Código Francisco

Marcelo Larraquy

Fragmento

Capítulo 1
La geopolítica de Francisco:
una nueva mirada para el mundo

Hubo un momento de su gobierno de la Santa Sede en que Francisco eligió su destino y cambió el Pontificado. Fue una bisagra. En septiembre de 2013, Estados Unidos amenazaba desde hacía varios meses con un bombardeo a Siria como respuesta al uso de armas químicas del gobierno de Bashar al-Assad contra los insurgentes sobre la zona oriental de Damasco. Francisco decidió escribir una carta al líder ruso Vladímir Putin. Quizás un Papa europeo, o más decididamente occidental, hubiese apelado a Alemania, Francia o Inglaterra para que persuadieran a Estados Unidos, su aliado en la OTAN, de evitar el ataque a Damasco y promover la paz en Medio Oriente. Pero el Papa sorprendió. En su carta a Putin, en ese momento a cargo de la titularidad del G20 que se reunía en San Petersburgo, reclamó a los líderes de las veinte economías más poderosas, que retienen el 90% del PBI mundial, que abandonaran cualquier “vana pretensión de una solución militar” y se empeñaran en “perseguir, con valentía y determinación, una solución pacífica a través del diálogo y la negociación entre las partes interesadas con el apoyo de la comunidad internacional”.

Putin la leyó frente al presidente de Estados Unidos, Barack Obama.

Con esta primera intervención en el escenario internacional, Francisco signó su Pontificado. Marcó el nuevo lugar de la Santa Sede en la geopolítica, junto a las potencias del mundo, y acompañó esa intención con una convocatoria de oración y ayuno global en favor de la paz. Dos días más tarde, la noche del 7 de septiembre de 2013 en Plaza San Pedro, el Papa repitió “Nunca más la guerra”.

Sus palabras resonaron como las de Pablo VI en las Naciones Unidas en 1964, en contra de la Guerra de Vietnam, o las de Juan Pablo II en vísperas de la Guerra del Golfo Pérsico en 1991 o, doce años más tarde, las de la invasión de Estados Unidos a Iraq.

La Guerra Fría había quedado atrás con el papado de Juan Pablo II, y Benedicto XVI había intervenido con una voz apagada, casi inaudible, en el nuevo escenario globalizado.

Después de la caída del Muro de Berlín y de la condena al capitalismo neoliberal en la década del noventa, en los últimos años de Juan Pablo II, la Iglesia, en la práctica, no fue gobernada por nadie. Un poco con humor, pero también con realismo, en el estado Vaticano se decía que estaban atravesando “el cuarto año del Pontificado de monseñor Stanislaw Dziwisz”, el secretario del Papa Wojtyla, quien gran parte del día dormía o descansaba por el tratamiento con barbitúricos contra el mal de Parkinson.

Aun ganado por la enfermedad y el padecimiento —reconocido como un martirio de su ministerio—, Juan Pablo II se manifestó en contra de la intervención militar unilateral de Estados Unidos en Iraq, por la inestabilidad que provocaba en Medio Oriente, además del odio que generaría contra los cristianos en la región. Pero la invasión ocurrió.

Benedicto XVI, por su naturaleza reflexiva, prefirió expresarse a través de encíclicas y libros, y enfrentó el secularismo cultural, el laicismo y el relativismo, por sus consecuencias sociales en la educación o la economía. Pero su concentración en Europa y un equipo de colaboradores directos sin formación en la diplomacia vaticana, hizo que su papado tuviera una influencia geopolítica menor.

Los problemas internos de la Iglesia que Ratzinger heredó de Juan Pablo II, y que la opinión pública de Occidente puntualizó con mayor énfasis —el “lavado de dinero”, la corrupción, el silencio sobre los abusos sexuales y la pedofilia, y las luchas de poder en el interior de la curia romana—, lo condujeron a defender la sacralidad de su papado, ofreciéndole a la Iglesia su producción teológica y pastoral, mientras los cardenales de la curia se enfrentaban entre sí y el gobierno pontificio se desmoronaba.

Ya sin fuerzas para luchar contra esos males, decidió renunciar para salvar el ministerio papal, y permitir que su heredero afrontara los desafíos.

Joseph Ratzinger abre las puertas
a la iglesia latinoamericana

Aunque tenía una formación intelectual eurocéntrica, Benedicto XVI había entendido que estaba surgiendo algo nuevo en América Latina. En el Cónclave de 2005, el cardenal argentino Jorge Bergoglio fue su competidor más severo. No podía prescindir de esa lectura: había un núcleo en la Iglesia que buscaba otro rumbo. Bergoglio había sido su contrafigura. Le reconocía su ascendiente en la iglesia latinoamericana, que a su vez influía en sectores de críticos del conservadorismo de la iglesia europea, y también en la asiática y la africana. Benedicto XVI respetó a la oposición que no lo apoyó. Joseph Ratzinger, como pontífice, no era el mismo que, como titular de la Congregación de la Doctrina de la Fe, transmitía con rigidez los preceptos de la Santa Sede y marcaba límites a los sacerdotes que adherían las corrientes teológicas liberacionistas en América Latina en la década del ochenta.1

El 13 de mayo de 2007, en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (CELAM), junto a los obispos del continente que se habían reunido en el santuario de Aparecida, San Pablo, Brasil, Ratzinger dio una pista en su discurso de apertura. Expresó que todo lo que prescinde de Dios no es real. Y agregó: “Solo quien reconoce a Dios conoce la realidad. Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de ‘realidad’. Dios es la realidad fundante”.

Parecía casi una precondición de Roma para los obispos latinoamericanos para abrirles las puertas de la Basílica San Pedro.

A diferencia de otros sacerdotes y obispos que realizaban análisis de la realidad con la mediación de las ciencias sociales, casi desprendidos de la propia Iglesia, el cardenal Bergoglio, titular de la comisión redactora del documento conclusivo de Aparecida, estaba en comunión con la lectura de Ratzinger. Resaltaba la perspectiva de la fe: “Ver, juzgar, actuar, y decidir, pero con la mirada del discípulo, con la mirada del que tiene a Dios en sí mismo”, explicaría más de una vez como pontífice.2

En su historia como jesuita, sus crisis con los intelectuales de la Compañía de Jesús se fundaron en esa tensión. La realidad, para el Provincial Bergoglio, no partía de las leyes científicas de las ciencias sociales, sino de Dios, y desde ahí, venía todo el resto. Dios era el centro. Sin Él, la Iglesia no tendría razón de ser. Aún más: cuando se refirió a la canonización del jesuita Pierre Favre, teólogo francés, compañero de Ignacio de Loyola, el Papa Francisco expresó que “solo si se está centrado en Dios es posible ir hacia las periferias del mundo”.3

La apertura voluntaria de Benedicto XVI a la nueva iglesia latinoamericana, que había puesto su semilla en Aparecida, era diferente a la de Juan Pablo II, que la había desafiado en la reunión de la CELAM precedente en Santo Domingo, en 1992.

Ese año, la Santa Sede observó el documento final de los obispos por temor a que aún continuaran posiciones cercanas a la Teología de la Liberación, por lo que sus sugerencias y observaciones sobre el documento de la CELAM condujeron a un texto híbrido, sin un claro sujeto de reflexión.

Juan Pablo II veía la realidad del mundo con los ojos de la Guerra Fría y trasladaba esa visión hacia América Latina.

En su enfrentamiento con el marxismo, reprendió a los que no estuviesen alineados con la Santa Sede, como ocurrió con el sacerdote Ernesto Cardenal, ministro de Cultura de la Revolución Nicaragüense, al que amonestó delante de las cámaras de televisión del mundo por su participación en el gobierno local, cuando este lo esperaba arrodillado al pie del avión que lo trajo al aeropuerto de Managua en 1983. También Wojtyla tendió un cerco sobre la Compañía General de Jesús, a partir de que establecieron, en la Congregación 32º, que el servicio a la fe debía ser inseparable de la promoción de la justicia en el mundo. Cuatro años más tarde, Juan Pablo II daría personalmente la comunión al dictador Augusto Pinochet en Chile, a quien le dispensaba mayor comprensión por su lucha contra el comunismo.4

Ratzinger, en cambio, a los obispos latinoamericanos, solo les puso como condición la primacía de la centralidad de Dios. Y en tanto Dios, como centro, estuviera presente en el documento de Aparecida, no presentaría objeciones. La Santa Sede lo aprobó.5

Esta nueva iglesia latinoamericana que proyectaba a Bergoglio como su emergente tenía raíces en la Teología del Pueblo (TdP). ¿Qué era? ¿Qué representaba? ¿Cuál era su novedad?

