La mujer es una isla

Auður Ava Ólafsdóttir

Fragmento

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Índice

Portadilla

Índice

La mujer es una isla

Portadilla

Dedicatoria

Cita

Cero

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Dieciocho

Diecinueve

Veinte

Veintiuno

Veintidós

Veintitrés

Veinticuatro

Veinticinco

Veintiséis

Veintisiete

Veintiocho

Veintinueve

Treinta

Treinta y uno

Treinta y dos

Treinta y tres

Treinta y cuatro

Treinta y cinco

Treinta y seis

Treinta y siete

Treinta y ocho

Treinta y nueve

Cuarenta

Cuarenta y uno

Cuarenta y dos

Cuarenta y tres

Cuarenta y cuatro

Cuarenta y cinco

Cuarenta y seis

Cuarenta y siete

Cuarenta y ocho

Cuarenta y nueve

Cincuenta

Cincuenta y uno

Cincuenta y dos

Cincuenta y tres

Cincuenta y cuatro

Cincuenta y cinco

Cincuenta y seis

Cincuenta y siete

Cincuenta y ocho

Cincuenta y nueve

Sesenta

Sesenta y uno

Sesenta y dos

Sesenta y tres

Sesenta y cuatro

Notas

Cuarenta y seis recetas de cocina y una de tricot

Portadilla

La protagonista de…

Advertencia

Cuarenta y siete recetas de cocina y una de tricot

Pescado empanado con cebolla frita

Una salsa espesa para carne de caza (a servir con el ganso)

Té y pan con salmón ahumado

Lasaña de espinacas

Ganso salvaje con guarnición y una salsa espesa para caza

Cortar cebollas

Puré de zanahoria (guarnición para el ganso)

Una mermelada de grosella bien avenida (guarnición para el ganso)

Espaguetis a la carbonara

Pimientos al horno

Pastel de Navidad con pasas

Ballena macerada en suero (para un bufé tradicional)

Megagalletas

Gachas de avena

Vino tinto (en diversas ocasiones)

Licor casero de bayas de corneja en tarro

Arroz con leche bien espeso con canela y azúcar

Bollitos con semillas de amapola de la panadería

Bolitas de pescado con patata cocida y mantequilla

Paté de cordero sobre pan de centeno cocido

Landi (aguardiente clandestino para convites y fiestas)

Bolas de farsa de carne en bolsitas de col

Café intragable

Hamburguesa

Sopa de cacao con biscotes desmenuzados y nata montada

Postre de plátano

Sopa de setas

Refresco de cola en una botellita de cristal

Tarta de hermosas manzanas rojas con nata

Escribanos nivales asados al modo de las tierras altas

Sopa islandesa tradicional de cordero

Áspic de cabeza de cordero

Galletas de jengibre con glaseado

Un cacao calentito

Un chocolate caliente hecho con chocolate de verdad

Kleinas (rosquillas tradicionales con forma de rombo)

Skonsas (tortitas islandesas)

Pastel de pan con mayonesa de cuatro pisos (para un convite funerario)

Sushi (para un convite funerario)

Salchichas de caballo con patatas cocidas y bechamel

Cordero al horno

Un huevo cocido en la medida justa

Sopa de fletán

Té plateado

Filete de ballena

Lummas (tortitas islandesas)

Patucos de calceta

Notas

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Sobre la autora

Créditos

Grupo Santillana

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Dedicado a Melkorka Sigríður

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Ningún hombre es una isla.

JOHN DONNE (1572-1631)

¿Dónde hay ciudades sin casas,

carreteras sin coches

y bosques sin árboles?

Respuesta: en un mapa.

Adivinanza de un matinal infantil

en la televisión islandesa

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Cero

Así es como lo veo cuando vuelvo la vista atrás y lo recuerdo, aunque quizá no sea en el orden correcto. De todos modos, estamos allí juntos en el centro de la foto, yo lo agarro por los hombros y él me abraza también a mí —dada su condición, bastante más abajo—, un mechón castaño oscuro me cae sobre la frente, tan pálida, él muestra una sonrisa de oreja a oreja y estira la mano cerrada, sujetando algo.

