Odessa al sur

Jorge Camarasa

Fragmento

Introducción

La primera versión de Odessa al Sur vio la luz a mediados de 1995, y hasta fines del año siguiente aparecieron —y se agotaron— cuatro ediciones del libro.

El interés tenía que ver con el tema, que hasta entonces apenas si había sido abordado por investigadores independientes. En su versión local, la bibliografía sobre la migración nazifascista en el país había sido escasa, interesada y dispersa. Las primeras piedras las habían tirado dos dirigentes comunistas. Luis V. Sommi, uno de los fundadores del Partido, había publicado en 1945 Los capitales alemanes en la Argentina, y en 1946 Victorio Codovilla recopilaría una serie de documentos y discursos bajo el título militante de Batir al naziperonismo.

Un año más tarde, en 1947, Ladislao Szabo, un periodista del diario Crítica iba a editar Hitler está vivo, que pese al título tocaba la cuestión sólo de costado, y casi diez años más tarde, en 1956, el radical Silvano Santander publicaría Técnica de una traición. El libro, también escrito desde una perspectiva antiperonista, sería contestado por algunos de los aludidos en él, como Walter von Simons (Santander bajo la lupa) y el general Carlos von der Becke (Destrucción de una infamia).

Luego, como si todos se hubieran puesto de acuerdo en ocultar la historia, las referencias siguientes sólo llegarían desde el exterior. En 1967 Simon Wiesenthal iba a publicar sus memorias, Los asesinos entre nosotros, y en 1972 el húngaro Ladislas Farago avanzaría con su Aftermath, sobre la presunta vida de Martin Bormann en el país.

Tuvieron que pasar casi otros veinte años hasta que la historiadora Carlota Jakisch publicara El nazismo y los refugiados alemanes en la Argentina, en 1989; en 1992, en coincidencia con la decepcionante apertura de los archivos dispuesta por el menemismo, aparecería mi primer libro sobre el asunto, Los nazis en la Argentina, y en 1995, la primera edición de Odessa al Sur.

Entonces fue como si se hubiera abierto un grifo, y a partir de ese momento llegarían los trabajos de investigadores extranjeros, como Holger Meding (La ruta de los nazis) y Ronald Newton (El cuarto lado del triángulo), y aparecerían, entre otros, los libros de Uki Goñi (Perón y los alemanes y luego La auténtica Odessa), Emilio Corbiere (Estaban entre nosotros), Daniel Muchnik (Negocios son negocios), Patrick Burnside (El escape de Hitler), y Ultramar Sur, de Juan Salinas y Carlos de Nápoli. La DAIA editaría Proyecto Testimonio, bajo la dirección de Beatriz Gurevich, y la menemista Comisión para el Esclarecimiento de las Actividades Nazis en la Argentina publicaría sus desparejos informes. Las últimas obras sobre la cuestión serían las de Álvaro Abós (Eichmann en Argentina) y Gaby Weber (La conexión alemana), y mis libros Puerto seguro, Mengele y América nazi, escrito con el periodista chileno Carlos Basso.

Todos estos libros, cada uno desde su óptica, contribuyeron en diferente medida a redondear el capítulo de los nazis en la Argentina, y en su conjunto bosquejan un cuadro de situación rico en matices a veces polémicos y contradictorios. Detalles aparte, de su lectura global surge que entre principios de los años cuarenta y mediados de los cincuenta el país fue un santuario elegido por los nazis para invertir, espiar y luego esconderse, y que sobre todo entre 1945 y 1955 los prófugos encontraron aquí un oasis de protección y tranquilidad.

Ahora bien. En los últimos años, curiosamente, han aparecido algunos trabajos que fuerzan una vuelta de tuerca a la historia, y de nuevo plantean la posibilidad (expresada como si fuera una certeza) de que Hitler haya sido uno de esos fugitivos que hallaron en estas playas su puerto seguro. La matriz de la hipótesis está en los libros de Szabo y Burnside ya citados, y conviene dedicarle un par de párrafos.

La idea de un Adolf Hitler retozando como un alegre conejo por la Patagonia y visitando viejos amigos en las sierras de Córdoba, es una idea provocadora y fascinante que presupone aceptar algunas condiciones previas.

En líneas generales, la secuencia tendría que haber sido más o menos así: el hombre, de 56 años, enfermo, paranoico y buscado por decenas de miles de soldados, tendría que haber podido abandonar Berlín, una ciudad en llamas en la que se combatía calle a calle, en medio de las tropas del Ejército Rojo que estaban a trescientos metros del búnker donde estaba escondido.

Después, tendría que haber atravesado media Alemania, ocupada militarmente por los americanos, hasta llegar a algún puerto del Báltico, en el norte, bombardeado y sitiado por los británicos. Allí debería haberse embarcado en un submarino de última generación, una suerte de tubo de sesenta metros de largo por dos y medio de diámetro, con las comodidades de una celda de castigo, y navegar entre tres y cuatro semanas para recorrer más de doce mil kilómetros infectados de aviones y flotas enemigas que lo estaban buscando, hasta llegar a alguna playa desierta en la Patagonia, al otro lado del mundo.

Una vez arribado a destino, tendría que haber cruzado una meseta desértica de otros trescientos kilómetros, dos días de viaje en esa época, hasta ser instalado en alguna estancia al pie de la cordillera, donde tendría que haber vivido escondido el resto de su vida, arrepintiéndose cada mañana de haber elegido el único lugar del planeta al que se sospechaba que podría haber ido, y al que en los dos años siguientes empezarían a llegar miles de nazis que atraerían a sus perseguidores.

Por último, todo esto se tendría que haber mantenido en secreto durante los siguientes cincuenta años, en los que ninguno de los centenares de personas que habían participado en las diferentes etapas de la operación, rompería su juramento de silencio.

Si todas estas condiciones se hubiesen dado milimétricamente, sin una sola desviación y con una precisión quirúrgica, en efecto Adolf Hitler podría haber llegado a la Argentina a mediados de 1945, excepto por un detalle: que ya estaba muerto, como lo demuestran fuera de cualquier duda investigaciones recientes como las de Antony Beevor (Berlín. La caída), Ian Kershaw (Hitler y Hitler, los alemanes y la solución final) y otros autores.

