Renacerán mil rosas

Mariana Guarinoni

Fragmento

1

Puerto de Buenos Aires,

primavera de 1875

La superficie se veía amarronada. Había esperado un tono plateado, acerado, que se correspondiera con el ostentoso título de Río de la Plata, por lo que la primera impresión la desilusionó. Las aguas de ese río eran tan poco transparentes como las del Sena de su París natal. Léonie contuvo un suspiro. No quería empezar su nueva vida con un sabor amargo. Trató de convencerse de que era un detalle sin importancia. El color de las orillas de esa ciudad no tendría influencia en su futuro. Su éxito dependería de su propia voluntad. Su fuerza interior la había llevado hasta allí, haciéndole cruzar medio mundo en busca del hombre a quien amaba. Estaba muy cerca de alcanzar su meta. No iba a permitir que el paisaje amedrentase su ánimo.

Aunque habían pasado un par de horas desde el arribo del enorme navío a las aguas del puerto, todavía no habían dado permiso a los pasajeros para pasar a los botes que los acercarían al muelle o a las carretas semisumergidas que los llevarían hasta la orilla para finalmente desembarcar. La muchacha tenía algunos rizos rojizos sobre las mejillas, que escapaban del sencillo sombrero al que buscó engalanar con unas cintas del mismo tono que la gastada capa que llevaba. Cargaba un bolso de tela mediano en una mano mientras sujetaba a un niño con una cabellera del color del fuego en la otra. Observó a su alrededor cómo varios oficiales locales subieron a bordo para revisar a los pasajeros que llegaban desde otro continente y la ansiedad se apoderó de ella. Los vio interrogar a un grupo de tres hombres y una mujer y al rato dedujo que les negaron la entrada: dieron órdenes de separarlos sin dejarlos bajar a tierra. No sintió pena, la habían mirado con desprecio durante el viaje, aunque iban en tercera clase, como ella. La mujer, a pesar de que su vestido necesitaba con urgencia varios remiendos, había hecho gala de superioridad por tener un hombre a su lado. Léonie había apretado los labios muchas veces durante la larga travesía cuando los rostros se volvían hacia otro lado ante su paso. Había sufrido numerosos desplantes desde que descubrieron su soltería. Y en ese momento aquella misma mujer lloraba con amargura en brazos de su marido porque no los dejaban quedarse en esa tierra tan deseada.

Sin embargo, esta escena la estremeció. Saber que gente que llegaba cargada de ansias en busca de una nueva vida veía sus esperanzas truncadas le oprimió el pecho. Lo mismo podría pasarle a ella. Había enfrentado duros años de ahorro para poder pagar los pasajes; había pasado más de un mes de viaje junto a su hijito en condiciones poco confortables entre las sacudidas de un mar casi siempre embravecido, y en ese momento, tan cerca de alcanzar esa tierra que encerraba centenares de sueños, temió que los responsables de abrirle la puerta a la felicidad la rechazasen. Un oficial la observó y le hizo un gesto para que se acercara. Léonie apretó la mano de su hijo y avanzó con paso tembloroso.

—¿Nombre? —le preguntó el hombre mientras se preparaba para tomar nota en una planilla.

—Léonie Marchall —respondió tras entender la pregunta con su escaso conocimiento del español.

—¿Y el niño? —agregó señalando al pequeño de cabellos encendidos que sujetaba su mano.

—Jules Marchall.

—¿Origen?

France.

—Entonces habrán embarcado en El Havre —aseguró el oficial, para enseguida cambiar de idea y preguntar—, ¿o en la escala en La Coruña?

Le Havre, oui.

—Documentación.

Léonie le dio los papeles de ambos y como el oficial los estudió un largo rato en silencio se animó a indagar:

C’est bien?

—¿El padre? —preguntó a su vez el hombre sin responderle, mientras sacudía la cabeza de lado a lado.

Comment? —inquirió sin comprender.

—¿El padre del niño viene en el barco?

Je ne comprends pas —encogió los hombros para demostrar que no entendía.

—Que necesito información del padre —repitió, y ante el escaso avance de la situación buscó la ayuda de otro oficial—. Ey, Jean Pierre, ven aquí, ayúdame con esta mujer, es francesa y no entiende nada de castellano, menos aún que tú cuando llegaste.

Con paso apurado un hombre cercano a los treinta años se aproximó hasta ellos, observó a la pelirroja vestida con ropa sencilla pero entera, que lucía un rostro cansado pero muy bonito, y esbozó una sonrisa.

—No se preocupe, señor, yo me encargaré —respondió a su superior y extendió la mano para recibir la planilla que él sostenía. Leyó lo que allí aparecía y se volvió hacia la muchacha.

—¿El niño no tiene padre? —le preguntó en su propia lengua.

—¡Sí lo tiene! —respondió Léonie ofuscada, aunque aliviada porque alguien la entendía.

—Aquí dice que el muchacho lleva tu apellido.

—Así es —dijo con el mentón levantado, sin avergonzarse, cansada de que todos la juzgaran—, pero mi hijo sí tiene padre.

—¿Está por aquí? ¿Vino en el barco?

—No —respondió con voz queda mientras sacudía la cabeza.

—Entonces no podrás bajar porque él deberá firmar por la entrada del niño.

—Oooh —no pudo contener un profundo quejido de desilusión.

—Excepto que me digas que tu niño no tiene padre. Si tú eres su única responsable, podrás firmar por él.

—Yo soy su única responsable —respondió de inmediato repitiendo las palabras del oficial.

—Lo imaginaba, anotaré que no tienes marido y entonces no habrá problemas —repuso en un tono que ella no logró descifrar si era de burla o de piedad.

—Cuando Jules nació, su padre estaba aquí, está aquí —continuó Léonie y enseguida se corrigió—, por eso hemos venido, para encontrarnos con él.

—Pero no aparece su nombre en estos documentos —insistió el hombre.

—Porque Ernest viajó antes de que Jules naciera.

—Y no te dio su apellido antes de embarcar, eres soltera… —remarcó.

Léonie no se dejó amedrentar por la observación. Muchas veces se habían mofado de ella por haber dado a luz sin estar casada. A sus agresores solía responderles con palabras soeces, pero esa vez era diferente, estaba frente a una autoridad que podía cerrarle la entrada a ese país donde se escondía su felicidad. Por lo que ignoró la humillación y fingió una serenidad que no sentía.

—Nos casaremos pronto.

La mirada de compasión en los ojos del guardia le dijo que no le creía, pero para su alivio el hombre no insistió más.

—¿Falta mucho? —los interrumpió Jules, que hasta ese momento había permanecido en silencio, asomándose desde atrás de la falda de su madre—. Tengo hambre.

—No, mi pequeño. Sólo unos momentos más. Cuando el oficial nos dé permiso podremos buscar algo para comer.

—¿Cuántos años tienes? —se dirigió al niño con una simpática sonrisa.

—Acabo de cumplir ocho —anunció orgulloso el chico y mostró dedos extendidos en ambas manos para alcanzar la cifra que decía.

—Y veo que sabes contar.

—Sí, mi madre me enseñó.

—Me falta anotar tu edad en la planilla —se volvió hacia la madre.

—Veintiocho.

—¿Tienen dónde quedarse? —preguntó—. Pueden hacerlo unos días en el asilo para inmigrantes que está cerca del puerto. Algunos lo llaman “hotel”, pero no lo es, porque no es necesario pagar, es una residencia gratuita. Pero si allí no te gusta yo podría conseguirte un lugar con gente que conozco si prefieres algo mejor.

