Conspiración Octopus

Daniel Estulin

Fragmento

Contenido

Contenido

Prefacio

Introducción

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Prefacio

Izvestia Russian Daily

Domingo, 24 de enero de 2010

PORTADA

Unidad secreta japonesa vinculada a crímenes

contra la humanidad durante la Segunda Guerra Mundial

Moscú, 24 de enero

Por uno de esos caprichos del destino, están saliendo a la luz atrocidades incalificables cometidas durante la Segunda Guerra Mundial por una unidad médica secreta de experimentación, conocida como Unidad 731, del Ejército Imperial japonés en el tristemente famoso campo de exterminio de Pingfan, Manchuria. Desde 1936 hasta 1943, en la Unidad 731 fueron asesinados entre 300.000 y 500.000 hombres, mujeres y niños. Las atrocidades allí cometidas fueron peores que las de los campos nazis. El sufrimiento duró mucho más..., y no sobrevivió ni un solo prisionero.

Durante más de sesenta y cinco años, las macabras actividades de guerra biológica de la Unidad 731 de Japón fueron el secreto más horrible y duradero de la Segunda Guerra Mundial. Durante más de sesenta y cinco años los gobiernos estadounidense, británico y japonés negaron una y otra vez que esos hechos se hubieran producido. Hasta que, de pronto, intervino el destino y la historia empezó a reescribirse a sí misma palabra por palabra. Y un ser humano sufriente tras otro fueron abriéndole paso a la verdad.

El distrito de Kanda, en la periferia de Tokio, es la meca de las librerías de segunda mano. Comparables con las de Charing Cross Road en Londres, son frecuentadas por universitarios en busca de ocasiones. En 1984, un estudiante que miraba en una caja de viejos documentos desechados pertenecientes a un antiguo oficial del ejército, descubrió el asombroso secreto de la Unidad 731. Los documentos revelaban detallados informes médicos sobre individuos que padecían tétanos, desde el inicio de la enfermedad hasta el espantoso final. Sólo había una explicación, pensó el estudiante: experimentos con seres humanos. Por casualidad se había descubierto el secreto mejor guardado de la Segunda Guerra Mundial.

Pasarían otros doce años hasta que los primeros implicados, hombres de cabello blanco y modales suaves, empezaran a ponerse en fila para contar sus historias antes de morir. No obstante, el destino hizo acto de presencia en su forma más cruel. Uno a uno, los testigos vivos de los experimentos de la Unidad 731 fueron muriendo, llevándose sus secretos a la tumba. Al parecer, unos fallecieron por causas naturales y otros debido a accidentes inexplicados. A principios de 2008 todos habían muerto menos uno, Akira Shimada, un anciano frágil y viudo que vivía cerca de Osaka, y que desde 1939 hasta 1943 estuvo destinado en el Grupo Minato (investigaciones sobre disentería) de la Unidad 731.

Los oficiales estadounidenses encargados de interrogar a Akira Shimada después de la guerra le preguntaron por qué lo hizo. «Era una orden del emperador, y el emperador era Dios. No tuve elección. Si hubiese desobedecido, me habrían matado.» Tras tomar debida nota de la respuesta, los interrogadores militares bajo el mando directo de la Junta de Jefes del Estado Mayor clasificaron el informe como Doble Secreto. Los fiscales de los juicios por crímenes de guerra en Tokio fueron advertidos. A partir de entonces empezó el mayor encubrimiento de la guerra; se hizo correr una cortina de secretos no muy distinta del Telón de Acero, y sin duda más duradera. Pasarían sesenta y tres años antes de que la historia de Akira Shimada viera la luz.

China Evening Post

Miércoles, 10 de febrero de 2010

PORTADA

Descubiertos secretos enterrados

de la Segunda Guerra Mundial

Pekín, 10 de febrero

La guerra en el Pacífico está plagada de historias sobre la crueldad de los japoneses contra ciudadanos chinos, así como contra soldados británicos y estadounidenses, entre otros. Las fuerzas imperiales japonesas no sólo utilizaron prisioneros de guerra como esclavos para construir su ferrocarril en Birmania, sino que realizaron con ellos terribles experimentos médicos en el cuartel general de la hermética Unidad 731, centro para armas de guerra biológicas y químicas de Japón. No obstante, mientras eso se producía, otra fuerza japonesa aún más furtiva se dedicaba a una labor tan secreta que pasaría a los anales de la historia como uno de los relatos más explosivos de la Segunda Guerra Mundial.

