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A Leo, mi amor
Ciudad de Asti, Piamonte, norte de los territorios italianos
1
Marzo de 1613
Los gritos que escuchó por la ventana de la cocina indicaban que la necesitaban. Estaba preparando unos confites para la recepción de la boda de su hermana Alessandra, pero eso tendría que esperar. La voz de Siriana denotaba su angustia entre lágrimas y alaridos.
—¡Isabella, Isabella! ¡Venga rápido! ¡Los ojos de Giovanni desaparecieron y se está convirtiendo en monstruooo!
Isabella no se dejó llevar por las palabras de Siriana. Aunque ya había cumplido catorce años, a la muchacha de piel morena y largos rizos oscuros le gustaba adornar sus historias. Un recurso muy útil para provocar una sonrisa en tiempos difíciles, pero que le restaba a sus palabras la urgencia necesaria en los momentos clave. Isabella se limpió las manos en el largo delantal blanco que le cubría la falda de algodón y se asomó al patio empedrado de la casa. Mientras daba unos pasos bajo el cálido sol del mediodía se dio cuenta de que algo no iba bien. Los gritos de los pequeños no lograban tapar un extraño sonido que provenía del centro del grupo. Se acercó y antes de ver a Giovanni escuchó una vez más ese ruido áspero, casi como el que hacían los campesinos durmiendo borrachos contra las paredes de la cantina después del día de pago semanal. Cuando el chiquito se dio vuelta le bastaron unos segundos para comprender que los ronquidos provenían de su garganta. Su cara estaba de un tono rojizo oscuro, tan hinchada que el color de sus ojos ya no se distinguía. Eran como pliegues escondidos entre párpados del tamaño de huevos de ganso. Y esa misma hinchazón dentro de su garganta le impedía respirar. El aire casi no pasaba.
—Giovanni no habla, ¡ruge! Está dejando de ser humano, está tomando otra forma, como en mis historias —sollozó Siriana—. ¡Y sus ojos ya no están! Es culpa mía, ¡yo lo hechicé con un cuento! —exclamó al borde de la histeria.
Isabella no tenía tiempo para ocuparse de los nervios de la chica. Ya había visto casos así y pocas veces tenían un final feliz. Ignoró las manos de Siriana, que trataban de aferrarse a su delantal, y sus súplicas:
—¡Cuidado, no se acerque!
Se aproximó al niño de unos ocho años, lo ayudó a ponerse de pie tomándolo con fuerza por los hombros y lo llevó corriendo junto a ella hacia su despensa. Allí no perdió ni un segundo: sacó una llave del bolsillo del delantal, abrió la cerradura del armario de madera y tomó un frasco de vidrio con un líquido de color ámbar. Echó una buena cantidad en la boca del pequeño rubio, a quien cada vez le costaba más respirar. Mientras esperaba que la mezcla hiciera efecto, Isabella empezó a soplar cerca de la boca abierta de Giovanni, para ayudar a que el aire llegara hasta sus pulmones. Unos minutos después su respiración empezó a normalizarse. Varios pares de ojos asustados que los habían seguido desde el patio vieron cómo su compañero de juegos rompía a llorar.
Isabella respiró aliviada. Lo peor de la crisis había pasado. La inflamación del rostro tardaría un rato en desaparecer, pero intuyó que los ojos azules de Giovanni volverían a tener su forma habitual. La infusión hecha con flores de camomila algunas veces funcionaba para hinchazones así. Era difícil descubrir qué las causaba. Ella había visto a un hombre fuerte y saludable morir ahogado con la cara inflamada tras la picadura de una abeja. Sus amigos dijeron que había sido por arrancar hierbas ponzoñosas con sus manos desnudas. Y el padre Mássimo, del convento Matter Maria de Alba, atribuyó su muerte a la combinación de hongos silvestres con vino durante el almuerzo. Pero a aquel hombre la tisana no le había servido. Isabella suspiró. Había tantas cosas que ignoraba sobre el arte de las curaciones. Le hubiera gustado aprender más, pero las mujeres no podían estudiar medicina, solo los hombres. Afortunadamente ella tenía las anotaciones sobre plantas y pociones de su abuela Valerie y las podía consultar a su antojo.
Agradecía a su padre por haberle permitido aprender a leer y escribir. Pero la gratitud que sentía era opacada por los otros sentimientos que le provocaba pensar en él. Vincenzo di Leonardi era un hombre egoísta. Enojado por la falta de hijos varones, pasaba poco tiempo en su propia casa, se repartía entre las de sus amantes. Su esposa, Constantina, lo vivía como un castigo por su falla al no darle un heredero y no se animaba a quejarse.
—¿Giovanni va a morirse?
La voz de Siriana sacó a Isabella de sus pensamientos y la devolvió a la realidad.
—No, no lo creo. Pronto va a estar bien. Solo tiene que descansar un rato. Será mejor que lo dejen solo y vuelvan a jugar al patio. Llévate a los niños —le dijo.
