Érase una vez en un videoclub

Jorge Pinarello

Fragmento

Prólogo por Casper Uncal

PRÓLOGO
POR CASPER UNCAL

Hay entre el morbo y la literatura un vínculo esencial, digamos una curiosidad chismosa que está presente en todo libro; leer es, al fin y al cabo, hurgar en lo más íntimo de una persona: sus pensamientos, recuerdos e imaginación.

En el caso de Érase una vez en un videoclub, esta autobiografía forjada con reseñas de cine, el artificio narrativo de Jorge Pinarello consiste en fusionar sus historias verdaderas y su vida inventada. Pero invenciones divertidas. Y es que, en definitiva, ¿no es justamente eso la verdad? Persona, personaje, sujeto, humano, entidad o individuo lo mismo da: el protagonista es alguien extraordinario. Ante el lector, y ante cualquier crítico, incluso para un simple observador del fenómeno (varios lo fuimos al principio y hoy, íntimos amigos, nos sigue sorprendiendo), salta a la vista que una personalidad tan inclasificable no puede ser sino el resultado de alguna o muchas vivencias sorprendentes. Aunque, con la mirada atenta y el interés despierto, cualquiera podría reconocer en su propia niñez el camino a lo trascendental. A lo mejor ese reencuentro con lo perdido u olvidado en uno, y tan bien conservado por la mente del autor, es lo que se lleven de aquí algunos lectores. Una suerte de identificación con aquel que sí logró contar la experiencia de tantos. Aunque nadie más de forma tan intensa. ¿Quién, como el narrador de este libro, condensa en (hasta donde sabemos) una sola existencia tanta pantalla, tanto tiempo de aire, tanto mundo filmado, material consumido por él como espectador y luego otro tanto volcado, ya adulto, a su audiencia? Porque de eso se trata este morboso viaje por el pasado del niñato Jorge: una explicación, un justificativo, una respuesta de por qué llegan a pesar tanto en uno las vidas físicas de los seres queridos (o no tanto), como las de quienes existen nomás en la tele, en un VHS, con suerte en una cinta fílmica.

Hemos discutido con el autor los pormenores de su trama, la hemos releído: no me parece una imperfección ni una lítote calificarla de íntima; en cada página está la intimidad en el sentido múltiple de sexo, de amistad, de hogar y de la complicidad con un televidente solitario, en lo oscuro de su cuarto, frente a una programación sudaca sobre el final del siglo XX.

INTRODUCCIÓN
MIRA QUIÉN HABLA

Todo lo que sé de sexo lo aprendí gracias a Mira quién habla, que cuenta la historia de Mollie (Kirstie Alley), una mujer que queda embarazada de un hombre casado y decide criar sola a su hijo mientras busca para él un padre perfecto. Ese padre termina siendo James (John Travolta), el taxista que la lleva al hospital a parir. El chiste de la peli es que escuchamos, todo el tiempo, los pensamientos del bebé, Mikey, con la voz de Bruce Willis. Aunque yo la vi siempre en latino, así que para mí el bebé sonaba como Gokū, porque el doblaje lo hacía Mario Castañeda.

Era 1994, yo tenía ocho años y, por razones que aún hoy me resultan misteriosas, me fascinaban las películas protagonizadas por bebés. Ya había visto Tres hombres y un bebé (1987), Querida, agrandé al bebé (1989) y ¡Cuidado: bebé suelto! (1994). Ahora tocaba Mira quién habla, que prometía algo novedoso.

La vimos con mi tía Martha un sábado a la tarde y cumplió todas las expectativas. Era tierna, graciosa, con un romance de fondo donde Mollie poco a poco se enamora de James y, sobre todo, con un montón de chistes que salían de la cabeza del bebé.

El problema fue que la primera escena me despertó un montón de preguntas y la única disponible para responderlas era mi tía Martha, que me trataba como si tuviera la misma edad que ella, sin medir qué cosas podía contarle a un chico y cuáles no.

En esa escena, Mollie está con Albert —su jefe y amante— que, detalle no menor, es casado. Se besan y se manosean como si no hubiese un mañana. Después él le dice:

—Oh, cielos, Mollie, voy a explotar si no me besas rápido.

Se siguen besando, suena I Get Around de The Beach Boys y, de repente, la escena se traslada al interior del sistema de reproducción femenino, donde un ejército de espermatozoides parlantes avanza por un túnel. Chocan con un óvulo, menos uno, el único que logra atravesarlo.

