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Buscando a Ashley

Fragmento

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La luz del sol se reflejaba sobre el cabello oscuro y brillante de Melissa Henderson, que llevaba recogido en un moño suelto, mientras las gotas de sudor se deslizaban por su rostro, y los músculos de sus largos y ágiles brazos se tensaban por el esfuerzo mientras trabajaba. Es­taba abstraída y concentrada, lijando una puerta de esa casa situada en las montañas de Berkshire, en Massachusetts, que había sido su salvación. La había comprado cuatro años atrás. Cuando la encontró estaba en muy mal estado y necesitaba urgentemente una reparación. Nadie había vivido allí en los últimos cuarenta años, y la casa crujía tanto cuando caminaba por ella que pensó que las tablas del suelo podrían ceder. Solo llevaba veinte minutos en la casa cuando se dirigió al agente inmobiliario y al representante del banco que se la enseñaban, y dijo en voz baja y segura: «Me la quedo». Supo que se encontraba en su hogar desde el momento en que puso el pie en lo que había sido una hermosa casa victoriana de un siglo de antigüedad. Tenía cuatro hectáreas de terreno alrededor, con huertos, enormes árboles viejos y un arroyo que atravesaba la propiedad en las estribaciones de los Berkshire. El acuerdo se cerró en un par de meses, y desde entonces no había dejado de trabajar en esa casa. Rehabilitarla casi se había convertido en una obsesión, y ella misma parecía haber cobrado vida. Era su gran pasión y le dedicaba prácticamente todo su tiempo.

Había llamado a un contratista para cambiar el tejado, y había recurrido a obreros y operarios cuando había sido necesario. Pero siempre que era posible, Melissa se encargaba ella misma de las reparaciones. Había aprendido carpintería —y, por supuesto, cometido muchos errores al principio— y había tomado clases básicas de fontanería. El trabajo manual la había salvado tras los cuatro peores años de su vida.

Tan pronto como la casa fue oficialmente suya, puso su apartamento de Nueva York a la venta, cosa que su exmarido, Carson Henderson, habría preferido posponer hasta que supiera si le gustaba vivir en Massachu­setts. Pero Melissa, testaruda y decidida, nunca se echaba atrás en sus decisiones y rara vez admitía sus errores. Además, sabía que eso no había sido un error. Había querido comprar una casa y abandonar Nueva York de una vez por todas, y eso fue exactamente lo que hizo. Jamás se había arrepentido de esa decisión. Todo lo que tenía que ver con su vida allí le resultaba apropiado, y era lo que en estos momentos necesitaba. Amaba esa casa con pasión, y desde que se había mudado a ella, toda su vida había cambiado de manera radical.

Los cuatro años anteriores a la compra de la casa fueron los más duros de su vida. Melissa se sentaba en el porche y pensaba a veces en ellos. Era difícil imaginar ahora por lo que Carson y ella tuvieron que pasar cuando a su hijo de ocho años, Robbie, le diagnosticaron un glioblastoma. Lo habían intentado todo, pero se trataba de un tumor cerebral maligno inoperable. Lo llevaron a especialistas de todo el país e, incluso, a uno de Inglaterra, pero el pronóstico era siempre el mismo: le daban de doce a veinticuatro meses de vida. Murió con diez años, dos años después de ser diagnosticado, en los brazos de su madre. Melissa no había descansado en todo ese tiempo intentando encontrar una posible cura y a alguien que pudiera operarle, pero desde el principio luchaban contra lo inevitable. Ella se había negado a aceptar la sentencia de muerte de Robbie hasta que esta tuvo lugar. Y entonces, todo su mundo se derrumbó. Él era su único hijo y, de repente, había dejado de ser madre.