Salvado el obstáculo de esta fantasía, la trampa más acabada para el estudio de la historia de los nazis en el país, lo que queda es lo que plantea este libro, revisado para la nueva edición: que sin Hitler, y aun con su fantasma, la Argentina fue el puerto más seguro, el santuario más sagrado y el refugio más inviolable para los peores asesinos de la primera mitad del siglo XX.

JORGE CAMARASA

Córdoba, 2012.

CAPÍTULO 1

Retrato de un buen vecino

Erguido sobre su metro ochenta y cinco, seguro de sus modales educados, el ex capitán de las SS hitlerianas Erich Priebke abrió la puerta de su departamento y me invitó a pasar.

Una llovizna fría caía aquella mañana sobre San Carlos de Bariloche, mil quinientos kilómetros al sur de Buenos Aires, y Priebke, el hombre que la miraba caer desde la ventana de un tercer piso, tenía los ojos grises y helados como las gotas.

El día anterior, viernes 6 de mayo de 1994, su nombre había empezado a recorrer vertiginosamente todo el mundo. Ante una insobornable cámara de televisión, Priebke, octogenario y lúcido, había admitido su participación en asesinatos en masa, su fuga de Europa en 1947 con la ayuda de la Iglesia católica, su establecimiento e inserción en la Argentina, y su relación con otros ex camaradas que, como él, habían llegado al país después de la guerra.

Sin proponérselo, a casi cincuenta años de la caída del Tercer Reich, había vuelto a atraer la atención sobre una leyenda negra: la de los criminales de guerra prófugos y su último refugio en el santuario argentino.

La importancia de su caso (y en esto mismo iba a estar su condena) la daba el hecho de que parecía dispuesto a hablar, a contar en primera persona su propia historia, una ventana abierta a la historia mayor de los nazis después del nazismo.

Yo sabía esto cuando tomé el primer avión para ir a verlo, y sabía también que sólo era cuestión de tiempo que Priebke se arrepintiera y se llamara a silencio, como había permanecido los últimos cincuenta años. Pero, mientras hablara, su caso se convertiría en una inagotable caja de sorpresas.

Aquella mañana de mayo de 1994, y al día siguiente, después de casi cinco horas de charla, supe que los fantasmas del Tercer Reich aún sobrevolaban Bariloche. En su casa, Priebke me habló de su vida, de la guerra, de la matanza de las Fosas Ardeatinas, de las relaciones con altos dignatarios de la Iglesia, del respeto servil con que los policías fascistas italianos se inclinaban ante su lustroso uniforme de oficial SS, y de la misteriosa y bella ciudad donde vivía.

DON ERICO

Eric Priebke, quien por entonces se hacía llamar Otto Pappe, había llegado a San Carlos de Bariloche en 1954 con su esposa, Alicia Stoll, y sus hijos, Ingo y Jorge. Bariloche entonces, más que ahora, parecía un pedazo de la Selva Negra recostado entre la cordillera de los Andes y el Nahuel Huapi, en el corazón de la Patagonia de los lagos. Una colonia alemana nutrida y poderosa, que había crecido desde el fin de la guerra, le dio la bienvenida.

Por las calles de la ciudad caminaba el médico de Auschwitz, Joseph Mengele; el ex piloto de la Luftwaffe, Hans Ulrich Rudel, participaba en los torneos de esquí del Club Andino; el financista Ludwig Freude, amigo de Perón, tenía una casa camino al Llao Llao; el artífice de la “solución final”, Adolf Eichmann, pasaba ocasionalmente sus vacaciones cuando algún amigo lo invitaba, y Friedrich Lantschner, el ex gobernador nazi del Tirol austríaco, ya había abandonado su falso nombre de Materna y empezaba a edificar una empresa constructora.

En Bariloche, Priebke se sintió como en Berlín o como en el cuartel romano de la Gestapo donde había trabajado. Hablaba solamente en alemán, bebía cerveza en el Deutsche Klub, se encontraba con ex camaradas en sus paseos por la costa del lago, y cada 20 de abril festejaba los cumpleaños de Adolf Hitler en el último piso del hotel Colonial, en las habitaciones que ocupaba Hermann Wolff, dueño del restaurante El Jabalí.

El grado que Erich Priebke había ostentado durante la guerra, capitán de las SS, le abrió camino entre la colectividad. Dos años después de su llegada al pueblo puso una fiambrería a la que llamó “Viena”, y se transformó en el presidente de la Asociación Cultural Germano Argentina. Empezaba a ser un hombre público. Empezaba a ser “Don Erico”.

Al principio vivió modestamente en un barrio de chalets de una planta y calles irregulares. Sus vecinos eran el ex agente de inteligencia del ejército alemán Juan Maler, el ex magistrado y oficial superior de las SS Max Naumann, el banquero nazi Carlo Fuldner y el ex gobernador Lantschner. A otros oficiales de la Gestapo o las SS, como Ernst Hamann y Winfried Schroppe, los encontraba cada tarde en el Club Alemán.

Desde la asociación que presidía, Priebke controlaba el colegio de la colectividad, que durante la guerra había sido considerado propiedad enemiga, expropiado y luego reabierto con el nombre de “Primo Capraro”. Enérgico y emprendedor, don Erico había comenzado a construir una hostería en los terrenos de su casa, y después la había transformado en una clínica. Impulsaba el colegio, incorporaba actividades sociales al Deutsche Klub, mandaba gacetillas al diario Argentinische Tageblatt, que las publicaba con su firma, y participaba en la vida comunitaria como líder de los alemanes de Bariloche.

Durante cada Fiesta de la Nieve estaba en el palco con el gobernador y el intendente de turno, se sacaba fotos con militares y jefes de Policía, presidía el desfile de las colectividades, donaba mantas y cunas al hospital regional, era miembro del Rotary y socio vitalicio del Automóvil Club Argentino.

Era un buen vecino.

Pero el 9 de mayo de 1994, cuando dos oficiales de la Policía Federal llegaron hasta su casa para comunicarle que estaba detenido, a Erich Priebke el mundo se le vino encima. Y ni él ni los otros buenos vecinos de Bariloche pudieron entender qué tenía de malo aquello de lo cual lo acusaban: fusilar civiles con las manos atadas a la espalda.