—No necesito buscar un asilo, hotel ni otro sitio, iremos a la casa del padre de mi hijo. Es verdad que nos casaremos —aseguró con confianza.

—¿Él vendrá a buscarte?

Léonie negó en silencio, sacudiendo la cabeza de manera apenas perceptible. No estaba dispuesta a reconocer que Ernest desconocía su llegada.

—¿Al menos sabes dónde queda su vivienda?

—Conozco el nombre del barrio, preguntaré a los vecinos por la casa, sin duda podré encontrarla —insistió decidida.

—¿Sólo el barrio? —el guardia frunció la nariz—. Dime el nombre.

—Se llama La Boca —respondió sin necesidad de buscar entre sus papeles. Léonie sabía de memoria todo lo que decía la única carta que tenía de Ernest. La había leído centenares de veces, mientras su corazón latía con fuerza. De ella había tomado fuerzas para lanzarse a esa aventura titánica. Aunque no tenía el remitente completo, estaba segura de que el amor sería su brújula para ayudarla a encontrarlo.

—No será fácil, hay muchas casas en esa zona, es una de las más pobladas, pero si es lo que quieres… —respondió el oficial con una mueca y anotó algo en la planilla antes de continuar—. Ponte en esa fila, un médico los revisará y si él lo aprueba, podrán bajar.

La felicidad marcó el rostro de Léonie con una gran sonrisa. Había sido admitida como inmigrante en la Argentina, era cierto que ese país recibía a los extranjeros como ella con los brazos abiertos, tal como se comentaba en Francia.

—Gracias, muchas gracias. Dios lo bendiga —agradeció emocionada.

El guardia sonrió. Le resultaba extraño encontrar a una mujer joven y atractiva sola. La mayoría de los inmigrantes eran hombres. Aunque había mujeres, siempre llegaban acompañadas por sus maridos o sus padres, algún hermano quizás. Pocas se animaban a lanzarse a la aventura ultramarina sin compañía, y las que lo hacían solían ser bastante mayores que esa muchacha. Aunque la pelirroja se veía algo desmejorada por las muchas semanas de viaje, con la cara algo chupada, tenía unos rasgos muy llamativos. A sus intensos ojos azules se sumaban unos pómulos altos y un mentón en punta que se suavizaban junto a la piel con pecas y los labios de un tono rosado muy claro. Al asistente de inmigraciones le pareció muy tentadora. Él había llegado en uno de esos mismos barcos una década atrás y había conseguido ese trabajo por su conocimiento del idioma, cuando empezaron a llegar cada día más franceses. La siguió con la mirada un rato más y luego volvió a prestar atención a su tarea.

Léonie se dirigió hacia donde le había indicado el funcionario arrastrando a su hijo de la mano.

—Tengo hambre —insistió Jules intentando soltarse.

—Debes tener un poco más de paciencia. No podemos bajar todavía, y hace rato cerraron el comedor del barco.

—¿Puedo ir a ver si olvidaron guardar algo de comida?

—No, te aseguro que no queda nada para comer por aquí.

—¡Pero tengo hambre, maman!

—Tendrás que portarte como un niño grande y esperar a que bajemos, ya no falta mucho. Ahora quédate en silencio, por favor. No quiero que llamemos la atención de nadie por aquí.

—¿Por qué no?

—Porque será mejor no irritar a quienes nos rodean. Recuérdalo siempre, hijo, no debes molestar a los demás, eso podría poner trabas innecesarias en tu camino. Es mejor ser amable. La afabilidad y el buen trato pueden abrirte muchas puertas.

—¿Las puertas se abren solas si te portas bien? —preguntó mirándola con fijeza a través de los ojos color miel entrecerrados.

—No, pero tienes menos chances de que te las cierren en las narices —respondió Léonie mientras buscaba disimular una suave carcajada.

—Bien, prometo que me quedaré callado hasta que encontremos algo para comer.

—¡Así me gusta! Eres muy bueno y tendrás un premio por ello. Cuando bajemos podrás comer algo dulce también.

La sonrisa del niño le confirmó a la madre que valdría la pena el pequeño soborno. Su hijo se había portado bastante bien frente a todas las vicisitudes de la travesía y merecía una recompensa. Les llegó su turno, pasaron detrás de un biombo donde el médico y una enfermera los revisaron a ambos. Tras permitir que observaran la piel en distintas partes de sus cuerpos, que escucharan la respiración de sus pulmones y que verificaran la ausencia de fiebre, finalmente Léonie obtuvo la tan ansiada autorización para desembarcar.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Lo logramos, hijito! ¡Nos han dado permiso para vivir aquí! —exclamó exultante de alegría y tomó al niño entre sus brazos para dar una vuelta completa sobre sus pies, como si estuviese bailando.

—¡Maman! ¡Bájame! ¡Todos nos están mirando! —se quejó incómodo—. Tú dijiste que no querías llamar la atención.

—Lo siento, tienes razón. Vamos, debemos bajar, los botes nos llevarán a tierra.

El chico sonrió mientras ocupaban su lugar en la chalupa, en la que dos remeros de pie movieron sus palas hasta depositarlos en un muelle junto a la orilla.

—¡Llegamos! —anunció Jules contento dando saltitos de alegría.

—¡Así es! —le devolvió la sonrisa su madre—. Ahora sujétate de mi falda mientras caminamos.

—¡Ya soy grande para sujetarme de tu falda, maman!

—Tienes razón, pero no te apartes de mi lado mientras vamos hacia esa fila.

—¡¿Otra fila más?!

—Sí, deben anotar nuestros nombres otra vez y darnos algún documento.

—¿Qué es un documento?

—Un papel con tu nombre.

—¿No puedes escribirlo tú? Diles que sabes escribir.

—No puedo hacerlo yo misma, cariño. Es necesario un sello también que sólo tienen en esa oficina. En cuanto nos den esos papeles tendremos que buscar el equipaje y ya podremos marcharnos.

—¿Iremos a buscar a ese hombre al que debo llamar papá?

—Sí, Jules, y ya te expliqué que deberás decirle así porque él es tu padre.

—No entiendo cómo es mi padre y no lo conozco —se quejó con los labios fruncidos.

—Ya hemos hablado de esto muchas veces, hijo. No es el momento ni el lugar para continuar con el tema, lo haremos más tarde.

—¿Ahora iremos a comprar mi dulce?

—Todavía no, pero sí muy pronto. Vamos a esa fila. —Habían llegado a un sector dentro de un galpón donde varias decenas de personas se apretujaban frente a un mostrador.

—¡Hay mucha gente! —se quejó Jules con un mohín.

—Lo sé, hijito. Ten un poco más de paciencia, cuando crezcas tendrás en tu memoria para siempre este día tan importante, que marca una nueva vida para nosotros. Trata de sentirte contento, así guardarás un recuerdo alegre.

La media sonrisa demostró la buena voluntad que el chico ponía a pesar del cansancio y Léonie sintió una cálida oleada de amor en el pecho. Adoraba a Jules, era lo más importante en su vida. Había decidido embarcarse en esa osada aventura hacia las promisorias tierras argentinas con la intención de darle un mejor futuro. Quería que su hijo tuviera a su padre a su lado, una figura paterna que lo cuidara y se ocupara de él. Además del amor que sentía por Ernest, por supuesto, lo sabía; pero intentó frenar el anhelo egoísta que brotaba de su corazón recordándole el fuego que todavía ardía allí. Más allá de sus propios sentimientos por el hombre a quien amaba, el porvenir de Jules era su prioridad.

