Prólogo
30 de abril de 2025
Toda mi vida escribiendo en diarios y, por primera vez, no sé qué poner aquí.
¿Qué se supone que debe sentir una chica de veintiséis años sentada en el asiento 23A de un avión a punto de despegar hacia una isla de mil novecientos habitantes que flota sobre el mar Egeo?
Creo que voy a vomitar. Necesito salir y tomar el aire. ¿Quién ha inventado esta mierda de ventanas? O, mejor aún, ¿quién decidió que subirse a este trasto era una buena idea? Fuimos nosotras. Clara y yo. Hace tres semanas, cuando compramos el billete subyugadas por la influencia de la adrenalina, la esperanza de un cambio y aquel verdejo del 87. Joder.
La azafata, embutida en un traje amarillo chillón, está haciendo una especie de baile con el chaleco salvavidas rodeándole el cuello. Soy incapaz de atender. Aunque, a decir verdad, tampoco me interesa y me tranquiliza ver que no soy la única. A mi lado, un señor con sombrero panamá y pajarita asimétrica lee el periódico mientras da cabezadas luchando contra el sueño. ¿Debería pedirle que me deje salir antes de que sea demasiado tarde? No, ¡qué coño! ¡Adónde pretendo ir!
No es una posibilidad. Si me paro a pensarlo, no es para tanto, ¿verdad? Siempre está la opción de volver. ¿Qué es lo peor que podría pasar? Tan solo estoy subida a un avión, a punto de comenzar un nuevo capítulo que podré cerrar cuando yo quiera. Con teclear «vuelos a Madrid» será suficiente para volver al mismo punto de partida.
No corro peligro, no necesito vomitar ni pedirle a este hombre que me deje salir. Estoy sentada en un vuelo que va directo a Grecia y, cuando aterrice, tan solo seré una persona más entre los miles de millones que tomamos decisiones absurdas cada mañana mientras flotamos en un planeta suspendido en mitad de la inmensidad. Sí, no es para tanto.
Recuerdo esta sensación de vértigo y de emoción ante lo desconocido. Cuando era pequeña, todo era apasionante y único. Bastaba con dejarse llevar. Asumir el papel protagonista y vivir mi película hasta que las estrellas me saludaran de nuevo. No había náuseas ni planes que trazar. Tan solo una nueva aventura cada mañana al saltar desde mi acolchada y suave fortaleza.
Pero ya no tengo nueve años. Ahora todo me asusta y no encontrar un sentido racional y tangible a las cosas irrumpe en mi mente en asfixiantes oleadas cargadas de incertidumbre. Por eso escribo. Por eso tú, un mazo de doscientas hojas de papel reciclado cosidas entre dos tapas de cuero ébano, te vienes conmigo. Porque conozco la calma gracias a ti. Porque los únicos instrumentos que sé tocar para bailar al frenético ritmo del mundo son un bolígrafo y un papel. Los pensamientos que instantes antes me perturbaban dejan de pertenecerme, pasan a ser tuyos y tú me los cuentas. Es entonces cuando puedo verlos desde fuera, desde una nueva perspectiva en la que no soy más que una mera espectadora.
Las palabras fluyen y mi mente se fusiona contigo, olvidando todo cuanto existe a mi alrededor. Como ahora, que acabo de alzar la cabeza y, al otro lado de la ventanilla, ya no hay pista de despegue. No veo asfalto ni camino de vuelta a casa. Atravieso nubes que me abrazan y me dicen que no importa, que aquí arriba se está bien.
La azafata se ha sentado. El señor de sombrero panamá y pajarita asimétrica se ha quedado dormido. En mis AirPods suena «The Way to Be», de Steve Savona.
La opción de bajarme de este pájaro de metal que avanza a once kilómetros de altura dejando atrás mi vida tal y como la conozco ya no existe.
No pasa nada. No es para tanto. Todo está bien.
PRIMERA PARTE
1
Hay más caminos
El aire que se respiraba aquella noche olía a plástico y a egos impostados. Nada podía fallar en una de las veladas más importantes del año, a la que asistirían la prensa y los influencers más reconocidos del panorama español.
El Palacio de Cristal de Madrid evocaba más misterio y elegancia de lo habitual. Una aterciopelada alfombra roja descendía por las escaleras de piedra, abriéndose paso a través de los incipientes rosales de marzo. Los árboles sostenían sedosas guirnaldas plateadas y el sol de última hora pintaba destellos de colores satinados sobre ellas. Nunca antes se había conseguido cerrar uno de los parques más conocidos del país para realizar un evento, hecho que creaba un palpable ambiente de nerviosismo e inquietud.