Eso, decían, había ocurrido mucho tiempo atrás y muy lejos de esa idílica ciudad patagónica.

UN HOTELERO EN LA POLICÍA

La primera vez que Erich Ernst Bruno Priebke llegó a Italia, tenía dieciséis años y el sueño de ser un empresario hotelero.

Había nacido el 29 de julio de 1913 en Henningsdorf, en los alrededores de Berlín, del matrimonio formado por un oficial de policía y un ama de casa. Su padre había muerto cuando él tenía siete años, y su madre poco después, y desde entonces había sido criado por su tío Wilhelm Petze, también policía, quien decidió que el sobrino tenía que estudiar idiomas y administración de hoteles.

En marzo de 1929, cuando acabó el curso inicial en el Instituto Berlinés de Hotelería, el joven Priebke salió a conocer el mundo. El primer lugar donde recaló fue Italia, y con su diploma consiguió trabajo en el Gran Hotel Savoia y luego en el Europa, los dos de la ciudad de Rapallo. Allí iban turistas alemanes, y siempre era bueno tener un empleado que hablara bien el idioma.

Tres años más tarde, con sus primeras experiencias hechas, Priebke había dejado la costa ligur y estaba en Londres trabajando en el hotel Savoy. En marzo de 1933, como tantos jóvenes teutones que estaban en el extranjero, regresó a su patria y se afilió al Partido Nacional Socialista, donde ingresó con el número 3.280.478 para estrenar su condición de nazi.

Para entonces hablaba a la perfección el italiano y el inglés, y su siguiente empleo fue en el hotel Splanade, de Berlín, donde estuvo hasta desengañarse de su primera vocación y adivinar que el futuro estaba en otro lado. En 1936 abandonó definitivamente la hotelería y, siguiendo el llamado de la sangre, se anotó en la Academia de Policía. Unos meses más tarde entró a las SS, donde obtuvo el número 290.305.

El de 1938 fue otro año de cambios para él: conoció a la berlinesa Alice Stoll, se casó con ella, y simultáneamente empezó a cursar la Escuela de Dirigentes de las SS. En agosto de 1940 egresaría de allí con las mejores calificaciones y el grado de kriminalkomissar (comisario de policía), y su primer destino iba a ser la oficina de Reinhard Heydrich, el Alto Comando de la IV Armada denominado RSHA Amt IV, con sede en Berlín.

Tres años más tarde, en 1943, el destino volvería a llevarlo a Italia. Trasladado a Roma como adjunto del coronel Herbert Kappler, el jefe militar de las tropas de ocupación en la capital italiana, al principio trabajó como traductor y en tareas administrativas.

“Llegué a Roma con el grado de teniente”, me dijo Priebke, “y el traslado a Italia fue porque yo conocía el idioma y podía ser útil en la oficina de Kappler, que había pedido más personal”.

Ese regreso, sin embargo, marcaría el inicio de su carrera como criminal de guerra.

AL RESCATE DEL DUCE

En los primeros días de julio de 1943, tropas aliadas al mando del general norteamericano George Patton y del inglés Bernard Montgomery, habían cumplido con éxito la primera operación anfibia en gran escala contra Europa continental. Lanzada desde el norte de África, la operación, denominada “Esquimal”, había consistido en el desembarco de tropas en Sicilia, al sur de ltalia, para iniciar un largo avance que acabaría casi dos años después en las puertas mismas de Berlín.

En respuesta, Benito Mussolini, preocupado por los desembarcos, había convocado por primera vez en veinte años al Gran Consejo Fascista, y pagaría cara su muestra de debilidad: el 25 de julio, en una votación abierta de los consejeros, fue obligado a dimitir por diecinueve votos contra siete, y el nuevo gobierno presidido por el mariscal Pietro Badoglio ordenó su arresto.

Cuando Adolf Hitler se enteró de que su aliado estaba preso, decidió ayudarlo.

La tarea de rescatar al Duce recayó sobre el jefe de las Unidades Especiales Oranienburg, el coronel Otto Skorzeny. “El mismo día en que Mussolini fue tomado prisionero, el 25 de julio de 1943, a las nueve de la noche me ordenaron desde el cuartel general de Hitler que pensara en una operación para liberarlo”, contaría años después el oficial nazi que al fin de la guerra se refugió en la Argentina y que en su casa de Madrid, en 1970, lucía sobre el escritorio una foto de Juan Domingo Perón especialmente dedicada.1

Al día siguiente de la detención de Mussolini, Skorzeny viajó a Roma y, tras entrevistarse con el coronel Kappler, consiguió que las SS en la capital italiana colaboraran con la inteligencia de la operación. Kappler delegó la tarea en el joven oficial recientemente incorporado a su destacamento, y así el teniente Erich Priebke comenzó a buscar el lugar, secreto hasta entonces, donde Mussolini estaba prisionero.2

Había sido elegido porque hablaba perfectamente la lengua local, tenía amigos que había hecho en su anterior estada en el país y, como se verá mas adelante, hasta podía pasar por italiano.

Aunque no hay precisiones sobre cómo fue la búsqueda, lo cierto es que el teniente Priebke pronto consiguió resultados. Al decir de Skorzeny, “tras unos días de planes y de noticias contradictorias, recibimos la información de que Mussolini estaba en los Abruzzos, a 1.980 metros de altura, en un hotel llamado ‘Campo Imperatore’ en el Gran Sasso”.

Con ese dato a mano, los comandos de Skorzeny hicieron el rescate el 12 de septiembre de 1943. Fue una operación sin precedentes por su audacia: el grupo aterrizó con planeadores en plena montaña, tomó la posición casi sin combatir, liberó a Mussolini y lo llevó a salvo hasta Berlín.

En todo caso, el asunto no fue fácil: Skorzeny había previsto utilizar doce planeadores con nueve soldados y un piloto cada uno, y entre el despegue y el vuelo había perdido cinco aviones. Entre los comandos que consiguieron llegar al Gran Sasso, había un hamburgués bajo y corpulento llamado Reinhard Koops, de quien se volverá a hablar.3

Antes de que terminara el mes, cuando aún no se habían acallado los ecos del rescate de Mussolini, el Alto Mando alemán reconoció la tarea de aquel joven teniente que había descubierto el lugar donde el Duce estaba prisionero, lo condecoró con la Cruz de Hierro, y cuarenta días más tarde, el 9 de noviembre de 1943, Erich Priebke fue ascendido a capitán de las SS.

