Prólogo
Octubre de 2016, Montreal
Shane Hollander estaba a punto de perder los nervios, algo que nunca se permitía hacer.
Había aguantado el tipo durante dos tiempos y doce minutos del tercero en uno de los partidos de hockey más frustrantes que había jugado. Debería haber sido una victoria gloriosa en casa para su equipo, los Montreal Voyageurs, frente a sus máximos rivales, los Boston Bears. En lugar de eso había sido una humillación bochornosa, y el resultado iba 4-1 para Boston, con menos de ocho minutos por jugar en el marcador. Shane había tenido nada menos que cinco preciosas oportunidades de marcar. Había hecho unos tiros que no podían fallar. Pero habían fallado. Y los Bears habían sacado ventaja de todos los errores de los Voyageurs.
Un hombre en concreto era el que más ventaja había sacado. El hombre más odiado por todo Montreal: Ilya Rozanov. La rivalidad casi centenaria entre los equipos de Montreal y de Boston en la Liga Nacional de Hockey, la NHL, llevaba las últimas seis temporadas personificada en Hollander y Rozanov. Su intensa competencia saltaba a la vista incluso para los fans de los asientos más baratos y alejados de la pista de hielo.
Entonces Hollander se inclinó en el círculo de saque, frente a Rozanov, mientras el árbitro se preparaba para soltar el puck después del segundo gol del ruso.
—¿Te lo estás pasando bien? —preguntó con tono burlón Rozanov.
Sus ojos color avellana relucieron como siempre que se hacía el gracioso.
—Que te jodan —gruñó Hollander.
—Creo que aún hay tiempo para algún truco —murmuró Rozanov, aunque apenas se entendió lo que decía, entre el marcado acento ruso y el protector bucal—. ¿Lo hago ahora o espero hasta el último minuto? Más excitante así, ¿no?
Hollander apretó los dientes sobre el protector bucal y no respondió.
—Cállate, Rozanov —dijo el árbitro—. Última advertencia.
Rozanov dejó de hablar, pero consiguió encontrar otra forma más eficaz de colarse bajo la piel de Hollander: ¡guiñó un ojo!
Y entonces ganó el saque.
—¡Mierda!
Jean-Jacques Boiziau, el gigantesco defensa haitiano-canadiense de los Voyageurs tiró el stick a la pared del vestuario.
—Ya vale, J. J. —dijo Shane, pero no había amenaza en su tono de voz.
Para dejar claro que no estaba de humor para pelear, ni siquiera para discutir, con nadie, se desplomó en su cubículo del vestuario.
Su compañero del ala izquierda, Hayden Pike, estaba sentado en el banco cerca de él, como siempre.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja Hayden.
—Claro —dijo Shane con apatía.
Inclinó la cabeza hacia atrás hasta dar con la pared fría y cerró los ojos.
Emplear el término «apasionados» para describir a los fans del equipo de hockey de Montreal sería quedarse corto. Montreal amaba a los Voyageurs de una forma exagerada. Su estadio era uno de los lugares más duros en los que podían jugar los equipos visitantes, porque no solo se enfrentaban a uno de los mejores equipos de la liga, sino también a los fans que más ruido hacían. Y de paso, los fans no tenían reparo en hacer saber a su queridísimo equipo cuánto los había decepcionado si así era.
Sin embargo, cuando los fans de Montreal estaban devastados de verdad, como había sucedido aquella noche, se quedaban prácticamente mudos. Y ese era el sonido que más detestaba Shane Hollander.
—¿Sabes qué me encantaría hacer? —preguntó Hayden—. ¿Conoces la peli esa, La Purga? ¿En la que podías, tipo, romper todas las leyes que quisieras durante una noche sin que hubiera consecuencias?
—Más o menos —respondió Shane.
—Tío, si fuera de verdad, me cargaría al puto Rozanov.
Shane se echó a reír. Tenía que reconocer que destrozarle la cara a ese ruso creído por lo menos le daría una pequeña satisfacción.
El entrenador apareció en el vestuario y expresó su decepción con una calma admirable. La temporada acababa de empezar —ese encuentro había sido el primero oficial en el que se enfrentaban a Boston— y habían jugado bien casi todos los partidos. Había sido un bache. Remontarían.
Luego llegó la hora de lidiar con la prensa. En ese momento, Shane habría preferido ver a una jauría de lobos hambrientos entrando en el vestuario, pero sabía que era imposible esquivar a los periodistas. Siempre querían hablar con él en concreto después de cada partido, y aún más después de los partidos en los que se enfrentaba a Rozanov.
Se pasó el jersey del uniforme empapado en sudor por encima de la cabeza para que la camiseta deportiva de la marca CCM se viera en la cámara. Parte del contrato de patrocinio.
