PRÓLOGO
—¡Vera! —gritó Paulo y su propia voz acabó con la pesadilla.
La presión en el medio del pecho fue insoportable y se sentó en la cama, recogió las piernas para apoyar los codos sobre las rodillas y taparse la cara con las manos. Hasta en sueños la mente se empecinaba en recordarle que su hermana había muerto aplastada por el auto que él conducía. Retiró la sábana con fastidio, se levantó y caminó hacia el ventanal. El sol aún no había salido.
Con las manos sobre las caderas y el ceño fruncido intentó regularizar el ritmo de la respiración. «Tengo que centrarme en los hechos», se dijo para volver a hacer énfasis en que la intención de los hermanos Mazzarello había sido matarlo a él. Dejó caer los brazos, fue hacia el baño, entró en la ducha y abrió la canilla.
La extrañaba. Añoraba hacerla reír con sus bromas. Quería volver a ver cómo a Vera le brillaban con ilusión los ojos cuando se llevaba las manos al vientre para acariciar el futuro que allí se gestaba. Después de tantos años de pena y soledad, ella por fin había conseguido ser feliz, pero los antiguos conflictos de su padre, Donato Neri, con los Mazzarello lo habían destruido todo.
Continuaba enojado, frustrado, herido e imposibilitado de encontrar un camino en el que la culpa le permitiera respirar. Apoyó la cabeza contra las venecitas de la pared y ahogó el llanto debajo del chorro que arrastró las lágrimas hacia el drenaje.
—Perdoname, Vera.
Se enrolló el toallón a la cintura, frente al vanitory sacudió la cabeza con fuerza y las gotas que se desprendían de su pelo impregnaron el espejo. Se afeitó evitando escrutar su mirada para rehuir el desconsuelo que seguramente sus ojos evidenciaban.
«Hay que seguir», concluyó, mientras se vestía con la acostumbrada ropa formal con la que daría inicio a una nueva jornada de trabajo; primero en las oficinas del Grupo Neri y luego en El Chasqui, la singular empresa de transporte dirigida por Camila Ocampo, su cuñada.
Parado en el medio de la cocina del sexto piso en Puerto Madero, se sirvió el primer café del día, luego le anunció al personal de seguridad que estaría listo en diez minutos. De inmediato le confirmaron que Peterson lo estaría esperando. Año y medio atrás, Donato había ordenado elevar el nivel de seguridad y cada integrante de la familia recibió protección personal; tras la muerte de los Mazzarello el mayor peligro había cesado, pero aun así el custodio de Paulo continuaba oficiando como su chofer.
Leyó las novedades desde el celular mientras bajaba en el ascensor. Estiró el cuello hacia los lados y escuchó el crujido al mismo tiempo en que se abrían las puertas. Antes de subir al auto le envió un WhatsApp a Bhric, su hermano:
¿Desayunamos juntos?
Después del casamiento con Camila, Bhric se había mudado de Puerto Madero a Palermo, razón por la cual Paulo ya no podía subir un par de pisos para irrumpir en el departamento con cualquier excusa.
—Buen día, señor —lo saludó Peterson.
—Buen día. Vamos directo al Grupo.
En cuanto el auto comenzó a avanzar, Paulo tomó una gran bocanada de aire, presionó las palmas contra el pantalón y mantuvo bien abiertos los ojos. Su mente conectada con el movimiento de los autos a su alrededor, la mirada atenta a los reflejos del conductor, el corazón golpeando fuerte en el pecho, la razón indicándole que se relajara.
«Nada sirve», reconoció frustrado.
El tratamiento con Manfredi no daba resultados.
1
Cuando llegó a la oficina, su secretaria ya lo estaba esperando; intercambió saludos con ella y la consultó sobre la agenda del día.
—En una hora recibe a Bustillo para acordar la propuesta de inversión, y a las once tiene reunión en el despacho de su padre —escuchó a Morela enumerar de memoria mientras caminaba a su lado—. Lemos comunicó que la amenaza de huelga de los choferes de El Chasqui fue aplacada por la señora Camila y no será necesario imponer ninguna sanción.
Él sonrió reconociendo que su cuñada contaba con argumentos y energía suficientes.
«Mi hermano es afortunado», admitió para sí.
—Recuerde la cita de las dieciocho con el doctor Manfredi —concluyó la mujer y le ofreció—: ¿Le pido un café, licenciado?
—Sí, por favor. Y avisame en cuanto Bhric llegue a la oficina.
Encendió la computadora, chequeó el correo, tomó nota de lo urgente para, finalmente, cerrar la oferta que le extendería a Bustillo. En menos de treinta minutos tuvo todo listo y se lo entregó a Morela para que actualizara el dossier.