En los considerandos del ascenso, que había sido recomendado por su jefe, el coronel Kappler, puede leerse un perfil psicológico de Priebke: “Priebke es un colaborador experto, privado de cualquier defecto de carácter, que autoriza las mejores esperanzas. Además del hecho de que domina dos lenguas extranjeras, tiene un contexto formal irreprochable”, dice su foja de servicios.4

¿Qué podría significar, en boca de un oficial de las SS y referidas a un camarada, las frases “privado de cualquier defecto de carácter” y “contexto formal irreprochable”?

La respuesta a ambas preguntas estaría en la actitud tomada por Erich Priebke cuatro meses más tarde, cuando le tocara actuar en la represión a los militantes antifascistas.

EL ATENTADO DE VIA RASELLA

La resistencia a las tropas de ocupación alemanas en Roma había ido recayendo paulatinamente sobre el Partido Comunista italiano.

Organizados en una Junta Militar y un Comité de Liberación, sus integrantes eran identificados como “partisanos” y llevaban a cabo pequeñas acciones armadas y propagandísticas para demostrar la vitalidad del movimiento.

A principios de marzo de 1943, la dirección de la Junta decidió que era necesaria una operación militar de envergadura, que golpeara a los nazis en forma directa. El encargo recayó en el Grupo de Acción Partisana (GAP), dirigido por Carlo Salinari, y el blanco elegido fue el batallón alemán Bozen, formado por efectivos del Alto Adigio.

Por orden del coronel Kappler, y más para intimidar que para combatir, un destacamento del batallón, formado por veteranos de la reserva, patrullaba constantemente las calles de Roma. Los integrantes del GAP eligieron a esa patrulla como objetivo. Tenían controlados sus movimientos y sabían que todos los días, poco después de las tres de la tarde, pasaban desfilando por la Via Rasella, una cortada de trescientos metros paralela a la Via del Tritone, cerca de los jardines del Quirinal.

El 23 de marzo de 1944, un comando integrado por el propio Salinari y otros once partisanos, entre ellos dos mujeres, había tomado posición en el lugar. Giulio Cortini, Rosario Bentivegna y Carla Capponi habían preparado el día antes una bomba de fabricación casera hecha con dieciocho kilos de trilita, y la habían acondicionado en una caja metálica suministrada por los obreros de los Talleres del Gas.

Hacia las dos de la tarde, Bentivegna, disfrazado de barrendero municipal, se había instalado en Via Rasella. En su carro, tapada por bolsas y desperdicios, estaba la bomba. A las tres y cuarto, los soldados del Bozen aún no habían aparecido, y uno de los partisanos, Pasquale Balsamo, pasó junto a Bentivegna y le susurró: “Si en diez minutos no llegan, retirada”. Bentivegna, segun contaría años después, pensó: “Sí, ¿y la trilita donde la pongo?”.

A las 15.25, cuando vencía el plazo, vio aparecer por la esquina a Carla Capponi con un impermeable blanco. Era la señal de que la patrulla se acercaba. Bentivegna, como lo había ensayado la noche anterior, sacó del bolsillo de su abrigo un encendedor, prendió la pipa que le colgaba de la boca, y antes de guardarlo encendió la punta de la mecha que asomaba del carro. Después corrió hacia donde lo esperaba Carla. Apenas había hecho cuarenta metros, cuando escuchó la explosión.

Si se hubiera vuelto para mirar, hubiese visto “cadáveres y jirones de carne desgarrada, ropa destrozada, uniformes rasgados, escombros y cristales esparcidos por todas partes, y gente aterrorizada que se asomaba por las ventanas. Se elevaban los lamentos de los heridos, mientras desde el fondo de la calle empezaban a acudir policías italianos y uniformes de las SS”.

Los muertos habían sido treinta y tres.

SE DECIDE LA REPRESALIA

El general alemán Kurt Maltzer, jefe de la defensa de Roma, estaba en el hotel Excelsior en un banquete, y fue de los primeros en llegar al lugar del atentado. Fuera de sí, ordenó dinamitar toda la zona y que los habitantes de Via Rasella fuesen sacados de sus casas, alineados contra las verjas del Palacio Barberini y fusilados en el acto.

Cuando tropas de las SS ya tenían a hombres, mujeres y chicos alineados y se aprestaban a ejecutarlos, el cónsul general alemán en Roma, E. F. Mollhausen y el coronel Eugen Dollmann pudieron hacer razonar a Maltzer. El diplomático tuvo que amenazarlo para que recapacitara: “Haga usted volar lo que le parezca. Pero sepa que yo entraré en una de esas casas, de modo que me hará volar a mí también, así que saltará por los aires el representante oficial en Roma del Tercer Reich y entonces, mi querido general, la cosa se complica y puede causar alguna molestia al comandante de la plaza”.5

El jefe de todas las tropas alemanas en Italia era el mariscal Albert Kesserling, y aquel día no estaba en su despacho de Monte Soratte porque había ido de inspección al frente. Dos horas y media después de la explosión, fue su jefe de operaciones, el coronel Dietrich Beelitz, quien atendió la primera llamada telefónica desde Ratenburg, el cuartel general de Adolf Hitler en Berlín. Quien llamaba era el general Alfred Jodl, jefe del comando del Ejército, y comunicaba que el Führer había ordenado personalmente fusilar a cincuenta italianos por cada alemán muerto.

La magnitud de la represalia les pareció exagerada hasta a los más duros. Los veteranos del frente del Este recordaban que ni en la Unión Soviética se había superado nunca la proporción de diez a uno, y además había problemas técnicos: ¿dónde encontrar los 1.650 rehenes que reclamaba Berlín? El mismo día del atentado, a la noche, Kesserling hablo con Jodl y le propuso una solución práctica: que fueran diez los italianos fusilados por cada alemán caído, y que la tarea la llevara a cabo la policía de seguridad (Sicherheitsdienst) de Roma, a cargo de Herbert Kappler.

