El río del Edén

José María Merino

Fragmento

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Índice

Portadilla

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Sobre el autor

Créditos

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1.

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Son las diez y media de la mañana y Silvio te acompaña con sus pasos inseguros, que acentúan la habitual torpeza de los movimientos de ese cuerpo menudo que remata la pequeña cabeza de ancho cuello. A veces da verdaderos trompicones, aunque nunca pierda del todo el equilibrio. Hasta en esa manera de andar se manifiesta su diferencia natural, su desdichada insuficiencia. Caminas despacio para no forzarlo, pues os queda mucho trecho por delante, innumerables pasos, los suyos con esos pies un poco torcidos que repiten cada zancada con cierto titubeo antes de rematarla. Te preguntas con fastidio si no le habrás planteado al pobre chico un reto imposible de afrontar, si en tu decisión no habrá dominado, de los dos Danieles que cobijas dentro de ti, el intemperante, el insensible, el egoísta. Mas a pesar de sus restricciones, Silvio va caminando con regularidad y no parece cansado.

Se ha empeñado en llevar la urna con las cenizas de Tere y la transporta a la espalda en su pequeña mochila. Puesto que considera muy importante esa labor, una especie de misión, un sagrado acarreo, hay en la posición de sus hombros un aire forzado, como si pretendiese que la urna no sufriese por quedar demasiado apretada, como protegiéndola de algún agobio. Menos mal que un bastón de montañero, similar al tuyo, le sirve de ayuda, y lo cierto es que lo maneja con destreza. Le has pedido que guarde una actitud normal, que se relaje, que deje estar los hombros en su sitio, repitiendo varias veces la advertencia de que la urna no siente, que no es más que un objeto duro, consistente, no un ser vivo.

—Es solo una cosa, Silvio, una cosa, no le vas a hacer daño de ninguna manera —repites.

Pero él no abandona su gesto anquilosado, y al escuchar tus consejos desvía la mirada, como si quisiese aparentar que no se entera de tus palabras. Menos mal que la urna no pesa casi nada.

—Cuando te canses me la pasas, la meto en mi mochila y en paz, tengo sitio de sobra, y además puedes seguir hablando con ella aunque la lleve yo —le has dicho al fin, seguro de que no podrá aguantar todo el trayecto con esa postura.

Pero Silvio no parece cansarse, y a lo largo de la marcha habla muchas veces con la urna como si lo hiciese con Tere, hace la crónica de los lugares que recorréis, fijando su atención en los aspectos para ti más sorprendentes e imprevistos, la forma de unas ramas, de una roca, el revoloteo torpe de algún moscón tardío, la coincidencia de varias piñas tiradas a un lado del camino.

Aún no puedes discernir si Silvio ha entendido lo que es exactamente el abultado estuche cilíndrico que transporta, pero sabe que no guarda cualquier cosa, sino que se trata del envoltorio de la mismísima mamá, y a veces lo llama Urna, como si fuese un nombre de persona, aunque dirigiéndose a Tere, añadiendo acaso mamá, Urnamamá, en un enredo de identidades que, dentro de la confusión que desordena su inteligencia, debe de ser para él natural.

Cuando aquella mañana de domingo despertó y fue a dar un beso a su madre, no le dejaste entrar en la habitación y le dijiste que mamá estaba dormida y que no había que molestarla.

«Dormida para siempre», añadiste, muy serio.

Lo aceptó sin extrañeza, aunque más tarde te explicarías el motivo de su impasibilidad.

«¿Como Blancanieves?», preguntó.

«Más dormida todavía», respondiste.

Quedó mudo, y más tarde su tía Carla se ocupó de llevárselo de casa para que estuviese entretenido y alejado de la muerta, a quien sin embargo le permitiste besar por la tarde, para que fuese testigo de su sueño definitivo. Luego las cosas se fueron complicando y, entre el desconcierto propio de la jornada, no pudiste evitar que Silvio asistiese al laborioso trajín de los empleados de la funeraria mientras trasladaban el cuerpo de la cama al féretro, y al presenciar la introducción del cuerpo de Tere dentro de la caja y su acarreo por el pasillo, mostró mucha inquietud:

«¿Por qué se la llevan? —preguntaba, bastante agitado—, ¿por qué no la dejan en casa, en su cama, para que siga con nosotros, aunque sea dormida?».

