1
Una escritora de misterios
Marzo de 1930,
excavación arqueológica de la antigua Ur, sur de Irak.
—…el hombre del fusil.
—¿Qué? —preguntó Mallowan desconcertado.
Katharine se echó hacia atrás al escuchar su tono de voz. Él se dio cuenta enseguida de que había sido descortés y se disculpó con una inclinación de cabeza.
—Perdón —dijo con voz firme—. Me distrajeron los trabajadores. ¿Hay alguien que tenga un fusil? ¿De eso me hablas? ¿Volvieron a pelearse?
Katharine sacudió la cabeza para indicarle que no podía creer lo que escuchaba.
—¡Max, por favor! Hablaba de nuestra huésped, de Agatha.
—Ah, ya veo. ¿Es sobre su novela? ¿La que todos quieren que lea? Estoy ocupado en estos días con unos reportes de excavación de la ciudad de Ugarit, en Siria. Lo lamento. Y, además, ya me dijeron quién mata a este señor Ackroyd así que no tiene sentido que la lea.
Katharine respiró profundo un par de veces. Mallowan dio un paso hacia atrás para resguardarse de su impaciencia.
—No —dijo ella con voz grave—. Lo que te pido es que averigües todo lo que puedas sobre el hombre del fusil. Creo que puede encerrar un misterio.
Mallowan pestañeó.
Estaba de cuclillas en el suelo, frente a unas cajas de madera, comprobando números en un cuaderno. El cansancio, el calor y el movimiento de los trabajadores iraquíes lo distraían de las demandas de Katharine. Ella percibió su fastidio y resopló. Max entendió que era el momento de ponerse de pie y prestar verdadera atención.
—Es algo muy sencillo lo que te estoy pidiendo. Has excavado por meses, créeme será una tarea mucho más fácil.
—No entiendo exactamente qué debo buscar con la señora Christie pero Whitburn la conoce y le será mucho más sencilla esa tarea.
—Whitburn está muy ocupado para hacerlo —dijo Katharine con voz apagada.
—¿Whitburn se negó? —Mallowan alzó las manos de inmediato para detener las palabras de Katharine—. Está bien, está bien. Pero Katharine, si no me explicas todo desde el principio no voy a poder ayudarte.
—¡Max Mallowan hace quince minutos que estoy hablándote y no me has escuchado en lo más mínimo!
—Lo siento.
Max dejó el cuaderno con las listas sobre una de las cajas. Tenía las rodillas cansadas y no veía la hora de que terminara el día. Se sacó un pañuelo del bolsillo para limpiarse el sudor. Asintió una vez más, ganando tiempo para saber qué responderle a Katharine. Si no se le ocurría nada en los próximos segundos iba a necesitar de la presencia de Leonard para que aplacara a su mujer.
La excavación estaba en su fase final. De los casi doscientos obreros que habían estado a su cargo desde noviembre de 1929, apenas quedaban unos veinte para tareas relacionadas con el transporte de las cajas que se apilaban delante de Max. Las cajas contenían todos los objetos que habían encontrado en la campaña arqueológica en Ur. Había tesoros, sí, pero no los que habían imaginado a fines de octubre cuando proyectaban la excavación.
Hasta que Katharine se había acercado, Max había estado con los hombres anotando en un cuaderno las cajas con el detalle de lo que contenían. Leonard Woolley no aparecía por ningún lado y Hamoudi, el capataz, estaba demasiado lejos para hacerlo entrar en la conversación. Los ojos de Max volvieron al rostro de Katharine.
—Leonard se fue en uno de los autos a hacer un recorrido hasta la estación de trenes. No lo encontrarás.
—Entonces, insisto, mi querida Katharine, que tendrás que explicarme todo otra vez.
Katharine aceptó pero su expresión dejaba en claro que en algún momento Max debería pagar por semejante atropello.
—La señora Christie llegará mañana. Como sabes es una gran amiga nuestra. El año pasado estuvo de visita en Bagdad y quiso conocer la excavación. Por supuesto que la acepté, porque ¿cómo no aceptar a la autora de El asesinato de Roger Ackroyd? De no haberte enfermado, la habrías conocido.
—Lo sé. Pero hay poco que se pueda hacer para solucionar una apendicitis.
—Por suerte Whitburn estuvo aquí para ayudarnos con todo. No sé qué hubiésemos hecho sin él.