Luego, recostado contra el respaldo del sillón, se estiró la rebelde y ondulada melena castaña y exhaló con fuerza. Lo más difícil de soportar era el tiempo libre, y por esa razón guio a su cabeza hacia los recuerdos gratos, intentando conseguir algo de paz. Cerró los ojos para visualizarse sobre una tabla de surf, la nítida imagen recogida de la memoria le permitió sentir que braceaba y le ganaba a la corriente, atrapando el nacimiento de una ola; se vio girando ciento ochenta grados antes de pararse sobre la tabla para absorber el poder del mar y admirar su bravura. El viento en la cara, las piernas amortiguando el movimiento, los brazos guardando equilibrio. Un deslizamiento vertiginoso hasta que el rulo le permitiera disfrutar de recorrer el tubo a lo largo.
El recuerdo del mar le traía la paz, el gozo, la adrenalina y la plena convicción de que nada estaba en riesgo, salvo él.
Abrió los ojos, activó la aplicación que lo mantenía informado y averiguó quiénes irían a Nazaré cuando se inaugurara la temporada.
—Licenciado, Bustillo está llegando al piso —le informó Morela, acercándole la carpeta para el nuevo inversionista.
Paulo agradeció y le pidió que le dejara la agenda libre de compromisos en la segunda quincena de octubre.
—El diecinueve de ese mes comienza la convención del CIRIEC* en Valencia. Recuerde que confirmé su asistencia y le agendé una reunión con Martínez Suárez —le advirtió Morela—. ¿Desea que concierte alguna cita más... u otra actividad?
—No, simplemente liberame en la última semana.
La secretaria quedó intrigada. Desde el terrible atentado, Paulo Neri había modificado su actitud rebelde y daba cuenta de todos sus movimientos para contribuir con la tarea de prevención de la agencia de seguridad de Fraser. Que no especificara los motivos por los que demoraría su regreso del viaje a España era señal de que su jefe tramaba algo. Volvió a su puesto y en el calendario de la computadora cumplió con la indicación recibida, pero, además, agregó una alerta para cerciorarse de que, llegado el momento, Fraser fuera informado. Su superior era Paulo, pero el jefe máximo continuaba siendo Donato Neri, el Tano.
«¿Para qué querrá quedarse en España?», se preguntó Morela. Excepto por el congreso no tenía registro de otra actividad que pudiera interesarle, por lo que supuso que se debería a asuntos personales. Tal vez la exnovia estaría allí y planeaban reconciliarse considerando a Europa el sitio ideal que los alejaría de los amargos recuerdos. Una secretaria que se precie debe saber todo sobre la persona a la que asiste y Morela no tenía ninguna duda de que el más joven de los Neri amaba a Lucila, íntima amiga de Camila Ocampo, esposa de Bhric Neri Cameron.
Lo ocurrido el año anterior había alterado a toda la familia provocando separaciones como la de Paulo y Lucila. Afortunadamente, más allá de la tragedia y sus consecuencias, su jefe continuaba siendo muy eficiente, seguramente debido a la ayuda del doctor Manfredi, el terapeuta.
«Otra posibilidad es que haya coordinado un encuentro secreto con el Grupo Santander, aprovechando que todos asistirán al congreso del CIRIEC», agregó a sus conjeturas.
Paulo concluyó la reunión, satisfecho; su propuesta interesó al inversionista que terminó sumándose a la cartera de clientes.
—Por favor, Morela, pasá en limpio las anotaciones y agendá a Bustillo para el lunes que viene.
—Le dejé en blanco los días posteriores al CIRIEC, ¿incluyo alguna información extra?
—No es necesario —respondió con una sonrisa antes de agregar—: Yo me ocupo. ¿Llegó mi hermano?
—No todavía, licenciado.
«Una de dos —supuso Paulo, ingresando al despacho y cerrando la puerta—, o la Ocampo lo tiene en el séptimo cielo, o volvieron a discutir y él está corriendo por los bosques de Palermo para sacarse la bronca de encima».
La segunda posibilidad fue la que lo impulsó a enviar un nuevo WhatsApp:
¿Estás vivo?
La respuesta no llegó y él se impacientó:
Mierda, highlander, ¿tanto te cuesta responder?
—Hola, garoto —escuchó la voz alegre de Camila por teléfono—. Sorry, Bhric me pidió que te llame porque se está duchando.
Paulo estalló en carcajadas. Cuando pudo recuperar el aliento, comentó:
—Intentá que esté acá a las once. Tenemos reunión con el Tano y es importante.
—Dalo por hecho —aseguró la mujer antes de cortar la comunicación.
Su cuñada era divertida, espontánea, ingeniosa. Bhric y ella, a pesar de ser dos cabezas duras, eran muy felices. La alegría infundida por Camila se borró en el semblante de Paulo cuando recordó que él también había sido feliz con Lucila.
El pasado lo asedió y volvió a estar en aquel restaurante, rememorando la ruptura con ella:
“Tu compañía me ayudó mucho tras el accidente”, recordó que le había dicho y ella se había despachado con la fría frase: “Para eso estamos los amigos”.
