King Makers (Kingmakers 1)

Sophie Lark

Fragmento

Prólogo

PRÓLOGO

CHICAGO, ILLINOIS

Es la última Navidad que paso en casa. En cuanto me vaya a Kingmakers, solo podré volver en verano.

La Navidad no ha sido nunca mi época favorita —yo soy más de Halloween—, pero como sé que esta es la última vez que estaremos todos reunidos para comer pavo y tirar petardos, tengo más nostalgia de la habitual.

Sin embargo, Leo… no lo parece demasiado.

Claro que él está deseando largarse. Está tan harto del instituto que no sé cómo va a aguantar los cinco meses que quedan de clases, más los exámenes finales.

De hecho, no sé ni cómo ha sido capaz de aprobar alguna asignatura, porque lo suyo no es seguir instrucciones.

En teoría, en este momento tendría que estar ayudándome a poner las tarjetitas con los nombres para que todos sepan dónde sentarse. Pero él se está dedicando a cambiarlas todas para que haya más dramatismo.

—Se supone que debes sentar a cada familia junta —le recuerdo.

Leo se limita a sonreír:

—Ya, pero eso no tiene gracia ninguna.

Menos mal que el comedor de la casa de mis padres se parece al gran salón de un castillo medieval, porque vienen veinticuatro personas. La chimenea es tan grande que cabes de pie dentro, y la mesa mide casi medio kilómetro de punta a punta. Si mi madre y mi padre se sentaran cada uno ante una, no se oirían ni aunque se pusiesen a dar alaridos. Claro que ella siempre se coloca junto a él.

—Ni se te ocurra mover esa. —Señalo la tarjeta que pone «Nessa», escrita con la preciosa letra de mi madre.

—No soy un kamikaze —dice Leo volviendo a dejarla en su sitio, al lado de la que pone «Mikolaj».

Esta noche, Leo está vestido más formal de lo habitual; es decir, que lleva pantalones con la camiseta medio metida por dentro. Pero ese pelo oscuro y ondulado tan suyo está más revuelto que nunca y cuando dobla las rodillas, como los pantalones le quedan un poco cortos, se le ven unos centímetros de los calcetines navideños chillones que tiene puestos.

Sonrío para mis adentros.

—¿Has vuelto a crecer?

Como sea así, más le vale que pare, porque a estas alturas Leo está a punto de entrar en la media de un jugador de la NBA, y eso significa que ya no cabe demasiado bien ni en los aviones ni en los coches pequeños.

—Veamos. —Se acerca al lado de la mesa donde estoy yo y me rodea con los brazos hasta apoyar su barbilla en mi cabeza.

—No. Te sigo sacando justo una cabeza.

—A lo mejor yo también he crecido.

—¿Y cómo voy a poder dar un veredicto si no te quedas igual? —Me sonríe, pero no me suelta.

Y yo no me quejo, porque Leo da los mejores abrazos del mundo. Nadie abraza como él. Para empezar, es como si su temperatura corporal rondase los 39 grados. Además, te aprieta con fuerza, como si quisiera estrujarte de verdad.

Hasta que entra mi padre y Leo me suelta rápidamente.

—¿Ya estáis terminando? —dice mi padre con sequedad. Casi todo lo dice con sequedad. O con tono amenazante. O las dos cosas.

Hay que conocerlo muy bien para intuir algún indicio de ternura. Porque no tiene un amplísimo abanico de emociones, pero las que tiene le salen de lo más profundo de su ser. Nadie ama con tanta intensidad como él.

Sin embargo, ese amor está reservado casi exclusivamente para mi madre, mis dos hermanos pequeños y para mí. No es precisamente el fan número uno de Leo.

Y Leo lo sabe perfectamente. Me dedica una sonrisa de medio lado.

—Mira qué bonita ha dejado Anna la mesa.

Bien jugado. Leo sabe que la mejor manera de apaciguar a mi padre es elogiarme a mí.

Pero sí, creo que esta es una de las veces que más me he esforzado. He traído del jardín un montón de bayas blancas de Navidad, que inundan el ambiente con aroma a pino y abeto. Las bayas y las velas altas tan blancas contrastan con el mantel negro y los platos de bronce. Queda muy elegante, con un toque gótico. O sea, lo opuesto a los calcetines de Leo.

—Anna casi siempre tiene un gusto exquisito —dice mi padre.

Cuando se aleja lo suficiente como para no oírnos, Leo susurra:

—Lo de «casi» va por mí.

Me echo a reír.

—Estoy segura de que lo decía por mi ropa.

Yo también me he arreglado más de lo normal, pero, al igual que Leo, tengo mi propia definición de lo que es «formal». Me he puesto mi vestido de tul favorito, que tiene muchas capas semitransparentes que llegan al suelo, mangas cortas y abullonadas… y que podría ser perfectamente el atuendo de una vampiresa que hubiese muerto con doce años.

