Abracadabra 2. El misterio esmeralda

Neil Patrick Harris

Fragmento

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Ilustraciones de la narración de Lissy Marlin

Ilustraciones de los apartados «Cómo...» de Kyle Hilton

Traducción de Martina Garcia Serra

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Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto

de la imaginación del autor o se utilizan de manera ficticia y no deben considerarse reales.

Cualquier parecido con hechos, localizaciones, organizaciones o personajes, vivos o muertos,

es pura coincidencia.

Título original inglés: The Magic Misfits. The Second Story.

© del texto y las ilustraciones: Neil Patrick Harris, 2018.

Ilustraciones de la narración: Lissy Marlin.

Ilustraciones de los apartados «Cómo…»: Kyle Hilton.

Diseño de la cubierta: Lissy Marlin. Ilustración de la cubierta: Karina Granda.

Adaptación de la cubierta: Compañía.

© del diseño de la cubierta: Neil Patrick Harris, 2018.

© de la cubierta: Hachette Book Group, Inc.

© de la traducción: Martina Garcia Serra, 2018

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2018

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

www.rbalibros.com

La traducción de Magic Misfits. The Second Story se ha publicado por acuerdo con Hachette Book Group.

Primera edición: noviembre de 2018.

RBA MOLINO

REF.: ODBO394

ISBN: 978-84-272-1699-0

Depósito legal: B. 15.446-2018

REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL · EL TALLER DEL LLIBRE

Impreso en España Printed in Spain

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de

reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que ser.

sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español

de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún

fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Todos los derechos reservados.

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Para Harper y Gideon,

porque el segundo fue citado primero

en el libro anterior y a la primera

no le hizo ni pizca de gracia.

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NDICE

unO: El primero, por segunda vez. Porque este es el segundo libro, 1

dos: El segundo segundo, 14

tres: El primero después del segundo, 18

cuatro: Que no tercero, 29

cinco: Estos son los dedos que tengo en la mano derecha. Aunque aquí no tiene mucha importancia, 46

seis: Si multiplicas el segundo capítulo por el tercero te sale este, 53

siete: Este va después de aquel, 62

ocho: Este va antes que el siguiente, 70

nueve: ¿Queda alguien leyendo esto?, 87

diez: ¡Este es el número de todos mis dedos! De nuevo, no muy relevante, 98

once: O dos en números romanos, lo que confunde un poco, 111

doce: Estas son las cartas reales de una baraja, 119

trece: Las cartas de cada palo de poker, 132

catorce: Este lo encontrarás en la página 134

quince: ¿Por qué no es diecicinco? Siempre me lo he preguntado..., 141

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dieciséis: De nuevo, ¿todavía lees?, 156

diecisiete: Hay muchas íes en diecisiete, 164

dieciocho: Este es el capítulo adulto oficial, 175

diecinueve: Que rima con nieve, 182

veinte: ¿Te imaginas que estuviera hecho de nieve?, 189

veintiuno: Sería un capítulo de lo más frío, 197

veintidós: Un número tan bonito que le han puesto dos doses, 206

veintitrés: Bueeeno, ¿tuvimos tantos capítulos la última vez?, 221

veinticuatro: Esto ya me parece excesivo, 233

veinticinco: Uuuughhhhhh, 243

veintiséis: Ay, espera, este mola. Veintiséis es el número de cartas rojas de una baraja. Así que es guay, 250

veintisiete: O veintisiete, si cuentas el joker, 261

veintiocho: Espera, ¿el joker es rojo?, 279

veintinueve: Lo he buscado... a veces, 287

¡treinta!: ¡El último capítulo! Hecho. ¡Uf! ¡Venga, pasa ya la página!, 293

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¡BIENVENIDO!

Sí, tú, ¡la personita de pelo fantástico que tiene este libro en sus manos!

¿Con quién más podría estar hablando?