Su ceño se volvió a fruncir igual que esa vez, y con el puño golpeó sobre el escritorio, evocando la pregunta que jamás debió haberle hecho: “Cuando los amigos se van sin explicaciones ¿en qué se convierten?”. Y ese fue el pie del que ella se había servido para expresar su adiós: “En un pasado que decide no ser presente”.
«No llegó ni a novia», pensó con algo de rabia y mucho de angustia. La amaba, seguramente tanto como Bhric a Camila, pero la Ocampo tenía cualidades de las que Lucila carecía.
«Malditos Mazzarello que me arrastraron a esto».
Con los dedos se estiró el pelo para liberarse del pasado. Se aflojó un poco más el nudo de la corbata, abrió en la computadora el archivo de El Chasqui y continuó con el trabajo.
A las once en punto, los hermanos Neri entraron a la antesala del salón de reuniones de la dirección general. Paulo esbozó una sonrisa pícara, Bhric arqueó una ceja.
—Merezco cada detalle que vas a darme —dijo Paulo.
—¿Detalles de qué?
—Hubo revuelo con los choferes de El Chasqui, tu esposa los enfrentó sola y me imagino que eso te hizo saltar la térmica.
—Camila no mide los riesgos, se manda sola y no me permite protegerla.
Paulo se rio a carcajadas antes de comentar:
—Tiene agallas, yo que vos lo pensaría bien antes de subestimarla.
—Ni se te ocurra alentarla —reclamó Bhric, mirándolo fijo.
Paulo le palmeó el hombro para tranquilizarlo:
—Lo está haciendo bien, aceptá que puede sola —afirmó. Se tomó un momento y luego, muy serio, le comentó a su hermano—: Era sobrina de los Mazzarello, pero no es como ellos, por eso es que trata de expiar las culpas de su familia.
—No, hermano, no te confundas. Camila no carga con la culpa de otros.
Paulo achinó los ojos.
—Reconocé que con la Fundación Escalones está intentando reparar, borrando de su estirpe a esos tíos que, entre otras cosas, regenteaban burdeles —dijo.
—Lo hace —recalcó Bhric, orgulloso— porque le interesa ayudar a las mujeres que están en situación vulnerable. Hay que ser muy cuidadoso antes de adjudicar culpas. Vos y yo sabemos que la sangre no es argumento de nada.
—Pero la gente recurre a eso. En nuestro caso por ser los nietos del tano Neri, y en el de ella porque su abuelo fue el padre de los mafiosos Mazzarello —dijo Paulo, serio.
—¿Y? —objetó Bhric con fuerza.
El menor de los hermanos suspiró con la angustia reflejada en el rostro.
—Antes era más fácil, Bhric, pero ellos mataron a Vera y...
—Camila no tuvo nada que ver con eso.
—Ya lo sé. Nosotros jamás la responsabilizamos —le advirtió Paulo.
—Vos tampoco sos responsable de lo que le ocurrió a nuestra hermana —aseguró Bhric con convicción.
Se quedaron en silencio Paulo se incomodó con el comentario, recogió una pierna y apoyó la suela del zapato sobre el almohadón del sillón, antes de cambiar el rumbo de la conversación:
—Contame la cara que puso tu esposa cuando debió escuchar tus objeciones por enfrentar a los choferes de El Chasqui sin tu asesoramiento.
Con una palmada en la pantorrilla de Paulo, Bhric hizo que abandonara la postura antes de responder:
—Insistió en que eso es parte de su trabajo, que Lemos fue contratado para otra cosa y que no lo iba a molestar un domingo con algo que ella podía manejar. Además —admitió—, dejó asentado que era la última vez que debatía conmigo sobre su sensatez.
—¿La llamaste insensata? —interrumpió Paulo con otra carcajada.
—Es lo más suave que se me ocurrió después de que me llegara la información sobre la manera en que encaró a los huelguistas.
Paulo continuó bromeando:
—Estaba en lo correcto cuando te pregunté si seguías vivo.
—Estoy perfectamente.
—Pero destruido, porque te quedaste dormido y tenés pinta de no haber descansado mucho.
—Basta, Paulo. No te pases.
—¿Yo? Imposible. El que se pasa sos vos poniendo en duda la capacidad de Camila para hacerse cargo de su empresa. Entendé que ella tiene ideas claras e innovadoras, que se ganó el respeto del personal y que sabe cómo negociar. ¿Cuándo vas a comprender que te casaste con una mina pura polenta, colmada de recursos? No debe ser fácil seguir el ritmo de una mujer así.
—Camila va a matarme de un susto.
—Ya pueden pasar —informó la secretaria de Donato, ofreciendo a Bhric el alivio de dar por terminada la conversación.
La expresión en el rostro del fundador del Grupo Neri era poco amigable. Tras los breves saludos, la reunión comenzó con temas personales.
—Joana me evita —indicó el Tano, mirando a Paulo— y se niega a considerar cualquier tipo de reconciliación.
—Bueno, viejo, mamá es dueña de sus decisiones, tal y como vos lo sos de las tuyas.
