La corte de la muerte

Rick Riordan

Fragmento

Capítulo 1

Capítulo 1

Respira, Nico.

Nico estaba sentado enfrente de Dioniso, que olía extrañamente a rollitos de canela. El hijo de Hades procuró no dejarse distraer por eso. Inspiró hondo y llenó tanto el pecho del aire glacial procedente del estrecho de Long Island que pensó que iba a estallar. A continuación espiró lentamente y abrió los ojos.

Los rizos del señor D ondeaban agitados por la brisa. Nico y él estaban sentados en unas esterillas de yoga en la playa de los Fuegos Artificiales, con el sol a punto de ponerse. A Nico no le molestaba el frío; su cazadora negra abrigaba bastante. Pero el señor D llevaba una parka rosa chillón, una boina de lana a juego con un pompón en lo alto y unos gruesos guantes de esquí. A Nico le parecía excesivo. ¿Acaso tenían frío los dioses? Pero también sabía que el señor D aprovechaba la menor oportunidad para ponerse los conjuntos más llamativos imaginables.

Nico estaba incómodo por otro motivo: esas sesiones con el director del campamento eran muy embarazosas. Cuando Nico y su novio, Will, habían vuelto del Tártaro hacía casi tres meses, el señor D había expresado su interés por empezar «algo parecido a lo que los humanos llaman “terapia” en el Campamento Mestizo». A Nico la idea le había parecido bien porque sabía que cuando los semidioses llegaban al campamento, a menudo necesitaban ayuda para enfrentarse a la nueva realidad. Se acordaba perfectamente de lo que había supuesto para él.

Sin embargo, así no era como él se había imaginado la «terapia». Los ejercicios de respiración le parecían inútiles. El señor D le había pedido que llevase un diario de sus emociones cotidianas, pero él no lo había cumplido. El dios solía exhortarlo a que «viviese el presente», cosa que para él no tenía mucho sentido. Él no viajaba en el tiempo, solo por las sombras.

Aun así, Nico trataba de tomárselo en serio. Clavó los ojos en el atuendo rosa eléctrico del señor D, que debería haber bastado para mantener la atención de cualquiera en el presente. Entonces oyó un susurro cerca y miró a la izquierda.

En la cima de la duna de arena más próxima, un diminuto ejército de seres oscuros y esponjosos se asomaban por detrás de la alta hierba: las chocobolitas.

Nico sabía que los cacodemonios intentaban no hacer ruido, pero como eran personificaciones de las luchas internas y los traumas del hijo de Hades, el «sigilo» no se les daba muy bien. También detestaban estar separados de él.

El señor D seguía haciendo ejercicios de respiración. Tenía los ojos cerrados. Tal vez no los viese…

Dioniso carraspeó.

—Nico —dijo—, ¿qué hacen aquí?

Lo había pillado.

—¿Prefiere que deambulen por las cabañas? —preguntó Nico—. ¿Que despierten recuerdos a los nuevos campistas?

El señor D frunció el ceño.

—Hum. Puede que no. Todavía estoy acostumbrándome a la presencia de esas caosbolitas tuyas.

Nico hizo señas con la mano a los cacodemonios para que se acercasen. Las chocobolitas saltaron y bajaron rodando por la duna como manchas de tinta fugadas de un test de Rorschach, emitiendo ladridos agudos como «¡Yupi! ¡Yupi! ¡Yupi!» mientras se apiñaban alrededor de Nico.

Lo cierto es que Nico y Will también estaban acostumbrándose a su presencia. Hacía un par de meses, Miedo había provocado un ataque de pánico a Will solo con rozarle el tobillo. Ira había cruzado un bosquecillo de espíritus de la naturaleza y había originado una pelea a puñetazos entre dos moreras normalmente pacíficas.

A medida que se habituaban a vivir fuera del cuerpo de Nico, las chocobolitas desencadenaban emociones relevantes en todo aquel con el que se encontraban. El señor D pensaba que era su forma de conectar con otros seres vivos conforme iban explorando el mundo.

—Tal vez así es como se comunican los pegotitos.

«¿Pegotitos?». ¡Algunos tenían cuernos! ¡Patas! ¡Ojos brillantes! ¡Cómo se atrevía a llamarlos pegotitos!

En realidad, Tristeza sí que parecía un pegote cuando se acercó rodando a la bota de Nico y se subió a su rodilla. Él le pasó la mano por el lomo y se maravilló de su increíble suavidad, como una almohada hecha de humo. Entonces le invadió la oleada de emoción: un aluvión de tristeza, con recuerdos de su hermana Bianca al desvanecerse y de su madre al disiparse en la oscuridad.

Apartó la mano, y las imágenes desaparecieron.

El señor D descruzó las piernas.

—Veo que hemos acabado por hoy. Ya no prestas atención. —Se puso de pie y empezó a enrollar la esterilla de yoga—. Para las futuras sesiones, voy a establecer una norma que prohíba la presencia de bolitas.

—Está bien. —Nico se levantó y tiró a media docena de cacodemonios del regazo—. Igual las adiestro para que actúen en un circo ambulante.

—¿Has visto algún circo ambulante, Nico? Encajarías como un guante.

El semidiós puso los ojos en blanco.

—Por favor. No sabrían cómo tratarme.

Los dos emprendieron la caminata de vuelta al campamento, mientras las chocobolitas daban ladriditos y avanzaban botando detrás de ellos.

A medida que llegaban a la cima de las dunas, el señor D se aclaró la garganta.

—Nico, sé que estas lecciones suponen un reto para ti. No estás acostumbrado a estar quieto.

—Estar quieto está sobrevalorado.

—Pues imagínate cómo me siento yo estando atrapado en este sitio.

El dios señaló el valle que se extendía ante ellos.

El Campamento Mestizo siempre conseguía dejar a Nico sin palabras. Incluso en pleno invierno, los campos eran exuberantes y verdes. Los edificios griegos de mármol —el pabellón comedor, el anfiteatro, la palestra— resplandecían con su blancura al atardecer. Abrigadas en un claro del bosque, las cabañas de los campistas formaban un amplio rectángulo alrededor de un prado central, donde brillaba alegremente la hoguera. Si eras dios y tenías que estar «atrapado» en un sitio, obligado a pagar con un siglo de servicios comunitarios por desobedecer las órdenes de Zeus, ser el director del Campamento Mestizo parecía un castigo bastante llevadero. Pero Nico sabía que no debía decírselo a Dioniso.

