baño antes de que llegara yo, con un orden preciso, impecable. Que yo supiera, ni Josh ni Jagger habían sido nunca tan pulcros. Abrí el segundo armario encima del fregadero y vi las tazas de café y, dos estantes más arriba, una caja de cápsulas de café.
—Salvada —murmuré.
Intenté alcanzarlas, pero de puntillas apenas llegaba a rozar el estante. Mierda. Imposible. Arrastré una silla sobre las baldosas y puse el respaldo contra los armarios. ¿Para qué demonios ponían baldas hasta el techo? ¿Quién pensaban que iba a venir a guardar los platos, Kobe Bryant?
Vale, no era imposible. Podía llegar. Coloqué una rodilla sobre la encimera de granito; luego, la otra. Extendí el brazo, pero aún no alcanzaba. Aparté el escurridor en el que había unas cuantas tazas y me puse de pie con cuidado, agarrándome al soporte central de los armarios con tanta fuerza que la madera me dejó marcas en la piel.
Todavía sujeta al armario con una mano, estiré el otro brazo y cogí la caja.
—¡Ya te tengo! —«¡Ja! ¡Chúpate esa, Kobe!».
—¿Qué demonios haces?
Di un respingo, pero logré mantener el equilibrio. «Así me gusta».
—¿A ti qué te parece? Cogiendo el café.
Estaba a mi lado, empapado en sudor, con sus enormes brazos desnudos cruzados sobre un pecho aún más enorme. Joder. ¿Cómo se había puesto así el tío? ¿Hacía pesas con una vaca antes de desayunar y luego se la comía? Cuando mis ojos pasaron de sus músculos relucientes a su rostro, me entraron mareos. Ojalá me hubiera acordado de respirar.
Tenía la barbilla bien definida, tan fuerte como el resto de su ser, y unos labios que…, bueno, si no los apretase como si hubiera comido algo agrio, seguro que habrían sido muy atractivos. La nariz era tan recta como el palo que sin duda llevaba metido en el culo, y los ojos… Pese a tenerlos entrecerrados y estar mirándome con cierta desconfianza, el color gris pizarra de sus iris se me quedó grabado. Nunca había visto unos ojos de ese color, tan hipnóticos, tan serios.
Se pasó la mano por la cara y sacudió la cabeza. Mierda. Había estado diciendo algo, y yo sin parar de mirarlo.
—Yo lo mato, te lo juro. Mira, no sé quién eres, pero sí sé que no tienes por qué estar aquí.
—¿Qué? —Di un paso atrás, en dirección al escurridor.
—¿Con cuál de ellos has venido? Porque los dos tienen novia, y son unas chicas estupendas que no se merecen esto, así que dímelo, ¿con cuál?
Se le habían hinchado las venas de su enorme cuello.
—No sé de qué me hablas.
Estaba bueno, pero parecía un poco psicópata.
—¿Con quién has venido? ¿Con Jagger o con Josh?
Fruncí el ceño.
—Con los dos.
Allí fallaba algo.
—¿Te acuestas con los dos?
La voz retumbó en los azulejos y se me clavó en el corazón. Eché la cabeza hacia atrás como si me hubiera dado una bofetada.
—¿Cómo se te ocurre tal cosa?
Estreché la caja de cápsulas contra el pecho por si llevaba la palabra «puta» tatuada en las tetas o algo así.
—Estás medio desnuda, en mi cocina, a las siete de la mañana.
«Mi cocina», aquellos ojos… El tipo debía de ser Grayson. Dios santo, ¿es que Josh no podía tener un amigo feo? Sentí cosquillas en la piel cuando me miró de arriba abajo, pero al final cerró los ojos con fuerza y respiró hondo.
—Al menos podrías ponerte algo encima. Aquí vive gente.
Se me subió la sangre a la cara. Por suerte, con mi color de piel, el rubor se nota poco.
—Sí, ¡gente como yo! —repliqué mientras se me acumulaba la tensión en el pecho.
—¿Qué…?
—¿Por qué has llegado a la conclusión de que me acuesto con ellos? ¿Porque soy una chica y estoy en tu cocina un domingo por la mañana? Pues te lo voy a dejar bien claro, me da igual quién seas. —Agité el dedo, me solté del armario y avancé un paso hacia él—. ¡No saques conclusiones sobre mí!
