1
Manchester, Inglaterra, 1905
—¡Eso es lo que les pasa a los que van por mal camino! —sentenció una mujer con cara de harpía que no se perdía un detalle de la escena.
Sucedió un día lluvioso, ante un círculo de curiosos, un conjunto de personas tan grises como los techos de las casas cubiertas de hollín.
El niño no debía tener más de doce años, pero cuando el policía se llevó a su padre, mordió con tanta desesperación la mano que apresaba el brazo del condenado que el grito del uniformado se oyó hasta los límites del pueblo, allí donde terminaba el dominio de los humanos y empezaba el de las ovejas.
Las lágrimas brotaban abundantes de los ojos del pequeño; lo único que conservaría de ese día en su memoria sería la imagen empañada de un hombre que le sonreía. Recordaría para siempre sus últimas palabras: “Never bow your head to injustice my boy!”.1
Cuando arrancó el Ford, el niño se lanzó corriendo detrás del vehículo de la penitenciaría, siguió hasta donde sus piernas podían sostenerlo, corrió a toda velocidad, saltó varios puestos de verduras, se trepó a los techos de las casas y siguió saludando con la mano aun cuando el vehículo no era más que un punto en el horizonte.
Se quedó solo un largo rato, adosado a una chimenea, contemplando, triste, las casas de ladrillos de la ciudad fabril, los meandros del río Irwell, el acueducto, la torre de la catedral y más allá, las laderas todavía cubiertas de nieve. Llegó a su casa sin pisar la calle. El sol ya se ponía. Bajó deslizándose por un caño grueso y cuando su madre le abrió la puerta, lo vio tan desolado que no le dio el corazón para retarlo por el desgarro que tenía en el forro de su chaqueta.
Luego de enterarse de que su marido había sido condenado a la horca, la señora Hall pasó varios meses en cama, sumida en la más profunda desolación. El temor a caer en la indigencia fue lo que la empujó a tragar su orgullo y pedir ayuda a la familia antes que al Estado.
De los cinco hijos del matrimonio se hizo cargo una tía que, viendo la situación del hogar, tomó la iniciativa de escribir a un pariente en Argentina y puso a los dos mayores en el primer barco rumbo a América. Al final de ese mismo año, Martin Hall, arrastrado por Rose —su hermana mayor, de diecisiete años—, buscaba, en el trajín de la cubierta, la puerta de su camarote de tercera clase en el Alcántara, de la compañía de navegación Royal Mail Steam. El flamante transatlántico zarpó de Southampton hacia América del Sur. Era el barco a motor más grande en servicio, de un aspecto muy inusual: dos chimeneas mochas anchas y horizontales en su parte superior, dos mástiles y una popa de crucero.
Por todo equipaje, los Hall llevaban un pequeño bolso con dos mudas de ropa, una Biblia y un papel donde figuraba el nombre y la dirección de un desconocido residente en tierras tan lejanas que parecía tratarse de otro planeta.
Rose, una joven muy práctica, encontró rápidamente a una familia que la aceptó para que se encargara de la educación de sus hijos durante la travesía a cambio de unas monedas que le permitirían conseguir comida para ella y su hermanito; por lo menos, tendrían un plato caliente por día. Pero Martin, acechado por el hambre a pesar de los esfuerzos de su hermana, resolvió encontrar él también una manera de ganarse el pan. Lo único que tenía para ofrecer era su agilidad.
Era un niño delgado, bien proporcionado, con una cabeza que funcionaba tan rápido como su cuerpo. Sabía que, por su humilde extracción, no lo dejarían trabajar en primera clase; buscó entonces convertirse en el ayudante de algún marinero vago o añoso, gustoso de conseguir a alguien que hiciera el trabajo en su lugar. Se presentó discretamente a todos los miembros de la tripulación que encontraba a su paso. Su personalidad serena y su gran destreza física llamaron la atención de un marinero que le ofreció secundarlo en varias tareas de a bordo: verificación diaria de los distintos aparejos del barco, material de carga y descarga, sogas, cabos, ganchos, bombas, manguera, tareas de limpieza general y, sobre todo, eliminación del óxido y agua salada en los vidrios y superficies de las cubiertas.
Una mañana, la joven señorita Hall se percató de las maniobras de su hermanito. Al caminar hacia el camarote donde la esperaban sus alumnos, Rose ahogó un grito al verlo suspendido a varios metros de la cubierta principal, con un balde atado a la cintura y un cepillo en la mano, silbando una melodía de su tierra natal. Pero al morder la manzana jugosa que le regaló unas horas después, no tuvo corazón para retarlo:
—¡Usted es incorregible! Tenga solamente cuidado de no matarse, no tengo ganas de llegar sola a tierra extraña.