—Pero si el negro es el color favorito de tu padre —me sonríe Leo—. Por lo que yo he visto, el «único» para él. ¿Sabe que hay más colores? ¿Alguna vez lo has visto ir de azul, por ejemplo? O, poniéndonos en lo peor…, ¿de rosa?

Me muerdo el labio para esconder una sonrisa.

—No te burles de mi padre.

—No se me ocurriría en la vida. —Leo se lleva la mano al pecho en señal de fingido arrepentimiento—. Ya te lo he dicho, no soy ningún kamikaze.

—A veces, haces que me lo plantee.

—¡Oye, mira! —Me agarra del brazo y me lleva hasta la ventana.

Ha empezado a nevar con unos copos tan enormes que tapan la vista al frondoso jardín de atrás.

Nos quedamos en silencio, mirando.

Una de las cosas que más me gustan de Leo es que, a pesar de ser un torbellino, también sabe cuándo callar.

—Anda, vamos fuera —dice.

Salimos a hurtadillas por el invernadero, porque, con lo estresada que está mi pobre madre, como nos vea nos mandará otra tarea.

El jardín trasero siempre es una especie de mundo secreto. Pero cuando se encuentra cubierto de nieve, está directamente a otro nivel. Reina un absoluto silencio; el muro de piedra de cuatro metros de alto y los gigantescos árboles frenan cualquier ruido exterior del bullicio de la ciudad.

Mis padres se enamoraron en esta casa. Mi padre casi se muere en este jardín. Yo nací en una de las habitaciones de arriba. En cuanto pienso que me voy a ir, es como si me estiraran el corazón al límite y lo dividieran en dos.

Mirar a Leo me produce la misma sensación.

No se puede tener todo lo que una desea. Y aún menos cuando lo que quieres a la vez son dos cosas diametralmente opuestas.

Me gustaría que todo lo que amo se quedase así: perfecto, inmutable, como si estuviese dentro de un globo de nieve. Aunque también me siento atraída por ese inmenso «algo más» que hay más allá.

—¿En qué piensas? —me pregunta Leo, como hace muchas veces que no puede deducirlo por mi expresión.

A mí no me importa. No cuando quien lo pregunta es él.

Leo es la única persona que tiene vía libre a mi mente. Le puedo contar cualquier cosa sin tener que transcribir, ni minimizar o cambiar para que sea lo que él quiere oír.

O al menos… así es como solía ser.

Últimamente, cuando miro a Leo, aún siento cómo me invade la calidez y la emoción. Y al mismo tiempo, podría romper a llorar. Como cuando escuchas una canción tan bonita que te duele el pecho y deseas algo a lo que no le puedes ni poner nombre; algo que quizá ni exista siquiera.

No entiendo qué es lo que ha cambiado entre nosotros.

Él está justo aquí. A mi lado.

Me sonríe del mismo modo con que ha iluminado prácticamente todos los días de mi vida.

Solo que, desde no hace mucho, la sonrisa de Leo me genera tanta tortura como placer. Su gesto no ha cambiado, pero sí el modo en que este me desgarra por dentro.

Algo en lo más profundo de mi ser me susurra: «Díselo».

—¿Qué pasa? —pregunta Leo.

Echa la cabeza a un lado y analiza mis gestos.

Lo miro a los ojos. Los tiene de un color miel, algo rojizo. Pero la intensidad que baila en ellos no se puede describir solo con un color. Porque los ojos de Leo brillan desde dentro, con una luz dorada tan salvaje como lo que vive en su interior.

—Tienes copos de nieve en las pestañas —me dice con ternura.

Y él también. Además, él los tiene en el pelo, como si fueran estrellitas entre los rizos oscuros que se derriten en cuanto tocan su cálida piel morena.

Es como si a Leo le hubiesen tostado más que a los demás, como si ardiera con más calor que el resto.

No hay nadie como él.

Hasta cuando estoy rodeada de gente a la que quiero, Leo es especial para mí, más preciado que nadie. Y es un vínculo tan fuerte que duele.

Si ahora mismo le pidiese algo, lo que fuera, me lo daría.

Pero no sé qué pedirle.

«Prométeme que esta no será nuestra última Navidad».

«Prométeme que nunca cambiarás».

Cosas imposibles y estúpidas. Cosas que nadie puede prometer.

«Prométeme que nunca te perderé».

Ni siquiera eso se puede prometer. Cualquiera de los dos podría morir esta noche si nos alcanzara un rayo. O, en nuestro caso, probablemente por algo un poco más personal.

Así que, me limito a pedirle:

—Prométeme que siempre seremos amigos.

La sonrisa de Leo se le extiende lentamente por toda la cara y le ilumina cada rasgo, hasta llegar a sus ojos y prenderlos.

—Anna. —Lo dice con una voz suave, secreta, que me inunda de calor hasta los dedos de los pies—. Sabes que no podría dejar de serlo, aunque quisiera.

En mi interior se desata una alegría intensa, ardiente y peligrosa.

Y a eso me aferro, como a una resplandeciente gota de oro que me trago mientras aún está fundida. Me aferro a que Leo siempre será mi mejor amigo.

