Las Galván

Facundo Gómez Romero

Fragmento

1
El salvaje y la pulpera

“Se trate de proyectar un país, poblar, fundar una tradición, trazar límites, hacer fortuna, ir a la guerra, huir de la justicia, soñar con otra vida o imaginar ficciones, salir al desierto ha sido un paso que viajeros argentinos y extranjeros, hombres de negocios, de estado, de armas, de letras, de trabajo o de ciencia no han dejado de dar”.

FERMÍN A. RODRÍGUEZ,

Un desierto para la Nación. La escritura del vacío

“Instalé una pulpería allí mismo sobre la rastrillada, en un rancho de chorizo rodeado de foso, que terminé de construir con mis compañeros de destierro al año siguiente de llegar.

Nuestro despacho era de lo más pobre: caña, tabaco, vino carlón, azúcar, yerba, sardinas, cortes de bramante, percal, merino…”.

JUSTO P. SÁENZ (h.), “A uña de caballo”

I

Un serpenteo, el trazo dubitativo de una línea difusa marcando lo que pudo ocurrir se agita aún en este viejo retrato en sepia. Allí están todos los de aquella noche: los flamantes novios, los parientes, cercanos y lejanos, y los amigos, encapsulados por siempre en su cárcel rectangular de bordes artísticamente dentados. Apenas un hálito débil de memorias hechas de olvidos los transporta al presente. Es esta una reverberación mísera, como la efímera estela de aquellos fogones de cardo seco, leña “e’ vaca” y osamentas, que titilan en la densa noche del desierto a la vera de las antiguas rastrilladas de las pampas.

Imágenes de otro tiempo sepultadas bajo décadas y décadas de olvido. Un tiempo de centauros que se ha hecho mito. Tan solo pervive la ajada fotografía en tonalidades ligeramente anaranjadas, cuasi arratonadas, con los colores del primer suspiro del día.

Dije que estaban todos, pero tal vez por poco tiempo. La mueca cruel que esboza una ausencia comienza a instalarse en la imagen con la virulencia de un zarpazo, y la hace vibrar como convulsionada por la marea de un océano invisible. Tal sismo genera una sucesión ininterrumpida de pliegues, las tarjas que dibuja el viento en la inasible superficie de la arena. Pero es mejor sosegar el temblor, encauzar el tropel de recuerdos y dejar la imagen de lado por un momento, para comenzar a desentrañar la madeja desde el principio, dejando que el destino empiece a tejer su trama. Ya habrá tiempo para el retrato en sepia.

II

El aguacero mordía salvajemente los campos atestados de charcos. Aquí y allá el cielo grisáceo solo despedía agua, agua y más agua. En esa escenografía únicamente se respiraba una monotonía líquida.

“Igual, pior que la jedentía es la quietú”, pensó Cayupí, invadido por el olor a cuero mojado que despedía el toldo ahíto de tan ensopado por la lluvia, que llevaba ya dos días con sus noches. Sentado en la puerta de la vivienda, con vista amodorrada, intentaba observar más allá de la cortina inclemente del agua. Entretanto, haciendo chasquear la lengua, masticaba la carne que a dentelladas chirriantes extraía de una costilla de potranca. A ambos lados del banco petiso en donde estaba sentado, dormían, apelotonados sobre sus propios cuerpos, dos galgos de pelo aleonado. El muchacho tragó con displicencia un trozo de carne y se introdujo el dedo índice en la boca para extraer una astilla de hueso. Del interior de la precaria vivienda llegaba, cual arañazo, el aroma pringoso de un fueguito hecho con bosta seca, cardo y algunas varas de duraznillo.

La mirada de Cayupí se recostaba ahora en el Malal que, atado a estaca a unos cinco metros del toldo, se había puesto dándole el anca al viento, en tanto sumía la cabeza hastiado, él también, de tanta lluvia. Por entre la pelambre de la pata derecha en descanso, el hombre podía ver cómo viboreaba hacia abajo el agua. Por efecto del aguacero, el pelo lustroso y siempre como brasa de fuego del zaino colorado lucía desteñido y opaco. El muchacho indio se maravilló porque pese a que se encontraba a unas pocas varas de distancia de la laguna, esta apenas si se distinguía de tan denso que caía el diluvio.

