Rojava

Fragmento

CAPÍTULO 0
LA NOVELA ES SUEÑO

Boston, 25 de abril de 2020

Cuando abrió los ojos, percibió su cuerpo tendido en una cama. Su mirada inspeccionó en derredor. Médicos y enfermeros, envueltos en trajes del espacio, circulaban entre los pacientes. A la periodista le retumbaba la cabeza. La garganta la acuchillaba y el pecho la oprimía. Intentó mover los párpados. Sintió dos armarios repletos sobre el globo ocular. No alcanzaba a distinguir el confín de aquel lugar.

Identificó a Lisa. La reconoció a pesar de que usaba un tapaboca y máscara facial. Con los brazos extendidos hacia adelante, sostenía un mini cupcake. Sobre la cima de la confitura resplandecía una velita. La tela sobre la nariz, la boca y el mentón ocultaba la sonrisa de su amiga, pero Alma Parsehyan la adivinó. Ese gesto de emoción. Sus ojos no mentían lo que el rostro maquillaba. Sin embargo, ¿qué era todo ese atuendo ridículo? ¿Una fiesta de disfraces? Alma se sentía confundida. La cabeza le daba vueltas.

Después de conseguir un permiso especial para entrar, Lisa se detuvo a dos metros de la cama y trató de olvidarse del “favor” que le había hecho Lucciano al levantar el teléfono y arreglar con dinero al jefe de Terapia y de Neurología. Ella, Lisa Jones, odiaba pedirle a Lucciano Conti, pero se trataba de Alma y eligió sepultar el orgullo para ver a su amiga, aun bajo riesgo de contagiarse y contagiar. Ya estaba adentro, aunque no podía tocarla por expresa indicación médica.

—Feliz cumpleaños.

Los ojos verdes de Alma se volvieron más transparentes. Lisa tuvo que esforzarse para no llorar.

—Amiga, ¿por qué traes ese pastel? ¿Qué hago aquí? ¿Dónde estoy? —Alma intentó conservar la calma y trató de incorporarse, pero enseguida la amenazó un mareo y la cabeza le pesaba una tonelada. Volvió a dejarse sostener por la almohada. Clavó su vista en la de Lisa. Las pupilas de Alma exigían una explicación.

—Hoy es sábado 25 de abril. Estás internada en un hospital de campaña.

—¿Bromeas?

—No podría con un tema tan serio.

—¿Qué paso? ¿Piensas contarme? ¿O quieres que lea tus labios detrás de esa ridícula tela y esa máscara?

—Calma, por favor, amiga.

—Lisa, no entiendo. ¿Me pasó algo anoche, después de la presentación de mi novela? ¿Qué hace esta gente alrededor? ¿Quién me trajo aquí?

Lisa reprimió un gesto de dolor. Cómo decirle que llevaba más de un mes en esa carpa. Y que hacía días había comenzado a mostrar signos de conexión con la vida consciente. Llevaba horas tras despertar del coma. Hacía tres semanas, los médicos le habían diagnosticado neumonía bilateral. Inmediatamente la durmieron para intubarla.

Afuera se oían las ambulancias. Lisa no estaba segura de cómo comenzar a contar. Había repasado con el personal de salud las palabras justas para darle a Alma la bienvenida al mundo de los despiertos.

Cambió de técnica. Seguiría su lógica, en lugar del protocolo, y ya vería la forma de verter la información. Después de todo, para eso todavía seguían siendo periodistas. Mucho más que eso. Amigas de toda la vida.

—Alma, no hubo anoche. No hubo presentación de tu novela…

Lisa guardó silencio y chequeó el semblante de su amiga. Los ojos desvaídos. Las ondas castañas en un abanico alrededor de su rostro ovalado. Alma espectral en la almohada. Lisa trató de adivinar hasta dónde recordaba. Los médicos se lo habían advertido. Podía presentar lagunas en la memoria. Sobre todo, del pasado más reciente.

Alma la miró desconcertada. Sus ojos interrogaron el aire. Repasó la hilera de camas con pacientes que gemían y tosían.

—¿Me dirás la verdad? ¿Por qué todos usan máscaras y tapabocas? Este lugar parece una mala película de ciencia ficción. ¿Qué hacen con trajes espaciales? Seguro ocurrió otro ataque terrorista. ¿Armas químicas? ¿Irak? ¿Irán? ¿China? ¿Rusia? Se la tenían jurada a Estados Unidos después de las Torres Gemelas…

—No exactamente… Alma, o sí. Se trata de química, y aún no podemos calificarlo como atentado, no al menos como los que conocemos. Aunque algunos hablan de terrorismo bacteriológico. —Lisa calibraba las palabras, pero le resultaba más fácil expresarlo en términos de noticias que en una dimensión personal.

Alma, en cambio, no esquivó su propia vida. Lisa no se sorprendió y, por el contrario, se alegró. Su amiga despertaba del coma y era más Alma que nunca.

—¿Por qué traes este pastel si ya festejamos? ¿Qué hago aquí? ¿Dónde está mi novela?