—¡Eh, Grayson! —exclamó Jagger entrando en la cocina, y al oír su voz me volví de golpe hacia él.
Dejé escapar un grito cuando resbalé con un charquito de agua que había en la superficie de la encimera y salí disparada hacia delante. Me golpeé la rodilla contra el granito, perdí el equilibrio y caí… encima de Grayson. Él me cogió al vuelo sin inmutarse, me atrajo hacia sí agarrándome con una mano por debajo de las rodillas y rodeándome la espalda con la otra. Nos miramos a los ojos y, dentro de mí, algo pasó de ser ardiente y rabioso a… no serlo tanto. «No. Ni se te ocurra».
Arqueó una ceja oscura, perfecta.
—¿Qué pasa? —le espeté, a la defensiva—. No voy a darte las gracias, si es lo que estás esperando. ¡Encima de que solo te ha faltado llamarme puta!
—¡Yo no he dicho eso!
Se quedó boquiabierto. Sí. Ahora podía verlo bien. Tenía los labios carnosos, y demasiado cerca de los míos. Jagger se echó a reír.
—Vaya, me alegro de ver que congeniáis.
—¿De qué hablas? —inquirió Grayson, y su voz retumbó por todo mi cuerpo.
—Quiere saber qué demonios hago en tu casa y con cuál de vosotros me he acostado —gruñí.
Jagger le dio un mordisco a una manzana, masticó, tragó y me miró con una sonrisa traviesa.
—¿Eh? No, no, Sam no se acuesta con nadie, Grayson. Es nuestra nueva compañera de piso.
Menos mal que estaba preparada, porque a Grayson solo le faltó tirarme al suelo.
—Sam es un tío —dijo muy despacio.
—Te garantizo que no.
Me sujetó por las caderas para que no me cayera y a continuación casi se refugió tras la mesa de la cocina, como si tuviera que defenderse de mí con una silla. Vaya… Tío… Más… Raro.
—Es evidente —replicó, con sus ojos de plata muy abiertos, como si yo le diera miedo.
—¿A qué viene tanta sorpresa?
Me aparté un rizo de los ojos. «Ay, Dios». ¿Y si no quería que me quedara con ellos? ¿Qué haría Jagger?
—No comentaste que Sam era una chica.
Jagger le dio otro mordisco a la manzana.
—Tío, Sam siempre ha sido una chica. Dijiste que no te parecía mal.
Grayson cogió el teléfono y deslizó el dedo por la pantalla.
—Te lo voy a leer. «Eh, tío, ¿qué te parece si Sam se instala en el otro dormitorio? Somos amigos desde Colorado. Josh dice que sí».
Cogí la valiosa caja de cápsulas y fui hacia la cafetera. Si iba a tener que aguantar tanta mierda, al menos que fuera con café.
—En efecto. Yo soy Sam, diminutivo de Samantha, y confirmo que somos amigos desde Colorado.
—Y eres una chica.
Incliné la cabeza a un lado con una sonrisa.
—Eso parece.
—Y no te acuestas con ninguno de ellos.
—No.
—Y yo te he… —Cerró con fuerza sus increíbles ojos y respiró hondo antes de volver a abrirlos—. Samantha, no sabes cuánto siento lo que he dicho.
«Anda, mira, si sabe pedir per…».
—Pero, si te pones más ropa, mejor.
Pues no, no se había sacado el palo del culo. Asintió, apretó sus deliciosos labios y se dirigió hacia la puerta mascullando no sé qué del gimnasio.
—¿Y a este qué le pasa?
La sonrisa de Jagger era de lo más cómica.
—Ni la más remota idea, pero nunca lo había visto tan fuera de sí, y llevo casi un año viviendo con él. Así que bravo, Sam.
—Eso no es ningún piropo —objeté mientras añadía una cucharadita de azúcar a la taza humeante—. Necesito miel, y, por lo que más quieras, dime que tenéis crema para el café.
—Ember vive aquí un fin de semana de cada dos —me informó, y a continuación abrió la puerta de la nevera y me pasó una botella de crema con sabor a amaretto.
—Menos mal.
—Dulce y ardiente —comentó con un guiño—. Igual que las mujeres que me gustan. Ah, que no se me olvide, ayer te llegó una carta, te la he dejado en la mesita de la entrada. Instálate a tu gusto, y bienvenida a Alabama, Sam.
