Lágrimas de la Revolución

Graciela Ramos

Fragmento

Índice

Índice

Portada

Dedicatoria

Capítulo 1. El escape (Italia, 1808)

Capítulo 2. Una botella de brandy (España, 1800)

Capítulo 3. Rotas cadenas

Capítulo 4. Luto (Córdoba, 1810)

Capítulo 5. Los conjurados

Capítulo 6. La suerte está echada

Capítulo 7. El huésped

Capítulo 8. Preguntas incómodas

Capítulo 9. Asuntos pendientes

Capítulo 10. El enemigo en casa

Capítulo 11. La boda

Capítulo 12. El Vallecito

Capítulo 13. Guiso de lechuza

Capítulo 14. El regreso

Capítulo 15. Los usurpadores

Capítulo 16. La abuela

Capítulo 17. Un niño sin nombre

Capítulo 18. Valentino, una vez más

Capítulo 19. Emociones mezcladas

Capítulo 20. La hija pródiga

Capítulo 21. Un niño especial

Capítulo 22. El desprecio

Capítulo 23. El milagro

Capítulo 24. Un nuevo adiós

Capítulo 25. Un hermano diferente

Capítulo 26. Todo es posible

Capítulo 27. Los Brilada

Capítulo 28. La Banda Oriental

Capítulo 29. Condena a muerte

Capítulo 30. El otro campo

Capítulo 31. Merceditas

Capítulo 32. Una madre inesperada

Capítulo 33. La venganza

Capítulo 34. La despedida

Capítulo 35. Una vida nueva

Capítulo 36. La farsa

Capítulo 37. El plan

Capítulo 38. La amenaza continúa

Capítulo 39. Una copa de más

Capítulo 40. ¿El fin justifica los medios?

Capítulo 41. Esperanza

Capítulo 42. Aire de candombe

Capítulo 43. Un lugar en el mundo

Capítulo 44. Nunca está todo dicho

Agradecimientos

Biografía

Créditos

Grupo Santillana

Dedicatoria

A Gabriel, María Candelaria y Augusto

Capítulo 1: El escape (Italia, 1808)

CAPÍTULO 1
EL ESCAPE (ITALIA, 1808)

Image

La belleza de los primeros rayos de sol paseando sobre la tierra era el acorde perfecto para darle luz a ese corazón confundido que saltaba sobre la vieja carreta al ritmo de los caballos. La madera del carro castigaba su espalda en cada sacudida; iba sentado, abrazado a sus piernas. Su hermanita, al costado, en la misma posición. Viajaban amontonados con el resto de las personas. No se miraban los rostros. Cada uno tenía demasiado con lo propio.

El mensaje había sido claro: “¡Hasta el porto! Allí los aspetta el barco que los lleva a la Mérica”.

Se acomodó la gorra que le había regalado su padre en el cumpleaños número trece.

Todo indicaba que se estaban aproximando. Llegaron. De un salto quedó al costado del carro y con ambas manos sostuvo a su hermanita hasta que ella pudo depositar los pies en el suelo. Sus miradas conversaron en silencio.

Con su bolso colgado en un hombro y con la mano tironeando de la niña comenzó a caminar detrás de un grupo.

El revuelo del lugar los hacía pasar inadvertidos; la humedad calaba los huesos lentamente. Había pilas de bultos apostadas al costado del barco. Era una embarcación de tres mástiles y 380 toneladas. Se veía grande. Pero las había mucho más grandes que ésa.

Valentino, con su pequeña hermana amarrada de su mano, se acercó a lo que supuso era el ingreso al barco y preguntó:

—Busco al capitán Marcello, de La Stella.

Le señalaron a un hombre enorme, de gestos duros y dientes blancos.

Cuando Marcello vio a los hermanos salió enseguida a su encuentro y revisó sus papeles. Les indicó que esperaran con el resto de los pasajeros: no eran más de treinta personas. Se dirigió al apiñamiento de gente. Valentino se quedó en un rinconcito observando a sus compañeros de viaje; ya le habían dicho que cruzar el mar era una travesía muy larga.

Allí estaba el grupo de pasajeros, tres familias con sus hijos, algunos jóvenes sueltos y una mujer que desentonaba entre la gente, muy aseñorada, llevaba un hermoso vestido bordó con puntillas blancas. Era distinta. ¿Qué hacía allí? En ese barco de carga… ¿Y sola?

Comenzó el desfile de marineros y estibadores. Echaban de todo en la bodega: sacos de harina, aceite, carne seca, vinos, muebles y hasta animales vivos… ¿Serían para consumir en el viaje? Había chanchos, gallinas y dos o tres vacas.

Pasó mucho tiempo hasta que subieron al barco. Los ubicaron en un camarote minúsculo. El capitán le había encargado a Valentino que cuidara mucho a su hermanita.

El padre de Valentino había conseguido esos dos lugares para subir a sus hijos y mandarlos al otro extremo del mundo. No había tiempo suficiente para esperar que saliera otro barco de pasajeros. La Stella, a pesar de las incomodidades que sufrirían los niños, estaría bien. Además, era el único que salía en esa fecha. Y era importante que se fueran.

Valentino acomodó sus petates en el camarote y arrastrando a su hermana de la mano, salieron a la proa. Nunca había estado allí, nunca había navegado. Lo sentía raro. Benita estaba callada. Al ver cómo la niña se rascaba la cabeza frenéticamente, Valentino esbozó una sonrisa: los piojos de Benita. Su mamá siempre le decía que los piojos elegían vivir en su cabecita porque era una casa de lujo: un lugar repleto de grandes rizos dorados que crecían sobre una piel blanca y delicada. Ése fue un recreo de un instante; luego el regreso a la realidad. Allí parados, despidiendo a nadie.

¿Por qué necesitaban salir de allí tan rápido? ¿Estaban huyendo?

Desde la proa, su mirada se perdió entre la gente; estiró los hombros, inspiró, y sin previo aviso apareció en su mente la imagen de su madre, le sonreía colgada del brazo de su padre. La gracia de este recuerdo le recorrió el cuerpo: se estremeció, algo confuso. Enseguida sacudió la cabeza como queriendo quitarla de allí; se refregó los ojos para disimular la humedad y luego pasó su brazo derecho sobre el hombro de Benita. Sentía su respiración agitada: lloraba en silencio. La abrazó fuerte.

Sin palabras y aún inmóviles en el lugar, dejaron pasar el tiempo…

Empezaba una nueva etapa en sus vidas, pero nada podía ser peor que lo que estaban dejando atrás. El barco comenzó a moverse lentamente, Valentino sintió cómo el mundo se desplazaba debajo de sus pies. El suelo empezó a menearse y eso se sentía feo, inseguro.

Los esperaba el “Nuevo Mundo”. Le habían dicho que era un lugar lleno de riquezas en plata y oro. Que podrían comenzar una vida nueva. Todos viajaban a ese lugar porque allí se hacían realidad los sueños. ¿Por qué la insistencia de su padre de ponerlos en ese barco…?

