1.
Blue
«No puedes escapar de tus problemas».
Puedo intentarlo, eso sí.
Mi moto es mi vía de escape. Siempre que la conduzco, sintiendo el viento contra mí, lo único que me preocupa es la carretera que tengo delante. Durante unos minutos, nada me atormenta.
Mientras piso a fondo por la autopista de Raleigh, en Carolina del Norte, intento que Oklahoma no sea más que un recuerdo lejano. Estoy desesperada por olvidar todo lo ocurrido, pero no está funcionando. Hay lugares que aún tengo en carne viva y que no dejaré ver a nadie.
«Ahora estás segura, Blue. Aquí él no puede hacerte daño».
Repito esas palabras en mi cabeza, pero tampoco es que me consuelen demasiado. Así que inclino el cuerpo sobre la moto y acelero. La gran velocidad me provoca un subidón de adrenalina y emborrona todo a mi alrededor. Es reconfortante, pero me veo obligada a reducir cuando un semáforo que hay más adelante cambia de ámbar a rojo. Freno la moto hasta detenerla y me invade el miedo. Lucho contra él con todas mis fuerzas mientras rezo por que la luz se ponga verde.
Bajo un pie al suelo; el otro se queda en la moto. Mis manos se aferran a los puños del acelerador con tanta fuerza que se me empiezan a poner blancos los nudillos. El sol del verano cae sin piedad sobre mí, y el asfalto desprende vapor. Sin embargo, el calor y el sudor no me importan, es un bajo precio que pagar para poder sentir el aire de la carretera y el alivio que me recorre.
Mientras espero a que cambie el semáforo, oigo el rugido de un estruendoso motor. Una Desmosedici RR, sin duda. Reconocería ese atronador V4 en cualquier parte. Giro la cabeza para ver quién ha parado junto a mí.
Me siento aliviada al comprobar que es otro motorista, la verdad. No he visto a mucha gente conduciendo por aquí y ahora me siento un poco menos sola. Por la forma de sus brazos y sus piernas, el conductor parece un hombre. Pero cuando se levanta del asiento para ajustarse el paquete, ya no hay duda.
Su moto luce vintage con detalles negros y rojos, muy buena elección. El motorista lleva el casco puesto, igual que yo, así que solo se nos ven los ojos. Cuando nuestras miradas se encuentran, me sorprende la electricidad que se desata en mí. No sé por qué, pero revoluciono el motor tres veces. Él ladea la cabeza y hace lo mismo.
«No debería haberlo retado».
Los ensordecedores rugidos procedentes de ambas motos me ponen la piel de gallina y aceleran mi respiración. Vuelvo a desviar la atención hacia el semáforo. Unos segundos después, el momento que esperábamos ha llegado.
Verde.
Hacemos girar las ruedas tan rápido que dejamos un rastro de marcas de derrape en la calzada. Salimos disparados por la recta, mi oponente en su carril y yo en el mío. Cambio de marcha varias veces, sacándole el mayor provecho posible a mi moto. La fuerza del viento hace que la camiseta se pegue a mi cuerpo como una segunda piel. Él me adelanta, así que me inclino hacia delante y acelero aún más para alcanzarlo.
Es bueno, tengo que admitirlo.
Estamos a punto de exceder el límite de velocidad, y cuando veo que se aleja, no dudo en perseguirlo.
Es peligroso. Pero para qué negarlo: por fin vuelvo a sentirme yo misma.
Cuando nos acercamos a los coches que nos vamos encontrando por el camino, serpenteamos rápidamente entre ellos hasta que nos colocamos el uno al lado del otro en nuestros respectivos carriles. Siento que el corazón me martillea en el pecho.
«No me vas a ganar».
Sonrío ampliamente cuando le adelanto a más de 160 km/h, pero entonces veo unas luces azules y rojas por los retrovisores.
Mierda.
La policía.