El proyecto llevaba el nombre de Lila Dorada y su cometido era saquear metódicamente el sudeste asiático. ¿De cuántos tesoros estamos hablando? Nadie lo sabe con exactitud, pero al parecer de China y el sudeste de Asia se rapiñaron cantidades tan enormes que, una vez terminada la guerra, Occidente decidió mantener dichas actividades en secreto.

Ahora, en su último libro, Lila Dorada, seguro que las revelaciones de la señora Lie D’an Luniset causarán un gran revuelo en Londres, Washington y Tokio, y con toda probabilidad contribuirán a que se interpongan demandas colectivas contra los gobiernos japonés y estadounidense. Según el editor de la señora Luniset, el fantasmagórico tesoro está escondido en depósitos situados en la espesa jungla de Irian Joya, en Indonesia, y alrededor de Rizal, en las laderas de Sierra Madre, la cadena montañosa más larga de Filipinas. Debido al intenso acoso de los medios, el paradero de la señora Luniset será un secreto celosamente guardado hasta la publicación de su obra, a principios de esta primavera.

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Introducción

—Hoy el Banco Mundial ha dejado caer una bomba en los mercados de inversiones de todo el mundo, al avisar de que, pese al bombo publicitario de la recuperación en la que Washington y Wall Street intentan hacernos creer, esta gran crisis económica sólo está agravándose.

»Las palabras del Banco Mundial son sencillas y claras: “La recesión global se ha agravado hasta alcanzar niveles inimaginables sólo seis meses atrás.” Según el Banco Mundial, este año el Producto Interior Bruto de los países desarrollados con mayores ingresos disminuirá un 14,2 %, y el comercio global sufrirá un apabullante descenso del 39,7 %.

»En palabras del propio Banco Mundial, “el desempleo se halla en su peor nivel de la historia, y el número total de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza se incrementará hasta alcanzar la cifra de casi tres mil millones”.

»Entretanto, destacadas voces del Congreso están pidiendo con insistencia al recientemente elegido presidente de Estados Unidos que suspenda temporalmente la Constitución por la creciente inquietud que reina en el país debido a la gravedad de la situación económica.

»Están escuchando WIBT 99.6 en su dial de FM.

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1

La noche se resistía a ceder terreno. Desde las doce, como si llegaran puntualmente a una cita, los copos de nieve tapaban el campo circundante. El lento amanecer del invierno se abría camino por un cielo cobrizo, mientras, en el asfalto, la primera luz del día acariciaba una cinta azul que alguien había perdido. Las sombras de los árboles escarchados caían sobre la blancura como penachos azules.

Shawnsee, Oklahoma, era la típica ciudad del Medio Oeste, un lugar abstracto que quizá no habría existido a no ser por una tímida mención, unos cincuenta años antes, en una de las revistas de viajes más populares de Estados Unidos.

Lo que entonces llevó a Shawnsee a algunos papamoscas fue su arteria comercial de moteles recién construidos, con su neón y su imaginería figurativa, y los drive-in de moda de la zona sur, a lo largo de la vieja Carretera 90, denominada la Vieja Ruta Española. Era cariñosamente atractiva, con un estilo un tanto kitsch.

Pasó el tiempo, y la ciudad se fue haciendo más y más insustancial. La arteria comercial carecía ahora de vida, pues las modernas autopistas habían crecido en detrimento de las viejas carreteras. Con el tiempo, Shawnsee se había convertido en una especie en vías de extinción rápida: una destartalada gasolinera a la que sólo se accedía por el extremo occidental; un puesto de refrescos cuyo propietario se sentaba en una silla de plástico plegable, esperando a algún cliente y dando caladas a un cigarrillo. Y por fin el motel Merry Kone, un mamotreto de dos plantas y veintiocho habitaciones, con sus columnas de neón de los años cincuenta sobresaliendo de un edificio central, un vestíbulo con paneles de madera y un anticuado letrero de helados. Eso era todo lo que quedaba de la otrora orgullosa pero poco conocida Shawnsee.