El dios se quitó un grano de arena de la parka.

—Lo que quiero decir —continuó— es que creo que estás progresando. Solo quiero asegurarme de que estás más preparado antes de que empecemos a enseñarles a los demás campistas a lidiar con el estrés, los recuerdos y el miedo. Cada ejercicio que te muestro tiene un objetivo, te lo prometo.

—Lo sé. —Nico dejó caer los hombros—. Pero todo esto es muy nuevo para mí. Aprender a respirar, a estarme quieto y todo eso. Hace meses que no tenemos ninguna misión ni ningún conflicto.

—Y estoy seguro de que estás nervioso, Nico. Pero después de lo que tú y Will vivisteis el pasado otoño, te mereces un descanso. —El señor D se quedó callado un instante y acto seguido agregó—: No hay nada malo en ir más despacio.

Nico no estaba tan seguro. La última vez que su vida había «ido más despacio» se había quedado atrapado en el mágico Hotel Casino Loto y se había perdido la mayor parte del siglo xx.

El señor D y él se dirigieron al oeste del lago de las canoas y pasaron por delante de las cabañas. Pronto oyeron el sonido de una flecha silbante al impactar contra una diana en una bala de heno. Will Solace estaba con Enebro, una de las dríades del campamento, mirando el lanzamiento que él acababa de hacer en el campo de tiro.

El hijo de Apolo y la ninfa formaban una pareja peculiar. Enebro era menuda y delgaducha, y tenía los pies descalzos, un vestido verde ligero y el pelo largo de color ámbar. Parecía que una brisa fuerte se la pudiese llevar, pero se desenvolvía con seguridad. Estaba claro que ella era la que daba las lecciones.

Will era más alto y tenía la constitución de un surfista. Ese día llevaba unos tejanos desteñidos y una sudadera con capucha azul que contrastaba muy bien con su enmarañada melena rubia. Sostenía un arco contra el costado derecho y miraba el blanco con el entrecejo fruncido, claramente descontento con su puntería.

Al verlos juntos, Nico sintió unos celos irracionales. «¡Oye, ese bellezón es mi novio! ¡Atrás!». Entonces Will vio que se acercaba y le dedicó una amplia sonrisa, y las dudas de Nico se disiparon y se convirtieron en alegría pura.

—¡Nico! —gritó Will.

«Dioses míos», pensó Nico. Todavía le costaba creer que hubiese alguien en el mundo que siempre parecía alegrarse tanto de verlo. ¿Cómo había tenido tanta suerte?

—Esta vez acertaré —le aseguró Will—. ¡Mira!

Colocó otra flecha en el arco y tiró de la cuerda hacia atrás.

—Eso es —dijo Enebro junto a su hombro—. Imagina adonde quieres que vaya.

Will soltó la flecha. El proyectil voló por los aires y penetró el anillo exterior de la diana.

—Me lo imaginaba así —declaró rápidamente—. Estaba totalmente planeado.

—Has mejorado con respecto a la semana pasada. —Nico le dio a su novio un beso en la mejilla—. Entonces no dabas ni en la diana.

Will se ruborizó.

—Ya. No puedo creer que esté tardando tanto en pillarle el tranquillo al tiro con arco. Espero que mi padre no esté demasiado abochornado.

—Seguro que te apoya —dijo Enebro—. ¡Dentro de poco darás en el blanco! O si no pronto, con el tiempo…

Will gruñó.

—No es un gran consuelo, Enebro.

—Ven a cenar con nosotros, hijo de Apolo —tronó el señor D—. Tu presencia ayudará a adaptarse a los nuevos campistas.

—¿Nuevos? —Will le dio a Enebro el arco—. ¿Se refiere a los de la semana pasada?

—Lamentablemente, no —contestó Dioniso—. Según Quirón, esta misma tarde han llegado tres semidioses más.

—¿Tres más? —preguntó Nico—. ¿Ya? Y ni siquiera es verano.

—Puedes echarle la culpa a Percy Jackson. —El señor D levantó las manos—. ¡Si él no hubiera dado aquel discursito dramático en el Olimpo sobre los dioses menores en el que defendió que merecían respeto y cabañas propias, yo no tendría que lidiar con esta avalancha de descendientes! Todos vosotros habríais crecido y os habríais marchado, y yo podría haber convertido el Campamento Mestizo en el Campamento Tiempo para Mí.

Will sonrió.

—Nos quiere y nos echará de menos cuando no estemos.

—A ti no, Solace —replicó el señor D—. A ti, nunca. Ni una vez, jamás.

Will le tocó la nariz.

—Qué mono está cuando finge que no nos soporta.

Nico tragó saliva esperando a que el señor D se transformara en una iracunda columna en llamas y los desintegrase a todos, pero Dioniso se limitó a refunfuñar. No sabía cómo, pero Will podía tocarle las narices a un importante dios del Olimpo y seguir con vida.

Durante el breve paseo hasta el pabellón comedor, el señor D siguió quejándose de las recientes llegadas de semidioses. A lo largo de los últimos meses, habían aparecido chicos nuevos en el Campamento Mestizo prácticamente cada semana. Debido a ello, Quirón estaba hasta arriba de trabajo. Como Nico y Will eran los semidioses más veteranos del campamento, habían asumido funciones de orientación. Will había propuesto que hiciesen un número de canto y baile. Nico había propuesto que Will no volviese a mencionar el asunto.

En realidad, Nico se alegraba de ayudar, pero había algo en el número cada vez mayor de recién llegados que le inquietaba. Le daba la impresión de que seguían una pauta común, como si el clima mágico del mundo hubiese cambiado y les hubiese obligado a emigrar en masa antes de que se produjera una catástrofe. Esperaba estar equivocado…

Al entrar en el pabellón comedor, vio a los grupos habituales repartidos en una docena de mesas para pícnic. Antes la norma era que los campistas se sentasen con los de su cabaña, pero el verano pasado Nico había iniciado un movimiento de resistencia no violenta (es decir, quería sentarse con Will). La idea cuajó sin mucha resistencia por parte de Quirón o del señor D, y ahora los campistas se sentaban donde querían. Algunos estaban riendo y lanzándose pedazos de pan. Otros dedicaban ofrendas a sus padres divinos en la hoguera. El señor D se acercó a paso lento para acompañar a Quirón en la mesa principal, donde un sátiro de aspecto nervioso esperaba al dios del vino con una fuente de uvas tintas frías y peladas.

