La Fede

Isidoro Gilbert

Fragmento

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PRÓLOGO

La responsabilidad, una vez más, sería, aquí, la de un heredero.
Lo quieran o no, lo sepan o no, todos los hombres, en toda la tierra, son hoy, en cierta medida, herederos de Marx y del marxismo […]
No hay herencia sin llamada a la responsabilidad. Una herencia
es siempre la reafirmación de una deuda, pero es una reafirmación crítica, selectiva y filtrante […]

JACQUES DERRIDA

Me afilié a la Federación Juvenil Comunista (FJC), la Fede, el 9 de julio de 1948. Fue durante una fiesta en la que se recaudó dinero para financiar la revolución, o lo que nos decían y creíamos que era la Revolución: un acontecimiento mayúsculo que tenía en esas campañas financieras del Partido Comunista de la Argentina (PCA) uno de sus ritos anuales obligatorios.

Yo sabía de la existencia de la Fede desde 1945; me había hablado mucho al respecto Bernardo Solnik, un amigo de la esquina donde parábamos, en el barrio de Paternal. Bernardo fue el “responsable” de mi interés por los asuntos políticos, el que acompañó mi proceso de iniciación. Creo, sin embargo, que mis primeras lecturas sobre el comunismo fueron más autónomas. Todavía recuerdo cuando llegó a mis manos el Manifiesto del Partido Comunista, con su predicción de que el capitalismo, en virtud de la lucha de clases, sería históricamente superado por el socialismo. Así fue que comencé a tejer lazos con los que pensaban de la misma manera en el Industrial Nº 2 “Luis A. Huergo”. Curiosamente, los primeros que se contactaron conmigo fueron muchachos del Shomer Atzair, el ala izquierda del sionismo. “¿A vos te interesa el marxismo porque sos judío o por ciudadano?”, quisieron saber. La pregunta no fue inocente: la primera alternativa me arrojaba a sus brazos; la segunda me dio piedra libre para una opción socialista en el país. Hubo, además, otros intereses que me acercaron a la Fede, como la chica del barrio en la que había puesto los ojos, cuya madre militaba en el PCA, quien me dio charla adicional acerca de “El Partido”, que en la esquina de Rojas con Luis Beláustegui tan pocos adeptos tenía.

Dije sí en aquella fiesta, pero no firmé solicitud alguna. Técnicamente, jamás me afilié a la Fede ni al PCA, pero moralmente me comprometí con ellos durante gran parte de mi vida, hasta fines de los años ochenta, cuando, como les pasó a muchos otros, se aceleró un proceso de larga despedida. Mi decisión, allá por 1948, en pleno ascenso del peronismo, tuvo mucho que ver con lo mal que me había caído Perón. Pero ese malestar no habría alcanzado; ahora pienso que, sobre todo, estaba buscando una “prueba de compromiso”. Ser alguien de la Fede era ser joven para, a la vez, dejar de serlo en algún sentido. Era empezar a habitar, poco a poco, el mundo de los grandes, los que hacían la revolución, como la habían hecho los soviéticos en 1917, y los que habían acabado con los ejércitos de Hitler. A la distancia, todo esto puede ser visto a través de un manto de piedad. No es lo que creo, pero no sabré nunca si en los sesenta o setenta, con la edad de los muchachos de entonces, hubiera tomado el mismo camino.

Lo que hoy sé más claramente es que la juventud, mejor dicho, la idea de “lo joven”, cambió muchas veces a lo largo de las décadas, como consecuencia de las transformaciones económicas, políticas y culturales. Tengo mis dudas sobre si el discurso de 1948, aun aggiornado, podría conmoverme hoy de la misma manera. Ahora sabemos muchas cosas que antes estaban veladas. A pesar de todo, con setenta y siete años a cuestas sigo pensando en clave socialista.

En mi casa se hablaba de la guerra y se leía el mítico diario antifascista Crítica, de Natalio Botana. El comunismo era algo que, por lejano, no despertaba curiosidad. Paradojas de la vida: mucho tiempo después, cuando ya era un ex PC, me enteré de que un primo de Tichen, la aldea de mi padre en Ucrania, había peleado en las brigadas internacionales y muerto como oficial del Ejército Rojo en las puertas de Varsovia.

Cuando Pablo Avelluto y Florencia Cambariere, director y editora de Sudamericana, me ofrecieron escribir la historia de la FJC, tuve primero mis dudas. Me negaba a aceptar como destino periodístico el de quedar encerrado en los parámetros de la historia del comunismo argentino, en cualquiera de sus visiones, particularmente después de El oro de Moscú. Si acepté el reto fue porque, de alguna manera, el libro que ahora se podrá leer estaba emparentado con mi propósito de escribir sobre qué hizo y qué no hizo el comunismo como fuerza política en la historia. Es que hacía rato se lo había raleado completamente, o casi, de los ensayos o reconstrucciones de época, como si no hubiera existido. O peor aun, como si su paso por estas tierras sólo hubiera dejado desastres políticos, nada que rescatar; como si lo mejor fuera que entrara en el olvido.

El oro de Moscú es testigo de que no he tomado acríticamente la vida del PC y sus dirigentes ni, menos aun, las relaciones entre la Argentina y la Unión Soviética (URSS), que fue el motivo principal de aquella investigación. Por lo tanto, mi reclamo a favor de una mirada histórica sobre qué fue el comunismo en la Argentina no obedece a intereses partidarios (hace casi dos décadas que abandoné el PC sin ruido ni enojos) sino a una exigencia relacionada con la necesidad de acercarse a la verdad, dentro de lo relativo del término.

Para muchos veteranos cometí un pecado irreparable con mi libro anterior. Algunos compañeros de militancia juvenil me quitaron el saludo, pero con el tiempo comprobé que gran parte de ellos ni siquiera lo había leído. Cuando lo hicieron, varios cambiaron de opinión, como lo indicó el hecho de que en 2007 el vocero del PCA, Nuestra Propuesta, publicara una reseña positiva. Yo sabía que la leyenda iba a perturbar el nuevo intento. Quien fue responsable del aparato militar del Partido, se ha negado a verme. Yo no quería preguntarle sobre tan delicada misión en los años idos, sino hablar de su paso por la Federación en los años cuarenta. Uno de sus contemporáneos, a quien llamé por teléfono, tras el “¿De parte de quién?”, respondió satisfecho con un “Para usted, no está”. Otros, aunque me recibieron con una sonrisa, sólo dijeron no recordar nada sobre sus años mozos. Los testimonios personales eran importantes para completar los datos documentados, que no estaban en un solo sitio sino que se hallaban tan dispersos que me encontré ante un modelo para armar: piezas sueltas de un Rasti que debía unir, darle forma y, para el caso, explicaciones, y emitir conclusiones sobre cada momento.

No hay escrita una historia previa sobre la FJC, fundada el 12 de abril de 1921 por una decisión administrativa del de por sí joven Comité Central del PCA. El relato oficial, el famoso Esbozo de historia del Partido Comunista de la Argentina,[1] pensado y redactado bajo la dirección de Victorio Codovilla en 1948, amén de encarar el pasado partidario con una mirada sesgada y plagada de censuras, no pudo ser una referencia útil para mi pesquisa: allí incluso se da una pista falsa sobre cuándo se organizó la rama juvenil.

Un poco mejor, pero carente casi absolutamente de datos, es Escuela de heroísmo,[2] la única “historia”, presentada en 1961. Redactada por un equipo especial a cargo del periodista Norberto Vilar, se dedicó sobre todo a presentar un pasado de gloria y borró perversamente cualquier dato personal de la casi totalidad de sus líderes máximos en cada período. Como ésa ha sido la norma de una cultura común de la izquierda (y no sólo de ella), es difícil cargar las tintas sobre los autores de ese texto, tan querido sin embargo por muchos militantes de los sesenta y los setenta, según pude comprobar al ir en busca de datos. Por eso, ya en los primeros años, el distinto o el disidente fue borrado, de la misma forma que la foto de León Trotsky se sacó de la iconografía oficial del PC (bolchevique) de Rusia (con el tiempo PCUS: Partido Comunista de la Unión Soviética), aun antes de que éste entrara en desgracia, como se podrá corroborar en esta historia. Ha sido duro comprobar que la historia de la FJC fue falsificada. No sólo por esa actitud contra militantes y dirigentes amados durante un tiempo y más tarde execrados y censurados, sino incluso en lo referente a las mismas afirmaciones sobre quién fue su primer secretario general. La pesquisa documentada demostró que no fue Orestes Ghioldi quien ocupó ese sitio privilegiado en esos años inestables.

Lo que esta investigación prueba es que la Fede fue una escuela política y hasta moral; una matriz, seguramente entre las más importantes, de la política, el sindicalismo, los movimientos sociales, la cultura y la ciencia, y también de la guerrilla que se mofaría de su reformismo. El paso por sus estructuras dejó una impronta (no una dependencia o nexo clandestino) sobre muchas personas que más tarde tuvieron luz propia durante distintos gobiernos: en algunos casos, como parte de un destino personal; en otros, porque siguieron siendo compadres por afinidades originales y discrepancias comunes, lo que les permitió incorporarse como verdaderas “orgas” y hasta darles su tono a otros proyectos políticos. Los más claros ejemplos han sido el de Rogelio Frigerio, afiliado a la FJC en los años treinta, quien junto a otros camaradas del momento incursionó con nueva voz en el movimiento liderado por Arturo Frondizi, o el de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, que tuvo entre sus fundadores a afiliados de la organización que estudiamos. Y también el del Frente Grande, “faro” para camadas de dirigentes y militantes que sobrevivieron a la dictadura.

Ésta es una historia polifónica; sería presuntuoso afirmar que es la definitiva. Es la que surgió de los centenares de documentos consultados, particularmente provenientes de la prensa comunista desde siempre, de folletos antiguos y no tanto, de archivos personales generosamente prestados. Pero también de consultas, decenas de ellas, con hombres y mujeres de la vieja y de la nueva generación. Los de mayor edad, algunos con más de noventa años, me ayudaron a rescatar nombres olvidados de las décadas del treinta y el cuarenta, e incluso del veinte, aunque en estos casos se trataba de historias oídas de sus padres o parientes.

Para no tener que confiar únicamente en los recuerdos de los testigos, y evitar así que la memoria, siempre frágil, distorsionara la verdad o los hechos transmitidos, intenté en todos los casos cruzar unas narraciones con otras, o con publicaciones de la época. En ciertas oportunidades, me encontré con memorias formidables para algunos acontecimientos y con bloqueos infranqueables para otros, sobre todo aquellos que afectaban el pasado del narrador. Se comprende. En estas situaciones, la noticia o período buscado se reconstruyó como se pudo con diversas personas y, casi siempre, con papeles contemporáneos que llegaron a estar a mi alcance. El chequeo de cada dato llevó, en ocasiones, más tiempo que su redacción, y mi esposa ha sido testigo de mi insistencia machacona en la fidelidad de lo escrito. A Juana la conocí, precisamente, en la fiesta de fin de año de 1957, organizada por la Federación.

En ningún momento la intención fue hacer un listado de ex comunistas, una especie de guía roja para consultar y saber quién es quién; no es una Michelin. Si hay numerosos nombres en este trabajo es porque sus trayectorias tuvieron algún relieve en el momento en que pasaron por la FJC, o porque sus recorridos posteriores sirven de ejemplo, tanto en el campo político como en el cultural, científico o social. El autor ha preguntado a quienes dieron sus testimonios si podían o no ser identificados. Hubo de todo y siempre se respetó el deseo manifestado. Ha ocurrido que personajes de esta historia han negado haber pertenecido a la Federación. Cuando no hubo documento o relato confiable alguno que dijera lo contrario, se ha optado por aceptar ese criterio incluso cuando, en algunos casos, al autor le consta lo contrario, por haber compartido personalmente con los negadores algún momento de su vida en la Fede o en el PCA.

Para darle cierto orden a la investigación, el trabajo ha sido divido en décadas, y para comprender mejor a los actores, se ha incluido información sobre el contexto del país y el mundo. En la medida en que fui avanzando, tuve la necesidad de añadir capítulos independientes, aunque estrechamente vinculados a los años en estudio. Esto surgió con fuerza, por ejemplo, cuando analicé los años sesenta, porque el peso de la FJC entre los estudiantes secundarios ameritó una sección autónoma: “El Colegio”, por la saga de esos jóvenes del Nacional de Buenos Aires, semillero de comunistas (casi el 10% de la matrícula en varios períodos), que fueron derivando, en medio de la conflictividad de aquella época tal vez irrepetible, en soldados de las guerrillas de los setenta, en todas sus versiones, pero sobre todo en lo que finalmente fue Montoneros, con pasajes previos por otras agrupaciones. En este sentido, la década del sesenta confirma a la Fede como un escalón previo a las experiencias guerrilleras. Pero además permite comprender por qué estos jóvenes que llegaron a ella pensando que los conduciría al sendero revolucionario, luego, como no lo interpretaron así (creyeron que con el PCA y su ala joven el futuro no era el socialismo previa toma del poder), optaron, sin toda la experiencia acumulada por los comunistas, por el camino que ya se conoce.

Para comprender esta saga es necesario señalar que a sus propios errores, la FJC acumuló las duras críticas contra el liderazgo comunista local. Desde los años cincuenta esas acusaciones fueron creciendo hasta mostrarlo no solamente como a una oficina del PCUS, sino como el tapón para todo proyecto revolucionario. Fue ésa una prédica que, a juicio del autor, ha sido, amén de injusta y reñida con la historia, nefasta, no para la suerte del PCA, al que le tocaron las generales de la ley, al igual que a quienes a él adhirieron (mi caso, obviamente), sino para el conjunto de la juventud politizada, inquieta y decidida a darlo todo por un mundo superior. En aquel anatema entran las previsibles voces del pensamiento conservador o liberal, pero también diversas variantes trotskistas, como las de la llamada izquierda nacional, que necesitan urgentemente de una investigación crítica.

