I
Annabeth
Hasta que se topó con la estatua explosiva, Annabeth creía que estaba preparada para cualquier cosa.
Se había paseado por la cubierta de su buque de guerra volador, el Argo II, comprobando una y otra vez las ballestas escorpión para asegurarse de que tenían el seguro puesto. Confirmó que la bandera blanca que indicaba que venían en son de paz ondeaba en el mástil. Repasó el plan con el resto de la tripulación… y el plan de emergencia, y el plan de emergencia del plan de emergencia.
Y lo más importante, se llevó a su belicoso guardián, el entrenador Gleeson Hedge, y lo animó a que se tomara la mañana libre y se quedara en su camarote viendo reposiciones de campeonatos de artes marciales. Lo que menos necesitaban, volando en un trirreme griego mágico con rumbo a un campamento romano posiblemente hostil, era un sátiro de mediana edad vestido con ropa de deporte blandiendo una porra y gritando: «¡Muerte!».
Todo parecía en orden. Incluso el misterioso frío que llevaba notando desde que el barco había zarpado había desaparecido, al menos de momento.
El buque de guerra descendía entre las nubes, pero Annabeth no podía evitar darle vueltas al asunto. ¿Y si era mala idea? ¿Y si a los romanos les entraba pánico y les atacaban al verlos?
Desde luego el Argo II no parecía amistoso. Tenía sesenta metros de eslora, con el casco revestido de bronce, ballestas de repetición montadas en proa y popa, un llameante dragón metálico a modo de mascarón de proa y dos ballestas giratorias en medio del barco que podían disparar proyectiles explosivos capaces de atravesar hormigón… Tal vez no fuera el medio de transporte más adecuado para saludar a los vecinos.
Annabeth había tratado de avisar a los romanos. Le había pedido a Leo que enviara uno de sus inventos especiales —un pergamino holográfico— para advertir a sus amigos del campamento. Esperaba que hubieran recibido el mensaje. Leo había querido pintar un mensaje gigantesco en el fondo del casco —¿QUÉ TAL?, con una cara sonriente—, pero Annabeth había rechazado la idea. No estaba segura de que los romanos tuvieran sentido del humor.
Ya era demasiado tarde para volverse atrás.
Las nubes se separaron y dejaron a la vista el manto dorado y verde de las colinas de Oakland debajo de ellos. Annabeth cogió uno de los escudos de bronce alineados a lo largo del pasamanos de estribor.
Sus tres compañeros de tripulación ocuparon sus puestos.
En el alcázar de popa, Leo corría de un lado al otro como loco, comprobando los indicadores y luchando con las palancas. La mayoría de los timoneles se habrían contentado con un timón o una caña de timón. En cambio, Leo también había instalado un teclado, un monitor, los controles de aviación de un reactor Learjet, una mesa de mezclas de dubstep y unos sensores de control de movimiento de una Nintendo Wii. Podía girar el barco dándole al regulador, disparar armas sampleando un disco o izar las velas agitando muy rápido los mandos de la Wii. Incluso para un semidiós, Leo era un caso grave de trastorno por déficit de atención con hiperactividad.
Piper se paseaba de acá para allá entre el palo mayor y las ballestas, ensayando sus frases.
—Bajad las armas —murmuraba—. Solo queremos hablar.
Su embrujahabla tenía tal poder de persuasión que las palabras envolvieron a Annabeth, y a la chica la embargó el deseo de soltar su daga y entablar una larga y agradable conversación.
Para ser una hija de Afrodita, Piper se esforzaba mucho por minimizar su belleza. Ese día iba vestida con unos tejanos andrajosos, unas zapatillas gastadas y una camiseta de tirantes blanca con estampado de Hello Kitty. (Tal vez fuese una broma, aunque tratándose de Piper, Annabeth nunca estaba segura.) Llevaba su rebelde cabello castaño recogido en una trenza con una pluma de águila que le caía por el lado derecho.
Luego estaba el novio de Piper: Jason. Se encontraba en la proa, sobre la plataforma elevada de la ballesta, donde los romanos podían verlo fácilmente. Agarraba la empuñadura de su espada dorada con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Por lo demás, parecía tranquilo para estar exponiéndose como objetivo. Por encima de los tejanos y de la camiseta de manga corta naranja del Campamento Mestizo, se había puesto una toga y una capa morada: los símbolos de su antiguo cargo de pretor. Con su pelo rubio revuelto por el viento y sus gélidos ojos azules, tenía un atractivo rudo y un aire de autoridad, como le correspondía a un hijo de Júpiter. Había crecido en el Campamento Júpiter, de modo que con suerte su rostro familiar disuadiría a los romanos de derribar el barco.
Annabeth intentaba ocultarlo, pero no se fiaba del todo de él. Se comportaba de una forma demasiado perfecta, siempre respetuoso con las normas y honrado. Incluso su aspecto era demasiado perfecto. Una molesta idea le rondaba la cabeza: «¿Y si es una trampa y nos traiciona? ¿Y si llegamos al Campamento Júpiter y él dice: “¡Hola, romanos! ¡Mirad qué prisioneros y qué barco más chulo os traigo!”».
Annabeth dudaba que eso ocurriera. Aun así, no podía mirarlo sin notar un amargo sabor de boca. Él había formado parte del «programa de intercambio» forzoso de Hera para dar a conocer los dos campamentos. Su cargante majestad, la reina del Olimpo, había convencido a los demás dioses de que los dos grupos de hijos —romanos y griegos— tenían que unir fuerzas para salvar al mundo de la malvada diosa Gaia, que estaba despertando de la tierra, y de sus horribles hijos los gigantes.
Sin previo aviso, Hera había secuestrado a Percy Jackson, el novio de Annabeth, le había borrado la memoria y lo había mandado al campamento romano. A cambio, Jason había acabado con los griegos. Jason no tenía culpa de nada, pero cada vez que Annabeth lo veía, se acordaba de lo mucho que echaba de menos a Percy.
Percy… que ahora mismo estaba allí abajo, en alguna parte.
«Soy hija de Atenea —se dijo—. Tengo que ceñirme al plan y no distraerme.»
Volvió a notar aquel escalofrío familiar, como si un desquiciado muñeco de nieve se hubiera acercado a ella por detrás sin hacer ruido y estuviera jadeando en su nuca. Se volvió, pero no había nadie.
Debían de ser los nervios. Incluso en un mundo de dioses y monstruos, a Annabeth le costaba creer que un buque de guerra nuevo estuviera embrujado. El Argo II estaba bien protegido. Los escudos de bronce celestial repartidos a lo largo del pasamanos habían sido hechizados para rechazar a los monstruos, y el sátiro que llevaban a bordo, el entrenador Hedge, habría olido a cualquier intruso.