Estoy a punto de frenar cuando mi rival me hace señas con la mano para que lo siga. Es la única manera de salir de esta sin que me pongan una multa que no me puedo permitir. Además, contamos con una gran ventaja sobre el coche de policía. Puede alcanzarnos, pero no puede pasar entre otros vehículos como hacemos nosotros. De modo que lo sigo a toda velocidad, pasando como una bala entre los demás coches.
La estridente sirena del coche patrulla se oye cada vez más alta mientras nos persigue. Vamos tan deprisa que un simple error o cualquier roce contra un vehículo podría hacer que saliéramos volando por los aires.
Cuando hemos conseguido dejar bien atrás el coche de policía, mi rival cruza una calle vacía. Lo sigo, rezando para que nadie vea hacia dónde hemos ido. Entramos rápidamente en una vieja y destartalada gasolinera que está en medio de la nada. Damos la vuelta hacia la parte de atrás para esconder las motos. No me doy cuenta de lo mucho que tiemblo hasta que aparco y pongo los pies en tierra firme.
Me quito el casco y, sin mirar a mi rival, entro en el baño de la gasolinera. Es un aseo mixto de un solo cuarto, y está más limpio de lo que esperaba. Frente a un espejo resquebrajado, abro el grifo del lavamanos y me inclino sobre él. Cojo agua con las dos manos y me la echo en la cara varias veces. Las gotas me resbalan por la barbilla y caen sobre mi camiseta blanca, mojándola un poco.
Cuando me enderezo, clavo los ojos sobre mi reflejo. Mi rival acaba de entrar y está unos pasos detrás de mí, con los hombros subiendo y bajando por su acelerada respiración, pero eso no es lo que me deja sin aliento.
Ya no tiene puesto el casco.
Y está muy bueno.
Cabello negro desordenado, ojos negros y unas facciones que parecen demasiado rudas y perfectas para alguien tan joven. Su piel morena hace un hermoso contraste con su ropa oscura.
El corazón aún me late desbocado en el pecho, cada nervio de mi cuerpo electrificado por lo que acabamos de hacer. Hemos escapado de una jodida patrulla de policía, a velocidades que solo he soñado ir en mi moto. Me giro hacia él, apoyo las manos sobre el lavamanos que tengo justo detrás y trago tratando de calmar estas sensaciones erráticas en mi cuerpo. Sus labios se abren ligeramente y yo me muerdo los míos. Ninguno de los dos hablamos, no hay nada que decir, somos un par de desconocidos que acaban de disfrutar de un golpe de adrenalina juntos.
Antes de que pueda pensar, despego las manos del lavamanos y camino hacia él, lo agarro de la camisa y estampo mis labios contra los suyos. Su respuesta es inmediata, me besa tan bruscamente que en un momento nuestros dientes chocan, pero rápidamente agarramos el ritmo, profundizando el beso más apasionado y salvaje que me han dado en la vida.
Sus labios son gruesos y suaves, están húmedos contra los míos. Suelto su camisa y le paso las manos por el cuello para agarrarme bien de su cabello. Él pone sus brazos alrededor de mi cintura y me aprieta contra él. Nuestras respiraciones se vuelven aún más erráticas a medida que el beso continúa, transformándose en uno lujurioso. Su lengua roza mis labios y envía hilos de deseo por todo mi cuerpo. Giro el rostro a un lado para besarlo con más pasión, con más desenfreno, cada roce convirtiéndose en tentación. Dios santo, qué bien besa este chico, es como si supiera exactamente cómo hacerlo para llevarme a la locura.
Un gemido se me escapa y alejo mi boca de la suya un segundo para morderle el labio inferior; él gruñe, y hasta eso es sensual. Quita sus manos de mi cintura y me gira con él para estamparme contra la pared, presionando sus puños contra ella a los lados de mi cara, como si quisiera controlarse. Libero su cabello para agarrarme de sus hombros, que se tensan al presionar su cuerpo contra el mío; nuestras respiraciones están igual de agitadas.