El jardín se empieza a iluminar por las luces de los coches.

Leo se da la vuelta.

—Parece que ya llegan todos.

Ese «todos» engloba a cada uno de nuestros tíos y tías y a todos los primos. Han viajado hasta aquí para celebrar que son nuestras últimas Navidades en casa. Hasta Dante y Simone desde París, y Raylan y Riona, con sus cuatro hijos pelirrojos, desde su rancho en Tennessee.

Simone y su hija Serena son las primeras en llegar, cargadas con un montón de regalos muy bien envueltos. Serena está impresionante y elegantísima con su abrigo parisino y sus botas de tacón alto, así que no me sorprende que los tres hijos mayores de los Boone se peleen por quién le quita los paquetes de las manos.

El único que permanece inmune a los encantos de nuestra preciosa prima extranjera es el pequeño, Teddy, que está mucho más interesado en correr por toda la casa con mi hermano pequeño, Whelan.

Serena no tiene la culpa de ser tan guapa. Al fin y al cabo, su madre es supermodelo. Y tampoco puedo odiarla por ello, porque es encantadora.

—Te he traído algunos de tus macarons favoritos. —Me entrega un paquetito con un papel de regalo increíble y a continuación me da dos besos.

Su hermano mayor, Henry, hace lo mismo y después me coge del brazo para ayudarme a volver por el camino helado.

—¿Y para mí no hay beso? —dice Leo con una sonrisa algo forzada.

—¿Qué tal un abrazo? —Henry me suelta el brazo.

El concurso por ser el miembro más alto de nuestra familia se ha recrudecido desde que Henry superó al tío Seb, y Leo amenazó con pasarle a Henry.

Henry sujeta a Leo por los hombros y lo examina de arriba abajo con una mirada de acero. Nuestro primo mayor acaba por suspirar, resignado:

—Pues sí, es oficial: me has alcanzado.

—¡Te he alcanzado y superado! —se ríe Leo.

—Tampoco te pases. Estamos a la par.

—Ah, ¿sí? Entonces ¿cómo es que te veo la parte de arriba de la cabeza?

—Anda, pellízcate, que estás soñando en colores.

Serena me coge del brazo.

—Tú no tienes por qué preocuparte, porque ya sé que eres más alta que yo —le digo.

—¡Cómo te he echado de menos! —me dice con su voz suave, aterciopelada y melodiosa como una campanita de Navidad.

Totalmente rebosante de alegría, apoyo la cabeza en su hombro. Es maravilloso ver a las personas que quiero y que me gusten todavía más de lo que recordaba.

—¿A mí nadie me abraza o qué? O por lo menos, que me ayude con los paquetes —se queja el tío Dante, solo y olvidado detrás de nosotros.

La tía Simone se ríe, le da a su marido un beso en la mejilla y le aprieta el bíceps, del tamaño de un jamón.

—Si con estos brazos no puedes llevar paquetes, ¿para qué los tienes?

—Ya sabes para qué —le gruñe él al oído.

—Ay, papá, qué asco —dice Henry resignado.

—Si tu padre no fuese así de irresistible, tú no existirías —le recuerda Simone.

—Sí, pero ahora ya estamos aquí y hasta las narices de ver cómo os morreáis —interviene Dario, el pequeño de Simone.

—No digas «morreáis» —lo corrige Simone—. Es una ordinariez.

Tras echar un vistazo a su padre, que lo mira con el ceño fruncido, Dario agacha la cabeza, suelta un «Désolé, maman» y se va a toda prisa para reunirse con Teddy y Whelan.

—Yo quiero oír a Dante decir algo en francés —dice una voz cantarina.

Es la tía Aida, que viene por el camino de entrada con su habitual expresión pícara y la cara colorada y sonriente.

—Su francés ha mejorado mucho —dice Simone al mismo tiempo que Dante ruge «Ni de puta coña».

—¿Cómo sobrevive en París? —pregunta el tío Nero, siempre dispuesto a unirse a su hermana para vacilar a su hermano mayor.

—Seguro que está todo el rato haciendo señas —dice Aida—. O fingiendo, como si en realidad no quisiera algo.

Dante pone los ojos en blanco.

—¿Podríais esperar a que estemos dentro para empezar a meterme caña?

—¡¿Meterte caña?! —exclama Aida, que se pone de puntillas para darle un abrazo a su hermano que podría rivalizar con el de Leo—. Hasta después del postre, no.

Van entrando el resto de parientes. Los padres de Leo son los últimos en llegar y van con mis abuelos, porque los han recogido de camino.

Para cuando terminamos la ronda de besos y saludos, la temperatura del hall de entrada ha debido de subir al menos diez grados, y el sofá ha desaparecido bajo una montaña de abrigos y bufandas.

Mi madre va corriendo de un lado a otro, apilando regalos, trayendo bebidas y separando a Whelan y Dario, que ya han empezado a pelearse. Mi padre la ayuda, al tiempo que intenta no poner mala cara por todos esos niños del demonio que revolotean por la casa y por todos los abrazos que se ve obligado a recibir.