Annabeth deseó poder pedir consejo a su madre, pero ya no era posible. No después de lo ocurrido el mes anterior, cuando había tenido un terrible encontronazo con ella y había recibido el peor regalo de su vida…
El frío se cernía sobre ellos. Le pareció oír una débil voz en el viento riéndose. Todos los músculos de su cuerpo se pusieron en tensión. Estaba a punto de pasar algo terrible.
Le entraron ganas de mandar a Leo que cambiara de rumbo. Entonces sonaron unos cuernos en el valle. Los romanos los habían divisado.
Annabeth sabía lo que podía esperar. Jason le había descrito con todo detalle el Campamento Júpiter. Aun así, le costó dar crédito a lo que vieron sus ojos. Rodeado por las colinas de Oakland, el valle era como mínimo el doble de grande que el Campamento Mestizo. Un riachuelo serpenteaba por un lado y se curvaba hacia el centro como una G mayúscula, antes de desembocar en un resplandeciente lago azul.
Justo debajo del barco, abrigada en una orilla del lago, la ciudad de la Nueva Roma relucía al sol. Reconoció algunos de los lugares destacados de los que Jason le había hablado: el hipódromo, el coliseo, los templos y parques, el barrio de las Siete Colinas con sus calles sinuosas, sus coloridas casas de campo y sus jardines en flor.
Vio evidencias de la reciente batalla de los romanos contra un ejército de monstruos. La cúpula de un edificio, que supuso era el senado, se había abierto resquebrajándose. La amplia plaza del foro estaba llena de cráteres. Algunas fuentes y estatuas se encontraban en ruinas.
Docenas de chicos vestidos con togas estaban acudiendo en tropel para ver mejor el Argo II. Más romanos salían de las tiendas y las cafeterías, mirando boquiabiertos y señalando con el dedo mientras el barco descendía.
A unos ochocientos metros al oeste, donde sonaban los cuernos, una fortaleza romana dominaba una colina. Era idéntica a las ilustraciones que Annabeth había visto en libros de historia militar, con un foso defensivo con estacas, atalayas armadas con ballestas escorpión y altas murallas. En el interior, perfectas hileras de barracones blancos bordeaban la calzada principal: la Via Principalis.
Una columna de semidioses salió por las puertas, dirigiéndose a toda prisa a la ciudad con sus relucientes armaduras y lanzas. En medio de sus filas había un elefante de combate de verdad.
Annabeth quería aterrizar antes de que esas tropas llegaran, pero el suelo estaba todavía cientos de metros más abajo. Escudriñó a la multitud con la esperanza de ver a Percy.
Entonces algo hizo ¡BUM! detrás de ella.
La explosión estuvo a punto de arrojarla por la borda. Se giró y se encontró cara a cara con una estatua furiosa.
—¡Inaceptable! —gritó.
Al parecer, había aparecido con la explosión en plena cubierta. Un humo amarillo sulfuroso le caía por los hombros. Alrededor de su cabello rizado saltaban cenizas. De cintura para abajo no era más que un pedestal de mármol cuadrado. De cintura para arriba era una musculosa figura humana con una toga tallada.
—¡No pienso tolerar armas dentro de la línea del pomerio! —anunció con voz de maestro quisquilloso—. ¡Y desde luego no pienso tolerar griegos!
Jason lanzó a Annabeth una mirada que decía: «Lo tengo todo controlado».
—Término —dijo—. Soy yo. Jason Grace.
—¡Oh, me acuerdo de ti! —masculló Término—. ¡Pensaba que tendrías el sentido común de no asociarte con los enemigos de Roma!
—Pero no son enemigos…
—Es cierto —intervino Piper—. Solo queremos hablar. Si pudiéramos…
—¡Ja! —le espetó la estatua—. No intentes persuadirme, jovencita. ¡Y baja esa daga antes de que te la quite de un guantazo!
Piper miró su daga de bronce; al parecer se había olvidado de que la estaba empuñando.
—Esto… Vale. Pero ¿cómo me la quitaría? No tiene brazos.
—¡Qué impertinente!
Hubo un brusco ¡POP! y un destello amarillo. Piper lanzó un grito y soltó la daga, que ahora echaba humo y chispas.
—Tenéis suerte de que acabe de librar una batalla —anunció Término—. ¡Si estuviese en plenitud de facultades, ya habría derribado esta monstruosidad del cielo!
—Un momento. —Leo dio un paso adelante, sacudiendo su mando de la Wii—. ¿Ha llamado monstruosidad a mi barco? Quiero creer que no ha dicho eso.
La idea de que Leo pudiera atacar a la estatua con su aparato de videojuego bastó para sacar a Annabeth de su sorpresa.
—Tranquilicémonos. —Levantó las manos para mostrar que no tenía armas—. Supongo que es usted Término, el dios de las fronteras. Jason me ha dicho que protege la ciudad de la Nueva Roma, ¿verdad? Soy Annabeth Chase, hija de…
—¡Ya sé quién eres! —La estatua le lanzó una mirada fulminante con sus inexpresivos ojos blancos—. Una hija de Atenea, la forma griega de Minerva. ¡Qué escándalo! Los griegos no tenéis sentido del decoro. Los romanos sabemos cuál es el lugar de esa diosa.
Annabeth apretó la mandíbula. La estatua no la estaba ayudando a ser diplomática.
—¿Qué quiere decir exactamente con «esa diosa»? ¿Y a qué viene el escándalo…?
—¡Bueno! —la interrumpió Jason—. Hemos venido en misión de paz, Término. Nos gustaría que nos concediera permiso para aterrizar con el fin de poder…
—¡Imposible! —chilló el dios—. ¡Deponed vuestras armas y rendíos! ¡Marchaos de mi ciudad inmediatamente!
—¿En qué quedamos? —preguntó Leo—. ¿Nos rendimos o nos marchamos?
—¡Las dos cosas! —dijo Término—. Rendíos y luego marchaos. ¡Te voy a dar un guantazo por hacer una pregunta tan estúpida, ridículo muchacho! ¿Lo has notado?
—¡Uau! —Leo observó a Término con interés profesional—. Está usted muy tenso. ¿Tiene algún engranaje que necesite que le afloje? Podría echarle un vistazo.
Cambió el mando de la Wii por un destornillador de su cinturón portaherramientas y dio unos golpecitos en el pedestal de la estatua.
—¡Basta! —insistió Término. Otra pequeña explosión hizo que a Leo se le cayera el destornillador—. No se permite llevar armas en suelo romano dentro de la línea del pomerio.
—¿La qué? —preguntó Piper.
—El perímetro urbano —tradujo Jason.
—¡Y todo este barco es un arma! —dijo Término—. ¡No podéis aterrizar!