Nico vio a los tres recién llegados apiñados en una mesa en un rincón. Sintió un arranque de solidaridad. Se preguntó si él parecía tan nervioso cuando llegó.

Miró hacia abajo y descubrió a una chocobolita con un solo ojo como un erizo de mar —Soledad— colgada del cordón de sus botas con sus pequeños apéndices con púas. Soledad era el cacodemonio más pequeño, y aunque Nico no lo reconocería en voz alta, probablemente era su favorito. Tal vez porque él había pasado mucho tiempo con ese sentimiento.

Alargó la mano, y la criatura corrió por su brazo. Se acurrucó en la base de su cuello y transmitió una especie de melancolía vana por el cuerpo de Nico, pero a él no le importó. Era como visitar a un viejo amigo.

Cuando Nico y Will se acercaron a los nuevos campistas, los recién llegados se levantaron rápidamente como si les hubiesen mandado ponerse firmes. Todos aparentaban once o doce años. Uno era un niño menudo y pálido sepultado bajo un plumífero y unos tejanos que le quedaban como mínimo tres tallas grandes. La segunda era una niña de piel morena clara, cabello rizado y un conjunto punk compuesto por vestido, cazadora y botas, que recibió sin duda el beneplácito de Nico. El tercero era un niño más alto de cálidos ojos marrón claro, piel oscura y pelo moreno al rape. Parecía el líder, o al menos el más atrevido. El muchacho dio un paso adelante y tendió la mano.

—¡Hola, soy Oludare! —dijo lo bastante alto para que todo el mundo situado en un radio de tres mesas le oyese—. Olu para abreviar. ¿Es usted el señor Di Angelo? Quirón nos ha dicho que tenemos que hablar con usted.

Al oírle decir «señor Di Angelo», algunos campistas más mayores miraron y rieron disimuladamente.

—Nico a secas.

El hijo de Hades estrechó la mano de Olu, aunque el gesto le parecía demasiado formal.

—Mucho gusto.

—Los tres podéis relajaros —dijo Will, cuya sonrisa irradiaba tanto calor que hasta Nico podía notarlo—. Aquí no nos andamos con ceremonias.

Olu cambió el peso de un pie al otro.

—Ya, vale. Pues… ¡mi madre divina es Hestia!

Sonó a tal volumen que la niña punk se sobresaltó.

—Olu, por favor —dijo ella, tirándose de los rizos—. Baja la voz.

—¡Perdón! —gritó Olu—. Perdón, perdón. Cuando estoy nervioso hablo alto.

Nico le ofreció una sonrisa.

—Lo entiendo. Yo también fui nuevo aquí. Bueno, un momento, ¿has dicho Hestia? —Miró a Will—. No sabía que Hestia tenía hijos. ¿Hemos tenido alguna vez a uno de sus hijos por aquí?

Will parpadeó.

—Pues… Hala, creo que no.

Oludare dejó caer los hombros.

—¿Eso significa que no tengo adonde ir?

—Todo lo contrario —respondió Will—. Cualquier semidiós es bienvenido en el Campamento Mestizo. ¿Y quiénes son tus amigos?

La niña dijo que se llamaba Ananya. Su madre era una deidad griega menor llamada Astrea.

—No la conocía —dijo Ananya—. Y de repente, la semana pasada se me apareció en sueños en plan: «¡Soy tu madre! ¡Vete al Campamento Mestizo!». —Se encogió de hombros—. Quirón ha dicho que es la diosa de la justicia y la inocencia. Supongo que está guay.

—No puedo decir que haya oído hablar de ella —reconoció Nico—. Pero hay muchos dioses que no conozco.

—¡Por lo menos te ha reconocido! —concedió Will—. Nosotros teníamos que esperar meses o incluso años, y a algunos chicos nunca los reconocían. —Se volvió hacia el niño pálido de la ropa grande—. ¿Y tú?

—Soy Noah. —Le goteaba la nariz, y se la frotó con la manga. Tenía los ojos rojos como si hubiese estado llorando o padeciese graves alergias—. Yo también tengo un padre divino desconocido. ¿Sabéis quién es Hermes?

Will rio entre dientes.

—Me suena el nombre.

—Colega. —Ananya se volvió hacia Noah—. ¿No has estudiado mitología griega en el cole?

Noah negó con la cabeza.

—He faltado muchos días.

—Es el dios que tiene esos chirimbolitos con alas en los pies —dijo ella con toda naturalidad.

Nico contuvo la risa. «El dios desconocido de los chirimbolitos con alas en los pies».

—Espero que lo haya oído en el Olimpo.

—¿Qué es el Olimpo? —preguntó Noah.

—Vaya, tenemos mucho que enseñaros —dijo Will—. Pero antes, ¿habéis comido? ¡Vamos a papear!

Cargaron los platos de pan recién hecho, queso y fruta mientras las dríades traían copas de la bebida helada que se le antojaba a cada campista (no alcohólica, por supuesto). Una vez que estuvieron otra vez sentados, Oludare empezó a hacer un millón de preguntas. A Nico le quedó claro que los chicos solo habían recibido introducciones someras a lo que representaba ser semidiós. No tenían ni idea de lo que era el Campamento Mestizo, aparte del comentario que el señor D había hecho sobre un «régimen de entrenamiento severo y doloroso».

—Yo no lo describiría para nada de esa forma —dijo Will—. Pero sí que hay entrenamiento. Tendréis que aprender a luchar, a defenderos, a proteger a los demás.

—¿Proteger a los demás? —preguntó Oludare—. ¿De qué?

—Un chico me ha dicho que tenemos que luchar contra monstruos. —Noah se encogió aún más bajo el plumífero—. ¿Los monstruos existen?

—Claro —contestó Ananya—. Si los dioses existen, ¿por qué no van a existir los monstruos?

