La loba

Fragmento

Gracias...

A mis queridas editoras María Fernanda Mainelli y Florencia Cambariere, por creer en esta historia y hacer posible que llegue a todos ustedes.

A mi querida Gaby Vigo, por alentarme siempre en mis momentos de angustia.

A Cristina Bajo, mi hada madrina y escritora talentosa, por sus sabios consejos.

A Vero Barrueco y a todo el equipo de prensa de Penguin Random House, por el increíble trabajo que realizan antes, durante y después de la publicación de cada libro.

A mi hermana Marita, por ser mi primera lectora y crítica de mis escritos. También por ocuparse con amor de toda la tecnología y de la página web.

A mi querida Majo Zaldívar, por su colaboración desinteresada y sus sugerencias.

A mi amiga Andrea Pacífico, quien fue leyendo la novela párrafo a párrafo, haciéndome sus comentarios con agudeza y cariño.

A Gaby Jure, mi primera lectora, quien me acompaña desde los inicios literarios.

A mi querida Vicky Aliaga, siempre dándome una mano desinteresadamente.

A mi esposo, José, y mis amigas del alma, quienes me apoyan incondicionalmente.

A Nancy Parodi y Eduardo Segura, a Náutica John (Vale) y a quienes colaboraron buscando información, historias y datos curiosos sobre mi querida Salta.

A Susy Grosso, porque sé que está “ahí” aun en los momentos más oscuros.

A mis amigas de Giras Literarias, por su buen humor y compañía.

A los maravillosos grupos de lectura que me acompañan en este camino de la escritura: Carnaval de Lecturas, Rincón Literario, Lectoras Marplatenses, Fans de los Osorios, Espacio para Autores y Lectores, Fans de las Autoras de Novela Románticas, Amigas Bonellistas, Chicas Bus, Mundos de Papel, Loleono, Recomiéndame Libros, El País de la Bruma, Contarte Cultura, Lectoras de Córdoba, Lectoras Casañistas, Tefi Lecuona, Adictos a la Lectura, Amigos Literarios sin Fronteras, El Pantano de Fiona, Lectoras de Rosario, Tinta y Papel y El Spa Literario.

Y a todos ustedes, queridos lectores, porque cada vez que eligen mis novelas me dan nuevos ánimos para seguir escribiendo.

Nota de la autora

Los personajes y hechos de esta novela son ficticios. Cualquier parecido con personas, vivas o muertas, o con sucesos reales son mera coincidencia.

Evocar el nombre de Enriqueta Martí es resucitar la historia de una mujer que fue considerada una asesina en serie que secuestraba, mataba y descuartizaba a niños para utilizar sus vísceras en ungüentos milagrosos que vendía a las familias ricas de Barcelona.

Sin embargo, hay quienes tratan de redimir a esta mujer denigrada más allá de su tumba. Una pobre desgraciada que se ha ganado una fama inmerecida, la de ser una especie de Jack el Destripador de la Ciudad Condal. 

Como escritora, me valí de la teoría de la “Enriqueta asesina” para mi historia. Invito a los lectores a que lean las distintas opiniones sobre la vida de esta mujer.

Muchísimas gracias

Yo soy como la loba.

Quebré con el rebaño

Y me fui a la montaña

Fatigada del llano.

Yo soy como la loba.

Ando sola y me río.

Del rebaño.

La que pueda

seguirme que se

venga conmigo.

Pero yo estoy de pie,

de frente al enemigo,

La vida, y no temo su

arrebato fatal.

Porque tengo en la

mano siempre pronto

un puñal.

Fragmentos de “La loba”,
de Alfonsina Storni

Capítulo 1
Después del peor frío viene una primavera

Barcelona, España

Septiembre de 1912

Recuerdo aquella mañana de otoño con precisión de cirujano: el aroma del café recién hecho que provenía de la cocina se mezclaba sin piedad con el de las hojas de eucalipto que hervían en una cacerola junto a otras hierbas desconocidas. Desde hacía unos días la casa exudaba un trágico olor a hospital: mi madre estaba agonizando.

En la amplia cama con dosel y colcha con motivos de flores, su figura en los huesos se perdía bajo la pila de mantas: el rostro, pálido; el contorno de los ojos enrojecidos y la mirada, sin brillo. Encarna, nuestra nana, con las mangas recogidas y los ojos secos le aplicaba paños fríos sobre la frente. A pesar de sus esfuerzos, la fiebre no remitía.

Sonsoles, Amaia, Balbina y yo, Manuela, escuchábamos el parte del médico, que había sido lapidario. El galeno nos dirigió una mirada con un dejo de compasión y nos advirtió:

—Dada la situación por la que atravesáis, os voy a ser sincero: a vuestra madre le queda poco tiempo.

Creo que todas empalidecimos a la vez.

—Pero ¿cómo es posible, doctor? Hasta hace unos días madre gozaba de muy buena salud. Lo que usted afirma nos deja sin palabras.

El médico me sonrió con lástima:

—Sus síntomas no son concluyentes: fiebres oscilantes, dolores basales, atonía en general. No me atrevo a daros un diagnóstico. Es un cuadro poco común, creo que es la primera vez en mi carrera que me enfrento a una enfermedad como esta, pero... —Hizo una pausa para mirarnos con seriedad y con tono grave agregó—: Lo único que puedo afirmaros es que vuestra madre se está consumiendo poco a poco... Lo siento mucho. —Con esas palabras nos recetó un tónico para calmarle los dolores y se marchó a visitar a otros enfermos.

Mis hermanas y yo nos quedamos calladas, tristes y con miedo. ¿Qué iba a ser de nuestras vidas sin madre y con nuestro padre tan lejos?

Entonces llegó Gabriela Iribarren, la mejor amiga de madre, y puso el grito en el cielo. Diplomada en Enfermería con méritos y descreída, consultó a otros facultativos, pero todos concluyeron en lo mismo: madre tenía los días contados.

Sin embargo, apenas nuestra nana le explicó cómo se había enfermado madre, una mirada de temor y resignación se observó en sus ojos. Fue en ese momento cuando se instaló en el dormitorio de la enferma, y no se separó de ella durante su corta agonía. Se hizo llevar un catre y ella misma le administraba las medicinas y le ponía los paños frescos sobre la frente afiebrada.

Gabriela Iribarren era la madrina de mi hermana Amaia. Cuando a madre la repudió su familia por haberse casado con Pedro Rojas, mi padre, un argentino sin abolengo ni fortuna, abandonaron su San Sebastián tan querida y marcharon a vivir a Barcelona. Entonces Gabriela alquiló una propiedad en la ciudad para estar cerca de ellos. Había cursado sus estudios de Enfermería en Madrid y trabajaba en un hospital de la zona. Sin embargo, un velo de misterio la rodeaba. Recuerdo una conversación susurrada entre mi madre y ella. Una conversación que me dejó muy perturbada a pesar de ser una niña. Hablaban de un amor perdido por culpa de la perfidia de una mujer, en una isla lejana. Lástima que yo todavía era muy pequeña para comprender el verdadero significado de lo que escuchaba, pero lo que sí quedó grabado en mi memoria fue su llanto desconsolado. Tal vez con el tiempo voy a poder preguntarle sobre él.

Luego de varias noches en vela, observé sus prendas arrugadas, las marcas de fatiga bajo los ojos inflamados. Entonces la obligué a dormir unas horas en mi habitación y ocupé su lugar. Esa noche me desperté varias veces oyendo soplar el viento. A pesar de las muchas mantas, seguía notando el frío de forma persistente. Aquella madrugada estaba empeñada en no pasar y el tiempo se había entumecido en aquel viento maléfico. Busqué mi chal, me acerqué a la cama de madre y me senté cerca de ella. A Dios gracias respiraba acompasadamente. Velando su sueño tuve una especie de visión que llegaba del más allá y supe el momento exacto en el cual había comenzado nuestra desgracia: había sido el martes anterior, luego del té de las cuatro, cuando un mandadero tocó a nuestra puerta. Traía un paquete a nombre de Edurne Aguirre Larreta. El paquete era muy pequeño y lo coronaba un moño de seda rojo.

Madre se sorprendió, pues hacía muchísimos años que no usaba su apellido de soltera. Creo que fue en ese momento cuando su rostro comenzó a transfigurarse y en sus labios se dibujó un gesto de temor.

Todas pensamos que era un regalo que enviaba padre desde la Argentina. Hacía poco había sido su aniversario de casados. ¡Nada más lejos!