Después de una larga hora para acceder a las autoridades de migraciones que les tomaron los datos y les dieron dos papeletas escritas a mano que les servirían como documentos, finalmente Léonie soltó una carcajada de alegría.

—¡Lo logramos, Jules! ¡Nos han aceptado de manera oficial! ¡Podremos vivir aquí para siempre si lo deseamos!

—¿Quiere decir que ya podemos ir a comer?

—Ya casi, sólo un momento más, mi vida, primero debemos ir a buscar nuestro baúl.

—¡Pero tengo hambre, mamá!

—Lo sé, te prometo que será rápido, vamos, es allí y no hay fila —dijo señalando un sector donde se amontonaban cientos de baúles.

Sujetando con fuerza la mano de su hijo, Léonie avanzó entre la multitud que poblaba la zona de desembarco, junto al río. Había mucho movimiento a su alrededor. Changarines que se ofrecían para cargar los equipajes sobre sus espaldas. Gente que se abrazaba al reencontrarse con familiares que habían emigrado antes que ellos. Recién llegados que intentaban abrirse camino en esa nueva tierra arrastraban sus petates. Hombres que ofrecían alojamiento en sus conventillos acercaban rústicas carretas hasta el lugar para subir el equipaje de los nuevos inquilinos. Gritos y risas inundaban el aire húmedo junto a la costa porteña. Un bullicio constante se colaba entre quienes por allí andaban, obligándolos a alzar la voz para entenderse.

Mientras Léonie esperaba que le entregasen su baúl, un hombre se detuvo a su lado. Demasiado cerca, para el gusto de ella. Podía sentir la penetrante colonia que lo rodeaba aun antes de verlo a la cara. Había soltado la mano de Jules para darle al encargado de las maletas un comprobante, tras advertirle que no se apartara de allí. En ese momento, mientras se doblaba y empujaba el baúl con esfuerzo, insistió:

—No te alejes, Jules.

Oui, maman.

El hombre de intenso perfume se inclinó por encima de ella y posó sus manos junto a las suyas.

—Permítame. Esto no es tarea para una dama.

Je ne comprends pas…

—No se preocupe por el idioma, lo aprenderá enseguida. Mientras tanto, yo la ayudaré con lo que necesite. Soy Raúl Fuentes, para servirla —dijo y le tendió una mano que ella eligió no estrechar mientras sacudía la cabeza. Seguía sin comprender.

—Jules —lo llamó mirando a su alrededor, entre decenas de enormes cajas de embalajes.

—Aquí estoy —le respondió la voz de su hijo.

—No te veo. ¿Dónde?

—Detrás de un paquete muy grande, atrás de ti, puedo verte desde aquí.

—No te alejes de mí —insistió mientras volvía a empujar su baúl, a la vez que intentaba que el hombre se fuera por medio de gestos.

—Deje de sacudir las manos, no me iré —le dijo el hombre—. No la dejaré sola en medio de esta multitud. Venga conmigo, le daré un techo y un trabajo. Y puede traer a su hijo. Es una oferta mejor que ninguna otra. Mis competidores no son tan benevolentes.

Léonie entendió poco del discurso, pero sí captó lo que transcendía esa mirada de ojos oscuros remarcados por cejas gruesas, cabello peinado aplastado gracias a algún truco que ella desconocía y piel brillante por el exceso de grasitud. Vestía un traje pero distaba de ser un caballero. El hombre la observaba con admiración en algunos momentos y como evaluando una mercadería que estuviese por comprar en otros, recorriéndole el cuerpo con la vista. No le gustó.

Allez! Allez! —le ordenó incómoda que se marchara, y extendió el brazo señalando hacia un costado en inequívoco gesto.

—Una francesita con carácter es justo lo que necesito para levantar puntos con mi jefe —dejó escapar entre los labios torcidos en una mueca—. Será un éxito en el local. No la dejaré marchar, así que no insista.

Todavía sin comprender, Léonie dio un paso al costado buscando alejarse de él. El hombre se corrió para acompañar el movimiento y seguir a su lado, sin perderle pisada. Léonie volvió a apartarse unas cuantas veces, hasta que no pudo hacerlo más para no alejarse del baúl con todas sus pertenencias.

Se plantó frente al hombre con la intención de exigirle que se fuera pero antes de que pudiera decir nada él la tomó por la muñeca.

—Vamos —le ordenó—. Yo me ocupo del baúl.

Non! —exclamó e intentó liberarse, pero la mano del hombre era como una tenaza a su alrededor. No se movió ni un centímetro a pesar de los tirones de ella.

El forcejeo continuó largos minutos. Con la mirada Léonie buscó ayuda entre quienes la rodeaban, pero con desesperación descubrió que nadie le prestaba atención, todos ensimismados en sus propias preocupaciones.

Con facilidad el hombre logró arrastrarla varios pasos, a pesar de las negativas de ella. Llegaron a la zona de las carretas y Léonie le propinó una fuerte patada en la pierna, cerca del tobillo, cuando él intentaba subirla a una de ellas. Sorprendido, no se dejó intimidar. Le asestó un sopapo en la mejilla que la empujó hacia atrás, y aunque Léonie no llegó a caer, mientras estaba atontada el hombre la subió al asiento del carro.

—Quédate ahí mientras voy a buscar tu baúl. Si te mueves te encontraré y ya no seré tan delicado contigo —gruñó antes de alejarse de ella.

Léonie no entendió sus palabras aunque sí adivinó la amenaza del tono mientras sentía el ardor del golpe en su mejilla, pero eso no la detuvo. No iba a permitir que nadie la llevara contra su voluntad, ni que la alejasen de su hijo. Decidida, bajó de un salto del alto carro y fue tras los pasos de su agresor, ya que Jules había quedado también en la zona de equipajes. Corrió entre los baúles, pero no encontró al niño en donde lo había dejado. Dio dos vueltas por el lugar y lo llamó en voz alta:

—¡Jules! ¡Jules! —gritó, pero nadie respondió—. Jules, no te escondas, ven aquí. ¡Jules, hijo!

Sólo el murmullo de la gente hacía eco a sus palabras. Léonie empezó a inquietarse, no veía a su hijo ni escuchaba su voz por ningún lado.

Volvió a llamarlo varias veces con fuerza, pero fue en vano. Corrió gritando su nombre entre la multitud con igual resultado. Vio que el hombre que la había golpeado se acercaba a ella pero no le importó, continuó corriendo en círculos entre la gente y llamando a Jules, con el corazón estrujado. Perder a su hijo en esa tierra extraña era una pesadilla peor aún que el miedo de no encontrar nunca a Ernest. ¿Perderlo?, ni siquiera se animaba a formular la posibilidad y la descartó de inmediato. No, claro que no, se convenció a sí misma. Debe estar por aquí, ya lo voy a encontrar y lo abrazaré junto a mi pecho un largo rato.

Repitió su nombre en voz alta una vez más pero el viento no llevó hasta ella el sonido tan deseado. No escuchó a Jules diciendo “maman”. En cambio sonó como un trueno acercándose el vozarrón del desagradable y autoritario hombre que se creía con derecho a mandarla.

—¡Detente! ¡No me obligues a seguir corriendo! —exclamó corto de aliento.

