¡Mueran los salvajes unitarios!

Gabriel Di Meglio

Fragmento

Introducción

Los dos cuerpos colgaban y se balanceaban ligeramente, mientras algunos curiosos seguían acercándose para observarlos. Hacía calor, como es habitual hacia fin de año en Buenos Aires. La multitud que había asistido a la ejecución unas horas antes se había dispersado y la Plaza de la Independencia, que muchos llamaban todavía Plaza de la Concepción, recobraba de a poco su aspecto cotidiano. Cuando llegó la noche, los ajusticiados ya habían sido enviados al cementerio. Quedaban sólo unos soldados para evitar incidentes y un tardío grupo de conversadores. El 29 de diciembre de 1853 llegaba a su fin y, con él, las vidas de Ciriaco Cuitiño y Leandro Alén.

Ambos sabían que iban a morir: el juicio, concluido el 9 de diciembre, los había sentenciado al fusilamiento. La decisión fue apelada pero la Cámara de Justicia la confirmó, y añadió que los cadáveres debían ser colgados para profundizar el castigo. Sus esperanzas eran vanas: por una acusación similar habían muerto otros dos hombres; en octubre, fusilaron y colgaron en la Plaza de la Victoria, la principal de la ciudad, a Manuel Troncoso y a Silverio Badía.

El 28 de diciembre, Cuitiño y Alén fueron trasladados desde la cárcel a una vivienda ubicada frente a la Plaza de la Independencia. La residencia había pertenecido a un francés, Juan Pedro Varangot, atacado en octubre de 1840 por un grupo rosista y degollado allí mismo. Quizá no fuera azaroso que los encerrasen ahí. El día de la ejecución, desde muy temprano, unas cinco mil personas de distinta condición social —congregación enorme para la época— aguardaban expectantes. Miembros de la Guardia Nacional, la milicia de Buenos Aires, formaban un cordón que separaba a los presentes de la ruta al cadalso. A las nueve de la mañana la puerta de la casa se abrió, y los condenados salieron por ella acompañados por frailes dominicos. Cuitiño caminaba erguido y miraba desafiante a la multitud. Mientras se acercaba al patíbulo, vociferó que había servido a un gobierno legítimo y vivó a Juan Manuel de Rosas. Algunas voces anónimas lo insultaron a gritos. Por su parte,Alén se veía abatido y debieron auxiliarlo para que pudiera avanzar. Se le había paralizado un brazo la noche anterior y el peso de las cadenas lo obstaculizaba visiblemente. Al subir al cadalso, el poncho parecía cubrirlo por completo; lo sentaron en un banco. Cuitiño pidió hilo y aguja para coser su camisa al pantalón y así evitar que se le cayera cuando lo colgaran. La multitud hizo silencio. Los tambores redoblaron y los guardias nacionales abrieron fuego. Minutos después, los cadáveres pendían de las horcas. Un dominico, fray Olegario Correa, dirigió un apasionado sermón al público, pidiendo a los padres que enseñaran a sus hijos cuáles eran los errores del pasado reciente. Así concluyó un episodio que provocó gran conmoción en la ciudad. Ciriaco Cuitiño y Leandro Alén habían sido ejecutados por los asesinatos que perpetraron como miembros de la Mazorca.1

El drástico final de los mazorqueros fue un intento de marcar un corte con el pasado reciente de Buenos Aires. Una buena parte de la población de la provincia había apoyado a Rosas en años anteriores o lo había tolerado sin problemas, pero ahora que había caído se sumaba a las voces que condenaban su gobierno. En la ciudad, algunos referentes rosistas se habían unido a sus antiguos enemigos, los emigrados retornados tras la batalla de Caseros, para enfrentar el predominio de Justo José de Urquiza —y con él, el de la provincia de Entre Ríos— y defender los intereses de Buenos Aires frente al resto de la Confederación. Con esa alianza, la ciudad resistió un sitio a la que la sometieron en la primera mitad de 1853 fuerzas militares de la Confederación y de la campaña de Buenos Aires, sublevada contra su capital. En julio el sitio se levantó y Buenos Aires inició un período en el que estuvo separada del resto del país (que mientras tanto había sancionado una Constitución nacional). La nueva etapa fue abierta en la provincia disidente con los juicios a los ex integrantes de la Mazorca, que comenzaron poco después del final del sitio. Jurídicamente estuvieron llenos de irregularidades e incluso se faltó a la promesa de indulto que había sido dada a Badía y Troncoso por haber colaborado en la defensa de la ciudad; el resultado estaba anunciado antes de empezar. Con la ejecución de los mazorqueros, Buenos Aires “limpiaba” su pasado inmediato. Así, ellos fueron los grandes perdedores del régimen anterior (además del propio Rosas, exiliado y embargado). El resto de los antiguos rosistas se reinsertó en la vida porteña.

La elección de la Mazorca como blanco de la Justicia no fue azarosa: desde 1835, cuando comenzó el segundo mandato del Restaurador, hasta 1846, fecha en la que fue oficialmente disuelta, miembros de esa organización protagonizaron distintas agresiones a personas y bienes con el fin de amedrentar a la oposición —o a quienes se sospechaba de integrarla— y garantizar así la unanimidad federal. Fueron también mazorqueros los autores de los asesinatos del que fue conocido como “terror de octubre de 1840 y abril de 1842” en la ciudad de Buenos Aires. Representaban la peor cara del régimen autocrático de Rosas.

Los enemigos del rosismo y los historiadores que más tarde se dedicaron a criticarlo fuertemente tomaron a la existencia de la Mazorca, y de la Sociedad Popular Restauradora, de la cual aquélla era una suerte de brazo armado, como uno de los ejes, quizás el principal, de su ataque. La historiografía que en cambio procuró defender la imagen de Rosas minimizó la importancia de esas agrupaciones o justificó su accionar ante la proclamada gravedad de los hechos producidos por sus adversarios (como crímenes masivos y “traiciones patrióticas” ante potencias extranjeras). Así, cientos de páginas fueron escritas sobre la Sociedad Popular Restaurado

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