Un semicírculo de cámaras, luces y micrófonos se formó a su alrededor.
—Hola a todos —dijo Shane cansado.
Le hicieron las típicas preguntas aburridas y Shane les ofreció respuestas aburridas. ¿Qué podía decir? Habían perdido. Era un partido de hockey y siempre perdía algún equipo, y hoy ese equipo era el suyo.
—¿Quieres saber lo que acaba de decir de ti Rozanov? —preguntó con una sonrisa uno de los periodistas.
—Algo bonito, supongo.
—Ha dicho que le habría encantado que jugaras esta noche.
La multitud de reporteros se quedó callada. A la espera.
Shane soltó un bufido y meneó la cabeza.
—Bueno, jugamos en Boston dentro de tres semanas. Podéis decirle que le juro que estaré en ese partido.
Los periodistas se rieron, encantados de haber conseguido su titular de Hollander contra Rozanov de la noche.
Una hora más tarde —duchado, cambiado y por fin a solas— Shane volvió en coche a casa. No fue al ático que tenía en Westmount, sino a una casa que nadie conocía.
Shane solo pasaba unas cuantas noches en el pequeño edificio de pisos en el distrito del Plateau. Era donde iba cuando quería asegurarse de tener privacidad total.
Dejó el coche en el diminuto aparcamiento que había detrás del edificio de tres plantas, se coló por la puerta de atrás y subió a toda prisa las escaleras hasta la más alta. Sabía que los otros dos pisos estaban vacíos porque él también era el propietario. La planta baja estaba alquilada a una tienda de productos de cocina de lujo, que estaba cerrada a esas horas de la noche.
El apartamento de la tercera planta parecía lo que era: un piso piloto que había sido decorado por un interiorista profesional. Técnicamente, era el que serviría para vender ese y el que había debajo. Si Shane se animaba algún día a vender. Cosa que, se decía, sin duda acabaría haciendo. Pronto.
Llevaba repitiéndose lo mismo más de tres años.
Fue hasta la nevera de acero inoxidable y sacó uno de los cinco botellines de cerveza: lo único que había en la nevera impoluta. Quitó la tapa y se sentó en el sofá de cuero negro de la sala de estar.
Se quedó en silencio tratando de pasar por alto cómo se le revolvía el estómago en noches como aquella. Se bebió la cerveza a toda prisa, con la esperanza de que el alcohol le ayudase al menos a mitigar la decepción que llevaba dentro. La repugnancia ante su propia debilidad. Necesitaba amortiguarla porque sabía que en realidad no iba a hacer nada para arreglar ese lío. Llevaba más de seis años intentándolo.
Más de cuarenta minutos después, llamaron a la puerta. Había pasado tiempo suficiente para que Shane casi se convenciera de que era mejor marcharse. Terminar con aquella ida de olla. Pero, por supuesto, no lo había hecho. Y si hubieran tardado incluso varias horas en llamar, Shane habría continuado sentado en aquel sofá, esperando a que ocurriera.
Abrió la puerta.
—¿Por qué coño has tardado tanto? —preguntó irritado.
—Estábamos de celebración. Gran victoria esta noche, ¿sabes?
Shane se apartó para dejar pasar al alto y sonriente ruso.
—Me he ido en cuanto he podido —dijo Rozanov, con un tono menos burlón—. No quería llamar la atención, ¿sabes?
—Claro.
Y esa fue la última palabra que pronunció Shane antes de que Rozanov estampara la boca contra la suya.
Shane lo agarró de la cazadora de cuero con las dos manos y tiró de Rozanov para acercarlo mientras lo besaba con pasión.
—¿Cuánto rato tienes? —preguntó apresurado Shane cuando se separaron para tomar aliento.
—¿Unas dos horas?
—Joder.
Volvió a besar a Rozanov, fuerte y con ansia. Dios, necesitaba aquello. Ese puto lío del que no sabía salir.
—Sabes a cerveza —dijo Rozanov.
—Y tú sabes al chicle ese asqueroso.
—¡Es para no fumar!
—Cállate.
Forcejearon y se metieron mano hasta que llegaron al dormitorio, donde Shane arrojó a Rozanov con ímpetu contra la pared y siguió besándolo. Notó cómo se deslizaba en su boca la lengua de su rival, que tanto conocía, y él le pasó la lengua por los dientes, unos dientes que habían tenido que arreglar y sustituir a saber cuántas veces.
