Nunca digas nunca

Danielle Steel

Fragmento

Capítulo 1

1

Oona Kelly Webster contemplaba con mirada crítica los últimos detalles de la mesa de Acción de Gracias, asegurándose de que quedara tan perfecta como ella quería y como su familia esperaba. En la vida de Oona, todo estaba cuidadosamente ordenado y planificado con antelación y una precisión impecable. No le gustaban las sorpresas y procuraba prever cualquier contratiempo para evitar que llegara a producirse. Había construido una admirable carrera en el mundo editorial dentro de Hargrove Publishing, una pequeña pero prestigiosa firma que formaba parte de un gran conglomerado del sector. Trabajaba allí desde que se graduó en Princeton, donde había tenido como profesores a algunos de los mejores escritores de su tiempo.

Tras empezar como editora júnior, fue ascendiendo hasta dirigir un sello literario modesto pero reconocido, especializado en publicar a autores de una calidad excepcional. A pesar de la reputación del sello, sus ingresos no podían compararse con los de la ficción comercial. Sin embargo, como directora de su propia colección, Oona se había convertido en una figura distinguida y muy respetada en los círculos literarios. Estaba orgullosa de haber descubierto a escritores de enorme talento, aunque no vendieran tanto como los grandes éxitos de masas. Sus libros estaban dirigidos a un público selecto, que prefería obras más elaboradas y de un carácter más intelectual.

A los casi cuarenta y siete años, Oona había descubierto y publicado a muchos autores brillantes, algunos de ellos famosos. Los guiaba y animaba con gran esmero. Frente al mundo despiadado de la ficción más comercial, el suyo era un entorno respetable, refinado y poblado de grandes ingenios literarios. Como directora del sello, ocupaba una posición segura y protegida, que le otorgaba un prestigio considerable. Nunca abusaba del poder que tenía, pero disfrutaba plenamente de su cargo y de todo lo que conllevaba.

A pesar del erudito carácter intelectual de los libros de su sello, Oona aparentaba diez años menos de su edad real. Los autores mayores a quienes publicaba quedaban sorprendidos y encantados al reunirse con una mujer joven de grandes ojos verdes, rostro juvenil y una sonrisa cálida, que entendía y valoraba su obra, con una educación excelente y veinticinco años de experiencia. Oona estaba entregada por completo al sello que representaba y a sus escritores, y defendía sus intereses con pasión. Siempre conseguía las mejores condiciones posibles, teniendo en cuenta lo limitado de sus ventas. La editorial pertenecía a una familia brillante y astuta, propietaria desde hacía tres generaciones, que había transformado su negocio —con un catálogo que incluía ensayo, obras de ficción seleccionadas con esmero y libros académicos muy rentables— en una empresa multimillonaria. Valoraban mucho el trabajo de Oona y el reconocido sello que dirigía, pues, aunque no generaba grandes beneficios, les aportaba un enorme prestigio en el mundo editorial. Y el hecho de que fuera pequeño permitía a Oona gestionarlo con absoluta precisión, controlando todos los detalles, tal y como hacía con su vida personal y su hogar.

Se casó con Charles Webster seis meses después de graduarse en Princeton, cuando ya trabajaba en Hargrove Publishing. Charles tenía entonces treinta y cuatro años, doce más que ella, y era un acreditado ejecutivo de cuentas en el mundo de la publicidad, profesión que le entusiasmaba. Se conocieron en una fiesta en Nueva York, la ciudad donde ambos habían nacido y se habían criado. Fue un romance fulminante que pronto dio paso a un matrimonio sólido y estable, fruto del cual nacieron sus dos hijos, Meghan y Will, que ahora tenían veintidós y veinticuatro años. Will nació el día de su primer aniversario de boda, y a las seis semanas Oona volvió al trabajo, porque le encantaba. Tanto ella como Charles tenían carreras exigentes, una agenda muy ocupada y poco tiempo para compartir, pero procuraban cenar juntos al menos una vez por semana. Sus hijos ya no vivían en casa.