La Fede vivió con demasiada tensión el pluralismo que trajo a la izquierda la Revolución Cubana. El PC, amenazado el monopolio de la vía al socialismo que, bien o mal, había mantenido hasta el ingreso de los barbudos en La Habana, comenzó a tener otros modos de ver el futuro (no se trató precisamente de una gran operación de inteligencia); una obsesión que el Partido tuvo sobre todo lo que brotó en esos años a su izquierda y que no controló.

No quiero decir que el comunismo criollo haya sido una suerte de “Carmelitas Descalzas” del socialismo. En el Capítulo XIV se narra cómo el PC, autodefinido como “organización político-militar”, preparó a los jóvenes en el terreno militar, un nivel superior de la llamada “autodefensa”, con adiestramientos en Cuba; esta historia fue recreada gracias a los testimonios de algunos de sus participantes y de la apertura de la memoria de dirigentes actuales del PCA. Muchachos de la Fede pasaron, además, por escuelas militares de la ex Unión Soviética, por Vietnam en “misión internacionalista”, por Angola y el Congo; más tarde, entre otros destinos, por Nicaragua, Chile y El Salvador, donde uno de ellos quedó sepultado. No pocos de esos alumnos optaron más tarde por alguna organización guerrillera. No me propuse embellecer el pasado de la Federación, y bastará leer este trabajo para confirmarlo.

Entre los capítulos especiales, es decir, aquellos que requirieron atención especial para no hacer engorrosa la historia (sobre todo en el período de las décadas del sesenta y el setenta), no pudo faltar el referido a las escisiones de entonces, particularmente, a la que más tarde dio lugar a la formación del PCR (Partido Comunista Revolucionario). Utilicé todas las fuentes posibles: documentos de las partes, testimonios de amigos y adversarios, pero me falló Otto Vargas, líder de lo que se llamó “la fracción”. Durante casi ocho meses su emisario, Jacobo Perelman, prometió un inminente encuentro, pero cada vez que había que precisar fecha y lugar, la cita se postergaba, hasta que el contacto cortó los vínculos.

Ocurrió en varias ocasiones: frente a los que entendieron que el texto sería igualmente escrito, con ellos o sin ellos, y ayudaron a que el trabajo fuera más completo, los renuentes a contar o decir su verdad han supuesto que si ellos no colaboraban, digamos, yo no podría escribir esta historia, se equivocaron del todo. El caso más notorio fue el de Jorge Pereyra, que ocupó la secretaría general de la FJC entre 1972 y 1980; se negó a testimoniar, enojado por como aparece en mi libro El oro de Moscú. Vargas y Pereyra actuaron simétricamente como miembros de una vieja escuela: no entendieron que si algo de lo que aquí se escribe ha quedado incompleto, se debe a su renuencia a dar su visión de los hechos que los involucraron.

Ha sido imposible establecer, para cada momento, los números de militantes y afiliados. La distinción no es banal, ya que el todo obnubila la parte activa, mucho menor, que es la que más se adaptó a los consejos sobre el partido que dio Lenin en su famoso ¿Qué hacer? Los líderes de la FJC de los ochenta no dudaron en ratificar que en algún momento dirigieron un verdadero ejército de cien mil afiliados. Es un tema complejo, por la fragmentación que vivió a fines de esa década la organización. También surgen interrogantes, en parte resueltos en este trabajo, vinculados al papel de lo militar, y sobre qué fue lo que sobrevivió de ese aparato que admiraron los propios Montoneros y otras formas milicianas.

En la FJC, en general, fueron mucho más numerosos los estudiantes, en particular del movimiento universitario, que los jóvenes trabajadores. Pero en este libro se podrá comprobar que los comunistas fueron una fuerza, en el mundo del trabajo, de gran influencia antes del advenimiento del peronismo. Y que incluso después, la FJC se esmeró, con éxitos y fracasos, en insertarse en las grandes empresas. Muchas veces lo logró y muchas más veces sus militantes fueron represaliados por la conjunción de Estado, patronos y burocracia sindical. Sin tener en cuenta esta realidad, es imposible analizar con rigor histórico el papel de la Fede entre los trabajadores.

Formados esos contingentes de militantes por hombres y mujeres concretos, la vida afectiva y moral no podía dejar de abordarse. En esta investigación se intentó reconstruir lo que llamamos “El amor en tiempos de la Fede”, que no ha sido igual al de otras vetas de la izquierda, pero que fue dificultoso en toda su historia: el sectarismo y los prejuicios la pusieron más cerca de los católicos clásicos que de los revolucionarios. El sexo fue un tema tabú en esta saga humana y contradictoria.

He rescatado, en la medida en que me fue posible, la honra de dirigentes castigados con las peores acusaciones, desde amorales hasta policías. Fue una tarea que me di casi como una misión, no porque haya padecido estas imputaciones, sino porque ese rescate corresponde al rigor histórico y, aunque en menor medida, por supuesto, a las “reivindicaciones” que se hicieron después del estalinismo. Son, entre otros numerosos casos, el de los hermanos José y Orlando Spagnolo y el de José Pedrolo.

En el mismo sentimiento se abordó el rescate de héroes olvidados, como el albañil Carlos Bonometti, que estuvo once años en el penal de Tierra del Fuego acusado del crimen de un policía en una de las huelgas más bravas, la de enero de 1936. Fue retirado de la historia partidaria cuando, ya libre, en 1947, optó por su vida privada, pese a que públicamente continuó vinculado a los ideales del socialismo. En el libro se cuentan otras historias similares. También se habla de los crímenes impunes contra dos secretarios generales de la Federación y contra centenares de militantes, y no solamente bajo la dictadura de 1976.

Seguramente, esta historia les dolerá a muchos, porque mira críticamente etapas de la vida de la FJC signadas por el error y la porfía. En un tiempo, los desaciertos (y la represión salvaje que los acompañó casi siempre) se superaron con las hazañas de los camaradas en otras tierras. El consuelo de pertenecer a una fuerza internacional que estaba fuera de cualquier discusión (nadie se atrevía a cuestionar el liderazgo político, económico y militar, y la fuerza moral que emanaban de Moscú: hacerlo era una apostasía) sostuvo hasta a los más vacilantes cuando el panorama pintó oscuro. Así se comprende por qué en momentos angustiantes fueron puestas en primer plano las asignaturas internacionales (entre ellas, la participación en el Festival de la Juventud), que sirvieron más a la propaganda soviética que al fortalecimiento interno.

Pero ningún antecedente, el heroico o el calamitoso, iguala lo vivido por la FJC en los años del horror, tiempos que pusieron a prueba a dirigentes y militantes; en particular me ha costado mucho eludir mis sentimientos al analizar el período. Rescato de esa época una militancia que muchas veces eludió las controvertidas consignas partidarias y enfrentó a la dictadura, que peleó por los presos, no únicamente por la propia tropa, como hubiera querido un sector. Lo ocurrido en esos años difíciles exhibió otra faceta, la de la rebeldía no canalizada por una división, y dejó el germen del fin de un estilo, el de la “obediencia debida” dentro del comunismo. En los ochenta, la organización, que salió fortalecida del horror en número de adictos, no pudo superar positivamente el pasado inmediato y mediato, y en tiempos históricos no signados por la revolución abrió el camino hacia el desbande.

La historia de este libro llega hasta 1995, cuando la FJC, luego de haber alcanzado casi cien mil afiliados, con la dispersión sufrida y tras debates internos en el PCA, quedó disuelta. En 2005, con interrogantes sobre su futuro, fue reactivada. Una pregunta vital, más amplia, queda pendiente: si la lucha por la nueva sociedad, una constante en la historia, podría repetir las gestas de Octubre, la Gran Marcha, Sierra Maestra o Vietnam. Dicho de otra manera, si es viable sostener fundamentos de los clásicos en cuanto al papel del Partido, la dictadura del proletariado o el propio objetivo socialista teóricamente explicado. Muchos de los que por allí pasaron no creen que el comunismo tenga futuro. Piensan que hay otros modelos teóricamente posibles para ir hacia una sociedad mejor, aquí y en el mundo. Es parte de la gran aventura de la humanidad. No obstante, hay aún PPCC en muchas partes del planeta: los hay al frente de los gobiernos nada menos que de China, Cuba o Vietnam; los hay también de cierta solidez en estados capitalistas; todos argumentos a favor para quienes en el país creen que la marca “comunista” es legítima y que debe ser conservada, por razones históricas y culturales. Se verá.

Mientras escribía estas páginas, tuve conciencia de que se trataba en gran medida de un mundo que ya no existía, uno en el que, además, habían perimido muchas prácticas y concepciones políticas. Pero a diario verificaba que ese otro mundo heredado de la caída del Muro de Berlín tampoco tenía futuro, y que cotidianamente iban lijándose pilares del capitalismo; hasta que bruscamente surgió una vez más la posibilidad de un cambio: la gran crisis financiera norteamericana del otoño boreal de 2008 abrió nuevos enigmas sobre el devenir. Porque a la vez ha surgido, casi inopinadamente, la sensación de que, una vez más y mucho más rápido de lo que podía suponerse en los noventa, la unipolaridad concluyó y la multipolaridad regresó (pero con varios actores nuevos), mientras que la posibilidad de un espacio autónomo sudamericano replantea fuertemente la cuestión clave de la inserción de la Argentina en el mundo.

La FJC nació con la intención de construir el socialismo cuando hacía poco se había producido la Revolución de Octubre. Acompañó todos los vaivenes de la URSS y se sintió alentada por otras victorias revolucionarias. Antes de que el socialismo europeo, el “real”, sucumbiera, la Fede ya había buscado nuevos paradigmas: sin meditar profundamente en el desarrollo capitalista no desdeñable de la Argentina, ni si esa ruta hacia el poder podía concretarse con las recetas del leninismo, de Sierra Maestra, de Sandino o de Farabundo Martí, la sedujeron las revoluciones latinoamericanas. Ocurrió lo inevitable: tampoco estos senderos fueron posibles para mantener unificados a los militantes, y la disgregación fue la consecuencia. ¿De qué modo leerán los jóvenes de izquierda las novedades de fin de 2008, acaso de fin de época?

Durante gran parte de su historia, a la FJC las novedades generacionales, desde la música hasta los cambios en la sexualidad, la moda y otras costumbres, se le anticiparon o, con más ignorancia que razones, las combatió. Pero al mismo tiempo, los hábitos, las prácticas y las relaciones se modificaron en su interior: ya no alcanzaron las explicaciones sobre las clases sociales para mantenerse al margen de las luchas generacionales y de las múltiples miradas que se pueden tener sobre ellas.

A partir de los sesenta, surgió más nítidamente la contradicción entre la edad del liderazgo de la Fede (siempre mayores de treinta, y hasta cuarentones en algún momento) y una masa cada vez más numerosa de menores de veinticinco años, o sea, lo que el Estatuto marcó como tope para pertenecer a esa entidad. La 9ª Conferencia de la Federación, en octubre de 1982, reveló que la edad promedio de los 371 delegados era de veintiocho años. La pregunta que brota es: ¿podían esos dirigentes entender efectivamente a los que conducían? ¿No fue esa brecha una de las fuentes del sectarismo, no sólo político, en diversos momentos de esta historia de luchadores por otro mundo?

Un dato adicional es la escasa presencia de mujeres en las nóminas de los diferentes Comités Centrales; de hecho, hasta muy avanzados los ochenta, ninguna de ellas figura en los secretariados, esto es, donde se adoptaban las decisiones diarias.

Se entiende que sin Partido es inconcebible la existencia de una organización eternamente juvenil, y sin duda la experiencia de aquél hizo posible que la Juventud pudiera escribir su propia historia. Pero, irrefutablemente, el PCA siempre, al imponer o avalar dirigentes, optó por los leales. O mejor dicho, por los incondicionales (y si se los conocía bien, mejor aun), no por los creativos, pese a ser fieles. Fue una contradicción insoluble.

Hay enigmas que no pudieron ser superados, como el destino de militantes que alcanzaron notoriedad en cargos clave y luego fue como si se los comiera la vida; o el de aquellos que adquirieron preparación militar avanzada, e incluso experiencia en combate con fuerzas regulares, aquí o en el exterior. En este sentido, es llamativo que el noventa por ciento de los dirigentes y militantes que participaron de las Brigadas solidarias con Nicaragua, al poco tiempo, dejara para siempre la Federación y, en muchos casos, el propio compromiso con alguna causa. Algo quisieron decir los que así procedieron, posiblemente anticiparon cosas que ellos vieron, algo que ya no funcionaba.

Tanto pudo ser así que, de todas las direcciones de la FJC de los años ochenta, el único secretario general con trayectoria en el PCA ha sido Echegaray. Los otros dos, Eduardo Sigal y Alejandro Mosquera, e incluso quien los siguió como coordinador, Mario Bianchi, no continuaron en el comunismo. De la misma manera, casi ninguna de las direcciones juveniles de esa década y de los primeros tiempos de los noventa es hoy activista en el PCA.

No es ésta una historia de pasajeros transitorios, que así fue en definitiva el paso por la FJC, unas veces por razones de edad y otras por opciones de vida. Si bien el liderazgo de los veteranos en el PCA fue la norma (Arnedo Álvarez fue su jefe por más de cuarenta años), miles de militantes lo fueron por toda la vida, más allá de los cargos. La FJC ayudó a desarrollar una cultura que, de alguna manera, siguió influyendo entre tantos que pasaron por ella.