Esa noche quería mucho, pero no tenían tiempo para mucho. Rozanov lo agarró y lo tiró en la cama; Shane observó al otro hombre tirar la cazadora al suelo y quitarse la camiseta a toda prisa. Una cadena de oro colgaba torcida del cuello de Rozanov, con la reluciente cruz apoyada en su clavícula izquierda justo por encima del famoso (ridículo) tatuaje de un oso pardo enseñando los dientes («¡Por Rusia! ¡Me lo hice antes de jugar para los Bears!») que tenía en el pecho. Más tarde Shane ya se reiría del tatuaje. Ahora mismo lo único que podía hacer era contemplar cómo se desnudaba Rozanov y, con retraso, caer en la cuenta de que debería estar haciendo lo mismo.
Ambos se lo quitaron todo y Rozanov se tiró encima de Shane, empezó a besarlo y bajó la mano para agarrarle la polla, que la tenía tan tiesa que le daba vergüenza. Shane se arqueó al notarlo e hizo unos ruidos ridículos y desesperados.
—Tranquilo, Hollander —dijo Rozanov rozando con los labios la oreja de Shane—. Voy a follarte como te gusta, ¿sí?
—Sí —jadeó Shane, con una mezcla de alivio y humillación por todo el cuerpo.
Rozanov fue bajando por su cuerpo, besando, chupando, lamiendo, hasta que llegó a la polla de Shane. No siguió jugando. Se la metió en la boca y Shane agradeció que estuvieran solos en el edificio, porque su gemido se hizo eco en la habitación tan poco amueblada.
Se apoyó en los codos para poder mirar. Parte de él quería tumbarse y cerrar los ojos para imaginarse que era cualquier otra persona salvo Ilya Rozanov quien le hacía sentir tanto placer. Pero la mayor parte de él quería saber exactamente quién era.
Rozanov era un hombre guapísimo. Lucía unos rizos castaños claros que siempre se alborotaban delante de sus juguetones ojos color avellana y por encima de las cejas oscuras y gruesas. Tenía la mandíbula fuerte y la barbilla con hoyuelo cubiertas de una barba de tres días. Su sonrisa era pícara y perezosa, y los dientes de un blanco nada natural, ya que la mayor parte no eran auténticos.
Tenía la nariz torcida, pues se la había roto unas cuantas veces, pero, joder, ese defecto no hacía más que hacerlo parecer más duro. Y para ser un ruso que vivía en Boston, tenía la piel mucho más dorada de lo que debería estar permitido.
Hostia, Shane lo odiaba a muerte. Pero Rozanov era un experto en chupar pollas y, por la razón que fuera, le encantaba hacerlo.
Shane aborrecía lo que había entre ellos, pero se había esforzado mucho para protegerlo y continuaría haciéndolo mientras Rozanov quisiera. Tal como era la vida de los dos, no era fácil conseguir algo así. Tal vez, cuando habían empezado siete años antes, no esperaran que sus vidas, su famosa rivalidad, llegara al punto en el que estaba ahora. Tal vez deberían haberlo dejado ya. Pero, pese a que estaba fatal, la situación les era cómoda. Era familiar. Y era lo más próximo a sentirse a salvo que cualquiera de los dos iba a experimentar.
Eso era todo.
Rozanov chupó con boca experta la polla de Shane, y este tiró a la cama el tubo de lubricante que había en la bien surtida mesilla de noche. Rozanov lo cogió sin dejar de hacer lo que hacía y se puso un poco en los dedos para poder empezar a abrir a Shane.
Esta siempre era la parte que menos le gustaba a Shane, porque se sentía vulnerable de la hostia. Se sentía débil y ridículo cada vez que estaban juntos en la cama, pero esa sensación siempre era más fuerte cuando Rozanov le metía los dedos. Por eso, la preparación solía llevar un rato.
Rozanov, por el contrario, siempre parecía supercómodo. Se le daba bien y lo sabía. Soltó la polla de Shane dándole un lametazo de despedida a la punta que le provocó un escalofrío por todo el cuerpo, y le dijo:
—Relájate, ¿vale? No hay mucho tiempo, pero sí suficiente.
Shane inspiró hondo y soltó el aire despacio. Esa voz lo sacaba de quicio en la pista de hielo, y en las entrevistas que veía por la tele, donde Rozanov se burlaba de él con aquel tono ofensivo y burlón. Pero aquí, en esta cama, el tono de Rozanov era paciente y considerado, su voz suave y su acento como un elegante envoltorio para las acartonadas palabras en inglés.
El canadiense se relajó mientras Rozanov lo abría con dedos fuertes y le daba intensos besos con la boca abierta en la parte interna de los muslos. Cuando estuvo preparado, Shane le dio un condón a Rozanov sin decir nada antes de darse la vuelta y ponerse a cuatro patas. No podía mirar a Rozanov. Esa noche no. No después de aquella derrota tan humillante.
Rozanov pareció entenderlo. Entró en él con cuidado, no con la furia con la que tantas veces lo había penetrado en el pasado. Fue lento y considerado. Shane notó las manazas sobre las caderas y la cintura, que lo sujetaban mientras Rozanov empujaba para entrar. Incluso notó los pulgares de Rozanov acariciándole la parte baja de la espalda.
