Diseño de portada e interior: Donagh I Matulich
Historia del Peronismo. La obsecuencia (1952-1955)
Hugo Gambini
1.ª edición: noviembre, 2016
© 2016 by Hugo Gambini
© Ediciones B Argentina S.A., 2016
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina
www.edicionesb.com.ar
ISBN DIGITAL: 978-987-627-696-2
Maquetación ebook: emicaurina@gmail.com
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Para Nicolás, Mateo, Agustín y Rocío,
esta historia que escribió el abuelo.
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Leyenda y realidad
1. La reelección
2. La muerte de Evita
3. La inflación
4. El viraje económico
5. Príncipes, presidentes y dictadores amigos
6. La obsecuencia
7. La arbitrariedad
8. La violencia
9. El conflicto con la iglesia
10. El 16 de junio
11. La pacificación
12. La conspiración
13. La revolución
14. El derrumbe
Álbum de fotos
Leyenda y realidad
Esta segunda parte de Historia del peronismo abarca un período breve pero muy rico en episodios, que vale la pena conocer en detalle, porque muestra la descomposición de un sistema instalado para prolongarse indefinidamente. Los tres años transcurridos desde que Juan Domingo Perón iniciara su segundo mandato (el 4 de junio de 1952) hasta su abandono del gobierno (el 20 de setiembre de 1955) quedarían registrados en la vida argentina como la más fantástica seguidilla de errores políticos cometidos por un gobernante. El afán por construir un régimen omnímodo terminó por encerrarlo en un laberinto de obsecuencias que distorsionó su visión de la realidad. Esto le hizo suponer —entre otras cosas— que podría comprar a todos los opositores. O destruirlos. Hasta llegó a fantasear con la presunción de que su carisma alcanzaría para imponer una nueva fe religiosa en la sociedad. Pero tanta acumulación de poder lo condujo al derrumbe. Y su régimen, que parecía invulnerable, estalló por saturación.
Rescatar los episodios de ese proceso y describir el clima político —de una época que la leyenda parece haber santificado— no es tarea sencilla. Con frecuencia se cae en la tentación de dejarse atrapar por la reivindicación social que trajo el peronismo y justificar así sus episodios autoritarios, sin reparar en los daños que estos ocasionarían. Fue lo que me dijo un lector del primer volumen de Historia del peronismo, agradecido por el enfoque crítico de mi investigación: “Este es un asunto cuyo tratamiento nadie encara con honestidad, porque en la dirigencia, ya sea de grupos políticos, sociales o empresarios del país, y entre los periodistas en general, predomina casi siempre un interés claramente especulativo, motivado por el liviano deseo de satisfacer, pero en especial por el temor a ser calificado de gorila o de insensible a las cuestiones sociales”. La frase, contenida en un elogioso e-mail enviado por el periodista salteño Rodolfo Plaza, me resultó una grata sorpresa, que valoro tanto como las bondadosas críticas aparecidas en los medios.
Pero mi mayor asombro fue cuando el correo electrónico me trajo la inesperada conexión con una estudiante de Historia de la Pontificia Universidade Católica de São Paulo (Marisa Montrucchio, argentina, radicada en Brasil), quien realizaba allí una maestría y analizaba mis notas de la serie Historia del peronismo —publicadas hace más de tres décadas en la revista Primera Plana— con el propósito de presentar su investigación en unas jornadas historiográficas.1 Doy fe de que hizo su trabajo con envidiable solvencia.
La importancia de aquellas notas —que terminé de desempolvar durante la elaboración de este volumen— está sin duda en los testimonios que había podido capturar de casi todos los protagonistas. El resto se hizo consultando nuevas fuentes y descubriendo las pistas que permitieron corregir y completar la versión original. También se incorporaron importantes elementos de juicio surgidos de las cartas de lectores publicadas en Primera Plana.
Un trabajo de esta envergadura obliga a ciertos reconocimientos. Sea el primero para el periodista Oscar A. Troncoso —compañero de aventuras políticas juveniles y amigo de toda la vida—, quien me facilitó libros agotadísimos y me auxilió en el rastreo. El agradecimiento también se renueva con el licenciado Juan Carlos de Pablo, quien verificó —como en el volumen anterior— el contenido de los capítulos sobre la situación económica.
Durante la investigación conocí al ingeniero Florencio José Arnaudo, a quien le debo haber podido reconstruir, con el máximo de fidelidad, los entretelones del grave conflicto entre el peronismo y la Iglesia. Fue una contribución tan valiosa como la del historiador Isidoro J. Ruiz Moreno, quien gentilmente colaboró en la precisión de hechos, lugares y protagonistas de los sucesos militares de 1955.
Tal abundancia de testimonios y de infomación documentada me permiten abrigar la esperanza de que el intento por instalar la realidad histórica por encima de la leyenda haya sido satisfecho.
No puedo ocultar que este segundo tomo lo escribí pensando en mis cuatro nietos, a quienes va dedicado, porque presiento que alguno de ellos —no sé cuál— mañana querrá descubrir cómo era el país en la juventud de sus abuelos. Es también un intento por entusiasmarlos en la fascinante búsqueda del pasado.
Hugo Gambini
Buenos Aires, mayo de 2001.
1 Montrucchio, Marisa: “Primera Plana y una Historia del peronismo”. Texto presentado en la VII Jornadas Interescuelas - Departamento de Historia; Neuquén, Argentina, 22-24/IX/99.
1
La Reelección
El plan de Subiza
Con el poder total en sus manos, Perón llegó a las elecciones del 11 de noviembre de 1951 dispuesto a asegurarse la reelección presidencial, para un segundo mandato (1952-1958). Aunque debía librar el combate electoral frente a un adversario en clara inferioridad de condiciones —la oposición estaba amordazada y perseguida—, en su concepción militar de la política no podía faltar la planificación táctica, como si se tratase de una gran batalla de igual a igual. Para él había llegado el momento de poner en práctica las ideas de Karl von Clausewitz sobre el “aniquilamiento del enemigo” y, como le había encargado un plan de ese tipo al ministro de Asuntos Políticos, Román A. Subiza, éste le presentó las carillas que había elaborado en febrero de ese año, tituladas Medidas de carácter político necesarias para afianzar al Partido Peronista.
En ese documento, Subiza planteaba la necesidad de adelantar un año el calendario electoral (proponía convocar a elecciones para el 4 de junio de 1951) “con el propósito de tomar desprevenida y desorganizada a la oposición, con sus fuerzas individualmente divididas y no coordinadas como frente nacional o unión democrática: aprovechar su falta de organización en el aspecto femenino y de su movilización en el masculino, y sacar provecho de nuestra superioridad en los medios económicos, de propaganda y movilidad, al acortar los plazos en que se pueda realizar la campaña”.2 Perón aprobó ese proyecto de anticipar los comicios, aunque desechó la fecha propuesta por Subiza y eligió el 11 de noviembre, siete meses antes que venciera el mandato.