—¿No te chifla este ambiente navideño tan ideal? —se burla Aida de mi padre justo cuando Dario pega un grito especialmente ensordecedor.

Creo que mi tía Aida es la única persona de este mundo con el valor suficiente para mofarse de mi padre.

Claro que tampoco es que esté casada con un angelito.

El tío Callum tiene pinta de estar solo un poquitín menos torturado que mi padre; quien, por cierto, en cuanto cree que ya no va a resultar grosero, le dice que tienen que «discutir algo», o lo que es lo mismo, irse los dos al estudio para beber whisky y que no los moleste nadie.

Es curioso cómo en otros tiempos se intentaron matar el uno al otro, y ahora les une el jazz (que solo les gusta a ellos) y lo que consideran la desafortunada cordialidad de sus respectivas esposas.

—¿Tenemos la familia más rara de la historia o qué? —me susurra Leo al oído.

El tío Nero le está enseñando a mi tía Aida su cuchillo nuevo. Aida, en un movimiento rápido y con suma destreza, lo lanza a través de la cocina dando vueltas, y acaba clavado en el pavo hasta el mango. Los chicos Boone gritan y aúllan como si fuesen una manada de pelirrojos babuinos, pero la tía Riona no parece tan impresionada.

—¡Llevo siete horas preparando el pavo!

—Se llamaba Lawrence —dice Teddy Boone tristón.

—Ya te dije que no le pusieras nombre. —El tío Raylan le pone una mano en el hombro a Teddy—. Todos los años haces lo mismo.

Leo es mi primo. Bueno, algo así. Su tía Aida se casó con mi tío Cal­lum, aunque al principio no fue precisamente por amor: los Griffin y los Gallo eran dos familias de la mafia rivales que llevaban generaciones tratando de destruirse mutuamente. Y ahora comemos tarta de calabaza todos juntitos y solo nos amenazamos de muerte para hacer la coña.

Pero las raíces de nuestro árbol genealógico siguen clavadas a fuego.

Los Griffin y los Gallo decidieron unir sus respectivas ramas antes de acabar quemados para siempre.

Sin embargo, nuestras vendettas no han quedado en el olvido. Ni mucho menos.

Una hora más tarde, estamos todos sentados alrededor de la mesa del comedor —menos los primos pequeños, que comen en la cocina—. Sabrina, la hija de Nero, se cabreó tanto por haberla relegado a la mesa de los niños un año más, que pilló una caja de bombones y una botella de vino y desapareció. Lo más seguro es que esté en el desván, que también era mi sitio favorito cuando me enfurruñaba.

Llevo un rato pasándomelo pipa con las consecuencias del intercambio de tarjetitas de Leo: a Serena la ha puesto directamente entre Creed y Marshall Boone, que están a punto de empezar a puñetazo limpio, y a la tía Aida al lado de la abuela Imogen, que observa horrorizada cómo Aida se prepara un sándwich de tres pisos de pavo, relleno y arándanos.

Se suponía que Henry iba a sentarse cerca de mí, pero ahora está tres asientos más allá, junto al tío Dante.

—¿Qué tal te va la residencia? —le pregunta el tío Raylan.

—Fenomenal. —Henry se sirve una generosa ración de maíz y pasa la fuente—. Con la salvedad de que no duermo nada y de que no tengo vida.

—Eso te pasa por ser el listo —le vacila su hermana Serena.

—Yo creía que el listo era yo —comenta Marshall Boone.

—¡¿Tú?! —se burla Creed Boone—. Vamos, no eres ni el sexto más inteligente.

—Me he enterado de que a Leo le han hecho una oferta en Duke —interrumpe la tía Riona para que sus hijos dejen de discutir.

—Sí, pero no voy a ir —dice Leo, sin pensarlo siquiera.

—¿Cómo? —exclama la tía Yelena con un tono algo más brusco de lo esperado.

La mesa se queda en un silencio tan absoluto, que se oye el crepitar de las ramas de abedul en la chimenea.

Leo mira a su madre, que está sentada justo enfrente de nosotros. La tía Yelena es muy alta, más incluso que la tía Simone. Cuando está tranquila y relajada, parece una princesa vikinga. Pero ahora, con los labios pálidos y los ojos violetas haciéndole chiribitas, es más bien una imponente valquiria.

El tío Seb le pasa el brazo por los hombros con delicadeza. Ella se lo quita de encima.

—¿Cómo que no vas a ir a Duke? ¿En qué momento lo has decidido?

Me parece que los acentos rusos dan más miedo que los polacos, porque hasta mi padre levanta la cabeza de golpe.

Que veinte pares de ojos te miren fijamente no es muy agradable, sobre todo cuando un par es el de una madre totalmente iracunda. Pero Leo se pone recto y responde con rotundidad:

—Ya te lo conté. Voy a ir a Kingmakers.

El corazón me da un brinco.