Balbina, mi hermana menor, quiso abrirlo, pero madre, tal vez presintiendo ya la desgracia, se lo impidió. Sus manos temblaban un poco mientras quitaba el fino papel del envoltorio para dejar expuesta una pequeña caja de terciopelo azul brillante. Con mucho cuidado la abrió, pero al ver su contenido el grito que salió de su garganta fue desgarrador.

Mis hermanas y yo, que la estábamos rodeando expectantes, fuimos testigos de cómo se desplomaba en el suelo.

Sonsoles corrió como una exhalación hacia la cocina, donde se encontraba Encarna, ajena a tanto alboroto.

Cuando vio a madre desmayada en el piso, mandó a Balbina a por las sales mientras la criada iba a por el médico.

—¿Qué ha pasado, por Dios? —preguntó la nana, muy preocupada porque madre no reaccionaba—. Dímelo, Manuela —me ordenó. Con unos golpecitos suaves en las mejillas trataba en vano de que reaccionara.

—No sé, nana. No entiendo. Abrió el regalo y gritó como si hubiese visto al demonio.

Encarna se levantó con una agilidad sorprendente para sus años y abrió la caja de terciopelo que había quedado tirada en el suelo. Estaba vacía.

—Pero ¿qué significa esto? —No entendía nada.

Fue en ese momento cuando Amaia le mostró lo que había rodado hasta esconderse detrás de una de las patas de la mesa del comedor:

—Mira, nana, esto es lo que había dentro. —Le enseñó la moneda de oro retorcida.

Encarna perdió el color y le gritó:

—¡Deja eso de inmediato, vade retro! —Amaia guardó la moneda torcida dentro del estuche y se enjabonó las manos como la nana le indicó.

Entonces Encarna comenzó a cantarle a madre una canción de cuna en un idioma que yo no entendí (mucho más tarde supe que era el euskera), mientras sus manos temblorosas le acariciaban los cabellos. Madre todavía seguía en el suelo, con los ojos cerrados:

—Mi Edurne, mi chiquilla bonita, ¿quién ha sido capaz? ¡Virgen santa! —se lamentaba, meciéndola como a un recién nacido.

De los ojos cerrados de madre comenzaron a brotar lágrimas. A medida que la canción transcurría, el llanto se fue haciendo cada vez más copioso hasta que murmuró con la voz acongojada:

—Nana, ahora viene a por mí. No dejes que la maldad de aquella mujer alcance a mis pequeñas, por favor.

La nana asentía acariciándole los cabellos. Ella también lloraba.

Cuando madre finalmente abrió los ojos, la mirada de desconsuelo que nos dirigió quedó impresa para siempre en nuestras almas.

Esa misma tarde de finales de septiembre, cuando el sol ya estaba en su ocaso, Encarna me llevó al jardín. Hacía frío afuera, un frío seco que anticipaba un invierno crudo. Se dirigió al cobertizo de madera donde se guardaban las herramientas y buscó una pala. Se sacó el chal de lana que llevaba sobre los hombros y comenzó a excavar bajo el árbol de avellanas, que mi madre adoraba. Hizo un pozo muy profundo y enterró allí la caja de terciopelo azul.

Preferí mantenerme en silencio durante toda la ceremonia porque intuía que era muy importante. Sin embargo, apenas terminó su labor comenzaron mis preguntas:

—Nana, ¿qué significa esa moneda torcida que madre recibió? ¿Por qué la entierras bajo el árbol de avellanas? —Mientras le preguntaba, me frotaba las manos frías. Me había olvidado de calzarme los guantes.

Encarna me miró seria y me respondió:

—Alguien le ha hecho un daño a mi querida Edurne. Como sabes, los árboles de avellanas tienen poderes mágicos y nos protegen. Por eso debí enterrar esta caja cerca de sus raíces. Para que no siga causando desgracias.

—¿Un daño? ¿Qué es un daño, nana? Explícamelo, por favor. —Estábamos en la cocina. Encarna había servido dos tazones de chocolate espesado con melaza y había colocado en un platito unos bizcochitos de yema bañados en almíbar, que eran mis preferidos.

—Ven, siéntate, Manuela. Así podremos conversar tranquilas. —Nos instalamos cerca del ventanal. Los pálidos rayos del sol que ya se escondía se reflejaban en el vidrio. Encarna no se anduvo con vueltas—: Eso que viste es un maleficio que le han hecho a tu madre.

Yo no podía ocultar mi asombro ni mi impresión:

—Pero ¿quién? ¿Por qué? Si madre es más buena que el pan.

—Bien sabes que tu madre renegó y cortó cualquier vínculo con su familia, con su pasado. Esta moneda la hizo alguien que le desea el mal y solo si esa persona deshace el maleficio podrá sanarse mi querida Edurne. —Me miró significativamente.

—¡Qué maleficio ni qué ocho cuartos! Me parece, nana, que me estás diciendo una serie de disparates. Madre va a reaccionar de un momento a otro y todo estará bien.

Me levanté de un salto y la miré desafiante. Lo que me decía era puro cuento. No aguantaba escuchar esa sarta de idioteces. Estaba por salir cuando me advirtió:

—Tú, por ser la mayor, recibirás el don en su debido momento. No me preguntes porque no te diré nada más. No corresponde. Tu madre te hablará de él cuando llegue la hora.

Enojada, salí de la habitación sin siquiera haber probado uno de los bizcochitos. Sin embargo, recordé de pronto las palabras de padre cuando se refería a la nana: “Esa mujer vale más por lo que calla que por lo que dice”.

No había podido volver a conciliar el sueño con tanto pensamiento rondando por mi cabeza. Todavía faltaba mucho para el amanecer. El viento seguía soplando con toda su furia, sacudiendo los árboles, arrancando la tierra del suelo. Parecía como si al atravesar las ramas murmurara: “Ya se acerca... Ya se acerca...”.

Cuando me di cuenta, era mi madre la que decía:

—Ya se acerca, mi niña... ya se acerca...

Corrí hacia su lado y encendí la lámpara de la mesita. La luz tenue iluminó su rostro, que era una máscara cenicienta. Respiraba con dificultad.

—No llames... a nadie... Solo... tú y... yo... —Hizo una pausa para respirar hondo y me dijo—: Dame... la mano izquierda... Manuela. —Hablaba entrecortado, pero estaba perfectamente lúcida.

Lo hice, y nuestras manos se entrelazaron. Sentí las suyas frágiles y frías. Sin embargo, al cabo de unos minutos un fuego pareció brotar de ellas y entrar a mi torrente sanguíneo:

—Ahora... has recibido... el don... como... yo lo... recibí de... mi madre, y ella... de la suya... y como... todas las... mujeres primogénitas... de nuestra... familia... lo hicieron. Es un... lazo invisible... el que... nos... une. —Le alcancé un poco de agua, que bebió despacio. Tenía la voz ronca y la garganta seca—. Lamento tanto mi... querida... Manuela... no... haberte hablado de... nuestras costumbres... vascas... de nuestros... antepasados... no haberte... preparado. Pronto... entenderás de... lo que hablo.

Recordé las tantas veces que mis preguntas sobre su familia habían caído en el saco roto de los silencios y las excusas. Esas fueron sus últimas palabras antes de morir. No habían sido para padre o para mis hermanas, ni para Gabriela. Solo para mí, Manuela, su primogénita.

Consternada, me incliné y deposité un beso sobre su frente. Parecía dormir plácidamente. Sin vacilar, me dirigí a la ventana y, a pesar del frío, la abrí para que el alma de madre no quedase atrapada entre esas cuatro paredes de su habitación. Recién entonces les avisé a mis hermanas.

Nadie supo bien cómo, pero Gabriela Iribarren se las había ingeniado para que la enterrasen en la bóveda familiar de los Aguirre Larreta en San Sebastián. Una decisión dolorosa y complicada, pero que les aliviaba en gran parte la congoja que sentían. De esa manera, Edurne podría descansar junto a sus seres queridos y no en una tumba en Barcelona, rodeada de desconocidos. También se había encargado de enviarle un telegrama a don Pedro, el marido, comunicándole la trágica noticia.

Viajaron en tren con el féretro, que iba en el vagón de carga. Gabriela se había ocupado de todo al detalle, por eso, cuando llegaron a San Sebastián, luego de varias horas de viaje, una carroza fúnebre las esperaba para trasladar el cajón.