Léonie no le entendió ni tampoco le interesó lo que pudiera decirle. Sólo tenía una meta: encontrar a Jules. Continuó andando con pasos cortos y veloces sin detenerse, siempre llamando a su hijo. Por el rabillo del ojo vio que el hombre dejó de seguirla y se sentó a un costado, observándola. Eso le permitió enfocarse en la búsqueda. Recorrió las filas que todavía quedaban, preguntó sin éxito a los que hablaban en francés si alguien lo había visto, revisó los grupos de personas que se abrazaban, buscó entre los que se dirigían hacia la calle… ¡La calle!, pensó asustada. Quizás fue hacia allá en busca de comida. La culpa es mía por no escucharlo, sabía que estaba hambriento, se castigó a sí misma con los ojos empañados por las lágrimas. La congoja se estaba apoderando de ella. ¿Y si no logro encontrarlo?, se preguntó con miedo, pero enseguida intentó apartar esa idea de su mente. Necesitaba concentrarse para buscarlo. Corrió sobre los adoquines del playón del puerto hasta llegar a la calle, en realidad encontró una avenida. Coches de diferentes tamaños, tirados por uno, dos y hasta cuatro caballos circulaban en ambos sentidos. Un cochero le gritó para que se apartara cuando ella se acercó demasiado a los animales. De inmediato comprendió que esa ciudad no era tan pequeña como había pensado. El tránsito era bastante intenso, casi como en París. Preocupada, miró hacia ambos lados en busca del niño. La ausencia de su hijo la estaba desesperando.

Empezó a caminar apurada hacia una esquina, aunque pronto se dio cuenta de que se estaba alejando del lugar donde Jules podría estar buscándola a ella, así que regresó sobre sus pasos con rumbo al puerto. Volvió a recorrer el enorme sector entre el muelle, los galpones y donde esperaban los coches y las carretas. Quedaba menos gente, por lo que pudo moverse con libertad y observar con más facilidad. Eso la angustió: no había señales de Jules por ningún lado.

En ese momento un intenso miedo se apoderó de ella: descubrió que su hijo no sólo se había alejado, confirmó que estaba perdido. Sintió que sus fuerzas la abandonaban, que no podría continuar con la búsqueda. Lo único que quería hacer era llorar. Dejó que sus piernas se doblaran y de a poco cayó al piso empedrado del patio. Lo que comenzó como un llanto silencioso en escasos minutos se convirtió en un concierto de hipidos y profundos sollozos. Quienes pasaban a su lado la observaban con mirada crítica antes que piadosa, pero a Léonie no le importó, no podía ni tenía intenciones de controlar sus gemidos. Le dolía el alma.

¿Cómo seguir?, se preguntó en medio de su angustia. Jules, Jules, Jules, el nombre de su hijo se repetía en su mente una y otra vez. Cerraba los ojos y lo único que veía era la carita pecosa sonriente bajo el cabello rojizo revuelto, pero al abrirlos el pequeño no estaba allí y su ausencia era aún más notoria. Continuas lágrimas empañaron sus ojos, Léonie las apartó con los dedos una y otra vez en un intento inútil por secar su rostro. Venían de una fuente inagotable: su corazón partido. Escondió la cabeza entre las rodillas, decidida a quedarse allí llorando hasta que las lágrimas cesaran, si es que eso ocurría alguna vez.

No sabía bien cuánto tiempo había pasado en esa posición, cuando una mano se posó sobre su hombro derecho, que todavía se estremecía por los sollozos. Levantó la vista asustada, recordando al hombre que había intentado llevársela antes, pero en cambio divisó, a través de los ojos llorosos, al amable oficial que había autorizado su desembarco.

—¿Qué te ocurre? —le preguntó en su lengua, mientras se arrodillaba a su lado.

—Mi pequeño, no está, no lo encuentro.

—¿El simpático pelirrojo se ha escapado?

—¡No! —exclamó con énfasis, para enseguida continuar con voz calma y sin llorar—, no lo creo. Tenía hambre, sin duda se alejó buscando algo para comer y se ha perdido. Lo he buscado por todas partes y no puedo encontrarlo —concluyó entre más lágrimas.

—Bueno, bueno, ya basta de llanto. A ti no te hace bien y a él tampoco, quedarte aquí sentada no te ayudará a encontrarlo. Vamos.

—¿A dónde?

—A buscarte un lugar donde dormir, debes descansar y ponerte presentable para mañana. No conviene que te vean en este estado, debes parecer una madre respetable.

—¡Lo soy! Soy una mujer decente y una excelente madre. Pero, ¿por qué dice eso? ¿Qué ocurrirá mañana?

—Iremos a hacer la denuncia policial. Ellos podrán colaborar en la búsqueda.

—Oooh… —la exclamación de Léonie terminó en un murmullo. A ella no se le había ocurrido. Se llevó las manos a la cabeza y encontró los cabellos hechos un desastre, enredados y desparramados, enganchados con su sombrero caído sobre la espalda, con sólo una cinta que lo separaba de perderse. Sumado a su rostro hinchado, no le extrañó que él le sugiriera mejorar su imagen antes de ir a ver a las autoridades.

Mientras se ponía de pie vio que estaba oscureciendo, las farolas de gas de la calle ya estaban encendidas y nuevas lágrimas la invadieron, pensando en su hijo solo en la noche en una ciudad desconocida.

—Basta de llorar —insistió el oficial de inmigraciones.

—Pero Jules…

—Tu llanto no ayuda a tu hijo, ya te lo he dicho. Haz algo por ti ahora y sin duda mañana podrás recuperarlo.

—¿De verdad cree que lo encontraré mañana?

—Tienes muchas posibilidades de encontrarlo a la luz del día. Muchas más que ahora.

Léonie entendió que el hombre no quería mentirle ni darle falsas esperanzas.

—Sí, creo que tiene razón. Gracias… Lo siento, no recuerdo su nombre.

—Jean Pierre.

—Gracias, Jean Pierre —murmuró y con esfuerzo se tragó los últimos sollozos.

—Vamos —repitió el guardia y le tendió la mano para ayudarla a ponerse de pie.

Mientras se sacudía el polvo de la falda e intentaba acomodarse el sombrero, Léonie vio que el hombre por cuya culpa perdió de vista a su hijo no le quitaba los ojos de encima. De pie en un extremo alejado del patio de coches, apoyado contra la misma carreta donde la había obligado a subir, el sujeto de mirada oscura, traje barato y pelo brilloso la señaló con el brazo extendido mientras le dedicaba una cínica sonrisa.

Léonie sintió más odio que miedo, no dejó que la fuerza que exhalaban los gruesos brazos del hombre la intimidara. Levantó el mentón y se alejó de allí con la frente alta, sin dejar de espiarlo por el rabillo del ojo, para ver si él la seguía. Por fortuna no fue así. El matón se quedó en donde estaba, apenas observándola.

Eso le provocó un suspiro de alivio que no pasó desapercibido para Jean Pierre.

—¿Qué te ocurre? ¿Has visto a tu hijo?

—Ojalá hubiera sido eso, pero no. Apenas me alegra saber que ese sujeto ha dejado de seguirme. Por su culpa perdí de vista a Jules.

—¿Por culpa de quién?

—De aquel hombre —indicó mientras señalaba hacia un costado con la cabeza—, me distraje cuando intentaba escapar de él, que me estaba obligando a acompañarlo.

