La Ilustración en el Río de la Plata

José Carlos Chiaramonte

Fragmento

Prólogo a esta segunda edición

El libro que ahora reeditamos, agotado hace muchos años, apareció en 1989 en la editorial Punto Sur, ya desaparecida.1 Los diecisiete años transcurridos desde entonces no han podido menos que producir algún cambio en los criterios del autor. El principal de ellos consiste en una utilización menos definida del sentido periodizador que evoca el concepto de Ilustración. Sin embargo, considero que el conjunto del trabajo, y la selección de los documentos que lo acompañan, conservan aún una validez que justifica esta reedición.

Respecto del aludido cambio de criterio, siento la necesidad de explicar al lector las curiosas circunstancias que conciernen a los trabajos que, a lo largo de muchos años, he dedicado al tema, y a las variaciones de uno a otro. El primero de ellos fue el resultado de mis clases en la actual Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Entre Ríos, donde estaba a cargo de la cátedra de Historia del Pensamiento y de la Cultura Argentina.2 Como es natural, uno de los criterios expuestos en él fue posteriormente abandonado, cuando una mejor perspectiva del proceso de la independencia rioplatense me obligó a desecharlo. Se trataba del supuesto de que la independencia habría sido producto de la emergencia de una burguesía revolucionaria que necesitó sacudir el peso de la dominación hispana, alentada, entre otros factores, por las ideas ilustradas. Sometido el fenómeno de la independencia a un mejor enfoque, considerándolo más como un efecto de la súbita crisis de la monarquía castellana que como producto de una clase social de aquella naturaleza, en realidad inexistente, ese primer trabajo cobra ahora mayor interés para mí por un detalle relativo a su título que, a diferencia de lo que acabo de señalar, me parece rescatable. Me refiero a que en ese título Ensayos sobre la “Ilustración” argentina, la palabra Ilustración aparecía entre comillas, las que traducían una duda respecto de la validez del término. Esta aprensión, si se me permite recordar una anécdota lejana, fue criticada severamente por Boleslao Lewin, entonces director del Instituto de Investigaciones Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras de Rosario, en una conversación amistosa que hoy recuerdo con simpatía, aunque sin aceptar la crítica, por los motivos que se verán más abajo.

Desde aquella primera publicación fueron varias las oportunidades en que debí volver al tema de la cultura del siglo XVIII, lo que por lo general ocurrió no por iniciativa mía sino a solicitud de colegas o editoriales interesados en él. Así, por ejemplo, Ángel Rama, el recordado ensayista y crítico literario uruguayo, motivado por su interés en los Ensayos... me pidió una recopilación de textos con un estudio preliminar sobre la Ilustración en América latina, para ser publicado por la Biblioteca Ayacucho de Venezuela. A su pedido, Rama añadía una sugerencia de título, que acepté complacido: “La crítica ilustrada de la realidad”. Sin embargo, por decisión de los editores, el volumen apareció con un título diferente, y el sugerido por Rama, que se conservó sólo en la Introducción, lo utilicé también más tarde para otro de los trabajos sobre el tema.3

Una novedad importante fue que este último libro incluía un artículo sobre la difusión en Hispanoamérica de la obra de los economistas ilustrados del siglo XVIII napolitano, publicado años antes en un número especial, dedicado a América latina, de la Rivista Storica Italiana, a pedido de su director, Franco Venturi, trabajo que ampliaba el conocimiento del pensamiento económico europeo en los años anteriores a la independencia, hasta entonces prácticamente ceñido a la obra de los fisiócratas y de Adam Smith.4

La preocupación sobre lo adecuado del rótulo de Ilustración, expresado por las comillas aplicadas en el título de los Ensayos..., no me había abandonado. En ocasión de preparar el volumen de la Biblioteca Ayacucho, tuve oportunidad de consultar el libro de Mario Góngora editado por la Universidad de Cambridge, que recogía el concepto de Ilustración católica, proveniente de historiadores alemanes.5 Lógicamente, la innovación estaba aún más lejos de disipar aquellas dudas y, al reseñar las incongruencias de la llamada Ilustración hispanoamericana con respecto a la europea, merecieron en aquel texto el siguiente comentario:

“En su conjunto, pues, la discusión roza el problema de la dificultad que ofrece el pensamiento iberoamericano del siglo XVIII para ser incluido en el concepto de Ilustración, dificultad que no ha logrado ser totalmente salvada. Un ejemplo de esto es el uso de un contradictorio concepto, el de Ilustración católica, para designar a gran parte de ese paradójico movimiento intelectual que se abre entusiastamente a la seducción del ‘espíritu del siglo’, pero, al mismo tiempo, salvaguarda y reafirma su adhesión a los dogmas de la Iglesia o su fidelidad a la doctrina del origen divino del poder real. Aunque el concepto ha sido acuñado para corrientes de la Ilustración europea, también fue aplicado a parte de la iberoamericana, como en el caso rioplatense al obispo San Alberto o el canónigo Maziel y, en el novohispano, al obispo Abad y Queipo o el canónigo Pérez Calama.”

En ese trabajo, el concepto de Ilustración católica estaba utilizado solamente como un ejemplo de las dificultades que generaba el intento de definir en términos de Ilustración la cultura de tiempos de las independencias. Por eso, desechando la utilidad de aquel concepto para sortear esas dificultades, concluía esa parte del prólogo con este juicio relativo a la posible pertinencia del concepto general de Ilustración:

“Por lo tanto, si la Ilustración europea puede ser entendida como un proceso que parte de la difusión del espíritu de tolerancia en cuanto secuela del disgusto por las guerras de religión y que llega, hacia la última parte del siglo, en Francia, a convertirse en un movimiento netamente antifeudal [...] las manifestaciones de la cultura del siglo XVIII iberoamericano merecerán el concepto de ilustradas por razones a veces distintas, aunque conexas, con las de aquella tradición y aquella historia. Ilustración iberoamericana puede entonces constituir una denominación legítima a condición de contemplar todos los riesgos de una equívoca identificación de naturaleza con la europea.”6

Sin embargo, esa legitimidad volvería a hacérseme problemática. En 1989 aparecía la primera edición de La Ilustración en el Río de la Plata, en la recientemente inaugurada colección “La Ideología Argentina”, dirigida por Oscar Terán en la Editorial Punto Sur. Este libro, que hoy reeditamos, si bien ceñido al caso rioplatense, reflejaba una sensible innovación en mi enfoque del tema, el que provenía de la creciente convicción de que era imposible entender la historia colonial y poscolonial de estos países sin indagar en la historia de la Iglesia Católica, no sólo por su profunda influencia en la vida cultural de estos pueblos sino también por su fuerte interrelación con las monarquías ibéricas. Es decir, la historia de la Iglesia en el siglo XVIII europeo y americano ofrecía la clave de la mayoría de los principales aspectos de la historia cultural del período. Eran tiempos de un papado débil —en comparación con lo que ocurrirá en el siglo siguiente—, con una Iglesia sacudida por corrientes internas, algunas encarnadas en las principales órdenes religiosas, inmersas en una intensa lucha por el poder dentro de la Iglesia y, por consiguiente, dentro de la monarquía. Una historia que la historiografía liberal había rozado superficialmente por razones que eran otros tantos prejuicios y que la historiografía católica había desnaturalizado por ocultar aquellos conflictos internos que parecían afectar el prestigio de la Iglesia. En esta perspectiva, episodios como la expulsión de los jesuitas cobran otra fisonomía en cuanto dejan de ser vistos como agresiones de la Iglesia para pasar a ser lo que realmente eran: cuestiones internas de esa Iglesia española, esa Iglesia que había estado al borde de la reforma en el siglo XVIII y en la que una buena parte de la misma adhería a los intentos reformistas de la monarquía borbónica. Así también, las reformas rivadavianas no resultarían otra cosa que una prolongación de aquellas tendencias reformistas internas de la Iglesia.

A la luz de esta atención concedida a la historia de la Iglesia española del siglo XVIII, el problema de la pertinencia del concepto de Ilustración iberoamericana, y con él el de Ilustración católica, resurgía con el mismo interés que en los trabajos anteriores ya comentados. Como el lector podrá comprobarlo en los diversos lugares de este libro donde se menciona el problema, lo que llamamos “el contradictorio concepto de Ilustración católica” está aludido como sólo un indicador de las dificultades del problema, como una comprensible pero no eficaz tentativa de dar cuenta de las peculiaridades de la cultura ibérica e iberoamericana del siglo XVIII. Pero ese resurgir no era sino el resultado de la incertidumbre sobre la pertinencia del concepto mismo de Ilustración para definir la cultura iberoamericana de tiempos de las independencias, pertinencia puesta en duda por las comentadas particularidades de la vida cultural ibérica de la época.

Finalmente, debo agregar que lo que me parece la más adecuada vía para la solución de ese problema comenzó a hacérseme clara después de la publicación de este libro. En 1989, en ocasión de un congreso de historiadores reunido en Santiago de Chile con motivo del bicentenario de la Revolución Francesa, expuse una primera versión de lo que me había costado tanto comprender: el efecto de los esquemas periodizadores y su propensión taxonómica, que suelen ser un frecuente y esterilizador supuesto de nuestras investigaciones. El concepto de Ilustración católica, escribía ...

“...tiene el mérito de reconocer el significado renovador de aquellas manifestaciones de la vida cultural hispánica que adherían a diversos aspectos de la cultura de la Ilustración sin abandonar el catolicismo. Sin embargo, podría aducirse que, posiblemente, tal concepto pague tributo a una voluntad clasificatoria, periodificadora, que se mueve con categorías de clasificación no necesariamente funcionales a la peculiar conformación de esta vida cultural.”7

Podría decir entonces que el camino adoptado en trabajos anteriores consistía en partir de un supuestamente definido concepto de Ilustración y, al compararlo con lo ocurrido en Iberoamérica, apelar a nociones como “eclecticismo”, “contradicciones” y otras que buscaban dar cuenta del desajuste entre aquella noción de Ilustración y lo verificado en tierras americanas; es decir, juzgando lo aquí ocurrido como una falta de correspondencia con los patrones periodizadores habituales. Un inadvertido efecto de un procedimiento de interpretación histórica que remite a un antiguo y generalmente inconsciente préstamo de la biología, la taxonomía o sistemática,8 y que también, si bien se mira, condiciona otro impreciso concepto de amplia difusión en la historiografía reciente y en los medios de difusión masiva, como

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