Había sido un viaje inclemente, lluvioso. La costa cantábrica se asomaba a lo lejos, sombría, oculta entre hilachas de niebla. Les dolían los huesos y sentían un malestar griposo, enfermizo. Primero se dirigieron a la casa de Gabriela, donde repusieron fuerzas y tomaron un chocolate caliente. Se quedaron impactadas por su majestuosidad. Sabían que Gabriela provenía de una familia adinerada pero nunca dimensionaron cuánto. Amaia había comenzado a estornudar. Al cabo de un par de horas, fueron en dos autos al cementerio de Polloe, en las afueras de San Sebastián. La mayoría de los panteones eran de mármol y piedra. El de los Aguirre Larreta tenía tres alturas: dos más bajas a los costados sosteniendo sendos ángeles y una central más elevada con una inmensa cruz de mármol negro.

Recorrieron el cementerio bajo la lluvia, por un camino desigual y enlodado. Avanzaban tomadas de las manos, mientras sus zapatos se hundían en el barro.

Ni el anciano padre ni ninguno de sus tíos o primos se habían apersonado al cementerio ni les habían mandado las condolencias o un ramo de flores. Todo había sido muy sencillo, además de triste y solitario.

—Señor, tú que lloraste en la tumba de Lázaro, dígnate enjugar nuestras lágrimas —oraba el sacerdote.

—Te lo pedimos, Señor —corearon las presentes, desbordadas por las lágrimas.

—Y a nosotros que lloramos su muerte, dígnate confortarnos con la fe y la esperanza de vida eterna.

—Te lo pedimos, Señor.

Manuela sentía cómo las piernas de su mundo entero flaqueaban, amenazando con quebrarse como la madera seca sin el cayado que su madre le había proporcionado ante la larga ausencia del padre. Los últimos tiempos con ella habían sido un recordatorio constante de que la vida era breve y de cómo las circunstancias podían dar un giro inesperado.

—Dale, Señor, el descanso eterno —rezaba el sacerdote.

—Brille para ella la luz perpetua. —Con los rostros compungidos, dirigieron una última mirada al lugar donde reposaría Edurne para siempre.

El cielo no les mostraba un ápice de piedad, puesto que la lluvia se había intensificado. El párroco las saludó a las apuradas y se marchó para no empaparse.

Las cuatro hermanas se habían despedido de la madre por última vez, en soledad. Sin embargo, tras una de las lápidas se ocultaba una figura que jamás abandonó el escondite en lo que duró la corta ceremonia.

A pesar de la negativa de Manuela, sus hermanas quisieron conocer la casa materna, que estaba muy cerca de la de Gabriela. Si bien el trayecto se podía hacer caminando, la lluvia persistente las obligó a viajar en los automóviles. Al llegar se impresionaron con los paisajes hermosos y el rumor continuo del mar. Pero cuando vieron la casa que había sido el hogar de Edurne se quedaron sin habla. La mansión estaba en la cima de una colina. Por un lado, rodeada por un amplio jardín que culminaba en un bosque, y por el otro se encontraban los acantilados, que desembocaban en el mar.

Haciendo caso omiso de la constante llovizna que mojaba sus mantillas negras, se acercaron cuanto pudieron. Entonces fue inevitable que la suave brisa marina trajera hacia ellas una triste melodía. ¿Quién estaba tocando el piano?

Balbina se había separado del grupo y se había escabullido por un sendero que llevaba a la casa. Los arbustos del jardín le dieron la cobertura necesaria mientras, a hurtadillas, se acercaba a uno de los ventanales. Colocó la cara junto al vidrio y observó azorada el lujo del salón: las alfombras mullidas, los cuadros, los relojes, los sillones. De pronto un rostro la enfrentó: unos ojos azules la observaban con displicencia. Un joven alto, con el cabello oscuro y mojado, le sonreía pícaramente.

Ella se asustó, pero no se movió hasta que se escuchó un:

—¡Balbina! ¿Dónde estás? Estamos echando raíces esperándote. —La voz de Encarna resonó en el lugar.

Balbina salió corriendo con la imagen de ese joven prendida en su retina. Le había faltado el canto de un duro para que Encarna la descubriera.

—¡Qué hermosa melodía! —exclamó Amaia con lágrimas en los ojos—. Quien toca el piano parece compartir nuestra tristeza.

—Mejor no digas sandeces, hermana. Esa música es horrible como todo lo que viene de esa casa —la sermoneó Manuela. Ella no tenía especial talento para la música como Sonsoles, pese a las lecciones de piano que había recibido. Apenas era capaz de leer las notas en la partitura. Sin embargo, en su fuero interno supo reconocer que la pieza era tocada magistralmente. No entendía cómo sus hermanas podían siquiera pensar que algo bueno podría salir de ese lugar. ¿Acaso no habían sido testigos del sufrimiento de su madre? A ella jamás se le iba a olvidar que su padre había tenido que abandonar España por culpa de su familia materna.

—Eso no lo sabemos —acotó Balbina, encandilada por la visión del joven y por el lujo del lugar—. Tal vez.

—¿Tal vez qué? ¿Crees que alguien amó a nuestra madre entre esas paredes inhóspitas? Te recuerdo que estuvimos solas en el entierro. —Se detuvo para enfrentar a su hermana mientras sus ojos relampagueaban rabiosos—. Estoy segura de que allí dentro se respira la infamia. —Manuela estaba indignada. No concebía ese afán por querer hurgar en el pasado.

—Recuerdo que padre siempre decía que nada es lo que parece ni nadie quien dice ser —Amaia habló suavemente. La actitud de Manuela le dolía. Ella siempre había preferido la paz a la guerra. En cambio, su hermana...

Manuela alzó las cejas demostrando incredulidad:

—¡Que venga Dios y me fulmine si miento! —bramó, exasperada. Le hervía la sangre cada vez que pensaba en su familia materna. Los famosos Aguirre Larreta. Pero ¡quiénes se habrán creído! Para colmo de males, si lo que afirmaba Encarna era cierto, alguien de esa familia le había causado la muerte a su madre. Lamentaba no poder compartir ese secreto con sus hermanas para que pudiesen cambiar de parecer. Aunque siempre se repetía a modo de consuelo: “Lo bueno de los secretos es que tú solo eres su dueño”.

Amaia dio un respingo por el tono agresivo de Manuela.

—¡Amargada! ¡Ya está bien de vivir siempre a tu capricho! —le gritó Balbina. A pesar de ser una joven consentida y con ciertos indicios de maldad, enseguida se arrepintió de sus palabras. Contrita, se disculpó—: Lo siento. —Se acercó para darle un beso, pero Manuela se adelantó y caminó el resto del trayecto sola.

—¡No creo que vuestra madre se alegrase con esos comentarios! Ahora más que nunca debéis permanecer unidas. —Gabriela las miró seriamente y luego le habló solo a Manuela—: No puedes aliviar tu dolor lastimando a otros.

La joven le dirigió una mirada glacial, mas no le respondió.

El viaje de regreso hacia Barcelona fue largo y triste. Encarna desgranaba las cuentas del rosario mientras ellas contestaban mecánicamente. Estaban muy afligidas. La crudeza del tiempo y el viento que había empezado a arreciar contribuyeron a crear un ambiente deprimente. Cuando llegaron a la casa, una atmósfera sombría se había adueñado de los tejados. El patio de ladrillo lucía un color verdoso y el olor a humedad las envolvió por completo. Había estado lloviendo durante varios días. La verja estaba ladeada y emitía un chirrido de protesta cada vez que la empujaban para entrar al jardín. Subieron los peldaños despacio y en silencio, acarreando el magro equipaje. Adentro se sacaron los abrigos y los colgaron en el perchero. Le entregaron las mantillas a la criada, quien las dobló con sumo cuidado. Solo Manuela y Sonsoles, por ser las mayores, usaban la joyería de luto de su madre: Manuela lucía unos pendientes de azabache negro y un anillo de la misma piedra adornaba el dedo anular de Sonsoles. Para desconsuelo de Balbina, no había más joyas de luto que ponerse. En un acto de compasión, mientras Encarna servía cucharadas de chocolate bien caliente, Sonsoles le permitió a Balbina colocarse el anillo. A pesar de las tristes circunstancias, la hermana menor tuvo que hacer un esfuerzo para reprimir una sonrisa de complacencia.

—Amaia, ven, que voy a secarte el cabello si no quieres que empeore tu resfriado. —Encarna cargaba unas toallas gruesas.

Si de algo estaba orgullosa Amaia era de su preciosa cabellera. Rubia, casi blanca, caía en gruesos mechones por su espalda, hasta llegar a las rodillas. Jamás se la había cortado. Solo dejaba que su madre le recortase las puntas, de tanto en tanto y en cuarto creciente. Se la peinaba en una gruesa trenza que daba varias vueltas sobre su cabeza.

