Ya casi no se usa la imagen, pero aún la elijo para describir a determinadas personas. “Tener calle” era —o es— entender el código de la gente común, la retórica de vereda; es poder comunicarse con todos y todas, en cualquier situación, palpitar con el dolor ajeno, dejarse atravesar por lo que le pasa al otro y emocionarse como si fuera una vivencia propia. Pero para eso se necesita una condición natural, una capacidad humana: la empatía. Valeria Sampedro nació con ese don.
Hace años que Valeria cuenta públicamente las historias de los otros; lleva mucho tiempo explicando lo que pasa cada día, hablando y haciendo hablar, dándoles voz a las figuras públicas que lo ameritan pero también prestándoles el micrófono a aquellos que habitualmente participan del silencio natural de las personas comunes. Ella sabe reconocer enseguida cuando alguien tiene algo importante para decir y cuando hay una historia para contar, aprendió a adivinarlo con los años y con su talento y sensibilidad.
En paralelo a su actividad más conocida, Valeria Sampedro escribe desde hace mucho. Escribe los guiones de sus informes, publicó en revistas, blogs y creó una manera de narrar el amor desde las redes sociales que hoy se convirtió en un libro y es, justamente, el ejemplar que usted está leyendo.
Al comienzo fue una microhistoria, luego fueron dos, tres, veinte. Empezó a relatar en pocas líneas sustantivas un romance, un duelo, una separación hiriente; pudo también darles forma breve a las historias que ni siquiera ven la luz, esos amores que mueren antes de nacer, citas fracasadas, decepciones en voz baja.
Escribir sobre el amor supone acarrear la experiencia propia, pero en este libro lo que es realmente notable es el modo en que los textos de Valeria traducen su singular mirada de la vida, las personas y los vínculos. En los textos que siguen, atravesados por una magia propia de las mejores letras de canciones populares, no falta nadie. No hay edad ni género que no pasen por su microscopio: desde su talento y capacidad de observación logra conocernos a todos. En sus relatos están los momentos clave de la vida y de la muerte tanto como el universo más cotidiano entre cuatro paredes. Las escenas se desarrollan con música, mate, sábanas y mesas de bar. Hay silencios excitantes y silencios oscuros. Hay tedio y fascinación; amores a medio andar y también pasión profunda por lo que fue y ya no está pero a lo que aún es posible seguir aferrado como si de aquel pasado luminoso dependiera el porvenir.
Valeria Sampedro sabe mirar y escuchar, tiene calle y voz propia a la hora de escribir y hablar de amor. Y tiene algo más, que no abunda ni en los libros ni en la vida y es una profunda ternura por los variados protagonistas de sus microhistorias, que viven a su manera experiencias por las que pasamos todos. No hay modo de no identificarse con alguno de ellos; no hay manera de pasar por este libro sin decir en algún momento, o en más de uno: eso me pasó a mí.
Hinde Pomeraniec
Margaritas naranjas para un adiós
Extraña escena. Él llegó al bar con un ramo de margaritas naranjas, dispuesto a dejarla. Nadie te deja después de regalarte flores, pensó ella.
Sin embargo, él.
Pero las flores ahí jugaban un papel de agradecimiento, de gesto tierno para apaciguar el adiós. Habían sido muchos años y no sería justo terminar enojados. Se miraron con ternura, con nostalgia de los buenos ratos. Él pidió la cuenta, le dio un último beso en la mejilla, salió del bar y se puso a andar.
A las dos cuadras sacó el celular del bolsillo y escribió: Qué tenés que hacer esta noche.
Cinco estaciones
Eran los únicos dos, en aquel vagón repleto, que no tenían celular. No en la mano, no alienados por el aparato. Ella leía unos apuntes, él iba abstraído, colgado de la agarradera, mentón apoyado en el brazo y pensando en nada. Un vaho cítrico delicioso lo sacó de su abulia, buscó de dónde venía y la vio desperezarse dos asientos más allá. Se miraron un segundo. Ella le sonrió. En el intento de devolver el gesto a él le salió una mueca que le marcó dos hoyuelos en las mejillas y enseguida bajó la vista.
Él tenía muchos de los rasgos que a ella le gustaban de un tipo: alto, desaliñado, barba de varios días, pero no como esos hipsters prefabricados de los que la ciudad se había llenado últimamente. Además, sus párpados caídos. Y la mueca. A él ella le pareció encantadora, de facciones delicadas y ojos de caramelo. Pero, sobre todo, endemoniadamente sexy.
Tres estaciones anduvieron mirándose de reojo. Ella había abandonado ya la lectura, hacía garabatos en el margen de la fotocopia. Él se debatía entre tomar la iniciativa archivada en algún rincón de su modorra, acercarse, preguntarle aunque sea cómo te llamás. Eso o quedarse en el molde y, a decir verdad, no reunía el coraje suficiente. Encima faltaban dos paradas para Catedral. Llegando a 9 de Julio, ella se paró, guardó los apuntes en la mochila y se encaminó hacia la puerta. Antes de bajar volvió la cabeza para mirarlo por última vez.