¡Has vuelto! ¡Qué alegría verte de nuevo! Ha pasado de-masiado tiempo. Si te conozco de algo, apuesto lo que sea a que estás buscando escapar de lo ordinario y quieres más aventuras, más retos, más eme-a-ge-i-a. Bueno, no busques más. Tengo otra historia que contarte... ¡Presta atención!

Espero que recuerdes todo lo que tratamos en el libro anterior. Te lo pondré más fácil para volver a entrar de un salto...

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¿Necesitas que te refresque la memoria? ¡No hay pro-blema!

Empecemos con nuestro reparto al completo. ¿Te acuerdas del niño de manos rápidas? El huérfano Carter Locke era un maestro con los trucos de cartas y podía hacer desaparecer las cosas... ¡y hacerlas reaparecer también! Sin embargo, a decir verdad, no creía en la magia real hasta que saltó a un tren que lo lle-a la ciudad de Mineral Wells, donde aparecían maravillas en cada rincón: desde las bulliciosas carpas del circo del parque de atracciones, hasta el magnífico auditorio de la Mansión Gran Roble de la cima de la colina.

Su amiga Leila Vernon era la jo-ven y extraordinaria artista escapista de ojos brillantes, la que se zafa de manillas y camisas de fuerza con tanta facilidad como si hubiera jugado con ellas desde que era una niña de pecho. Sin duda, nada tenía que ver con sus ganzúas de la suerte, un regalo de sus padres, con quienes vivía sobre cier-ta tienda de magia de la Calle Mayor.

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Y no nos olvidemos de Theo Stein-Meyer, el polifacético prodigio del violín que puede hacer levitar objetos con el arco de su instru-mento. Sí, la música puede ser un bálsamo para el alma y para el corazón, especialmente cuan-do viene con magia. Theo raramen-te mostraba su regio rostro meditabundo por Mineral Wells, excepto cuando iba vestido con uno de sus famosos esmóquines favoritos.

También había nuestra peque-ña fiera, Ridley Larsen, cuya alocada melena pelirroja la hacía parecer tan feroz como sus ac-tos. Podía transformar un objeto en otro y luego devolverle su for-ma original antes de que pudieras exclamar «¡Abracadabra!». Ridley escondía una libreta en el com-partimento del reposabrazos de su silla de ruedas, para poder trabajar en sus retos e in-ventar códigos secretos para compartir con sus amigos. Si eres lo bastante amable, quizás un día los comparta contigo también. (O quizás ya lo ha hecho.)

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Y, por último (¡aunque no menos importante!), están los desternillantes Izzy y Olly, los cómicos mellizos de oro que actuaban en la Mansión Gran Roble. Esos dos eran bastante la risa, tanto literal como figuradamente. Si que-rías reír a carcajadas, eran los mellizos que necesitabas.

En nuestro último cuento, no hace mucho —¿o hace una eternidad?, no lo recuerdo—, Carter, Leila, Theo, Ridley, Olly e Izzy usa-ron sus artes mágicas escénicas para detener una avalancha de pequeños hurtos y acabaron por evitar el robo del dia-mante más grande del mundo. Trabajando codo con codo, estos seis niños estrecharon lazos al luchar contra el bárbaro B. B. Bosso, y de esa manera formaron un club de magia muy especial llamado los Margimagos.

¿Ya empiezas a acordarte de todo?

¡Fantástico!

Ahora, otro recordatorio...

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CÓMO...

¡Leer este libro!

El volumen que tienes en tus manos cuenta el siguiente capítulo de la saga de nuestros magos favoritos. Como el anterior libro, este también está lleno de lecciones de ma-gia, lecciones que podrás practicar en tu cuarto o en el sótano o en el gimnasio de tu colegio.

Si lo lees todo, tanto la historia como las lecciones, es probable que te hagas con unas cuantas dotes —habili-dades que puedes usar para que tus amigos se sorpren-dan y se rían y se retuerzan de emoción—. Quizás hasta habrá risas y aplausos. Porque ¿no es de eso de lo que se trata, de hacer sonreír a tus amigos y darles un modo de escapar de la vulgaridad de cada día?