Necesito sentir sus manos sobre mi cuerpo, sobre cualquier parte, y me doy cuenta de que, si no detengo este beso, terminaré follándome a un desconocido en medio de la nada. Contra toda mi voluntad, aparto la cara para detener el beso. Mis ojos enfrentan los suyos y el deseo oscuro que encuentro en ellos me deja sin aliento, sus hombros suben y bajan con cada inhalación y exhalación desesperada. Sus labios están enrojecidos, el sudor baja por su frente y así de cerca noto la pequeña cicatriz que tiene sobre el puente de la nariz y lo jodidamente atractiva que es cada facción de su cara.
No sé qué decir. «¿Gracias por el mejor beso de mi vida? ¿Si no estuviéramos en un cutre baño de gasolinera, te follaría?».
Estoy a punto de hablarle, de obtener algún tipo de información sobre él para comunicarnos después de esto, pero entonces sucede: veo su espalda en el reflejo del espejo que tiene detrás y me quedo helada. Lleva un tatuaje en la nuca que conozco demasiado bien. Es una columna vertebral de tinta que le llega hasta la parte baja de la espalda. Ya se lo he visto antes a otra persona. Alguien que nunca debe enterarse de esto.
«Muy bien, Blue. Hasta aquí ese nuevo y flamante comienzo en un lugar diferente».
2.
Black
—Si causas algún problema, por pequeño que sea, no me va a temblar la mano al echarte.
—Yo también me alegro de verte, papá.
El sarcasmo de mi voz no pasa desapercibido. Mi padre levanta una ceja, pero no dice nada. No le apetece lidiar conmigo y, si no fuera por el lío que monté en casa de mi madre, estoy seguro de que no me habría dejado mudarme de nuevo con él. Sinceramente, tampoco tendría por qué hacerlo; soy adulto y sus responsabilidades parentales terminaron cuando cumplí los dieciocho. Por desgracia para ambos, no puedo permitirme pagar un alquiler. Ahora mismo, él es mi única opción.
—Me comportaré, lo prometo —digo con la mano en el corazón y una expresión exageradamente dramática.
—Hablo en serio, Ryder —me asegura, aflojándose la apretada corbata—. No quiero caras largas con Tina. Si la cagas una vez, te quedas sin moto.
Tina es su pareja actual. Mi padre ha sido un mujeriego empedernido, sobre todo después de divorciarse de mi madre, cinco años atrás. Creo que el único motivo por el que esta señora le ha durado tanto es porque la embarazó por accidente. A mi padre no le gustan los niños, eso es algo que mi hermana y yo sabemos de primera mano.
—Sería incapaz, padre. —Alargo la palabra «padre» con tono dramático—. Por cierto, enhorabuena, debes de estar entusiasmado con volver a serlo. —Le brindo una sonrisa falsa.
—No sé de dónde has sacado ese carácter tan sabiondo, porque de mí seguro que no.
—Tal vez sea adoptado. —Me encojo de hombros.
—Lo que tú digas… —Suspira—. Ah, y nada de volver a salir con esos delincuentes. Ellos son la razón de que te enviara con tu madre hace un año.
Le doy la espalda para dirigirme a mi cuarto.
—Como usted mande, querido padre.
Lo oigo musitar algo sobre mi sarcasmo, pero hago caso omiso y me voy a mi guarida. Me gustaría decir que está igual que hace un año, cuando me fui, pero al parecer mi padre la ha estado usando de despacho. Hay un escritorio y un estante con un montón de papeles encima. Lo único que queda mío —una cama ancha individual— se ha relegado a un rincón.
Aunque llegué anoche, ya era tarde, así que me mi padre ha esperado hasta hoy para darme su sermón de «nuevos comienzos» cuando ha vuelto a casa del trabajo. Pero mientras me tumbo de espaldas, eso es lo último que se me pasa por la cabeza. En lo que pienso es en la preciosa chica a la que he besado en el baño de la gasolinera. Sin lugar a dudas, ha sido el puto mejor beso de mi vida, y ni siquiera sé cómo se llama, cómo suena su voz. Pero sí sé cómo sabe y cómo suenan sus gemidos.