Como toda respuesta, Martin le ofreció su mejor sonrisa. Era un niño de pelo castaño, mirada chispeante, travieso, pero sin maldad. La señora Hall rezó todas las noches pidiéndole a Dios que sus hijos llegaran sanos y salvos, sabía que nunca los volvería a ver. Guardó las primeras cartas de Rosy dobladas contra su pecho hasta que el papel, amarillento y delgado, se confundiera con su piel. Martin era su hijo preferido. No lo alejaba de ella porque fuera el más difícil de criar. Al contrario, sabía que tenía la destreza suficiente para forjarse un destino mejor. Se lo entregaba al mar, al cielo, al azar de la vida, sabiendo que la separación sería para ella una herida que nunca cicatrizaría.
Además de poder alimentarse bien, al estar ocupados con sus respectivas tareas, el viaje se hizo más entretenido para los hermanos Hall. Era solo a la caída del sol, antes de dormirse, que Martin sentía un pinchazo en el pecho. Nunca hubiese admitido que se trataba de miedo, de temor a lo desconocido. Entonces saltaba de su litera y salía a mirar el mar, pensando en su padre; le prometía que iba a convertirse en un hombre rico y libre en esas tierras, pero, sobre todas las cosas, un hombre que lucharía toda su vida contra las injusticias. Esas ideas, tal vez pueriles, le daban fuerzas para enfrentar un destino lejos de todo lo que conocía.
Se volvió una rutina. Todas las mañanas, lo que motivaba a ese cuerpo de niño para abrir los ojos y levantarse era la promesa de ver el amanecer sobre el mar. El jefe de cocina le permitía sentarse media hora en un rincón de la cubierta de primera clase para comer el pan que sobraba de la noche con una fina capa de manteca y azúcar, y un poco de té. El pequeño Martin se quedaba en silencio, atento de no dejar caer ni una miga en el suelo, y contemplaba la inmensidad del océano. Era su momento, unos minutos de eternidad solo para él, y el pan duro que a veces le raspaba las encías era entonces el más sabroso del mundo, porque contenía en su corteza todo lo que significaban esas mañanas: la complicidad del jefe de cocina, el calor del sol sobre su rostro, los aromas del mar, las pepitas de luz que brillaban entre las olas y la ilusión de ser un niño de primera clase.
Fue una de esas mañanas, mientras sus ojos seguían el vuelo de una gaviota, que se percató de que su madre le había obsequiado el regalo más grande que se le puede hacer a un hijo: le había dado alas. Aprender a volar solo era cuestión de valentía.
1 “¡Nunca agaches la cabeza ante la injusticia, mi niño!”.
2
—¿Dónde? —repitió en una carcajada el viejo marinero que supervisaba el trabajo de Martin—, ¿dónde dijiste que vive ese supuesto tío tuyo?... ¿Patagonia? —La risa lo hacía escupir pequeñas gotas de saliva con aroma a licor—. ¿No tendrás acaso una dirección un poco más precisa?
Martin lo miró con el entrecejo fruncido, no entendía qué era tan gracioso.
—El que te dio esa dirección no tiene la más mínima intención de recibirte, lo siento, pequeño, pero la Patagonia es tan vasta como cinco veces tu país. Además, solo hay tierras azotadas por los vientos, pastizales e indios salvajes. ¡Créeme, estarías toda una vida buscando a esa persona y no la encontrarías jamás!
Se quedó congelado, los latidos de su corazón retumbaban en su cabeza como un gran tambor. Debía verse en este preciso momento como los conejos que acorralaba su madre para el guiso dominical, los ojos redondos como platos, el hocico trémulo, las orejas derechas y duras como espadas.
Cuando Martin le comentó a su hermana los dichos del marino, Rose se echó a llorar desconsoladamente, presa del pánico. A pesar de ser la mayor, su hermano entendió rápidamente que él tendría que ser el responsable de buscar un lugar seguro, Rose no estaba hecha para la aventura.
—Pregunta a esa familia si conocen un lugar…
—No, Martin —dijo entre dos sollozos—. ¿Cómo van a saber ellos si también es la primera vez que viajan a Buenos Aires? ¡Indios! ¡Por Dios! ¡De saberlo nunca me hubiese subido a este maldito barco!
Martin le tiró suavemente de la punta de la trenza que caía sobre su hombro:
—No estás sola, Rosy, yo te cuidaré.
Pero al decir esas palabras, sintió un fuerte retortijón en la panza: no cabía duda de que debería crecer más rápido de lo que la naturaleza tenía previsto para él.