Apenas habían transcurrido unos pocos días de su regreso cuando otra desgracia se hospedó en la casa de las Rojas: Amaia volaba de fiebre. Esa mañana se había levantado un poco aletargada. Cuando se dirigió al comedor, una palidez de muerte cubría su rostro.

—¿Qué ocurre, mi niña? ¿Acaso te sientes enferma? —le preguntó Encarna, preocupada. De las cuatro hermanas Amaia había sido la de salud más delicada.

—Estoy mareada, nana. —En cuanto terminó de hablar, cayó a plomo sobre el suelo.

En un santiamén la llevaron a su habitación y se llamó de inmediato al médico de la familia. Temían que se hubiese contagiado de la madre. Ella había sido quien había encontrado y sostenido la moneda retorcida.

Amaia se encontraba en la habitación a oscuras. Había comenzado a sentir sensibilidad a la luz y su abdomen se había cubierto por un sarpullido rosáceo. Una palidez enfermiza cubría el resto del cuerpo como una membrana grisácea.

El médico la revisó a conciencia para luego, con cierto pesar, darles el diagnóstico: Amaia sufría de tifus.

—Pero ¿cómo es posible, doctor? —preguntó Gabriela—. ¿Acaso esa enfermedad no se transmite por los piojos? —El miedo se reflejaba en su mirada. Intentó ocultar la desazón que la embargaba. Conocía más de un caso en que la muerte se había llevado a las víctimas de esa terrible enfermedad.

—Así es, los piojos la esparcen por todos lados.

—Eso es imposible, doctor —intervino Encarna—. Seremos pobres pero limpios.

El doctor le dirigió una mirada de entendimiento:

—No lo dudo, mi querida señora. Con seguridad se la contagió en otra parte. Debéis recordar a quiénes ha frecuentado últimamente o a qué lugares ha concurrido.

Se hizo un silencio mientras se miraban en forma interrogante.

Balbina tragó saliva. Sostuvo la mirada de Gabriela antes de contestar, como si estuviera sopesando si le convenía decir la verdad o no. Luego bajó los ojos mientras estrujaba un pañuelo humedecido por el llanto. Sabía que debía revelar el secreto de su hermana. Balbuciente y temblorosa, comenzó su confesión:

—Sí... ya sé dónde se enfermó. Hace unos días visitó la Casa de Maternidad y Expósitos. Seguro que allí algún roñoso la contagió.

—¡Balbina, no hables así! —la retó Sonsoles. Detestaba el espíritu mezquino de la menor—. ¿Por qué la dejaste ir? ¿Por qué no nos avisaste?

—¡Santa Paciencia te tuvo tu madre! —exclamó Encarna.

Pero Manuela, que era muy inteligente y conocía la índole miserable de Balbina, se le acercó y le pellizcó el brazo:

—Te encanta tentar a la suerte.

—Solo cuando merece la pena —le contestó esta, envalentonada.

—Atrevida. ¿Qué te dio a cambio de tu silencio? Vamos, confiesa antes de que te dé flor de sopapo.

—¡Manuela, por favor! —intervino Gabriela—. No es momento de reproches. Luego tendremos una larga conversación. —Su mirada se dirigió hacia Balbina, quien lloraba a moco tendido. Sabía que tarde o temprano Manuela iba a descubrir que Amaia le había cedido el postre de una semana a cambio de su silencio.

Manuela la soltó a desgano. Ya arreglaría cuentas con la mocosa.

—Es muy posible que se haya contagiado en ese lugar. —El médico no les dijo que tres niños habían muerto por ese mal en el orfanato—. Ahora bien, debéis extremar los cuidados para no enfermaros: desinfectad toda la ropa blanca con lejía y vinagre, además, frotadle la zona del sarpullido con trementina. ¡Mucho cuidado con la dosis! Puede llegar a ser letal. Solo una de ustedes se encargará de limpiarla.

—Yo lo haré. —Gabriela se iba a hacer cargo de curarle los sarpullidos. El resto se apañó para velar su sueño.

Sin embargo, lo peor llegó cuando hubo que raparla: era esencial cortarle el largo cabello. Ese día, una Encarna llorosa, armada con unas tijeras afiladas, cortaba las largas guedejas rubias. Las hermanas, mudas por el espanto, observaban cómo estas se iban apilando sobre el suelo.

Amaia hacía un esfuerzo tremendo para no llorar:

—No importa, pronto crecerá, y mucho más sano. Además, podré usar esos gorritos de lana que me encantan. Acaso tú misma, Encarna, ¿no repites siempre que “a suerte mala, paciencia y buena cara”? —Esbozó una leve sonrisa, como si se le hubiese escapado.

Sus hermanas asintieron en silencio. Sonsoles fue recogiendo los mechones y los guardó en una caja. Sabía que Amaia jamás volvería a tener esa cabellera.

El día gris acentuaba las paredes necesitadas de pintura y la escasez de muebles. La enfermedad de su madre las había dejado prácticamente con lo puesto. Habían vendido las joyas de la familia y algunos cuadros de valor. Gabriela se había ofrecido a realizar el pesaroso trámite.

Bebieron el chocolate humeante y mordisquearon algunas de las tortitas de almendras que había preparado Amaia antes de enfermarse y que conservaban en una lata. A ella se le daba muy bien la cocina. La joven ya había pasado lo peor y ahora estaba convaleciente.

—Parece que nos ha mirado un tuerto —comentó Balbina con la boca llena.

Encarna la miró con admonición:

—No empieces con eso, por favor.

—¡Juro por Dios que van a pagar por lo que han hecho! —exclamó Manuela, atragantada por una miga, mientras sus ojos azules se clavaban en un espacio vacío de la pared. Ahí había estado el jarrón que su madre amaba y que habían tenido que vender para solventar los gastos de la enfermedad. Era un Lalique, regalo de su difunta abuela y del cual ella nunca había querido desprenderse. Gabriela se había ofrecido a pagar los gastos, pero las cuatro se negaron de plano. Ya había hecho demasiado por ellas.

—No hables así, Manuela. La venganza nunca es buena, al contrario, es como en la guerra. Siempre hay víctimas inocentes —le aconsejó Gabriela, mirándola con la ternura de una madre—. Puedo ver el dolor saliendo de tu rostro. No permitas que se transforme en ira y esa ira en odio. —Suspiró por lo bajo; todas esas muchachitas habían sufrido lo indecible. Le había costado Dios y ayuda no contarles los secretos que se cernían sobre la familia, secretos que Edurne se había llevado a la tumba y que ella revelaría llegado el momento y dependiendo de las circunstancias. Ahora era necesario darles un poco de ánimo—. Mi abuela siempre repetía que Dios somete a pruebas más duras a quienes más ama. Confiad en Él. Ya veréis cómo vamos encontrando una solución a todo.

Manuela se quedó callada unos instantes para luego contestarle:

—Sé que has sido la mejor amiga de madre, la más fiel y bondadosa. Jamás te olvidaste de ella cuando se casó con padre, y eso lo valoro mucho. Eres la madrina de mi hermana Amaia y no dudo de que procuras nuestro bien, además te encargaste de todos los trámites para que nuestra madre pudiese descansar en paz, cuidas de mi hermana con todo el cariño del mundo, pero... —Tomó aire y la miró a los ojos—: Te aseguro que esta vez no voy a escuchar tus consejos. Cada miembro de la familia Aguirre Larreta que le dio la espalda a madre lo pagará con creces. —No tenía bien en claro que cuando el dolor nos ciega confundimos venganza con justicia. No hay dos cosas más opuestas. Pero sí sabía que la venganza nubla la razón y no deja ver la realidad. Actúa como un veneno que paraliza a culpables e inocentes por igual.

Gabriela prefirió permanecer callada. Estaba visto que Manuela no renunciaría a su afán de revancha.

Una semana más tarde Encarna le avisó a Manuela que tenía visitas.

—¿Quién es, nana? —Un delantal le cubría parte del vestido oscuro. Estaba acomodando las pertenencias de su madre y era una tarea por demás dolorosa.

—¡Quién va a ser! El pesado de tu prometido. —Encarna no disimulaba lo mal que le caía.

Una sonrisa iluminó el rostro de Manuela. Desde la enfermedad de Amaia que no lo había visto y lo extrañaba muchísimo. Con seguridad hablarían de los planes para la luna de miel. Al parecer, los tíos de Bernardo les regalaban una semana en París.