La joven de origen árabe que vivía con ellos desde unos años antes, cuando golpeó a su puerta pidiendo comida y allí se quedó, obedeció con rapidez. Isabella ayudó a Giovanni a recostarse sobre unos almohadones en el piso, donde solía sentarse Siriana, y suspiró. Cerró los ojos y se apretó las sienes en un intento por relajarse. Esos extraños ojos verdes descansaron mientras tironeaba de la piel de los extremos. Su madre siempre le decía que no lo hiciera, porque se arrugaría, pero Isabella tenía una piel resistente, que raramente enrojecía con el sol. Su rostro tomaba un suave color avellana cuando pasaba algún tiempo en el jardín ocupándose de las hierbas. No le avergonzaba lucir el mismo tono de las campesinas, poco digno de una dama. No dedicaba demasiada atención a su imagen. Le disgustaba la frivolidad de las jóvenes que había conocido en la corte, siempre pendientes de los lazos de sus tocados, de las perlas en sus cuellos y compitiendo por ser la dueña de la falda más ancha en las caderas gracias al verdugado debajo de la tela. Se sentía ajena a todos esos temas que tanto interesaban a sus hermanas.
Echó otra mirada al niño recostado. Estaba adormecido y respiraba con normalidad. Era el primogénito de Dante d’Arazzo, hermano mayor del novio, Bruno. Ambos eran hijos del conde Ugo d’Arazzo, y todos habían llegado unas horas antes para el banquete previo a la boda. No aportaría nada bueno a las flamantes relaciones familiares que el sobrino del novio y heredero del título muriera ahogado por hinchazón en la cocina de la novia. A mi madre ciertamente le daría un ataque, pensó Isabella con una risita. No estaba de acuerdo con esa boda, que uniría a Alessandra con un hombre a quien casi ni conocía, al que había visto apenas una vez. Pero si su hermana se había resignado, a ella no le correspondía seguir rogándole a su padre. Optó por ayudarla en los preparativos.
Mientras esperaba que Giovanni se recuperara, Isabella se quedó en la pequeña despensa junto al niño. Ese era su espacio favorito de la casa, podía pasarse horas allí. En un rincón había una alacena en donde guardaba casi medio centenar de frascos y pequeñas bolsas de tela atadas con cordones que contenían diferentes productos. Había aceites, polvos, hojas y raíces. Camomila, lavanda, violeta, enebro, tomillo, aceites de almendra, geranio, sándalo, oliva, melisa, romero, laurel, caléndula, malva, jengibre y trufas. A Isabella no le hacía falta leer los nombres que ella misma había pintado en los frascos años atrás. Sabía reconocer cada uno de los ingredientes del armario con solo una mirada.
Bajo la ventana había un sencillo escritorio de madera y una silla. En los cajones guardaba su bien más preciado: las anotaciones de su abuela. Eran un montón de hojas sueltas cubiertas con las letras pequeñas y apretadas de Valerie Laurentien. Pero Isabella las entendía sin problemas, las había leído miles de veces, mientras las recorría buscando la receta para fiebres, vómitos intensos o alguna herida verdosa y maloliente. Las monjas del convento Matter Maria sabían que ella podría tener alguna solución diferente a las tradicionales sangrías o amputaciones que sugerían los médicos, por eso la consultaban con frecuencia. Ella nunca reveló la fuente de su saber. Isabella se limitaba a buscar en privado alguna solución entre las viejas páginas cuando se lo pedían.
Aprovechó para vigilar la respiración de Giovanni mientras su mente, incansable, pasaba lista a las tareas que le quedaban pendientes para esa tarde. Acostumbrada a ocuparse de varias cosas al mismo tiempo, recordó que aún no había decidido cuál de sus dos vestidos nuevos se pondría esa noche y cuál al día siguiente. Encargados por su madre a una costurera, ambos eran igual de impactantes. Y si bien después de la boda se celebraría una fiesta mayor en el castillo del conde, esa noche ella era una de las anfitrionas. Isabella dejaría que su hermana Alessandra decidiera sobre el vestido. Al fin y al cabo, a ella le daba igual. Había pasado su juventud, tenía casi veinte años y no había ningún hombre en su vida para quien quisiera mostrarse bonita.
En ese momento dona Constantina di Leonardi asomó la cabeza a la pequeña despensa de Isabella. Atraída por los gritos de los niños, quiso saber qué había ocurrido.
—¡Dio santo! ¿Ahogado? Si muere podría arruinar la boda de tu hermana…
—No se preocupe, mamma. Está mejorando. Pero si la boda debiera suspenderse, no creo que Alessandra fuese a llorar demasiado.
—¡No digas eso, Isabella! Sabes que tu hermana está de acuerdo con esta boda. Pasó un tiempo en la corte y no encontró candidato allí. Ahora debe casarse y formar una familia. Y el segundo hijo de un conde, aunque no sea su heredero, es un buen casamiento.
—Ay, mamma, pero Alessandra casi ni conoce a ese Bruno. No lo ama.
—El amor solo no alcanza —se lamentó la madre—. Además, ¿tú qué sabes del amor? No escuché de pretendientes tuyos en los meses que pasaste en la corte. ¡O quizás sí los tuviste y lo ocultaste! Dime la verdad, hija.
—No, mamma, quédese tranquila. No sé nada de eso.