Rindo homenaje a los anónimos del combate por otro mundo, y quedaré satisfecho si este trabajo es considerado lo que quiso ser: una historia, nada más ni nada menos. Y advierto que muchos pasajes muy críticos de esta saga pudieron ser, en las mismas condiciones históricas, refrendados por mí. No hay en la historia inocentes o puros.

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I
LA FEDE, MUCHAS HISTORIAS

La Iglesia y la Fede son los principales formadores
de cuadros de la política argentina.

VÍCTOR DE GENNARO

El mayor partido político del mundo es el de los ex comunistas.

ERIC HOBSBAWM

Las elecciones comunales de la ciudad de Buenos Aires en 2007 colocaron al empresario Mauricio Macri en un lugar de liderazgo en la política nacional. Pero, además, la controversia sobre quiénes representaban al espacio “progresista” en la porfía electoral exhibió a dos hombres que pasaron un parte de su juventud en la Federación Juvenil Comunista, la FJC, o la Fede, a secas.

Para la historia política del país, tal vez lo primero perdurará. Sin embargo, en medio del batuque que toda campaña electoral genera hubo también espacio, aunque no relevante, para notar que tanto Jorge Telerman (jefe en funciones del gobierno autónomo) como Daniel Filmus, candidatos por el continuismo y por el kirchnerismo y sus aliados, respectivamente, habían sido en algún momento de los años setenta y ochenta integrantes de la FJC. Aun más: la cabeza de Diálogo por Buenos Aires, una de las listas de candidatos a legisladores que apoyaba a Filmus, fue el ex jefe de gobierno porteño, Aníbal Ibarra, otro pasajero, no fugaz, de la Federación Juvenil. El pretendiente a vicejefe por el kirchnerismo fue también un ex Fede: Carlos Heller, el talentoso conductor de la banca Credicoop. Miembro del círculo del Industrial Nº 1 de San Martín, Heller se afilió en 1958, durante las febriles jornadas de “laica versus libre”. Curiosamente, el mismo sitio que Ibarra, pero por el PRO, el espacio político de Macri, lo ocupaba Mariano Narodowski, quien en su adolescencia pasó por la FJC.

También la subsecretaria de Patrimonio Cultural del Ministerio de Cultura de la administración Macri, la escritora Josefina Delgado, fue afiliada a la Fede; luego optó por la escisión que dio vida al Partido Comunista Revolucionario. Con los parámetros de otros años, no muchos atrás, la derecha cavernícola hubiera puesto el grito en el cielo frente a la designación, con bastantes poderes, del radical Hernán Lombardi como ministro de Cultura porteño. Proveniente de la izquierda del más que centenario partido, en 1989 había participado activamente en la delegación argentina al Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes de Corea del Norte. Por largo tiempo, Lombardi se ufanó de esa inclusión exhibiendo el escudito de aquel encuentro motorizado, como todos ellos, por la Federación Internacional de Juventudes Democráticas, una especie de Internacional de las Fedes de todo el planeta, tal como se explica en el Capítulo XV.

No es una novedad absoluta la incorporación de ex integrantes de organizaciones revolucionarias a la vida institucional del país. Ocurre hace ya rato ese proceso emprendido por militantes de Montoneros y sus aliados hacia partidos veteranos; o el de las búsquedas que la progresía imaginó en los noventa como nuevos caminos hacia el gobierno. Hacia fines del siglo pasado, las mayoritariamente descartadas vías revolucionarias de acceso al poder comenzaron dar paso a otros intentos de canalizar los ímpetus políticos de quienes buscaban participar en procesos que, al menos en el lenguaje, notificaban sobre propuestas transformadoras. Muchos jóvenes, educados durante años en la idea de que sólo se modifican las cosas desde el poder, optaron por llegar a ejercerlo por medio de vías convencionales (el sufragio), mediante su inclusión en nuevos partidos o en corrientes de los tradicionales, sobre todo del peronismo: ese movimiento abarcativo que da lugar a todo y para todos, y con ello genera una fuerte dosis de confusión sobre sus posibilidades y propósitos reales.

De esta manera, la irrupción de dos ex jóvenes comunistas para liderar la progresía porteña (Telerman, buscando seguir al frente del gobierno al que había arribado en el Sidecar que piloteó en 2003 su ex amigo en la FJC, Aníbal Ibarra, y Filmus, otro viejo compañero de la Fede, en la ocasión, de la mano de Néstor Kirchner) no apareció como algo insólito. A punto tal que ni Macri ni la derecha que históricamente apeló al macartismo para descalificar a los que no comulgan con ellos hicieron de ese pasado un tema contra sus adversarios. Los dos (o sus soportes) se arrojaron pullas o cuentas por lo que cada uno había hecho en los noventa, pero ninguna de ellas rozó siquiera sus respectivos pasos por la FJC.

En aquellas jornadas de fuertes denuestos en cuanto a quién había sido más entusiasta menemista, si Filmus o Macri (Telerman, defensor de las relaciones carnales cuando anduvo por el Palacio San Martín, logró incorporarse en el certamen), con carpetas amenazantes sobre la vida privada del dirigente de Boca Juniors (un emergente de fines del siglo xx) y fotos del ministro de Educación junto a Carlos Menem, curiosamente nadie reparó en que el asesor de imagen del empresario, clave para su avasallante victoria, había tenido un breve paso por la Fede, aunque sus simpatías en los setenta habían estado del lado de la Juventud Peronista, que era la base de masas de los Montoneros.

El ecuatoriano Jaime Durán Barba era entonces algo así como un Dick Morris latinoamericano. Asesoraba en imagen a Macri desde años atrás y fue el mentor del “salto al bache” en la campaña legislativa de 2005. Allí el presidente de Boca aparecía sorteando pozos en las calles porteñas, como una demostración, en clave de show mediático, de la ineficiencia de Aníbal Ibarra, que lo había vencido en las comunales de 2003, apenas Kirchner se acomodó en la Casa Rosada y respaldó al ex fiscal, cuyo paso por la FJC coincidió con los difíciles tiempos de la dictadura militar.

Digamos que sobre Durán Barba, quien además reconoció en un reportaje del diario La Nación (19/11/2006) haber sido novio de una guerrillera del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) aún desaparecida, nadie usó este aspecto de su pasado como algo ominoso. Pero, en Ecuador, no sólo asesoró a candidatos de la derecha sino que fue funcionario de un gobierno de ese estilo, y tuvo además como clientes a candidatos conservadores, como el presidente de México, Felipe Calderón, y su compatriota, el millonario Álvaro Noboa. Este dato sí fue empuñado por sus rivales. Es que la derecha puede ser para algunos un peligro; la Juventud o el Partido Comunista, o las personas que integraron las organizaciones armadas, de ninguna manera. “La vida de Durán Barba es novelesca. Vivió y estudió en la Argentina en los setenta; llegó a enamorarse del peronismo de izquierda de aquellos años y como militante de la JP estuvo entre los jóvenes que fueron a buscar a Perón a Ezeiza, en su trágico regreso al país”, exageró La Nación, que vio ese paso como un momento juvenil que no merecía un comentario.

Que ex comunistas de la FJC o del PCA fueran, tras pasar por esas organizaciones, dirigentes políticos o figuras destacadas del arte, la cultura, la literatura, la ciencia, el deporte, hasta de organizaciones guerrilleras y además de las FFAA, no fue una novedad exclusiva de los tiempos en que Néstor Kirchner estuvo sentado en el sillón de Bernardino Rivadavia. Hay que destacar, sí, que la presencia de ex revolucionarios, comunistas y guerrilleros de los setenta de orígenes varios fue en ese período la más importante. La acumulación política de Kirchner no hurgaba demasiado en el pasado, y estando el comunismo criollo en decadencia desde antes de la caída del Muro de Berlín, muchos ex de esa matriz buscaron otros caminos en la política para llevar adelante algunas de sus utopías, o, si quiere, encontrar un lugar en el mundo que no se contradijera demasiado con las ideas con que se habían formado. Y si las contradecía, al menos que les permitiera utilizar el bagaje acumulado para hacer política, que es una pasión que no reconoce banderías ni ideologías.

Para las Navidades de 2003, a meses de que Kirchner comenzara a presidir el país, un grupo de viejos amigos de la FJC de la escuela secundaria, especialmente del Nacional de Buenos Aires, brindó por “el ministro que tenemos”, refiriéndose a Daniel Filmus, que estaba allí. Hubo más casos de pasajeros de la FJC por el espacio del kirchnerismo, como antes habían pasado por la Alianza que llevó a Fernando de la Rúa al gobierno.

En realidad fue en los noventa cuando Carlos Chacho Alvarez imaginó, por medio del Frente Grande, una nueva identidad política que hiciera una síntesis entre el progresismo matrizado en el peronismo, con radicales avanzados y gente de izquierda. Fue este proyecto el que más atrajo a ex jóvenes comunistas, que no fueron simples militantes sino personas que tuvieron cargos dirigentes en la FJC, como Eduardo Sigal, Alejandro Mosquera (ambos llegaron a ser secretarios generales), Enrique Dratman, Oscar Laborde, Edgardo Mocca (que estuvo al frente del regional Capital) y varios centenares de cuadros más.

Algo debe aclararse. Para las elecciones de convencionales constituyentes en 1994, el Frente Grande hizo un acuerdo explícito con el PCA y su secretario general (que condujo por un buen tiempo a los jóvenes comunistas), Patricio Echegaray, y algunos afiliados de entonces llegaron a firmar la nueva Carta Magna, por caso, el abogado Eduardo Barcesat.

Álvarez supo desde un primer momento que ese convenio no duraría demasiado, y de hecho estalló en pleno proceso de las sesiones constituyentes. “Echegaray pretendía que en la Constitución se repudiara la deuda externa; no era realista”, contó Álvarez como un modo de explicar el divorcio posterior. También le enrostró al comunista pretender colocar a la asamblea magna “bajo presión de las masas”. No comprendió que para el PC y su política era necesario justificar la alianza con la progresía intentando esas movilizaciones, porque en ellas podía hacer valer su organización y cuadros. Fue la tradición de la izquierda de raíces leninistas, que se ha repetido en toda la historia, incluso después de la centrifugación del “socialismo real”.

Echegaray no pudo retener a muchos cuadros destinados al trabajo con el Frente Grande. Mosquera, por caso, llegó a plantear la disolución del PCA para poder francamente construir una nueva identidad que recogiera, decían él y sus veintidós aliados en el Comité Central, la cultura y la tradición de lucha. Fueron intentos de imponer la ilusión de que se puede ser comunista sin tener que integrar un partido con esa denominación. En suma, suponían que podían cumplir una idea liminar de Álvarez respecto del peronismo avanzado: “mantener el ideario de los setenta, por otros caminos”.

Mosquera, el ex dirigente de la FJC, llegó a ser titular de la legislatura bonaerense, el mayor cargo institucional al que accedería un ex comunista en el primer Estado argentino. Intentó construir una fuerza de fuste en el territorio bonaerense, e incluso se hizo de un avión para ir hilvanando encuentros en casi todas las ciudades. En un momento tuvo como ladero a Rodolfo Casal, quien años antes había sido el encargado sindical de la FJC. A la hora de la verdad, esa fuerza voluminosa no sirvió más que para los trámites legales. En 2005, fue la herramienta electoral del dirigente piquetero Luis D’Elía en su intento de llegar a ser diputado nacional, y resultó, en número de votos, un verdadero fiasco. Para 2007, Mosquera hizo gancho con Telerman, aliado con la ex periodista Gabriela Cerruti en la agrupación “Nuevos Aires”. Tras la debacle, los dos se pasaron al kirchnerismo.

Pero el caso de Aníbal Ibarra fue otra cosa. Jamás el comunismo había soñando con que uno de los suyos, aunque lo hubiera sido en el pasado, llegaría tan arriba. El 8 de julio de 2007 el hebdomadario Perfil interrogó a Ibarra al respecto:

“—¿Usted se formó en el Partido Comunista?

”—No, en el Partido Comunista, no; en la Federación Comunista, que era la juventud del Partido Comunista. Lo digo como aclaración.

”—¿De qué le sirvió lo aprendido en esa militancia cuando se vio sentado en la jefatura porteña?

”—En lo que más me sirvió fue en temas personales, porque en esa época era un adolescente de colegio secundario, de los 15 a los 17 años. En esa etapa, donde se es una esponja y se absorbe cualquier cosa, uno necesita un lugar de pertenencia. Una barra brava, un grupo de amigos, un grupo de rock, y para mí, ese lugar de pertenencia fue la Federación Comunista. Me gustaba que fuéramos todos iguales, que hubiera que respetar al prójimo, que la honestidad era a rajatabla, solidaridad con el que tiene menos. Valores que me formaron más allá de que el análisis político fuera espantoso. Venía todo incorporado: para nosotros, la Unión Soviética era perfecta, todo era muy dogmático, con bajadas de línea que no estimulaban un espíritu crítico.”

Otro de los líderes retirados de la Fede fue el más tarde legislador porteño Ariel Schifrin. A su banca llegó de la mano de Ibarra, su ex compañero de luchas, con quien luego se enfrentó de manera cruel. Continuaron así, en otro nivel, la historia de la propia Federación, plagada de actos de heroísmo, pero también de intrigas, purgas y discursos descalificadores contra el diferente o disidente, al punto de negarle un espacio, aunque sea módico, en los registros de su paso por la organización. Ese ninguneo se dio también en las pocas hojas que se han ocupado de la historia oficial de la rama juvenil del comunismo criollo.

Ocultar al disidente fue una tradición del estalinismo, pero tuvo imitadores en otros cuarteles políticos, aquí y en el mundo. El cruel Mariscal ordenó sacar a León Trotsky de la exhibición de fotografías en que el creador del Ejército Rojo aparecía cerca de Lenin o del propio Stalin. De allí viene eso de “te sacan de la foto como a Trotsky”, como sinónimo de que te retiran de la historia.

De las escasas historias escritas sobre la Fede, Escuela de Heroísmo, redactada con motivo del 40º aniversario, omitió de cuajo a casi todos los dirigentes de la década del treinta: no quedó rastro de José Pepe Spagnolo, secretario general por casi cuatro años, o de José Pedrolo, en el mismo cargo entre 1950 y fines de 1951. Todos los excluidos de la reseña se habían ido de la Fede o habían sido sancionados allí o tras ser promovidos a cargos directivos en el PCA. Más todavía: el nacimiento de la entidad se modificó a tono con la “línea política”, y sólo ahora sabemos que el primer secretario general fue Luis Koiffman, más tarde prominente trotskista, y no Orestes Ghioldi, como lo creen aún los actuales comunistas.

El Partido Socialista tampoco le hizo asco a eso de calificar como “confidente policial” a quien se apartara de sus lineamientos políticos. El propio Alfredo L. Palacios, cuando fue expulsado del “glorioso”, fue descalificado duramente. La sanción llegó porque Palacios había violado la norma partidaria de no batirse a duelo.

Al igual que Ibarra y Schifrin, el ex Fede Martín Sabbatella fue un destacado dirigente de estudiantes secundarios, pero en Morón. En 1999 llegó a intendente del distrito por un partido vecinal, y fue luego dos veces reelecto para el cargo. Tiene intenciones de proyectarse nacionalmente con varios ex conmilitones de la Federación y del peronismo que soñó con el socialismo.

Como señalaba Carlos Altamirano en el homenaje a Juan Carlos Portantiero de la revista Ñ (10/11/2007), el PC y la FJC otorgaban a los jóvenes en esos tiempos “una visión del mundo, fundada en el marxismo-leninismo; la fraternidad propia de las comunidades militantes; el sentimiento de participación en una empresa colectiva, la lucha por una nueva sociedad, que se llevaba adelante en todas partes, pero sobre todo en aquellos países en que se edificaba el futuro, los países socialistas”. Ésta fue, en definitiva, la matriz distintiva que ofreció el comunismo mientras duró la ilusión de la épica de transformar la sociedad, y que atrajo no sólo a trabajadores e intelectuales.

La FJC como atractivo en la historia

En los setenta, el empresario José Ber Gelbard, afiliado secreto al PCA,[3] fue ministro de Economía de Juan Domingo Perón. En rigor, se trató de una decisión del líder justicialista y no de una negociación. Lo real es que Gelbard jamás reconoció en vida su verdadera identidad. No hubiera podido, en el marco de la guerra fría y el feroz anticomunismo del establishment militar y económico. Perón sabía al menos que Gelbard tenía fuertes nexos con la Unión Soviética, y eso representaba una garantía para sus planes de reindustrialización del país. Lo demás, si conoció o no dónde estaba el corazón político de su ministro, sigue siendo fuente de controversias.

Hacia los primeros años del siglo xxi, eso era historia antigua, y se puede asegurar que haber pasado por las filas de la FJC era hasta fashion. Marcos Gorban, el productor del programa de TV Gran Hermano, líder del rating mientras estuvo en pantalla, le confesó a la revista Veintitrés que fue afiliado a la Federación Juvenil Comunista hasta fines de los ochenta, además de presidente del Centro de Estudiantes de su escuela, el Instituto Modelo de Banfield, “en tiempos de la primavera democrática, cuando los jóvenes aún creían en las ideologías y el PC era la principal fuerza política entre los estudiantes secundarios”. Un dato a anotar: se trataba de la principal fuerza política entre los estudiantes secundarios.

La militancia de Gorban en la Fede coincidió con épocas convulsionadas. En diciembre de 1988, Marcos fue uno de los jóvenes que participó de lo que la semántica bélica de cierta izquierda bautizó como “El combate de Villa Martelli” contra el levantamiento conducido por el coronel Mohamed Alí Seineldín, donde murió el militante comunista Rogelio Rodríguez. Por aquellos tiempos, los jóvenes de la Fede respondían a los lineamientos del 16º Congreso del PCA, cuyo lema era “Todos seremos como el Che”, según escribió el semanario de la organización. Hubo balacera dentro y fuera del cuartel, y en este sector no había improvisados. El aparato militar de la Fede, del que se hablará en el Capítulo XIV, hizo en esos días un amplio despliegue.

Eran años de solidaridad militante con Nicaragua, para que pudiera cosechar con éxito su café, y además con la lucha armada en El Salvador. La Fede envió cuadros a uno y otro frente. En El Salvador, en el combate de Chatalengo, encontró la muerte Marcelo Feito, que peleaba junto a las guerrillas del Frente Farabundo Martí. No fue el único de sus compañeros argentinos del mismo sector político que participó en esa épica. Así entró este muchacho en la extensa lista de muertos de la historia de la FJC (nacida en 1921); una nómina que la Federación venera. Se lo conocía como “Teniente Rodolfo” y tenía la misma edad que Gorban. Éste, como muchos, se fue de la FJC por disidencias, según dijo Ernesto Lamas, periodista de la FM La Tribu, a Veintitrés.

Como en los años de la heroica gesta comunista de los veinte, cuando la Internacional enviaba cuadros a instruir o a participar de luchas en países que podían ser China, México, Argentina, Brasil, India, y así siguiendo, la FJC, a su nivel y con sus fuerzas, lo hizo con cuadros, muchas veces médicos, que anduvieron no sólo por Cuba, El Salvador o Nicaragua, sino por Vietnam y Angola.

Las Brigadas del Café fueron al principio contingentes comunistas, pero en posteriores misiones los comunistas no estuvieron solos, aunque ejercieron el liderazgo. Con esta iniciativa que recorrió casi toda América latina, en cierto modo motorizada por los cubanos, los comunistas criollos intentaban unir lo útil con lo agradable: defender el gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional de Nicaragua e ir preparando cuadros para la lucha revolucionaria, que no era fatalmente armada, aunque no podía descartarse, acorde con la línea política discutida en el 16º Congreso del PCA, con el que se buscaba sacarse de encima el lastre de la posición partidaria durante la dictadura militar.[4]

Los comunistas juveniles habían oído algo sobre “no acercarse a las armas”, tan a la vista en la Nicaragua febril de esos momentos. Fue una orden que ya con el segundo contingente no se mantuvo, cuenta Alberto Nadra, ex miembro del Comité Central de la organización juvenil; nuevos cuadros fueron adiestrados en el manejo de armas, cohetes, explosivos, inteligencia, y no por un par de semanas.

Rodolfo Ghioldi fue uno de los pocos dirigentes del PCA que resistió la postura del PC frente a los militares, aunque sin apartarse de la disciplina, de la que fue un verdadero test. Los revolucionarios del 16º Congreso lo eligieron para recibir el primer envío de brigadistas, que encabezó Jorge Garra. El viejo líder había participado de la frustrada rebelión contra Getulio Vargas que lideró en 1935 Luiz Carlos Prestes en Brasil.[5]

Pero después de la revulsiva autocrítica, y con un giro de 180 grados en la concepción política, gran parte de los delegados al 16º Congreso, y también aquellos con el pasado fresco en las filas de la juventud, abandonaron al PCA y buscaron nuevos caminos. O se fueron a sus casas para ganarse el sustento con trabajos privados.

Los desplazamientos desde la FJC se remontan bastante antes en la historia argentina. En los años treinta y cuarenta, algunos ex Fede conformaron la materia gris del desarrollismo, esa manera de adaptarse a los tiempos que Arturo Frondizi eligió en 1958. Dejó así de lado el programa avanzado de la Unión Cívica Radical, aprobado en el Congreso de Avellaneda en 1954: propiciaba la reforma agraria y la nacionalización de resortes claves de la economía, el petróleo especialmente.

Fue el ex comunista juvenil Rogelio Frigerio quien reunió a sus amigos de los treinta, sea de Insurrexit, la rama de izquierda de los críticos duros del movimiento de reforma universitaria, o de la FJC de aquellos días. En este grupo se encontraba Baltazar Vicente Jaramillo, el fundador del semanario Qué Sucedió en 7 Días (1946),[6] quien se suicidó en 1950. Jaramillo fue presidente de la FUA (Federación Universitaria Argentina) y dirigente de la Fede. También se integró Carlos Johvat, medico homeópata que de la Juventud pasó al Partido, donde alcanzó cargos de confianza. A fines de los treinta, Hojvat escribió Somos una Nación, que contiene lo medular del desarrollismo, según comentó en una entrevista para esta investigación Eduardo Calamaro, un periodista con destacada actividad en la fuerza. Ese escrito sirvió de sustentación ideológica a Frondizi.

En esos años de “gorilismo furioso”, el pasado real y supuesto de Frigerio (y de muchos de sus amigos, como Isidro J. Odena, Jacobo Gringauz y Hojvat) fue víctima del macartismo. La mayoría de los planteos militares con que se acosó al gobierno desarrollista utilizaba el pretexto de los ideales juveniles del núcleo que orientaba Frigerio. Ellos fueron el blanco, pero tuvieron compañía en no frigeristas de la Unión Cívica Radical Intransigente, de su ala izquierda, como José V. Liceaga, perseguido por los servicios secretos, que lo calificaban de “agente comunista”. Se trataba de un ganadero bonaerense antimonopolista que en su paso por la universidad se rozó con la FJC.

Lo mismo ocurrió con no pocos legisladores frondicistas que habían pasado en tiempos variados por la Fede o el PCA, tanto en el ámbito nacional como provincial. Desencantados con el comunismo, pero creyentes de que era posible construir otra Argentina cercana a sus ideales, o simplemente un lugar donde hacer política, faena que los atraía, buscaron en el radicalismo una opción. Parte de la UCR, su ala “izquierda”, siguió a Frondizi, y con ella, esas personas con pasado comunista, que tanto pasto daba a las persecuciones.

Frondizi daba “razones” para tal confianza por parte de los ex comunistas. Había sido un aliado del PCA en los treinta, sobre todo en la defensa de las libertades públicas.[7] Encabezó las posiciones antiimperialistas del radicalismo después de que Perón impusiera su proyecto político en las elecciones de 1946. En 1954, firmó el famoso libro Petróleo y política, que dio fundamento a la necesidad del control estatal del oro negro. Más tarde, el texto, que se dice escribió en realidad su colaborador Mariano Ángel Hurtado de Mendoza, fue olvidado por su autor público.

“Rojo” para la derecha, “traidor” para la izquierda (no sólo la de mirada comunista sino también para el socialismo y el “peronismo de la resistencia”), antes de cumplir un año en la presidencia, el 17 de enero de 1959, Frondizi mandó al PCA a la ilegalidad. Cerró su diario, La Hora, que en la edición del 2 de mayo de 1958 había titulado “Con Frondizi, el pueblo llegó a la Rosada”. El presidente había triunfado en los comicios del 23 de febrero de 1958 con el masivo voto peronista y de segmentos católicos, y con el respaldo activo del comunismo, especialmente de su juventud, que envió cuadros para integrar la APU (Acción Política Universitaria). Allí, bajo la melodía del momento, la Fede fue armonizada con la juventud intransigente y sus aliados en la universidad. Era un clima propicio para movilizar a los universitarios a favor de Frondizi. El acuerdo lo lograron José Nun, entonces titular del Centro de Estudiantes de Derecho de la UBA, y el autor de este trabajo, responsable político de los universitarios comunistas porteños.

Para esos años, la FJC universitaria se había recuperado de la debacle que significó que en 1952 se dispusiera, si bien por poco tiempo y de manera inconsecuente, el abandono de las organizaciones de la reforma (la FUA y sus federaciones) en favor del ingreso a la CGU (Confederación General Universitaria), creada por Perón para enfrentar a aquellas. Ese desliz ocurrió en el marco de la “primavera peronista”, que de manera epidérmica brotó en el PCA de la mano de su secretario de organización, Juan José Real.[8]

El frondicismo contó por entonces con no pocos funcionarios que habían pasado en su juventud por la Federación. A los ya mencionados del desarrollismo hay que agregar a quienes llegaron con la multitud de sufragios que aportó, básicamente, el peronismo proscripto: muchos legisladores con pasado en la Fede, especialmente del interior del país y legislaturas provinciales. Pocas de esas personas seguían vinculadas al Partido, pero en casi todos los casos conservaban una manera de analizar las cosas según el marxismo ortodoxo, y también, abiertas simpatías por la URSS.

Así y todo, contados profesionales de la FJC fueron funcionarios de segunda línea en ese período. Frondizi colocó al frente del Banco Central a José Mazar Barnet, que lo había ayudado en su carrera política. Uno de sus hijos, Carlos Mazar, era de la Fede y logró incluir como asesor del Banco a Jorge Garber, su compañero de militancia y talentoso economista castigado por las secuelas de la polio infantil, que hizo de su vida una tortura superada con dignidad admirable.

Ayer, pecado; hoy, recuerdo

Como vimos, hay un abismo histórico entre el modo en que el establishment de los cincuenta recibía la chismografía de los servicios de inteligencia sobre el pasado, real o supuesto, de militantes del espacio frondicista, y la manera en que podía verse hacia 2007 a quienes habían caminado en otros tiempos por organizaciones guerrilleras o la FJC. Tan sólo en fortines irredentos de la ultraderecha, incluidos el integrismo católico y patrullas perdidas de la dictadura militar, el tema daba lugar a panfletos o comidillas a la hora del té.

Ex comunistas, jóvenes o no, se alistaron con Juan Perón. Sin embargo, militantes como Rodolfo Puiggrós, que adhirió después del acto electoral de 1946, y José Manteca Acosta, uno de sus laderos más importantes, quien había sido miembro del Comité Central de la FJC y peleado en las Brigadas Internacionales en España, no alcanzaron posiciones influyentes.[9] Durante el apasionante período de ascenso y decadencia del peronismo en el poder, casi todos los ex PC apenas tuvieron cargos de segundo o tercer nivel, aunque ese acercamiento sacaba de quicio a informantes poco avispados de la embajada de los Estados Unidos.[10]

Perón fue un factor de disidencias en el PCA y en su juventud. Un ex secretario general de la FJC, José Spagnolo, fue expulsado con fundamentos humillantes de las filas partidarias, precisamente, por pedir revisar la posición del Partido respecto de Perón. Un caso paradigmático y escondido en la historia oficial comunista que abordaremos más adelante.

Ex miembros de la Fede pueden rastrearse también junto a Arturo Illia. Gustavo Soler llegó en 1957 a la organización y más tarde fue esposo de Ema, la hija del presidente desalojado del gobierno el 28 de junio de 1966, el inicio de los años más duros y violentos de la Argentina. Soler tramitó conmigo el ingreso en la Federación. Horas después de firmar la ficha de afiliación, llamó a mi casa para preguntarme: “¿Y qué dijo Codovilla?”

En los cruciales años sesenta y setenta, hubo más ex comunistas juveniles de lo que se supone en la mayoría de las organizaciones armadas. En rigor, son los sesenta los que preparan ese desplazamiento a posiciones sea pro montoneras, sea guevaristas. Gran parte de la FJC se decidió por lo que más tarde se conformaría como Partido Comunista Revolucionario, que tomaba el pensamiento del maoísmo, dentro de la controversia internacional en el seno del movimiento comunista.

La ex joven comunista Norma Arrostito anduvo, en 1969, entre los secuestradores del general Pedro Eugenio Aramburu, que conformaron el grupo liminar de Montoneros.[11] De las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) fue asesinada la ex afiliada a la Fede del Nacional de Buenos Aires, María Angélica Sabelli, en lo que se conoce como “La masacre de Trelew”, el 22 de agosto de 1972. En el mismo Colegio pasaron por la Federación en los sesenta los futuros montoneros Pilar Calveiro y Carlos Enrique Eduardo Olmedo, “ideólogo y fundador de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR)”.[12] En las FAR ingresaron no pocos jóvenes del aparato militar de la Fede, algunos de ellos participantes en mayo de 1969 de la mayor acción armada del PC y la FJC, contra los supermercados Minimax, del grupo Rockefeller. Por esa razón y debido a que los comunistas sellaron los labios sobre su papel en el atentado, las FAR se atribuyeron en la leyenda oral, y en algunos escritos, el caso.[13] En el Capítulo XIV de este trabajo se cuentan los detalles del hecho.

Otros, como Roberto Quieto y Rodolfo Ortega Peña, pasaron por la juventud comunista y las FAR por caminos diferentes y con experiencias intermedias. Ortega Peña buscó en la FJC un lugar para zafar de su desencantado frondicismo. No lo encontró y se fue al peronismo, primero con Augusto Vandor y más tarde con los milicianos; en 1973 fue asesinado por la Triple A. Los sesenta y setenta son capitales para comprender más a fondo el lento inicio de la decadencia de la FJC como gran atracción para los jóvenes. Aunque hasta avanzados los ochenta, la Federación aún era un destino, un paso necesario, si se quiere, para el ingreso en la política de nuevas generaciones.

Cuando en mayo de 1989 Carlos Menem ganó las elecciones presidenciales, su irrupción no generó expectativas en la izquierda en general, aunque su mensaje atrajo a algunos ex Fede. Fue verdad que los Montoneros decidieron respaldar al entonces gobernador de La Rioja financiando parte de su campaña, ante la promesa de indultar a la cúpula guerrillera. Esta medida fue estrictamente cumplida por el presidente, quien sacó del proceso judicial a Firmenich y a otros dentro del paquete donde colocó a los militares que los tribunales de la Constitución habían sido condenados por violaciones a los derechos humanos.

En 1992, el abogado laboralista Enrique Rodríguez asumió como ministro de Trabajo. Rodríguez fue más tarde alto funcionario del gobierno de Jorge Telerman, luego de pasar por ser uno de los intelectuales que emprendió la aventura de llevar, por votos, a Adolfo Rodríguez Saá a la Casa Rosada. En su juventud, como dirigente de los estudiantes secundarios, había sido galardonado con la medalla de la revista Forjador. Al egresar, se convirtió en el jefe de los comunistas de la Facultad de Derecho.

Por sus funciones ministeriales, Rodríguez negoció temas puntuales en los noventa con el secretario general de la CGT (Confederación General del Trabajo), Rodolfo Daer, quien también había pasado por la Fede, encuentros fotografiados en más de una ocasión. Pero debió ser verdaderamente impresionante cuando ambos, en algún momento, solos, pudieron charlar sobre los tiempos idos. No es imposible que en reuniones oficiales se hayan encontrado además con otro ex camarada: el entonces embajador Jorge Asís.

Daer recibió su nombre de pila en homenaje a Rodolfo Ghioldi. El papá del sindicalista, Amado, construyó una pequeña leyenda dentro del PCA. En 1948 fue comisionado para sacar de Chile al poeta Pablo Neruda, lo que logró exitosamente. Con un baqueano comunista, que se desbarrancó en la cordillera andina y jamás fue encontrado, contactó con el grupo comunista chileno que acompañaba al vate. La historia ha sido narrada por José Miguel Varas, premio Nacional de Literatura, en el libro Neruda clandestino. En Confieso que he vivido, el poeta habla de Pedrito Ramírez, que llegó a buscarlo en auto a San Martín de los Andes, después del cruce de la Cordillera. “¿Sería él Amado Daer?”, me interrogó Varas vía e-mail ante una consulta.

Rodolfo Daer también fue militante de la FJC, como se lo dijo al autor de este libro en su despacho del Sindicato de la Alimentación, el 30 de mayo de 2007. Los muchachos de su generación en la organización lo recuerdan como un cuadro, listo para participar de las más duras manifestaciones callejeras. Cuando dejó la escuela secundaria y entró en la producción, el peronismo pudo más que los ideales inculcados por su padre, a quien admiró con devoción.

La nómina de sindicalistas que viraron del clasismo hacia el peronismo es extensa. Un continente fuerte fue CTERA (Confederación Trabajadores de la Educación de la República Argentina). Allí recalaron Juan Carlos Comínguez, que fue diputado nacional por el PC, Benito Cholo Brusser, clave en la unificación del movimiento del magisterio. Dirigentes de ATE Capital (Asociación de Trabajadores del Estado), como Pablo Michelli, pasaron por la juventud comunista. Algunos practicaron el entrismo y fueron leales a sus convicciones hasta donde pudieron. Cuando el nombrado Filmus debió ganarse el sustento, aún estudiante, y trabajó en seguros, ingresó en el sindicato correspondiente siendo de la Fede y con militancia orgánica, aunque discreta. Michelli fue miembro del Comité Ejecutivo (CE) de la FJC.

Pero desde los cuarenta, la mayoría pensó que no había otro modelo gremial que el peronista, habida cuenta de que las grandes masas de trabajadores estaban dentro de los sindicatos que siguieron a Perón. El PCA, realista, en 1946 dispuso disolver los escasos sindicatos que quedaban bajo su control, después de la vorágine del 45, para que ingresaran en la CGT única. Perdieron todo espacio institucional y para 1950 los estatutos de la central sindical prohibían el ingreso a comunistas. Semejante decisión generó al menos dos estrategias: por un lado, el aliento de una corriente propia; bajo Perón, primero, el Movimiento por la Independencia de los Sindicatos, y luego, cuando la Revolución Libertadora, el Movimiento de Unidad y Coordinación Sindical (MUCS); por el otro, el ocultamiento de identidades en las comisiones internas, para no sufrir represalias.

Teóricamente, el objetivo estelar de la Fede era formar militantes que participaran en el movimiento obrero. La condición de obrero se defendía con orgullo, e incluso en reuniones internas se alentaba a jóvenes estudiantes a ingresar en las fábricas. Con todo, según Jorge Bergstein, uno de sus ex secretarios generales, la mayor fortaleza de la organización desde Perón ha sido el movimiento estudiantil, tanto el secundario como el universitario.

Esa influencia sobre los estudiantes repercutió con fuerza en el mundo intelectual. Poetas como Juan Gelman, Héctor Yánover, Miguel Ángel Bustos o Jorge Ricardo Aulicino, hicieron sus primeros versos y ediciones como integrantes de la FJC. Andrés Rivera, Jorge Asís, Marcelo Cohen, pasaron por los mismos episodios. Héctor Tizón le contó al suplemento cultural Radar (11/1/2009) que estuvo en el comunismo cuando estudió en la Universidad de La Plata. También estuvieron intelectuales del calibre de Juan Carlos Portantiero, José Francisco Aricó, Carlos Altamirano, Juan Carlos Torre, más allá de cómo fueron insertándose luego en el mundo político o cultural, a veces con nuevos alineamientos, otras rechazando cualquier encuadramiento.

No pocos estudiantes comunistas fueron más tarde periodistas importantes aquí y en el exterior, como el peruano Luis Vidal Rucabado, que quiso ser médico en la UBA y con el tiempo llegó a ser el secretario de redacción de la revista norteamericana Visión.

En ocasiones, la Fede arrimó intelectuales jóvenes a organizaciones de combate social, aunque no siempre los incluía en sus filas. Fueron “aliados” que era preferible mantener como tales, para no molestar sus movimientos en algún partido político, o por conveniencia. A principios de los ochenta estuvo con otros jóvenes en un periódico de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre el notable plástico Guillermo Kuitca. Lo llevó allí la intelectual y artista Carmen Baliero, lejanamente emparentada con el Che Guevara.

Del seno de militantes de la Federación destinado a la defensa de derechos humanos surgió el juez Carlos Rozanski, el magistrado del tribunal que condenó a Miguel Osvaldo Etchecolatz y a Christian von Wernich por delitos de lesa humanidad. No es el único juez o fiscal que pasó por esa organización.

No será ésta la última ocasión en que hablaremos de los intelectuales que hicieron sus primeros pininos en política en la Federación, como es el caso de Ernesto Sabato, que fue el líder del comunismo juvenil de La Plata. En principio, casi todos los nombrados dejaron la FJC tempranamente. Hay un hecho insoslayable: el paso por la Juventud Comunista ha sido casi siempre breve, biológicamente hablando. En los primeros tiempos, el tope de actividad era los veintidós años, y veinticinco se fijó más tarde en los estatutos, con reservas para cargos de dirección nacional o provincial, donde la actividad especifica se entremezcla con la del PCA. Durante muchos años, los cuadros jóvenes estuvieron alternativamente en el partido mayor y en el menor, lo que explica, entre otras cosas, la incesante rotación del elenco dirigente de la Federación. Eso sí: siempre los máximos dirigentes juveniles han sido miembros del Comité Central de la organización mayor, ya que la Fede es un arma auxiliar del Partido.

Esto no fue siempre de este modo, es decir, en el origen de todas las cosas. Pero el propio proceso de “bolchevización” del PC cerró las formas organizativas del arma auxiliar y su disciplina, limando así la posibilidad de que se convirtiera en una entidad más amplia, que fuera una escuela de comunismo y que no diera por descontada la identidad política de un muchacho de catorce o quince años. Ser joven no era lo mismo en los veinte que en los setenta, por caso. Por algo los tangos daban como edad límite para penetrar en el mundo de los ancianos los cuarenta años o, muy generosamente, los cincuenta.[14]

Aunque desde los años veinte el comunismo tuvo intelectuales fundidos con el tango, como los hermanos González Tuñón, María Luisa Carnelli, Álvaro Yunque (así como primitivos detractores), y de que también en los sesenta jóvenes como Oscar del Priore, Héctor Negro, Graciela Susana, el Juan Tata Cedrón y Julio Huasi hicieron de esa música su propia profesión, fue escasa la producción intelectual al respecto. Por caso, la revista top del PC, Cuadernos de Cultura, casi no fomentó debates sobre el tema, a pesar de que el número de músicos comunistas y tangueros era muy fuerte,[15] si bien estaban más interesados en la vida sindical o en la integración de grupos financieros que en debatir sobre el 2 x 4, salvo algunas excepciones. Pugliese acuñó eso de que “el tango es folklore porteño”.

Los intentos de construir una “Fede de masas” estuvieron en las obsesiones de sus dirigentes, sobre todo desde que el comunismo adhirió en 1935 a la línea del Frente Popular. Si en los veinte algo se tramó al respecto, muy pronto la adopción del leninismo irrestricto hizo de la Fede una organización de elite. Como le contó al autor el historiador Leonardo Paso, cuando él pidió ser admitido a la entidad se le tomó examen, y en la célula (todavía la organización madre copiaba la del Partido; más tarde pasó a denominarse “círculo”) tuvo votos en contra porque “no era obrero”. “Tuve que explicar que el carácter proletario de un partido estaba no sólo en su composición sino sobre todo en su ideología”, me comentó en 2007.

Si la FJC tuvo en casi toda su existencia un permanente atractivo para jóvenes que deseaban transformar el mundo, casi con la misma intensidad fue expulsando de sus filas a todos aquellos que intentaban promover innovaciones internas, con la ilusión de que esos cambios harían alcanzables a las utopías. La primera tendencia fue enorme en tiempos de grandes cambios en el país. El sueño de una FJC de masas pareció cristalizar en los cruciales años cuarenta, pero en el movimiento estudiantil. A Roberto Giacheti, que en 1945 era miembro de la ALN (Alianza Libertadora Nacionalista), otro polo de atracción, pero de signo opuesto, le pregunté en marzo de 2007 cuántos “camaradas” lo acompañaban en el Industrial Luis A. Huergo. “Eramos dos; los demás eran de la Fede”, respondió.

Aunque la influencia dominante en el movimiento universitario organizado estaba en manos de radicales y socialistas, “los comunistas eran menos, pero estaban en todas y no se iban nunca de las asambleas antes de que finalizaran. No era el caso de los militantes de otros partidos”, comentaba, en julio de 2007, Néstor Grancelli Cha, quien condujo la Federación Universitaria Argentina durante varios de los tumultuosos años en los que emergió Perón.

Atractivos de la Federación

Del período peronista, la FJC saldrá marcadamente fortalecida y con atractivo para intelectuales que vieron en el PC una conducta notable en esos tiempos. La crisis que azotó en los sesenta a la FJC le permitió al mismo tiempo recuperarse una y otra vez. Incluso, y es llamativo, después de la dictadura terrorista la organización siguió siendo un imán, y llegaron a computarse entre 80.000 y 100.000 los afiliados de ese momento. De su desperdigamiento y decadencia nos ocupamos en capítulos posteriores.

De todas maneras, la Fede ya había tenido en los cuarenta cuadros de envergadura. En esos años decisivos, amigos de la entidad, como Fernando Nadra, luego prominente figura del comunismo, era presidente de la FUC (Federación Universitaria de Córdoba), y en casi todas las federaciones campeaban en las direcciones de los centros de estudiantes jóvenes de la misma postura.

Como sé verá a lo largo del libro, cada época ha tenido un sesgo particular. Hubo años atractivos para jóvenes de gran talento, como Sabato en La Plata, Manuel Sadosky, más tarde eminente matemático, el nombrado Frigerio o Baltazar Jaramillo, que fue presidente de la FUA en los treinta. En aquellos años se vinculó a la Fede el hoy filósofo Mario Bunge, según le contó al autor el destacado psiquiatra César Augusto Cabral. La historia de Bunge como participante de la Universidad Obrera que impulsó el PCA corroboraría el dato. Su padre, Augusto, fue diputado del socialismo independiente, aunque era afiliado secreto del PCA, según el sociólogo Alejando Horowicz.[16] Abonarían esta última información dos hechos: el abandono que hizo Bunge del socialismo de Pinedo y el allanamiento a su casa cuando allí deliberaba en 1937 el Comité Central del PCA, como narra Alicia Dujovne Ortiz en su trabajo El camarada Carlos.

En los cincuenta hicieron sus primeras incursiones quienes serían enormes historiadores o sociólogos de diversas orientaciones, como los liberales Roberto Cortés Conde, Ezequiel Gallo y Manuel Mora y Araujo, o los de prosapia marxista, como José Francisco Aricó, Juan Carlos Portantiero, León Pomer y José Carlos Chiaramonte.

El exitoso entrenador de fútbol César Luis Menotti llegó a la FJC junto con sus primeros éxitos deportivos. El deporte como preocupación política surgió en los albores de la Fede. En los veinte se creó la Federación Deportiva Roja; algo poco amplio, pero compatible con los parámetros revolucionarios de la época, y con las novedades que ocurrían en la sociedad. Años de formación de nuevos vínculos entre los habitantes de una urbe en desarrollo impetuoso, donde las sociedades de fomento y los clubes barriales cobraban fuerza como lugar de encuentro de los jóvenes trabajadores, no pasaron inadvertidos.

Así, entre los treinta y cuarenta, una gran parte de la actividad juvenil comunista en los barrios se dio en los clubes, incluso en los más famosos, habida cuenta de que las grandes fábricas no dominaban el aparato productivo y el sustento se ganaba en pequeños talleres dispersos por doquier. Más tarde, esta tradición llevó hasta la dirección de varias instituciones a líderes como José Kolbosky, transformador de Atlanta, pero también llegaron comunistas a cargos importantes en clubes como River, Boca, All Boys y Argentinos Juniors, entre otros. En la selección juvenil campeona mundial en Tokio en 1979, brilló, junto a Diego Armando Maradona, José Luis Lanao, quien luego malograra su futuro por razones de salud. Su padre, José Lanao, atendía el frente deportivo del PCA, y desde allí tenía las relaciones orgánicas con Menotti.

Las FFAA estuvieron en la agenda de los comunistas; los jóvenes, también. En los veinte, la meta de reducir el servicio militar obligatorio fue una de sus consignas programáticas, que se extendió por mucho tiempo; en los sesenta, se reiteró con fuerza. Reducir el servicio militar, sí, pero hacerlo, porque el espacio militar era un objetivo. En los treinta, jóvenes comunistas organizaron “soviets” de soldados y suboficiales, como lo constató, en su biografía sobre el general Agustín P. Justo, el historiador Rosendo Fraga. El trabajo juvenil entre los cadetes de los institutos militares de enseñanza fue consecuente y, como veremos, logró algunos éxitos.

El coronel Francisco Cornicelli, mano derecha del general Alejandro Agustín Lanusse cuando éste intentó captar o neutralizar a Juan Perón en los setenta, le confesó al periodista Rodolfo Pandolfi que cuando era estudiante de la escuela secundaria adhirió a la FJC. No hay noticias de que, ya adulto, haya mantenido esa lealtad. El sólo hecho de que lo contara, aun a alguien de confianza, indicaría que se trató de “un pecado de juventud”.

La nómina de ex FJC que transitaron en forma destacada por la ciencia es también extensa. Muchos optaron por una mirada sobre el mundo marcadamente diferente de la de sus años de muchachos o estudiantes. Otros, aunque no siguieron en el PC, quedaron cercanos a él, o al menos sin polémicas públicas. Entre éstos se cuenta el eminente investigador Pedro Cahn, jefe de infectología del Hospital Fernández, quien en agosto de 2008 presidió en México la XVII Conferencia Internacional del SIDA.

Sesenta años antes, a finales de los cuarenta, la joven Julia Polak prestaba su casa en la calle Remedios de Escalada de San Martín, en el barrio porteño La Paternal, para reuniones de los estudiantes secundarios comunistas. Cursó la carrera de Medicina en la UBA y en 1967 llegó a Gran Bretaña, junto con su marido y colega Daniel Catovsky, en esos tiempos de migraciones de la mejor materia gris criolla, espoleada por la Noche de los Bastones Largos. Treinta y seis años después, tras haber liderado el desarrollo de una técnica revolucionaria de regeneración de tejidos, que en el futuro podría hacer pasar a la historia los transplantes de órganos, la célebre investigadora del Imperial College londinense recibió de manos de la reina Isabel el título de Dama del Imperio Británico, por los servicios prestados al impulso de la medicina inglesa. Cuando Polak recibió la comunicación, creyó que era una broma.

José Eduardo Wesfreid es un físico y matemático argentino exiliado en París desde 1976. En 2007 recibió el Premio Edmond Brun, de la Academia de las Ciencias francesa. Al momento de su forzado exilio, Wesfreid era militante de la FJC, y en la actualidad lo es del Partido Comunista. En Francia funge como delegado ad hoc del PCA.

Del seno de los jóvenes comunistas de la Facultad de Medicina surgió, en 1956, Los Wawancó, una banda musical cumbiera de renombre que aún actuaba en 2008. Sus creadores fueron seis jóvenes universitarios llegados a la Argentina para estudiar: Mario Castellón (Costa Rica), Carlos Cabrera (Perú), Sergio Solar (Chile) y los colombianos Hernán Rojas, Enrique Salazar y Rafael Aedo, quienes decidieron adoptar como nombre la palabra derivada del vocablo afrocubano guaguancó, que significa “fiesta familiar, alegría familiar”. Más tarde se incorporó el único argentino del grupo en aquella época, el pianista y compositor platense Miguel Louvet, coautor y arreglador de muchos de los temas.

Por los cincuenta, fueron numerosos los estudiantes latinoamericanos que, por razones políticas o por la mejor calidad de la educación, llegaron para estudiar en universidades argentinas. Las de La Plata, Córdoba y Buenos Aires, aunque también otras, conocieron a peruanos, colombianos, venezolanos, chilenos y centroamericanos en número importante. En esos contingentes llegaron jóvenes comunistas. En el Frente Universitario de la FJC se los asimiló a los círculos, la unidad de base de la organización, aunque cada uno mantenía lazos políticos orgánicos con su país.

Restituto José, un hermano del Cabrera músico, como él miembro de la Fede de Medicina, una vez recibido viajó a Cuba. Se radicó en Santiago, donde se casó con una argentina, Nidia, otra internacionalista, y tuvo un hijo. A pesar de ser peruano, quedó de hecho incorporado en la “colonia argentina” de esa ciudad. De ese grupo formaba parte el amigo de juventud del Che, Alberto Granados. Otro integrante del grupo, el médico Silvio Guerchicof, contó al autor en julio de 2007 que un día “el Negro Cabrera le dijo que lo mandaban a un curso sobre cirugía en La Habana, pero que no iría con su familia, ya que allí no contaría con las comodidades necesarias”. Prestaba servicios de Cardiología y Medicina Interna en el Hospital de Santiago de Cuba. Había nacido en El Callao, Perú, el 27 de junio de 1931. Jamás regresó: se incorporó al contingente guerrillero de Ernesto Che Guevara y murió baleado junto a Haydée Tamara Bunke, Tania, el 31 de agosto de 1967, cuando cayeron con otros milicianos en una emboscada en Vado del Yeso. Tamara Bunke había hecho la escuela primara en la Cangallo Schule, donde su padre era profesor de gimnasia. Antes de viajar con sus padres, comunistas de siempre, a la República Democrática Alemana en 1952, militó brevemente en la FJC, en la Escuela Normal 9, y colaboró con la revista Juventud.

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ARCHIVO DEL AUTOR
Haydée Bunke, Tamara, la guerrillera de la columna del Che en Bolivia. Pasó fugazmente por la FJC. Facsímil de un premio deportivo de la Asociación Alemana Vorwärts en 1949.

Jorge Bergstein ha escrito: “Mis recuerdos sobre el Che están unidos al de una joven militante de la Fede. Se trata de Tamara Bunke, vivía en Quilmes, hija de una familia alemana, activista de la escuela secundaria de esa nacionalidad”, a quien él dice haber tratado como secretario general de la federación juvenil.[17]

La publicación Rebelión (24/4/2003) publicó un artículo de Víctor Montoya, que dijo: “Al cabo de la masacre, los soldados (bolivianos), que disparaban todavía contra todo bulto que flotaba en el agua, no dieron con el cadáver de Tania. El médico Restituto José Cabrera Flores (Negro), al verla herida, quiere salvarla y se deja arrastrar por la corriente. El médico sale a la orilla arrastrando el cuerpo de la guerrillera. Verifica que está muerta, abandona el cadáver y vaga por los senderos, hasta que lo encuentran por el rastreo de los perros. El médico es asesinado por el sanitario de la patrulla que lo capturó. Los soldados prosiguen la búsqueda de Tania y, a los siete días, encuentran su cadáver en la orilla. Se encontró también la mochila, con algo que tanto quiso a lo lago de su vida: la música latinoamericana”. Antes de afiliarse a la Fede, Cabrera había llegado a Buenos Aires con simpatías por la APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana), según me contó durante la entrevista realizada Silvio Guerchicof.

En los cincuenta, la Fede cobijó también a numerosos artistas que llegaban al teatro independiente. Como Cipe Lincovsky, una pionera de las nuevas formas de representación teatral, en el teatro IFT. Pasaron por la organización directores de la talla de Manuel Iedvabni; autores teatrales como Ricardo Halac, Osvaldo Dragún o Agustín Cuzzani, y directores de cine como Raúl de la Torre. Otro director de teatro del IFT e integrante de la FJC, Lito Gudkin, fue a Cuba como parte de los contingentes solidarios; trabajó fuerte en la isla y ahora “es un poderoso empresario de la publicidad en Portugal”, Guerchicof dixit.

La lista sería enorme, y acaso tediosa. Se trata de destacar que la Juventud Comunista fue de enorme atractivo para generaciones de jóvenes que allí adquirieron una personalidad, más allá de la aceptación o no de su filosofía política. El devenir de muchos de ellos fue distinto del que tal vez tenían en mente cuando ingresaron en la lucha revolucionaria. Tal vez, en muchas ocasiones, la experiencia resultó una frustración ante lo que considerarían “reformismo” o entusiasmo escaso por parte del comunismo, mayor o juvenil, en la lucha efectiva por el poder. En otros casos, como el del banquero Carlos Heller, se volcaron al trabajo cooperativo. (Aunque de adulto dijo no haber pasado por el PCA, Heller nunca negó haber estado en la FJC.) A veces, el carácter dogmático de “su marxismo” resultó incompatible con las lecturas de esa filosofía que fue modificándose cuando surgieron innovadores o críticos, como Antonio Gramsci o, más tarde, Lukács, Foucault, Althusser, Derrida, etc. Quienes vieron el anquilosamiento del Diamat (abreviatura de “materialismo dialéctico”) de los soviéticos y se apoyaron para su praxis política en los sesenta en Gramsci, por ejemplo, debieron irse con sus posiciones a otro lado.

A Gramsci lo introdujo de refilón uno de los mayores intelectuales del PCA, Héctor Agosti, que había ingresado en la Fede a los dieciséis años, en 1927, y es de los no pocos de su nivel que terminaron sus vidas en el ejército del comunismo. Sus discípulos mayores, Juan Carlos Portantiero y José Francisco Aricó, fueron más allá del marxismo innovador como aggiornamiento cultural y buscaron incidir sobre la línea política del comunismo. Pero ése era un sitio vedado para los renovadores.

Otro gramsciano de fuste, Ernesto Giudici, pasó su juventud combativa en el socialismo, aunque por lustros preparó contingentes de jóvenes comunistas universitarios. Dio un portazo al partido cuando ya no pudo más. Murió en 1991, luego de intentar suicidarse. Él, nada menos que en el diario Crítica, había reprochado a Lisandro de la Torre que se hubiera pegado un tiro en lugar de pelear contra las causas que lo llevaron a tomar esa drástica actitud.

No sólo las etapas de la FJC fueron varias y variadas. La multiplicidad de sus actores conforma una historia polifónica que puede leerse y contarse desde varios sitios y de muchos modos. Más que una historia, y en este caso especialmente, hay muchas historias. En su batalla por erigirse en conductora o ejemplo para las jóvenes generaciones, un factor determinante en esas variaciones han sido los oponentes. En los veinte, el primer escollo se produjo durante la lucha por darse una identidad y una estatura como la del PCA, que ganó la pulseada como el verdadero representante de la Internacional Comunista (IC). Tras batallas ideológicas y de las otras, la Fede se desangró: muchos ansiosos por un mundo mejor tomaron parte en ellas, pero en esa riña por una identidad quedaron afuera; se fueron a otros sitios o a ninguno. Más allá de esta faceta interna, en esa década el socialismo, el anarquismo y, sobre todo, el radicalismo fueron, junto con el nacionalismo de derecha, los rivales de la juventud comunista en eso de ganarse a los muchachos.

En los treinta, la dictadura cruel, pero sobre todo el nacionalismo popular que emergió desde las entrañas del radicalismo, y la actitud novedosa de la Iglesia de impulsar movimientos entre los jóvenes obreros y de calle, fueron los oponentes. En los cuarenta, la Alianza Libertadora Nacionalista, tanto por su actitud matona como por levantar un discurso atractivo que sedujo a jóvenes como Rodolfo Walsh, Rogelio García Lupo, Jorge Lozano, Jorge Masetti (la representación del Che en la protoguerrilla de Salta), José Luis de Imaz, los hermanos Giachetti y muchos otros que serían más tarde hombres de izquierda con distintos alineamientos, o parte de esa trama pero independientes. La Fede peleaba cada mente a la Alianza en esos tiempos cruciales. En 1947, todo un Fortín de la ALN, el de la calle Méndez de Andés, liderada por un joven llamado Gori, se pasó a la FJC de la mano de los hermanos Julio y Boris Priluka, mellizos, que más tarde se fueron al PCR.

Desde que Juan Perón arribó al poder, él sería “el escollo” para atraer jóvenes hacia la revolución; en el plano práctico, en esa época se utilizó también la represión. Por otro lado, en los cincuenta surgió la revista Contorno, que resultó un polo de atracción para la juventud universitaria que el comunismo buscaba seducir.

A partir de los sesenta, la cosa se complicó realmente para la Fede. Quienes habían llegado a ella dada su representación (y práctica) en la lucha por el socialismo, encontraron otros senderos atractivos cuando Fidel Castro entró triunfalmente en La Habana y el Che desplegó sus novedades cautivadoras para jóvenes comunistas. Más tarde, en 1967, el maoísmo se deglutió a gran parte de la FJC, pero fundamentalmente lo hicieron en esos años las diversas organizaciones armadas.[18]

Más allá de estos drenajes, como “escuela de cuadros políticos”, los jóvenes comunistas se enfrentaron con nacionalistas en los sesenta y, más adelante, con Guardia de Hierro, que nutrió la materia gris de muchachos y muchachas con propuestas aún vigentes hacia fines del siglo. Aunque también hubo fedes que migraron hacia Guardia de Hierro.

La Fede debió luchar, en casi todas sus etapas, contra la longevidad de los cuadros del PCA, pero sobre todo por el futuro. Al respecto hay que hablar sinceramente de fracaso histórico, sayo que ha caído también sobre los disidentes y los expulsados de hecho por cualquier motivo atendible en el plano de la lucha por el poder, el non plus ultra de la acción política. En este sentido, la FJC y quienes permanecieron en las filas del comunismo no se quedaron solos con ese miserable trofeo.

Muchas disidencias fueron simplemente un suspiro; en varios casos resultaron interesantes, sobre todo las de temprana prosapia trotskista, que tuvieron en Luis Koiffman (quien, como se ha dicho y se verá, debe ser considerado el primer secretario general de los jóvenes comunistas) un lindo caso a conocer. Fue el fundador y alma máter de Argentina Libre, una hoja antinazi de mucha importancia en la que colaboraron muchas figuras democráticas y dirigentes o militantes comunistas.

Hubo grandes y minúsculas escisiones. En los veinte, por dos veces, casi toda la Fede se alejó: en 1922 rumbo al prototrotskismo y en 1928 tras José Penelón, uno de los fundadores reales del PCA, que se enfrentó con la ortodoxia local (no la de la Internacional Comunista).

Si los sesenta resultaron un venero de búsquedas (y la Fede, casi un paso obligado), una época en que de a migajas se deslizaron cuadros y militantes a formaciones armadas, la integración al PCR fue masiva, por lo que quiso ser y no le alcanzó aun en estos tiempos: la herramienta de la revolución con matriz leninista-maoísta, para cumplir lo que no habían podido ser, o no habían querido, si se prefiere, el PCA y su ala juvenil. Sobre las hégiras que fueron al campo del gramscismo, y sobre todo a la lucha armada en todas sus coloraturas, la historia ha dicho lo suyo. Por ahora.

Hay por algunos sitios personas que juran haber pasado por la FJC. El diputado nacional Eduardo Lorenzo “Borocotó” le confesó a Clarín que se fue del ámbito del comunismo cuando “entraron los tanques a Hungría”. El ex coronel Aldo Rico le contó al periodista Mauro Viale que en sus años juveniles fue de “izquierda”. “Leí el Manual de filosofía de George Politzer” —un texto que se utilizaba casi solamente en los cursos de educación de la FJC— “y Materialismo dialéctico de Emilio Troise” —un trabajo difícilmente divulgado fuera de las fronteras del PCA. El periodista Samuel Chiche Gelblung jura que pasó por la Federación y que su papá fue afiliado al PC. El autor no pudo constatar en consulta con ex militantes que estos datos fueran ciertos. Lo interesante es que esas confesiones o elucubraciones parecen darle ahora cierto toque de distinción a quien las sostiene.

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II
LA FUNDACIÓN, LOS FUNDADORES

[…] los problemas con que se enfrentan quienes escriben la historia de los partidos comunistas son de difícil solución. Hay que recuperar el temple único y sin precedentes de los movimientos no religiosos del bolchevismo, tan distante del liberalismo de la mayoría de los historiadores como del activismo permisivo y poco exigente de la mayor parte de los ultraizquierdistas contemporáneos.

ERIC HOBSBAWM

Los festejos del Centenario de la Independencia nacional estuvieron lejos del brillo formal que rodeó la primera centuria de la Revolución de 1810, y no solamente porque la Primera Guerra Mundial restó forzosamente presencias de gobernantes (entre ellos, muchos monarcas que habían paseado por aquí su hidalguía para conmemorar nuestros cien años de gobierno propio). Módico, si se quiere, a las puertas del cambio histórico clave que suponía el advenimiento de Hipólito Yrigoyen al gobierno; en 1916, Victorino de la Plaza recordó austeramente la gesta de los representantes reunidos en San Miguel de Tucumán. Estaba la irrupción de la Unión Cívica Radical con su caudillo, sí, pero no era eso lo que lo abrumaba; otros dos asuntos lo preocupaban principalmente: la caída de las exportaciones, con su incidencia en el desarrollo industrial, y, sobre todo, la grave tensión social.

La inmigración en masa de millones de europeos convocados por la Generación del 80, como parte del proyecto agroexportador de desarrollo, se veía limitada tanto por las dificultades para acceder a la tierra como por las escasas posibilidades de trabajo en las ciudades, actividades que, a la vez, estaban mal pagas, cuando la gente no era directamente explotada. Semejante combinación, que se arrastraba desde el siglo xix, fue generando explosiones de descontento que, sumadas a las ideas del anarquismo (predominantes en esos tiempos) entre los sectores obreros y populares, podían impulsar a la revuelta, aunque no encauzarla con vistas a cumplir un papel activo en la lucha política por el poder, entonces en manos de los conservadores y la flamante Unión Cívica Radical. La vocación de Yrigoyen de llegar al gobierno en comicios libres lo había empujado a rebeliones cívico-militares que fueron desbrozándole el camino legal.

Así como la lucha política iba limando el poder formal conservador, la convulsión social mediatizaba los grandes propósitos de un país abierto y tolerante. Cada vez se hizo más agresiva la actitud de la elite frente a los inmigrantes, a los que se castigaba con leyes draconianas, como la de Orden Social o la Ley de Residencia (4.144), que permitía la expulsión de extranjeros “indeseables”. En este clima chauvinista emergió el nacionalismo de prosapia oligárquica: una corriente que fue acomodándose con el tiempo y anidando incluso en fuerzas políticas tradicionales, sin poder condicionarlas del todo pero, sí, por caso, morigerando los propósitos renovadores de los radicales. Por su parte la Iglesia, un actor clave del siglo xx (aunque con la Generación del 80 había perdido terreno frente al poder político laico en función de las estrategias para atraer extranjeros no católicos), fue adaptándose a las nuevas realidades y trató de competir con anarquistas y socialistas por el control de las masas populares.[19] Más tarde derivó en integrista, por influjo de distintos factores concurrentes, incluso internacionales, particularmente en los años treinta.

El modelo económico permitió que, hacia el Centenario de su Independencia, la Argentina llegara a ser uno de los grandes exportadores internacionales de cereales y carne. Para que ello fuera posible, se desplegó una red de grandes frigoríficos, casi todos extranjeros; hubo un desarrollo fuerte del transporte marítimo, crecieron bancos y canales de comercialización y, sobre todo, el país se vio surcado por vías férreas convergentes en el puerto porteño, donde se concentró gran parte del excedente.

Ello explica el despliegue monumental en la Capital Federal; particularmente, la construcción de bellos edificios que tomaron lo mejor de las grandes urbes europeas, Francia en especial, así como su contradicción con el modo en que se insertaron las capas sociales más pobres. El Estado nacional no solamente intervino en favor de la reproducción ampliada del capital sino que puso todo su peso en convertir a la Reina del Plata en un lugar de privilegio, dentro de límites casi de carácter racial y con enormes bolsones de concentración humana viviendo en los bordes de la subsistencia, hacinados en conventillos cerca del centro o en el barrio de La Boca, donde trabajaban.

Los inmigrantes arribados masivamente cambiaron la imagen del país y “podría decirse que lo hicieron de nuevo”.[20] En habitantes, la Argentina trepó de 1,8 millón en 1869 a 7,8 millones en 1914. Buenos Aires pasó de 180 mil habitantes a 1,5 millón (ya en 1895, dos de cada tres porteños eran extranjeros). Para el Centenario de la Independencia, cuando muchas familias inmigrantes habían tenido ya hijos nativos, la mitad de la población de la ciudad era aún extranjera.[21] Dadas las proporciones demográficas en la dupla nativo-foráneo, no se entiende por qué se tildó a los marxistas de “extranjerizantes” (en el sentido de importar doctrinas ajenas a la población, los conflictos y la realidad locales), si sus promotores, en parte, salieron de un público obrero arraigado aquí, proveniente de distintas partes de Europa.

Este amasijo generó una nueva Babel, transitoria, sin duda, aunque por más de medio siglo las calles se hicieron eco de dialectos tan variados como los idiomas de los nuevos habitantes, lo que incidió en la literatura, el teatro, el periodismo, el tango, claro, y en la integración de las nuevas organizaciones políticas, especialmente las de izquierda, “donde más ampliamente se desarrollaron las formas de solidaridad, estimuladas por los militantes contestatarios”.[22]

La crisis económica de 1890 acicateó la Revolución del Parque, acta de nacimiento de los grandes líderes políticos, Leandro N. Alem, Hipólito Yrigoyen, Juan B. Justo y Lisandro de la Torre, y con ello el surgimiento de los partidos democráticos de las capas medias. La industrialización incipiente dio nacimiento a una joven clase obrera, y ello hizo pertinente la posibilidad de tener su partido político, como fue el propósito del socialismo, que en pocos años, en 1904, puso en la Cámara baja a su primer diputado nacional: Alfredo Lorenzo Palacios. De todas maneras, por un largo período todavía, la influencia sobre las masas de trabajadores estuvo en manos de corrientes del anarquismo.

Muchos dirigentes experimentados en las luchas sociales de Europa sabían cómo llegar a las masas —en general dispersas— y, mediante la huelga general u otros actos muchas veces espontáneos, hacían sentir sus reclamos. Desde 1890, las luchas fueron incesantes: exitosas muchas, derrotadas otras; movilizaciones que culminaron en las grandes huelgas de 1910, “momento de apogeo de la agitación de masas y del motín urbano —aunque la organización no alcanzó un desarrollo similar—, y también de la represión”.[23]

La reacción de la clase dominante fue en escalada. En 1902, Miguel Cané, el autor de Juvenilia, impulsó desde el Parlamento, cuando Julio A. Roca era presidente, la sanción de la Ley de Residencia (4.144), con la que se expulsó a líderes anarquistas. Si bien éste fue un severo golpe para el naciente movimiento obrero, no pudo contener la marejada que obligó a la elite a pensar reformas que atenuaran la situación social. Éstas se expresaron en el proyecto de Código Laboral (propuesto en 1904 por el ministro Joaquín V. González y elaborado con la colaboración de los políticos más progresistas) y en la creación del Departamento Nacional del Trabajo. Estas transformaciones permitieron, además, la inserción de los trabajadores socialistas en el sindicalismo negociador, donde no estuvieron solos en la creación de organizaciones obreras.

Los reclamos se extendieron al campo; particularmente, en la llamada “Pampa Gringa”. En 1912, explotó el llamado Grito de Alcorta, con demandas de mejores condiciones en el arrendamiento de tierras. Hacia fines del siglo xix ya había habido importantes luchas de chacareros santafesinos (propietarios en su mayoría) por la eliminación de un impuesto gravoso, y también por derechos políticos. Durante la revolución radical de 1893, también en Santa Fe, se habían organizado los “colonos en armas”, predominantemente suizos.[24]

Las luchas sociales produjeron alarma. A comienzos de la década del noventa, Carlos Escudé escribió: “La clase dirigente que auspició las reformas de educación patriótica de 1908 era una clase dirigente asustada, y esas reformas no pueden interpretarse ajenas al contexto de tensión social de principios de siglo, caracterizado por la creciente presencia de un inquietante movimiento anarquista. Fue ese contexto el que engendró medidas represivas como la ley de residencia de 1902, la ley de seguridad de 1910 y la creación de la sección especial de la policía, a la vez que, paralelamente, generaba el susodicho esfuerzo de adoctrinamiento argentinista, para la creación, desde el Estado, de una nacionalidad artificial […] era el miedo a la pérdida de un presunto carácter nacional preinmigratorio, de las tradiciones criollas y del ascendiente sociocultural del viejo patriciado argentino”.[25]

Desde temprano, las elites combinaron reformas con represión. Cuando las primeras pusieron en “peligro” la tasa de beneficio, predominó la mano dura. La mirada del poder ante el conflicto social era policial. En las huelgas, el Estado intervenía (cuando no reprimía directamente) por medio del jefe de Policía. Debió llegarse a los cruciales años posteriores a la Segunda Guerra, con la irrupción de Juan Perón (primero junto al Ejército y la Iglesia), para que un modesto departamento adquiriera la envergadura de una secretaría de Estado capaz de abordar las relaciones con los sindicatos y todo lo que ello conlleva.

Una de las válvulas de escape fue la ley electoral de 1912. Estuvo dirigida a integrar a la Unión Cívica Radical a un sistema que ya era insostenible mediante gobiernos monocromáticos, conservadores con matices, todos basados en el pacto del Presidente con los caudillos provinciales, que le daba a la Nación una gobernabilidad ficticia, asentada en el fraude; una situación que se tornaba endeble aun para el sector que podía acceder a este aparato, incluso con los enjuagues que se hacían en los clubes de los elegidos: el Jockey y el Círculo de Armas.

La Ley Sáenz Peña de lista incompleta otorgaba los dos tercios de las bancas en juego a la mayoría, y el resto a la minoría. Tendía así a forzar el bipartidismo, en la ilusión de que el radicalismo no alcanzaría en la mayoría de los distritos esa preeminencia que daba casi todo el poder al partido con más sufragios. Fue una ley pensada para mantener el poder a los conservadores, pero la vida fue dando lugar a una nueva realidad política. En la Capital Federal, el radicalismo ganó, el socialismo se quedó con la minoría y los conservadores, sólo vía el fraude, consiguieron más tarde un lugar en este distrito.

La derecha, o lo que se entiende por ella, recién con la Unión de Centro Democrático, a fines de los años ochenta del siglo xx, alcanzó envergadura electoral sin fraude; camino que Mauricio Macri amplió en el distrito porteño cuando en 2007 logró la Jefatura de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

En 1916, a pocos meses del centenario independentista, el 12 de octubre, el taciturno Yrigoyen llegaba a la Casa Rosada y se convertía en la expresión de las dinámicas capas medias, que incluían a las primeras generaciones de argentinos de aquel aluvión inmigratorio. Se sabe que para el partido radical, con Yrigoyen llegó el conductor de la revolución en paz. Aunque para Horacio Verbitsky “al contrario de lo que sugiere su denominación, la UCR constituía una opción tradicional, dique de contención de las corrientes marxistas y anarquistas que llegaron con los inmigrantes”.[26]

Fue un período contradictorio, de avances sociales y de represiones sangrientas. En 1918 estalló la Reforma Universitaria, al amparo de la Revolución Rusa, entre otras influencias. Fue el gran movimiento que buscó democratizar las altas casas de estudio y darles autonomía; que se planteó abrir los claustros a los aires renovadores, estrechar las relaciones con los trabajadores, abrirse a la sociedad (de allí la mentada “extensión universitaria”) e incluir a los estudiantes y graduados en la conducción de las universidades.

“Hombres de una República libre, acabamos de romper la última cadena que, en pleno siglo xx, nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que quedan son las libertades que faltan. Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”. Ya en su primer párrafo, este “Manifiesto liminar” escrito por Deodoro Roca (verbo de aquel movimiento trascendental) reclamó además, en el clima de la época, el derecho a la rebelión, y entonó una canción latinoamericana.

Yrigoyen comprendió lo ocurrido y arropó al movimiento, o buscó deglutirlo; en definitiva, era el reclamo de las capas medias. Esa rebelión fue consentida. Pero cuando los protagonistas fueron los trabajadores en lucha, no se escatimó el rigor. Ocurrieron los sucesos de la Semana Trágica de enero de 1919; la matanza de peones en la Patagonia por reclamos laborales modestos, en 1921, y la represión en el feudo británico “La Forestal”, en el norte de Santa Fe.

Como se ve, el surgimiento de una izquierda socialista estuvo vinculado a esta evolución conflictiva y contradictoria de la sociedad. No fueron factores exógenos los que determinaron la creación, el 6 de enero de 1918, del Partido Socialista Internacional (PSI), luego Partido Comunista, ni el surgimiento, a partir de éste, de una entidad juvenil. En todo caso lo exógeno, referido solamente a la escisión del socialismo y el comunismo, estuvo marcado en el plano internacional por los posicionamientos frente a la matanza europea.

En cambio, el estrecho vínculo entre el joven comunismo criollo y la III Internacional, creada al calor de la Revolución de Octubre, fue modelando la identidad de Partido y Juventud. Con el tiempo, lo “positivo” del sólido nexo (la experiencia revolucionaria, el ser parte de un movimiento global que otorgaba una especie de paraguas protector) derivó en un encorsetamiento que limó las posibilidades de desarrollo como fuerza política (tanto para mayores como para jóvenes) y produjo una configuración cuyos parámetros chocaron, en demasiadas ocasiones, con la propia realidad objetiva del país.

Apegados totalmente a la inminencia de la Revolución imaginada, los comunistas quedaron entrampados en el verbalismo del que prometieron huir, y se ajustaron a las pautas del bolchevismo entonces triunfante en Rusia. Este desarrollo los metió en debates interminables, cuitas que enfrentaron a soñadores de un mundo mejor, mientras la Argentina de los sacudimientos sociales cuasirrevolucionarios se estabilizó según el orden radical-conservador en vías de renovación.

La de la Fede: una fundación discutida

Aunque por generaciones los afiliados a la Federación Juvenil Comunista festejaban el 12 de abril de 1921 como su fecha fundacional, lo cierto es que el dato estuvo sujeto a controversias. No existe ningún documento que corrobore la información, a pesar de que por vía oral y artículos de prensa se ha ido imponiendo desde mediados de los años veinte. Igual confusión se ha dado con sus autoridades de esa década, sobre todo por las diversas escisiones, o más bien expulsiones. Estos procesos de imposición de un sector sobre otro se dieron en el marco de aquellos debates empapados de entusiasmo que se libraron dentro del PCA entre revolucionarios y reformistas, y, particularmente, dentro del primer grupo, cuyas discusiones tenían una dinámica propia no exenta de violencia.

Veamos. En el número 821 de Nuestra Propuesta, Athos Fava (secretario general del PCA entre 1981 y 1987) dio razones para instalar, al menos transitoriamente, la duda. Para él, el momento fundacional de la Fede se sitúa en 1918, con la adhesión del I Congreso Extraordinario de la Federación de Juventudes Socialistas (FJJSS) al Partido Socialista Internacional (PSI), nacido el 6 de enero de ese año.

Como mencionamos en el “Prólogo”, en 1961 se había publicado el trabajo de autor anónimo Escuela de heroísmo. Allí se afirmaba: “El 12 de abril de 1961 se cumplen cuarenta años de la fundación, por resolución del Comité Central de Partido Comunista, de la Federación Juvenil Comunista”.[27] El dato aclara algo, no todo, ya que no ofrece un documento que lo acredite.

Antes, en la misma dirección, Juventud, con motivo del 26º aniversario de la fundación de la Federación Juvenil Comunista había descripto los acontecimientos en estos términos: “De la necesidad de acercarse a las masas de la juventud laboriosa de una forma más amplia, para educarla en la lucha por su emancipación y organizarla de manera accesible a sus condiciones de jóvenes, surgió la Federación Juvenil Comunista. El Comité Central del Partido Comunista designó una comisión especial el 12 de abril de 1921, tendiente a resolver este problema” (17/4/1947). El vocero del recién nacido PCA, el matutino La Internacional, nada informó en su momento al respecto, aunque su lectura, como veremos, permite reconstruir los hechos.

“¿Viste alguna vez el acta de fundación de la Fede?”, le preguntó el autor, por teléfono, en 2007 a Patricio Echegaray, quien la dirigió durante una época y en aquel momento era (y lo sigue siendo ahora) secretario general del PCA. “No”, fue la lacónica respuesta. La misma que dieron Jorge Bergstein, secretario general de la FJC entre 1952 y 1964, y Héctor Santarén, quien lo sucedió hasta 1971. La duda se acrecentaba porque según el Esbozo del PCA (escrito en 1948 por una comisión bajo el control de Victorio Codovilla), la organización juvenil había surgido en marzo de 1921.

Como señalamos, Fava propone el surgimiento de la Federación de Juventudes Socialistas (luego Federación de Juventudes Comunistas) el 20 de enero de 1918. Pero es una verdad incompleta, pues esa organización llevaba ya, por lo menos, dos años de existencia. Aunque no es una hipótesis desechable.

Hay dos períodos para la Juventud Socialista. El primero lo ubica Emilio Corbière en Orígenes del comunismo argentino.[28] Allí afirma que el 7 de agosto de 1912, Juan Clerc, secretario del Centro Socialista del Norte, pidió autorización al Comité Ejecutivo del Partido Socialista (PS) para la organización del movimiento juvenil a nivel nacional.

Estos jóvenes se nuclearon en torno del Centro de Estudios Sociales “Carlos Marx” (donde tuvo militancia inicial Victorio Codovilla), que funcionaba en el local de la calle Estados Unidos 1056 de la ciudad de Buenos Aires. Dirigida por Juan Ferlini (años después, el primer concejal porteño por el comunismo), la publicación ¡Adelante! fue la vocera de la Federación Juvenil Socialista.[29] Circuló desde abril de 1916 hasta que, integrado en el comunismo, el grupo colocó sus escasos fondos para editar La Internacional.

El segundo período comenzó cuando, el 20 de enero de 1918, días después de la fundación del Partido Socialista Internacional, se inició el I Congreso Extraordinario de la Federación de JJSS. Para ese entonces, ya se habían llevado a cabo dos congresos ordinarios.

En el Congreso Extraordinario de enero de 1918 se produjo el reconocimiento del PSI como único órgano socialista. Como dato adicional, cabe aclarar que ya en julio de 1917, durante el II Congreso ordinario, la FJJSS se había pronunciado por el grupo que defendía, dentro del PS, las resoluciones del III Congreso referidas a la actitud del Partido frente a la guerra mundial.

Miremos la cronología de los sucesos según La Internacional. A poco de nacido el Partido Socialista Internacional, el 6 de enero de 1918, los días 20 y 21 se realizó el I Congreso Extraordinario de la Federación de Juventudes Socialistas.[30] Era secretario de la Junta Ejecutiva (JE) de la FJJSS, Luis Koiffman. Como se dijo, el Congreso resolvió reconocer al PSI como único organismo socialista, además de secundar la acción que éste desarrollara moral y materialmente (siempre que sus actos estuvieran acordes con el socialismo internacional), integrar la Junta Ejecutiva de la FJJSS con un delegado del PSI con derecho a voz y nombrar un delegado ante el Comité Ejecutivo del PSI.

Koiffman fue el elegido para este último cargo. Codovilla se opuso y planteó la incompatibilidad entre el cargo de secretario de la Junta Ejecutiva y la integración del Comité Ejecutivo del PSI, pero perdió el debate: Koiffman se incorporó al cuerpo y quedó al frente de la Juventud.[31] Codovilla aún no era influyente. Sin temor, bien podría pensarse lo acontecido en aquellos dos días de enero de 1918 bajo las iniciales de la FJC. Aunque habría que esperar todavía algunos trámites.

Koiffman estaba tan instalado en las JJSS y en el PSI que en la reunión del 9 de octubre de 1920, cuando se designaron dos comisiones preparatorias para el IV Congreso Ordinario del PC, él integró la que se encargó de presentar el informe de las resoluciones del II Congreso de la III Internacional Comunista junto con Rodolfo J. Ghioldi y Pedro Romo.[32] Durante los preparativos del IV Congreso se fue aprestando el terreno para fundar la Juventud Comunista. El número 96 de La Internacional (4/12/1920) consignó que “para el próximo Congreso se abordarán las siguientes proposiciones de estatuto para el ámbito juvenil: Art. 7° —Es deber de cada centro del Partido organizar una juventud comunista integrada por jóvenes que no sean mayores de 18 años. Los que sean mayores de esa edad podrán permanecer en la misma siempre que se afilien al Partido. Art. 8° —Las juventudes comunistas, para ser reconocidas, deberán aceptar los principios fundamentales del Partido y darse un estatuto en consonancia con el mismo. Sobre lo dem

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