—Alma, te lo he dicho. No hubo festejo.

—Lisa, no entiendo.

—Alma, estás en el Centro de Convenciones de Boston.

—El Centro de Convenciones es para reuniones no para camas con gente cadavérica y este despliegue de película distópica.

Lisa también tomó nota del cinismo. Lo medía como un hecho positivo, aunque confirmara que Alma no recordaba qué había sucedido a su regreso de India, a principios de marzo.

—Alma, han transformado el Centro de Convenciones en un hospital. Vivimos una pandemia. Los médicos trabajan para sumar camas y atender al mayor número de gente.

—Lisa, basta de ridiculeces.

Alma no ocultaba cierto capricho inyectado con ofuscación. Tenía que asimilar una realidad impensada. Los médicos le habían advertido a Lisa. Y por eso habían aceptado —después de los llamados de Lucciano Conti— que fuera su amiga el primer rostro que viera al despertar.

De pronto, Alma se detuvo como si hubiera registrado otro rasgo. Pero en segundos retomó su elaboración. Su mundo hasta ese instante que la realidad se empeñaba en estrellar.

—Pero si esta mañana caminamos por el parque, Lisa. Completamos nuestro circuito de yoga. Y en el café arreglamos para viajar a India, después de que te echaron del diario. Estabas bien a pesar de la noticia. Planéabamos juntas…

—Alma, Alma… —Lisa intentó detenerla. Meditaba cómo explicarle que la mañana y el café en el parque se trataban de otro sueño. Que los bares permanecían cerrados desde hacía semanas y que nadie podía ejercitarse en los espacios verdes. Y más aún, que no la habían despedido del Boston Times, sino que había renunciado. Era libre al fin. Para todo. Para planear con su amiga, pero…

—¿Por qué me miras de ese modo, Lisa?

—Alma, sé que parece ficción. Pero las reglas han cambiado en la ciudad. —Lisa se detuvo antes de decirle que las reglas habían cambiado “en el mundo entero”. Temió que su amiga volviera a sumirse en el éter de la no conciencia.

—¿Esperas que te crea? —vociferó. Se examinó los brazos. Buscaba alguna herida. Continuó—. Tráeme un espejo. Quiero verme. ¿Tengo algún corte en la cabeza? ¿Qué hago aquí? No me has contestado.

A Lisa no le pareció oportuno detallarle las imágenes de los noticieros. Los mismos donde trabajaban sus colegas del Boston Times. Sus excompañeros que la llamaban en shock. Ellos que ahora lidiaban con las coberturas de las fosas comunes que cavaban contra reloj en Nueva York. Que convivían con la paranoia y las cifras de los muertos y contagios imparables y masivos.

Alma la miró con furia. Estaba por reprenderla otra vez, pero la detuvo una puntada en el maxilar. De pronto, recordó una escena. Se vio mientras subía al avión que la llevaba de regreso a Boston. Volvía otra vez a casa. Después de todo lo que había pasado, podría descansar. Disfrutar de los preparativos para la presentación de la novela. Tenía la sensación de que había algo más, pero no lograba precisar qué. No recordaba más que eso.

—Amiga, estábamos tan preocupados por ti.

—Lisa, por favor, me retumba la cabeza y me duele el pecho. Te lo pido por última vez, dime la verdad.

Las manos de Lisa temblaban. No quiso confesarle que, con Lucciano Conti, se llamaban cada noche. Desde hacía más de un mes, compartían su angustia y el parte médico de Alma a diario. Lucciano y su mundo de sorpresas. Como siempre, Lisa midió hasta dónde pasar información a su amiga. Si convenía contarle cómo el nuevo editor general del Boston Times se había movido cuando le detectaron a Alma los primeros síntomas al bajar del avión. ¿Debía sincerarse? Lisa resopló. Lucciano, otra vez Lucciano. Con su esfera de sentimientos, de poder y de influencias. Lucciano que arrimaba al precipicio de las pasiones a Alma, para amarla, ilusionarla, dejarla o salvarla. ¿Hasta qué punto el excompañero del Boston Times podía jugarle otra mala pasada a su amiga? ¿Debía protegerla del dueño de la espalda triangular?

—Alma, tu novela, Alma Armenia, nunca llegó a la imprenta. No hubo ni habrá papel por ahora. No hay presentación.

A Lisa se le cascó la voz porque le dolía darle esa noticia.

—¡Basta! Lo descubrí a Lucciano Conti entre los lectores en la sala donde la presenté. Tú también lo viste. Anoche, viernes 24 de abril, justo cuando se cumplían 105 años del genocidio armenio. No cabía un alfiler en Surp Stepanos. Mi iglesia de Watertown, donde iba con abuela Teter. Recuerdo cómo movías las manos mientras yo intentaba atajar mis nervios en el escenario. Me emocioné con los saludos de nuestros compañeros de redacción. Pero Lisa, ¿qué haces con ese pastel? Mi cumpleaños fue ayer. Festejamos en la cena, a la salida de la iglesia.