Más abajo, en el valle, los refuerzos de la legión se encontraban a mitad de camino de la ciudad. En el foro había ya más de cien personas. Annabeth escudriñó las caras y… Oh, dioses. Lo vio. Iba andando hacia el barco, rodeando con los brazos a dos chicos como si fueran sus mejores amigos: un chico robusto con el pelo moreno cortado al rape y una chica con un yelmo de la caballería romana. Percy parecía muy a gusto, muy contento. Llevaba puesta una capa morada como la de Jason: la marca del pretor.
A Annabeth le dio un vuelco el corazón.
—Para el barco, Leo —ordenó.
—¿Qué?
—Ya me has oído. Déjanos donde estamos.
Leo sacó el mando y dio un tirón hacia arriba. Los noventa remos se quedaron quietos. El barco dejó de descender.
—Término, no hay ninguna norma que prohíba flotar sobre la Nueva Roma, ¿verdad? —dijo Annabeth.
La estatua frunció el entrecejo.
—Pues no…
—Podemos mantener el barco en lo alto —dijo Annabeth—. Usaremos una escalera de cuerda para bajar al foro. De esa forma, el barco no tocará suelo romano. Por lo menos, técnicamente.
La estatua pareció considerar la propuesta. Annabeth se preguntó si se estaba rascando la barbilla con sus manos imaginarias.
—Me gustan los tecnicismos —reconoció—. Aun así…
—Todas nuestras armas se quedarán a bordo del barco —prometió Annabeth—. Supongo que los romanos, incluidos esos refuerzos que marchan hacia nosotros, también tendrán que cumplir sus normas dentro de la línea del pomerio si usted se lo ordena.
—¡Por supuesto! —dijo Término—. ¿Te parezco alguien que tolere a los transgresores de las normas?
—Ejem, Annabeth… —dijo Leo—, ¿seguro que es buena idea?
Ella apretó los puños para evitar que le temblaran las manos. Seguía experimentando la sensación de frío. La notaba flotando justo detrás de ella, y desde que Término había dejado de gritar y de provocar explosiones, le parecía que podía oír a la presencia riéndose, como si se alegrara de las malas decisiones que estaba tomando.
Pero Percy estaba allí abajo… muy cerca. Annabeth tenía que llegar hasta él.
—Todo irá bien —dijo—. Nadie irá armado. Podremos hablar pacíficamente. Término se asegurará de que cada bando obedece las normas. —Miró a la estatua de mármol—. ¿Trato hecho?
Término se sorbió la nariz.
—Supongo. De momento. Podéis bajar con la escalera a la Nueva Roma, hija de Atenea. Procurad no destruir mi ciudad, por favor.
II
Annabeth
Un mar de semidioses agrupados apresuradamente se abrió para dejar paso a Annabeth cuando atravesó el foro. Algunos parecían tensos, otros, nerviosos. Algunos estaban vendados después de su reciente batalla contra los monstruos, pero ninguno estaba armado. Ninguno atacó.
Familias enteras se habían reunido para ver a los recién llegados. Annabeth vio a parejas con bebés, niños aferrados a las piernas de sus padres, incluso algunos ancianos vestidos con una combinación de túnicas romanas y ropa moderna. ¿Eran semidioses? Annabeth sospechaba que sí, pero nunca había visto un lugar como ese. En el Campamento Mestizo, la mayoría de los semidioses eran adolescentes. Si sobrevivían el tiempo suficiente para acabar la secundaria, tenían dos opciones: quedarse en el campamento como asesores o partir e intentar vivir lo mejor posible en el mundo de los mortales. Allí, en cambio, había toda una comunidad multigeneracional.
Al fondo de la multitud, Annabeth vio a Tyson, el cíclope, y a la perra infernal de Percy, la Señora O’Leary, que habían formado parte del primer grupo de exploradores del Campamento Mestizo que había llegado al Campamento Júpiter. Parecían exultantes. Tyson saludaba con la mano y sonreía. Llevaba puesto un estandarte con las siglas SPQR como un babero gigantesco.
Annabeth reparó en lo bonita que era la ciudad: los aromas de las panaderías, las fuentes borboteantes, las flores abriéndose en los jardines. Y la arquitectura… ¡Dioses!, qué arquitectura: columnas de mármol dorado, deslumbrantes mosaicos, arcos monumentales y casas de campo adosadas.
Delante de ella, los semidioses cedieron el paso a una muchacha con una armadura romana y una capa morada. El cabello moreno le caía sobre los hombros. Sus ojos eran negros como la obsidiana.
Reyna.
Jason se la había descrito a la perfección. Y aunque no lo hubiera hecho, Annabeth la habría identificado como la líder. Tenía la armadura decorada con medallas. Y se movía con tal seguridad que los otros semidioses retrocedían y apartaban la mirada.
Annabeth advirtió otro rasgo en su cara, en la firmeza de su boca y la forma deliberada en que alzaba la barbilla, como si estuviera dispuesta a aceptar cualquier desafío. Reyna estaba forzando una expresión de coraje, al mismo tiempo que reprimía una mezcla de esperanza, preocupación y miedo que no podía mostrar en público.
Annabeth conocía esa expresión. La veía cada vez que se miraba al espejo.
Las dos chicas se observaron. Los amigos de Annabeth se desplegaron a cada lado de ella. Los romanos murmuraron el nombre de Jason, mirándolo asombrados.
Entonces otra persona apareció entre el gentío, y la mirada de Annabeth se concentró en ella.
Percy le sonrió; aquella sonrisa sarcástica de pendenciero que la había fastidiado durante años, pero que había acabado resultándole entrañable. Sus ojos verde mar eran tan bonitos como los recordaba. Llevaba el cabello moreno peinado hacia un lado, como si viniera de dar un paseo por la playa. Estaba todavía más guapo que hacía seis meses: más moreno y más alto, más esbelto y más musculoso.
Annabeth se quedó tan pasmada que fue incapaz de moverse. Tenía la sensación de que si se acercaba a él, todas las moléculas de su cuerpo podrían entrar en combustión. Había estado colada en secreto por Percy desde que tenían doce años. El verano anterior se había enamorado locamente de él. Habían sido una pareja feliz durante cuatro meses… y luego él había desaparecido.
Durante su separación, las emociones de Annabeth habían experimentado un cambio. Se habían vuelto de una intensidad dolorosa, como si se hubiera visto obligada a dejar una medicina capaz de salvarle la vida. En ese momento no sabía qué era más insoportable: si vivir con aquella horrible ausencia o volver a estar con él.
La pretora Reyna se enderezó. Con visible reticencia, se volvió hacia Jason.
