Prólogo
A LOS OCHO AÑOS MACKENSIE ELLIOT se había casado catorce veces. Se casó con tres de sus mejores amigas (en calidad de novia y de novio), con el hermano de su mejor amiga (a pesar de sus protestas), con dos perros, tres gatos y un conejo.
Participó en innumerables bodas como dama de honor, madrina de la novia, padrino del novio, testigo y oficiante.
A pesar de disolverse todos de forma amistosa, ni uno solo de los matrimonios duraba más de una tarde. Para Mac no era ninguna sorpresa el carácter transitorio y provisional del matrimonio, pues tanto su padre como su madre tenían ya dos en su haber… hasta la fecha.
Aunque el «día de la boda» no era uno de sus juegos preferidos, le gustaba bastante hacer de sacerdote, de reverendo o de juez de paz. O bien, y después de haber asistido al bar mitzvah del sobrino de la segunda esposa de su padre, de rabino.
Además, le encantaban las magdalenas, las galletas con adornos y la gaseosa de limón que siempre servían en el convite.
El «día de la boda» era el juego favorito de Parker y siempre se celebraba en la propiedad de los Brown, con sus extensos jardines y preciosas arboledas y el estanque plateado. Durante los fríos inviernos de Connecticut la ceremonia se desarrollaba ante uno de los vivos fuegos que se encendían en el interior de la mansión.
Montaban desde bodas sencillas hasta muy sofisticadas: enlaces reales, fugas de enamorados, ceremonias con tema circense y en barcos piratas. Se estudiaba cualquier idea con la máxima seriedad y luego se votaba, por muy extravagantes que pudieran ser la temática y el vestuario.
No obstante, con catorce bodas a su espalda, Mac ya empezaba a estar harta del «día de la boda».
Hasta que vivió su momento crucial.
El padre de Mackensie, un hombre encantador que siempre estaba ausente, envió a la niña una cámara Nikon como regalo por su octavo cumpleaños. Mac nunca había manifestado el menor interés por la fotografía y al principio aparcó el obsequio junto con los demás objetos extraños que su padre, desde el divorcio, le había regalado o enviado. Sin embargo, la madre de Mac lo comentó a su propia madre, y la abuela se puso a refunfuñar contra «el irresponsable e inútil de Geoffrey Elliot», que se equivocaba regalando una cámara de adultos a una niña que se habría dado por satisfecha con una muñeca Barbie.
Por principio Mac acostumbraba a estar en desacuerdo con su abuela, así que le picó la curiosidad. Para fastidiar a la mujer, que había ido a pasar el verano con ellas en lugar de quedarse en la residencia para jubilados de Scottsdale, que era adonde ella pertenecía a criterio de la niña, iba a todas partes con la Nikon encima.
Jugaba con la máquina, experimentaba con ella. Sacaba fotos de su dormitorio, de sus pies, de sus amigas; hacía unas fotos borrosas y oscuras, y otras desenfocadas y quemadas. Visto el poco éxito y ante el divorcio inminente de su madre y su padrastro, el interés de Mac por la Nikon empezó a esfumarse. Incluso años más tarde fue incapaz de determinar por qué una preciosa tarde de verano había ido a casa de Parker a jugar al «día de la boda» con la cámara encima.
Habían planificado hasta el último detalle una boda tradicional en el jardín. Emmaline, como la novia, y Laurel, en el papel de novio, harían sus votos bajo el cenador con los rosales. Emma llevaría el velo y la cola de encaje que la madre de Parker les había confeccionado con un viejo mantel, mientras que Harold, el anciano y afable golden retriever, la acompañaría por el sendero para entregarla.
Alinearon una amplia variedad de Barbies, Kens y muñecas Repollo, además de varios animales de trapo, junto al caminito, como si fueran los invitados.
—Es una ceremonia muy íntima —les anunció Parker mientras se las veía y se las deseaba con el velo de Emma—. Y luego hay un pequeño convite en el patio. A ver, ¿dónde está el padrino?
Laurel, con la rodilla pelada, apareció de repente tras un trío de hortensias.
—Se ha escapado y ha subido a un árbol persiguiendo a una ardilla. No puedo hacer que baje.