Oona y Charles iban a celebrar sus bodas de plata en diciembre y habían decidido posponer la gran fiesta hasta la primavera. No obstante, habían alquilado una preciosa casa en Francia, a una hora de París, cerca de Milly-la-Forêt, en el departamento de Essonne. Tenían previsto pasar un mes allí, desde mediados de febrero hasta mediados de marzo, y esperaban que Meghan y Will pudieran acompañarlos una semana, para luego disfrutar a solas de las tres semanas restantes en Francia. Llevaban años diciendo que querían hacerlo, y Oona lo había organizado por fin. La casa era magnífica y contaba con un ama de llaves entre semana. La propiedad, en conjunto, era más lujosa de lo que realmente necesitaban, pero habían decidido darse un capricho. Pertenecía a una familia de Hong Kong que la alquilaba para bodas y, de vez en cuando, a extranjeros que buscaban unas cómodas vacaciones exclusivas en un lugar de ensueño.

Charles y Oona habían trabajado los dos desde que se casaron, compartiendo por igual la dedicación a la familia y a sus respectivas carreras, y desde jóvenes disfrutaban de bastante reconocimiento en sus ámbitos profesionales. Charles había cambiado de agencia hacía una década persiguiendo nuevos retos y mayores oportunidades, y en la actualidad era el número dos en Hills, Rockwell & Klein, una importante firma de publicidad. Llevaba cinco años en la lista de candidatos a la dirección general, aunque todavía no había sido elegido. Tendría que esperar a que se jubilara el actual director, lo cual no parecía inminente, pero a Charles, que disfrutaba de su profesión, no le preocupaba la espera. Le gustaba su trabajo; alimentaba su ego y su mente. Estaba motivado y bien valorado, gozaba de unas condiciones excelentes y tenía menos quebraderos de cabeza de los que habría tenido como director ejecutivo.

Su hija Meghan planeaba regresar a Nueva York a finales de año, después de graduarse en la Universidad George Washington de la capital con una especialización en Filantropía Global. Estaba terminando unas prácticas en la Fundación Carter, que gestionaba varios programas en África que habían despertado su interés, y buscaba un empleo estable, preferiblemente en el extranjero, al menos durante unos años.

Will estudió en la Universidad de California, en Berkeley. Hacía tres años que se había graduado y se había instalado en San Francisco, donde trabajaba para Google. Allí era feliz: le encantaba el estilo de vida californiano —el clima, el deporte, la vida al aire libre— y no tenía intención de volver a Nueva York.

Charles, por su parte, tenía cincuenta y nueve años y estaba decidido a convertirse en CEO de HRK antes de jubilarse. Era su gran objetivo. El prestigio que conllevaba el cargo tenía para él un valor especial, algo que reconocía ante Oona con cierta timidez. Aunque su posición como número dos no le resultaba desagradable y le daba poder suficiente para sentirse satisfecho, deseaba alcanzar la dirección general antes de retirarse.

Sus dos hijos parecían encauzados en una trayectoria profesional bien definida, tal y como les habían inculcado desde pequeños. A Oona, sin embargo, le costaba aceptar que Meghan quisiera pasar los próximos años en países en vías de desarrollo, ayudando a personas en situaciones extremas. Le preocupaba que viviese en un lugar peligroso, aunque eso era precisamente uno de los mayores alicientes para su hija. Meghan no se veía perdiendo el tiempo en un empleo mal pagado y superficial, como tantas de sus amigas que trabajaban de ayudantes de redacción en grandes revistas de moda. Ella quería cambiar el mundo, trabajando sobre el terreno con dedicación, y Charles lo celebraba sin reservas. Oona, en cambio, temía los peligros que entrañaban las guerras tribales, los riesgos sanitarios o las amenazas que podían acechar a una mujer joven y atractiva. Pero Meghan era tenaz y casi siempre lograba lo que se proponía, así que su madre empezaba a hacerse a la idea, ahora que su hija buscaba con interés empleo en varias fundaciones neoyorquinas con proyectos y equipos desplegados en el extranjero.