De repente, uno de los perros comenzó a emitir gruñidos sordos y a mover de forma crispada patas y manos, envuelto en los sopores de un sueño. Cayupí sonrió al notar los movimientos del animal y entonces, travieso, se sacó la costilla de entre los dientes y la colocó a unos centímetros del hocico del galgo. Al cabo de unos instantes, este se despertó sobresaltado. Luego, tras oler sorprendido el trozo de hueso, y sin pensárselo más, le hincó el diente con fruición. El hombre rio como si ese acto pudiera lograr que finalizara la monotonía de la lluvia. Sin embargo, a Cayupí, joven guerrero de la tribu del cacique Calfuquir, asentada en las márgenes de la laguna de Frías, no le molestaba el diluvio. Lo que lo inquietaba era desconocer el paradero de “ella”.

Todavía tenía fresca en sus sensaciones la borrachera de sangre del malón, de su primer malón, efectuado contra varias estancias de los campos del Azul. El retumbar del cañón del fuerte rasgando la mansedumbre de la mañana y el encontronazo con la milicada justo cuando disparaban por San Benito. El recuerdo del rostro de dolor del soldado cuando recibió en pleno pecho su lanzazo y el crepitar sordo de los huesos quebrándose en la sonoridad de un chasquido. El azulejo del cristiano, clinudo y con la cola dura de porras, se había quedado mirando al jinete, como esperando que se levantara.

Luego del ataque, la disparada con el botín, acompañando el arreo hasta más allá de la Blanca Grande. Posteriormente, el regreso con sus fieles amigos Nelfuqueo y Huenchul, más el resto de conas de la tribu que volvían arriando una punta de yeguada y vacas para sus toldos.

Pero nada de eso le quitaba el sueño al muchacho porque él únicamente pensaba en su enamorada blanca: María Lucía Galván, una de las hijas del pulpero, cuya casa de negocios se llamaba La Blanqueada. Era a ella a quien le había perdido el rastro. “Ya dende la otra vez que me había refalao hasta la pulpería con el pretesto e’ cambalachiar pluma y cueraje no la vide”, pensó, preocupado, el indio. “No la vide porque tuita la familia se había mudao, había dejao el pago. Priegunté, pero naides sabía nada, o pior, naides me quiso decir nada…”.

—Y ahura, ¿cómo hago p’a encontrarla? —dijo, con la voz hecha añicos por el amor.

Un grupo de “gurises” jugaba, metiéndose en los charcos y embarrándose, enteramente ajenos a las penas de Cayupí. Al final, cansado de tanta inmovilidad, se puso en pie, se desperezó y, echándose un poncho sobre los hombros, se encaminó hacia la laguna. Los galgos lo miraron, no se decidían a salir a mojarse, hasta que finalmente lo siguieron, esquivando los charcos.

Al pasar frente al toldo de Huenchul, lo sorprendió un coro de gritos y jadeos. Introdujo allí su cabeza y descubrió cómo sus dos mejores amigos, Nelfuqueo y Huenchul, se tiraban salvajemente de los pelos, inmersos en el juego del loncomeo. Este consiste en quebrar la resistencia del oponente a puro tirón de la pelambrera rival. Cuando lo vieron, los entusiastas jugadores lo invitaron a participar, pero Cayupí desistió, no tenía cuerpo para tal derroche de energía. Ensimismado en su ensoñación rubia, continuó caminando, totalmente empapado por la densa lluvia.