Una vez más, debo pedirte que te guardes los secre-tos de las lecciones de magia para ti. En otras palabras, por favor, no vayas por ahí contándolos a diestro y si-niestro en mitad de la noche. Y no te pongas delante del público y les expliques cómo funcionan todos los trucos antes o después de tu actuación. Destroza la ilusión y,

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probablemente, no te llevarás los mismos aplausos. Y, por supuesto, abstente de recitar las lecciones a los cotillas de tu colegio. Nunca sabes cuándo un mago rival puede aparecer y frustrar tus esfuerzos. Los magos rivales pue-den tener sus truquillos para esas cosas.

Si sientes la necesidad de compartir estas lecciones, asegúrate de que es con un grupo de buenos amigos, los que han prometido guardar tus secretos —un club de ma-gos, si quieres, justo como nuestros mismísimos Margi-magos—. A fin de cuentas, las organizaciones secretas son bastante divertidas. ¿Quién no querría formar parte de un club?

Una de las cosas más divertidas de hacer con otros compañeros con mentes llenas de magia es un espec-táculo. Tenlo presente a medida que vayas descubrien-do las lecciones de magia que guardan estas páginas. ¿Cómo prepararías tu escenario para impresionar a tu público? ¿Usarías una gran cortina carmesí? ¿O empeza-rías en medio de la oscuridad para añadir una sensación de misterio y tensión? ¿O quizás tu club de magia empe-zaría el espectáculo en silencio?

Estas preguntas no solo son útiles cuando preparas una producción mágica, también vienen bien cuando cuentas una historia como la que estoy a punto de empe-zar. Personalmente, siento que una mezcla de los aspectos

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siguientes son los más efectivos: cortinas, trampillas, sombras, espejos, música, efectos sonoros, voces en off y niebla. Y no te olvides de la sensación de emoción de un nuevo viaje.

¿Estás a punto para descubrir cuáles de estos he escogido para empezar nuestra función?

Quiero decir, ¿fábula?

Bien, pues, ¿a qué esperas? ¡Corre a la página si-guiente!

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UNO

Leila Vernon no siempre vivió en Mineral Wells. De hecho, su nombre no siempre fue Leila Vernon. Cuando estaba en el Orfanato de la Madre Margaret, el apellido que tenía Leila era Doe.

Doe no era un apellido que le hubiera dado su familia, Leila se apellidaba Doe porque nadie sabía quién era su familia. Cuando la Madre Margaret encontró a Leila, una nota que había en el moisés indicaba solo su nombre de pila y la fecha de nacimiento. Leila nunca dejó que esto la afectara, de hecho, se esforzaba más que las otras niñas para tener una actitud positiva, incluso cuando la trataban como si fuera una moneda de madera sin valor alguno.

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Por eso, una tarde, cuando unas cuantas niñas del Or-fanato de la Madre Margaret la arrastraron por el pasillo hacia el despacho de la Madre Margaret, Leila soltó una estruendosa y escandalosa risotada.

—¡Ja, ja, ja! —gritó cuando la cogieron por los brazos—. ¡Me hacéis cosquillas!

En realidad, Leila no tenía cosquillas por lo que le ha-cían las niñas malas, pero imaginó que quizás un adulto oiría sus gritos e intervendría. No tenía que ser vidente para saber qué se proponían las niñas cuando la encerra-ban en el armario más oscuro de todo el orfanato al me-nos una vez por semana. Todo porque la más alta de la pandilla había decidido en algún momento que no le gus-taba que Leila siempre sonriera y estuviera alegre.

La niña alta deseaba que Leila fuera tan miserable como ella misma, por eso ella y sus amigas aprovechaban para atormentar a Leila cada vez que tenían oportunidad. Lei-la luchaba hasta el final para no dejarles ver el daño que le infligían, especialmente aquella tarde en concreto, cuan-do un grupo de magos de verdad de la ciudad de Mineral Wells iba a actuar para todos los niños. Durante semanas, Leila había esperado el espectáculo con ansia.