Empezó a prestar atención a toda conversación, toda información que escuchaba sobre su nuevo destino. Al parecer, en la gran ciudad, no vivían indios, había calles de tierra, algunas de adoquines, un río color té con leche, muchos italianos y españoles y construcciones de estilo francés. Una mezcla extraña —pensó esperanzado Martin—, si era tierra de inmigrantes era porque había trabajo para todos.
Durante las horas que pasaban juntos, los hermanos intercambiaban las palabras en castellano que aprendían. Las canjeaban como canicas y las clasificaban según su relevancia o procedencia. Las de Rose, siempre adecuadas y elegantes, eran las palabras-bolitas de alabastro, vidrio, cerámica e incluso cristal; las de Martin, encontradas en los bajos fondos del barco, eran las de arcilla, acero, piedra o madera. Rústicas, pero eternas como el lunfardo.
De tanto lavarla, la camisa de Rose había pasado del azul al celeste. Martin había pegado un estirón durante la larga travesía y el pantalón le llegaba arriba de los tobillos. Los días transcurrieron. Mientras Martin se desenvolvía cada vez con más soltura entre los marineros, Rose se recluía. Su hermano la encontraba al atardecer rezando, la tez pálida.
El buen tiempo acompañó al navío. Cuando por fin vieron tierra firme delante de sus ojos, la joven tomó de la mano a su hermano sin dejar de mirar el horizonte. Temblaba.
Al bajar de la planchada, sus nombres fueron registrados en un cuaderno. La primera impresión que tuvo el niño de la Argentina fue la de una tierra muy chata, porque emergían chimeneas de ladrillos como un bosque de árboles carbonizados en la neblina del amanecer.
Al principio, las cosas fueron más fáciles de lo que esperaban. El barco no escupió a los hermanos Hall en medio de un mundo hostil y desconocido, fueron llevados, como muchos otros pasajeros de segunda clase, al Hotel de los Inmigrantes. Allí, en esa torre de Babel de cerámicos blancos, buscaron los sonidos del único idioma que conocían: el inglés. Encontraron un solo anglosajón; se trataba de un minero reclutado para trabajar en una hacienda, pero no tenía la mínima intención de compartir su información con extraños por miedo a perder el puesto. Finalmente, por medio de una costurera francesa que entendía algunas palabras del idioma de Shakespeare, obtuvieron una dirección para buscar ayuda.
Del convento de Nuestra Señora del Pilar, donde tocaron a principio del invierno la pesada puerta de madera, Rose no salió nunca más. Tomó los hábitos a los pocos meses de ingresar, dejando a Martin más desamparado que a su llegada.
—Tendrá comida siempre que venga a buscarla aquí, Martin, pero yo no puedo enfrentar esta ciudad, es demasiado para mí. Usted es valiente, a lo mejor, encontrará trabajo rápidamente.
Eso fue todo. Rose apenas podía hacerse cargo de ella misma, ¿cómo podría ocuparse de su hermano?
Cuando vio el velo blanco de novicia que cubría la cabellera cobriza de su hermana, se sintió muy solo. Se dieron un último abrazo. Lo que sentía Martin con respecto a la decisión de Rose fue cambiando a medida que transcurrían las horas; de la bronca pasó a la resignación, hasta llegó a pensar que, tal vez, era mejor que su hermana estuviera protegida detrás de esas espesas paredes y no en los suburbios, con su rostro pálido, temeroso. Era como una florecita blanca creciendo en un pantano, los sapos no tardarían en comérsela.
El convento de las capuchinas era conocido por recibir no solamente a jóvenes con genuina vocación religiosa, sino a todas las muchachas de alma pura que no tuviesen con qué vivir.
Martin giró sobre sus talones y se enfrentó a la calle con dos pedazos de pan sin levadura en el bolsillo y una canasta de facturas para vender en las escalinatas de la iglesia. Rose le prepararía todos los domingos la mercancía suficiente como para obtener unos pesos. Sin saber adónde ir, durmió en el porche del convento hasta que una de las monjas decidió llevarlo a la calle Montes de Oca. Solo existía un lugar en toda Santa María de Buenos Aires donde aceptarían albergar a un menor de edad con la ropa hecha harapos y que apenas sabía unas palabras de español: la Casa de Expósitos.2 Durante varios días, antes de cruzar toda la ciudad para llegar al lugar donde, según la superior del convento, atenderían sus necesidades alejándolo de los senderos de la perdición, Martin intentó encontrar de nuevo trabajo a bordo de un transatlántico, pero el buque en el que llegaron ya había zarpado y ningún otro marinero le dio una oportunidad. Del puerto se fue en dirección al sur, hacia la larga calle Montes de Oca, situada entre el río y unos temibles barrancones asolados por las bravías crecientes del Plata. Caminó dubitativo, volvió mil veces sobre sus pasos. Si decidió seguir los consejos de su hermana, era por una sola razón: tenía hambre.