Estaban los dos tomados de la mano, sin palabras, juntando coraje para comenzar un viaje a lo desconocido, con gente desconocida. Y en un barco que se movía constantemente…

La comida de los pasajeros corría por cuenta de ellos; tenían un horario para utilizar el fogón y cocinar. Desde un comienzo, la elegante señora los invitó a compartir el horario y las comidas; Valentino aceptó gustoso. Benita no encontraba lugar para apostarse, los mareos la mantenían aferrada a su hermano y vomitando hasta los recuerdos. Valentino no la descuidaba un solo momento.

Al segundo día la pobre seguía igual, todo lo que llegaba a su estómago rebotaba inmediatamente y salía. Valentino estaba angustiado, pensaba que si todo el viaje iba a estar así, no sobreviviría.

Al ver que los días pasaban y Benita no respondía con ninguna comida, la señora pituca, que resultó llamarse Consolata, mandó a Valentino en busca de una cebolla. Le dijo, además, que fuese amable con el marinero que estaba a cargo de los animales para que le trajera un huevo por día de las gallinas que viajaban con ella. Valentino salió disparado como un rayo a cumplir el mandato. “¿Una cebolla?”, pensó. “Qué raro.” Pero ante la desesperación —y en contra de Benita, que no quería saber nada con comérsela—, puso manos a la obra.

Consolata peló la cebolla delicadamente mientras el huevo hervía en la olla.

Luego, con un cuchillo, la cortó en rodajas muy finitas. Colocó los trocitos sobre un pedazo de pan y arriba un feta muy fina de huevo, y obligó a Benita a comer. La niña protestó, pero terminó obedeciendo las indicaciones de su hermano.

Mágicamente, dejó de vomitar. Valentino comprendió que tenía que conseguir más cebollas. Por lo visto, sobrevivir en el barco iba a ser todo un desafío.

Durante el día, Valentino observaba y escuchaba sigilosamente a todo el mundo, eso lo ayudaba a conseguir los mejores ingredientes para la comida, cebollas para Benita, agua buena y leche, y además conocer detalles del lugar al cual se dirigían incluyendo su idioma.

Los días eran eternos y tediosos. Trataba de no pensar. Ocupaba su tiempo inventado juegos para compartirlos con Benita. Trataba de que ella pensara lo menos posible.

Consolata se ofreció en varias oportunidades a cepillarle la cabellera a Benita. La niña nunca aceptó, y Valentino respetó su decisión. La mujer solamente quería ayudar a esos niños solos, pero ellos estaban tan temerosos que preferían no sociabilizar con nadie.

Una tarde de mar tranquilo se asomaron a la proa para tomar un poco de aire. La cebolla en el cuerpo de Benita hacía lo suyo. El cielo se mezclaba con el mar; era infinito, poderoso, temible. Allí estaba Consolata, leyendo. Su rostro sonreía mientras leía la historia, en tanto el viento jugaba con su cabellera a medio peinar. Valentino tironeó de la mano a su hermana y sin pensarlo mucho se dirigió adonde se encontraba la señora.

—Con respeto, señora Consolata... ¿No me prestaría uno de sus libros? —le dijo Valentino enfocando su mirada sobre la falda de la mujer, donde había varios volúmenes apilados.

La mujer levantó la vista y no se molestó en ocultar su sonrisa; extendió su mano con un libro tomado al azar.

Cuando Valentino vio el título, su corazón se exaltó en un grito que llegó hasta el cielo. Era El rey Lear, de Shakespeare. Sintió una invasión de energía, como un impulso mágico. Tomó el libro, arrastró a su hermana hasta un rincón y en voz muy alta, casi a los gritos, comenzó a leer:

—Glocester, traed a los Señores de Francia y de Borgoña.

Benita enseguida se sumó, y haciendo una reverencia ante su hermano recitó de memoria:

—Sí, majestad...

Consolata se acomodó para disfrutar de la lectura teatralizada que realizaban los hermanos Brilada junto a la proa del barco. Ese libro había llegado a las manos de Valentino como una caricia familiar. El recuerdo calentito de sus padres regresó de golpe: todas las noches, luego de cenar, su padre leía y él, junto con Benita y su madre, teatralizaban algunas obras de Shakespeare, el autor preferido de la familia. La que más le gustaba a Valentino era El rey Lear, lo mismo que a su madre.

A partir de ese momento, todos los días y casi siempre a la misma hora, los hermanos leían y teatralizaban partes del libro de Shakespeare bajo la mirada de la enigmática mujer. Al segundo día ya tenían público: el resto de los pasajeros encontró un esparcimiento con Valentino y su hermana. A la semana, no sólo era un entretenimiento para ambos y para toda la tripulación, sino que se había convertido en un negocio familiar, ya que cuando concluían, Benita pasaba con la gorra de su hermano entre la gente: le depositaban de todo, incluso comida. Cuando no podían salir a la proa, lo hacían en los minúsculos rincones del barco.

El tiempo pasaba. Y con él la paciencia, la tolerancia…

El encierro y la notoria falta de alimentos y agua comenzaban a afectar a los pasajeros de diferentes maneras. Ya se habían comido hasta una vaca.

El capitán hacía caso omiso a todas esas actitudes que para Valentino parecían importantes. Tal vez estaba acostumbrado y siempre era así… o tal vez era un jefe despreocupado por los viajeros. Tal vez…

Algunos comenzaron a presentar fiebre y vómitos. Valentino resguardó a su hermana a partir de ese momento y a pesar de que siguió leyendo para todos, ya no pasaban la gorra. Consolata salía cada vez menos. Valentino se ocupaba de visitarla para ofrecer sus servicios. Ella le había contado que viajaba a visitar a una hermana, que estaba muy enferma, y que por ese motivo no pudo esperar el otro barco de pasajeros y se tuvo que aventurar en éste. También le confesó que en cuanto pudiera, su idea era regresar a Italia.

Cada día, cada semana era un nuevo desafío para los hermanos Brilada. Estaban seguros de que luego todo sería diferente. O sólo era una expresión de deseos.

Cuando al fin anunciaron que la llegada era inminente, Valentino suspiró aliviado. Si bien sabía que el viaje era muy largo, la estrechez del espacio físico, el hedor, la mugre y la falta de alimentos seguían molestando incluso a los viajeros más avezados.

Mentalmente, Valentino ensayaba imágenes de ese lugar desconocido que ya se recortaba tenue sobre el horizonte. Le habían dicho varias veces que el Nuevo Mundo era un territorio indómito pero repleto de oportunidades. “¿Qué será eso tan tremendamente salvaje que nos aguarda en estos parajes?”, pensó, acodado en la cubierta del bergantín.

Cuando el ancla se hundió en el lecho barroso del río y el barco detuvo definitivamente su marcha, el capitán dijo que estaban en el Río de la Plata, y que tenían que esperar que los vinieran a buscar ya que el barco no podía acercarse más debido al suelo arcilloso y la poca profundidad.

Valentino y Benita fueron a despedirse de Consolata; Valentino nunca le aclaró mucho su situación y le dijo, para que la mujer no se preocupara, que unos parientes de su madre los estaban esperando. Había sido una gran compañía en los meses que duró el viaje.