Jean Pierre observó quién era y asintió con una mueca.

—Sí, lo conozco.

—¿Lo conoce? —preguntó temerosa, asaltada por la duda de que quizás ambos hombres tuviesen los mismos planes.

—Apenas de vista, porque está todos los días en el puerto; pero sé a qué se dedica: a buscar jovencitas recién llegadas en el muelle.

—¿Y por qué nadie lo detiene si se sabe que secuestra personas? —exclamó en un tono agudo, bastante enojada.

—Porque no las secuestra. Lo que hace no es ilegal: les ofrece trabajo. Las muchachas van con él porque quieren.

—Le aseguro que yo no fui hasta su carreta por mi voluntad, ese hombre me arrastró por la fuerza. ¡Tuve que escaparme! —enfatizó, y después su voz se convirtió en un murmullo—. Y cuando regresé Jules ya no estaba…

—Deja de preocuparte, sin duda lo encontrarás mañana, vámonos ya, no es momento para más llanto —anunció decidido cuando vio que nuevas lágrimas amenazaban escapar de los ojos de Léonie.

—¿A dónde vamos?

—Yo te recomendaría que alquiles una habitación en el edificio donde yo vivo, pero dado que sin duda querrás regresar aquí mañana, será mejor que te quedes en el asilo para inmigrantes. Está aquí mismo, aquel edificio de allá —señaló.

Aunque estaba decidida a luchar contra la adversidad, el agotamiento pudo más que la voluntad de seguir buscando a Jules y Léonie se dejó llevar.

—Sí —aceptó—, quiero estar aquí al amanecer por si mi niño sigue en esta zona.

—Entonces vamos hacia allí. ¿Tienes todas tus pertenencias?

—No, me falta mi baúl, tengo sólo esto conmigo —explicó mostrando el bolso de mano—. Yo lo estaba retirando cuando ese hombre horrible me llevó y luego lo olvidé, no sé dónde quedó.

—Ven, iremos al despacho de equipajes.

Anduvieron los pasos que los separaban del patio de las valijas, pero ya no quedaba nadie allí. El mostrador estaba cerrado y tampoco había señales del baúl.

—Pierdo a mi hijo y también todas nuestras cosas. Mi estadía en este país no podría haber empezado de peor manera —se quejó, y al recordar la ausencia de Jules las lágrimas asomaron otra vez, pero con esfuerzo Léonie se controló y buscó en su interior algo de su practicidad habitual, que hasta entonces estaba escondida. No iba a dejar que la situación la venciera. Debía ser fuerte y organizarse para recuperar a su hijo—. ¿Es posible que lo hayan guardado en algún sitio los encargados de las maletas?

—No lo sé, quizás sí, lo averiguaremos mañana —respondió Jean Pierre con poca convicción, pero a la vez la tomó del brazo con seguridad para arrastrarla fuera de allí—. Vamos.

Ya había oscurecido casi por completo, la leve claridad que les permitía no tropezar en el empedrado de madera de las calles provenía de las farolas de gas. Jean Pierre la condujo con paso firme, sin soltarla, hasta un edificio no muy grande a un costado del puerto, en el lado opuesto a la orilla.

Un pequeño cartel junto a la puerta de entrada confirmó a Léonie que Jean Pierre la estaba llevando a donde le había dicho: “Asilo de inmigrantes” anunciaba una placa metálica. Se tranquilizó. Sin duda ese hombre era honesto, no tenía intenciones de embaucarla.

Una vez dentro del edificio, Jean Pierre la ayudó a inscribirse. Le dijeron que podría quedarse allí hasta cinco días y enseguida le indicaron el pasillo hacia el enorme salón al que llamaban “dormitorio de damas”.

—Creo que llegó el momento de la despedida. No está permitido que los hombres ingresen a aquel sector, pero me gustaría volver a verte —anunció Jean Pierre con voz solemne y una gran sonrisa.

—Yo no creo… El padre de Jules… —titubeó ante las indudables intenciones de él.

—Déjame ayudarte a encontrar a tu hijo. Después te ocuparás de su padre.

—Sí, está bien. Jules es lo más importante para mí, necesitaré toda la ayuda posible.

—Puedes empezar a buscarlo por tu cuenta desde la mañana. Yo te ayudaré en mi hora de almuerzo, vendré aquí por ti. Y si lo encuentras antes, por favor, espérame junto a la puerta del asilo al mediodía para despedirnos, si estás de acuerdo.

Léonie asintió, demasiado cansada para discutir. Al fin y al cabo, él estaba tratando de ayudarla. Lo saludó con un apretón de manos y se perdió en el largo pasillo que la llevó a las entrañas del extraño edificio. A medida que avanzaba con su bolso en la mano descubrió que se parecía mucho a un hospital. Grandes salas con decenas de lechos apilados, igual que en el barco, ocupaban la totalidad de los espacios. Le asignaron una litera superior igual a todas: sin colchón ni sábanas. Había apenas una base de cuero tirante sujeta a una estructura metálica y una manta. En la inferior había una mujer mayor durmiendo y a su lado una muchacha joven, que la observaba con interés. Léonie la saludó en francés pero la joven le respondió en otra lengua, que reconoció como italiano, aunque ella no la hablaba. Demasiado cansada para esforzarse en comprender o hacerse entender, se dirigió al salón de al lado, donde halló varias jofainas y fuentes de agua para lavarse las manos y una fila de orinales que había que vaciar en un caño en un rincón después de usarlos.

Al regresar a su lecho vio que su compañera ya estaba dormida, y agradeció no tener que intentar una charla. Su ánimo no le permitía hablar con nadie, en ningún idioma. Lo único que quería era descansar para recuperar fuerzas para buscar a su hijo al día siguiente. Se acostó y cerró los ojos, que al pensar en Jules habían vuelto a humedecerse. Imaginó el miedo que debía estar sintiendo su pequeño solo en esa ciudad extraña y sintió una punzada en el corazón. Los ruidos que la rodeaban —ronquidos, toses, bostezos, un bebé llorando y algunas risas— no le molestaban. Al contrario, la fueron acunando. Temía el silencio. Le recordaba que su hijo no estaba a su lado y esa ausencia le dolía en el alma. A pesar de la desolación que la invadía, decidió que no iba a dejarse vencer por la difícil situación. Haría todo lo necesario para encontrar a Jules. Tras un largo rato llorando el cansancio se apoderó de ella y la ayudó a escapar de la dura realidad.

2

Cuando abrió los ojos le costó recordar en dónde estaba. La tenue luz del amanecer entraba por los ventanales ubicados muy altos, cerca del techo, y permitía ver bastante más que sombras pero no reconoció el lugar. Los sonidos no le resultaban extraños, eran similares a las voces en la cabina compartida del barco donde durmiera el último mes, pero en cuanto extendió el brazo en busca de Jules recordó que ya estaba en tierra y que su hijo no se hallaba durmiendo a su lado. La angustia la invadió por completo y empezó a temblar. Las lágrimas formaban un nudo en su garganta y amenazaban desbordar pero Léonie sabía que si empezaba a llorar no podría detenerse. Con un gran esfuerzo logró controlarlas. Tenía que levantarse para salir a buscar al niño. No podía darse el lujo de quedarse llorando en esa litera prestada.