«Tengo que volver a verla».
Me costó mucho no seguirla ni pedirle el teléfono. Se me da muy bien interpretar lo que piensa la gente, y sabía que ella no quería que le hablara ni rompiera la magia del anonimato. Por mucho que me apeteciera mantener el contacto con ella, yo tampoco quería arruinar el momento.
Con la mirada fija en el techo, recuerdo de forma muy vívida todas sus partes. Especialmente el tono azul claro de su cabello, a juego con sus ojos. Sus vaqueros gastados y esa camiseta tan amplia hacían que pareciera que intentaba ocultarle su cuerpo al mundo. Pero yo lo sentí firme junto al mío y casi pierdo el control. Sus gruesos labios eran tan seductores… Pienso en ellos besando mi pecho desnudo y luego bajando más y más y más. Me desabrocho los pantalones y me digo a mí mismo:
«Ya nos veremos, chica azul».
Después de hacerme una paja y darme una ducha, me visto y salgo a hurtadillas por la puerta trasera de la casa. Ya está oscureciendo y estoy seguro de que mi padre me echaría una buena bronca si me viera marchándome a estas horas. Aunque también sé que estar pendiente de mí no es ninguna prioridad para él, y nunca lo ha sido, así que no habrá problema.
Bajo la calle con las manos en los bolsillos de los vaqueros. Nuestro vecindario, en la zona este de Raleigh, es una mezcla de clase media y baja. Hay algunos oficinistas, pero también familias obreras que sobreviven gracias a los vales de comida. No es muy peligroso, pero tampoco diría que es el lugar más seguro del mundo.
No oigo más que ladridos de perros, televisores a todo volumen y voces de gente charlando en la entrada de su casa o en el patio trasero. Si bien no es muy grande, esta parte de la ciudad es más vivaz y moderna que Smithtown, donde las casas están a kilómetros las unas de las otras. Cuando vivía allí, tardaba más de cuarenta minutos en moto cada vez que quería ir al centro.
Cruzo la esquina de mi calle y llego a una casa que conozco mejor que la mía.
La de Red.
Su verdadero nombre es Reed, pero desde pequeño le ha gustado que se dirijan a él como Red. Igual que a mí me gusta que me llamen por mi apellido, Black, en lugar de Ryder. Además, eso nos convertía en un dúo invencible: Black y Red. Anda que no suena chulo, ¿eh?
De crío, me encantaba pasar el rato en casa de Red. Era lo más parecido a un hogar normal que había tenido en la vida. Sus padres, aunque algo distantes y poco afectuosos, eran decentes y nunca los oí pelearse a gritos como hacían los míos antes de divorciarse de forma definitiva.
Red es como mi hermano. Nunca me cuestionó cuando aparecía en la puerta de su casa por la mañana temprano con los ojos rojos de tanto llorar. Siempre me acogió y nos lo pasábamos tan bien que acababa olvidándome de todos los dramas de casa. Desde entonces hemos sido los mejores amigos. Hasta nos hicimos el mismo tatuaje de tipo duro: una columna vertebral que nos atraviesa la espalda de arriba abajo.
Red siempre ha sido lo opuesto a mí. Es tranquilo, de los mejores de su clase y con un carisma natural que atrae a la gente. A pesar de que llevo fuera doce meses, hemos seguido en contacto, porque no hay distancia que pueda con nuestra amistad.
Doy unos toquecitos en la puerta y abre la señora Rays, la madre de Red. Se queda boquiabierta de la sorpresa.
—¿Ryder?
—Hola, señora Rays.
—¡Dios mío, sí que has crecido!
Está exagerando. Solo ha pasado un año.
No hay abrazos ni apretones de mano. Como he dicho, sus padres no suelen mostrar afecto en público.
—Reed se va a poner como loco de contento. —Me sostiene la puerta para que pase y yo simplemente le sonrío—. Cuando te fuiste, se quedó muy deprimido. No le digas que te lo he dicho.