Nunca había oído a Leo decir que iba a ir definitivamente. Ni con tanta certeza.

Quiero que venga a Kingmakers conmigo.

No es una institución al uso. Ni siquiera aparece en las listas de universidades.

A Kingmakers solo van los hijos de las familias criminales de todo el mundo.

Las miradas se cruzan en todas las direcciones alrededor de la mesa. Los dos hijos mayores de los Boone se inclinan hacia delante emocionados. Les chiflan las peleas.

El tío Seb intenta susurrarle algo a su mujer mientras le acaricia lentamente la espalda con su manaza. Sin embargo, Yelena no está dispuesta a calmarse:

—No, zhizn moya —le sisea—. Se acabaron las tonterías.

La tía Yelena se endereza en su silla de respaldo alto hasta parecer una reina de las nieves, con los ojos brillantes como trozos de hielo violeta.

—No vas a estar cerca de tu primo ni de broma. Y mucho menos dormir en la misma universidad que Dean.

Leo es hijo único. Yo he presenciado muchas veces cómo Yelena palidece y se calla cuando los más pequeños andan cerca de ella, cómo se vuelve más tierna con los bebés. Como mis otras tías se quedaban embarazadas en un abrir y cerrar de ojos, solían preguntarle cuándo tendría otro. Yelena se reía y decía: «Cuando Leo dé menos guerra». Pero pronto dejó de reírse, y la gente aprendió a dejar de preguntar.

Leo es su luz y su alegría. Normalmente, le da todo lo que quiere.

Pero, por lo visto, esto no.

Leo duda antes de contestar porque es consciente de la tensión en el ambiente:

—Mamá, no me va a pasar nada. Hace años que no muere nadie en Kingmakers. Me puedo cuidar yo solito.

—Ah, ¿sí? ¿Has estado en muchas peleas callejeras?

La preguntita con sorna la hace el tío Nero de un modo totalmente inesperado, porque él no suele inmiscuirse en movidas ajenas y es el último en criticar cualquier comportamiento imprudente.

Como no se esperaba esta salida de la persona que más le puede apoyar, Leo le responde entre dientes:

—Pues sí, en unas cuantas. No hace falta meterse en cien para demostrar que te las apañas bien, Nero.

Ante semejante falta de respeto, al tío Nero le cambia la cara.

Leo me mira con los ojos llenos de dolor y frustración.

Pero el último golpe, rápido y frío, se lo asesta mi padre:

—¿Y cuántas de esas peleas fueron contra un ruso con un cuchillo?

Leo aprieta los labios y se le tensa la mandíbula. Por muy frustrado que esté, no va a discutir con mi padre.

Tampoco es que importe, porque mi padre no ha hecho más que empezar:

—¿Tú te crees que, esta noche, Dean está sentado a una mesa como esta? —Señala con la mano toda la estancia, repleta de licores, comida exquisita y caras amables. Mi padre preside la mesa en la cabecera, pálido y serio como un fantasma—. Mira lo lejos que ha llegado nuestra familia y cómo ha quedado atrás la vendetta entre clanes. Aun estando aquí sentado, tu vida corre peligro, Leo. Si crees que el hijo de Adrian Yenin no ha planeado mil formas de matarte en Kingmakers, es que lo has subestimado. Porque intentará destruir todo lo que tú amas. —Lanza una mirada larga e intensa a mi madre, que desliza su mano de piel blanca en la de mi padre, completamente negra por los tatuajes—. Ha tenido dieciocho años para planear su venganza. Yo también lo haría si fuera él.

El silencio que sigue es tan denso que por dentro estoy rezando por que alguien lo rompa para poder respirar.

Miro a la tía Aida, porque seguro que ella no me defrauda. Pero hasta Aida está seria.

De hecho, está mirando al otro lado de la mesa, directamente a su hermano menor, el tío Seb. El intercambio de miradas entre ellos me desconcierta. El tío Seb articula algo parecido a un «lo siento», y Aida le susurra «yo también».

Todos los adultos de la mesa se miran unos a otros, culpables, hasta mis abuelos.

Y de repente, caigo.

Todos están recordando en este momento las mil formas en que ellos sí la cagaron.

Todos los motivos por los que estamos metidos en esta mierda.

Y aunque tengan razón en que Leo sea un poco imprudente…

No voy a permitir que se unan contra él. En Navidad, no. Ni siquiera a mi padre.

Así que cojo la mano de Leo por debajo de la mesa y se la aprieto con fuerza. Mi voz resuena, alta y clara, por toda la sala:

—Todos tenéis miedo porque os acordáis de las cicatrices por las malas decisiones que tomasteis cuando erais jóvenes. —Algunas de esas cicatrices son literales, como las seis heridas de bala que tiene el tío Nero en la espalda. Lo miro a él directamente a los ojos; y al tío Seb también—: Leo tiene dieciocho años. ¿Dónde están sus cicatrices? No tiene, ¡porque sabe lo que hace! Toma buenas decisiones. Es el chico más popular del colegio. Le quiere todo el mundo. ¡Puede que arregle las cosas con Dean! —Soy consciente de que cuanto más hablo, más me voy metiendo en terreno farragoso, pero me da igual, porque creo lo que digo. Creo en Leo—. Leo encontrará el modo de arreglarlo. Lo he visto hacer cosas alucinantes. Deberíais confiar en él.