—¡Venga, chicas! —exclamó Leila con una sonrisa for-zada—. Vamos a la sala de recreo, seguramente nos espera todo el mundo. ¡Quizás hasta haya galletas!

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La única respuesta que obtuvo fue el tergiversado eco de su última afirmación:

—¡Quizás hasta haya galletas! —repitió la niña alta con malicia. Las otras cacarearon, crueles.

Mientras la pandilla arrastraba a Leila hacia el despa-cho de la Madre Margaret, la niña clavó los talones en el linóleo, pero, juntas, las niñas era demasiado fuertes. Las suelas de los zapatos de Leila dejaron marcas negras por el suelo de baldosas grises. La niña más alta abrió la puerta del despacho de un golpe y las otras empujaron a Leila por la habitación hacia el ya conocido armario. La lanzaron dentro y cerraron la puerta de un porrazo, la visión de Leila se sumió en la oscuridad antes de oír la cerradura al otro lado de la puerta.

—Vale, basta de bromas, ¡dejadme salir! —suplicó Leila aporreando la puerta—. ¿No queréis ver a los magos?

—¡Por supuesto que sí! —gritaron las niñas desde el otro lado de la gruesa madera—. Es donde nosotras ire-mos ahora mismo.

—Ven con nosotras... ¡si puedes! —chilló otra. Las ri-sotadas restallaron como los graznidos de los cuervos que a menudo resonaban por el patio que había fuera. Los pasos de las niñas desaparecieron mientras se iban.

Leila sabía qué pasaría cuando intentara accionar el pomo, pero —siempre esperanzada— lo probó de todos modos.

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Estaba cerrado. Y estaba sola. Otra vez.

Leila movió la cabeza adelante y atrás, pero la oscuridad era tan absoluta que sus ojos no detectaron ningún movi-miento. El corazón le latía tan deprisa como siempre que la pandilla de niñas la metía allí dentro. El olor acre de las paredes de madera húmeda le aguijoneó la nariz.

Hasta entonces, los adultos habían tardado una hora o más en descubrir a Leila acurrucada en un rincón del arma-rio. Y siempre que la encontraban, la regañaban como si se hubiera encerrado ella sola en el armario de la directora.

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Para calmarse, Leila se imaginó como a una muchacha preciosa que tomaba parte en el espectáculo de magia que tenía lugar en el piso de abajo: encerrada a propósito en un armario, sorprendería al público desapareciendo sin dejar rastro, con un destello y un estallido y un ¡bang!

La frustración le azotó el cuerpo. El espectáculo de ma-gia era lo único que había esperado con ganas últimamente. Quería ver palomas blancas salir volando de las americanas de los magos, ramos de flores surgir de la nada, cartas salir flotando de una baraja para volver a entrar...

Leila decidió que no iba a permitir que aquellas niñas se lo arruinaran. Por primera vez, plantaría cara, les planta-ría cara de verdad. Sin embargo, antes de poder hacerlo, tenía que encontrar el modo de escapar.

Leila toqueteó a su alrededor en la oscuridad, presionó el dedo contra la cerradura; quizás hubiera una forma de abrirla desde el interior. Leila nunca había forzado una cerradura, pero había leído sobre héroes que lo hacían en los cuentos. Primero, necesitaba algunas herramientas. Se quitó una horquilla que le sujetaba el pelo y la metió en la cerradura. La giró hacia dentro y hacia fuera; dentro del cerrojo, la herramienta encontró los resortes. Los oyó tintinear, pero sin otra horquilla no podría cogerlos para hacer girar el mecanismo de la cerradura.

No tenía otra horquilla, pero estaba de pie en el arma-

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rio del despacho de la Madre Margaret. Barrió el suelo con los dedos y el corazón se le aceleró cuando encontró un clip de papel perdido. ¡Tenía la suerte de su lado!

Desdobló el clip, metió la punta en el agujero y trasteó un poco, aplicó tensión en la clavija para ver hasta dónde cedía. Los alfileres chasqueaban contra los resortes, pero resbalaban sin parar.