Parker alzó los ojos al cielo.
—Ya me ocupo yo. Tú no tienes que ver a la novia antes de la boda. Trae mala suerte. Mac, hay que arreglar el velo de Emma, y tráele el ramo. Laurel y yo bajaremos al señor Fish del árbol.
—Preferiría ir a nadar —dijo Mac tirando con aire ausente del velo de Emma.
—Podemos ir cuando me haya casado.
—Supongo que sí. ¿No te aburre casarte tanto?
—Oh, me da igual. Además aquí huele muy bien. Todo es tan bonito…
Mac entregó a Emma un ramo de dientes de león y violetas silvestres, que eran las únicas flores que podían arrancar.
—Estás muy guapa.
Era verdad, siempre lo estaba. Bajo el velo de encaje, Emma lucía una reluciente melena oscura. Con un brillo en sus ojos color café, olía el ramito de flores silvestres. Mac pensó que su bronceado era muy bonito, casi dorado, y se enfurruñó al recordar que ella tenía la piel blanca como la leche.
«Es la maldición de las pelirrojas», le había dicho su madre, porque Mac había heredado el pelo rojizo del padre. A los ocho años era alta para su edad, delgada como el palo de una escoba y llevaba unos odiosos aparatos que le aprisionaban los dientes.
A su lado, pensó, Emmaline parecía una princesa gitana.
Parker y Laurel regresaron entre risas. La primera agarraba al felino entre sus brazos para que hiciera de padrino.
—Todas a sus puestos. —Parker colocó el gato en brazos de Laurel—. Mac, ¡a vestirte! Emma…
—No quiero ser dama de honor. —Mac contemplaba un vestido de Cenicienta muy cursi que habían dejado sobre un banco del jardín—. Pica y da calor. ¿Por qué no puede el señor Fish ser dama de honor y yo hago de padrino?
—Porque ya lo habíamos organizado así. Siempre hay nervios antes de una boda. —Parker se echó hacia atrás las dos largas coletas color castaño y cogió el vestido para comprobar si la tela estaba manchada de lágrimas o de cualquier otra cosa. Satisfecha con el resultado, endosó el traje a Mac—. Todo irá bien. Será una ceremonia preciosa: se amarán, serán felices y comerán perdices.
—Mi madre dice que lo de ser felices y comer perdices es una burrada.
Nadie respondió a las palabras de Mac. La palabra «divorcio», aun sin ser pronunciada, parecía flotar en el ambiente.
—A mí no me lo parece. —Parker, con una mirada cálida, le acarició un brazo.
—No quiero ponerme el vestido. No quiero ser dama de honor. No…
—De acuerdo, vale. Nos inventaremos que hay una dama de honor. A lo mejor podrías sacarnos fotos.
Mac miró la cámara que había olvidado que llevaba colgada al cuello.
—Nunca me salen bien.
—A lo mejor ahora sí. Será divertido. Te convertirás en la fotógrafa oficial del enlace.
—Sácanos una al señor Fish y a mí —insistió Laurel acercando su cara al gato—. ¡Sácanos una, Mac!
Con escaso entusiasmo, Mac ajustó la cámara y apretó el disparador.
—¡Cómo no se nos había ocurrido! Puedes encargarte de los retratos oficiales de los novios e ir sacando fotos durante la ceremonia. —Entusiasmada con la idea que se le acababa de ocurrir, Parker colgó el vestido de Cenicienta sobre el arbusto de hortensias—. Es una buena idea y será divertido. Tienes que caminar por el sendero con la novia y con Harold. Intenta que te salgan bien. Yo esperaré un rato, y luego pondré la música. ¡En marcha!
Habría magdalenas y limonada, se recordó Mac. Y luego irían a nadar y se divertirían. Daba igual que las fotografías fueran ridículas; daba igual que su abuela tuviera razón y que ella fuera demasiado pequeña para esa cámara.
Daba igual que su madre volviera a divorciarse o que su padrastro, que era un buen hombre, se hubiera marchado de casa.
Daba igual que el tópico de ser felices y comer perdices fuera una burrada, porque todo aquello era mentira.