—Así… Eso es lo que querías, ¿eh?
—Sí. —Porque era cierto. Era lo que siempre había querido.
Rozanov empezó a moverse y Shane gritó. Nunca tardaba mucho en abandonarse y empezar a gemir, jadear y pedir más.
—Joder, Hollander. Te encanta.
Shane respondió sonrojado, estaba seguro. Pero no podía negarlo.
Si Shane no hubiera sabido que el edificio estaba vacío salvo por ellos dos, se habría preocupado del escándalo que estaba montando mientras Rozanov lo follaba. Pero allí se sentía a salvo, así que se soltó. Gritaba con cada embestida y puede que dijera el nombre de Rozanov un puñado de veces.
De verdad esperaba que nadie pudiera oírlos…
Cuando Rozanov alargó el brazo para cogerle la polla con la mano resbaladiza, Shane sintió unas ganas brutales de correrse y empezó a arremeter contra él. Ese era el momento que siempre le recordaba por qué no podía renunciar a aquello. Le gustaba demasiado.
—¿Vas a correrte para mí, Hollander?
Desde luego que Hollander iba a correrse. Y lo hizo. Dio un puñetazo en el colchón y soltó un taco en voz alta y cubrió el puño de Rozanov con su corrida.
Este aumentó el ritmo por detrás, mandando temblores secundarios que se extendían por el cuerpo de Shane como un terremoto con cada embestida. Justo cuando estaba a punto de resultar excesivo para Shane, Rozanov paró, gritó y se corrió dentro de él.
Después se quedaron tumbados bocarriba uno al lado del otro, y Shane notó la habitual sensación posterior de culpa y vergüenza que entraba reptando en él.
—Bueno, al menos has ganado a algo hoy —comentó Rozanov.
—Joder. Vete a la mierda.
Shane levantó el brazo para darle un manotazo, pero Rozanov le agarró por la muñeca y tiró de él hasta que Shane quedó tumbado encima de su pecho, mirándolo. La sonrisa juguetona de Rozanov se esfumó mientras aguantaba la mirada de Shane, y este sintió que de pronto le faltaba el aire.
—Veo que aún tienes ese tatuaje tan ridículo —dijo Shane a toda prisa, para distraerse de lo que estuviera pasando.
—Ah —dijo Rozanov, con la sonrisilla burlona de nuevo en la cara—. El pobre te echaba de menos.
Shane se rio.
—En serio —insistió Rozanov—. Dale un beso.
Shane puso los ojos en blanco, pero hundió la cabeza en el pecho de Rozanov. Sin embargo, en lugar de acercar los labios al tatuaje agarró con suavidad su pezón entre los dientes y tiró.
—Joder —dijo Rozanov cogiendo aire con un siseo.
A modo de disculpa, pero también porque Shane sabía que le pondría todavía más cachondo, pasó la lengua por el pezón sensible. Rozanov metió una mano en el pelo de Shane y acercó la cabeza para que sus bocas volvieran a estar juntas. Tras un beso largo y extrañamente tierno, Shane levantó la cabeza y vio que Rozanov volvía a mirarlo muy serio. Tragó saliva, pero no dijo nada mientras Rozanov le pasaba los dedos por el pelo. Confiaba en que no se le notara en la cara el miedo que sentía.
—Eres muy guapo —dijo Rozanov de repente.
Lo dijo como si tal cosa.
Shane no estaba seguro de cómo reaccionar. En realidad, nunca «se decían cosas». Al menos, no de ese tipo.
—El Hombre Más Atractivo de la NHL, según Cosmopolitan —bromeó Shane.
Era la única forma que tenía de hablar con Rozanov, además de gritarle obscenidades.
—Son idiotas —dijo Rozanov, ya roto el hechizo—. Me pusieron en el puesto número cinco. ¡Cinco!
—Me parece generoso.
Rozanov rodó y apretó a Shane contra el colchón. Él lo miró entre risas.
—Tengo que irme —anunció Rozanov, y sonó como si de verdad lo lamentase—. Primero una ducha, pero luego tendré que volver al hotel.
—Ya lo sé.
Se ducharon juntos y Shane se puso de rodillas porque no podía dejar que Rozanov se marchase sin probarlo. Rozanov murmuró que le parecía bien mientras se alzaba sobre Shane en la espaciosa ducha encendida. Sus manazas rodearon la cabeza de Shane y los largos dedos se hundieron en el pelo mojado. Shane levantó la mirada y se encontró a Rozanov mirándolo con esa maldita sonrisa torcida. Shane cerró los ojos de inmediato y notó que las mejillas le ardían y, para su vergüenza, la polla se le ponía más dura.