—Jason Grace, mi antiguo compañero… —Pronunció la palabra «compañero» como si fuera peligrosa—. Bienvenido a tu hogar. Con tus amigos…
No era lo que Annabeth pretendía, pero se abalanzó hacia delante. Percy corrió hacia ella al mismo tiempo. La multitud se puso tensa. Algunos alargaron las manos para coger unas espadas que no llevaban encima.
Percy la rodeó con los brazos. Se besaron y, por un momento, no importó nada más. Un asteroide podría haber chocado contra la Tierra y haber exterminado toda forma de vida, y a Annabeth le habría dado igual.
Percy olía a aire de mar. Sus labios estaban salados.
«Cerebro de alga», pensó, aturdida.
Percy se apartó y escrutó su rostro.
—Dioses, nunca pensé que…
Annabeth le agarró la muñeca y lo lanzó por encima de su hombro. Percy se estrelló contra la calzada de piedra. Los romanos chillaron. Algunos avanzaron a toda prisa, pero Reyna gritó:
—¡Alto! ¡Retiraos!
Annabeth colocó la rodilla sobre el pecho de Percy. Le presionó la garganta con el antebrazo. Le daba igual lo que pensaran los romanos. Un nudo de ira abrasador estalló en su pecho: un tumor de preocupación y amargura con el que había estado cargando desde el otoño anterior.
—Como me vuelvas a dejar —dijo, notando un picor en los ojos—, juro por todos los dioses…
Percy tuvo el valor de reírse. De repente, el nudo de acaloradas emociones se derritió en el interior de Annabeth.
—Me doy por avisado —dijo Percy—. Yo también te he echado de menos.
Annabeth se puso en pie y le ayudó a levantarse. Anhelaba desesperadamente volver a besarlo, pero logró contenerse.
Jason se aclaró la garganta.
—Bueno… Me alegro de haber vuelto.
Presentó a Reyna a Piper, quien estaba un poco disgustada porque no había tenido ocasión de pronunciar las frases que había estado ensayando, y luego a Leo, quien sonrió e hizo el símbolo de la paz.
—Y esta es Annabeth —dijo Jason—. Normalmente no va por ahí haciendo llaves de yudo.
A Reyna le brillaban los ojos.
—¿Seguro que no eres romana, Annabeth? ¿O amazona?
Annabeth no sabía si eso era un cumplido, pero le tendió la mano.
—Solo ataco de esa forma a mi novio —prometió—. Encantada de conocerte.
Reyna le estrechó con firmeza la mano.
—Parece que tenemos mucho de que hablar. ¡Centuriones!
Unos cuantos campistas romanos avanzaron a toda prisa: aparentemente, los oficiales de mayor rango. Dos chicos aparecieron al lado de Percy, eran los mismos que Annabeth había visto antes andando amigablemente con él. El joven asiático robusto con el corte de pelo militar debía de tener unos quince años. Tenía el atractivo de un oso panda cariñoso y grandote. La chica era más pequeña, de unos trece años, con los ojos ambarinos, la piel color chocolate y el cabello largo y rizado. Llevaba su yelmo de la caballería debajo del brazo.
Annabeth advirtió por su lenguaje corporal que se sentían unidos a Percy. Permanecían a su lado en actitud protectora, como si hubieran compartido muchas aventuras. Reprimió un acceso de celos. ¿Era posible que aquella chica…? No. La química que había entre los tres no era de ese tipo. Annabeth se había pasado toda la vida aprendiendo a interpretar a las personas. Era una técnica de supervivencia. Si hubiera tenido que adivinarlo, habría dicho que el grandullón asiático era el novio de la chica, pero sospechaba que no llevaban juntos mucho tiempo.
Había una cosa que no entendía: ¿qué miraba tan fijamente la chica? No paraba de fruncir el entrecejo en dirección a Leo y a Piper, como si reconociera a uno de ellos y el recuerdo le resultara doloroso.
Mientras tanto, Reyna estaba dando órdenes a sus oficiales.
—… decidle a la legión que se retire. Dakota, avisa a los espíritus de la cocina. Diles que preparen un banquete de bienvenida. Y tú, Octavio…
—¿Vas a dejar entrar a estos intrusos en el campamento? —Un chico alto con el cabello rubio lacio avanzó a codazos—. Reyna, los riesgos de seguridad…
—No vamos a llevarlos al campamento, Octavio. —Reyna le lanzó una mirada severa—. Comeremos aquí, en el foro.
—Oh, mucho mejor —masculló Octavio.
Parecía el único que no trataba a Reyna como su superiora, a pesar de que era flaco y pálido y de que por algún motivo llevaba colgados tres osos de peluche del cinturón.
—Quieres que nos relajemos a la sombra de su buque.
—Son nuestros invitados. —Reyna separó claramente cada palabra—. Les daremos la bienvenida y hablaremos con ellos. Como augur del campamento, deberías ofrecer un sacrificio para dar las gracias a los dioses por traer a Jason sano y salvo.
—Buena idea —intervino Percy—. Ve a quemar tus ositos, Octavio.
Pareció que Reyna hacía un esfuerzo por no sonreír.
—Ya conocéis mis órdenes. Idos.
Los oficiales se dispersaron. Octavio lanzó a Percy una mirada de profundo odio. A continuación, echó un vistazo con reservas a Annabeth y se marchó con paso airado.
Percy cogió la mano de Annabeth.
—No te preocupes por Octavio —dijo—. La mayoría de los romanos son buena gente, como Frank, Hazel y Reyna. No nos pasará nada.
Annabeth se sintió como si alguien le hubiera colocado un paño húmedo sobre el cuello. Volvió a oír aquella risa susurrante, como si la presencia la hubiera seguido desde el barco.
Alzó la vista al Argo II. Su enorme casco de bronce brillaba al sol. Una parte de ella deseaba secuestrar a Percy en el acto, subir a bordo y largarse mientras todavía estuvieran a tiempo.
Seguía teniendo la sensación de que algo iba terriblemente mal. Pero no pensaba arriesgarse a volver a perder a Percy bajo ningún concepto.
—No nos pasará nada —repitió, tratando de creérselo.
—Estupendo —dijo Reyna. Se volvió hacia Jason, y a Annabeth le pareció que sus ojos tenían un brillo ávido—. Hablemos y reunámonos como es debido.
III
Annabeth
Annabeth deseó tener apetito porque los romanos sabían cómo alimentarse.