La laguna era un espejo indolente, azotado por el “glup-glup” de los incesantes goterones que acribillaban su superficie. A cierta distancia de la costa, una bandada de patos y gallaretas flotaba con displicencia, presa del tedio que tanta lluvia producía en el paisaje. Cayupí solo veía en las ondas del agua los rasgos del rostro amado: la carnosidad ligeramente agreste de los labios, la pelusa imperceptible de las mejillas, la cabellera color pasto puna y la incandescencia azul de los ojos. Hasta creía adivinar el perfume suave y dulce a hembra joven que emergía de unas apetitosas redondeces, torpemente disimuladas por la vestimenta. Más allá, o más acá (ojalá él lo supiera), la tersura neta y curvilínea de todo el cuerpo, enfundado en un vestido de lunares blancos con fondo punzó, tal como la última vez que la viera, bajando la vista ante la devoradora insistencia de su mirada. Allá, entre las rejas de la pulpería de La Blanqueada.

Hasta él llegaban las reprimendas de las madres de los indiecitos, intentando vanamente arriar a los empecinados niños en dirección a los toldos. Entonces respiró hondo, se dio media vuelta y, con paso lento, se volvió para su vivienda. Uno de los perros lo miró a los ojos como adivinando la pena del indio y se le puso a saltar y a hacerle piruetas y fiestas. Cayupí pasó a su lado y no le hizo el menor caso, porque solo tenía atención para la inflamación ardiente de sus pensamientos.

III

Un zarpazo de furia le trasegó el estómago cual una punzada de hielo. Inmóvil, se encontraba despatarrado sobre la mullida consistencia del sillón con el rostro desencajado de dolor. Un sudor frío le empastaba la negritud entrecana de los cabellos y su mirada, cuarteada por la serena quietud del sufrimiento, se perdía en la penumbra de la habitación. Allí, el espejo del ropero acechaba el reflejo de las primeras claras del alba que no tardarían en aparecer, el escritorio de caoba lucía atiborrado de papeles, tinteros y plumas y, más allá, la chaqueta militar y el quepí colgaban inútiles de los brazos del perchero, conformando un desgarbado espantapájaros castrense.

Involuntariamente desenroscó el cuerpo entumecido y febril y, al hacerlo, al ejecutar esa breve oscilación, sintió cómo una garra de hiel y bilis le atravesaba el vientre. “Oh, Dios, otra vez no”, pensó, intentando alejar la sensación cruel que presentía en sus entrañas. Pero al incorporarse del todo y ponerse en pie, titilando como la llama de una vela, se dio cuenta de que era inevitable.

Desesperado, se agachó y, al inclinarse hacia adelante, percibió que su cuerpo entraba en erupción una vez más. Apenas si pudo manotear la bacinilla enlozada, esa que tenía el primoroso grabado de una flor azul, para desahogarse dentro, echando por la boca un vómito denso y pastoso. Enceguecido, su cuerpo crepitaba y se desgarraba en una sucesión de arcadas, las sienes le estallaban y por sus venas galopaba un ejército de jinetes de fuego. Un bramido laxo acompañó el último vertido de una secreción amarillenta y fangosa.

Respirando como un poseso, se puso en pie, depositó agua en una palangana y se pasó una mano titubeante por la boca y la cara. Se lavó como pudo y, caminando a los tumbos, se dirigió hacia la cama. Se acostó en ella y se quedó temblando cual un junco a merced de la tempestad.

Al poco tiempo, el jefe de la Comandancia de la Frontera del Sud con estancia en Fuerte Azul, coronel de la Nación don Francisco De Elía, se derretía en los brazos ardientes de la fiebre. Rápidamente, principió a sumergirse en un entrevero de grotescas pesadillas. Fue entonces que la noche entera pareció desgarrarse. Una muchedumbre de sombras comenzó a corporizarse en su mente, tal si emergieran de la oscuridad, desplazando las tinieblas.