Hago un gesto con los dedos para indicarle que mis labios están sellados.
—Reed está en su cuarto. Ya sabes el camino.
—Gracias —digo antes de subir las escaleras.
La nostalgia se apodera de mí mientras me dirijo hacia la puerta de Red. Llevo casi toda la vida correteando por este pasillo cuando venía a verlo. Llamo a la puerta y me siento como un idiota por emocionarme al oír esa áspera voz que conozco tan bien.
—Pasa.
Cuando abro la puerta, el característico olor de la habitación de Red me invade la nariz. Skittles y suavizante para la ropa con olor dulzón. Red siente debilidad por los dulces. No me sorprende verlo sin camiseta, con unos auriculares lila colocados sobre su ondulado pelo rojo. Está sentado delante del ordenador, jugando a algo en línea, murmurando blasfemias hacia el micrófono que sobresale de sus auriculares.
—¿Red? —He subido un poco el tono de voz para que pueda oírme.
Red se da la vuelta en la silla giratoria. Cuando me ve, sus ojos azules se iluminan y se abren de la sorpresa.
—¿Black?
Levanto la mano y saludo mientras sonrío.
Red se arranca los auriculares y sale disparado hacia mí. No puedo evitar darme cuenta de que ha crecido. Siempre he sido más alto que él, pero parece que eso ya no es así. Ahora tenemos la misma altura. Mierda, ya no podré burlarme de él nunca más diciéndole que es un retaco. Red me envuelve en un fuerte abrazo y yo lo aprieto con ganas.
Cuando nos soltamos, me agarra la cara.
—Mi colega.
—Único e irrepetible —digo con una sonrisa traviesa.
—Pero ¿qué cojones…? ¿Cuándo has vuelto? —pregunta mientras entro en su cuarto y cierro la puerta.
—Ayer. No he venido antes porque sabía que estabas en clase.
Red sonríe. Advierto lo mucho que han madurado sus facciones y que ha estado haciendo ejercicio. Tiene los músculos definidos y un nuevo tatuaje de una calavera con dos espadas cruzadas en la parte inferior izquierda del abdomen.
—No me creo que estés aquí. —Me señala con el dedo—. Ni se te ocurra volver a irte, Black, has dejado un hueco enorme.
—Eso dicen todas.
—Muy gracioso. —Se inclina sobre el ordenador para decirles a los otros jugadores que volverá enseguida—. Creía que eras otra persona.
—¿Quién? —Me tumbo en su cama y me pongo cómodo. Es mucho más grande que la mía y el colchón es superblandito. Uff, cómo he echado esto de menos—. ¿Suele venir alguna chica?
—Sí.
—Ah, ¿sí? —respondo, impresionado. Red no estaba precisamente quedando con muchas cuando me fui de la ciudad, porque acababan de pasar de él. Antes de que pueda averiguar nada más, me pregunta:
—¿Cómo narices has convencido a tu padre para que te deje quedarte con él?
—Bueno, no ha tenido más remedio. Mamá lo amenazó con solicitar la manutención para mi hermana pequeña —digo con aire despreocupado, a pesar de que me duele que mi madre use a mi hermana para conseguir lo que quiere.
—Joder, qué sangre fría.
—Lo de siempre, ya sabes.
La naturaleza manipuladora de mi madre no es nueva para mí. Incluso antes del divorcio, ya se le había agriado el carácter por todos los años miserables que había pasado con mi padre. No quiero cortar el rollo, así que cambio de tema.
—¿Y qué te cuentas? ¿Qué me he perdido?
—Poca cosa. —Se encoge de hombros.
—¿Sigues con el corazón roto por Amber? —pregunto lanzándole una almohada, consciente de que su ex es claramente el amor de su vida, pero a él le da demasiado miedo intentar recuperarla.
Red esquiva la almohada y niega con la cabeza.
—Qué va, de eso hace casi un año. Ya lo he superado.
—¿Alguna conquista nueva? —Levanto una ceja con aire guasón.