—Sí, Whitburn es indispensable —murmuró Max con la esperanza de que su tono no revelara sus sospechas sobre lo indispensable que era su compañero de expedición.
—Lo que quiero —dijo con voz clara Katharine— es que descubras quién es el hombre del fusil.
—¡Whitburn! —dijo Max corriendo el riesgo de parecer un loco.
—¿Perdón?
—Es que resulta muy obvio que el más indicado para la tarea es Whitburn. ¿Por qué no se ocupa Algy de este tema? Después de todo ya conoce a la señora Christie y según me contó ya leyó todos los libros que tiene publicados.
—Ya te dije que Whitburn se encargará de otras cosas.
—¿Otras cosas? —preguntó Max con una inocencia que ni él creyó.
—Así es. Tiene otros encargos. Creo que eres un buen investigador y un gran observador. Mucho mejor que Whitburn. Más reflexivo y sagaz.
—Gracias.
—Y eso te capacita para conocer con exactitud los detalles del hombre del fusil.
Max se quedó callado sin saber qué decir. Vio la figura de Hamoudi sobre una loma, su sitio preferido para vigilar a los trabajadores, y deseó tenerlo cerca y poder inventar una excusa para salir corriendo.
—¿Max?
—¿Katharine?
—El hombre del fusil. ¡Estás muy distraído hoy!
—Es cierto. Me disculpo. Y me arriesgo a que su exasperación aumente, pero pregunto otra vez: ¿este “hombre del fusil” es una novela nueva de la señora Christie? ¿De eso quiere que me ocupe?
Katharine se acomodó la ropa con delicadeza como si quisiera poner todos los elementos de la conversación en su lugar. Suspiró antes de explicarle:
—Como te dije antes —recalcó— es algo que ella mencionó al pasar el año pasado y no se me va de la mente. Necesito saber de qué se trata. Sabes bien cómo soy. Una intriga se me instala en la mente y no puedo parar hasta saberlo todo.
—¿Y por qué no se lo pregunta directamente a ella?
—No puedo —dijo con voz dramática.
—¿Por qué?
Katharine alzó la cabeza y revoleó los ojos. El sol le dio directamente en la cara. Se cubrió la cabeza con la mano con un gesto delicado que enmarcaba el fastidio de sus ojos. Se la notaba molesta, como si hubiese algo que no quisiera reconocer. Max comprendió que ese era el camino por el que debía transitar.
—Katharine, sabes que siempre estoy dispuesto a solucionar tus dificultades. Tus variadas, numerosas y complejas dificultades. Pero tienes que darme la información necesaria. No puedo hacer nada sin la información completa.
Ella removió la tierra con el zapato. Max, con la cabeza baja, esperó hasta que se decidiera.
—El año pasado escuché a Agatha hablar en su habitación. Por la noche. De inmediato supuse que estaba con Whitburn y me molestó mucho. ¿Una mujer divorciada a solas con un hombre en una expedición? Muy fuera de lugar. Así que entré de inmediato para aclararle las reglas de comportamiento en la excavación. No había nadie. Quiero decir que no estaba Whitburn. Era ella quien tenía una pesadilla y hablaba muy fuerte. La escuché decir “el hombre del fusil… el hombre del fusil…”.
—¿Eso? ¿Solo eso? —Max no lograba ocultar su asombro—. Katharine, vamos, solo era un mal sueño de la señora Christie. Uno que ella misma olvidó al día siguiente.
—Ya veo por qué no te gustan las novelas de misterio, Max. Eres un gran observador pero tienes escasa imaginación. Si hubiese sido solo un mal sueño no estaría dándome vueltas en la cabeza. Ah, no. Fue un mal sueño que se repitió tres veces. Tres noches seguidas la escuché hablar y llegué justo para cuando ella repetía esa frase. Algo que la tiene intranquila. Y Max, estoy segura de que tiene que ver con su desaparición.
—Katharine, no creo que sea una situación en la que debamos intervenir. Los días de su desaparición deben ser un tema muy sensible para la señora Christie.
—Ah, vamos, Max, sabes bien que los periódicos publicaron una mentira tras otra. Estoy segura de que nadie dio con la verdadera razón de su desaparición. Intenté preguntarle a ella cuando nos hospedamos en su casa de Londres. Pero Agatha es muy discreta y no dijo mucho. Solo que había tenido una crisis nerviosa.
—¿Y por qué no creerle? No conozco a la señora Christie pero no debe ser una mujer insensata.