—Ahhh, Isabella —Constantina suspiró—. Yo solo busco que tu hermana sea feliz. Frecuentar la corte más tiempo sería inapropiado. Ya no encontraría un marido a su edad. Tiene casi dieciocho años. Se quedaría soltera, como tú. No entiendo porqué te negaste al candidato anterior que sugirió tu padre y a este también… Las hijas no deben oponerse a los deseos de sus padres. No sé por qué Vincenzo te dejó hacer tu voluntad.
Isabella se puso tensa. La mayoría de las veces lograba cumplir sus deseos. No quería casarse. Esperaba que su madre no insistiera ante su padre para unirla con un extraño.
—No es momento de hablar de mí, mamma. Hay mucho por hacer todavía para esta boda.
Constantina decidió que no insistiría por el momento y volvió a ocupar su mente con otros detalles de la ceremonia. Estaba contenta. La tercera de sus hijas se casaba. Le incomodaba que no fuera la segunda, pero la mala predisposición de Isabella en la reunión con Bruno, sumado a que el joven quedó encantado cuando vio a Alessandra, terminaron de resolver quién sería la novia. A Vincenzo di Leonardi solo le interesaba cerrar el acuerdo con el poderoso conde D’Arazzo para tenerlo de aliado en las pujas por el poder en la corte del príncipe Carlo Emanuele de Savoia.
Dado que los territorios italianos no eran un reino unido, no había una sola corte. La principal, la del duque de Savoia y príncipe del Piamonte, Carlo Emanuele I, se encontraba en Torino. Después había otras menores, como la del Duque de Médici, en Firenze, o la de la familia Este en Módena. Vincenzo estaba muy cerca de concretar la ansiada unión con los D’Arazzo para aumentar su poder en la corte de Torino. Desde hacía semanas los preparativos del ajuar y el banquete habían roto la rutina de la casa. Su mujer pensaba que eso lo complacería. Y así fue, pero no mejoró la relación entre ellos. Una gota más de amargura para el agrio espíritu de dona Constantina. La mujer vestida de seda y adornada con un exceso de joyas baratas tenía una mirada sin brillo que la distanciaba enormemente de la inocente muchacha de dieciséis años que se había dejado seducir por un guapo noble más de dos décadas atrás. El rico barone Vincenzo di Leonardi se casó con ella enceguecido por su belleza. Esa joven nacida muy cerca de la frontera con Francia pertenecía a otra clase social pero a él no le importó. Vincenzo llevó a Constantina y a su madre a vivir a esa lujosa casa de piedra en la ciudad de Asti —a unas nueve leguas de Torino— y los primeros tiempos fueron tan apasionados como habían imaginado. Tuvieron cuatro hijas seguidas, en pocos años. El quinto finalmente fue un varón, pero su llegada al mundo no resultó sencilla; tras un parto muy complicado, el niño vivió apenas unos días. Después de eso Constantina no volvió a quedar embarazada. Por la falta de un heredero, el amor de Vincenzo se fue apagando. Pasó a tener amantes sin molestarse en ocultarlo. En vez de disgustarse con él, Constantina trasladó la frustración y el dolor a sus hijas: las culpaba por ser niñas. Creía que si hubieran sido varones Vincenzo aún la amaría. Se convirtió en una mujer resentida, que pasaba las horas recluida en su hogar adornando los salones con ricas telas, imponentes muebles, lujosa platería, cristalería y arañas de Venecia, con la esperanza de que ese palacio en miniatura tentara a su marido a volver a ella. Un esfuerzo inútil. Pasaba cada vez más tiempo sola.
—Un asunto más, hija. Creo que Siriana no puede asistir al banquete. Es como una criada… —empezó a decir Constantina con tono despectivo.
—¡Sabe bien que eso no es cierto! Mis hermanas y yo la queremos casi como una más de nosotras —exclamó, se dio vuelta para ver si Giovanni seguía dormido, y con esa frase Isabella dio por terminada la charla con su madre.
Constantina suspiró. Quizás con el tiempo, y la ayuda de su nueva familia política, podría doblegar la rebeldía de Isabella. Siempre se salía con la suya. Quizás Dante... El heredero de Ugo d’Arazzo sería un excelente marido para Isabella, pensó Constantina. Su hija había rechazado a todos los candidatos con quienes intentó comprometerla. Con casi veinte años, sería un milagro encontrar algún hombre que se interesara en ella. Pero quizás pudiera convencer al futuro conde de las ventajas de esa unión. Dante, un viudo aún joven, un hombre con carácter y experiencia, resultaría ideal para dominar a Isabella. Y además así su hija sería condesa D’Arazzo algún día.
Esperanzada y optimista gracias a esos pensamientos, Constantina se dirigió a la cocina para supervisar los preparativos del banquete.
Esa noche se sirvieron varios platos. Primero, carne de conejo; luego entraron bandejas con faisán humeante rodeado de cebollas y patatas, ese exquisito descubrimiento llegado de las colonias en el nuevo mundo, reservado para ocasiones especiales. Los invitados se servían en sus cuencos y comían con las manos. Los criados traían tazones con agua fresca para lavarse entre plato y plato. Cuando todos ya habían bebido bastante vino caliente, el joven Bruno d’Arazzo interrumpió las risas generales, se puso de pie con cierta dificultad y golpeó las palmas.