La primera imagen no fue del todo buena… Estaban varados en el medio de la nada… Hasta que los vio acercarse: eran carros tirados por bueyes, con personajes histriónicos al mando, que castigaban con un cuero el lomo de los animales para que avanzaran sobre el agua.

Valentino le recordó a Benita que por ninguna causa debía separarse de él. Tomó con una mano la bolsa con sus pertenencias, con la otra agarró a la pequeña y juntos saltaron a uno de los carromatos que los llevaría a tierra firme. Benita temblaba abrazada a su hermano, ¿de frío…?, ¿de miedo…? Todos iban parados y apretados, el agua llegaba a la cintura y cada vez que el carro agarraba algún pozo parecía que se iban a dar vuelta. Parte del equipaje caía al agua a causa de los sacudones.

Llegaron. Al fin.

La humedad y la niebla convertían el paisaje en un gris uniforme y ceniciento.

Se mezclaron con la muchedumbre. Estaban en el esperado “Nuevo Mundo”. Valentino sintió las lágrimas pujando por salir, no podía definir la emoción que las acompañaba, tal vez tristeza, bronca… seguro que felicidad no era. Sintió miedo. ¿Adónde irían…? ¿Qué harían…? Allí sólo había barro y humedad...

Mientras tironeaba de su hermana, comenzó a escuchar las conversaciones ajenas. Durante las ociosas tardes en el Atlántico había estado practicando sus rudimentos de español, así que algo podía entender.

Siempre aferrado a la mano de Benita, trataba de seguir a la gente. Allí donde iba la mayor cantidad de personas, allí también iban ellos.

La incertidumbre comenzó a horadar el estómago de Valentino. Sus rodillas empezaron a aflojarse con recuerdos muy recientes: su madre arropando a Benita para dormir; su padre apostado junto a su cama para compartir el rezo de las buenas noches, luego el abrazo… Y ahora estaba allí. Ni siquiera recordaba el nombre exacto del lugar. Un gusto amargo empezó a subir por su estómago hasta llegar a la boca; tuvo que darse vuelta para no vomitar sobre la cabeza de su hermanita. Enseguida entendió que él era todo lo que ella tenía en ese mundo nuevo. Desechó sus pensamientos, no era momento para mirar hacia atrás, había que seguir. Abrazó a su hermana y le dijo al oído:

—Todo va a estar bien, seguro nos están esperando —mintió.

Ella respondió con una tímida sonrisa que fue suficiente para iluminar el rostro de Valentino.

A su alrededor circulaban las especies más variadas de gente. Le llamó la atención un hombre despojado de ropa y descalzo; coincidía con la descripción de los salvajes, pero lejos de eso, este individuo llevaba una inmensa cantidad de bultos sobre su espalda y mantenía una obediencia exagerada al hombre que cada tanto lo empujaba con su pie.

El lugar era un verdadero caos con tanta gente. Se alejaron unos pasos. Divisaron a un señor que cargaba los bultos de una de las familias que había viajado con ellos. Valentino se acercó y le ofreció unas monedas para que los llevara también a ellos. No preguntó adónde se dirigían; no quería mostrar su inseguridad. Otra vez estaban sentados en un carro, con la diferencia de que ahora no tenían idea hacia dónde iban.

El viaje resultó corto.

Llegaron a una plaza y allí bajaron todos. Ellos también.

Valentino y Benita se alejaron del grupo. Las personas no lucían tan salvajes como se las había imaginado.

Comenzó a caminar en círculos, a escuchar. Benita lo miró y le dijo:

—No nos espera nadie, ¿verdad?

—Tranquila, todo va a estar bien —contestó sin muchos detalles. Siguieron caminando.

Se sacó su gorra, estiró sus rizos para atrás y luego se la acomodó con ambas manos. Metió la mano en el bolsillo interno que su madre había cosido con mucho amor hacía tiempo, chequeó sus pertenencias y apretó fuerte la medalla de San Benito que lo acompañaba. Le dedicó una plegaria en silencio y luego siguió.

Después de preguntar varias veces, consiguió el dato de una mujer que alquilaba piezas muy cerca de allí. Con las indicaciones pertinentes, llegaron sin problemas. El lugar lucía extraño y muy pobre. Cerraron trato inmediatamente.

La habitación era minúscula y estaba sucia y descuidada. No tenía más que una mesita de luz con una lámpara de aceite y dos camas con colchones pelados, pero servía para pasar la noche.

Sentado en la cama paró a su hermanita entre sus piernas, se observó en los ojos celestes de ella y con delicadeza comenzó a ordenar sus rizos dorados. Benita lo abrazó con todas sus fuerzas y comenzó a llorar. Lloró tanto que Valentino pensó que se quedaría sin agua dentro de su cuerpo y sólo se limitó a acariciarla hasta que se quedó dormida.

El muchacho salió de la pieza y se dirigió hasta donde había gente sentada alrededor de una mesa llena de comida y licores. Se excusó y pidió por la mujer que había cerrado el trato con él. Apareció enseguida y le dijo:

—¿Qué te pasa, chico?

—Necesito buena comida. —Y sacó del bolsillo una alhaja—. ¿Alcanza? —continuó—. La mia hermana estuvo comiendo sólo cipolla e pane durante mucho tiempo… Tiene hambre.

—Sobra, querido —contestó la mujer con una sonrisa mientras se metía la alhaja en el busto.

Fue a despertar a Benita y la llevó hasta el comedor. Se sentaron solos. La mujer, cuyo nombre era Ramona, trajo pan y leche, y al rato apareció con una olla de hierro tapada, de la cual asomaba un cucharón. Al depositarla sobre la mesa, el vapor y el aroma tomaron posesión del lugar. Los hermanos comieron con ganas hasta quedar satisfechos.

A la mañana siguiente, al despertar, Valentino dejó a Benita en la pieza a cargo de Ramona, que había sido muy amable con ellos, y salió a buscar algo… no sabía qué. Estaban en el Nuevo Mundo. Por dónde empezar… ¿un trabajo?

En la ciudad había bastante revuelo. No llegó a entender muy bien de qué se trataba, pero de todos modos mucho no le importó, porque lo que realmente necesitaba era saber qué haría con su hermana a partir de ese momento.

Transitó la calle mayor varias veces, recorrió la plaza atestada de gente y trató de concentrarse para poder entender, en medio del bullicio, las conversaciones. Comprendió, a medias, que el revuelo era por cuestiones políticas. Supo, entonces, que buscaban hombres para el ejército, para ir a luchar en las batallas. Hombres de cualquier edad. Le pareció un trabajo demasiado riesgoso, y además no podía dejar sola a Benita. Pero aunque hubiera sido una gran oportunidad, o un comienzo, igual lo descartó como posibilidad. La guerra no era para él, todo lo contrario.

Cuando estaba por regresar a la pieza, con las manos vacías y sin saber qué hacer, se enteró de que en un par de horas partía una comitiva hacia Córdoba, un lugar que —según la vaga descripción que le dieron— se parecía bastante a su Ciglione natal: un paisaje llamativo y rodeado de montañas. Pero lejos del mar. También le habían dicho que allí podía conseguir trabajo más rápido y en el campo. Eso le permitía llevar con él a Benita. Así que enseguida hizo los trámites necesarios para unirse al grupo que salía de viaje.