Le explicaste que a los que se dormían para siempre había que llevárselos a un dormitorio hecho para ellos, para que permaneciesen acostados en compañía de los muchos otros a quienes les había pasado lo mismo. Se mantuvo en silencio durante un rato y no dijo nada.

A pesar de todo, Silvio ha esperado cada día el despertar de Tere y su regreso. Sin haberle mostrado todavía la urna en que están guardadas sus cenizas, decidiste ir a recogerlo tú mismo todos los días al centro. Al verte corría hacia ti y se abrazaba a tu cuerpo, y siempre te preguntaba si mamá había despertado ya. Tú decías que no, advirtiendo la decepción en el gesto de su rostro deforme.

Seguía preguntando por el sueño de mamá, y al cuarto o quinto día le dijiste que mamá no iba a volver, que su sueño esta vez era el último, que ya jamás despertaría, y te miraba muy serio, como si comprendiese de verdad lo que significa ese concepto, jamás, aunque aún no haya logrado captarlo.

Sin embargo, muy pronto sus peculiares deducciones le hicieron interpretar ese dormir sin despertar posible como otra dimensión de la realidad, como algún punto accesible para la comunicación, sobre todo cuando vio, en alguna de las películas futuristas que tanto llaman su atención, que ciertos astronautas, inmóviles en sus sarcófagos espaciales, pueden recibir y acumular mensajes enviados desde la estación central de su exploración.

«¿Dónde dejaste dormida a mamá?», te preguntó.

«¿Para qué quieres saberlo?»

«Si estuviese aquí, podría contarle cosas, como hace el capitán Estúar con los astronautas dormidos de Guaitestesion.»

Insistió en ello.

«¿Podrías llevarme a donde está mamá dormida para siempre, papá?», te preguntaba.

«¿Para qué quieres ir?»

«Quiero contarle las cosas que han pasado desde que se durmió, Fermín tiene un gatito, el abuelo de Paula hace que una paloma desaparezca volando dentro de un sombrero.»

Hace dos semanas decidiste confesarle parte del secreto de la urna. Lo llevaste a tu cuarto, la antigua habitación matrimonial, ya desembarazada de la cama clínica y con el antiguo lecho en su sitio, una mesita a cada lado, abriste el armario y se la enseñaste:

«Mira, Silvio, ahí dentro está mamá.»

Miró la urna con admiración y extendió las manos.

«¿Ahí dentro?»

«No puedes tocarla —dijiste, categórico—, pero ahí dentro está, te lo prometo».

«¿Dormida para siempre?»

«Dormida para siempre.»

«¿Y qué es eso de fuera?»

«Eso es una urna. Una urna funeraria», añadiste con tono solemne.

Guardó silencio durante un rato y luego musitó:

«Mamá se ha hecho pequeñita.»

Te admiró la cadena de reflexiones que, en la singular lógica de su menguada razón, debió hacerle pensar que lo que hay dentro de la urna es una forma minúscula de Tere. Pues Silvio no considera imposible que su madre pueda estar metida en ella, y habla con la urna como si fuese realmente Tere, como cuando la encontraba en casa cada día, al llegar del centro, o mientras cenabais, ella sentada todavía en la silla de ruedas, y luego en esos largos ratos, ya Tere acostada, en los que ambos conversaban entre murmullos con sus voces disformes y un aire secreto.

Testigo de esa intensa relación, casi te arrepentiste de haber sido tan explícito: cuando le contaste que mamá está metida dentro de la urna, y la llamaste urna funeraria, seguro de que no lo entendió; pero ese significado misterioso abrió para él un espacio de encantamiento en el que Tere sigue accesible, le dio un pretexto sólido para reanudar la diaria comunicación con ella que la muerte había interrumpido con brusquedad, y desde entonces se ha dirigido a la urna en largas confidencias inconexas con cariñoso respeto, como si se tratase de un objeto lleno de vida, como si en él estuviese verdaderamente incorporada la sustancia cálida y protectora de su madre, cumpliendo la costumbre que se remonta al tiempo en que Silvio comenzó a tener cierta capacidad de expresión oral: contarle a Tere los sucesos cotidianos de su vida escolar, lo que ha pasado en el colegio al que asiste por las mañanas con niños comunes y corrientes, y en el centro especial donde por las tardes se reúne con gente de su edad afectada por problemas parecidos al suyo, para seguir diversas terapias.