Se puso a sacar fotos de Emma y del voluntarioso Harold; imaginó que le devolvían el carrete revelado y, como siempre, se encontraba con que las figuras habían salido borrosas y se veían las huellas de su dedo pulgar.
Cuando empezó a sonar la música, se arrepintió de no haberse puesto el vestido que picaba para hacer de dama de honor de Emma solo porque su madre y su abuela la habían puesto de mal humor. Para arreglarlo, se situó detrás de los novios, a un lado, y procuró sacar un buen retrato de Harold paseando con Emma por el sendero del jardín.
Se dio cuenta de que, al enfocar para mirar a través de la lente, el rostro de Emma y el velo sobre el cabello resultaban diferentes. Y los destellos del sol al traspasar el encaje eran preciosos.
Fue sacando fotografías mientras Parker empezaba el «Nos hemos congregado aquí» en su papel de reverendo Whistledown, Emma y Laurel se daban la mano y Harold se aovillaba para ponerse a roncar a sus pies.
Se fijó en el brillo del cabello de Laurel, en el reflejo del sol recortándole el perfil bajo el sombrero de copa negro del novio, en el temblequeo de los bigotes del señor Fish cuando este bostezó.
Cuando sucedió, sucedió tanto en el interior de Mac como fuera. Sus tres amigas se habían agrupado bajo el exquisito arco blanco del cenador formando un triángulo de hermosas niñas. Por instinto, Mac cambió de posición, tan solo un poco, y ladeó la cámara. No sabía que aquello era una composición, solo que a través de la lente la imagen resultaba más bella.
Una mariposa azul revoloteó dentro de su campo de visión y se posó sobre un diente de león amarillo pálido del ramo de Emma. La sorpresa y el placer se reflejó a la vez en las tres caras situadas triangularmente bajo las rosas blancas.
Mac apretó el disparador.
Y lo supo, supo que la fotografía no saldría borrosa ni oscura, que no estaba desenfocada ni quemada. Supo que el pulgar no había obturado la lente. Adivinó exactamente la imagen definitiva, y comprendió que su abuela se había equivocado.
Quizá lo de ser felices y comer perdices era una solemne burrada, pero Mac tuvo la certeza de que quería fotografiar momentos que fueran felices porque, de ese modo, serían felices para siempre.
1
E L 1 DE ENERO MAC SE DIO LA VUELTA para apagar de un golpe el despertador y terminó tumbada boca abajo en el suelo de su estudio.
—Mierda. Feliz Año Nuevo.
Se quedó echada, mareada y atónita, hasta que recordó que no había llegado a subir la escalera para meterse en la cama, y que la alarma que sonaba era la del ordenador, programada para despertarla a mediodía.
Se obligó a levantarse y caminó a tientas hacia la cocina para prepararse un café.
¿Por qué alguien querría casarse en Nochevieja? ¿Por qué convertir en un ritual sagrado una fiesta pensada para beber como cosacos y practicar sexo a lo loco? Y, por si fuera poco, encima había que arrastrar a familiares y amigos, por no hablar de los fotógrafos de bodas.
Claro que cuando la recepción terminó a las dos de la mañana, Mac habría podido irse a dormir como cualquier persona normal en lugar de pasarse tres horas dedicándose a descargar y repasar el material fotográfico del enlace Hines-Myers.
Pero qué bien le habían salido las fotos. Algunas eran extraordinarias.
O puede que todas fueran malas y se hubiera confundido presa de la euforia.
No, las fotos eran buenas.
Mac añadió tres cucharadas de azúcar al café solo y se lo tomó de pie frente a la ventana, mirando la nieve que cubría los jardines y prados de la propiedad de los Brown.
Habían hecho un buen trabajo con esa boda. Y quizá Bob Hines y Vicky Myers tomarían nota y procurarían salir airosos en su matrimonio.
En cualquier caso, conservarían el recuerdo de esa jornada. Habían quedado plasmados los momentos significativos y también los insignificantes. Mac los puliría y definiría para luego poder imprimirlos. Bob y Vicky rememorarían su día gracias a esas imágenes a partir de la semana siguiente, pero también sesenta años después.
Y eso era tan potente como un café solo y con azúcar en un frío día de invierno.
