Visiones

Nora Roberts

Fragmento

Capítulo 1

1

Para Thea, lo mejor del verano comenzaba la segunda semana de junio. El último día de colegio merecía un gran corazón rojo: significaba que podía empezar a nadar y retozar en la piscina del jardín trasero, lo cual le encantaba. Que podía montar en bicicleta y jugar con sus amigas todos los días, aunque ya no lo llamaran «jugar»; ahora pasaban el rato.

Al fin y al cabo, tenía doce años.

Le gustaban las barbacoas, los largos días de verano y especialmente que no hubiera deberes.

Cada año, más o menos una semana después de ese día digno de un gran corazón rojo, se apretujaba en el coche con sus padres; su hermano pequeño, Rem; y la perrita, Cocoa, para emprender el largo trayecto desde Fredericksburg, en Virginia, hasta Redbud Hollow, en Kentucky.

Su madre, criada allí, se marchó en su momento a la Universidad de Virginia, donde conoció a John Fox justo en la primera clase del primer día de curso.

Y el resto, como decían ellos —o más bien su padre—, era historia.

Se casaron en el verano del segundo año de universidad, y, diez meses, dos semanas y tres días después, ella vino al mundo. Apenas dos años después nació Rem.

Ahora su padre diseñaba casas y su madre las decoraba. La empresa, Fox & Fox Homes, iba viento en popa.

Thea sabía cosas. Los adultos pensaban que los niños desconocían las cuestiones importantes, pero ese no era su caso. Ella sabía que sus abuelos paternos eran ricos y altivos, y que miraban por encima del hombro a su madre, a la chica del este de Kentucky.

No obstante, como sus abuelos paternos vivían en San Diego, no tenían que verlos demasiado, lo cual Thea agradecía. De ese modo evitaba leerle el pensamiento a su «abuela» —así es como debían dirigirse a ella, sin diminutivos afectuosos— sobre la ri­sa desapacible de su madre o que esta nunca se sacudiría de los zapatos el polvo de los Apalaches.

Era capaz de adivinar esos pensamientos si ponía empeño en ello y, cuando tenía que ir de visita a su casa, le resultaba imposible evitarlo.

Porque su abuela pensaba en voz alta.

A sus abuelos paternos no parecía importarles que John y Cora Fox fueran felices, ni siquiera que hubieran prosperado. Que vivieran en una bonita casa en un barrio agradable. Que Thea y Rem —o, como insistían en llamarlos, Althea y Remington— fueran alumnos aventajados en el colegio.

Pero a la «nana» sí que le importaba. Todos hablaban con ella por teléfono cada domingo y, en Navidad, la nana ponía rumbo al norte en su camioneta llena de regalos confeccionados por ella misma. La mayoría de las veces también venían sus tíos Waylon y Caleb, de manera que organizaban una gran fiesta familiar, y la casa rebosaba de música, luces y aromas del horno.

Esa era su segunda época del año favorita.

Pero la mejor, aun cuando fuera necesario realizar un trayecto de siete horas en coche como mínimo, a veces más, llegaba en junio.

Siempre salían temprano, de buen ánimo, y mataban el tiempo jugando al bingo portátil para el viaje por carretera. Normalmente Rem se quedaba dormido y, a veces, ella también, pero siempre había gritos de alegría cuando cruzaban el límite de Kentucky.

Paraban a disfrutar de una barbacoa y buñuelos de maíz: era una tradición. Para entonces ella estaba hambrienta, pero siempre ansiaba continuar el trayecto para llegar cuanto antes, proseguir por carreteras que empezaban a serpentear y ascender, cruzar puentes que atravesaban ríos caudalosos.

Le encantaba contemplar la estampa de las montañas, aquellas laderas onduladas y cumbres de un verde intenso que presentaban también una cierta tonalidad azulada, las mesetas y crestas, los bosques y ríos.

Y cuando se internaba en las profundidades de aquel paisaje montañoso donde la carretera zigzagueaba sin cesar, le constaba que su bonita casa y su encantador barrio en Virginia no tenían ni punto de comparación.

Se preguntaba cómo su madre pudo dejar atrás todo aquello, y, siempre que le formulaba esa pregunta, ella respondía indefectiblemente: «Tenía que conocer a tu padre, ¿no? De lo contrario no estarías aquí, preguntándomelo».

Thea sabía que había algo más. Sabía que su madre anhelaba esa bonita casa en ese agradable barrio. En el fondo, sabía que en su época su madre quiso sacudirse de los zapatos el polvo de los Apalaches.

Se lo callaba, pues, de lo contrario, la regañaría con la mirada. Su madre no veía con buenos ojos que Thea adivinara cosas, como cuando su padre preguntó: «¿Dónde diablos habré dejado las llaves esta vez?». Y ella, pese a que se hallaba fuera en aquel momento, sabía que las había soltado en la encimera de la cocina, debajo de unos documentos.

Así pues, era consciente de que, a pesar de lo mucho que su madre quería a la nana, aspiraba a algo más que a la casa en el valle y lo que había dejado atrás.

Ahora, mientras rodeaban la localidad montañosa de Redbud Hollow, sus empinadas calles con tiendas como la de artesanía de los Apalaches, donde su abuela tenía a la venta sus jabones, velas y cosas por el estilo, no pensaba en ello.

Porque, por fin, por fin, casi habían llegado. Aún brillaba el sol. Vio, a través del techo solar, un halcón que planeaba en círcu­los. En los bosques de la zona se avistaban ciervos. A veces los atisbaba por los jardines traseros de su barrio, pero ¡no era lo mismo!

Su madre siempre se ponía al volante para realizar el último trecho del viaje, por carreteras que en su niñez recorrió a pie. Y, cuando doblaron la última curva, Thea divisó la granja.

Pintada de azul como el cielo, con los postigos —auténticos— y los postes del largo porche delantero verdes como las colinas, se hallaba apartada de la estrecha y sinuosa calzada. A lo largo de la fachada había una profusión de azaleas y laureles de montaña. Docenas de llamativas botellas colgaban de las ramas de un ciclamor.

Thea nunca lo había visto en flor, salvo en fotografías en los libros escolares, pero se lo imaginaba.

En la parte trasera se extendía el jardín —con flores, verduras y hierbas aromáticas—, junto con el gallinero donde las gallinas de su abuela cacareaban y picoteaban. La cabra, que se llamaba Molly, tenía un redil; la vaca, Aster, pacía en dos pequeños prados y nana la conducía del uno al otro cada pocos meses.

Había un pequeño granero y un cobertizo, además de un sinuoso arroyo que discurría hasta el bosque.

Y, alrededor de la finca, se alzaban las colinas.

Duck y Goose, los perros de caza de su abuela, salieron a la carrera desde la parte trasera de la casa en dirección al vehículo.

En el coche, Cocoa se levantó y se puso a mover la cola y gimotear. En cuanto Thea abrió la puerta, la perrita bajó de un salto. Los tres perros iniciaron el olisqueo de traseros para familiarizarse entre ellos.

La puerta de la casa se abrió, y Lucy Lannigan salió al amplio porche.

Su pelo, de un negro natural que había transmitido a su hija y su nieta, tenía un grueso mechón blanco, como una onda, desde el centro de la cabeza hasta las puntas del lado derecho. Su hija y su nieta también habían heredado las largas pestañas y el tono lapislázuli de sus ojos.

Cora, sin embargo, no había heredado su complexión, con una altura que rozaba el metro ochenta y unas largas extremidades, pero, a juzgar por la longitud de las piernas de Thea y Rem, sus nietos la heredarían.

Vestida con unos tejanos descoloridos y una sencilla camiseta blanca, abrió los brazos de par en par.

—¿A cuántos puedo abrazar a la vez? Vamos a averiguarlo.

