1
I
Marzo de 2023
Tanner Hughes salió al porche de la casa de campo que había pertenecido a sus abuelos y cerró la puerta tras él. Cargaba con una bolsa de lona en una mano; en la otra, protegido por una funda, el traje que había llevado en el funeral de su abuela, celebrado cinco semanas antes.
Alzó la vista y vio una única nube blanca en el cielo azul de esa mañana soleada. Sería otro día perfecto en Florida, de postal, y de nuevo pensó que sus abuelos habían elegido un bello lugar como residencia definitiva. Pensacola tradicionalmente había sido una ciudad militar y muchos veteranos se habían establecido en esa zona para jubilarse; suponía que sus abuelos habían encajado allí perfectamente, sobre todo su abuelo, al haber sido mecánico del ejército.
Dejó la llave debajo de una maceta para el agente inmobiliario que iría más tarde. Ya habían sacado los muebles y habían fijado fecha con los pintores, y la inmobiliaria había asegurado que la casa no tardaría en venderse. Tanner había dedicado gran parte del mes anterior a ordenar las cosas de sus abuelos y a reflexionar sobre los últimos meses que había pasado con su abuela.
Echó un vistazo por encima del hombro por última vez, sintiendo que la echaba de menos. A su abuelo, fallecido años atrás, también lo añoraba. Habían sido los únicos padres que había conocido; hijo de madre soltera, esta había muerto a los pocos minutos de dar a luz a Tanner. Se hacía extraño ser consciente de que ya no estarían allí para él, y la palabra «huérfano» se le antojaba ahora como la más adecuada. Al fin y al cabo, su madre solo había existido para él en las fotografías, y hasta hacía muy poco no había sabido nada en absoluto de su padre biológico. Con su forma de ser taciturna, sus abuelos habían insinuado que no conocían la identidad de su padre, y Tanner se había convencido a sí mismo hacía ya mucho tiempo de que en el fondo no era tan importante. Obviamente, a veces deseaba haber conocido a sus progenitores, pero había crecido en un hogar lleno de amor, y eso era lo que de verdad importaba.
Apartó aquellos pensamientos de su mente y avanzó hacia su automóvil, mientras pensaba que ofrecía sensación de velocidad incluso aparcado en el camino de entrada a la casa. Era una reproducción del modelo Shelby GT500KR de 1968, de Revology Cars, de color rojo intenso con rayas blancas Wimbledon; aunque era nuevo de fábrica, su aspecto era idéntico a los que salieron de la línea de producción hacía más de medio siglo. Era lo más extravagante que Tanner había comprado nunca, y cuando se lo entregaron deseó que su abuelo hubiera estado vivo para poder verlo. A ambos les encantaban los deportivos y, aunque este no era original, estaba hecho para conducir, no para permanecer encerrado en el garaje de un coleccionista, y eso era exactamente lo que él quería.
Sin embargo, cuando llegara el verano, acabaría de todos modos guardado en un garaje.
Tanner colocó la bolsa y el traje en el maletero, al lado de una caja con recuerdos que había recuperado de la casa. Su mochila ya ocupaba el asiento del pasajero. El motor arrancó con un rugido ronco, y Tanner se dirigió a la ciudad para acceder a la interestatal, dejando atrás cadenas de tiendas y restaurantes de comida rápida, mientras se le ocurría que, aparte de la playa, Pensacola no le parecía tan diferente de otras localidades de los muchos estados que había visitado recientemente. Todavía no se había acostumbrado a la uniformidad habitual en casi todo el territorio de Estados Unidos y se preguntaba si algún día dejaría de sentirse como un extraño en su país.
Durante el trayecto dejó vagar su mente por los acontecimientos destacados de su vida: había pasado su juventud en una docena de bases militares distintas en Alemania e Italia y había recibido su instrucción básica en Fort Benning, en Georgia. Posteriormente había estado casi una década y media en el ejército, con numerosos destinos en Oriente Próximo y, cuando abandonó el servicio, trabajó en seguridad con la USAID (la agencia gubernamental para el desarrollo internacional), todo ello en el extranjero.
¿Cuánto tiempo hacía que estaba fuera?