Me dio una palmada en la espalda y me fui hacia la entrada mientras bebía el café a sorbos. Y, en efecto, la carta de la Universidad de Troy dirigida a Samantha Fitzgerald me esperaba sobre la madera pulida.
Abrí la carta haciendo equilibrios con la taza, y silbé al hacerme un corte en la yema del pulgar. Me lo metí en la boca, dejé el café y desdoblé el papel con la otra mano, sintiendo una dulce opresión en el pecho. Era mi nuevo comienzo. Era mi esperanza.
«Estimada señorita Fitzgerald», empecé a leer. Y me interrumpí de repente.
«No. No. No».
¿Cómo era posible? Me habían admitido. Me habían prometido empezar de cero, que mis notas del curso anterior no importaban. Que me aceptaban a prueba y podría seguir si todo iba bien el primer trimestre.
—¿Sam? —Ember estaba delante de mí, haciendo equilibrios con dos vasos de café. No me había dado cuenta de que ya había regresado—. ¿Estás bien?
El fracaso dolía. Ah, no, era el pulgar.
—Mierda.
Me apreté la piel, miré el corte que me había hecho con el papel y casi me eché a reír al ver que no sangraba. Tanto dolor para nada.
Más o menos como los dos años y medio que había perdido en la universidad.
La voz no me tembló ni me delató en absoluto. La tenía tan entumecida como el resto de mi cuerpo.
«Tras un examen detenido de su expediente académico, lamentamos informarle de que no podemos admitirla en la Universidad de Troy».
«Da igual a qué estado te traslades. Sigues siendo una puta».
Capítulo dos
Sam
—Ábreme la puerta, Sam —me rogó Ember llamando con los nudillos por enésima vez.
—Déjame en paz —respondí.
Metí la cabeza entre las rodillas y apoyé la espalda en la cama. «Respira hondo. Respira hondo. Esto no está pasando. No es verdad».
—De ninguna manera —me respondió desde el otro lado de la puerta del dormitorio—. Quiero entrar.
¿Entrar? ¿Dónde? ¿En el caos absoluto de mi vida? ¿En otro rechazo académico, en otra oportunidad perdida? Dios, ¿y si esta era mi última oportunidad? ¿Y si ya no habría más? No me iban a aceptar en ninguna universidad con aquel gigantesco borrón en mi expediente. Todos los planes, todos los sueños, por tierra. Otra vez.
Tal vez me lo merecía por lo que había hecho.
Se me revolvió el estómago, y la boca se me llenó de saliva.
Me puse en pie de un salto, abrí la puerta de golpe y casi me llevo a Ember por delante con las prisas por llegar al cuarto de baño. La alfombra de la ducha amortiguó el golpe cuando me dejé caer de rodillas ante el retrete para vomitar el poco café que había tomado.
Ember me apartó el pelo de la cara mientras las arcadas me sacudían el cuerpo. Aquel dolor no era nada comparado con el de mi corazón.
—Toma —me susurró.
Me tendió un vaso de agua cuando tiré de la cadena.
Rápidamente me enjuagué la boca y escupí sin dejar de mirar el vaso.
—¿Por eso has perdido peso? —me preguntó cuando nos sentamos en el suelo del baño con la espalda contra la bañera.
—No he… —Me interrumpió con una mirada—. Las cosas se han puesto difíciles últimamente —terminé.
—Eres mi mejor amiga desde que teníamos trece años, Sam. Quiero ayudarte.
Me cogió la mano y me la estrechó.
La ironía casi tenía su gracia. No se lo había contado ni a mi mejor amiga, que estaba tratando de ayudarme por todos los medios. Pero ¿y si lo supiera? No. Ember no lo entendería. Ella planeaba cada detalle de su vida, controlaba todas las situaciones en las que se encontraba. Ember, la arregladora de cosas.
Yo soy la demoledora, en más de un sentido.
Puse otro ladrillo en el muro que había alzado entre nosotras y me obligué a sonreír.
—No puedes ayudarme, Ember, de verdad. Esto lo tengo que hacer sola.
—¿Qué tienes que hacer? ¿Quieres volver conmigo a Nashville? Puedes quedarte conmigo hasta que vuelva tu madre.