—Porque ella es una maestra en el engaño, por supuesto. ¿No lo ves? Algo oculta detrás de ese silencio. Y estoy segura de que el “hombre del fusil” tiene algo que ver con esta crisis de nervios. ¿Te imaginas? Saber exactamente qué pasó. El verdadero secreto de Agatha Christie. Lo que jamás se ha dicho de la autora de El asesinato de Roger Ackroyd. Ser los únicos que comprenden todo el misterio. ¡Volvernos Hércules Poirot en persona!
A Max le asustó la expresión soñadora de Katharine.
La dejó sumirse en el ensueño de sus fantasías, mientras él ponía sus ideas en orden. La esposa del jefe de la expedición era una mujer especial. Hija de padres alemanes, pero educada en Inglaterra, había nacido con el nombre de Katharine Menke. Era una mujer muy inteligente y con capacidades reales para el dibujo y la escultura. Katharine había estudiado en el Somerville College de la Universidad de Oxford pero había tenido que abandonar su educación por motivos de salud que nunca había explicado.
Se había casado con un militar llamado Bertram Keeling pero el matrimonio fue breve. A los seis meses, el hombre se pegó un tiro en la cabeza frente a las pirámides de Egipto.
Pero el Oriente no había sido un mal augurio para Katharine sino una fascinación. Sus viajes la llevaron a Bagdad y a la excavación de Ur, a cargo de Leonard Woolley. En 1926, un año después de la llegada de Max a la excavación, ella y Leonard se casaron. Desde entonces reinaba sobre todos los hombres del lugar ya fuesen árabes, cristianos, iraquíes, ingleses, solteros, religiosos o casados. Su poder no admitía competencia.
—Pensé que Agatha era tu amiga —dijo Max para sacarla del ensueño.
—¡Por supuesto que lo es! Agatha es maravillosa. ¿Cuántas personas te ofrecen su casa recién comprada para alojarte en ella? Una casita en el barrio de The Boltons, en Londres. Un lugar muy respetado. Debe estar teniendo mucho éxito si pudo comprarse una casa en un lugar así. Y no sabes lo bien que cocina. Realmente es muy amable y encantadora. ¿Pero, no sería increíble que pudiéramos descubrir este misterio? Conocer su verdadera historia nos haría entenderla mucho mejor.
—Insisto, Katharine, lo mejor sería que le preguntaras a ella.
—Y yo insisto, Max, en que puedes ser de gran ayuda. Tus habilidades como arqueólogo te lo permitirán. Solo tienes que investigar, cavar en los más profundos misterios de Agatha Christie.
—¡Katharine!
La frase tenía un claro doble sentido y Katharine emitió una risa pícara y falsa al mismo tiempo.
—Oh, vamos, Max. Es una mujer solitaria y que está sola. Estoy segura de que aceptará la compañía de un hombre joven, atractivo e inteligente como tú. De hecho, espera, ¡es una idea genial! Ya sé cómo averiguarás todo. Te ocuparás de Agatha en toda su estancia en Ur. Te lo ordeno.
2
En los sueños
de Agatha Christie
Max se sentó en una de las cajas que habían estado embalando todo el día. Seguramente debajo de él habría un arpa, una corona, un hacha de cobre. Un objeto extraordinario de cuatro mil años de antigüedad que corría el riesgo de ser destruido mientras él se lamentaba por su suerte.
Hamoudi había hecho sonar la sirena que anunciaba a los miembros de la excavación que era la hora de finalizar las tareas. Mientras el capataz pagaba a los trabajadores el jornal, Max exhaló un largo suspiro de alivio. Tan largo y sonoro fue que varios trabajadores iraquíes que caminaban hacia el lugar donde se servía el té se quedaron petrificados. Les hizo una seña para que siguieran su camino tranquilos.
Max podía pensar como los demás y considerar a Katharine una mujer difícil. Pero no podía dejar de reconocer sus talentos. Ella lo había entrevistado para trabajar en la expedición conjunta entre el Museo Británico y la Universidad de Pennsylvania en 1925. De inmediato, valoró lo importante que resultaba Katharine para la expedición. Así como había descubierto las características peculiares del matrimonio: cierta frialdad en el trato, una especie de corriente permanente que los alejaba en lugar de atraerlos. Sin embargo, más allá de la relación tensa que pudiera existir entre ellos, Katharine era tan importante que Leonard discutía todo con ella. Y en ocasiones, cuando Max afirmaba algo que iba en contra de las ideas de Leonard, era ella quien se lo discutía en términos que cualquiera de sus colegas de Oxford podría haber hecho.