El dirigente ferroviario Luis Monsalvo, entonces delegado gestor de la CGT en el interior, fue encargado en junio de 1951 de colaborar con José Espejo en la acción proselitista, para asegurar la reelección de Perón. “Recuerdo que lo que constituyó un serio problema para la CGT —escribió en sus memorias— fue asumir la responsabilidad de indicar los dirigentes sindicales que representarían en el gobierno a la clase trabajadora organizada gremialmente.”3 Debían elegir los precandidatos a diputados nacionales y provinciales, gobernadores, intendentes y concejales de todo el país. Para eso le pidieron a cada sindicato que eligiera por mayoría de votos sus precandidatos y diera sus antecedentes; se hizo entonces un fichero para seleccionar los mejores y los más representativos. De su propio libro se desprende la ingenuidad de Monsalvo, cuando dice: “Pero una de esas interferencias extrañas a la vida y desenvolvimiento de la organización sindical hizo que no se tuviera en cuenta tan justo procedimiento de selección de los valores sindicales y se privó al país y al gobierno reelecto de lo que pudo ser una valiosa colaboración”. Es que los candidatos ya estaban elegidos de antemano, a través del mecanismo verticalista impuesto por Perón.
En marzo de 1951 comenzó a circular la versión de que Evita integraría el segundo término de la fórmula. Era la idea que acababa de publicitar Serafín Román Yustine, un caudillo de barrio conocido como El Perón de la 13ª, quien se animó a promover desde Monserrat —su periódico parroquial— al binomio Perón-Eva Perón. Otros dirigentes lo imitaron, hasta que la CGT apareció apadrinando la fórmula, mientras un molesto escozor recorría las filas castrenses. Se produjo entonces el episodio del 22 de agosto, con el cabildo abierto del Justicialismo, su dramático final y el renunciamiento de Evita (ver volumen I, página 191).
Dos semanas antes del cabildo abierto, el Episcopado ya había lanzado su pastoral política, recomendando indirectamente el voto en favor de los candidatos peronistas. “Los católicos —dijeron los obispos el 31 de julio— han de votar por los que parezcan más aptos para procurar el mayor bien de la religión y la patria, aunque no pertenezcan al partido propio.” Era una clara alusión a la defensa de las conquistas arrancadas por el clero al peronismo, que influyó para que se reeditara la misma consigna de 1945: “Ningún católico puede votar a candidatos que inscriban en sus plataformas la separación de la Iglesia del Estado, el divorcio legal, la supresión de los juramentos religiosos o el laicismo escolar”. Este último punto afectaba seriamente a la principal fuerza opositora, la Unión Cívica Radical, cuyos diputados se habían batido cuatro años antes contra la ley de enseñanza religiosa impuesta por el bloque oficialista.
La fórmula Balbín-Frondizi
Siete días después de la pastoral, la UCR lanzaba su fórmula y se disponía a competir en una contienda donde las condiciones de los participantes eran notoriamente desiguales. Tras largos debates sin alcanzar la pregonada unidad interna y con la ausencia de los representantes unionistas, la convención nacional reunida en Avellaneda eligió candidatos del radicalismo a Ricardo Balbín y Arturo Frondizi. Según Alejandro Gómez, “la fórmula propuesta por unanimidad para llevar a la convención era Sabattini-Balbín, pero como Santiago del Castillo nos anticipó que Sabattini no aceptaría fue que elegimos el binomio Balbín-Frondizi”.4 El candidato a vicepresidente daría esta explicación: “En aquellos días se discutía si la UCR debía o no presentarse en los comicios. Los intransigentes éramos concurrencistas, porque entendíamos que no debía cerrarse el camino de la legalidad, en cuanto ésta era una base de convivencia nacional. Y fuimos a los comicios, aun sabiendo que íbamos a perder”.5 Frondizi debió enfrentarse con los dirigentes unionistas del radicalismo, quienes reclamaban la abstención electoral para no convalidar los comicios y restarle así legalidad al régimen, para precipitar su caída. Algo en lo que también coincidían socialistas, conservadores y demoprogresistas. Pero al decidir su concurrencia, los radicales obligaron al resto de los partidos opositores a participar de la consulta, pues las nuevas leyes electorales impuestas por el peronismo exigían que aquellas agrupaciones que no presentaran candidatos serían disueltas. Como también se prohibían las coaliciones, no era difícil imaginar que todo el caudal antiperonista se volcaría en favor de la boleta radical.
Los 122 convencionales que el 6 de agosto eligieron en Avellaneda —por unanimidad— el binomio Balbín-Frondizi también aprobaron, como programa de gobierno, las denominadas Bases de Acción Política redactadas dos años antes por los intransigentes y aceptadas por otra convención, la del 29 de junio de 1948. Se incluían en ellas algunos puntos tales como la provincialización de territorios; el sufragio femenino y la nacionalización de servicios públicos, energía, transportes y combustibles, a los que el peronismo ya había dado respuesta, y se insertaban otros objetivos que erizaban al unionismo: derecho de huelga, reforma agraria, neutralidad y reforma impositiva. Por eso, el 11 de agosto, el Núcleo Unidad Radical, presidido por Silvano Santander, dio una declaración contra ese “pretendido alcance doctrinal y programático en que, apartándose de su línea tradicional y progresista, se coloca al radicalismo indiscriminadamente en una posición aislacionista en lo internacional; colectivista e intervencionista à outrance en lo económico y centralista en lo político”.
Para evitar la dispersión de votos que podían provocar “esas concepciones clasistas” (como las calificó el unionismo), los intransigentes decidieron reivindicar una bandera claramente antiperonista: “Por la reconquista de la libertad y la democracia”. Ése fue el eslogan que incluyeron al tope de la plataforma electoral que se dio a publicidad. Y arriaron otra: “En cuanto al problema de la religión en la escuela —aclaraban—, el radicalismo se jacta de haber proclamado la libertad de enseñanza, con todas sus posibilidades útiles”. Así decía el manso comunicado que se emitió para no herir al Episcopado y retener el voto de los católicos antiperonistas.6
La candidatura de Balbín era inevitable, porque su figura se había agigantado a causa del largo proceso judicial iniciado el 12 de marzo de 1950, el mismo día en que el coronel Mercante ganaba por segunda vez las elecciones en la provincia de Buenos Aires. Balbín —entonces candidato a gobernador— fue a votar con su hermano Armando al palacio de tribunales de La Plata y, al salir, una docena de policías rodearon su automóvil y se lo llevaron detenido. Como Mercante se negara a recibirlo, Armando Balbín recurrió entonces a Frondizi y éste cursó en seguida un telegrama a Perón, responsabilizándolo “por la vida y la salud del detenido”. Horas más tarde, la mujer de Balbín supo que su marido había sido trasladado a Rosario y viajó a visitarlo en compañía de Frondizi y del abogado defensor, Armando Héctor Cerrutti, lo que influyó para levantar su incomunicación.
Al cumplir su décimo día de encierro el preso fue trasladado a San Nicolás, mientras la Cámara Federal de Apelaciones rechazaba el recurso de hábeas corpus interpuesto por Cerrutti, a quien también retuvieron algunas horas encerrado en el cuartel de bomberos de Rosario. Finalmente, Balbín fue alojado en la cárcel de Olmos, situada en los alrededores de La Plata. La detención del presidente del bloque radical de diputados obedecía a un proceso por desacato, iniciado a fines de agosto de 1949, “como consecuencia de expresiones vertidas en el congreso radical agrario, celebrado en Rosario”. A principios de noviembre de ese mismo año, Balbín reincidió durante un mitin en Adrogué, y al bajar de la tribuna debió ser ayudado a escapar cuando la policía intentaba detenerlo. Decretada su captura, sólo pudo practicarse el día de las elecciones provinciales, porque inevitablemente iría a votar. De nada le valió su condición de diputado nacional, pues el parlamento lo había desaforado un año antes y el juez federal Francisco L. Menegazzi dictó su prisión preventiva el 5 de abril de 1950 sin inmutarse, “porque estando la cámara en receso —alegó— la detención de un diputado no tiene mayor importancia”.