Los dos años posteriores a su muerte eran un recuerdo borroso para ella, debido al estado de aletargamiento y enajenación en el que se sumió. Melissa había sido una famosa autora de best sellers, con cinco éxitos de ventas en su haber, pero no había escrito una sola palabra en los últimos siete años. Dejó de escribir un año después de que su hijo enfermara y juró que nunca volvería a hacerlo. Escribir había sido una fuerza que la había empujado a lo largo de su vida, pero ahora no tenía ningún deseo de hacerlo. Todo lo que le importaba era su casa y quería convertirla en el hogar victoriano más hermoso del mundo. La casa había sustituido en su vida a todo lo demás, incluidas las personas. Era la válvula de escape con la que aliviaba todas sus penas, y le permitía desahogar la rabia y el dolor insoportables que había sentido. La agonía era ahora un poco más llevadera. Trabajar en la casa era la única manera de disminuir el dolor que experimentaba, usando sus manos, moviendo vigas pesadas, arreglando las chimeneas, ayudando a los hombres a transportar el equipo, y encargándose ella misma de la mayor parte de las labores de carpintería.

La casa ahora estaba preciosa. El terreno que la rodeaba era exuberante y se encontraba en perfecto estado y la vieja mansión había sido restaurada hasta el punto de que brillaba. Era algo de lo que podía sentirse orgullosa y un símbolo de su supervivencia. Todo en ella era un homenaje a Robbie, que ahora tendría dieciséis años.

Su matrimonio con Carson murió con su hijo, seis años atrás. Durante dos años habían luchado infructuosamente por mantener a Robbie con vida y después de su muerte ya no le importaba nadie más. A veces, pensar en eso la dejaba todavía sin aliento, pero ahora con menos frecuencia. Había aprendido a vivir con ello, como con un dolor crónico o un corazón débil. Carson también había estado paralizado por el dolor. Ambos se hundían, demasiado perdidos en sus propias miserias como para ayudarse uno al otro. El segundo año después de la muerte de Robbie fue peor que el primero. A medida que el entumecimiento desaparecía, eran aún más conscientes de su dolor. Y entonces descubrió que Carson tenía una aventura con otra mujer, una escritora de la agencia literaria donde trabajaba. No lo culpaba por esa infideli­dad. Ella no habría tenido fuerzas para estar con otro hombre, pero reconocía de buen grado que para entonces llevaba dos años dándole la espalda a Carson, y era ya demasiado tarde para dar marcha atrás. No intentó recuperarlo ni salvar el matrimonio. Su relación ya estaba muerta, y ella se sentía muerta por dentro.

Después de la universidad había trabajado para una revista y había estado redactando artículos por cuenta propia durante varios años antes de escribir su primer libro. Carson había sido el agente literario de sus cinco novelas de éxito. Lo conoció cuando, por recomendación de un amigo, le llevó el manuscrito del primero de sus libros. Ella tenía entonces treinta y un años. A él le impresionaron tanto su talento, la pureza y la fuerza de su escritura que firmaron un contrato inmediatamente. Su primer libro se convirtió en un gran éxito editorial y ella lo atribuyó al brillante primer contrato que Carson le consiguió. Tras varias copas de champán, acabaron en la cama para celebrarlo y un año más tarde se casaron. Robbie nació diez meses después de su boda. Su vida fue feliz hasta que su hijo cayó enfermo. La racha no había estado mal: habían tenido once años de felicidad desde que se conocieron.

Carson era un agente respetado y poderoso, pero su modestia lo condujo a no atribuirse ningún mérito en el éxito deslumbrante de Melissa. Decía de ella que era la escritora de mayor talento con la que había trabajado. Cuando dejó de escribir para cuidar de Robbie, ninguno de los dos pensó que sería el final de su carrera. Más adelante, simplemente declaró que se había quedado sin palabras y sin ningún deseo de escribir. Esa necesidad profunda y visceral que había tenido de escribir durante toda su juventud y vida adulta sencillamente la había abandonado. «Robbie se la ha llevado con él», fue todo lo que dijo. Ni Carson ni sus editores fueron capaces de convencerla de que volviera a escribir. Abandonó su matrimonio, su carrera, Nueva York y a todos los que conocía en la ciudad. Quería hacer borrón y cuenta nueva. Después de eso puso toda su energía y pasión en la casa. No había ningún hombre en su vida, y no quería ninguno. Tenía cuarenta y tres años cuando Robbie murió, cuarenta y cinco cuando ella y Carson al fin se separaron, y cuarenta y nueve ahora que estaba de pie bajo el sol veraniego, lijando la puerta con todas sus fuerzas, empleando, a la vieja usanza, papel de lija de grano fino.