Lisa comenzó a lagrimear. El médico le había advertido la posibilidad de que Alma soñara por efecto de los fármacos. Le dijo que solo debía escucharla y no contradecirla. Pero tampoco alentarla en su mundo onírico. ¿Qué podía considerar falso y qué verdadero a esta altura? Lisa volvió a sí. De a poco debía contarle a Alma qué había sucedido antes y después de su viaje a Oriente. Ese camino que había proyectado para curar las heridas del cautiverio en Azerbaiyán. Y ese viaje donde nada había salido como lo había planeado. Creemos dominar el mañana y eso nos da seguridad. Pero si viviéramos con la certeza de que no sabemos qué ocurrirá al día siguiente, ¿seguiríamos actuando igual? ¿A quién formulaba Lisa esas preguntas? Sacudió la cabeza. Sobraban los planteos filosóficos. La voz de Alma la regresó a escena.

—¿No lo recuerdas? Lucciano apareció entre la gente. Quería que le firmara un ejemplar. Me incineré cuando vio que había llevado la Montblanc que él me regaló. La misma lapicera que había arrojado a la basura luego de pelearme con él. Recuerdas que, al día siguiente, te busqué porque Lucciano me llamó toda la noche. ¿Recuerdas que estabas mal por los despidos en el diario? ¿Recuerdas que practicamos yoga en el parque y planeamos viajar juntas a India? ¿Recuerdas que Lucciano volvió a llamar y nunca lo atendí?

Los ojos de Lisa rebalsaban. No podía acercarse para abrazarla. Ya bastante había logrado con el permiso para ingresar. La novela no existía para el público. Lucciano nunca había asistido para que Alma se la firmara. No había ocurrido tal evento en Surp Stepanos. No habían salido a cenar. No habían existido los despidos. Ni se habían encontrado en el parque. Ni en el café del desayuno. Se trataba de otro sueño en Boston, que desde hacía más de un mes se enfundaba cada noche en toque de queda.

—Alma, el mundo cambió de repente.

Lisa colocó un vaso de agua en una bandeja. Se lo pasó a su amiga sin tocarla.

—Toma, por favor, no puedo ni rozarte. Beber los minerales te hará bien. Has dormido mucho. Nos tenías muy preocupados. Y desde hace unos días tus ojos comenzaron a moverse. También tus manos y tus pies. Seguimos atentos tu evolución y nos llena de felicidad que hayas despertado.

—¡Pero me dices que no hay novela, Lisa! ¿Qué es todo esto?

Alma parecía no tener conciencia de los días previos. Solo hablando con ella podría comprobarlo. La recuperación de la memoria no siempre seguía una línea recta. Los doctores se lo habían advertido.

—¿Qué me pasó? Necesito la verdad.

Lisa se alegró. Alma jamás perdía esa temeridad. Y eso significaba salud. Lisa tampoco perdía la dulzura y la paciencia. Y eso también significaba salud. La misma fuerza opuesta que las equilibraba y unía.

—¿Cómo te sientes?

—Extraña. Estábamos por publicar mi libro, mi experiencia en Armenia y la prisión en Bakú. Recuerdo el reencuentro con Lucciano. Recuerdo que vino a mi casa. Recuerdo que me dijo que se había separado de Melanie. Recuerdo que salió de mi departamento temblando. Recuerdo que no nos tocamos. Recuerdo mi furia. Recuerdo también mi mueca de victoria. Recuerdo que pensé que regresaría. Recuerdo que no regresó. Recuerdo que se reconcilió con Melanie. Recuerdo que esa punzada me llevó a terminar de escribir Alma Armenia. Recuerdo que mientras corregían y editaban la novela viajamos con el editor Satinder Singh. Recuerdo que volamos a India para encontrarte en un ashram de Rishikesh. Recuerdo tu felicidad porque te habían salido los papeles del divorcio. Recuerdo que te despedí cuando partiste a Dehli antes que yo. Recuerdo que prometí alcanzarte no bien la novela estuviera entregada. Recuerdo. Pero… ¿qué haces tú aquí si no estás allí? —exclamó con lo que le quedaba de fuerza.

En el recuento, Alma no había mencionado cómo había llegado a India y cómo se había encontrado con Lisa y con Singh. Recordaba algunas partes. No todas. Manchones en la memoria.

—Alma, todos regresamos a casa. Afuera amenaza un virus muy contagioso. La mitad del mundo permanece guardada y la otra mitad, convaleciente. Yo regresé antes que tu de India.

—Lisa, no te entiendo. Nos vimos en India, ¿sí o no? ¿No hubo novela?

Como una mamá, Lisa amplificó su tono sereno y armónico. Ese que impostaba cuando la soga ajustaba el cuello. Y, astuta, cambió de tema.

—Te cantaré el Feliz Cumpleaños. Anoche, después de que te quitaron el respirador, te volviste a dormir. Sin máquinas. Con otra expresión. Quisimos que descansaras. No me contradigas. Te lo suplico.

Lisa tomó aire. Su voz sonó melodiosa a pesar del filtro que cubría su boca y enfatizó lo suficiente como para que el sonido traspasara el acetato de la máscara facial.