—Pero ¿existen los dioses? —replicó Noah—. Yo no he conocido a ese tal Hermes. ¿Cómo sé que no es inventado?

—Espero sinceramente que Hermes oiga todo esto —murmuró Nico.

Noah frunció el entrecejo.

—Perdón. Es que estoy hecho un lío. Mi madre me dijo que tenía que venir aquí, pero sigo sin entender por qué.

—Tranquilo. —Will alargó la mano sobre la mesa para ponerla encima de la de Noah—. Vamos a ayudaros.

—Vaya, qué emoción —exclamó Oludare—. ¿Dioses y monstruos? ¡Me apunto!

—Yo podría aprender a pelear mejor —dijo Ananya—. Aunque ya doy puñetazos.

Noah retiró la mano, que desapareció en el interior de su manga.

—¿Cómo aceptáis los dos todo ese rollo sobrenatural tan rápido? —Señaló a una dríade que servía bebidas a los demás campistas—. O sea, ¿se supone que ella es un espíritu de un árbol? ¿Cómo sabemos que no es cosplay o algo por el estilo?

—¿De verdad no te lo crees? —preguntó Olu.

—¿Por qué debería creerlo? —La voz de Noah se volvió más aguda del pánico. Parecía una tortuga metiéndose en su caparazón de poliéster mullido y acolchado—. ¡No he visto nada sobrenatural en mi vida!

En ese momento exacto, una esfera de luz estalló sobre su mesa dando vueltas con los brillantes colores de un arcoíris. Los recién llegados gritaron. Noah estuvo a punto de caerse del banco. Incluso campistas más veteranos se volvieron y miraron asombrados, pues no era algo que pasase normalmente en la mesa del comedor.

Nico sabía perfectamente lo que era: un mensaje Iris, aunque nunca había visto uno tan grande y luminoso.

Una voz habló desde el portal brillante.

—¡Nico! ¿Estás ahí?

A él le dio un vuelco el corazón.

—¿Hazel? ¿Eres tú?

La imagen se enfocó resplandeciendo: su hermanastra Hazel Levesque, majestuosa con su túnica morada y su armadura de estilo romano, y el cabello moreno trenzado con hojas de laurel doradas. Nico se alegró, pero la expresión seria de ella le indicó que no se trataba de una llamada de cortesía.

—Claro que soy yo —dijo ella—. Y tengo un problema. Necesito tu ayuda.

Capítulo 2

No fue fácil tranquilizar a Noah, que pensó que estaba teniendo una alucinación en la que veía una cabeza flotante. Ananya frunció el ceño como si estuviese dispuesta a dar los citados puñetazos a la aparición, mientras que Oludare daba saltos de emoción.

—¡Cómo mola! —gritó—. ¿Podremos hacer eso? ¿Tenemos magia?

—Esa lección es para más adelante —contestó Nico—. Will, ¿podrías, ejem?

—Oído cocina —dijo Will—. Vamos, trío. Démosle a Nico un poco de espacio.

El hijo de Apolo ayudó a Noah, Oludare y Ananya a recoger la comida y trasladarse a otra mesa llena de semidioses que murmu­raban.

Dentro de la esfera de luz multicolor, Hazel arqueó una ceja.

—¿Nuevos campistas? —preguntó.

—Últimamente han llegado bastantes —respondió Nico.

—Ah, vaya. Precisamente te llamo por eso.

Antes de que pudiese explayarse, Will volvió sonriente.

—¡Me alegro de verte, Hazel! Hace tiempo que tu hermano quería contactar contigo. —Le dio a Nico un codazo—. ¿Verdad que sí?

Nico hizo una mueca.

—Claro.

Hazel sonrió. Sabía que entre las virtudes de Nico no estaba mantener el contacto.

—No pasa nada. Yo debería haber llamado antes. Me enteré de vuestra pequeña aventura en el inframundo.

—Desde luego fue una aventura —concedió Will—. A lo mejor no tan pequeña. —Apretó la mano de Nico—. Pero creo que nos fue bastante bien.

—¿Bastante bien? —Hazel rio—. ¡Will, eres un hijo de Apolo y sobreviviste a un viaje al Tártaro!

Nico le dio unos golpecitos en el hombro.

—Sí, ese es mi Rayito de Luz.

Will se sonrojó.

—Por favor, deja de ponerme apodos.

—Va a ser que no.

Hazel se inclinó hacia delante. Su cara reluciente e incorpórea recordó a Nico el rostro que aparecía en el espejo de la Reina de Blancanieves, solo que sin la maldad del personaje.

—Bueno, si los dos podéis dejar de ser tan adorables un momento, necesito vuestra ayuda de verdad.

—Claro —dijo Nico—. ¿Qué pasa?

Hazel apartó la vista apretando los labios. La larga pausa resultó preocupante.

—Bueno… en el Campamento Júpiter tenemos un problema. Y creo que vosotros dos sois los más capacitados.

Nico frunció el ceño.

—¿Para qué?

—Para, bueno, ocuparos.

A Nico le empezó a latir el corazón con fuerza contra las costillas. Algo debía de ir muy mal. ¿Por qué se andaba Hazel con tanta reserva?

—¿Qué pasa? —volvió a preguntar—. Detalles, por favor.

Ella suspiró.

—No sé cuánto puedo contar por mensaje Iris. Tenéis que verlo con vuestros propios ojos.

—¿Ver qué?

Will se aclaró la garganta. Nico miró en dirección a él, y la expresión del hijo de Apolo lo dijo todo: «Concédele el beneficio de la duda».

—Está bien —cedió Nico—. Dime solo una cosa: ¿estás en peligro?

Hazel hizo una mueca.

—No, no… ¿especialmente?

—Eso no es muy tranquilizador.

—Mira, se trata… —Ella se inclinó hacia delante todavía más, como si quisiese contar un secreto, pero solo consiguió que su voz sonase tan alto como para que la oyesen las mesas de las inmediaciones— de los nuevos huéspedes del Campamento Júpiter.