Cuando dos horas más tarde llegó desde Berlín la aceptación de la propuesta, el futuro de Erich Priebke ya estaba sellado.

LAS FOSAS ARDEATINAS

“Yo estaba de acuerdo con la represalia, pero no con que la hiciéramos nosotros”, me dijo Erich Priebke cincuenta años después. La objeción tenía esta lógica: si los muertos eran del Ejército, el Ejército tendría que haberse hecho cargo de los fusilamientos, y no las SS de Kappler.

Herbert Kappler tenía entonces treinta y siete años, y llevaba cinco en Italia. Divorciado, vivía con su segunda esposa, Annelise, en una casa con jardín de la Via Salaria, donde pasaba su tiempo libre cultivando rosas. Los romanos le temían. Había robado cincuenta kilos de oro a los judíos de la ciudad, había saqueado la sinagoga mayor, había deportado a Alemania a la princesa Mafalda de Saboya, y había colaborado personalmente con los enviados de Adolf Eichmann para capturar y deportar a los judíos de Roma el 16 de octubre de 1943.

Cuando recibió la orden de Kesserling de ejecutar la represalia, Kappler reunió a su estado mayor en las oficinas de la Via Tasso: los capitanes Priebke, Borante Domizlaff, Hans Clement y Kurt Schutze, el sargento mayor Karl Wiedner y el jefe de brigada Johannes Quapp. La primera tarea que encararon fue confeccionar las listas de los que serían fusilados, y allí surgió un problema: no había trescientos treinta prisioneros condenados a muerte en las cárceles romanas.

Me dijo Priebke: “Durante toda la noche del 23 de marzo estuvimos trabajando en esas listas, y tuvimos que recurrir a la Justicia italiana para completarlas. Le pedimos ayuda al jefe de Policía de Roma, Angelo Caruso; él lo consultó con el ministro del Interior, Buffarino Guidi, y al rato nos pasaron una lista de cincuenta nombres”.

Durante esa misma noche, la nómina se fue engrosando. Se sacaron presos de la cárcel de Regina Coeli y de los calabozos que la Gestapo tenía en su cuartel de la calle Tasso, y el número se completó con setenta y cinco (algunos dicen que con setenta y ocho) judíos que esperaban la orden de Kappler para ser deportados. Fue durante esos trámites cuando las cuentas fallaron, y en lugar de los trescientos treinta prisioneros previstos, los alemanes se encontraron con trescientos treinta y cinco.

Encontrar el lugar de las ejecuciones demandó menos trabajo que hacer las listas. El sitio elegido fue una mina abandonada, a un kilómetro de la antigua puerta de San Sebastián. Cuando un oficial del Cuerpo de Ingenieros la revisó, encontró que sería técnicamente sencillo dinamitar la entrada de la caverna después de los fusilamientos.

En la madrugada del 24 de marzo de 1944, conducidos en camiones militares, los prisioneros fueron llevados hasta la entrada de las Fosas Ardeatinas. Allí esperaban Kappler y su estado mayor, y Erich Priebke hacía las veces de recepcionista: tenía las listas de nombres en la mano, y tachaba uno por uno a los condenados que iban ingresando.

La mecánica que había decidido Kappler para la ejecución era sencilla: los prisioneros entrarían a las cuevas en grupos de a cinco, con las manos atadas a la espalda, y otros tantos soldados les dispararían en la nuca un solo tiro, para ahorrar tiempo.

Me dijo Priebke: “La orden era que los oficiales teníamos que participar para dar el ejemplo. El propio Kappler fue de los primeros en disparar, y después tuvimos que hacerlo nosotros. Yo tuve que matar a dos personas, pero no recuerdo ni cómo eran. Adentro de la cueva todo estaba en penumbras, y la única luz era la que venía de unas antorchas sostenidas por soldados”.

Las ejecuciones duraron desde el amanecer hasta casi entrada la noche. Cuando acabaron, trescientos treinta y cinco civiles con las manos atadas a la espalda, habían sido fusilados.

LA FUGA HACIA LA ARGENTINA

La historia de Priebke desde la represalia en Roma hasta el final de la guerra es vertiginosa y breve. Cuando los aliados llegaron a la capital italiana, él ya había enviado a su familia a Berlín y había emprendido una huida hacia el Norte, hasta el territorio del último baluarte fascista, la República de Saló. En Verona había cumplido un indeterminado “encargo especial del comando de las SS”, y en Brescia quedaría como jefe de la Gestapo de toda la provincia.6 Entre las tareas que iba a cumplir estaría el arresto y la deportación a Alemania del militante de la resistencia Isaac Tagliacozzo.

Para marzo de 1945, cuando los bombardeos arrasaran la capital del Tercer Reich, Priebke ya había hecho mudar otra vez a su mujer y a sus hijos y los había instalado en Vipiteno, cerca de la frontera austroitaliana. Él se había quedado en Bolzano, y seis días después de terminada la guerra, el 13 de mayo, sería detenido junto al comandante de las SS en Italia, el general Karl Wolff.

Durante casi un año y medio, Erich Priebke estuvo internado en el campo de prisioneros de Rimini, sobre la costa adriática. El campo, que alojaba a doscientos veinte mil soldados alemanes, estaba controlado por el ejército británico, y los guardias eran polacos. Durante su detención, Priebke fue interrogado sobre sus actividades en Italia, y uno de esos interrogatorios, informal, fue sobre los fusilamientos en las Fosas Ardeatinas.

Me dijo: “El 31 de diciembre de 1946 aprovechamos los festejos de fin de año. Los ingleses bebían y hacían fiesta, y los polacos estaban borrachos. Conseguimos escapar cinco personas: tres suboficiales, otro oficial y yo. Fuimos al palacio del obispo, y allí comenzó en verdad nuestra fuga”.

Es en este punto cuando la suerte de Erich Priebke pasa a depender de la ayuda de la Iglesia católica. Mientras estaba en Roma, por las funciones que había cumplido como tercero en la jerarquía de las SS, Priebke había tenido contacto con algunos funcionarios del Vaticano.

