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El hotel Louis XVI estaba en París, en la rue Boissy d’Anglas, perpendicular a la rue de Faubourg Saint-Honoré, y llevaba cuatro años cerrado por reforma. Aquella era una calle especialmente apropiada para un negocio como ese, porque no había tráfico; el acceso estaba cerrado con una barrera y vigilado por un policía que solo la levantaba para permitir el paso a los coches que llevaban a alguna persona importante o a los huéspedes del exclusivo hotel. Algo más pequeño que los grandiosos palaces que ocupaban los hoteles de cinco estrellas de la ciudad, era sin embargo el favorito de los entendidos, la jet set, la realeza y las personalidades internacionales más de moda. Tenía muchos clientes fieles entre la élite mundial. El reclamo eran habitaciones exquisitas y enormes suites amuebladas con impresionantes antigüedades y decoradas con las mejores sedas y satenes, unos suelos grandiosos que recordaban a los de Versalles y una magnífica colección de arte. No era ni diminuto ni enorme y tenía un aire muy íntimo que hacía que, a menudo, sus huéspedes lo compararan con alguna de sus muchas y variadas mansiones, aunque el hotel siempre salía ganando en la comparación.
Hacía treinta y ocho años que el establecimiento estaba dirigido de una forma impecable y con mano dura por el encantador monsieur Louis Lavalle, que se había formado en el Ritz y era respetado por los huéspedes de todo el mundo y envidiado por sus rivales. De una discreción incomparable, Lavalle conocía secretos muy delicados de las personas que se alojaban en su hotel, gente importante, muchos de ellos estrellas de cine que tendrían demasiado que perder si alguna vez él cometiera un desliz que comprometiera su confidencialidad. Pero eso no pasó nunca. Él no permitía que las cosas se le torcieran a ninguna de las personas que se hospedaban allí, por complicadas que fueran sus circunstancias. Tenía setenta y cuatro años, así que hacía tiempo que había dejado atrás la edad de jubilación, pero cuatro años antes, cuando el hotel cerró para la reforma, todavía no tenía intención de dejar paso a las nuevas generaciones. El problema surgió cuando, más o menos a la mitad de las obras, le detectaron un cáncer muy grave que se lo llevó en muy poco tiempo. Louis Lavalle murió once meses antes de la reapertura. Pero había organizado la reforma con tal eficacia que no se produjo ningún retraso, ni siquiera a causa de su muerte.
El día de la reinauguración le dedicaron un homenaje en el hotel colocando un retrato suyo, con chaqué de ceremonia, en un lugar donde los clientes que lo conocían de toda la vida pudieran contemplarlo mientras se registraban. Se vieron lágrimas en los ojos de varios huéspedes, aunque no en los del personal, que lo respetaban, pero que habían tenido que sufrir durante demasiado tiempo su rígida diligencia. Monsieur Lavalle era el sueño de cualquier huésped de hotel, aunque solo permitía alojarse a alguien allí si lo consideraba digno del Louis XVI. Y si después no estaba a altura de sus altísimos estándares, en el futuro a esa persona le iba a resultar imposible reservar una mesa para comer en su restaurante, y ni hablar de alojarse otra vez en una de sus fabulosas suites. Siempre pasaba por alto cualquier indiscreción de las vidas de sus apreciados huéspedes y los protegió de la prensa y de los paparazzi durante años, pero no toleraba jamás una conducta inapropiada dentro del hotel.
Las estrellas de rock más reconocidas no tenían la más mínima oportunidad con él; lo único que podían hacer era entrar en el vestíbulo, pero incluso entonces, Lavalle los saludaba con frialdad y no les quitaba la vista de encima. No era un lugar que frecuentaran los famosos más maleducados, pero a los habituales se les perdonaba todo, lo que creaba un vínculo duradero e inquebrantable entre ellos y el hotel. Tampoco fueron nunca bienvenidos los nuevos ricos, porque no sabían comportarse ni respetaban el establecimiento. A pesar de todo, antes de la reapertura el hotel acumulaba tantas reservas que estaba prácticamente completo para los dos años siguientes; monsieur Lavalle hizo las primeras en persona. El hecho de que no viviera para ver la nueva inauguración, que había esperado durante tanto tiempo, fue algo que entristeció mucho a todo el mundo. Sus estándares eran casi imposibles de alcanzar, pero había que reconocer también que su lealtad era inquebrantable y que se desvivía por proteger a los huéspedes más fieles del hotel.