Reconociendo que el tema no lo incumbía, Bhric tomó el periódico especializado en finanzas, se sentó en el sillón y comenzó a ojear las noticias. El desinterés demostrado por su hijo mayor irritó a Donato, motivo por el que cambió el destinatario del reclamo y lo encaró:
—Tu madre, desde Escocia, organiza con tu mujer interminables conversaciones porque ahora resulta que Meribeth quiere imitar a Camila y va a abrir allá un centro para mujeres en riesgo. Mis exesposas son solidarias con todos menos conmigo. Me ignoran ellas y también ustedes. Al final, soy el último orejón del tarro después de que me rompí el lomo para crear este imperio que recibirán como legado.
Bhric dejó a un lado el diario, se puso de pie y enfrentó a su padre:
—Intentaste manejar la vida de todos y el resultado lo tenés ante tus ojos. Somos adultos y tomamos decisiones considerando nuestros intereses. ¿Algún otro tema que justifique esta reunión?
—Bhric... —Paulo intentó calmar a su hermano.
Pero este no se amedrentó y expuso su punto:
—Los conflictos personales que no tengan relación directa con la empresa se discuten fuera de la oficina.
—Me han perdido el respeto —se quejó Donato, elevando el tono de voz.
—No intentes manipularnos, Tano —le advirtió Bhric a su padre—, el hilo está tenso y puede cortarse.
—¿Me estás amenazando? —Donato, muy ofendido, reaccionó con agresividad—. Están donde están gracias a mí.
—Es hora de dejar que disfrutes de tus logros —replicó Bhric y aseguró—: Camila y yo pensamos repartir nuestra residencia entre Buenos Aires y Aberdeen. Avisame si querés más espacio o si con eso es suficiente.
—¡Te necesito acá! Debemos seguir los tres juntos.
Tras el estupor que le produjo la forma en que su hermano transmitió la noticia, Paulo se detuvo en el reclamo de Donato.
Sin inmutarse por la exigencia del padre, Bhric salió del despacho. Donato golpeó el escritorio con el puño. Paulo se resignó a que se sumara un nuevo conflicto a los ya existentes.
—Vamos a encontrar la manera, viejo. no te preocupes. El highlander es cabezón, pero jamás te dejaría en banda.
—Es igual a su madre. ¿En qué estaría pensando yo cuando desposé a esa escocesa?
—La pregunta correcta no es en qué sino con qué —lo corrigió Paulo—. Pensaste con el corazón, porque te habías enamorado, igual que hiciste después cuando te casaste con mamá. Gracias a eso, Vera encontró en ellas el amor de madre que había perdido al quedar huérfana de la suya, y todos obtuvimos una familia. Meribeth es cabezona, sí —consintió—, pero leal, cariñosa, una leona cuando defiende a los suyos y siempre estuvo cuando la necesitamos. Son mujeres valientes, que deciden por sí mismas. Si no supiste mantenerlas a tu lado, lo indicado sería que analizaras tu proceder, no el de ellas.
Donato se puso de pie, y con las manos en los bolsillos caminó hasta el amplio ventanal.
—La vida me jugó en contra, Paulo, pero no reniego de las decisiones que tomé. José Manuel Ocampo no merecía mi auxilio, pero Marta sí —afirmó Donato, recordando cuando tantos años atrás, a pedido de Ocampo, había ayudado a escapar del burdel de su padre, alias el tano Neri, a la prostituta Marta, quien huyó dejando en aquel lugar a los dos hijos que había tenido con el abuelo de Camila.
—Meribeth no se divorció porque socorriste a Marta, de hecho, se la llevó a Escocia para ocultarla. Y lo que hiciste después para resguardar a Marta de las garras de sus hijos fue avalado por todos nosotros. No te engañes, Meribeth se divorció porque no compartiste tus planes con ella, error que repetiste con mamá y con nosotros.
—Joana se equivoca —lo interrumpió Donato—, todos hubiesen dado la orden que di si tuvieran mis recursos.
Paulo hizo silencio, allí estaba el punto en conflicto. ¿Qué hubiera hecho él? ¿Hubiese ordenado matar a los asesinos de Vera?
—Yo... —dijo—, no te culpo.
Un poco más calmo, Donato le indicó que se sentara en el sillón y se situó a su lado.
—No fue venganza —aseguró el Tano—, fue ira, rabia, desconsuelo, justicia. Nada me permitirá recuperar a mi hija, pero hubiera sido imposible seguir respirando el mismo aire que los hijos de puta que la mataron y te dejaron a vos convaleciente en el sanatorio.
—No te confundas, sí fue venganza. La ira, la rabia y el desconsuelo alimentaron la orden que impartiste. Cada uno de nosotros sintió lo mismo, pero jamás sabremos qué hubiéramos hecho porque te adelantaste. Éramos una familia; una rara, ensamblada y algo alocada, pero una familia unida por el cariño sincero. No nos tuviste en cuenta y te mandaste solo sin consultar, sin darnos la oportunidad de buscar otra salida, y eso es lo que mi madre no te puede perdonar.