Uno de ellos, el cura Pancratius Pfeiffer, le debía favores por haberle pedido clemencia para algunos prisioneros. Invocando su relación con Pfeiffer, él y los otros cuatro alemanes fugados obtuvieron algo de dinero y consiguieron llegar a la estación de trenes de Bolonia, donde se separaron. “Yo tuve que sacar los pasajes para todos”, recordaría Priebke, “porque era el único que hablaba bien el idioma y parecía un italiano”.

Cuando llegó a Vipiteno, donde estaba su familia, otra vez la mención de Pfeiffer le simplificó las cosas. Pudo instalarse en la casa, permanecer allí durante casi veinte meses sin que lo molestaran por su condición de prófugo, y luego emprender el viaje hacia Buenos Aires.

El costo que tuvo que pagar no fue alto: renunciar a su fe protestante y convertirse al catolicismo, en una ceremonia realizada por el cura Johann Corradini. El acta de bautismo aún se conserva en los archivos de la parroquia de Vipiteno, y fue observada por la Policía italiana por una irregularidad: la fecha, 13 de septiembre de 1948, está fraguada y tiene una anotación al margen: “Bautismo bajo condición”.

Según contaría Priebke a la periodista Emanuela Audisio, “pensé en retornar a Alemania, pero en Berlín no tenía más familia. La ayuda vino de un padre franciscano, pero no recuerdo su nombre. Me dijo que no podía enviarme a Alemania y me ofreció la Argentina. Dije que sí, y partí para Génova (...) El problema era que no podía viajar con mi pasaporte, y para eso me ayudó en el Vaticano el obispo Alois Hudal, quien me entregó un pasaporte blanco con la insignia de la Cruz Roja”.7 El pasaporte estaba a nombre de Otto Pappe, y con ese documento, acompañado por su esposa y sus dos hijos, Ingo y Jorge, Erich Priebke se embarcó en Génova hacia Buenos Aires, en el buque carguero San Giorgio.

En el Río de la Plata, donde llegó a fines de 1948, lo esperaban cuarenta y siete años de tranquilidad. Las características de su fuga, como se verá más adelante en otros ejemplos, pueden considerarse ahora un leader case.

Su historia, en fin, no es sino una más de las tantas sobre nazis que llegaron a la Argentina a través de la “Ruta de las Ratas”.

NOTAS

1 La Nación, Buenos Aires, 3 de mayo de 1970.

2 Il Gazzettino, 17 de mayo de 1994.

3 Ibídem.

4 Berlín Document Center. Expediente SS de Erich Priebke.

5 Mollhausen, E. F.: “La carta perdente. Memorie Diplomatiche”, Sestante, Roma, 1948.

6 Il Gazzettino, art. cit.

7 La Reppublica, Roma.

CAPÍTULO 2

Ratas en la Red Romana

Estrasburgo, Francia ocupada; 10 de agosto de 1944.

Un viento refrescante recorre las calles de la ciudad, por donde sólo se movilizan motocicletas y camiones militares. La imponente catedral de estilo gótico, comenzada a construir a mediados del siglo XIII, ha sido clausurada por las tropas alemanas. Los soldados se han adueñado de las mejores casas y gobiernan con mano dura a los orgullosos alsacianos, quienes deberán esperar todavía siete meses para conseguir la liberación.

En el corazón mismo de la ciudad vieja, un sólido edificio que aún se conserva y cuya fachada enfrenta la Place Kleber, es custodiado con exageración. Es un hotel; sus paredes son rojas y sus ventanales, altos. Una formación militar ha rodeado el portón de roble, y quienes lo transpongan deberán exhibir indudables credenciales a los retenes de guardia que se han dispuesto.

Automóviles lujosos, algunos de ellos embanderados con la cruz esvástica, están estacionados en las inmediaciones de la plaza, por cuyos senderos los choferes pasean a la espera de sus jefes. Hablan entre ellos a media voz, y las conversaciones giran siempre sobre lo mismo: esa Europa en llamas cuyo fuego, después de cinco años de arder, parece comenzar a extinguirse.

Dentro del edificio que se identifica por un cartel, “Maison Rouge”, en una espaciosa sala con un hogar apagado, setenta y siete hombres que representan el poder absoluto de la Alemania nazi han comenzado una reunión que se extenderá por más de cuarenta y ocho horas. El tema que los ha convocado les quita el sueño: se trata de decidir su propia suerte, su futuro, pero apenas tienen tiempo y no pueden equivocarse.

Saben que los gobiernos de los Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética, junto a otros aliados menores, ya han puesto la firma a la derrota de la Alemania nazi, de la ltalia fascista y del Japón imperial, que aún se debaten tratando de contener el derrumbe.

EL TEATRO DE OPERACIONES

Dos meses y cuatro días antes de aquella reunión, el 6 de junio de 1944, decenas de miles de soldados transportados a través del Canal de la Mancha por aviones y buques de guerra norteamericanos e ingleses, habían realizado con éxito la mayor operación militar de toda la historia: el desembarco aliado en Normandía, al norte de Francia.

Esa cabecera de puente instalada en las costas normandas había sido catastrófica para Alemania. Adolf Hitler, en un intento inútil de minimizar la situación, había prohibido que la noticia se difundiera. Pese a la censura, que operaba tanto en los países ocupados como en territorio germano, los más altos dignatarios del nazismo, los jefes de los servicios secretos y los responsables económicos y financieros de la guerra, acabaron por enterarse y por preocuparse.

La invasión a Francia era la gota que colmaba el vaso y se sumaba a un contexto sombrío. Los ejércitos alemanes habían comenzado a ser masacrados en la Unión Soviética a fines de 1942, cuando tras la batalla de Stalingrado en noviembre, las divisiones mandadas por el general Friedrich von Paulus habían sufrido 147.000 muertes y 91.000 soldados habían caído prisioneros.

Entre enero y mayo de 1943, cuando aún no se habían repuesto del golpe, el mariscal Erwin Rommel había tenido que resignar las posiciones alemanas en el norte de África, y dejar en manos de los aliados todo el Mediterráneo. En julio, aprovechando esa situación, las tropas anglonorteamericanas habían ocupado Sicilia. Apresuraban así la caída de Benito Mussolini, y comenzaban a preparar el desembarco en el sur de la Italia continental.