Ierchanig daretarz, ierchanig daretarz, ierchanig ierchanig ierchanig daretarz…

—¿Por qué cantas el Feliz Cumpleaños en armenio, amiga?

Los ojos de Lisa se volvieron a llenar de lágrimas y rogó que la máscara facial las disimulara. No quería que Alma notara su emoción. Con más razón, agrandó la dulce sonrisa.

—¿Acaso no me lo has enseñado?

—Claro. —Alma apenas sonrió.

—¿No crees que he aprendido de la lucha del pueblo armenio?

Aió, sí, Lisa jan, Lisa querida.

Aió, sí, Alma. Entonces escucha. Entonaré de nuevo el Feliz Cumpleaños. Antes de apagar la velita, pide tres deseos.

—¿Puedo contártelos? —Alma sonrió con toda la cara, por primera vez.

—¡Alma!, los deseos no se comparten si quieres que se cumplan. Escucha, y no me corrijas si pronuncio mal. —Lisa encendió la vela y sonó—: ¡Ierchanig! Ierchanig daretarz, ierchanig, ierchanig, ierchanig daretarz.

Lisa acercó el pastel. Las mejillas de Alma se tiñeron con el fuego y sus pecas recobraron color. Alma inspiró tanto como sus pulmones le permitieron para largar un hilo de aire. La llama se apagó y el humo que ascendía desparramó sus sueños entre el olor de los desinfectantes.

—Feliz cumpleaños, Alma.

Lisa giró porque empezó a sonar su celular. Atendió y regresó.

—Hay alguien que insiste en hablar contigo. —Lisa suspiró tratando de ocultar la contradicción y la molestia. Depositó el teléfono en la cama de su amiga y lo pasó a altavoz para que escuchara.

—Alma, mi amor, ¿cómo estás? —preguntó Lucciano y Alma se sorprendió de que la llamara de ese modo.

—¿Por qué me dices mi amor? —interpeló, y su excompañero del Boston Times experimentó un puñetazo en el estómago.

—Te extrañaba, Alma.

Su excompañera, la editora que había jaqueado su matrimonio, se tensó. Miró a Lisa.

—¿Eres tú, Lucciano Conti?

Lucciano estiró un silencio de angustia. Ahora que había puesto su vida en orden, ahora que había decidido actuar en contra de los mandatos y negocios familiares, ¿Alma no reconocía su voz? Peor aún, ¿podría haberlo olvidado? ¿Podría rechazarlo? Los médicos le habían insistido en que no la abrumara porque la memoria suele jugar trampas y acertijos. Lucciano exhaló y, por primera vez, dudó de sí mismo.

—Estoy en la puerta del hospital. Tengo algo muy importante que decirte. Voy a entrar.

Alma volvió a indagar con la mirada a Lisa, que seguía muda.

—Por favor, Lucciano, no empecemos otra vez… —dijo Alma.

—Confía en mí, te lo suplico mi amor, en segundos estaré a tu lado.

Alma intentó moverse en el colchón. Qué extraño le resultaba escuchar a Lucciano Conti hablar de ese modo. “Te lo suplico, mi amor”. Sintió que su esqueleto vibraba, y eso que apenas lo percibía.

Lucciano Conti cortó el teléfono. Mientras atravesaba la tienda de campaña hasta llegar a la cama de Alma su cabeza giraba como trompo. Había alquilado un departamento para irse a vivir juntos con su excompañera del Boston Times. El tiempo que habían permanecido separados lo había hecho entender cuánto la extrañaba. Ya no podía vivir sin ella. Si Alma siempre lo había querido, no se podía negar. Mucho menos no recordar.

Una gota de sudor le bajó por la frente. Volvió a chequear la cajita celeste de Tiffany’s en el bolsillo de su saco. Pasó los dedos largos y de piel mate por su cabellera negra. Se ajustó el barbijo y la máscara. Ahora que había ordenado su vida, ni las sombras de la memoria ni el coronavirus en las venas de Alma lo frenarían. Se iba a declarar a su excompañera de redacción cuantas veces fuera necesario. Hasta que le creyera. Hasta que diera el sí. Esta vez iba a luchar.

CAPÍTULO I
SANAR LAS HERIDAS

Boston, verano de 2019

Algunas semanas habían transcurrido desde la entrega del manuscrito. Le había costado terminar la novela, pero evaluó que el esfuerzo había valido la pena. Había crecido, o eso suponía. Ya no quería detenerse con una vida que no le pertenecía. Cada vez que el teléfono vibraba con la inscripción “Lucciano Conti”, lo daba vuelta. Boca abajo la pantalla. Prefería ocuparse de esa repetida maniobra antes que bloquearlo. Interpretaba que —de alguna forma— seguía conectada a él. Le costaba asumirlo. Y entonces regresaban los cuestionamientos. ¿Hasta cuándo seguiría insistiendo? Él con ella y ella con él. ¿Hasta cuándo admitiría esa gotera sostenida en su celular? ¿Se animaba a darle el perfecto olvido a Lucciano?