Al igual que Cocoa, Thea y Rem saltaron del coche y se arrojaron a los brazos de la mujer que olía a pan recién horneado.

—¡Mmm! —exclamó Lucy mientras los abrazaba y achuchaba, incluidos Cora y John—. Ahora mi corazón está a rebosar. Tengo absolutamente todo el amor del mundo aquí mismo, en mi porche… Espero que tengáis hambre, porque he frito pollo para dar de comer a un regimiento después de una dura batalla.

—Yo estoy muerto de hambre —le dijo Rem, y le provocó a Lucy su risa contagiosa.

—Para estas cosas siempre puedo contar contigo. Hay limonada fresca para unos, y, para otros, un vino de manzana que está de miedo. Vuestras habitaciones están listas, por si queréis sacar el equipaje.

—Hagamos eso. —John besó a su suegra en las mejillas—. Y después iré de cabeza a por ese vino de manzana.

La casa siempre olía de maravilla. A Thea le parecía que olía a montaña y buena cocina, a hierbas y flores.

Como solo iba a la granja de su abuela en verano, nunca había visto el fuego crepitar en la sala de estar, con su antiguo y voluminoso sofá azul y sillones tapizados en lo que su abuela llamaba rosas repollo.

Y había flores del jardín y silvestres de las colinas, velas artesanales de su nana, y siempre, las fotografías más recientes de ella y de Rem enmarcadas.

Su padre la ayudó a subir su equipaje a la planta de arriba mientras su madre se quedaba en la cocina con Lucy. Porque, según decía siempre su padre, les gustaba pasar un ratito a solas madre e hija.

A Thea no le importaba, pues tenía por delante dos semanas enteras.

Le chiflaba su cuarto, con vistas a las montañas. Aunque era más pequeño que el de su casa en Virginia, tampoco le importaba.

Le gustaba la antigua cama de hierro, pintada de un blanco níveo, y la colcha de violetas que su tatarabuela había tejido. Sobre la cómoda había una jarrita de cristal con esplendorosas margaritas blancas. Aunque la habitación albergaba un pequeño ropero, también disponía de un clásico armario con cajonera.

A Thea le gustaba más que ningún otro. Y le hacía ilusión que su madre hubiera dormido en ese cuarto en su infancia.

El dormitorio de Rem —el que ocupara su tío Waylon de pe­queño— se ubicaba justo enfrente; sus padres pasarían la noche en la antigua habitación de su tío Caleb. Había otro cuarto que su abuela destinaba a la costura y otras labores, y el dormitorio principal, el de su abuela, cuya cama con dosel había heredado. Una cama en la que su abuela vino al mundo. A Thea le costaba imaginarlo.

Como deseaba experimentar la sensación de sentirse realmente allí, deshizo el equipaje a pesar de que oyó a Rem bajar de nuevo a toda prisa.

Tras colocar su ropa, se sintió a sus anchas en la habitación.

Abajo se tomó su tiempo: recorrió la sala de estar, y a con­tinuación, el salón, con su antiguo televisor y su voluminosa radio, antiquísima. La butaca y el diván, los libros en las estanterías, la cesta de ovillos, el reloj de cuco colgado en la pared.

A continuación, la estancia con el piano vertical, el banyo, la guitarra, la mandolina, el salterio.

Cuando a su abuela le apetecía, elegía cualquiera de ellos y se ponía a tocar. Thea sabía que Waylon poseía ese mismo don, no solo porque su abuela lo dijera, sino porque él siempre aparecía con un banyo o una guitarra para tocar en Navidad.

Además, se ganaba la vida como músico en Nashville, donde vivía. Caleb también sabía tocar instrumentos, pero él se fue a la universidad a estudiar teatro, interpretación y esas cosas, y es a lo que se dedicaba.

Su madre tocaba a veces, pero, según su abuela, el instrumento de Cora era su voz. Y Thea lo sabía de buena tinta, pues su madre cantaba como los ángeles, en especial cuando estaba contenta.

No obstante, de toda la casa, la cocina era su lugar predilecto.

Era descomunal —una de sus palabras favoritas del momento—, lo bastante grande para dar cabida a la recia mesa de roble tallada por su tatarabuelo. Tenía una cocina con seis quemadores que su abuela compró cuando la reformó, pero bajo ningún concepto se desprendió de la mesa.

Lucy la consideraba la pieza central de la cocina, y, a esta, la pieza central de su hogar. Había una gran cantidad de armarios y larguísimas encimeras, una pared entera cubierta de estantes con ollas, libros de recetas familiares y tarros de vidrio con arroz, avena, pasta, sémola de maíz y judías, además de coloridos botes de remolacha, surtido de verduras y pimientos en vinagre, compota de manzana, etcétera.

Junto a la misma había una zona de trabajo con un gran horno, recias encimeras y estantes con botellas, tarros y utensilios. Su abuela tenía macetas con hierbas en las soleadas ventanas y otras colgadas para secar.

Allí elaboraba sus velas, jabones, lociones y bálsamos para su negocio.

Donde antaño se ubicaba la despensa guardaba existencias, por si quería hacer un regalo, o para intercambiarlas por productos de vecinos que vivían en las colinas.

Su nieta, con su característica curiosidad, abrió la puerta y aspiró todas las fragancias mientras contemplaba los estantes. Para ella, olía como un jardín celestial: a rosa y lavanda, romero y salvia, heliotropo y pino, limón y naranja, hierba recién cortada.

A Thea se le antojaba magia de la montaña, y ese era el nombre comercial de los productos de su abuela: Mountain Magic.

Vio la tarta de capas de bizcocho y manzana envuelta sobre la encimera, de modo que dejaría hueco para el postre después del pollo frito.

Fuera, su hermano ya estaba correteando con los perros, mientras sus padres y su abuela se tomaban el vino de manzana sentados en el porche trasero.

Por las ventanas, abiertas, oía los ladridos de los perros, el cacareo de las gallinas, la risa de su abuela.

Recreó la imagen en su cabeza, con el fin de evocarla en algún momento que se sintiera sola o triste por algún motivo.

—Aquí está mi niña —dijo Lucy cuando Thea salió—. Sírvete limonada antes de que Rem deje la jarra seca. Ser un niño de diez años da mucha sed.

—Necesita desfogar después de estar encerrado en el coche. —Con gesto risueño, Cora alargó la mano y le acarició el brazo a su hija—. ¿Te has instalado?

—Sí. ¿Puedo ir a ver los animales?

—Claro que sí.

—Un poco más tarde, Rem y tú podéis darles de cenar. Anda, vete a estirar esas largas piernas. —Lucy le dio una palmadita en el trasero—. Os avisaremos a la hora de la cena.

Cuando Thea salió corriendo como una exhalación, Lucy susurró:

—Están creciendo como la espuma. Los dos. Cuánto agradezco que los dejéis a mi cargo durante este tiempo todos los veranos.

—Te adoran. —John alargó la mano hacia la jarra de vino y rellenó las copas—. Les encanta esto. Y, no te voy a engañar, pasar dos semanas a solas con mi novia —le guiñó el ojo a Cora— es un regalo.

—Y regresarán a casa con un montón de historias. —Cora se reclinó en la mecedora, relajándose mientras el cansancio del viaje y el leve dolor de cabeza que acarreaba se disipaban—. Que si el zorro al que los perros ahuyentaron del gallinero, lo que pescaron o estuvieron a punto de pescar, que ordeñaron la vaca y la cabra, el anciano con el bastón que vino en busca de alguna pomada para la artritis…

—Y —añadió John— se llevarán a casa jabón que los ayudaste a hacer, y preguntarán por qué nunca desayunamos tortitas de trigo sarraceno.