Divanes y mesas bajas fueron trasladados al foro hasta que pareció una sala de muestras de muebles. Los romanos permanecían recostados en grupos de diez o veinte, hablando y riéndose mientras unos espíritus del viento —aurae— se arremolinaban en lo alto, llevando un interminable surtido de pizzas, sándwiches, patatas fritas, bebidas frías y galletas recién horneadas. Entre la multitud deambulaban unos fantasmas morados —lares— vestidos con togas y armaduras de legionario. En las inmediaciones del banquete, unos sátiros (no, faunos, pensó Annabeth) trotaban de mesa en mesa, mendigando comida y dinero suelto. En los campos cercanos, el elefante de combate retozaba con la Señora O’Leary, y unos niños jugaban al pilla pilla alrededor de las estatuas de Término que bordeaban el perímetro urbano.
Toda la escena resultaba tan familiar y al mismo tiempo tan extraña que a Annabeth le producía vértigo.
Lo único que quería era estar con Percy… preferiblemente a solas. Sabía que tendría que esperar. Si querían que su misión tuviera éxito, necesitaban a esos romanos, lo que significaba que tenían que llegar a conocerlos y establecer buenas relaciones.
Reyna y varios de sus oficiales (incluido Octavio, el chico rubio, que acababa de volver de quemar un oso de peluche para los dioses) estaban sentados con Annabeth y su tripulación. Percy los acompañaba junto con sus dos nuevos amigos, Frank y Hazel.
Mientras un tornado de platos de comida se posaba sobre la mesa, Percy se inclinó y susurró:
—Quiero enseñarte la Nueva Roma. Solos tú y yo. Este sitio es increíble.
Annabeth debería haberse emocionado. «Solos tú y yo» era exactamente como ella deseaba estar. Sin embargo, una oleada de rencor le subió por la garganta. ¿Cómo podía Percy hablar con tanto entusiasmo de ese sitio? ¿Y el Campamento Mestizo: su campamento, su hogar?
Procuró no mirar las nuevas marcas del antebrazo de Percy: un tatuaje con las siglas SPQR como el de Jason. En el Campamento Mestizo, a los semidioses les daban collares para conmemorar los años de instrucción. Allí los romanos te tatuaban a fuego la piel, como si pensaran: «Nos perteneces. Para siempre».
Reprimió unos comentarios mordaces.
—Vale.
—He estado pensando —dijo él nerviosamente—. Se me ha ocurrido una idea…
Se interrumpió cuando Reyna brindó por la amistad.
Después de las presentaciones, los romanos y la tripulación de Annabeth empezaron a intercambiar historias. Jason explicó que había llegado al Campamento Mestizo sin memoria y que había participado en una misión con Piper y Leo para rescatar a la diosa Hera (o Juno, como prefieras; era igual de cargante en la versión griega que en la romana) de la Casa del Lobo, en el norte de California, donde estaba encarcelada.
—¡Imposible! —intervino Octavio—. Es nuestro lugar más sagrado. Si los gigantes hubieran encerrado a una diosa allí…
—La habrían destruido —dijo Piper—. Y habrían echado la culpa a los griegos y habrían iniciado una guerra entre los campamentos. Venga, cállate y deja que Jason termine.
Octavio abrió la boca, pero no salió de ella ningún sonido. A Annabeth le encantaba la embrujahabla de Piper. Advirtió que Reyna desplazaba la vista de Jason a Piper una y otra vez y que fruncía el entrecejo, como si estuviera empezando a darse cuenta de que los dos eran pareja.
—Bueno —continuó Jason—, así es como averiguamos lo de la diosa Gaia. Todavía está medio dormida, pero está liberando a los monstruos del Tártaro y despertando a los gigantes. Porfirio, el líder contra el que luchamos en la Casa del Lobo, dijo que se retiraba a las tierras antiguas: la mismísima Grecia. Tiene pensado despertar a Gaia y destruir a los dioses… ¿cómo dijo? «Arrancando sus raíces.»
Percy asintió con la cabeza, pensativamente.
—Gaia también ha hecho de las suyas aquí. Nosotros tuvimos nuestro particular encuentro con la reina Cara de Tierra.
Percy relató su parte de la historia. Explicó que se había despertado en la Casa del Lobo sin más recuerdo que un nombre: Annabeth.
Cuando Annabeth lo oyó, tuvo que hacer esfuerzos para no llorar. Percy les contó que había viajado a Alaska con Frank y Hazel; que habían vencido al gigante Alcioneo, habían liberado al dios de la muerte Tánatos y habían regresado con el estandarte perdido del águila dorada del campamento para hacer frente al ataque del ejército de los gigantes.
Cuando Percy hubo terminado, Jason silbó, admirado.
—No me extraña que te hayan hecho pretor.
Octavio resopló.
—¡Eso significa que ahora tenemos tres pretores! ¡Las normas estipulan claramente que solo podemos tener dos!
—Mirando el lado positivo, Jason y yo tenemos un rango superior al tuyo, Octavio —dijo Percy—. Así que los dos podemos decirte que te calles.
Octavio se puso tan morado como una camiseta romana. Jason chocó el puño con Percy.
Hasta Reyna logró sonreír, pese a tener una mirada turbulenta.
—Tendremos que resolver el problema de los pretores más tarde —dijo—. Ahora mismo tenemos asuntos más serios que tratar.
—Yo renuncio a favor de Jason —dijo Percy sin problemas—. No tiene importancia.
—¿Que no tiene importancia? —dijo Octavio con voz ahogada—. ¿Una pretoría de Roma no tiene importancia?
Percy no le hizo caso y se volvió hacia Jason.
—Así que eres el hermano de Thalia Grace. Vaya. No os parecéis en nada.
—Sí, ya me he dado cuenta —dijo Jason—. De todas formas, gracias por ayudar a mi campamento mientras estaba fuera. Lo has hecho estupendamente.
—Lo mismo digo —contestó Percy.
Annabeth le dio una patada en la espinilla. Detestaba interrumpir el incipiente vínculo que se estaba formando entre los dos chicos, pero Reyna estaba en lo cierto: tenían cosas serias que discutir.
—Deberíamos hablar de la Gran Profecía. Parece que los romanos también la conocéis.
Reyna asintió con la cabeza.
—Nosotros la llamamos la Profecía de los Siete. Octavio, ¿te la sabes de memoria?
—Por supuesto —dijo él—. Pero Reyna…
—Recítala, por favor. En nuestro idioma, no en latín.
Octavio suspiró.
—«Siete mestizos responderán a la llamada. Bajo la tormenta o el fuego, el mundo debe caer…»
—«Un juramento que mantener con un último aliento —continuó Annabeth—. Y los enemigos en armas ante las Puertas de la Muerte.»
Todo el mundo se la quedó mirando menos Leo, quien había fabricado un molinete con los envoltorios de papel de aluminio de los tacos y lo estaba colocando entre los espíritus del viento que pasaban.
Annabeth no estaba segura de por qué había soltado los versos de la profecía. Simplemente se había visto en la obligación de hacerlo.
