Postales desde Grecia

Victoria Hislop

Fragmento

Llegaban sobadas, siempre rasgadas, a menudo casi ilegibles, como si hubieran cruzado Europa en el bolsillo trasero de un pantalón. En una o dos ocasiones le pareció que la tinta estaba emborronada por la lluvia, el vino o incluso las lágrimas. A veces estaban descoloridas por el sol, y los matasellos desvaídos demostraban que por lo general su viaje había durado muchas semanas.

La primera de esas postales había aparecido a finales de diciembre, y después fueron llegando cada vez con mayor regularidad. Ellie Thomas empezó a esperarlas con ilusión. Si no recibía una durante una semana o más, repasaba el correo dos veces, por si acaso. El contenido de su casillero, uno de los doce que había en el gran vestíbulo comunitario, estaba formado sobre todo por facturas (o por avisos de facturas impagadas) y por correo basura de comida basura. La mayor parte de él iba dirigido a antiguos inquilinos que hacía tiempo que se habían marchado, y Ellie suponía que el lector al que iban destinadas aquellas postales, S. Ibbotson, era uno de ellos.

A excepción de las imágenes coloridas, siempre de Grecia, se deshacía de todo el correo extraviado metiéndolo en el buzón que había en la esquina de su calle, con las palabras «Devolver al remitente» garabateadas en la parte superior. Seguro que en la oficina de Correos las lanzaban a la basura.

Las postales no podían devolverse al remitente, porque el remitente era desconocido. Siempre firmaba con una simple «A». «A» de «Anónimo». Y quienquiera que fuese S. Ibbotson, no había llegado ninguna otra cosa a nombre de ella (o quizá de él) en los tres años que Ellie llevaba viviendo en el lúgubre piso de Kensal Rise. Tirarlas parecía un desperdicio.

Empezó a sujetar las postales con chinchetas en un gran panel de corcho al que no le daba más uso que el de colgar alguna que otra lista de la compra y un trozo de papel con su número de la Seguridad Social. A medida que transcurrían las semanas, iban formando un mosaico colorido, sobre todo azul y blanco (cielos, mar, barcos y edificaciones encaladas con postigos azules). Incluso la bandera que aparecía en algunas de ellas era de los mismos colores puros.

... Metone, Mistrá, Monemvasía, Naupacto, Nauplia, Olimpia, Esparta...

Había un toque de alquimia en sus nombres, y ella les permitía lanzar su hechizo. Ansiaba estar en los lugares que retrataban. Daban vueltas sin parar en su mente, como cualquier palabra extranjera con sonidos musicales pero de significado desconocido: Kalamata, Kalavrita, Kosmas. Y seguían, y seguían.

El retablo de imágenes iluminaba aquel piso situado en un sótano, aportaba color a su por lo demás deprimente hogar, algo que las colchas de Habitat no habían logrado.

Con una caligrafía esmerada, ligeramente afectada (aunque en ocasiones ilegible), el autor transmitía poca información pero mucho entusiasmo.

Desde Nauplia: «Tiene algo especial.»

Desde Kalamata: «Posee una atmósfera muy cálida.»

Desde Olimpia: «Esta imagen no te ofrece más que un atisbo.»

Ellie empezó a permitirse imaginar que ella era «S», a soñar con los lugares hacia los que aquella «A» parecía atraerla.

El remitente solía brindar reflexiones sobre una forma de vida que Ellie jamás habría imaginado.

Al parecer aquí la gente no comprende la soledad. Incluso mientras estaba escribiendo esta postal una persona se ha acercado y me ha preguntado de dónde era y qué estaba haciendo aquí. No resultaba fácil de explicar.

Para los griegos, estar solo es lo peor del mundo, así que siempre hay alguien que viene a hablar conmigo, a preguntarme o decirme algo.

Me invitan a sus casas, a panegyris, hasta a bautizos. Jamás me había topado con tal hospitalidad. Soy un absoluto desconocido, pero me tratan como a un amigo al que le perdieron la pista hace mucho tiempo.

A veces me invitan a compartir su mesa en una cafetería, y entonces, invariablemente, tienen una historia que contar. Escucho y la escribo de principio a fin. Ya sabes cómo pueden ser los viejos. La memoria suele suavizar un poco la verdad. Pero eso no importa. Quiero compartir estas historias contigo.

Pero todas terminaban en tono triste:

Sin ti este lugar no es nada. Ojalá estuvieras aquí. A.

La despedida era sencilla, sincera y apesadumbrada. «S» nunca llegaría a saber cuánto deseaba el autor anónimo que ambos estuvieran allí, juntos.

Un día de abril, llegaron tres postales de golpe. Ellie dio con su viejo atlas y se puso a localizar los lugares. Arrancó la página y la colgó junto a las tarjetas en el panel de corcho, después marcó todos los destinos y siguió el recorrido del autor. Arta, Préveza, Meteora. Todos ellos nombres mágicos y extraños.

Ese país que nunca había visitado se estaba convirtiendo en parte de la vida de Ellie. Tal como le encantaba señalar al autor, las imágenes no podían transmitir los aromas ni los ruidos de Grecia. No proporcionaban más que una instantánea, un vislumbre. Sin embargo, Ellie se estaba enamorando de aquel territorio.

Semana a semana, y con cada tarjeta postal, el deseo de Ellie por ver Grecia con sus propios ojos aumentaba. Anhelaba los colores luminosos y los rayos solares que las postales daban la impresión de prometer. A lo largo de todo el invierno, había salido hacia el trabajo antes del amanecer y había vuelto a casa a las siete, de manera que las cortinas habían permanecido cerradas ininterrumpidamente. Ni siquiera cuando llegó la primavera notó la diferencia. El sol no encontraba la forma de entrar. No parecía una gran vida, sin duda no era lo que ella había esperado al mudarse desde Cardiff. Las luces que había esperado encontrar en Londres distaban mucho de ser brillantes. Solo las postales conseguían animarla: en cuanto llegaron, añadió Kalambaka, Karditsa y Katerini al montaje.

