Reencuentro en la villa de las telas (La villa de las telas 6)

Anne Jacobs

Fragmento

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Los habitantes de la villa de las telas

 

 

 

 

LA FAMILIA MELZER

Johann Melzer (1852-1919), fundador de la fábrica de telas Melzer

Alicia Melzer (1858), de soltera Von Maydorn, viuda de Johann Melzer

 

LOS HIJOS DE JOHANN Y ALICIA MELZER Y SUS FAMILIAS

Paul Melzer (1888), hijo de Johann y Alicia Melzer

Marie Melzer (1896), de soltera Hofgartner, esposa de Paul Melzer, hija de Luise Hofgartner y Jacob Burkard

Leopold, llamado Leo (1916), hijo de Paul y Marie Melzer

Dorothea, llamada Dodo (1916), hija de Paul y Marie Melzer

Kurt, llamado Kurti (1926), hijo de Paul y Marie Melzer

Elisabeth, Lisa, Winkler (1893), de soltera Melzer, separada de Klaus von Hagemann, hija de Johann y Alicia Melzer

Sebastian Winkler (1887), segundo marido de Lisa Winkler

Johann (1925), hijo de Lisa y Sebastian Winkler

Hanno (1927), hijo de Lisa y Sebastian Winkler

Charlotte (1929), hija de Lisa y Sebastian Winkler

 

 

Katharina, Kitty, Scherer (1895), de soltera Melzer, viuda de Alfons Bräuer, primer marido de Kitty Scherer

Henny (1916), hija de Kitty Scherer y Alfons Bräuer

Robert Scherer (1888), segundo marido de Kitty Scherer

 

OTROS MIEMBROS DE LA FAMILIA

 

Gertrude Bräuer (1869), viuda de Edgar Bräuer

Tilly vo n Klippstein (1896), de soltera Bräuer, hija de Edgar y Gertrude Bräuer

Ernst von Klippstein (1891), marido de Tilly von Klippstein

Elvira von Maydorn (1860), cuñada de Alicia Melzer, viuda de Rudolf von Maydorn

 

LOS EMPLEADOS DE LA VILLA DE LAS TELAS

 

Fanny Brunnenmayer (1863), cocinera

Else Bogner (1873), criada

Maria Jordan (1882-1925), doncella

Hanna Weber (1905), chica para todo

Humbert Sedlmayer (1896), criado

Gertie Koch (1902), doncella

Christian Torberg (1916), jardinero

Gustav Bliefert (1889-1930), jardinero

Auguste Bliefert (1893), antigua criada

Liesl Bliefert (1913), ayudante de cocina, hija de Auguste Bliefert

Maxl (1914), hijo de Auguste y Gustav Bliefert

Hansl (1922), hijo de Auguste y Gustav Bliefert

Fritz (1926), hijo de Auguste y Gustav Bliefert

PRIMERA PARTE

1

 

 

 

 

Abril de 1939

 

La silueta de la estatua de la Libertad se encogía a lo lejos, pronto tan solo fue una diminuta línea gris en el horizonte y al final desapareció por completo en la bruma. El Bremen avanzaba por el Atlántico, las olas se volvieron más fuertes, el barco subía y bajaba. Se podía sentir cómo la maquinaria trabajaba a toda velocidad.

—¿Ya nunca volveremos a ver a mamá? —preguntó Kurt, de trece años, que estaba junto a Paul en la borda, mirando fijamente hacia donde unos minutos antes se habían desvanecido la ciudad de Nueva York y la línea de la costa.

—Por supuesto que volveremos a verla, tonto —respondió Dodo antes de que su padre se animara a hablar—. El año que viene regresaremos a Nueva York para hacerle otra visita. Quizá incluso antes.

—Queda una eternidad para el año que viene…

—¡Llega más rápido de lo que crees, Kurti!

El muchacho enmudeció. Agarrándose a las barras metálicas de la barandilla, bajó la mirada hacia las sombrías olas, que impactaban en el casco del barco.

—Creo que vuelvo a encontrarme mal —murmuró.

Paul consiguió por fin salir del estado depresivo que llevaba arrastrando durante días y que había aumentado hasta una angustia dolorosa.

—Que no, esta vez no te pondrás malo —dijo acariciando el pelo oscuro del muchacho. Era rizado y suave; Kurt había heredado el bonito pelo de Marie.

—Sí —insistió Kurt—. Voy a vomitar.

—Bajemos al camarote —propuso Dodo—. Para abrir los regalos que mamá nos ha dado.

La distracción funcionó; Kurt asintió y cogió la mano de su hermana mayor, que lo condujo a través de los pasajeros hasta la puerta.

—¡Enseguida voy! —exclamó Paul—. Todavía necesito un poco de aire fresco…

Supuso que no lo habían oído, pues ambos se marcharon sin darse la vuelta. Lo dejó estar. Era una bendición que Dodo se ocupara con tanto cariño de su hermano pequeño; eso mitigaba un poco el dolor del muchacho por separarse de Marie y de Leo, y a él le daba la oportunidad de recuperar su equilibrio interior.

Esta había sido la segunda vez que los visitaba en Nueva York. Hacía ya dos años del primer reencuentro, aunque entonces fue él solo; Kurt tenía que ir a la escuela y Dodo estaba en un internado en Suiza. Aquella vez volvió a Alemania lleno de esperanza, firmemente convencido de que la angustia por la separación terminaría pronto y Marie regresaría a Alemania tarde o temprano. Entretanto, no se explicaba de dónde había sacado ese optimismo. En aquella época los indicios de un opresivo futuro en tierras alemanas eran claramente perceptibles, pero no los había querido ver. El reencuentro con Marie había eclipsado todo lo demás. Los pocos días llenos de felicidad, que pasaron en el pequeño piso o paseando por Central Park, de excursión y en la costa, habían transcurrido muy rápido. Tras una breve timidez inicial, volvió el enamoramiento, y fue tan emocionante como cuando se conocieron. De este entusiasmo había extraído la certeza de que nada ni nadie podía separarlos. Ni la civilización extranjera ni el inmenso Atlántico, y mucho menos Adolf Hitler, que tarde o temprano se desvanecería como una maligna aparición.

¡Cuánto se había equivocado! Insidioso y arrollador, el tiempo estuvo en su contra y los había alejado cada vez más. Durante los últimos dos años, habían intercambiado cartas con asiduidad. En esa segunda visita supo que Marie regentaba su propia tienda de modas, con la que ganaba tanto que había asumido una parte considerable de los gastos para el internado de Dodo. No obstante, su alegría por el éxito de Marie solo era sincera en parte, pues sabía quién le había procurado esa tienda y la había apoyado económicamente al principio: Karl Friedländer, el acompañante siempre amable y jovial de su mujer, que parecía tan perfecto y simpático, pero que —sí, era así y de ningún otro modo— le había robado a su querida mujer. No dudaba de que Marie le era fiel; no dormía con ese hombre, eso lo sabía. Y, sin embargo, Karl, como ella lo llamaba, tenía todo lo que constituía una parte considerablemente grande de su amor por Marie: las conversaciones íntimas, los encuentros diarios, las miradas ardientes, su sonrisa, el sentimiento de pertenencia mutua, de estar ahí para el otro. Ni siquiera deseaba hablar de la ayuda económica que le prestó, que al parecer Marie le había devuelto. Karl Friedländer disfrutaba del privilegio de estar junto a Marie, que a él, su marido, le estaba prohibido. Y tampoco tenía la posibilidad de expresar su enfado, no, tenía que encerrar la cólera y los celos en su corazón y fingir gratitud hacia esa persona.

Todo esto le habían demostrado en esa segunda visita con dolorosa claridad, pero no era lo único que pesaba sobre su alma. Era la esperanza desaparecida de que esa situación terminase pronto.