Ya era bastante penoso que le encantase tanto que lo follaran, que le encantase tener una polla en la boca. Pero que tuviera que ser aquel hijo de puta, hasta el punto de que en la rarísima ocasión en la que no lo era, Shane se quedara con ganas…
Así que igual no era solo que aquello fuese fácil. Puede que fuese algo más en lo que Shane no quería pensar.
Llevó a Rozanov al límite y entonces se apartó, y la corrida del otro le salpicó en la barbilla, los labios y probablemente el cuello. El agua se llevó enseguida las pruebas, que cayeron por el desagüe, y Shane volvió a sentarse apoyado en la pared de la ducha. Se pasó las manos por la cara y se abrazó las rodillas. Oyó que Rozanov gemía en ruso.
—Joder —dijo Rozanov, todavía de pie con la cabeza apoyada contra la baldosa frente a donde estaba sentado Shane—. ¿Has practicado, Hollander?
—No —gruñó Shane.
—¿No? ¿Te reservabas para mí?
Shane no respondió, lo cual equivalía a confirmarlo.
Rozanov se echó a reír.
—Tienes que follar, Hollander. Esperar para un polvo rápido cada par de meses no es sano.
—No estoy esperando… —se defendió Shane.
No era del todo mentira. Por supuesto, no era cien por cien hetero, pero acostarse con mujeres tampoco le daba asco. Era solo que no le gustaba tanto como con hombres.
Con un hombre en concreto.
Pero las mujeres eran una opción segura, fácil y accesible. Y quizá si seguía intentándolo al final encontraría una con la que le apeteciera pasar más de una sola noche. Alguien que por fin pudiera poner fin a… lo que fuera «eso».
Rozanov cerró el grifo y extendió una mano. Shane resopló, luego la cogió y dejó que Rozanov tirase de él para levantarlo. Se quedaron de pie, pecho contra pecho, y Shane observó el agua que goteaba del pelo de Rozanov hasta su hombro y de ahí al ombligo.
Rozanov apoyó una mano en la cara de Shane y le hizo levantarla. Lo miró con ternura, con una sonrisilla en los labios, y luego lo besó.
—Te he jodido la vida —dijo Rozanov cuando se apartaron—. Ahora nadie más te servirá.
—Vete a la mierda.
—Cuidado con esa boca…
—No digas eso.
—Prefiero cuando la usas conmigo.
—Joder, Rozanov.
Shane volvió a empujar al otro hombre contra la pared de la ducha y lo besó con agresividad. Siempre era igual. Metiéndose el uno con el otro, insultándose y peleando por el control hasta que uno o los dos cedían y se permitían soltarse como los dos ansiaban.
—Ahora sí que tengo que irme —dijo Rozanov, pero incluso mientras lo decía, le iba pasando los dientes por la mandíbula a Shane.
—Ya lo sé.
—Lo siento.
—¿Por qué? Me da igual. Además, creo que ya hemos terminado por hoy, ¿no?
Rozanov dejó de besarlo y lo miró, pensativo.
—Supongo que sí.
Salieron de la ducha y se vistieron a toda prisa. Shane quitó el edredón de la cama y lo metió en la lavadora. Se aseguraría de que el lugar quedara tan impoluto como lo había encontrado.
—Entonces, hasta dentro de tres semanas —dijo Rozanov desde el umbral, ya a punto de irse.
—Sip.
Rozanov asintió y Shane pensó que así iba a acabar la cosa, hasta que el otro hombre sonrió y dijo:
—¿Esta noche he sido yo?
—¿Has sido tú qué?
—Lo que te ha distraído. En la pista, antes.
Shane tardó unos segundos en darse cuenta de qué insinuaba.
—Vete a la mierda.
Rozanov sonrió de oreja a oreja.
—No podías jugar porque pensabas en mi polla, ¿eh?
—Buenas noches, Rozanov.
Rozanov le lanzó un beso mientras salía por la puerta, y Shane se quedó furioso y extrañamente aliviado. Era una suerte que algo le recordara que, en realidad, no se caían bien.
Shane sacó otra cerveza de la nevera y se sentó en el sofá a esperar a que terminara la lavadora con el edredón. Era tarde y estaba agotado, pero no dormiría allí. En serio, tenía que hablar con alguna inmobiliaria para vender el edificio.
Sí, lo vendería y se quedaría en la puta habitación del hotel cuando jugaran en Boston, en lugar de colarse en el ático de Rozanov en mitad de la noche. Acabaría con aquello y pasaría página.
Mientras trazaba ese plan, se percató de que se estaba acariciando los labios con las yemas de los dedos. Todavía le hacían cosquillas por el recuerdo de la boca del otro apretada sobre ellos.