Destacan sus orejas de soplillo en la parte baja de una cabeza grande; los audífonos son curiosamente aparatosos y anticuados, como receptores de ondas llegadas del espacio. Destacan también los ojos que las gafas agrandan tanto, hasta ocupar casi toda la lente; le dan un aspecto muy peculiar. De hecho, la gente por la calle se gira y lo mira al pasar. Primero se fijan en él y luego me miran a mí, para después volver a mirarlo a él y seguirlo mientras está a la vista. Nos miran, por ejemplo, cuando pasamos por el parque y yo cierro la cancilla al salir. Cuando le ayudo a subir al asiento del coche y le abrocho el cinturón veo que todavía nos miran desde los otros vehículos. Al fondo de la foto hay un coche de cuatro años con cambio de marchas manual. Los tres pececillos rojos flotando tirados en el maletero —él todavía no lo sabe— y el saco doble de dormir azul debajo, empapado como una esponja. Pronto he de comprarme dos edredones de pluma nuevos en la cooperativa porque no es cuestión de compartir un saco de dormir, una mujer de treinta y tres años con un niño que no es de su familia, nadie hace esas cosas. La compra no debería suponer ningún problema ya que la guantera está repleta de billetes recién sacados del banco. No se ha cometido ningún crimen en ninguna parte, a no ser que sea un crimen acostarse con tres hombres en un tramo de más o menos trescientos kilómetros cuando seguía la nacional circular que da la vuelta a la isla, en su mayor parte sin asfaltar y que, de hecho, es donde más se estrecha el paso entre el glaciar y la costa, y donde la mayoría de los puentes son de un solo carril.

Nada se presenta como debería ser, es el último día del mes de noviembre, un día de oscuridad cerrada sobre la isla, y vamos los dos con jersey: yo con un jersey blanco de cuello vuelto, y él con un jersey de ochos verde menta, recién calcetado y con capucha. La temperatura es similar a la de Lisboa el día anterior, dice el locutor en las noticias de la radio, y se prevé que sigan las precipitaciones y que el termómetro no baje. Por ello, las mujeres solas y con niños no deberían andar de viaje por la oscura tundra deshabitada sin un buen motivo, y menos aún acercarse a los puentes de un solo carril, ya que en muchas áreas los ríos se desbordan e inundan la carretera. No soy tan presuntuosa como para pensar que con cada puente de un solo carril vaya a aparecer un nuevo amante, aunque sería un aprieto por el que no me importaría pasar.

Observando la foto con más atención, puedo ver, unos pasos más atrás, a un muchacho joven: a juzgar por su aspecto ronda los diecisiete años, justamente entre el niño y yo, aunque el rostro no está bien enfocado. Los rasgos de la cara son delicados, lleva un gorro y me da la impresión de que tiene problemas de acné que se le están comenzando a pasar. Muestra el rostro somnoliento y se apoya con los ojos semicerrados contra el surtidor de gasolina. Si se mira bien la foto, examinándola al detalle, no me sorprendería que todavía se pudieran ver restos de plumas en los neumáticos, incluso marcas de sangre en los tapacubos, aunque hayan pasado tres semanas desde que mi marido se marchó llevándose los colchones ergonómicos de la cama doble de matrimonio, el equipamiento de camping y diez cajas de libros. Así se comportó. No obstante, hay que tener presente que las cosas no son lo que parecen, que en comparación con la imagen serena de una fotografía, la realidad se agita como un cofre lleno de culebrillas.

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Uno

Gracias a Dios que no ha sido un niño.

Me desabrocho el cinturón y salgo corriendo del coche para ver al animal. Se ve que está de una pieza, se ha desmayado con elegancia, seguramente se ha roto el cuello y tiene sangre en el pecho. Me temo que bajo la superficie emplumada y manchada de aceite se encuentra un corazón aplastado de ganso.

Los papeles se han salido de las carpetas con el frenazo —traducciones en diversos idiomas esparcidas por el suelo—, aunque uno de los montones del asiento trasero no se ha caído.

Lo mejor de mi trabajo —una particularidad que no dudo en mencionarles a mis clientes— es que se lo entrego todo a domicilio: reparto correcciones de artículos, tesis y traducciones igual que si se tratase de ensaladas de pasta oriental y rollitos de primavera. Puede parecer anticuado, pero funciona: a la gente le gusta recibir los papeles en mano y pasar unos instantes cara a cara con la persona desconocida que en algunas ocasiones ha llegado a ver el magma interno de su vida anímica. Lo mejor es llegar justo antes de la cena, cuando la pasta ya está cocida y no se pueden quedar un minuto más fuera, o cuando ya han frito la cebolla y el pescado está esperando en el plato a que lo empanen, y el dueño de la casa no ha tenido la precaución de apagar el fuego mientras iba a abrir la puerta. Según mi experiencia, así es más rápido. La gente no te invita a entrar cuando dentro huele a la cena recién preparada; no quiere discutir con desconocidos en un vestíbulo estrecho, en calcetines o incluso descalza, en medio de todo tipo de calzado, con los niños impacientándose. Mi experiencia me dice que en estas circunstancias tardan menos en pagar la cuenta y hay menos probabilidades de que intenten no incluir el impuesto sobre el valor añadido, y no alargan la discusión cuando digo que no acepto tarjetas de crédito, sino que firman un cheque apresurados y aceptan lo que les entrego.