Mac abrió un armario y sacó un paquete de galletas rellenas Pop-Tarts. Se comió una de pie y se puso a repasar el programa del día.
El enlace Clay-McFearson (Rod y Alison) era a las seis. Eso significaba que la novia y sus acompañantes llegarían antes de las tres y el novio y los suyos a las cuatro. Por lo tanto, Mac tenía hasta las dos. Después asistiría a la reunión que el equipo siempre celebraba en la casa principal, justo antes de la ceremonia.
Tiempo más que suficiente para ducharse, vestirse, repasar las notas y comprobar el equipo. La última vez que había consultado el parte meteorológico había visto que se anunciaban cielos despejados y una máxima de cero grados. Podría sacar buenas fotos de prueba aprovechando la luz natural y quizá convencer a Alison (si estaba animada) para que se hiciera un retrato vestida de novia en el balcón, con la nieve al fondo.
La madre de la novia, que si Mac no recordaba mal se llamaba Dorothy («Llamadme Dottie»), era algo impertinente y mandona, pero se ocuparían de ella. Si Mac no lograba manejarla, como Dios existe que Parker lo conseguiría. Parker podía y sabía manejar a cualquier persona o situación.
El entusiasmo y la determinación de Parker habían convertido Votos en una de las empresas líderes del estado en organización de bodas y festejos en tan solo cinco años. Y la empresa había convertido a su vez la tragedia del fallecimiento de sus padres en algo positivo, y la maravillosa residencia victoriana y los increíbles terrenos de la propiedad de los Brown en un negocio próspero y único.
Ella misma era una de las razones del éxito, pensó Mac zampándose la última galleta.
Al dirigirse a la escalera que conducía al dormitorio y al baño del primer piso, se detuvo ante una de sus fotos preferidas: una novia resplandeciente y extasiada, con el rostro levantado al cielo, los brazos extendidos y las palmas de las manos hacia arriba, bajo una lluvia de rosáceos pétalos de rosa.
«Portada del Today’s Bride —se dijo Mac—. Porque soy así de buena.»
Vestida con calcetines gruesos, pantalones de franela y sudadera, subió la escalera para quitarse el uniforme de adicta a las Pop-Tarts, de las que no se quitan el pijama porque siempre están cansadas, y transformarse en una sofisticada reportera fotográfica de enlaces.
No prestó atención a la cama deshecha (¿para qué si tendría que volver a deshacerla?) ni al follón que reinaba en el dormitorio. La ducha caliente se alió con el azúcar y la cafeína y le quitó las telarañas que todavía la rondaban antes de poder concentrarse seriamente en el trabajo de aquel día.
Contaba con una novia que estaba interesada en probar su veta creativa, una madre de la novia (o MDNA, para abreviar) que era una sabelotodo y un novio tan cegado por el amor que haría cualquier cosa para que su pareja fuera feliz. Además, tanto la novia como el novio eran sumamente fotogénicos.
Este último detalle hacía que su trabajo fuera un placer, y también un desafío. ¿Cómo conseguiría que el reportaje fotográfico de la boda de sus clientes fuera espectacular, único y exclusivo?
«Los colores de la novia —pensó Mac repasando la escena mentalmente mientras se lavaba el pelo, corto, rojizo y enmarañado—. Plata y oro. Elegante, glamurosa.»
Había echado un vistazo a las flores y al pastel (cuyos últimos toques estaban previstos para ese mismo día), los adornos y las mantelerías, el vestuario de las acompañantes y los tocados. En la lista de las canciones que tocarían los músicos había subrayado el primer baile de los novios, y luego el que bailarían el novio con su madre y la novia con su padre.
Así pues, durante las próximas horas, su mundo giraría en torno a Rod y Alison.
Eligió el traje, las joyas y el maquillaje que luciría con el mismo cuidado con que había preparado su equipo. Una vez lista, Mac salió al jardín dispuesta a recorrer el corto trecho entre la caseta de la piscina, donde tenía el estudio y su pequeño apartamento, y la casa principal.