Sabía que hacer planes para cortar era inútil. Mientras se le ofreciera aquello, Shane jamás sería capaz de decir que no.
PRIMERA PARTE
Capítulo 1
Diciembre de 2008, Regina
Ilya Rozanov caminaba con desgana por el frío helador del aparcamiento del hotel en dirección al autobús del equipo. Igual que la mayoría de sus compañeros, esta era la primera vez que iba a Norteamérica. Creía que se sentiría más abrumado por la situación, pero Saskatchewan no era Nueva York precisamente. Aquí no había nada en lo que concentrarse salvo el frío y el hockey: dos cosas a las que los rusos estaban más que acostumbrados.
Faltaban dos días para Navidad, pero para los mejores jugadores de hockey adolescentes del mundo, la Navidad era sinónimo del Campeonato Mundial de Hockey Junior. Para Ilya, significaba la oportunidad de poder mirar por fin a la cara en directo a Shane Hollander.
Se había montado mucho revuelo con el fenómeno canadiense de diecisiete años. Ilya estaba harto de oír su nombre, que había causado tal sensación en el mundo del hockey que ni siquiera en Moscú había podido esquivar el bombo que le daban. Tanto Ilya como Hollander eran candidatos a entrar en la NHL en junio del año siguiente, y ya se esperaba que fuesen el primero y el segundo seleccionados. El orden en el que la gente esperaba que eligieran a cada uno dependía de a quién le preguntaras.
Ilya sabía muy bien qué responder.
No había visto nunca a Shane Hollander. No había jugado contra él. Pero ya estaba decidido a machacarlo.
Empezaría haciendo posible como capitán que Rusia ganara una medalla de oro, aquí, en el país de Hollander. Luego lideraría a su equipo, ya de vuelta en Moscú, para que ganasen el campeonato. Y luego, seguro, lo elegirían el primero en la selección. Era el año de Ilya Rozanov. Desde que tenía doce años, 2009 siempre había sido el año en el que se esperaba irrumpir en el panorama mundial. Ningún impostor canadiense cambiaría las cosas.
El equipo ruso llegó a la pista para el entrenamiento reglamentario cuando el del equipo canadiense terminaba. Ilya se detuvo junto con algunos compañeros para observar los ejercicios de calentamiento de sus contrincantes. En los jerséis de entrenamiento no ponía los nombres, de modo que no pudo distinguir quién era Hollander hasta que el ayudante del entrenador le dijo a este que moviera el culo y entrara en el vestuario. El horario en la pista de entrenamiento era muy apretado.
Entraron en la pista en cuanto salió la pulidora de hielo. Era un espacio pequeño, casi un cuchitril. Los partidos de verdad se celebrarían en la pista más grande que había en el centro. Había pocas personas sentadas en las gradas observando la práctica del equipo ruso. Algunos ojeadores, sin duda, y los escasos familiares que habían hecho el viaje desde Rusia, así como varios forofos del hockey.
En mitad del entrenamiento, Ilya se fijó en un joven que había unas filas por encima del banquillo, con la gorra y la chaqueta oficial del equipo de Canadá. Estaba flanqueado por un hombre y una mujer, que probablemente serían sus padres. Costaba adivinar desde el hielo, pero Ilya pensó que podría ser Hollander. Su madre era japonesa o algo así, ¿verdad? Estaba seguro de que lo había leído en algún sitio…
—¿Qué, te unes al equipo, Rozanov? —le azuzó su entrenador en ruso desde el otro lado de la pista.
Ilya se dio la vuelta y sintió vergüenza al encontrarse al resto de sus compañeros arremolinados alrededor del entrenador.
No le gustaba que Hollander —si es que era Hollander— estuviera ahí mirándolos. O quizá sí le gustaba. Quizá Hollander estaba nervioso por tener que enfrentarse con él en el torneo. Quizá se sentía amenazado.
«Debería…».
Después del entrenamiento, Ilya se duchó y se vistió a toda prisa. Volvió a la pista y se colocó detrás del cristal para observar las gradas. Hollander y sus padres se habían ido. El equipo eslovaco había entrado en el recinto para entrenar.
Ilya se encogió de hombros y se dirigió a una máquina expendedora. Se compró una lata de Coca-Cola y se preguntó si tendría tiempo de escaparse un momento a echar un cigarro antes de volver a subir al autobús.
Se subió la cremallera de la parca del equipo de Rusia hasta la barbilla y se escabulló por una puerta lateral. Fuera hacía un frío brutal. Se apretujó contra la pared del edificio de ladrillo, se metió la Coca-Cola en el bolsillo de la cazadora y sacó un cigarrillo y un mechero.
—Tienes que fumar allá —dijo alguien.
Ilya tardó un momento en traducir todas las palabras.