En la comitiva viajaban también dos sacerdotes jesuitas. Habían sido expulsados de la orden largo tiempo atrás, pero habían conseguido un acuerdo especial para seguir instruyendo y evangelizando a los indios. Valentino conversó animadamente con ellos y se comprometió a acompañarlos y a ayudarlos en sus labores, gesto que ambos aceptaron gustosos. Y lo más importante, le permitían llevar a su hermana con él.

Corrió a buscar a Benita, que aguardaba en la habitación.

Otra vez aferrados de la mano partieron hacia la plaza principal, desde donde salía la diligencia.

Valentino no tenía certezas de nada: se guiaba por instinto… Viajar a ese lugar remoto con los frailes le pareció una buena idea, podía comenzar trabajando con ellos, y estarían lejos del mar también, sobre todo porque los castigados pulmones de Benita sufrían mucho la humedad. En un lugar seco, sin mar, estarían mejor… y ciertamente más seguros.

La comitiva incluía tres coches repletos de pasajeros, dos carros cargados de bultos y varios jinetes a caballo, además de una decena de mulas con incontables sacos de mercadería sobre el lomo. Valentino observaba entretenido los preparativos. Nada de todo eso había pasado por su mente, a pesar de haber ensayado varias veces muchas posibilidades acerca de este viaje. La diligencia resultó ser un coche bastante distinguido. Los frailes y dos damas muy arregladas fueron los asignados compañeros de viaje de Valentino. Se sentó junto a Benita, al lado de uno de los jesuitas; frente a ellos, el otro cura con las dos mujeres. Al centro de la diligencia, del lado derecho, había una puerta con una diminuta ventana. En ese cubículo de lujo compartirían varios días. Las damas lucían apretadas en sus estrechos vestidos y los ojos luminosos de Benita no dejaban de admirarlas. Una parecía mayor que la otra; tal vez fueran madre e hija, o quizás hermanas…

La caravana partió.

Después de varias horas de viaje, Valentino aplaudía su coraje. Ya estaba en camino… No sabía bien hacia dónde, pero sí estaba convencido de que había tenido el valor de irse y de llevarse consigo a su hermana. Había sido una decisión difícil, planeada en poco tiempo y bajo mucha presión.

Luego de varios días de travesía, en los que sólo se detenían para hacer sus necesidades o dormir de noche, ya agotados, les anunciaron que iban a descansar en una posta. Un lugar para pasar la noche a resguardo de las alimañas, de los indios y de cualquier otro peligro posible. Al llegar, vieron que se trataba de apenas un vago rancherío lleno de gente en tránsito. Valentino y Benita observaban en silencio cada detalle. En una de las mesas se escuchaba una acalorada discusión entre los comensales. Valentino se acercó disimuladamente. Escuchar conversaciones ajenas era el mejor mapa que conocía para armar su itinerario en ese territorio desconocido. Apenas se detuvo junto a la mesa, todos callaron y lo miraron… No tuvo más remedio que retirarse.

Salió a la galería en busca de Benita, a quien había perdido de vista. Miró en todas direcciones y gritó su nombre, pero la niña no estaba por ninguna parte. Hacía sólo unos minutos estaba prendida de su mano. Muy lejos no podía estar.

Corrió entonces hasta el coche, pero allí tampoco estaba. Se alejó un poco del rancherío, pero no la vio… ¿Dónde se había metido…? Benita sabía perfectamente que no debía alejarse de él. Asustado, se arrimó a las damas que viajaban en la diligencia con ellos y les preguntó al borde de la desesperación:

—¿No vieron a mi hermanita, la niña rubia que venía a mi lado…?

—¿A quién…? —respondió la mujer mayor con cara de desconcierto.

—Mi hermanita, Benita, estaba sentada a mi lado, la perdí de vista y no la encuentro por ningún lado, ¿no la vieron?

—No, no la vimos… ¿se perdió? —le preguntó la mujer un tanto preocupada.

—Sí, sólo quiero encontrar a mi hermanita, ¿no la vieron?

—No… Te ayudamos a buscarla —dijo la mujer tomando su falda con ambas manos para moverse con más soltura.

Fue en ese momento cuando escucharon los gritos. Todos quedaron atónitos y lo vieron: un jinete llevaba acostada en la grupa a Benita que gritaba desesperada y que en menos de un segundo desapareció de la vista. Valentino salió corriendo sin saber qué hacer. En un momento, la noche se hizo carne en él. El grito de Benita se esfumó y sólo se escuchó la voz de la oscuridad.

Valentino no entendía nada. Sentía que el mundo se detenía, que las sienes le latían con frenesí y que el corazón se le desbocaba dentro del pecho. Dejó de oír los ruidos a su alrededor. Estaba tan confundido y turbado que pensó que podía desmayarse. Los baquianos del lugar lo encontraron, lo cargaron al caballo y lo llevaron nuevamente a la posta. Tuvo que aferrarse a una mesa y sentarse en el banco. Intentó calmarse y averiguar qué estaba pasando.

—Un espión, debe ser —dijo el baquiano que lo había recogido.

—¿Dónde busco a mi hermana? —dijo Valentino con un hilo de voz.

—Olvídese m’ijo, no la va a ver más.

—¡No! ¡No me voy de aquí sin mi hermana…! ¡Tengo que encontrarla!

Valentino sintió la sangre correr por su cuello… estaba mareado.

Salió a caminar por los alrededores. Buscó a su hermana en todas las habitaciones de la posta, la llamó desesperadamente bajo la triste mirada de sus compañeros de viaje. Los frailes trataron de consolarlo. Todo le parecía tan irreal que se sentía dentro de una pesadilla. ¿Quién era ese sujeto que se había llevado a su hermana? Estaba desolado, le costaba distinguir la pequeña línea que lo separaba de la locura… estaba muy confundido… ¿Y Benita…? ¿La volvería a ver? ¿Cuándo?

Con la promesa de ayudarlo a buscarla al día siguiente, lograron que Valentino se recostara sobre un viejo catre de tientos hasta que saliera el sol… “Benita”, pensó, “¿qué le estarían haciendo?”. ¡Qué impotencia…! “¡Que no la toquen! Salvajes de mierda... ¿Quién se la había llevado?” Era un solo jinete, “el espión”, como le habían dicho… una sola persona. Pero tal vez el resto de los indios estaba por allí al acecho… tal vez, todo era un tal vez…

Se puso a rezar, apretó fuerte la medalla de San Benito: “Dios, que no le hagan daño, mi hermanita es una pobre niña que no ha parado de sufrir los últimos meses de su vida. Ten piedad de ella, ayúdame a encontrarla y perdóname por ser tan descuidado y dejarla sola, sé que fue mi culpa. Me siento mal, no sé qué hacer, no sé qué pensar, no sé ni cómo rezar. Por favor, cuida a Benita, ayúdala a sobrevivir hasta que la encuentre, por favor, por favor. San Benito, protégela de las malas personas, por favor protégela hasta que yo llegue hasta ella”. Estaba vencido. Tenía ganas de morirse.