Como cada año, Meghan y Will regresarían a casa por Acción de Gracias, y sus padres pensaban aprovechar la ocasión para contarles lo de la casa que habían alquilado en Francia. Ambos estaban ilusionados con el plan. Oona se sumergía en lecturas sobre la historia local y había descubierto que la casa tenía un pasado singular. La mandó construir Luis xvi, el último rey de Francia antes de la Revolución, para su amante favorita, y llevaba su nombre: «La Belle Florence». En la casa había pasadizos secretos e incluso había tenido un túnel que la comunicaba con el château cercano donde el rey pasó largas temporadas mientras aquella mujer disfrutó de su favor. El château del monarca desapareció en un incendio durante la Revolución francesa, pero la casa de su amante seguía en pie, restaurada y cuidada con esmero por sus distintos propietarios a lo largo de los años. A Oona le parecía un lugar muy romántico para celebrar el aniversario, y a Charles le divertía su fascinación por la casa.

La relación entre Charles y Oona nunca había sido romántica ni especialmente efusiva, pero sí cálida, estable, predecible y cómoda. Ambos tenían profesiones absorbentes, y eso hacía que su vida discurriera a menudo en paralelo, sin coincidir tanto como les habría gustado. Procuraban compensarlo organizando vacaciones familiares en verano y cenas a solas una vez por semana cuando sus agendas lo permitían, para ponerse al día el uno con el otro. Aun así, a veces pasaban un tiempo sin poder mantener una conversación tranquila. En más de una ocasión, Oona había pensado que no se comunicaban lo suficiente, aunque con una vida profesional tan exigente era difícil estar en todo. Cuando sus hijos estaban en casa se veían más, pero ahora que ambos vivían en otras ciudades y llevaban una vida activa coincidían cada vez con menos frecuencia.

La carrera profesional era prioritaria para los cuatro, y se daba por hecho que todos alcanzarían el éxito, incluso en el ámbito de la filantropía. Oona y Charles habían inculcado en sus hijos el valor del trabajo, predicando con el ejemplo. Ninguno de los dos les había salido perezoso: eran buenos estudiantes y tenían un expediente académico brillante. Para Oona, tanto su matrimonio como la familia que habían formado eran un logro, y eso le importaba más que a Charles, que era algo menos exigente con los hijos. Ella quería que fueran felices, pero también que se esforzaran para conseguirlo.

El padre de Oona había sido un ambicioso inversor de capital riesgo, aficionado a pilotar su avioneta los fines de semana, y murió en un accidente aéreo en una tormenta de invierno cuando ella tenía diez años. Su madre nunca lo superó, se fue apartando del mundo y falleció de cáncer siendo aún joven, en la época en que Oona estudiaba en la universidad. Era una mujer inteligente y capaz, aunque jamás había trabajado. Tenía talento para el arte, y como nunca mostraba sus obras, Oona solía lamentar que no hiciera algo más con aquel don. Sin embargo, tras la muerte de su esposo, se apagó como una sombra, y esa experiencia no hizo sino reforzar en Oona la decisión de labrarse una carrera y no renunciar jamás a su trabajo ni a sus sueños, porque era eso lo que daba sentido a su vida y le aportaba seguridad y autoestima. Y así lo había hecho.

Charles tenía dos hermanos con los que no mantenía una relación cercana; entre los tres siempre había existido una fuerte rivalidad. En su familia se esperaba que fueran atletas excelentes y alcanzaran grandes logros profesionales, y su padre, un autoritario banquero de inversión, alimentaba los enfrentamientos entre ellos. Aquella dinámica impuesta desde la infancia terminó por distanciarlos. Tenían poco en común, más allá del deseo de sobresalir. Desde niño, Charles fue el menos agresivo de los tres. Uno de sus hermanos trabajaba en el mundo de las inversiones y triunfaba en Wall Street, mientras que el otro se dedicaba al negocio del petróleo y había amasado una fortuna. Sus esposas eran igual de ambiciosas, participaban activamente en organizaciones benéficas, formaban parte de numerosos patronatos y competían entre ellas en el terreno social. Oona no disfrutaba de su compañía las pocas veces que coincidía con ellas, y los hijos se mostraban tan competitivos como sus progenitores. A pesar de que los padres de Charles tenían una posición económica desahogada, suficiente para vivir bien y dar a sus hijos la mejor educación, el dinero era el motor de aquella familia. Charles, sin embargo, siempre fue más sensible y humano, y por eso Oona lo quería.