A fines de 1943, para acentuar la catástrofe, el ejército americano había lanzado una enérgica ofensiva contra el Japón en la cuenca del Pacífico, y Berlín contemplaba azorado como se debilitaban sus socios de guerra y la capital del Tercer Reich quedaba en el centro de un avance militar que no demoraría en llegar a destino.

El 20 de julio de 1944, finalmente, un fallido atentado contra Hitler, llamado “Operación Walkiria”, había supuesto un nuevo golpe contra el frente interno alemán. Desde el estallido a destiempo de esa bomba, las suspicacias y las sospechas se instalaron entre los propios jefes nazis, y motivaron que cada uno comenzara a desconfiar de los demás.

Fue en ese ambiente de persecuciones, de conspiración y derrotismo, apenas veinte días después del atentado, cuando se había hecho la cita en Estrasburgo.

LA CITA EN LA MAISON ROUGE

Los hombres convocados a esa reunión, en medio de las mayores reservas y medidas de seguridad, tenían tres cosas en común: un problema, un pasado y una expectativa, la de capear el futuro que se avizoraba hostil. De acuerdo con sus análisis, la manera de lograrlo era una sola: salvar la vida y el dinero de los más encumbrados jerarcas y bienhechores del moribundo “Reich de los Mil Años”.

Los conferenciantes representaban lo más granado de la estructura de poder de la Alemania nazi. Entre gallos y medianoche, en trenes blindados o en coches imponentes, habían ido llegando los delegados personales del número dos en la jerarquía hitlerista, Martin Bormann; del ministro de Armamentos, Albert Speer; del comandante militar, almirante Wilhelm Canaris, y los dueños de las fábricas más poderosas que habían sido el pulmón de la maquinaria bélica: las Krupp Messerchmidt, Thyssen, Bussing Reihmetal, VW Wercke, Roehling, I. G. Farben, AEG, Siemens y Kirdorf. Y también los grandes banqueros, los financistas, los empresarios de seguros y los industriales de las cuencas del Rhin y del Rhur.

Las características de la reunión —y su misma realización, dado el secreto en que fue concebida— no se pudieron conocer sino varios meses después, y sólo a medias. A tal punto que todavía hoy, casi sesenta años más tarde, sigue desvelando a los investigadores.1

Aunque hermanados por la gravedad acuciante del cuadro de situación, los intereses inmediatos de los hombres reunidos en la Maison Rouge divergían cuando llegaron a Estrasburgo. Los funcionarios políticos del partido habían asistido para sentar las bases materiales del resurgimiento del Reich, en momento y lugar a determinar, y los industriales y los empresarios estaban animados por la posibilidad de hallar la manera de conservar sus bienes y ponerlos a salvo de la segura confiscación que sobrevendría a la derrota. Pero era mayor la desgracia común que los apetitos diferenciados, y los dos grupos pudieron coincidir y encontrar la fórmula que diera satisfacción a todos los intereses.

La propuesta que resultó aprobada, según pudieron reconstruirse los hechos, fue hecha por el delegado personal del viceführer Bormann, y puede sintetizarse así: los empresarios financiarían la huida de los jerarcas, quienes custodiarían y manejarían los capitales girados al exterior.

Para los dueños de las grandes empresas, la opción era de hierro. Su papel de financieros del nazismo los comprometía, y, si ese rol transcendía, lo mejor que podían esperar tras un triunfo aliado era la cárcel y la expropiación de sus fortunas. Confiar en los jerarcas como administradores no parecía óptimo, pero era lo único posible.

Un fragmento de las actas firmadas al término de la reunión, y rescatadas luego por la inteligencia norteamericana, ayuda a clarificar las intenciones: “La jefatura del Partido supone que algunos miembros serán condenados, por lo que ahora han de tomarse medidas para colocar jefes menos destacados como ‘peritos técnicos’ en varias empresas alemanas clave. El Partido está dispuesto a suministrar grandes sumas de dinero a aquellos industriales que contribuyan a la organización de posguerra en el extranjero. Pero el Partido pide a cambio todas las reservas financieras que ya hayan sido transferidas al exterior, o puedan ser transferidas posteriormente, para que tras la derrota se funde en el futuro un poderoso nuevo Reich”.2

Lo más curioso de este párrafo es que no puede sino intuirse a quién corresponde la figura de “el Partido”. No podía referir a Hitler ni a Heinrich Himmler, ya que ninguno de los dos estaba al tanto de la realización del encuentro, porque de haberlo estado lo hubiesen impedido por derrotista y desleal, pero sí podía corresponder, en cambio, a Martin Bormann. Por aquellos días, el delfín ya había sacado una clara ventaja sobre el resto de sus camaradas.3

PLANIFICANDO LA FUGA

Mas allá de la organización financiera para el futuro, la reunión de la Maison Rouge también sirvió para extraer algunas conclusiones de orden práctico.

Con la asistencia de funcionarios de la Cancillería nazi, que manejaba Bormann, los convocados en Estrasburgo diseñaron planes de escape minuciosos que debían ser seguidos al pie de la letra por los jerarcas que tuvieran que huir. Para el diseño de estos planes se tuvieron en cuenta las situaciones políticas de los países elegidos como destino, y se echaron sobre la mesa las relaciones que cada uno podía aportar.

Tres itinerarios principales quedaron rápidamente esbozados. El primero salía de Munich, Alemania, y comunicaba con Salzburgo, en Austria, para acabar en Madrid. El segundo camino también partía de Munich y, vía Salzburgo o el Tirol, terminaba en la zona de Génova, al norte de Italia, desde donde los jerarcas podrían embarcarse con rumbo a Egipto, Líbano o Siria. El tercero de esos itinerarios era igual al segundo en su parte europea, pero su destino final era la ciudad de Buenos Aires, en la Argentina.

Todo había sido previsto; esos caminos podrían transitarse con relativa facilidad y sin riesgos excesivos, gracias a una aceitada combinación que incluía medios de transporte, casas seguras, lugares donde aprovisionarse de documentación y, sobre todo, ayuda de socios ideológicos a lo largo de todo el recorrido. Una versión poco difundida pero confiable4 indica que la víspera de Navidad de 1944, apenas cuatro meses después de la reunión de Estrasburgo, los jerarcas que habían participado de ella recibieron juegos de documentación falsos, que debieron utilizar a la hora de fugar. Con el correr de los días y la inminencia de la derrota, esas y otras previsiones pudieron ajustarse porque los propios interesados emplearon parte de su poder y de las posibilidades a su alcance para que así sucediera.