Los vaticinios de Robert se habían confirmado de la peor manera. Si bien al principio los judíos en Alemania aún tenían permitido comerciar y solo les habían apartado de ciertas profesiones, esto también se había acabado. Desde los horribles sucesos en noviembre del año anterior, cuando en todas las ciudades alemanas ardieron las sinagogas y llevaron a los hombres judíos en grupos a los campos, estuvo definitivamente claro qué tramaba el estado nazi: la privación de los derechos y la expulsión de todos los judíos que aún permanecían en Alemania. Los habitantes judíos de Augsburgo regresaron de los campos con la cabeza rapada y pánico en los ojos, casi todos decidieron emigrar, pero Robert contó que el Estado exigía a los emigrantes un pago demasiado elevado, de modo que apenas les quedaba nada más que la vida cuando se iban. Él aún creía que Marie, al ser su esposa, estaría protegida de las vejaciones, pero ya no quiso abordar el tema en esa visita.

De repente notó que tenía frío. Se abotonó la chaqueta, que se hinchó por el viento. Los pasajeros que estaban con él en la borda para ver el continente que se desvanecía se habían dispersado por toda la cubierta; muchos se habían refugiado en sus camarotes, otros se habían puesto cómodos en las tumbonas envueltos en mantas. Paul volvió a respirar hondo, después abandonó la cubierta para cumplir su promesa y reunirse con Kurt y Dodo.

Viajaban en segunda clase. Él compartía un camarote exterior con Kurt, y Dodo dormía con una joven española en un camarote interior menos lujoso, lo que sin embargo a ella, como afirmó, le importaba poco.

—Para nuestro Kurti es algo maravilloso ver el mar desde la cama —había dicho—. A mí me da igual, si tengo ganas de ver el mar, pues voy a la cubierta.

Por supuesto, su hija adulta —Dodo ya tenía veintitrés años— sabía que ese viaje no era precisamente barato. Al principio se negó a ir porque la familia ya había pagado mucho dinero por su bachillerato en el internado suizo. Pero al final Paul pudo convencerla, pues Marie y sobre todo Leo esperaban con mucho anhelo verlos a todos después de tanto tiempo.

Encontró a Dodo y a Kurt en el camarote exterior entre una montaña de cajas y papel de regalo. Marie no había escatimado a la hora de obsequiar a sus hijos; asimismo, Leo quiso hacerles un regalo y, por supuesto, también había participado el inevitable Karl. Radiante de felicidad, Kurt estaba sentado en el suelo y probaba los coches de carreras, que corrían por el camarote solos y sin necesidad de darles cuerda. En casa, Paul había construido con su hijo un circuito de madera que ocupaba casi toda la habitación de los niños. Solo los caros modelos de hojalata podían utilizarse allí, los coches de caucho macizo que le fueron regalando de vez en cuando estaban colocados en fila en la estantería cogiendo polvo.

—Bueno, ¿había algo interesante? —preguntó Paul con fingida alegría.

—Ya tenía el Mercedes —balbució Kurt—. Pero no importa que ahora tenga dos flechas plateadas. Es un Auto Union tipo D, es nuevo, papá. Me lo regaló Leo. Y Karl me dio una gasolinera. ¡Mira! Coges la manguera y echas gasolina.

—Por desgracia hay que pagar en dólares y céntimos —se le escapó a Paul, que había ojeado los rótulos en el colorido juguete de hojalata.

—No pasa nada, papá. Todavía nos quedan dólares, ¿verdad?

—Entonces puedo repostar en tu gasolinera —respondió Paul.

—¡Y yo también! —se inmiscuyó Dodo—. Cuando tenga mi nuevo coche.

El coche pequeño de Marie, que Dodo había conducido un tiempo, se lo habían dado a Kitty, cuyo «cochecito», muy a su pesar, un día se negó a funcionar definitivamente. Pero la tía Elvira le había firmado a Dodo un contrato de ahorro para adquirir uno de los nuevos Volkswagen, que próximamente estaría disponible por 998 marcos. Tenía que pagar 5 marcos semanales y, cuando hubiera reunido más de 700, podía inscribirse en la lista de candidatos. Al año siguiente la fábrica Volkswagen quería empezar ya con las primeras entregas del coche a todo el mundo.

—¡Un dólar por litro de gasolina! —estableció Kurt en plenitud de poderes.

—¡¿Qué?! —exclamó Dodo—. ¡Eso son precios abusivos! El litro cuesta treinta y nueve céntimos, ¡y ya es bastante caro!

—En mi gasolinera cuesta un dólar —insistió Kurt, cogió su nuevo flecha plateada y condujo sobre los zapatos de su padre—. ¡Brrrrrrummm!

El niño no mostraba señales de mareo. Paul se sintió aliviado, le hizo una seña aprobatoria a Dodo y se puso a retirar las cajas y el papel de embalaje. En la gran maleta de ultramar había más regalos, que seguro que eran para Kitty, Henny y Robert, para Gertrude y Tilly y su familia, para Lisa y los niños, y en particular para el personal de la villa de las telas. Al principio Paul se resistió a llevar todos esos paquetes, pues temía que en la aduana le desbaratasen los planes, pero como no soportó el rostro decepcionado de Marie, acabó cediendo. Al fin y al cabo, era una demostración de sus fuertes lazos con la familia y la villa: ¿por qué iba a oponerse?

Ahora parecía encontrarse un poco mejor; si bien no había superado la dolorosa separación de Marie, conseguía apartarla. Se habían despedido en su piso, las maletas ya estaban hechas, abajo esperaba el taxi amarillo que los llevaría al puerto. Marie estaba vestida para ir a su tienda, olía a perfume estadounidense y de pronto a él le resultó una persona distinta de la Marie con la que había dormido esa última noche, estrechamente abrazados y llenos de pasión.

—Hasta que nos volvamos a ver, querido —le había susurrado al oído.

La había besado, pero no fue capaz de responder. ¿Cuándo volverían a verse? Nadie podía predecirlo, pues Alemania se dirigía imparable hacia una guerra. Paul, que había sido soldado en la guerra mundial, sabía lo que eso significaba.

Se arrodilló en el suelo para jugar un rato con Kurt, después almorzarían en el comedor de la segunda clase y, en caso de que más tarde Kurt también se librara del mareo, quería explorar el barco con él, quizá jugar un par de rondas al juego del tejo. El muchacho era lo único que le quedaba: su hijo, que ya mostraba gran disposición para ser un buen ingeniero y que, Dios mediante, llevaría en el futuro su fábrica. Marie respetaba su decisión de que Kurt se quedase en Alemania, aunque lo consideraban un «mestizo judío», al igual que a sus dos hermanos. Ella no había tocado el tema durante su visita y, cuando esa mañana Kurt se quejó y dijo que prefería quedarse con su madre, lo tranquilizó de forma inteligente y tierna.

—¿Y qué pasará con Willi si no vuelves con él?

Willi era un gran perro marrón, que en realidad pertenecía a Liesl, pero era el compañero de juegos favorito de Kurt. En efecto, la pregunta consiguió su propósito. Kurt alzó la vista hacia Marie con ojos asustados y dijo:

—Tienes razón, mamá. No puedo dejar solo a Willi.

Paul pasó por alto la ofensa que había en ese intercambio de palabras. Habría sido ridículo pensar que un perro era más importante para su hijo que su padre. El muchacho aún no podía comprender el alcance de semejantes declaraciones.

En el comedor de la segunda clase reinaba un ambiente animado; el Bremen ofrecía a los pasajeros de las dos clases superiores, junto a camarotes cómodos y buenas comidas, también mucho entretenimiento. Además, llegarían en menos de cinco días a Europa, solo era más rápido un barco de vapor francés, cuyo nombre sin embargo nadie conocía. El camarero les asignó una mesa en la que ya habían tomado asiento dos señoras de mediana edad, que serían sus compañeras en el restaurante durante el resto del viaje. Se presentaron; las señoras se llamaban Ingeborg Hartmann y Eva Kühn, eran hermanas, ambas viudas, procedían de Hamburgo y habían visitado a su hermano, que había emigrado unos años antes y ahora poseía una gran granja en Wisconsin.

—¿Y tú te llamas Kurt? —preguntó la señora Hartmann, la mayor, y sonrió maternalmente al muchacho de trece años.