—No lo hagas esperar, nana. Convídale un café mientras me cambio.

—No, dice que te espera en el café de la esquina. —La nana la miraba con un gesto interrogante.

—¡Qué raro! ¿Por qué no lo hiciste entrar?

Encarna le contestó enojada:

—¡Por quién me has tomado, hombre! Claro que lo invité a pasar a la sala, pero se negó de plano. Se quedó todo el rato en el zaguán, y eso que hace un frío terrible.

Manuela estaba desconcertada. ¿Qué le habría ocurrido?

Encarna le respondió con el ceño fruncido:

—Está más claro que el agua que tu prometido teme contagiarse.

—Pero si Amaia ya no contagia. —Manuela no siguió hablando porque presentía que Encarna tenía razón. Bernardo siempre había sido hipocondríaco. Nunca las había ido a visitar durante la enfermedad de su hermana. Por eso decidió dejar el tema.

—Voy a ponerme presentable. —Subió las escaleras casi corriendo. Se cambió el vestido, se pellizcó las mejillas y se pasó el cepillo por la cabellera oscura. El cansancio por haber velado el sueño de Amaia había hecho mella en su físico: había perdido peso y su piel lucía pálida.

Al cabo de unos minutos estuvo lista. Se envolvió en su abrigo de lana y salió rumbo al café.

Aquel otoño se hacía sentir con fuerzas. El viento frío le azotó la cara sin piedad. Caminando lo más rápido que pudo se dirigió al lugar. Muchas veces se citaban allí, donde los dueños los atendían con mucha cordialidad. Bernardo la estaba esperando en la mesa de siempre, junto a la ventana. La ropa lucía perfecta en su cuerpo delgado y elegante. Acostumbraba peinar el abundante cabello castaño a un costado. Sin embargo, Manuela notó algo extraño en su expresión. Además, ya se había bebido un vaso de ginebra a pesar de la hora. También observó varias colillas de cigarrillo en el cenicero.

Apenas si le rozó los labios con un beso ligero mientras la ayudaba a quitarse el abrigo. Tras colgarlo en el perchero, separó la silla para que ella se acomodase. Como conocía perfectamente los gustos de Manuela, ordenó, sin consultarle, dos chocolates y unos suizos. Intercambiaron las preguntas de rutina y, luego de que les sirvieran las tazas con la bebida, Manuela le preguntó:

—¿Qué ha ocurrido, Bernardo? ¿Por qué no has ido a casa en todo este tiempo?

Bernardo la miraba aturdido. Su cigarro se iba consumiendo en sus dedos. No sabía cómo empezar.

—Yo... nosotros...

Manuela comenzó a sentir un escalofrío que le recorría todo el cuerpo. Se dio cuenta de que estaba temblando, pero no sabía si de miedo por lo que iba a escuchar o de frío. Respiró nerviosa y metió las manos en el abrigo. No había tocado el chocolate.

Bernardo había comenzado a hablar, pero ella no entendía nada de lo que le estaba diciendo:

—No comprendo, Bernardo. ¿Qué tiene que ver la familia de mi madre con nuestros planes de casamiento? ¿Acaso no habíamos fijado la fecha de la boda? ¿Acaso no tengo baúles llenos de sábanas, manteles, camisones bordados y...? —Se detuvo para contemplar el rostro de su prometido: sombrío, con unos círculos violetas que reptaban alrededor de sus ojos claros. No la miraba. No. Su vista estaba clavada en el suelo.

—Escúchame, Mamela, sé que sonará terrible lo que te voy a decir... —Hizo una larga pausa antes de agregar—: Mi padre me prometió a la hija de los Alcázar. Ya sabes que son socios y que...

Manuela interrumpió la explicación, incrédula:

—¿Que te has prometido con otra aun sabiendo que ya teníamos reservada la fecha en la iglesia? —Siempre había soñado con casarse en Santa María del Mar, y ahora su sueño se desmoronaba. El asombro y la indignación la dejaron sin habla un momento. Luego, aspiró profundamente para proseguir—: Solo debíamos guardar las formas por un tiempo hasta que pasase el luto riguroso. Pero ¿qué clase de persona eres? ¿Qué clase de familia tienes? —El rostro le ardía y le temblaban las piernas.

La turbación que sentía Bernardo le dificultaba el habla. No sabía que la vergüenza doliese.

—Me debes una explicación, Bernardo, y quiero la verdad, aunque sea cruel. Parece que voy a tener que ir acostumbrándome.

Bernardo trataba de encontrar las palabras adecuadas:

—Mira, Mamela, cuando murió tu querida madre... —hizo una interrupción para tomar aire y fuerzas—, mis padres estaban convencidos de que tu familia materna los iba a perdonar y les iba a devolver lo que por derecho les correspondía, pero...

—Pero no fue así.

Bernardo la miró con sus preciosos ojos verdes y le confesó:

—Mi padre se encontró en la Casa Mira, en Madrid, con tu tío Jaime, bien sabes que él jamás se pudo resistir a los mazapanes de allí y... —ante la mirada furibunda de Manuela comenzó a balbucear—: Tu tío le comentó que nunca les iban a entregar la herencia, que tu madre había sido desheredada por tu abuelo al casarse con tu padre y que él no iba a modificar la situación. Incluso llegó a aconsejarle que mi boda contigo no le iba a beneficiar en los futuros negocios.

Manuela lo escuchaba impasible, sin que ningún músculo de su cara revelase el sufrimiento por el que estaba atravesando. De ese modo Bernardo siguió con las explicaciones:

—Esa noche me llamó a su despacho y me hizo jurar sobre su Biblia que acabaría con nuestro compromiso so pena de dejarme sin herencia ni participación en los negocios.

Aquella confesión la hirió como lanzas de fuego, por eso no pudo evitar reclamarle:

—Ya veo, ¡el señoritingo vendido al mejor postor!

—Eso nunca, cariño. Yo te amo. No puedo darte mi apellido, pero sí mi corazón. Ya veremos un modo de seguir adelante con lo nuestro, Mamela. Solo te pido tiempo para poder librarme de este atolladero.

—¡Virgen santa! ¿Quieres convertirme en tu amante? Mejor cállate de una vez por todas. Maldigo el día en que te conocí. ¡Te odio! —le gritó con la voz teñida de desprecio.

—¡No digas eso, mi amor! Tu odio es peor que la muerte. Créeme cuando te digo que no tuve más remedio.

—¡Todo lo que sale de tu boca es mentira! ¡Cállate y no me digas mi amor! —Su voz rezumaba repulsión. Las lágrimas pugnaban por brotar, pero Manuela no le iba a dar el gusto de que la recordase herida. Con un gesto torpe se sacó el anillo del dedo y lo arrojó al suelo. No podía olvidar las palabras de Bernardo cuando se lo había entregado: “Este anillo ha estado en mi familia por generaciones, ahora su lugar está en tu hermoso y delicado dedo. ¿Te casarías conmigo?”.

Bernardo volvió a suplicarle:

—No me dejes, Mamela, no lo hagas. No mates nuestro amor. —En un acto desesperado llevó la mano de Manuela hacia su pecho y le preguntó—: ¿Puede esto ser mentira? —El corazón le latía desenfrenado. Intentó besarla, pero ella le cruzó la cara de una cachetada.

Tragando rabia y humillación, Manuela le espetó:

—Gracias a Dios que me alejó de ti. Eres un cobarde. Un infeliz. No sabes nada del amor. Deja que te diga esto último porque nunca más me verás en tu vida: amor era el que se profesaban mis padres. Madre no dudó en seguir a padre. ¿Sabes? Fuimos muy felices y madre jamás se arrepintió de su decisión.

—Pero la dejaron sin un duro.

—¿Y qué? Se amaron hasta el fin de sus días. —Hizo una pausa y lo miró a los ojos—. Nunca más te cruces en mi camino. ¿Entendiste? Nunca más. Ve y sé feliz con la tilinga de los Alcázar, a ver si puedes. Y jamás olvides que ella te aceptó sabiendo que estabas comprometido conmigo. ¡Te maldigo una y mil veces! —Furiosa, continuó—: Espero que esto te sirva para medir tus pasos. Nada de lo que hacemos cae en saco roto. —Se levantó bruscamente, acaparando las miradas de los presentes, y sentenció—: Para mí ya estás muerto. ¡Ah, y no me digas Mamela! ¡Mi nombre es Manuela!