En su forma de expresarse y en lo que transmitía y transmite, Silvio da muestras de la mezcla de niño pertinaz y de incipiente muchachito que lo compone, y Tere le narraba a él alguno de los muchos cuentos que conocía, alguna leyenda, repitiendo lo que le había contado desde que Silvio fue capaz de entender algo, intentando mantener vigente en su imaginación un mundo en el que proliferan confusamente, bastante mezclados con lo real, los seres de la mitología clásica de varias culturas con las hadas, los dragones, los ogros, los pequeños héroes salvadores de princesas, las princesas organizadoras de viviendas de enanitos y ciertos superhéroes de la imaginería contemporánea.

«No solo hay que estimularlo en lo físico, sino mentalmente, y creo que para eso todo lo imaginario es fundamental, digan lo que digan», afirmaba Tere, muy segura.

Ahora, según lo vas escuchando hablar entre ese silencio de la mañana fresca raspado por vuestras pisadas, sientes una vez más la emoción de constatar lo vulnerable de su mente, pero también el reverbero de las singulares iluminaciones que en ella a veces se suscitan.

Silvio es la herencia verdadera, profunda, de Tere, lo que Tere te dejó como legado, un patrimonio que tú, mientras ella vivió, casi no habías querido asumir, y en tu relación con él, ahora que lo miras con los ojos del Daniel clemente que habita dentro de ti, encuentras cada día que pasa nuevas muestras de su extraña y frágil relación con la realidad.

Hace unos meses, ya antes del verano, en el colegio donde cada mañana Silvio cursa sus estudios ordinarios, esa Paula, una niña sin sus problemas a quien sin duda le gusta tutelar a Silvio y a quien él venera, y otros compañeros también normales intercambiaron ciertas noticias sobre seres extraterrestres, como consecuencia de una serie televisiva, y tanta importancia debió de alcanzar el asunto entre ellos que quedó impreso con fuerza en la memoria de tu hijo, hasta el punto de que, haciendo con él un ejercicio de lectura, la palabra «espacio aéreo» lo excitó mucho.

«Papá, hay unas cosas, unos bichos, los llaman seres, unos seres que son del espacio, ¿tú lo sabías, papá?»

«¿Seres extraterrestres?», preguntaste, por decir algo.

Al principio no era capaz de pronunciar la palabra «extraterrestre» y todavía a veces dice algo así como «estrasteste», condensando sílabas y erres, de la misma manera que «aliejnas» es el modo como nombra a los alienígenas, pero el tema debía de estar tan candente, sin duda los compañeros con un nivel de comprensión superior al suyo no dejaban de tratar de ello, que sus conocimientos acerca del asunto fueron aumentando, lo que a ti te hacía gracia, porque Silvio se mostraba muy ufano al hablar del espacio, que para él parece ser esa noche que recorren estrambóticas naves en ciertas películas y series de televisión y hasta juegos de ordenador, y no sabes qué más le habrán contado esos compañeros, pero te explica con mucha seguridad, cuando se transmite la serie o se pone en marcha el cedé correspondiente, que aunque no lo veamos, aunque la pantalla haya estado apagada, el espacio sigue ahí, y las naves y los extraterrestres viajando de un lado para otro.

En el asunto, la máxima autoridad es la tal Paula:

«Y dice Paula que están siempre alrededor nuestro, vigilándonos, y que unos son amigos y otros no, que unos quieren ayudarnos y otros fastidiarnos, pero que no podemos verlos si ellos no se dejan.»

Aunque no seas capaz de entenderlo muy bien, piensas que Silvio, con su mente tan infantil, tiene la profunda convicción, nacida de su propia inconsistencia intelectual, de que la realidad está dividida en una parte dañina, o al menos hostil, huraña, y en una parte benéfica, o al menos no agresiva, neutral, aunque haya ámbitos indefinidos que pertenezcan a lo simplemente maravilloso, que él no distingue de lo puramente cotidiano.

«Vamos, Silvio, ese es un espacio de ficción, el espacio verdadero está aquí», le dijiste, como has intentado explicarle varias veces.