Cuando tecleó la palabra FIN, había sentido ajusticiar su historia de amor. La escritura de Alma Armenia, su verdadera historia con el heredero del emporio de prensa de Massachusetts, había pretendido ordenar lo que su corazón no podía. Sus excompañeros del periódico contaban que Lucciano Conti había logrado “acomodar” el diario. Evitar la caída del impacto de la era digital. Pero esa gestión no había alcanzado para dar un paso hacia su libertad. No solo continuaba casado con Melanie Farrell. La alianza Farrell-Conti resplandecía más fuerte que nunca, al servicio del imperio de comunicación.

La realidad de Alma transcurría bien diferente. Cada mañana, al abrir los ojos y tomar el primer aliento en la cama, un vacío la amenazaba. Sentía un agujero en el vientre, que la invadía de náuseas. Pero a eso se había acostumbrado. Lo padecía desde pequeña, cuando se sentía inestable emocionalmente. Ahora le preocupaba otra cosa. El dolor de mandíbulas se extendía hasta los oídos. Le provocaba migrañas con cervicales enmarañadas. Habían transcurrido tres años desde el cautiverio. Debía atender aquellos síntomas, aunque la vida —en apariencia— hubiera retomado su curso.

Se planteó si debía aceptar el viaje a Rishikesh, en India. Satinder Singh, el editor de su novela, comenzó a insistirle cuando notó su adicción a los sedantes y ansiolíticos. También cuando descubrió que Alma evitaba reírse a carcajadas. No podía siquiera completar un bostezo. Un chasquido en el maxilar la precedía y enseguida se le representaba la mandíbula desencajada. Había soportado los trompazos mientras yacía esposada del techo en esa celda maloliente de Bakú. Las radiografías revelaban que sus huesos permanecían íntegros, pero la inflamación de los cartílagos se agudizaba con cualquier cuadro de estrés. La situación llegaba a alarmarla cuando intentaba ocultar su dificultad para hablar o masticar.

Desde antes de concluir la escritura de la novela, su editor seguía los padecimientos de Alma. Singh percibía las heridas del cautiverio, pero también las de Lucciano Conti. Y se movía tan discreto que preguntaba por sus huesos rotos, pero jamás por el corazón que había intervenido el dueño de la espalda triangular.

Después del trabajo sobre el texto, Singh se había convertido en dique de contención para Alma. Alguien a quien recurrir cuando luchaba para que la marca de Lucciano Conti no la sometiera.

En tanto, Lisa había partido hacia Nueva Delhi porque el divorcio la había dejado apresurada con el mundo. Ansiosa de cobrarse el cien por ciento de las deudas tras cumplir con veinte años de matrimonio. Por la combustión que la alertaba, Alma declinó el viaje, pero alentó a su amiga para que lo hiciera. Lisa necesitaba la libertad que a Alma le sobraba, aunque en silencio empezara a cuestionarse. Se planteaba si mientras aguardaba la publicación de la novela podría viajar. La ayudaría a retomar fuerzas para seguir su camino lejos de Lucciano.

Su crisis había funcionado como tesoro para escribir. Para salir de los lugares deleznables que el ser humano puede provocar. Para soportar la tortura y la humillación en aquella celda de Bakú.

Ese mango del esternón que podía destrabar, como levantar anclas y seguir navegando. Sin embargo, ni esa maniobra ni ninguna terapia había bastado para despegar su corazón manchado por los ojos de Lucciano. Conti la había impulsado a escribir. La había arrastrado a esa fosa y también la había rescatado. Esa piel que la desvelaba podía remitirla al pasado. Darla de bruces contra la contradicción. Una nieta de sobrevivientes armenios no podía fundirse con un empresario que negociaba con Turquía y Azerbaiyán. No podía perdonárselo. Y ya ni siquiera hablaba de Melanie.

Esa discusión muda la avergonzaba. Había escrito una novela para deshacerse de Lucciano, pero haber creado el personaje había provocado el efecto contrario. Dio un giro en la cama. Se levantó de golpe, a riesgo de marearse. Mientras luchaba con manchas oscuras en su caminata hacia el baño, se lavó el rostro frente al espejo. Evadió mirarse y examinar el aguijoneo en sus mandíbulas. Siguió hasta la cocina. Se preparó un café cargado. Miró el reloj. Llegaba tarde a la reunión con Satinder Singh.

Mientras buscaba lugar en el estacionamiento pensó qué rol jugaba el amor. No podía responder ni a uno de sus interrogantes. Solo admitía que, en las mañanas y las noches antes de dormir, mientras se cepillaba el cabello como le había enseñado la abuela Teter, se sentía fallada. ¿Y si armaba de nuevo las valijas? Todavía faltaban tres estaciones del año para que Alma Armenia se publicara en papel. En el tiempo que duraba un embarazo todo podía suceder.