El discreto romance que Carson había comenzado con una misteriosa escritora en los últimos meses de su matrimonio se convirtió en una relación estable después de que Melissa se marchara y acabó en matrimonio tras su divorcio. Jane era unos años mayor que Melissa y tenía dos hijas a las que Carson había tomado cariño y que satisfacían parte de su necesidad de ser padre después de la muerte de Robbie. Melissa no quería tener contacto con él, pero le deseaba lo mejor y le enviaba un correo electrónico cada año en el aniversario de la muerte de Robbie. Tras la desaparición de su hijo ya no tenían nada en común, y sí demasiados recuerdos desgarradores de la dura batalla que habían librado por su vida y que habían perdido. Era un fracaso que lo contaminaba todo entre los dos. Para escapar de ello, Melissa se había aislado y así era como quería que fuese. Había huido.

Había hecho lo mismo con su hermana menor, Harriet, Hattie, a la que no había visto en los últimos seis años, desde el funeral de Robbie. Tampoco tenía nada que decirle y no le quedaban fuerzas para pelearse con ella. Según Melissa, su hermana había perdido la cabeza de repente, y sin explicación, hacía dieciocho años. A pesar de una incipiente y prometedora carrera como actriz, Hattie se había unido a una orden religiosa a los veinticinco años. Melissa estaba segura de que se trataba de una especie de brote psicótico. Pero si era así, nunca se había recuperado, y parecía estar contenta con la vida que había elegido. Melissa, que sentía una profunda aversión por las monjas, nunca aceptó la decisión de Hattie y la consideraba no solo un abandono, sino una traición personal, después de todo lo que habían pasado juntas en su vida.

Su madre había muerto cuando Hattie tenía once años y Melissa diecisiete. Había sido una mujer fría, rígida y profundamente religiosa, de carácter espartano y austero, que se había mostrado siempre dura con su hija mayor. Melissa sentía que no había estado a la altura de sus expectativas y la había decepcionado, y una vez que su madre murió, no supo cómo gestionar el resentimiento que tenía por el modo en que esta la trataba para poder superarlo. Hasta que empezó a escribir en serio para de­sahogar sus sentimientos de la única manera que sabía. Sus libros eran brillantes y sus lectores los devoraban. Pero los recuerdos de su madre seguían siendo dolorosos. Era demasiado tarde para perdonarla, así que nunca lo hizo. A su manera, sin darse cuenta, Melissa se parecía ahora a su madre, era dura en sus opiniones, en sus críticas a los demás y en su visión de la vida en blanco y negro después de la muerte de Robbie. Hattie era más dulce y más parecida a su padre, que se escondía de la vida detrás de la botella. Había sido un hombre bueno, pero débil, y había dejado que su dominante esposa lo dirigiera todo y pasara por encima de él. Era ella quien tomaba las decisiones sobre sus hijas, cosa que enfurecía a Melissa. Quería que su padre atemperara los juicios de su madre, pero él nunca lo hizo. Había renunciado a su papel y cedió todo el poder a su esposa. Melissa le guardaba rencor por ello, mientras que Hattie, que nunca había sufrido a manos de su madre como lo había hecho ella, le perdonaba todo. Melissa había padecido duramente las decisiones de su madre, mientras que Hattie era tratada como una cría.