Capítulo 2: Una botella de brandy (España, 1800)

CAPÍTULO 2
UNA BOTELLA DE BRANDY (ESPAÑA, 1800)

Image

Dicen que las cosas suceden en el momento justo”, pensó don Manuel mientras disfrutaba de un puro cerca del palo de mesana del barco, mar adentro. Le gustaba la vista desde allí. Había pasado todo tan rápido…

Repasó en su mente la carta de su amigo Santiago. Con él habían compartido batallas, estrategias de guerra, y una gran amistad que ahora los volvía a juntar en América. Allí, le explicaba, eran evidentes la gravedad de las cuestiones políticas y la necesidad de gente de su confianza. Le pedía que adelantara el viaje. Lo necesitaba a su lado.

Doña Mercedes, la esposa de don Manuel, acababa de perder a su única hermana, Aurora, en una muerte dudosa. Los investigadores habían caratulado el asunto como “asesinato”. Gracias a las influencias de don Manuel, y sin muchas explicaciones, la familia Prado Maltés con su hija Rosario había podido subir al barco, que ya estaba mar adentro.

Durante la monótona travesía atlántica los Prado Maltés compartieron pocos momentos en familia. Deambulaban por separado: doña Mercedes cada vez que lograba descargar a su hija, buscaba una botella de brandy entre sus cosas —había llevado una buena provisión en su equipaje— y se bebía hasta la última gota. Le gustaba sentir el efecto sedante en sus venas, y luego dormir… Don Manuel conversaba y jugaba a las cartas en toda oportunidad disponible con el capitán del barco y con otros pasajeros de alta alcurnia. Y la pequeña Rosario, con la nana que habían contratado en el barco, paseaba por ahí o jugaba a las escondidas por los rincones menos pensados. Aunque, cada tanto, don Manuel la llevaba con él, visiblemente orgulloso.

Rosarito, así le decían en la familia, era una nena alegre y muy curiosa; no entendía muy bien las dimensiones del viaje, su escasa edad le permitía disfrutar de la situación sin preocupaciones. Ella estaba feliz.

El primer día en el profundo mar apareció Cardelia en la vida de los Prado Maltés. Se había presentado sola a don Manuel para ofrecerle sus servicios de nana para Rosarito. Le contó que viajaba al Río de la Plata para casarse con su prometido, que la estaba esperando, y que las ganancias de su trabajo en esos meses le vendrían muy bien para incrementar sus ahorros y comenzar su nueva familia. También dijo que le gustaban mucho los niños. Que no veía la hora de tener los propios y que Rosarito le parecía encantadora y haría su solitario viaje más llevadero. A don Manuel le pareció que a esta jovencita se la mandaba Dios: aparecía en el mejor momento, no le dio mucha importancia a su historia personal, sino a su necesidad. Sin consultarlo con doña Mercedes, que —estaba seguro— se pondría feliz con la noticia ya que la liberaba de su hija, la contrató a partir de ese mismo instante.

Rosarito estaba encantada con Cardelia.

—¿No tienes vestidos bonitos? —le preguntó al segundo de conocerla. Le llamó la atención el vestido gris casi pegado al cuerpo, el mantón oscuro con el que cubría su espalda y el pañuelo que llevaba en su cabeza que ocultaban su belleza.

—Sí, están guardados para ocasiones especiales —contestó Cardelia mirando de reojo a esta pequeña de corta edad y pico largo.

—Qué lindo cabello —completó la niña tratando de alcanzar la negra cabellera escondida bajo el oscuro pañuelo que cubría la cabeza de Cardelia.

—Tú también tienes un hermoso cabello que vamos a tener que cepillar para acomodar esos rizos.

—Me gusta que me cuides, vamos a jugar y vamos a hacer muchas cosas y vamos a correr en cubierta a ver quién se marea más y vamos a espiar…

—Bueeeeno, bueno. ¿Empezamos…? —le dijo Cardelia iluminando el rostro blanco, rociado de pecas de Rosarito.

Cuando Cardelia se dio cuenta de cómo estaba constituido el matrimonio, y entendió que nadie se preocupaba mucho por la niña, comenzó a ocupar su tiempo en coquetear con todos los marineros disponibles del barco, arrastrando a Rosarito con ella.

Por las mañanas, don Manuel se iba a conversar con el capitán del barco y con otros pasajeros notables. Doña Mercedes, en cambio, salía a la cubierta con su copa de brandy en la mano; necesitaba el aire constante en el rostro. Cardelia, siempre de la mano de Rosarito, desfilaba por allí.

—Tienes que ponerte vestidos más bonitos y sacarte ese pañuelo de la cabeza —le decía la pequeña—. Yo te puedo peinar.

Una tarde, con el sol muy bajo y el mar tranquilo, Cardelia y Rosarito conversaban y comían dulces, sentadas en el piso en un recodo de la proa del barco, fuera de la vista de todos.

—¿Y tus padres? —preguntó Rosarito.

—Mi padre es un pirata muy bravo. Se llama “El ojo de diamante” porque una vez, cuando yo era como tú de pequeñita, me acuerdo y todo, mi padre luchó con otros piratas y en la lucha perdió un ojo pero ganó un diamante, y para que nunca nadie se lo quitara, se lo puso en lugar del ojo perdido, y le quedó una mirada lujosa. Y mi madre es la reina del mar. Mi padre me contó que la encontró dormida en una roca en el medio del mar y se casaron y nací yo.

—¿Y ellos dónde están?

—Me están buscando, por eso yo siempre viajo en diferentes barcos, para que me encuentren… Yo también voy a ser una gran pirata y voy a tener mi propio barco, se va a llamar… bueno… algún nombre tendrá. Pero de esto no le digas nada a tu padre ni a tu madre, porque nadie sabe que yo soy una pirata. ¿Entiendes…? Los piratas no somos muy queridos. Y es probable que si tu padre se entera de que soy una de ellos no te deje más a mi cuidado.

—¡Sí! —contestó Rosarito.

—Mañana vamos a conseguir dinero y, si me ayudas, te pago. Pero recuerda, no digas nada, porque no nos van a dejar estar más juntas. ¿Nuestro secreto?

—¡Nuestro secreto! —dijo Rosarito feliz.

A la mañana siguiente, Rosarito esperaba entusiasmada a Cardelia; se había vestido sola mientras doña Mercedes todavía dormía. Al fin llegó. Salieron. Cardelia extendió un pedazo de pan fresco a Rosarito, quien lo tomó con gusto y una sonrisa.

—¿Qué se dice…? —le dijo mirándola fijo a los ojos.

—Gracias, Cardelia, la temible pirata.

—Muy bien. Muy bien.

Cruzaron el barco y se metieron por un pasillo corto que desembocaba en un pequeño recoveco. Allí había varios hombres, que eran parte de la tripulación del barco, sentados alrededor de una mesa. El humo de los cigarros enturbiaba el ambiente y el olor a alcohol de mala calidad lo complementaba. Las cartas eran las doncellas de la reunión.