Se dio la vuelta y se topó con quien ahora reconoció sin dudas como Shane Hollander. Tenía un aspecto muy característico. Algunas de sus facciones eran claramente de su madre —el pelo negro azabache y los ojos muy oscuros—, pero su padre provenía de alguna anodina familia anglo-europea. Sin embargo, su piel era perfecta. Increíble. Suave y bronceada con —y esa era la característica que más llamaba la atención— un montoncito de pecas oscuras sobre la nariz y los pómulos.
—¿Qué? —dijo Ilya.
Incluso esa palabra suelta sonaba ridícula con su acento.
—La zona para fumadores está allá.
Hollander señaló un rincón alejado del aparcamiento, junto a un enorme montículo de nieve. Tenía pinta de que allí hubiera una buena corriente de aire.
Ilya volvió a apoyarse en la pared y encendió el cigarro. «Este puto país…». Ya era bastante mierda no poder fumar dentro en ninguna parte… ¿Tenía que ir a sentarse en la puta nieve mientras fumaba fuera?
—Me sorprende que fumes —dijo Hollander.
—Vale —dijo Ilya soltando una larga bocanada de humo entre los labios.
Se produjo un silencio incómodo y entonces Hollander volvió a intentar sacar un tema de conversación.
—Quería conocerte —dijo extendiendo la mano—. Shane Hollander.
Ilya se lo quedó mirando, y entonces notó un cosquilleo en los labios.
—Sí.
Apretó el cigarrillo en la boca y le dio la mano a Shane.
—Es alucinante verte jugar —dijo Hollander.
—Ya lo sé.
Si Hollander esperaba que Ilya le devolviera el cumplido, ya podía ir esperando hasta cansarse…
Al ver que Ilya no decía nada más, Hollander cambió de tema.
—¿Han venido tus padres?
—No.
—Vaya. Debe de ser duro. Con las Navidades y eso.
Ilya se encogió de hombros para resumir lo que habría dicho con un montón de palabras y luego contestó:
—No pasa nada.
Hollander metió las manos hasta el fondo en los bolsillos de la cazadora.
—Hace frío, ¿eh?
—Sí.
Se quedaron apoyados en la pared juntos, codo con codo. Ilya volvió la cabeza, pegada al ladrillo, y bajó la mirada hacia Hollander, que era por lo menos diez centímetros más bajo que él. Era un tío interesante. Tenía las mejillas sonrosadas del frío y su aliento salía en nubes blancas de entre sus labios rosados.
—El año que viene el campeonato es en Ottawa. Mi ciudad —dijo Hollander.
Ilya se acabó el cigarro y tiró la colilla al suelo. Decidió hacer un esfuerzo, ya que aquel tío parecía insistir en hablar con él.
—¿Ottawa es más emocionante?
Hollander se echó a reír.
—¿Más que esto? No lo sé. Un poco. Pero hace el mismo frío.
—Tus padres sí han venido.
—¿Para esto? Sí. Están aquí. Siempre intentan ir a verme jugar.
—Me alegro por ti.
—Sí, lo sé. Son geniales.
Ilya no tenía nada que añadir a eso, así que se quedó callado.
—Bueno, es hora de irme. Me están esperando —comentó Hollander.
Se apartó de la pared y volvió la cabeza para mirar a la cara a Ilya. Lo ojos de este estaban clavados en esas malditas pecas. Hollander volvió a extender la mano.
—Buena suerte en el torneo —dijo.
Ilya aceptó el apretón de manos y sonrió.
—No serás tan simpático cuando os ganemos.
—Eso no va a pasar.
Ilya sabía que Hollander lo pensaba de verdad. Creía que iba a obtener la medalla de oro e iba a ser el primer seleccionado de la NHL porque era el puto príncipe del hockey.
Tal vez Hollander esperase que Ilya le desease suerte también, pero este se limitó a bajar la mano y darse la vuelta para entrar de nuevo en la pista de hielo.
Una vez en el coche, Shane les contó a sus padres que había estado hablando con Ilya Rozanov.
—¿Y cómo es? —preguntó su madre.
—Bastante capullo —respondió Shane.
Cuando terminó el último partido del torneo, el equipo canadiense tuvo que sufrir una humillación más. Los rusos dejaron de celebrar la victoria el tiempo suficiente para ponerse en fila y que los miembros de los dos equipos pudieran darse la mano: una muestra de deportividad que, en aquel momento, Shane no sintió en el corazón.
Por una parte, el equipo ruso había jugado sucio. Había sido horrible jugar contra ellos. Y, por otra, Ilya Rozanov era un puto crac. Tanto que le cabreaba. Y a lo largo del torneo, los medios de comunicación se habían esforzado por alimentar la rivalidad entre los dos. Shane trataba de hacer oídos sordos a la prensa, pero cabía la posibilidad de que estuvieran avivando las llamas de su propio odio.