Una ovación ahogada llegó desde el piso de abajo. El espectáculo había empezado.

—¡No, no, no! —susurró Leila para sí. Visualizó men-talmente el grupo de magos en el escenario, sacando co-nejos de sombreros, transformando piedras en perlas, haciendo levitar sillas y colocándose capas de seda negra sobre los hombros. Había contado con unos cuantos re-cuerdos mágicos para soportar los próximos meses con una sonrisa en el rostro.

Cuanto más se apresuraba, más difícil resultaba mani-pular la horquilla y el clip en la cerradura. Los minutos pasaban y se sintió como si jamás pudiera escapar. Se pre-ocupó por si el espectáculo terminaba antes de que pudie-ra salir. Leila estaba a punto de tirar las herramientas al suelo por la frustración cuando oyó un clic inconfundible y la puerta se abrió de par en par. Taconeó el suelo con los pies en una danza de celebración.

En la cima de la escalinata, una voz sonó desde abajo:

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«Y ahora para nuestro acto final...». El sonido de los aplausos creció más y más mientras Leila corría por el pasi-llo, antes de detenerse. En la sala de recreo, numerosas hi-leras de sillas estaban dispuestas alrededor de una platafor-ma sobre la cual había un hombre peculiar que vestía traje y llevaba una chistera alta. Una capa negra le caía sobre los hombros, y cuando movía los brazos, el forro de seda rojo centelleaba ante Leila. El pelo del hombre era blanco puro y sembrado de ondas, mientras que un bigote negro y liso sonreía por encima de sus labios. La niña se quedó parada a medio paso y observó al hombre de pelo blanco y ondula-do a través de los endebles pasamanos de madera.

ya debes de saber quién era el hombre de pelo blan-co y ondulado... pero Leila no. Ese fue el momento en que vio al señor Vernon por primera vez en su vida, y la mera visión la dejó sin aliento. ¿Recuerdas cuando Carter encontró al señor Vernon por primera vez? Fue la noche en que Carter llegó a Mineral Wells y bajó desde la estación de tren para mezclarse con el gentío en el parque de atrac-ciones de Bosso. Las diestras habilidades del señor Ver-non —que se pasaba un par de monedas arriba y abajo de un nudillo a otro— dejaron a Carter alucinado.

En aquel momento, mientras Leila observaba a los asis-tentes de ese hombre atarlo bien fuerte a una silla metálica, sintió algo todavía más profundo que Carter. La niña tuvo

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la certeza de que se había escapado del armario del piso de arriba para que su destino le permitiera ver al señor Vernon.

Los asistentes del escenario llevaban los rostros cubier-tos con una tela elástica delgada y de color negro. Prime-ro, esposaron los tobillos del hombre a las patas de la silla. Luego le envolvieron el torso y el respaldo de la silla con una cadena larga, de modo que tenía los brazos inmovili-zados a lado y lado. Los huérfanos del público ahogaron gritos de sorpresa cuando los asistentes engancharon un grueso candado a los extremos de la cadena, que dejaron colgando en el centro de su pecho. Cuando deslizaron un saco de hule para tapar la cabeza del hombre, muchos ni-ños gritaron de terror.

La Madre Margaret se puso de pie y agitó los brazos.

—¡El señor Vernon es un profesional! —aseguró—. ¡No debéis alarmaros!

La voz del hombre emergió bajo la capucha.

—¡Sí debéis alarmaros! —corrigió él—. Pues si no me he liberado para cuando haya pasado este mismo minuto, me quedaré sin oxígeno.

La Madre Margaret parecía avergonzada cuando se sentó, como si pensara que había cometido un error al invitar a ese hombre a posiblemente perecer delante de sus pupilos.