Hattie tenía once años cuando su madre murió y Me­lissa se convirtió en la figura femenina de referencia. Su padre murió un año después que su madre y Melissa y Hattie solo se tenían la una a la otra. Durante catorce años no podían haber estado más unidas. Melissa siempre estuvo ahí con ella, para protegerla y animarla. Y entonces, de repente, a los veinticinco años, Hattie lo había tirado todo por la borda, y en lo que parecía un impulso loco, había decidido hacerse monja. Melissa consideró que era su manera de evitar la vida, como hizo su padre, una solución cobarde. Todo lo que Hattie quería era esconderse en el convento, protegida y alejada del mundo. Decía que la interpretación era algo demasiado duro.

Había soñado con ser actriz y estudió arte dramático en la Tisch School de la Universidad de Nueva York, pero lo dejó todo tras su primer viaje a Hollywood y una sola prueba. A Melissa le pareció pura cobardía, pero Hattie no prestó atención a su hermana. Sostenía que la vocación religiosa que había descubierto era más fuerte que su anterior deseo de ser actriz.

Tras el fallecimiento de sus padres, no hubo otras influencias de adultos en sus vidas, aparte de un administrador del banco que apenas las conocía. Sus padres eran ambos hijos únicos, y la historia se había repetido. Sus abuelos también habían muerto jóvenes. Al quedarse huérfana, la madre de Melissa y Hattie se vio obligada a abandonar sus estudios en el Vassar College y conseguir un trabajo como secretaria para ganar dinero. Desde entonces había estado amargada.

La herencia que recibió su padre era considerable, pero fue disminuyendo con los años, tras pasar largas temporadas desempleado, después de haber trabajado en varios bancos y de administrar mal su dinero. Esa fue la causa de interminables peleas entre los padres de Melissa y Hattie, porque a su madre la aterraba volver a ser pobre. Su padre se había quedado huérfano siendo joven y no estaba preparado para cuidar de sí mismo, por eso empezó a beber en exceso, lo que le costó muchos puestos de trabajo. A menudo vivían de lo que quedaba de su herencia, sin otros ingresos. A pesar de ello, cuando sus padres murieron, y tras vender el piso que estos poseían en Park Avenue, a Hattie y Melissa les quedó suficiente dinero para poder pagarse su educación y vivir en un pequeño apartamento. Su padre había tenido la previsión de contratar un gran seguro de vida que mantendría a flote a las dos niñas durante mucho tiempo, no con lujos, pero sí en circunstancias confortables, siempre y cuando tuvieran buenos empleos después de graduarse en la universidad.

A los dieciocho años, cuando su padre murió, Melissa asumió la responsabilidad familiar y se hizo cargo de todo. Y lo hizo bien, mejor de lo que lo habían hecho sus padres. Era brillante, decidida y capaz. Se encargó de que ambas asistieran a buenas universidades y se aseguró de que Hattie estudiara y sacara buenas notas. Era seria para su edad, pero menos severa de lo que había sido su madre y mucho más responsable que el alcohólico de su padre. Tomó la decisión de mudarse a un barrio bueno, pero menos caro, de Nueva York, en el West Side, y se ciñeron a un presupuesto estricto con el fin de no malgastar el dinero que habían heredado. Y cuidó siempre de Hattie. Todo parecía ir bien hasta que su hermana se recluyó en el convento. Eso destrozó de nuevo el mundo de Melissa. Después de cuidar de ella durante catorce años, de repente se encontró sola. Fue entonces cuando comenzó a dedicarse más en serio a la escritura; era una manera de llenar el vacío y de tratar de asimilar por qué Hattie había abandonado sus sueños.

Melissa descargó su ira contra su madre en su primer libro, que era muy oscuro, y tuvo un éxito inmediato. Comprendía mejor la amargura de su madre, que se encontró en la indigencia cuando sus padres murieron, que la huida de Hattie ante la vida. Eso no tenía sentido para ella. Su hermana tenía un futuro brillante por delante.