Su trabajo vendiendo espacios publicitarios en una revista de negocios nunca la había entusiasmado, ni siquiera el primer día, pero una agencia de colocación la había convencido de que era una forma de entrar en el mundo de la publicidad. Más tarde, se había dado cuenta de que debía de ser por una ruta muy indirecta. Los clientes se mostraban sensibles a su sonora voz galesa, así que cumplía con facilidad los objetivos que le marcaba el jefe de ventas telefónicas. Eso le dejaba unas cuantas horas libres al día para ganarse una comisión extra o para, como estaba haciendo en ese momento, perder el tiempo en internet buscando imágenes e información sobre Grecia. Entre las filas de los demás empleados rayanos en los treinta que desempeñaban el mismo trabajo, muchos eran actores o cantantes «que se estaban tomando un descanso» y que querían estar en cualquier lugar que no fuera donde estaban. Para la mayor parte de los que ocupaban las anónimas hileras cercanas, el sueño era estar en un escenario. Para Ellie, el sueño era estar en un lugar mucho más alejado del West End.

Las postales se habían convertido en una obsesión. Las imágenes idealizadas que iba coleccionando cobraban una importancia cada vez mayor para ella. Con el verano llegaron también postales de islas. Eran imágenes increíblemente hermosas, con mares y cielos azules destellantes. Andros, Icaria. ¿Esos sitios eran reales? ¿Habían retocado las fotos?

Pasaron unas cuantas semanas y no recibió ninguna postal más. Todas las mañanas de agosto, Ellie comprobaba su casillero y, cuando veía que no había llegado ninguna, sentía una punzada de decepción. Cada búsqueda infructuosa era una esperanza frustrada, pero no podía contenerse. Hubo un fin de semana de puente y se fue a Cardiff a ver a sus padres. Allí pasó la noche del sábado visitando los bares de siempre con las amigas de siempre. Ahora ya estaban todas casadas y empezando a tener hijos. Una de ellas, de la que había sido dama de honor, le pidió que fuera la madrina de su bebé. Se sintió obligada a aceptar, pero, al mismo tiempo, un tanto desconcertada por su sensación de distancia respecto a sus coetáneas.

En Gales había pasado frío, pero Londres le pareció más gris que nunca cuando el tren llegó a Paddington. En el metro de camino a Kensal Rise, se distrajo pensando en las postales. ¿Habría alguna esperándola? En cuanto entró en el vestíbulo, el casillero vacío le ofreció la respuesta. Calculó que hacía más de un mes desde la de Icaria.

Una vez en su piso, se percató de que las postales habían empezado a abarquillarse en el panel de corcho, aunque los colores conservaban la misma intensidad de siempre. La atormentaban un poco. ¿Había llegado por fin el momento de ver si los cielos azules que representaban eran reales? ¿De ver si la luz era tan translúcida como parecía? ¿Las postales eran siempre una exageración o tenían acaso un elemento de realidad?

Le echó un vistazo a su pasaporte (utilizado por última vez hacía dos años durante un fin de semana de chicas en España) y encontró un vuelo a Atenas que costaba menos que las botas baratas que acababa de comprarse en Cardiff. No era una viajera dada a la aventura. A lo largo de su vida, había estado cuatro veces en España, dos en Portugal y unas cuantas en Francia (de vacaciones en un camping cuando era niña). El final de la temporada estaba próximo, así que no le resultó difícil encontrar un hotel a un precio razonable. Buscó en varias páginas y al final clicó en un nombre que reconocía. Nauplia. Una semana a media pensión en un complejo hotelero de playa no muy lejos de allí le costaba ciento veinte libras. Al menos vería uno de los lugares que «A» había visitado, y tal vez más, si tenía tiempo. La decisión fue del todo espontánea, y sin embargo tuvo la sensación de que la idea llevaba meses sembrada.

La semana siguiente pasó volando. Cuando le dijo al pico de oro de su jefe que le gustaría cogerse unas vacaciones de diez días, él no pareció preocuparse. «Ponte en contacto con nosotros cuando vuelvas», le dijo. Fue una respuesta ambigua, y Ellie se marchó sin tener claro si la habían despedido.

La estruendosa impresora de la oficina aún no había terminado de expulsar su billete cuando Ellie ya pensaba que no echaría de menos aquella habitación sin ventanas ni sus bancos de teléfonos.

Estaba impaciente por escapar del calor tímido de un verano inglés que pronto se desvanecería, sin solución de continuidad, en el otoño. La última postal que había enviado «A» era de un hermoso puerto con casas y barcos preciosos. Ellie casi oía el lamer de las olas contra ellos. Tenía un aspecto tranquilo y, sobre todo, acogedor.

Icaria: «Es de otra época.»

Ya iba siendo hora de ver aquel nuevo país, y de comprobar si lo que «A» decía era cierto. ¿Hablaba la gente con los desconocidos? ¿Los invitaba a sitios? Ella llevaba tres años viviendo en Londres y ni siquiera había recibido una invitación de alguno de sus compañeros de trabajo, así que mucho menos de un extraño en una cafetería. Quería experimentar todas esas cosas.

Pasó la noche anterior a su viaje casi en vela a causa de la emoción. Luego no oyó la alarma del despertador, y solo el alboroto de unos borrachos en la calle consiguió que abriera los ojos. Para ellos, era el final de una larga noche, pero para Ellie era el inicio de un nuevo día. Se levantó de la cama de un salto y, sin ducharse, se puso la ropa del día anterior. Tras un repaso de última hora a las cerraduras y las luces, salió del piso.

Mientras arrastraba su maleta hacia la puerta del edificio, se fijó en que algo asomaba de su casillero. Aunque iba con una hora de retraso sobre el plan previsto, se sintió obligada a recogerlo. El paquete tenía más de doce sellos pegados en distintos ángulos y era del tamaño de un libro de tapa dura. La máquina de franqueo había borrado el nombre, pero la dirección se leía bastante bien. Reconoció la caligrafía de inmediato y se le aceleró un poco el corazón.

No tenía tiempo de desenvolverlo, así que abrió la cremallera de su bolso y lo embutió dentro. A lo largo de las dos horas siguientes no pensó más que en coger el vuelo. Tenía un paseo de veinte minutos hasta un autobús nocturno (diez minutos yendo al trote) que la dejaría en la estación de autobuses a Stansted. La hora punta todavía no había empezado. La mayor parte de las personas que hacían el trayecto iban de camino a su trabajo en el aeropuerto.