El eurocentrismo cristiano no entendía bien de qué se trataba. Era una teología extraña a su lenguaje, que llamaba a estar cerca del pueblo que Dios le había confiado y ponía en primer plano, con una praxis evangelizadora, la dimensión misionera de los discípulos de Jesús. Una iglesia que, sin el marxismo como herramienta para el análisis social, inclinaba su preferencia por los pobres e iba al encuentro de las “periferias existenciales” con los más débiles, privados del amor de Dios.6

En Aparecida, Bergoglio agregaba un componente adicional a la eclesiología latinoamericana: la pastoral urbana. Buenos Aires, como otras metrópolis y ciudades del continente, expresaba el lugar de la cultura moderna, diversa, dinámica, migrante y también pobre, sumergida —con sus tres millones de habitantes, más los doce millones del área metropolitana— en una vida cotidiana compleja y agobiante, en la que anunciar a Dios como realidad suprema se volvía un desafío pastoral.7

La Iglesia, con la mirada de Dios, a través de la fe de Dios, y no con las leyes sociales como punto de partida, fue el canal de encuentro entre Ratzinger y Bergoglio.

Apuntes para la caída del papado de Benedicto XVI

Entonces, los dos vivían realidades diferentes en su ministerio. El cardenal Bergoglio actuaba como una cabeza política en Argentina que intentaba frustrar la tentación de dominio sobre los poderes institucionales del gobierno de Néstor Kirchner, mientras fortalecía su pastoral social en las villas miseria. Tras regresar de Aparecida, radicalizaría sus homilías con denuncias contra la corrupción, el narcotráfico, el trabajo esclavo y la explotación sexual en Buenos Aires.8

Desde el papado, Benedicto XVI daba pasos en falso. Una cita a un emperador bizantino del siglo XV, que vinculaba al Islam con la violencia, en su discurso en la Universidad de Ratisbona, Alemania, había despertado reacciones del mundo árabe, que luego la Santa Sede intentó saldar con una cumbre católica-musulmana. La misma política fallida tendría con los hebreos, cuando en enero de 2009 anuló la excomunión de cuatro obispos lefebvrianos, uno de los cuales había negado la existencia del Holocausto.9

Ratzinger padecía las comparaciones. De un gobierno de trazos definidos, ejercido por una personalidad vigorosa como la de Juan Pablo II, había pasado a otro gobierno débil, y más grande era su debilidad cuando más poder cedía a la curia romana que —como en los últimos tiempos de enfermedad de Wojtyla— actuaba como un gobierno casi autónomo del Papa, al que debía servir.

Al mismo tiempo que la iglesia latinoamericana se expandía y ganaba vigor para anunciar el Evangelio a los pobres, el Vaticano eurocentrista enfatizaba a sus fieles las prohibiciones que emanaban de la doctrina y se encerraba en sus guerras internas.

El paso del tiempo fue deteriorando el mundo benedictino. Reñido por las querellas de sus cardenales, la fidelidad y la lealtad al Papa se fueron relajando y eso afectó su ministerio. La información sobre temas en proceso, sujetos a discusiones, trascendía en la prensa con bastante anticipación al anuncio oficial.

Como no ocurrió nunca en la historia de un papado, los documentos se filtraron desde el escritorio de Benedicto XVI. Su ayudante de cámara, Paolo Gabriele, se ocupó de reproducirlos en una fotocopiadora y entregarlos a un periodista para que el mundo conociera las inmundicias, conspiraciones y luchas de poder internas de la curia romana que rodeaban al Papa y lo mantenían atrapado en la Santa Sede.10

Gabriele mostró la decadencia interna de un ministerio que avanzaba sin rumbo ni brújula, con la credibilidad de la Iglesia minada, cuando simultáneamente la Santa Sede perdía protagonismo en el escenario internacional. El 11 de febrero de 2013, Benedicto XVI se declaró sin fuerzas ni vigor para “gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio”. Dijo basta. El Cónclave del 13 de marzo eligió a Bergoglio.11

La gestación del “Código Francisco”

El mundo había cambiado durante los dos pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI. De un enfrentamiento bipolar, simétrico, entre dos potencias mundiales, se habían incorporado en el escenario nuevas potencias emergentes.

En esa transición de un mundo a otro, la diplomacia vaticana había quedado opacada. Francisco, con aquella carta a Putin en la reunión de San Petersburgo del G20, se presentaba por primera vez en ese nuevo escenario global. “Que los líderes de los Estados del G20 no permanezcan inertes frente a los dramas que vive desde hace demasiado tiempo la querida población siria y que corren el riesgo de llevar a nuevos sufrimientos a una región tan probada y tan necesitada de paz”, concluía el Papa. Y el G20 retiraría su apoyo a Obama para un ataque a Siria.

Francisco fue el primer pontífice que provino del sur en la historia de la Iglesia. Desde que asumió, intentó tomar el control directo y centralizado de la comunicación. Con muchos enemigos internos dentro de la curia romana —que aspiraban a un Papa italiano o extranjero, surgido de sus propias filas—, se propuso ordenar la información, para que se conociese en el momento en que la Santa Sede, a través de los órganos oficiales de difusión o el Papa, en entrevistas o conferencias de prensa en las giras internacionales, la diera.

Con la creación de este nuevo modelo —comunicar los hechos una vez consumados, para evitar que trascendiesen sus procesos internos—, a la prensa vaticana le resultó difícil captar información sensible o secreta de su gobierno. Pero este paradigma, que funcionó sin fallas durante más de dos años, comenzó a mostrar sus fisuras cuando se filtró el borrador de la encíclica Laudato si’, cuando se publicó la carta, de carácter privado, de un grupo de cardenales al Papa en ocasión del Sínodo Ordinario de 2015, y, más aún, cuando dos libros publicaron documentos internos de la Pontificia Commissione Referente di Studio e di Indirizzo sull’Organizzazione della Struttura Economico-Amministrativa della Santa Sede (su sigla simplificada es COSEA), que detallaba el despilfarro y la corrupción de la curia romana, en noviembre de 2015.12

En su largo trabajo para la reforma de la curia, Francisco intentó trascender el mundo de rumores, resistencias y conspiraciones que anidan en ella, para evitar subsumir su Pontificado al agobio de males que ya habían consumido las fuerzas de Benedicto XVI.

Al comando de la Iglesia, volvió a darle una dimensión universal. Retomó la misión evangelizadora hacia las periferias y trabajó sobre temáticas que la curia había abandonado o mantenido la distancia: el hambre, las víctimas del tráfico humano y la trata de personas, los refugiados de las guerras y excluidos del mercado. En resumen: la nueva esclavitud moderna. Ningún líder mundial denunciaba los dramas humanos, que no tienen nación ni diócesis, como lo hacía el Papa a partir de 2013. No bastaba la caridad cristiana para afrontarlos. Con su impronta de pastor, el Papa dio a esa agenda un carácter político y la introdujo en el centro de su geopolítica pastoral.

Con esa intención se fue gestando el “Código Francisco”.

El Papa fue construyendo prestigio y liderazgo con su carisma. Daba ejemplos de austeridad personal, pedía el cuidado de los ancianos, abrazaba a un enfermo con la cara deformada. Los creyentes lo percibieron como alguien que había recibido la señal de paz y libertad del Espíritu Santo.

Francisco utilizó los instrumentos religiosos y políticos del Pontificado para hacerse oír en los poderes mundiales. Lo hizo con urgencia. Demostró su necesidad de ser escuchado. Repitió, recordó, insistió. Lo hizo cada mañana, en cada homilía de la capilla de la Casa Santa Marta, con discursos que se transmitieron al mundo. Lo hizo en sus giras continentales. No buscó un mensaje para la historia, o para consolidar su legado. Su mensaje era para que el mundo lo escuchara “aquí y ahora”.