Había vivido esa experiencia en diciembre del año anterior, mientras excavaban nuevos sectores del cementerio. En las excavaciones, Woolley había descubierto estrato especial en el terreno, una arcilla de textura distinta a las demás, una especie de arenilla que había sido, probablemente, arrastrada por el viento. El entusiasmo de Woolley y el carácter dominante de Katharine les había hecho creer que se trataba de los restos —y la confirmación— del diluvio universal.
Max, observador como había dicho Katharine, les señaló que el contexto de la banda de arcilla no concordaba con la cronología del diluvio. Los dos lo miraron de inmediato como si los hubiese lastimado en lo más profundo del alma. Se permitió la duda y optó por dejar que el matrimonio Woolley siguiera discutiendo los términos del hallazgo.
Al final de la temporada, ninguno había vuelto a tocar el tema del diluvio y coincidieron en buscar más datos en la próxima excavación. La observación de Max había sido correcta y el silencio de Leonard le daba la razón. Era simple: los objetos encontrados no tenían suficiente antigüedad como para ser de una época tan remota como la de la inundación que había dado fin a la primera humanidad bíblica. El entusiasmo de Woolley no le permitía aceptar que simplemente había otra explicación y que la cronología que usaba para datar el estrato de tierra era equivocada. Max no lo mencionó pero estaba seguro de que más datos ofrecerían el mismo resultado.
El silencio de Max probó ser muy eficiente, como de costumbre. Y no era extraño que Leonard tuviera que contenerse antes de dar a conocer cierto descubrimiento. Peor era salir en los periódicos y al día siguiente tener que decir que todo había sido una equivocación.
Max sabía bien que el dinero y la prensa eran necesarios. El Museo Británico y la Universidad de Pennsylvania esperaban resultados que pudieran exhibirse. Irak era el escenario de gran cantidad de expediciones arqueológicas que prometían tesoros como el de Tutankhamón.
Después de la Gran Guerra, y con la ayuda de Thomas Edward Lawrence —conocido en el mundo como Lawrence de Arabia— las tribus árabes de la antigua región conocida como Mesopotamia se habían unido bajo el rey Faysal en 1922. Gracias a su rebelión contra el imperio otomano, enemigo de Gran Bretaña, las tribus habían conseguido el apoyo suficiente para constituirse en un país, llamado Irak, que quedaba bajo la protección británica.
Pronto, Irak provocó las mismas fantasías que despertaba Egipto. Lord Carnarvon y Howard Carter habían despertado de su sueño al faraón Tutankhamón en 1922. Sus múltiples sarcófagos, la cantidad de oro encontrado, las estatuillas, la misma momia habían sentado las bases de una arqueología que consistía en el descubrimiento de tesoros fabulosos. El Imperio Británico esperaba lo mismo de Irak.
El doctor Leonard Woolley y la ciudad de Ur ya habían cumplido, en parte, con las expectativas de la prensa y los patrocinadores. En 1927, y después de varios años de excavaciones con magros resultados, salieron a la luz los tesoros de Ur: las tumbas reales del gran cementerio.
Fue tan magnífico el hallazgo que tuvieron que acomodar los objetos de oro en las habitaciones porque las salas no daban abasto. Los trabajadores no dejaban de desenterrar estatuas, cilindros y tablillas. Oro y piedras preciosas emergían entre los ladrillos secos y la arena del desierto. Leonard y Max catalogaban y Katharine dibujaba y colocaba los objetos en las cajas con cuidado de enfermera. Mientras tanto, Max no podía dejar de pensar maravillado que tenía el pasado entre sus manos, a veces deshaciéndose después de un leve roce.
Leonard y Katharine salieron en los periódicos tal como habían salido Carnarvon y Carter en 1922, al descubrir la tumba de Tutankhamón en Egipto. El descubrimiento fue extraordinario y una civilización de la que poco se sabía, la súmera, se hizo pronto famosa. Había más de dos mil quinientas tumbas pero dieciséis fueron realmente las que le ganaron la fama al cementerio. Los periódicos entrevistaron a Woolley, lo fotografiaron con la cabeza de la reina Shub-ad que Katharine, con muchísimo talento había modelado. Tanta fue la fama que el mismo rey de Holanda insistió en recorrer la excavación de la ciudad de Ur y lo logró, por supuesto.