Sus dos hermanos le habían aconsejado que renunciara tras no ser elegido director ejecutivo, mientras que Charles había preferido esperar la siguiente oportunidad, cosa que a Oona le pareció sensata. Era buen padre y marido. Su relación nunca fue apasionada —a veces parecían más amigos que amantes—, pero siempre se habían sido fieles y mantenían una convivencia basada en el respeto. Para ella, eso bastaba. Charles nunca había interferido en su carrera ni en sus decisiones, y le consultaba cualquier decisión de peso respetando sus opiniones, siempre bien fundadas.

Oona repasó la mesa por última vez. Se sentía satisfecha con su familia y con su matrimonio. No cambiaría nada. Una de las cosas que más valoraba de su vida era su carácter previsible y estable: no había sobresaltos ni decisiones apresuradas, ni giros inesperados. Sabía qué esperar y cuándo, y eso le daba una profunda sensación de seguridad.

Sus hijos, que habían llegado la noche anterior, estaban desayunando juntos en la cocina cuando Oona entró para comprobar cómo iba el pavo. Siempre preparaba la cena de Acción de Gracias, y con ello saciaba su necesidad de sentirse al mando de su vida doméstica. Ahora que sus hijos se habían marchado, Charles y ella ya no tenían un horario fijo para cenar ni nadie que se ocupara de cocinar. Se las apañaban cada uno por su cuenta al llegar a casa, salvo la noche que procuraban cenar juntos cada semana. El resto del tiempo, Charles solía llegar tarde, después de reuniones o cenas con clientes. Oona, por su parte, salía a menudo a cenar con alguno de sus autores o volvía a casa con un manuscrito para leer y anotar. Los fines de semana se dedicaba a hacer recados y de vez en cuando comía con alguna amiga, mientras Charles jugaba al golf con clientes o socios de la empresa. Tenían una casa en East Hampton, a la que iban en verano, pero rara vez en invierno. Desde que los chicos vivían en otras ciudades la utilizaban cada vez menos. A ambos les parecía fría y deprimente durante los meses invernales.

—¿En qué andáis? —preguntó Oona a sus hijos, que estaban sentados a la mesa.

Roció el pavo con sus jugos y se sentó con ellos.

—Nada, estamos hablando —contestó Will, quitándole importancia.

Era un joven guapo, alto y atlético, de pelo oscuro como su padre, aunque Charles ya lucía canas que le hacían parecer bastante mayor. Meghan tenía el cabello castaño rojizo, menos intenso que el de su madre, y los ojos marrones, no verdes como Oona. Las pecas que tanto la habían acomplejado de niña se habían ido atenuando con los años, pero Oona seguía siendo una pelirroja auténtica, con una personalidad enérgica que hacía honor al color de su pelo. Meghan era más reservada, aunque no dudaba en decir lo que pensaba cuando lo creía necesario. Will, en cambio, se mostraba poco comunicativo delante de sus padres. Nunca hablaba de su vida personal, salvo cuando no había remedio, en general porque su hermana, más extrovertida, le sonsacaba la información.

—¿Puedo contarlo? —le preguntó Meghan en un susurro, moviendo solo los labios. Will dudó, luego se encogió de hombros y asintió, esperando no arrepentirse—. Will tiene novia nueva —dijo Meghan a su madre, que enseguida se interesó por el tema.

—¿Y qué ha pasado con aquella chica china de Singapur? —le preguntó Oona.

La chica venía de una familia importante y había estudiado en Stanford.

—Se volvió a casa, a trabajar para su padre —contestó Will con sequedad. No parecía afectado.

—Esta es de Salt Lake City, tiene veintisiete años y Will trabaja con ella. Es la responsable de su sección —continuó Meghan, y Oona asintió y miró a su hijo.

—¿No es incómodo salir con la jefa?

—Podría serlo. En el trabajo no lo sabe nadie. Si la cosa sigue, tendremos que contarlo y uno de los dos deberá cambiar de departamento. A mí no me importa.