Entre toda aquella niebla de estrés, tensión e imprevistos de última hora, flotaba Helena. Revoloteaba de un lado a otro del palacio atendiendo llamadas y apagando fuegos, seguida por su largo pelo castaño recogido en una coleta y uniformada con una americana gris perla que la diferenciaba del resto del equipo, algo que no le hacía falta para destacar, pues sus ojos verde aguamarina y el tono dorado de su piel la hacían fácilmente reconocible en una sala repleta de gente. De mediana estatura, su cuerpo fibroso y definido se movía con soltura en cualquier espacio. Debido al estrés de su trabajo, solía mostrar cierto grado de cansancio y preocupación, que trataba de ocultar bajo varias capas de corrector de ojeras y mucho colorete rosa que le devolvía la vitalidad a su rostro.
Con una pericia inigualable, iba y venía solucionando contratiempos y atendiendo a los asistentes más desubicados. Observaba, analizaba y marcaba en su cabeza las siguientes acciones. Flashes: listos. Photocall: listo. Alfombra y escenario: listos. Fotógrafos fuera de sí sacando brillo a sus lentes y preparándose para capturar el clip más viral de la velada y, con suerte, de los próximos meses: eufóricos. Personajes públicos sintiéndose abrumados por la cantidad de estímulos que requieren su atención: presentes. Guardias de seguridad pidiendo cordura y becarios ocupando sus puestos en los estands de las marcas patrocinadoras del evento: firmes. Todo resultaba igual de superficial y frívolo que siempre.
Helena llevaba siete años dedicándose a liderar, organizar y ultimar los detalles de los encuentros más importantes entre marcas y creadores de contenido. Una profesión nacida cuando ella aún daba sus primeros pasos como adulta. Supo identificar el auge del nuevo sector y aprovechó la oportunidad para dedicarse a ello desde la ya consolidada empresa de organización de eventos de sus padres. El partir con una amplia red de contactos y la ventaja de comenzar como encargada de departamento la hicieron crecer a un ritmo inusual. En poco tiempo, su agencia se convirtió en una de las más reconocidas del sector y, desde entonces…, de acontecimientos tan importantes como el de aquella noche siempre se encargaban ellos, con Helena sujetando el timón contra viento y marea.
Su calculadora mente se dirigió hacia las bebidas. ¿Había revisado los cócteles? Se acercó veloz para comprobar que los gin-tonics de frutas del bosque no estuvieran en la misma bandeja que los de pera deshidratada. Maldijo a quien los hubiera puesto juntos. Se disponía a separarlos cuando una voz aguda y exigente la distrajo.
—Oye, ¿tú sabes a quién tengo que etiquetar en Insta? Parece que nadie puede prestarme un mínimo de atención en este evento.
Helena se giró y se encontró de frente con los voluminosos labios rojo carmín de una chica más joven que se dirigía a ella sin levantar la vista del teléfono. Llevaba un vestido de cóctel negro y permanecía inmóvil con los dedos impacientes por obtener su respuesta e irse.
—Sí, perdona. —Reaccionó recolocándose el pinganillo que llevaba en la oreja—. Etiqueta a la cuenta de los premios y a las dos marcas patrocinadoras principales. Las tienes allí, en grande —señaló.
—¿Y algún hashtag? —insistió la muchacha con las retinas fijas en la pantalla.
Helena inclinó la cabeza buscando sus ojos.
—Perdona, cariño, ¿no tienes repre?
La chica alzó la mirada por primera vez en toda la conversación.
—Sí, claro —dijo con cierto desdén—, pero está haciendo una call a otra influ. Se le ha manchado el vestido a última hora y tiene que pasar por photocall, ¿sabes? —Una nueva notificación la distrajo—. No puede ir manchada al photocall, como comprenderás.
Helena se quedó mirándola durante varios segundos, buscando las palabras correctas para evitar que se notase que le importaba más bien poco todo aquello y que no era su labor repasar el briefing en voz alta con cada uno de los invitados. La chica de labios artificiales y vestido caro no le dio las gracias cuando le confirmó que no hacían falta hashtags. No recibir miradas ni agradecimientos era algo con lo que estaba acostumbrada a lidiar en su trabajo. Que le hablaran con indiferencia, siempre con un teléfono de por medio, estaba normalizado en ambientes como aquel. No se permitía a sí misma indagar mucho en ello o tomárselo como algo personal. Hacía años que había asumido la vacuidad de su gremio. Era un mundo frívolo, insustancial y poco acogedor.
Le gustaba compararlo con las presentaciones en sociedad de antaño. Espacios cargados de vanidad y soberbia donde no podías permitirte bajar la barbilla, ya que hacerlo podría ser visto como una señal de debilidad o de falta del talento necesario para estar allí. Salas repletas de miradas y de juicios. El ego humano en estado puro luchando por pertenecer a un grupo social del que succionar lo necesario para seguir subsistiendo en el mismo escalón. Aquella comparación siempre la tranquilizaba porque, a pesar de replantearse una y otra vez la poca cordura del ambiente en el que tenía que pasar gran parte de sus jornadas laborales, le recordaba que siempre habían existido espacios cargados de narcisismo y prepotencia. La única diferencia era que, en este siglo, había dispositivos electrónicos tras los que esconderse.