Vaticano, el servicio de inteligencia
mejor informado del mundo

El retorno de la Santa Sede a los escenarios internacionales obligó a un trabajo más dinámico de su estructura diplomática. El gigante volvió a moverse. Quizá no haya Estado en el mundo que tenga mejor servicio de inteligencia que el Vaticano. Centraliza un tipo de información capilar que puede nacer desde un barrio, llegar a un sacerdote y extenderse al obispo, quien si lo considera necesario, se la transmite al nuncio de la Santa Sede de su país, y a través de este llega a Roma. El Vaticano está presente en cada uno de los 179 países con los que mantiene relaciones diplomáticas plenas. La información que llega a la Santa Sede se procesa en la Secretaría de Estado y sus funcionarios analizan si tiene valor suficiente para transmitírsela al secretario de Estado, y este al Papa.

El Vaticano posee una red que, si se la activa de manera adecuada, le permite saber qué está sucediendo en el lugar más alejado del mundo, en tanto haya un representante diocesano, religioso, laico, o miembro de cualquier comunidad relacionada con la Iglesia.

Los nuncios cumplen un rol clave en esta red. Representan los ojos y los oídos del Papa en el mundo. Benedicto XVI los conocía cuando asumían su cargo y luego la Secretaría de Estado continuaba la relación orgánica con ellos. Lo mismo sucedía con su vocero, Federico Lombardi: lo veía cada dos semanas. Benedicto XVI redujo su capacidad de recibir información.

Francisco, para demostrar que le interesa saber qué sucede en cada país y en la Iglesia de manera directa, recibe a los nuncios una vez al año en una audiencia fija. Desde que asumió su Pontificado, quizá no pasó más de dos o tres días sin que dialogara con uno. Les requería competencia y habilidad, y no centrarse en la carrera curial.13

La Secretaría de Estado volvió a activar su rol diplomático-profesional. Dejó de ser un faro para las nueve congregaciones —también llamadas “dicasterios”— de la curia romana, que terminó por hacerle sombra al mismo Papa.

Esta Secretaría está estructurada de manera jerárquica con tres cabezas visibles: su secretario, Pietro Parolin, designado casi en el cuarto mes del Pontificado de Francisco, en reemplazo del cardenal Tarcisio Bertone. Y por debajo, dos secciones. La Primera Sección, que se ocupa de los Asuntos Generales, a cargo del sustituto, el arzobispo italiano Angelo Becciu. Y la Segunda Sección, que se ocupa de las Relaciones con los Estados, donde fue designado el arzobispo inglés Paul Gallagher.

De los 2.400 empleados administrativos dependientes del Vaticano, alrededor de trescientos trabajan en la Secretaría de Estado. La mayoría son sacerdotes que se ocupan de la relación con un país o grupos de países —se los llamaba “minutantes”— y van creando un dosier con la información que toman del nuncio, la que recogen por medio de la prensa de ese país y de sus reuniones con diplomáticos o conversaciones personales. En el caso del dosier argentino, el encargado es el monseñor italiano Giuseppe Laterza.

La misma labor realiza el nuncio en cada embajada de la Santa Sede en el mundo. Acumulan información periodística, del diálogo con dirigentes políticos, empresarios o sociales, del Episcopado de la iglesia local, de obispos o comunidades religiosas. El nuncio actualiza en forma constante la información eclesial y sociopolítica de un país y la traslada al minutante, en su despacho del primer piso de la Secretaría de Estado.

Si la información es necesaria, delicada o urgente, el Papa se entera por un único canal, el de su secretario de Estado. Solo él está autorizado a hablar con el Papa. Sin embargo, el Papa puede hablar con quien quiera de toda la estructura diplomática, incluso con el minutante y pedirle aclaraciones de un informe.

Benedicto XVI era más respetuoso de los mecanismos burocráticos y difícilmente se involucraba en un tema sin la mediación de la Secretaría de Estado. Francisco se sintió más libre para gobernar, como lo venía haciendo como Provincial de los jesuitas o arzobispo de Buenos Aires.

El Papa decidió sus viajes internacionales en base a un objetivo pastoral —de componentes geopolíticos e intraeclesiásticos— para llevar su palabra evangélica y promover la fe, pero también para marcar una señal o una guía en determinado conflicto de un país o región. Sus discursos se preparan con antelación hasta lograr el texto definitivo. Se elaboran de acuerdo a la agenda programada, los eventos en los que participará: una homilía callejera, un encuentro con sacerdotes o una exposición en las Naciones Unidas. En una primera instancia, los obispos del país que el Papa visitará proponen una lista de temas que les interesaría que fuesen tratados —según las problemáticas locales—, que llegan, a través del nuncio, al minutante en la Secretaría de Estado. A partir de ese momento, se empieza a desarrollar un borrador que inspeccionan los oficiales de la curia y se envía al Papa, quien lo puede reducir, ampliar o reclamar otros argumentos para su discurso. Tras la primera revisión pontificia el texto borrador vuelve a los obispos locales, que lo revisan y lo reenvían a la Secretaría de Estado. La aprobación final puede demandar muchos meses, hasta que el contenido final se traduce a distintas lenguas y se entrega a la prensa vaticana unos días antes de que el Papa lo pronuncie, con promesa de embargo. Este trabajo puede resultar de relativa utilidad si el Papa suspende su lectura en determinado momento —porque en base a la oración y a su comunión con Dios, tuvo otra intuición y la quiere anunciar—, se aparta del discurso y habla “a corazón abierto”, como suele hacerlo a menudo.14

El valor de la oración para las decisiones geopolíticas

En la toma de decisiones, la oración es un elemento determinante para el Papa. Muchas de las críticas que recibe por la imprevisión de su gobierno se relacionan con ese espacio de silencio y quietud en el cual dialoga con Dios. Bergoglio reza para escuchar. Percibe la oración como una relación dialógica.

No es un monólogo que uno recita y después no deja lugar a la respuesta del Señor. Puede ser en ese momento o después, pero fundamentalmente la actitud de oración es abierta a que me respondan. Ya sea que pida, que comente algo, que abra mi corazón, pero espero una respuesta. Y si orar es etimológicamente entrar en juicio con Dios, también está la respuesta que entra en juicio conmigo. La oración que no escucha no es oración, es recitar fórmulas que no dicen nada. La oración tiene que dejar un sitio en silencio, a veces no se entiende nada, a veces te parece que pasa algo, que el Señor dice algo, o a veces la inspiración viene después, él se toma su tiempo para responder.15

La oración es su primera actividad de la mañana que asimismo practica al caer la tarde. En el silencio de la oración, el Papa trata de interpretar lo que Dios quiere para tomar una decisión. Esa interpretación sucede a través del discernimiento que marcó su vida religiosa, y también deja abierto un interrogante: si Francisco toma una decisión en base al discernimiento, tras su diálogo con Dios en el momento de la oración, ¿cómo interpreta la voluntad de Dios para volcarla a la diplomacia de la Santa Sede?

En el deber ser de la Iglesia, la naturaleza política de una decisión está en línea con el bien común, la paz, la reconciliación, la libertad religiosa, el progreso, una economía más justa y una vida más digna para el hombre.

Cuando el Papa interviene en un conflicto entre dos países o una guerra civil, no suele tomar partido por una u otra facción sino mostrar su voluntad de intervenir para que haya paz. Sobre la base de esta orientación, muchas de las decisiones claves del Pontificado de Francisco están unidas a la oración personal.16

Con este sistema de decisiones, criticado por su personalismo, quizá nadie escuche tanto y decida tan solo como el Papa. Escucha las partes, las propuestas, los reclamos, acepta diálogos y sugerencias, pero decide solo, como jefe de un estado monárquico, regido por un dignatario pontificio, soberano absoluto, que detenta el poder judicial, legislativo y ejecutivo. La tiara papal, con los tres pisos, significa que el vicario de Cristo concentra esos tres poderes para la guía de la Iglesia católica universal.

El proceso de desgaste a la curia romana
y la diplomacia paralela

El Papa desplazó la sede del gobierno vaticano cuando tomó el mando de la Iglesia. Rechazó el Palacio Pontificio y se hospedó en la Casa Santa Marta, junto con los obispos, sacerdotes y laicos que la utilizaban de hotel, como lo hizo él durante el Cónclave de 2013. Fue su manera de representar la autonomía de poder.17

En la Santa Sede, el único faro es él.