Cuando le llegó el turno de darle la mano a Rozanov, notó que saltaban los flashes por todas partes. Se aseguró de mirar a Rozanov a los ojos cuando dijo un parco:
—Enhorabuena.
Rozanov sonrió con malicia y dijo:
—Nos vemos en la selección.
Le pusieron una medalla de plata a Shane que bien podría haber sido una rata muerta, por la ilusión que le hizo. Aguantó por respeto mientras sonaba el himno nacional ruso mientras parpadeaba sin parar para quitarse las lágrimas de frustración que se negaba a derramar, y después por fin tuvo permiso para marcharse de la pista.
Se suponía que la cosa iba a ir de otra manera. Se suponía que él tenía que conducir a su país a la medalla de oro… Era lo que esperaba la nación. Las esperanzas de Canadá estaban puestas en los hombros de ese chico de diecisiete años y él había decepcionado a todo el mundo.
En cada saque que había hecho contra Rozanov, el ruso lo había mirado fijamente a los ojos y había sonreído con sorna. No era fácil hacer perder los estribos a Shane, pero esa maldita sonrisa le había puesto al límite una vez tras otra.
Quizá solo fuera que, después de toda una vida de jugar mucho mejor que los demás, Shane por fin había encontrado la horma de su zapato.
Sí, estaba seguro de que era eso.
Capítulo 2
Junio de 2009, Los Ángeles
—Shane, ¿puedes acercarte un poco más a Ilya, por favor?
Shane notó que el brazo de Ilya Rozanov rozaba el suyo cuando se acercó a él para el fotógrafo.
—Así, perfecto. Muy bien, sonreíd, chicos.
Shane se vio cegado por un sinfín de flashes de las cámaras. Se quedó pegado a Rozanov, quien parecía haber crecido otros cuatro o cinco centímetros desde enero. A la derecha del jugador ruso estaba el gigantesco defensa norteamericano llamado Sullivan, a quien habían seleccionado el tercero para Phoenix.
Rozanov había sido el primer seleccionado.
Shane se había pasado los seis meses transcurridos desde el Campeonato Mundial Junior un poco… obsesionado… con Ilya Rozanov. Si se comparaban sus carreras deportivas, tenían bastante en común. Ambos eran capitanes de sus respectivos equipos y ambos habían conseguido la victoria para sus equipos esa temporada. Ambos habían sido nombrados MVP de la liga y los play-offs y ambos habían sido los mayores anotadores de sus respectivas ligas. La única diferencia entre ellos era que Shane tenía una medalla de plata en casa y la de Rozanov era de oro.
Y ahora Shane había vuelto a quedar en segunda posición. Después de ser toda la vida el primero en el hockey.
Qué rabia de tío.
No todo era malo. Shane había sido seleccionado por los Montreal Voyageurs, un equipo que, además de ser la franquicia más legendaria de la liga, estaba a solo dos horas en coche de Ottawa, su ciudad. A Shane le parecía estupendo, ya que hablaba con fluidez tanto francés como inglés y siempre había respetado a los Voyageurs, pese a haber sido fan de Ottawa de niño y adolescente. Pero aun así. Que lo seleccionaran el segundo dolía.
Para acabar de rematar el drama del día, a Rozanov lo había seleccionado el máximo equipo rival de Montreal, los Boston Bears. Shane sabía que a partir de entonces su carrera se vería inevitablemente unida a la de Rozanov. Si a uno de ellos lo hubiera seleccionado un equipo de la Conferencia Oeste, quizá la rivalidad se hubiera diluido. Pero esto iba a ser intenso.
Cosa que no significaba que Shane no pudiera ser educado con Rozanov ahora.
—Enhorabuena —dijo volviéndose para darle la mano a Rozanov una vez que los fotógrafos terminaron con la sesión.
La sonrisa de Rozanov era pura chulería cuando dijo:
—Gracias.
Rozanov no felicitó a Shane. En lugar de eso, le dio una mísera palmadita en el hombro, como si estuviera consolando a un niño que hubiera destacado en la Liga Infantil. Shane se sacudió para que no lo tocara y estaba a punto de decir algo que era claramente menos educado que «enhorabuena», pero entonces los entrevistadores los separaron al instante y los arrastraron en direcciones opuestas.
Shane no volvió a ver a Rozanov hasta que regresó al hotel. El vestíbulo estaba lleno de jóvenes atléticos vestidos de traje, pero incluso en medio de aquella multitud, Rozanov destacaba. Era uno de los hombres más altos que había allí, y arreglado —con el traje azul marino oscuro abrazándole el cuerpo— parecía un modelo salido de GQ.
Shane se