—Los quiero con locura. El día menos pensado, Waylon y Caleb sentarán la cabeza y me darán más nietos…, dado que por lo visto vosotros habéis cubierto el cupo.

—Con dos ganamos el premio gordo. —John brindó con ella.

—Bueno, desde mi punto de vista, desde luego que sí. Espero que mis hijos y sus futuras esposas sean tan generosos como vosotros y me permitan pasar tiempo con esos bebés y verlos crecer. Significa muchísimo para mí.

—Jamás te convenceremos para que te mudes a Virginia, ¿verdad, mamá?

Lucy se limitó a sonreír en dirección a las montañas.

—Querida, yo soy una apalache. Me marchitaría si me plantaras en otro lugar. Bueno, me voy a hacer galletas de suero de mantequilla. No, quedaos aquí sentados —ordenó—. Habéis realizado un largo viaje, y yo no. Esta noche voy a mimar a mis bebés mayores también.

—Nos mimas a todos, Lucy, y agradecemos que lo hagas, que lo sigas haciendo.

Cuando Lucy entró en la casa, John alargó el brazo para apretar la mano de Cora.

—Anda, mientras los niños están entretenidos, ve y ponla al corriente de nuestros planes a ver qué opina.

Cora asintió con la cabeza, se levantó y entró.

Se sentó junto a la isla mientras Lucy rallaba en un bol con harina la mantequilla que había congelado.

—Tienes la típica expresión de «Tenemos que hablar».

—Sí, y en nuestra opinión es algo bueno. Espero que estés de acuerdo.

—Soy toda oídos, mi amor.

—Te echo de menos, mamá.

Lucy dejó de trajinar un momento y el amor que la conmovió le empañó los ojos.

—Oh, mi niña querida.

—Sé que tu hogar está aquí, y yo construí el mío en Virginia, aunque en realidad no está tan lejos. También echo de menos a mis hermanos. ¡Jamás pensé que pudiera echarlos de menos! —añadió.

A Lucy le hizo gracia.

—Por mucho que chincharan a su hermana mayor, te querían, lo mismo que se quieren ese par de ahí fuera. Los hermanos no tienen más remedio que pelearse. Es ley de vida.

—Bueno, eso seguro. Caleb va a mudarse a Nueva York.

—Me lo dijo. —Tras remover la mantequilla y la harina, Lucy metió el bol en la nevera para que se enfriara durante unos minutos—. Igual que me dijo que existía un invento ultramoderno llamado avión, y que podía usarlo para venir a verme. Y que yo podía hacer lo mismo para ir allí y así él podría llevarme a un espectáculo de Broadway.

—Es una oportunidad para que se dedique a lo que le apasiona, a lo que desea hacer, aunque no lo veremos tan a menudo como cuando vivía en Washington D. C. Y Waylon casi siempre está en Nashville o de viaje.

—Mi juglar.

—Mamá, ya conoces a la familia de John… —Dejó la frase a medias y echó un vistazo al porche trasero—. No nos tienen mucho aprecio, al menos a mí. Y les traen sin cuidado los niños.

—Pues no saben lo mucho que se pierden. —Lucy se mordió la lengua para evitar decir algo que no debía—. Me compadezco de ellos y de que se cierren al amor. —O lo intentó—. Ese hombre de ahí fuera, el que está correteando con sus hijos después de tantas horas al volante… De haber podido imaginar cómo sería el marido ideal para mi hija, el padre ideal para mis nietos, no podría haber imaginado a nadie mejor que John Fox. Es un hijo tan querido para mí como los que traje al mundo.

—Me consta. Es más, a John también. Y tú para él significas más que su propia madre.

—Otra bendición para mí. Otra razón para compadecerme de la que es incapaz de apreciar los regalos que tiene delante.

Cora se levantó para cerciorarse de que John no las escuchara.

—¿Sabes qué hicieron cuando Thea cumplió doce años? Enviarle un sobre con una tarjeta y doce dólares dentro. Uno por cada año. Para colmo, la recibió con una semana de retraso. El dinero es lo de menos, mamá —puntualizó enseguida—. Nos trae sin cuidado que estén forrados. A nosotros nos va estupendamente. Fue porque… el mensaje decía: «Feliz cumpleaños, Althea. Tus abuelos». Eso es todo.

Lucy cogió su copa de vino y bebió un sorbito.

—¿Hiciste que Thea les escribiera una nota de agradecimiento?

—No fue necesario. Se sentó y escribió: «Queridos abuelos: muchas gracias por la felicitación y los doce dólares. Espero que estéis bien. Vuestra nieta, Thea».

Lucy asintió con la cabeza a modo de aprobación.

—La estás educando como Dios manda.

—Lo mismo que me educaste tú. Me quemó la sangre, mamá, y a John le dolió. Él procura hacer la vista gorda, pero le afecta. Yo no quiero que nuestra familia llegue a distanciarse y desentenderse de esa manera jamás.

—Eso sería imposible, cariño.

—Pero cada cual tiene sus ocupaciones. Tú estás ocupada con la granja y el negocio. Caleb y Waylon también, y, como has dicho, es probable que cuando formen sus propias familias tengan aún más ajetreo. John y yo estamos ocupados con la crianza de los niños, con nuestra empresa. Y, mamá, vernos dos veces al año no es suficiente.

Mientras hablaba, al tiempo que caminaba de aquí para allá, Lucy la observaba y pensaba: «Mi lista e inquieta hija».

—Has hecho una tarta de manzana —dijo Cora en voz baja.

—Por supuesto. Es la favorita de John.

—No sé por qué cosas como una tarta de manzana y un ramo de flores sobre la mesa significan más para mí ahora que cuando era pequeña, o por qué esta casa es más especial para mí ahora que cuando vivía aquí.

—Pusiste las miras en el futuro, en ampliar horizontes fuera de aquí, Cora.

—Y me diste alas. Algún día Thea ampliará horizontes, de modo que ahora entiendo lo que no entendí: lo mucho que cuesta dejar que un hijo viva su propia vida.

—Sí que cuesta —convino Lucy, al tiempo que sacaba el bol con la mezcla de la nevera—. Pero compensa con creces por el orgullo de ver en qué se ha convertido tu hija. Y yo me siento muy orgullosa, Cora, de la vida que te has forjado, de la persona que eres. Muy orgullosa.

—No te valoré lo suficiente en aquel entonces.

—Ay, para.

—Es verdad —insistió Cora mientras observaba, como en infinidad de ocasiones anteriores, a su madre hacer un hueco en la harina con la mantequilla rallada antes de verter el suero de la leche.

Le arrancó una sonrisa, de modo que preguntó lo que le había preguntado en infinidad de ocasiones anteriores:

—¿Por qué lo remueves quince veces exactamente con esa cuchara de madera?

Se miraron a los ojos cuando Lucy le correspondió a la sonrisa, y respondió lo mismo que en infinidad de ocasiones anteriores:

—Porque catorce no son suficientes y dieciséis son demasiadas.

—No valoré lo duro que fue para ti, mamá, sobre todo a raíz de que papá falleciera. Lo mucho que trabajaste para salir adelante, para no perder el techo que nos habíais proporcionado, para mantener nuestros estómagos llenos, para impulsar tu negocio y que te permitiera hacerlo. Lo subestimé porque tú hacías que pareciera…

Cora negó con la cabeza mientras deambulaba por la cocina de nuevo.

—No fue tarea fácil ni mucho menos, pero sí algo natural. Tan natural como querernos, inculcarnos el gusto por la música, asegurarte de que hiciéramos los deberes, de que nos cepilláramos los dichosos dientes… Todo con la mayor naturalidad, como la vida misma. Ahorrando, como antaño con papá, para que pudiéramos ir a la universidad, entre otras muchas cosas.