Además, a Helena no le disgustaba porque había aprendido a ver el lado positivo de todo aquello. Al fin y al cabo, aquel sector, a sus veinticinco años, le proporcionaba unos ingresos que le permitían pagar todos sus caprichos y ahorrar para su deseada independencia. Tenía un puesto en el que se desenvolvía bien, un salario digno y una rutina estudiada para poder cumplir con horarios exactos de deporte, ocio, trabajo y sueño. Estaba convencida de que esa era la fórmula secreta para tener una vida feliz y equilibrada.
—Helena, ¿han llegado los globos? —Se apretó el pinganillo contra la oreja, maldiciendo aquella pregunta.
—Qué va, mamá. Bueno, han llegado unos, pero no son del color que pedimos. Son de un azul celadón que no se parece en nada al índigo de la marca, pero por ahora no tenemos otros, así que he ordenado ponerlos igualmente —confesó mientras le daba ligeros codazos al chico que los colocaba.
—Cariño, ya sabes que no quiero un informe, sino una solución. Y estoy segura de que poner globos de un color distinto al de la marca no lo es, ¿verdad? Déjame que haga unas llamadas rápidas y te doy un toque. Mientras tanto, que nadie vea ni fotografíe un solo globo.
—Oído —contestó.
Helena le hizo otro gesto al muchacho, que puso los ojos en blanco y se agachó junto a ella para comenzar a desatar globos. Un pitido agudo les indicó que empezaban las pruebas de sonido y que los invitados estaban a punto de entrar al gran recinto de cristal donde, sin duda, resaltaba el azul equivocado. Helena miró al muchacho exigiéndole rapidez.
—Chica, no soy yo el que se ha confundido escogiendo los globos —le respondió él con indiferencia.
—Espabila, Adrián —le ordenó—. Tengo a mamá por el pinganillo hablándome cada dos por tres, unos gin-tonics mal colocados, influs persiguiéndome y haciéndome preguntas absurdas como si fuera un robot, muchos globos que quitar y, por lo que veo, un hermano que está aportando, más bien, lo que viene siendo poco. No es el momento de buscar culpables. No me hagas discutir.
—¿Quién ha dicho que haya que discutir? —Sus comisuras se elevaron con sutileza. Le encantaba sacarla de quicio.
Helena se fijó en el brillo pícaro de sus ojos, su pelo lacio y los mofletes grandes y esponjosos. Acababa de cumplir dieciocho, pero seguía teniendo la misma cara de pillo que a los diez. Era su hermano pequeño, su niño, pero también un trabajador vago que se pasaba por el mismísimo forro cualquier tarea que se le asignara. Recordarlo la enfureció de nuevo.
—Hablo en serio. ¡Ve más rápido! Entiendo que todo esto te sea indiferente, pero sabes que, para mí, esta noche es importante. Ponle un poco más de ganas, joder.
Comenzó a recorrer la sala con rapidez, recogiendo globos y sujetándolos con una misma mano mientras Adri la perseguía encargándose de los que se iba dejando.
—Perdona, hermanita. Yo también me lo tomo muy en serio. ¿Cuándo en tu vida vas a ver a nuestros trabajadores tan entretenidos? Se lo pasan de locos conmigo, les doy bola, les cuento algún que otro chiste y les hago el curro más ameno. ¡Ya quisieran todos tener un jefe como yo!
—Adri, «nuestros trabajadores» —le increpó— no necesitan que les des bola. Y, además, no son «tus» trabajadores. Tú no tienes planes de quedarte en la agencia a largo plazo. Estás aquí por la pasta y porque, al ser hijo de los jefes, nadie te lleva la contraria en nada.
—Digamos que tengo otras aspiraciones. Pero nunca se sabe. —Le guiñó un ojo encogiéndose de hombros.
—¿Aspiraciones? Oh, Adri, ¡por Dios! Lo de ser DJ es una moda que te apetece ahora, porque solo eres un chaval que acaba de cumplir los dieciocho y cuya única preocupación es fumarse unos porros con sus amigos por las tardes. ¡Hacer directos en Twitch pinchando o imprimir logos en camisetas no son aspiraciones! Son, tan solo, pasatiempos. —Alzó la cabeza para mirarle y su tono de voz se tornó más suave y cansado—. Y está genial que hagas todo eso, ya lo hemos hablado, pero prefiero volver a tener esta conversación cuando tengas que trabajar para independizarte en esta ciudad o cuando, tras siete años currando de lo mismo, un evento salga mal por el color de unos putos globos.
Se produjo un incómodo silencio entre ambos, tras el cual Helena se levantó con el ramo de globos en la mano y se lo ofreció. El joven lo aceptó, apoyó la frente contra la de ella y liberó sin esfuerzo la barrera de orgullo que su hermana acostumbraba a construir.