Del despacho de Donato fue directo al de Bhric para amonestarlo. Pero su hermano mayor se adelantó:
—No necesita que le amortigües los golpes, el Tano puede arreglárselas solo.
—Dejá de intentar demostrar que no te importa —impuso Paulo—, es nuestro padre y está sufriendo porque se cargó al hombro la decisión que posiblemente hubiésemos tomado vos o yo si él no lo hubiese hecho primero.
Bhric elevó una ceja, se puso de pie y encaró a su hermano:
—Decidió en caliente.
—¡Los Mazzarello mataron a nuestra hermana y casi me matan a mí también!
Era la primera vez que Paulo se expresaba de manera tan directa sobre lo ocurrido, y Bhric interpretó que el exabrupto ocultaba el reclamo que, hasta ese momento, no había evidenciado.
—¿Qué me reprochás?
—No, no es un reproche —se apuró a aclarar el menor de los Neri—. Te estoy pidiendo que lo entiendas.
Bhric respiró profundo, antes de confesar:
—Cuando supe lo ocurrido, lo primero que pensé fue en matar a los Mazzarello con mis manos.
—¿Ves? —acotó Paulo, sintiéndose avalado por el deseo que él también reconocía.
—Pero no quise ser como ellos y hubiera dedicado mi vida, y todos mis recursos, para encontrar cada prueba que los incriminara y los metiera presos para siempre, importándome muy poco que fueran los tíos de mi esposa.
—Jamás vas a estar seguro de eso porque el Tano se adelantó liberándonos de encarar cualquier acción —afirmó Paulo, torciendo hacia un lado la boca y frunciendo el ceño.
—Observá las consecuencias de sostener su defensa. Joana lo dejó, Lucila y vos se separaron y...
—Otra que se cree muy altruista —reflexionó Paulo.
Bhric lo miró a los ojos y comentó:
—De manera que ese es el concepto que tenés de nosotros.
A esa altura de la discusión, Paulo, con las manos en las caderas, se expresó sin miramientos:
—Gracias a que Donato mandó a matar a los Mazzarello, tu esposa se sacó de encima a los dos matones con los que hubiera debido compartir la fortuna de José Manuel Ocampo. Gracias al plan inicial del viejo terminaste casándote con la ahora única dueña de El Chasqui, ya que la tía le vendió sus acciones porque su alcurnia no le permitió soportar estar ligada a nuestra familia. Fue nuestro padre quien hizo posible todo eso y no vi que nadie le diera ni siquiera las gracias.
Bhric reunió paciencia, antes de explicar su versión de los hechos:
—Los Mazzarello manipularon tu auto para matarte y que el mensaje le llegara al Tano porque él se negaba a entregarles a Marta. El destino la puso a Vera en el lugar y la desgracia provocó que muriera. No fue tu culpa, ni la de Camila, tampoco podemos endilgarle a Donato las atrocidades que hicieron esos malditos. Los responsables están muertos —indicó y enumeró—: nuestro abuelo, José Manuel Ocampo y finalmente los malditos hijos de Marta.
—Si papá no se hubiera encargado de ellos, todavía estaríamos tratando de conseguir las pruebas para condenarlos —afirmó—, y aun desde la cárcel seguirían siendo una amenaza constante que haría que revisaras tu postura.
Bhric comprendió que el miedo hablaba en la voz de su hermano.
—Paulo, papá intentó desprenderse del pasado nefasto en el que creció, dejó atrás los ruines negocios del tano y fundó estas empresas en las que le aportamos toda nuestra capacidad, lo mismo hace Camila en El Chasqui. Pero Donato se cree con derecho a meter la nariz en nuestras vidas, y cuando mandó a ajusticiar a los Mazzarello retrocedió hasta la casilla de salida. Todos recibimos los batacazos y estamos lidiando con las consecuencias porque tenemos una historia que no podemos negar, pero es nuestra responsabilidad construir un futuro diferente.
—¿Con qué lidiás vos? —preguntó Paulo.
—Con la angustia de que mataron a mi hermana antes de que ella pudiera sostener a su hijo en brazos, con el dolor de que tu madre y papá se separaran, con la pena porque Camila descubrió lo desalmada que fue su familia. Y con la impotencia porque no sé cómo ayudar a que mi hermano recupere las fuerzas para alejarse de las dudas y la depresión.
—No es tan así.
—Pasó un año desde el atentado, no te quedaron lesiones físicas, pero no sos el mismo. Todo lo que formaba parte de tu mundo te resulta indiferente; hasta te negás a comprar un nuevo auto para uso personal. —Paulo bufó y Bhric no se detuvo—: ¿Qué es lo que te pasa?
—Mataron a mi hermana y el arma fui yo.
Paulo se subió al asiento trasero del auto que lo llevaría hasta el consultorio del doctor Manfredi. Esa tarde, en la que cargaba con tanta angustia, la radio reproducía “Fade To Black”, de Metallica. «Alegórico», pensó.