—Quiero agradecer a la familia de mi novia por esta cena. Me acaban de contar que la baronesa di Leonardi dirige ella misma a las cocineras y supervisa las recetas, y que transmitió estos secretos a sus hijas. Pues con que ahí estaba el truco. Así fue cómo me conquistó: ¡con un elixir de amor! Brindo por mi amada Alessandra… —dijo, y provocó las carcajadas generales—. Pero no la voy a dejar que lo haga cuando esté en el castillo, de lo contrario tendré indigestión todas las noches por exceso de comida y el padre Mássimo terminará viviendo con nosotros para poder darme sus pociones medicinales.
Más risas acompañaron sus palabras, hasta que Isabella se animó a interrumpir:
—Pues no sería necesario tener al padre Mássimo allí. Mi hermana podría prepararle pociones para el malestar si algo le cayera mal a su amado esposo.
—No dudo de la capacidad de mi bella Alessandra para ordenar un té digestivo pero…
—No solo los sacerdotes pueden curar, señor —insistió Isabella.
—Creo que lo que mi hermano quiere decir es que ya está mayor para dejar que le sirvan remedios adecuados para niños —la interrumpió con ímpetu Dante, el hijo mayor del conde—. No es que no aprecie lo que ha hecho por mi hijo Giovanni esta tarde, signorina Isabella. Las habladurías vuelan entre los criados y me enteré de su ataque de tos. Pero creo que los brebajes que ayudan a mejorar la carraspera de un crío no son adecuados para un adulto.
El mayor de los hermanos D’Arazzo era alto y fornido. La capa de terciopelo bordó que arrancaba desde sus hombros parecía casi un cortinado y contrastaba con los abundantes rulos rubios idénticos a los que había acariciado esa tarde en la cabecita de Giovanni. El azul transparente de sus ojos también repetía el tono de los de su hijo, pero la inocencia estaba ausente en los del futuro conde. La mirada lasciva con que remarcó sus dichos era muy evidente. Sumada a la mueca burlona de sus labios resultó más de lo que Isabella pudo soportar. Estaba cansada, mareada por la falta de aire en el salón y por las dos copas de vino dulce que había tomado. No estaba acostumbrada a la bebida, pero se había dejado tentar por esa especialidad que le enviaban como agradecimiento las religiosas del convento de Alba, a donde ella iba con frecuencia para ayudar a los enfermos. Era una delicia: un líquido suave y dulce, muy distinto del amargo sabor del vino común, hecho con uvas sin madurar. Y el banquete previo a la boda bien merecía un brindis. Intentó memorizar que no debía beber más de una copa la próxima vez, pero en ese momento se dejó llevar y no midió sus palabras.
—Pues sepa que esos brebajes han salvado miles de vidas desde hace cientos de años. Son una tradición que las mujeres de mi familia pasamos de generación en generación. Con eso ayudamos a los enfermos mucho más que las sangrías de los médicos. ¿Cómo puede la pérdida de sangre mejorar una indigestión? ¡Lo que hay que sacar del cuerpo es el exceso de comida, no la sangre!
—Veo que mi futura hermana pone en duda conocimientos superiores a ella. Creo que a los médicos no les complacería saber que opina que pasaron años en los claustros de la universidad inútilmente. Sugiero que pase más tiempo rezando y menos pensando, mi querida —le dijo mirándola sin pudor de arriba abajo. Sus ojos se detuvieron en la unión de los pechos, que asomaba por el escote del vestido de fiesta dorado. La parte superior terminaba con un ajustado corsé, cubierto apenas por un delicado jubón de brocato, mucho más pequeño y revelador que la recatada prenda de lana que ella usaba a diario. El hijo del conde la miró hasta hacerla ruborizar y luego se giró, dando por terminada la conversación.
—Por favor, Isabella, signore Dante, estamos en una celebración. No es momento para discutir —intentó apaciguar los ánimos Vincenzo di Leonardi, pero solo logró exaltar más a su hija.
—¡Ay, padre! Es lo mismo de siempre: muchos hombres creen que nosotras no podemos ayudar en las dolencias de los adultos. Piensan que solo servimos para tratar a los niños.
—Basta ya, Isabella. Hemos escuchado suficiente de ti por hoy.
La mirada de su padre hizo que no siguiera. Cerró los labios con fuerza y bajó los ojos verdes mientras pensaba en las recetas curativas que le había enseñado a preparar su abuela Laurentien. Las combinaciones de hierbas y polvos, las infusiones de flores y los ungüentos. Cientos de preparaciones. Todo se lo había transmitido la sabia Valerie desde que Isabella era niña. Y en los últimos tiempos ella había empezado a hacer lo mismo con Siriana. Sabía que la tradición familiar continuaría con su pequeña hermana postiza. La entusiasmaba el interés de Siriana. La increíble memoria de la joven morisca le servía para recordar las dosis necesarias de cada ingrediente. Isabella suspiró: le costaba dominar su lengua. Solo la orden directa de su padre había impedido que continuara la discusión con el hijo del conde. Calló por miedo: temía que Vincenzo volviera a mandarla a la corte de Torino para encontrarle un marido, como ya había hecho en dos ocasiones. Pasó varias temporadas allí y su mayor preocupación había sido esquivar las iniciativas de los caballeros. Isabella no quería casarse. Eso implicaría que un desconocido le diera órdenes. En realidad, no soportaba que nadie le diera órdenes. Y allí estaba en ese momento, en medio de su propio salón, ese engreído de Dante diciéndole qué hacer. ¡Le ordenaba que pensara menos! Y además no sacaba sus ojos de su escote. ¿Quién se cree que es?, pensó indignada, y dirigió una mirada helada como la nieve al futuro cuñado de su hermana.