Joder, ¿y qué le iba a decir a mamá? Se me revolvió de nuevo el estómago, y respiré hondo para contener las arcadas, como para recordarle a mi cuerpo que acababa de vomitar, gracias.
Me echaría la bronca. Me criticaría. Se llevaría una decepción. Y, si supiera toda la verdad, me diría «te lo dije». Y sería cierto.
Y un cuerno.
—No. Me quedo aquí —dije con más seguridad de la que en realidad sentía—. Me voy a quedar aquí. —«¿A quién quieres convencer, a Ember o a ti misma?».
—¿Seguro? —inquirió ladeando la cabeza.
—Me buscaré un empleo, trabajaré este verano y seguiré enviando solicitudes. —«Y abriendo cartas de rechazo».
—Seguro.
—Por aquí puedo buscar trabajo en un montón de lugares, y, tal vez, con mis buenas referencias laborales, me admitan en alguna parte.
Cuanto más hablaba, más deprisa me salían las palabras, como si mi cerebro estuviera vomitando lo que ya no me salía del estómago.
—Seguro. —Asintió.
—Pues eso. Este es el plan. Trabajar. Enviar solicitudes. Ponerme en pie. Recuperar mi vida.
—Seguro…
—¿Quieres dejar de decir «seguro»? —estallé—. No, no hay nada seguro. Es una mierda, pero no puedo hacer otra cosa, y yo me lo he buscado, ¿no?
¿Me iba a quedar aquí? ¿Estaba loca? «Ni hablar, no volverás a casa de tu madre con el rabo entre las piernas».
Ember suspiró.
—Hay montones de personas que fra… —Se detuvo a tiempo y abrió mucho los ojos—. Mierda. Quiero decir que hay montones de personas que dejan la universidad. No es el fin del mundo.
Puse los ojos en blanco.
—Ibas a decir «que fracasan». No te cortes, he fracasado, he tirado a la basura dos años y medio de mi vida.
Eché la cabeza hacia atrás, contra el cristal de la mampara de la ducha.
Entre nosotras se impuso un silencio más incómodo que el suelo de baldosas que me estaba dejando el culo entumecido.
—Me lo puedes contar todo, Sam. No te está haciendo ningún bien guardártelo dentro.
El último asidero que me quedaba con el que mantener la cortesía, la racionalidad, saltó por los aires.
—No, no puedo contártelo todo. No pude contártelo porque no estabas conmigo. Te marchaste. Eras mi mejor amiga y te fuiste a Boulder por Riley. Y no pasa nada, me alegré por ti, y además quería quedarme en Springs. Pero luego dejaste de devolverme las llamadas, y sé que no fue adrede, que estabas… ocupada. No me digas que no sabes que te distanciaste.
Se miró las manos.
—Lo siento mucho. No quería que nos distanciáramos, pero en Boulder se me acumuló todo.
—Ya lo sé. Les pasa a muchas personas que han sido muy amigas en el instituto, pero pensaba que a nosotras no nos iba a ocurrir. Y luego, cuando murió tu padre…
Me quedé sin palabras.
—Tú me acogiste, me ayudaste a ponerme en pie sin hacer preguntas.
Niego con la cabeza.
—No me refería a eso, no. Eres mi mejor amiga, lo más parecido que tengo a una hermana. ¡Fuiste mi hermana el año que viví contigo, cuando movilizaron a mi madre! ¡Pues claro que estuve a tu lado cuando a ti se te hundió el mundo! No iba a dejar que afrontaras sola eso. Cuando estamos juntas, pasamos por alto lo que nos hemos perdido y volvemos a ser las de siempre, pero te marchaste de nuevo. Entraste en Vanderbilt, y estoy muy orgullosa de ti, pero no estabas a mi lado, no viste… —Respiro hondo—. Sucedieron muchas cosas. Pasó lo que no debía. —Tengo un nudo en la garganta—. Cometí errores, hice estupideces, y ahora estoy pagando las consecuencias.
—¿Quieres hablar de eso? —me preguntó, tendiéndome una rama de olivo.
—Prefiero darme una ducha —me escabullo, exhibiendo una sonrisa falsa—. Tengo que estar perfecta para conseguir un empleo, ¿no?
Ella miró al suelo y se puso de pie.
—Claro. Voy a entrar en internet a buscar ofertas.
«Ember, la arregladora».