Todos los recursos presentados por Balbín fueron rechazados por la Corte Suprema y, a los cuatro meses de arresto, el procurador fiscal Mario Casariego pidió doce años de prisión, “uno por cada proceso acumulado”. El reo ensayó su defensa: “Perón dijo que no le temblaría la voz el día en que ordenara que nos cuelguen a todos los opositores. ¿A quién debo dirigirme, entonces, para responderle sin cometer desacato? ¿A Perón como presidente de la nación o a Perón como presidente del Partido Peronista?”.
Mientras esperaba su liberación o su condena, desde la cárcel Balbín fundó una publicación. “Así nació Adelante, un periódico semanal partidario. La imprenta donde se hicieron los primeros números fue la de Domingo Catalino, en Chascomús, conseguida por gestiones que realizó Raúl Alfonsín. El papel se lo proveían clandestinamente”, refiere Adrián Pignatelli, autor de una biografía sobre el líder radical.7 Con una improvisada distribución, hecha desde el garage de la casa de Balbín, Adelante se vendía en las calles platenses, voceado por jóvenes radicales. Sobrevivió un año y medio. En ese lapso, su director fue condenado por el juez Menegazzi, el 22 de noviembre de 1950, a cinco años de prisión. La sentencia coronaba 90 hojas de considerandos y clausuraba 14 expedientes por desacato. Pero el 2 de enero de 1951, cuarenta y ocho horas antes de cumplir sus trescientos días de cárcel, Balbín fue indultado por un decreto que firmaron Perón y su ministro de Justicia, Belisario Gache Pirán. Los abogados Arturo Frondizi y Amílcar Mercader lo rechazaron “en cuanto a sus efectos y derivaciones políticas”; sin embargo fue liberado.
Cinco meses después, el 27 de mayo, Balbín volvió a caer preso, esta vez en una comisaría de Bahía Blanca, “por incurrir en un nuevo desacato”. Al día siguiente recobraba su libertad sin inconvenientes, pues el gobierno había comprendido que era preferible permitirle esos desbordes verbales que transformarlo en un mártir de la oposición.
En cuanto a su compañero de fórmula, Arturo Frondizi, éste alcanzará en la madrugada del 31 de enero de 1954 la Presidencia del comité nacional —en dura pelea contra los unionistas—8 y en su discurso de asunción recordó las luchas de su generación contra el régimen militar del general Uriburu, el fraude del general Justo, las dictaduras de los generales Ramírez y Farrell, y “la actual dictadura”. Para aventar suspicacias internas, Frondizi descargó una definición política contundente: “Como conozco muy bien las responsabilidades que me corresponden como presidente del comité nacional, quiero que mis correligionarios y todos mis conciudadanos sepan que, bajo mi Presidencia, la Unión Cívica Radical no entrará en conciliaciones, pactos, arreglos ni componendas de ninguna clase con un régimen que no solamente representa en lo político una dictadura de raíz totalitaria, sino que es la expresión de los intereses del privilegio nacional e internacional”. Y añadió: “Tenemos conciencia clara de que nuestra lucha no es sólo contra una dictadura política encarnada en un hombre, sino que es una lucha definitiva contra todo un sistema y contra las fuerzas visibles e invisibles que lo sustentan”.9
De nuevo Perón-Quijano
Al anunciarse por radio la renuncia de Evita, en la noche del 31 de agosto de 1951, el consejo superior del Partido Peronista había adoptado dos resoluciones: “aceptar la decisión inquebrantable y definitiva de la señora” y “proclamar candidato a la vicepresidencia al doctor Juan Hortensio Quijano, leal colaborador del general Perón, teniendo en cuenta el veredicto popular del 24 de febrero de 1946 sobre sus condiciones y antecedentes partidarios, que no ha desmentido desde entonces en ningún momento”. Se repetía así la fórmula anterior, como una fácil manera de clausurar las aspiraciones políticas de quienes secundaban al líder. Principalmente de uno que dos años antes había tenido que resignar sus esperanzas de sucederlo en el poder y que ahora especulaba —ingenuamente— con una supuesta presión militar en su favor: el coronel Domingo Alfredo Mercante.
Quijano, en las postrimerías de su vida, sin fuerzas ni tiempo para enfrentar otro período constitucional, era el hombre ideal para ese cargo, pues había cumplido con obediencia su misión en el gobierno. Serenadas sus ínfulas iniciales (cuando lideró una conspiración parlamentaria que Perón desbarató fácilmente), sólo asomó un par de veces durante esos seis años. En 1946 para representar al país en la asunción del mando del presidente chileno Gabriel González Videla y en 1947 como conductor de la campaña contra el agio y la especulación. Como sus declaraciones solían contradecir la línea oficialista (defendía como “moderna” la Constitución de 1853 cuando Perón insinuaba reformarla “por arcaica”), decidió recluirse silenciosamente en la Presidencia del Senado. Esta situación no le preocupaba mucho, pues ya se había jactado en una oportunidad —al ser nombrado ministro del Interior en 1945— de ser “un hombre sin biografía”. Era el vicepresidente perfecto. Se limitaba a participar de los actos oficiales como si estuviese viviendo un sueño. A veces no podía disimularlo y dormitaba en medio de una ceremonia protocolar. Vestido siempre de negro, con cuello palomita y gruesos bigotes, sus solapas nevadas de caspa fijaban una inconfundible presencia.
El 10 de setiembre el Ministerio del Interior dio a conocer el decreto de convocatoria a elecciones para el mes siguiente, pero a las dos semanas un inesperado episodio sacudió a la opinión pública: el intento subversivo del general Benjamín Menéndez, ocurrido el día 28 (ver volumen I, página 393). Perón decidió explotarlo en favor suyo y el 15 de octubre a la noche habló por todas las radios. “He dejado pasar estos días —dijo— para conocer bien en detalle todas las alternativas del golpe y saber quiénes estaban detrás de los golpistas. ¿Y saben a quién encontré? A los Estados Unidos otra vez.”
Su intención era bien clara: reverdecer aquel eslogan de 1945 que resaltara su candidatura, cuando estampó en las paredes Braden o Perón. “Cuando el tribunal militar preguntó a Menéndez —siguió el líder— si con la fuerza de que disponía pensaba derrocar al gobierno, éste contestó que esperaba que al salir a la calle se produciría un levantamiento de todo el pueblo. Este hombre, más que vivir en Buenos Aires parece estar en la China.” Con esa disertación, Perón había iniciado prácticamente su campaña electoral. Cuarenta y ocho horas después, en un radiante “día peronista”, las multitudes coreaban su nombre en Plaza de Mayo, celebrando el sexto aniversario del 17 de Octubre. Menéndez, que ese día llegaba engrillado a la colonia penal de Rawson (Chubut), era el blanco de todos los ataques, mientras Evita, desconsolada, recibía con los ojos humedecidos los reiterados homenajes que se le dedicaban con motivo de su renunciamiento.
Trazada la nueva estrategia electoral, Perón decidió emplear a fondo la maquinaria montada por sus colaboradores. Atacó en todos los frentes sin necesidad de recurrir a los antiguos métodos proselitistas, los que dejaba en manos de sus opositores. Para él era más importante, por ejemplo, la largada de cientos de competidores del Gran Premio Reelección, quienes en la noche del 19 de octubre partieron hacia el interior con dos significativas leyendas pintadas en sus automóviles: Perón cumple, Evita dignifica y Perón 1952-1958. El relator Luis Elías Sojit y su hermano Manuel (Corner) se encargarían de repetirlas hasta el cansancio durante las transmisiones radiales de la carrera.