Los ojos de él brillaron burlones y se pasó la lengua por los labios mientras los torcía en una extraña sonrisa.
Eso fue más de lo que Isabella podía soportar. Aún faltaba servir las frutas almibaradas que ella misma había preparado, el toque de lujo de la cena, pero no le importó. Hizo una pequeña reverencia con la cabeza hacia donde estaban sus padres y el conde Ugo y se retiró a su habitación.
Poco después la joven Giulia la siguió con discreción. Mientras la ayudaba a cambiarse, intentó colarse en los pensamientos de su hermana. Siempre habían mantenido una relación muy cercana, a pesar de las diferencias de gustos entre ambas. A Giulia le encantaban las fiestas y la diversión que ofrecía la corte. Pero siendo la menor de las cuatro hermanas, no conocía los palacios aún. Eloísa, la mayor, se había casado varios años antes, en una boda arreglada por su padre. No estaba allí porque un parto reciente le impidió viajar desde su castillo en Novara. Ahora le tocaba a Alessandra pasar por el altar. Solo faltaba que Isabella diera el sí para poder ir ella misma a Torino, como marcaban las reglas sociales. Muchas noches ambas se quedaban despiertas hasta tarde hablando sobre sus planes. Pero mientras Isabella quería vivir para siempre en esa casa, sin un hombre que decidiera por ella, Giulia soñaba con un amor lejos de allí. Podría ser en el palacio Ducale, en Torino, donde estaba la corte del duque de Savoia, o en alguna de las otras residencias veraniegas de la familia real, lejos de esa casona de tres plantas, con la huerta de plantas aromáticas que su hermana adoraba.
A Giulia le encantaba que Isabella le contara anécdotas de sus días en la corte. Pero a diferencia de otras noches, esa vez no logró que participara en la charla.
—Mañana empezará una nueva etapa en nuestras vidas —intentó iniciar una conversación—. La mamma dijo que Alessandra no se llevará a Giovanna como doncella personal. Parece que hay muchas jóvenes criadas dispuestas a servir a la nueva dama en el castillo.
—Imagino que sí.
—Para nosotras será bueno, porque Giovanna...
—Estaremos bien, sin importar quién sea la criada —la cortó Isabella con brusquedad.
El mal humor de su hermana era evidente y Giulia sabía que en esos momentos convenía dejarla sola. Al día siguiente se levantaría bien, como siempre, por lo que la abrazó y se retiró.
Durante largo rato Isabella dio vueltas en la cama sin poder dormir. Mucho después de que terminaran las risas y la música provenientes del salón, aún seguía desvelada. La enojaba tanto la actitud de hombres como el hijo del conde que su propia rabia la dejó agitada por horas. Decidió levantarse para prepararse una infusión de tilo. La ayudaría a conciliar al sueño. Debía estar descansada para el ajetreo del día siguiente. Se puso una gruesa bata que cerró con un lazo sobre el camisón de dormir y se dirigió a la despensa.
No creyó necesario llevar una palmatoria. La luna creciente estaba casi llena y una tenue luz azulada se filtraba por las ventanas, además conocía de memoria el camino. Lo había recorrido cientos de veces en la oscuridad. Cuando sacó su pie del último escalón de piedra percibió un movimiento detrás suyo. Estaba en la sala anterior a la cocina, no debería haber nadie allí a esas horas. Sin que pudiera evitarlo una mano la abrazó por la cintura desde atrás mientras otra le cubría la boca.
Un pesado cuerpo se apretaba contra ella. No sabía quién era, pero podía sentir el aliento a vino resoplando junto a su mejilla mientras la barba le raspaba la piel, la lastimaba. Isabella tuvo miedo. Estaba siendo atacada por un extraño en su propia casa. ¿Qué hacer? No podía gritar porque la enorme mano la sofocaba. Sentía que la presión en su trasero aumentaba, el hombre se frotaba contra ella, cada vez más fuerte. Se retorció inútilmente.
La mano de la cintura arrancó el lazo que cerraba su bata y subió hasta sus senos. Apretó uno sobre la tela del camisón y soltó un gruñido de satisfacción. Isabella empezó a sacudirse intentando escapar de ese abrazo, pero el hombre era muy fuerte. Un soldado de la guardia de los visitantes, sin duda. El atacante soltó su pecho y bajó la mano hasta el camisón para tironear de la tela y levantarla. Mientras buscaba liberar las finas cintas de la ropa interior, aflojó por un instante la presión e Isabella logró soltarse.