—¡Lo logré! ¡Estoy entrando! —grita triunfal el espermatozoide campeón.

El óvulo empieza a chisporrotear electricidad como si estuviera fabricando algo.

—No entiendo —le dije a mi tía—. ¿Qué fue eso?

—Así se hacen los bebés —me respondió, como si nada—. El hombre eyacula dentro de la mujer y crean vida.

—Ah, claro —le contesté, pero en realidad no había entendido nada. Y tampoco quería seguir preguntando.

Hasta ese entonces yo creía que a los bebés los ponía Dios directamente en la panza de las madres, como había aprendido en la escuela, en la Biblia y en la historia oficial del nacimiento de Jesús.

El domingo siguiente, mi tía intentó redimirse regalándome un libro titulado ¿De dónde venimos?, que explicaba con dibujos y frases para chicos cómo se hacían los bebés.

El libro describía los pechos, las caderas, la vagina y el pene. Contaba lo que era la erección diciendo que —y cito textual— “el pene del hombre se pone tieso y duro, y mucho más grande de lo que está normalmente. Se hace más grande porque le queda muchísimo trabajo”.

Ese trabajo era la mismísima penetración que, según el autor del libro, era lo más cerca que pueden ponerse dos personas.

De ahí saltaba a explicar lo que era hacer el amor, intentando describir qué se siente al tener un orgasmo. Son como unas cosquillas muy agradables —decía el autor— que empiezan en la barriga y se extienden después por todo el cuerpo. Como rascarse cuando algo te pica, pero muchísimo más placentero.

A partir de ahí se ponía más aburrido porque explicaban todo el desarrollo del feto en la panza de la mujer, desde el inicio hasta el parto.

Y al final del libro el autor nos dice: “Ahora ya sabes de dónde has venido. Quizás te parezca que es un trabajo excesivo por una persona tan insignificante. Pero tu padre y tu madre lo soportaron todo por una razón muy importante. Y si quieres saber qué razón es esa, no tienes más que mirarte al espejo. Todo lo hicieron por ti”.

De chico me molestó que el autor dijera que yo era una persona tan insignificante. De grande me molestó la mentira, porque sé que fui producto de un preservativo roto.

Cuando terminé de leer aquel libro, llegué a la conclusión inapelable de que Mira quién habla me había explicado lo mismo, pero mucho mejor.

Sin embargo, el título —¿De dónde venimos?— me dejó una pregunta flotando en la cabeza, una de esas que no se van con los años. Esa pregunta fue, sin saberlo, el disparador de este libro, el origen de todo esto.

La mitad de lo escrito en este libro está basada en recuerdos nítidos, aunque haya pocas posibilidades de que sean verdaderos. La otra mitad viene de lo que me contaron, pero son tantas las versiones encontradas que quizás sean la causa de mis recuerdos falsos. Me escudo en lo que dijo Gabriel García Márquez al respecto: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

No creo poder contestar aquella pregunta inicial, pero sí descubrí una respuesta provisoria, la única que me resulta cierta: todo lo que sé y todo lo que soy se lo debo, de una u otra forma, al cine.

PARTE UNO

1.
KARATE KID

Johnny Lawrence es un chico que lo tiene todo más o menos ordenado: un hobby, una novia, una identidad clara y una figura paterna que le promete que ser duro es la única forma de sobrevivir. Todo se empieza a complicar cuando aparece Daniel LaRusso, un pibe llorón y sin códigos, que no respeta jerarquías, se hace el vivo y encima cae simpático. Mientras Johnny entrena como corresponde bajo un sistema claro y disciplinado, Daniel consigue de mentor a un inmigrante alcohólico que lo obliga a hacer tareas domésticas. Johnny Lawrence deberá hacer todo lo posible para conservar su lugar en un mundo que cambia las reglas a mitad del partido y siempre a favor del recién llegado simpático.

Muchos años después, frente a la hoja en blanco del Word, me acordé de aquella tarde remota en que mi tía Martha me llevó a conocer el cine. La Plata era entonces una ciudad perfectamente cuadrada, con calles numeradas, dos diagonales que la cruzan de punta a punta, túneles secretos vinculados con la masonería, una piedra fundacional donde la bruja Tolosana maldijo a todos los gobernadores bonaerenses y habitantes que dicen pollajería en vez de pollería.