El chico corpulento, Frank, se inclinó hacia delante, mirándola fascinado, como si a Annabeth le hubiera salido un tercer ojo.
—¿Es cierto que eres hija de Min… digo, de Atenea?
—Sí —respondió ella, poniéndose de repente a la defensiva—. ¿Por qué te sorprende tanto?
Octavio se burló.
—Si realmente eres hija de la diosa de la sabiduría…
—Basta —le espetó Reyna—. Annabeth no miente. Ha venido en son de paz. Además… —Lanzó a regañadientes una mirada de respeto a Annabeth—, Percy ha hablado muy bien de ti.
Annabeth tardó un momento en descifrar los matices de la voz de Reyna. Percy bajó la vista, repentinamente interesado en su hamburguesa con queso.
Annabeth notó que la cara se le encendía. Oh, dioses… Reyna le había tirado los tejos a Percy. Eso explicaba el deje de amargura, incluso de envidia, de sus palabras. Él la había rechazado por Annabeth.
En ese momento, Annabeth disculpó a su ridículo novio todas las cosas que había hecho mal. Quería abrazarlo, pero se obligó a mantener la compostura.
—Gracias —le dijo a Reyna—. Por lo menos, una parte de la profecía se está aclarando. «Los enemigos en armas ante las Puertas de la Muerte…» hace referencia a griegos y romanos. Tenemos que unir fuerzas para encontrar esas puertas.
Hazel, la chica con el yelmo de la caballería y el cabello largo y rizado, cogió algo situado junto a su plato. Parecía un gran rubí, pero antes de que Annabeth pudiera asegurarse, Hazel se lo guardó en el bolsillo de su camisa tejana.
—Mi hermano, Nico, ha ido a buscar las puertas —dijo.
—Un momento —intervino Annabeth—. ¿Nico di Angelo? ¿Es tu hermano?
Hazel asintió, como si fuera algo evidente. Una docena de preguntas más asaltaron a Annabeth, pero la cabeza le estaba dando vueltas como el molinete de Leo. Decidió dejar correr el asunto por el momento.
—Está bien. ¿Qué decías?
—Ha desaparecido. —Hazel se humedeció los labios—. Me temo… no estoy segura, pero creo que le ha pasado algo.
—Lo buscaremos —le prometió Percy—. De todas formas, tenemos que encontrar las Puertas de la Muerte. Tánatos nos dijo que encontraríamos las respuestas en Roma… la Roma original, quiero decir. Está camino de Grecia, ¿no?
—¿Tánatos os dijo eso? —Annabeth trató de asimilar la idea—. ¿El dios de la muerte?
Ella había conocido a muchos dioses, incluso había estado en el inframundo, pero la historia de Percy sobre la liberación de la encarnación de la muerte le había provocado escalofríos.
Percy mordió su hamburguesa.
—Ahora que la Muerte está libre, los monstruos se desintegrarán y regresarán al Tártaro como antes. Pero mientras las Puertas de la Muerte estén abiertas, seguirán volviendo.
Piper retorció la pluma que llevaba en el pelo.
—Como agua filtrándose por un dique —apuntó.
—Sí. —Percy sonrió—. Tenemos un agujero en el dique.
—¿Qué? —preguntó Piper.
—Nada —dijo él—. Lo importante es que tenemos que encontrar las puertas y cerrarlas antes de ir a Grecia. Es la única forma de vencer a los gigantes y de asegurarnos de que no se recuperarán.
Reyna cogió una manzana de una bandeja con fruta que pasó junto a ella. La giró entre sus dedos, examinando la superficie de color rojo oscuro.
—Propones que emprendamos una expedición a Grecia en vuestro buque de guerra. ¿Eres consciente de lo peligrosas que son las tierras antiguas y el Mare Nostrum?
—¿El Mare qué? —preguntó Leo.
—El Mare Nostrum —explicó Jason—. «Nuestro mar.» Es como los romanos antiguos llamaban al Mediterráneo.
Reyna asintió.
—El territorio que antiguamente formaba el Imperio romano no solo es el lugar de origen de los dioses. También es el hogar de los antepasados de los monstruos, los titanes y los gigantes… y cosas peores. Por muy peligroso que sea para los semidioses viajar por aquí, en Estados Unidos, allí será diez veces peor.
—Dijiste que Alaska era muy peligrosa —le recordó Percy—. Y hemos sobrevivido.
Reyna sacudió la cabeza. Sus uñas dejaban pequeñas medialunas en la manzana al girarla.
—El grado de peligro de viajar por el Mediterráneo es totalmente distinto, Percy. Durante siglos, ha estado prohibido a los semidioses. Ningún héroe en su sano juicio iría allí.
—¡Entonces estamos de suerte! —Leo sonrió por encima de su molinete—. Porque todos estamos locos, ¿verdad? Además, el Argo II es un buque de guerra de primera. Nos llevará sin problemas.
—Tendremos que darnos prisa —añadió Jason—. No sé qué traman exactamente los gigantes, pero Gaia está cada vez más consciente. Está invadiendo sueños, apareciendo en lugares extraños, invocando monstruos cada vez más poderosos. Tenemos que detener a los gigantes antes de que la despierten del todo.
Annabeth se estremeció. Últimamente había tenido bastantes pesadillas.
—«Siete mestizos responderán a la llamada» —dijo—. Tiene que ser una combinación de nuestros dos campamentos. Jason, Piper, Leo y yo. Somos cuatro.
—Y yo —dijo Percy—. Además de Hazel y Frank. Sumamos siete.
—¿Qué? —Octavio se levantó de golpe—. ¿Tenemos que aceptar eso? ¿Sin someterlo a voto en el senado? ¿Sin debatirlo como es debido? ¿Sin…?
—¡Percy!
Tyson el cíclope se dirigió a ellos dando brincos seguido de cerca por la Señora O’Leary. Sobre el lomo de la perra infernal se hallaba posada la arpía más flaca que Annabeth había visto en su vida: una chica de aspecto enfermizo con el cabello pelirrojo lacio, un vestido de arpillera y alas con plumas rojas.
Annabeth no sabía de dónde había salido la arpía, pero le alegró el corazón ver a Tyson con una camisa de franela, unos tejanos raídos y el estandarte con las siglas SPQR sobre el pecho. Había vivido experiencias muy malas con los cíclopes, pero Tyson era un encanto. Además, era medio hermano de Percy (una larga historia), lo que lo convertía casi en su pariente.
Tyson se detuvo junto a su diván y retorció sus manos rollizas.
—Ella está asustada —dijo.
—S-s-se acabaron los barcos —murmuró la arpía para sí, toqueteándose furiosamente las plumas—. El Titanic, el Lusitania, el Pax… Los barcos no son para las arpías.