En lugar de correr, su primera reacción fue darse vuelta y atacar la cara del agresor. Lo golpeó con las llaves de la despensa que tenía apretadas en un puño. Sintió cómo el metal rasgaba la piel en la oscuridad. Pensó que al día siguiente sería fácil identificar al lacayo que tuviera una herida reciente en el rostro. El hombre gritó sorprendido, no esperaba el ataque.
—¡Ey! Esto no es forma de tratar a los invitados —le lanzó cerca de su rostro una voz conocida mientras Isabella lo golpeaba de nuevo, esta vez rozando el borde de la mandíbula.
—¡Dante! ¡No lo puedo creer! ¿Cómo es capaz de algo tan bajo? ¿Intentar forzar a una mujer? Creí que tenía mejores modales, señor.
—Vamos, querida. Bien sabes que quieres esto tanto como yo. Tu cuerpo tiene ganas del mío —dijo mientras sus ojos apuntaban a los senos agitados, que movían la fina tela del camisón con cada respiración.
Isabella sabía que su cuerpo llamaba la atención masculina. Sus curvas se marcaban a través de las ropas y atraían las miradas, pero nunca un hombre se había propasado de esa manera. Y encima dentro de pocas horas serían parientes. ¡Casi hermanos! O algo así, se dijo. Lo cierto es que tendría que seguir viéndolo y quería evitar el escándalo, además del disgusto de su padre si algo impedía la boda. Así que inspiró hondo y con el tono más frío que logró pronunciar, susurró entre dientes:
—No quiero su cuerpo. Nunca lo quise, ni nunca querré nada suyo. Suélteme o le marcaré toda la cara.
—¿Es que tienes un amante oculto? Estuve preguntando y me dijeron que la bella hija soltera de Di Leonardi no quería casarse... Así que imaginé que estabas muy sola. Y ese hermoso cuerpo no merece la soledad. Debe tener a alguien para disfrutarlo. Ven, Isabella. Ven a mí y tendremos mucho placer.
La lujuria envalentonó al hombre. Sus manos avanzaron y volvieron a atraparla, esta vez en un abrazo contra la pared. Apoyó sus labios con fuerza sobre los de ella y le introdujo la lengua empujando. Isabella sintió que él volvía a endurecerse y se apretaba contra su cuerpo. Las desparejas piedras del muro se le clavaban en la espalda. La boca del futuro conde era fuerte, posesiva; sus manos le apretujaban los pechos. Dante arrastró los húmedos labios por el cuello de Isabella y ella sintió asco. Miedo. Dolor. Le estaba mordiendo un seno a través del camisón. De pronto un estruendo hizo que el horror se detuviera. Dante cayó hacia un costado y golpeó contra el suelo con un ruido seco. Casi arrastra a Isabella en su caída, lo evitaron las manos de Giulia.
La joven soltó la fuente de plata con la que había golpeado a Dante en la cabeza y ayudó a Isabella a enderezarse. La bandeja hizo un fuerte ruido al caer sobre las piedras. Las hermanas escucharon su eco mientras corrían escaleras arriba, dejando al agresor solo en la oscuridad.
2
Giulia salía caminando de la iglesia con lentitud a causa de la multitud que asistió a la boda, cuando sintió que Isabella, unos pasos a su izquierda, intentaba agarrarse de su brazo, aunque sin éxito: la mayor de las hermanas resbaló y cayó al piso.
Primero Giulia pensó que había sido un tropezón, pero el color pálido de la cara de Isabella le dijo que era algo más: sin duda el desmayo era producto del susto por el ataque sufrido la noche anterior. Aunque ella insistió en contarle a su padre y al conde lo ocurrido, Isabella no la dejó.
—Si lo hacemos Dante lo negará. Dirá que yo acepté encontrarme con él en la oscuridad. Estaba convencido de que yo lo deseaba.
Un análisis muy acertado. El hijo del conde Ugo estaba acostumbrado a imponer su voluntad sobre las mujeres. A pesar de la dureza de su mirada era muy atractivo. Cientos de bellas jóvenes serían capaces de colarse en sus aposentos con la esperanza de conquistar su corazón. Con su fama de mujeriego y su larga lista de admiradoras sería difícil convencer a alguien de que Isabella no había programado un encuentro amoroso en la oscuridad y luego cambió de idea.
—El conde le creería a él, y si se enfada con nuestra familia podría cancelar la boda. ¿Te imaginas lo que significaría ese escándalo para nuestro padre?
Las hermanas decidieron callar lo ocurrido.
En ese momento, con Isabella caída y su hermana Alessandra ya casada, a Giulia no le parecía tan buena idea guardar silencio sobre el incidente, pero reconoció que era más importante ayudar a Isabella que acusar a Dante. Por eso, a pesar de la repulsión que sintió cuando su flamante pariente político se acercó a ellas y alzó a Isabella para llevarla al interior de la iglesia no gritó ni le pegó. Los siguió bien de cerca, junto con Siriana.