Lejos del país, pero unido por sentimientos comunes, Juan Manuel Fangio se preparaba en Barcelona para alzarse con la corona de campeón mundial y dedicar su triunfo al presidente. Lo consiguió el día 28, desviando hacia Perón y la Argentina la atención mundial que pocas horas antes se había concentrado en Winston Churchill, quien volvía a ser primer ministro de Gran Bretaña. La inauguración de la Ciudad Estudiantil y el anuncio de “nuevos e importantes éxitos atómicos en la isla Huemul” (cuando en realidad el proyecto nuclear agonizaba), se sumarían a una maniobra poco creíble: la delegación del mando presidencial en manos del presidente provisional del Senado, contraalmirante Alberto Teisaire, “para no presidir un comicio en el cual seré candidato”.
Por su parte, la Subsecretaría de Informaciones comenzó a emitir comunicados “advirtiendo a la población contra los tenebrosos sujetos que secuestran libretas cívicas con el pretexto de trámites administrativos” y a culpar de todas esas maniobras fraudulentas a “la misma oligarquía que el 28 de setiembre intentó impedir las elecciones”. Luego montó la Exposición Gráfica de la Nueva Argentina en la calle Florida y lanzó millares de afiches con la efigie de Perón. De todos esos retratos que se confeccionaron, el que dibujó Roberto Mezzadra (un Perón de sonrisa gardeliana) fue el único que logró transmitir una imagen acorde con la personalidad del presidente. Este, al verlo, no pudo disimular el halago producido y lo festejó como un chico, aunque jamás conoció al autor personalmente, porque la responsabilidad del trabajo era de la Subsecretaría.
Pero el impacto psicológico más importante se iba a producir el 3 de noviembre. El estallido de una bomba en San Martín y Cangallo, que ese día hizo añicos las vidrieras de la librería Jacobo Peuser donde se exhibían decenas de ejemplares de La razón de mi vida, fue ahogado por una noticia trascendental: “La señora Eva Perón acaba de internarse en el policlínico Presidente Perón, de Avellaneda, para someterse a un tratamiento quirúrgico”. Las emisoras difundieron este boletín extra inmediatamente después que Perón utilizara la Red Privada de Emisoras Argentinas para leer en cadena el primero de sus cuatro mensajes al pueblo en su carácter de “jefe supremo del movimiento peronista”. Sus primeras palabras serían para explicar que “debido a la enfermedad de la señora, se ha suspendido todo acto político con mi presencia”.
Millares de mujeres, para quienes el sufragio era una nueva arma que se disponían a estrenar, invadieron las iglesias y se hincaron a rezar por la salud de Evita, mientras el cirujano argentino Ricardo Finochietto y su colega norteamericano George T. Pack discurrían sobre el resultado de los análisis previos a la intervención. Después de operarla, en la tarde del 7 de noviembre (72 horas antes de los comicios), ambos dieron a conocer un escueto boletín médico anunciando que “la señora ha soportado sin complicaciones el shock quirúrgico”, pero eludiendo informar sobre el irreversible diagnóstico. Las misas celebradas por el restablecimiento de Evita se multiplicaron. Su imagen enfermiza, con el rostro demacrado y los ojos hundidos, iba a convertirse inesperadamente en el arma política más poderosa. Algo que ni los mejores estrategas electorales del peronismo habían imaginado.
A una semana de las elecciones, en los comités radicales de barrio no pocos afiliados se tomaban la cabeza con las manos. “Lo único que nos faltaba. Ahora ellos tienen a Evita internada y nosotros ni siquiera a Balbín preso”, se lamentaron maliciosamente los que veían decrecer las escasas posibilidades de su partido. Y no se equivocaban, porque la enfermedad de Evita había avanzado lo necesario como para precipitar su intervención quirúrgica y nadie quitó a los radicales la idea de que el propio Perón quiso que la operaran antes de los comicios. Era el golpe de gracia en una campaña donde los infatigables candidatos radicales, aun sabiéndose derrotados por la popularidad de su rival, no escatimaron esfuerzos y se lanzaron a una maratónica gira proselitista. Claro que fue muy poco el terreno que pudieron descontar, pues Perón les sacaba amplias ventajas en cada una de sus charlas radiales. Un medio al que ellos nunca tendrían acceso.
Campaña opositora
Durante su recorrida por las provincias, Balbín y Frondizi vivieron toda clase de aventuras. “Como aquella vez en Añatuya —evocó Frondizi— en que no pudimos ni subir a la tribuna porque la policía santiagueña disolvió el acto apenas llegamos. Tengo grabada todavía la imagen de aquellos hombres tirando al aire desde sus cabalgaduras.”10 El primer tumulto se registró en Posadas (Misiones), el 11 de octubre, cuando una caravana de camiones se detuvo junto a la tribuna radical y bajaron todos los peronistas a desalojar a la concurrencia. Hubo cinco heridos por los garrotazos. Nueve días después, en Resistencia (Chaco), Frondizi debió interrumpir su encendido discurso para auxiliar a un chico herido por los cascotes que comenzaron a llover desde una azotea. Un hombre identificado como Roberto Ayala quedó inmóvil cerca suyo: había caído fulminado por un ladrillazo en la nuca. En esa misma ciudad, un mes después, el jefe de la policía local, comisario López Morales, trató de impedir otro acto radical y quiso quitarle el micrófono al orador Evaristo Ramírez. De la negativa surgió un tiroteo que dejó tendidos a tres heridos de bala: el delegado del comité nacional de la UCR, Lorenzo Blanco, y los afiliados Damián Zamudio y Justo Bianchi.
Semanas antes, en Paraná (Entre Ríos), Balbín había alcanzado a salir ileso de la batahola producida el 27 de octubre, al término de un mitin, cuando el escuadrón cargó contra la concurrencia. No así su correligionario Silvano Santander, quien fue derribado por un caballo y al quedar herido en una pierna debió ser internado con otros cuatro contusos. Esa misma noche, en General Cerri (cerca de Bahía Blanca) una manifestación peronista impidió levantar la tribuna radical. Al otro día, mientras se ultimaban los preparativos para proclamar la fórmula opositora en la ciudad de Santa Fe, los dirigentes peronistas locales comenzaron a empapelar las calles céntricas con un cartel titulado: “¿Quién es el doctor Ricardo Balbín?”. Balbín, que acababa de llegar y conversaba con sus correligionarios en la plaza de los Constituyentes, se acercó a un grupo de pegadores, los increpó, les arrebató el balde de engrudo y lo vació sobre ellos. Es que en ese afiche se historiaba su actuación a los 24 años como fiscal del crimen en Mendoza, en 1928, durante la intervención federal de Carlos Borzani (en el segundo gobierno de Yrigoyen) y se lo acusaba de “centenares de allanamientos, detenciones, secuestros de libretas de enrolamiento, encubrimiento de torturadores y complicidad en el asesinato del ex gobernador Carlos Washington Lencinas”. Era la respuesta a un volante colmado de injurias, que los opositores refugiados en Montevideo lanzaron contra Perón en esos días y que se titulaba El payaso atómico. Se describían allí imaginarias escenas de inmoralidad entre el candidato oficialista y altos funcionarios.