La decisión de Hattie de ingresar en el convento fue un duro golpe. Melissa escribió incesantemente después de aquello para exorcizar sus demonios. Y obtuvo unos excelentes resultados. Cuando Carson se convirtió en su agente, vendió sus libros por una gran cantidad de dinero. Pero Melissa nunca había perdonado a Hattie por encerrarse en un convento, ni tampoco podía entender las razones por las que lo había hecho. Hattie tenía talento de verdad y Melissa siempre la había animado. Su hermana había conseguido algunos pequeños papeles en programas de televisión y uno en un espectáculo de Broadway. Se le presentó la oportunidad de participar en un casting para una película y fue a Los Ángeles para hacer una prueba. Pero le entró pánico y volvió en menos de una semana. Fue entonces cuando le comunicó a Melissa su plan impulsivo de unirse a una orden religiosa. Dijo que había sido un deseo que le había ocultado toda su vida porque sabía que Melissa odiaba a las monjas. Dieciocho años después, nunca había perdonado a Hattie y las dos hermanas seguían distanciadas. Melissa apenas había hablado con Hattie en el funeral de Robbie. No quería oír lo que su hermana tuviera que decirle, los tópicos de que Robbie estaba en un lugar mejor y que su sufrimiento había terminado. No habían vuelto a verse desde entonces.

Melissa le escribía una vez al año, al igual que a Carson, sobre todo por sentido del deber en el caso de su hermana. Y Hattie le dejaba una nota de vez en cuando, decidida como estaba a mantener el contacto con la hermana a la que siempre había querido y a la que todavía quería. Estaba convencida de que algún día Melissa entraría en razón y aceptaría la decisión que había tomado, pero aún no había dado señales de ello. Melissa ahora prefería estar sola. No quería la compasión de nadie, porque eso no haría sino echar sal en las heridas que le habían dejado sus pérdidas. Todo lo que quería era su casa y la satisfacción que esta le proporcionaba. No necesitaba a la gente a su alrededor, y menos a su cobarde hermana, que había huido del mundo, o a su exmarido, que la había engañado y estaba casado con otra mujer. Y ya no necesitaba un agente, puesto que había dejado de escribir. No «necesitaba» ni quería a nadie.

Cuando Hattie ingresó en la orden el convento la envió a una escuela de enfermería. Ahora era enfermera titulada en un hospital del Bronx. Melissa fue a su graduación cuando obtuvo su título, pero se había negado a asistir a la ceremonia cuando Hattie se convirtió en novicia y también cuando, más tarde, tomó sus votos definitivos. Melissa no quería estar allí. Era demasiado doloroso ver a Hattie con el hábito puesto.

Después de tomar los votos, Hattie había pasado dos años trabajando en un orfanato en Kenia y la experiencia le había encantado. Su vida había tomado un rumbo completamente distinto al de Melissa y estaba contenta. Su hermana mayor —casada, con un hijo y una exitosa carrera de escritora— le había dicho que también era feliz, pero las asperezas de su carácter no se habían suavizado con el tiempo. Se habían vuelto más duras. Y cuando Robbie murió, los muros que había levantado a su alrededor se habían vuelto infranqueables.

Los hombres que trabajaban para ella en su casa de los Berkshires la consideraban una clienta honrada y justa. Les pagaba bien y trabajaba tan duro como ellos en los proyectos que llevaban entre manos. Pero no era simpática ni habladora. Melissa hablaba muy poco, aunque estuvieran trabajando codo con codo, y ellos se quedaban impresionados por lo fuerte y eficiente que era. No se echaba atrás ante ninguna tarea, por difícil que fuera, ni se amilanaba ante ningún desafío. Era una mujer valiente, pero no afectuosa.

Los hombres a los que empleaba a menudo comentaban entre ellos lo taciturna que se mostraba. Era una mujer de pocas palabras. Sin embargo, Norm Swenson, el contratista al que recurría, siempre la defendía. A él le caía bien, e intuía que había una explicación para lo dura que era consigo misma y con los demás. De vez en cuando veía una chispa en sus ojos y creía que había en ella algo más de lo que en aquellos momentos dejaba ver.