«¿Un espacio de fic-ción? ¿Qué es un espacio de fic-ción?», te preguntó, sin duda sorprendido por la palabra.

«Pues un espacio de cuento, no real, no de verdad —respondiste—, porque los cuentos no son verdad, pertenecen solo a la imaginación», añadiste.

Aquella noche había algo de luna y se la mostraste desde la ventana:

«Atiéndeme, mira el cielo, las estrellas, la Luna, están en el espacio, eso es el espacio, el verdadero, el real, nosotros vivimos en la Tierra, que también se encuentra en el espacio, pero esos extraterrestres de los que tú hablas viven en un lugar que no es de verdad, es el de los cuentos, un mundo inventado.»

Silvio, que había seguido tu discurso con bastante atención, fijó en ti los ojos cuajados de riguroso escepticismo:

«¿Pero qué dices, papá? ¡Por ahí vuelan los aviones, los pájaros, las mariposas, las cometas, no las naves de los extraterrestres! —replicó—, ¡y ahí no hay hombres lagarto! —añadió—, ¡no hay hombres bicho, papá! ¡Pregúntale a Paula!».

Te miraba como quien descubre una falta de información que es imprescindible subsanar:

«Papá, el espacio de verdad solo está en la tele y en las pelis, te lo aseguro», añadió, con una convicción que no ha flaqueado, los ojos muy abiertos y haciendo fuertes gestos afirmativos con la cabeza. «Eso de ahí fuera es otra cosa —continuó—, es el cielo, ¿pero cómo no va a ser de verdad el espacio de la tele y de las pelis y de los videojuegos? ¿No ves cómo se mueven las naves?, ¿no ves los rayos que disparan las pistolas?, ¿no ves los trajes que llevan?».

El caso es que se trata de un asunto que lo apasiona, porque suele hablar mucho de ello. Ahora mismo le está diciendo a esa mamá urna o Urnamamá de la que es portador que, desde esta mañana, ha advertido una insólita presencia:

—Notas un calor que es frío —dice—, que te toca la cara, y son ellos, pero no se los puede ver, ellos, los alienígenas, los extraterrestres —y se regodea en su confusa y sintética pronunciación de esas palabras, para él tan difíciles de formular—, que han venido del espacio y andan alrededor de nosotros, pero yo hasta ahora nunca los había notado, Paula sí, muchas veces, sobre todo antes de dormirse, cuenta ella, y también que en el cine y en la tele los ves siempre, pero que aquí a veces los ves y a veces no los ves.

Anteayer, cuando lo has recogido en el centro especial, has hablado con Aurora, una profesora logopeda a la que Silvio quiere mucho, le has comentado esa obsesión de tu hijo por los extraterrestres y ella se ha echado a reír:

«Pues en su grupo ha conseguido interesar a los más listos —te ha explicado—. Entre estos chicos, como entre todos los demás, hay temas que se ponen de moda, y ahora le ha tocado a ese, no hay que darle ninguna importancia; si acaso, aprovecharlo para intentar explicarles el sistema solar, para que sepan lo que es el Sol, y la Luna, y la Tierra, y el lugar que ellos ocupan aquí».

También le contaste el proyecto del viaje a la laguna para dejar en ella las cenizas de Tere que hoy estás llevando a cabo, pues querías excusar la ausencia de Silvio en la tarde de ayer y también conocer qué opinaba de la caminata que pretendías llevar a cabo con él, la caminata que en estos mismos momentos estáis realizando. Resulta que Aurora conoce esta comarca y que hasta ha hecho la excursión a la laguna en un par de ocasiones.

«Descansando de vez en cuando, no creo que tenga ningún problema para aguantarlo —te dijo—, y hasta pienso que le vendrá bien, porque estos chicos no hacen en los colegios todo el ejercicio que debieran».

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2.

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El agua del río presenta su peculiar tono esmeraldino, más o menos azul o más o menos verde, según las zonas, y también con distintos grados de transparencia: hay espacios donde el color se muestra en una densa turbiedad, otros donde permite vislumbrar la forma del fondo, otros en los que compone en torno a las peñas y a las plantas sutiles halos de claridad, y hasta otros notablemente diáfanos, y se encaja, con la misma precisión del tiempo en que conociste estos parajes por primera vez, en las márgenes rocosas y vegetales que van acotando su curso.