La nieve centelleaba como esquirlas de diamantes sobre una piel de armiño, y el aire era gélido y limpio como el hielo de las montañas. Sin dudar; tendría que hacer fotografías en el exterior, con la luz del día, y también de noche. Una boda invernal, un enlace blanco, la nieve cubriendo la tierra, el hielo resplandeciendo entre los árboles, goteando en los sauces desnudos y muriendo en el estanque. Y a lo lejos, la caprichosa y antigua mansión victoriana con los innumerables perfiles de su techumbre, las ventanas arqueadas y los ojos de buey, altos y generosos, de un azul pálido contrastando con el duro caparazón del cielo. Las terrazas y el desahogado pórtico proclamaban la temporada con sus luces navideñas y sus guirnaldas.
La examinó como acostumbraba mientras recorría los senderos libres de nieve. Le encantaban sus líneas, sus ángulos, con sus sutiles matices de amarillo claro, de un blanco crudo que contrastaba con el suave y delicado azul.
De pequeña, aquel había sido su hogar tanto como el suyo propio. A veces incluso más, admitió Mac, porque su casa siempre estuvo gobernada por los caprichos y antojos de su madre. Los padres de Parker habían sido cálidos, acogedores, cariñosos y, como Mac había descubierto de adulta, estables. Le brindaron un puerto seguro donde guarecerse de la tormenta de su infancia.
Sintió su pérdida tanto como la había sentido su propia hija, y de eso hacía ya siete años.
La propiedad de los Brown era ahora su hogar. Su negocio y su vida. Un buen lugar en todos los sentidos. ¿Qué puede haber mejor que trabajar en lo que a una le gusta y hacerlo con sus amigas del alma?
Fue al cuarto de los abrigos a dejar la parka y las botas y se desvió hacia los dominios de Laurel para curiosear.
Su amiga y socia estaba subida a un taburete e iba añadiendo con paciencia unos lirios de agua a un pastel de boda de cinco pisos. Cada una de las flores surgía de la base de una hoja dorada de acanto; el efecto final deslumbraba por su gran elegancia.
—Es una obra maestra, McBane.
Laurel añadía los lirios con el pulso firme de un cirujano. Llevaba el pelo rubio recogido en la nuca en un moño despeinado que, curiosamente, favorecía el ángulo triangular de su rostro. Concentraba en la tarea su mirada clara, del color de las campanillas.
—Estoy encantada de que Alison se decidiera por el centro de lirios y no por las figuras de los novios. Es lo que ha determinado este diseño. Ya verás cuando llevemos el pastel al salón de baile y lo coloquemos encima de la mesa.
Mac sacó la cámara.
—Podría ser una buena fotografía para colgar en la página web, ¿no te parece?
—Desde luego. ¿Has podido dormir?
—No he pegado ojo hasta las cinco, pero me he quedado en la cama hasta mediodía. ¿Y tú?
—Caí frita a las dos y media. Me he levantado a las siete para terminar el pastel del novio, los postres… y esto. Me pondría a dar saltos de alegría solo de pensar que la próxima boda será dentro de dos semanas. —Laurel miró alrededor—. No se lo digas a Parker.
—Supongo que está levantada.
—Ya ha venido aquí dos veces. Seguro que ya ha pasado un par de veces por todas partes. Creo que he oído llegar a Emma. Quizá estén las dos arriba, en el despacho.
—Ahora mismo subo. ¿Vienes?
—Dame diez minutos. Llegaré a tiempo.
—A tiempo es tarde para Parker —dijo Mac sonriendo—. Inventaré alguna maniobra de distracción.
—Dile que hay cosas que no pueden hacerse deprisa y corriendo. Y que la MDNA va a recibir tantas felicitaciones por el pastel de boda que nos la sacaremos de encima sin problemas.
—Pues mira, eso quizá funcione.
Mac fue a comprobar el vestíbulo de la entrada y la imponente sala de estar donde se iba a celebrar la ceremonia. Advirtió que Emmaline y sus elfos ya se habían puesto a trabajar para sustituir los adornos de la boda anterior por los nuevos. Cada novia tenía su propio gusto, y esta en concreto, en lugar del tul lavanda y crudo que había servido para la boda celebrada en Nochevieja, quería que hubiera montones de cintas y guirnaldas en plata y oro.