Leo entornó los ojos. Miró a Hazel, que estaba sentada a su lado.
—¿Esa chica gallina acaba de comparar mi barco con el Titanic?
—No es una gallina. —Hazel apartó la vista, como si Leo la pusiera nerviosa—. Ella es una arpía. Solo es un poco… nerviosa.
—Ella es guapa —dijo Tyson—. Y tiene miedo. Tenemos que llevárnosla, pero no quiere ir en el barco.
—Nada de barcos —declaró Ella. Miró directamente a Annabeth—. Mala suerte. Ahí está. «La hija de la sabiduría anda sola…»
—¡Ella! —Frank se levantó súbitamente—. Tal vez no sea el mejor momento…
—«La Marca de Atenea arde a través de Roma —continuó Ella, tapándose los oídos con las manos y alzando la voz—. Los gemelos apagarán el aliento del ángel, que posee la llave de la muerte interminable. El azote de los gigantes es pálido y dorado, obtenido con dolor en un presidio hilado.»
El efecto fue similar al que habría producido una granada de fogueo lanzada sobre la mesa. Todo el mundo se quedó mirando a la arpía. Nadie dijo nada. A Annabeth le latía el corazón con fuerza. «La Marca de Atenea…» Resistió el impulso de mirar en su bolsillo, pero notó que la moneda de plata, el regalo maldito de su madre, se calentaba. «Sigue la Marca de Atenea. Véngame.»
Alrededor de ellos, los sonidos del banquete proseguían, pero apagados y lejanos, como si su pequeño grupo de divanes hubiera entrado en una dimensión más silenciosa.
Percy fue el primero en recuperarse. Se levantó y agarró el brazo de Tyson.
—¡Ya lo sé! —dijo con falso entusiasmo—. ¿Por qué no os lleváis tú y la Señora O’Leary a Ella a tomar el fresco…?
—Un momento. —Octavio agarró uno de sus osos de peluche y lo estranguló con las manos temblorosas. Tenía la vista clavada en Ella—. ¿Qué ha dicho? Parecía…
—Ella lee mucho —soltó Frank—. La encontramos en una biblioteca.
—¡Sí! —convino Hazel—. Debe de ser algo que ha leído en un libro.
—Libros —murmuró Ella para ayudar—. A Ella le gustan los libros.
Después de haber recitado los versos, la arpía parecía más relajada. Se quedó sentada con las piernas cruzadas sobre el lomo de la Señora O’Leary, arreglándose las plumas.
Annabeth lanzó a Percy una mirada de curiosidad. Era evidente que él, Frank y Hazel estaban ocultando algo. Igual de evidente que Ella había recitado una profecía: una profecía que le afectaba a ella.
La expresión de Percy decía: «Socorro».
—Ha pronunciado una profecía —insistió Octavio—. Parecía una profecía.
Nadie contestó.
Annabeth no estaba del todo segura de lo que ocurría, pero comprendió que Percy estaba a punto de meterse en un buen lío.
Forzó una risa.
—Ah, ¿sí, Octavio? A lo mejor las arpías son distintas aquí, en el lado romano. Las nuestras tienen la inteligencia justa para limpiar cabañas y preparar comidas. ¿Las vuestras suelen adivinar el futuro? ¿Las consultas para hacer tus augurios?
Sus palabras ejercieron el efecto deseado. Los oficiales romanos se echaron a reír nerviosamente. Algunos evaluaron a Ella y a continuación miraron a Octavio y resoplaron. La idea de que una mujer gallina pronunciara profecías era aparentemente tan ridícula para los romanos como para los griegos.
—Yo, ejem… —Octavio soltó su oso de peluche—. No, pero…
—Solo está citando frases de un libro —dijo Annabeth—, como Hazel ha dicho. Además, ya tenemos una profecía por la que preocuparnos.
Se volvió hacia Tyson.
—Percy tiene razón. ¿Por qué no te llevas a Ella y a la Señora O’Leary y viajáis por las sombras un rato? ¿Te parece bien, Ella?
—«Los perros grandes son buenos» —dijo Ella—. Fiel amigo, 1957, guión de Fred Gipson y William Tunberg.
Annabeth no supo cómo interpretar la respuesta, pero Percy sonrió como si el problema estuviera resuelto.
—¡Estupendo! —dijo Percy—. Os enviaremos un mensaje de Iris cuando hayamos terminado y os alcanzaremos.
Los romanos miraron a Reyna, a la espera de su resolución. Annabeth contuvo la respiración.
Reyna tenía una cara de póquer antológica. Observaba a Ella, pero Annabeth no sabía qué estaba pensando.
—Bien —dijo por fin la pretora—. Marchaos.
—¡Sí, señora!
Tyson recorrió todos los divanes y dio a todos los presentes un fuerte abrazo, incluso a Octavio, al que no pareció hacerle mucha gracia.
A continuación, se subió al lomo de la Señora O’Leary con Ella, y la perra infernal salió del foro dando saltos. Se lanzaron directos contra una sombra del muro del senado y desaparecieron.
—Bien. —Reyna dejó su manzana sin comer—. Octavio tiene razón en una cosa. Debemos obtener el visto bueno del senado antes de dejar que ninguno de nuestros legionarios emprenda una misión… sobre todo una tan peligrosa como insinuáis.
—Todo este asunto me huele a traición —masculló Octavio—. ¡Ese trirreme no es un barco de paz!
—Sube a bordo, tío —propuso Leo—. Te daré un paseo. Podrás pilotar el barco y, si se te da bien, te daré una gorrita de capitán.
Los orificios nasales de Octavio se ensancharon.
—¿Cómo te atreves…?
—Buena idea —dijo Reyna—. Octavio, ve con ellos. Inspecciona el barco. Convocaremos una sesión del senado en una hora.
—Pero… —Octavio se interrumpió. Al parecer, advirtió por la expresión de Reyna que seguir discutiendo no sería beneficioso para su salud—. De acuerdo.
Leo se levantó. Se volvió hacia Annabeth, y su sonrisa se alteró. Ocurrió tan rápido que Annabeth pensó que lo había imaginado, pero por un instante otra persona pareció ocupar el sitio de Leo, sonriendo fríamente con un brillo cruel en los ojos. Entonces Annabeth parpadeó, y Leo volvió a ser el de siempre, con su sonrisa traviesa.
—Volvemos enseguida —prometió—. Esto va a ser épico.
Un frío terrible la invadió. Mientras Leo y Octavio se dirigían a la escalera de cuerda, consideró decirles que volvieran… pero ¿cómo podría explicarlo? ¿Cómo podría decirles a todos que se estaba volviendo loca, que veía visiones y notaba frío?
Los espíritus del viento empezaron a retirar los platos.