Bernardo empalideció. Algo había escuchado sobre las maldiciones de aquellos por cuyas venas corría sangre vasca. Trató de recomponerse y le suplicó:

—Te estoy pidiendo solo un tiempo, Mame..., digo Manuela, por favor. —Se obligó a respirar hondo varias veces para serenarse y continuar—: No importa cuánto me ignores, cuánto me desprecies o me acuses, jamás dejaré de quererte.

Manuela le dirigió una mirada cargada de desprecio y se alejó del lugar. Una vez fuera, las lágrimas comenzaron a mojarle el abrigo. ¿Acaso eran presas de alguna maldición? ¿Qué mal habían hecho para recibir semejante castigo? De lo único que estaba segura era de que nunca se conocía del todo a las personas. En cada una habitaba una sorpresa o una decepción.

Cuando les contó lo sucedido a sus hermanas, todas se apenaron. Únicamente Encarna respiró aliviada:

—¡Qué guasa tiene ese gallito! —Mirándolas de lleno les comentó—: Siempre he sostenido que uno necesita a alguien que esté en las duras y en las maduras, en la cordura y en la locura. ¡Mejor así! Mi niña no se merece estar unida a semejante palurdo. No vale la pena perder el tiempo con quien no lo merece.

Diciembre de 1912

El dolor no te deja dormir, no te deja descansar. Te mantiene alerta. Me sentí un poco mejor después de haber compartido mi sufrimiento con Sonsoles, Encarna y Gabriela. Sabía que el pasado no tenía arreglo. Que había que pensar en el futuro. Las lágrimas se me iban secando en los ojos y había comenzado a tener hambre. Llevaba días jugando con la comida en el plato, pero aquella mañana me había levantado más animada.

El refrán que dice que después del peor frío viene una primavera se podría aplicar a lo que nos pasó unas semanas más tarde, cuando se presentó el juez de paz en nuestro domicilio.

El anciano, encorvado y menudo, se sentó donde le indicó Encarna y bebió una taza de café bien cargado antes de comenzar a hablar. Cuando terminó de saborear un pedazo de torta de manzanas, nos dijo:

—Mis queridas niñas, os traigo buenas nuevas.

No lo dejé terminar:

—Si viene por la herencia de madre, le advertimos que no queremos ni una sola peseta de esa familia.

Encarna y las chicas me miraron con cara de asesinas.

—Señorita Rojas, me complace que no sea así. —El anciano hablaba en forma pausada, tomándose su tiempo para modular. Sabía que esa era la única manera de hacerse entender puesto que le quedaban pocos dientes en la boca—. En realidad vengo en representación de vuestro padre, don Pedro.

El color desapareció de nuestros rostros como por ensalmo. Lo miramos petrificadas, con las mandíbulas tensas y los dientes apretados. Sonsoles, juntando fuerzas, le preguntó a bocajarro:

—¿Le ha pasado algo a padre? —Yo no me había animado a hacerlo.

El juez nos miró solemnemente para luego dibujar una sonrisa en sus labios:

—Pues sí, a vuestro padre le ha pasado algo muy bueno. Han descubierto un filón muy importante de plata en la mina que explota y puede decirse que se ha convertido en un hombre rico.

Lo miramos aturdidas.

—¿Quiere decir que nosotras también somos ricas? —preguntó Balbina.

—Efectivamente. Y vuestro padre quiere que viajéis a la Argentina.

La alegría en nuestros rostros era digna de inmortalizarse en un retrato. Hacía ya mucho tiempo que no recibíamos buenas noticias.

—¿Y cuándo viajamos? —le pregunté ansiosa. La idea de ver a padre me había cambiado el semblante. Ahora me sentía feliz, llena de vida, llena de esperanzas.

El juez sonrió al vernos tan alegres:

—Pronto, muy pronto. Sin embargo, hay una condición para que lo hagáis.

Todas lo miramos extrañadas. ¿Qué querría nuestro padre al que no veíamos desde hacía ya cinco años?

—La señorita Amaia deberá contraer nupcias con el socio de vuestro padre, el señor Efraín Ledesma.

Se hizo un pesado silencio. La incredulidad y el horror se pintaban en nuestros rostros.

—¿Cómo es posible? —preguntó Gabriela, que fue la primera en reaccionar—. ¿Qué razones tendría don Pedro para proponer semejante desatino?

—Las razones las ignoro, señorita Iribarren, pero el señor Rojas ha enviado una carta para usted y otra para sus hijas. Tal vez en ellas os informe el porqué de su decisión. —El anciano hizo una pausa mientras extraía de su cartera de cuero una bolsa con monedas que depositó sobre la mesa—. Acá hay suficiente para que paguéis cualquier deuda que tuviereis. En el banco hay depositada una fuerte suma para lo que necesitéis. Su futuro esposo, señorita Amaia, también ha depositado una importante cantidad para cualquier gasto que surgiere de los preparativos de la boda. En cuanto tengamos una fecha, yo os avisaré. Por supuesto que el casamiento se hará por poder. —El anciano se levantó dispuesto a marcharse.

Encarna, muda y circunspecta, le alcanzó su abrigo, el sombrero y el bastón. Además, le entregó un pequeño envoltorio:

—Aquí tiene un trozo de la torta de manzanas que tanto os gustó.

El juez la aceptó complacido mientras se retiraba.

Barcelona

1896

Aquel otoño de 1896 fue muy frío y húmedo. ¿Es posible evocar esos detalles tan nimios después de tantos años? Tal vez, aunque hay quienes afirman que vamos transformando los recuerdos a medida que transcurre el tiempo. No obstante, casi puedo revivir aquella época con exactitud de relojero: el frío intenso, las cobijas delgadas, la suciedad debajo de las uñas, las narices chorreando. Recuerdo que vivíamos en las afueras de la ciudad, recuerdo eso y mucho más.

La desolación se reflejaba en el paisaje como también en el espíritu de padre. No tengo memoria de haberlo visto sonreír alguna vez. Apenas un gesto tímido se dibujaba en su boca de dientes manchados ante una de mis monerías, para luego desaparecer como por arte de magia. Siempre se sentaba en un rincón de la habitación oscura, cansado, vencido por las circunstancias. A veces se olvidaba de buscar carbón y no teníamos con qué avivar el fuego para calentar el cocido.

A padre no le importaba el frío de nuestra casucha, le alcanzaba con el frío que le recorría sus huesos viejos. Se sentía desnudo, impotente ante la realidad que no había sido capaz de cambiar. Porque él no había hecho nada para impedirlo. Recuerdo sus ojos llenos de lágrimas y algunas que se deslizaban por su rostro enjuto y viejo.

—Lo siento, lo lamento —repetía una y otra vez, como una letanía. ¿Qué era lo que sentía, lo que lamentaba? Eso se lo callaba, pero yo intuía que la culpa lo iba carcomiendo hasta convertirlo en el despojo que era.

En cambio, la mirada dura y codiciosa de madre me perseguía por toda la casa. Me obligaba a ayudarla con los quehaceres domésticos. Lo que más me costaba era acarrear el agua del pozo. ¡Era muy pesada para mis bracitos delgados!

Cuando todos se dormían, no podía evitar que el llanto mojara mi rostro de niña.

Capítulo 2
Lo que se ve no es siempre lo que parece

Salta, Argentina

Mina La Inocente

Diciembre de 1912

—Don Carlos... don Carlos —gritaba uno de los niños—, estamo’ atrapaos y mi hermanito no contesta. —El silencio no fue interrumpido. Cerca del niño cayeron más pedruscos. El pequeño observaba, horrorizado, cómo se soltaban los trozos de piedras cada vez más grandes. Gritó nuevamente y cayó hacia atrás, ahogándose con el polvo áspero. Una piedra le golpeó el hombro y profirió un alarido desgarrador. A su alrededor las paredes temblaban. Tensó el cuerpo, preparándose para el dolor inevitable. ¡No quería morir! Pero apenas si podía respirar y ya no escuchaba a su hermanito.

Cuando las vigas de madera cedieron, una avalancha de piedras y tierra cayó sin piedad en el lugar. Luego, todo fue silencio.

Villa San Lorenzo, Salta

El Abandono

La lluvia arreciaba con toda su fuerza impidiendo ver con claridad. Las copas de los árboles se mecían al son vertiginoso del viento y el cielo se iluminaba con los relámpagos. La yegua enceguecida galopaba por el desfiladero que los animales habían abierto a su paso, año tras año. Cruzó un puentecito y se adentró en el bosque espeso. Las ramas se enredaban con la trenza oscura de la jinete, que iba inclinada sobre su montura. Con el rebenque azuzaba al animal cruzando el brazo de un flanco al otro. Las lágrimas descendían por su rostro, mezclándose con las gotas.