La mujer del mostrador de facturación fue desagradable.

—Ha llegado por los pelos —le dijo—. Su vuelo está a punto de cerrarse.

Ellie recuperó su tarjeta de embarque y echó a correr. Fue la última en subir al avión, y se desplomó sobre su asiento acalorada, tensa, exhausta y ya arrepintiéndose de llevar puesto su abrigo de invierno. Estaba encima de una silla en su piso y, a las cuatro de la mañana, no había tenido tiempo de pensar con claridad qué iba a necesitar durante el viaje. Ahora ya era demasiado tarde. Forcejeó con la gruesa lana de color rojo intenso, lo hizo un ovillo y lo metió debajo de su asiento. La auxiliar de vuelo ya estaba verificando si los cinturones de seguridad estaban bien abrochados y el avión empezaba a alejarse de la terminal.

Ellie se quedó dormida aun antes del despegue. Se despertó tres horas más tarde, con el cuello rígido y una sed horrible. Ni siquiera había tenido tiempo de comprarse una botella de agua, así que pensó que ojalá el carrito no tardara mucho en pasar. Miró por la ventana y no tardó en darse cuenta de que había pocas probabilidades: ya estaban en las últimas fases del descenso. Atisbó mar y montañas, campos rectangulares, hileras de árboles, casas y algunas construcciones más grandes, incluso el familiar logo de Ikea. ¿En Atenas? Mientras asumía esa información, las ruedas golpearon la pista de aterrizaje con brusquedad. Unos cuantos pasajeros aplaudieron el aterrizaje, gesto que extrañó a Ellie. Siempre había pensado que el trabajo del piloto consistía precisamente en llevar a sus pasajeros a salvo hasta su destino.

En cuanto se abrieron las puertas, una brisa cálida y un olor nuevo que no fue capaz de identificar penetraron en la cabina. Puede que fuera una mezcla de contaminación y tomillo, pero se sorprendió inhalándola con fruición.

Cuando buscó su pasaporte en el bolso, lo primero que encontró fue el paquete. La cola en el control fronterizo era lenta, así que tuvo tiempo de rasgar una esquina del papel marrón y echar un vistazo al interior. Era una libreta encuadernada en piel azul, y alcanzó a ver que los bordes de las páginas estaban un poco amarillentos. Volvió a guardársela en el bolso.

Un autobús del aeropuerto la llevó hasta KTEL, la estación central de autobuses. Estaba atestada y resultaba agobiante, con el rugido de los motores y los gritos de los conductores anunciando las salidas por encima del alboroto de los pasajeros, que iban y venían por millares, arrastrando bolsas y maletas. Ellie estuvo a punto de asfixiarse debido al olor acre del gasóleo.

Por fin encontró la taquilla de venta de billetes que correspondía a su destino, pagó quince euros y, con un minuto de margen, consiguió comprar un refresco y unas galletas antes de embarcar.

Cuando se acomodó en su asiento junto a la ventana y miró hacia el hervidero confuso de la estación, ya sabía que A tenía razón respecto a una cosa: a aquella gente no le gustaba el silencio. La mujer que viajaba a su lado no hablaba ni una sola palabra de inglés, pero, a pesar de ello, se comunicaron durante al menos una hora antes de que la anciana se quedara traspuesta. En ese rato, Ellie descubrió que la mujer tenía hijos, a qué se dedicaban todos ellos y dónde vivían, y además se comió dos hojas de parra rellenas y un trozo de pastel de naranja reciente (una segunda porción descansaba sobre su mochila, envuelta en una servilleta). Entonces vislumbró el paquete agazapado bajo su chaqueta. Tenía pensado echarle un vistazo al cuaderno durante el viaje, pero el calor del sol que entraba por la ventana y el ronroneo constante del autocar la arrullaron hasta que se durmió.

Hasta que el autobús llegó a Nauplia casi tres horas más tarde, no se dio cuenta de que no llevaba el abrigo. Debía de seguir en el avión. Mientras esperaba al sol a que descargaran su maleta de las entrañas del autocar, su enfado consigo misma comenzó a evaporarse. Con el calor en la espalda, se dio cuenta de que allí las prendas de abrigo serían un engorro. Se sentía como una serpiente que hubiera mudado la piel.

Había una hilera de taxis en la estación de autobuses, y su guía de viajes decía que necesitaba coger uno para llegar a su hotel en Tolo. Pero, antes de irse, estaba impaciente por conocer algo de Nauplia. Arrastrando su pequeña maleta con ruedas tras ella, puso rumbo hacia la vieja ciudad, guiándose por unos carteles que, por suerte, estaban escritos en inglés.

No tardó en llegar a la plaza mayor, que reconoció de inmediato por la postal. La sensación de déjà vu la hizo sonreír.

Como estaba muy acostumbrada a estar sola, Ellie no se sintió cohibida al ocupar una silla en la primera cafetería con la que se topó. La atendieron rápido y le sirvieron el capuchino enseguida, junto con un vaso de agua helada y dos galletitas de nuez calientes. Por segunda vez en cuestión de unas horas, experimentó la hospitalidad griega que A había mencionado tantas veces.

Mientras se tomaba el café, miró a su alrededor. Era viernes, a media tarde. La plaza bullía de gente de todas las edades, empujando cochecitos de bebé, montando en bicicleta, presumiendo con los patines o tan solo paseando, algunos agarrados del brazo, los más mayores apoyados en bastones. Alrededor de la plaza había en torno a una docena de cafeterías, todas ellas llenas. La tarde de mediados de septiembre era cálida.

Había dejado el paquete sobre la mesa, delante de ella. Metió el dedo por la abertura que había hecho antes y rasgó toda la parte superior para poder sacar el cuaderno. Guardó el papel marrón en el bolsillo lateral de su bolso y le dio vueltas a la libreta entre las manos. En cierto sentido, las postales eran públicas, quedaban a la vista de cualquiera que las levantara, pero ¿una libreta? ¿Era igual que leer el diario de alguien? ¿Se trataba de una invasión de la intimidad? Cuando abrió la tapa con nerviosismo, le pareció que sin duda la respuesta era sí. Hojeándolo, vio que todas las páginas estaban llenas de la ya familiar tinta negra de la caligrafía meticulosa pero a veces indescifrable de A.