Miró a su alrededor y vio decenas de mujeres recién llegadas preparándose para enfrentar el día en esas nuevas tierras. Se levantaban contentas, esperanzadas. Ellas no han perdido a su hijo, no conocen el dolor que llevo dentro, pensó con amargura. Porque a la angustia por no tener a Jules consigo, Léonie sumaba la culpa por haberlo perdido. Se sentía responsable por el miedo que debía estar sintiendo su pequeño en ese momento, porque hubiese pasado la noche solo, por cualquier situación difícil que estuviera enfrentando. En ese punto sacudió la cabeza y se obligó a detenerse, no podía seguir pensando en esas cosas. Las lágrimas y la pena deberían esperar. Era momento de encarar el día con optimismo, pensando en que lo iba a encontrar y que él estaría bien. Apartó la manta áspera que había en el lecho y tras bajar de un salto se encaminó hacia los lavabos con decisión.

Después fue al comedor, donde encontró largos tablones utilizados como mesas con bancos a ambos lados. Allí también estaban separados por géneros: hombres en un sector del salón y mujeres y niños en el otro. Dos asistentes de cocina pasaron sirviendo tazas con un líquido caliente que Léonie pensó en un comienzo que era té, pero cambió de idea al probarlo. Aunque tenía azúcar, el dejo amargo de la bebida verdosa le indicó que se trataba de otra cosa, desconocida para ella. Le dieron también dos bollitos de pan, que se obligó a comer. Recordó que no se había alimentado el día anterior y que necesitaría fuerzas para lo que vendría.

En cuanto terminó, buscó en su bolso los papeles que le habían dado en la oficina de Migraciones, los guardó en el bolsillo de su tapado y salió a la calle. Miró bien a ambos lados para ubicar los edificios linderos, y avanzó con la esperanza de poder hallar el camino de regreso, aunque imaginó una vuelta feliz en compañía de su hijo.

Jules, Jules, repitió en su mente varias veces, prometo que te encontraré.

Mientras avanzaba se fijó en el nombre de la avenida sobre la que se ubicaba el asilo para inmigrantes: Paseo de Julio. Sabía que estaba muy cerca del puerto y decidió regresar allí por si Jules tenía la misma idea. Atravesó con prisa los metros que la separaban del lugar donde podría encontrar a su hijo, corriendo todo lo que le permitía el desparejo suelo empedrado.

Se sorprendió en cuanto se acercó. La actividad en el puerto había comenzado muy temprano. Ya estaban llegando los botes de un barco anclado en aguas más profundas desde esa madrugada y el movimiento era intenso. Más de un centenar de personas circulaba por los diferentes playones, el de estacionamiento de carretas, el de equipajes, frente a las oficinas donde se hacían los trámites de migración, parientes que esperaban a los viajeros. Gente por todos lados. Léonie había ansiado encontrar un escenario más tranquilo, que ofreciera alguna facilidad en la búsqueda de su hijo, pero la realidad resultó otra. El clima era tan bullicioso como el del día anterior. Inspiró para juntar fuerzas y empezó a abrirse pasos entre el gentío como pudo. Pidiendo permiso en su lengua unas veces y con ayuda de los codos en otras.

Caminó por todos lados, llamando a Jules en voz alta una y otra vez. Registró los rincones entre los baúles y cajas que se iban apilando en el patio, entró en las oficinas y repitió el nombre de su hijo varias veces. Volvió a salir y dio cientos de vueltas por todo el puerto llamándolo. La desesperación en su voz hizo que muchos la observaran, pero nadie se ofreció a ayudarla, tampoco le preguntaron qué le ocurría. Estaba sola. Y así se sentía: más sola que nunca. Dueña de una soledad muy dolorosa. Más allá de su propia tortura, le causaba una puntada en el pecho saber que su hijo también estaba sufriendo. Porque Léonie no dudaba de eso, sabía que Jules debía estar pasándola mal solo en esa ciudad desconocida donde todos hablaban una lengua extraña. Las lágrimas amenazaron con volver y detuvo su andar para contenerlas. Apretó los puños y se clavó las uñas en las palmas de las manos para desviar el dolor hacia otra parte de su cuerpo, en un intento desesperado por dejar de imaginar la situación de Jules.

Estaba evaluando cómo seguir cuando sintió una mano que se apoyaba en su hombro desde atrás. ¡El hombre siniestro de ayer!, fue lo primero que pensó. Lo había buscado con la vista para esquivarlo pero no alcanzó a distinguirlo. Al parecer él había tenido más suerte y la encontró primero. Estaba dudando entre salir corriendo sin siquiera verlo o darse vuelta y asestarle un pisotón antes de escapar cuando la voz a sus espaldas le resultó familiar y amigable:

Bonjour!

—¡Jean Pierre! ¡Qué alegría encontrarlo! Me sorprendió, pensé que era otra persona —exclamó aliviada.

—¿Otra persona? ¿Acaso ya has hecho nuevos amigos en estas horas en la ciudad? —preguntó con la misma confianza con que la trataba desde el momento en que la conoció en el barco.

—No, nada de eso. Me refería al extraño con malas intenciones que le mencioné ayer. El hombre gordo del puerto.

—Sí, lo recuerdo, pero no debes pensar más en él. No creo que vuelva a intentar llevarte por la fuerza. No es así como suele manejarse.

Mientras hablaban Jean Pierre había empezado a andar y le indicó con un gesto que la acompañara.

—¿A dónde vamos? —preguntó con curiosidad.

—A la estación de policía, quizás puedan ayudarnos, pero no creas que saldrán corriendo a buscar a tu hijo. Es probable que anoten sus datos, tomen su descripción, y avisen a los agentes que patrullan las calles para que estén atentos —explicó con cautela, no muy convencido de que algún oficial fuera a dedicar mucho tiempo para buscar a un pequeño inmigrante perdido. Aunque el gobierno promovía la llegada de extranjeros, la población local no los asimilaba como pares. Los consideraban inferiores por el simple hecho de haber nacido al otro lado del océano y lanzarse a la aventura, por eso muchos los llamaban “aventureros”. Y eso ocurría en todos los niveles sociales, los policías incluidos.

Léonie asintió con un gesto y caminó a su lado con paso ágil, esperanzada por las palabras de Jean Pierre, eligiendo ignorar su recelo. Estaba convencida de que la ayudarían.

Una vez dentro de la comisaría, se arrepintió por no haber creído más en la predicción de su guía. Tras esperar más de dos horas en una sala sin siquiera una silla disponible, el oficial que los atendió no proveyó ningún consuelo a la madre con el corazón desgarrado de dolor. A pesar de que la intermediación de Jean Pierre le allanó la barrera del idioma, el hombre la miró desde atrás de un escritorio con molestia.

—Estas extranjeras llegan y piensan que vamos a hacer de niñera de sus hijos, su deber es cuidarlos, que para eso los han tenido. Deberían ser mejores madres, ocuparse como corresponde —murmuró con disgusto mientras anotaba los datos del niño en un formulario—. Pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una madre soltera? —concluyó.

—¿Estos comentarios son parte de su trabajo? —preguntó Jean Pierre de mal modo, lo cual incomodó al hombre y lo impulsó a dedicarse al cuestionario.

—¿Alguna seña distintiva?

—Tiene el cabello de un rojo intenso, eso sin duda llama la atención —respondió Jean Pierre con gesto adusto, pero evitando la confrontación. Necesitaban la ayuda del policía. No ganarían nada con provocar su ira.