Desde el inicio de la terapia se había mostrado dispuesto a hablar sin guardar ningún detalle, pero, aun así, no estaba mejorando. Frente al psiquiatra había recorrido cada paso dado en su vida, la manera natural en la que había asimilado que su familia fuera un ensamble: Vera, hija del primer matrimonio de Donato con una muchacha italiana, Bhric del segundo con la escocesa Meribeth, y él del tercero, convirtiéndose en el niño mimado de la brasileña Joana con quien el Tano bajó los brazos, resignado, permitiendo que desarrollara una personalidad carismática y, en apariencia, rebelde. Había hablado de la pasión compartida con Bhric por los deportes extremos, y confesado que hacer el amor con Lucila estaba cerca de superar cualquier otro deseo, pero ya era tarde porque la había perdido.
No ocultó el dato referente a que, al igual que a sus hermanos, los compañeros de estudios lo habían señalado por ser el nieto del matón de los suburbios, y reconoció que, por mucho que intentó evitarlo, el karma lo perseguía. ¿Qué hubiera hecho él en el lugar de Donato? Su padre cargaba solo con el reproche de los suyos por haber ajusticiado a los asesinos de Vera. Ahora, Bhric también se alejaría llevándose a Escocia lo poco que quedaba de la familia.
—Yo era el soldado de la retaguardia, y de una patada caí en la línea de fuego —dijo en plena consulta con Manfredi.
—Le gusta el surf, ¿verdad? —preguntó el psiquiatra.
—Sí —respondió.
—¿Practica el deporte en grupo?
—Es preferible.
—¿Por qué? —indagó Manfredi.
—Por varios motivos —aseguró, incómodo, al no comprender hacia dónde quería llevarlo—, aunque se estudie su comportamiento, el mar es impredecible y se necesita de un compañero por si hay inconvenientes, o una moto de agua que ayude a cazar determinada ola. La sensación es personal, pero se trabaja en equipo.
—Casualmente, como en muchas otras áreas en las que usted se desempeña. El equipo no lo exime de las consecuencias, tampoco lo deja afuera de las satisfacciones. En todo caso, cada engranaje debe decidir si quiere ser parte del mecanismo.
—No entendió lo que quise decir.
—¿Usted cree que la artillería lo puso en la línea de fuego?
* Centro Internacional de Investigación e Información sobre la Economía Pública, Social y Cooperativa.
2
Con veintiséis años, y sin experiencia previa, Camila Ocampo dirigía la tradicional empresa de transporte El Chasqui Argentino, heredada de su familia paterna tras una controversial disputa con su tía y con los dos hijos espurios que su abuelo había tenido con Marta, prostituta en el burdel del padre de Donato Neri. Para llegar a donde se encontraba debió enfrentar el peligro que supuso que sus no reconocidos tíos fueran tratantes de blancas y narcotraficantes, además de la desmedida ambición de Martina, hermana de su padre y la única Ocampo viva, además de ella.
Abandonó la profesión de modelo, asumió la dirección de la empresa de transporte y creó la Fundación Escalones desde donde se abocó a rescatar de los prostíbulos a las mujeres que ahora formaban parte de su flota de choferes o aprendían modelaje para ejercer sobre las pasarelas y en gráfica.
«¡Qué año tan duro! —pensó, tomando asiento frente al escritorio de su oficina—. El asesinato de Vera, la venganza de Donato, Martina repudiándome y exiliándose definitivamente en París; pero, también, durante este mismo año lo conocí a Bhric, el tozudo medio escocés que pretende protegerme». Amaba a su marido, con él había encontrado la felicidad y se sentía en paz. Pensar en Bhric la infundió de la energía necesaria para continuar trabajando.
Amelia, una de sus empleadas, llamó a la puerta del despacho de Camila y consultó:
—Doña, ¿puedo hablar con usted?
Camila frunció el entrecejo, tragó en seco para no asimilar ese mote como propio, y la invitó a tomar asiento para que expresara el motivo por el que la requería.
—Usted ya sabe de mi amiga Liliana, la que cose. —Camila asintió y Amelia continuó—: Bueno, la hija de ella estudia en un terciario.
—¿Qué estudia?
—Algo de cómo enseñar... o cómo ayudar a la gente. —Confusa, Amelia se angustió un poco, pero pudo recomponerse para continuar con el pedido—: La cosa es que la piba se hace unos mangos ayudando en el bufete del instituto, pero le vendría bien otro tipo de laburo... Verá, doña —dijo y Camila acercó las manos a la boca del estómago, mitigando el ardor que le produjo no interrumpir para decirle que podía llamarla Camila, señora Ocampo, incluso Neri si le resultaba más fácil de recordar, pero que evitara referirse a ella como “doña”; Amelia no lo percibió y prosiguió—: La calle está dura, al puchero hay que garparlo y no queremos que se las rebusque en cualquier lado.