Pegó la nariz sobre la vidriera de una pastelería, se le hizo agua la boca al ver los merengues y las rosquillas en las estanterías, las vitroleras llenas hasta el tope de grageas con sus tapas decoradas con encaje blanco, los budines cortados en finas rodajas y las magdalenas espolvoreadas de azúcar. Un hombre con grandes bigotes, desde el interior, le ordenó retirarse, amenazándolo con la palma de la mano.
Martin siguió su camino, un poco al azar. Rose tenía razón, esa ciudad inmensa daba un poco de miedo. Extrañó a su padre. Si caminara a su lado, dándole la mano para cruzar las grandes avenidas, corriendo con él, jugando a espantar a las palomas, todo sería muy distinto. Le revolvería el pelo con los dedos, anudaría su bufanda para que no se resfriara y, sobre todo, llenaría su alma de ese optimismo casi iluso que desbordaba de su persona, contándole cómo, algún día, se volverían ricos, tan ricos que lo invitaría a comer hasta el hartazgo todas las delicias de la confitería.
Cuando apareció el imponente edificio del orfanato en medio de un cielo plomizo, Martin rodeó sus costillas con los brazos y aspiró con fuerza una gota de moco. El lugar no se veía tan siniestro como se lo había imaginado, cruzó la calle apurando el paso, obligándose a avanzar. Como tantas veces en el puerto, le repitió a la monja que le abrió la puerta sus conocimientos en limpieza de todo tipo:
—Hasta puedo subirme a los roofs, no sufro de vérti…
No pudo terminar la frase, cayó en un agujero negro. Cuando se despertó del desmayo, estaba acostado en una cama en medio de una inmensa sala con otras camas idénticas, prolijamente tendidas, pero vacías. Y de no ser por el aroma a comida que llegaba hasta sus narinas, hubiese saltado por la ventana, lejos de allí.
Pero se quedó. Dejó de tener frío. Desde su llegada, el tufo húmedo del Río de la Plata se le había metido en los huesos. De no ser un inglés criado en climas rudos, probablemente hubiese muerto de neumonía. Lo trataron con firmeza, pero sin maldad. Dormía en una cama con barrotes de hierro, la número siete contando desde la puerta, en la sala de los más grandes.
Todos los días tenía que asistir a clases. Aprendió español, idioma que en su imaginación emparentaba al enorme crucifijo que colgaba sobre el pizarrón: el idioma y la cruz, los conquistadores de América. Dibujó una caricatura de Cristóbal Colón, lo pusieron en penitencia. Se quedó dormido durante la misa, lo pusieron en penitencia y también cuando, una tarde soleada, se subió al techo para ver si, desde allí, veía el Río de la Plata. Sin embargo, las atenciones que le propiciaron le devolvieron cierta dignidad, aunque lo sumergían en el océano del anonimato gris de los huérfanos: hijos de inmigrantes, de prostitutas, de moribundas sin leche, hijos con enfermedades invalidantes, otros frutos de amores ilícitos o de madres judicialmente recluidas.
El joven Hall recibió un guardapolvo gris de tela miseria y zapatos con cordones. Lo bañaron, peinaron, le revisaron los dientes, le cortaron el pelo y las uñas. Asistió a las clases interesado en aprender cuantas cosas podían servirle afuera de esas altas paredes. Pero eran paredes y Martin no las soportaba; su naturaleza era la de un individuo libre, animado por una necesidad irrefrenable de acción. Y como si la hubiese llamado, la acción no tardó en encontrarlo a él.
2 Actual Casa Cuna.
3
El grito estridente de una niña lo despertó. Se había quedado dormido en un banco del pasillo mientras esperaba la revisación médica. Parpadeó unos instantes hasta lograr entender lo que sucedía a unos metros de él. Un chico, ya adolescente, forcejeaba con una pequeña para arrebatarle un trapo de algodón que, al parecer, era para ella un objeto preciado. Martin empezó a sentir ese odio instintivo y heredado que brotaba como lava volcánica cada vez que alguien sufría un abuso de poder. Sin medir las consecuencias, se levantó cargado de furia y le dio un empujón al grandulón. La niña dejó de llorar en el acto y cuando Martin le devolvió su trapo, lo agarró con prisa y se puso un pulgar en la boca. Hall estaba por hablarle cuando sintió que un puño caía sobre su mejilla con tanto peso que pensó haberse chocado la cara contra la pared. Alertado por una advertencia de la niña, se agachó a tiempo antes de recibir un segundo golpe. Su cerebro pensaba con rapidez; por primera vez, se percató de que su contrincante era más alto y pesado que él. Debía ser uno de los huérfanos más antiguos del lugar. Sus pequeños ojos miraban a Martin de un modo extraño, era la mirada de alguien que no tiene nada que perder. Aprovechando que estaba agachado, encerró con sus brazos las rodillas del adolescente sin soltarlo hasta que sintió que perdía el equilibrio y caía con las dos manos hacia delante, en un intento desesperado de evitar que su frente chocara contra el piso. Cayó como un bulto y, al impactar, su muñeca derecha se torció con un pequeño ruido de ramas quebradas. Un grito de ogro se hizo escuchar hasta en el consultorio del galeno que abrió la puerta con las cejas fruncidas.