Francisco le impuso a la Secretaría de Estado una impronta dinámica —a veces vertiginosa— y le agregó sus contactos y conocimientos personales. En los encuentros “mano a mano” con líderes mundiales, por el respeto que genera su autoridad, logra captar la sinceridad de fondo de su interlocutor y llega a su corazón con su palabra.18

El Papa acoge, escucha y dialoga. Tiende a un sistema de gobierno en el que, en contraste con Benedicto XVI, el filtro y la influencia de los funcionarios vaticanos es acotada. Estos nuevos paradigmas recortaron el poder de la curia romana. El Papa les señaló en público, como ningún otro lo había hecho, su banalidad, sus modales de príncipes, sus modos de vestirse, sus autos de alta gama, y en privado, el despilfarro y la falta de transparencia de sus gastos, que los ubican a años luz de sus tareas de servicio y de evangelización. Fue una crítica a la estructura jerárquica y feudal de la curia, un territorio fértil para la ambición mundana, en busca de beneficios y reconocimientos personales, títulos honoríficos, mejores salarios o mejores destinos diocesanos.19

En la curia cuenta más servir al jefe inmediato en un dicasterio que a Dios y al Evangelio. El Papa intentó romper esa tradición eclesiástica en el Vaticano y les reclamó a sus funcionarios una conversión pastoral y misionera al servicio de pobres y excluidos.

Durante los primeros tiempos del Pontificado, no hubo confirmación para jefes de dicasterios ni tampoco nuevos nombramientos cuando se cumplían los mandatos quinquenales. El Papa alargaba los tiempos, los dejaba en suspenso. A la perplejidad por las críticas que les prodigaba, se sumaba la confusión y el desconcierto. Muchos funcionarios de curia de menor rango se preguntaron si valía la pena seguir complaciendo a un jefe en situación inestable, que recomendaba mantenerse quieto hasta que el “huracán Francisco” pasara o sumarse al nuevo rumbo pastoral que trazaba el Papa. Mientras tanto, sumidos en la incertidumbre, obispos y cardenales que vivían en el confort de pisos y áticos de varios centenares de metros cuadrados y disponían de oficinas en Via della Conciliazione, a pocos pasos del Vaticano, empezaron a ensayar con más énfasis el ideario de Francisco —“misericordia”, “periferia”, “desigualdades sociales”—, para hacer de cuenta que se habían acoplado a los nuevos vientos de la Iglesia. Se transformaron en simpatizantes del Papa de un mes a otro, con un mensaje social y de reforma por el que nunca antes se habían interesado.

Para el Papa, el problema no radicaba en la imitación del discurso sino en lograr que los funcionarios de la curia iniciaran un cambio de mentalidad.20

¿Hasta qué punto el Papa necesitaba valerse de la curia romana, al margen del soporte de las tareas burocrático-administrativas que podían proveerle, para llevar adelante su gobierno? Francisco no lograría modificar costumbres eclesiásticas arraigadas en la comodidad y el bienestar personal. Al tiempo que constituyó comisiones para supervisar los movimientos económicos de los dicasterios, creó estructuras paralelas de gobierno.

La primera de ellas, por afuera de la curia romana, fue la instauración en abril de 2013 de la comisión de ocho cardenales (C8) —a la que más tarde se sumó el secretario de Estado Pietro Parolin y se denominó C9— como órgano consultivo de gobierno. El C9 podría brindarle una visión poliédrica y multifacética, que incorporara otras miradas de la Iglesia y del mundo para asimilar en su papado. La filosofía del C9 contenía su pensamiento geoestratégico representado en las imágenes de la esfera y el poliedro: “Me gusta imaginar la humanidad como un poliedro, en el cual las formas múltiples, a la hora de expresarse, constituyen los elementos que componen la familia humana en una pluralidad. Y esto es la verdadera globalización. La otra globalización, o sea, la de la esfera, es una homologación”, afirmó el Papa.21

Francisco también delegó al C9 el estudio de la reforma de la curia romana, que incluye entre otros temas, la relación del Vaticano y las conferencias episcopales, y la presencia de los laicos, sobre todo de las mujeres, en el trabajo de los dicasterios.

La tarea del C9 supuso el replanteo de un sistema de gobierno de una institución milenaria en favor de la eficiencia administrativa para el servicio de la Iglesia y el mundo. Con reuniones cuatrimestrales en Roma, el C9 comenzó a trabajar, en un primer nivel, sobre las modificaciones de los organismos que no requieren una nueva constitución apostólica para implementarlo, y en otro nivel, de plazos más extensos, sobre la reestructuración más profunda de la curia romana.

La primera modificación que el Papa consideró imprescindible, con el enfoque del C9, fue la creación, en febrero de 2014, de la Secretaría para la Economía que colocó bajo su control al Instituto de Obras Religiosas (IOR), manchado por corrupción y “lavado de dinero” eclesial, entre otros organismos económicos y administrativos de la Santa Sede.22

Para su gobierno, el Papa no dependió de la reforma de la curia romana y tampoco permitió que esta lo condicionase. Los funcionarios de algunos dicasterios obedecieron convencidos al Papa; otros, con más o menos entusiasmo, se fueron adecuando a su conducción; un tercer grupo, en resistencia pasiva, quedó fuera del sistema, a la espera de que el “nuevo rumbo” se consumiese con el tiempo. Del mismo modo, algunos funcionarios, disgustados por el trato que el Papa daba a la curia, prefirieron volver a las diócesis de sus países.23

Apenas asumió como Pontífice se creyó que su trabajo en favor de la transparencia interna de la Santa Sede sería desgastado por los sutiles mecanismos burocráticos de la curia, que Bergoglio desconocía, y que en el corto o largo plazo lo adaptarían a las costumbres eclesiales de siempre.

El Papa rompió con este teorema con un doble estándar de gobierno. Utilizó el canal tradicional de la curia para ciertas tareas que le encomendaba, y también trabajó con canales alternativos, privados y personalísimos, que le servían para verificar, incluso, si lo que le informaba la curia era veraz o legítimo. El Papa usaba a la curia pero no ataba su gobierno a ella. Como si su Pontificado se moviera sobre dos tableros de ajedrez. Uno para la partida oficial y otro para jugadas más personales, que luego se ocupaba de comunicar para sorpresa del mundo y desconcierto de la propia curia romana.

El comienzo del Pontificado de Francisco recordó al de Juan Pablo II. Los cardenales sostenían que no comprendía a la curia ni a la realidad eclesial italiana —“la mira con ojos polacos”, decían—, pero Wojtyla tampoco se involucró en sus intrigas. El primer Papa no italiano en cinco siglos comenzó su Pontificado en un contexto de inestabilidad interna.

Wojtyla, como Bergoglio, también tenía planes y proyectos que preservaba de la curia.

Cuando era sacerdote y arzobispo de Cracovia, fue considerado un “opositor ideológico peligroso”. La policía política lo vigilaba a través de curas cercanos. Wojtyla asumió el Pontificado con la sensación de que algunos sacerdotes colaboraban con espías rusos. Y aunque no sabía precisamente quiénes eran, no dudaba que había información que se filtraba desde el Vaticano hacia la Unión Soviética.

Juan Pablo II había montado un espacio reservadísimo en su departamento pontificio. Si tenía un encuentro relacionado con el “dosier Polonia” no trasladaba las actas de las reuniones a la Prefectura de la Casa Pontificia o la Secretaría de Estado: las guardaba en su armario. Se presuponía que desde allí también manejaba dinero para financiar las actividades del grupo Solidaridad de Lech Walesa.

Wojtyla era el jefe de la diplomacia “paralela” de la Santa Sede.24

Bergoglio trabajó sobre una diplomacia realista, discreta y paciente para encontrar soluciones posibles. Sin despreciar el aparato burocrático de la Secretaría de Estado, se reservó, como Wojtyla, canales alternativos para la geopolítica de la Santa Sede con un estilo personal y la impronta del “aquí y ahora”, que signó la fuerza motriz de su Pontificado, el “Código Francisco”.