Red está a punto de responder, pero entonces se abre un poco la puerta y…
Mierda.
Al principio pienso que los ojos me están jugando una mala pasada, pero parpadeo una y otra vez y ella sigue allí, con la melena azul enmarcando los laterales de su cara.
Es la chica a la que besé en la gasolinera.
Cuando su mirada encuentra la mía, se queda paralizada, aferrándose al pomo como si eso fuera a ayudarla a mantener el equilibrio. El silencio entre los dos es denso e incómodo, como si nos hubieran pillado cometiendo un delito. Red se aclara la garganta.
—¿Os conocéis? —pregunta.
De repente, los dos volvemos a prestar atención.
—No —contesto.
Los labios que hace unas horas besaba como un maniaco sonríen educadamente, pero ella no dice nada. No se mueve, no pestañea.
Red se sienta en la silla giratoria y me mira, luego la mira a ella.
—Este es Black. Te he hablado de él.
La chica por fin vuelve a la realidad y se acerca a estrecharme la mano.
—Hola, soy Bea, pero todos me llaman Blue.
Cojo su mano y la aprieto ligeramente antes de soltarla, y entonces ella se da la vuelta.
«No puedes mirarme a los ojos, ¿eh?».
Mierda, ¿qué he hecho? Si esta chica está aquí, en esta habitación, significa que es muy importante para Red. Él no deja que nadie se acerque a su casa a menos que le guste de verdad. En mi defensa, ¿cómo iba yo a saber que Blue lo conocía? Joder, pensar con la polla siempre me ha traído problemas, pero esto ya es otro nivel.
«Bien hecho, Black. A ver si con un poco de suerte no la cagas».
3.
Blue
Relajo los hombros y hago lo posible por actuar con naturalidad porque Red es muy observador. Sé que ya se ha percatado de que algo pasa entre Black y yo. Con una sonrisa forzada, me siento en el cómodo y mullido sillón que hay en el rincón mientras ellos se ponen al día. Cada vez que Black desvía los ojos hacia mí, mi mente se pone a recordar —sus manos en mi cintura, su lengua en mi boca— y aparto la vista de inmediato.
Mierda. Mierda. Mierda.
Llevo sin usar redes sociales desde que nos mudamos aquí. No me manejo bien con ellas, por muchas razones, pero quizá si no hubiera borrado todas mis aplicaciones, sabría cómo luce Black, porque Red me había hablado de él, pero nunca lo había visto.
«Calma, Blue, no es para tanto. Solo fue un beso. Además, Red y tú todavía no sois nada, ¿recuerdas?».
La primera vez que vi a Red fue hace tres meses. Yo estaba en el campus, y me llamó la atención su forma de caminar entre un grupo de chicos. Iba pavoneándose por ahí como si creyera que la universidad le pertenecía. Aquella actitud algo chulesca, los tatuajes, el pelo rojo y esa estúpida y arrogante sonrisa… No pude evitar sentirme atraída por su seguridad en sí mismo, lo que tiene sentido, porque yo tengo algunos problemas con la mía.
Pero mi atracción hacia él iba más allá. Era profundamente física. Cómo se comportaba, el balanceo de sus caderas, el tamaño de sus manos… Sabía que podía satisfacerme y complacerme más que cualquier otra persona con la que hubiera estado. También sabía que sería capaz de hacerme olvidar los recuerdos que me atormentaban, los pensamientos que me hacían sentir inútil y sola, las veces que había querido morir.
Necesitaba sentirme mejor. Dejar de recordar.
Aun así, me costó captar la atención de Red. Mi padre es militar, así que nos hemos mudado muchas veces. Ser la chica nueva solía darme cierta ventaja con los chicos; la novedad y la curiosidad siempre jugaban a mi favor. Todos los chicos querían ir a por la nueva y ser los primeros en follársela. Sí, suena horrible, pero ¿qué puedo decir? La mayoría de los tíos son unos cerdos, pero no todos. Sin embargo, Red ni siquiera me miraba cuando pasaba junto a él. Nunca me había sentido tan invisible en mi vida y eso convirtió aquello en una especie de reto.