—¿De nuevo, Ivo? ¿Qué has hecho esta vez?
—Nada —gimió el grandote agarrándose la muñeca— ¡yo no fui! Fue él.
El médico dirigió su mirada hacia Martin con un aire de fastidio:
—¿Y vos, quién sos?
—¡El ganador de la pelea! —exclamó Martin inflando el pecho—. Me llamo Martin, doctor, Martin Hall.
El galeno lo miro atónito, estaba claramente molesto. Iba a decir algo cuando una vocecita se hizo escuchar desde detrás del banco de madera:
—Ivo me quería robar mi trapito y el chico nuevo me ayudó.
El semblante del médico se relajó, les hizo gestos a ambos muchachos para que lo siguieran a su despacho y, antes de cerrar la puerta detrás de ellos, se aseguró de que la niña estuviera bien como para volver al patio de juegos.
Ivo empezó a temblar. El dolor se hacía más fuerte a cada minuto y apretaba los dientes para no llorar. Su amor propio sufría aún más que su muñeca: nadie hasta ese día se había atrevido a desafiarlo y menos aún a derrotarlo.
—Me las vas a pagar —masculló cuando el galeno buscaba vendajes en un armario al otro extremo de la pieza.
Martin alzó los hombros:
—Te la buscaste… —y no tuvo tiempo de agregar nada más.
Entre el sermón del médico a ambos luchadores, la colocación de la férula a Ivo y la revisación médica de rutina, era ya mediodía cuando salieron del consultorio.
Rápidamente, se corrió la voz de que un nuevo chico había lastimado al gran Ivo. En su fuero interno, Martin agradeció esa oportunidad, porque, sin que nadie supiese todavía quién era ni de dónde venía, lo precedía una fama de luchador y todos lo miraron desde el primer día con admiración. En contrapartida, supo a partir de ese momento que en cuanto soldasen los huesos de Ivo, sería mejor para él no estar más en los alrededores. Como castigo, las hermanas lo obligaron a barrer durante dos días las hojas de los árboles que en ese abril ventoso no paraban de caer. No se rebeló, aceptó la tarea con resignación, aguantó las llagas en las palmas de sus manos y buscaba las partes soleadas del patio para sentir el calor del sol. La belleza de los colores otoñales lo animaron y cuando la niña del trapito le ofreció su sonrisa del otro lado del ventanal del segundo piso, se sintió un gladiador en las arenas de Roma. Su imaginación transformó la escoba en lanza y las hojas en leones hambrientos. Tenía tan solo doce años, pero la sonrisa de una mujer ya lo hacía sentir el más dichoso de los hombres.
4
Un domingo, como todos los domingos, salió del orfanato, con el visto bueno de las autoridades para seguir ayudando a su hermana con la venta de las facturas.
Se apostó a la salida de la iglesia con su canasto de mimbre y, lejos de poner cara de desahuciado, se alisó el pelo con la mano e iluminó su rostro con una sonrisa amplia y jovial. Nada tenía para él más valor que las felicitaciones de Rose cuando le devolvía el canasto vacío y le daba lo recaudado a través de la reja del convento. Ella siempre le obsequiaba unas monedas y una factura a cambio.
Martin aprovechaba las horas libres para pasear, miraba a los transeúntes y se maravillaba con las vidrieras, los grandes bulevares y soplando aire caliente sobre las puntas de los dedos, leía con atención los carteles en algunos negocios para ver si podía conseguir trabajo. Pero todos siempre le decían lo mismo: buscaban alguien con experiencia, pero ¿cómo se suponía que podría tener experiencia si nadie le daba la oportunidad de intentarlo?
Experiencia no tenía ninguna para enfrentar lo que se le venía encima. Sucedió un domingo al comienzo del invierno, una mañana de niebla. Caminaba, como siempre, de regreso al orfanato sin muchas ganas de andar por allí, desalentado por el frío.
Girando distraído en una esquina del barrio de San Telmo, un hombre se le acercó corriendo y le tiró en el canasto una pila de diarios gritando que los escondiera. Martin apenas terminaba de echarles encima el mantel que cubría en general los panecillos y las medialunas, cuando tres agentes de policía aparecieron a la vuelta de la esquina. Le gritaron:
—¿Por dónde fue? ¿Lo viste a esa basura de anarquista?