—Te lo tomas demasiado en serio, hermanita. Respira. Siempre lo sacas todo adelante. Nadie va a despedirte —dijo mientras se ataba los globos a la riñonera de mala manera—. Además, tienes veinticinco años y toda la vida por delante. Eres buena en lo tuyo, pero no se te ve feliz. Sin más. Hay más caminos. Yo no pienso dedicarme a esto toda la vida, porque es un coñazo. Mamá y papá ya se las apañaban sin nosotros antes.
—Adri, esta conversación no es nueva. —Helena le lanzó una mirada de súplica. Las puertas del palacio se abrieron y ambos giraron la cabeza—. No somos iguales. Yo no pienso como tú. No hemos vivido lo mismo. Tú no tuviste que dejar tus sueños de lado por ningún motivo como tuve que hacer yo. Y eso me hace feliz, porque tú serás feliz. Pero no puedes pretender que piense como tú. Tengo veinticinco años, no dieciocho. La vida me dio esto y es todo lo que conozco. Hay corrientes por las que es mejor dejarse arrastrar, en lugar de intentar luchar contra ellas.
—Bro, esto no es ninguna corriente. —Adri alzó los brazos trazando círculos—. Tan solo un puñado de peña que se graba desde su casa y a la que tú le montas una alfombra roja porque es lo que nos da dinero. El año que viene ya no dará tanto y pasaremos a otra cosa. Y el siguiente, a otra.
—Si todo esto se fuera a acabar, no llevaría siete años montando alfombras, ¿no? —Helena le entregó los últimos globos—. ¿Sabes qué hay también? Muchos alquileres muy caros que no se pagan solos. Pero ya está. Fin de la conversación. No puedes entenderlo porque solo eres un crío —sentenció—. Ponlos detrás del escenario, ¿vale? En cuanto lleguen los nuevos, te aviso. Venga va. Gracias.
Helena comprobó que todo siguiera su curso habitual: globos azul índigo entrando a la sala, influencers apurando sus gin-tonics mientras esperaban a que el efecto embriagador los ayudase a soltarse, micros funcionando y las televisiones atentas y celosas de la noche más especial del año.
Supervisando desde una esquina, observaba a su hermano, quieto tras el escenario, confirmando que los técnicos de sonido le copiaban. Aspiraciones, soñar despierta, dedicarte a lo que te apasiona, cambiar de rumbo. Eran conceptos de niña. De adolescente. Todo eso suena bien cuando todavía no conoces la cruda realidad de la vida. Existir implica trabajar, labrarte un camino, tener objetivos y un plan. Estaba convencida de que cualquier cosa que se saliera de eso era tan solo una moda optimista y tóxica. Espejismos con los que distraerse de la palabra «futuro».
Aunque Adri sí que tenía razón en una cosa: nadie iba a despedirla. Aquello era algo por lo que nunca había tenido que preocuparse. Y menos mal. Sería demasiada incertidumbre que gestionar. Suficiente tenía con pensar en la maldita palabra «futuro» como para tener que preocuparse también del término «despido».
La velada finalizó con los aplausos de los más atrevidos y el confeti cayendo sobre sus ostentosos trajes de gala. La gente felicitaba a Helena por la organización mientras ella les entregaba bolsas llenas de regalos. En un futuro, cuando se las enseñasen a sus hijos, no sabrían explicarles quién los había invitado o qué hacían allí exactamente, pero alardearían de haber asistido al evento y haberse codeado con lo más top del momento.
Ya en el taxi de vuelta, elaboró una lista de las cosas que deberían mejorar en la siguiente gala de premios. Solía terminar la jornada sobre la una y media de la madrugada, ya fuera porque asistía a todos los eventos para que salieran perfectos o porque se quedaba hasta tarde revisando los correos pendientes. Ser la última en responder era un buen truco para levantarse con la bandeja de entrada vacía.
Abrió el portátil y sus ojos, sedientos de encontrar algún tipo de información nueva o problema por solucionar, se aferraron a los últimos correos. Cuando la bandeja de entrada quedó vacía, lo guardó y sacó su libreta. Miró a Adri, sentado a su lado. Dormía con la boca abierta y la cabeza apoyada sobre la ventanilla del taxi.
Por un momento se preguntó cómo sería dormir en un coche cuando no sabes si te lleva a donde le has pedido, cuándo llegarás, si el conductor va borracho o ni tan siquiera la hora que es. Había muchas cosas en las que pensar. ¿Cómo podía estar durmiendo con la baba deslizándosele por las comisuras como si fuera un bebé?
Puso los ojos en blanco mientras rebuscaba en el bolso. Encontró su bolígrafo y quitó la goma de la libreta. La abrió con cuidado y escribió los pros y los contras de repetir el evento al año siguiente en una localización tan suntuosa.