—Esto… Reyna, si no te importa, me gustaría enseñarle a Piper todo esto antes de la sesión del senado —dijo Jason—. Es la primera vez que visita la Nueva Roma.
La expresión de Reyna se endureció.
Annabeth se preguntaba cómo Jason podía ser tan corto. ¿Era posible que no fuera consciente de lo mucho que le gustaba a Reyna? A Annabeth le resultaba bastante evidente. Pedirle que le dejara enseñarle la ciudad a su novia era como echar sal en una herida.
—Claro —dijo Reyna fríamente.
Percy tomó la mano de Annabeth.
—Sí, yo también. Me gustaría enseñarle a Annabeth…
—No —le espetó Reyna.
Percy frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Me gustaría hablar con Annabeth —dijo Reyna—. A solas. Si a ti no te importa, mi colega pretor.
Su tono dejaba claro que no le estaba pidiendo permiso.
Un escalofrío recorrió la columna de Annabeth. Se preguntaba qué tramaba Reyna. Tal vez a la pretora no le gustaba la idea de que dos chicos que la habían rechazado enseñaran la ciudad a sus novias. O tal vez quería decirle algo en privado. En cualquier caso, Annabeth era reacia a quedarse sola y desarmada con la líder romana.
—Ven, hija de Atenea. —Reyna se levantó del sofá—. Acompáñame.
IV
Annabeth
Annabeth deseaba odiar la Nueva Roma. Pero como arquitecta en ciernes, no podía por menos que admirar los jardines terraplenados, las fuentes y los templos, las serpenteantes calles adoquinadas y las relucientes casas de campo blancas. Después de la guerra de los titanes que había tenido lugar el año anterior, había conseguido el trabajo de sus sueños: rediseñar los palacios del monte Olimpo. Pero entonces, andando por aquella ciudad en miniatura, no dejaba de pensar: «Debería haber construido una cúpula como esa. Me encanta la forma en que esas columnas dan entrada al patio». Estaba claro que quien había diseñado la Nueva Roma había dedicado mucho tiempo y amor al proyecto.
—Tenemos los mejores arquitectos y albañiles del mundo —dijo Reyna, como si le estuviera leyendo el pensamiento—. Roma siempre los tuvo en la Antigüedad. Muchos semidioses se quedan a vivir aquí después de su período en la legión. Van a nuestra universidad. Echan raíces y forman familias. A Percy pareció interesarle ese aspecto.
Annabeth se preguntó qué significaba eso. Debió de fruncir el ceño más de la cuenta porque Reyna se rió.
—Ya lo creo que eres una guerrera —dijo la pretora—. Tienes fuego en los ojos.
—Lo siento.
Annabeth trató de suavizar su mirada furiosa.
—No lo sientas. Soy hija de Belona.
—¿La diosa romana de la guerra?
Reyna asintió con la cabeza. Se volvió y silbó como si estuviera pidiendo un taxi. Un instante después, dos perros metálicos corrieron hacia ellas: unos galgos mecánicos, uno de plata y otro de oro. Rozaron las piernas de Reyna al pasar y observaron a Annabeth con unos brillantes ojos de rubíes.
—Mis mascotas —explicó Reyna—. Aurum y Argentum. ¿Te importa si vienen con nosotras?
De nuevo, Annabeth tuvo la sensación de que no era realmente una petición. Se fijó en que los galgos tenían unos dientes como puntas de flecha de acero. Puede que dentro de la ciudad no estuvieran permitidas las armas, pero las mascotas de Reyna podían hacerla pedazos si les venía en gana.
Reyna la llevó a un café con terraza cuyo camarero obviamente la conocía. Sonrió y le dio un vaso para llevar, y acto seguido ofreció otro a Annabeth.
—¿Te apetece? —preguntó Reyna—. Preparan un chocolate caliente delicioso. La verdad es que no es una bebida romana…
—Pero el chocolate es universal —dijo Annabeth.
—Exacto.
Era una cálida tarde de junio, pero Annabeth aceptó el vaso con gratitud. Las dos siguieron andando, mientras los perros de oro y de plata de Reyna rondaban cerca.
—En nuestro campamento, Atenea es Minerva —dijo Reyna—. ¿Sabes en qué se diferencia su forma romana?
Lo cierto era que Annabeth no lo había pensado. Recordó que Término había llamado a Atenea «esa» diosa, como si fuera escandalosa. Octavio se había comportado como si la mera existencia de Annabeth fuera un insulto.
—Supongo que Minerva no es… tan respetada aquí.
Reyna sopló el humo de su vaso.
—Respetamos a Minerva. Es la diosa de las artes y la sabiduría… pero en realidad no es una diosa de la guerra. No para los romanos. También es una diosa doncella, como Diana… la que vosotros llamáis Artemisa. No encontrarás ningún hijo de Minerva aquí. La idea de que Minerva tenga hijos… Sinceramente, es un poco escandalosa para nosotros.
—Ah.
Annabeth notó que se ruborizaba. No quería entrar en detalles sobre los hijos de Atenea, que nacían directamente de la mente de la diosa, como la propia Atenea había brotado de la cabeza de Zeus. A Annabeth siempre le cohibía hablar del tema porque se sentía como si fuera un bicho raro. La gente solía preguntarle si tenía ombligo o no, ya que había nacido por arte de magia. Por supuesto que tenía ombligo. Aunque no podía explicar cómo. Lo cierto era que no quería saberlo.
—Tengo entendido que los griegos no veis las cosas de la misma forma —continuó Reyna—. Pero los romanos nos tomamos los votos de castidad muy en serio. Las vestales, por ejemplo… Si rompieran sus votos y se enamoraran de alguien, serían enterradas vivas. Así que la idea de que una diosa virgen tenga hijos…
—Ya lo pillo. —De repente, el chocolate caliente de Annabeth le supo a tierra. No le extrañaba que los romanos la hubieran estado mirando mal—. Yo no debería existir. Y aunque en vuestro campamento hubiera hijos de Minerva…
—No serían como tú —dijo Reyna—. Podrían ser artesanos, artistas, incluso consejeros, pero no guerreros. No podrían ser líderes de misiones peligrosas.
Annabeth se disponía a protestar diciendo que ella no era la líder de la misión. Oficialmente, no. Pero se preguntó si sus amigos del Argo II opinarían lo mismo. Durante los últimos días habían acudido a ella para que les diera órdenes; hasta Jason, que podría haberse aprovechado de su rango superior como hijo de Júpiter, y el entrenador Hedge, que no recibía órdenes de nadie.
—Hay algo más. —Reyna chasqueó los dedos y su perro dorado, Aurum, se acercó trotando. La pretora le acarició las orejas—. La arpía Ella… ha