Sin saber bien por qué, Martin señaló la dirección contraria a la que vio alejarse al fugitivo. Tal vez porque su corazón instintivamente tendía a socorrer a los perseguidos, tal vez porque ese joven le hizo acordar a su padre corriendo, escapándose una vez más de la cárcel para estar, aunque fuera unas horas, abrazado a su mujer y a sus hijos. El hecho es que ese dedo apuntando a la dirección opuesta cambiaría su vida, ese índice señalando la calle equivocada llamaría la atención del hombre que, escondido en el zaguán de una antigua casa, esperó a que la policía estuviera fuera de la vista para recuperar sus periódicos.
—Gracias, pibe —dijo jadeando—, vení que te invito a tomar algo caliente. Quiero hablar con vos.
Y Martin accedió. Los ojos del desconocido eran francos como los de un perro, sin malicia ni sombras. Se llamaba Doménico, nunca lo olvidaría, tenía rasgos parecidos a los de su padre, era morocho, de hombros anchos y delgado, la mirada chispeante y una pequeña cicatriz a un lado del mentón.
—¿Por qué me ayudaste, pibe?
—Mi padre, él enseñar a mí, yo hacer eso para él también cuando él escapar la gorra.
El hombre sintió por ese huérfano una gran ternura, algo en él era diferente de los otros chicos de su edad, una suerte de voracidad por comerse la vida, luchar por un destino más digno:
—No te asustes, no es un interrogatorio. Yo sé por qué me ayudaste, ¡porque corre por tus venas el deseo de crecer en un mundo más justo!
—Se equivoca, señor, yo no estar asustado.
—No, por supuesto que no. Se ve a leguas que tenés agallas.
—¿Que tengo qué cosa?
—¿Vos no sos porteño, de dónde sos? ¿De dónde es ese acento? ¿Sos inglés?
—Sí, señor, nacido en…
El desconocido puso su dedo índice delante de su boca para que callara:
—No des tanta información, solo lo justo y necesario. Si aceptás mi propuesta, ya tendremos tiempo de conversar, pero no te entregues al primer tipo que cruzás, hay que ser más cauteloso.
—Entendido, señor.
Doménico tomó un sorbo de su café sin dejar de mirar al mocoso.
—¿Te gustaría ser parte de una gran familia?
—Sí, solo que no gusta bebés que lloran todo el tiempo, mucho ruido.
El anarquista estalló en una carcajada y sacudió sus anchos hombros:
—No te preocupes, somos una familia de tipos grandes y mi esposa, Gianna, ¡sabe hacer las mejores pastas de toda la ciudad!
Martin se esforzaba por hablar bien el castellano. Para asegurarse de que lo entendieran, se había acostumbrado a acompañar cada una de sus frases con gestos de las manos que hacían sonreír al italiano. Se frotó la panza imaginándose frente a un enorme plato de fideos con salsa de tomate.
—¿Te enseñaron algo las monjas?
—Sí, yo grande, así que enseñaron imprenta, impresiones de misales y esas cosas.
Puso las manos delante y giró una rueda imaginaria imitando el rodillo de tinta de la imprenta.
Una chispa iluminó la mirada del italiano, no paraba de frotarse el mentón balanceando la cabeza.
Cuando llegó la leche chocolatada humeante, puso su dedo sobre la taza para sentir el calor de la cerámica contra la piel. Miró al camarero con su blusa blanca y su chaleco negro, esos bigotes finamente cortados, las uñas limpias. Olió el perfume cítrico del agua de Colonia de un señor sentado cerca de ellos, oyó el ruido de los platos, sintió el humo de un cigarrillo, la espuma sobre la cerveza que se deslizaba suave del chop hacia la bandeja de metal. Algo pasó en la cabeza de Martin: en ese mismo instante, supo que la vida valdría la pena si llegaba a ser un hombre que pudiese disfrutar de todo eso, del calorcito que otorgaba el bienestar.
Una pregunta de Doménico lo sacó de su ensoñación:
—Tengo un laburo para vos, en otro tipo de imprenta. ¿Te interesa?
—Depende.
—¿De qué depende, pebete?
—De cuánto me va a pagar.
Doménico lo miro entre sorprendido y divertido:
—¡Vaya! Sos más inteligente de lo que pensaba. Pero es al revés la cosa. La paga depende de la calidad de tu trabajo. ¿Me seguís? Al principio no será mucho, ¡pero si te desenvolvés bien…! Además, si te gusta el laburo, tendrás un lugar donde dormir solo para vos y comida hecha por mi mujer que cocina como nadie. Che, mírame a los ojos, no te estoy macaneando, es la verdad.