Caminó desde el auto hasta la entrada del Garden Café. Singh se distinguía por lo extremo de su puntualidad. Seguro la esperaría allí desde diez minutos antes. En un segundo, previo a empujar la puerta, se adelantó a la conversación. Pensó en la oferta que Satinder Singh le había enviado al mail y que no había contestado: si se hallaba en condiciones de escribir la segunda parte de Alma Armenia. Se preguntó si tendría estructura física y emocional para soportarlo.

Una puntada en la mandíbula derecha la atravesó mientras intentaba empujar la puerta de vidrio. Singh la descubrió en ese gesto de dolor. Ella trató de disimular. En menos de un pestañeo, Singh se había apoderado del bolso de Alma, a la vez que sostenía la puerta. La tomó del brazo y la condujo entre la gente hacia una mesa baja con dos sofás. Alma se dejó caer y Singh la intimó.

—Alma, no puedes seguir así. Ya has consultado a los mejores médicos y psiquiatras en Boston y Nueva York. Te llevaré a Rishikesh. Conozco un ashram donde podrán curarte.

Alma entornó los ojos que ahora eran grises. Unas finas patas de gallo asomaban en la comisura externa de esos espejos de jade. Hincó la mirada en la araña que pendía del techo. Imaginó un mar de gotas cristalinas. Sentía la necesidad de dejarse ayudar. Le preocupó no poder focalizar en los caireles. Quería hablar, pero ninguna palabra brotaba de su boca.

—Alma, dulce, ¿estás bien? Tenemos que ir a Rishikesh. Te presentaré a mi amigo Gurushi, el gran maestro yogui que podrá curarte —ordenó con visible preocupación. A ella no le gustaba que la llamara dulce.

Sería mejor que contestara rápido para terminar con el asunto.

—Sí, sí, puede ser…

—Qué bien, al fin me das un poco de razón —apuró el indio mientras servía el café con cardamomo.

Singh la miró y ella advirtió su rostro tierno y encerado.

—Alma, Alma, por favor, ¡concéntrate! —interrumpió—. ¿Me permites organizar el viaje a Rishikesh?

En ese momento entró una foto de Lisa. Acababa de lograr el paro de cabeza y le comentaba que podía sostenerlo por cinco minutos. Solo al descubrir la imagen, Alma sintió otra puntada en la mandíbula.

—Alma, por favor. —Singh se aproximó en el sofá y le tomó la mano que sudaba.

* * *

A los diez días, volaba con el editor a su lado. La mejilla derecha de Alma se iluminó con el rayo de luz que entraba por la ventana. Singh había acomodado las maletas de mano en el portaequipaje. Ella no pudo evitar la ráfaga de recuerdos. Su cuerpo volvió a Chicago, donde había compartido la intimidad de la cabina con Lucciano. Donde olió por primera vez su piel. Habían transcurrido demasiados años de aquella primera cobertura periodística. Pero no los suficientes para licuar el aroma de su proximidad. ¿Cuánto tiempo necesitaría para olvidarse no de él, sino de su olor?

La azafata anunció que se encontraban a punto de despegar. Cruzarían el océano Atlántico por más de medio día, adelantándose a la salida del sol. Dormirían en la capital de Qatar antes de abordar otro vuelo a Nueva Delhi. Pasarían esas horas en Doha. El boleto incluía la noche de hotel, como forma de promover el turismo en aquel país. Un escozor le bajó por la espalda. Iba rumbo a Oriente para internarse en un ashram e intentar sanar aquello que los médicos occidentales no podían. Chequeó en su bolso de maquillaje cuántos blisters de analgésicos y sedantes le quedaban. Se tranquilizó al repasar que había provisto suficientes en su cartera y más aún en la pequeña maleta. No necesitaría mucho de equipaje, había acordado. Pero los ansiolíticos tenían que estar. Aunque Singh y Lisa la reprocharan.

La idea de juntarse con su amiga, y de recorrer los ashram, establecer una rutina curativa, la había decidido a aceptar la sugerencia de Singh. Había tomado un pasaje sin fecha de regreso. Podía permanecer en India todo el tiempo que necesitase. Sus mandíbulas lacerantes le recordaban que había decidido bien. Y se convencía más cada vez que evaluaba hasta dónde podría cortar con su rutina en Boston. Si sería capaz de renunciar a vivir fuera del área de influencia de Lucciano Conti. Dejar de esperar que ocurriera un milagro. Dejar de creer que un día vendría a buscarla para contarle que se había separado de Melanie y que podrían empezar una vida juntos.

Habían transcurrido tres años hasta que se animó a subirse de nuevo a un avión, tras regresar de Armenia en la Navidad de 2016. Le había crecido el cabello y la vida había desfilado vertiginosa, para luego atravesar el encierro que significó terminar la novela. Solo había interrumpido para visitar al doctor cuando las mandíbulas la aquejaban. Lisa la había sostenido cuando quiso sepultar la escritura. Cuando vociferaba no poder teclear una palabra más para hundirse en el recuerdo de Lucciano.