—Eh… sí… —dijo Kurt. Fascinado, miraba fijamente los incisivos de la señora, que en ese momento se desprendieron de la mandíbula durante un instante.

—Pues eres un muchacho muy guapo —añadió la señora Hartmann, a la que por lo visto el percance con la dentadura postiza no le había resultado nada embarazoso—. Nuestras dos sobrinas tienen doce y trece años, les encantarías.

—¿Les gustan los coches de carreras?

—No lo sé. Pero saben montar a caballo, y a Lizzy, la mayor, ya la dejan conducir el tractor.

Lo último impresionó a Kurt. Él deseaba conducir en el futuro un tractor como el que se veía de vez en cuando en los campos de los alrededores de Augsburgo.

—Yo también sé montar a caballo —replicó lacónicamente.

—¡Quién lo hubiera dicho! —exclamó la señora Kühn, la hermana más joven, y dirigió la mirada hacia Paul, que estaba ocupado con su sopa de tomate—. Seguro que posee una gran finca, señor Melzer, si puede tener caballos.

Paul conocía esa mirada de ojos atentos que le dirigía la viuda. Ya en el viaje de ida le había llamado la atención ser objeto de curiosidad, pues viajaba sin esposa pero con un hijo pequeño y una hija adulta. Lo abordaron señoras de distintas edades, le hicieron cumplidos, se mostraron afables e incluso coquetas, y durante la velada de baile, en la que solo participó por Dodo, apenas pudo librarse de la encantadora compañía de las damas. La afluencia solo disminuyó cuando su hija le gritó:

—Qué lástima que mamá no esté aquí, ¿verdad, papá? ¡Se habría divertido mucho!

No se había enfadado con su hija, más bien encontró divertido que estuviese molesta con la insistencia de las señoras. De todos modos… tenía un aspecto aceptable a sus cincuenta años, el traje resaltaba su buen tipo y los mechones grises en las sienes apenas destacaban en su tupido pelo rubio.

También ahora, en la comida, Dodo se había inmiscuido en la conversación antes de que él llegase a responder a la curiosa pregunta.

—Mis padres poseen una fábrica de telas en Augsburgo, señora. Los caballos pertenecen a mi tía abuela, aunque ya ha abandonado la cría y se ha jubilado.

—Ay, qué interesante —observó la señora Kühn con amabilidad mientras removía su sopa—. De niña también montaba a veces porque nuestro abuelo tenía una explotación agrícola y caballos. Ay, sí, para nosotras siempre fueron unas vacaciones maravillosas, ¿verdad, Ingeborg?

Su hermana asintió con una sonrisa meditabunda y preguntó si la señora madre también montaba.

—No. Es diseñadora de trajes de noche —volvió a responder Dodo.

—Qué práctico —observó la señora Hartmann en dirección a Paul—. Usted produce las telas y su esposa cose vestidos con ellas. A eso le llamo yo un negocio familiar.

Se limpió ligeramente los labios con la servilleta y la dejó con descuido sobre el plato vacío.

—Así es —se apresuró a responder Paul—. Los de Augsburgo somos ahorradores. ¿Le ha gustado la sopa, señora?

—Ay, Dios, sí; aunque es de lata. Con ingredientes frescos es otra cosa.

Tampoco Kurt estaba entusiasmado, pues habían echado perejil en la sopa y era difícil no meterse esa cosa verde en la boca. A continuación vino el ragú de pollo y se lo comió con gran apetito, solo una vez le dijo a Dodo que en la villa sabía mejor. Paul sonrió contento y le pasó su postre: mousse de chocolate con nata. La porción era tan pequeña que habría cabido en una copita de licor.

—Espero que nos veamos esta noche —dijo la señora Kühn con una sonrisa complaciente—. Está prevista una conferencia muy interesante sobre la Orden Teutónica.

Paul ya había visto el cartel. En él ponía: «Orden Teutónica: precursora del carácter alemán en el este». Pronunciaba la conferencia Breitenbach, un afiliado al NSDAP cuya cualificación para ese tema no estaba clara. Probablemente fuese una de las habituales acciones de propaganda de los nacionalsocialistas. Tenía pocas ganas de escuchar divagaciones.

—Me temo que no podré, señora —respondió amablemente—. He prometido a mi hijo jugar con él al tejo.

—Pero quizá la señorita pueda encargarse —sugirió la señora Kühn, que aún no había renunciado a lograr un trato más íntimo.

—La señorita —dijo Dodo con énfasis— tiene sus propios planes para esta noche, señora.

Se levantó, hizo una majestuosa reverencia a las consternadas señoras, sonrió alegre en dirección a su padre y se marchó. Paul aprovechó la ocasión para despedirse también y marcharse con Kurt.

Kurt encontró a un compañero para jugar al tejo, un muchacho de quince años de Bremen, lo que dio la oportunidad a Paul de tomar asiento en una de las sillas y observar el juego. A Kurt no se le daba mal, se tomaba su tiempo, medía la distancia con los ojos, apuntaba tranquilo y, si el golpe salía mal, se quedaba pensando a qué podía deberse. A Paul le gustó esa actitud. También en el colegio Kurt se concentraba en el planteamiento de un problema, profundizaba y no se distraía. Tras las vacaciones de Pascua comenzaría el sexto curso en el instituto St. Anna, sus notas eran entre buenas y sobresalientes. Sobre todo en cálculo iba muy por delante de sus compañeros, lo habían corroborado todos los profesores. La única gota amarga en el vaso de la felicidad era que Kurt manifestaba tendencia a la cabezonería. Varias veces había rehusado colaborar en clase tras enfadarse por lo que, en su opinión, era un castigo injusto. Entonces se sentaba en su pupitre con los brazos cruzados y guardaba un silencio obstinado. Paul se preocupaba, podrían aprovechar eso para expulsarlo del instituto pese a sus buenas notas. Allí no iban a olvidar que la madre de Kurt era judía.

Sus pensamientos retrocedieron sin querer, giraron en torno a las vivencias de las últimas dos semanas. ¡Qué ajeno se le había vuelto su hijo Leo! El joven introvertido e inseguro que viajó cuatro años antes con Marie a Nueva York ahora era un hombre adulto que había encontrado su vocación y se había consolidado profesionalmente. Un joven estadounidense, que se vestía a la manera de allí, llevaba el último corte de pelo neoyorquino y se entendía sin esfuerzo con todo el mundo en la calle —no importaba si era negro, blanco, asiático u oriental—. Su gran talento musical, que durante muchos años Paul había rechazado por considerarlo inútil, se había convertido en su oficio. Leo dirigía una orquesta privada, tenía muchas actuaciones y además escribía bandas sonoras, que le reportaban bastante dinero. Para poder trabajar tranquilo, según afirmó, había alquilado un pequeño apartamento en el que también pasaba la noche de vez en cuando. Por supuesto, ese piso le servía como nido de amor, pues Leo tenía novia, una bailarina llamada Richy, a la que presentó a su padre muy de pasada como «my sweetheart». No parecía estar planeando ningún matrimonio, lo que a Marie le parecía raro, pero Paul no tenía intención de concienciar a su hijo en ese aspecto. No se sentía autorizado para ello.

Paul tenía sentimientos encontrados respecto a esa chica. Era guapísima, esbelta, de tipo sureño, con el pelo negro azabache y los ojos oscuros, en los que había un relampagueo provocador. Como hombre, le resultaba fascinante, era probable que también se hubiera enamorado de ella si hubiese tenido la edad de Leo. Como padre, sin embargo, albergaba sus dudas, pues Richy era tan ambiciosa como guapa. De momento estaba en paro porque el grupo de danza al que pertenecía se había disuelto. Eso pasaba con frecuencia en Nueva York, pues había muchas instituciones culturales privadas que debían autofinanciarse, muchas más que en Alemania. Por desgracia, en caso de quiebra los artistas se quedaban a dos velas y en la calle, y debían recolocarse en otra parte. Richy tenía varias pruebas como primera bailarina y, según le pareció a él, estaba nerviosa y susceptible por ello, algo que Leo también tuvo que sufrir.