—Tu padre quería evitar que sus hijos trabajaran en las minas. Se sacrificó con tal de que jamás sucediera. Quería…, queríamos que nuestros hijos recibieran una buena educación para que tuvieran oportunidades. —Lucy espolvoreó harina sobre la encimera, volteó la masa sobre ella, le echó un poco más por encima y siguió amasando con su antiguo rodillo de madera—. Tus oportu­nidades, las vidas que estás construyendo con ellas, honran a tu padre y sus sacrificios.

—Y los tuyos, porque está claro que tú también te sacrificaste. Ahora me doy cuenta. Así que dos veces al año no es suficiente, no para una familia.

Tras darle forma rectangular a la masa, Lucy la dobló por los bordes, los unió y le pasó el rodillo otra vez. Miró fugazmente a su hija y repitió el proceso.

—Algo estás tramando.

—Pues sí, John y yo. Nos gustaría venir con más frecuencia. En las vacaciones de Semana Santa y en Acción de Gracias.

De nuevo, Lucy dejó de trajinar.

—Cora, me pondría loca de contenta. Y, en fin, cuánto lo agradecería.

—Pero eso no es todo. Sabemos que a ti te resulta más difícil viajar: necesitas contar con alguien que se ocupe de los animales, pero, si pudieras hacer un hueco para venir a vernos, aunque solo fuera unos días, o a Caleb en Nueva York, igual podríamos juntarnos todos allí, o en Nashville con Waylon. En cuanto a los niños, les chifla esto y pasar dos semanas contigo les hace muchísima ilusión porque es el comienzo del verano. Nos gusta llevarlos una semana a la playa antes de la vuelta al colegio.

—Disfrutan mucho esa semana. Me mandan muchas fotos y me cuentan un sinfín de anécdotas.

Tras doblar y amasar por última vez, Lucy enharinó un molde cilíndrico y se puso a separar la masa en círculos.

—Queremos que vengas, igual que los demás, si les es posible. Hemos alquilado una casa inmensa junto a la playa en Carolina del Norte, una semana en agosto. Vamos a colocarte en ese avión ultramoderno para que te reúnas con nosotros.

—¿En avión? Pero…

—Por favor, no me digas que no. Waylon dijo que convencería a la bisabuela, y ya lo conoces, es capaz de vender arena en el desierto. Apenas la vemos desde que se casó con Stretch y se mudó a Atlanta. Sería un encuentro familiar Riley-Lannigan-Fox en toda regla. Y si al tío Buck, a la tía Mae y a los primos les apetece venir, bueno, alquilaremos otra casa para que haya sitio para todos.

Lucy no se había subido a un avión en su vida, aunque, con uno de sus hijos afincado en Nueva York, vislumbraba esa posibilidad en un futuro.

Y también, con toda claridad, lo mucho que ello significaba para su hija. La chica que antaño había puesto las miras en un futuro lejos de allí de alguna manera estaba mirando atrás, hacia la familia.

—Bueno, supongo que será mejor que meta las galletas en el horno y ponga la comida en la mesa para poder empezar a pensar en comprarme un bañador.

—¡Mamá! —En un arrebato de euforia, Cora se abalanzó a sus brazos—. ¡Oh, los niños se van a volver locos cuando se lo diga! Quiero que tengan lo mismo que yo cuando era pequeña y, maldita sea, quiero que John tenga lo que no tuvo.

—Pues vamos a poner la mesa, a avisarlos para que se aseen y a soltarles el notición.

Se dieron un festín de pollo frito y ensalada de patatas, judías verdes y galletas de mantequilla. Y Cora tenía razón: los críos se volvieron locos.

A Lucy la emocionaba profundamente el tenerlos allí y que colmaran su hogar de toda la felicidad que reportaban.

Su inquieta hija había alcanzado la estabilidad y llegado a un punto de su vida en el que deseaba abrirla a las personas y los lugares de sus raíces.

Lucy había disfrutado de parte de eso, y ahora se la invitaba a disfrutar de más, pensó.

En los años venideros rememoraría esa sencilla cena familiar de comienzos del verano y recordaría el sonido alto y alegre de las voces de sus nietos. Recordaría la mirada risueña de su hija y la alegría patente en los ojos del hombre que era como un hijo para ella.

Evocaría la brisa que soplaba por las ventanas y a los perros tumbados justo al otro lado de la puerta mosquitera con la esperanza de conseguir unas migas.

Recordaría cómo el sol vespertino proyectaba su reflejo sobre las montañas y el azul del cielo que se extendía sobre ellas.

Lo recordaría todo, y se aferraría al recuerdo.

2

Por la mañana, Lucy preparó la mezcla de harina de trigo sarraceno para hacer tortitas, otro de los platos favoritos de su yerno. Cuando John entró en la cocina, el beicon y las salchichas ya estaban en el horno, para que conservaran el calor, y el café preparado.

—Me ha parecido oír trajinar por aquí.

Se pasó los dedos por su mata de pelo castaño rizado.

—Ni siquiera me ha dado tiempo a afeitarme y tú ya has dado de comer a las gallinas y recogido los huevos, has ordeñado la vaca y la cabra, y has puesto la comida a los perros.

—¿Qué necesidad tiene un hombre de afeitarse cuando se toma un corto día de descanso?

—Seguro que tú no te has tomado un descanso, sea corto, de un día o lo que sea, desde Navidad. —Negó con la cabeza al aproximarse a la cafetera—. Trabajas demasiado, Lucy.

—Me apasiona lo que hago.

Lucy se había recogido el pelo en una trenza ese día; él, en uno de sus espontáneos gestos de afecto, deslizó la mano por ella.

—Se nota. ¿Sabes? Cuando te miro, veo que Cora será aún más bella con el paso del tiempo. Me recuerda la suerte que tuve cuando nos sentamos casualmente al lado en aquella sala en nuestro primer día en la universidad.

—Ya te digo yo que la suerte no tuvo nada que ver con eso. Si alguna vez he visto a dos personas destinadas a estar juntas, sois Cora y tú. Venga, siéntate y cuéntame qué te ronda por la cabeza. No me hace falta mirarte para saberlo.

—Quería decirte lo mucho que valoramos que estés dispuesta a viajar y a tenernos por aquí cuando me consta que vas a hacer justo lo que estás haciendo ahora y más, preparando estas comilonas increíbles. Cora está alicaída desde hace un par de meses. —Al sentarse, dejó escapar un tenue suspiro—. El detonante fue esa estúpida tarjeta de felicitación con los doce dólares dentro del sobre. A Thea no la molestó, porque ella no espera nada de mis padres. Yo tampoco esperaba nada, pero Cora… Ella tenía la esperanza de que dieran muestras de afecto.

—Algunas personas no sienten el afecto.

—Y que lo digas. —Sus palabras destilaban pura resignación—. Sin embargo, son bastante cariñosos, generosos y medianamente atentos con sus otros nietos. Ellos querían que me casara…

—Como correspondía a tu posición, o a la suya.

Él se encogió de hombros.

—Les trae sin cuidado lo mucho que nos queramos, que Cora sea una madre maravillosa, que sea una socia de peso en la empresa. Ella lo ha intentado por todos los medios, Lucy, y a ellos les da igual. Me casé demasiado joven y con alguien a quien menosprecian, así que siempre seré una decepción para ellos. No me importa.

—A ella sí le importaba.

—Demasiado, desde mi punto de vista. La hija de mi hermana es de la edad de Rem. Por su cumpleaños, le regalaron un caballo.

—¡Un caballo! ¿Un caballo de verdad?

—Efectivamente. Llevaba yendo a clases de equitación más o menos un año, así que le compraron uno. Se olvidaron por completo del cumpleaños de Rem, pero lo curioso es que no fue ese el detonante, sino la tarjeta de felicitación, los doce dólares. Al final, la desproporción que supuso ese gesto la hizo darse cuenta de que nuestros hijos jamás les importarían.