Básicamente no había parado de moverse, aunque solo fuera porque era a lo que estaba acostumbrado. Había pasado la mayor parte de los últimos dos años en la carretera, y sus viajes le habían llevado de un extremo a otro del país. Tenía el móvil lleno de fotografías de parques nacionales y diversos monumentos que había tomado mientras viajaba para volver a contactar con viejas amistades y, sobre todo y más importante, para visitar a las familias de sus amigos del ejército que habían fallecido. Podía recordar a más de veinte amigos que habían muerto en acto de servicio o que se habían suicidado tras haber dejado el ejército. Por alguna razón, hablar con sus viudas o sus padres le parecía lo correcto, como si estuviera más cerca de la respuesta que estaba buscando, aunque todavía no supiera a ciencia cierta cuál era la pregunta.
Aunque había unas cuantas familias más en su lista que quería visitar, su viaje había quedado interrumpido el pasado octubre cuando supo que a su abuela se le acababa el tiempo. A pesar de que se llamaban por teléfono y se enviaban mensajes con regularidad, ella no le mencionó en ningún momento que le habían diagnosticado una enfermedad pulmonar terminal pocos meses antes. Tanner se apresuró a volver a Pensacola, donde la encontró postrada en la cama, atendida por un cuidador. Lo primero que se le pasó por la cabeza fue que parecía más menuda de lo que la recordaba. Vio que le costaba trabajo respirar aun con ayuda de la bombona de oxígeno, lo cual hacía que hablara lentamente y con dificultad. La realidad visible de su estado de salud le conmovió profundamente, y durante los siguientes meses apenas se separó de ella. Se ocupó de cuidarla, y a menudo dormía en un camastro dispuesto en su dormitorio. Le preparaba batidos ricos en calorías y le trituraba la comida hasta que tenía la consistencia de una papilla para bebés; le cepillaba el pelo con ternura y le ponía manteca de cacao en sus labios agrietados. Por la tarde, cuando su abuela no dormía, con frecuencia le leía poemas de una recopilación de Emily Dickinson mientras ella mantenía la mirada fija en las vistas que se apreciaban desde su ventana.
Puesto que a medida que pasaban las semanas cada vez le resultaba más difícil hablar, era Tanner quien se encargaba de mantener la conversación. Le habló del Gran Cañón, de Graceland, de un hotel hecho de hielo en el norte de Wisconsin y de unos cuantos lugares más, con la esperanza de que pudiera compartir su entusiasmo; sin embargo, la expresión de preocupación era muy elocuente. «Me preocupa dejarte solo —parecía estar diciendo—, sin que tengas una vida estable». Cuando intentó explicarle de nuevo que sus recientes viajes habían sido para él la manera de honrar a los amigos que había perdido, ella negó con la cabeza. «Necesitas un… hogar», consiguió decir con voz ronca antes de sucumbir a un prolongado ataque de tos. Cuando se recuperó, le hizo señas para que le pasara la libreta y el bolígrafo que descansaban en su mesilla de noche. «Busca el lugar al que perteneces y hazlo tuyo», garabateó.
Consciente de que la decepcionaría saber que todavía estaba lejos de asentarse en ningún sitio, no le contó que Vince Thomas, un viejo amigo de la USAID, había contactado con él en enero. Vince partiría pronto hacia África para un nuevo proyecto. Ya habían trabajado juntos en Camerún, y Vince le había dicho que necesitaba un subdirector de seguridad que estuviera familiarizado con el país y su política. Tanner se acordó de que, al aceptar su oferta, en ese momento pensó que le parecía una decisión tan buena como cualquier otra.
Ahora, de regreso en la interestatal por primera vez desde hacía meses, el paisaje llano del norte de Florida se deslizaba como una imagen borrosa. Tras una breve visita a su mejor amigo, Glen Edwards, y su familia, Tanner planeaba viajar a Asheboro, Carolina del Norte, preguntándose qué sería, si es que había algo, lo que podría encontrar allí.
Asheboro.
Su abuela había escrito el nombre de aquella pequeña ciudad en la libreta, poco antes de entrar en coma.
II
Al igual que Pensacola, el este de Carolina del Norte era uno de los destinos preferidos de los veteranos para su jubilación, y después de haber dejado el servicio en las fuerzas especiales Delta, Glen se había establecido allí y las cosas le iban bien. Regentaba una unidad táctica donde entrenaba a policías y equipos SWAT de todo el país, y se había comprado una casa con su mujer, Molly, en Pine Knoll Shores, con vistas a Bogue Sound, donde criaba a sus dos hijos, ambos ya a punto de empezar la enseñanza secundaria. Tanner no se sorprendió cuando, nada más bajar del coche, Glen salió a recibirlo al porche delantero con una botella de cerveza en la mano; habían pasado por tantas experiencias juntos durante su servicio en el ejército que casi parecía que pudieran leerse la mente mutuamente.