Y, sobre todo, Dodo. El reencuentro de los hermanos, que al principio fue muy afectuoso, dio un giro inesperado, sin duda por culpa de Richy. Ni él ni Marie sabían lo que había pasado exactamente, lo único seguro era que Dodo no se entendió con Richy y al final Leo se puso del lado de su novia y en contra de su hermana. Esto ofendió mucho a Dodo, que rompió relaciones con su hermano. Pasó los últimos días en el Atelier de la Moda de Marie; también quedó un par de veces con Walter Ginsberg, que se alegró mucho de verla y compartía de todo corazón sus opiniones sobre Richy. Al igual que Marie, Walter había intentado convencer a Dodo para que solicitara la nacionalidad estadounidense y se quedara allí a estudiar. Sin embargo, su hermana se negó con un gesto. No, quería estar en Alemania, esperaba una plaza en la Universidad Técnica de Múnich, donde iba a estudiar Ingeniería Aeronáutica. Había contactado con el diseñador Willy Messerschmitt, con el que hizo unas prácticas en Augsburgo, y le había prometido interceder a su favor.

—¡Sabes qué tipo de aviones se construyen en Alemania! —había señalado Marie—. Son aviones de caza y seguro que se enviarán en misión de guerra.

Pero Dodo se había mostrado obstinada. Sí, se construirían sobre todo aviones de guerra, eso era cierto. Pero también aviones de línea y deportivos.

—Alemania no es distinta a otros países —afirmó—. No me irás a decir que Estados Unidos no fabrica aviones de caza…

Paul se alegró de que Dodo hubiese emprendido el viaje de vuelta con él y con Kurt, pues temía que finalmente se decidiera por Estados Unidos porque no tenía claro que el brazo de Willy Messerschmitt fuera lo bastante largo para posibilitarle los estudios de aeronáutica a una joven de origen judío. Dodo tenía la apariencia que el Reich favorecía en Alemania: pelo rubio y ojos azules; además era muy delgada y casi podía pasar por chico con los rizos cortos. Pero era probable que no dentro de mucho también su hija se fuera a Estados Unidos.

La consciencia de que el futuro de sus gemelos ya no estaba en su Alemania natal, sino en Estados Unidos, era más que amarga. Los nazis habían partido su familia por la mitad, le habían quitado a su querida mujer y también echado del país a sus hijos. ¿Qué le quedaba? ¿Por qué regresaba siquiera a Augsburgo?

Lo hacía por la fábrica, el legado de su padre. Además, por un puñado de personas queridas que lo esperaban en la patria. Y por su hijo pequeño, sobre quien recaían todas sus esperanzas.

—¡He ganado tres veces! —El grito de Kurt lo sacó de su ensimismamiento—. Martin solo ha ganado dos, y es mayor que yo. ¿Puedo enseñarle mis coches, papá?

«Qué ingenuos son los niños. Juegan, compiten, viven el aquí y ahora», pensó Paul. Debería tomar su ejemplo y no cavilar tanto. Aceptar las cosas según vienen, superar el día a día, resolver los problemas y seguir. Una y otra vez. Mientras no le fallaran las fuerzas.

—Por supuesto que puedes, Kurt. Pero primero tu amigo debe pedir permiso a sus padres.

—Se lo pediremos, papá.

Martin resultó ser un buen compañero de juegos, que admiraba el parque móvil de Kurt y demostraba sus capacidades como servicial empleado de gasolinera. Paul los miró jugar un rato, después sintió el impulso de respirar un poco de aire fresco y de paso ver qué hacía Dodo. La encontró en la cubierta, en medio de un grupo de jóvenes con los que discutía apasionadamente. Según parecía, se llevaban bien, de vez en cuando se reían cuando se percibía la voz clara de Dodo. Él la saludó con un breve gesto y se dirigió a la borda, respiró hondo y dejó que la brisa marina le diese en la cara. El cielo estaba casi despejado, solo se veían un par de finas nubes alargadas muy arriba, lo que no restaba importancia al sol de abril. Resplandeciente, la luz se reflejaba en las olas verde azulado, se notaba el zumbido regular y la ligera vibración de las turbinas y, durante un momento, Paul sintió una gran admiración por ese barco, esa proeza de la tecnología moderna, que marchaba solo en medio del infinito Atlántico hacia Europa.

—Así es —oyó una voz masculina no muy lejos—. El este ha estado poblado por alemanes desde tiempos inmemoriales. Por eso es de justicia que la ciudad de Dánzig pronto sea liberada de los derechos portuarios polacos y forme parte de Alemania, como ha exigido el Führer…

O ese era Breitenbach, que esa noche pronunciaría su conferencia, o un afín. Paul miró discretamente hacia un lado y descubrió a la señora Hartmann y a su hermana, que estaban conversando con dos hombres.

—Polonia es de una gran belleza paisajística —observó la señora Kühn—. Estuvimos allí el año pasado de visita en casa de un conocido que tiene una finca.

—Seguro —respondió el señor educadamente—. Un bonito país. También el polaco en sí no es indigno. Pero por desgracia el país está lleno de judíos, señora. ¡Una tragedia! Controlan el comercio, la hacienda y, por supuesto, también están metidos en el gobierno.

—Oh, ¿de verdad? Eso no lo sabía…

—Bueno, en este país el Führer ha procurado, gracias a Dios, que nos librásemos de las maquinaciones de los judíos. Pero países como Polonia o Hungría primero tendrían que limpiarse a fondo…

Paul conocía esos discursos que se pronunciaban en público por todas partes y en los que era mejor no opinar nada, pues cualquier réplica parecía inútil.

—Ay, sí —dijo suspirando la señora Hartmann—. Los judíos son nuestra desgracia, es de todos conocido. Aunque… también hay judíos agradables, ¿verdad, Eva? Por ejemplo, tu antiguo profesor, que estaba tan entusiasmado con el emperador y la patria en la Gran Guerra y volvió sin una pierna…

—Eso son contadas excepciones —la interrumpió la voz masculina—. Por lo que respecta a la cuestión judía, uno no puede entregarse a ningún sentimentalismo. No hay judíos buenos o malos. Un judío es un judío. ¡Y los judíos tienen que irse de Europa!

—Seguro que tiene razón —suspiró la señora Kühn—. En su día, nuestro padre solicitó un préstamo a un banquero judío. Y figúrese, como ya no podía pagar los plazos, el judío le quitó la casita…

—Ve, señora. Así son los judíos. ¡Todos unos usureros!

—Ay, esperamos con impaciencia su conferencia, señor Breitenbach…

Paul se apartó y fue al otro lado de la cubierta, caminó intranquilo de un lado a otro, después se detuvo para ver jugar a los jóvenes al tejo y notó que su ánimo se oscurecía como si una pesada nube se hubiera extendido sobre él.

¿Por qué no se volvió y discrepó, exponiendo su opinión con sinceridad y valentía? ¿Por qué?

Por miedo. Por su hijo. Por su fábrica. Por las personas a las que quería.

Esa noche se levantó una fuerte marejada y él luchó hasta el amanecer con unas terribles náuseas que no sufrió en el viaje de ida.

2

 

 

 

 

Agosto de 1939

 

Iba a ser otro día caluroso. Christian, el jardinero, echaba por precaución algunas jarras de agua a las fucsias y las petunias en el arriate redondo que había delante de la villa, también los prados del parque acusaban el calor y mostraban manchas amarillas. Sobre la ciudad de Augsburgo se condensaba una capa de calima que se dirigía al norte, donde se encontraban las factorías de la MAN. En la cocina de la villa estaban sentados alrededor de la gran mesa para tomarse deprisa el segundo desayuno antes de que Liesl necesitase la superficie para hacer el bizcocho. La jarra de café con leche hacía la ronda, los panecillos se cubrían con jamón o embutido en lonchas, y Annemarie, de tres años, a la que Fanny Brunnenmayer sujetaba en el regazo, tenía la boquita embadurnada de mermelada.

—¡Jesús, Fanny, ten cuidado! —gritó Liesl avisando a la cocinera—. Vas a acabar con mermelada de fresa en el delantal.