—No, no. Apenas ves a Josh. Ve con él, yo salgo en un momento.
—¿Segura?
—Del todo.
Me apretó la mano y salió de la habitación para que pudiera ducharme. Fui capaz de contener las lágrimas hasta que estuve desnuda bajo el agua hirviendo, y por fin me dejé llevar y sollocé mientras el agua casi me quemaba la piel.
Por mucho que me frotara, no podía limpiarme lo suficiente como para quitármelo a él de encima, para sacarlo de mi vida.
Cedí, me dejé invadir por todo aquello, absorbí a través de los poros la desastrosa situación en que me encontraba y acepté que había sido derrotada. «La única constante es el cambio», como decía siempre mi madre, que también solía añadir: «Ahora, haz frente a lo que sea. Tienes trabajo por delante».
Pero el trabajo podía esperar a mañana; por el momento, solo quería olvidar.
Capítulo tres
Grayson
Sam era una chica. Samantha.
No, borra eso. Una chica no, una mujer. Y no solo era bonita, sino que yo notaba su presencia. No del mismo modo en que notaba la presencia de Paisley o Ember, sino que mi cuerpo la veía, le prestaba atención.
Se subió a la encimera, y ese culo increíble casi se le veía por debajo de sus diminutos pantaloncitos del pijama, todo curvas y piel del color de la miel tostada. Puede que incluso supiera a… «No, demonios, no».
La puerta se cerró detrás de mí cuando salí de la ducha. Me agarré al lavabo y me miré al espejo.
—Contrólate. Es tu compañera de piso.
«No mientas. Es una mujer. Una mujer que te atrae».
No era la primera vez que me atraía una chica que no fuera Grace, pero hasta entonces nunca había tenido que contenerme físicamente para no hacer algo al respecto. «Evítala». Eso sí lo podía hacer. Demonios, había llegado a la hora de comer sin verla, así que no iba a ser tan difícil.
Y, entonces, bajé la vista.
«Rayos». De pronto había vuelto a vivir con mis cuatro hermanas. El arco iris de objetos de Sam ocupaba más de la mitad de mi lavabo. Mierda. De nuestro lavabo. Vale, tal vez lo de evitarla no fuera la mejor estrategia. Pero ya no tenía quince años, demonios, y ya había estado con Grace. De hecho, esta chica no me gustaba de verdad. Podía superar una molesta pero simple atracción química.
La tenía que tratar como a una de mis hermanas. Ajá. Una hermana. Eso sería fácil. Aunque ninguna de mis hermanas tenía ese cuerpo.
La puerta de abrió de golpe.
—¡Ay, lo siento! —gritó con un montón de frascos en las manos.
¿Cuántas cosas más iba a poner en el cuarto de baño? Tenía los ojos brillantes, de un verde imposible, no, espera, avellana, no, qué va, verdes, sin duda; los paseó por mi cuerpo y, a juzgar por cómo entreabrió los labios, le gustó lo que vio.
Apreté los dientes y aparté la vista como pude de la línea donde terminaba el albornoz corto, dejando los muslos a la vista. La toalla estaba a punto de… «Hermana. Es como una hermana».
—Deberíamos adquirir la costumbre de llamar a la puerta.
Parpadeó, y al hacerlo me fijé en que sus ojos estaban hinchados y enrojecidos. «¿Cómo no me he dado cuenta antes?». Mientras salía del baño, me dijo:
—Es verdad. Tienes razón.
Cerró la puerta y oí un golpe en la madera más o menos a la altura de su cabeza.
Joder. No quería ni pensar que hubiera sido yo quien la había hecho llorar. Qué manera tan genial de empezar la convivencia.
Como era domingo no tenía que afeitarme, así que podía vestirme y salir… Solo que no había traído conmigo la ropa limpia. Resoplé y conté las baldosas del techo hasta que recuperé el control sobre mi cuerpo. Por lo visto, Samantha no era la única que tenía que acostumbrarse a las nuevas circunstancias.
Por suerte, el pasillo estaba despejado y conseguí llegar a mi cuarto sin cruzarme con ella y sin tener que justificar que fuera mi turno de ir medio desnudo por la casa.
Ropa limpia, una bebida isotónica y un bocadillo de jamón más tarde, me instalé junto a la mesa de la cocina con las tarjetas de repaso del helicóptero Apache para preparar el examen escrito sobre los límites de presión de combustible.