Max estaba feliz de haber sido parte de ese descubrimiento. Estaba agradecido a Leonard por permitirle ser el segundo arqueólogo de la expedición y transformarse, en definitiva, en su mentor y maestro. Estaba agradecido con Katharine por haberlo seleccionado para la tarea y cumplía incluso con sus excéntricos pedidos porque sabía que de ella dependía en parte su futuro.
¿Pero cómo demonios iba a descubrir qué había en los sueños de una escritora de misterios llamada Agatha Christie?
3
La bella Katharine
y la pobre Agatha
—¡Mi queridísima Agatha!
Las manos cálidas de Leonard la recibieron tan bien como su sonrisa. Agatha le sonrió de igual modo, contenta de estar en Ur. El hombre se separó y le señaló a un joven delgado que estaba junto a ellos:
—Agatha Christie, te presento al doctor Max Mallowan, arqueólogo adjunto de la expedición conjunta entre la Universidad de Pennsylvania y el Museo Británico. No te dejes engañar por su acento inglés. En él no hay nada de sangre británica. Todo es educación.
—¿Y qué es un británico sin su educación? —preguntó Mallowan con un acento tan inglés que a Agatha le resultó extranjero—. Encantado de conocerla, señora Christie. Bienvenida.
—Encantada, señor Mallowan —dijo Agatha con tanta elocuencia como le permitió su timidez.
Mallowan dio un paso hacia atrás y ella lo miró de frente. Fue un momento incómodo sin necesidad pero Agatha se había acostumbrado a sentirse incómoda cuando conocía a alguien. Los ojos de Mallowan eran amables y curiosos. Le pareció que él intentó sonreírle pero Agatha desvió enseguida los ojos hacia Leonard.
—Katharine es la anfitriona y seguramente se comportará de manera correcta —dijo Leonard acercándose y bajando la voz—, pero si no aprovechamos y te robo ya mismo, ella te tendrá para sí y no podré mostrarte la vista desde la cima. Sé que estás cansada pero si haces un esfuerzo llegaremos a ver el atardecer desde el zigurat. ¿Estás de humor para un atardecer melancólico?
—Solo si me guía la mano de un experto —sonrió Agatha, asintiendo.
—Vamos —dijo Leonard extendiéndole la mano—. Ven con nosotros, Mallowan, y hazle una seña a Hamoudi para que venga también por si se hace de noche.
Agatha ya conocía a Hamoudi. Colaborador de Leonard, trabajaba con él desde antes de la Gran Guerra, cuando Woolley había excavado en Turquía junto a Lawrence de Arabia. Agatha había observado que Hamoudi mantenía el control de los obreros iraquíes del modo en que solo un hombre del desierto podía hacerlo: a los gritos. Leonard era demasiado inglés, demasiado amante de su civilización para poder tratar a los gritos con los iraquíes. El hombre, vestido de túnica y turbante blancos y chaqueta verde se acercó hasta ellos después de un gesto de Mallowan. Saludó con afecto a Agatha, tomándole la mano como un occidental y deseándole buena estadía en Ur. Después y por el resto de la excursión, Hamoudi y Mallowan hablaron en árabe, lo que incomodó mucho a Agatha. Tuvo todo el tiempo la impresión de que hablaban de ella.
Los cuatro subieron por las escaleras del zigurat con esfuerzo. Los ladrillos de barro que componían los escalones estaban duros pero se deshacían en un fino polvillo según iban subiendo por el monumento. A cada paso, el viento lleno de arenilla se hacía sentir y llegó un momento en el que Agatha tuvo que sacarse el sombrero porque estaba a punto de volarse. Mallowan extendió el brazo con un ofrecimiento silencioso. Agatha comprendió y el joven llevó su sombrero durante el resto de la excursión.
—Imagínate, Agatha —decía Leonard moviendo las manos hacia los cuatro puntos cardinales—. Imagínate una gran ceremonia, un sacerdote oficiando el sacrificio, el ritual…
—¿Sacrificios humanos?
—¿Por qué no? Hemos encontrado algunos indicios, Agatha. Mis amigos los súmeros podían ser crueles si se lo proponían o crear esta maravilla de la civilización como son estos ladrillos sobre los que estamos parados. ¡Ladrillos de cuatro mil años, Agatha! Solo ladrillos sobre ladrillos y una