Fanny Brunnenmayer, que en realidad ya estaba «en la reserva», como decía ella en broma, seguía pasando el tiempo en la cocina. Allí le habían colocado una silla con dos cojines y delante un taburete para sus doloridas piernas. Desde ese «trono» seguía dirigiendo todo lo que acontecía en la cocina y nunca ocultaba su opinión.

—Si a la chiquitina le gusta… —dijo con bondad limpiándole la boca a la pequeña con un paño—. Ya se ha comido medio panecillo con mermelada de fresa. Nuestra Annemarie sabe lo que es bueno.

La hijita de Liesl y Christian era delgada y rubia, y había heredado los enormes ojos azules de su padre. De las orejas de soplillo, gracias a Dios, se había librado, pero también en su carácter se apreciaba la timidez de su progenitor. Excepto con sus padres, la abuela Auguste y Fanny Brunnenmayer, no se iba voluntariamente con ninguna persona, y cuando el cartero o uno de los repartidores entraba en la cocina, se escondía tímidamente tras la cocinera, cuya ancha espalda prometía buena protección. Por ello albergaba una profunda simpatía hacia el perro, Willi, que normalmente andaba en la cocina por las mañanas, cuando Kurt se hallaba en la escuela, y con frecuencia ambos —la niña de tres años y el gran perro marrón— estaban sentados en armonía debajo de la mesa para compartir un par de galletas o una rebanada de pan.

Auguste, a la que había requerido Alicia, regresó a la cocina jadeando, se limpió el sudor de la frente con la punta del delantal y cogió un panecillo de la cesta.

—¿Os podéis creer que ha vuelto a llamarme? —contó sacudiendo la cabeza—. La señora quería a toda costa sus botas blancas de cuero con adornos de piel. Precisamente hoy, que hará otra vez tanto calor. Durante horas he tenido que buscar las malditas botas porque dijo que alguien podría haberlas robado…

—¡Ay, Dios! —exclamó Hanna, asustada—. ¿Acaso te refieres a las de tafilete, las que se abrochaban con muchos botones pequeños?

—Sí, justo esas —respondió Auguste mientras se bebía a sorbos el café.

—Pero si ya hace dos años que las dimos al Auxilio de Invierno —suspiró Hanna—. ¿No te acuerdas?

—¡Claro que sí! —respondió Auguste—. Pero a la señora no se lo puedo decir porque no se acuerda y me habría dicho que le estaba mintiendo. Pásame el jamón ahumado, Humbert.

—¡Una loncha por persona! —avisó Fanny Brunnenmayer al ver que Auguste cogía dos.

—Está bien —murmuró Auguste—. Solo se me quedó enganchada en el tenedor.

—¡Lo digo porque ayer ya no quedaba para Christian, que siempre llega el último! —insistió la cocinera.

—Entonces se lo volvería a comer Willi —dijo Auguste con rostro inofensivo y cubrió la mitad del panecillo con jamón.

—Sí, la señora no está bien —suspiró Else, afligida—. A veces dice cosas muy raras. Ayer me contó que se había roto la aorta de la rodilla, y no supe qué contestar.

Por desgracia, ya no se podía pasar por alto que Alicia Melzer, que el año anterior aún había celebrado su octogésimo cumpleaños con muy buena salud, tenía un comportamiento un poco extraño últimamente. Cada vez más a menudo mandaba a Hanna y a Auguste que le llevasen objetos, sombreros o vestidos que no necesitaba, y algunos ya no estaban en la casa desde hacía mucho. Así, unos días antes había insultado a Auguste por haber «perdido» el pañuelo bordado que utilizó en el bautizo de Paul. También su forma de expresarse, que siempre había sido discreta y adecuada, había cambiado. Humbert había oído con espanto que Alicia se dirigió a su hija Lisa con la malvada palabra «barriguda».

—Lo mejor es no responder —aconsejó Humbert—. Hay que llevar a cabo sus órdenes, mantenerse amable e intentar distraerla si se obstina en algo. En ningún caso se la puede contradecir…

—Es fácil decirlo —se burló Auguste—. Tú no tienes que tratar mucho con ella, Humbert. Hanna y yo… lo sufrimos.

—Ay, no me parece tan grave —interrumpió Hanna para apaciguar—. Que se vuelva un poco rara se le permite a su edad.

—Hanna, el alma caritativa de la villa —dijo Auguste burlonamente antes de darle un bocado al panecillo con jamón—. Algún día recibirás la medalla del mérito por tanta dulzura y docilidad.

La pequeña Annemarie pataleó enfadada y se resbaló por el regazo de Fanny Brunnenmayer, para desaparecer acto seguido debajo de la mesa. Willi ya esperaba allí a su amiga y se comió de buena gana el panecillo medio untado con mantequilla que Annemarie le sostuvo delante del hocico.

—Que la niña ande con el perro… —murmuró Auguste—. Siempre está perdiendo pelo y quizá tenga pulgas…

—Ay, déjala, mamá —dijo Liesl—. Cuando Kurt venga del colegio, ya no veremos a Willi.

Hanna sirvió más café y dijo que el pobre Kurti casi no salía de su cuarto.

—No es normal que un muchacho tenga que estudiar tanto —opinó—. Y más ahora en verano, cuando puede corretear por el parque.

—Ay… pronto le darán las vacaciones —mencionó Humbert—. Entonces se acabará lo de empollar.

—El muchacho echa de menos a su madre —dijo Fanny Brunnenmayer—. Está más triste desde que estuvo en Nueva York con el señor y la señorita. No puede ser que una parte de la familia viva aquí y la otra en Estados Unidos. Pero ha de ser así porque los malditos nazis no quieren tener a ningún judío en el país.

—No debes echar siempre pestes de los nazis —se quejó Else—. Claro que lo de los judíos no está bien, pero el Führer no puede hacer nada al respecto. Es Himmler quien tiene la culpa. Y también Goebbels, que siempre difama a los judíos. ¡Pero de nuestro Führer, Adolf Hitler, no quiero que se hable mal!

—Porque solo viste sus bonitos ojos azules —se mofó Fanny Brunnenmayer—. Crees que es Dios Padre y Jesucristo en una persona. ¿Cómo de tonta puede ser una mujer adulta que se deja engatusar por semejante tipo?

Pero Else, que dos años antes estuvo en la calle cuando el Führer pasó por Augsburgo, se negaba a escuchar algo así.

—En este asunto no tienes nada que opinar, cocinera —afirmó—. Lo vi, pasó a menos de dos metros de mí. La capota de su coche estaba abierta y lo miré directamente a los ojos. En ese hombre no hay nada malo, es el elegido, una persona muy especial. ¡Puedo jurarlo!

—No te pongas así, Else —dijo Auguste—. Seguro que Hitler es una persona especial. Y ha hecho mucho por Alemania, eso también es verdad. Ha sacado a los parados de la calle. Maxl gana tanto con el vivero que ya ha contratado a tres personas, y la fábrica del señor también marcha mejor.

Else asintió contenta, pero los demás se abstuvieron de opinar. Era cierto que Alemania iba prosperando, las tiendas estaban llenas de mercancías, la gente podía volver a permitirse algún lujo y todos lo que querían trabajar encontraban un empleo. Sobre todo la MAN, donde fabricaban los motores y las grandes máquinas, necesitaba siempre trabajadores; y en el barrio de Hochfeld, en la Fábrica de Aviones de Baviera, había cientos de personas empleadas, también muchas mujeres. De los pobres se ocupaba la beneficencia, que una y otra vez escribía en sus carteles que en Alemania nadie debía pasar hambre.

Sin embargo, ni Hanna ni Humbert podían sacar algo bueno del nacionalsocialismo. Hanna se pronunciaba muy pocas veces porque no era de las que expresaban su opinión abiertamente. Pero no le gustaba la fanfarronería de los nazis ni que menospreciasen tanto a la Iglesia. En cambio Humbert, que leía todos los días el periódico, les aseguraba una y otra vez que Hitler iba en busca de una guerra y que pronto volvería a suceder lo de Verdún. No explicaba a qué se refería exactamente, pero todos sabían que en la Gran Guerra Humbert presenció cosas que casi le hicieron perder la razón.