Él la perseguía con un malestar en el pecho, allí donde las angustias se hacen palpables en latidos y asimetrías de ritmos viscerales. La lluvia torrencial le mojaba la ropa y las manos resbalaban al querer sujetar las riendas con fuerza. ¡Ya casi la alcanzaba! No faltaba nada... pero todo se esfumó cuando la mujer con su yegua saltó la cerca. Un salto perfecto y luego se precipitó al vacío, cayendo a los tumbos por el barranco rocoso y resbaladizo.

¡Nooo!”, gritó como un animal herido, viendo el cuerpo de la mujer estrellado contra las rocas. “¡Nooo!” Y la lluvia seguía cayendo indiferente a su desgracia.

Efraín se despertó sudoroso. Con el pañuelo se secó la transpiración del rostro. De nuevo lo asolaba la misma pesadilla. Se había quedado dormido tan solo unos minutos en el sillón del despacho. Se incorporó con esfuerzo y se dirigió al armario donde se guardaban las bebidas. Con la mano aún temblorosa se sirvió una copa de coñac. Necesitaba un trago fuerte para calmarse.

Luna, la loba que dormitaba a sus pies, se había levantado inquieta con su grito. Con los colmillos a la defensiva, miraba a uno y otro lado de la habitación. La calmó con unas palmaditas en la cabeza y la loba volvió a echarse cerca del sillón, donde él se había quedado dormido. Se la habían vendido unos gitanos que le temían por sus ojos azules y por su mirada casi humana. Incluso le habían contado una leyenda sobre ella. Era una aguará guazú, una loba argentina que se encontraba en algunas provincias de nuestro territorio. Efraín, que era un escéptico empedernido, se la había comprado por unas pocas monedas. Desde aquel momento se habían hecho inseparables. Andaba libre por las montañas y los montes la mayor parte del tiempo, para luego regresar y dormitar a su lado. Porque Luna nunca dormía.

Efraín Ledesma se pasó la mano por los cabellos renegridos que se despeinaban sobre su frente y respiró con calma. Decidió quitarse los resabios de la pesadilla pensando en temas más agradables. Volvió a sentarse con el vaso de coñac en la mano.

La conversación que había mantenido con don Pedro Rojas todavía estaba fresca en su memoria.

Se encontraban en el despacho del hombre cuando este le hizo una propuesta impensable: casarse con una de sus hijas. No podía dejar de reconocer que el ofrecimiento lo había sorprendido notablemente. Él no tenía pensado volver a contraer nupcias. Había jurado no hacerlo nunca más. Sin embargo, cuando le explicó los motivos y los términos en los que se realizaría, estuvo de acuerdo. Era mucho lo que le debía a don Pedro.

Recordaba con claridad aquella mañana, cuando se había acercado al escritorio y había levantado con cuidado el portarretrato con la fotografía de la familia Rojas. Tal vez había sido entonces cuando la belleza de su hija Manuela lo había impresionado más de lo que le gustaba reconocer: los ojos profundos, la tez blanca y los cabellos oscuros indicaban que corría sangre celta por sus venas. Además, tenía un porte desafiante, casi altanero. Sin lugar a dudas, un buen contrincante a la hora de presentar batalla.

—No quiero pecar de aprovechado, don Pedro, pero ya que me ha propuesto que me case con una de sus hijas, me gustaría hacerlo con esta señorita. —Efraín, con el retrato en la mano, le señaló a Manuela, la mayor.

Don Pedro se asombró, ya que su joven socio no era muy afecto a demostrar sus emociones y, con voz apenada, le explicó:

—Me temo que eso va a ser imposible, mi querido amigo. Manuela está a un tris de casarse con el novio de toda la vida, allá en España. —Los ojos humedecidos de aquel hombre de mirada cálida y profunda lo observaron expectantes. Las palabras de Efraín resonaban en su mente. Cuando le había sugerido que desposase a una de sus muchachas, él no se había negado. Pero ahora... Tal vez no le interesase seguir adelante con su propuesta.

La contrariedad se asomó en el rostro de Efraín:

—Veo que mi flecha apuntó a la manzana equivocada —comentó con acidez. Luego repuso—: Para no cometer más errores, dejo la elección a su criterio. —En realidad, el hecho le daba lo mismo. Se sentía muerto por dentro. Hacía muchos años que había comprobado lo venenoso que podía ser el amor. Solo los tontos o los poco criteriosos se enamoraban. Sin embargo, no había podido evitar tener sus preferencias a la hora de elegir. Había un fuego en la mirada de Manuela que le había llamado la atención.

Don Pedro respiró profundo. Sus miedos se habían esfumado en un abrir y cerrar de ojos. Lo miró indulgente. Sabía el efecto que causaba Manuela en los hombres. Le sirvió una copa de ron hecho con la mejor caña de azúcar de Cuba mientras le comentaba:

—Creo que Amaia va a ser una esposa perfecta para ti, Efraín. Es callada, sumisa y de muy buen corazón. Tu casamiento con ella ayudará a disipar todas las dudas sobre tu persona.

Efraín lo miró con ironía:

—Jamás me perdonarán mi origen ni mi boda escandalosa. Sangre azul mezclada con la roja. No, ¡por Dios! En estas tierras cuenta la cuna, no el individuo. —Hizo un gesto despectivo con el hombro y bebió un sorbo del ron. No había dudas de que era auténtico y no la mezcla aguada que convidaban en algunos sitios.

—Lo que se ve no es siempre lo que parece. Deja que el tiempo fluya y todo volverá a su curso. —Con esas palabras don Pedro había tratado de consolar a Efraín Ledesma, quien no podía negar la mezcla de sangre que corría por sus venas. Los rasgos indígenas eran acusadores: nariz aguileña, ojos oscuros, cabello renegrido, cuerpo fibroso, aunque la altura la habría heredado con seguridad de algún otro antepasado. Serio, de pocas sonrisas, conocedor de su autoridad. Sin embargo, no todo era perfecto en aquel hombre. Un defecto adquirido en la infancia, tal vez una caída o un golpe, había fracturado el hueso de la rodilla dejándolo cojo de por vida. Para caminar se valía de un bastón cuya empuñadura era la cabeza de un águila harpía.

A pesar de que aún no había cumplido los treinta, Efraín Ledesma ya empezaba a lucir algunas canas en las sienes. Era hijo de la modista del pueblo y del almacenero, o al menos así estaba anotado. Sin embargo, Efraín sabía que había algo oscuro en su nacimiento. Retazos de conversaciones murmuradas en voz baja y miradas furtivas cargadas de compasión fueron sembrando dudas en su interior mientras crecía. Dudas que sus difuntos padres ya no podrían aclarar, dudas que le amargaban el alma. Varias veces estuvo tentado de resolver aquel pasado mudo, pero un extraño temor se lo impedía, un temor al que no acababa de encontrar sentido, pero al que se sometía cada vez que pensaba en ellos.

Su pequeña hija no se parecía a nadie de la familia: rubia, de ojos celestes y piel blanquísima. Efraín había enviudado hacía un par de años y se había convertido en el socio de don Pedro Rojas, junto con sir Arthur Carruthers, un inglés arraigado desde hacía muchos años en la zona. Un grupo importante de británicos se había establecido en San Lorenzo para no abandonar jamás esas tierras. Entre los tres habían aunado capital y trabajo para explotar La Inocente. Don Pedro había vendido las tierras heredadas de su familia para invertir en la mina y, luego de varios años, el trabajo había dado su fruto: encontraron una veta de plata. ¡Había pasado mucha agua bajo el puente desde aquellos días!