La chimenea del salón estaba lista para ser encendida antes de que empezaran a llegar los invitados. Las sillas, enfundadas de blanco con unos lazos plateados que resplandecían, ya estaban dispuestas en filas. Emma había decorado la repisa de la chimenea con velas doradas montadas en candelabros plateados; las flores preferidas de la novia, los lirios de agua blancos, se arracimaban en altos jarrones de fino cristal.
Mac dio una vuelta a la sala, examinó los ángulos y la iluminación y estudió la composición, siempre tomando notas. Luego enfiló la escalera que conducía al tercer piso.
Como era de esperar, encontró a Parker en la sala de reuniones adyacente a su despacho, equipada con el portátil, la BlackBerry, varias carpetas, el móvil y unos auriculares. Se había recogido su espeso cabello castaño en una coleta larga, estilizada y sencilla. Su peinado combinaba con el traje, de un sereno gris perla, que armonizaría y se complementaría con los colores del vestido de la novia.
A Parker no se le escapaba ni una.
Sin alzar la vista levantó un dedo en el aire y siguió trabajando en su portátil. Mac, que comprendió la señal, fue hacia la cafetera para llenar dos tazas. Se sentó, dejó a un lado su dossier y abrió la libreta de notas.
Parker se apoyó en el respaldo de la silla, sonrió y tomó una taza.
—Va a salir redonda.
—No lo dudo.
—Las carreteras están despejadas y hará buen tiempo. La novia se ha levantado, ha desayunado y le han dado un masaje. El novio ha hecho sus ejercicios y se ha ido a nadar. Los del banquete cumplen con lo previsto y no falta ni uno solo de los acompañantes. —Parker consultó el reloj—. ¿Dónde están Emma y Laurel?
—Laurel está dando los toques finales al pastel, que es fabuloso. A Emma no la he visto, pero sé que ha empezado a decorar los espacios para la ceremonia. Son una maravilla. Quiero hacer fotos al aire libre. Antes y después.
—Que la novia no esté mucho rato a la intemperie. No quiero que vuelva con la nariz roja y moqueando.
—Puede que tengas que sacarme de encima a la MDNA.
—Tomo nota.
Emma entró a toda prisa con un refresco de cola sin azúcar en una mano y un dossier en la otra.
—Tink tiene resaca y no va a aparecer, así que cuento con menos gente. Despachemos rapidito, ¿vale? —Vestida con una sudadera, se apoyó en la mesa y su negra melena rizada se balanceó sobre sus hombros—. La suite de la novia y la sala de estar ya están decoradas. El vestíbulo y la escalera, casi terminados. Los ramos, los prendidos y las flores para el ojal, comprobados. Hemos empezado por el salón principal y el salón de baile. Luego volveré a ocuparme de eso.
—¿Y la niña con las flores?
—Irá con una poma de rosas blancas envuelta en una cinta dorada y plateada. Tengo preparada su corona, de rosas y gipsófilas, para dársela a la peluquera. Es una hermosura. Mac, necesitaría unas fotos de los adornos si tienes tiempo. Si no, las hago yo.
—Ya me encargo.
—Gracias. La MDNA…
—Estoy en ello —la interrumpió Parker.
—Necesito… —Emma se quedó en silencio al ver que Laurel entraba en el despacho.
—No llego tarde —anunció Laurel.
—Tink no va a aparecer —le contó Parker—, y Emma está escasa de personal.
—La ayudaré yo. Me falta colocar el centro sobre el pastel y arreglar los postres, pero ahora tengo tiempo.
—Repasemos el horario.
—Espera. —Emma alzó su refresco dietético—. Primero brindemos. Feliz Año Nuevo para todas: cuatro mujeres sorprendentes, estupendas y guapísimas. Por mis amigas del alma.
—Que además son listas y peleonas. —Laurel alzó su botella de agua—. Por mis amigas y colegas.
—Por nosotras. Por la amistad y la inteligencia partido por cuatro —añadió Mac—. Y por lo bien que nos lo hemos montado con Votos.
—Y por 2009 —sentenció Parker brindando con su taza de café—. Las sorprendentes, estupendas, guapísimas, listas y peleonas amigas del alma van a tener el mejor año de su vida.
—Has dado en el clavo. —Mac entrechocó su taza con las demás