—Ya sabrás que el curso del Apache no empieza hasta el mes que viene, ¿no? —señaló Jagger al tiempo que sacaba una botella de la nevera.
—Dicen que el primer día hay un examen, y, como suspendas, te echan. —Le di la vuelta a una tarjeta.
—Como ya he dicho…, el mes que viene.
—Ya, sí, pero no todos tenemos memoria fotográfica. A algunos nos cuesta trabajo.
Se llevó una mano al pecho.
—Me duele eso que dices. Además, si mal no recuerdo, tú fuiste el que acabó el primero de la clase en el Entrenamiento Básico.
—A mí no me distrajo ninguna chica. —«Mierda». Cerré los ojos y traté de viajar treinta segundos al pasado. No paraba de meter la pata. Era lo malo de ser sincero, que acababa resultando insultante. Estaba tratando de enmendarme. Conté hasta tres, abrí los ojos y me encontré ante una sonrisa burlona—. No es que Paisley no lo valga, claro.
Se echó a reír.
—Con tal de seguir con Paisley, habría dejado que me echaran de la academia de vuelo. Bien pensado, tienes razón, mátate a estudiar. Voy a por tu puesto.
Pronunció la última frase como el malo de una película. Le di la vuelta a la siguiente tarjeta y repuse:
—Acepto el desafío.
Lo ganaría en el aire. Jagger me podía superar en lo académico, pero yo volaba mejor que un pájaro. Menos mal que mi instinto y mis reflejos eran impecables, porque la parte teórica me costaba lo infinito. Por mí, perfecto. Las cosas fáciles rara vez valían la pena.
Además, si el Ejército se enteraba de por qué me costaba tanto, no me dejarían ni tocar los mandos de un Apache.
Las tarjetas de preguntas fueron cayendo al compás de la aguja minutera, y a continuación de la aguja horaria. La puerta se abrió y se cerró unas cuantas veces, pero seguí concentrado en las preguntas hasta que la casa estuvo desierta y la música de Pat Greene sonó en el teléfono. Las cuatro horas de estudio habían terminado.
Paré la alarma, recogí las tarjetas y las guardé en la cajita que tenía en el armario, encima de las tazas de café. Se me fueron los ojos hacia las cajas nuevas de cápsulas y sentí una punzada de tensión en el pecho al recordar a Samantha resbalándose de la encimera. Cambié la caja de tarjetas por la de café para ponerla a su altura. Otro ajuste.
Sonó el teléfono. Al ver quién llamaba, se me encogió el corazón.
Lo cogí.
—¿Miranda?
—Hola, Gray. —Aquel delicado acento me trasladó a Carolina del Norte como si tirara físicamente de mí.
—¿Todo bien?
—De maravilla. Te quería dar las noticias del bebé, ¡va a ser niña!
—Es genial, Miranda. Qué contenta debe de estar la familia. Grace estaría encantada de tener una sobrina.
—Todo el mundo está contentísimo. ¿Pasarás por aquí cuando vengas a casa por tu cumpleaños?
Abrí la boca, pero no quería mentir, y no tenía valor para decirle la verdad. Se impuso un silencio tenso.
—Para nosotros sigues siendo parte de la familia, Gray.
Intenté tragar saliva, pero el nudo que se me acababa de formar en la garganta me lo impedía.
—Ya lo sé. Y vosotros lo seguís siendo para mí.
También sabía que no me lo merecía.
—Vamos a conservar la sangre del cordón umbilical, por las células madre.
Froté la encimera para borrar una mancha, como si quisiera hacer lo mismo con los cinco últimos años.
—Sí, tengo entendido que ahora es posible.
Sonó el pitido de la llamada en espera y relajé los hombros.
—Es mi madre, Miranda. Tengo que dejarte. Felicidades por lo de la niña, ya hablaremos, ¿vale?
—Le daré recuerdos tuyos a Grace.
—Dile que pronto la veré. —Dos semanas.
Pulsé el botón para terminar esa llamada y luego el de altavoz, y puse el teléfono sobre la encimera mientras sacaba los ingredientes para la cena.
—Vaya, ya pensaba que me ibas a dejar plantada —dijo mi madre poniendo énfasis en la última palabra.