Se quedó parada en el andén. Lo vio morderse el labio, con el puño aferrado a la argolla del pasamano, mientras el tren se perdía en el túnel.
El primer desamor
Él gustaba de ella, se lo había hecho saber. Le escribió cartas con su nombre rodeado de mil corazones de colores, le regaló bombones, un día le llevó una flor. Hasta que ella le dijo sí y se pusieron de novios. Habrá sido la insistencia de él, acaso su dulzura y su atención desmedida que la hicieron sentir halagada y querida. Pero no tenía que ser.
A la semana ella le dijo que basta de regalos, que mejor cortar la relación. Él volvió a casa con el ánimo por el suelo y no bien entrar anunció: Mamá, nos separamos. Se fue a su cuarto y esa noche no quiso cenar. Ella, la mamá, quedó desconcertada y dolida. Cómo aliviarle una pena de amor a un nene de seis años.
Sobre la mesa de la cocina quedó abandonado un sobrecito con más corazones recortados y cuatro Sugus sin abrir.
Adonis
Diosmío qué era ese muslo fibroso color ébano que le cruzaba la cintura. Espió con los ojos achinados por la luz que entraba, todos dormían. El cuarto era enorme, la cama también; había un ventanal semiabierto que daba al jardín, la cortina blanca de tul ondulaba y llegaba una leve brisa con olor a pasto mojado, eso era el paraíso. Se hubiera quedado a vivir en ese cuarto, en esa posición con el negro encima de no ser porque no tenía una idea cabal de dónde estaba ni quiénes eran las personas con las que había pernoctado. Huelga decir que estaban desnudos.
Reconoció el lunar en la pantorrilla de su marido unos metros más allá. Abrazaba a una rubia pulposa que parecía una sirena así de costado como estaba, cubierta con la sábana hasta la cadera. Sonrió. Le vino un flash de la noche anterior donde todos bailaban ya un poco borrachos; entremezclados en pleno diluvio ella había besado a la rubia como jugando, su novio ébano se acercó a ver qué pasaba, alguien trajo toallas, se quitaron la ropa y en un momento amaneció.
Mejores amigos
Digamos que llevaban una década de pulcro afecto. Se conocieron como estudiantes, se respetaron como colegas, empezaron a quererse mucho y se volvieron compañeros indispensables de la vida. Esa gente que uno quiere tener cerca a como dé lugar. Años de contarse dramas familiares, calenturas, confesar miserias, prestarse plata, pedir consejos de amor. Estar en las trastiendas; a cara lavada, de pésimo humor, llorar con mocos, reírse a carcajadas, olvidar la pose. Despojar cualquier vínculo del deber ser puede volverse un vicio.
Sin embargo, jamás una mirada de reojo, jamás un atisbo de duda ni recelo alguno por parte del (o la) acompañante de turno. No daban lugar. Y eso que juntos hacían una pareja increíble. Lo sabían. Ellos mismos bromeaban con el asunto, jugaban a desafiar las leyes que injurian la amistad entre el hombre y la mujer. Ellos sí podían. Al menos, habían podido hasta ahora.
Hasta un domingo en Plaza Francia, la feria, pochoclo, estatuas vivientes y el primer beso. No estaba en los cálculos que resultara tan fabuloso y se abrazaron asustados por haber roto el pacto. Él le susurró al oído un te quiero tanto, me gustás tanto, te juro, que tengo miedo de que todo esto salga mal.
¿Qué podía salir mal?
La última vez
Sábado, pleno invierno, ya casi oscurecía. Discutían detalles de la división de bienes, quién se quedaría con la heladera, quién con el televisor, si convenía desarmar el juego de sillones, qué harían con la cama matrimonial.
Discutían todo esto sentados sobre la cama king size que había sido escenario privilegiado de una gran historia de amor. Allí habían pasado días enteros, en su mejor época de apareamiento, sin ver otras caras, sin salir más que para ir al baño o a la cocina a buscar comida y volver corriendo a meterse bajo el acolchado, para seguir allí el resto de la tarde, de la noche. Ahí miraron decenas de películas, se quedaron charlando madrugadas enteras, cogieron como animales, hicieron el amor, lloraron, discutieron, se insultaron, se reconciliaron, inventaron canciones, durmieron abrazados, enroscados, se calentaron los pies, se hicieron cosquillas, se sacaron fotos desnudos. Y fue ahí también donde empezó a notarse primero la distancia.
Sobre esa cama, entonces, es que estaban organizando detalles de la separación cuando él le sacó a ella el anotador de la mano, tironeó para traerla hacia él y se abrazaron fuerte.
Ella lloraba sin ruido pero el pecho era un escándalo de latidos furiosos. Volvieron a mirarse a los ojos después de meses de ni registra