Su mirada se deslizó hacia la columna de contras y la voz de Adri se coló en su mente recordándole que pronto aquello no daría tanto dinero. Un torbellino de frases se entrometió entre el papel y ella. «Eres buena en lo tuyo, pero no se te ve feliz». «Hay más caminos». «Mamá y papá ya se las apañaban sin nosotros antes». Un nudo comenzó a formarse en el pecho de Helena. Era grueso y áspero. Inhaló de forma profunda y prolongada, y trató de concentrarse en su respiración. Dejó el boli sobre el papel y cerró los ojos, devolviendo su mente al asiento del taxi que los llevaba a casa. Exhaló y relajó las manos. «No pasa nada —se dijo—. Todo está bien. Estamos bien». Guardó la libreta con rapidez y volvió a abrir el portátil. La bandeja de spam. Se había olvidado de revisar el spam.
2
Me está mirando
—Y ¿desde cuándo dices que lo conoces? —preguntó Helena con sorna.
Aquel bar de tablones rojos y sillas oxidadas era su punto de encuentro. Su lugar de confianza. Las dos amigas encontraban cierto encanto en aquellos escasos metros cuadrados de acera. Especialmente por la gracia del camarero que las atendía los miércoles y por las enormes tapas de patatas bravas, tortilla con cebolla y panes untados en ensaladilla rusa que les servían. Un letrero de letras blancas impresas sobre fondo rojo, a juego con las mesas, parpadeaba las veinticuatro horas del día en la ciudad que nunca duerme.
Una mujer con americana blanca, el pelo recogido en un clean look y las pestañas impregnadas en máscara de pestañas se iba pasando por las mesas del bar tratando de conseguir que los más jóvenes le dieran un par de caladas a la última versión de cigarrillo electrónico del mercado. Si conseguía cumplir sus ventas del día, podría retirarse a casa, quitarse las sandalias de tacón y ponerse el último capítulo de And Just Like That…El camarero, apoyado sobre la barra exterior, más pendiente de los transeúntes que de los clientes, les sirvió vino blanco nada más llegar sin necesidad de tener que preguntarles.
—Si te digo que lo conocí en un sueño hace un par de años, no te estaría mintiendo —respondió Clara con certeza.
Helena soltó una carcajada que hizo que la vendedora de cigarrillos electrónicos se percatara de que aún no había pasado por su mesa. Entre risas y afirmaciones elevadas de tono, bebieron vino y se pusieron al día de las últimas veinticuatro horas sin verse. Helena, como siempre, vestía un conjunto de estilo oficina elegante y caro, y tanto sus orejas como sus manos estaban llenas de accesorios plateados. Clara vestía sus característicos baggy a juego con un top creado por ella misma con los retales que coleccionaba, y unos pendientes de aro grandes y finos reposaban sobre los hombros. Sin importar cuánto divergieran sus estilos, el resultado era siempre el mismo. Una mezcla de contrastes, colores y sonidos. Sus cuerpos decorados con telas llamativas y joyas que tintineaban al gesticular.
—¡Hablo en serio, hermana! —exclamó Clara, reclinándose sobre el tablero rojo—. Tenemos una conexión de esas que no son fáciles de explicar. Como mágica. No creo que me vaya a casar con él, pero tampoco es un tren para dejar pasar de largo. Es de los que hay que disfrutar y exprimir al máximo mientras estén parados en tu andén. —Sus labios se curvaron con aquel descaro encantador que la caracterizaba.
—No lo dudo —Helena dio el primer sorbo a su copa—, y por eso no seré yo quien te diga que no lo aproveches y te subas a él como si fuera el último. Solo hago de amiga que trata de asegurarse de que este tren no se te llevará por delante, como los catorce anteriores.
—Eso es justo lo que quería oír. —Clara se recostó en la silla con aire triunfante—. Tú alimenta mis ilusiones, ¿vale? De lo del atropello ya me encargo yo.
—Lo curioso es que quieras mi opinión cuando desde un primer momento ya sabes lo que quieres escuchar —la vaciló Helena.
—Lo curioso es que, después de veinte años juntas, no sepas que eso es exactamente todo lo que pretendo desde el momento en que empiezo a contarte algo —respondió Clara alzando su copa para brindar.
Sus primeros recuerdos con ella se remontaban a cuando eran tan solo unas niñas y jugaban en el patio del colegio. Dos niñas que no se soportaban, con personalidades marcadas y cuyas voces resonaban por encima del resto. Con afán de liderazgo allá donde iban y una urgencia silenciosa de competir por ser el centro de atención. Existen muchas formas de empezar una amistad y, con toda probabilidad, la suya había sido la menos romántica de todas.
Helena trataba de poner normas y Clara siempre le llevaba la contraria. La una compraba pegatinas nuevas, originales en formas y colores, y al día siguiente la otra traía unas más llamativas. Cuando una soltaba un comentario gracioso en clase, la otra remataba la frase con un desparpajo innato que provocaba más risas que el anterior. Llevarse la contraria era su pasatiempo favorito y tensar la cuerda hasta que la situación se volvía insostenible era la única dinámica que conocían aquellos dos inocentes seres.