Luego, en una fiesta, hace dos meses, todo cambió.
Cuando llegué a Raleigh, no me interesaba hacer amigos. Lo más probable era que nos fuéramos al año siguiente, así que ¿para qué? Era tan evidente que quería estar sola que las chicas de mis clases dejaron de intentar conocerme, y los chicos empezaron a aburrirse de que los ignorara. Pero en el patio oí por casualidad que Red iba a ir a una fiesta en mi barrio, así que no podía dejar pasar la oportunidad de estar con él a solas.
Cuando llegué, escruté la multitud con la mirada en busca de Red. No me resultó difícil encontrarlo. Era el centro de atención. Lo vi hablando con un par de chicas. Llevaba unos pantalones cortos y una camiseta de deporte roja, a juego con su pelo. Me quedé cerca y esperé para ver si podía meter baza mientras le daba sorbitos a una cerveza de mierda en un vaso de plástico azul. Cuando vi que salía por la puerta trasera de la casa, lo seguí.
Estaba en el jardín, con las manos en los bolsillos de los pantalones, mirando al cielo. No hacía nada en particular. Pensé que podría haber salido a fumar o a contestar alguna llamada, pero simplemente se quedó allí de pie, con los ojos absortos en las rutilantes estrellas.
—¿Tienes algo que decirme, novata?
El hecho de que se hubiera dado cuenta de que yo estaba allí me sorprendió.
—¿Perdona?
Miró por encima del hombro y me lanzó una sonrisa.
—Llevas semanas observándome. Aquí estoy. Dispara, Blue.
Di un paso hacia él.
—¿Cómo es que sabes mi nombre?
—Tengo mis fuentes. Además, es bastante obvio. —Se dio la vuelta y se señaló el pelo—. A ver, ¿qué quieres de mí?
—¿Qué te hace pensar que quiero algo de ti?
—Una corazonada. Y mis corazonadas nunca se equivocan.
Era un engreído de cuidado. No voy a mentir, me pareció muy sexy.
—Creo que eres un chico interesante. Había pensado que podríamos ser amigos.
Se echó a reír.
—¿Amigos? ¿En serio?
—Con ciertos derechos.
Se acercó a mí hasta que pude ver sus ojos azules de ensueño.
—¿A qué derechos te refieres exactamente?
Me pasé la lengua por los labios y sopesé bien qué decir. Quería tenerlo comiendo de la palma de mi mano.
—Bueno, yo te quitaría la ropa, y tú me la quitarías a mí.
—¿Y luego?
—Podrías tenerme. Como tú quisieras.
Eso hizo que se inclinara más hacia mí.
—Tal vez algún día, pero esta noche no.
La punzada de rechazo abrasaba, pero mantuve la cabeza alta.
—Supongo que un tal vez es mejor que un no —dije antes de darme la vuelta para irme.
Red me cogió la mano y me giró hacia él.
—¿Por qué no me dices qué te pasa?
Me reí al ver la preocupación que reflejaba su cara. No le pegaba.
—Ay, ayúdame, Red. Me he sentido muy sola en esta nueva ciudad —respondí con voz quejumbrosa.
Él soltó una risita.
—Vale, me encanta el sarcasmo, así que nos llevaremos bien.
—¿Eso quiere decir que ya me has puesto en la zona de amigos?
Red negó con la cabeza y me miró fijamente a los ojos.
—No, pero… parece que lo que realmente necesitas es alguien con quien hablar.
Arrugué el entrecejo.
—¿Por qué dices eso?
Se encogió de hombros.
—Otra corazonada.
—Pues esta vez te equivocas. Hablar lo empeora todo.
Esa había sido la última vez que Red me había tocado. Y después de esa noche mantuvimos muchas conversaciones. La verdad es que Red es increíblemente interesante, inteligente y caballeroso. A veces voy a su casa y charlamos durante horas. Otras solo paso allí el rato y leo mientras él juega a videojuegos, o jugamos los dos. Estamos muy cómodos el uno con el otro y ya no somos desconocidos.