Hubo unas cuantas cancelaciones de última hora de las reservas originales para el día de la reapertura a causa de fallecimientos, problemas de salud o circunstancias inesperadas, como un divorcio o la llegada de un bebé que coincidía con la fecha prevista, de forma que quedaron habitaciones disponibles para unos cuantos desconocidos, lo que permitió que hubiera algunas caras nuevas mezcladas con las de los huéspedes que repetían.
El nuevo director, Olivier Bateau, era una novedad para todos. También el subdirector, ya que el anterior se había jubilado tras la muerte de Lavalle; no se veía capaz de servir como asistente a otro general menos extraordinario y se había ido a vivir a España. Louis Lavalle tenía una casa en el sur de Francia, donde pasaba sus vacaciones de verano. Las propinas en su trabajo eran numerosas y abundantes. Rara vez hablaba de su vida privada, por lo que poca gente sabía que tenía un hijo, Albert, que era médico en Tahití, estaba casado con una tahitiana y tenía tres niños. Solo la gobernanta del hotel conocía la existencia de ese hijo, quizá porque desde hacía veinte años mantenía una discreta relación con Louis, y aun así Lavalle había tardado diez años en hablarle de él. El chico nunca iba a París, sino que Lavalle lo visitaba en Tahití cada cinco o seis años. No estaba unido a su hijo, al que había criado su abuelo materno en Bretaña después de que Lavalle se divorciara de la madre cuando él era solo un bebé. Eran prácticamente extraños el uno para el otro. Por eso Albert se quedó anonadado cuando se enteró de que su padre le había dejado todo lo que poseía, y más aún cuando conoció la pequeña fortuna que había amasado gracias a su trabajo en el Louis XVI y que serviría para que sus hijos y él tuvieran sus necesidades cubiertas de por vida, y aún sobraría algo. Lavalle significó más para su hijo tras su muerte que en vida, pero él siempre lo recordaría con cariño y también con asombro. Además, le dejó a la que había sido su compañera durante tantos años, Ghislaine, la gobernanta, una suma muy generosa; ella también se había jubilado, y poco después de la muerte de Lavalle se fue a vivir a un coqueto apartamento en Cannes. Gracias a Louis ya no necesitaba trabajar, por lo que decidió disfrutar de su jubilación en la Riviera francesa, desde donde lo recordaba a menudo con mucho cariño.
Los miembros de la tercera generación de propietarios del hotel eran extremadamente discretos y nunca aparecían por el establecimiento. Para el personal eran algo parecido a una leyenda, desconocidos y lejanos, y lo preferían así. Vivían en Londres, y el Louis XVI suponía una verdadera mina de oro para ellos. Después de que lo heredaran, Lavalle tardó diez años en convencerlos de que la reforma era más necesaria de lo que les parecía a los huéspedes. Cuando por fin lo consiguió, pidió que añadieran detalles de alta tecnología, que en la actualidad resultaban esenciales para los clientes más jóvenes. La gente mayor no necesitaba contar con esos avances, pero Lavalle era consciente de que añadir esos elementos aseguraría el futuro del establecimiento. Aunque los nuevos aparatos electrónicos no funcionaban bien cuando se reabrió el hotel y los técnicos llevaban tiempo trabajando como locos para solucionarlo. Pero era lo único que no iba sobre ruedas tras la reforma.