Leo me mira con la boca abierta. Se ha quedado sin palabras por primera vez en su vida.

Yo también.

Creo que nunca había hablado tanto del tirón en una reunión familiar.

Y mi «discurso» es recibido con la dignidad habitual.

Marshall Boone pone los ojos en blanco.

—Cuando se trata de Leo, Anna jamás es imparcial.

Y Creed Boone decide recordarme algo:

—Dormiste con sábanas de Sailor Moon hasta los catorce años.

Y yo que me pensaba que quería a esta gente.

Ahora entiendo por qué hay tantos asesinatos en vacaciones.

Pero me da igual, porque Leo me dedica una sonrisa que lo compensa todo, me aprieta la mano y me dice «gracias» antes de soltarme.

—Además —le dice a su padre con la confianza recuperada—, en realidad Dean no puede matarme. En Kingmakers no se andan con tonterías con la norma del ojo por ojo.

—¿Qué me estás contando? Que, si él te mata, ¿ellos lo matarán a él? —dice en un bufido el tío Seb—. Nunca te enfrentes a alguien que no tiene nada que perder.

—No seas tan simplista, Leo —suelta Nero—. Hay muchas formas de asesinar a alguien e irse de rositas.

Y lo mejor para Leo sería que esta noche al tío Nero no se le ocurra ninguna si sigue cabreado por la pullita de antes.

Al fin, la tía Aida trata de relajar el ambiente:

—¿Tenemos que esperar a la tarta?

—Yo solo he venido por la tarta —dice Marshall Boone, cogiendo una pila de platos. Quién me iba a decir que lo único que necesita Marsh­all para ser servicial es una tarta.

Me pongo a recoger las copas, atrapándolas entre los dedos como si fuesen los tallos de un ramo. Leo se levanta y hace lo mismo.

Noto la cabeza ligera, como flotando, llena de burbujas. Me he bebido dos copas de champán. Me pregunto si a Leo le apetecerá volver afuera a ver la nieve conmigo, ahora que ha salido la luna.

Se detiene en la puerta y apoya los dedos en mi cadera.

—¿Querías decirme algo antes?

—¿Qué? —pregunto con la cara acalorada.

—Antes. —Leo me mira a los ojos con los suyos, dorados y cercanos—. Creí que quizá querías decirme algo.

Y el momento regresa, como un susurro en mi cabeza…

«Díselo».

Mis labios se empiezan a separar, como si supiesen qué decir.

—¡Bésala!

El grito hace que nos separemos.

La tía Aida se está cachondeando porque hay muérdago sobre nuestras cabezas. Ha bebido demasiado. O puede que no, porque sobria también hace este tipo de cosas.

—Que la beses —se burla de Leo con expresión traviesa y burlona.

Y en ese momento, al mirar a Leo a la cara, pienso:

«Ay, Dios mío, que lo va a hacer. Aquí mismo, con todo el mundo mirándonos».

El comedor desaparece.

Lo único que veo son los ojos de Leo, clavados en los míos.

Sus labios carnosos se separan. Inclina la cabeza.

Y me da un beso en la frente.

El tipo de beso que se da a una hermana pequeña. O a una prima a la que conoces de toda la vida.

Noto cómo me invade la humillación, cómo cae en mi interior como una cortina roja, hirviendo. Oigo el «buuu» de Marshall. Daría todo lo que tengo con tal de soltarle un puñetazo en la mandíbula.

Pero Marshall vería entonces cómo me caen las lágrimas por la cara. O Leo podría ver algo mucho peor.

Así que lo único que puedo hacer es dar media vuelta y echar a correr.

Leo me encuentra una hora más tarde, mucho después de que el hielo se haya apoderado de mi alma. Llevo sentada en el cenador un rato largo, machacándome por ser así de patética, joder.

Se quita el abrigo y me lo pone sobre los hombros.

—Dime que no has estado aquí sentada todo este tiempo.

—No. —Suelto la trola con tal soltura que me da hasta miedo lo fácil que me resulta. Sobre todo, porque a Leo no le miento jamás.

—Guay. —Noto cómo se le relajan las facciones.

Dios mío. No se ha dado ni cuenta. Siempre he pensado que sabría si le metía una trola.

—Pero sí que tienes frío. —Leo coloca sus cálidas palmas en mis congelados brazos y los frota con fuerza.

—Tienes el labio hinchado.

Se toca el punto donde tiene el labio inferior partido, justo en el centro.

—Ah, sí. Le he dado una paliza a Marshall.

Me pongo colorada:

—¿Por qué?

—Ya lo has visto. Se lo estaba buscando.