La escritura había funcionado como puente de salvación. Sin embargo, la señal en la línea de largada no había aparecido aún. Intuía que primero debía solucionar el dolor en su quijada que gritaba y la adicción a los calmantes. Quizá apareciera esa inspiración en India y pudiera escribir desde el ashram. Fantaseó acerca de cómo daría un giro radical a su vida. ¿Mudarse a Rishikesh? ¿Aprendería a cocinar y abriría un local de comidas vegetarianas? ¿Usaría una túnica ámbar, el japa mala y practicaría yoga todos los días antes del desayuno? ¿Alquilaría un cuarto con Lisa y podrían empezar en esa cultura una nueva vida?

El avión expulsó el tren de aterrizaje. Volvió a sentir esa costura entre su estómago, las costillas y la columna pegada al asiento mientras el hocico del jumbo se adhería al suelo nuevamente. Largó todo el aire que contenían sus pulmones. Respiró. Se desabrochó el cinturón de seguridad y miró a Singh. Le sonreía sereno. Siempre. Se preguntó por ese misterio que ronda la energía sexual de los yoguis. Ella hacía tres años que no tenía relaciones. Primero fueron los padecimientos en Azerbaiyán. Y era verdad que con Lucciano había vuelto a hacer el amor después de la tortura. Pero él se había ido. Y su intimidad parecía haber quedado suspendida con ese hombre que la había salvado y dejado. Meditó acerca de su dolor de mandíbulas. Se preguntó si el bloqueo en su chacra pélvico guardaría relación con sus maxilares amenazados. Pensó en Singh como posible solución.

Lisa le había preguntado si le gustaba. Pero Alma no había podido contestar. Sacudió la cabeza. Había pasado bastante tiempo desde aquella conversación. Se distrajo cuando detectó que su teléfono por fin se había conectado a la red wi-fi del ostentoso aeropuerto de Doha. En los controles, Singh seguía ocupado en filas de trámites. Frente a ellos, un puñado de culturas del mundo. Alma observaba a cada pasajero cuando ingresó un mensaje de su prima Nané.

—Alma, debo consultarte algo. Es urgente.

Se sobresaltó de tal forma que reparó más en la corta distancia que la separaba de Armenia que en Nané y su mensaje. Había sido tan precipitada la decisión de volar que no había llegado a compartir sus planes con su prima. Y ahora solo se hallaban a tres horas de avión. Sin esperar respuesta, Nané envió un segundo mensaje.

—Estoy en el aeropuerto de Ereván. Me han prestado dinero. Discutí con Jirair. Tengo que decidir si me marcho a París o a…

Alma interrumpió:

—¡No lo puedo creer! Pero, ¿por qué has discutido con tu padre, Nané? ¿De dónde has sacado el dinero para partir? —Tecleó con los dedos que le temblaban. No era fácil conseguir efectivo en Armenia, donde la familia de Nané llevaba una vida suficiente pero austera. Alma se sentía estupefacta, aunque todavía no le hubiera contado a Nané que pisaba Doha. Entró al fin otro mensaje de su prima.

—Mi vuelo a París sale en una hora y media. Pero tengo dudas acerca de si debo ir hacia París o hacia…

Nané estiró una breve pausa. Su silencio intentaba medir qué diría y continuó.

—Alma, hay cosas que no te he contado acerca de mi madre. De mi verdadera historia. Necesito reordenarme. Por eso te he llamado. Debería haberlo hecho antes. Pero no he podido. El aeropuerto es un no lugar. Y, por eso mismo, un buen sitio para pensar y decidir. En Ereván las cosas se han puesto complicadas con mi padre Jirair. Y tú sabés, Artin, siempre tan pendiente de mí, no me aconseja quedarme. Jirair bebe cada día más. Se ha vuelto más violento luego de la muerte de la abuela Berjouhi y de saber que hablo más seguido con mi mamá. Artin sigue preocupado. Y Jirair nunca lo ha perdonado.

—Nané, sé muy bien lo que te provocó haber vivido ese amor a escondidas con Artin y haberte entregado a un hombre casado como él. Pero, ¿qué situación sugieres? ¿Tu padre Jirair te pega? Por favor, cuéntame.

—No puedo hablar o me romperé en mil pedazos, prima.

Alma quiso estar junto a ella para abrazarla. Intentó guardar la calma a la vez que trataba de averiguar un poco más.

—Nané jan, Nané querida, ¿has conversado con Artin?

—Sí. Él me ha comprado el billete y me ha dado dinero.