Lo que no sabían con cinco años era que a los diez se darían cuenta de lo mucho que se parecían. De que dos personalidades tan fuertes nunca se podrían entender tan bien con nadie como entre ellas. De que, a pesar de tener el mismo carácter y el mismo mal humor, eran energías opuestas que se complementaban. El blanco y el negro. El orden y el caos. La seda y el hierro. El sol y la luna.
Mientras que el resto de las niñas jugaban a papás y mamás y elegían quién era el padre, el hijo, la mamá o el perro, ellas jugaban a proteger los elementos. Helena siempre se pedía el hada del agua y Clara el hada del fuego. Comenzaban simulando que eran enemigas para terminar uniendo sus fuerzas en la batalla final y volverse invencibles. Una moría y la otra tenía que renunciar a todo lo que poseía para salvarla porque, en el fondo, a pesar de haberse criado como hadas de aldeas enemigas, se querían. Si sonaba el timbre y aún no habían llegado al final de la historia, trataban de improvisar, incapaces de meterse en clase con la sensación de no haber terminado con un final feliz y sus fuerzas unidas.
Con trece años comprendieron que lo mejor que podían hacer con sus energías era compensarlas. A esa edad, la personalidad de los niños comenzaba a formarse, pero en ellas, adelantadas a su tiempo, era un asunto que ya habían resuelto años atrás.
Por aquel entonces, Helena se manifestaba como la calidez del sol en la piel, las primeras flores de la primavera o los pájaros cantando una mañana de domingo en el jardín con todo el día por delante para no hacer nada y descansar. Era una siesta al sol, un prado verde por el que correr hasta cansarse, un mar abierto y empático ante todo lo que quisieras confesarle. Su piel, siempre limpia y dorada. Sus grandes ojos verdes no pasaban desapercibidos a ningún ser humano mínimamente cuerdo. Su sonrisa, alineada y grande como sus labios, apaciguaba a cualquiera. Además, era la viva imagen del orden, siempre parecía estar en calma y tenerlo todo bajo control. El cuarto siempre limpio, los papeles clasificados, las notas de estudio etiquetadas por colores y la taquilla impoluta.
Clara, por el contrario, decidió que los trece eran ya una buena edad para embarcarse en la misión de encontrar el tono de rojo perfecto para sus labios, los cuales enmarcaban una sonrisa pícara, de largos colmillos y blancos dientes. Su pelo, de un negro que absorbía la luz y cortado al estilo bob, dejaba a la vista las clavículas y los hombros, que, con dieciocho, comenzaría a llenar de tatuajes de línea fina hechos por ella misma frente al espejo del baño. Ya en la adolescencia, era rock and roll, el alma de la fiesta. La esperanza de entrar en su habitación y poder pisar un metro cuadrado que estuviera despejado de ropa o trastos era nula. Por no hablar de las paredes, empapeladas con dibujos místicos inspirados en la brujería y la oscuridad. Soñaba con llegar a ser tatuadora y tener su propio estudio en el centro de la ciudad, con marcar los cuerpos de otros a través de su arte. La madrugada era su mejor amiga después de Helena y le encantaba tratar de convencerla de que cualquier noche era buena para salir de fiesta. Uno de sus pasatiempos favoritos era hacer de diablillo en el hombro izquierdo de su amiga. Cuando Helena decía «No sé si es buena idea», la respuesta de Clara siempre era «Lo hacemos y ya vemos».
No recordaban nada más allá de toda una vida juntas. Habían aprendido a compenetrarse y a entenderse mejor que nadie. Se terminaban las frases la una a la otra, sabían cuándo necesitaban espacio y percibían lo que estaban sintiendo sin tener que decírselo. Eran la perfecta representación de una amistad sencilla. Sin rencores, envidias o barreras que se interpusieran. Se necesitaban y complementaban de la manera más pura y sana que pueda existir.
Sin embargo, al igual que en cualquier relación, ambas habían crecido y sus aspiraciones y maneras de vivir habían tomado rumbos distintos. Mientras que Clara siempre había sabido mantener esa ilusión e inocencia por la vida, Helena se había visto obligada a dejar atrás a la niña que un día fue. Su versión más soñadora y elocuente vivía aún dentro de ella, pero el paso de los años la había cubierto de varias capas de orden, control y planes estratégicos preestablecidos. Su vida se resumía en trabajo y responsabilidades. No tenía tiempo para pensar en fiestas, ligues o astros alineándose. Trabajo, constancia y rutina. Aquello era lo que mejor se le daba y, por lo tanto, lo único válido.
—Bueno, nena, ¿qué vas a hacer por tus veintiséis? ¿Fiesta en tu casa? —preguntó Clara haciéndole un gesto al camarero para que le rellenase la copa—. Yo llevo el ron y los altavoces.
Helena resopló divertida, elevando su mirada hacia el cielo.