Martin sonrió, el labio superior pintado de leche:
—¿Cuándo yo comenzar laburo tuyo?
5
Así fue como el pequeño Martin entró a formar parte de un grupo de hombres dispuestos a todo para reivindicar sus derechos: los anarquistas, principales perturbadores del orden social, antifascistas, antiburgueses, ideólogos de un mundo imposible, defensores de las clases oprimidas.
Payadores criollos cantaban acompañados de su guitarra: “Con mi canto pregono el sol de la libertad, abajo los usureros, mueran todos los rendijas que ya se aproxima el día de la paz universal… Somos los que defendemos un ideal de justicia que no encierra en si codicia ni ambición, ideal cantado por los reclusos abucheados… somos los que despreciamos las religiones farsantes… Somos esos anarquistas que nos llaman asesinos, porque al obrero inducimos a buscar la libertad, golpeamos a los tiranos y siempre nos rebelamos contra toda autoridad…”.
En medio de las asambleas, irrumpían muchachas y muchachos cantando la “Verbena anarquista”. Pronto, esa melodía ondulante entró en el corazón del joven Hall como un padrenuestro. Las plegarias de los parias correrían por su sangre con más fervor luego de la Semana Trágica y después del primer golpe de palo recibido en la espalda por la policía montada.
Apretó los dientes y se sacó su camisa con orgullo cuando la esposa de Doménico le calmó el ador del hematoma con un poco de hielo, lo retó suavemente, pidiéndole con un cariño maternal que se cuidara, que mirara bien adónde pisar mientras escapaba, un tropiezo en una circunstancia de revuelta era la muerte asegurada. Bien lo sabía ella, su hermano había muerto con la cabeza fracturada debajo de la herradura de un caballo.
Durante esos años, Doménico fue su mentor. Le hizo al pequeño un lugar en un rincón de la imprenta donde, en aquel entonces, se editaba el principal diario anarquista de la época: La Antorcha.
Martin Hall era querido, lo llamaban el inglé, con respeto y cariño, porque en ese lejano país anglosajón se encontraba la cuna del anarquismo.
El anarquismo era un movimiento internacional: “Somos los hijos de la Comuna de París, de Proudhon, de Bakunin, somos las venas latiendo de la revolución”, decía el tano enardecido en los discursos que daba en las asambleas clandestinas. Martin no tenía idea de quiénes eran esos hombres, entonces, cuando la imprenta cerraba sus puertas, cuando el ruido de las máquinas cesaba, se sentaba en el colchón que le servía de cama y se esforzaba por leer todo lo que encontraba en las polvorientas estanterías. Cada vez con más fluidez, leía periódicos, libros, manuales, panfletos. A veces se quedaba leyendo hasta las primeras luces de la aurora.
Tenía cada vez más en claro que el movimiento no quería el poder, sino una transformación social, un cambio radical en la forma de vida en común. Un mosaico de pensamientos, algunos francamente opuestos, sin un jefe definido. Al alba, el hambre lo despabilaba. Entonces, dormitando, se lavaba la cara, se peinaba la raya al medio de la cabeza, inspeccionaba un bigote que sombreaba debajo de su nariz y se dirigía a la casa de su protector, a unas cuadras de allí, para desayunar y enterarse de lo que le mandaría hacer ese día.
Retrospectivamente, cuando Martin de vez en cuando volvía a recordar esos años, le parecía extraño que él hubiese abrazado una causa con tanto fervor. Quizá, la influencia de Doménico en su joven cerebro era lo bastante fuerte como para que pensara, como decía su maestro, “en la revolución caminando por la calle, comiendo o hasta durmiendo”. Como un credo, se repetía en todas las reuniones que el sistema social era injusto; los poderosos, ladrones, y los patrones, explotadores. Todo lo que estaba al servicio de la clase burguesa era el enemigo: políticos, policías y banqueros. Abrazó la causa y consiguió satisfacer una necesidad más profunda aun, inconsciente, como el anhelo de una figura paterna, una figura masculina sobre la cual moldear su propia virilidad.
El extremo de una remolacha se escapaba del canasto de una ama de casa y parecía la cola de una rata enorme. Hombres trajeados se dirigían con prisa a sus oficinas, los porteros daban brillo a los bronces de las puertas saludando a los comerciantes ambulantes con gritos y silbidos. Martin seguía con admiración todas las actividades que, desde temprano, animaban el barrio detrás del Congreso nacional, donde vivía la familia de Doménico, por un tiempo, hasta que tuviese que mudarse nuevamente, escapando siempre. El olor a coliflor hervido y a estiércol se unían al vapor que salía de las tintorerías. Las puertas con motivos art déco agregaban cierta elegancia a un barrio populoso y, en general, de paredes sombrías y calles angostas.