Se quedaron espiando…

—Ése es el que me gusta —le dijo a la pequeña señalando a uno de los marineros, joven.

En unos segundos más ingresó bajo la mirada amenazante de todos y se dirigió al joven que había señalado, le habló al oído… luego se fue donde estaba Rosarito.

—Vamos, vamos… —Salieron las dos y continuaron con la expedición dentro del barco. Tenían prohibido pasar cerca de las sogas cuando los marineros estaban trabajando con las velas, pero ellas no entendían órdenes.

Caminaron por varios lugares hasta que llegaron a uno donde había tinas de agua y varias estanterías con reservas de ropa y mucha comida mal acomodada.

—Espérame aquí —le dijo a Rosarito, mientras ella revisaba lo que había. Sacó un trapo de uno de los estantes, lo mojó en una de las tinas de agua cristalina y fresca, y se lo pasó por la cara y el cuello bajo los atentos ojos de Rosarito que no se perdía nada. Cuando terminó, miró a la pequeña y le dijo:

—Escóndete ahí, que ahora viene un amigo mío. Me tiene que contar unos secretos. Cuando termina, sales… ¿vale?

—¡Sí! ¡Sí! —contestó Rosarito eufórica.

Enseguida sintieron un ruido: era el marinero que ingresaba al lugar. Cardelia le hizo una seña a Rosarito para que no saliera y se tiró a los brazos del joven.

El marinero comenzó a manosearla y besarla, Rosarito observaba escondida detrás de un costal de avena y no daba crédito a la escena fantástica que estaba presenciando… El marinero sacó su miembro hinchado de su pantalón y apretó a Cardelia contra la pared de sacos de harina. Cardelia tenía expresión de contenta en su rostro y Rosarito escondida la saludaba con su manito mientras veía la espalda del marinero bailando con su cadera sobre la de Cardelia. Al rato y luego de que hicieran movimientos bien raros, parecía que el marinero y Cardelia se iban a morir, pero en un momento revivieron. Rosarito seguía observando cada detalle… El marinero guardó su tripa desinflada y Cardelia acomodó su atuendo. Antes de irse, el marinero puso algo entre sus pechos, luego con una sonrisa en los labios salió justo por donde había ingresado. Apenas desapareció de la vista de Rosarito, ésta apareció de un salto al lado de la agitada Cardelia.

—¿Qué te dio? ¿A ver…?

—Espera, Rosarito, qué ansiosa que eres… A ver… Mmmm, es de los buenos —dijo mostrando apenas la alhaja a la niña y luego, con un gesto rápido, la guardó entre sus prendas.

Cardelia tomó de la mano a Rosarito y continuaron con la aventura, antes de que la niña siguiera preguntando.

—Vamos a decirle a tu madre que me regale un vestido para poder comer con ustedes, con esta ropa no me dejan entrar al comedor. Si tu madre se niega, tienes que ayudarme, empiezas a llorar y te arrojas al suelo. ¿Entendido? Y yo, a cambio, te voy a enseñar cómo ser una buena pirata.

Rosarito asintió con la cabeza; estaba fascinada con Cardelia y sus andanzas.

Cuando estaban llegando, se cruzaron con doña Mercedes que venía con su infaltable copa en la mano.

—Doña Mercedes, con respeto, le pregunto si a usted no le sobra un vestido para que me regale en forma de pago por cuidar a su hija… Un vestido elegante que ya no le sirva, así puedo llevar a Rosarito al comedor y ella no los está molestando. ¿Qué opina, mi buena señora…?

Doña Mercedes la miró. “Chica insolente”, pensó, y luego de unos segundos le dijo:

—Anda y toma el violeta que está sobre el sillón. Acompáñala, Rosarito.

—¡Gracias! ¡Gracias, señora! —Agarró de la mano a Rosarito y salieron corriendo.

Cardelia tomó el vestido y enseguida comenzó a revisar todo y a servirse lo que más le gustaba: un collar de perlas, un par de chapines, un calzón blanco con finas puntillas en seda natural.

—¡Basta! Mi madre se va a dar cuenta —dijo la pequeña Rosarito al comprender lo que estaba pasando allí.

Cardelia la miró y le sonrió. Al rato, la sacó casi corriendo de allí. Pero se detuvo al instante. Miró a Rosarito y le dijo:

—Me voy a cambiar, te busco después. Allá viene tu padre… Don Manuel, le dejo a su pequeña. Enseguida regreso. Voy a cambiarme para poder acompañarla a cenar, así ustedes pueden estar tranquilos. —Y haciendo una reverencia se retiró.

Don Manuel recogió a su pequeña y la llenó de besos.

—¡Papi, papi!

—Mi pequeña, ¿cómo está mi bella damita? ¿Qué hizo hoy?

—¡Papi, papi, bien! Fuimos con Cardelia a explorar el barco… y fuimos a muchos lugares… ¿Sabías que los padres de Cardelia son piratas? ¿Y que su madre es la reina del mar? La van a venir a buscar. Me parece que ella los extraña… mucho.

Don Manuel no daba crédito a los comentarios de Rosarito, apenas una niña; pensaba que eran las historias que Cardelia le inventaba para entretenerla.

—Muy interesante tener padres piratas —decía don Manuel mientras Rosarito seguía hablando sin parar.

—Mamá le regaló un vestido para que pueda comer con nosotros y no con los marineros. Así podemos jugar, estoy muy contenta.

—Qué alegría, mi amor.

A partir de ese día, Cardelia pudo ingresar al comedor vestida como una dama. Era una mujercita muy atractiva y a pesar de lo grande que le quedaba el vestido de doña Mercedes, se veía hermosa; su cabello negro tomado en un sencillo rodete sobre el cuello le destacaba su propio estilo. Por supuesto, con la niña siempre colgada de su mano.

Cada día era una nueva aventura.

Rosarito vigilaba mientras que Cardelia hacía de las suyas. Elegía los lugares y las personas para robarles. Luego, al final del día, como premio, la llevaba donde se apostaba la tripulación; había un grupo que siempre cantaba. A Rosarito le encantaba escucharlos y algunas veces bailaba. Ellas llevaban dulces y lo pasaban de lo lindo.

Cuando el capitán le dijo a don Manuel que se aproximaban al puerto de Buenos Aires, y le explicó detenidamente cómo era el desembarco, don Manuel llamó enseguida a Cardelia para arreglar las cuentas y ofrecerle un contrato para que se quedara con ellos. Incluso le ofreció trabajo para su futuro esposo, ya que Rosarito no paraba de llorar. No quería separarse de Cardelia.

—No, don Manuel, le agradezco la gentileza de ofrecerme trabajar en su familia, pero me espera mi futuro esposo y ya tenemos nuestros propios planes. Así que muchas gracias —dijo. Luego se agachó hasta quedar a la altura de Rosarito y le dijo al oído—: Tranquila, mi pirata. Cuando tenga mi barco propio, te vengo a buscar. No llores, las piratas no lloramos. —Le besó con fuerza el cachete, la abrazó y se retiró perdiéndose entre la gente en la cubierta del barco. Iba luciendo el vestido de doña Mercedes y apenas una bolsa de tela negra con sus pertenencias.