—Me he retrasado tres minutos, mamá. Eso no es dejarte plantada. Además, ¿cuándo te he dejado plantada para preparar la cena del domingo?
—Nunca. Por eso eres mi hijo varón favorito.
Estuve a punto de sonreír.
—Soy tu único hijo varón.
—Y eso te garantiza un puesto en mi corazón.
—¿Es Gray? —oí la voz de Mia de fondo.
—Sí —respondió mi madre.
—¡Hola, Mia! —la saludé mientras empezaba a limpiar el pollo.
—¡Dustin Marley me ha pedido que lo acompañe al baile de graduación! —chilló.
—Dustin Marley tiene como cinco años, igual que tú, por cierto.
¿Acaso cuando volviera a casa dentro de dos semanas tendría que enterrar el cadáver de un adolescente asesinado? Las chicas de dieciocho años no deberían graduarse. Nunca.
—Claro, claro. Iré a comprar el vestido con Parker. ¡Te echo de menos, Gray!
—Dile a Parker que nada que quede por encima de la rodilla —le repliqué—. Puede que ella tenga veintiún años, pero tú no.
Mi madre se echó a reír.
—Es verdad. Tu hermana tiene un gusto espantoso. Antes de comprar nada, mándame una foto.
—Claro, mamá —dijo la voz cantarina de Mia mientras se alejaba.
—Tiene dieciocho años —suspiré, y empecé a filetear el pollo.
—A mí me lo dices… Tu padre lleva años espantando a los chicos, y ya sabes que Mia es la niña de sus ojos. Ha estado sacándole brillo a la escopeta desde que se lo dijo. Yo estoy haciendo la mezcla de pan rallado, ¿por dónde vas tú?
—Terminando de filetear. La última vez no me quedaron finos.
—Pues tómate tu tiempo, que el pollo seco no le gusta a nadie. ¿Quieres que la semana que viene probemos con un coq au vin?
Me lavé las manos y le di una vuelta a la idea.
—Lleva más tiempo, pero es factible. O podríamos a hacer brownies.
—Esa receta no te la pienso dar, Grayson Masters.
—Tenía que intentarlo. —Mi madre hacía unos brownies legendarios.
—Pues sigue intentándolo. Igual, cuando vengas, los podemos hacer para tu fiesta de cumpleaños…
—No —dije bruscamente, y casi oí cómo contenía una exclamación. «Mierda»—. Lo siento, mamá, pero ya sabes lo que opino.
El aceite chisporroteó al otro lado de la línea. Había empezado a freír los filetes empanados. Subí el fuego. No iba con mucho retraso.
—Ya lo sé, Grayson, pero han pasado cinco años. Pensé que tal vez habían cambiado las cosas.
—Pues no —dije con cuidado de que el tono de mi voz sonara amable.
Los sonidos del pollo al freírse llenaron la línea.
—Bueno. Entonces, te contaré los últimos cotilleos.
Empezó a desgranar las últimas noticias, o lo que para ella eran noticias. En Nags Head, Carolina del Norte, fuera de temporada, todo eran noticias, pero cuando llegaban los turistas había menos donde elegir. Escuché embelesado a 1.310 kilómetros de distancia, mientras ella trabajaba en una cocina que cabría en la mitad de la mía, pero en la que se cocinaba para el mismo número de personas.
—¿Qué tal van las cosas por el sur?
Puse los filetes fritos en la fuente de hornear, los regué con la salsa marinara, y terminé de preparar la cena mientras le contaba a mi madre las diferentes tareas que tenía por delante, pero procurando no mencionar nada relacionado con la academia de vuelo.
—¿Te has enterado de que Miranda va a tener una niña? —me preguntó.
Por un momento, me quedé paralizado.
—Me ha llamado.
—Tess está obsesionada con lo de las células madre.
—Grace era su hija, claro que quiere tener esperanzas. También sé que no la aceptarán en ningún ensayo clínico.
Visualicé cómo entrecerraba los ojos al darse cuenta de que me había llevado hacia un terreno al que no me podía seguir. Cambió de tema.
—Bueno, ¿cuándo vas a venir para quedarte más de un fin de semana?
—Creo que por el Cuatro de Julio, pero no te lo garantizo. —«No menciones mi cumpleaños».
—Deberías traerte a algún amigo —sugirió mientras yo tapaba la fuen