—¿Cuándo, en nuestra puñetera vida, he hecho yo una fiesta en mi casa?
—Para todo hay una primera vez. ¡Veintiséis años no se cumplen todos los días! Y las cosas no se organizan solas, ¿sabes? Ya me encargo, tú no te preocupes.
—Fíjate tú por dónde, eso me suena de algo. Si las cosas se organizasen solas, no tendría que quedarme hoy hasta tarde descartando perfiles para el evento de mañana. ¡Encima siendo «viernes»! Agobio y estrés es lo único que me produce la maldita palabra «viernes». Para los clientes es sinónimo de prisas. ¿Crees que yo tengo un minuto al día para organizar otra cosa que no tenga que ver con eventos y urgencias?
—Madre mía, nena, lo pintas como si fuera el fin del mundo. Piensa que, por lo menos, no te tienes que dedicar a pinchar tinta en un trozo de piel de cerdo para aprobar un puto máster que ya has pagado y que solo te servirá para que te entreguen tu nombre escrito en papel couché.
—Bueno, tú por lo menos plasmas tus diseños sobre piel de cerdo sabiendo que te servirá de algo. —Helena se arrepintió al segundo de haber dicho aquello. Desvió la mirada con rapidez, tragó saliva y buscó a su alrededor cómo cambiar de tema—. Podríamos buscar un local para mi cumpleaños —reculó tirando por la vía de escape más sencilla.
Su amiga entornó los ojos.
—¿Quieres que haga como que no lo has dicho?
—Sí, quiero que hagas como que no lo he dicho.
—Sabes que podemos hablarlo cuando quieras.
—Sé que podemos hablarlo cuando quiera.
—¿Y? ¿No quieres?
—No. No quiero.
El camarero le rellenó a Clara la segunda copa de vino de la tarde y ella le dio las gracias acompañadas de una coqueta sonrisa.
—Tú sabes que yo siempre te hago caso —dijo con voz serena—, pero tan solo dime: eres consciente de que tú también puedes hacer cosas que te sirvan de algo, ¿verdad?
—Lo que hago ya me sirve de algo. Me he expresado mal. —Helena se recolocó el pelo y se acomodó en la silla—. Me refería a las reuniones y las llamadas con los clientes. Son trámites que eliminaría de mi trabajo, ¿sabes? Pero, quitando eso, todo lo demás me gusta, me aporta y me es útil.
—Ya. Venga va, ahora dime la verdad de por qué tu subconsciente ha decidido compartir eso conmigo.
Helena la fulminó con la mirada. Odiaba que hiciera aquello.
—Joder, no os soporto. —Se bebió lo que le quedaba de vino y dejó la copa con brusquedad sobre la mesa.
—¿A mí y a quién más?
Los ojos de su amiga vacilaron brillantes y Helena puso los suyos en blanco antes de comenzar a recogerse la larga melena ondulada en un moño alto. Un gesto que siempre hacía cuando necesitaba claridad y aire fresco.
—Adri. Ayer. Ya me dio la chapa con esto. No necesito volver a hablarlo contigo también.
—Ah, ¿sí? —Movió su copa en círculos—. Y, por lo que veo, la conclusión a la que llegasteis no te gustó un pelo.
Clara trataba de ir con cuidado. Hablar con Helena sobre aquellos temas era como andar sobre un cristal a punto de romperse.
—No. Porque llegamos a lo mismo de siempre. Él tiene dieciocho años y todo por hacer y decidir. Además, no hay más que hablar —sentenció—. He dormido poco, estoy cansada y lo he dicho sin pensar, pero ya está. Me gusta lo que hago. ¿Qué manía os ha dado a todos con pensar que no es así?
Clara la miró dejando que el silencio hiciera de las suyas. Sabía muy bien cómo llevarla poco a poco hacia donde le interesaba. Le hizo una señal al camarero para que no se olvidase de rellenarle la copa a su amiga.
—Quizá sea un buen momento para empezar a replantearte por qué todos los que te queremos tenemos esa manía.
—Lo hacéis porque os preocupáis demasiado.
—O, tal vez, porque te conocemos desde siempre. A ti y a todas tus versiones. A la Helena de ahora y a la de antes de… —Se llevó los dedos al entrecejo y cambió sus palabras—. Porque nos acordamos de la Helena que soñaba con otros caminos.
Ella no respondió. Tan solo esperó a que el camarero le sirviera el vino y se fuera para estar segura de que nadie más la escucharía. Cuando volvieron a quedarse solas, se cruzó de brazos y respondió con seguridad:
—Esa Helena ya no está, Clara. Hace tiempo que se marchó. Estoy donde debo estar porque…
Su amiga la cortó:
—Puede que los veintiséis sean una buena cifra para replantearte si esa es la respuesta que quieres seguir dándote el resto de tu vida.
—Mientras siga dando sus frutos, será una buena respuesta —contestó Helena, tajante.