Léonie no entendió el diálogo pero sí percibió el tono agrio del interlocutor que provocaba la seriedad de Jean Pierre. Eso no podía ser bueno. Empezó a moverse incómoda sobre sus pies, con la sensación de que estaba perdiendo el tiempo allí. Tiempo precioso en el que podría estar buscando a su hijo en las calles.

—Vámonos —le dijo a Jean Pierre.

—Sí, vamos, ya hemos dejado los datos de Jules y los tuyos. Si saben algo te avisarán en el asilo. Dijo que debes esperar allí.

En lugar de dejar que la pena la invadiera, Léonie transformó la impotencia que le causaba la poca empatía de aquel oficial en rabia. Y esa rabia le sirvió como empuje para recargar energías.

—No pienso quedarme esperando noticias pues dudo que lleguen. No creo que la policía se ocupe. Buscaré a mi hijo por mi cuenta. ¿Por dónde cree que debo empezar?

—Sugiero que por las cercanías del puerto. No creo que un niño pueda ir demasiado lejos. Yo debo regresar a mi puesto, me he pasado de mi hora de almuerzo…

—No se preocupe, le agradezco lo que ha hecho, seguiré sola desde aquí.

—¿De verdad? ¿Te animarás?

—Me he animado a cruzar el océano por un hombre. Sin duda podré recorrer toda esta ciudad por mi niño.

—Sigue por esta calle derecho, saldrás a la plaza de la Victoria, frente al Cabildo. A su lado está la plaza del Fuerte y en medio de ambas está la Recova, una larga galería de locales. Suele haber mucha gente en los puestos, también circulan vendedores callejeros, muchos de ellos son niños. Quizás alguno haya visto a Jules.

—Bien, hacia allí iré. Enséñeme cómo se dice en español “¿Ha visto a un niño de esta altura con cabellos rojos?”, por favor.

Jean Pierre se lo dijo y ella lo repitió varias veces hasta pronunciarlo con corrección. Después de eso él se despidió, le deseó buena suerte y prometió volver a buscarla en el asilo al anochecer, al terminar su turno de trabajo.

Léonie lo vio alejarse con un dejo de tristeza. Jean Pierre era la única persona con la que contaba en esas tierras, al menos hasta que encontrara a Ernest. Ernest, al pensar en él su corazón se contrajo. ¡Ansiaba tanto verlo! Saber que estaban en la misma ciudad y no tener la posibilidad de abrazarlo, de permitir que los brazos de él la envolvieran y le dieran ese calor que sólo él le transmitía… Sacudió la cabeza y se obligó a dejar de recordarlo. Antes debía encontrar a su hijo. Sólo si se reunían los tres su felicidad podría ser completa. Impulsada por la idea de completar la unión de su familia cuanto antes, avanzó con paso firme hacia donde Jean Pierre le había indicado que quedaba la plaza principal de la ciudad. Una vez allí, Léonie se sorprendió por la importancia del lugar: además de los locales en la Recova que él había mencionado, estaban también la Catedral y el Cabildo. Imponentes edificios, pensó con admiración, hasta que se dio cuenta de que ofrecían cientos de escondrijos para un niño. Suspiró y marchó decidida a revisarlos. A los soldados que custodiaban la entrada del Cabildo les preguntó por su niño con la frase recién aprendida, pero ambos negaron con la cabeza.

En los locales de la Recova tampoco lo habían visto. Preguntó a los encargados de las tiendas y a los paseantes también. En los puestos callejeros tuvo un poco más de suerte. Una joven que vendía flores respondió de manera afirmativa con la cabeza cuando le preguntó si había visto a alguien con la descripción de Jules.

—¿Dónde? ¡Por favor, dígame dónde lo vio! —exclamó exaltada en francés.

La muchacha sacudió la cabeza e hizo gestos con las manos, pero no despegó los labios.

—¿No me comprende? —insistió en su idioma, hasta que se le ocurrió que era mejor repetir la única frase que sabía en español—. ¿Ha visto a un niño de esta altura con cabellos rojos?

La joven volvió a asentir y acercó una mano a la cabeza de Léonie, de donde tomó un rizo de cabello que había escapado al peinado. Lo retuvo entre sus dedos y lo señaló con la otra mano repetidas veces. Enseguida hizo un gesto en el aire que marcaba la altura aproximada de Jules.

Léonie inspiró con fuerza. Esa mujer sin duda quería decirle que había visto a su hijo, pero dudaba que pudieran entenderse.

Oh, mon Dieu! —soltó en voz alta y levantó ambos brazos al cielo con desesperación, para luego bajarlos y cubrirse el rostro mientras rompía en un ruidoso llanto.

Ese gesto llamó la atención de una mujer que pasaba por la Recova escoltada por una criada que cargaba varios paquetes detrás de ella.

—¿Le ocurre algo, mademoiselle? ¿Se encuentra bien? ¿Puedo ayudarla? —le preguntó en un correcto francés.

Sorprendida por la inesperada ayuda que provenía de una voz con indudable acento extranjero, Léonie se descubrió el rostro para encontrarse con una joven dama vestida con exquisito estilo y un sombrero pequeño con apliques que debía valer una fortuna. Con prisa buscó un pañuelo en la manga de su vestido y se secó las mejillas avergonzada.

—Oooh… —fue lo único que pudo decir entre los sollozos que intentaba controlar con escaso éxito.

—¿Está bien? ¿Puede decirme qué le ocurrió?

—No, no estoy bien, porque perdí a mi hijo y lo estoy buscando y no hablo español y esta mujer dice que lo vio y no me dice en dónde porque no nos entendemos ¡y yo estoy desesperada! —exclamó muy deprisa, casi sin respirar.

—Siento mucho lo de su hijo, pero no se preocupe que sin duda aparecerá pronto. Si Manuela lo ha visto no debe estar lejos.

—¿Manuela?

—Sí, la muchacha del puesto de flores. Trabaja aquí desde hace años, soy su clienta, y si ella no ha dicho dónde lo vio es porque no puede hacerlo: es muda.

—¡Ay, no! —Léonie no pudo contener la desilusión al ver esfumarse su única pista sobre Jules y apretó un puño dentro de otro con desesperación.

—Debe tranquilizarse, los nervios no la ayudarán. Deje que yo intente sacarle más información a la muchacha.

—Por favor, pregúntele por dónde vio a Jules. Ni siquiera estoy segura si lo vio o si se refería a otro niño.

—Descríbame a su hijo, es lo primero que debemos confirmar —ordenó con astucia.

—Es de esta altura —indicó Léonie marcando su cintura—, tiene cabellos de un color rojo intenso y muchos rulos que escapan de su gorra a cuadros todo el tiempo. Llevaba un saco de lana gris y pantalones cortos.

Con paciencia, combinando preguntas con gestos, la dama y la florista mantuvieron una especie de diálogo. Al cabo del mismo la elegante joven se volvió hacia Léonie con una sonrisa.

—El niño que Manuela vio encaja con la descripción de su hijo.

—¡Alabado sea Dios! —murmuró con alivio—. ¿Dónde está? ¿Dónde estaba cuándo lo vio?

—En la Estación Central.

—¿Qué es eso?

—La estación de trenes que está aquí cerca.

—¡Trenes! ¡Claro! A Jules le encantan los trenes, ¿cómo no se me ocurrió ir a buscarlo allí? ¡Debo ir ya mismo! ¿Dice que es cerca?

—Sí, sólo siga por esa calle, Paseo de Julio, la que está de aquel lado de la plaza, en sentido hacia el norte, hasta la calle de la Piedad. Será apenas una cuadra, verá el enorme edificio de la estación a su derecha, sobre el río.