Para ti han cambiado muchas cosas desde aquella época, la corriente de tu vida ha abandonado con brusquedad algunos cauces, ha ido derivando hacia rumbos imprevistos, se ha precipitado en torrentes azarosos, ha acabado vertiendo en un lugar lleno de sombras, pero este río al que llegaste por vez primera hace veinticinco años no ha modificado la forma ni el color que mantiene desde hace cientos de milenios, y el camino que lo bordea, desde que alguien lo empezó a marcar, seguramente los animales antes que los humanos, se va deslizando con el mismo zigzagueante rigor por los vericuetos de la ribera, aunque ahora esté hollado en muchos trechos por las rodadas de los todoterrenos, que durante el verano deben de ser una plaga para estos lugares.

Un río cuyas aguas proceden de manaderos recónditos, a través de enrevesadas travesías que recorren grutas secretas o se filtran en el seno de profundos arenales, de rocas esponjosas incrustadas en el vientre del terreno, bajo las raíces y los cimientos, en la base de los rotundos peñascales y como un extraño envés de las resecas parameras. Un río que, antes de conformar esta corriente visible, ha seguido rutas inescrutables, acaso como sucede con nuestras corrientes profundas, invisibles, antes de manar en forma de pensamientos o de sentimientos.

Hace tantos años, Tere y tú también seguisteis este camino a pie, ella con una mochila a las espaldas mucho más grande que la que lleva ahora Silvio, y tú cargando con aquella tienda de campaña que, siendo de las pequeñas, pesaba lo suyo, conforme a las medidas y las estructuras de la época.

Aunque era verano, en aquel tiempo estos lugares no habían sido conocidos todavía por demasiada gente, y el día de vuestra caminata erais vosotros dos, una pareja de jóvenes, sus visitantes exclusivos, los únicos seres humanos que recorríais el espacio silvestre en el silencio que hacía aún más preciso el suave murmullo del río o algún súbito aleteo de aves entre el arbolado.

No puedes recordar de modo exacto las variaciones del entorno a lo largo de la ruta, la anchura distinta que van presentando los desfiladeros, la escalonada altura de los acantilados, con masas rocosas que destacan de repente sobre las demás, ni el volumen, disposición y espesura de los matorrales, además entonces la estación veraniega les daba otro color y otro aspecto, pero este cambio continuo de las masas pétreas, el desmelenarse de diversos ramajes frondosos con algunas bayas primerizas de distinto tamaño que se muestran en ellos, los arbustos con su aspecto de otoño temprano, los helechos que se empiezan a secar, te devuelven, a pesar de la mudanza en los tonos y en los brillos, imágenes de sucesivos espacios reconocibles, bajo los farallones enormes que resplandecen a la luz de la mañana.

Algunas balaustradas toscas de madera sobre la hoz del río, en recodos donde el camino se abre, así como ciertos ensanchamientos entre el arbolado donde se dispersan mesas y bancos de madera, y repentinas plataformas terrosas en las que se señala el aparcamiento de vehículos, indican lugares preparados para que los visitantes puedan detenerse a comer o a observar el paisaje. Son objetos, espacios y signos que no existían cuando llegaste aquí, cuando recorriste este camino con Tere por primera vez, porque eran otros tiempos y estos lugares solamente eran conocidos por algunos cazadores privilegiados y por un número escaso de personas interesadas en visitar esos espacios virginales de la naturaleza que, veinticinco años después, se han convertido en una especie de aliviadero masivo. Hoy no hay nadie por lo extemporáneo de las fechas, pero sin duda estos parajes, del todo solitarios en aquella lejana ocasión, conocen ahora la misma avalancha de muchedumbres que inunda y ensucia casi todos los rincones atractivos del planeta.

Cuando cuaja del todo la primavera, y en la época veraniega, esto debe de ser un hervidero bullicioso de gente, piensas, con apuros para aparcar, música estridente y basura desperdigada en torno a esas mesas merenderas. Sin embargo, estos días de octubre, y un sábado, porque preferiste evitar las posibles aglomeraciones dominicales, y acaso también la lluvia de los días pasados, que amenazó impedir vuestra excursión, aunque hoy luzca claramente el sol, sin duda han aplacado de tal modo el afán excursionista, que a la hora en que Silvio y tú recorréis el camino ni un solo vehículo se ha movido todavía por él: todo está solitario, silencioso, y los signos de la presencia humana resultan desgarraduras mínimas, el lugar apenas parece resentirse del zarpazo de vuestros congéneres, sois vosotros dos sus únicos ocupantes, como aquel día en el que Tere y tú caminabais juntos.