Rosarito se quedó mirando entre sollozos la espalda de Cardelia que se alejaba. Sabía muy bien que sería la última vez que la vería.

Los Prado Maltés estaban listos para pisar la nueva tierra. De lejos parecían la familia perfecta, don Manuel con Rosarito en brazos y a su lado doña Mercedes. Cuando el barco al fin detuvo su marcha, Rosarito, colgada de la mano de su mamá, disfrutó a carcajadas con las maniobras del desembarco en la ensenada húmeda y barrosa del Río de la Plata.

Cuando doña Mercedes vio que su marido se dirigía al coche que los sacaría de allí, una sensación de alivio se adueñó de su cuerpo: el lugar parecía detestable y ella necesitaba alejarse inmediatamente de esas costas.

Ya sentados en el coche, la única que no paraba de hablar era Rosarito, que por supuesto terminó en los brazos de su padre.

—¿Podrías no tomar tanto mientras estemos en la casa de los Altolaguirre? —le dijo don Manuel a su ausente esposa.

Doña Mercedes no contestó; mantuvo la mirada perdida en el cristal de la ventanilla.

Don Manuel no insistió. Ya había dicho lo que quería y sabía que su mujer lo había escuchado. Pero sabía también que probablemente no le haría caso, así que trataría por todos los medios de arreglar sus asuntos para partir hacia Córdoba lo antes posible. ¿Tenía derecho de ignorarlo así…? Las cosas habían sido muy difíciles y confusas. Para ambos.

Luego de un corto viaje, el coche se detuvo frente a una casa muy bonita, con la puerta principal abierta y una criada debajo del quicio de la puerta. Los estaba esperando.

Don Manuel se alegró mucho cuando se enteró de que ésa no era la casa de los Altolaguirre, sino que era solamente para ellos. Dejó a las mujeres que se instalaran y regresó enseguida para coordinar los carros con todo el equipaje que traían. Doña Mercedes se había traído hasta la colección de copas de cristal y oro que había heredado de su abuela materna.

Doña Mercedes ingresó a la casa expectante; la verdad es que había pensado que sería peor, eso la dejó un poco más tranquila. La criada la acompañó hasta el comedor principal, luego atravesaron una sala y salieron al patio del medio, lo cruzaron y allí estaba la cocina hacia un extremo y hacia el otro los dormitorios. Todo impecable. Doña Mercedes suspiró, regresó a la sala y enseguida se sirvió una copa de una botella extraña que estaba junto a los licores, no miró de qué se trataba, luego fue hasta el sillón más grande y se desplomó sobre él. Rosarito salió corriendo, ya había tomado posesión del lugar, se asió a la mano de la criada y le dijo:

—A la cocina.

El alivio invadió el cuerpo de don Manuel cuando se enteró de que su amigo les había dejado una casa sólo para ellos, liberándolos de convivir con la otra familia. Apenas terminara con los trámites, iría personalmente a agradecer semejante gentileza.

Doña Mercedes no se ocupó mucho en poner en funcionamiento la casa, la dejó en manos de los criados; después de todo, ellos en un par de días se irían. Así que se dedicó a controlar que su equipaje estuviera completo y a comprar algunas sedas y otras telas para llevar a Córdoba. Don Manuel, en cambio, se pasaba el día entero en el Cabildo, haciendo los arreglos necesarios para el viaje a Córdoba, mientras se empapaba de los últimos movimientos políticos.

Y llegó el día esperado. Luego de las afectuosas despedidas y de los agradecimientos, los Prado Maltés se incorporaron a una caravana de coches, carros, caballos y mulas que salía para Córdoba.

Se instalaron, solos, en un coche muy amplio y lujoso. Sin decir una palabra, los tres partían hacia lo desconocido… ¿Hacia lo deseado? Doña Mercedes se veía triste, angustiada y muy enojada; no pudo evitar que una lágrima rodara por su mejilla. Miraba a su pequeña hija… Tal vez algún día iba a tener que contarle toda la verdad. ¿Era su obligación? ¿Acaso no era ella la víctima? Entonces, ¿por qué se sentía culpable…?

La escena no pasó inadvertida para don Manuel. “Todo ha sido un gran error”, pensaba mientras observaba la tristeza de su mujer. Era un hombre duro, pero al recordar por qué estaban allí se conmovió. Miró entonces a la pequeña Rosarito, único testimonio certero del amor que alguna vez había sentido por alguien… Y allí estaban los tres, rumbo a una nueva vida que —lamentablemente— no habían programado, sino que les había sido impuesta por las circunstancias caprichosas del destino. ¿Dejaría de jugar con ellos ahora…?

Capítulo 3: Rotas cadenas

CAPÍTULO 3
ROTAS CADENAS

Image

El 25 de mayo del año 1810 se instalaba en Buenos Aires la Primera Junta de Gobierno. No fue un día cualquiera. El país comenzaba a reclamar su identidad. En el interior, sin embargo, las noticias llegaban más tarde. En Córdoba sí fue un día como cualquier otro.

Habían derrocado al virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, quien enseguida envió al joven entrerriano Melchor Lavín a Córdoba con el fin de advertirle a Santiago de Liniers de la existencia de la Junta. Y a pedirle acciones militares para combatirla.

El 27 de mayo, la Junta había remitido una circular a las provincias pidiendo el envío de diputados a Buenos Aires y manifestado que despacharía una expedición de muchos hombres para proporcionar auxilios militares para hacer cumplir el orden. El 28 de mayo, Lavín llegó a Córdoba y buscó al deán de la catedral, Gregorio Funes. Juntos partieron a la casa del obispo Rodrigo de Orellana, y desde allí a su destino final: la casa del gobernador Gutiérrez de la Concha, donde ya estaba Liniers esperándolos.

Liniers se hallaba de paso por Córdoba (en esa época, residía en la Estancia Jesuítica en Alta Gracia), y estaba por regresar a España. Pero a raíz de la noticia recibida desde Buenos Aires, sus planes habían cambiado. Se quedaría en Córdoba. En la madrugada del 29, se produjo en ese lugar una reunión con la asistencia de Gutiérrez de la Concha, Liniers, Funes, Orellana, los dos alcaldes del Cabildo de Córdoba, el oidor jubilado de la Real Audiencia del Cusco, Miguel Sánchez Moscoso, el asesor jubilado del Gobierno de Montevideo y oidor de la Audiencia de Buenos Aires, Dr. Zamalloa, el coronel de milicias Santiago Allende, el asesor de gobierno Rodríguez y el tesorero Joaquín Moreno. La reunión se reanudó luego por la mañana y continuó durante todo el día.

La sorpresiva decisión del deán Funes de reconocer a la Junta provocó malestar entre los integrantes de la reunión. Liniers le pidió que se retirara y que no volviera.