Will siempre había sido maduro para su edad, y a Oona no le sorprendió que estuviera saliendo con una mujer mayor que él. Era afable y tranquilo, mientras que Meghan tenía más carácter cuando se trataba de temas que le importaban, y siempre estaba del lado de los desfavorecidos. Hasta entonces, todas sus prácticas profesionales habían estado vinculadas a fundaciones que trabajaban con personas necesitadas en todo el mundo.

—Sería una pena que te mandaran a otro departamento —dijo Oona.

Will no contestó. Su madre quería preguntarle si aquella relación merecía un cambio así, pero no se atrevió. Ya era lo bastante mayor para tomar sus propias decisiones en el trabajo y en sus relaciones.

Dedicaron el día de Acción de Gracias a descansar y hacer cada uno lo que quiso. Meghan y Will salieron juntos a dar una vuelta. No se veían desde que pasaron una semana en la casa de los Hamptons en agosto, y les apetecía contarse la vida.

A las seis en punto se reunieron en el comedor de su amplio piso del Upper East Side, donde se habían criado los chicos. Con una copa de vino en la mano, conversaron animadamente y de buen humor. Charles había pasado el día jugando al golf con amigos. Se sentaron a la mesa a las siete y disfrutaron de la cena que Oona había estado preparando toda la tarde. Resultó deliciosa, como siempre. Había perfeccionado el menú a lo largo de los años, con los platos favoritos de todos, y ya no había peros que ponerle.

Durante el postre hablaron de la casa que habían alquilado en Francia. Will prometió cogerse unos días de vacaciones, y Meghan dijo que avisaría en cualquier entrevista de trabajo de que necesitaba una semana libre por un compromiso familiar. Charles estuvo callado mientras comentaban el tema y dejó que Oona se encargara de los preparativos, algo en lo que era una experta. Ella les contó la historia de la casa, que le fascinaba más que a ninguno de los otros. Fue un día de Acción de Gracias muy agradable. Y los chicos estaban entusiasmados con la idea de reunirse una semana en Francia por el aniversario de sus padres.

El resto del fin de semana pasó volando, y el domingo Meghan regresó a Washington y Will cogió un vuelo a San Francisco. Volverían a casa por Navidad, y Meghan pensaba instalarse en Nueva York entonces, a menos que encontrara antes un trabajo estable.

La casa se quedó en silencio después de su partida. Oona preparó una cena ligera con las sobras, y Charles y ella se sentaron a la mesa de la cocina. Él estaba absorto en sus pensamientos, comía despacio, sin apetito, hasta que de pronto la miró. No sabía por dónde empezar, pero tenía claro que debía decírselo.

—No quería estropear los planes en Francia con los chicos, y sé que te hace ilusión que vengan —comenzó.

—¿A ti no? —Parecía sorprendida—. Quedamos en pasar una semana con ellos y tres solos. Debería bastarnos… —Oona sonrió, pero lo notaba preocupado. Estaba pálido.

—Yo no puedo ir —dijo con un hilo de voz.

—¿Cómo que no puedes? ¿Por qué? ¿Es algo de trabajo? ¿Un cliente? —Sabía que tenía que tratarse de algo importante para que Charles cancelara los planes familiares—. ¿Quieres que intente cambiar las fechas de la casa?

Él negó con la cabeza. Para Oona, el mundo estaba a punto de derrumbarse y ella aún no lo sabía. Charles volvió a mirarla.

—No voy a ir contigo, Oona. Lo siento mucho. Ni siquiera sé por dónde empezar. Necesito un cambio. Un cambio importante. Ha sido una decisión difícil. Voy a tomarme un año sabático.

—¿Un año?

Oona estaba desconcertada. Charles no le había comentado nada, ni tampoco le había consultado la decisión. Y ahora se lo estaba planteando como un hecho consumado, lo cual no era propio de él.

—Tal vez. De momento empiezo con seis meses.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Por qué no me lo habías contado?

—Es complicado.

Y entonces Oona pensó en algo que no se le había pasado por la cabeza.

—¿Hay otra persona? —le preguntó con voz entrecortada, esperando que contestara que no.

Sin embargo, Charles asintió. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Sabía que sería duro, pero no pensaba que lo iba a ser tanto hasta qu

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos