Índice
Portadilla
Índice
Introducción
El autor
¿Cómo adentrarse en la obra de Mario Benedetti?
Temática
Compromiso
Las admiraciones
Primeras páginas
Biografía para encontrarme
Daniel Viglietti, desalambrando
El porvenir de mi pasado
La muerte y otras sorpresas
Primavera con una esquina rota
Geografías
Buzón de tiempo
El amor, las mujeres y la vida
Andamios
La tregua
Vivir adrede
Quién de nosotros
Con y sin nostalgia
Despistes y franquezas
Gracias por el fuego
Esta mañana. Montevideanos
El cumpleaños de Juan Ángel
Hortensia Campanella
Créditos

Alfaguara cumple cincuenta años en 2014, y con motivo de este aniversario pone a disposición de los lectores una colección de guías de lectura de los autores más emblemáticos de su catálogo, como una oportunidad de descubrir las claves de sus obras, y la posibilidad de leer las primeras páginas de sus novelas.
Tanto en literatura escrita originalmente en español como traducida de otras lenguas, nuestro interés es abrir ventanas al mundo publicando obras de la más alta calidad que den noticia de los tiempos. Para resumir nuestra aspiración, podríamos tomar las palabras que el escritor israelí Amos Oz pronunció al recibir el Premio Príncipe de Asturias:
«Si adquieres un billete y viajas a otro país, es posible que veas las montañas, los palacios y las plazas, los museos, los paisajes y los enclaves históricos. Si te sonríe la fortuna, quizá tengas la oportunidad de conversar con algunos habitantes del lugar. Luego volverás a casa cargado con un montón de fotografías y de postales. Pero, si lees una novela, adquieres una entrada a los pasadizos más secretos de otro país y de otro pueblo. La lectura de una novela es una invitación a visitar las casas de otras personas y a conocer sus estancias más íntimas».
Durante cincuenta años nuestro trabajo ha sido el de dar a conocer muchas y memorables estancias. Estamos orgullosos de un catálogo que configura una rica aportación cultural y propone un viaje apasionante por la mejor literatura.
Deseamos que estas guías ofrezcan a los lectores la posibilidad de entrar en los pasadizos de algunas de las obras más reconocidas de la literatura universal.

Mario Benedetti nació en Pasos de los Toros, una pequeña localidad a casi 300 kilómetros de Montevideo, la capital de Uruguay. Sus padres apelaron a nombres literarios y familiares para su primogénito: era 14 de septiembre de 1920, y había llegado al mundo Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno.
Benedetti era aún muy niño cuando su familia se trasladó a Montevideo y él ingresó en el Colegio Alemán, tan admirado por los científicos. Su ascendencia —el abuelo, un enólogo llegado desde Italia para mejorar una bodega uruguaya; y el padre, químico— resultó decisiva para que acabara estudiando allí, aun cuando no forjara su vocación, que desde bien pronto fue literaria. Aprendió a leer muy temprano; escribía y se aplicaba en el colegio que, además de darle un idioma, se reveló fundamental en la formación de su carácter, por más que el advenimiento del nazismo impusiera que solo terminase allí la primaria.
La mala situación económica de la familia provocó que se incorporara al trabajo casi de inmediato, apenas mediada la educación secundaria, y que se empleara en las ocupaciones más diversas. Eso fue así hasta transcurridos largos años, tras hacerse cargo de la publicación de varias de sus obras. Únicamente cuando su nombre se hizo célebre y sus libros se transformaron en best sellers en Uruguay, pudo dedicarse en exclusiva a la escritura, aunque el periodismo contribuyó como medio para ganarse la vida —desde firmar entrevistas, crónicas de viajes o textos de crítica, hasta ponerse al frente de la sección literaria del prestigioso semanario Marcha—. Con el tiempo Benedetti se volcaría aún más en lo literario, e incluso creó el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas de La Habana y fue profesor en la Facultad de Humanidades de Montevideo.
Desde su matrimonio con Luz López Alegre —su esposa de toda la vida— viajó con frecuencia, pero fue su compromiso político y la llegada de una dictadura a su país lo que lo expulsó y lo llevó a vivir en varias de las que él llamó «patrias suplentes»: Argentina —de la que tuvo que escapar amenazado de muerte—, Perú, Cuba y por fin España, donde vivió hasta el fin de la dictadura uruguaya, y donde mantuvo una residencia temporal casi hasta su muerte. Llegado el momento de una profunda crisis económica, social y política en su país, en los años sesenta y setenta, sintió la obligación moral de dedicarse a la tarea política como dirigente de uno de los sectores que plantaban cara al progresivo autoritarismo que se imponía en el país: el Movimiento 26 de Marzo.
Su oficio de crítico literario —que cultivó con rigor y gran curiosidad intelectual— y su carácter afable propiciaron que entablara contacto amistoso con muchos escritores de América Latina y Europa, aunque la militancia y la expresión de su ideario de izquierdas le granjeó, asimismo, algunos odios y una injusta valoración de su obra por parte de quienes no eran capaces de desvincular la política de la literatura.
La grave enfermedad que empezó a aquejar a su esposa en 2003 lo recluyó en su querida ciudad de Montevideo. Allí permaneció incluso tras la desaparición de Luz —después de seis décadas de matrimonio—, hasta su propia muerte, el 17 de mayo de 2009.
¿Cómo adentrarse en la obra de Mario Benedetti?
La producción literaria de Benedetti es inmensa y prácticamente toca todos los géneros con mayor o menor intensidad. Sin embargo, pese al éxito de alguna de sus obras teatrales, él mismo confesaba que no se sentía dramaturgo; y si bien fue muy valorado como narrador y poeta, la obra de crítica literaria jamás se reconoció lo suficiente. Aun así, el aprecio por sus libros y el cariño, casi veneración, que suscitó en los más diversos rincones del idioma hacen de Mario Benedetti un personaje que va mucho más allá del escritor. Su poesía no solo influyó en jóvenes que querían expresarse de ese modo, sino en la vida de muchísimos de sus lectores, un horizonte que muchos literatos anhelan. Desde muy temprano ambicionó establecer una comunicación profunda con sus lectores y, al lograrlo, suscitó no solo admiración, sino una huella perdurable.
Dicho esto, lo cierto es que resulta muy difícil conocer la obra del escritor uruguayo. Parece una paradoja, pues toda la crítica y muchos de sus lectores caracterizarían la obra de Benedetti como «fácil», clara, sencilla, directa. Y en cierto modo tal vez lo sea. Pero ¿qué obra?, ¿por dónde comenzar? Sus títulos se acercan al centenar. Escribió novelas, cuentos, poemas, teatro, ensayos, artículos periodísticos, crítica literaria, prólogos, entrevistas, discursos…, amén de una serie de especies mixtas, como una novela en verso o libros que aúnan verso y narrativa. ¿Y dentro de la poesía?: elegías, sonetos, verso libre, haikus, canciones. Una larga vida con una extensa obra.
Una parte de la crítica prefiere su narrativa; otra, su poesía —él mismo se consideraba sobre todo poeta—. Algunos se quedaron en la valoración de los primeros títulos —Montevideanos, Poemas de la oficina, La tregua—, otros le perdieron la pista durante la dictadura uruguaya, cuando sus libros estuvieron prohibidos. Unos pocos se confunden con la enorme cantidad de versos que salieron de su mano, sin tener la paciencia de comprobar que una antología exhaustiva de su poesía sería comparable a la obra completa de algunos autores. Muchos jóvenes se saben de memoria los textos que saltaron a la canción, y los recuerdan en la voz de Joan Manuel Serrat o Tania Libertad o Nacha Guevara…
A favor de nuestro propósito encontramos una característica fundamental: la coherencia en la actitud vital y en la línea creativa. Coherencia que no significa inmovilismo, sino armonioso despliegue del diálogo del ser humano con su contexto. Y paralelismo con una biografía rica, polémica, agitada. Por eso podemos indagar en los grandes temas que asoman a sus libros, sin que el vehículo expresivo elegido determine a priori qué nos espera. Más bien serán los avatares de la vida, del pensamiento, de los sentimientos los que susciten determinadas líneas temáticas. En función de esa vida que en parte eligió y en parte le ocurrió, una fuerza recorre toda la obra: el compromiso, que no es solo político, sino social y emocional.
Por último, Mario Benedetti tuvo a lo largo de su vida una actitud de apertura, de curiosidad intelectual, de generosidad intergeneracional y también de fina apreciación crítica, que lo lleva a cultivar la crítica estética, a querer conocer a jóvenes y no tan jóvenes tanto en el mundo de la literatura, como en los ámbitos de la canción popular, el cine o el teatro. Por ello es bueno que indaguemos en su sensibilidad hacia los creadores, en sus admiraciones, que muchas veces promovieron a jóvenes escritores y otras tantas adelantaron el descubrimiento de grandes autores, y que siempre, en todo caso, lo pusieron en contacto con los otros.
Temática
La lectura como forma de escape llevará al joven Benedetti a la escritura. El contacto con los libros de nuevos autores —en especial el descubrimiento de la poesía del argentino Baldomero Fernández Moreno en un mercadillo cercano a la plaza bonaerense de San Martín— tendrá un carácter revelador. Mucho tiempo después, Benedetti hablará a menudo del deslumbramiento de empezar a creer en su destino como escritor. La mano sencilla y transparente de Baldomero Fernández Moreno lo guiará a la poesía más profunda pero asimismo carente de artificios de Antonio Machado, y en ese mundo poético reconocerá su camino. La influencia del poeta argentino fue para él antes que nada una lección de vida: no solo lo llevará a la poesía, sino a escribir, a lanzarse hacia una actividad creativa. Y es una actividad de una temática inmensa…
Su experiencia vital
Sus recuerdos de infancia, el hermano, la pobreza, el continuo cambio de viviendas, los avatares más sobresalientes de su vida… toda esta experiencia vital —no hablamos solo de lo anecdótico— aparece reflejada en sus textos de ficción, apenas disfrazada o bien, en algún caso —como en su poesía—, directamente aludida como vivencias. Por ejemplo, el asma que lo aquejó desde niño. El carácter crónico de esa enfermedad tuvo en él efectos contradictorios: por un lado condicionó su estilo de vida, su lugar de residencia, su capacidad para enfrentarse a situaciones de tensión nerviosa; por otro, Benedetti siempre afirmó que el asma enseña a sobreponerse. Tal vez influyese en tan buena relación con la enfermedad el buen humor con que la trata; baste citar su famoso cuento «El fin de la disnea» —en Cuentos completos— que en alguna oportunidad suscitó la crédula indagación de ciertos lectores ansiosos por creer en remedios mágicos.
Montevideo y los suyos
Sin duda una de las grandes temáticas de su obra temprana es su ciudad y los suyos, Montevideo y los montevideanos. En el entorno de los años cincuenta y sesenta, Benedetti afronta este tema desde varias instancias expresivas: la poesía —Poemas de la oficina (1956)—, el cuento —Montevideanos (1959)—, la novela —La tregua (1960)— y el ensayo —El país de la cola de paja (1960)—. Por esa época declaraba: «No escribo para el lector que vendrá, sino para el que está aquí, poco menos que leyendo el texto por sobre mi hombro». Ese lector no es solo destinatario, sino objeto de su interés, de su preocupación. Son los montevideanos quienes le proporcionan el material literario que, una vez elaborado en esos textos primeros, le es devuelto, ofrecido como un revulsivo, como un espejo de la frustración y el fracaso.
A partir de su experiencia como empleado público, Poemas de la oficina canta la nada aparente, la monotonía burocrática, la vida gris, sin grandes aspiraciones de un tipo humano muy frecuente en ese país que había hecho de lo público, incluido el empleo, la cara y cruz de sus habitantes. Pero sin duda era una lírica nueva, diferente, de comunicación directa.
Lo mismo se puede decir de La tregua, su novela más leída, más traducida; adaptada al cine, a la televisión, recordada siempre a pesar de su aparente modestia. En ese breve texto aparecen los temas y sentimientos que preocupan y exaltan a cualquier ser humano de la época contemporánea: la soledad y la incomunicación, el amor y la sexualidad, la felicidad y la muerte, el conflicto generacional, la ética, los problemas políticos. Y, como él mismo dijo, «La tregua se mueve por el filo entre la emoción legítima y la cursilería». En su humildad y su trascendencia está la prueba de cómo una obra en apariencia muy local llega a las sensibilidades más lejanas.
El amor
Sin duda una fuerza vertebral en la poesía de Benedetti. También lo hallamos en su narrativa, pero tal vez los poemas sean vehículos más concentrados y «comunicantes», valga aquí su palabra preferida. El amor, las mujeres y la vida —antología de su poesía amorosa, que preparó él mismo— tenía en su edición de 1995 noventa y ocho poemas y siguió creciendo con los escritos en sus últimos años. Pero es más extraordinaria la escritura de esa poesía del júbilo amoroso en una época de caos, muerte, destrucción y derrota, como al inicio del exilio. Parece el triunfo de la vida, la alabanza de la fuerza principal en el transcurrir de los seres humanos, que consuela y promueve la continuación del viaje vital.