Con el dedo índice y sin apenas darse cuenta, dibujó una S entre las migas de galleta de su plato y después alzó la vista hacia el otro lado de la plaza. El destinatario nunca tendría la oportunidad de leer nada de aquello, así que, con una curiosidad abrasadora y solo una pizca de culpa, volvió a abrir la libreta por la primera página.

Tras leer unas cuantas palabras, se detuvo, pues se dio cuenta de que sería mejor esperar hasta que llegara al hotel. Abrazó el cuaderno contra su pecho, se puso en pie y se encaminó hacia la hilera de taxis.

—Tolo —dijo titubeante—. Hotel Marina.

Más tarde, ya en la pequeña terraza de su habitación, comenzó de nuevo.

Cuando fui a recogerte aquel día al pequeño aeropuerto de Kalamata y no apareciste, me quedé veinticuatro horas esperando por si acaso me había equivocado y llegabas en el siguiente avión. O tal vez hubieras perdido el vuelo y no lograras ponerte en contacto conmigo. Se me ocurrieron todo tipo de excusas. Aquella noche dormí en una silla detrás de los carritos para el equipaje. El limpiador barrió el suelo alrededor de mis pies e incluso me llevó un trozo de tarta de espinacas que su esposa estaba a punto de tirar. Ella era la encargada del quiosco y el hijo de ambos estaba en el puesto de control de pasaportes... Y, como no podía ser de otra manera, el del control de seguridad era un sobrino, y el que comprobaba las tarjetas de embarque en la puerta era un primo. «En Grecia los aeropuertos pequeños son un negocio familiar», me dijo el limpiador con gran orgullo.

A primera hora de la mañana del día siguiente, tuve que marcharme de la zona de Llegadas. Hasta esa palabra parecía burlarse de mí. Estábamos a mediados de septiembre y no habría más vuelos chárter procedentes del Reino Unido ni posibilidades de que aparecieras por sorpresa, como me había permitido imaginar. No me contestaste cuando te llamé por teléfono, pero sabía que si te hubiera sucedido algo horrible, alguno de tus amigos me habría avisado.

Me quedé un rato sentado en un banco del exterior del aeropuerto, sin saber qué hacer ni adónde ir. Unos instantes más tarde me vibró el móvil. Me había llegado un mensaje. Cuando me llevé la mano al bolsillo para sacarlo, temblaba tanto que el teléfono se me cayó al suelo. A través de la telaraña de la pantalla hecha añicos, apenas pude distinguir las siguientes palabras: «No puede ir. Lo siento». Supongo que se lo habrías dictado a algún amigo. Me quedé mirando el mensaje, incrédulo y asqueado, durante varios minutos, y después llamé a aquel número. No obtuve respuesta. Lo intenté varias veces. Por supuesto, con el mismo resultado. «Enfado», «furia», «rabia». Esas palabras no describen ni de lejos lo que sentí. Solo son palabras. Bocanadas de aire. Nada.

No hubo más mensajes. Solo un «Bon Voyage» de mi hermano algo más tarde.

Podría haber regresado a Atenas de inmediato, pero fui incapaz de afrontar el camino de vuelta por la misma carretera que acababa de recorrer con tal ilusión y entusiasmo. Estaba aturdido, casi no pude ni meter la llave en el contacto. No tenía ni idea de adónde me dirigía. Me daba igual. Tampoco tengo ni idea de cuánto tiempo pasé conduciendo, pero cuando llegué al mar, me detuve. Justo en la playa, donde moría la carretera, había un cartel que rezaba HABITACIONES. Allí sería donde me quedara.

No hice casi nada en los días posteriores, salvo sentarme a contemplar el Jónico. Las olas eran feroces, se alzaban y rompían contra la orilla en una cadencia eterna, y su ánimo reflejaba la agitación que yo sentía por dentro. No parecía remitir. No era capaz de comer ni de hablar. Se supone que los hombres son el sexo fuerte, pero nunca me he sentido tan indefenso. Creo que el mar me habría arrastrado si me hubiera acercado demasiado. Algunos días habría desaparecido de buen grado bajo la espuma.

No podía soportar el tormento de mirar mi teléfono, una, y otra, y otra, y otra vez, y ver la pantalla vacía y rota. Así que me lo saqué del bolsillo y lo lancé al mar, tan lejos como pude. Fue liberador. En el momento en que vi el agua que levantaba al caer, tuve que aceptar que ni tendría ni podría tener noticias tuyas. Ya estaba desconectado de ti, y desconectado del resto del mundo, también.

Solo Dios sabe qué pensaba de mí la agradable pareja que regentaba el alojamiento de Metone, pero me dejaban un plato de comida fría todas las noches y lo retiraban todas las mañanas. La mujer puso un ramo de flores frescas en mi habitación una mañana y las cambió cuando se marchitaron. Lo único que advertía era su amabilidad, no mucho más. No sentía hambre ni sed. Ni siquiera percibía la temperatura. Un día me quedé plantado bajo la ducha hasta que el agua se enfrió, pero me di cuenta de que no notaba nada en la piel. El reloj me dijo que había pasado una hora. La desesperanza me había privado de todos mis sentidos. Fueron días oscuros. No sé a qué dediqué el tiempo, pero las horas fueron pasando de algún modo. No tenía conciencia de cuántos días o semanas habían transcurrido desde mi espera en el aeropuerto, pero, un día, el propietario de la pensión me saludó como si me dirigiera a la playa. «Kalo mina —dijo en tono alegre—. Octomvris!» (¡Es un mes nuevo!) Llevaba allí casi dos semanas.