El biógrafo de Balbín dice que “el prestigio que acumuló en los años siguientes no alcanzó a borrar de la mente de los mendocinos su paso por la intervención federal y, más de veinte años después, el peronismo se ocuparía de exhumar los graves cargos que se le imputaron y que nunca se pudieron comprobar”.11 Los carteles contra Balbín fueron profusamente pegados en todo el país. En la ciudad de Buenos Aires los radicales los rompían, pero al día siguiente aparecían pegados de nuevo.
En la Capital Federal la campaña proselitista adquirió contornos dramáticos, pues éste era el único distrito donde el gobierno temía un revés electoral. Por algo habían sido modificadas caprichosamente las circunscripciones, de acuerdo al sistema electoral ideado por Subiza “para afianzar al Partido Peronista’’. Su objetivo no era sólo asegurarse el triunfo, también buscaba eliminar a la oposición. Un laborioso análisis —mesa por mesa— del escrutinio anterior le reveló cuáles eran los circuitos electorales que convenía quitar de las secciones más peronistas, para agregarlos a las que eran opositoras. De ese modo se neutralizaban los votos radicales. El resto lo haría el primitivo sistema uninominal de un diputado por sección, que fue reimplantado para poder legalizar la trampa. (El mecanismo uninominal se había abolido en 1904, justamente para impedir que el partido ganador pudiera quedarse con todo, aunque su margen fuera mínimo. La ley Sáenz Peña, en cambio, aseguraba la representación de las minorías, adjudicándole un tercio de las bancas.) Concretada la maniobra que pergeñó Subiza, el nuevo trazado de la capital quedó como un rompecabezas. “Las circunscripciones habrían de delimitarse de acuerdo con las necesidades del oficialismo y de tal modo el mapa electoral del país se transformó en una serie de complicados laberintos”, escribió el periodista Bernardo Rabinovitz, entonces jefe de redacción de la agencia de noticias United Press, en su famosa libreta de notas que luego plasmó en un libro.12
La serie de actos radicales se inició el 13 de setiembre con la proclamación de la fórmula en plaza Constitución. Santiago del Castillo, Crisólogo Larralde, Amadeo Sabattini y Francisco Rabanal fueron crispando los ánimos con fogosas arengas hasta que el auditorio estuvo lo suficientemente caldeado y a punto para los discursos de Frondizi y Balbín. Mientras esto ocurría, detrás del proscenio se hilvanaban toda clase de combinaciones políticas para adueñarse de las candidaturas a diputados. Pocos días después, el jefe del sector unionista, Silvano Santander, dirigía una nota al comité nacional de la UCR e insistía en la posibilidad de “resolver la abstención electoral, a la que no serían insensibles los otros partidos opositores”. Pero esto no fue más que una hábil forma de presionar en vísperas de la oficialización de boletas electorales, maniobra que redituó un acuerdo entre ambas fracciones internas, las que se repartieron la lista en dos mitades. Así pudieron Jorge Walter Perkins (unionista) y Alberto M. Candiotti (intransigente) figurar juntos como candidatos a senadores nacionales por la Capital Federal. El comité nacional, que oficializó las boletas el 10 de octubre, se apresuró a lanzar un desmentido público sobre “las infundadas versiones de una supuesta abstención del radicalismo”. Balbín y Frondizi afirmarían ese sentimiento concurrencista una semana después, en el mitin de plaza Italia, que terminó con una trifulca en la esquina de Santa Fe y Acevedo (hoy Armenia), donde la columna de antorchas fue apagada a sablazos por el escuadrón policial.
La batalla campal más espectacular se produjo, sin embargo, en la noche del 8 de noviembre, cuando los radicales volvieron a plaza Constitución, para clausurar su campaña con un imponente acto que congregaría a todos los sectores antiperonistas. Fue la más grande concentración opositora desde que Perón asumiera el poder. La plaza se colmó íntegramente y el tránsito debió ser interrumpido frente a la estación ferroviaria, por donde sólo debían circular los tranvías; pero como la multitud les cerraba el paso y los embadurnaba con leyendas y carteles partidarios, hubo que desviarlos hacia otras calles. Gregorio Pomar inició los discursos. Rabanal, Perkins y Candiotti alargaron la ansiada espera, hasta que Frondizi logró encender al auditorio con agudas críticas a la administración peronista y su manejo de las finanzas públicas. Respondía así al reclamo de una concurrencia que le exigía insistentemente: “¡Leña, Arturo!”.
El clima alcanzó su apogeo a las once de la noche, al ser anunciado Balbín. Pañuelos blancos y diarios convertidos en antorchas asomaron por los cuatro costados, navegando sobre una ola de aplausos cerrados y un coro que vociferaba rítmicamente “¡Baal-bín! ¡Baal-bín!”. Cantaron el Himno Nacional y cuando el candidato había alcanzado a pronunciar su primera frase, cerca del micrófono, como aprovechando el primer silencio, alguien se desgañitó: “¡Pegale duro, Chino!”. Pero Balbín debió acortar su arenga justamente cuando tenía atrapado al auditorio con sus mágicas modulaciones de voz. En la esquina de Brasil y Lima, un piquete policial de la guardia de infantería no había podido soportar los gritos hostiles de “¡Gestapo!” que le disparaban desde la plaza y se lanzó sobre la concurrencia. De poco valió el pedido de calma pronunciado por el orador, pues en contados minutos se generó una gresca descomunal y el desbande obligó a dar por finalizado el acto. Primero fue un intercambio de sablazos y pedradas; luego estallaron las bombas de gases lacrimógenos y finalmente se oyeron disparos de armas de fuego. Tras el tiroteo, los camiones celulares se llevaron a dieciséis detenidos, y en automóviles y algunos carros de asalto transportaron a los heridos. En el hospital Rawson recibieron cura seis civiles baleados y una docena de contusos, mientras en el Churruca se atendía a veinte policías magullados y al subcomisario Alberto Peduzzi con la nariz rota.
La repercusión de esos hechos sólo alcanzaba el ámbito metropolitano y sus alrededores, pues la cadena oficialista de diarios informaba siempre de acuerdo con el comunicado policial y omitía la crónica detallada. Sólo cumplía esa misión periodística el matutino La Nación, aunque su escasa difusión en el interior (carecía de papel y debió reducir su tirada) era neutralizada por los mensajes radiales de Perón.
“Se come bien y cuatro veces al día. Los que antes tenían un traje, hoy tienen un guardarropa. Los que antes iban al cine una vez al año, hoy van todas las semanas. Los que antes veraneaban en camiseta en la puerta de los conventillos, hoy van a la sierra o al mar”, dijo el líder en su primera charla, el sábado 3 de noviembre, para rebatir “a los radicales que se quejan de que no tenemos dólares.”13 Fue en esos días cuando se hizo famosa una recordada frase dirigida a sus seguidores: “Yo les pregunto: ¿para qué quieren dólares?, ¿ustedes vieron un dólar alguna vez?”. Según él, la falta de dólares no era tan importante: “Los problemas de divisas, agitados políticamente, son totalmente ficticios. Dicen que el peso vale poco, pero a mí qué me importa que valga poco el peso con relación al dólar o la libra esterlina si acá yo no compro ni vendo nada en el orden internacional en pesos. Todo lo vendo y lo compro en dólares y en libras esterlinas”, había dicho alegremente dos años antes, en una conferencia.14 Estas falacias producían un efecto tal que neutralizaban fácilmente los argumentos opositores.
Por ejemplo, el lema electoral de la UCR sonaba ingenuo: “El radicalismo salvará a la República”. En cambio el oficialismo tenía una propuesta categórica: “¡Que siga Perón!”. Así sentenciaban los carteles que revestían la ciudad de un extremo a otro. El lunes 5, Perón leyó su segundo mensaje y sacudió a los opositores con una andanada de calificativos: “Estos parásitos han demostrado una absoluta ignorancia y falta de criterio” (...) “Son embaucadores profesionales, agoreros de comité, politicastros inmorales” (...) “Charlatanes de feria, caudillejos que hoy capitanean las bandas políticas, restos inorgánicos de los antiguos partidos”.
El jueves 8, Perón cerró su ciclo radial e impartió la “orden general número dos”. Con ella pretendía dar un sentido épico al sufragio, sobre todo en el interior del país, donde sus mensajes llegaban con más fuerza. “En febrero de 1946 —recordó— di mi primera orden a los peronistas. Se trataba de elegir entre Braden o Perón. Como hoy la situación es igual, vuelvo a decir lo mismo. He resuelto que el movimiento peronista extreme las medidas para que el 11 de noviembre sus hombres emitan el voto, cualquiera sea el sacrificio que para ello deban realizar; se reúnan en los locales partidarios y permanezcan allí. Dediquen ese día sólo al peronismo. En esta elección no es suficiente ganar, hay que hacerlo por mayoría abrumadora.”
Luego advirtió “contra toda clase de maniobras” y ordenó a cada peronista “no concurrir a fiestas el sábado 10; denunciar a quien se niegue a venderle combustible; evitar incidentes para impedir ser detenido y no beber alcohol el domingo 11”. Y dramatizó: “Si el patrón les cierra las tranqueras con candado, hay que romper el candado y la tranquera o cortar el alambrado para ir a votar; si el patrón los lleva al comicio, hay que aceptar y después votar lo que uno quiere. Si no hay automóviles o camiones, habrá que ir a caballo o a pie. Desconfíen de todo. Toda seguridad es poca. Las fuerzas del mal y de la ignominia pondrán en juego todos sus recursos para burlar la voluntad de la ley”. Perón descontaba que nada de eso iba a ocurrir, pues no había razones para suponer anormalidades. Pero sus frases, esos latigazos al aire dirigidos a la oposición, cautivaron a quienes soñaban con la aventura de ganarle al patrón en el cuarto oscuro.
El viernes 9, último día permitido para hacer propaganda política, Perón apeló a recursos publicitarios más eficaces que el simple mitin callejero o la pegatina de carteles. A las ocho de la noche llegó de Europa el flamante campeón mundial de automovilismo Juan Manuel Fangio, quien, acompañado por una bandada de fotógrafos y reporteros de la cadena oficialista, acudió de inmediato al policlínico de Avellaneda a saludar a Evita. En ese momento Perón asestaba su último golpe a los opositores a través del mensaje radial que su mujer había grabado poco antes de internarse y que ahora se difundía en cadena. “Que cada voto peronista —dijo Evita con un hilo de voz— sea el 11 de noviembre el grito de un corazón argentino, descamisado y peronista, diciendo silenciosamente: ¡La vida por Perón!”
El sábado 10, Borlenghi anunció en conferencia de prensa, en el salón de escudos de la casa de gobierno: “Acaba de decretarse el levantamiento del estado de guerra interno, hay completas libertades para todos los partidos y no queda un solo preso político. El gesto del general Perón, al delegar el mando, es una demostración de democracia y libertad en la Nueva Argentina”. “En esto —se jactó— no le cedemos el puesto a nadie. En otro país podrá haber igual libertad y democracia, pero no más.” Los dirigentes socialistas y los huelguistas ferroviarios, que desde hacía diez meses poblaban el cuadro quinto de Villa Devoto, festejaron la ocurrencia del ministro:
—Che, dice Borlenghi que no hay presos políticos.
—Claro, si somos presos gremiales...15
Gran triunfo electoral
A las ocho de la mañana del domingo 11, cuando aún no se habían acomodado las boletas en el cuarto oscuro, Perón bajó del automóvil presidencial y entró, elegantemente vestido con un traje de seda azul, camisa blanca y moñito a lunares, en el comicio instalado en Coronel Díaz 2180. Depositó su voto, sonrió para los fotógrafos y estrechó la mano de las autoridades con una cordialidad inigualable. Tres horas después, autorizada por la junta electoral, Evita votaba en el policlínico en una urna que fuera habilitada especialmente y que transportara una comitiva compuesta por la presidenta de mesa, un fiscal peronista, otro radical y dos agentes de policía. Representó en ese instante a la UCR el hijo del candidato a diputado Ismael P. Viñas. Se trataba del joven escritor David Viñas, quien recordaría así aquel momento: “Dos aspectos merecen señalarse en ese episodio. El primero, el problema que tuvo mi padre, candidato en la misma circunscripción donde tenía anotado su domicilio legal Evita, para encontrar a alguien que quisiera ir de único fiscal opositor. Yo era presidente de la Fuba y empezaba a borronear novelas. Resultaba una experiencia fuera de serie. Acepté. El segundo, la diferencia polarizada, diría maniquea, lógica en situaciones límite, entre el adentro y el afuera del policlínico. Haciendo antesalas, los inefables jerarcas de la burocracia; afuera, bajo la lluvia, arrodilladas en la vereda y tendiendo las manos hacia la urna que llevaba el voto de Evita, mujeres del pueblo, en una auténtica y conmovedora escena digna de Tolstoi”.16
La tensión nerviosa que acompañó a todo el país, estalló al descubrir las urnas sus secretos y aplastar con cifras catastróficas las débiles esperanzas radicales. El binomio Perón-Quijano logró sumar 4.744.803 votos en todo el país, contra 2.416.712 de la fórmula Balbín-Frondizi. En una proporción de dos a uno, el Partido Peronista había sacado a la Unión Cívica Radical una ventaja de dos millones 300 mil sufragios; lo suficiente como para considerar la reelección presidencial como un plebiscito. El resto de los partidos, incluyendo los votos en blanco, apenas sobrepasaban los 400 mil. Una polarización total y un resultado incuestionable.
Tal como se había previsto, en un solo distrito el peronismo soportó una lucha pareja: la Capital Federal dividió sus preferencias y otorgó el triunfo al oficialismo por un escaso margen. La clave de esa diferencia fue el voto femenino, pues las mesas masculinas habían emparejado los cómputos. A lo largo de toda la república, en cambio, la victoria peronista exhibió un holgado margen, que las flamantes electoras habían ayudado a ensanchar. Se cumplía así otro vaticinio del líder: “La primera elección la gané con los hombres, la segunda será con las mujeres y la tercera con los niños”.
En la jubilosa tarde del 16 de noviembre de 1951 millares de hombres y mujeres se fueron apretujando frente a la Casa Rosada hasta colmar la Plaza de Mayo. Iban a festejar la victoria electoral del domingo anterior y a saludar la prolongación de un gobierno en el que se sentían representados. José Espejo, secretario de la central obrera y único orador, convocó a todos a marchar lentamente hacia la residencia presidencial, donde Perón y algunos ministros acompañaban a Evita en su lecho de enferma. Caía la tarde cuando una imponente procesión de antorchas asomó por avenida del Libertador y comenzó a desfilar ante los ojos del presidente. Pocas palabras bastaron para desencadenar un estallido de júbilo: “Mi señora —dijo Perón— lamenta mucho no poder estar con ustedes y los une a todos en un gran abrazo. Muchas gracias por haber venido”. La columna se fue deshaciendo bulliciosamente y la ciudad recobró su normalidad.
Serenados los ánimos, el lunes 19 de noviembre la Unión Cívica Radical descargó todo su fastidio por la aplastante derrota, a través de un informe redactado por su comisión de propaganda y que firmaron Arturo Frondizi, Alberto Candiotti y Ricardo Aráoz. Protestaban porque “desde hace seis años todos los recursos del Estado estuvieron al servicio de un partido político, restringiéndose las posibilidades de las otras agrupaciones cívicas para difundir al pueblo sus críticas y sus doctrinas”. Recordaron los radicales la negativa del ministro del Interior a sus reclamos para utilizar la radio del Estado “en la misma medida en que la usufructúa el partido oficialista”. En una extensa nota, Borlenghi les había contestado: “Esa petición es inadmisible, pues el poder ejecutivo ha sido elegido por el pueblo para gobernar el país y no sólo tiene el derecho, sino la obligación de difundir lo que hace, y si de ello resulta una propaganda para la obra de gobierno, debe ser porque el pueblo estima que es buena. En cambio, la UCR no puede usar la radio del Estado porque no tiene una obra gubernativa que difundir”. Como la decisión era inapelable, la oposición intentó contratar espacios en las emisoras privadas, pero éstas respondieron unánimemente que “es imposible satisfacer ese pedido, pues la programación es inamovible por el momento”. Borlenghi diría después que “si las radios privadas les negaron sus espacios no es culpa del gobierno, y no hubiera sido democrático obligarlas a hacerlo; además, el general Perón habló por ellas por propia voluntad de las mismas, las que tienen muchos motivos de agradecimiento hacia él por el amplio apoyo que les ha dado”. Para entonces, todas las emisoras formaban parte de la cadena oficialista de radiodifusión.
Claro que la mayor parte de la audiencia del interior, a la que Perón dirigía sus mensajes radiales, no extrañaba la ausencia de propaganda opositora. Prefería deleitarse con otras voces más atractivas para ella, como la del guitarrista mendocino Antonio Tormo, quien se presentaba como El cantor de las cosas nuestras y alcanzaba su apogeo con un chamamé correntino, El rancho ’e la Cambicha. Era el preferido de los provincianos que poblaban el suburbio de Buenos Aires, a quienes se llamaba peyorativamente cabecitas negras, como a los pajaritos silvestres de esa característica, y también veinte y veinte, porque con 20 centavos podían acceder a una porción de pizza con fainá y un chop de cerveza, y con otros 20 escuchaban a Tormo en los modernos tocadiscos mecánicos instalados en las pizzerías. Las grabaciones de este ídolo del chamamé también eran infaltables en los bailes de La Enramada, un popular salón de Palermo que convocaba a multitudes de provincianos todos los fines de semana.
El peronismo, que había hecho pie en el cordón suburbano y lograba afirmarse en el interior, se aprestaba ahora a ahogar la dura resistencia metropolitana con los resultados del último escrutinio. De los dos millones 400 mil votos radicales, la cuarta parte eran de la Capital Federal, donde a pesar de su escasa diferencia con el oficialismo, en lugar de aumentar su representación parlamentaria la disminuyó. Es que de acuerdo con el sistema ideado por Subiza con 832.000 votos el peronismo se adjudicó en este distrito 23 diputados; la oposición, con 607.000 obtuvo apenas cinco bancas. (Una de éstas fue la que Eduardo Colom perdió frente al radical Alfredo Ferrer Zanchi en la vigésima circunscripción.) El PP también ganó las dos senadurías por la capital, que fueron adjudicadas a María Rosa Calviño y Alberto Teisaire, e impuso en la provincia de Buenos Aires (en reemplazo del coronel Mercante) a un nuevo binomio: Carlos Vicente Aloé-Carlos Antonio Díaz, con 1.169.794 votos contra los 618.421 de la fórmula radical Crisólogo Larralde-Ricardo Rudi. El resto de los partidos no gravitó para nada (salvo en la función de ceder sus caudales a la UCR) y por eso sus candidaturas a la Presidencia llenaron una mera formalidad impuesta por la ley electoral. Alfredo Palacios-Américo Ghioldi (PS), Reinaldo Pastor-Vicente Solano Lima (PD), Rodolfo Ghioldi-Alcira de la Peña (PC), Luciano Molinas-Juan José Díaz Arana (PDP), José F. Penelón-Beniamino Semiza (CO) y Jenaro Giacobini-Jorge Rivero (PSP) alcanzaron, entre todos, el cinco por ciento del electorado. De poco les valió a los comunistas la campaña que hicieron sus víctimas de la picana eléctrica (la telefonista Nieves Boschi de Blanco y el estudiante Ernesto Mario Bravo) y la rememoración de su último mártir, Carlos Aguirre, un dirigente del sindicato de mozos de Tucumán. Aguirre había muerto en manos de sus torturadores en los sótanos de la casa de gobierno de esa provincia, en noviembre de 1949, y su cadáver apareció al mes siguiente en un cementerio de Santiago del Estero.
La conspiración de Suárez
Derrumbadas sus esperanzas ante la categórica victoria electoral del peronismo, la oposición siguió confiando en el golpe militar como única forma de salir de su encierro. Tras el fracaso del general Menéndez, el coronel José Francisco Suárez aprovechó el lapso de siete meses que mediaba entre los comicios y la iniciación del segundo período para sorprender al gobierno con otra sublevación. Suárez y el coronel Bartolomé Gallo habían encabezado el primer grupo conspirativo, que iniciara sus contactos durante la reforma constitucional de 1949 y lograra comprometer a los coroneles Urbano y Agustín de la Vega, Alejandro Ojeda, Miguel Angel Mascaró —separados del servicio tras los sucesos de 1945—, los tenientes coroneles Manuel Haroldo Pomar y Carlos Toranzo Montero, y por algunos oficiales subalternos. También se sumaron esa vez el general Fortunato Giovannoni y el coronel Francisco N. Rocco (ambos retirados); los capitanes de navío Adolfo Estévez y Carlos Kolungia, el capitán de fragata César Poch, los capitanes de corbeta Claudio Mejía y Cristián Beláustegui, y los vicecomodoros Juan Rubén Martínez y Carlos I. Manni, además de un comandante principal de la gendarmería, de apellido Guillenteguy. Dice Isidoro J. Ruiz Moreno que el plan de Suárez y Gallo “consistía en capturar al presidente Perón, para luego convocar a una convención que restableciera la vigencia de la Constitución de 1853, y posteriormente llamar a la ciudadanía a elecciones”.17 Ese primer intento se había previsto para mayo de 1951, pero se frustró por una delación. Suárez cayó preso y el grupo se disolvió. Cuando lo liberaron —el 6 de noviembre de ese año—, volvió a conspirar y proyectó un nuevo golpe para el 4 de febrero del año siguiente.
Suárez montó esta vez una organización dividida en seis grupos. Cada uno de éstos debía cumplir las instrucciones que se les impartían separadamente a sus integrantes, en las secretas reuniones que los conjurados efectuaban en el séptimo piso de la calle Montevideo 443, un departamento ocupado por el ingeniero Jaime Weisburg, donde se planeaba todo sobre una maqueta de la residencia presidencial, facilitada por Alfredo Oliva Day. Su plan consistía en derribar con camiones blindados la verja de entrada, asaltar la residencia y secuestrar al presidente y su mujer, operación a cargo del Grupo Martín, que comandaba Enrique Germán Broquen y que integraban Rafael Dovek, Carlos Rico, Carlos Basani, Jorge Urien, Orlando Trídico y Norberto Pirani. Simultáneamente, en una acción conjunta de comando, otros grupos se apoderarían de la casa de gobierno, la jefatura de policía y el palacio de correos, misión a cargo del subcomisario Federico Valerga, el mayor Enrique Rauch y los civiles Delfor Traverso y Jaime Franco. Toda la vigilancia estaría a cargo de Abel Martínez Zemborain, Antonio Scarlatto, Alfonso Núñez Malnero, Lorenzo Martínez, Joaquín Otero y Enrique Quico Calot. Las reuniones más importantes eran celebradas por la logia Sol de Mayo, que comprometía a los oficiales de mayor graduación (coroneles Gallo, Rocco, Giovannoni, De la Vega, Santillana y Guillanteguy) y a dirigentes políticos (Julio Noble, Francisco Pérez Leirós, Silvano Santander, Mauricio Yadarola, Agustín Alvarez, Ricardo Bassi, Leopoldo Suárez, David Michel Torino y Oscar Vicchi). Las sesiones de esta logia se llevaron a cabo en el sanatorio América, del médico Germinal Bassi, situado en Defensa 613.
Las condenas a los complotados en el golpe de Menéndez estimularon a otros militares a plegarse a la intentona de Suárez y eso promovió el compromiso del regimiento primero de artillería de Ciudadela y del batallón de comunicaciones de City Bell. Pero, al no poder confirmarse la complicidad del oficial de policía que custodiaba la residencia, y conocerse, además, importantes depuraciones en el ejército, a mediados de enero el jefe rebelde decidió desactivar el plan “hasta mejor oportunidad”. Una infidencia hizo que el 3 de febrero los conjurados fueran sorprendidos en el departamento de Weisburg y que Suárez cayera detenido junto con sus principales colaboradores: Oscar Martínez Zemborain y el teniente primero Atilio Demichelli. Refiere Carlos A. Suárez —hijo de José Francisco— que “simultáneamente se detenía a otros conspiradores esa noche y días siguientes; muchos fueron torturados cruelmente en el departamento central de policía y es fama cómo el coronel Suárez resistió la picana eléctrica para no delatar a gente insospechada. Mismo mérito se atribuye a Demichelli y esto permitió que medio centenar de oficiales en actividad continuara sus carreras; innúmeros civiles también quedaron libres de toda sospecha”. Corroboró la versión de esas torturas el dirigente conservador Eduardo Augusto García, compañero de cárcel del coronel Suárez.18 La redada llevó a prisión a unos 600 opositores (civiles y militares), entre ellos al general Eduardo Lonardi, quien no tenía vinculación con el golpe de Suárez, pero a raíz de este episodio tomó su bandera y a mediados de 1952 comenzó a elaborar un nuevo proyecto de sublevación.
Muerte de Quijano
Cuando faltaban apenas sesenta días para que Perón y Quijano concluyeran su primer mandato e iniciaran el segundo período, a las seis de la mañana del 3 de abril de 1952 murió el vicepresidente. Su cáncer había sido detectado antes de ser elegido nuevamente por Perón para acompañarlo en la fórmula y, aunque le hicieron varias operaciones, falleció a los cinco meses de quedar reelecto. La figura de este político correntino —de extracción radical yrigoyenista— nunca tuvo relieve. Su voluntaria reclusión en la Presidencia del Senado, donde cumpliera fielmente las instrucciones emanadas del poder ejecutivo, lo convirtieron en una figura meramente decorativa. Era el vice ideal para acompañar una Presidencia marcadamente autoritaria. Murió reelecto en el cargo que ansiaba Evita, obtenido —curiosamente— con boletas electorales que llevaban el nombre suyo pero la fotografía de ella. Allí figuraba como Juan H. Quijano (siempre se sospechó erróneamente que se llamaba Jazmín Hortensio), al lado de dos imágenes de Perón y Evita “para que el votante no se confunda y sepa a quiénes está votando”. Así explicaron en la junta electoral nacional los apoderados del Partido Peronista en el momento de oficializar las boletas.
Quijano fue velado en el Congreso de la Nación, recibió honores militares y en su inhumación hablaron Borlenghi y Teisaire. Evita, que había querido alcanzar esa investidura, también estaba a punto de sucumbir. Comenzaba a vivir los últimos cien días de su vida; los más duros. En ellos recibió el rango oficial que permitiría, después de muerta, sepultarla con honores militares: el título de Jefa Espiritual de la Nación, mediante una ley que también erigió a su marido en Libertador de la República. Esa glorificación en vida los convertía en símbolos intocables, a quienes los funcionarios de todas las jerarquías debían profesar un acatamiento muy cercano a la genuflexión y que desató un inusitado torneo de adulaciones.
El 1° de mayo, a treinta días de la renovación de su mandato, Perón inauguró el 86° período parlamentario con el tradicional mensaje. “Han pasado los seis años de mi gobierno —dijo— y vengo a rendir cuentas de mis actos ante el pueblo argentino. La hora de este mensaje no es más difícil que las horas de los mensajes anteriores; pero nuestra situación es bastante distinta. El éxito ha coronado muchos de nuestros esfuerzos, ha excitado los enconos del enemigo derrotado. La Nueva Argentina es, hoy más que nunca, dueña de sus propios destinos.” Era sin duda su hora más gloriosa. En menos de un año acababa de vencer dos sublevaciones militares, obtener un resonante triunfo electoral, consolidar una representación abrumadoramente mayoritaria en el parlamento y construir una estructura vertical férreamente controlada. “La doctrina peronista —se jactó esa mañana— es la solución integral de los problemas políticos, sociales y económicos del mundo contemporáneo.” “Confieso —se disculpó después— que no hemos podido todavía destruir hasta sus últimos reductos las estructuras del capitalismo, que dominó cien años en nuestra tierra, pero declaro con absoluta certeza que ya se avizora en todos los horizontes el amanecer de la liberación justicialista.” Luciendo el uniforme de gala con todos sus entorchados, Perón leyó el extenso mensaje con voz grave, solemne. Necesitó cuatro horas para reseñar, en cinco capítulos, la independencia económica, la economía social, el plan quinquenal y la justicia social. Enumeró las realizaciones más salientes, desgranó cifras y porcentajes de las estadísticas proporcionadas por cada uno de sus ministros y concluyó repitiendo las mismas frases con que iniciara su gobierno, en 1946: “Quienes quieran oír que oigan; quienes quieran seguir que sigan; mi empresa es alta y clara mi divisa; mi causa es la causa del pueblo; mi guía es la bandera de la patria”.
La CGT celebró por la tarde el Primero de Mayo, donde Evita pronunció su postrer discurso, una vibrante y emocionada arenga que la dejó sin respiración. Quiso reponerse para el 4 de junio, tener fuerzas suficientes para asistir a la segunda asunción del mando. Ese día, el de su última aparición en público, Perón recorrería con ella, triunfalmente, el trayecto entre el parlamento y la casa de gobierno. El líder, rozagante, ostentaba la mirada ancha de los vencedores, sonreía y saboreaba una reelección con gusto a perpetuidad, que fijó en sus lugartenientes la idea de que habría “peronismo para cien años”. Ella, en cambio, se sentía morir. Y temía que todo se desmoronara con su ausencia.
Bajas en el gabinete
El coronel que en abril de 1945 desmintiera tener aspiraciones a la Presidencia de la Nación y diez meses después fuera electo para ese cargo; el mismo que —con el grado de general— asegurara