Entrevió así el horror de los esteros paraguayos con el espanto de los muertos insepultos pudriéndose al sol, que al rato se transformaron en los jinetes carmesíes de Caseros y, al instante, en la figura de una muchacha que amó en sus mocedades porteñas. La vio alejarse, desvaneciéndose de su abrazo y echó a correr, persiguiéndola. Depositó la mano en su hombro y al hacerla girar, en vez del rostro amado, se topó con las toscas facciones del cacique general Cipriano Catriel, quien lo observaba con una sonrisa socarrona. Posteriormente, esa cara se desvanecía y surgía, de entre los vapores impalpables del sueño, el rostro radiante de su madre, que volvió a transformarse para ser, esta vez, el sargento mayor Filisberto Ordóñez, quien fuera su subordinado en la sableada de Pavón.

Así, escuchando el rugido de sus delirios, el coronel De Elía ardía envuelto en los sopores de la fiebre. Casi una semana duró el martirio atroz de la enfermedad y el militar emergió de ella avejentado y enflaquecido. Como siempre, atendió primero el llamado del deber y recibió a su edecán en un estado todavía lastimoso. Este le comunicó, sin falta, lo más apremiante: el cacique Catriel, jefe absoluto de las tribus pampas amigas del sur, le solicitaba una reunión urgente para tratar el tema de la indiada de Calfuquir, Chipitruz y Manuel Grande. El coronel escribió un despacho rápido y se lo entregó a su subordinado, quien, sin hesitar, pasó a la acción.

IV

El hombre fumaba recostado, escuchando cómo la lluvia inmovilizaba la tarde. Cada tanto se reincorporaba y, entonces, sus ojos planeaban perezosos sobre el crepitar fosfóreo de las brasas o sobre la pava de lata, incesantemente lamida por el fueguito de cardo y bosta seca. Los músculos lánguidos también reposaban, acompañando la parsimonia de la siesta lluviosa. Desde la puerta abierta de su toldo, vio a Cayupí, con el entrecejo fruncido, ensimismado en sus imágenes de oro, lunares y carne palpitante. Decidió llamarlo. Tuvo que hacerlo dos veces porque el muchacho parecía no escucharlo. Finalmente, cuando reaccionó, acudió presto. Al poco rato, ambos fumaban.

Entre volutas de humo que se disgregaban en el aire y el sempiterno aroma a cuero mojado, el joven notó la chaqueta militar desabotonada, con una mancha de grasa a la altura de la tetilla izquierda y un costurón cosido con hilo que supo ser blanco, a un jeme de aquella. Su mirada se deslizó hacia arriba para situarse en el rostro del hombre que le hablaba. Rasgos duros que cobijaban una filigrana de arrugas a los costados de los ojos. En la tersura de la frente se sacudían surcos más profundos. Henchidos los pómulos y vivaces, pero achinados, los ojos. Por debajo de la oreja izquierda se deslizaba hacia la mandíbula una vieja cicatriz de arma blanca. La turbulencia del pelo enmarañado por la larga siesta tenía relumbrones de plata, entreverados con el negro intenso, azabache casi, de los pampas. Era el semblante del cacique Calfuquir, antiguo capitanejo de Catriel, asentado hacía ya años con tribu propia en la laguna de Frías, a unas tres leguas escasas del Azul.

Si Cayupí no hubiera estado tan enceguecido por el amor y sus densos e inasibles laberintos, habría valorado los esfuerzos que hacía su cacique para sobrellevar la existencia de aquella tribu, arrinconada por el avance implacable de los blancos y por la traición de ciertos grupos indios. Si se hubiera hundido el escalpelo en la memoria del cacique, hastiado ya de luchas y de sangre, podría haberse llegado a vislumbrar, con un mínimo de sagacidad, el sonido doliente de las pérdidas, de las muertes, de las derrotas irreparables, de las decadencias. Pero Cayupí no podía hacerlo, no solo porque su corta edad y mínima experiencia se lo impedían, sino porque él atendía a un único asunto que se cocía en su interior.