Si alguien se presenta en la pequeña oficina que alquilo abajo junto al puerto, espera que le dedique un buen rato para meditar mis comentarios, convencerme de su buena intención, sus conocimientos sobre la materia, el motivo por el que habían expresado las cosas del modo en el que lo habían hecho. Explicarme que mi trabajo no consiste en reescribir artículos —en un párrafo había tachado nueve palabras— sino corregir allí donde por las prisas hubiese errores de tipografía, como me explica uno de mis clientes mientras se ajusta las gafas y la corbata y se alisa las patillas delante del espejo de la entrada. Ésa no era la idea, me dice, simplificar demasiado un pensamiento complejo, el artículo estaba dirigido a personas entendidas en la materia. Sin embargo, yo no le había hecho ningún comentario sobre la expresión «informes de proyectos de presas hidroeléctricas», pero consideré que quizá de vez en cuando debería cambiar lucrativo, que aparecía catorce veces en la misma página, por un adjetivo menos usado, anticuado pero muy islandés: precoz, «que llega demasiado temprano». Aunque no lo dije en alto, sino que sólo lo pensé por divertirme. Cuando conseguimos solucionar nuestras diferencias, es posible que algunos hombres comiencen a hablar un poco sobre sí mismos y me pregunten también un poco sobre mí, si estoy casada y esas cosas. Dos o tres veces les he ofrecido una tostada. He de reconocer que no fui yo quien escribió el anuncio, sino mi amiga Auður, en un evidente ataque de megalomanía. La ironía no es mi estilo.

Acepto revisiones de textos, correcciones de tesinas, también artículos para revistas especializadas y publicaciones sobre cualquier materia. Arreglo discursos de campañas electorales al margen de cuál sea el partido, corrijo errores de estilo identificables en quejas anónimas y/o cartas de admiradores secretos, elimino solecismos y citaciones desafortunadas a filósofos y poetas en los discursos de felicitación, llevo las esquelas necrológicas a un nivel más alto (cercano a la divinidad), puedo disponer ipso facto de citas de poetas nacionales muertos.

También acepto traducciones de once lenguas extranjeras al islandés y del islandés, entre ellas ruso, polaco y húngaro. Trabajo con diligencia y esmero. Servicio de entrega a domicilio. Todos los trabajos son tratados con absoluta confidencialidad.

Recojo al pájaro todavía caliente, asumo que he atropellado a un macho y ya que por ironías del destino acabo de revisar un artículo sobre la vida sentimental de los gansos y la singular fidelidad eterna que muestran con su pareja, echo un vistazo por si veo entre el resto de la bandada a su compañera en la vida. Los últimos están todavía cruzando patosamente la resbaladiza calle, hasta la acera de enfrente, grandes aletas naranjas se extienden por el asfalto. Por lo que puedo ver, no hay ninguno que se haya salido del grupo para buscar a su pareja. Tampoco llego a ver ninguno con aspecto de ser la consorte del que sostengo en la mano. Sin embargo, estoy empezando a reconocer a algunos gatos negros callejeros según las reacciones que muestran a la agitación o a las caricias. Lo que más me sorprende, ya que estoy en medio de la calle y sujeto todavía del cuello a este pájaro gordo, es que no siento ni culpa ni desagrado. En el fondo de mi corazón me considero una persona compasiva, es decir, intento evadir las disputas, tengo dificultades para decir que no a una oferta presentada con una viril sensibilidad y les compro un billete de lotería a todas las obras de beneficencia que llegan a mi buzón. Sin embargo, estoy sintiendo la misma emoción que cuando voy a la carnicería del supermercado justo antes de Navidad, y me pongo a pensar en el adobo, la guarnición y en si la marca de los neumáticos Goodyear se podrá ver debajo de una espesa salsa para la carne de caza.

—Bueno pues, feliz año por anticipado —les digo a mis comensales en una inesperada cena de amigos una oscura noche de noviembre, sin detenerme en más palabras.

Tomo unas cuantas páginas de un artículo increíblemente soporífero sobre materiales termodinámicos para ponerlas debajo del ave antes de meterla con cuidado en el maletero. Hace una eternidad que no lo abro y descubro que está repleto de rollos de papel de cocina que había comprado para subvencionar un viaje deportivo de jóvenes discapacitados; menos mal que compré los rollos y no los langostinos.