La casa era de techos altos y ofrecía unas vistas fantásticas, y en su interior se hacía patente el típico y acogedor desorden de la vida familiar, con mochilas amontonadas en las esquinas y equipos deportivos apilados al lado de la puerta. Cuando los chicos no exigían la atención de su padre, ansiaban llamar la de Tanner, enseñándole sus videojuegos o pidiéndole que viera una película con ellos. Eso le encantaba (siempre le habían gustado los niños), y Molly, con su sonrisa fácil y su actitud paciente, era la clase de mujer que sacaba lo mejor de Glen.
Estuvo tres días con ellos, compartiendo las comidas y pasando tiempo con la familia. Fueron a la playa y al acuario de Carolina del Norte, y por las noches charlaban en el porche trasero bajo un dosel de estrellas. Molly solía retirarse antes, y Tanner y Glen mantenían largas conversaciones a solas. La primera noche, Tanner puso al día a Glen sobre sus viajes y los lugares de interés que había visitado, antes de describirle sus visitas a las familias de los amigos fallecidos. Glen lo escuchó en silencio (había conocido también a muchos de ellos) y acabó reconociendo que él no habría sido capaz de hacerlo.
—No estoy seguro de qué les habría podido decir.
Tanner sabía a qué se refería (tampoco a él le había resultado fácil, sobre todo cuando se trataba de casos de suicidio), y finalmente la conversación fue derivando hacia temas más relajados. Le habló a Glen de su próximo trabajo en Camerún y, ya más avanzada la noche, de los últimos meses en Pensacola, incluida la sorprendente revelación final de su abuela, que justificaba su inminente viaje a Asheboro.
—Un momento —dijo Glen, cuando parecía que había procesado por completo la información—. ¿Y justo ahora decidió compartir esa información contigo?
—En un primer momento pensé que estaba delirando, pero cuando lo anotó en la libreta, supe que iba en serio.
—¿Cómo te hizo sentir eso?
—Conmocionado, creo. Quizá un poco enfadado. Al mismo tiempo sabía que ella creía estar haciendo lo mejor para mí al no haberme revelado nada antes. Tal vez como si pensara que, de alguna forma, me estaba protegiendo. Y… la sigo queriendo. Ya sabes que para mí, mis abuelos eran como mis padres.
Glen apretó los labios y no dijo nada, pero más adelante, durante la última noche, volvió a sacar el tema.
—He estado pensando en lo que me dijiste la otra noche, y tengo que admitir que estoy un poco preocupado por ti, Tan.
—¿Porque crees que estoy cometiendo un error al ir a Asheboro?
—No —respondió Glen—. Tu curiosidad acerca de tu pasado me parece lógica. Demonios, si alguien hubiera dejado caer esa bomba sobre mi vida, probablemente haría lo mismo. Pero lo que me preocupa es tu estilo de vida desde que dejaste tu último trabajo. Me refiero a que, puedo comprender que te tomes algún tiempo para viajar y visitar amigos o a sus familiares, y entiendo que cuidaras a tu abuela cuando enfermó. Pero ¿volver a Camerún? Eso no puedo entenderlo. Tengo la sensación de que estás posponiendo tu vida en lugar de vivirla realmente. O de que incluso estás yendo hacia atrás. Quiero decir que nunca te has establecido en un lugar, ¿no? ¿No te cansa ya la vida en la carretera?
«Pareces mi abuela», pensó Tanner, pero se lo guardó para sí mismo. En lugar de decir lo que pensaba en voz alta, se encogió de hombros.
—Me gustó Camerún.
—Lo comprendo. —Glen suspiró—. Solo quiero que sepas que si decides en algún momento establecerte en algún sitio, tienes un puesto de trabajo esperándote en mi empresa. Podrías vivir donde quisieras, determinar tu propio horario y tendrías la oportunidad de trabajar otra vez con algunos de los chicos de las fuerzas Delta. Molly tiene además una hermana soltera. —Glen movió las cejas repetidamente, y Tanner no pudo evitar reírse.