—¿De verdad? ¿Tan cerca? —la alegría iluminó la cara de Léonie. Quería salir corriendo y a la vez quería ponerse de rodillas para agradecer a esa gentil dama por su ayuda—. Gracias, gracias, gracias —fue lo único que alcanzó a decir.

—No me agradezca —la interrumpió su interlocutora—. Hice lo que esperaría que alguien hiciera por mí si perdiera a uno de mis hijos en una ciudad donde no hablo el idioma.

—Pero usted conoce otras lenguas.

—Apenas una además de la mía; tuvo suerte porque el francés está de moda en Buenos Aires. Muchas familias obligan a sus hijos a estudiarlo, querida. ¿Cuál es su nombre?

—Me llamo Léonie Marchall, y seré su eterna servidora por la ayuda que me ha prestado hoy, madame...

—Soy madame Bustamante, y ya le he dicho que no me debe nada. Sólo espero que encuentre a su hijo. ¡Vaya! ¿Qué espera? —la alentó con una sonrisa.

Léonie caminó todo lo deprisa que le permitían el decoro, la larga falda con polisón debajo y las botitas que resbalaban sobre los desparejos adoquines. La alegría por saber que cada paso la acercaba a Jules la llenaba de energía, sentía ganas de correr.

En cuanto llegó a la imponente estación su rostro se iluminó. A su hijo le encantaban los trenes. Sin duda se habría sentido atraído por ese lugar. Como muchos niños, Jules sentía fascinación por esas enormes máquinas que se movían solas, sin ser arrastradas por caballos, mientras echaban humo por la chimenea. Cada vez que veía alguna en movimiento se detenía para observarla con deleite. Léonie estimó que la estación de trenes podría ser un lugar donde él se quedaría entretenido durante horas y su corazón latió con más fuerza por la posibilidad de encontrarlo.

Ingresó al edificio y recorrió todos los salones. El hall central con la amplia sala de espera y las boleterías, los dos salones exclusivos para damas y hasta la zona de equipajes. No dejó rincón sin escudriñar. También anduvo por los andenes en el exterior, y fue allí donde su corazón se aceleró. Un grupo de niños jugaba a patear piedras en un claro al otro lado de las vías. Se acercó todo lo que pudo al borde del andén y llamó con fuerza:

—¡Jules!

Pero nadie se giró ni dejó de jugar. Léonie los observó con detenimiento, a la distancia, y se entristeció. Ninguno lucía cabellos del color del fuego como su hijo. Todas las melenas eran oscuras excepto una, que brillaba con el tono del sol. Jules no estaba allí.

La súbita energía esperanzada que la había acompañado desde la plaza desapareció. No encontró a Jules, ni tampoco pudieron darle señas de él todas las personas a quienes preguntó. Estaba otra vez sin pistas del paradero de su hijo. Léonie sintió que sus piernas se aflojaban y no se esforzó por mantenerse en pie. Se dejó caer sobre sus rodillas, luego hacia atrás sobre los talones y lloró. Lloró por su niño, por saberlo solo y asustado, lloró por ella, por su pena inconsolable con el corazón partido, lloró por su soledad y lloró por los sueños perdidos: ya no podría tener la familia que había soñado, junto a Jules y Ernest.

Estaba extraviada en su desolación cuando alguien le habló y eso la obligó a levantar la cabeza e intentar enfocar a su interlocutor. Halló a un guardia de la estación que le decía palabras que no entendía. A fuerza de repeticiones y señas, logró captar algo que le sonó a “salón para damas”. El hombre no se estaba apiadando de ella, sino que le indicaba que debía llevar su pena a otro sitio, lejos del público masculino, más precisamente al salón de espera para mujeres.

Aquella falta de consideración la indignó. Se secó el rostro a las apuradas, con las mangas del vestido, mientras la furia se apoderaba de ella:

—¿Acaso no tengo derecho a llorar por mi hijo? ¿Acaso no se supone que este país recibe a los extranjeros con los brazos abiertos? ¡Pues yo sólo encuentro brazos cruzados, cerrados! ¡Casi nadie me ayuda a buscar a mi niño y ni siquiera puedo mostrar mi dolor porque eso podría incomodar a alguien! ¡No me importa si se incomodan! Pensándolo mejor, ¡ahora quiero que se incomoden! ¡Quiero provocar reacciones! ¡Quiero que alguien sienta algo, una pequeña parte al menos, de la inmensa pena que cargo dentro de mí!

El guardia no se conmovió ante el huracán de palabras que no comprendía. Cada día llegaban más extranjeros a la ciudad y él se encargaba de que se comportaran con propiedad dentro de su estación. No iba a permitir que esa mujer continuara con sus dramáticos gritos y llanto delante de todos. La tomó del brazo para ayudarla a ponerse de pie y con la mano extendida le indicó el salón de damas.

Léonie se sacudió para soltarse y con movimientos airados se dirigió hacia donde le sugerían. Necesitaba tranquilizarse para idear cómo continuar la búsqueda. En la salita encontró unas cuantas sillas de madera y un par de sillones con almohadones y se dejó caer en uno de ellos. Apoyó la frente sobre las rodillas e intentó relajarse para concentrarse. Necesitaba pensar. Un reloj arrojó el repiqueteo de seis campanadas. Eso le hizo caer en la cuenta de que había pasado casi todo el día y seguía lejos de Jules. Recorrer las calles no había funcionado, debería cambiar de táctica, porque no estaba dispuesta a quedarse esperando que la policía le trajera noticias. Sabía que debía hacer algo por su cuenta, aunque no se le ocurría qué podría ser.

Mientras estaba allí percibió que el sol comenzaba a perder fuerza y la sala se fue oscureciendo de a poco. Decidió regresar al asilo de inmigrantes, previo paso por el puerto para ver si alguien le daba noticias de su hijo.

Caminó las cuadras que la separaban del muelle de pasajeros y encontró todavía gran movimiento en la zona, por los extranjeros llegados en un enorme barco que se veía anclado a la distancia. Repitió entre la gente la misma pregunta que sabía de memoria una y otra vez sin éxito. Nadie había visto al pequeño. A quien sí vio fue al hombre que la atacara. Se estremeció al verlo avanzar en su carreta hacia donde estaba, pero por fortuna el tráfico de otros carros que venían por un costado le impidió detenerse. Sus miradas se cruzaron y Léonie tembló ante el gesto de él, porque aunque no frenó se tocó el borde del sombrero a modo de saludo, para asegurarle que la había visto.

Abatida, salió del puerto y caminó hasta el asilo para inmigrantes. En cuanto entró se topó con una gruesa fila de personas yendo hacia el comedor y se dejó arrastrar por la masa humana. Allí les indicaron dónde sentarse según el género.

Los cocineros pasaron por las mesas sirviendo con cucharones de bronce una especie de guiso en los platos metálicos que ya estaban en su sitio. Atrás venía el asistente con la cesta del pan. Léonie se obligó a probar unos bocados, a pesar del nudo que sentía en la garganta y las piedras en su estómago. Sabía que necesitaría fuerza para continuar la búsqueda, no estaba dispuesta a rendirse. Comió en silencio, entre españolas e italianas, agradecida porque no hubiera francesas a su alrededor. No estaba con ánimo para sostener ninguna charla.

Después de comer se dirigió a los fuentones en el sector que llamaban lavander

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