Contaban con un sistema telefónico que parecía sacado de una estación espacial y que era demasiado para el nuevo director, Olivier Bateau que, desesperado, hacía todo lo que podía para aprender a utilizarlo. Además, cada noche se iba a la cama con los archivos, absolutamente confidenciales, de cada uno de los huéspedes, consciente de que necesitaba aprenderse la información que incluían. Lavalle conservaba muchos de los perfiles en la cabeza, pero guardaba una buena cantidad en la caja fuerte del hotel.
Bateau tenía cuarenta y un años y se había divorciado tras un matrimonio muy breve, como Lavalle. No tenía hijos y había trabajado durante dos años en la recepción del Hotel du Cap-Eden-Roc y después en el Ritz, donde lo había hecho bien, pero no se podía decir que fuera excepcional. En los círculos hoteleros lo consideraban un candidato improbable para dirigir el hotel, pero a los propietarios del Louis XVI les gustó cuando lo conocieron en Londres. Tenían prisa por contratar a alguien después de la inoportuna muerte de su predecesor, algo menos de un año antes de la reapertura. Bateau nunca había tenido tanta responsabilidad en sus manos, pero los dueños creyeron que sería capaz de gestionarlo, que se acostumbraría rápido y estaría a la altura de la tarea que le encomendaban. Era inteligente, tenía buena disposición y los convenció de que era el más adecuado para ese puesto.
Bateau eligió personalmente a su subdirectora. Yvonne Philippe tenía treinta y dos años y sus caminos se habían cruzado en el Ritz, donde ella trabajó durante más de un año. Allí era una de las subjefas de recepción y parecía una mujer muy capaz. Se había graduado en la École Hôtelerière en Lausanna y, nada más terminar sus estudios, trabajó durante tres años en el Baur au Lac en Zúrich. A continuación estuvo en el Claridge’s de Londres y en el Four Seasons de Milán. Hablaba perfectamente inglés, alemán, español e italiano, además de francés. Bateau hablaba inglés, alemán, ruso y francés. Yvonne transmitía confianza, un rasgo que a él le gustaba y le tranquilizaba. Bateau sufría de ansiedad y era por naturaleza una persona siempre preocupada, algo que Yvonne ya había notado. La reapertura le daba pánico, así que ella hizo todo lo que estuvo en su mano para calmarlo. La nueva subdirectora era capaz de mostrarse imperturbable en cualquier situación, algo muy valorado en hotelería, un trabajo en el que podía surgir una crisis en cualquier momento, porque allí se trataba a diario con personas muy consentidas y exigentes que querían que se satisficieran todos sus caprichos y que la dirección del hotel resolviera las situaciones incómodas en las que se veían envueltas de vez en cuando. Yvonne gestionaba ese tipo de crisis extraordinariamente bien.
Olivier había tenido que enfrentarse a unas cuantas situaciones complicadas en el Ritz, como cuando dos importantes estrellas de cine estadounidenses murieron mientras se alojaban en el hotel, una por sobredosis de heroína y la otra a consecuencia de un derrame cerebral fulminante a los cincuenta y siete años. También se las tuvo que ver con robos de joyas, amenazas de bomba y varios incidentes diplomáticos de poca importancia. Todo se gestionó con la mayor discreción. Él hizo bien su trabajo, pero en la mayoría de los casos necesitó la ayuda de un director con más experiencia para que le echara una mano a la hora de calmar un poco las cosas.
En el Louis XVI, la persona de mayor autoridad era él y tendría que demostrar que podía solucionar cualquier situación con el apoyo de su subdirectora. Ella era una mujer con muchos recursos, que había gestionado todo tipo de crisis en los puestos que había ocupado con anterioridad y que, además, conocía a algunos de los huéspedes habituales, clientes de los hoteles en los que había trabajado antes. Los que frecuentaban el Louis XVI eran personas muy distinguidas, pero con muchas debilidades y acostumbradas a que se cumplieran todos sus deseos, algo que Olivier Bateau estaba decidido a hacer, con la ayuda de Yvonne. Su sueño más íntimo era convertirse en una leyenda aún mayor que Louis Lavalle, un objetivo muy ambicioso porque, a diferencia de Olivier, Lavalle tenía nervios de acero y si alguna vez se asustó o se sorprendió, nadie lo notó.