—¿Con frutos te refieres a dinero? Porque no veo la fruta por ninguna otra parte.
—No es solo por dinero. Me siento realizada y sé que me permitirá comprarme mi propia casa el día de mañana.
—Ya, ¿y luego qué?
—Luego ya veremos, Clara. Objetivo a objetivo. Poco a poco.
—La madre que te parió con los putos objetivos…
Se sumieron en un ensordecedor silencio lleno de verdades sesgadas. Estaban repitiendo una conversación que ya habían tenido en muchas ocasiones y siempre era Clara la que reculaba porque sabía que Helena no lo haría.
—Sabes que te apoyaré en todo lo que decidas. —Clara extendió la mano sobre la mesa roja llena de grasa de patatas fritas y cercos por la condensación del frío de las copas—. Pero no sería una buena amiga si no te recordase más a menudo lo de pensar con el corazón y dejar de lado tu vocecita racional de vez en cuando, la cual, después de nueve años intentándolo, no quiere callarse. ¡Ni una pequeña tregua me da, la hija de puta!
La expresión de Helena se relajó al sentir la mano de su amiga.
—Y yo te lo agradezco, pero pensar con el corazón es algo que dejé de hacer hace mucho tiempo y, mírame, no me ha ido mal.
—No te ha ido mal porque es imposible que las cosas que hacemos con la cabeza salgan mal, nena. —Sus pulseras sonaban sobre el tablero al ritmo de las palabras—. Las has pensado una y otra vez, has sopesado todas las opciones y te has decantado por la más segura y menos arriesgada. ¿Me puedes decir cuál es la gracia de vivir así? ¿Crees que cuando tengas ochenta años dirás: «Estoy superorgullosa de haber hecho lo correcto y lo que me dictaba la cabeza en todo momento»? —Clara imitó la voz nasal de una anciana y Helena no pudo evitar reírse—. ¡Por supuesto que no, tía! ¡Qué me estás contando! —Volvió a recostarse en la silla y, usando un tono más firme, continuó—: Te conozco desde que tengo uso de razón. Me acuerdo de ti. No, no de ti, la que ahora mismo me mira. Le hablo a la Helena que tienes ahí dentro. A la niña que sé que escondes por mucho que hayas querido meterla en una celda subterránea y fingir que no te acuerdas de dónde has puesto la llave. —Clara se incorporó y le señaló el pecho—. Pero escúchame con atención. Sé que algún día esa mocosa volverá a salir o tendrás que entrar a buscarla. Solo espero que, cuando ocurra, no sea demasiado tarde. Que no tengas que arrepentirte de por vida de no haber recorrido el camino con el que siempre soñasteis las dos.
Helena no pudo evitar que una ligera sonrisa se dibujase en su cara ante la ternura que le producía verla hablando de aquella manera. Tenía razón. No siempre había sido racional, eficiente, drástica y terrenal. Su pasión e ilusión por la vida solían ser desorbitadas y, junto a su amiga, pasaban noches en vela, bajo las sábanas, ideando aventuras y dibujando sueños.
No fue capaz de controlar su cabeza cuando sus pensamientos se desviaron hacia el pasado. Recordó el acontecimiento que le había hecho renunciar a sus sueños, pasiones e ilusiones. Aquel diciembre de 2016 en el que su vida se vio cubierta por una fina tela negra que oscureció su campo de visión los siguientes años.
Miró a los ojos color caoba de Clara sabiendo que podía refugiarse en ellos, pero algo detrás de su amiga la distrajo. Su expresión se volvió sombría y asustada. Al notarlo, Clara se giró sin disimulo y su visión fue a estrellarse con los grandes y almendrados ojos pardos de un gato color ceniza, que brillaban con los últimos rayos de sol de la tarde. Permanecía frente a ellas, estático y curioso, con sus retinas afiladas fijas en Helena.
—Me está mirando —advirtió en voz baja, como si el animal pudiera entenderla.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de ambas.
—Eso parece —confirmó su amiga.
Observaron el resto del bar. Nadie más parecía darse cuenta de la presencia del felino.
—Te diré que me está dando mal rollo. ¿Por qué no se mueve?
—Qué curioso. —Clara volvió a girarse hacia ella con la cara brillante por la emoción.
Hizo una cuenta rápida con los dedos y miró a su amiga.
—¿Sabes lo que esto significa?
—Ni se te ocurra ir por ahí —le respondió Helena, nerviosa, mientras negaba con la cabeza.
—Pásame tu teléfono.
—Ni de coña.
—Helena. Dame tu móvil —insistió.
Ella se lo entregó muy despacio, como si tratase de no espantar al animal, aunque en el fondo desease perderlo de vista.
Clara se giró, le hizo una foto al gato que aún las observaba y le añadió un título a la imagen «23 de marzo, 20:33. Un gato gris mirándome».
—Vas a ir apuntándolo todo aquí, ¿de acuerdo? Todo lo que te incomode en l
