Introducción
Durante el siglo XX, y sobre todo en las últimas décadas, se produjo una notable renovación en el campo de la Historia cuando esta disciplina abrió un lugar para que ingresaran nuevas cuestiones y aparecieran nuevos sujetos. Subieron a escena con especial destaque las mujeres, aunque no estuvieron solas en los nuevos análisis que produjo la disciplina. La vida de la gente común cobró singular interés y ya no fue necesario que las narraciones estuvieran dedicadas a los grandes acontecimientos políticos y sociales en los que sobre salían los protagonistas masculinos. Las nuevas concepciones permitieron apreciar de modo muy diverso los fenómenos históricos porque fueron tenidas en cuenta circunstancias antes muy poco atendidas. Entre las nuevas contribuciones de quienes se dedican a la investigación histórica, sobresalen hoy día las que permiten comprender el significado de la diferencia sexual en todos los órdenes de la experiencia humana. Como fruto de esta renovación se ha dado paso a la Historia de las Mujeres.
La nueva especialidad ha venido proporcionando motivos para repensar el pasado a la luz de la condición de varones y mujeres, condición que no es apenas diferente sino esencialmente desigual, toda vez que han sido los varones los grandes protagonistas de la vida pública, los ocupantes principales de los lugares de mayor jerarquía, poder y valor social. Piénsese que ha transcurrido tan sólo un poco más de un siglo de la admisión de las mujeres en nuestra vida universitaria, y que el voto les fue otorgado hace apenas poco más de cincuenta años en la Argentina.
La crítica producida por el feminismo contribuyó a denominar “patriarcado” al sistema social y cultural que otorgó claro predominio a los varones. No hay ninguna sociedad en la que se haya manifestado la supremacía de las mujeres. Los nuevos conocimientos han derrocado la hipótesis del matriarcado que se aseguraba había existido en algunas sociedades primitivas, por lo tanto es necesario reconocer que no hubo una etapa paradisíaca para las mujeres bajo un presunto estadio matriarcal. Tal como ha sostenido uno de los sociólogos más importantes del siglo XX, Pierre Bourdieu, enfrentamos el hecho notable de que la dominación masculina se ha mantenido en todas partes y a lo largo de los tiempos con tal constancia, que ha llevado a instalar la idea de que esa dominación proviene de designios naturales o mejor aún, de propósitos sobrenaturales inescrutables. La verdad es que la subordinación de las mujeres pone de manifiesto relaciones creadas por los seres humanos, y no hay nada, ni en el orden de la naturaleza ni en el sobrenatural, al que hacer responsable por la jerarquía que el género masculino ha impuesto sobre el femenino. Poderosas razones sociales y culturales actuaron para establecer la desigualdad de estatus entre los sexos. Esa desigualdad también ha excluido en gran medida a las mujeres del relato de la Historia hasta muy reciente data, aunque estoy lejos de asegurar que nunca se les permitiera asomar. Pero resulta irrefutable que en la mayoría de los casos se ha tratado de contar lo que ocurrió sólo en relación con las muy sobresalientes, que el discurso que la Historia dedicó a las mujeres hasta hace poco puso en foco a las que lograron destacarse por razones de gran significado público. Más allá de ese reconocimiento a las “grandes mujeres”, el balance final indica una notoria ausencia de la acción femenina, como si hubiera sido posible una historia sin las mujeres, como si la vida de las comunidades humanas pudiera haber acontecido al margen de aquéllas, como si los trajines, buenos y malos, de la especie hubieran podido transcurrir sin su presencia.
Sexo y género
Muchos lectores y lectoras tendrán dudas sobre la diferencia de estos conceptos, por lo que conviene aclararlos una vez más. La diferencia entre sexo y género se debe al feminismo teórico que se abrió paso en las décadas del 60 y 70, como consecuencia de la denominada “segunda ola”. Se designa así a la segunda fase expansiva del feminismo para distinguirlo del feminismo inaugural de fines del siglo XIX. Los cambios de los años 70 en adelante, sin embargo, fueron aun más notables, por lo que a menudo se sostiene que conforman una “tercera ola”.
El concepto de género se ha extendido en las últimas décadas a través de una gran profusión de estudios e investigaciones de alto impacto en las ciencias sociales y las humanidades. Simone de Beauvoir había escrito su notable ensayo El segundo sexo al finalizar la Segunda Guerra Mundial, poniendo en evidencia que la inferioridad femenina era consecuencia del largo desarrollo histórico del patriarcado y no de determinaciones naturales. Beauvoir inscribió un principio de enormes consecuencias teóricas y políticas: “No se nace mujer, se hace”. Debido a la dificultad para erradicar la determinación biológica asociada a la identidad de cada uno de los sexos, la crítica feminista que se expandió en los últimos años comenzó a distinguir entre sexo y género. Sexo pasó a ser el vocablo que daba cuenta de las características anatomofísicas y fisiológicas correspondientes a varones y mujeres; en otros términos, lo que se atribuye a la Naturaleza, a la biología. Género se empleó cada vez más para dar cuenta del significado decisivo de los condicionamientos sociales y culturales —históricamente forjados— que creaban los caracteres femeninos y masculinos. El género hacía visible la construcción histórica de los sexos, toda vez que cada cultura indicaba las funciones, las actividades y las expectativas de comportamiento relacionadas con cada uno de ellos. Se convirtió en el vocablo privilegiado de las feministas anglosajonas y, aunque encontró mayores dificultades de adopción en otras sociedades, se incorporó a nuestros usos latinoamericanos de forma prominente en las décadas del 80 y del 90.
No obstante, no fueron pocas las voces que advirtieron sobre cierta provisoriedad del término, y menos aún faltaron las que reclamaron sobre la incorrección de su empleo. Hace algún tiempo, dos vertientes del debate feminista han discutido el concepto de género. Una de esas vertientes está representada por las feministas que recriminan que con este vocablo se pierde la especificidad de las mujeres y su historia. Dichas feministas sostienen que debe mantenerse la idea de “diferencia sexual”. Opinan que el vocablo género neutraliza la jerarquía histórica que han impuesto los varones, y que hasta la hace desaparecer, porque al final género se puede referir tanto a la condición masculina como a la femenina. La otra vertiente exhibe un punto de vista radical, en la que destella el pensamiento de la intelectual norteamericana Judith Butler —a quien se deben al menos tres importantes textos aparecidos en español, “El género en disputa”, “Cuerpos que importan” y “Deshacer el género”—, para quien el propio término sexo tampoco es de orden biológico, sino una creación sociocultural que responde a las convenciones de la “sexualidad normal”. La noción de género confunde porque hace pensar que hay sexos biológicos completamente determinados. Para Butler —que se apoya en el notable pensador francés Michel Foucault—, es el lenguaje y el poder de sus fórmulas los que realizan la fijación de los sexos y tienen como norma la heterosexualidad.
En resumen: la primera vertiente recela de que la masculinidad patriarcal encuentre un rescoldo en la neutralidad a la que aludiría el término género, y la segunda previene contra la norma que fija sólo dos sexos y dicta la heterosexualidad obligatoria.
No es posible dar cuenta aquí de las chispas que enciende la diatriba con relación al término género. Importa retomar el debate en el seno del propio feminismo que, en cualquier caso, está de acuerdo sobre la construcción histórica de la diferencia sexual. Para quienes se preocupan, con cierta razón, por el armisticio que puede ocultar la jerarquía sexual ejercida por los varones, y disminuir de este modo la eficacia del reclamo de derechos por parte de las mujeres, habría que garantizarles que género se emplea sobre todo para dar cuenta de la supremacía masculina, aunque también atiende la identidad de los varones, ya que han comenzado a desarrollarse los estudios sobre masculinidad. Pero dichos estudios deberían ayudar a resolver el problema de cómo los varones se impusieron prerrogativas diferenciales y qué ha significado para las sociedades su posición privilegiada. De otro lado, habría que advertir a las posiciones que sostienen que el sexo está construido sólo simbólicamente, que una vez que el lenguaje marca la diferencia ya actúan sus efectos, y que basta la repetición para fraguar los estereotipos femenino y masculino. Aunque no falta razón a estos argumentos, debe andarse con cuidado. El lenguaje significa una economía decisiva para la interacción humana, en gran medida crea no sólo los sujetos, sino la propia realidad. Pero más allá de la importancia del lenguaje, el mundo ofrece fenómenos que son algo más que lenguaje. Muchas posiciones feministas aceptan que hay una realidad biológica y corporal que no puede ser desconocida y que, aunque necesariamente está representada por los signos a través de los cuales nos comunicamos, no puede reducirse a éstos.
Pero sin ir tan lejos con las disquisiciones entre sexo y género, se trata también de tener en cuenta las “oportunidades contextuales” del uso del lenguaje. En nuestro país, los sectores tradicionales que resisten las transformaciones de las conductas y de las costumbres han abogado por la supremacía de las fórmulas que emplean la palabra sexo en vez de género. La resistencia conservadora no desea abandonar la idea de que los sexos están fundados exclusivamente en la Naturaleza y cree que el término género es un desvío de las funciones fijadas para varones y mujeres. Esa perspectiva expresa a menudo valoraciones religiosas. Las voces más tradicionales reclaman porque género contraría las normas de la Naturaleza, amenaza las responsabilidades fundamentales femeninas y masculinas. De ahí que el uso del término género haya sido una suerte de arma de combate para la agencia feminista y no sólo en nuestro medio, ya que si las fuerzas conservadoras defienden el punto de vista de la verdadera “naturaleza humana”, con el mantenimiento del vocablo sexo, y no están dispuestos a conceder que también se trata de una construcción del lenguaje, entonces género adquiere una dimensión política significativa para contrarrestarlas.
Debe subrayarse que, lejos de lo que pueda creerse, no existe sólo la polaridad de dos géneros, femenino/masculino. Existen varios géneros o, mejor, actos performativos de género —esto es, formas del lenguaje que suelen repetirse hasta “hacer un tipo de género”—, toda vez que las negociaciones de la sexualidad son diversas y dan lugar a múltiples adopciones de identidad, o de identificación, que sería riesgoso encasillar. Estas interpretaciones deben mucho a los aportes efectuados por la filósofa Judith Butler. Hoy día, gracias a los grados ampliados de libertad que muchas sociedades han conquistado, al avance en materia práctica y conceptual de los denominados Derechos Humanos, a las reivindicaciones de las personas afectadas por discriminación en materia de sexo/género, el arco se extiende desde la heterosexualidad normativa a la diversidad constituida por quienes se identifican como lesbianas, homosexuales, transexuales, intersexuales y transgéneros. La identidad —es necesario insistir— está en perpetua negociación, y los seres humanos sólo pueden resultar “sujetos nómades”: les es propia la condición migrante, en estado de apertura, como propone Rosi Braidotti, una singular teórica feminista inspirada en buena medida en su maestro, el filósofo Gilles Deleuze, un amigo de la causa de las mujeres.
La historia y las mujeres
Cuando la historiografía de las mujeres se abrió paso de forma decidida a partir de la década del 70, las propias sociedades y las diferentes épocas fueron revisitadas con otra lente permitiendo una interpretación diferente de los acontecimientos, lo que contribuyó a modificar los conceptos empleados por los historiadores. Sólo mencionaré a título de ejemplo la noción de “ciudadanía universal”. La evidencia de la exclusión de las mujeres fue suficiente para revisar los alcances de tal universalidad y volver sobre sus contenidos. No es posible hacer justicia en esta introducción a la enorme masa de investigaciones dedicada a analizar la vida de las mujeres y las relaciones de género que se extendieron en la mayoría de los países, aunque debe reconocerse el estímulo proveniente de las feministas anglosajonas. Su influencia ha sido directa en nuestro medio, del mismo modo que lo ha sido para el conjunto de las historiadoras europeas, aunque no se ha tratado por cierto de una asimilación. En todas partes se ha asistido a un desarrollo de la especialidad, y podría asegurarse que hoy día en todos los centros académicos importantes del globo se realizan estudios históricos destinados a escudriñar a las mujeres. En muchos países se editaron obras colectivas dedicadas a la Historia de las Mujeres, siendo seguramente la primera la que apareció en Francia gracias a la dirección de Michelle Perrot y Georges Duby. Después de esa iniciativa, diferentes países han hecho lo propio y muy recientemente ha aparecido la Historia de las Mujeres en España y América Latina, una obra en cuatro volúmenes editada en Madrid bajo la dirección general de Isabel Morant. La historiografía de las mujeres sacudió a la disciplina, tal como ya he señalado. Las concepciones que atribuían un papel decisivo a los conflictos de clase debieron atender el largo fenómeno de la subalternancia transhistórica de las mujeres, que se quería asimilar a un designio de la naturaleza. El sometimiento femenino está en la base de una formidable construcción simbólica a lo largo de las épocas. Tal como Pierre Bourdieu afirma en La dominación masculina, las ideaciones patriarcales han obrado como una fuerza inexpugnable que “legitima una relación de dominación inscribiéndola en una naturaleza biológica, que es en sí misma una construcción social naturalizada”. La Historia de las Mujeres ha mostrado esas circunstancias, pero ha debido hacerlo con mucha constancia, con pericia y astucia, porque las intervenciones innovadoras no son fáciles. Las relaciones entre varones y mujeres constituyen un tembladeral, son altamente desestabilizadoras, tanto de los saberes legos como de la “ciencia normal”. Pruébese introducir la cuestión en cualquier ámbito, no sólo en el académico, y podrá verse la polvareda que levanta. Y qué decir de las experiencias de la sexualidad que huyen de la canónica convención heterosexual. El orden de los prejuicios no es sólo una consecuencia del sentido común acrítico, sino que ha sido una larga construcción científica, especialmente de la que se desarrolló con la expansión de la modernidad en el siglo XIX.
A menudo se nos interroga sobre qué cambia la Historia “en los hechos” —aunque deberíamos recordar que los “hechos” siempre son interpretaciones— cuando éstos son escudriñados desde la perspectiva de la diferencia sexual. A esta cuestión creo que debemos responder con la metáfora del historiador inglés Christopher Hill: la Historia de las Mujeres y de la diferencia sexual pone el mundo patas para arriba. El orden de las interpretaciones cambia, se alteran los giros de los sentidos convencionales, se modifica el significado de ciertos actos.
Las mujeres y la Historia
Que las mujeres