Ahora los planes que había trazado para nosotros parecían ridículos: un tour por el Peloponeso, luego un ferri hasta Citera, y desde allí otro ferri a Creta antes de volver en avión a Atenas y después a Londres. Me dijiste que tenías justo dos semanas de vacaciones, y mi meticuloso calendario se habría asegurado de que regresaras a tiempo. Había comprado un anillo mientras estaba en Atenas, un solitario en una joyería llamada Zolotas. Hasta ese punto me había engañado. Tenía pensado pedirte que te casaras conmigo durante una puesta de sol rojo sangre en el oeste de Creta. Incluso ahora me sorprendo de vez en cuando reproduciendo una escena que nunca ocurrió. Espero que algún día se desvanezca de mi mente para siempre.

Aquella tarde en Metone (tras ocultar el ocaso al otro lado de los postigos), tuve que tomar una decisión: volver a Londres o viajar solo. Mi investigación en Atenas había ido bien durante las dos semanas que había pasado allí. El conservador del Museo de Arte Cicládico se había portado muy bien conmigo, me había abierto muchas partes del archivo, así que tenía material suficiente para empezar a escribir mi libro, y eso podía hacerlo tanto en la habitación de un hotel como en casa. Pensar en Londres me helaba un poco la sangre, porque sabía que no dejaría de buscar tu rostro entre la gente. Otra buena razón para quedarme en Grecia durante una temporada sería evitar la melancolía del otoño británico.

Así que hice la maleta y dejé la pensión. Ahora ya no tenía prisa. Llamé a mi hermano desde una cabina del pueblo y le pedí que me recogiera el correo una vez a la semana y se encargara de las facturas. No sabía cuánto tiempo pasaría fuera. El avance de mi contrato editorial me duraría un año, si era cuidadoso. Antes de entrar en la tienda a comprar chocolate, chicles, agua y otras cuantas cosas que necesitaba para el trayecto, me detuve ante un herrumbroso expositor giratorio que contenía unas cuantas postales. Lo más probable era que el tendero no esperara muchos más turistas a aquellas alturas, así que no se había molestado en reponer sus existencias. Escogí una del castillo de Metone (que, después de tantos días allí, ni siquiera me había tomado la molestia de visitar). ¿Por qué lo hice? Me imaginaba que no te importaba saber dónde estaba, pero sentí un deseo repentino de comunicarme contigo. A lo mejor solo se trataba de romper el silencio que entonces reinaba entre los dos. ¿O fue solo para aliviar mi soledad? No podía ser la persona que jugueteaba con un móvil y aparentaba tener amigos y planes, pero sí el hombre atareado escribiendo una postal y que necesitaba encontrar un sello.

Sería una forma de «hablar» contigo sin esperar respuesta alguna, una conversación de sentido único. La idea me gustó. Puede que hasta te arrepintieras de no haber ido.

El hombre de la tienda me puso varios sellos en la postal y después guardó en una bolsa el resto de las cosas que había comprado.

Kalo taksidi.

—Gracias —contesté.

Era una de las pocas expresiones que ya conocía. Me estaba deseando un buen viaje.

Apoyé la postal en el techo del coche, te garabateé unas cuantas líneas y la eché en un buzón cercano.

Tenía libertad absoluta para ir adonde me apeteciera, pero resulta extraño lo desconcertante que puede ser tal libertad. Estuve sentado en el coche por lo menos una hora, con la vista clavada en el mapa, y ponerlo en marcha y empezar a conducir requirió de toda mi fuerza de voluntad. Sabía que me dirigía hacia el este porque el mar quedaba a mi espalda, pero no tenía un destino concreto ni la menor idea de adónde me llevarían el instinto o el destino. Era el comienzo de mis viajes. Eso era lo único que sabía.

A lo largo de las siguientes semanas y meses, allá donde me paraba, la gente hablaba conmigo. La mayoría de esas personas eran acogedoras y amables y, si no se mostraban así de inmediato, mis intentos de hablar griego solían romper el hielo. Muchos de ellos me contaban historias. Yo escuchaba y tomaba notas, todos los días aprendía cosas sorprendentes sobre este país, y cosas nuevas sobre mí. Las voces de aquellos desconocidos se vertían en el vacío y llenaban el silencio que tú habías dejado.

Reconocerás algunos de los lugares que aparecen en las historias por las postales. ¿Quién sabe si los cuentos que me contó esa gente son verdad o mentira? Sospecho que algunos de ellos son inventados de principio a fin, y que otros son exageraciones, pero tal vez algunos sean reales. Tú decides.

Nauplia.

Octubre 2015

La belleza del Peloponeso, donde en realidad empezaron mis viajes, no alivió mi dolor. Solo lo acrecentó. Me sentía menospreciado por su plenitud, su exuberancia, por cómo la propia naturaleza parecía rebosante de vida y salud. El paisaje era el opuesto absoluto de mi estado de ánimo, y nada me distraía de la añoranza que experimentaba. Había alimentado muchísimas esperanzas sobre nuestro futuro y me resultaba imposible dejar de volver a ellas. A lo largo de los siguientes meses aprendí que intentar olvidar solo logra hacerte recordar aún más. Por las noches, bebía para anestesiarme y para que me ayudara a quedarme dormido, pero pronto incluso empecé a tener miedo de acostarme. El sueño era como un pozo profundo, oscuro, donde las pesadillas me arrastraban cada vez más hacia el fondo. Los propietarios de la casa de huéspedes de Metone habían entrado a toda prisa en mi habitación un día a las cuatro de la madrugada. Mis gritos les habían hecho creer que me estaban matando. Tú aparecías en todos mis sueños. Pero eran sueños malos. Sueños tristes. Mi subconsciente no tenía intención de dejarme olvidarte. Al menos, no de momento.

No fue un error, en cualquier caso, embarcarme en este viaje. Adondequiera que hubiera ido, mi infelicidad me habría seguido. Si hubiese vuelto a Londres, habría sido peor, ya que mis amigos me habrían mirado con la misma cara de pena que si se me hubiera muerto un familiar, pero al cabo de unas cuantas semanas habrían esperado que hubiera vuelto a ser mi yo de costumbre. Aquí, podía vivir con extraños y, si me movía a menudo, la gente nunca llegaría a saber cómo era ese «yo de costumbre». Podía reinventarme por completo entre personas que no sabían nada de lo que había ocurrido. Lejos de casa, al menos podía fingir que era un hombre que lo tenía todo bajo control.