Sin embargo, ha sucedido lo que yo más temía. La atracción superficial del principio ha desaparecido y ahora siento que me estoy enamorando de él. Cada día que pasamos juntos esos sentimientos se hacen más fuertes, algo que yo nunca había experimentado.
Pero ¿y si lo he fastidiado todo al besar a Black? No, no es para tanto.
«¿En serio, Blue? Entonces ¿por qué estás temblando?».
«Tengo que recomponerme».
—Humm… Voy al baño —digo, y Black sonríe con suficiencia, el muy imbécil, seguramente por lo que hicimos en el servicio de la gasolinera.
Una vez que he cerrado la puerta detrás de mí, me miro en el espejo y respiro hondo. Esto no va bien. Aunque Red y yo solo somos amigos, lo último que quiero es joder las cosas entre nosotros y destruir la pequeña posibilidad de que podamos tener algo. Black es su mejor amigo, así que, pase lo que pase, cabe la posibilidad de que todo se complique. Y mi vida ya es lo suficientemente caótica tal cual está.
Me vibra el teléfono en el bolsillo mientras me paso los dedos por el pelo, tratando de centrarme. Lo saco y veo que tengo un mensaje de mi madre, que me recuerda que debo compartir mi ubicación. Mis padres se han vuelto extremadamente sobreprotectores después de lo que pasó, y no los culpo.
Entonces llevo a cabo mi psicótico ritual diario. Accedo a la página del correccional del condado de Osage y busco su nombre.
En cuanto lo veo, se me revuelve el estómago.
Compruebo su estado cada día y nunca ha habido novedades.
Hasta ahora.
Su fecha de liberación. El momento que he estado temiendo. Será el 26 de septiembre… En tres días.
Sabía que esto acabaría ocurriendo. Solo que no tan pronto. No estoy preparada, ni de lejos.
Me echo un poco de agua en la cara y vuelvo al cuarto de Red. A estas alturas, me siento un poco desconectada y aturdida. Mi mente está otra vez en Oklahoma, luchando contra fantasmas del pasado, mientras que mi cuerpo se encuentra aquí, tratando a duras penas de respirar.
Black está sentado en la cama y Red se ha levantado para apoyarse contra la pared. Parecen totalmente despreocupados. Seguro que no tienen ni idea de lo que es sentirse así de asustada.
—¿Cómo te va en la universidad? —le pregunta Black a Red con esa sonrisa satisfecha en la cara.
Parece el tipo de chico que piensa que todo es un puto chiste, y como es tan guapo a nadie parece importarle, ni siquiera a mí.
—Está bien, en mi clase hay mucha gente que iba con nosotros al instituto. —Red sonríe—. Menos Blue.
Eso obliga a Black a mirarme. Luce una sonrisa tan traviesa e irresistible que hace que me derrita a pesar de que estoy en modo de pánico.
—¿Eres nueva por aquí, Blue?
—Sí. Bueno, más o menos.
—¿Cuándo te mudaste?
—Hace tres meses.
—Y ya estás codeándote con el cabecilla de la zona norte, ¿eh? Amber debe de estar furiosa.
Vuelve a dirigir los ojos hacia Red, que se encoge de hombros. Sé que Amber es la ex de Red, pero curiosamente nunca quiere hablar de ella.
—¿Qué más da lo que piense Amber? No estamos juntos —sentencia Red—. Además, Blue y yo solo somos amigos.
Eso ha dolido.
Black parece sorprendido.
—Ah, pensé que…
—¿Que estábamos follando? —Red acaba la frase—. Lo piensa todo el mundo.
Se produce un silencio incómodo y empiezo a desconectarme un poco.
Dentro de tres días él volverá a estar en la calle. Mis pensamientos comienzan a girar de nuevo en espiral. Me mareo y si no me marcho podría desmayarme delante de