Entre las posibilidades figuraba una, fundamental, que era la relación establecida previamente con los estamentos superiores de la Iglesia católica.

EL PAPEL DE LA IGLESIA

Medida a la luz de los resultados obtenidos, la red de fugas en que intervino la Iglesia, llamada “Red Romana”, fue la que demostró mayor eficacia.

Estimaciones coincidentes indican que cinco mil jefes nazis alcanzaron a escapar gracias a los servicios de esta organización. Su sede central estaba en la capital italiana, operaba desde oficinas propias bajo la cobertura de la Pontificia Comisión de Asistencia, y el cerebro era el obispo austríaco Alois Hudal.

Con sus oficinas en la Via Sicilia, Hudal era el rector del Colegio Teutónico Santa Maria dell’ Anima, en Piazza Navona, y se autoproclamaba “jefe espiritual de los católicos germanos residentes en Italia”. En 1937 había escrito una apología del nazismo editada en Leipzig y Viena, “Los fundamentos del nacionalsocialismo”, y tal muestra de fe lo había convertido en el hombre de confianza de Hitler en la plaza de San Pedro.

Para determinar el papel que él personalmente jugó en la huida de los jerarcas nazis, hay tres fuentes posibles: sus propias memorias (Diarios romanos, estudiados por el italiano Matteo Sanfilippo), un informe del agregado militar norteamericano en Roma y la versión de los historiadores oficiales de la Iglesia. Las memorias y la historia oficial se complementan extrañamente.

En sus escritos, Hudal no duda en admitir la ayuda que prestó a los criminales prófugos. Desde 1945 se vanagloriaba de haber ayudado a los nazis a encontrar un refugio seguro en América del Sur, sobre todo en la Argentina, y mantuvo estas posiciones hasta su muerte, ocurrida en 1962. Según el propio obispo, esta tarea de ayuda corría por cuenta del Vaticano.

La opinión contraria fue sostenida por Robert Graham, un jesuita historiador del trono papal, con sólidos laureles a sus espaldas: había trabajado durante dieciséis años investigando y publicando doce volúmenes de actas y documentos de la Santa Sede relativos a la Segunda Guerra Mundial.

La tesis de Graham para desautorizar a Hudal, a quien sus pares llamaban “El Obispo Negro”, es de una simpleza ingenua: operaba fuera del Vaticano. Según el, la presencia del obispo austríaco en Roma durante los años de la guerra había sido incómoda, y sus opiniones abiertamente nazis habían hecho que el papa Pío XII lo marginara y le prohibiera la entrada al palacio de la plaza de San Pedro.

En todo caso, otros historiadores5 sostienen que Hudal no solo se limitó a planificar y monitorear las rutas de fuga una vez terminada la guerra, sino que antes también ofició como enlace vaticano ante el gobierno nazi, y fue el nexo entre ambos poderes cuando Berlín quiso llegar a un acuerdo con Inglaterra y los Estados Unidos fundado en sus compartidas convicciones anticomunistas.

En los últimos años de su vida, Alois Hudal hizo pública su relación con la Argentina: fue uno de los más conspicuos colaboradores de la revista nazi Der Weg, que se editaba en Buenos Aires.6

Sin embargo, como consigna Ignacio Klich, “si es quizá cómodo actualmente hacer del obispo Hudal el principal responsable de las evasiones, conviene subrayar que ni la ‘ruta de los monasterios’ ni su propio papel durante la guerra hubieran sido posibles sin la luz verde de la Santa Sede”.

EL INFORME LA VISTA

En efecto, posteriores investigaciones y un memorándum secreto dirigido en mayo de 1947 al Secretario de Estado norteamericano, George Marshall, por el agregado militar en Roma, Vincent La Vista, ponen el dedo en la llaga.7 Sin ambages, en el informe se define al Vaticano como “la principal organización implicada en el movimiento ilegal de personas”, y se dan detalles sobre el funcionamiento de una gigantesca red de evasión.

Según La Vista, ya desde 1947 existía una compleja organización dirigida por altos dignatarios vaticanos, encargada de poner a buen recaudo a los nazis que vagaban sin rumbo por Europa. El funcionamiento de la red se basaba en una cadena de recomendaciones y conocimientos personales que permitía a los prófugos conseguir asilo, dinero y documentos, antes de ser embarcados hacia puertos seguros.

El diplomático también se había ocupado del obispo Hudal, y agregaba detalles. Por ejemplo, informaba sobre una lista de otros veintiún dignatarios vaticanos implicados en la organización de las fugas, y citaba entre ellos al cardenal italiano Humberto Siri, al arzobispo yugoslavo Krunislav Draganovic, al obispo Ivan Bucko y a los sacerdotes Camanis, De Courreges, Heinemann, Luttor, Juraj Magjerec, Pelópidas, Adam, Karl Bayer, Bejan, Jatulevicius y Zubert.8

Según La Vista, sucedía que el Vaticano había sido uno de los primeros en advertir la utilidad que los nazis podían tener en la naciente Guerra Fría. Cuadros formados en contrainteligencia y anticomunismo, los oficiales, sobre todo los SS, no eran elementos despreciables para las tareas que se avecinaban, y la protección y el resguardo que se les pudiera dar serían una buena inversión.

El funcionario tenía esto presente al redactar su informe, que iba a comprobarse con el correr del tiempo, y mencionaba “el deseo del Vaticano de dejar infiltrarse no solamente en los países europeos sino también en los países de América Latina a hombres de todas las convicciones políticas, siempre que fueran anticomunistas y favorables a la Iglesia católica”.

También citaba a una fuente no identificada, supuesto responsable de la Oficina para Refugiados papal, quien admitía temer “muy particularmente el auge de las actividades comunistas en América del Sur”, y por esta razón reservaba una acogida favorable a las solicitudes de las personas que tenían un pasado fascista y querían emigrar ilegalmente.

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