Nané se detuvo. Con Artin, el mejor amigo de su hermano Levon, había perdido la virginidad. Eso significaba una mancha en el honor para la sociedad de Armenia. Pero lo peor es que Artin se había casado y a Nané ya nunca la considerarían “una buena chica” para contraer matrimonio. De hecho, por eso la habían rechazado cuando Jirair la obligó a tomar distancia de Artin. Su plan era casarla con un joven que le había elegido, desoyéndola y ocultando el amorío escandaloso a la familia del futuro yerno. La pasión no contaba. Mucho menos que Artin hubiera sido el íntimo amigo de Levon y lo hubiera visto morir delante de él en Artsaj. La furia de Jirair contra Artin, justamente se había acrecentado tras la guerra de los 90. Los amigos habían ido a pelear juntos para defender el suelo armenio, pero solo Artin había regresado. Para Nané, entregarse a la intimidad con él había sido una forma de seguir conectada con su hermano Levon, además de ser consecuente con la atracción que los había unido desde adolescentes. Pero ninguno podía luchar con los mandatos de una sociedad patriarcal, y mucho menos con las fatalidades de una guerra. Aunque Artin sí podía reparar. Con la compra de ese pasaje se alejaba de Nané, pero la protegía. La ayudaba a salir. Alma no podía acordar más. Nané asentía. Ya había dado el primer paso. Alma también colaboraría en la nueva vida de su prima, que parecía a punto de comenzar.

Agradeció que Singh aún se encontraba ocupado con los trámites. Entregaba los pasaportes en el mostrador, mientras la línea aérea le indicaba en qué hotel los hospedarían. Le causó tanta conmoción la noticia de Nané que dejó de inquietarse por sus dolores y por si Singh tomaba una o dos habitaciones. De repente, sonó el teléfono. Nané la llamaba directamente.

Alma escuchó la voz dulce y melancólica de la prima, ahora nerviosa.

—Necesitaba hablar contigo, Alma.

Alma hizo una pausa y Nané cayó en la cuenta de que los relojes marcarían la madrugada en Boston. Preguntó a su prima por qué se hallaba despierta. No le sentía voz de dormida. Quiso saber si había pasado la noche escribiendo. Si la había interrumpido…

—Nané, perdóname por lo que voy a contarte —se excusó Alma.

—Dime, prima, por favor.

—Estoy a tres horas de Armenia. En el aeropuerto de Doha, a tres horas de Ereván.

—¿Qué haces en Doha, prima? ¿Tenías pensado venir a visitarme y yo sin haberme enterado? ¿O pensabas darme una sorpresa justo cuando me iba?

Más culpa sintió Alma.

—Nané, no voy rumbo a Armenia sino a India.

—¡India! —La voz de Nané se cascó de asombro y desconcierto.

Alma había negado con Nané sus persistentes dolores de mandíbula como la necesidad de un tratamiento. Estiró una pausa. Aclaró la garganta y pronunció la verdad. No podía hacer lo que le decía a Nané que no hiciera. Antes de que contestara, entró otro mensaje. Se quedó estupefacta al leer. Melanie Farrell aseguraba que Lucciano Conti intercambiaba mensajes con una mujer. Una tal Leyla que combatía en un batallón femenino en el norte de Siria. Y esta Leyla pedía a Lucciano que la ayudara.

No podía dar crédito. ¿Por qué Melanie recurría a Alma? ¿Habría descubierto las insistentes llamadas de Lucciano? Permaneció muda en línea.

—Alma, ¿estás ahí? ¿Qué te ha pasado? —buscó Nané.

—Si te cuento…

—Por favor, dime por qué vas a India y por qué te escucho petrificada.

Alma eligió empezar a contestar por la segunda parte.

—Acaba de entrar un mensaje de Melanie. Asegura que Lucciano Conti habla con una combatiente en un escuadrón en el norte de Siria. Dice que esta mujer le reclama apoyo logístico y dinero. ¿Se quieren vengar, o Melanie me quiere tender una trampa?

—Prima, aguarda un minuto. ¿Dijiste norte de Siria?

—Sí —afirmó Alma, sorprendida por la reacción de Nané, y alzó una ceja.

—¿Acaso Melanie menciona la palabra Rojava?

Alma releyó el mensaje. Había pasado por alto ese término. Melanie indicaba que Leyla combatía en un batallón de mujeres en Rojava, el Kurdistán sirio. Releyó a Nané el texto, tratando de unir las piezas. De pronto, recordó lo poco que había leído acerca de la Revolución de las Mujeres en esa porción de tierra, en el límite de Siria y Turquía.

—Alma, escúchame bien. Hrant Torosyan viajó hace unos meses a la zona de Rojava.

—¿Qué es eso, prima? ¿Rojava? —Alma se detuvo en esa palabra antes que en el escozor que le provocaba oír el nombre del guerrero armenio, el excamarógrafo del E24 y todo lo que había desatado con su armenidad en su corazón.

—Rojava es el nombre kurdo que recibe la Federación Democrática del Norte de Siria. Es una zona que los kurdos proclamaron autónoma en 2012. Luchan por una tierra propia donde se respeten todas las etnias, religiones y minorías. Ellos han sido perseguidos y desplazados. Hay 30 millones de kurdos en el mundo. La mayoría vive en el norte de Siria e Irak. Otros en el sur de Turquía, donde también son desplazados. En el idioma kurdo, Rojava significa occidente.

—Pero ¿qué hace Hrant en Rojava? No entiendo bien, prima.

—Se unió al ejército, las llaman “unidades de protección popular”. Los turcos persiguen y deportan a los kurdos y sirios de la zona. Los obligan a dejar sus viviendas para quedarse con sus territorios. Bombar

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