La gente siempre quiere mandar a los turistas a su lugar favorito, y mis anfitriones de Metone habían insistido mucho en Nauplia. «Es la ciudad más bonita de Grecia, y la más romántica», me dijeron.

Me obligué a sonreír mientras me señalaban su ubicación en un mapa.

Sea o no la ciudad más bella de Grecia, Nauplia me cautivó. Su platia es la plaza mayor más maravillosa que he visto en mi vida. Imagínate un enorme salón de baile al aire libre. Los adoquines de mármol son lisos y resplandecen de limpios e, incluso en las noches frías de otoño, los hermosos edificios de sus cuatro lados te protegen hasta de la más mínima brisa. Las paredes de esta «sala» son un montaje de la historia griega: una antigua mezquita del siglo XVI, un polvorín veneciano, elegantes edificios neoclásicos y algo de arquitectura aceptable del siglo XX. Nauplia está situada junto al mar, tiene tres castillos y una historia que se retrotrae hasta la Edad Antigua. Fue la primera capital del moderno estado de Grecia, desde 1829 hasta 1834, y transmite la sensación de ser un lugar importante.

Pasé muchas horas allí, viendo el mundo pasar.

Me alegré de poder charlar un poco una de mis noches en Nauplia, pero la pareja que me habló no pudo por menos que comentar el hecho de que estaba solo.

—Su esposa... —quiso saber la mujer—, ¿no lo acompaña?

Aquella pregunta daba muchas cosas por sentadas, pero no me molesté en aclararlas. Por suerte, su marido intervino, pues intuyó que su mujer había sido un tanto desconsiderada.

—Desde el caso Adamakos —dijo—, la gente de Nauplia recela un poco de los hombres que se sientan solos.

—¿El caso Adamakos? —pregunté.

—Supongo que no apareció en las noticias inglesas —contestó el hombre.

Por descontado, tenía razón. Los reportajes sobre Grecia que aparecen en la prensa británica tienden a ser sobre la economía o, en los últimos tiempos, sobre la crisis de los refugiados. No suelen prestarle atención a mucho más.

—Bueno, había un hombre que se sentaba aquí solo a menudo —prosiguió.

—¡Durante veinticinco años! —exclamó su esposa para darle énfasis a la narración.

—Aquí fue un caso muy conocido...

—¿No le caía bien la gente? —sugerí.

—Sin duda, había personas a las que no les tenía ningún cariño —fue la críptica respuesta de la mujer.

—Era de Mani —añadió el marido en tono enigmático tras inclinarse hacia delante para que no lo oyera nadie.

Yo no había visitado Mani, la remota península situada al sur de Nauplia, pero sabía que antiguamente los maniotas eran célebres por buscar venganza si alguien les faltaba al honor. Aquel mismo día había leído algo acerca de un acontecimiento dramático que había tenido lugar a principios del siglo XIX cerca de la cafetería donde estábamos sentados. Ioannis Kapodistrias, el primer dirigente del nuevo estado, había arrestado a algunos miembros de un clan importante pero rebelde de Mani. Para vengarse, dos de sus parientes lo esperaron emboscados cuando iba de camino a la iglesia. Fallaron un primer disparo. Entonces apuñalaron a Kapodistrias, y una segunda bala le impactó en la cabeza. La violencia engendra violencia. Los asesinos murieron ejecutados poco después.

—¿Sabe que la bala está incrustada en la iglesia de San Espiridón, que está ahí al lado? —dijo el hombre señalando una escalera de piedra que conducía a la calle situada sobre nosotros.

—La he visto hoy —contesté.

—Bueno, nunca le falte al respeto a un maniota —me aconsejó—. Hay muchas reyertas familiares que se han prolongado hasta los tiempos modernos.

Después me contó esta historia. Para cuando terminó, tenía claro que seguiría su consejo.