Muchos de los semidioses presentes en el pabellón comedor se volvieron para mirar en dirección a ellos. No todos los días aparecía una esfera gigante de un mensaje Iris en plena cena. No era muy habitual recibir un mensaje del Campamento Júpiter. Hasta el año anterior, la mayoría de los semidioses del Campamento Mestizo ni siquiera sabían que en la Costa Oeste existía un campamento para semidioses romano alternativo. El primer contacto se había producido cuando los romanos habían marchado sobre Long Island y habían tratado de aniquilar a los griegos. Una especie de gran malentendido. Las relaciones entre los dos campamentos habían mejorado, pero seguían siendo distantes y tensas.

—¿Nuevos huéspedes? —preguntó Will.

—¿Te refieres a semi…?

—No del todo —lo interrumpió Hazel—. ¿Os fiais de mí?

Tenía un tono tenso. La tirantez de los ojos de su hermanastra reveló a Nico lo mucho que el misterioso problema pesaba sobre su ánimo.

Se ablandó.

—Claro, Hazel. Perdona. Creo que me ha salido el lado sobreprotector.

—Te lo agradezco. Y me vendrá muy bien tu apoyo. ¿Puedo pediros a los dos que vengáis? Un día o dos como máximo. Lo entenderéis mejor cuando lo veáis.

Nico hizo una mueca.

—No sé, Hazel. Por supuesto que queremos ir, pero Will y yo somos los únicos monitores que quedan para ayudar a los nuevos semidioses del campamento. El señor D ha dicho que necesita nuestra ayuda.

Pareció que la mirada de Hazel se desviase de él.

—¡Oh, seguro que a él no le importa! —dijo.

A continuación guiñó el ojo.

Nico se dio la vuelta, pero no vio a quien le estaba guiñando el ojo. Luego miró a Will, que se encogió de hombros.

—Siempre he querido visitar el Campamento Júpiter —declaró él—. Además, no puede ser peor que el Tártaro.

—Exacto —asintió Hazel, moviendo los ojos—. Nada que ver con el Tártaro.

Se agachó cuando una forma borrosa, como un pollo con pelo, atravesó zumbando la superficie del mensaje Iris y se estrelló detrás de ella. Por el sonido, Nico dedujo que lo que quiera que fuese había derribado una armadura.

El instinto protector de Nico afloró de nuevo.

—¿Qué ha sido eso?

Hazel volvió a aparecer en la esfera brillante, con el cabello alborotado hacia un lado.

—No pasa nada. Estoy bien. Os lo explicaré todo cuando vengáis, lo prometo. ¡Gracias!

El mensaje Iris parpadeó y se apagó.

Nico miró a Will con el entrecejo fruncido.

—Qué raro ha sido, ¿no?

Will se rascó la oreja.

—A ver, lo raro es nuestra especialidad. ¡Me hace mucha ilusión ver el campamento romano!

A Nico le habría gustado tener tanta confianza. Su mente se retrotrajo a su estancia en el Campamento Júpiter, donde era considerado un hijo de Plutón. Los semidioses romanos lo respetaban bastante. Aun así, seguían viéndolo como un forastero, un visitante: no un miembro de la legión. Si su hermana Hazel, la líder con rango más alto del campamento, se estaba enfrentando a algo que no podía manejar ella sola, Nico no sabía de qué ayuda podía ser él.

Y, sin embargo, tenía que intentarlo. En primer lugar, él había sido el responsable de llevar a Hazel al Campamento Júpiter. Se acordó de cuando la había encontrado en los Campos de Asfódelos: un espíritu tenue y fantasmal, yendo a la deriva entre los álamos negros con millones de espíritus más.

A diferencia de la mayoría de las almas de los Campos de Asfódelos, la conciencia de Hazel estaba intacta. Ella lo había buscado, le había agarrado la mano y le había inundado la mente de la historia de su vida, la injusticia de su muerte y su intenso deseo de volver al mundo de los vivos. Nico lo vio como una segunda oportunidad: una forma de salvar a una hermana recién encontrada, otra hija del inframundo, como no había podido salvar a su hermana Bianca.

Él había resucitado a Hazel de entre los muertos y la había llevado a la guerra contra Gaia. A veces se preguntaba si le había hecho algún favor. Como mínimo, Hazel se merecía todo el apoyo que él pudiera ofrecerle.

—¿Nico? —Will le apretó el hombro—. ¿Estás bien? Te has ido por un momento.

Nico miró hacia abajo. Esperaba ver a Tristeza o a Culpa tirándole de los cordones, pero no había ninguna de sus chocobolitas cerca. La mente de Nico estaba generando emociones sombrías ella sola.

«Concéntrate —se dijo—. Esto tiene que ser a lo que el señor D se refiere cuando habla de estar presente».

Ofreció una débil sonrisa a Will.

—Perdona. Ojalá supiera lo que está pasando allí.

—Ya.

Will se inclinó y le dio un beso en la mejilla. No le preguntó qué sentía. No le hacía falta. Nico agradeció que su novio lo conociese tan bien.

—Lo bueno —continuó Will— es que podemos hacer algo al respecto. Vamos a hablar con el señor D y con Quirón.

Para cuando cruzaron el pabellón hasta el lugar donde estaban sentados los dos directores, Nico tenía claro que ya sabían lo que iban a pedirles los semidioses. Quirón estaba tirándose pensativamente de la barba. El señor D lucía una amplia sonrisa en el rostro, como si se le acabase de ocurrir un nuevo animal en el que podía transformar a sus enemigos.

—Nunca me aburro con vosotros, semidioses. —El dios alzó su copa de zumo de uva—. ¡Siempre está pasando algo dramático!

Nico frunció el ceño.

—Un momento —dijo—. ¿Hazel le guiñaba el ojo a usted? ¡¿Ha estado escuchando a hurtadillas?!

El señor D sorbió el zumo tan ruidosamente que a Nico le dio repelús.

—Todo el mundo ha oído ese mensaje Iris, muchacho. Además, todavía me quedan décadas en esta cárcel. Creo que tengo derecho a divertirme escuchando a mis campistas a escondidas.

Quirón puso los ojos en blanco.

—En realidad, eso es bastante preocupante, señor D.

—Venga ya. Si esa chica, Hazel, no hubiera querido que yo la oyera, no habría aparecido en una gigantesca burbuja brillante mientras cenaba.