—Venga, terminad de una vez —dijo Liesl, a la que no le gustaban esas conversaciones—. Tengo que hacer el bizcocho, y los escalopes para la comida todavía no están empanados.

—¿No te da pena echar a tu madre? —riñó Auguste a su hija—. Apenas he tenido tiempo de comer un panecillo y ya nos metes prisa.

—Lo siento, mamá —dijo Liesl—. Pero todavía hay que preparar un montón de cosas para la noche. Porque vendrá el señor Von Klippstein con su esposa.

Auguste aún no sabía nada al respecto y enseguida le subió la bilis.

—¡Otra vez ese! —se quejó—. ¿Desde cuándo vienen cada dos semanas a la villa? Antes aparecían por aquí como mucho cada dos meses y ya era bastante molesto. Estupendo, volveremos a servir a Gertie y a aguantar sus insolencias. Antes comía con nosotros aquí, en la cocina, y ahora se las da de señora y nos mangonea. Tan solo falta que deba hacerle una reverencia.

Gertie, que ahora se llamaba Gertraut von Klippstein, había sido doncella en la villa antes de «subir la escalerita» —como a Auguste le gustaba decir— y convertirse en la esposa de Ernst von Klippstein. Von Klippstein fue durante un tiempo socio de la fábrica de telas Melzer, después se casó con Tilly Braüer, la cuñada de la señora Kitty, y se mudó con ella a Múnich. El matrimonio no duró mucho; luego Tilly se casó con el doctor Jonathan Kortner, y Von Klippstein, que llevaba años siendo un nacionalsocialista convencido, había encontrado la felicidad con la rubia Gertie.

—Esta mañana he puesto en orden la habitación para invitados —comunicó Hanna—. Pasarán aquí dos noches, después volverán a Múnich.

—El señor tampoco se alegra por esta visita —dijo Humbert mientras le tendía a Hanna el vaso y el plato para que los fregase—. Según oí, el señor Von Klippstein curiosea en la fábrica por todas partes, mira los libros y da instrucciones en lo que respecta a la producción.

—Pero ¿puede hacerlo? —preguntó Auguste, enfadada—. La fábrica pertenece al señor. Nadie tiene que decirle lo que debe hacer, ¿no?

Humbert quitó dos migas de su pantalón y se levantó para ponerse la chaqueta de su librea.

—No sé decirlo con exactitud —dijo arrastrando las palabras y con el ceño fruncido—. Pero el señor Von Klippstein tiene la tarea de visitar distintas empresas industriales y vigilar que todo esté en orden.

—Comprueba también si tienen las convicciones nacionalsocialistas correctas —apuntó Fanny Brunnenmayer, a la que no se le escapaba nada de lo que concernía a los habitantes de la villa y a la fábrica—. Y por eso el señor tiene que ser muy cortés con él, aunque le resulta difícil.

—Menuda desgracia —dijo Auguste, acongojada—. Por eso la pava de Gertie se da tono ante nosotros. Anillos de brillantes en todos los dedos, vestidos y trajes a la última, y los zapatos que lleva cuestan una fortuna. ¡Cuánto dinero cuelga de ella! Ha engordado, su pecho pronto romperá la blusa…

—De eso tú también andas sobrada, Auguste —intervino Else con tono burlón.

—¡Nunca he tenido poco pecho, desde luego! —respondió Auguste estirándose orgullosa, a la vez que lanzaba una mirada desdeñosa a la blusa de Else, bajo la cual en ningún momento se habían abombado formas femeninas.

Sonó el timbre: era para Auguste, la señora Elisabeth la llamaba desde el anexo. Hanna se preparó con el plumero, el cubo y el trapo para limpiar a fondo el gabinete, que seguro que utilizarían esa noche; Humbert se apresuró para quitar los últimos restos del desayuno en el comedor de los señores y poner la mesa para el almuerzo. Liesl sacó a su hija de debajo de la mesa y le limpió las manitas, después la cogió en brazos y abrió la ventana.

—¿Por qué papá vuelve a tardar tanto? —dijo—. Se le ha olvidado el desayuno por ocuparse del parque y los arriates.

—¡Papá! Flores. Pituia

—Quieres decir «petunia», ¿no? —Liesl se rio.

PetuiaPetumaPetuta

Entonces Liesl descubrió a su amado junto a los caballos y le hizo señas para que se acercara de una vez.

—Fritz ha llevado a las dos yeguas con el potro al otro cercado, así que mi Christian ha tenido que ayudar, por supuesto —dijo sacudiendo la cabeza—. Es que es un buenazo.

Fritz, el hijo pequeño de Auguste, cuidaba de los Tra­kehner que Elvira von Maydorn había traído de Pomerania unos años antes. El favorito de Elvira, el semental Gengis Kan, murió el año anterior; tuvo calambres y ya no se recuperó. Tampoco el veterinario pudo ayudar. Tras lo cual Elvira, quien de todos modos tenía que vérselas con sus viejos dolores de espalda, había decidido dejar la cría de caballos en manos más jóvenes. Fritz Bliefert, el benjamín de Auguste, un auténtico apasionado de los caballos, que ya llevaba años pasando cada minuto libre en la cuadra, le parecía la persona idónea. Entretanto había terminado la primaria, vivía en un cuarto pequeño en la casa de su hermano mayor y se consagraba desde la mañana hasta la noche a sus queridos Trakehner.

—Dame de una vez el cuenco para mezclas y la cuchara grande de madera —dijo Fanny Brunnenmayer desde el fondo—. Así batiré la mantequilla, los huevos, la harina, el azúcar, y también puedes darme la levadura preparada.

Liesl lanzó otra mirada escrutadora al cercado para comprobar si Christian había visto sus señas. Cuando vio que él se ponía en camino hacia la villa, cerró la ventana y puso a Annemarie en el suelo.

—¿No te costará hacer la mezcla, Fanny? —preguntó.

—Mientras no tenga que hacerla con las piernas, está bien. En los brazos todavía tengo fuerza. Después de todo, pronto llevaré cincuenta años moviendo sartenes y tapaderas.

Cuando Fanny Brunnenmayer ya removía con empeño la mantequilla, Liesl se puso a macerar y sazonar los escalopes, y después los espolvoreó con harina antes de empanarlos. Mientras tanto, la pequeña Annemarie había vuelto a desaparecer debajo de la mesa para ponerse cómoda junto a Willi.

—Sabes, Fanny —dijo Liesl después de llevar un rato en silencio dedicadas a su trabajo—, Christian ha tenido una idea. Pero primero preferiría preguntarte qué opinas.

—Pregunta —respondió la cocinera, y golpeó un grumo de mantequilla que no se disolvía.

Liesl dio otro suspiro profundo para animarse porque la propuesta de Christian parecía un poco inconveniente.

—Pues la cosa es que… —empezó—. Christian… bueno, a ambos, a Christian y a mí, nos gustaría tener un segundo hijo. Quizá esta vez sea un chico, dice Christian…

—¿Otro hijo? —interrumpió Fanny Brunnenmayer, poco entusiasmada—. ¿Y cómo será con dos? ¡Apenas tienes tiempo para tu trabajo como cocinera, chica!

—Ay, no es eso —dijo Liesl despreocupada, y mojó un escalope en los huevos batidos—. Es lo mismo que con el primer hijo. Le ponemos empeño, pero no funciona.

Fanny Brunnenmayer frunció el ceño. Le tenía cariño a Liesl, la había formado con paciencia para que fuese su sucesora en la villa… pero sobre la vida conyugal de su pupila quería saber lo menos posible. No era cosa suya y tampoco podía dar consejos porque, tras una vida de soltera, no entendía nada del matrimonio.

—El otro día Christian dijo que quizá yo necesitaba un cambio de aires —continuó Liesl—. Una semana en las montañas, en una fonda pequeña que no sea muy cara. Maxl le ha dado una dirección…

Fanny Brunnenmayer dejó de remover y cogió los huevos que Liesl le había preparado.