Todo fue bien durante la primera semana tras la reapertura excepto la conexión a internet, que seguía fallando, y el sistema telefónico, que de repente dejaba de funcionar en diferentes partes del hotel sin que nadie pudiera explicárselo y, tras unas horas, volvía a la normalidad de forma espontánea; era como si algún fantasma se entretuviera jugando con él. Un día, a Yvonne se le ocurrió bromear con que tal vez se tratara de Lavalle, pero a su superior no le hizo ninguna gracia. ¿Por qué iba a querer torturarlo Lavalle? ¿Solo para recordarle que él seguía llevando las riendas, incluso desde el más allá? Tampoco le gustó que Yvonne se riera de esa posibilidad, porque todo podía ser. Olivier le aseguró que los hoteles tenían una vida y un alma propias, y por eso había muchas supersticiones relacionadas con ellos. Por lo que sabía de él, le parecía que Louis Lavalle era perfectamente capaz de juguetear con el sistema telefónico solo para llamar la atención y que todos fueran conscientes de que él seguía allí, aunque no lo vieran. Lavalle había actuado siempre como si fuera el dueño del hotel, aunque todo el mundo sabía que no lo era, y se mostraba muy posesivo con el lugar. Además solía ser un hombre prudente, pero pensaba a lo grande, y toda esa nueva tecnología había sido idea suya, aunque a Olivier le parecía que el sistema era demasiado complicado y avanzado para un hotel de tamaño reducido como aquel.
En el vestíbulo habían instalado tres tiendas y varias vitrinas. Un famoso joyero había abierto sus puertas allí y siempre tenía una muestra de sus piezas más elitistas y caras. También había un pequeño local de la marca Loro Piana y otro de bolsos que vendía artículos de varias casas y contaba con una vitrina propia con bolsos de cocodrilo vintage de Hermès cuyo precio alcanzaba las seis cifras. Las vitrinas independientes estaban alquiladas a importantes marcas de lujo para mostrar una selección de lo que ofrecían en sus boutiques de la rue de Faubourg Saint-Honoré. De vez en cuando se vendía algún que otro conjunto de joyería directamente de la vitrina. También a quien visitaba el popular y famoso bar para tomar una copa o el importante restaurante de tres estrellas le gustaba echar un vistazo a las joyas y los otros artículos exclusivos de las vitrinas. Obviamente, el hotel contaba con un sofisticado sistema de alarma y un nutrido equipo de seguridad para proteger los objetos que exponían.
Los precios de las habitaciones del Louis XVI eran altos, como cabía esperar dado el esplendor de la decoración y la importancia de sus huéspedes. Y antes de la reapertura los subieron aún más. Nadie con un presupuesto modesto se podía permitir pernoctar allí. Entre sus habituales estaban los titulares de las mayores fortunas de Europa, Asia y Oriente Próximo, y también algunos estadounidenses, aunque estos parecían preferir los hoteles más grandes, como el Ritz y el Four Seasons. Los huéspedes más exigentes llevaban años alojándose en el Louis XVI y, cuando se enteraron de la reapertura, suplicaron volver. Cuando abrieron, el hotel estaba al completo. Siempre se guardaban un reducido número de habitaciones y suites de reserva por si alguien excepcionalmente importante hacía una petición de última hora, pero incluso habían tenido que limitar esa reserva al mínimo.
A mitad de la primera semana tras la reapertura, Olivier e Yvonne se reunieron temprano para revisar la lista de clientes que llegaría ese día y decidieron a quién acompañaría Yvonne a sus habitaciones y de quién se iba a ocupar él. El resto de los huéspedes quedarían a cargo de los subdirectores junior que estuvieran de turno en recepción.