Su vocación para intervenir en los conflictos del mundo y trabajar los procesos para erradicarlos —con el estilo jesuita, de trabajo a “tiempo completo”— está fundada en una realidad: un reloj de arena pende sobre su Pontificado. Bergoglio tenía 76 años, casi veinte más que Wojtyla cuando asumió en 1978.

La alianza táctica con Vladímir Putin
en Medio Oriente

La carta al G20 de septiembre de 2013 fue producto de la urgencia de la coyuntura, hija de una oportunidad, decidida por el Papa en el tiempo que no tuvo secretario de Estado: el cardenal Tarcisio Bertone, en el que nunca confió, ya había sido despedido y Parolin no había asumido todavía. La carta tuvo el cálculo, carácter y visión de juego. Francisco advirtió que su interlocutor para frenar las bombas sobre Siria no podía ser, de manera unilateral, Europa o Estados Unidos. En las horas cruciales previas al ataque, Obama estaba en una posición de debilidad. Había anunciado la acción militar a partir del 31 de agosto y esperaba la autorización del G20 para el uso de la fuerza, sin que hubiera logrado el consenso de la opinión pública de su país ni de sus aliados europeos.

Francisco era un emergente del sur del mundo, sin participación en el epicentro de la Guerra Fría. Era occidental, pero Rusia no lo percibía como un apéndice de la OTAN, como sí lo juzgaban a Juan Pablo II. Incluso Francisco había denunciado las consecuencias desastrosas de las intervenciones bélicas en Medio Oriente de potencias europeas y Estados Unidos, transmitida de generación en generación en la memoria de los musulmanes.

El Papa encontró en Putin un interlocutor válido para disuadir a Obama y retirar el apoyo de una acción armada en Siria. Rusia, que vendía armas a Siria y apoyaba al régimen de gobierno, logró que Bashar Al-Assad destruyera, o pusiera a su resguardo, las armas químicas. Fue el inicio de una convergencia objetiva entre Francisco y Putin en la geopolítica internacional.

Desde entonces, Rusia es un actor clave para la Santa Sede en Medio Oriente. Putin protegió no solo a cristianos ortodoxos de distintos patriarcados, sino también a cristianos que, sobre todo en Siria, ya padecían la discriminación de algunas etnias y que luego sufrieron la persecución del grupo Estado Islámico (EI o ISIS, por su denominación en inglés).

Como una muestra del ataque a los cristianos que sobrevendría en Siria, el mismo día de la oración global propiciada por Francisco por la paz en ese país, un grupo de milicianos islámicos de Al Nusra, vinculado a Al Qaeda, tomaron Malula, una pequeña aldea cristiana a 50 kilómetros de Damasco en la que todavía se habla arameo, la lengua de Jesús. Los milicianos llamaron con altavoces a la población cristiana a convertirse al islam si querían continuar vivos, e irrumpieron en los monasterios por primera vez en la historia, posicionándose en las colinas altas para resistir las patrullas del ejército sirio, que más tarde recuperó Malula para proteger a la minoría cristiana.25

En reiteradas ocasiones, el Papa denunció las persecuciones contra cristianos en Medio Oriente y pidió la colaboración internacional: “Ellos son nuestros mártires de hoy, y son muchos. Podemos decir que son más numerosos que en los primeros siglos. Espero que la comunidad internacional no asista muda e inerte frente a estos inaceptables crímenes (…) y que no dirija la mirada para otra parte”.26

La Santa Sede —que no tiene ejército, ni puede declarar la guerra contra nadie y que en los conflictos proclama la voluntad política de las partes— debe valerse de las fuerzas internacionales para proteger a sus fieles en zonas de guerra. Rusia fue una de ellas.27

Desde que estalló la rebelión social en Siria en 2011, lo que se suponía que significaría la continuidad de la Primavera Árabe ya iniciada en Egipto y Libia, pero ahora contra el régimen de Al-Assad, se extendió en la región, alimentó el extremismo y generó un escenario de confrontación internacional en un país de confesiones religiosas heterogéneas.

En Siria, el 80% de la población profesa la religión musulmana, que incluye otras minorías confesionales, y un 15% es de religión cristiana, de credo greco-ortodoxo y católico. A partir de 2011, la tolerancia interreligiosa, que aseguraba al menos una aún frágil cohesión socio-cultural, se desbandó hacia un conflicto georreligioso que giró en torno a la supervivencia o la caída de Al-Assad.28

Estados Unidos y otras potencias de la OTAN, incluida Turquía y también Arabia Saudita, apoyaron a las fuerzas insurgentes locales para forzar la caída del dictador sirio, como había sucedido ese mismo año con Muammar Khadafy en Libia. Rusia, que tiene su única base naval en el Mediterráneo en el mar territorial sirio, apoyó a Al-Assad y se opuso —junto con China— a la intervención militar desde el Consejo de Seguridad de la ONU. Al cuarto año, el conflicto ya había provocado alrededor de 250.000 muertos.

Otra razón para la convergencia entre la Santa Sede y Rusia fue la falta de uniformidad de las fuerzas rebeldes a Al-Assad: había grupos que combatían al régimen y que asimismo se enfrentaban entre sí, y células rebeldes que eran apoyadas por Al Qaeda y otras que simpatizaban con el ISIS.

Las bombas, el caos y la anarquía podrían crear condiciones favorables para que una caída de Al-Assad permitiera al ISIS la anexión de Damasco, cuando ya había ocupado regiones de Irán, Iraq, Egipto y la propia Siria.

El ISIS y la tercera guerra mundial “en etapas”

El Papa se negó a promover la “guerra santa”. Combatir al ISIS de manera frontal y directa, suponía, fortalecería al yihadismo y facilitaría el reclutamiento de musulmanes para la constitución del Califato como estado trasnacional y entidad política única. Su encrucijada fue cómo frenar la persecución y no dar paso a una respuesta militar reclamada por la presión occidental y también por grupos católicos europeos y estadounidenses.

De regreso del viaje a Corea del Sur, el 18 de agosto de 2014, cuando un periodista le dijo que Estados Unidos había comenzado a bombardear a los terroristas de Iraq “para evitar el genocidio” y “proteger el futuro de las minorías”, entre los que había católicos, y le preguntó, de manera clara: “¿Usted aprueba el bombardeo americano?”, el Papa sostuvo esa delgada línea.

En estos casos, en los que hay una agresión injusta, solo puedo decir que es lícito “detener” al agresor injusto. Subrayo el verbo “detener”, no digo bombardear, hacer la guerra, sino detenerlo. Los medios con los que se puede detener deberán ser evaluados. Detener al agresor injusto es lícito. Pero debemos tener memoria; cuántas veces bajo este pretexto de detener al agresor injusto las potencias se han adueñado de los pueblos y han hecho la guerra de conquista. Una sola nación no puede juzgar cómo se detiene a un agresor injusto. Después de la Segunda Guerra Mundial nació la idea de las Naciones Unidas, es allí en donde se debe discutir y decir: ¿Hay un agresor injusto? Parece que sí. Entonces, ¿cómo lo detenemos? Solo esto, nada más.29

En defensa de la multilateralidad de la comunidad internacional, como mayor garantía de justicia, el Papa se refirió tres meses más tarde, en otra conferencia de prensa aérea, al ISIS y la protección de las minorías religiosas: “Cuando una situación se vuelve crítica, cada Estado, por su cuenta, siente que tiene derecho a masacrar a los terroristas, y con los terroristas caen muchos inocentes. Esta anarquía de alto nivel es muy peligrosa. Hay que combatir el terrorismo pero, repito, cuando hay que detener al agresor injusto, hay que hacerlo con el consenso internacional”, afirmó.30

La Santa Sede estructuró su propio eje de análisis sobre la emergencia del ISIS. Asumió que la fuerza yihadista tenía orígenes fundamentalistas históricos; que no debía instrumentalizarse la religión como centro del conflicto; que había que combatir las fuentes de financiamiento del ISIS, el tráfico clandestino de petróleo y el abastecimiento de armas y tecnología, que provenían de Occidente.

Intentó evitar que se presentara al ISIS como un conflicto entre el islam y Occidente. En forma alternativa a la “solución militar”, promovió el diálogo interreligioso e intercultural entre líderes hebreos, cristianos y musulmanes, a favor de la comprensión de que el ISIS no agredía a una comunidad religiosa o grupo étnico en particular, sino que su violencia estaba dirigida a una “única familia humana”, a la que se debía proteger.31

Francisco intentó que Rusia no quedara aislada en Medio Oriente por fuerzas occidentales, como sucedió en los años noventa. Por ese entonces, Estados Unidos, con el papel secundario de Europa y la complacencia de la Santa Sede, se había convertido en el “gendarme” de Medio Oriente. La diplomacia vaticana intentó impedir una nueva “santa alianza” en la suposición de que una intervención armada, sin un acuerdo de la ONU, profundizaría la fragmentación étnico-religiosa interna, y provocaría mayor tensión entre el islam y el cristianismo en una región donde los cristianos son visibilizados como “occidentales”.

Debajo de las bombas, en Iraq continuaba el drama de cientos de miles de miles de cristianos católicos y ortodoxos en fuga, expulsados de Mosul o Qaraqosh, entre otras ciudades conquistadas por el ISIS. La población cristiana en Iraq se había reducido en un tercio, de 1,5 millones a medio millón, en la última década.32

En el campo de guerras en Medio Oriente, Francisco marcó un delicado equilibrio para que no se propagaran sentimientos islamofóbicos como sucede en Europa. Se distanció de la teoría de la “guerra justa”, no bendijo los ataques aéreos de franceses y rusos sobre Raqqa, señalada como la “capital” del ISIS en Siria, que siguieron a los atentados yihadistas en París, y provocaron 130 muertos en noviembre de 2015. Del mismo modo, cuando el ISIS anunció que alzaría sus banderas negras sobre la basílica de San Pedro, su consejo fue no blindarse y mantener las “puertas abiertas” de la Iglesia.

La Santa Sede sostuvo su posición inicial frente al conflicto: ahogar las finanzas yihadistas, basada en la venta de petróleo, e impedirles la compra de armas, como mencionó en el Capitolio en la gira por Cuba-Estados Unidos en septiembre de 2015. Tres meses más tarde, su posición lograría resultados: el inmediato “alto al fuego” y un plan de paz para Siria, con el gobierno y los rebeldes en la mesa de negociaciones, establecido por el Consejo de Seguridad de la ONU, con el aval de Rusia, Estados Unidos y otras potencias.33

El Papa describió este nuevo escenario geopolítico como una nueva guerra fría o la continuidad de la “tercera guerra mundial en etapas”, en el este de Asia, el norte de África y Medio Oriente, proyectada sobre Europa, con potencias que confrontan sus intereses en algunas regiones y promueven su colaboración en otras.

En el punto de partida de esta “guerra fragmentada”, las rebeliones sociales que auguraban la caída de regímenes autocráticos aumentaron la inestabilidad política en Medio Oriente y abrieron la puerta para la conformación y el despliegue ofensivo del ISIS sobre distintos países.

Las guerras generaron una catástrofe humana con la peor crisis de migración después de la Segunda Guerra Mundial: en 2015, casi un millón de refugiados llegaron desde África y Medio Oriente por tierra y mar a Europa, una cifra que cuadruplicó la del año precedente.

De Matteo Ricci a Francisco, el desafío
de la evangelización de China

Otra línea de acción política y evangélica de la Santa Sede en el Pontificado de Francisco fue China. Una oportunidad perdida por el cristianismo, frustrada a través de los siglos.

En 1582, el jesuita italiano Matteo Ricci había ido al encuentro del Extremo Oriente con un modelo de evangelización cultural y diplomática que incluía el diálogo con el Emperador y su corte imperial, quien lo autorizó a fundar la catedral de la Inmaculada Concepción en Pekín para predicar la fe de Cristo.

Las posteriores persecuciones a misioneros y comunidades cristianas locales impidieron la continuidad de la obra y China redujo la presencia de la Iglesia. A lo largo de los siglos, como lo confirmó con la Guerra del Opio del siglo XIX, percibieron al cristianismo como un apéndice de la colonización occidental. Los identificaron con los bombardeos de la flota inglesa y las condiciones de sumisión de los acuerdos de posguerra: la indemnización, la apertura del comercio a Occidente y la cesión de Hong Kong a Inglaterra.

En la memoria china, el catolicismo fue una herramienta de potencias extranjeras, que con el dinero que obtuvieron de la devastación bélica del país construyeron iglesias para convertirlos al cristianismo. En el transcurso de su papado, durante la Primera Guerra Mundial, Benedicto XV intentó desmoronar la idea del catolicismo como arma occidental y acusó a misioneros ingleses y franceses: no habían devastado China como cristianos, sino por sus propios intereses como naciones.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, aún con el ambiguo mea culpa de la Iglesia, se suponía que el gobierno de la República podría ser permeable a un proceso de inculturación del catolicismo sobre la civilización china. El triunfo de Mao Zedong en 1948 desterró esta hipótesis. La política religiosa de la Revolución Cultural, que las autoridades declararon “laica y atea”, identificó a la Santa Sede como “enemigo occidental”, un perro guardián del imperialismo, gobernada por el Papa Pío XII, un líder anticomunista que propiciaba su destrucción.

Mao rompió relaciones con la Santa Sede, expulsó a su nuncio, a misioneros y religiosos extranjeros. Para controlar la fe, creó la Asociación Católica Patriótica China (CCPA, por sus siglas en inglés) y ordenó sus propios obispos. Roma los consideró ilegítimos. La persecución contra la comunidad católica —por entonces de tres millones de fieles— significó la cárcel, la tortura, detenciones sin proceso jurídico y traslados a campos de trabajo forzado.

Fue una represión sistemática.

Algunos obispos aceptaron la subordinación al Estado para continuar con la vida eclesial, quizá para salvar lo que pudiera salvarse y la fe no fuese sofocada. Otros rechazaron las imposiciones y la vigilancia: mantuvieron la fidelidad a la Iglesia universal, aun con el calvario de la cárcel.

Después de Mao la persecución se relajó. Deng Xiaoping liberó sacerdotes —algunos de ellos llevaban veinticinco años en prisión—, y la iglesia local formó un cuerpo episcopal respetuoso de las formas canónicas. Aun con la subordinación al Estado, por debilidad o cálculo personal, prefirieron seguir siendo sacerdotes, con la devoción secretamente puesta en algún retrato del Papa. También continuaron su pastoral los obispos chinos rebeldes, designados de manera clandestina, quienes debieron ocultar su vínculo jurídico-canónico con la Santa Sede, un vínculo que muchas veces ni siquiera pudieron comunicar a Roma.

Los obispos “nacionales” y los “rebeldes” estaban divididos en dos. La aceptación de la vigilancia estatal y las acusaciones de traición generaban recelo, aunque los fieles profesaban su fe en una u otra iglesia, sin que existieran en ellas distinciones doctrinales. La Santa Sede atendió estas particularidades para iniciar un cambio de política e intentar mantener el vínculo con ambos sectores.

Durante el Pontificado de Juan Pablo II, el secretario de Estado Casaroli buscó una reconciliación: admitió a los obispos chinos como legítimos pastores y les concedió el ejercicio de la jurisdicción episcopal a todos. A los “clandestinos”, ordenados entre sí para mantener íntegra la fe, y a los designados por el organismo político estatal, la CCPA, sin mandato pontificio, aunque leales a la fe católica. Todos habían tenido una designación irregular, pero tenían el poder de los sacramentos y desarrollaban una actividad pastoral, por lo cual, no eran obispos inválidos.

Con la historia de persecuciones y padecimientos que arrastraban, y para no alimentar las divisiones, Roma no podía exigirles más: invocó a la unidad.

China continuó considerando a la Iglesia como instrumento de penetración occidental y cualquier influencia de Roma en la designación de obispos fue considerada una interferencia política de una “potencia extranjera” contra un Estado soberano. A esto se sumaba el reconocimiento de la Santa Sede a Taiwán, con una representación apostólica de máximo nivel, con el que China mantenía —y mantiene— un conflicto independentista.

La Iglesia intentó dar un paso en favor del diálogo. Benedicto XVI, con su carta apostólica a la Iglesia católica en China en 2007, reconoció transformaciones positivas de la situación religiosa. Aseguró al gobierno que la Santa Sede no ocultaba ningún objetivo político para cambiar la administración ni las estructuras del Estado chino. Solo quería anunciar a Cristo en libertad.