«Siempre suele haber una explicación para la gente como ella», les decía a los que la criticaban, con su estilo tranquilo de Nueva Inglaterra. Él disfrutaba de las conversaciones ocasionales que mantenía con Melissa, cuando ella se lo permitía. Hablaban de la casa, o de la historia de la región, nada personal. Estaba seguro de que en ella había una buena persona en alguna parte, a pesar de su comportamiento frío y su lengua afilada. Siempre se preguntaba a qué se debían. Uno de sus trabajadores la llamaba puercoespín, una descripción acertada. Tenía las púas afiladas. La gente de la zona no tenía relación con ella, que era lo que ella quería. Ninguno sabía nada de Robbie. No tenían ninguna razón para estar al tanto de eso, y era una parte de su vida, y un tiempo, que no deseaba compartir con nadie. Nadie en los Berkshires sabía nada de su historia o de su vida personal.

El hecho de que Melissa hubiera firmado sus libros con su apellido de soltera, Stevens, hizo posible que llevara una vida anónima en los Berkshires. Cuando se divorciaron conservó el apellido de Carson por dos razones: porque también había sido el apellido de Robbie, y así mantenía ese vínculo con él, y porque el nombre de Melissa Henderson no le sonaba a nadie. Si se hubiera presentado como Melissa Stevens todos estarían al corriente de la presencia de una autora famosa por los alrededores. Como Henderson pasaba desapercibida.

A sus viejos amigos de Nueva York, que hacía años que no veían a Melissa, Carson siempre les decía que algunas personas sencillamente no se recuperaban de la muerte de un hijo, y al parecer Melissa era una de ellas. A todos les parecía que era una pena y muchos decían que la echaban de menos. Carson tuvo sus propios problemas tras la muerte de Robbie, pero había estrechado sus vínculos personales, y estos amigos lo habían apoyado. Melissa había cortado con los suyos y se había lanzado a la deriva. El matrimonio de Carson con Jane parecía encajar mejor con su carácter tranquilo que su matrimonio con Melissa. Había en ella un lado oscuro y profundamente rabioso, debido a las cicatrices que le habían dejado sus padres. Había sido feliz con él, pero no tenía el carácter inocente y radiante de su hermana. Y Jane, la actual esposa de Carson, era una mujer fuerte y estable. No tenía la mente brillante, el enorme talento ni el alma torturada de Melissa, lo cual hacía que las cosas fueran más fáciles para él.

Carson había hablado de ello con Hattie unas cuantas veces durante los primeros días después de la muerte de Robbie. Hattie había pensado que eso ablandaría a su hermana, pero tuvo el efecto contrario y la había endurecido.

A Carson siempre le había caído bien su cuñada, pero perdió el contacto con ella cuando esta se fue a África. Aún seguía teniéndole afecto. Pero también se dio cuenta de que Hattie no quería que Melissa pensara que la estaba traicionando y por eso había dejado de tener contacto con él tras contraer matrimonio de nuevo. Le escribió una carta para felicitarle, en la que le comunicaba que se alegraba por él y que rezaría por él y por su nueva familia. Desde entonces no había vuelto a saber nada de Hattie. Todos los lazos con Melissa se habían cortado excepto por sus correos electrónicos anuales.

La carrera literaria de Melissa había despegado por la época en que Hattie entró en el convento, por lo que su hermana pequeña no había estado muy presente durante su matrimonio. Pero había ido al hospital con regularidad cuando Robbie estaba enfermo y se había ofrecido a quedarse con él para que Melissa pudiera descansar un poco. Aunque Melissa se había enfadado con ella por hacerse monja, el amor que Hattie profesaba hacia su hermana mayor nunca había disminuido, y estuvo a su lado hasta el final de la vida de Robbie.

Melissa nunca la había invitado a Massachusetts una vez se marchó de Nueva York, y Hattie nunca había visto la casa que Melissa adoraba. La casa había sustituido en su vida a la gente y también a la escritura que había sido su pasión y que tan bien se le daba. Para Melissa, la casa era suficiente, era todo lo que necesitaba y quería en este momento. No quería a nadie en su vida y tampoco ningún contacto con las personas q

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