Dante cruzó el pasillo lateral repleto de imágenes de santos con Isabella en brazos. El padre Osvaldo dispuso que la recostaran en un sillón en la sacristía. Dante la apoyó y se alejó. Fue Giulia quien le aflojó la gorguera de encaje y el corsé para que Isabella respirara mejor mientras Siriana la abanicaba. Al rato, ayudada por las sales que trajo el sacerdote, la joven despertó.
—¿Estás bien? ¿Qué te ocurrió? —se preocupó Giulia.
—Creo que fue por el corsé. Me costaba respirar. Había mucha gente y poca ventilación.
—¿Lista entonces? Es hora de irnos. No podemos llegar tarde al banquete —dijo Giulia con una mueca.
Isabella asintió con la cabeza. Miró a su alrededor y se sobresaltó al distinguir a Dante parado junto a las pesadas cortinas de terciopelo rojizas que cubrían las paredes de la iglesia. Aunque hacía frío en el exterior, el aire estaba denso allí dentro. Muchas velas prendidas y un fuerte olor a incienso congestionaban el ambiente. El caballero dio unos pasos hacia ella e Isabella se tensó. No lo había visto durante la boda. Le miró la cara y detectó la herida reciente en su mejilla, justo debajo del ojo izquierdo. Toda la zona estaba morada y tenía los párpados hinchados. Sonrió para sí. Lo tiene bien merecido, se dijo.
—¿Estás mejor, Isabella? —le preguntó él con una confianza alarmante.
—No tiene por qué preocuparse, señor.
—No me llames señor. No es necesaria esa formalidad entre nosotros.
—No veo por qué debería llamarlo de otra manera.
—Porque ya somos de la familia. Y como hombre de la familia, a partir de hoy tengo derecho a ocuparme de mis parientes —afirmó con la mirada fija en ella, como un animal que estudia a su presa y la disfruta por adelantado.
—No es necesario. Muchas gracias —respondió tajante—. Siriana, ve a buscar el coche. Giulia, ¿estás lista? Dame tu brazo, nos vamos.
Isabella todavía se sentía mareada pero quería salir del mismo espacio en donde estaba Dante. Necesitaba aire fresco. Apoyada en su hermana, atravesó la iglesia de pisos de mármol, se santiguó frente al altar y recorrió el pasillo central hacia el exterior sin tambalearse. Allí ignoró el brazo que le ofrecía Dante para subir a la escalerilla del carruaje. Se las arregló sola con su ancha falda y un precario equilibrio. Una vez arriba se dejó caer sobre el asiento recubierto en cuero y cerró los ojos.
El enorme castillo D’Arazzo estaba en lo alto de una colina. En sus laderas un grupo de casas constituía una aldea que llevaba el apellido del conde: Rocca d’Arazzo. Al cruzarla con el carruaje las hermanas descubrieron la gran magnitud del poder de sus nuevos parientes. Se bajaron en la puerta del castillo, y desde allí Giulia y Siriana arrastraron a Isabella hasta las habitaciones de la flamante pareja. Debían arreglar la imagen de Isabella. En la alcoba la fiel Siriana se ocupó primero de refrescar a la joven enferma con agua perfumada con pétalos de violeta que la misma Isabella había hecho para la novia. A ella no le gustaba mucho ese aroma, prefería las flores del jazmín, pero aquel era el perfume favorito de Alessandra y el único disponible, así que se resignó a la fragancia de las violetas. Luego Siriana se ocupó del vestido: le quitó el jubón de brocato rosado para poder volver a ajustar los cordones del corsé sin apretarlos demasiado para que Isabella respirara mejor. Acomodó los bordes de la camisa de lino blanco que le rodeaban el cuello y volvió a colocarle encima el jubón, que enganchó en la cintura con la ancha falda. Ajustó la gorguera de encaje plisado y finalmente dedicó su atención a los rizos del color de las hojas otoñales que escapaban del peinado. Debería hacerlo todo de nuevo, por lo que empezó a quitar las horquillas y la ondulante cabellera cayó sobre la espalda encorvada por el abatimiento.
Durante todo el tiempo que duraron los cuidados, Isabella no dijo ni una palabra. Su cuerpo se movía dócil bajo las manos de la joven musulmana, pero ella no hablaba. Su mente estaba ocupada intentando descifrar cómo seguir, pues temía volver a encontrarse con el detestable Dante.
Giulia dejó a Isabella en manos de Siriana y se dirigió a la fiesta. Bajó las escaleras de piedra con sus delicadas zapatillas de baile y recorrió los salones inferiores del castillo evaluando la ostentosa decoración del lugar: varios tapetes traídos de las Indias Orientales se exhibían en las paredes; manteles bordados cubrían las mesas del banquete; bandejas de plata se hacían oír al chocar entre el ir y venir de los criados; cientos de candelabros brillantes con velas encendidas, innecesarias a esa hora del día, sumaban más suntuosidad al ambiente. Constantina sin duda aprobará el nuevo hogar de su hija, pensó Giulia, mientras una sonrisa asomaba a sus labios.