Se sentían traicionados por Funes. No sólo eran amigos personales, sino que luego de la reunión que habían mantenido en la casa del gobernador, motivada por la carta que había recibido Liniers, en la que Cisneros le contaba los desbarates de la revolución, ellos, todos juntos y al unísono, habían decidido pelear por la restitución del virrey. Y en esas instancias les daba vuelta la cara y los acusaba ante los traidores porteños. “No se debe dar la espalda a la madre cuando más nos necesita”, decía Santiago. Los revolucionarios se estaban aprovechando de la crisis en España para componer un gobierno propio, y lo hacían de la peor manera posible: sin consultarlo con las provincias…

Se los escuchaba enojados y dolidos. Liniers había propuesto viajar al norte, desde donde podrían armar un ejército para enfrentar a los rebeldes, pero el gobernador insistía en permanecer en Córdoba. Decía que no era buena idea irse y dejar el lugar vacío para que lo ocuparan los traidores. Así que, finalmente, y tras una larga discusión, acordaron quedarse en Córdoba...

Entonces, sin perder tiempo, Liniers y Gutiérrez de la Concha alistaron milicias urbanas armadas con boleadoras, lanzas y cualquier otro elemento de combate que resultara útil en caso de tener que defenderse de los ataques revolucionarios que vendrían desde Buenos Aires. Eran mil quinientos hombres y quince cañones.

A fines de julio, sin embargo, cambiaron de opinión y optaron por el plan original de Liniers: partieron hacia el Alto Perú, donde podrían reunirse con las tropas del norte. La partida incluía a Liniers, Gutiérrez de la Concha, el obispo Rodrigo de Orellana, el coronel Santiago Allende, don Victorino Rodríguez y el oficial real Moreno. Eran casi cuatrocientos hombres. Muchos habían desertado. Sin dilación, la Junta envió inmediatamente milicias para detenerlos, comandadas por el coronel Francisco Ortiz de Ocampo.

La expedición rebelde se fue desmembrando poco a poco. Entre Totoral y Tulumba se dispersó el último grupo. Allí clavaron los cañones y quemaron las cureñas. Liniers, su ayudante Lavín y su capellán Llanos marcharon hacia el oeste de las sierras cordobesas. Orellana disfrazado de clérigo, el capellán Jiménez y otro religioso se dirigieron hacia el este. Gutiérrez de la Concha, Rodríguez y los demás continuaron viaje por el camino de las postas.

Liniers fue capturado en la estancia de Piedritas (cerca de Chañar) el 6 de agosto. El día 7 fue capturado Orellana por el alférez Rojas, a pocas leguas allí. Todos fueron maltratados por los soldados.

Ante la salida de Liniers, el Cabildo de Córdoba había cambiado de actitud y el gobernador había sido reemplazado. El 3 de agosto Juan Martín de Pueyrredón fue nombrado por la Junta gobernador intendente de Córdoba del Tucumán, y asumió el 16 de ese mes. Los miembros del Cabildo fueron confinados durante cuatro años en Carmen de Patagones. El 17 de agosto Gregorio Funes fue elegido diputado por Córdoba y se incorporó posteriormente a la Junta Grande.

Capítulo 4: Luto (Córdoba, 1810)

CAPÍTULO 4
LUTO (CÓRDOBA, 1810)

Image

Suspiró, refregó sus ojos y luego ingresó en la habitación. Los quietos tules del dosel opacaban el retrato mal pintado del hombre que yacía moribundo sobre su lecho.

Con el ánimo enfermo, Rosarito se plantó al costado de la cama. Su padre, don Manuel, giró apenas el rostro y abrió los ojos gastados que parecían grises, infectados de tristeza. Tal vez no quería morirse…

La miró un instante. Luego sus párpados bajaron lentamente, pesados, espesos, como despidiéndose de la vida, perdonando a la muerte.

Como un ángel custodio, se acurrucó a su lado.

“Qué locura”, pensaba Rosarito, “venir hasta aquí, tan lejos, donde lo único que lo esperaba al poco camino era la muerte…”. La joven recordaba aquel eterno y aventurado viaje en barco que los había arrancado de España… Cardelia, sus piratas, sus locuras…

El llanto de Clara, la criada, la despertó de sus cavilaciones. En un segundo, el aroma floral de la tisana que traía para aliviar el dolor del alma de la niña inundó todo el ambiente. Puso el tazón en las manos de la joven que acariciaban el pesar del pobre hombre… Ese ser que ahora yacía al borde de la muerte, pero que alguna vez había mirado como un puma al acecho de su presa. Un hombre querido por todos y temido por algunos; un hombre de paso esbelto y de abundante cabello brillante, que en general usaba recogido en una coleta. Ese hombre se había enrollado en largas discusiones con los cabildantes, había sido íntimo amigo de Santiago de Liniers, ese francés con el que compartía la devoción por el Viejo Mundo, y junto a quien había luchado varias veces para liberar a la Patria de los múltiples colonizadores que acechaban… ingleses, franceses… Ese hombre se despedía lentamente de esta vida.

Las cosas no estaban bien en Córdoba, mientras la salud de don Manuel desmejoraba. Durante la última reunión organizada en su casa, ya se le había dificultado levantarse y andar. Pero habían acudido todos: Santiago de Liniers; el obispo doctor Rodrigo Antonio de Orellana; el gobernador, Juan Gutiérrez de la Concha… Todos… Se los veía nerviosos. El olor a licor y el humo de los puros fueron el común denominador durante la reunión. Se los oía enojados, defraudados. Habían estado toda la noche discutiendo diferentes opiniones. No llegaban a acordar todos en el mismo punto. Y ése era un problema.

Rosarito, como la gacela vencida ante su captor, lo miraba. Su padre seguía con los ojos dilatados, perdidos, otra vez la bilis amarga subía directo a su estómago, retorciendo sus vísceras.

Su amado padre… Él la había convertido en princesa al custodiar cada detalle de su educación… De su mano había aprendido a cabalgar, a leer y a memorizar citas de Miguel de Cervantes, a tocar el piano, a descubrir todos los secretos del campo. Como si supiera que la dejaría sola temprano.

—No me dejes sola —le decía con la mirada de un perro abandonado, mientras sostenía su mano y se tragaba las lágrimas—. ¿Qué voy a hacer sin vos, papá…? Está todo muy mal.

Poco a poco, se iba quedando dormida cuando la interrumpieron:

—Mi niña, hay un siñor en la puerta que quiere ver a don Manuel… Es don Santiago.

—Que pase ahora mismo. ¿Mamá no está?

—Salió con el sol la doñita, y no regresó.

Enseguida ingresó don Santiago acompañado por un criado, y al ver a su amigo sin sentido, pegó un puñetazo en la pared, donde dejó la marca. Se lo veía cansado y furioso.

—¡La desgracia está cayendo sobre todos nosotros, maldición! —dijo.

—Tío, ¿qué va a pasar ahora? Tengo mucho miedo. Papá se muere.

—Tranquila, niña. Tranquila.

—Venga que le doy un chocolate caliente —dijo tratando de contener las lágrimas.

Antes de salir de la habitación, don Santiago posó su mano abierta sobre el pecho de su amigo doliente. La sostuvo allí unos minutos. Luego salió detrás de Rosarito.

—Elsita, traé chocolate y licor para el tío Santiago. —Luego de emitir la orden, ocupó una silla en la cabecera de la mesa y con exquisita elegancia se cruzó de brazos.

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos