
–¡¡¡Wonder Woman!!! —bramó la directora Waller.
La joven parpadeó varias veces sin acabar de entender lo que ocurría. Los gritos de entusiasmo aumentaron, aunque también oyó algún que otro comentario malicioso de Cheetah. La mordaz superheroína bostezó, se estiró con la gracia de una bailarina y chocó como quien no quiere la cosa con Katana, que le devolvió el empujón de inmediato. Por suerte, tanto el auditorio como los demás edificios de Super Hero High estaban construidos a prueba de invasores, tormentas de fuego, cometas y adolescentes.
—Wonder Woman, por favor, sube al estrado —repitió la directora, intentando reprimir una sonrisa. Mostrarse alegre no entraba dentro de sus funciones. Al fin y al cabo, Amanda Waller, The Wall, se enorgullecía de dirigir Super Hero High con dedicación y mano férrea, lo que no le dejaba tiempo para frivolidades. Con su espalda imponente, sus trajes serios y su peinado de corte militar, su sola presencia bastaba para meter en cintura a una flota entera de invasores alienígenas... o a una sala abarrotada de bulliciosos aprendices de superhéroes.
Harley Quinn, dueña del canal de ViewTube Los Quinntaesenciales de Harley, se echó a reír y empezó a grabar mientras Bumblebee se acercaba volando a Wonder Woman y la acompañaba al estrado.
—¡Adelante, Wondy! —gritó la alegre superheroína rebosante de felicidad al tiempo que sus alas amarillas la elevaban en el aire—. ¡Ya sabes que The Wall odia que la hagan esperar!
La siempre sociable Wonder Woman escuchó boquiabierta a la directora Waller. La tiara de oro que adornaba su larga y abundante melena oscura lanzaba destellos.
—Nuestra Superheroína del Mes ha demostrado su entrega a este instituto, al que ha cubierto de orgullo —dijo The Wall—. No está aquí en busca de gloria personal, sino en busca de un bien mayor, y para centrar la atención en los demás. Eso es lo que hace a alguien ser un verdadero líder.
La joven contuvo las lágrimas como pudo. Solo llevaba unos meses en Super Hero High. Su madre, Hippolyta, reina de Themyscira, también conocida como Paradise Island, se sentiría orgullosa. Se moría de ganas de hablar con ella.
—Wonder Woman —oyó que decía la directora—, tu primer cometido como Heroína del Mes será enseñarle el instituto a la nueva incorporación a Super Hero High. ¡Ah, por ahí viene!
El auditorio contuvo la respiración. La princesa amazona sonrió. Cheetah frunció el ceño. Harley Quinn continuó grabando.


Tenía la sensación de que había transcurrido una eternidad desde que había atravesado el espacio a toda velocidad con destino desconocido. La nave no había tomado la ruta más rápida y directa, pero al final la había llevado donde debía. Apenas guardaba ningún recuerdo del viaje; en cambio, no hacía más que pensar en una época anterior en la que vivía feliz y despreocupada, hasta tal punto que había imaginado que siempre sería así...
A varios sistemas solares de distancia de la Tierra, doblando a la izquierda, una jovencita estaba a punto de acabar una tarjeta de felicitación de cumpleaños para su madre cuando empezaron a sonar las alarmas. Kara estaba acostumbrada a aquellos simulacros desde pequeña y ya no les prestaba atención. Sin embargo, cuando su madre irrumpió en la habitación, el pánico que se reflejaba en su mirada le dejó claro que ese día era diferente.
—¡Kara! —le gritó sin aliento—. ¡Date prisa! ¡Ven conmigo ahora mismo!
Sin hacer preguntas, le dio la mano y echó a correr después de soltar la tarjeta. Había escrito «Para la mejor madre del universo», pero no le había dado tiempo de añadir un «Siempre te querré, Kara».
Su padre se paseaba nervioso frente a la nave, en el exterior. Por un breve instante, el alivio que lo embargó al ver a su hija suavizó su expresión, aunque enseguida recuperó la seriedad.
—Kara, sube —ordenó. La voz calmada y tranquilizadora de siempre había sido sustituida por una que la adolescente no había oído nunca y se asustó—. ¡No hay tiempo! ¡¡¡Sube, ya!!!
Kara Zor-El, del planeta Krypton, lo obedeció mientras el aullido ensordecedor de las sirenas aumentaba a su alrededor. Sintió que el corazón se le aceleraba cuando la nave empezó a sacudirse..., aunque no había despegado. Era la vibración del planeta entero, que se estremecía desde el mismo núcleo. Su madre le colocó un collar de cristal alrededor del cuello con manos temblorosas.
—Te queremos, Kara. Más de lo que puedas llegar a imaginar —dijo.
Su padre las envolvió en un abrazo.
—Pero ¡mamá, no entiendo nada! —protestó la joven, presa del pánico. Sus padres la estrecharon con más fuerza en la entrada de la nave—. ¿Qué ocurre? ¿He hecho algo malo?
—Tú no has hecho nada malo —le aseguró su madre, apartando los mechones rubios de los ojos de su hija con delicadeza. La preocupación se dibujaba en su rostro—. Haz las cosas siempre lo mejor que sepas, Kara, y todo irá bien. Te lo prometo. Tienes alma de heroína.
Sus padres siempre habían sido personas fuertes y sensatas, por lo que no estaba preparada para verlos llorar cuando le ajustaron los cinturones del único sillón de mando de la nave y se alejaron. De pronto, la puerta se cerró con Kara dentro... sola. La niña apoyó las manos contra el cristal y su madre hizo otro tanto desde el otro lado. Su padre la apartó apenas unos segundos antes de que la nave despegara.
Entonces, sin entender aún qué estaba pasando, una explosión potente y ensordecedora sacudió la nave de Kara, que ya se adentraba en la oscuridad a toda velocidad. Los escombros alcanzaron el diminuto vehículo, que empezó a dar vueltas como las manecillas de un reloj de cuco enloquecido. Si no hubiese llevado puesto el cinturón, habría acabado zarandeada como una muñeca de trapo en el interior del estrecho cubículo de la nave. Sin embargo, solo perdió la conciencia.
Lo que menos se imaginaba era que la nave se había salido completamente de su ruta a una velocidad superior a la de la luz. Y a esa velocidad, el tiempo experimentaba cambios extraños, como acabaría averiguando.
Cuando Kara se despertó, la envolvía el silencio. Habría preferido oír el ruido ensordecedor de los escombros golpeando la nave..., al menos así se habría distraído con algo. Gracias al panel de navegación, vio que se dirigía a la Tierra, un planeta que se hallaba a 21,7 años luz de distancia, habitado por una especie de alienígenas a los que llamaban humanos.
Navegando con piloto automático, la nave finalmente empezó a disminuir la velocidad ya próxima a la atmósfera de la Tierra. Cada vez más cerca, vio por la ventanilla un planeta en forma de canica azul. El sol amarillo asomó por el horizonte y formó una resplandeciente cresta dorada que se arqueó sobre la superficie. A medida que se aproximaba, Kara iba descubriendo inmensas extensiones azules, remolinos blancos y retazos verdes. Las montañas y los mares no tardaron en aparecer. Aunque no comprendiera cómo, descubrió que al concentrarse incluso distinguió potros salvajes galopando por las praderas, el tráfico que colapsaba las ciudades y casas habitadas por familias felices, en las que detuvo más tiempo la mirada.
Sin embargo, justo en ese momento, empezó a sonar la señal de emergencia y la nave comenzó a sacudirse de manera incontrolable al entrar en la atmósfera terrestre. Kara esperó que la suerte la acompañase, preparándose para lo peor.

En el mismo corazón de Estados Unidos, donde los tallos dorados del maíz trataban de alcanzar el inmenso cielo azul, la adolescente Kara Zor-El se sentía sola. A pesar de que en la cuidada casita amarilla siempre reinaba la alegría, se limitaba a fingir su felicidad.
La joven se secó las lágrimas con el dorso de la mano mientras contemplaba su dormitorio recién pintado de color morado y lleno de pósteres de los grupos más famosos y de peluches, algunos con las etiquetas del precio todavía colgando. Por mucho que dijeran que aquella era su habitación, Kara deseaba volver a casa. Sin embargo, era imposible.
Smallville, Kansas, Estados Unidos, la Tierra, estaban muy lejos de Krypton, como otro huérfano kryptoniano había averiguado hacía mucho tiempo...
Lo habían enviado a la Tierra siendo aún bebé cuando su planeta explotó, pero había crecido hasta convertirse en el mayor héroe de su planeta de adopción. Los Kent eran los terrestres que lo habían acogido, lo habían criado y lo habían querido como a un hijo. Y cuando los sentidos superdesarrollados del kryptoniano habían detectado la nave de Kara estrellándose contra la atmósfera, la había rescatado y la había llevado a vivir con su familia. Sin embargo, ¿cómo era posible que él fuera un adulto mientras ella seguía siendo una adolescente si habían salido de Krypton al mismo tiempo? «Trayectorias distintas a través del espacio... Agujeros de gusano y cosas por el estilo» eran algunas de las posibilidades que se le habían ocurrido para tratar de explicárselo a una Kara que seguía sin salir de su asombro. La ruta que había tomado la nave de la joven al abandonar el desafortunado planeta había dado un rodeo mayor que la de Superman, ¡y ella había llegado a la Tierra casi veinte años después que su compañero kryptoniano!
—Tengo muchas cosas que contarte cuando llegue el momento —había dicho Superman mientras la dejaba en el sofá del salón de los Kent. Tía Martha y tío Jonathan observaban angustiados—. Pero, por ahora, tienes que adaptarte a la vida en la Tierra. Tendrás poderes que desconoces y que aumentarán bajo este sol amarillo. Utilízalos con prudencia, Kara. Aquí estás a salvo y en buenas manos. Te lo prometo.
Antes de que la joven pudiera decir nada, Superman ya se había ido.

La vida de la kryptoniana había quedado patas arriba y vuelta del revés. Su planeta y todo lo que conocía y amaba ya no existían. El único consuelo que le quedaba era el collar de cristal que su madre le había dado.
A pesar de lo bien que la trataban, Kara sabía que tía Martha y tío Jonathan la compadecían. Y lo cierto era que ella también. ¿Y quién no? Imaginaos, estás haciendo una tarjeta de felicitación para tu madre y de pronto te ves lanzada hacia el espacio a toda velocidad... mientras contemplas, a solas, la destrucción de tu planeta a través de la ventanilla de una nave.
Sabía que los Kent hacían todo lo posible por ella, y por eso intentaba mostrarse feliz y optimista. Ayudaba en lo que podía sin que tuvieran que pedírselo, tanto en la casa como en la granja. ¡Una chica que en Krypton incluso odiaba hacer la cama prestándose voluntaria para hacer la colada! Sin embargo, en la Tierra las cosas eran distintas. No era como estar en casa.
Le había ocurrido algo extraño en el breve tiempo que llevaba en este planeta. Como le había advertido Superman, de pronto poseía tales superpoderes que temía estornudar por miedo a dañar algo o a alguien. Ni siquiera sabía cuántos poderes tenía, y encima aumentaban a mayor velocidad de la que habrían imaginado tanto los Kent como ella. La primera vez que fue a recoger unos huevos al gallinero, se rompieron nada más tocarlos. Cuando los Kent le pidieron ayuda para recuperar tres vacas que se habían descarriado, Kara acabó lanzando una por los aires sin querer. Por suerte, atrapó a la asustada res antes de que se estampara contra el suelo. Sin olvidar la primera vez que probó la visión láser. Los rayos que emitieron sus ojos fueron tan potentes que, cuando alcanzaron el maizal, empezaron a llover palomitas de maíz sobre el pueblecito de Smallville, para gran alegría de los dueños del autocine.
Aun así, a pesar de los accidentes, había un superpoder del que nunca se cansaba: volar. Al principio, procuraba no apartarse de la granja de los Kent, por lo que jamás se alejaba más que unos cuantos estados. Más tarde, acabaría volando más alto y más lejos, para ponerse a prueba. Cuando surcaba el aire, se sentía en paz y recordaba a sus padres y el hogar que los tres habían compartido. Ahora, su hogar lo formaban tía Martha y tío Jonathan, tuvo que decirse una vez más. Sin embargo, a pesar de lo cariñosos y bondadosos que eran, la amabilidad de los Kent hacía que añorara aún más a sus padres.
El poco tiempo que Kara Zor-El pasaba en la granja de los Kent era como estar protegida dentro de un capullo: caliente y a salvo, aunque sus poderes cada vez parecían más fuera de control. Por la noche, antes de irse a la cama, solía pensar en cómo había cambiado su vida. Y aunque no lo supiera, estaba a punto de volver a cambiar.

Con el paso de las semanas, Kara se acomodó a una rutina. Madrugaba para ayudar en la granja, disfrutaba de deliciosos platos caseros y se iba a la cama cansada después de pasarse todo el día apilando balas de paja, levantando maquinaria y tendiendo kilómetros de valla.
—Es como si Clark estuviera aquí —comentó tía Martha, llamando a Superman, el compañero kryptoniano de Kara, por su nombre terrestre.
—Es un buen chico —afirmó tío Jonathan mientras limpiaba uno de los trofeos de su hijo adoptivo—. Y le va bien en la universidad, aunque los estudios no le dejan tiempo ni para respirar.
—Hablando de estudios... —dijo la mujer con tacto—. Kara, ya es hora de que vayas pensando en prepararte para el instituto. Estamos encantados de tenerte aquí, pero...
Tío Jonathan asintió con la cabeza, aunque en su mirada se leía la preocupación mientras su mujer seguía hablando.
—Bueno, habíamos pensado en Super Hero High. Deberías estar con chicos de tu edad. Además, por mucho que te queramos, ya no sabemos qué hacer para ayudarte a controlar tus poderes. Tu lugar está rodeada de expertos que sepan guiarte. Nosotros solo somos simples mortales.
Kara levantó la vista de la libreta donde había estado garabateando un dibujo de sus padres. Los Kent eran mucho más que simples mortales, pensó. Eran tía Martha y tío Jonathan, y se sentía a salvo con ellos. ¿Es que querían quitársela de encima? Sabía que sus intentos por ayudar en la granja a menudo provocaban el caos. ¿Era por lo del incidente del silo de maíz? Ella no pretendía volcarlo cuando, por accidente, se estampó contra él en pleno vuelo. Después de que alguien colgara un vídeo en internet donde aparecía devolviendo el silo a sus cimientos, algunos habían empezado a decir que era la prima de Superman. Incluso había quien la llamaba Supergirl.
—Pero Superman vivió aquí muchos años —protestó Kara.
—Cariño, tu primo llegó siendo un bebé —repuso tía Martha—, y sus poderes crecían con él. Fueron desarrollándose poco a poco, con el paso de los años.
—Pero en tu caso —intervino tío Jonathan—, tus poderes superan con mucho lo que ninguno de nosotros hubiera podido imaginar. Y aumentan cada día.
La joven siempre había sabido que, tarde o temprano, tendría que ir al instituto. Es lo que habrían querido sus padres. Sin embargo, había pensado que Korugar Academy, situada a varios sectores de allí, sería una buena opción. Algunos de los adolescentes más poderosos de la galaxia iban a ese instituto. E igual que ella, la mayoría eran alienígenas de un modo u otro. Tal vez allí no se sintiera tan... fuera de lugar. Sin embargo, los Kent parecían decididos a enviarla al alma mater de Superman.
—Mira su página web —la animó tío Jonathan.
—Creo que te gustará —añadió tía Martha, sonriéndole con candor. Kara intentó devolverle la sonrisa.
Una vez en su habitación, se acercó a la pantalla, en la que estaba viendo el vídeo de reclutamiento de Super Hero High. Para su sorpresa, y a pesar de las dudas iniciales, el instituto empezó a interesarle. Le resultó atrayente y fascinante, y todo el mundo parecía muy cordial. No pudo evitar verse arrastrada por el entusiasmo mientras navegaba por las distintas secciones de la página web del instituto. Las que más le gustaban eran las de Wonder Woman. La princesa guerrera de las amazonas era una chica fuerte y segura de sí misma, y a diferencia de Kara, daba la impresión de que lo tenía todo bajo control. También leyó varios artículos sobre ella en la página web del Daily Planet. Los había escrito una reportera adolescente llamada Lois Lane y hablaban de algunos de los rescates más legendarios de la heroína cuando el peligro amenazaba la ciudad de Metropolis.
Ansiosa por saber más, clicó un enlace que llevaba a algo llamado Los Quinntaesenciales de Harley, y apareció una chica con coletas llamada Harley Quinn, que prometía: «¡Todo Harley a todas horas!, donde encontrarás lo último en noticias, comentarios y cotilleos sobre los superhéroes adolescentes!». Vio un vídeo, luego otro y a continuación otro más. Las grabaciones de Los Quinntaesenciales de Harley en las que aparecían los alumnos de Super Hero High estampándose contra paredes o chocando entre ellos, volcando carros blindados sin querer, creando el caos en el laboratorio de química o sufriendo un mal día no parecían tener fin. Le gustó lo mucho que la hicieron reír, sobre todo porque lograron que no se sintiera como la chica más patosa del planeta.
Aun así, se dijo con tristeza, si se pareciera un poco más a Wonder Woman, tal vez conseguiría encajar. La princesa amazona nunca perdía su elegancia, ni siquiera en los vídeos sobre meteduras de pata de Los Quinntaesenciales de Harley.
Kara se recolocó la diadema que impedía que el pelo le cayera sobre la cara y se ató los cordones de las zapatillas deportivas altas de color rojo. Se miró en el espejo y se estiró el top azul, adornado en el centro con el emblema de la familia. Se aclaró la garganta, extendió la mano y practicó en voz alta: «Encantada de conocerte, Wonder Woman. Me llamo Kara Zor-El». A continuación, llevada por un impulso, probó con: «Me llamo... Supergirl».
Después de todo, tal vez estaría bien ir a Super Hero High.

Kara dedicó el resto de la tarde a investigar. Super Hero High acababa de ganar el centenario del Supertriatlón gracias a Wonder Woman y a su equipo, y tenía fama de formar a los mejores y más brillantes jóvenes superhéroes. Solo había que fijarse en lo bien que le había ido a su primo.
Por otro lado, Korugar Academy también se enorgullecía de contar con una extensa lista de alumnos famosos y que poseían grandes poderes. Y, además, no había exámenes.
Sin embargo, Wonder Woman iba a Super Hero High. Además, la directora, Amanda Waller, se había dirigido a Kara personalmente y le había enviado una videoinvitación donde decía: «Espero de todo corazón que te unas a la familia de Super Hero High».
Aunque también era cierto que Korugar Academy tenía fama de acoger a muchísimos alumnos procedentes de lugares lejanos. Contaba con una de las mayores matriculaciones de alienígenas de todo el sistema solar.
Era una decisión difícil, y era ella quien debía tomarla. Escogiera la que escogiese, estaba claro que influiría grandemente en su vida.
—¡Kara! Tenem