—Gracias —respondió, y dio un trago a su cerveza.
—En cuanto a tu búsqueda…
—Creía que acababas de decir que entendías mi curiosidad.
—Y la entiendo. Solo estaba preguntándome si no lo habías intentado ya con alguna de esas páginas web que ofrecen información del ADN.
—Las he probado todas, pero aparte de un par de parientes muy muy lejanos en Ohio y California no encontré a nadie. Debía de ser una familia pequeña. Pero si se te ocurre algo que pueda ayudarme, estoy abierto a nuevas ideas.
—No se me ocurre nada —respondió— y aunque tu método me resulta un tanto anticuado, ¿quién sabe? Es como antes se solía buscar, ¿no? Puede que tengas suerte.
Tanner asintió, preguntándose nuevamente cuáles eran las probabilidades de localizar a alguien de quien no se sabía nada desde hacía cuarenta años, sobre todo cuando el nombre y el apellido eran tan comunes que apenas podían ofrecer alguna pista. Solo en Estados Unidos había casi dos millones de personas con el mismo apellido (lo había buscado en Google) y más de cien de ellos vivían en Asheboro.
Y eso suponiendo, claro está, que la memoria de su abuela fuera fiable en esos últimos momentos de su vida. Con su caligrafía temblorosa, casi ilegible, lo único que había conseguido garabatear había sido:
Tu padre
Dave Johnson
Asheboro
Carolina del Norte
Lo siento
III
Desde Pine Knoll Shores tardó cuatro horas en llegar hasta Asheboro, y tras adentrarse en la ciudad, Tanner se paró en un Walmart para comprar un mapa, una libreta y bolígrafos antes de dirigirse a la biblioteca. Con ayuda de la amable mujer que estaba sentada tras el mostrador, se enteró de que no disponían de guías telefónicas de los años setenta ni de los ochenta, pero consiguió rescatar una de 1992. Tendría que apañarse con eso.
El siguiente paso era encontrar a su padre, un hombre al que nunca había conocido.
Sobre una de las mesas de la biblioteca desplegó el mapa y dividió la ciudad en cuatro cuadrantes. Luego, con ayuda de la vieja guía telefónica, anotó el nombre y la dirección de todas aquellas personas que se apellidaban Johnson y señaló la ubicación aproximada en el mapa; utilizó su iPhone para cotejar la información disponible en la base de datos de las páginas blancas con la más antigua de la guía telefónica, y trazó un círculo alrededor de las que coincidían. Pensó que, puesto que tendría que empezar por llamar puerta por puerta, por lo menos debería intentar hacerlo de la manera más eficiente posible.
No le dio tiempo a acabar antes de que cerrara la biblioteca, lo cual significaba que tendría que volver el lunes. Consideró la posibilidad de visitar además las instancias oficiales del condado; el registro de la propiedad podría ayudarle en su búsqueda, pero eso también tendría que esperar hasta después del fin de semana.
Tras dejar su equipaje en un hotel de la cadena Hampton Inn, sintió la necesidad de estirar las piernas y se dispuso a explorar el centro. Pasó en su recorrido por una tienda de antigüedades, una floristería y unas cuantas boutiques que ocupaban las plantas bajas de edificios construidos a principios del siglo pasado. Había un bonito parque justo en el centro y, a pesar de que cada vez había más nubes en el cielo, las aceras estaban repletas de gente paseando perros o empujando cochecitos de bebé. La escena le hizo pensar que había dado un salto al pasado, y le llevó a imaginarse cómo habría sido crecer en ese lugar. ¿Tal vez su padre había conocido a su madre allí? Por lo que sabía, sus abuelos nunca habían vivido en esa ciudad. Entonces ¿cómo se habían cruzado los caminos de su madre y su padre? Aún más preguntas que su abuela ya nunca podría responder. Consciente de ello, deseó haber podido pasar más tiempo con ella.
Regresó al hotel poco antes de que empezaran a caer las primeras gotas de lluvia. Leyó hasta la hora de la cena, inmerso en un libro sobre el frente del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, y le vino a la cabeza cómo había evolucionado la tecnología bélica moderna desde entonces, aunque algunos de los devastadores efectos que sufrían los combatientes seguían siendo los mismos.