Crecí en el Barrio Cementerio, un rincón perdido en la periferia sur de La Plata, olvidado hasta por la naturaleza, porque ni de casualidad te cruzabas con un árbol, un cuadrado de pasto o una flor que brotara de esa tierra reseca. En una ciudad donde hay una plaza cada seis cuadras, a ese barrio no le había tocado ninguna.

En el centro de todo se erigía imponente el atractivo principal del barrio, su corazón de mármol: el Cementerio de La Plata. Era ahí donde uno podía ver algo de vegetación. Flores secas descomponiéndose en jarrones oxidados o floreros de vidrio cubiertos de tierra y maleza que dejaban en evidencia las tumbas que ya nadie visitaba.

A tres cuadras del cementerio vivía yo, en una casa que construyó mi abuelo paterno con sus propias manos cuando llegó de Sicilia en la primera mitad del siglo XX, arrastrado por la ola de inmigración europea que escapaba de alguna de las dos guerras mundiales. Nunca quedó claro de cuál, porque él siempre fue contradictorio con eso.

Muy cerca de mi casa estaba el negocio que más me interesaba, uno que puso un español apodado, sin ningún tipo de originalidad, el Gallego. En el garaje de su casa instaló lo que consideraba, y con razón, el negocio más rentable de la época: un videoclub.

Se llamaba Video Futuro y tenía los portones de entrada forrados con pósteres de estrenos que, contradiciendo el nombre, ya habían vencido. Las paredes estaban tapadas con estanterías abarrotadas de VHS, organizadas con su propia lógica: en el centro, las aptas para todo público; abajo, las de adultos; y en la cima inalcanzable, las pornográficas, un premio reservado para los más altos. Los niñatos, claro, nos conformábamos con mirar tetas de lejos, conscientes de que había algo prohibido y fascinante más allá de nuestras posibilidades.

Antes de que mi tía Martha me llevara a conocer el cine, las películas eran algo que solo veía por televisión o alquilaba en el videoclub del barrio. Todos los fines de semana —y a veces también durante la semana— caminaba esas cuadras hasta el local para elegir una. Era un recorrido maravilloso que, por un tiempo, se convirtió en un calvario.

Era el año 1993, yo tenía apenas siete años y fue entonces cuando me crucé por primera vez con el terror del barrio.

El Juani, le decían. Hasta entonces no era más que un rumor que circulaba entre los chicos. Se decía que el Juani vivía mucho más allá del cementerio, cruzando el Puente De Hierro, en lo que se llamaba el conurbano platense. Ese lugar era territorio prohibido, donde vivían los narcos, los barrabravas y el Hombre Gato. Esa zona era un lugar donde no tocaba la luz, un lugar de sombras más allá de nuestro reino.

Del Juani decían muchas cosas y parecía que vivía a través de las voces que lo conocían o lo inventaban. Se decía que trabajaba para los narcos, repartiendo bolsitas de merca a los cuidacoches del cementerio o a los borrachos de la rambla. Aunque también se decía que era un sicario de los barras y que una vez mató a un almacenero a cuchillazos porque no le quiso fiar una Quilmes. Pero lo que más se comentaba, lo que realmente infundía respeto y miedo, era que el Juani sabía pelear como nadie y que siempre llevaba un cuchillo en el bolsillo.

La primera vez que lo vi supe inmediatamente que era él pese a que el Juani no era lo que yo esperaba de un terror barrial, porque era muy parecido a mí. Y yo no le infundía miedo a nadie. Igual de petisos, igual de flaquitos, igual de rubios y con la misma edad. Aunque él, vestido con ropa deportiva negra y un cigarrillo colgando de la comisura de los labios, tenía una energía violenta y barrial que hacía que su presencia te aplastara antes de que abriera la boca. Yo, por mi parte, con una remerita que tenía a Simba estampado, una bermuda de jean y unas alpargatas blancas, era un nenito de mamá que pedía a gritos una buena paliza de realidad.

Ni bien nuestras miradas se cruzaron, su voz cortó el aire como una sevillana recién afilada.

—¿Qué me mirás? —me preguntó, con un tono que no indicaba una verdadera curiosidad por mi tierna mirada, sino una sentencia.

—Nada —respondí bajando la cabeza.

—¿¡Qué me mirás, la concha de tu hermana!? —gritó, y antes de que pudiera reaccionar, se me vino al humo como un perro.