—Así que por ahí van los tiros —dijo sonriéndose—. Quieres saber si podemos apañarnos sin vosotros durante toda una semana. ¿Qué quieres que te diga? No será fácil, pero nos arreglaremos.

—He pensado que Hanna y también Auguste podrían echarte una mano —dijo Liesl, vacilante—. Pero si en el almuerzo vamos mal todos los días y además vienen invitados… Ay, no lo sé, casi creo que no deberíamos hacerlo.

La cocinera puso lentamente tres huevos en la mantequilla y removió con cuidado antes de añadir el azúcar.

—Ahora escúchame, muchacha —dijo entonces—. Mientras siga teniendo ojos en la cara y una boca para hablar, el almuerzo está asegurado en la villa. Así que creo que puedes irte tranquila a las montañas con Christian. Solo debéis consultarlo con los señores, el permiso os lo tienen que dar ellos.

—Obviamente —dijo Liesl, aliviada.

—Me alegro por vosotros —dijo la cocinera, y alargó la mano hacia la harina—. En mi época no tenía vacaciones, como mucho un par de días libres, pero normalmente me quedaba en la villa porque no habría sabido adónde ir. No tengo parientes, y viajar sola al extranjero no era lo mío…

Se abrió la puerta del patio y Christian entró en la cocina cubierto de polvo. Intercambió una mirada interrogante con Liesl y, cuando ella le hizo una seña sonriendo, le resplandecieron los ojos.

—Pero ¿dónde está mi tesoro? —preguntó espiando debajo de la mesa—. Ven con papá, muchachita. A volar.

La pequeña se arrastró debajo de la mesa y corrió hacia él chillando de alegría.

—¡Volar, papá!

—¡Pero no aquí, en la cocina! —exclamó Liesl, pues Christian ya había levantado a su hijita para dar vueltas con ella—. Todo el polvo caerá en los escalopes.

Obediente, Christian salió al patio, donde acto seguido se los oyó reír y dar gritos de alegría. Después se sentó con su hija a la mesa, donde Liesl ya había llenado su vaso y preparado los dos panecillos restantes, la mantequilla y el jamón.

—Que te aproveche —dijo—. Y mañana ven puntual para el segundo desayuno. No siempre puedo guardarte algo.

Christian asintió y tuvo que esforzarse para untar el panecillo porque la pequeña Annemarie, a la que tenía en el regazo, se entrometía con sus enérgicos bracitos.

—Así que pronto hay vacaciones —dijo Fanny Brunnenmayer, y tendió a Liesl el cuenco para la masa, en el que estaban mezclados todos los ingredientes.

Liesl puso un paño limpio encima y lo colocó en el armario de cocina hasta que la masa subiera. Después cogió la gran sartén del gancho y atizó el fogón, lo que aumentó el calor que ya reinaba en la cocina. Fanny Brunnenmayer se había opuesto enérgicamente al proyecto de Elisabeth, que quería adquirir una cocina de gas. «Mientras yo esté en esta casa, mi fiel cocina de carbón se queda. ¡Cuando me saquen de aquí, por mí pueden comprar un apestoso horno de esos!», había dicho.

—Si usted está de acuerdo, señora Brunnenmayer —dijo Christian, y volvió a intercambiar una mirada con Liesl—, nos gustaría ir a las montañas. Así Annemarie también podría ver lo bonito que es su país.

—Por mí podéis ir tranquilamente —dijo Fanny Brun­nenmayer sacándose el pañuelo del delantal para limpiarse la frente—. ¿Y cuándo os vais?

—A comienzos del otoño —dijo Liesl, contenta—. Todavía no habrá mucho que hacer, dice Christian. Más tarde quiere plantar, entonces ya no podrá ser.

Christian meció a su hija sobre las rodillas y asintió a la explicación de Liesl. Pero entonces se detuvo, se llevó la mano al bolsillo y sacó un papel arrugado.

—Casi se me olvida —dijo poniendo el papel sobre la mesa—. Llegó ayer, pero Humbert no me lo ha dado hasta esta mañana. Y entonces me lo guardé en el bolsillo.

—¿Y qué es? —preguntó Liesl, que había cogido la olla y estaba echando un buen trozo de manteca en la sartén—. ¿No será una factura? Ya hemos pagado la cuna.

—No —dijo inseguro—. Una tontería. Un llamamiento a las filas de la Wehrmacht. Seguro que esta vez también se trata de unas maniobras, el lunes debo presentarme.

—¿Maniobras? —preguntó Fanny Brunnenmayer—. ¿Y qué maniobras son esas?

—No sé, quizá tengan nuevos fusiles con los que quieren que nos familiaricemos. Por si alguna vez hay una guerra, ¿sabe? —Miró a Liesl, que se había vuelto hacia él con ojos asustados—. No tienes que preocuparte, Liesl —dijo sonriendo—. Como máximo serán dos semanas. Habré vuelto mucho antes de nuestras vacaciones.

Entonces tuvo la presencia de ánimo de coger a su hijita, que estuvo a punto de caérsele de las rodillas hacia atrás.

3

 

 

 

 

«Ya verás, algún día te cogeré. Y entonces pagarás por todo lo que nos estás haciendo», pensó Henny, furiosa.

Miró con compasión al tío Paul, que empleando toda la diplomacia que tenía a su disposición se defendía contra las exigencias de Ernst von Klippstein. Sus posibilidades eran pocas: Von Klippstein era funcionario de la Cámara de Comercio del Reich y visitaba regularmente distintas empresas para «echar una mano a la dirección». En realidad solo era un controlador de opinión, un miserable espía y, precisamente por eso, peligrosísimo.

—Pasemos al siguiente punto —dijo Ernst von Klippstein, que había puesto ante él una lista con notas. Antes había recorrido la fábrica con el tío Paul, estuvo fisgoneando por todas partes, hablando con los capataces y las trabajadoras, y examinando los libros en el edificio de la administración.

—Soy de la opinión de que debes reducir más la producción de telas de algodón estampadas y en su lugar pasarte al lino basto con algodón. Impermeable y resistente.

El tío Paul expuso sin pestañear lo que opinaba de esa propuesta, que no era la primera vez que le hacían. Tela basta y resistente, con la que se pudieran fabricar mochilas y otros componentes del equipamiento de la Wehrmacht: de eso se trataba.

—Sería una lástima porque precisamente tenemos muchos compradores para las telas estampadas. Por así decir, nos las quitan de las manos.

—Puede ser, Paul —respondió Von Klippstein, nada impresionado—. Pero los compradores privados son de interés secundario para la fábrica. Y si quieres recibir una asignación suficiente de materia prima, deberías guiarte sobre todo por los encargos estatales.

—Eso hacemos —acudió Henny en auxilio de su tío—. Producimos en su mayoría telas de uniforme para la Wehrmacht, solo una pequeña parte de la producción va para la industria de los vestidos. Al fin y al cabo, las mujeres en Alemania quieren estar guapas y vestirse a la moda.

Como de costumbre, Von Klippstein ignoró la aportación de Henny. Tenía una forma sumamente pérfida de revisar sus notas o beber café mientras ella hablaba y después continuar sin responder a lo que acababa de decir. Lo odiaba por ello. En la cosmovisión de Von Klippstein, una mujer debía quedarse en casa, tener hijos y ocuparse de la comida. El hecho de que ella, Henriette Bräuer, estuviese por lo menos igual de enterada que el tío Paul sobre los asuntos de la fábrica era inimaginable para Klippi, como lo llamaba la madre de ella.

Tampoco esa vez tenía intención de dar una respuesta a Henny.

—Espero una decisión sobre este punto dentro de los próximos catorce días —le dijo a Paul.

¡Así que ese asqueroso chantajista le ponía una pistola en la cabeza! Henny tenía ganas de tirarle el café a la cara. Por supuesto, no lo hizo, habría sido una tontería. Pero el mero hecho de imaginárselo la alivió un poco.