Leila se aferró a los pasamanos, mirando a través de ellos como si fueran los barrotes de una jaula. Los dos asistentes

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sujetaron en alto una sábana blanca antes de tapar con ella el cuerpo del señor Vernon. La sábana lo cubrió de la cabeza a los pies. Uno de los asistentes trajo un reloj de arena muy grande, lo colocó en el suelo para que todo el mundo pu-diera ver cómo caía la arena, segundo a segundo a segundo.

Leila contuvo la respiración. La figura bajo la sábana se movía y retorcía. El ruido metálico de las cadenas que en-trechocaban retumbó por toda la estancia. La niña no pudo evitar pensar en misma atrapada en el armario del piso de arriba hacía solo unos minutos.

Al tiempo que los últimos granos de arena caían al fondo del reloj, los niños corearon: «¡Cinco! ¡Cuatro! ¡Tres! ¡Dos! ¡Uno!». La figura bajo la sábana se quedó quieta. Pasaron los segundos. El público se puso de pie, por gru-pitos, todos boquiabiertos se preguntaban si aquello era parte del truco.

Leila gritó:

—¡Quitadle la capucha! ¡Que alguien lo ayude!

Desesperados, los dos asistentes volvieron corriendo al escenario. Apartaron la sábana, la sujetaron en alto ante el hombre sentado y miraron con cuidado detrás. Girados hacia el público, sacudieron las cabezas enmascaradas, como si quisieran decir: «¡Demasiado tarde!». Los huér-fanos enloquecieron, algunos chillaron, cuando los asis-tentes dejaron caer la sábana al suelo.

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¡La silla donde había estado el señor Vernon estaba vacía!

La sala estalló en gritos de sorpresa hasta que uno de los asistentes se giró hacia el público y se quitó la máscara. Tan pronto como las ondas de blanco puro emergieron bajo la máscara, Leila supo que se había quedado con ellos. El mago había escapado —y del modo más inespera-do—. La multitud vitoreó como si alguien acabara de anunciar que ese mismo día iban a adoptarlos a todos.

El hombre con el pelo blanco y ondulado se acercó al borde del escenario, sonrió y luego hizo una profunda reve-rencia. Leila estaba tan abrumada que casi resbaló por las escaleras. Pero en lugar de eso, se puso de pie y aplaudió más fuerte y durante más tiempo que cualquier otra persona.

Cuando los aplausos se desvanecieron, Leila se abrió paso a empujones entre el gentío, pegó un codazo a la niña alta y a sus tontas matonas para apartarlas y acercarse al hombre.

—¿Cómo lo ha hecho, señor Vernon?

Los ojos del hombre se iluminaron al ver el rostro de la niña. Se quedó callado, como en trance, y luego respon-dió deprisa.

—Apuesto a que sabes exactamente por qué no te lo puedo decir.

Leila pensó mucho.

—¿Un mago nunca revela sus trucos?

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El hombre rio alegremente. Le dio un golpecito en la frente.

—Eres un poco vidente, ¿no?

—No que yo sepa —respondió Leila acercando una mano al lugar donde la había tocado. Notó como los otros huérfanos la empujaban por la espalda—. ¿Corrió peligro de verdad?

—Ay, yo siempre corro peligro —repuso el hombre, gui-ñándole el ojo.

Leila soltó una risotada.

—Quiero aprender a escapar como lo ha hecho usted.

—Ya veo —la miró de soslayo—. Bueno, se necesitan años de práctica. ¿Es eso algo para lo que estarías preparada?

—¡Ay, sí! ¡Practicaría cada minuto de cada día para ser como usted!

—Bueno, el entusiasmo pocas veces es algo malo —comen-mientras lo consideraba—. ¿Cómo te llamas, querida?

—Leila —respondió ella en voz baja.

—Leila —repitió él—. ¡Qué bonito! Y ¿cuánto hace que vives aquí con la Madre Margaret?

—Toda la vida.

El hombre se quedó callado.

—Me gustaría volver para verte de nuevo, Leila. ¿Te parecería bien?

Leila se sonrojó.

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—¡Me parecería más que bien! —exclamó la niña—. ¿Qui-zás podría enseñarme un

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