—Todo esto me hace preguntarme, John —se giró para poner a calentar su gran sartén de hierro fundido—, cómo lograron criar a alguien como tú.

—Y yo a veces me pregunto si sería la persona que soy de no haberse sentado Cora Lannigan a mi lado y haberme sonreído.

—Fue el destino —le recordó Lucy.

—El destino. —Él levantó la taza de café a modo de brindis y bebió un sorbo—. Desde ese incidente dejó de darle importancia a lo que opinaran o sintieran, lo cual es un alivio para mí. Y empezó a añorarte, a ti y a sus hermanos, esa relación existente entre todos vosotros y que con tanto empeño había tratado de crear con ellos: tiempo en familia, lazos más estrechos.

—Necesitaba labrarse su propio camino antes de anhelar realmente lo que siempre estuvo ahí. Yo diría que estamos haciéndonos un regalo mutuo. Uy, oigo jaleo arriba. Avísalos para que bajen mientras me pongo con las tortitas.

Primero, rodeó la isla para abrazarla.

—Te quiero, Lucy.

—John —le plantó un beso en la mejilla—, eres una de las alegrías de mi vida.

Desayunaron en la mesa de la cocina, donde habían cenado la noche anterior. Los niños ayudaron a recoger, pues esa sería una de sus tareas diarias durante la estancia, lo mismo que hacer la cama por la mañana, echar una mano con la colada y ocuparse de los animales. Colaborarían, al igual que sus tíos y su madre de pequeños, arrancando las malas hierbas del jardín, cortando el césped, manteniendo la casa limpia y aprendiendo a cocinar platos sencillos.

Lucy le tendió a su John un recipiente con una generosa porción de tarta de manzana.

—Llévate un poquito de Kentucky contigo.

—Sabes que lo haré. Vale, mis Foxy Loxis, un abrazo y fingid que nos echaréis de menos.

—Te echaré de menos, papá. —Con una risita, Thea se acurrucó contra él—. Un pelín.

Él se rio, la levantó en volandas para darle un beso y a continuación hizo lo mismo con Rem.

—Sobra decir que obedezcáis a la nana. —Cora les dio un achuchón tan fuerte que chillaron—. Sé que lo haréis. Bueno, pasadlo bien.

—Llamad cuando lleguéis a casa —dijo Lucy— para quedarnos tranquilos.

Cuando ella los abrazó, sintió un nudo en el estómago. Al notar que tenía el corazón en un puño, los abrazó con más ganas.

—Os echaré de menos, más que un pelín. Conducid con cuidado, y cuidaos mutuamente.

Muy a su pesar, los soltó.

—Tengo controlados a este par de gamberros, no os pre­o­cupéis.

Diciendo adiós con la mano y lanzando besos al aire, subieron al coche. Tras volver la vista atrás conforme se alejaban, Cora se giró y miró al frente.

—Tú y yo solos, cariño. —John echó un vistazo por el espejo retrovisor y después le sonrió—. ¿Qué podríamos hacer al llegar a casa, en silencio y sin un alma?

—Creo que deberíamos abrir una botella de vino y darnos un revolcón a grito pelado.

La sonrisa dio paso a un pícaro mohín.

—Las grandes mentes piensan igual.

Con un crío a cada lado y tres perros jadeando, Lucy se quedó mirando el coche hasta que se perdió de vista. Hizo un esfuerzo por relajar el nudo que le oprimía el pecho, y, a continuación, miró a los niños.

—¡Que empiece la juerga monstruo! —exclamó, una cita de uno de los libros favoritos de los tres.

Con un «¡hurra!», Thea dio una voltereta lateral. Rem prefirió imitar a un mono.

Dado que escribiría en su diario por la noche, Thea prestó atención a todo lo que hicieron a lo largo del día.

Lo primero fue arrancar las malas hierbas del jardín porque el aire de las montañas era más fresco a esas horas que a partir del mediodía. Si no se acordaban del nombre de alguna planta, Lucy los ayudaba a recordarlo con algo que rimara.

—Tengo un vestido de alpaca.

Eso, por ejemplo, era «albahaca».

—Abracadabra.

Y eso era «falsa barba de cabra».

Le imprimía un cariz divertido a todo; los tres iban con sombreros de ala ancha.

Luego elaboraron mantequilla, mejor que cualquier otra de la tienda, con la crema extraída de la leche de Aster. Y Thea coló el suero para guardarlo.

Entre los dos, la lavaron con agua muy muy fría, y después la amasaron mientras Rem no paraba de decir: «¡Aj, qué pegajosa!».

Su abuela apartó un poco y le añadió miel para lo que ella llamaba «confitura».

Para el almuerzo tenían las sobras del pollo, además de galletas con la confitura que ellos mismos elaboraron.

Se fueron de paseo con los perros por el bosque y las colinas. Lucy había cogido el espray para ahuyentar a los osos, pero no lo necesitaron.

Se detuvieron junto a una casa, en realidad una especie de cabaña, que incluso a Thea le pareció que había vivido tiempos mejores. Un escuálido gato gris se encaramó raudo a la rama de un árbol y bufó a los perros, que no se inmutaron.

En el ruinoso porche había un niño más pequeño que Rem con un coche de juguete. Era lo que su abuela llamaba un peliblanco, porque tenía el pelo de un rubio muy muy claro.

—Hola, Sammy. ¿Está tu mamá en casa?

—Sí, señora Lannigan. ¡Mami! Ha venido la señora Lannigan —gritó a voz en cuello.

Salió a la puerta una mujer cargada con un bebé en el costado y una niña de corta edad enganchada a su pernera. La cría tenía unos anillos rojizos escamosos en ambos brazos.

—Buenas tardes, señora Lannigan. —La mujer se apartó el pelo, de un tono menos claro que el del niño, de la cara—. ¿Son estos sus nietos? ¡Señor! La niña es su vivo retrato.

—De lo cual me alegro y enorgullezco. Thea, Rem, decid buenas tardes a la señora Katie.

—Buenas tardes —dijeron al unísono, al tiempo que Thea procuró no quedarse mirando esos extraños círculos rojos.

—Me he enterado de que Sharona tiene un problema.

—Es tiña. He intentado mantenerla aseada. También le han salido costras en el cuero cabelludo.

—Te he traído un jabón especial que debes usar. —Lucy sacó una pastilla envuelta de su mochila—. Lávale los brazos y el cuero cabelludo con esto, y sécala bien. Es la humedad lo que provoca que se extienda, así que sécala a conciencia con una toalla limpia. Toma esto también. —Le tendió un bote pequeño—. Hay que mezclarlo con un chorrito de agua para hacer una pasta y extenderla sobre la zona hasta que se seque. Es cúrcuma —añadió—, y no le causará ningún daño. Seguramente la aliviará.

—Que no le quepa duda de que lo haré. Gracias, señora Lannigan. No tengo…

—No te preocupes por el dinero. La próxima vez que Billy elabore otra tanda de su especialidad, mándame un poco. Y si esta niña tan guapa no se cura con mis remedios, avísame.

—Lo haré. Seguiré todas sus indicaciones. Si le apetece pasar a tomar té de nébeda, está reposando al sol en la parte trasera.

—Oh, me gustaría, pero tenemos otras visitas previstas. Anda, ve a lavar a esta muñeca. Ya me contarás cómo se encuentra.

—Que Dios la bendiga, señora Lannigan.

Cuando se marcharon, Lucy dijo:

—Katie perdió a su padre hace unos años a causa de la enfermedad del minero, y a su madre el invierno pasado cuando contrajo una neumonía. Es duro no contar con personas en las que apoyarte.

—¿Cuál es la especialidad? —A Thea le había picado la curiosidad.