Por eso, cuando Calfuquir le hablaba, aquella lejana tarde, de las perfidias de Cipriano Catriel, de la peligrosidad de unos lobos hambrientos como los coroneles Rivas y De Elía, de las fuerzas en juego, de las alianzas, de las estrategias de supervivencia, de los indios de la “tierra adentro”, de Calfucurá, en fin, de toda la complicada geopolítica de la frontera, él, Cayupí, apenas si le prestaba atención. En un chispazo de su mirada, Calfuquir se dio cuenta. Entonces, dejó de lado su retórica y le preguntó al joven qué le sucedía.

El muchacho le contó. Al principio cohibido, pero luego, ante la serena atención del toki, fue demoliendo, palabra a palabra, el dique que aprisionaba sus sentimientos. Calfuquir lo escuchaba, en tanto una sonrisa cómplice se le iba instalando en el rostro socavado de arrugas. Claro que conocía al pulpero y de mucho tiempo atrás, replicó, ante la pregunta de su juvenil guerrero. Durante años había estado con los salineros y también entre los ranqueles, ya que fue uno de los que habían ayudado a escapar al cacique Mariano Rosas de una de las estancias del mismísimo don Juan Manuel. Hasta que se cansó de vivir en los toldos y, aprovechando la caída de Rosas, se volvió con dos hijas y su mujer, que era india. Después, pasados unos años, esta se le murió, y las hijas se volvieron a los toldos. Entonces apareció en el Azul con licencia para ocupar la pulpería de La Blanqueada, a escasas leguas del pueblo, como quien va para Nievas, con mujer nueva y un bebé de meses. Con el tiempo, nacieron tres hijas más de esta nueva unión, una llamada María Lucía, pero que todo el mundo llamaba Lucía, a secas.

El cacique hizo una pausa para pedirle un mate a una de sus mujeres, y siguió relatando:

—De siempre negoció con nosotros ataos ‘e plumas, cueraje de lión o de gato, y tamién el de alguna que otra vaca, orejana o no, de última siempre se le podía tajiar la marca. A veces, arreglaba algún pastoreo o nigociaba por alguna cautiva. En fin, ligerazo el tal Galván p’al cambalacheo y p’a tuito negocio —afirmó el cacique mientras chupaba el mate, primero mansamente y luego con ahínco y fruición, para después completar el cuadro—. No me se aflija m’ hijo, muy lejos ‘e la frontera no debe de haber juido, esa clase de bichos viven mejor en los ríos regüeltos. Mire —dijo, palmeándole campechano el hombro—, hágale caso a este viejo zonzo, priegunte nomás en el Azul, si tuito se sabe ahi, no hay chusmerío que se inore y de seguro que va a poder campear a su prienda.

—Sí, tiene razón, Calfuquir, jefe mío. Mi propio hermano el Casimiro debe de saber nomás. Está en Nievas y se entera e’ tuito lo que pasa, es tuerto pero con un ojo solo le suebra. Ni bien escampe me lo voy a dir a ver, ansina sea chapaliando barro.

Cayupí se incorporó más tranquilo y le agradeció la charla al cacique. Al salir del toldo, vislumbró los primeros escarceos de la noche. Ya estaba con medio cuerpo afuera cuando escuchó el comentario de una de las mujeres del jefe:

—Dispués de tanta agua, cuando venga la calor se va a enllenar de mosquitos.

—Pior que eso ej que queda muy poca leña e’ vaca y cardo que esté seca. De seguir lloviendo no vamo a tener ni p’a calentar agua p’al mate —agregó la preferida del cacique, una cautiva blanca de los pagos de Monsalvo.

—Y bue, comeremos charqui —replicó, lacónica, la primera.

Pero ya el muchacho no las escuchaba. De vuelta a su morada, observó cómo la tacuara descansaba apoyada sobre la horqueta de una rama que hacía las veces de horcón del toldo, mientras las gotas de lluvia danzaban en la peligrosidad muda del filo. Se sentó, esta vez, sobre un cojinillo doblado. Metódicamente se puso a revolver los adormecidos rescoldos con un palo, mientras su mente rumiaba los consejos que le había dado su cacique. Un trueno retumbó a lo lejos y el aguacero recrudeció.