—Absolutamente de acuerdo. Dejame ver, tal vez podamos hacerle un lugar aquí. ¿Le gustará modelar? —consultó, abriendo el archivo de solicitantes—. A lo mejor prefiere conducir...
Amelia negó con la cabeza.
—Pare la mano. No me la largue a la calle como chofer. Tampoco queremos que se nos haga modelito y pasee en ropa interior a la vista de todo el mundo como hacía usted.
Camila unió el mote indeseado y la descripción hecha sobre su anterior profesión, pero intentó conciliar:
—Bueno, Amelia, no te preocupes, algo se me ocurrirá.
—Yo lo pensé así —explicó, apoyando las palmas sobre el escritorio—, pongámosle que le hace un lugar acá, en su oficina. A don Lemos hay un tipo que lo ayuda, pero usted no tiene ni secretaria. Le vendría bien una chica como esta, que necesita ganarse unos pesos limpiamente mientras va aprendiendo el oficio y sigue estudiando. Igual —remarcó—, laburar para usted no debe ser tan difícil, ¿no?
Camila no respondió. Se la quedó observando y comprendió que Amelia no pretendía herir su susceptibilidad. La intención de Ocampo de enmendar errores ajenos había mutado, toda su capacidad estaba comprometida con la solidaridad y Amelia le traía una oportunidad más.
—Quedate tranquila. ¿Cómo es su nombre?
—Milagros —respondió.
—Ok. Agradezco la confianza que me brindás al considerar que Milagros estaría a gusto conmigo. Me encantará conocerla.
—Este... la traje conmigo. Algunos jueves no tiene clases y...
Camila sonrió. Su chofer era muy astuta.
—Hacela pasar, por favor.
—A tus órdenes, highlander —dijo Paulo, entrando al despacho de Bhric.
—Sentate —le indicó el hermano, y señaló uno de los sillones.
—¿Ocurre algo? —preguntó.
—Tenemos que retomar la charla del lunes.
—No sé a qué te referís. —Paulo se hizo el desentendido.
—Sé lo duro que es sobreponerse al duelo por Vera. —Paulo se removió en el asiento, estiró las piernas y cerró los ojos para mantener encarcelada la pena en su interior. Bhric continuó—: Para nadie fue fácil de asumir, mucho menos con vos hecho mierda en el sanatorio —le aseguró, recordando lo ocurrido un año atrás—. En su momento te insté a regresar para que retomaras tu puesto en el Grupo, porque consideré que de esa manera te ayudaba. Fuiste un pilar fundamental para Camila dentro de El Chasqui y no hay una sola fisura en tu desempeño. Agradezco que tu mente continúe bien conectada con el trabajo, pero...
—Como ves —interrumpió Paulo—, todo sigue como si acá no hubiera pasado nada. El Tano tendió los hilos y vos y yo los continuamos engrosando para que resistan.
—No, nada es igual, hermano, eso lo sabemos todos.
—Entonces no es necesario ampliar ninguna charla ni señalar “peros”. Sabemos que hay cambios porque una parte nuestra murió con Vera y su hijo por nacer; a pesar de eso, tenemos que seguir —afirmó con resignación.
—Estoy seguro de que ella sería la primera en impulsarnos a recobrar las fuerzas.
—Hacela corta. ¿A dónde querés llegar, Bhric?
—Al punto donde pueda recuperarte.
—No seas boludo —bromeó intentando acabar con el tema—, con el trabajo que te costó recuperar a Camila ya te podés dar por satisfecho.
—No estoy de joda, Paulo. No querés hablar conmigo de tu estado y eso me vuelve loco.
—Dejá de darle vueltas a las cosas, no me pasa nada. Te recuerdo que le advertiste al viejo que los temas personales no se tratan en la oficina —dijo, para luego incorporarse y salir lo más rápido que pudo de la intimidad inquisitoria impuesta por su hermano.
Se excusó en que era el horario del almuerzo, bajó en el ascensor hasta la planta baja y salió a la calle San Martín, dispuesto a caminar tanto como pudiera. El viento lo golpeó en la cara, y levantó la solapa del costoso traje para paliar un poco el frío. Metió las manos en los bolsillos del pantalón y siguió avanzando. No pretendía calmar el apetito, tampoco buscaba consuelo.
Su mente contenía una red de pensamientos confusos y contradictorios, su corazón era una pirámide de dolor, su alma el resultado de la sumatoria de culpas y desamparo.
Trabajaba en el Grupo Neri mirando a los ojos al Tano, mientras lidiaba con la dicotomía que para él suponía apoyarlo como hijo, sin poder encontrar las agallas para repudiarlo desde la conciencia. ¿Cómo hacerlo si él mismo no lograba discernir qué hubiera hecho estando en el lugar de su padre y contando con los contactos y medios económicos necesarios?
Vera había muerto porque dos delincuentes alteraron el Lexus, y él, eximio conductor, no pudo evitar que el impacto la destrozara. Que Manfredi dijera lo que quisiera, Paulo entendía que no era responsable, pero se sentía culpable.