No esperé a que me alcanzara. Mis piernas decidieron por mí y salí corriendo como si tuviera un cohete en el orto. Cada latido de mi corazón retumbaba en mis oídos como un tambor de guerra y para cuando crucé la puerta de mi casa estaba completamente convencido de que acababa de escapar de la mismísima muerte.

—¡Ya vas a salir de tu casa y te voy a agarrar, hijo de puta! —me gritó el Juani.

Perfecto, pensé, entonces la solución es no salir nunca más.

Yo no estaba capacitado ni física ni mentalmente para un enfrentamiento de ningún tipo. Me crie como hijo único y mi mamá siempre me protegió, me consintió, me envolvió en una burbuja de cuidados que me había mantenido a salvo de los golpes, reales y simbólicos.

Me acuerdo de una tarde que estábamos viendo en la tele Mi primer beso y en el momento en el que al personaje de Macaulay Culkin lo pican las abejas mi mamá me mandó a la cocina a buscarle un vaso de jugo. Cuando volví había puesto otro canal.

—¿Qué pasó con la película? —le pregunté.

—Terminó —me contestó ella—. Le da el anillo a Vada y se ponen de novios.

Tampoco era un nene fácil de complacer, ni de calmar con simples negativas, ni de esos que aceptan sanamente un no como respuesta. Por lo tanto, cuando por alguna circunstancia se me negaba algo, se desataba un infierno.

Una vuelta acompañé a mi mamá al hipermercado Casa Tía y se me antojó que me comprara un libro para colorear de los Tiny Toons.

—No puedo, no tengo plata —me dijo, y era cierto.

Nuestra situación económica era, durante los primeros años de los noventa, inestable.

—¡Sí tenés plata! —le refuté, sin entender la situación financiera de mi familia.

—¡Te dije que NO! —gritó mi mamá.

Y yo, en vez de calmarme y aceptar sanamente su negativa, me tiré al piso a gritar, llorar y patalear, convirtiendo aquel espacio en el escenario de mi propia rebeldía, mientras los demás clientes pasaban a ser espectadores incómodos de la vergüenza que atravesaba mi mamá.

—¡Jorge Luis! —volvió a gritar ella—. Levantate o te levanto a boleos en el orto.

Obviamente no me levanté. Seguí con mi escándalo como si nada.

—Estás grande para llorar así —me dijo una señora que había estado viendo todo.

—¿Y a usted qué mierda le importa? —le tiró mi mamá fulminándola con la mirada.

La señora, sin decir nada y aprendiendo a no meterse en asuntos ajenos, se alejó de nosotros.

Fue tal la desesperación de mi mamá por calmar a aquella pequeña bestia desatada que no tuvo otra opción que sacrificar la compra de alimentos básicos para llevar el libro de los Tiny Toons, cuyas páginas jamás fueron pintadas, siendo apenas un símbolo de mi victoria caprichosa sobre la razón materna.

Por estas cosas, y otras tantas, yo era lo que se dice un nenito de mamá. Entonces, cuando me crucé con el Juani, no pude reaccionar dignamente.

Ese día cenábamos con mi mamá y mi papá en silencio, concentrados en el televisor viendo Ritmo de la noche. Cantaban en vivo los Loco Mía, un grupo español que se caracterizaba por hacer coreografías con abanicos.

—Estos se la comen, ¿no? —preguntó mi papá.

—Para mí que sí —le respondió mi mamá, que no estaba programada para contestar no sé, siempre tenía una respuesta lista, supiera del tema o no

Durante la propaganda aproveché para contarles lo que había pasado con el Juani. Apenas terminé la historia, mi mamá levantó la vista como si le hubiera confesado un crimen.

—¿Qué le hiciste? —me preguntó—. Algo le hiciste.

—No le hice nada. Solamente lo miré.

—Es un villero de mierda ese chico. Este barrio está lleno de villeros.

—La próxima vez que te lo cruces —agregó mi papá—, le pedís disculpas.

—¿¿Disculpas por qué?? —saltó mi mamá, indignada—. Si no le hizo nada.

—Para evitarse un mal momento —le respondió él.

—No, la próxima vez que te lo cruces le pedís explicaciones —me ordenó mi mamá—. Que te explique por qué te quiere pegar.

—Bueno, basta —dijo mi papá cuando terminó la propaganda y volvió el programa—. Que quiero escuchar.