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(Penguinlibros) con domicilio social en Travessera de Gràcia, 47-49 08021 Barcelona NIF: A 08116147 contacto: lopd@penguinrandomhouse.com. Finalidad: tratará sus datos personales para i...</span> <a href="#" class="l_leer_mas" onclick="$('.p_leer_mas').hide();$('.p_leer_menos').show();$('.l_leer_menos').show();" style="text-decoration: underline !important;">Leer más</a> </div> <div class="p_leer_menos"><span><span style="text-align: justify;">Responsable: Penguin Random House Grupo Editorial,S.A.U. (Penguinlibros) con domicilio social en Travessera de Gràcia, 47-49 08021 Barcelona NIF: A 08116147 contacto: lopd@penguinrandomhouse.com. Finalidad: tratará sus datos personales para informarte sobre nuestros productos, servicios, novedades, sorteos, concursos y eventos. Puede ver más detalles </span><a href="https://www.penguinlibros.com/ag/content/10-proteccion-de-datos" style="text-align: justify;">aquí</a><span style="text-align: justify;">. 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Una novela que har... <br> <a href="https://www.penguinlibros.com/ar/novela-romantica/138042-libro-postales-desde-grecia-9788466662901" target="_blank" style="font-weight:800;color: #FF5A00;"> Ver más <i class="fa fa-chevron-right text-sm" style="font-size: clamp(10px,1vw,12px);"></i> <i class="fa fa-chevron-right text-sm" style="font-size: clamp(10px,1vw,12px);margin-left: -5px;"></i> </a> </div> <!-- Precio y selector de formato --> <div class="col-12 formatos align-items-center justify-content-between" id="formDataWidget" style="margin-top:10px;"> <div class="product-formatos" style="width:100%"> <span class="formatosDisponibles h5">Formatos disponibles</span> <form autocomplete="off"> <div class="row"> <div class="col-md-12 d-flex formatosYprecios"> <input autocomplete="false" name="hidden" type="text" style="display:none;"> <select class="product-selector selectorFormato" onchange="location = this.value;" style="background-position: calc(100% - 13px) calc(1em + 4px),calc(100% - 8px) calc(1em + 4px),100% 0; -webkit-appearance: none;"> <option value="//www.penguinlibros.com/ar/tematicas/18385-ebook-postales-desde-grecia-9788466663229" > eBook - $ 13.899 </option> <option value="//www.penguinlibros.com/ar/novela-romantica/138042-libro-postales-desde-grecia-9788466662901" selected> RÚSTICA - $ 22.099 </option> </select> <div class="product_p_price_container contenedorPrecios"> <div class="product-prices preciosContenedor"> </div> </div> </div> </div> </form> </div> </div> </div> </div> <!-- Enlaces --> <div class="col-md-4" style="padding-left:15px!important;"> <div class="d-flex flex-column widget-recomendado-compra w-100 p-lg-2 p-3 mt-3" style=""> <div class="d-flex flex-column tiendas"> <p class="h2 mb-4 mx-2 mx-sm-0">Opciones de compra</p> <div> <div class="mb-3 bloque_external_link"> <div class="row mb-2 no-gutters"> <div class="col-6 col-md-6 col-sm-12"> <div class="botonesCompraExternos botones-compra mr-2"> <a 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data-product-name="Postales desde Grecia" data-product-isbn="9788466662901" class="intentionPurchase tiendasExternas"> Buscalibre    <i class="fa fa-angle-right tiendasExternas"></i> </a> </div> </div> <div class="col-6 col-md-6 col-sm-12"> <div class="botonesCompraExternos botones-compra mr-2"> <a href="https://www.sbs.com.ar/9788466662901?utm_source=Referral&utm_medium=Penguinlibros" target="_blank" data-product-name="Postales desde Grecia" data-product-isbn="9788466662901" class="intentionPurchase tiendasExternas"> SBS Librería     <i class="fa fa-angle-right tiendasExternas"></i> </a> </div> </div> <div class="col-6 col-md-6 col-sm-12"> <div class="botonesCompraExternos botones-compra mr-2"> <a href="https://www.libreriahernandez.com.ar/search/?q=9788466662901&?utm_source=Referral&utm_medium=Penguinlibros" target="_blank" data-product-name="Postales desde Grecia" data-product-isbn="9788466662901" class="intentionPurchase tiendasExternas"> Librería Hernandez    <i class="fa 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data-link-action="sign-in" type="submit"> INICIAR SESIÓN </button> </footer> </form> <div id="login_create-account-link-wrapper" class="col-md-8"> <span id="social-links-text_register">¿Aún no tienes cuenta?</span> <a href="https://www.penguinlibros.com/ar/iniciar-sesion?create_account=1"> <button id="create_account" class="btn btn-primary" data-link-action="sign-in">Crear cuenta</button> </a> <ul> <li><i class="fa fa-heart-o not-added" aria-hidden="true"></i>Añade tus favoritos a tu lista de deseos</li> <li><svg style="fill: #FF5A00;" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" height="24" viewBox="0 -960 960 960" width="24"><path d="M270-80q-45 0-77.5-30.5T160-186v-558q0-38 23.5-68t61.5-38l395-78v640l-379 76q-9 2-15 9.5t-6 16.5q0 11 9 18.5t21 7.5h450v-640h80v720H270Zm90-233 200-39v-478l-200 39v478Zm-80 16v-478l-15 3q-11 2-18 9.5t-7 18.5v457q5-2 10.5-3.5T261-293l19-4Zm-40-472v482-482Z"></path></svg></i> Gestiona tus pedidos y accede a tu biblioteca</li> <li><svg fill="#000000" version="1.1" id="Capa_1" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" viewBox="0 0 60.062 60.062" xml:space="preserve"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" viewBox="0 0 512 512"><path d="M16.1 260.2c-22.6 12.9-20.5 47.3 3.6 57.3L160 376V479.3c0 18.1 14.6 32.7 32.7 32.7c9.7 0 18.9-4.3 25.1-11.8l62-74.3 123.9 51.6c18.9 7.9 40.8-4.5 43.9-24.7l64-416c1.9-12.1-3.4-24.3-13.5-31.2s-23.3-7.5-34-1.4l-448 256zm52.1 25.5L409.7 90.6 190.1 336l1.2 1L68.2 285.7zM403.3 425.4L236.7 355.9 450.8 116.6 403.3 425.4z"></path></svg></svg> Suscríbete a las novedades y gestiona tus intereses</li> </ul> </div> <div class="espacio"> <span>o</span> </div> <div class="iqitsociallogin iqitsociallogin-checkout iqitsociallogin-colors-theme pb-3 pt-1"> <a onclick="iqitSocialPopup('//www.penguinlibros.com/ar/module/iqitsociallogin/authenticate?provider=google&page=authentication')" class="btn btn-secondary btn-iqitsociallogin btn-google btn-sm mt-1 mb-1"> <i class="fa fa-google-plus-square" aria-hidden="true"></i> Iniciá sesión con Google </a> </div> <script type="text/javascript"> function iqitSocialPopup(url) { var dualScreenLeft = window.screenLeft != undefined ? window.screenLeft : screen.left; var dualScreenTop = window.screenTop != undefined ? window.screenTop : screen.top; var width = window.innerWidth ? window.innerWidth : document.documentElement.clientWidth ? document.documentElement.clientWidth : screen.width; var height = window.innerHeight ? window.innerHeight : document.documentElement.clientHeight ? document.documentElement.clientHeight : screen.height; var left = ((width / 2) - (960 / 2)) + dualScreenLeft; var top = ((height / 2) - (600 / 2)) + dualScreenTop; var newWindow = window.open(url, '_blank', 'scrollbars=yes,top=' + top + ',left=' + left + ',width=960,height=600'); if (window.focus) { newWindow.focus(); } } </script> <style> .page-customer-account .login-form-custom-header { display: none; } .my-account-page-content .login-form-custom-header { 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rcTagManagerLib.isCheckout = isCheckout; rcTagManagerLib.compliantModuleName = compliantModuleName; rcTagManagerLib.skipCartStep = skipCartStep; // list names rcTagManagerLib.lists = {"default":"Fragmento","filter":"filtered_results"}; // Google remarketing - page type rcTagManagerLib.ecommPageType = 'other'; // get products list to cache rcTagManagerLib.productsListCache = []; // Listing products /////////////////////////////////////////////// if (!disableInternalTracking) { // Initialize all user events when DOM ready document.addEventListener('DOMContentLoaded', initGtmEvents, false); window.addEventListener('pageshow', fireEventsOnPageShow, false); } function initGtmEvents() { // Events binded on all pages // Events binded to document.body to avoid firefox fire events on right/central click document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventClickPromotionItem, false); //Botones Newsletters var btnNewsletter = document.querySelectorAll('.modalSubscriptionForm'); btnNewsletter.forEach((btn) => btn.