Apesadumbrado, Cayupí sintió que hasta que no volviera a verla seguiría lloviendo en su alma y en su corazón. Sí, indudablemente que hasta no verla no le iba a sonreír el sol. En ese momento, para el muchacho indio, Lucía poseía la consistencia evanescente de un espejismo.

V

—Y de no, claro que me gusta el indio, tiene unos ojazos negros, y el cuerpo musculoso que parece una cimbra. Además… ¿por qué no me puede gustar? —preguntó, desafiante.

—Justamente por eso, porque es un indio y se sabe que son taimados y ladrones y pedigüenos y…

—Güeno, dejate de is y más is, que parecés una lechuzona, jajaja —se rio, cantarina, la joven.

Las dos muchachas parloteaban apoyadas en un aljibe pintado con cal, por detrás de ellas se distinguía una construcción rectangular de color rosa blanquecino y rejas. En una de sus puntas, a la sombra de un aromo y por detrás de una hilera de tamarindos, descansaban tres caballos atados a un palenque de palo de naranjo con argollas de hierro. Al fondo de la edificación, se amontonaban un hato de leña y unas botellas, cuyos reflejos se tornaban incandescentes al recibir los rayos del sol de la mañana. Todo ese conjunto era la pulpería La Protegida, situada casi a la vera del arroyo Langueyú, en el novísimo partido de Ayacucho, dentro de los campos de la descendencia del general Díaz Vélez, antiguo guerrero de la independencia americana.

—Sos una desvergonzada, mirá que un indio, nada menos.

—¿Y qué? —la interrumpió Lucía Galván—. ¿Acaso nuestras medio hermanas no son medio indias, y se quedaron allá en los toldos, y no vivió el tata una punta di años en las tolderías e’ la “tierra adentro”?

La otra no dijo nada, sino que recogió el balde de adentro del pozo, lo alzó para cargarlo con ambas manos, y se dirigió hacia el interior de la pulpería, no sin antes contestarle a su hermana:

—Vos hacé lo que gustes, pero mamá no te va a dejar que te casoriés con un salvaje, antes muerta —expresó, en un tono que no admitía réplica.

—Güeno, igual el indio se quedó en el Azul y, la verdá, nunca me dijo nada, pero no te olvidés que el tata estaría de mi lao.

—Mirala vos, la regalona del tata.

—Bien que te gustaría —contestó Lucía, envuelta en una media sonrisa radiante.

Sus labios eran dos pétalos de camelia silvestre, y el brillo de sus ojos reflejaba el sol del mediodía, cuando agregó:

—Aunque la Elenita ya me robó ese puesto, aunque solo por ser la más chiquita.

—Y la más coqueta —sumó María Raquel.

—Hablando e’ la chiquita, ¿sabés cuándo güelve e’ lo de la Francisca?

—El viernes, me parece.

Cuando entraron en la pulpería, siempre por detrás del mostrador para evitar el contacto directo con los parroquianos, tal como les habían enseñado, se callaron de golpe, poniendo rostros angelicales al enfrentarse con su padre, que les recibió el balde.

—Ta güeno, muchachitas, ahura vayan a campear los huevos ‘e las ponedoras por entre las pajas del potrero di al lao del corral. Y en cuantito terminen, me se van a espiar las lonjas e’ charqui que tan colgadas en la enramada, p’a ver si ya están bien sequitas.

Justo Galván, el pulpero, era un hombre de mediana edad, pero avejentado, de patillas grises y arrugas profundas en frente y rostro. Por entre la ensortijada maraña de las cejas, se descubría una mirada calculadora, helada, de carancho viejo. Vestía a la antigua usanza, camisa arremangada, calzoncillos anchos y con mucho fleco, un chiripá raído de sábana que otrora fue blanca y, por encima, un pañuelo azulejo atado a la cintura a manera de delantal. Iba descalzo como casi siempre, costumbre adquirida en su largo tiempo pasado en los toldos.