—Ah, es aguardiente casero, cielo. Billy elabora un magnífico aguardiente. Se desloma trabajando, aunque de vez en cuando bebe un pelín de más de su propia especialidad, pero es muy trabajador. Es un buen marido y un buen padre.

Continuaron con las visitas: una pastilla de jabón por aquí, una vela por allí… Cobró en dinero contante y sonante en los casos en los que se trataba de encargos, o en especie si el pago no estaba disponible.

Para cuando regresaron, los perros tenían ganas de echar una cabezada. Thea se sentó con su hermano y su abuela en el porche trasero a tomar limonada fría y galletas de azúcar.

—¿Conoces a todo el mundo en las montañas, nana?

—A la mayoría de la gente de la zona. Hay quienes son más retraídos, de modo que no me entrometo, a menos que bajen en busca de algo. Si alguien necesita ayuda como Katie, o Carl con su bursitis, los ayudo en la medida de lo posible. En el caso de ­­que yo necesitara ayuda, la recibiría. Dispongo de más de mil quinientos kilos de leña para el invierno. Y alguien me traerá más cuando haga falta. Así funciona, como tiene que ser.

Cada día traía consigo una aventura. Las tareas de la granja eran, al fin y al cabo, tareas, pero se divertían. En la granja era el único lugar donde a Thea se le brindaba la posibilidad de ordeñar una vaca o ver a Rem ordeñar una cabra. Daban de comer a las gallinas y recogían los huevos. Lucy les enseñó a hacer salsa sureña aderezada con café para acompañar el jamón cocido, los huevos y las gachas de salvado de maíz.

Todas las noches tenían permiso para sentarse en el porche y acostarse incluso más tarde de su hora habitual en vacaciones. Lucy conocía todas las constelaciones; Rem le cogió el tranquillo a identificarlas por su nombre.

Una noche incluso vieron una estrella fugaz, y Rem decidió que de mayor sería astronauta. Y cada noche se turnaban para leer en voz alta el libro que elegían al comienzo del verano.

Cualquier título que quisieran, y Lucy jamás decía: «No, ese no».

Las historias, les decía, daban cohesión al mundo. Lo mejor era la puesta en escena, el uso de las diferentes voces. Thea tenía que reconocer el talento de Rem en eso, la manera en que modulaba el tono de voz, de gutural a alto, trémulo o sumamente en­golado, dependiendo del caso. Y era capaz de acompañarlo con gestos, con los ojos muy abiertos o entrecerrados, haciendo un mohín con los labios o esbozando una sonrisa de oreja a oreja. Rara vez se le trababa la lengua, ni siquiera al pronunciar palabras complicadas.

Según su nana, era un actor nato, como su tío Caleb, y, en vista de que quería ser astronauta, a lo mejor rodaría películas en Marte.

Lucy acostumbraba a arropar primero a Rem; Thea los escuchaba desde su cuarto, tumbada en la cama. Rem siempre la bombardeaba a preguntas, sobre todo a la hora de acostarse.

Después Lucy entraba al cuarto de su nieta y se sentaba en el borde de la cama.

—¿Cuál es el sueño de esta noche?

—Un bosque mágico.

—Parece prometedor. —Le acarició el pelo hacia atrás—. ¿Abundan las hadas y los elfos?

—Tiene que ser así, y hay una bruja muy mala que ha conjurado perros malvados con alas afiladas y dientes más afilados todavía. Quiere mandar en el bosque y en todo el reino, así que habrá una gran batalla. Y hay una joven hechicera, un elfo y un hada que van a…, ah, aliarse y usar sus poderes y su ingenio para vencer a la bruja. Y una búsqueda, creo. Necesito soñarlo.

—Seguro que lo harás. —Su abuela se inclinó y la besó en la mejilla—. A lo mejor algún día escribes los sueños y Rem puede escenificarlos. Ahora, a soñar, tesoro. Mañana tendrás un nuevo día entero por delante.

Tal y como hacía cada noche, Thea cerró los ojos y empezó a crear el sueño.

En las mañanas en las que se despertaba temprano, como fue el caso en esta última mañana de inocencia, ponía por escrito el sueño: el bosque con sus gruesos árboles, las hojas azuladas, las manzanas doradas y las peras púrpura… Mog, la bruja odiosa, ataviada con una larga túnica negra con capucha y extraños símbolos.

A pesar de que el dibujo no se le daba tan bien como deseaba, continuó bosquejando a sus héroes —Gwyn, la hechicera; Twink, el hada; y Zed, el elfo—, así como a los malvados perros alados a los que llamó Wens.

Retomaría el relato más tarde, ya que sus historias soñadas se mantendrían nítidas en su cabeza.

Cumpliendo las reglas de su abuela, tras hacer la cama se cepilló los dientes. Antes de vestirse, comprobó si le habían salido los pechos durante la noche.

No hubo suerte, a pesar de que tenía el periodo desde abril, dos días después de su decimosegundo cumpleaños.

Tenía un sujetador de deporte, por si acaso, pero le parecía absurdo ponérselo en vista de que no era necesario sujetar nada. «Además, qué nombre más estúpido», pensó mientras se recogía el pelo en una trenza como su abuela.

¡De haber podido hacer deporte para que le salieran los pechos, lo habría hecho!

Examinó su rostro atentamente en el espejo y se preguntó qué aspecto tendría con un mechón de cabello blanco como el de la nana. Eso siempre le pareció que tenía como un toque mágico.

Aunque, según se contaba en la familia, en realidad ese mechón blanco había aparecido de la noche a la mañana, cuando el abuelo al que Thea no llegó a conocer —salvo por fotografías y relatos— murió en la mina.

Cuando se casara, ella no quería que su marido falleciera. Deseaba un final feliz, el mismo desenlace que se aseguraba para sus sueños.

Como estaba pensando en Zachariah Lannigan, se dirigió a la habitación de Lucy. La cama estaba hecha porque su abuela siempre era la primera en levantarse; las flores, que desprendían el aroma de las colinas, sobre la cómoda; las ventanas, abiertas a la brisa que acariciaba las cortinas; y, en un marco de piel marrón, la fotografía de un hombre de cabello rubio y ojos del color que su madre llamaba «verde espuma de mar» en la jerga de la decoración.

Era apuesto, aunque no como el chico con el que soñaba en ese momento, Nick Jonas, pero destilaba atractivo a pesar de ser mucho más mayor.

Según Lucy, ella misma lo había retratado cuando él cumplió treinta años.

Apenas un año después murió sepultado en un derrumbe.

—Siento lo que te pasó —dijo, contemplando la foto al tiempo que acariciaba el marco—. La nana aún te añora. Lo noto. Mi madre, Cora, se acuerda de ti en el día del Padre, en Navidad, en tu cumpleaños, en el aniversario de tu fallecimiento, y, a veces, entre estas fechas. Ella opina que Rem, mi hermano, tiene tu barbilla y tu boca; supongo que un poco sí. Bueno…

Como no se le ocurría nada más que decir a una foto enmarcada, se dirigió a la planta baja.

Lucy estaba sentada en el porche trasero, tomando café.

—Buenos días, cielo. ¿Ha sido prolífico tu sueño?

—Sí. Mog es la bruja malvada. Tiene pelos negros y puntiagudos en la barbilla, como un chivo, y los ojos muy oscuros también.

—¡Dios bendito, pues sí que parece malvada!

—Si encuentra la reliquia de los antepasados antes que Gwyn, Twink y Zed, esclavizará a todo el mundo y reinará en el bosque, las colinas, los valles y las riberas que se extienden más allá.

—¡Más vale que se pongan manos a la obra! Cómo admiro tu imaginación, mi niña, y me gusta fantasear sobre lo que harás con ella. ¿Rem aún está dormido?