La carta también pidió la reconciliación interna de la comunidad eclesial. La Santa Sede los consideraba a todos, clandestinos u oficiales, devotos de la fe católica, como ellos lo habían demostrado cuando se congregaron a rezar tras la muerte de Juan Pablo II en 2005. Dotada de una flexibilidad superior a la de su antecesor frente a la problemática religiosa en China, la carta de Benedicto XVI tenía el sello del subsecretario de la Segunda Sección, para las Relaciones con los Estados, Pietro Parolin, que guiaba las tratativas con viajes privados a China.

Fue un período en el que la línea de diálogo a cualquier precio prevalecía por encima de los obstáculos. Entonces, casi el 90% de los obispos chinos contaba con el doble reconocimiento del Estado chino y el mandato apostólico de Roma. Era un mecanismo bilateral tácito, una solución provisoria, consensuada, que podría concluir con un compromiso de aprobaciones episcopales mixtas. Más de un centenar de obispos esperaban su nómina en diócesis vacantes.

Sin embargo, bastó un incidente para que el canal diplomático se viniera abajo. En 2010, la CCPA realizó una ordenación sin la aprobación de la Santa Sede, que fue considerada ilícita, con pena canónica de excomunión. La hoja de ruta de la “no confrontación” sellada con la carta de 2007 quedó en el olvido. La Santa Sede exigió a los obispos subordinados al Estado su fidelidad absoluta y el abandono de su vínculo con la CCPA. Aun a expensas del sacrificio del diálogo, la Santa Sede no quiso que fuese sacrificada su intervención en la designación de obispos.

La línea dura, de presión hacia las autoridades, decidida cuando ya Parolin había abandonado el “dosier China” y servía como nuncio en Venezuela, fue respondida con peor dureza.

En 2011, China continuó con las consagraciones ilegítimas e incluso obligó a subordinarse al aparato gubernamental a aquellos sacerdotes en comunión con el Papa. Para los relacionados con Roma, hubo acosos, extorsiones, restricciones, persecución y cárcel, y, en cambio, hubo compensaciones económicas y beneficios para la carrera eclesial de los obispos y sacerdotes que integraban la CCPA.

Con su política de represión selectiva, China dejaba en claro que, por más que la Santa Sede considerara ilegítimas las designaciones, tenía posibilidad de sobra para crear sus propios obispos. Si la respuesta de Roma era la excomunión y la mano de hierro, disponía de poderes coercitivos rigurosos para ejercerlos sobre una comunidad eclesial debilitada.

Fue un tiempo de guerra fría.34

La designación de Francisco cambió el clima de la relación. Desde la perspectiva china, en sintonía con la de Rusia, el Papa argentino no podía ser identificado como un guardián de Occidente ni ser acusado de apéndice del colonialismo, el imperialismo o el anticomunismo. Por el contrario, su discurso en favor de las periferias está relacionado con América Latina, África y Asia antes que con el hemisferio norte de Occidente.

China tampoco era la misma que la de los tiempos de la persecución religiosa de Mao. Convertida en un gigante por su crecimiento económico y su peso en el comercio mundial, alcanzó en menos de tres décadas un rol determinante en los acontecimientos internacionales. El Papa podría convertirse en una opción estratégica, de realismo político, para afianzar vínculos con Occidente.

En este tiempo de deshielo, la mecánica del diálogo entre China y la Santa Sede otra vez fue conducida por Parolin, ahora como secretario de Estado. Aun con las limitaciones en el apostolado de obispos “clandestinos” y la encarcelación que sufrieron los obispos que renunciaron a la CCPA, las comunicaciones comenzaron a dar resultado. Hubo gestos puntuales. La autorización para que el Papa utilizara el espacio aéreo chino para volar hacia Vietnam, que incluyó saludos telegráficos al presidente Xi Jinping, fue uno de ellos. En dos oportunidades, se la habían negado a Juan Pablo II. Incluso sin el establecimiento de relaciones diplomáticas con el Vaticano, China reconoció a Francisco como un jefe de Estado. Además la televisión china emitió el momento del Ángelus —el 17 de agosto de 2015— en que el Papa ofreció su solidaridad y sus plegarias a las víctimas de la tragedia en el depósito industrial de Tianjin. Pero lo que signó la nueva etapa de la relación bilateral fue el retorno de las ordenaciones episcopales conjuntas, con obispos reconocidos por ambas partes en el año 2015, después de tres años de la ruptura del “consenso paralelo”.35

El este asiático, periferia de tradiciones culturales y filosóficas distintas a Occidente, como ya había sido concebido por Matteo Ricci hace más de cuatro siglos —hoy con más de 12 millones de católicos, apenas el 1% de la población—, se transformó en el centro de gravedad geopolítica, que le permitirá avanzar con la evangelización en el resto del continente.

Benedicto XVI nunca había viajado a Asia durante su papado. Francisco, en cambio, la tomó como su geografía privilegiada. Lo demostró con la creación de cinco cardenales asiáticos en los dos primeros consistorios y sus peregrinaciones a Corea del Sur (agosto de 2014), Vietnam, Sri Lanka y Filipinas (enero de 2015). Aun cuando el catolicismo representa una ínfima minoría —excepto en Filipinas—, el Papa intentó presentar la fuerza del cristianismo social, su humanismo, como una expresión universal, cercana a hombres y culturas de cualquier país del mundo.36

Tierra Santa: entre el olivo de paz y las bombas

Su comunicación en las entrevistas, su naturalidad en homilías multitudinarias, los gestos de desprendimiento y su figura paternal —Benedicto XVI se asemejaba más a un intelectual europeo— fueron componentes que Francisco utilizó para tender puentes en zonas de tensión y conflicto. Todo esto lo representó con testimonios proféticos y urgentes, de su geopolítica del “aquí y ahora”.

En mayo de 2014, visitó las ciudades de Amman (Jordania), Belén (Palestina) y Jerusalén (Israel y Palestina), una región signada por el conflicto palestino árabe-israelí, en la que los cristianos representan solo el 2% de la población.

Fue la primera gira internacional de su Pontificado, si se descuenta la Jornada Mundial de la Juventud en Brasil, en la reprodujo la histórica visita de Pablo VI a Jerusalén en 1964, el primer viaje de un Papa por el mundo.

El mensaje de la Santa Sede fue simbolizado con el abrazo en el Muro de los Lamentos, el lugar de culto más relevante para el pueblo judío, entre tres argentinos que habían predicado el diálogo interreligioso en Buenos Aires: el Papa Francisco, el rabino Abraham Skorka y el musulmán Omar Abboud. Este evento se denominó el “abrazo de las tres religiones”.

Fue una gira con mensajes religiosos múltiples: debido a la reconciliación entre judíos y cristianos —una de las consecuencias del Concilio Vaticano II, que relevó a los judíos de acusaciones del deicidio de Jesús—; a su visita a los dos grandes rabinos —el asquenazí y el sefardí— en el Gran Rabinato de Israel; a su encuentro con el patriarca Bartolomé I, con quien oró en el Santo Sepulcro, como signo del fortalecimiento del vínculo de la Iglesia de Roma y el patriarcado ecuménico de Constantinopla, en busca de una todavía lejana unidad confesional cristiana.

La Santa Sede no esquivó el mensaje político para Tierra Santa en un contexto de conflicto exacerbado entre grupos ultranacionalistas judíos —que participan de la coalición del gobierno israelí de Benjamin Netanyahu— y Hamas y Al Fatah, que integran el gobierno palestino. La tensión del viaje quedó expuesta en los días previos.37

El mensaje pontificio exigió una delicada arquitectura. Desde esa perspectiva, se preparó la recorrida al campo de refugiados palestinos cercano a Belén, la visita a la tumba del fundador del Movimiento Sionista, Theodor Herzl, y a la lápida dedicada a las víctimas del terrorismo en Israel, como también el mensaje al islam desde la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén, en el que reclamó a los musulmanes comprender el dolor del otro y no instrumentalizar el nombre de Dios para la violencia.