Como me ha dado su abrigo, Leo solo lleva puesta la camiseta, pero no parece tener frío. Se inclina hacia delante, sobre las rodillas, con las manazas cruzadas. Le salen nubes de vapor de los pulmones.

Su aliento me roza la cara. Con su abrigo, que me envuelve desde el cuello a las rodillas, y las mangas colgándome en las manos, me siento como en el interior de un capullo, calentita…, a gusto.

Es la mejor sensación del mundo. La mejor de todas.

Y si no quiero perderla, sé muy bien qué tengo que hacer.

Leo me mira. Se muerde el labio partido, se rasca el corte con la punta de la lengua.

—Siento lo de antes.

—¿El qué de antes? —digo con una leve inclinación de cabeza.

—Lo del muérdago…

—No ha sido nada —le interrumpo, con los ojos fijos en la nieve sin cruzar la mirada con él.

—Ah. —Leo vacila. Ya no muestra tanto aplomo—: Pensé que tal vez…

—No. —Me mantengo firme, aunque por dentro esté pegando alaridos—. Es que me dio mucha vergüenza, con todo el mundo ahí mirando… A veces Aida…

—Ya lo sé. Es gilipollas.

—No importa. —«¡Mentira, mentira, mentira, mentira!»—. De verdad, no te preocupes. Estoy hasta las narices de todos ellos. Estoy deseando largarme.

—Yo también. —Leo suspira aliviado.

Está contento de que yo no le haya dado más importancia. Contento porque podemos fingir que todo eso nunca ha pasado.

Pero, en mi interior, se está rompiendo algo.

De hecho, ya se ha roto.

La parte de mi corazón que se rebelaba, que latía y suplicaba por más… la he arrancado y metido en hielo.

Mi corazón quiere algo que no puede suceder nunca, porque destruiría todo lo que amo.

Así que va a tener que congelarse y morir.

Cuando vuelvo a estar tranquila y calmada, miro a Leo.

—¿De verdad vas a venir conmigo? Aunque Dean…

—Claro que voy a ir. —No aparta los ojos de mí, con esa certeza tan terca que tiene y que tan bien conozco. Significa que Leo va a hacer lo que quiere, aunque toda nuestra familia esté en contra. Pero entonces parpadea y añade—: Si tú quieres.

Sé perfectamente lo que «debería» decirle a Leo. Lo que sus padres querrían que yo le dijera.

Leo podría ser jugador de baloncesto profesional. Duke no es la única universidad que le ha hecho una oferta.

Y la vendetta con los Yenin no es ninguna broma. Mataron al abuelo de Leo. A Nero le pegaron un tiro. Aunque solo fuese por su propia seguridad, Leo no debería ni acercarse a Kingmakers.

Pero, para decirle eso, le tendría que mentir otra vez.

Leo aguarda mi respuesta con la cabeza hacia un lado y las manos en los bolsillos. La camiseta blanca, impecable y brillante, parece nieve en comparación con el marrón tostado de sus brazos desnudos.

Lo abrazo con fuerza.

Con la nariz apoyada en las suaves ondas que le rodean la oreja, le susurro:

—No sé si es lo correcto o no, pero yo siempre te querré a mi lado.

CAPÍTULO 1

LEO

Llevamos veintitrés minutos de partido en el campeonato estatal.

Jugamos contra los Wolverines de Simeon, un equipo repleto de gigantes musculosos que parecen haberse empezado a afeitar en segundo de primaria y haber nacido con una pelota de baloncesto bajo el brazo.

Todos y cada uno de sus jugadores son mejores que los chavales de mi equipo.

Excepto yo.

Y yo me basto y me sobro.

Me han emparejado con Johnson Bell, su ala-pívot. Mide dos metros trece, unos cinco centímetros más que yo. Es rápido y fuerte, para qué engañarnos. Y, sobre todo, es un cabronazo de tomo y lomo.

El muy hijo de puta lleva jugando sucio todo el partido. Me golpea en los brazos, me empuja, me araña con esas uñas tan largas que tiene… como si fuera a reencarnarse en el carcayú que lleva estampado en el pecho.

Él sabe tan bien como yo que el primer entrenador de los Kentucky Wildcats está sentado en primera fila, en el centro de la cancha, sin quitarnos el ojo de encima a ninguno de los dos.

Bell quiere ser una estrella.

Yo ya lo soy, así que me importa una mierda ese ojeador. No voy a ir a Kentucky, ni a ningún otro sitio de este continente.

Pero lo que sí voy a hacer es ganar este partido.

Bell lleva el balón por la cancha intentando dejarme atrás. Hace unos pasos de baile la mar de elegantes con sus enormes pies enfundados en unas Jordan vintage. Pero yo ni me inmuto. No aparto los ojos de su ombligo. Como siempre dice mi padre, no se puede ir a ningún sitio sin el ombligo.

Sin ni siquiera mirar el balón, se lo quito con la mano izquierda y lo paso a la derecha. Le dejo atrás y corro hasta la canasta.