A Silvio, lo que más le llama la atención son los roquedales dorados y grises, gigantescos, con sus macizas y repentinas emergencias, que contempla con admiración cuando se los señalas, encontrando en ellos las formas de los monstruos y gigantes de los cuentos que Tere le narraba:

—¿A que eso parece un castillo? —le dices, acaso.

—A lo mejor es un castillo de verdad, papá, el castillo de Irás y No Volverás, ¿no te parece? —responde, preso de súbita excitación—. ¿Pero por qué está borroso?

—Quizá los magos lo han cambiado, quién sabe —aventuras tú, siguiendo aquellas pautas de Tere sobre el estímulo de su imaginación.

—Mamá, hemos visto el castillo de Irás y No Volverás, aunque los magos han hecho que parezca una montaña de piedra amarilla —le dice a su querida carga—, porque los magos todo lo cambian, y hemos visto dos dinosaurios que dice papá que también cambiaron los magos en peñas muy grandes, y hasta una fortaleza que parece la de los malos de Jal, esa que está en el Planeta Tenebroso.

Elementos de los cuentos y de las historias de Tere y elementos de esas series de la tele que veis juntos y que tanto lo fascinan, incorporando sus cuerpos inmensos y majestuosos entre los pinos y sobre los chopos donde se empieza a mostrar el amarillo naciente de algunas hojas, y rememorados por Silvio a través de una pronunciación enrevesada.

A veces, el camino se estrecha y el farallón levanta a un lado, muy próximo a vosotros, su pared vertiginosa, amenazadora. Al otro lado, paralelo al camino, en el barranco profundo, corre el río con sus pozas de esa agua teñida de color entre verde y azul, agua pintada, la llama Silvio. Te pregunta que por qué la han pintado y se admira cuando le dices que es así, que está teñida por materias de las rocas a través de las que brota.

—Las rocas están pintadas y la manchan —deduce, y tú no le das más explicaciones.

Todos estos espacios os admiraron también a Tere y a ti cuando los contemplasteis por primera vez, pero ahora descubres que, aunque regresasteis a ellos en alguna ocasión, nunca lo hicisteis a partir del momento en que Silvio nació, como si llevase en su persona algún impedimento radical para nuevas visitas al lugar.

Ciertamente, la irrupción de Silvio en vuestra vida llevó consigo muchos cambios en los comportamientos de la pareja que habías acabado formando con Tere, e hizo aflorar en ti al Daniel más adusto e intolerante. Miras andar a Silvio con esos pasos desgalichados y, aunque ya sabes cómo encajarlo ahora, cuando está en el borde de la adolescencia y Tere ya no existe, no dejas de pensar que durante toda su vida estará necesitado de ayuda, de protección.

En lo físico, el niño fue torpe desde el principio, y llegó un momento en que la torpeza comenzó a resultar estridente, pasaban los meses y no gateaba, no se ponía en pie, tardó en romper a andar muchísimo tiempo, y además no era capaz de balbucear ninguno de esos vocablos característicos que dan testimonio de que los pequeños empiezan a identificar a las personas más cercanas de la familia.

Para ti todo aquello fue un aprendizaje de la decepción, una experiencia en la que cada día se vislumbraba la consolidación de unas deficiencias que no tenían remedio, aunque al cabo de los años, y gracias a los extraordinarios esfuerzos de Tere y a la ayuda de los pedagogos y psicólogos que lo han atendido, Silvio esté mucho mejor de lo que aquellos inicios te habían hecho temer.

Observas con gusto uno de los puntos en que la corriente del río se remansa en torno a varios peñascos de volumen imponente, creando una poza de color jade tan singular que parece proceder de un río imaginario, virtual, como ese espacio que para Silvio solo es verdadero cuando se encuentra en las ficciones audiovisuales. Se la señalas:

—¿Qué te parece eso? —le preguntas.