Al salir nuevamente al aire diáfano del día, las muchachas se estrellaron con el piropo que les dirigió un paisano de chiripá de jerga pampa, rojo pañuelo al cuello y camisa tipo corralera. Cuando se alejaban de él, gambeteando su parrafada golosa, Lucía le comentó a su hermana, con un ademán desenfadado:

—¿Ves, hermanita? Candidatos no nos faltan…

Ante tal comentario, ambas prorrumpieron en una carcajada sonora que tiñó de juvenil picardía el talante de la mañana.

VI

“Claro, cómo no lo pensé antes, me voy a ver a Trapilao”, pensó Cayupí y, abandonando su morada, echó a andar, perseguido por sus galgos hacia el toldo del machi. Trapilao, el brujo de la tribu, vivía solitario en la otra punta de la laguna. Hacia allí dirigió sus pasos el muchacho. La lluvia había concluido. Un viento del sur y un aire frío anunciaban el fin del temporal.

Al final de un sendero pisoteado entre los juncos, Cayupí descubrió la vivienda del curandero. Sin dudarlo, entró al toldo y, cuando la vista se le acostumbró a la semipenumbra, quedó maravillado. Lo primero que lo sorprendió fue la atmósfera. El danzar del aire, como impregnado de cientos de aromas diferentes: fuertes, débiles, amargos, dulzones, nauseabundos, cálidos, penetrantes, acaramelados, pastosos. Parecían bailar ingrávidos, suspendidos en una niebla tenue que se entremezclaba con el humo del fogón en el centro del espacio. Docenas de pieles de guanaco, oveja y vacuno conformaban el mobiliario. Por sobre su cabeza, el joven divisó un complejo sistema de cañas de tacuara cruzadas. De cada una colgaban sendos manojos de las más variadas hierbas, todas primorosamente atadas. En uno de los rincones yacían numerosos recipientes de barro cocido y algunos de vidrio, que contenían extraños líquidos de los más vivos colores. Y en un costado había una figura acuclillada, machacando unas sustancias en un mortero de piedra blanco.

—Güenas tardes, Cayupí —dijo una voz, con suavidad.

—Güenas, Trapilao, espero no molestar.

El adivino capturó al vuelo la energía saturada de pena y desasosiego que emanaba de Cayupí.

—P’a nada molestás, tomá asiento y contame qué clase de gualicho tenís —expresó, con una voz aún más meliflua.

Como la mayoría de los curanderos, Trapilao era homosexual, condición muy celebrada que les hacía percibir con mayor libertad tanto el lado masculino como el femenino de la existencia. Además, en las tribus se les reconocía una cualidad principal a estos brujos, que era la de mutar de naturaleza: podían convertirse en cualquier bicho del campo e incluso en un fenómeno natural, como un rayo o un trueno.

—Vengo a que me digas algo e’ mi futuro.

Por toda respuesta, el machi se acercó al muchacho y, extrayendo un cuchillo verijero de entre sus ropas, tomó un mechón de pelo de la cabellera del indio y lo cercenó de un solo golpe. A continuación, se trasladó hasta el fuego, se puso en cuclillas y echó los pelos allí.

Después de observar los fulgores de la hoguera un buen rato, y de aspirar el aroma dulzón del cabello quemado, se puso de pie y se acercó al azorado joven.

—Veo una muchacha blanca como la nube más pura, y veo un gualicho encerrau en una imagen de papel, y luego un rejucilo di oro, tal riesplandor del alba, y un lazo cortado retorciéndose en el suelo como si juera una culebra sin cabeza.

Tremendamente sorprendido, Cayupí balbuceó:

—No entiendo nada.

—El futuro no es para entenderlo, es para vivirlo.

Se acercó aún más al muchacho y, poniéndole la palma de la mano en la frente, le dijo:

—Tranquilo, muchacho, viví el presente, el hoy, tal como lo hacen nuestros hermanos animales. El resto no cuenta.