A Yvonne le llamó la atención que Gabrielle Gates estuviera en la lista de huéspedes que Olivier había decidido que debía recibir ella ese día. Era una de las habituales e Yvonne la había visto antes en el Claridge’s, aunque entonces no le permitieron ni acercarse a ella porque le faltaba experiencia para tratar con una huésped tan importante. Pero como en aquel momento era la número dos del Louis XVI, a pesar de su juventud, se le había concedido el honor de recibir a una clienta tan elitista.
Yvonne la conocía bien. Gabrielle Gates era una notable consultora de arte estadounidense. Su difunto padre, Theodore Weston, había sido el propietario de una importantísima galería de arte de Nueva York y ella había aprendido con él. Estuvo casada con Arthur Gates, uno de los inversores de capital riesgo con más éxito de Estados Unidos, que era veinticinco años mayor que ella. Yvonne recordaba que Gabrielle tendría unos cuarenta y cinco años y dos hijas en edad universitaria, o tal vez un poco mayores. Era una mujer muy atractiva y elegante que iba por la vida envuelta en un aura de poder en la que confluían el suyo, el de su difunto padre y el de su exmarido. Había nacido en una familia privilegiada. Su madre, también fallecida, fue una mujer de clase alta famosa por su belleza. Gabrielle contaba con la autoconfianza propia de una hija única muy querida. Era testaruda y había sido la niña de los ojos de su padre. A Yvonne le vino a la cabeza el escándalo que se produjo dos años antes, cuando su marido la dejó por una mujer mucho más joven, que además era solo tres años mayor que su primogénita. La prensa llenó muchas páginas con la historia y se habló sin parar de cuánto dinero tenía Arthur Gates y de lo joven que era su nueva novia. Pero a la familia de Gabrielle no le faltaba dinero y ella era una profesional muy reconocida, siempre rodeada de carísimas obras de arte que adquiría para clientes muy famosos. Como solía ocurrir con todos los escándalos y cotilleos, aquella historia estuvo un tiempo en el candelero, con frecuentes fotos de ambas partes en la prensa, pero seis meses después las aguas se calmaron y no se volvió a hablar de ninguno de los protagonistas.
Todo el mundo sabía que Gabrielle Gates era muy reservada y discreta. Nunca contestó a la prensa a pesar del acoso, así que, con el tiempo, perdieron interés en ella y en su historia. Sin embargo, Arthur sí que se había prodigado en público luciendo, a sus sesenta y ocho años, a su novia de veinticuatro, una chica rusa que conoció esquiando en Saint Moritz.
Yvonne sabía bien cómo eran las chicas como ella. Los hoteles en los que trabajaba estaban llenos de ellas, siempre con hombres mayores y muy, muy ricos. Por la razón que fuera, esos hombres se sentían halagados por sus atenciones y ellas los mimaban hasta límites impensables. Las esposas abandonadas solían ser generosamente recompensadas con casas, chalets en estaciones de esquí, barcos, joyas, aviones y obras de arte, mientras las chicas jóvenes se llevaban al pez gordo, al menos durante el tiempo que durase la relación. Cuando terminaba, lo normal era que encontraran otro hombre igual de rico y poderoso, o incluso más. Yvonne estaba convencida de que sabían muy bien lo que hacían y al principio las envidiaba, pero eso no duró demasiado. A ella no le atraía la idea de casarse con un hombre como esos, ni tampoco hacerlo por dinero. Un príncipe azul de verdad le habría venido bien, pero no uno con setenta años y una cuenta corriente con muchos ceros. Esas relaciones le parecían más una transacción que otra cosa. Y algunos de los hombres que iban con esas chicas jóvenes eran bastante desagradables. Nunca había visto a Arthur Gates en persona, solo en fotos, pero en ellas se veía claramente que era mucho mayor que su exmujer. Gabrielle fue su tercera esposa, y antes de conocerla había enviudado. Parecía elegante en las fotos, pero no se podía negar que era demasiado mayor y no le parecía que pudiera ser una buena persona si había abandonado a su esposa para largarse con una cazafortunas de veintipocos.