El ganso no va a sufrir la misma suerte, ya que ahora le voy a dar a mi marido, que es un gran chef, una agradable sorpresa en la cocina. Aun así, antes tengo que ir a un edificio del barrio de Melar para hacer un último recado y acabar con lo que nunca debería haberse repetido.

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Dos

Aparco el coche junto al edificio, luego subo corriendo sin pausa la moqueta de las escaleras hasta el tercer piso, incluso salto los escalones de dos en dos en el pasillo color lila: mis tacones resuenan. No me importa que mientras subo se abra una rendija como la boca de un buzón en la puerta de dos o tres apartamentos, de modo que se escape un olor a décadas de residencia; no me importa en absoluto si alguien quiere registrar mis idas y venidas, ya que lo que voy a hacer por tercera vez en tres semanas no es algo que sea costumbre mía, de hecho es una verdadera excepción dentro de mi matrimonio. Cuando salga de aquí a toda prisa, puedo estar segura de que no voy a volver más, por eso me da igual que se entreabran las puertas, no me importan un pimiento los cotillas del rellano. Ya que tengo prisa por echarle estas manos ensangrentadas al cuello de mi amante, para acariciarle el hueco de la nuca y dejarle marcada una línea roja, y acabar el asunto pronto: he de ir a comprar la guarnición para el ganso antes de que cierren las tiendas. Lo que más tiempo me lleva es quitarme las botas, él se apoya en el marco de la puerta y yo levanto el pie, no me quita los ojos de encima, se ha quitado las gafas. Ha desenrollado las persianillas casi del todo y el bajo sol de octubre, que se está poniendo ahora sobre el cabo, raya nuestros cuerpos como si fuésemos cebras que se encuentran brevemente junto a la charca. Por el aroma a detergente de la funda de los edredones nórdicos, noto que ha cambiado la ropa de cama. Todo es muy pulcro, el tipo de apartamento que podría abandonar tranquilamente en caso de incendio o de guerra sin tener que llevarme nada, sin echar nada en falta. Lo único que choca a la vista son las cenefas estampadas y llenas de polvo encima de las persianillas.

—Me las hizo mi madre y me las dio cuando me separé —me explica aclarándose la garganta.

Por supuesto, el entorno cambia según el humor y los sentimientos, aunque no me sentiría capaz de discutir la concepción de la belleza o del bienestar justamente aquí y ahora. No se podría decir que estaba premeditado verme sentada aquí desnuda al borde azul y marrón de la cama; esto no seguía ningún plan, sólo responde a las circunstancias del momento. Pero me da igual aunque falte todo color y el apartamento quizá sea feo; me da igual que simplifique por completo su ortografía y que escriba brebemente, y que sea un poco bruto hablando, incluso cuando no hay motivo, ya que la destreza de sus manos es firme y sin titubeos. Aunque yo no tenga mucha experiencia en estos asuntos, sé, de todos modos, que no hay ninguna relación entre el sexo y la sensibilidad lingüística, al menos eso es lo que he aprendido.

Hay una pequeña pluma en la mancha de sangre de la primera página, pero no tengo que preocuparme por si le voy a dar el artículo ahora o más tarde: sé por experiencia que lo mejor es esperar a más tarde, que no es decoroso mezclar el trabajo con la vida privada. Desde que nos acostamos por primera vez, me parece que se sorprende cuando le paso la factura con el IVA especialmente indicado. Después le ayudo a estirar la sábana y, mientras le coloca al edredón de plumas la funda azul a rayas que quedó apelotonada en el suelo, se muestra sincero y me confía algo que ninguna mujer puede contar. Entonces me doy cuenta por primera vez de un curioso tatuaje en la parte baja de la espalda, muy similar a una tela de araña, cosa que resulta llamativa en un hombre de su posición. Al tocarlo, noto debajo el relieve de una cicatriz. Le pregunto sobre ello y me dice que fue algo accidental, no estoy segura de si se refiere a la cicatriz o al tatuaje.

Me acerca la mano.

—Son tuyas, ¿no? —me dice, mostrándome unas bragas de encaje blanco entre el pulgar y el índice. Como si hubiese alguna otra en cuestión.

Tengo prisa por llegar a casa pero cuando termino de lavarme las manos con su jabón rosa perfumado y vuelvo, acaba de poner la mesa, cocer huevos y untarme dos tostadas de mantequilla con salmón ahumado, y ha preparado té. Todavía lleva el torso desnudo y está descalzo, y en tanto que yo como, se queda de pie a mi lado, mirándome mientras se pone la camisa.