—En fin —lo interrumpió Will—, así nos ahorramos la explicación. No estaremos mucho tiempo fuera. Solo un día o dos. No tienen inconveniente, ¿verdad?

Quirón no parecía muy convencido. Ese día el viejo centauro estaba en «modo humano», con la parte inferior equina oculta en una silla de ruedas mágica de tal manera que parecía un profesor de porte distinguido con pelo canoso y un traje de tweed arrugado. Pero, sinceramente, a Nico esa apariencia le resultaba todavía más intimidante que Quirón en modo ecuestre, tal vez porque había tenido algunos profesores muy estrictos durante su infancia en Italia.

—¿Y los tres nuevos campistas? —quiso saber Quirón—. Necesitan vuestro asesoramiento.

—¡Podemos seguir poniéndolos al día esta tarde! —propuso Will—. Nos iremos mañana.

Nico asintió con la cabeza.

—Además, les vendría bien hablar con dos adultos.

El señor D miró a cada lado como si buscase a los «adultos» a los que se refería Nico.

—Perdona. ¿Me estás pidiendo que trabaje más, Nico di Angelo?

Nico no pudo contener la risa.

—¿Ha trabajado usted un solo día de su vida, señor D?

—Eso es un insulto flagrante. —El director del campamento le guiñó el ojo—. Pese a la verdad que pueda contener la pregunta…

Quirón suspiró.

—En cualquier caso, no sé si es necesario que vayáis los dos si no se trata de una misión.

Nico lo miró con ojos de cordero degollado.

—Pero otra semidiosa nos ha pedido ayuda. No querrá que no le hagamos caso cuando nos necesita, ¿verdad?

—El señor Di Angelo tiene razón —dijo el señor D alargando las palabras—. ¿Está nuestro venerable director de actividades diciéndoles a los semidioses bajo su supervisión que hagan oídos sordos a la llamada urgente y desesperada de una de los suyos?

—¿De qué parte estás tú? —masculló Quirón.

El señor D sonrió.

—De la mía. Por supuesto.

Quirón se rascó la barba murmurando algo sobre deidades del vino poco serviciales. Estudió la expresión lastimera de Nico.

—Supongo que podríamos encargarnos de la orientación de Noah, Ananya y Oludare los próximos días.

—Yo le enseñaré a Noah a montar a Peleo —se ofreció el señor D.

Will abrió mucho los ojos.

—¿Se puede montar al dragón?

—¡No! —contestó Quirón bruscamente—. ¡No se puede!

—Con esa actitud, no, Quirón —dijo el señor D—. Ese chico, Noah, estuvo a punto de desmayarse con un mensaje Iris. Necesita tirarse a la piscina para acostumbrarse a la nueva situación. ¡Será divertido!

Quirón decidió pasar de él, que a menudo era la estrategia más sabia a la hora de tratar con el señor D.

—Nico y Will, habéis estado trabajando mucho —concedió Quirón—. Tal vez os siente bien un cambio de aires. Pero permaneced en contacto, sobre todo si consideráis que necesitaréis más tiempo allí.

A pesar de sus recelos, Nico tuvo un arranque de entusiasmo.

—¡Gracias!

—Y quiero informes cada hora —terció el señor D.

Nico se quedó inmóvil.

—Un momento. ¿En serio?

—Por supuesto que no. —El dios rio—. ¿Me imaginas tan interesado? Además, mi red de secuaces me mantendrá informado si pasa algo interesante. —Se volvió hacia Quirón—. En cuanto a esas clases de montar a nuestro dragón escupefuego, ¿dónde crees que podemos conseguir una silla de montar de amianto?

Mientras los dos semidioses salían del pabellón comedor y se dirigían a las cabañas, Will se arrimó a Nico.

—¿De verdad tiene el señor D una red de secuaces?

—Para serte sincero —dijo Nico—, ya no me sorprendería nada de él.

Nico no era muy aficionado a hacer las maletas. Normalmente se iba corriendo de aventura y dejaba la cuestión de «¿Qué me pondré mañana?» para más adelante. Pero Will se apresuró a recordarle lo útiles que habían sido sus provisiones en el viaje al Tártaro.

—Imagínate que yo no hubiera tenido la lámpara solar —dijo Will, metiendo en la mochila una sudadera de repuesto y aperitivos—. O el botiquín.

—Vamos a un campamento para semidioses —contestó Nico—. Tienen comida. Tienen suministros médicos. Incluso podemos pedirles una de sus camisetas moradas si quieres.

Will sonrió.

—El morado me queda genial. ¿En la camiseta pondría: «Mi novio fue al Campamento Júpiter y solo me trajo esta camiseta cutre»?

Nico solo escuchaba a medias. Se paseaba por la cabaña de Apolo preguntándose qué pasaría cuando viese a Hazel. ¿Qué opinaría ella de las chocobolitas? ¿Había hablado su padre con ella últimamente? Le asaltaban un millón de preguntas. También estaba pensando en su amigo Jason Grace, el antiguo pretor del Campamento Júpiter: otro semidiós rubio al que le quedaba genial el morado. Nico lo había querido como a un hermano, y se había ido para siempre. Tal vez ponerle a Will una camiseta con las siglas SPQR no era tan buena idea. No estaba seguro de que su corazón lo sopor-­tase.

Will estaba sentado en su cama y se puso a emparejar calcetines.

—Sé que estás intranquilo. Me imagino que quieres marcharte ya, pero es mejor salir mañana. Después de un sueño reparador y todo eso.

Nico seguía paseándose de un lado a otro.

—Oye —dijo Will—. Señor de las Tinieblas.

Nico se detuvo.

—¿Qué?

Will apartó su montañita de calcetines. Dio unos golpecitos en la cama a su lado.

—Siéntate.

La irritación estalló en el pecho de Nico. A Will se le daba demasiado bien cortar por lo sano el postureo de Nico, o sus intentos de eludir la verdad. Pero tenía buenas intenciones. Nico respiró hondo y se acomodó al lado de su novio.

—Lo siento —dijo Nico—. Tienes razón. Estoy un poco nervioso.

—Sueles estarlo antes de las misiones.

—Pero esto no es una misión.

Will asintió con la cabeza.

—¿Y…?

—¿Y qué?

—¿Preferirías que lo fuera?

Nico arqueó una ceja.