—Por lo demás… y ya paso a otro punto… —continuó el pelmazo—. A largo plazo, la doble carga de hilar y tejer no me parece rentable. Por no hablar del departamento de estampación, en realidad puedes cerrarlo.

Claro. Los uniformes no necesitaban dibujos bonitos y coloridos. Y las mochilas tampoco. Lo importante era gris y feo. No le interesaba qué sería de los trabajadores de la estampación en color.

—Me parece muy problemático —objetó el tío Paul—. Si cierro la hilandería, tengo que comprar los hilos. Y la producción de la tejeduría no aumentará, pues me faltan las máquinas.

—Los hilos podría proporcionártelos —dijo Von Klippstein sonriendo—. Se trata de desechar las viejas máquinas de hilar, que de todas formas ya no son modernas, y en su lugar instalar telares mecánicos. Negociaremos el precio de los hilos, y por supuesto te apoyaré. Piensa en mi propuesta: creo que es prometedora para la fábrica.

—Nuestras hilanderas siguen siendo excelentes, en toda Alemania no las hay mejores —afirmó Henny con audacia—. Sería una lástima retirarlas.

Tampoco esa vez respondió Von Klippstein a su objeción. Jacob Burkard, el padre de la tía Marie, construyó en su tiempo las hilanderas al igual que todas las demás máquinas. Era judío, algo que Von Klippstein sabía.

—¿De dónde quieres sacar el equipo para ampliar la tejeduría? —intentó también el tío Paul socavar la propuesta—. Primero habría que recibir un montón de dinero para comprar máquinas. No, me temo que una reestructuración así fracasaría por ese motivo.

Von Klippstein tampoco se dejó impresionar por esa objeción. Esbozó una misteriosa sonrisa y dijo que el tío Paul no debía preocuparse en ese sentido.

—Creo que podría echarte una mano, Paul. Hay algunas empresas que por distintos motivos ya no trabajan: en ellas se tendría acceso a las máquinas necesarias por un módico precio.

El tío Paul asintió sin decir nada y miró fijamente el plato con pastas que Angelika von Lützen, la nueva secretaria, había preparado «para los señores». Según ella, en una reunión participaban solo señores, veía la función de Henny más bien como redactora del acta.

—Ya sabes, Paul —continuó Von Klippstein en tono amistoso—, que presto especial atención a la fábrica de telas Melzer porque en su día fui socio, y también porque, por otros motivos, tengo ciertas relaciones con la familia Melzer.

—Por supuesto, lo sé —respondió el tío Paul sin corresponder al tono afable de su interlocutor.

Por desgracia, era innegable que la fábrica trabajaba a pleno rendimiento por la protección de Von Klippstein, mientras que muchas otras fábricas textiles en el polígono industrial de Augsburgo habían adoptado la jornada reducida por falta de materias primas. A cambio, la fábrica Melzer producía cada vez más telas por encargo estatal para los uniformes de la Wehrmacht. Y próximamente también tela basta y resistente para mochilas y cosas similares.

—¿Hemos acabado? —preguntó el tío Paul con impaciencia, y miró su reloj de pulsera—. En la villa ya nos esperan para comer.

Nervioso, Von Klippstein también consultó su reloj. Su querida Gertie, que llevaba un tiempo haciéndose llamar Gertraut, cuidaba la puntualidad en las comidas.

—Tan solo un par de nimiedades —murmuró pasando el lápiz por su lista—. Bäumler, el encargado de defensa antiaérea, se puso en contacto conmigo. Censura tu poca disposición a colaborar. Dice que los simulacros de defensa antiaérea obligatorios solo se realizaron en parte y que la ampliación del sótano antiaéreo avanza demasiado lento.

Habían asignado a Bäumler como encargado de defensa antiaérea de la fábrica y era un incordio para todos. Siempre iba corriendo de un lado para otro y se hacía el importante, lo criticaba todo, molestaba a la gente en el trabajo y aparecía en el despacho de Paul para quejarse. Así que ese intrigante había aprovechado para chivarse a Von Klippstein…

—Me esfuerzo de veras por lograr una buena relación con el señor Bäumler —dijo el tío Paul, al que ahora se le notaba lo molesto que le resultaba justificarse—. Puedes estar seguro de que cumpliremos las condiciones, Ernst.

—Te lo ruego muy encarecidamente —respondió mirando con severidad a Paul por encima de las gafas—. Se avecinan grandes tiempos para el Reich, el Führer ha puesto sus ojos en el este para recuperar territorios que son alemanes y siempre lo fueron. Por supuesto, a la vez tenemos que prevenirnos ante un ataque enemigo, que tendría lugar desde el aire.

Ya llevaban unos años con los simulacros de defensa antiaérea. Se realizaban en escuelas, empresas y administraciones; también los particulares estaban obligados a hacerlos. Habían repartido máscaras antigás y todo tipo de cosas que podrían ser de utilidad en un ataque aéreo.

—He dicho que haré lo posible —insistió el tío Paul, enfadado—. Pero no puedo detener continuamente la producción por un simulacro de defensa antiaérea.

—Lo comprendo, desde luego —admitió Von Klippstein cogiendo la taza de café para apurar el último trago—. Pero no deberíamos incurrir en culpa alguna respecto a esto.

«Ahora ya habla en plural, como si la fábrica también le perteneciese», pensó Henny con un mal presentimiento.

—¿Podemos irnos de una vez? —apremió el tío Paul levantándose ya.

—Solo una cosa…

«Voy a retorcerle el cuello. Pero ¿qué quiere ahora? ¿No hemos limpiado bien los cristales de los tejados?», pensó Henny.

—Pues sé breve, por favor, no quisiera hacer esperar a la familia.

—Concierne a tus trabajadoras. Según ha llegado a mis oídos, solo una parte de ellas está en el Frente Alemán del Trabajo. Es una lástima porque representamos los derechos de los trabajadores y les hemos regalado el 1 de mayo como festivo pagado. Por eso propongo organizar una velada con un programa variado en la que hable un funcionario del sindicato.

Henny puso los ojos en blanco; conocía a esos oradores, que solo pretendían engatusar. Sin embargo, las trabajadoras de la fábrica estaban poco interesadas en el Frente Alemán del Trabajo; muchas estuvieron organizadas en los sindicatos del Partido Socialista y del Partido Comunista, pero hacía tiempo que los nazis los habían disuelto y convertido en el sindicato nacionalsocialista.

—Por mí sí —gruñó el tío Paul, que esperaba esquivar esta exigencia.

—¡Maravilloso! —Von Klippstein juntó sus notas para meterlas en la cartera—. Pues te doy las gracias por esta exitosa conversación, querido Paul, y me apetece mucho ese almuerzo en un ambiente agradable.

«¡Y encima da las gracias! Menudo comediante. Ojalá se atragante con la comida», pensó Henny, furiosa.

De repente Von Klippstein pareció reparar en la presencia de Henny, pues le mantuvo abierta la puerta cortésmente. Pasaron por delante de las secretarias en la antesala, que demostraron trabajar con intensidad.

—Buen provecho, señores —dijo Von Lützen con su sonrisa más bonita, que iba dirigida únicamente a Von Klippstein.

Él se la devolvió; Angelika von Lützen era alta, voluptuosa y rubia clara, le gustaba ese tipo de mujeres. Hilde Haller sonrió muy poco y miró con compasión al tío Paul. Era una persona tímida, le gustaba leer libros y respetaba al director. Henny tenía la sospecha de que Haller estaba loca por el tío Paul.

Abajo, en el patio, esperaba el chófer de Von Klippstein en el pretencioso Mercedes-Benz. Cuando los vio llegar, guardó deprisa el bocadillo y salió del coche para abrirle la puerta a su jefe.

—Después de ti, querida Henny —dijo Ernst von Klippstein invitándola a subir con un movimiento del brazo.

—Muchas gracias —respondió fríamente—. Prefiero ir andando, necesito aire fresco. Nos vemos allí.

A ella le dio igual la expresión de asombro en su cara. Ahora el tío Paul debería calmar los ánimos y aclarar que su sobrina Henny quería hacer el camino en compañía de su prometido. Probablemente añadiese en

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