Yvonne comprobó la lista de reservas y vio que Gabrielle había pedido su suite habitual y que viajaba sola. Había hecho la reserva hacía poco y tuvieron que hacer muchos malabarismos para poder atender su petición. Louis Lavalle había puesto en sus registros varias estrellas detrás del nombre de esa mujer, señal inequívoca de que debían mover cielo y tierra para darle la suite que quería siempre que la pidiera. Iba mucho a París por trabajo o para ver a amigos, y las notas decían que su marido siempre la acompañaba. Ya no, por supuesto. También se especificaba en su archivo que disponía de un avión privado. Lo que no decía era quién se lo había quedado tras el divorcio, pero el coche con chófer que enviarían a recogerla tenía que ir al aeropuerto Charles de Gaulle, no a Le Bourget. Así que, en aquella ocasión al menos, llegaría en vuelo comercial.
Cuando el avión aterrizó en el aeropuerto Charles de Gaulle, en Roissy, a una hora de París, Gabrielle se dio cuenta de que hacía dos años que no pisaba esa ciudad. Antes de que Arthur y ella se separaran, durante la reforma del Louis XVI, se había alojado en el Ritz y el Four Seasons, pero ninguno podía compararse con ese hotel pequeño y exclusivo que a Arthur y a ella les encantaba. Cuando iba de vacaciones a Europa con sus padres, durante su infancia, la familia se quedaba en el Ritz, que entonces le parecía simplemente perfecto, pero cuando descubrió el Louis XVI con Arthur, se enamoró del ambiente más cercano y personal que ofrecía y de sus incomparables suites, sobre todo su favorita. Y también le convenía su ubicación, tan cerca de las tiendas de Faubourg Saint-Honoré.
Descubrió la aventura de Arthur y Sasha un año después de que cerrara el hotel. Él no consiguió mantenerla en secreto mucho tiempo. Había perdido la cabeza por Sasha, seguramente a causa de la desesperación producida por la edad y, en cuanto su relación se hizo pública, se convirtió en un escándalo casi al instante.
Cuando lo de su aventura llegó a los medios de comunicación, ya no hubo forma de seguir con el matrimonio. Sus hijas se pusieron furiosas con él, y a esas alturas, dos años y medio después, aún no lo habían perdonado, si bien habían aceptado la situación y lo visitaban a pesar de todo. No querían perder a su padre, aunque creían que lo de Sasha era una ridiculez y una vergüenza.
Para Gabrielle había sido un golpe tremendo. Tenía casi cuarenta y tres años y llevaban veintidós casados cuando se enteró, y le hizo muchísimo daño. No había duda de que a Arthur le gustaban las mujeres jóvenes, al fin y al cabo ella lo era, pero con su nueva novia había dado con una verdadera manipuladora y se estaba gastando una fortuna para cumplir sus exquisitos deseos: alta costura, joyas y un montón de arte caro que seguro que ella volvería a vender en el futuro. Había visto a muchas chicas como Sasha en acción, pero aquella vez le había tocado a ella.
Pidió el divorcio seis meses después de enterarse de su aventura. Todo se llevó con la mayor discreción posible y llegaron a un acuerdo un año antes de su viaje a París. Gabrielle lo encajó con dignidad y se contuvo para no hablarles mal de él a sus hijas, aunque en su fuero interno le guardaba rencor. En realidad, lo que sentía era peor que el rencor: estaba destrozada. Ella siempre creyó que su amor era verdadero, que duraría para siempre y que los veinticinco años que ellos se llevaban serían suficientes para calmar su necesidad de tener a su lado mujeres jóvenes. Pero no. Sasha había conseguido engatusarlo. Y como pasaba con muchas mujeres jóvenes como ella, procuró quedarse embarazada en cuanto se casaron, o tal vez incluso antes. El niño tenía en aquel momento tres meses y Sasha se había asegurado el futuro. Sin embargo, por primera vez en veinticuatro años, a Gabrielle el suyo le parecía incierto. Su carrera estaba perfectamente asentada y había seguido trabajando por teléfono durante toda la vorágine del divorcio, mientras intentaba permanecer fuera del foco. Su hija mayor acababa de mudarse a Los Ángeles, nada más terminar sus estudios, y la pequeña estaba en la Universidad de Georgetown, en Washington, aprovechando al máximo su estancia allí. A ninguna de las dos les había alegrado la llegada del nuevo hijo de Arthur. A Gabrielle tampoco le había gustado nada la noticia, aunque no le sorprendió teniendo en cuenta lo que era Sasha: una cazafortunas perfecta e impecable, una verdadera profesional. Para ella, todo aquel asunto resultaba extremadamente humillante.