Cuando empezó a rugirle el estómago, recurrió a su móvil para encontrar un sitio donde cenar y localizó un bar de temática deportiva. Al llegar a Coach’s, le sorprendió ver el aparcamiento lleno. Tuvo que dar un par de vueltas antes de encontrar un sitio donde aparcar. Se dirigió a la entrada y tras cruzar la puerta le abrumó el sonido procedente de varias pantallas de televisión que retransmitían un partido de baloncesto universitario con el volumen muy alto. El local estaba abarrotado de entusiastas aficionados y recordó vagamente que Glen había mencionado algo sobre la «locura de marzo», el torneo de baloncesto masculino de la NCAA, la Asociación Nacional Deportiva Universitaria.
Tanner se abrió paso entre la multitud, analizando de forma automática las caras y el lenguaje corporal de la gente a su alrededor, identificando a los que iban borrachos o pudieran estar buscando pelea. Se fijó en tres hombres, no muy lejos de la barra, agrupados en torno a una mesa alta y que parecían estar armados. Todos ellos presentaban una protuberancia delatora en la parte baja de la espalda, pero por su corte de pelo y su pose, supuso que eran agentes de policía o alguaciles fuera de servicio, desconectando tras un día de trabajo. No obstante, eligió un lugar en la barra que le permitiera no perderlos de vista, además de vigilar a los demás clientes. No le resultaba fácil erradicar las viejas costumbres.
Cuando el camarero por fin advirtió su presencia, Tanner pidió una hamburguesa y una cerveza artesanal, una marca local, y disfrutó de su cena. Después de que recogieran su plato vacío, siguió el partido con aire ausente al tiempo que se terminaba la cerveza. Mientras daba un trago, la multitud rugió de repente, y Tanner se quedó inmóvil de forma instintiva. En las pantallas podía verse la repetición de un tanto de tres puntos por parte del base. Al soltar el aire que había retenido unos segundos pudo apreciar otro sonido que parecía fuera de lugar.
Una voz. Una voz femenina.
«¡He dicho que me sueltes!».
Se giró y vio a una chica de pelo castaño oscuro, de pie al lado de un reservado, forcejeando para liberar su brazo del agarre de un joven que llevaba puesta al revés una gorra de béisbol. Tanner contó cinco adolescentes, tres chicos y dos chicas, incluida la morena, en aquel grupo, y vio cómo ella conseguía por fin soltarse. Aunque no tenía ganas de involucrarse, sentía cierto recelo de los hombres que usaban su fuerza física para intimidar a las mujeres. Decidió que si el chico volvía a asirla, se sentiría obligado a hacer algo.
Por suerte la chica se dirigió airada hacia la puerta. Su amiga rubia salió rauda del reservado y la siguió mientras los jóvenes, sentados a la mesa, empezaban a reírse y a llamar a gritos a las chicas que se habían ido.
Idiotas.
Tanner volvió a dirigir su atención a la televisión y cuando ya solo le quedaban un par de tragos de cerveza, la apartó y se dispuso a salir. Al recoger su chaqueta su mirada se volvió hacia el reservado y se dio cuenta de que el chico con la gorra de béisbol hacia atrás (el que había agarrado a la chica por el brazo) ya no estaba sentado a la mesa, aunque sus amigos sí.
Demonios.
Se abrió paso a empujones hasta llegar a la puerta. Al salir del bar recorrió con la mirada el aparcamiento y localizó al chico de la gorra de béisbol y a las dos chicas cerca de un SUV negro. Incluso desde lejos resultaba evidente que iba a producirse otra discusión. El chico había vuelto a asir a la chica por el brazo, pero esta vez los esfuerzos de ella por escabullirse resultaban inútiles. Tanner avanzó hacia ellos.
—¿Algún problema? —preguntó.
Una mirada colectiva se giró en su dirección.
—¿Quién demonios eres? —gruñó el de la gorra, sin dejarla ir.
Tanner acortó la distancia que les separaba hasta llegar a pocos metros de ellos.
—Suéltala.
Puesto que el chico no reaccionaba, Tanner se acercó aún más. Sintió cómo resurgía el entrenamiento recibido en las fuerzas Delta; cada una de sus terminaciones nerviosas estaba en estado de alerta máxima.
—No es una petición —dijo, en un tono uniforme y constante.
El joven vaciló todavía unos instantes antes de soltar finalmente el brazo de la chica.
—Solo estaba intentando hablar con mi novia.