El defensa de los Wolverines intenta bloquearme, pero me detengo en seco y lanzo un magnífico tiro en arco por encima de sus dedos. Estoy a más de dos metros de la línea de triple, pero no importa en absoluto: el balón entra en la canasta sin rozar el aro siquiera.

El rugido de la multitud me golpea como una bofetada. Me vibran los tímpanos mientras siento cómo me late el corazón con fuerza en el pecho.

No hay nada como sentir que te adoran mil personas a la vez.

Suena la bocina. Fin de la primera mitad. Me recorro la cancha trotando mientras mis compañeros me dan palmaditas en la espalda. Les sacamos seis puntos a los de Simeon.

Mi equipo se mete corriendo por el túnel de vestuarios al tiempo que sale a la cancha el equipo de baile. Anna y yo nos cruzamos a oscuras en el pasillo.

Está toda peripuesta con la ropa de baile: el pelo rubio en una coleta alta, maquillada y con cada centímetro de su cuerpo cubierto de purpurina. Siempre me hace gracia verla con el uniforme de animadora, porque es brillante y ajustado; todo lo contrario a lo que suele llevar normalmente.

Me da un golpe con el puño al pasar y me dice en voz baja:

—Vas a ganar, Leo.

—Lo sé. —Le devuelvo la sonrisa.

Anna es mi mejor amiga. Crecimos juntos y más unidos que unos hermanos. Nuestros padres dirigen el cotarro mano a mano en esta ciudad. Nuestras madres estuvieron embarazadas a la vez, y Anna y yo nacimos con solo dos meses de diferencia. Ella es mayor que yo, cosa que le encanta restregarme siempre que puede.

Anna es la única persona más intensa que yo con la que me he encontrado. A veces me da hasta un poco de miedo.

Pero, sobre todo, Anna es lo que me mantiene anclado al suelo, mi roca.

En Preston Heights soy el puto amo.

Todo el mundo quiere un pedazo de mí. Todos quieren sentarse a mi lado o hablar conmigo. Todas las tías quieren salir conmigo.

Se piensan que conocen a Leo Gallo.

Pero la única que en realidad me conoce es Anna.

Ella sabe exactamente quién y cómo soy y, a diferencia de mis padres, no intenta cambiar nada en mí.

He visto a mis padres sentados detrás del entrenador de los Kentucky, solo un pelín a la derecha. No se pierden ni un solo partido. Siempre vienen a animarme, y hasta celebran mis victorias más que yo.

Mi padre me enseñó a jugar. De hecho, él era una estrella de la liga universitaria antes de que el tío Cal y él se metieran en una pelea y se jodiera la rodilla.

Pero eso no significa que no pueda seguir entrenándome en la cancha. Mi padre me enseñó todo lo que sé. Practicaba conmigo, me entrenaba, gracias a él aprendí a conocer a mi oponente, a observar el flujo de ataque en la cancha, a ser más astuto y a jugar mejor que todos aquellos con los que me enfrentaba en los partidos. A destruirlos mental y físicamente. A ganarlos antes incluso de hacer el primer movimiento.

Mi padre es la hostia de inteligente. Es la única manera de llegar a ser el Don de Chicago. Y desde luego, no lo seguiría siendo si fuese idiota.

Sí, él me enseñó a jugar al baloncesto.

Pero yo lo que quiero en realidad es que me enseñe a dominar el mundo.

No aspiro a ser deportista. Aspiro a ser «rey».

Aun así, este partido lo voy a ganar sí o sí. Porque yo siempre lo gano todo.

Volvemos al vestuario para que el entrenador nos suelte cómo la hemos cagado y cómo tendríamos que solucionarlo en la segunda mitad.

Yo prácticamente ni lo escucho. Antes de nacer, yo ya había visto más vídeos de partidos que este tío en toda su vida. Solo es un profe más que, de puta casualidad, acabó teniendo al mejor jugador del país en su equipo.

Me ventilo de un trago un vaso de Gatorade calentorro mientras escucho el ritmo trepidante de «Billie Jean» que retumba desde la cancha. He visto a Anna ensayar este número tropecientas veces, pero aun así me muero por verla en directo, con su uniforme, delante de toda esta gente.

Sus padres están sentados justo al lado de los míos: Mikolaj y Nessa Wilk, el jefe de la Braterstwo polaca y la princesa de la mafia irlandesa.

Los padres de Anna, como los míos, empezaron siendo enemigos. Y, al igual que los míos, están obsesionados el uno con el otro de un modo asombroso. Supongo que Anna y yo deberíamos alegrarnos por tener padres que se quieran tanto, pero, por el amor de Dios, no se tendría que pedirle a adultos hechos y derechos que se busquen una habitación.

Anna es al baile lo que yo al baloncesto: la puta hostia. Hace que parezca que el resto de las chicas de su equipo bailan con zapatos de payaso. Ella siempre está en el centro, en primera línea. Llama la atención desde el momento en que empieza a moverse y no la suelta hast

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