Eran sabrosas las pastas caseras de la señora de su mentor, lástima sus hijos, que se disputaban siempre las mejores raciones, en una anarquía doméstica que su madre apenas lograba controlar sin el apoyo de su esposo. Doménico llevaba su ideología tan lejos, que, según él, cualquier desorden era símbolo de libertad.
Una mañana, Martin salía de la imprenta con los brazos cargados de panfletos, cuando vio una sombra cerca de la entrada. Se agachó, tomó una piedra y en ese instante escuchó una voz desconocida:
—Dejá esa piedra, no te voy a hacer nada.
—¿Qué quiere?
—Darte un buen consejo.
El hombre no se movió, tenía las manos hundidas en los bolsillos de su saco y un hombro apoyado contra la pared. Su voz profunda resonaba segura y serena contra la piedra.
—No necesito su consejo.
—Te lo voy a dar igual, pero antes, te voy a hacer una pregunta: ¿vos pensás realmente que esa gente, esos anarquistas, van a cambiar el mundo?
Martin no contestó, apretó la piedra entre sus dedos, aunque midiendo la estatura del hombre, rápidamente se dio cuenta de que no estaba preparado para empezar una pelea.
—¿Quién es usted?
—No importa eso, pibe, un amigo que te quiere dar un consejo: no andés con malas compañías, buscate una vida respetable, aprendé un oficio, porque si te encuentro otra vez en cosas raras, te vamos a expulsar del país.3 Ahora dame esos papeles que tenés en la mano y andate. Si te vuelvo a ver haciendo de canillita para esos malandras, estás frito.
Martin sabía perfectamente lo que significaba entregar a ese hombre los panfletos. Sintió que se le congelaban las vértebras. El desconocido le impedía escapar bloqueando la entrada de la imprenta con su cuerpo. Con mano temblorosa, Hall le dio las hojas y cuando el hombre giró en la esquina, se puso a temblar. Estaba convencido de haber hecho un daño irreparable a sus compañeros. En su cabeza, los veía esposados contra el muro de una prisión. Tomó una bocanada de aire y, a pesar de la opresión que sentía en el pecho, salió corriendo hacia la casa de Doménico.
Al ver el rostro bondadoso de Gianna, no pudo contener las lágrimas. Ella apoyó despacio la escoba que tenía en la mano contra el marco de la puerta y secó con su pulgar una lágrima que rodaba por la mejilla. Lo invitó a entrar sin decir una palabra, pero el arco que formaban sus hombros lo decía todo. Llevaba años soportando el peso del martirio, como alguien que siempre nada a contracorriente.
Juntando coraje, se sentó a la mesa de la cocina frente a un plato de polenta que apenas pudo tragar y le contó a Doménico y Gianna lo sucedido.
Martin, lejos de sentirse aliviado, cayó en la cuenta de que no hacía más que agregar más penas a una mujer que ya había soportado mucho en la vida, como esposa del vengador de las masas. Solo la escuchó decir entre dos suspiros:
—Qué pena, nos vamos a tener que mudar otra vez. Me gustaba el barrio.
Doménico solo dejó caer su mano sobre el hombro de Martin, resignado:
—Son cosas que pueden pasar, muchacho, no te tortures. Por un tiempo, no salgas a la calle, te encontraremos otra tarea.
Al día siguiente, ayudó a Gianna a subir sus pocas pertenencias a una chata. Doménico fue detenido por treinta días, volvió con dos costillas rotas y un párpado hinchado, pero ya había conseguido un local en desuso en el barrio de Almagro donde instalar su imprenta, el catre para Martin y justo arriba, un pequeño departamento para su familia. Dos cosas inflaban su pecho de orgullo cuando, finalmente, transcurrido un tiempo prudencial, pudo volver a volantear por allí: la sombra de un bigote debajo de su nariz y la bufanda que Gianna le había tejido.
Rose tomó los votos, se cortó el cabello, recibió su velo negro y se convirtió en la hermana Rosa. Martin seguía visitándola de tanto en tanto, sus vidas eran tan distintas que, salvo la lectura de las cartas provenientes de ultramar, algunas que otras risas y lágrimas, no tenían mucho para compartir.
Con Martin cada vez más integrado a la familia, un día antes de Navidad, Doménico dejó de escribir un artículo para admirar la destreza con la que el pequeño inglés enrollaba sobre la mesa la masa de los tallarines que luego preparaba su esposa. Tuvo una idea, fugaz, pero que volvería a concretarse meses más tarde: “Esas manos son ideales para fabricar explosivos”.
3 Esto alude a la Ley de Residencia que redactó Miguel Cané durante la presidencia de Julio A. Roca. La ley autorizaba la expulsión de