Cuando me lo volví a cruzar al Juani no seguí ninguno de los consejos familiares. Ni disculpas, ni explicaciones. Apenas lo vi doblar la esquina, me di vuelta y salí corriendo.

Desde ese día el mundo se convirtió en un viacrucis, un sendero de incertidumbre donde cada esquina podía ser una trampa y cada sombra podía esconder al Juani. Sin embargo, y pese al miedo constante, salía igual. Había algo que me empujaba a enfrentar ese mundo hostil, algo más poderoso que el temor: el amor absoluto por el cine.

Una tarde tomé la decisión de alquilar una película en cuya caja había un muchacho joven mirándose con un señor viejo. En el centro, parado sobre la arena de una playa, un chico ejecutaba una pose extraña: la grulla. Impreso en la parte superior, el título de la película: Karate Kid.

El flechazo fue inmediato. Supe, en lo más profundo de mi corazón, que esa era la película que tenía que ver en ese momento de mi vida.

—Me llevo esta —le dije al Gallego, entregándole la chapita que estaba enganchada en la caja de Karate Kid.

Yo apenas alcanzaba a ver el mostrador, mientras que el Gallego parecía un gigante. Con una sola mano me podría haber aplastado la cabeza. Seguramente él habría podido ayudarme con mi problema con el Juani, pero jamás me hubiera animado a contarle algo así.

Karate Kid, la descarada copia de Rocky —dijo, porque siempre tenía un comentario listo, aunque nadie se lo pidiera. Y cuando hablaba, el bigote frondoso y desprolijo que le colgaba le temblaba como si también opinara—. Si te gusta esta, después podés ver Rocky.

—Bueno —respondí con mi escasa capacidad para mantener una conversación con alguien ajeno a mi círculo íntimo.

Además, el Gallego me intimidaba muchísimo. No tanto por su tamaño ni por ese bigote que parecía tener vida propia, sino porque para mí era el tipo que más sabía de cine en el mundo. Y cada vez que menospreciaba una película que yo alquilaba, ya sea porque era una copia de una anterior o simplemente porque era mala, me daban ganas de llorar, aunque me aguantara para que no se diera cuenta.

Anotó mi número de socio, le pagué, me dio el casete y me fui a casa sin decirle chau. A esa edad no entendía que para él Karate Kid era una copia de Rocky y que para mí Rocky sería, a partir de ese día, una copia rara de Karate Kid.

Copia o no, me pareció la película más increíble del mundo, y me dejó la firme sensación de que cualquier jovenzuelo común y corriente podía convertirse en un experto en artes marciales solamente puliendo un auto y pintando una cerca. Supe, en ese momento, que yo era como Daniel LaRusso, atormentado por el Johnny Lawrence del Barrio Cementerio.

De todas formas, el objetivo de Karate Kid no es inspirarte a que estudies artes marciales. No. El verdadero corazón de la película está en la pelea final. Ahí John Kreese, el entrenador de los Cobra, le susurra a Johnny Lawrence órdenes poco éticas.

—Golpea su pierna —le dice, y se ve en los ojos de Johnny la decepción mezclada con el miedo de no querer contradecir a su maestro y la angustia de no querer ganar así.

Pero lo hace igual. Un golpe certero a la pierna de Daniel lo deja en el piso. Pero ahí es cuando la magia ocurre. Con la épica música de Bill Conti sonando, Daniel, que no puede ni caminar, se levanta. Eleva su rodilla, alza los brazos invocando a las artes marciales divinas y, en el momento más esperado, salta con una patada que conecta directamente con la cabeza de Johnny, que es derrotado. El público grita de alegría. Daniel LaRusso, el chico karate, se convierte en el campeón.

Sin embargo, lo importante no está en la grulla, sino en lo que pasa después. Mientras el juez se acerca para darle el trofeo a Daniel, Johnny, herido pero redimido, se lo arrebata. Con una mezcla de humildad y derrota, se lo entrega a Daniel y le dice las palabras que nos hacen creer, por un segundo, en la bondad humana:

—Ganaste, LaRusso, ganaste.

Un cierre perfecto para un duelo que, más que de karate, fue sobre aprender a levantarse y redimirse.

Una tarde cualquiera iba caminando con mi mamá por el barrio cuando nos cruzamos al Juani.

—Ese es el Juani —le dije en voz baja.

—¡¡NENITO!! —le gritó mi mamá, sin captar mi intento de ser discreto—. ¡VENÍ PARA ACÁ!