Los Mazzarello habían llegado demasiado lejos cuando Donato se empecinó en enfrentarlos en lugar de tranzar y entregarles a la progenitora de esos tipos. Como resultado habían perdido a Vera y la ilusión de verla feliz junto a Mario y su bebé. «Si nos hubiera puesto al tanto, entre todos hubiéramos encontrado la manera de evitar el desastre», pensó y luego aquietó el reproche.
Finalmente, los Neri, los Ocampo y hasta los Cameron habían sido arrastrados a la implosión que podría haberse evitado. Sus padres se habían separado. Camila y Bhric, si bien terminaron casándose, inicialmente habían roto su compromiso. Y Lucila lo había dejado a pesar de que él estaba seguro de que se amaban. Lo único que se mantenía en pie, incluso en franco ascenso, eran los gélidos negocios. El Grupo Neri lideraba el mercado de la administración empresarial y el asesoramiento financiero; La Pequeña Italia cerraba acuerdos con el Mercado Común Europeo ante la posibilidad de que el Reino Unido se desvinculara de la Comunidad. El Chasqui Argentino se había convertido en un emprendimiento único en su género al anexar a la empresa de transportes la Fundación Escalones que capacitaba y reinsertaba a mujeres en situación vulnerable. A pesar de la crisis, la rueda seguía girando y adquiría más velocidad mientras que su vida privada se plagaba de la angustia que le opacaba el deseo de vivir.
No, no quería dar explicaciones, mucho menos a Bhric que, en plena catástrofe, se había colgado a cuestas la responsabilidad de mantener las empresas, además de la estabilidad familiar. Aquello era demasiado para un solo hombre, aunque este fuera el granito escocés del que hablaba Camila.
Se detuvo, sacó una mano del bolsillo y, en ella, el celular. Buscó entre los contactos el de Lucila para volver a ver su hermoso rostro, y se negó a escuchar el antiguo mensaje de voz. Ese donde todavía creía en él, el último en el que la había sentido cerca.
—Milagros —dijo Camila tomando a la muchacha de las manos—, Amelia considera que podrías asistirme.
—Me encantaría, señora.
—Me halaga. Contame ¿qué estudiás?
—Tecnicatura Superior en Pedagogía y Educación Social. —Camila se mostró interesada, por lo que la muchacha arriesgó—: Si bien comprendo que no cuento con conocimientos de secretariado, tengo intenciones de aprender y tal vez mis avances dentro de la carrera puedan ser de utilidad para su fundación.
—Absolutamente de acuerdo —consintió Camila, mientras le daba un repaso a la apariencia de la muchacha.
Milagros notó el escrutinio y levantó la barbilla:
—Soy humilde —remarcó con orgullo—, vivo con mi madre y Amelia, y estudio en Balvanera. Entiendo que no tengo la preparación que el puesto requiere, pero le aseguro que me sobran las ganas de aprender. —Después de decirlo, Milagros observó a la mujer que vestía ropa de marca, y, aunque ella llevaba puesto su mejor jean y las zapatillas impecables, ofreció—: Usted dirá qué se espera de mí y cómo desea que venga vestida, mi madre es costurera y en un par de días me puede hacer...
Camila la interrumpió:
—Lo que espero es que mantengas este ímpetu y la seguridad que transmitís. Te propongo lo siguiente —concluyó—, vení un par de días a la semana, en el horario que no interfiera con tus estudios, así podrás ver cómo trabajo y qué necesito. Después ya pensaremos cómo seguir.
—Mil gracias, señora.
—Primera indicación como tu jefa —dijo—, ni se te ocurra llamarme “doña”, porque me produce una profunda repulsión.
Milagros sonrió y se puso de pie para comentar:
—Salvo raras excepciones, curso de lunes a miércoles a partir de las dieciocho, calculo que tendré una hora de viaje desde aquí hasta el instituto.
—Perfecto. Te espero mañana.
3
—Peterson, podés volver al Grupo —ordenó Paulo al llegar a la puerta de El Chasqui—. Cenaré en casa de mi hermano y mi cuñada así que no es necesario que me esperes.
Su chofer y custodio se despidió. Paulo subió la escalera, llegó a la oficina de Camila y se anunció con un ligero golpe en la puerta.
—Hola —lo recibió ella abriendo los brazos para estrecharlo y darle un beso en la mejilla—, te estaba esperando. Te presento a Milagros —agregó, señalando a la joven—. Es mi secretaria; por ahora no de manera full time, pero resultó ser una gran colaboradora.
La muchacha, concentrada en su trabajo, simplemente emitió un “encantada” antes de continuar actualizando el listado de asistentes al curso de modelos. Debido a eso, la amigable sonrisa que Paulo le regaló se perdió dentro de la oficina.
Camila tomó asiento en su sillón de escritorio y él lo hizo en el que lo enfrentaba.
—Lemos me pasó los números del mes. —Camila fue directo al grano—. Si bien entie