Para los cristianos ortodoxos, en el encuentro del Santo Sepulcro, en el que pudo celebrar misa por sobre las divisiones y recelos, el Papa mencionó el ecumenismo de sangre: “Aquellos que matan, que persiguen a los cristianos por odio a la fe, no les preguntan si son ortodoxos o si son católicos: son cristianos. La sangre cristiana es la misma”.38

Como en cada viaje pontificio, hubo situaciones imprevistas. Cuando viajaba hacia Cisjordania, el Papa pidió detener la marcha del Papamóvil e ir hacia el muro que separa Israel de la Autoridad Nacional Palestina. Puso su frente contra el cemento y oró. Los palestinos lo entendieron como una crítica a los israelíes por haber construido el muro de más de cinco metros. Incluso el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu le preguntó al rabino argentino Skorka por qué el Papa se había detenido.39 Otro episodio inesperado sucedió en el campo de refugiados palestinos de Dheisheh, en las afueras de Belén. Luego de un recibimiento con canciones al Papa, un joven habló en términos duros sobre la realidad que vivían y mencionó los sufrimientos que padecía su pueblo. El Papa, de una manera muy calma, en español, afirmó que había que tener memoria, pero que el odio había que superarlo con amor y entendimiento. “No dejen que el pasado detenga su futuro. No dejen que les determine la vida. La violencia no es el camino. Vayan siempre adelante. Luchen por las cosas que quieren”.

Francisco dejó establecido que reconocía a los dos Estados en conflicto, el israelí y el palestino, posición que fue consolidada en mayo de 2015, cuando concretó el reconocimiento oficial al Estado palestino, que superaba el “Acuerdo básico” de 2000 que la Santa Sede había firmado con la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).

Durante la gira estaba previsto que se plantase un árbol de olivo por la paz entre palestinos e israelíes. La ceremonia iba realizarse en un hotel para peregrinos, propiedad del Vaticano en Jerusalén. Sin embargo, el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, admitió que la situación política era muy delicada para el acto conjunto. Por lo tanto, como corolario de la gira por Medio Oriente, el Papa invitó al presidente de Israel, Simón Peres, y a Abbas a un rezo conjunto, como nunca había sucedido, en los jardines del Vaticano, donde plantaron el árbol de olivo. Francisco lo hacía no como conductor de un proceso de paz, sino como una primera instancia de acción de paz, para abrir espacios de acuerdos a futuro entre las dos partes.

Pero las oraciones pronto fueron acalladas por las bombas. Las fuerzas militares israelíes, en reacción al secuestro seguido de muerte de tres jóvenes colonos israelíes en Cisjordania, atacaron Gaza en un enfrentamiento que se prolongó varios meses.40

El rebrote de la violencia cuestionó los resultados de la gestión del Papa. Como si la dinámica de la región en donde nació el cristianismo marcase una distancia profunda, una gramática de entendimiento diferente, entre las oraciones por la paz y las decisiones del poder político de las naciones, que incluían el movimiento de tropas de infantería, el apoyo a los bombardeos, el lanzamiento de cohetes, y sus consecuencias de destrucción y muerte, que no atienden ruegos ni rezos.

El Papa no lo consideró un fracaso diplomático. Creyó que la oración era una vía alternativa simultánea a las negociaciones, que había logrado abrir una puerta. “Ahora el humo de las bombas y de las guerras no nos deja ver la puerta, pero la puerta permanece abierta desde aquel momento. Y como yo creo en Dios, yo creo que el Señor mira aquella puerta y a todos los que rezan y le piden que nos ayude”, explicó. Confiaba en que si se trabajaba a favor de la paz, tarde o temprano, los resultados llegarían.41

La memoria del genocidio armenio:
el “ecumenismo de sangre”

Francisco también se involucró con el genocidio armenio. En noviembre de 2014, visitó Turquía, donde el 90% de la población es musulmana. Fue un viaje pastoral y religioso —antes que de estricto enfoque político— para fortalecer la relación con el patriarcado de Constantinopla de Bartolomé I, guía espiritual de alrededor de 300 millones de cristianos ortodoxos. En el regreso a Roma, el genocidio, que no había sido mencionado en Turquía, fue motivo de consulta de una periodista:

—No he oído nada sobre los armenios. El próximo año será el centenario del genocidio de los armenios y el gobierno turco tiene una posición negacionista. Quisiera saber qué piensa sobre esto.

El Papa no mencionó la palabra “genocidio” en Turquía. Tampoco lo haría en el vuelo de regreso de ese país. Sí comentó una carta que el presidente turco Recep Tayyip Erdogan había enviado unos meses antes a los armenios “sobre el recuerdo de este episodio”, que juzgó como un “gesto pequeño”, pero, dado que para el año próximo se habían previsto “muchos actos conmemorativos de este centenario”, dijo que esperaba que se llegara “al acercamiento por un camino de pequeños gestos”. “Esto es lo que yo diría en este momento”, resumió.

Es decir, en esa oportunidad, dijo muy poco.

Sin embargo, Francisco volvió a mencionar en la conferencia de prensa aérea el “ecumenismo de sangre”, para que quedara claro que los cristianos muertos por motivos religiosos, los tomaba como suyos. La mención ganaba relevancia porque en el genocidio de 1915, tanto católicos como gregorianos habían sufrido la masacre.42

Bergoglio ya había mencionado el genocidio armenio cuando fue cardenal. En ocasión del 89ª aniversario, había expresado: “Unidos en el dolor por un genocidio, el primero del siglo XX, un genocidio en el que, actualmente, por todos los medios de los imperios poderosos se procura silenciar y tapar” y en 2010, cuando colocó una cruz de piedra armenia (“Khachkar”) en la Catedral de Buenos Aires, le expresó al arzobispo de la iglesia ortodoxa armenia Kissag Mouradian su deseo de ser enterrado bajo esa piedra. De modo que el 12 de abril de 2015, cuando en la Basílica San Pedro se refirió a “crímenes atroces”, “masacres sangrientas” o a los que son “asesinados decapitados, quemados vivos a causa de su fe en Cristo o su pertenencia étnica” lo relacionó con el genocidio del pueblo armenio, el “primero del siglo XX”.

Pidió un reconocimiento que el gobierno turco se resiste a aceptar. “Si no hay memoria significa que el mal todavía tiene abierta la herida”, y sigue sangrando.

La posición frente al genocidio tenía una dimensión histórica en la Santa Sede.43 No obstante se haya mencionado en las declaraciones pasadas en forma escrita el “exterminio” y luego el “genocidio” armenio, el acto diferenciador se manifestó cuando Francisco lo dijo con su propia voz, por primera vez en la historia de la Santa Sede.

La interpretación de su acto no escapaba a la geopolítica: el Papa tiene menos compromisos que Juan Pablo II al hemisferio norte occidental —Turquía que forma parte de los aliados de la OTAN— y pudo darle una dimensión mundial a un reclamo sobre el que ya existían antecedentes históricos.44

Las previsibles reacciones que suscitarían sus palabras en Turquía —Erdogan afirmaría que “el Papa dice estupideces”— no lo abdujeron para la denuncia, en la misma homilía de la Basílica San Pedro, de “una especie de genocidio causado por la indiferencia general y colectiva”, y para darle actualidad a aquella masacre, la relacionó con otras que suceden en el mundo, “a causa de la fe en Cristo”.

Un mensaje para Europa desde sus periferias

Francisco es el primer Papa no europeo de la historia del Pontificado. No es la única brecha que lo separa del viejo continente. Mientras en la Edad Moderna el papado era en la práctica un monopolio de las familias de la aristocracia italianas y, durante el siglo XX, Europa sostuvo la universalidad de la Santa Sede, Francisco realizó un cambio radical: rompió con el eurocentrismo eclesiástico y orientó su gobierno hacia las periferias.

Hasta su designación, Benedicto XVI dialogaba con la Europa secularizada sobre razón, ciencia y fe. Era un diálogo fecundo sobre Dios en el mundo secular, que incluía a académicos e intelectuales, y que tomaba difusión en cartas y libros. Era un diálogo cómodo para la conciencia europea. Benedicto XVI lo creía necesario porque el cristianismo, habiéndose desarrollado en Europa, entendía que solo desde Europa podría recomenzar una evangelización que luego se irradiaría hacia otros continentes.45

No fue ese el plan maestro de su sucesor.

Con un copernicano desplazamient

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