—¿Es agua de acuarela? —pregunta a su vez, alzando un instante esos hombros martirizados por su empeño en no oprimir la mochila que transporta la urna.

—Y a lo mejor esas piedras grandes las tiraron los gigantes desde allá arriba —dices tú, intentando animar esa imaginación suya para hacerla propicia a este tipo de especulaciones, como haría Tere.

Incluso antes de conocer toda la verdad del asunto, nunca asumiste a Silvio con gusto, y lo hubieras abandonado a la suerte de su congénita incapacidad. Fue Tere la que reaccionó desde el primer momento para ayudarlo por todos los medios existentes a superar en lo posible ese dichoso problema del cromosoma de más. Desde su nacimiento, lo llevó a los mejores especialistas, siguió a rajatabla todas las instrucciones para el mejor modo de fomentar sus posibilidades intelectuales, e incluso probó métodos propios que consideraba adecuados para despertar las percepciones dormidas o inertes en vuestro hijo.

«Aunque en esto no haya grados, por lo menos Silvio está sano en lo físico, y eso no tiene precio», decía, y en ella era patente el entusiasmo por un esfuerzo al que nunca renunciaría, mientras pudo llevarlo a cabo.

A ti, desde el momento de su nacimiento, la noticia del infortunio te golpeó con fuerza, porque de repente descubrías que, de todas las desdichas posibles, esa era una de la que jamás habías previsto ser víctima. De niño y muchacho estuviste cerca de otros coetáneos que tenían esa misma carencia que tu hijo en diversas formas, y siempre los contemplaste con extrañeza, como si no fuesen congéneres, como si perteneciesen a una especie no completamente humana y resultasen intrusos en el universo de lo que debería ser lo regular, lo normal, lo únicamente subsistente, piensas ahora con remordimiento, como si aquella actitud hubiese sido un reto a la suerte, al destino, que al final te ha hecho conocer por ti mismo la insoslayable familiaridad de lo que considerabas una horrible tara.

Lo habías sabido enseguida con toda la autoridad de la medicina, luego el tiempo fue pasando y tu conciencia de desgracia se fue haciendo más sólida mientras el niño crecía, y durante varios años intentaste hacerte a la idea sin asumirlo ni reconciliarte con ello, sobre todo cuando conociste que la sorpresa no había sido tanta para Tere como para ti. Mas a ella nunca le importó que Silvio no fuese un niño como todos, tal vez porque las madres acomodan su amor a la personalidad de sus hijos con una disposición carente de juicios y de análisis. Tere se dedicó a Silvio con fervor, y acaso si hubiese sido un niño común y corriente su entrega no habría sido tan apasionada.

A lo largo de los años, Tere nunca te reprochó con acritud tu lejanía del hijo, que fue cristalizando como el resultado inverso a la disposición de cercanía que ella le mostraba. Al principio cooperabas con Tere en su frenética dedicación a estimular las capacidades del niño, a ejercitar sus miembros, a activar su inteligencia. Pero con el paso del tiempo y de las circunstancias que fueron marcando tu comunicación con ella, apenas mantenías con Silvio otra relación que la que se establecía ante el televisor en algunos partidos de fútbol y en ciertas películas.

Así, durante la mayor parte de su vida Silvio fue para ti una especie de extraño habitual que, a lo largo del último año, con el divorcio, y luego el accidente de Tere, sus secuelas y su muerte, te has sentido obligado a incorporar a tu intimidad, con el que tienes que conversar desde que se despierta, pasear, ir al cine, acompañarlo los días festivos a los lugares que puedan ser de su interés o a reuniones con otros chicos con su misma deficiencia, a quien muchas veces debes llevar al colegio, y bastantes días recogerlo del centro especial, a quien estás obligado a cuidar, a atender, porque ese Daniel que no te perdona, el Daniel arrepentido que ha cogido fuerza dentro de ti, está siempre preparado para no tolerarte descuidos.

Lo contemplas mientras avanza con torpeza pero sin desfallecimiento, lo escuchas mientras le cuenta a la supuesta madre que transporta a sus espaldas sus impresiones de la excursión: ahí está, hecho carne, tu tiempo, el certificado menos gratificante de tu vida; a la vez, observas esa poza donde el agua adquiere color de piedra preciosa: ahí está el lugar sin tiempo donde una vez creíste encontrar el Edén.

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