Esto es lo que pasa en uno de sus libros más conocidos, Poemas de otros. Es amor en el más amplio sentido. Amor erótico («Apenas y a penas»), amor a la esposa («Bienvenida»), a la amiga («Vaya uno a saber»), es el amor que expresan sus personajes (Martín Santomé, Laura Avellaneda, Ramón Budiño), el amor de la plenitud («La otra copa del brindis») o de la despedida («Soledades»). Y también está esa cuarta sección del libro —«Canciones de amor y desamor»—, con algunos de los textos más populares de Benedetti: «Chau número tres», «Hagamos un trato», «No te salves», «Te quiero»…
La otredad
Curiosamente, este Poemas de otros tiene una deuda explícita con las técnicas narrativas puesto que en esos «poemas de otros», la subjetividad actuante se ha creado a partir de la objetividad del autor, como si se tratara de una narración. Como dice una cita de Juan Gelman que expresa profundamente al poeta, «de todos modos, yo soy otro». Esta cita abre la última sección del libro —bajo el título «Epílogos míos»—, en la que predomina la reflexión. Empieza con una definición que lo ha guiado a lo largo de su vida, «la política es una forma del amor…». Esa fórmula, que en realidad es un sentimiento, le sirvió como explicación de su compromiso puntual como dirigente político, pero también es evidente que emana de cada uno de sus gestos ante la realidad que lo rodea. «Como árboles» es un poema capicúa en el que se expresa el juego profundo de la otredad. Empieza: «Quién hubiera dicho / que estos poemas de otros / iban a ser / míos»; y termina: «quién hubiera dicho / que estos poemas míos / iban a ser / de otros».
El exilio
Vinculado con esos sentimientos de amor por el otro y de extrañamiento, aparece el tema del exilio y las vivencias en torno a esa experiencia vital que va más allá de él mismo: ya es colectiva. Aunque aparece en varias de sus obras —Geografías, Primavera con una esquina rota—, este tema se halla particularmente presente en un libro escrito en Cuba desde la más íntima subjetividad, y publicado en 1977: La casa y el ladrillo. Este breve poemario es de los más apreciados por la intensidad de su voz. Lo encabeza una cita de Bertolt Brecht: «Me parezco al que llevaba el ladrillo consigo para mostrar al mundo cómo era su casa». Y en efecto, son poemas de total dedicación a su país y a la experiencia de no estar en él, como indica la dedicatoria, hermética si no se conocieran las circunstancias: «A los que adentro y afuera viven y se desviven mueren y se desmueren».
Como Benedetti siempre ha dicho que solo sabe hablar de lo que conoce, trata de superar la distancia. Dice: «Hoy el Uruguay tiene dos regiones: una, el país que vive bajo la dictadura, y otra, el exilio político. Yo trato de hablar del Uruguay que tengo más a mano, el del exilio, pero necesito tender puentes hacia el otro». Y eso es lo que hacen los cuentos de Con y sin nostalgia, un libro un poco posterior. Con el tiempo deberá enfrentarse a una experiencia opuesta que, con su habitual felicidad en la invención de títulos, frases y términos descriptivos, llamará el «desexilio», ante todo presente en la novela Andamios.
La religión
La falta de Dios es una constante a lo largo de su obra, y la figura de Jesús será valorada históricamente, en especial por su doctrina humanista. Después de una experiencia espiritual muy frustrante en su juventud —fue atraído por el creador de la Logosofía, llegó a ser su secretario en Buenos Aires hasta que se dio cuenta de la superchería que encarnaba—, lo único capaz de captar su reflexión es la relación de la religión y sus representantes con el medio social. La complicidad de parte de la Iglesia católica oficial con las dictaduras latinoamericanas concentrará sus juicios más severos, y al mismo tiempo reconocerá de un modo entusiasta la labor de aquellos que hicieron una «opción por los pobres».
El fútbol
He aquí un último tema que lo atrapa emocionalmente, como buen uruguayo. Mario Benedetti acostumbraba a asistir a los partidos demostrando su fervor por uno de los equipos «grandes»: el Club Nacional de Fútbol. Allá donde lo lleve su periplo de exilios, el escritor se interesará por los avatares de campeonatos y ligas, y con frecuencia encontrará buenos pretextos para aludir al fútbol en sus narraciones. En algunos casos, producirá joyas de la cuentística, como «Puntero izquierdo», de Montevideanos.