Thea asintió con la cabeza y se agachó para acariciar en la cabeza a los dos sabuesos, repantigados a los pies de su abuela.

—Cocoa está en la cama con él.

—Están rendidos, así que los dejaremos tranquilos. Anoche trasnochamos, ¿a que sí? ¿Por qué no llevas a Aster al granero para ordeñarla? Daremos de comer a las gallinas y veremos qué nos deparan hoy. Vamos a poner la leche de Molly en los jabones que haremos luego.

—Se supone que Rem tiene que colaborar en las tareas.

Con una elocuente mirada, Lucy se levantó.

—Si tú estuvieras cansada, le pediría que hiciera lo mismo por ti.

—Vale.

—Y le haremos limpiar la caca de los huevos.

—La verdad es que le gusta.

—El hecho de que una tarea se realice con gusto no le resta mérito. Cuando ordeñemos a Aster, la dejaremos en el otro prado para que pase el día y, después de cenar, la meteremos en el granero. Se avecina tormenta. Una tormenta eléctrica.

Thea levantó la vista hacia el cielo azul, salpicado por unas cuantas nubes algodonosas. Sin embargo, no cuestionó el pronóstico meteorológico de su abuela.

—Vale.

—Se avecina tormenta —repitió Lucy, y se frotó el pecho.

Thea condujo a Aster al granero. En realidad disfrutaba con ello, pero, como decía la nana, eso no restaba mérito a la tarea.

También le gustaba ordeñarla apuntando a la lechera; a algunos de sus amigos les parecía repugnante, pero ella estaba en­cantada.

Mientras Aster rumiaba el grano ruidosamente, le lavó la ubre y los pezones y a continuación los secó. Se lavó las manos antes de untar la ubre con la crema de Lucy.

Lo siguiente era extraer los grumos, asegurarse de que la leche no contuviera ningún resto de suciedad antes de colocar la lechera.

Luego empezaba la parte divertida: el sonido metálico que al principio hacía la leche al caer en el recipiente vacío y, después, a medida que este comenzaba a llenarse, cambiaba a una especie de sonido sordo.

Disfrutaba cantando al compás del repiqueteo, y pensaba que a Aster también le agradaba. Cuando el primer pezón se puso blando y flácido, pasó al siguiente, firme al tacto.

Se imaginó que más allá de su bosque mágico, en un valle verde, otra niña ordeñaba una vaca, ajena a las adversidades que se vivían en la espesura, a la búsqueda, a las batallas en las que po­­drían tomarla como esclava hasta que el bien se impusiera sobre el mal.

Mientras ordeñaba, Thea incorporó a la niña al sueño. Para entonces había terminado la tarea. O al menos esa parte.

Cuando cargó con la lechera, ahora tapada, hasta la casa para verterla con un colador en una jarra de cristal, Rem se hallaba junto al fregadero, lavando los huevos del día.

Tenía el pelo de punta, y la marca de un pliegue de la almohada en una mejilla.

—¿Has dado de comer a Cocoa?

—Sí, sí. Estaba muerta de hambre. Como yo.

—Para variar.

—La nana dijo que podíamos desayunar huevos revueltos con jamón, gachas de maíz con queso y tostadas con mermelada. Quedan huevos de ayer, pero tengo que quitarles la caca a estos. ¡Están llenos de cacotas! ¡De cagarrutas de gallinas!

Thea se limitó a poner los ojos en blanco.

Cuando se sentaron a desayunar —y ahora sí que ella estaba hambrienta también—, los animales ya estaban atendidos, la lechera metida en el lavaplatos y los perros ahuyentando con sus ladridos a las ardillas, que intentaban aproximarse al comedero de pájaros.

El resto de la mañana lo dedicarían a la elaboración del jabón.

Lucy tenía un pedido de la tienda del pueblo, además de algunos encargos especiales, de modo que eso era lo primero.

Aunque ella lo denominara «proceso en frío», ¡se sudaba tinta!

Disponía de ollas especiales para tal fin, de todo tipo de aceites y colorantes, leche de Molly y sosa cáustica, hierbas aromáticas y flores secas. Todos debían ponerse ropa de manga larga, guantes y gafas de protección. Y, a pesar de que Thea rozaba la adolescencia, en opinión de Lucy era preciso esperar otro año para que pudiera manipular la sosa cáustica o verter el jabón en crudo, que escaldaba, en los moldes.

Pero la dejó pesar los aceites y mezclarlos; cuando Lucy añadió la sosa cáustica, el jabón se espesó. Rem se ocupó de añadir los colorantes, y Thea, la leche de Molly.

Hicieron una tanda de jabón de lavanda, otra de romero, más de avena y —el favorito de Thea— uno con un popurrí de pétalos de flores.

Su abuela colocó los moldes de jabón sobre la encimera, los golpeó suavemente para eliminar las burbujas y los dejó a un lado para que se endurecieran; era necesario que pasara un día hasta poder cortarlos en pastillas. Y ella siempre esperaba dos semanas antes de ponerles el cordel y la etiqueta.

Parecía mucho tiempo y trabajo para un jabón, pero a Thea le constaba que la gente compraba el jabón Mountain Magic, además de velas, lociones, sales de baño y cosas por el estilo. Gente de todas partes que se iba a Redbud Hollow a hacer rutas por las montañas o que simplemente paraba en la tienda de Artesanía de los Apalaches de camino a otro destino y compraba productos artesanales de su abuela.

El saber que alguien adquiriría y usaría algo en cuya elaboración ella había colaborado la hacía sentirse bien.

—Bueno, una cosa menos. —Lucy se quitó los guantes y se pasó la mano por la frente—. Me parece que vamos a comer algo, y después empaquetaremos parte del género, lo llevaremos al pueblo, y ya tendremos otra cosa hecha.

—¿Podemos tomarnos un polo? —preguntó Rem.

—Bueno, me parece una idea estupenda, porque está apretando el calor. Y, en vista de que cuento con dos ayudantes tan eficientes, se me ha ocurrido otra idea estupenda. ¿Qué os parece si preparo una pizza para cenar y, de postre, helado de vainilla casero con sirope de chocolate caliente?

A modo de respuesta, Rem profirió un grito de euforia al tiempo que se lanzaba a los brazos de su abuela.

—¿Con una cereza encima?

—¿Cómo si no?

Fueron sorteando baches hasta el pueblo con las ventanillas bajadas y música folk tradicional en la radio. Qué mejor manera de desplazarse a la localidad montañosa, cuya calle principal estaba flanqueada de tiendas y restaurantes con nombres como Taste of Appalachia y Down Home Eats, todos los cuales abrigaban la esperanza de agenciarse unos dólares de los turistas.

Mientras ayudaban a cargar con las cajas hasta la parte trasera, una mujer salió al porche y aplaudió. Thea, que la recordaba de anteriores visitas, sabía que la mujer, con una melena rubia de tirabuzones y unas gafas enganchadas a una cadena de oro, era la dueña.

—Lucy, te juro que justo ahora estábamos diciendo que ojalá nos trajeras género de Mountain Magic. Mira por dónde tu jabón de lavanda se nos agotó esta mañana. Vendimos la última pastilla, junto con la vela aromática y la loción de lavanda, a una señora de Chicago. Y solo nos queda una vela de las últimas que hiciste con cáscara de naranja, y la que llamas Paseo por el Bosque.

—Pues justo a tiempo. Os acordáis de la señora Abby, ¿verdad?

—¡No me digas que estos son tus nietos! —Se dio una palmada sobre el pecho fingiendo sorpresa y, aunque Thea se dio cuenta, le hizo gracia igualmente—. ¡Madre mía! Juraría que han crecido dos palmos desde el verano pasado.