Uno de los invitados la vio sonreír y el gesto le llamó la atención. Era una joven muy hermosa. La piel clara, casi transparente, combinaba muy bien con el vestido de fiesta en celeste pálido, con un jubón del mismo tono bordado con hilos de plata. Y, a la vez, contrastaba con su cabello oscuro que llevaba recogido en una coleta baja, enroscada en varias vueltas de perlas que caían desde el tocado en la parte superior de la cabeza. Era delicada, etérea, y ese atuendo sin dudas la favorecía. Con la esperanza de conquistarla, el joven se acercó a ella.
Giulia descubrió con agrado al apuesto desconocido que caminaba hacia ella. Llevaba su enorme figura envuelta en una capa de terciopelo azul labrado sujeta en los hombros con unas cadenas de plata, que contrastaba con un llamativo pelo rojizo, casi anaranjado. Su piel, oscurecida por el sol, se fundía con una larga cabellera y una barba del mismo tono. Cuando estuvo más cerca Giulia pudo apreciar las infinitas pecas que le poblaban las mejillas, dándole un aspecto especial, y a la vez destacando el color gris de sus ojos. Giulia nunca había visto a un hombre así.
—Buona sera, signorina.
Ella le respondió con una pequeña reverencia y una suave sonrisa. Estaba realmente encantadora. El desconocido se presentó con una profunda inclinación:
—Soy el capitano Fabrizio Positano.
Enseguida le solicitó que lo acompañara en una pieza de baile y Giulia se dejó tentar. Recordaba haber ensayado muchos días con sus hermanas durante la infancia, como parte de su educación. Había llegado el momento de bailar de verdad. Aceptó con gusto y giró con gracia entre las otras parejas al ritmo del cinque passi. Las manos que la guiaban cambiaron varias veces. Después del capitano, otros dos caballeros se turnaron para llevarla. Los minutos pasaron volando para ella, entre compases, reverencias, vueltas y contravueltas. Esa tarde Giulia se divirtió como nunca antes en sus dieciséis años de vida. Al terminar la música estaba exaltada. Supo entonces que le encantaban los bailes, que quería más fiestas y que le insistiría a su padre para que la presentara en la corte lo antes posible.
El baile se interrumpió cuando llegaron las bandejas con comida. Suculentos platos se sucedían, unos tras otros igualados en abundancia por el vino que se servía. En medio de los festejos Dante se puso de pie e hizo un esfuerzo para acallar las voces y risas que invadían el salón. El trío de músicos que arañaba las cuerdas de un arpa y dos violines dejó de tocar. Dante alzó su copa y pidió que los demás lo imitaran, para brindar por la felicidad de la nueva pareja:
—Quiero que todos compartan conmigo la importancia de este momento, donde nuestra familia se une a otra tradicional familia noble gracias a una de sus bellas hijas, Alessandra di Leonardi.
—Es cierto, amigo. Esperemos que la unión prospere también en nuestras acciones. Creo que las ideas de Savoia de aumentar los impuestos a los nobles pueden cambiarse si insistimos juntos —respondió el padre de la novia.
—No me parece momento para hablar de política —lo interrumpió el conde Ugo—. Ya habrá tiempo para eso después. Celebremos ahora. ¡Que siga la música! ¡Y traigan más vino!
Giulia detectó la tensión en la cara de su padre. El conde llevaba la voz cantante y lo había dejado en claro frente a todos sus invitados. Si esos eran los términos del nuevo parentesco, no le aportaría a Vincenzo el poder que esperaba. Por el contrario, lo debilitaba.
Dos pisos más arriba, en un ala del palacio ricamente decorada, Isabella intentaba mejorar su imagen frente al espejo con marco dorado que su madre había incluido en el ajuar de Alessandra. Siriana ya casi terminaba de acomodar los rizos de la parte superior de la cabeza en una torre, mientras los de abajo se dividían en dos roscas detrás de las orejas, de las que colgaban bucles. Solo faltaba enganchar entre ellos algunas horquillas con perlas, que aportarían brillo además de sujetar el pequeño tocado de lino bordado.
Cuando estuvo lista Isabella bajó las escaleras levantando los bordes de su ancha falda con cuidado. Se asomó al salón principal cuando el baile ya había comenzado y no le sorprendió lo que vio: Giulia era una de las jóvenes más solicitadas.
Cuando la música se detuvo y los bailarines se apartaron formando pequeños grupos, su hermana quedó rodeada por tres caballeros. Reconoció a dos de ellos. No le preocuparon el apuesto desconocido ni el engreído vizconde de Firenze, pues sabía lo que su hermana opinaría de él. Se asustó, en cambio, por la proximidad de Dante. El hijo del anfitrión tomaba la mano de Giulia entre las suyas mientras hablaba y se notaba la incomodidad de la joven, que intentaba retirarla. Decidió acudir en su ayuda, pues Giulia no estaba al tanto de los trucos femeninos a la hora de esquivar los galanteos. Isabella, en cambio, había aprendido todos los artilugios mientras vivió en el palazzo de Torino. Junto a las princesas de Savoia, las hijas del príncipe Carlo Emanuele I, descubrió cómo escapar de un galán insistente en un salón de baile. La mayor, la seductora Margarita, se deleitaba enseñando mohines femeninos a sus hermanas, las princesas María Bella, María Apollonia y Fr