El compromiso
En uno de sus poemas, Mario Benedetti habla de «la provisoria paz de la conciencia…», una premisa del escritor y del hombre. Sobre ella elaborará su obra, del diálogo constante que mantienen el hombre y el creador con su contexto y que filtra a través de su reflexión y sus principios. En la apreciación de esa obra, los seres humanos se reconocen. Y en esa comunicación se halla el secreto de la longevidad de la admiración en sus lectores de siempre y del deslumbramiento de los nuevos.
Su compromiso comenzó a edad temprana. Al llegar la década de los cuarenta, la guerra en Europa suscitaba en Uruguay la inquietud y el deseo de participar. En ese marco, los Benedetti también tomaron partido y padre e hijo se presentaron voluntarios para luchar, participaron en manifestaciones multitudinarias, y Mario incluso se decidió a hacer instrucción militar. Esa actitud un poco ingenua madurará en un texto temprano e importante: «Arraigo y evasión en la literatura hispanoamericana contemporánea», premiado en un concurso de ensayos y luego recogido en su libro Marcel Proust y otros ensayos. Allí el escritor teoriza sobre lo que hasta entonces había sido impulso vital. Tal vez esta sea la primera alusión de Benedetti a la noción de compromiso del escritor, y si rescatamos unas frases conclusivas del ensayo, tenemos la primera pista de una conducta coherente que se extenderá a lo largo de toda su vida: «Cuando el arraigo cede lugar a la evasión, nuestra literatura se vuelve ensueño. Cuando la evasión cede lugar al arraigo, nuestra literatura se vuelve rebeldía».
Así, desde muy joven Benedetti sintió que el compromiso es primero del ciudadano: el ser humano debe sentirse aludido por el devenir sociopolítico; y si el ciudadano es un escritor, la preocupación política puede aflorar en su obra, especialmente en ciertas etapas exigentes de la vida.
Esa preocupación se encuentra sin duda en la base a la vez de su posición política y de su decisión estética. Queda claro ya desde 1965, cuando publicó Próximo prójimo, cuyo poema homónimo lleva una ineludible cita de Antonio Machado: «En caso de vida o muerte, se debe / estar siempre con el más prójimo». Ese sentido de fraternidad, de preocupación por el igual, por el ser humano cercano, aparecerá prácticamente a lo largo de toda su obra y será sobre todo visible en sus poemas. Esta será también la clave de la transmisión de su obra: el escritor se dirige a su prójimo-lector para comunicarse, no en vano Benedetti admiró a aquellos que se preocupan por «llegar al lector, incluirlo también a él en su buceo, su osadía y a la vez en su austeridad», como proclamaba en el prólogo a su libro de entrevistas Los poetas comunicantes. Tal descubrimiento del escritor tuvo fecha: los años de violencia y lucha, que sin duda marcaron a su generación. El escritor latinoamericano, dice, «no puede cerrar las puertas a la realidad, y si ingenuamente procura cerrarlas, de poco le valdrá, ya que la realidad entrará por la ventana».
Sin embargo, y sin que haya contradicción, el escritor ha asegurado en muchas ocasiones: «Mi primer compromiso es con la literatura». Lo ha demostrado a lo largo y ancho de su obra. Se puede ver en la experimentación de sus haikus a los ochenta años de edad y, antes, en una novela en verso como fue El cumpleaños de Juan Ángel, en su gusto por el soneto, en su labor como crítico literario, cuando ha descubierto valores antes que muchos y ha examinado la obra de otros escritores con lucidez y pasión. (Tal vez por eso a veces puede quedar una cierta sensación de injusticia o aun de ceguera involuntaria cuando se lo ha criticado por «panfletario», cosa que ha ocurrido sobre todo entre algunos sus colegas europeos.)
Las admiraciones
Benedetti, Onetti y la historia
En el ámbito de la literatura uruguaya —y hasta latinoamericana— del siglo xx, las figuras de Mario Benedetti y Juan Carlos Onetti se suelen considerar de modo opuesto. Por el tipo de literatura que encarnan, por sus intenciones, las valoraciones de la crítica son contrapuestas y en muchos casos se decantan en detrimento del autor que nos ocupa, al ser considerado Onetti ya un clásico indiscutible. En ese sentido, la de Benedetti es una actitud ejemplar.