—¿Qué quiere decir eso?

Will metió la mano en un calcetín azul como si buscase agujeros.

—Quiere decir que los últimos tres meses han sido tranquilos, ¿no? Nos hemos dedicado a pasar el rato. Vivir la vida. Yo, por mi parte, he estado encantado de que no me persigan palomas asesinas o me caiga encima lluvia ácida todos los días.

—Yo también me alegro de que ahora no las estemos pasando canutas.

—Pero ¿de verdad te alegras?

Nico dejó escapar un grito ahogado.

—¡Will!

—Perdona, he sido demasiado duro. —Will levantó la marioneta de calcetín e hizo de ventrílocuo—. A lo mejor te estoy anali­zando de más.

—A lo mejor no —dijo Nico, quitándole el calcetín de la mano—. Sé adónde quieres ir a parar. He estado huyendo toda la vida. De mi infancia o de los monstruos o de la pena. Ahora que ya no tengo por qué hacerlo…

—¿Se te hace raro?

Nico asintió con la cabeza.

—Sé que muchos de nosotros tenemos que lidiar con el TDAH, pero con el TDAH, buscas lo que te parece más interesante y te concentras en ello, ¿verdad?

—Así es como están hechos los semidioses —convino Will.

—Pero cuando no hay peligro ni misión…

Nico titubeó. Se había visto acorralado. No quería insinuar que Will no fuera lo más interesante de su vida ni que no se mereciera toda su atención.

—Me está costando existir sin más —dijo finalmente—. Me preocupa no tener nada de lo que preocuparme. No sé si eso tiene sentido. No paro de pensar que hay un monstruo a la vuelta de la esquina, a punto de abalanzarse sobre mí.

—Y en cierto modo, luchar contra un monstruo sería un alivio —asintió Will—. Porque estás acostumbrado a eso.

Nico apoyó la cabeza en el hombro de Will.

—¿Me pasa algo malo, doctor?

Will rio suavemente.

—Nada en absoluto. Pero estás a punto de ir a ver a tu hermana y a un grupo de nuevos amigos. Sea lo que sea lo que está pasando en el Campamento Júpiter, no habrá una misión que nos sirva de guía. Esta vez no tenemos una lista. Apuesto a que nuestro papel consistirá más en escucharlos, reconectar, salir juntos. Vivir la vida.

—Las cosas difíciles —gruñó Nico.

—Exacto —coincidió Will—. La mejor ayuda que puedes ofrecerle a Hazel es estar presente cuando te necesite.

—«Estar presente». —Nico puso unas comillas imaginarias a las palabras—. Eso es lo que siempre me dice el señor D. Me manda hacer unos ejercicios… ¡Como si me fuera a ir al pasado o al futuro por no hacerlos!

—¿Eres un viajero del tiempo, Nico?

—¡Eso mismo me he preguntado yo! Si lo soy, no estoy usando bien mis poderes.

Will le agarró la mano.

—Pues yo estoy dispuesto a practicar contigo cómo seguir en la línea temporal en curso. Solo tienes que pedírmelo.

—Gracias, solete.

Will se levantó.

—En fin. No tengo suficientes calcetines. Necesito meter más.

Nico gimió. Bajó de la cama al suelo.

—Will, solo son dos días.

—Puede —concedió Will—, pero ¿y si acabamos luchando contra un monstruo y su debilidad son los calcetines de lana? Seguro que entonces no te parezco tan tonto.

—El día que eso pase, me comeré uno de tus calcetines.

Will le lanzó una pareja enrollada, pero Nico la esquivó. Se quedó mirando al techo mientras Will terminaba de hacer la mochila.

Nico se preguntaba si estaría tan nervioso y tan vigilante el resto de su vida. Tenía que llegar un momento en el que pudiera relajarse y aprender a disfrutar de estar relajado, ¿no?

Todavía no estaba seguro.

Capítulo 3

Oh, ni hablar.

A la mañana siguiente, Nico y Will estaban delante de la Casa Grande cuando vieron llegar la furgoneta blanca de Fresas Delfos.

Nico se cruzó de brazos. Miró con el ceño fruncido a Quirón, que estaba jugando a las cartas con el señor D en el porche.

—Ya sé que no le gusta que viaje por las sombras tan lejos —dijo Nico—, pero se tardaría mucho en atravesar el país con él.

Argus, el gigante de múltiples ojos que era el jefe de seguridad del campamento, aparcó delante de ellos. Se bajó de un salto del vehículo justo a tiempo para oír la queja de Nico.

—Sin ánimo de ofender, Argus —se apresuró a añadir Will—, tu empresa es maravillosa, pero se tardaría una semana más o menos en ir de aquí a California en furgoneta.

Argus dejó caer los hombros. Parpadeó con sus grandes ojos azules: los de la cabeza, los de los antebrazos, los de las espinillas entre el pantalón corto de safari y las zapatillas. A Nico le habría gustado que el gigante dijese algo —solo para confirmar el rumor de que tenía un ojo en la lengua—, pero como de costumbre, Argus permaneció en silencio. Levantó tristemente el índice.

—Solo se tardaría un día —tradujo Quirón—. La furgoneta es muy veloz, y a Argus le hacía mucha ilusión participar en la aventura. Además, tienes razón, Nico. Me preocupo cuando viajas por las sombras a tanta distancia. El día menos pensado podrías entrar en el mundo de las sombras y no lograr volver.

El centauro miró a Will en busca de apoyo.

Will hizo una mueca.

—Normalmente, estaría de su parte, Quirón. Pero esta vez Nico tiene razón. Cuanto antes lleguemos al Campamento Júpiter, antes podremos ayudar.

—¡Además, he venido preparado! —Nico metió las manos en los bolsillos de su cazadora. Sacó una bolsa de barritas de cereales caseras (obsequio de Enebro) y un sándwich de pavo y queso que había sisado de la cocina—. ¡Si empiezo a sentirme débil, comeré!

—También tenemos a las chocobolitas —agregó Will—. Ellas cuidarán de Nico.

Justo en ese momento, el variopinto ejército de cacodemonios salió botando de su escondite debajo del porche. Se arremolinaron en torno a los pies de Nico, dando ladriditos de emoción.