Dicho esto, dio media vuelta y volvió a su tarea en el mortero de piedra. Cayupí esperó un rato hasta que comprendió que su tiempo había terminado. Le dio las gracias y salió del toldo. En el camino de regreso, circundando la laguna, sintió su ánimo más calmado y su talante menos apesadumbrado.

VII

Al repechar la loma, festoneada aquí y allá por el púrpura de los cardos llamados “de castilla”, los divisó. Eran dos hombres que curaban un vacuno que, enlazado y maneado en el suelo, balaba lastimosamente.

De más cerca, pudo distinguir cómo uno le lavaba la herida agusanada con agua y sal, mientras el otro apretaba con fuerza, para que del tajo salieran, viboreando, unos gusanos blancos y gordos. El novillo mugía desgarradoramente y pataleaba, intentando liberar las dos patas y la mano derecha, fuertemente sujetas por un maneador bien tenso. Terminada la operación, le aflojaron la manea con el tiempo justo para montar, ya que el animal se incorporó enfurecido, encarando al caballo más cercano.

Cayupí no se lo pensó dos veces, picó espuelas al Malal, que surcó velozmente el campo, y alcanzó a pechar al novillo en el costado. El impacto fue tan brutal que desparramó los cuatrocientos y pico de kilos del animal por el suelo, haciéndolo dar una media vuelta más. Fue entonces que los tres perros de los jinetes se le fueron encima, tirándole tarascones y ladrándole con desesperación.

Los hombres montados lucharon para que la perrada soltara la presa con profusos “¡Juiiiiiiiira!”, hasta que el vacuno logró ponerse en pie nuevamente y alejarse bufando. Los perros lo persiguieron unos metros más, ladrándole y chumbándole, para luego volverse, obedeciendo a las llamadas de sus amos. Ufanos por el deber cumplido y jadeantes por el esfuerzo realizado.

Uno de los trabajadores era un gaucho que montaba un lindo tordillo de los llamados “sabinos”, y el otro, un indio corpulento, “tuerto del lau del lazo”, como él mismo decía. Su caballo era un picazo lucero de pelo lustroso, seguramente mantenido a grano. Ambos vestían chiripá y camisas, prendas sucias por la labor en el campo, pero que no estaban ni gastadas ni rotas. El indio saludó efusivamente al recién llegado:

—Güen día, Cayupí, hermanito e’l alma, llegaste justito a tiempo, desinó…

Se abrazaron con cariño y el muchacho indio le extendió amigablemente la mano al paisano, agregando:

—Taaaa que tenís hacienda baguala, Casimiro, más malo que una punta e’ gatos embolsaus riesultó el novillo.

—Pasa qui anda brava la mosca este año, y denseguida echa quereza y entonce loj animale andan molestazos.

—Tenís que traerte al Trapilao, el machi e’ mi tribu, te los cura e’ palabra nomás.

—Te lo hubieras tráido, chambón, vos que venís de allá.

—Jajaja —rio Cayupí—. ¿Y di ande sabía yo que tenís gusano n’ el vacaje? ¿Soy adivino, acaso?

Todos soltaron la carcajada, al tiempo que dirigían los montados al paso hacia la población de rancho y corrales que se divisaba a lo lejos.

—Güeno, pero, ¿qué te trae por acá, hermanito?

Cayupí no se anduvo con ningún subterfugio.

—Ando campiando a la hija del pulpero Galván, el que estaba en La Blanquiada.

—¿A cuál di ellas? Porque son tres y están tuitas e’ rechupete, de güenazas que ejtán las mozas —dijo Casimiro, y le brillaba pícaro el único ojo.

El paisano del tordillo agregó:

—Tan tuitas güenazas, sí, señor, como si jueran jrutas maduras. A mí la que más me gusta es la jovencita, la morochita última.

—Jajaja, pero si a esa entuavía no le despunta el colmillo —agregó, jocoso, Casimiro.

—Más mejor —apostilló el gaucho, pegando otra risotada.

Al no

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