El Juani, confundido, se acercó a nosotros.

Pensé que mi mamá me iba a defender, que lo iba a trompear, que le iba a pedir que no me moleste más, que iba a protegerme de cualquier amenaza y evitarme cualquier choque con la realidad, como lo había hecho siempre. Pero no. Hizo algo inesperado que nadie vio venir.

—¿Se quieren cagar a trompadas? —dijo mi mamá con una tranquilidad desconcertante—. Bueno… ahora se van a cagar bien a trompadas.

Y, como si fuera un árbitro de torneo, como si fuese mi señor Miyagi y mi John Kreese al mismo tiempo, se alejó un poco para darnos espacio. Así, de golpe, me encontré frente a frente con el Juani, el terror del barrio, envuelto en una pelea callejera que en mi imaginación había ocurrido varias veces. Y, por supuesto, yo siempre ganaba.

Nos miramos a los ojos y adoptamos poses ridículas, creyéndonos karatecas por un instante. No sé qué pasaba por la cabeza del Juani, pero yo tenía una idea fija: la grulla.

En mi mente, era el momento perfecto para ejecutarla. Iba a pararme sobre mi pie izquierdo, elevar la pierna derecha y, en el instante preciso, saltar y darle una patada certera en la cabeza. Lo imaginé cayendo derrotado, me vi convertido en el héroe que había vencido al terror del Barrio Cementerio. Y también imaginé que él se acercaría a mí y me diría:

—Ganaste, Pinarello, ganaste.

Nos medimos un rato, dando vueltas en círculos como dos gallos que no sabían pelear. El Juani dio unos pasos hacia mí y yo retrocedí con el miedo pintado en la cara. Pero después, como si algo dentro de mí despertara, tomé coraje y avancé. Él, sorprendentemente, retrocedió. Fue un extraño baile de pasos y silencios, girando en círculos como si estuviésemos atrapados en una coreografía improvisada.

La pelea duró unos dos minutos y ninguno tiró un solo golpe.

—Bueno, listo —dijo mi mamá parándose en el medio de los dos—. A partir de ahora se dejan de romper las pelotas. ¿Quedó claro?

—Sí, mamá —respondí, todavía con el corazón en la garganta.

—Sí, señora —dijo él, con una seriedad que no esperaba.

Y cumplió. El Juani nunca me volvió a molestar. De hecho, a partir de ese día, cada vez que nos cruzábamos por el barrio me saludaba con una sonrisa que siempre me dejó descolocado.

Durante años no entendí qué había pasado en ese círculo de pasos y miradas, pero con el tiempo lo vi más claro: tanto el Juani como Johnny Lawrence no eran villanos, sino personajes mal contados en historias que no les hacían justicia.

Tiempo después volví a saber de él. Me contaron que se había enfrentado a unos pibes de otro barrio y uno de ellos le había clavado un cuchillo en el abdomen. Decían que era un cuchillo de oro, propiedad del líder de la banda rival. Algunos dicen que murió. Otros, que sobrevivió y después se fue del barrio. Eso fue lo último que supe del Juani. Aunque, por supuesto, puede ser mentira, como todo lo que van a leer a continuación.

2.
TERMINATOR 2:
EL JUICIO FINAL

En la primera película fue el villano, pero acá el T-800 se convierte en el papá garrón de John Connor, el futuro salvador de la humanidad. Este padre sustituto no quiere hablar de emociones, no entiende las reglas básicas de la convivencia y viene programado para resolver todo con violencia, pero aun así hace el esfuerzo. Aprende a escuchar, a no levantar la mano, a decir no cuando corresponde y a hablar como los jóvenes de la época diciendo “Hasta la vista, baby”. Y ahí es donde esta película con viajes en el tiempo genera una verdadera paradoja. Porque nadie, en ningún lugar del mundo, jamás, dijo alguna vez “Hasta la vista, baby”, pero después de la película, sí, todo el mundo empezó a decirlo.

La primera vez que vi Terminator 2 fue en el ciclo Cine fantástico, que Telefe emitía los sábados a la noche. Lo vendían como un “estreno absoluto”, aunque la película ya tenía tres años encima. Igual para mí sí lo era, porque hasta ese momento no tenía ni idea de su existencia. Y si no hubiera sido por Telefe, habría pasado mucho tiempo hasta enterarme de quién era esa máquina de matar austriaca llamada Arnold Schwarzenegger.

Ese sábado a la

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