—Ah, pero todavía no has viajado por las sombras con ellas, ¿verdad? —El señor D dedicó una sonrisa siniestra a Nico—. ¿Cómo sabes que no te estorbarán? ¿O que no te harán arder por combustión espontánea en pleno vuelo?

—Dioniso… —lo regañó Quirón.

El señor D le lanzó una mirada inocente, como diciendo: «¿Quién, yo?».

—Solo digo lo que podría pasar.

El dios del vino bebió un sorbo de una bolsita dorada de zumo Capri Sun. Nico no sabía que el zumo Capri Sun se envasaba en bolsitas de oro. Tal vez la empresa tenía un acuerdo de comercialización con los fabricantes de néctar divino.

—Pues si ardo, que arda —dijo Nico—. Se me ocurren peores formas de morir.

El señor D rio.

—¡Ese es el espíritu!

—No lo es en absoluto —gruñó Quirón—. No gafemos el viaje antes de que empiece.

—Madura, Qui —dijo el señor D—. ¡Disfruta un poco! ¡Deja que los semidioses se equivoquen!

—Pfff —bufó Quirón. Miró a Argus—. Gracias, amigo mío, pero parece que al final hoy no vamos a necesitar tus servicios de chófer. Puedes seguir con el horario normal de reparto de fresas.

A juzgar por las treinta o cuarenta miradas de odio que Argus le lanzó a Nico, no pareció que le hiciese gracia la idea, pero el gigante asintió con la cabeza, volvió a la furgoneta y se fue.

—¡Bueno! —El señor D lanzó el zumo por encima del hombro—. Espero que el viaje a ese dichoso Campamento Júpiter os vaya bien, chicos. Mantenedme informado. En cuanto a vosotros, pequeños demonios…

Se inclinó hacia delante para estudiar a las chocobolitas, que se retiraron detrás de Nico con un coro nervioso de: «¡Hip! ¡Hip! ¡Hip!».

—Vivid la vida al máximo —les dijo el señor D a los cacodemonios—. Seguid el dictado de vuestros corazones. Sembrad el caos y la discordia. ¡Adiós!

Chasqueó los dedos y desapareció en una explosión de purpurina.

—No cambiará nunca, ¿verdad? —dijo Will.

Quirón lanzó las cartas sobre la mesa.

—Lo dudo. Siempre desaparece justo cuando estoy a punto de ganar.

Nico sonrió.

—Yo espero que siga siendo como es. Me divierte. —Se volvió hacia Will—. ¿Estás listo para marchar?

Will agarró los tirantes de su mochila de lona.

—¡Más listo que nunca!

—Tened cuidado, por favor —les pidió Quirón—. Se supone que no puedo tener semidioses favoritos, pero mentiría si no reconociera que os he tomado mucho cariño a los dos.

Nico notó que le subía el calor a las mejillas.

—Gracias. Prometo que lo haremos lo mejor que podamos.

El director de actividades se despidió de ellos con la mano.

—¡Y saludad a todos nuestros amigos del campamento de mi parte!

Nico le dijo adiós y llevó a Will por el sendero hacia el bosque. Las chocobolitas los siguieron chocando unas con otras, compitiendo por estar más cerca de Nico.

En la linde del bosque, donde el tronco de un viejo roble tapaba el sol matutino, encontraron una buena zona oscura: perfecta para entrar en el mundo de las sombras.

—No os alejéis, bolitas —dijo él.

Pena se agarró a uno de los cordones de sus botas. El resto de las bolitas formaron una cadena detrás como si se dispusieran a ir al Tártaro bailando en línea «Old Town Road».

Will respiró hondo.

—Nunca me acostumbraré a esto.

Pero para Nico di Angelo, hijo de Hades, volver a la oscuridad era tan natural como pensar.

Abrazó a Will. A continuación se imaginó su destino: la entrada occidental del túnel de Caldecott, en lo alto de las colinas de Oakland, donde el tráfico iba y venía zumbando día y noche por la autopista 24. Entre los dos agujeros principales del túnel, desapercibidas para los mortales, había unas puertas metálicas, vigiladas permanentemente por centinelas romanos.

Nico y Will se internaron en las sombras. La sensación era como volar a ciegas a la velocidad de la luz a través de una tormenta de aguanieve: no era precisamente lo más agradable del mundo. A Nico le preocupaba Will, que nunca había viajado por las sombras tan lejos. Notaba a las chocobolitas tirando del cordón de su bota, como si se hubiesen vuelto más pesadas en el mundo de las sombras. Esperaba sinceramente que no le quitasen la bota en mitad del viaje. De lo contrario, llegaría a California con tan solo un zapato y sin cacodemonios.

Todo terminó casi tan pronto como había empezado. Nico cayó de rodillas en un matorral de artemisa. Le daba vueltas la cabeza. Fue vagamente consciente de que Will se apartaba arrastrándose y vomitaba el desayuno. La barrita de proteínas que Nico había comido antes también amenazaba con salir. Las chocobolitas eran las únicas que parecían estar bien. Saltaban entre los hierbajos y daban ladriditos de emoción como diciendo: «¡Otra vez! ¡Otra vez!».

—¿Will? —gritó Nico.

—Estoy bien. —Más arcadas—. ¿Y tú?

Nico se puso de pie despacio combatiendo el mareo.

—Sí. Lo hemos conseguido.

En realidad, Nico podría haberlos llevado más cerca. Habían aparecido en la mediana de la autopista 24, en un tramo de matorrales y flores silvestres situado justo al pie del túnel. Al otro lado de los guardarraíles, los coches pasaban rápido en las dos direcciones. Hacia el oeste, las estribaciones descendían hasta las llanuras de la bahía del Este de San Francisco. Un manto de niebla cubría la ensenada, atravesado únicamente por las torres de los puentes, y más allá, a lo lejos, el contorno de San Francisco. El aire era fresco y húmedo, perfumado por el olor acre de los eucaliptos.

Will se levantó secándose la boca. Tenía la frente perlada de sudor.

—Qué pasada. Menuda vista.

—Sí —convino Nico—. Pero mira detrás de ti.

Will se volvió. En lo alto de la pendiente, como Nico recordaba, había una puerta de dos hojas metálica encajada en la ladera de la colina entre las fachadas de

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