—Mis adorados bichitos. Thea, tú ve a llevar el jabón ahí dentro, a la trastienda. Rem, tú puedes cargar con esa caja de jabón líquido. Es obvio que hoy en día a la gente le gusta mucho.

Lucy cogió la primera caja de velas.

—Te sujeto la puerta. Tengo palitos de caramelo para vosotros, chicos, si a vuestra abuela le parece bien.

—Hoy se los han ganado.

—Id a decirle a la señora Louisa que la señora Abby ha dicho que os dé dos palitos a cada uno, uno para ahora y otro para después.

—Gracias, señora Abby.

Lo cierto es que a Thea no le gustaban los palitos de caramelo, pero podría usarlos para sobornar a su hermano más tarde. Además, así tendría la oportunidad de curiosear en la tienda. Lucy y la señora Abby tardarían un rato en ajustar cuentas, cotillear un poco y preguntar por sus respectivas familias.

Según su madre, se imponía el estilo sureño: en todo se tardaba como mínimo el doble de tiempo de lo habitual porque se acostumbraba a alternar y conversar.

A ella no le importaba esperar, puesto que aprovechaba para echar un vistazo a la artesanía, a los objetos de madera, cristal, metal o los tres materiales combinados. Podía ver las pinturas, y enorgullecerse al contemplar los estantes con los productos de su abuela.

Y cuando Lucy apareciera, se entretendría un momento con la señora Louisa y con un tal Jimmy, con los ojos grandes y de­sorbitados y el cuello largo, que trabajaba allí desde antes de Navidad. Thea se lo imaginó con las orejas puntiagudas y decidió que podía encajar con uno de los elfos de su sueño.

El hecho de que Rem devorara el palito de caramelo no impidió que devorara un polo de uva. Ella saboreó el suyo más despacio, mientras paseaban por la calle principal.

Como Lucy conocía a todo el mundo y casi todo el mundo la conocía, se demoró un poco más. Fueron directos al banco y, como la sucursal cerraba a las dos, hizo un «ingreso nocturno».

—¿Cómo saben que es tu dinero?

Lucy bajó la vista hacia Rem mientras caminaban colina arriba.

—Bueno, el cheque está extendido a mi nombre, soy la beneficiaria y mi nombre y número de cuenta figuran en el recibo del depósito.

—¿Cómo sabes que no lo robarán y que simplemente dirán que no lo recibieron?

—Qué desconfianza tienes en esa cabecita, hijo. Una buena razón es que conozco al señor que dirige el banco desde que era pequeño. Solía corretear por ahí con mi hermano, Buck. Hasta fui a bailar con él en una ocasión porque tu abuelo tardó en pedírmelo. Fue la última vez que se quedó rezagado.

—¿Le diste un beso en la boca?

—No, porque yo le había echado el ojo a Zachariah Lan­nigan.

—A lo mejor te roba el dinero por no haberle dado un beso en la boca.

Lucy soltó una carcajada y le alborotó el pelo.

—No creo que me la tenga guardada desde hace tanto tiempo, sobre todo teniendo en cuenta que se casó con mi buena amiga Abigail Barns…, la señora Abby. Tuvieron tres hijos, y ahora tienen cinco nietos.

—Los hombres pueden enamorarse sin ser correspondidos —dijo Rem en tono sabio.

—Remington Fox, qué gracia me haces siempre.

—¿Tengo la lengua morada? —La sacó para que la examinara.

—Pues claro.

—Qué divertido sería tenerla siempre así.

—¿Ves? —Su nana le pasó un brazo alrededor del hombro y enganchó el otro al de Thea—. Absolutamente siempre.

A Thea le pareció el mejor día con diferencia, e incluso lo puso por escrito en el diario. ¡Había ordeñado a Aster ella sola! Y, en una nota adicional, escribió que intentaría preparar el desayuno de jamón cocido y salsa —con la colaboración de Rem y quizá de su padre— el día del cumpleaños de su madre. Había ayudado a hacer jabón y, aunque no estaría allí para guardarlos en sus bonitos envoltorios, su abuela le enviaría fotos.

Habían pasado un agradable rato en su incursión en el pueblo. A su regreso, les dieron chucherías a los perros por haber vigilado la casa. Tras hacer helado, lo metieron en el congelador para que se endureciera y tomarlo más tarde.

Los dos hermanos prepararon pizzas con la masa y la salsa casera de su abuela mientras esta rallaba queso. A Thea le salió casi perfecta; Rem prefirió amasar la suya en forma de hexágono. Cuando Lucy le añadió champiñones y aceitunas a la suya, Rem puso cara de asco a espaldas de ella.

Después de los quehaceres nocturnos, cuando salieron las estrellas, saborearon los helados en el porche trasero.

La gran cantidad de estrellas hizo pensar a Thea que tal vez su abuela se equivocara esta vez en su pronóstico sobre la tormenta que se avecinaba.

Cuando Lucy entró en el cuarto de Thea para arroparla antes de dormir, esta dejó el diario sobre la mesilla de noche.

—Mañana ya habrá pasado una semana entera.

Lucy se sentó en un lado de la cama.

—Eso significa que te queda otra semana por delante. Además, en un par de meses iremos todos juntos a la playa. ¡Voy a alojarme con mi familia en una casa en la playa por primera vez en mi vida! Es un detalle precioso por parte de tus padres. Y más adelante, apenas unos meses después, nos reuniremos aquí con la familia al completo. Voy a preparar una comida de Acción de Gracias que ni te imaginas. —Le dio una palmadita en la cabeza—. Ya verás. Todo estará diferente entonces. Quiero que todo tenga un aspecto diferente; yo seguro que sí. También vendréis en Navidad y en Semana Santa.

—Veré los ciclamores en flor.

—Claro, y los cornejos. Son dignos de fotografiar. ¿Vas a continuar con el sueño esta noche o a soñar con algo nuevo?

—Todavía no he terminado el otro, el del bosque mágico de Endon.

Endon.

—Así es como se llama el mundo. Y se me han ocurrido un par de personajes nuevos. Tengo que ver lo que sucede.

—Pues que tengas dulces sueños. —Lucy se inclinó para darle un beso—. Yo también tengo ganas de saber qué sucede.

Contenta, Thea se acurrucó y cerró los ojos. Se sumió en el sueño, rebosante de color, aventuras y magia. Mientras soñaba, las nubes empezaron a ocultar las estrellas y el clamor de los truenos se oyó a lo lejos.

Cuando estalló la tormenta, tal como Lucy predijo, el embrujo del sueño se convirtió en una pesadilla.

3

Más o menos cuando Lucy metió el helado en el congelador, Cora salió de una reunión. Una reunión muy fructífera, de modo que se dio una palmadita en la espalda mentalmente.

A falta de compromisos para el resto del día, decidió hacer unos recados y organizar una pequeña celebración para John y para ella.

Podía ir a recoger la ropa a la tintorería, pasar por la imprenta a por los nuevos folletos, ir a su tienda de vinos favorita, comprar en el supermercado un par de filetes que John podía preparar a la barbacoa, y, por último, por el mercado agrícola a por aderezos para ensalada y un par de patatas.

A su marido le encantaban las patatas asadas rellenas que preparaba.

Nunca llegaría a ser tan buena cocinera como su madre, pero, en su opinión, John y ella se las apañaban de maravilla en ese sentido.

Iba vestida con lo que consideraba el look de «mujer profesional», puesto que había salido de una exitosa reunión con un cliente muy exclusivo y puntilloso.

Llevaba el pelo en un recogido flojo y un vestido de tubo sin mangas rosa oscuro a juego con unas sandalias de tacón.

En vez de su reloj de «madre trabajadora», se había puesto el de Bulgari que John le había regalado en su décimo aniversario de bodas. Un capricho excesivo, en su opinión.

Él encargó que grabaran en la parte posterior la i

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