Efraín clavó una mirada vacía en los documentos que tenía delante mientras intentaba borrar los pensamientos funestos y así seguir trabajando. Sabía en carne propia que la vida da y quita. Primero fue estigmatizado por haber estudiado siendo hijo de “pobretones”, como a la gente le gustaba llamarlo. La cerrada sociedad salteña no le perdonó jamás que quisiese tener estudios en lugar de trabajar en los campos o en las minas. Había hecho un esfuerzo sobrehumano y se había recibido de médico. Sin embargo, la gota que había colmado el vaso fue su huida con Elizabeth Dávalos Ferns, hija dilecta de una de las familias encumbradas de Salta, prácticamente en las vísperas de la boda de la joven con un militar muy respetado y cuyo pecho se henchía con varias medallas. Tuvo que hacer uso de toda su sangre fría para evitar responder a los insultos que le enrostraron: “Canalla, aventurero, cobarde”, eran algunas de las expresiones con que lo llamaban los parientes de Elizabeth. Pero a su flamante esposa le tenían sin cuidado. “Tronó, pero no llovió”, le repetía confiada y desafiante ante las amenazas y afrentas que recibió en esos días. Cuando se supo que estaba encinta, nadie más los molestó. Amaban demasiado a la muchacha como para amargarle la vida. Sin embargo, con el tiempo descubrió que Elizabeth no estaba enamorada de él. La vida la había orillado a elegirlo como marido, así de simple. Sin embargo, le había dado una hija que era la luz de sus ojos. Y luego, cuando supo y entendió los verdaderos motivos que la habían llevado a escogerlo, todo cobró significado. Se sirvió otro vaso de coñac y lo bebió de un viaje. ¡Malditos los recuerdos! ¡Malditos los secretos enterrados, las mentiras familiares, las preguntas cuyas respuestas descansaban en una tumba! El engaño y la duda envenenan y matan. Lo sabía muy bien. El rostro se le oscureció. Cuando Elizabeth falleció a causa de una caída de caballo, que hizo que tanto ella como el animal se desbarrancaran y murieran en el acto, nadie dudó en culparlo de su muerte. Una sarta de habladurías mal pensadas había comenzado a circular en torno a su persona, para no acabar jamás. Había heredado la vasta fortuna de su mujer, además de la hermosa finca con los tabacales y el haras con los purasangre. Y luego, la desaparición de Cecilia, la prima de Elizabeth, unos meses después del accidente, había sido el remache que faltaba.

La soledad y la noche eran malas compañeras de pesares. Hizo un bollo con el papel que estaba escribiendo, sacó la tulipa de la lámpara de aceite y lo quemó. No le importó sentir cómo el fuego chamuscaba su piel, donde estaba impresa la historia de sus fracasos. Tal vez las llamas borraran parte de esos recuerdos. Hacía un esfuerzo por controlar el dolor mientras las imágenes del pasado iban y venían en su mente como relámpagos. Sabía que no existía amor que no fuera un sufrimiento, que no llegase a herir, a humillar, a someter... no existía amor feliz. Suspiró. Tarde o temprano todo saldría a la luz y entonces... Entonces llegaría su tiempo de revancha. Se aferraba a esa idea de forma desesperada, con uñas y dientes.

Derrotado por el hilo de sus pensamientos, se echó hacia adelante en su escritorio y desplegó una mueca irónica. Mordisqueó la pluma elegante que descansaba junto al tintero. Había sido uno de los tantos obsequios de su mujer. Tal vez lo mejor sería juntarlos y hacer una fogata con todos ellos. Nada mejor que un buen fuego para borrar el pasado.

Jamás se le olvidaba que la amistad y el cariño que le había profesado don Pedro lo habían ayudado a sobrellevar aquellos tiempos tan difíciles. Ahora era el turno de devolverle el favor, y él siempre cumplía. Últimamente notaba a don Pedro nervioso, inquieto. Había sido imposible no percibir el tono preocupado de su voz. ¿Qué lo estaba atormentando? ¿Sería el casamiento de una de sus hijas? ¿O se había guardado otras preocupaciones? Con seguridad, no tardaría en hacerle confidencias. Se sirvió otro vaso de coñac. ¡Lástima que no había podido elegir a Manuela! Esta vez sorbió despacio de la copa, paladeando la bebida. Presentía que esa mujer podría haber sido capaz de rescatarlo de la oscuridad en la que se encontraba, que esa mirada tenía el poder para alimentar la pasión y convertirlo en alguien mejor. Una sombra teñida de pena se posó sobre sus ojos oscuros.

Unos golpecitos en la puerta pusieron fin a tanto desvarío.

—El doctor Marcos Zúñiga ha llegado —le anunció Cordelia, la gobernanta de su hijita—. ¿Le digo que pase?

—Sí, gracias, Cordelia. Y dile a Asunción que mande algunas empanadas. Seguro que Marcos no ha probado bocado todavía. —Hacía rato que había pasado la hora de la cena.

Cordelia le dirigió una sonrisa angelical:

—Ya mismo me encargo. —Con un movimiento suave, cerró la puerta tras de sí. Ese día Efraín no había dejado de notar que estaba muy hermosa. Sus ojos verdes brillaban y usaba un perfume por demás sugestivo que le hacía recordar a su difunta esposa.

—Marcos, pasa. ¡Qué bueno que viniste! —Efraín saludó a un hombre joven, alto como él, pero de tez muy blanca y cabellos castaños.

Mientras se saludaban, Cordelia entró en el despacho llevando un plato con empanadas y una botella de vino. Los puso sobre la mesa y luego se marchó en silencio, sin dejar de sonreír.

—No entiendo por qué no te casas con esta mujer, amigo. Tendrías la vida solucionada: alguien que se encargue de tu hijita, que atienda tu hogar y que caliente tu cama por las noches. Porque Cordelia hace todo eso, ¿cierto? —Marcos hablaba con la boca llena. Se había dado cuenta de que no había probado bocado desde el desayuno. Estaba famélico.

Efraín no pudo evitar reírse. Marcos siempre lo animaba. El carácter voluntarioso y alegre de su compañero lo habían ayudado en más de una ocasión.

—Hace todo, menos calentarme la cama. No me gusta mezclar... en fin, ya me entiendes.

—Lo que entiendo es que esa mujer te mira con ojos de enamorada. Si quisieras ya la tendrías comiendo de tu mano. —Mientras hablaba, Marcos devoraba con fruición la tercera empanada.

Efraín se puso serio:

—Pero no quiero, Marcos. No. Me parece injusto casarme con una mujer que me ame. Yo jamás podría corresponderle. Aunque tengo que confesarte que pronto daré el gran paso. Me voy a casar, y no justamente por amor.

Marcos se quedó mirándolo con la empanada a medio camino:

—¿Cómo así? ¿Estás loco? ¿Con quién? ¿Cuándo?

Efraín rio por lo bajo mientras volvía a llenar los vasos de vino:

—No estoy loco. Nada de eso. Le hice un favor a don Pedro Rojas. Me casaré con una de sus hijas, Amaia, si mal no recuerdo.

—¿Qué clase de favor es ese? ¿Hipotecar tu vida al lado de una extraña? La verdad es que no te entiendo, Efraín.

—Sabes muy bien que le debo mucho a don Pedro. Las razones por las cuales quería que una de sus hijas viajase casada eran entendibles, sin embargo... —se interrumpió mientras bebía unos tragos del vino.

—¿Sin embargo? No me dejes en suspenso que estoy por perder el apetito y eso sería un pecado. Felicita a Asunción porque estas empanadas están para chuparse los dedos.

A Efraín siempre le había agradado la frescura de su amigo Marcos, quien no había dudado en dejar el consultorio de su padre en Tucumán y establecerse en San Lorenzo cuando había ocurrido la tragedia que amargó su vida por completo.

—Me habló de organizaciones especializadas en traer mujeres de Europa y que luego venden por dos o tres mil pesos a los burdeles.

—No entiendo. ¿Qué tiene que ver eso con tu matrimonio?

—Recibió una amenaza. Me prometió que luego me daría los detalles. Pero estaba asustado. No sé qué pensar. De todos modos, parece que en esta organización no se meten con las casadas. En el barco saben de antemano quiénes llevan alianza y quiénes no.

—Me parece un disparate. Casar a una hija por las dudas me da qué pensar sobre la salud mental de don Pedro.

—Al principio me pasó lo mismo, pero luego, cuando me habló de una amenaza, lo noté con mucho miedo.

—¿Miedo? ¿No estará exagerando o bien algo senil?

—No, no me dio esa impresión. Había algo en su mirada que me hizo acordar a un animal acorralado. Espero que con el tiempo se sincere.

—Vas a unir tu vida a una mujer para hacerle un favor a su padre. Estás completamente desquiciado.

—No es así. Sabes muy bien que quiero otro hijo. ¿Qué mejor que tenerlo con alguien que no espera nada de mí ni yo de ella? ¿Acaso no ocurre eso en la mayoría de los matrimonios? Una vez me casé por amor y ya ves cómo me fue. No pienso tropezar con la misma piedra dos veces.

—¿Y si te enamoras y ella no te corresponde? —Para Marcos era incomprensible el razonamiento de Efraín.

Efraín sonrió con desgano:

—Te aseguro que eso

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