—¡Yo NO soy tu novia! —chilló súbitamente la morena—. ¡Solo salimos una vez! ¡Ni siquiera sé por qué estás aquí!
Tanner se volvió hacia ella, y se dio cuenta de que se estaba frotando el brazo como si todavía le doliera.
—¿Quieres hablar con él?
Ella dejó de pasarse la mano por el brazo.
—No —dijo en voz baja—. Solo quiero irme a casa.
Tanner volvió a mirar al joven a los ojos.
—Parece que ha quedado claro —le dijo—. ¿Por qué no vuelves adentro antes de que tengamos un problema?
El chico de la gorra abrió la boca para decir algo, pero pareció pensárselo mejor. Dio un paso atrás y luego por fin dio media vuelta para irse. Tanner lo vio alejarse. Cuando ya había vuelto al interior del bar, Tanner dirigió de nuevo su atención hacia la joven.
—¿Estás bien?
—Supongo que sí —murmuró, sin mirarle directamente a los ojos.
—Se repondrá enseguida —intervino su amiga—. Tampoco era necesario espantarlo.
«Quizá sí —pensó Tanner—, quizá no». Había aprendido que herir el ego de alguien a menudo era mejor que la alternativa. Pero ahora ya estaba hecho.
—Entonces buenas noches —dijo despidiéndose con un gesto de cabeza—. Conducid con cuidado.
Se dirigió hacia uno de los extremos del aparcamiento y buscó su coche. Una vez tras el volante, maniobró hacia uno de los pasillos para llegar a la salida. Cuando pasó por el lugar donde había encontrado a los adolescentes, comprobó que las chicas no estaban.
Al darse cuenta de que necesitaba su móvil para poner la ubicación, detuvo el coche y se inclinó hacia un lado para sacarlo de su bolsillo trasero. Justo en ese momento, un enorme SUV negro que se encontraba aparcado de pronto dio marcha atrás hacia el pasillo a toda velocidad. Antes de que Tanner pudiera reaccionar notó una sacudida en la parte trasera de su automóvil, su cabeza dio un latigazo, y escuchó el choque del metal. Y entonces, de repente, ya no oyó nada más.
Recurriendo de nuevo a su entrenamiento, de forma automática comprobó si estaba herido; sus brazos y piernas estaban bien, no estaba sangrando, y aunque sabía que el cuello y la espalda tal vez le dolerían por la mañana, no había sufrido ninguna lesión importante.
«Pero el coche…».
Respiró hondo mientras abría la puerta, con la esperanza de que no fuera tan grave como le había parecido teniendo en cuenta la intensidad del golpe y cómo había sonado, pero ya sospechaba lo peor. Empezó rodeando el coche por delante, y luego se dirigió a la parte trasera y vio que el panel lateral posterior del Shelby había quedado aplastado hasta el punto de estar presionando el neumático. La luz trasera había quedado destrozada, y el impacto además había hecho que se abriera el maletero. Cuando intentó cerrarlo, el pasador de la cerradura no encajaba.
«Mi coche —se lamentó—. Mi coche nuevo…».
Sintiendo en su interior una ira que iba en aumento, Tanner tardó unos momentos en darse cuenta de que el conductor del otro coche todavía no había salido del SUV. Era uno de los de mayor tamaño, un Suburban, y se calmó haciendo unas cuantas respiraciones profundas. Cuando se sintió seguro de que podría manejar la situación sin perder los estribos, se dirigió hacia el lado del asiento del otro conductor, que parecía estar intacto. Al acercarse, la puerta se abrió de golpe y de ella salieron un par de delgadas piernas temblorosas. Tanner se sintió decepcionado al ver que estaba frente a la chica morena de nuevo. Pálida y boquiabierta, profirió un sonido ahogado antes de llevarse las manos a la cara y empezar a llorar.
«Dios mío —masculló Tanner para sí entre dientes—. Eso es lo que me pasa por intentar ser amable».
Le concedió un minuto, luego otro. Su edad, unida a su reacción, le hizo sospechar que se trataba de su primer accidente, lo cual siempre era una experiencia traumática. Finalmente, cuando las lágrimas empezaron a remitir, la chica se enjugó la nariz con la manga. Tanner apretó los labios. Suponía que alzar la voz podría provocar otro estallido de llanto, y eso era lo último que deseaba.
—Oye,