En 1950 Onetti acababa de publicar La vida breve, libro clave para definir su obra como fundacional dentro de la literatura urbana uruguaya. Ya se conocían de él su labor de crítico inmisericorde en Marcha, con su columna «La piedra en el charco», varios de sus cuentos, y sus novelas El pozo, Tierra de nadie y Para esta noche. No era —nunca lo ha sido— un escritor popular, pero los autores jóvenes ya lo reconocían como un maestro. Ese es el año en que Benedetti, que no frecuentaba las tertulias de café, conoce a Onetti. En un artículo de 1989 titulado «El alma de los hechos»[1], Benedetti recuerda aquel encuentro como un instante mítico: junto a la cantidad de cerveza ingerida por el Maestro, aparece «la absoluta falta de afectación con que decía cosas originales, certeras, reveladoras, casi como pidiendo excusas por ser inteligente». Esa entrega a la admiración por el talento, por la obra sensible e inteligente, será una constante de la actitud como crítico de Mario Benedetti.
La relación de los dos escritores uruguayos fue cordial —sobre todo cuando ambos coincidieron en su exilio madrileño—, y la actitud de admiración de Benedetti se desplegó en importantes ensayos sobre la obra del Maestro, de los más agudos que se han escrito, a pesar de la enorme bibliografía onettiana. No demuestra dolor o rencor ante las comparaciones que seguramente conoce, al contrario; más adelante escribirá un poema llamado «Poeta menor», título asimismo de un texto de Jorge Luis Borges que cita brevemente: «La meta es el olvido. Yo he llegado antes». La alusión es evidente por más que se trate de una tercera persona, víctima de un «odio manso», que se siente a gusto «en ese escalafón», que «lee y relee / a sus poetas mayores».
Benedetti y los otros: de Rulfo a Favero pasando por Serrat
Mas Benedetti no solo se ocupa de escritores compatriotas: en 1955 descubre a Rulfo y escribe su conocido ensayo «Juan Rulfo y su purgatorio a ras del suelo», en un momento en que el escritor mexicano era prácticamente un desconocido. Su necesidad de pronunciarse, de mantener el «ejercicio del criterio» —como posteriormente llamó, siguiendo a Martí, a su recopilación de ensayos literarios—, lo lleva a escribir en el reconocido semanario Marcha, y será director de sus páginas literarias en tres períodos desde 1955 hasta 1960. Pronto su conocimiento libresco de la literatura latinoamericana, especialmente de su poesía, se profundiza con el trato personal con poetas y narradores.
Durante su primera estancia en Cuba recibe la llamada de Casa de las Américas. Allí funda y dirige el Centro de Investigaciones Literarias (CIL), desde el 5 de diciembre de 1967. Este centro tuvo una gran responsabilidad en la política cultural de la Revolución cubana: se encargaba de promover la literatura latinoamericana por medio de la organización de seminarios, cursos de posgrado, encuentros, colecciones editoriales, antologías, recopilaciones de textos críticos, el archivo de la palabra… Si bien la actividad era nueva para Benedetti, no así en absoluto su interés y profundo conocimiento acerca de obras y autores latinoamericanos, como lo demuestra la publicación ese mismo año de su Letras del continente mestizo. Esa recopilación de notas y ensayos, fechados desde 1955, daba cuenta de un cuidadoso tratamiento crítico tanto de clásicos —Darío, Neruda o Vallejo— como de escritores casi de su generación —Carlos Fuentes, Julio Cortázar, José Donoso, Claribel Alegría o Ernesto Cardenal, entre otros—. Son textos eminentemente literarios, junto a los que encontramos ensayos de índole más general sobre los intelectuales, su papel, su relación con la sociedad en la que vive, etcétera.
En 1972, Marcha le publica un libro nada circunstancial a pesar de su origen periodístico: Los poetas comunicantes. Son diez entrevistas a otros tantos poetas latinoamericanos realizadas entre 1969 y finales de 1971. El prólogo es una espléndida reivindicación de la hermana pobre de la literatura, al lado de la potente narrativa que, por otra parte, había disfrutado en los últimos años de la poderosa palanca del boom. Por eso, dice que elegir poetas fue un acto de premeditada reparación. La elección de los entrevistados la determina el ser «poetas comunicantes» por esa «preocupación de la actual poesía latinoamericana en comunicar, en llegar a su lector, en incluirlo también a él en su buceo, en su osadía, y a la vez en su austeridad». El grupo incluye a dos chilenos —Nicanor Parra y Gonzalo Rojas—, dos cubanos —Roberto Fernández Retamar y Eliseo Diego—, a Ernesto Cardenal, Juan Gelman,