En realidad no le importaba que Arthur se estuviera poniendo en evidencia ante todo el mundo; lo que le preocupaba era que había hombres entre sus amigos que lo envidiaban. Al ver esa reacción se dio cuenta de que ellos nunca habían sido verdaderos amigos suyos. Su marido se había deshecho de ella y la había olvidado en un abrir y cerrar de ojos, y ella se sentía agradecida de que sus padres no vivieran para verlo. Ellos habían volcado todo su amor en su única hija, que además llegó de sorpresa a una edad en la que ya no la esperaban; ver cómo la despreciaba Arthur habría sido tan desgarrador para ellos como para sus hijas y ella misma. Le suponía cierto consuelo saber que su padre se habría puesto furioso con Arthur.
De repente se sentía poco atractiva, vieja y vulnerable. Lo ocultaba bien y se mostraba serena, fría y profesional con sus clientes, pero por dentro estaba rota, aunque no dejaba que nadie supiera hasta qué punto, ni siquiera sus hijas. Durante meses, cuando estaba a solas, se pasaba el tiempo llorando. Pensar en el futuro la hacía sentirse insegura y desesperada. Cuando pidió el divorcio, a sus cuarenta y tres años, de pronto se vio como una mujer de mediana edad, sin ganas de empezar de nuevo en la vida. Había necesitado más de dos años para recuperarse. No había asistido a ningún evento social desde el divorcio y había dejado de viajar, excepto para acudir a alguna feria de arte importante o para visitar a algún cliente, y solo si era estrictamente necesario. Nunca mencionaba a Arthur, ni a su nueva mujer ni a su hijo. Y nadie se atrevía a sacar el tema en su presencia.
La combinación de unas sesiones de terapia con un buen psiquiatra, medicación durante unos meses, un poco de tiempo, el amor de sus hijas y su profesionalidad fue lo que la sacó del abismo. Gabrielle había heredado la elegancia de su madre y la pasión por el arte de su padre, y ambas cosas la ayudaron a sobrevivir. El viaje a París había sido una idea de última hora. De repente decidió que quería asistir en septiembre a la Bienal de París, la feria de antigüedades y de arte, y también aprovechar para estar presente en una importante subasta en Sotheby’s que coincidía con la reapertura del que había sido el hotel favorito de Arthur y ella. Tenía curiosidad por verlo, aunque también le preocupaba un poco encontrarse allí con algún fantasma del pasado. No había podido resistirse y pidió su suite habitual. Ahora temía que hubiera sido un error por su parte. Solo rezaba para que Arthur y Sasha no tuvieran intención de ir también a la Bienal, aunque no creía que así fuera. Los gustos de Sasha eran menos sofisticados y Gabrielle sabía que ella prefería el arte contemporáneo; Arthur se había gastado una fortuna en las obras de arte más caras y modernas.
Gabrielle tuvo que volar en una aerolínea comercial por primera vez desde hacía años porque Arthur se había quedado con el avión; ella no lo quiso. Se vistió de una forma muy sencilla, con vaqueros, zapatos planos, un jersey y una chaqueta de pelo, todo negro, y el enorme bolso Birkin de Hermès que utilizaba para viajar, que también era del mismo color. Era alta y delgada y tenía una cara exquisita, con unos g