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventClickNewsletter, false)); //Botones Menu var Menu = document.getElementById("iqitmegamenu-horizontal"); Menu.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventNavegacionMenu, false); //Menu Movil var MenuMovil = document.getElementById("iqitmegamenu-mobile"); MenuMovil.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventNavegacionMenuMovil, false) if (rcTagManagerLib.trackingFeatures.goals.socialAction) { // bind event on like/follow action rcTagManagerLib.eventSocialFollow(); } //////////////////////// // ALL PAGES EXCEPT CHECKOUT OR ORDER if (!isCheckout && !isOrder) { // bind prestashop events with tracking events prestashop.on( 'updateCart', function (event) { rcTagManagerLib.eventAddCartProduct(event); rcTagManagerLib.eventCartUpdate(event); } ); prestashop.on( 'clickQuickView', function (event) { rcTagManagerLib.eventProductView(event) } ); prestashop.on( 'updatedProduct', function (event) { rcTagManagerLib.eventProductView(event) } ); prestashop.on( 'clickIqitWishlistAdd', function (event) { rcTagManagerLib.eventWishlistProduct() } ); // init first scroll action for those products all ready visible on screen setTimeout(()=>{ rcTagManagerLib.eventScrollList(); // bind event to scroll window.addEventListener('scroll', rcTagManagerLib.eventScrollList.bind(rcTagManagerLib), false); },3000); // init Event Listeners document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventClickProductList, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventGetAddCartQuantity, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCartQuantityDelete, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventLogin, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventLogout, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCreateAccount, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventNewsletter, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventUpdateAccount, false); //Sliders setTimeout(()=>{ let Sliders = document.body.querySelectorAll(".slick-slider"); Sliders.forEach((slider)=>{ slider.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventClickCarousel,false); slider.addEventListener('touchstart', rcTagManagerLib.eventTouchStartCarousel,false); slider.addEventListener('touchmove', rcTagManagerLib.eventTouchMoveCarousel,false); slider.addEventListener('touchend', rcTagManagerLib.eventTouchEndCarousel,false); }), 2000 }) if (rcTagManagerLib.trackingFeatures.goals.socialAction) { // bind event to allow track social action on document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventSocialShareProductView, false); } //////////////////////// // SEARCH PAGE if (controllerName === 'search') { rcTagManagerLib.eventSearchResult(); } //////////////////////// // PRODUCT PAGE if (controllerName === 'product') { // send product detail view rcTagManagerLib.eventProductView(); rcTagManagerLib.eventProductPreview(); rcTagManagerLib.eventProductReview(); //Nuevos DataLayer Ficha Producto var btnCompraDirecta = document.querySelector('.add-to-cart.direct'), btnCambioIdioma = document.querySelector('.link_relacionado_manuscrito'), tags = document.querySelectorAll('.tag_lvl2'), descripcion = document.getElementById('product-descripcion'), detalles = document.getElementById('product-details-tab-nav'), btnVerAutor = document.querySelectorAll("#author-follow"), btnResena = document.querySelector(".boton-review"); 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document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCartQuantityUp, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCartQuantityDown, false); } //////////////////////// // CHECKOUT if (compliantModuleName === 'default' && controllerName === 'order') { // Events on Checkout Process document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventPrestashopCheckout, false); } else if ( compliantModuleName === 'supercheckout' && controllerName === compliantModules[compliantModuleName] ) { // Compatible with super-checkout by Knowband document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventOpcSuperCheckout, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCartOpcSuperCheckout, false); } else if ( compliantModuleName === 'onepagecheckoutps' && controllerName === compliantModules[compliantModuleName] ) { // compatible with OPC by PrestaTeamShop document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventOpcPrestaTeam, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCartOpcPrestaTeam, false); } else if ( compliantModuleName === 'thecheckout' && controllerName === compliantModules[compliantModuleName] ) { // Compatible with thecheckout by Zelarg document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventOpcTheCheckout, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCartOpcTheCheckout, false); } else if ( compliantModuleName === 'steasycheckout' && controllerName === compliantModules[compliantModuleName] ) { // Events for steasycheckout document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventOpcStEasyCheckout, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCartOpcStEasyCheckout, false); } } } function fireEventsOnPageShow(event){ //rcTagManagerLib.eventPageType(); // rcTagManagerLib.eventUserInfo(); // fixes safari back cache button if (event.persisted) { window.location.reload() } if(window.location.pathname.substring(4) == 'module/lblemailactivation/activation'){ rcTagManagerLib.onConfirmarCuenta(); } // Sign up feature if (rcTagManagerLib.trackingFeatures.goals.signUp && rcTagManagerLib.trackingFeatures.common.isNewSignUp) { rcTagManagerLib.onSignUp(); } if (rcTagManagerLib.trackingFeatures.gua.trackingId && isClientId) { rcTagManagerLib.setClientId(); } // Checkout and order complete if (isCheckout && gtmProducts) { rcTagManagerLib.onCheckoutProducts(gtmProducts); } else if (isOrder && gtmOrderComplete) { rcTagManagerLib.onOrderComplete(gtmOrderComplete); } } </script><script type="text/javascript"> var time_start; $(window).on("load", function (e) { time_start = new Date(); }); $(window).on("unload", function (e) { var time_end = new Date(); var pagetime = new FormData(); pagetime.append("type", "pagetime"); pagetime.append("id_connections", "199480031"); pagetime.append("id_page", "15"); pagetime.append("time_start", "2026-05-27 23:33:34"); pagetime.append("token", "9699728509347509d4f52fd0383264079b0a859a"); pagetime.append("time", time_end-time_start); pagetime.append("ajax", "1"); navigator.sendBeacon("https://www.penguinlibros.com/ar/index.php?controller=statistics", pagetime); }); </script> <button id="back-to-top"> <i class="fa fa-angle-up" aria-hidden="true"></i> </button> </body> </html>