—Vi tu coche en el centro esta semana y aparqué a su lado —me dice—. ¿No te diste cuenta?

—No, no me di cuenta.

—¿Tampoco te diste cuenta de que le había quitado el hielo al parabrisas?

—No, no me di cuenta, pero gracias de todos modos.

—Vi que al coche ya le toca una revisión.

Cuando he acabado las dos tostadas y voy a darle las gracias y un beso porque ya no regresaré más, me pregunta si pienso en él a menudo.

—Más o menos cada tres o cuatro días —le respondo.

—Eso son cinco coma seis veces en tres semanas —calcula el especialista recién separado con un solo botón abrochado de la camisa—. Está claro que pienso yo más en ti que tú en mí, más o menos sesenta veces al día y también cuando me despierto por la noche. Me pregunto qué estarás haciendo, te sigo mientras te echas crema después del baño, me pregunto cómo será ser tú; luego por las noches me imagino que no te metes en la cama hasta que tu marido ya está durmiendo.

—Últimamente pasa pocas noches en casa.

Entonces me pregunta si tengo intención de divorciarme.

—No, no lo había pensado —le contesto. Porque probablemente amo a mi marido. Aunque esto no se lo menciono. Entonces, acto seguido, me dice que ésta será la última vez.

—¿Qué última vez?

—Que nos acostamos. Ya es demasiado sufrimiento despedirme de ti cada vez; es como si estuviese al borde de un precipicio. Tengo mucho miedo a las alturas.

Ya ha oscurecido tenebrosamente cuando bajo corriendo las escaleras del edificio por tercera vez en el mismo número de semanas. Porque ahora me voy y ahora lo he dejado y nunca volveré a hacer lo que he hecho, porque tengo prisa por llegar a casa. Incluso aunque sea probable que allí no me esté esperando nadie. En el coche, de camino, escucho el Frühlingslied de Mendelssohn en la radio, el vinilo está viejo y deteriorado pero al presentador del programa no parece importarle. Lo sé, aunque no pueda decir que de verdad esté escuchando.

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Tres

Aunque ninguna mujer pueda tener todos sus asuntos claros en la vida, al menos hay un noventa y nueve coma nueve por ciento de probabilidades de que yo acabe el día en la cama con mi marido. No obstante, me sucede ahora, completamente por sorpresa y justo cuando tengo prisa por volver a casa, que estoy dando marcha atrás con un esfuerzo considerable, en mi coche de cuatro años con cambio manual, en la plaza de aparcamiento de mi antiguo hogar, en una calle en la que vivía hace dos años. De pronto, no reconozco las cortinas y recuerdo que ya no tengo las llaves de esa puerta, que después me he mudado dos veces, aunque nunca demasiado lejos. Cuando voy a alejarme de nuevo de esta casa veo que han colgado un móvil giratorio para bebés en la habitación en la que antes estaba mi ordenador. Para estar completamente segura, espero hasta ver pasar a un hombre por la ventana con un bebé en brazos. Sé al menos que no es mi marido, que no es mi hijo. Porque yo no tengo ningún hijo.

Sigo en el coche cuando suena mi móvil: es mi amiga, la profesora de música y pianista. Auður es madre soltera, tiene un hijo de cuatro años con problemas auditivos y está embarazada de seis meses del segundo. Por las tardes se sienta en la cama y toca el acordeón y en mejores circunstancias le encanta deleitarse con el coñac.

Dice que no puede hablar mucho, que está un poco ocupada con un alumno difícil y con un padre aún más difícil, pero, precisamente por ello, me dice casi susurrándome al teléfono que tiene reservada hora con una vidente —aunque no es exactamente una vidente, más bien habría que llamarla médium—, y que si podría aprovechar la cita en su lugar. Me parece oír que alguien llora detrás de ella pero no llego a distinguir si es el niño o el adulto.

Mi amiga está enganchada a una vidente debido a una locura de hace dos años. Desde entonces está atrapada en las redes del destino y poco de lo que le manda la vida la coge desprevenida. Al menos su hijo no le llegó por sorpresa.

Todavía espero a que desaparezca. No pienso en ello. Así consigo hacer que desaparezca, dejando por completo de pensar en ello. Hasta que deje de existir. No puedo decir que nunca piense en ello. Acabo de buscar en un libro y sé que ha dejado de ser un pececito de dos coma cinco centímetros con aletas y empieza a ser un ser humano, que ya tiene dedos. Pronto ya no podré ponerme más los pantalones con la franja de flores bordadas. Lo escondo bajo el jersey de lana con botones de l

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