La transformación antropomórfica de un cucurucho de helado recubierto de neón es lo único que se recuerda del artículo de la revista, de una época pasada y olvidada. Los «buenos tiempos» sin el «buenos». Las habitaciones eran más o menos iguales que las de cualquier otro motel del Medio Oeste americano. Hacía varias décadas que la pintura negra se había desconchado siguiendo patrones simétricos. Los raídos visillos tapaban las ventanas empañadas; la inadvertida puerta principal nunca cerraba. Las habitaciones eran de un marrón apagado, desgastado. De las alfombras emanaba un ligero olor a moho. Ni siquiera los productos de limpieza industriales podían borrar el tufo a deterioro.

Esa noche, un vigilante paticorto y regordete estaba sentado en un taburete, apoyado en la pared. Tenía las manos ásperas, y los dedos gruesos y sudorosos. A raíz de un forúnculo extirpado unos años antes, presentaba una cicatriz en la mejilla izquierda. La cicatriz, así como su recortado bigote color miel, provocaba una especie de incomodidad moral a quien lo mirara. La otra persona despierta era una asistenta que unos minutos antes de las seis había fichado debidamente.

Para ella, eso significaba levantarse cada mañana a las cinco. Una peineta se erguía como un ala en su ondulada cabellera gris. Había envejecido con poca salud y ojeras. Tenía una frente ancha y despejada, los ojos de color aguamarina y una boca grande y roja con una pelusa negra sobre el labio.

Aquella noche nevosa y fatídica del 7 de febrero, en el motel Merry Kone de Shawnsee, Oklahoma, había seis huéspedes. Una pareja de edad avanzada camino de un entierro, un ruso nacionalizado estadounidense que decía continuamente «nein» en vez de «no», un camionero de piernas largas y flacas, y un hombre grandote y huesudo con papada y mucha grasa en el centro. Y en la habitación 206 un periodista desempleado de treinta y tantos años: metro ochenta, el cuello esbelto, el pelo recortado, los ojos de un azul translúcido, las orejas algo prominentes. Lo que la mayoría de la gente recordaba de ese hombre era su mirada turbadora y penetrante. El resto de sus datos biográficos se hallarían en el bolsillo interior con cremallera de su elegante pero gastado abrigo.

Dormir... dormir profundamente. En la habitación 206 un hombre dormía agitado. La intensidad y el colorido de sus sueños aumentaban incluso cuando ya se acercaba la vigilia. «Un poco más», pensó. Se volvió y metió la mano debajo de la sábana, escuchando los relajantes sonidos del agua a lo lejos. «Excelente», se dijo a sí mismo. En la penumbra, una hermosa luz color mandarina había llenado las esferas de vidrio de un enorme reloj de arena. Se abrió una fachada naranja aterciopelada con una pequeña puerta y una señal blanca, invitándolo a entrar. Entornó los ojos para ver la placa de latón. Nada. De repente notó que su cuerpo era invadido por una creciente ligereza. Otra imagen: 1974. Saltó un charco, y un escarabajo coprófago, que se había pegado a una rama..., corría por el campo, solo, bajo las espléndidas nubes. ¡Ay! Se pinchó el dedo gordo del pie. «Esto duele. Solo no... Con Simone.» Ella le coge la mano, el viento desbaratando sus trenzas. «No, no, ya me despierto.» Dormir, al fin, con un sueño profundo y desinhibido. «Todo va bien. Duerme, Danny, duerme.»

Estaba tan adormilado que no respondió enseguida cuando una aguja hipodérmica se insertó bajo una uña de su pie izquierdo. Aún nevaba un poco, pero, con la escurridiza imprevisibilidad de un ángel, la nieve cambiaba una y otra vez de dirección. «Bueno, bueno, se ha acabado», dijo Simone en voz baja mientras los dos salían de una glorieta y saltaban sobre un pozo y el arco iris. «¡Danny, Danny!» Él dio otro paso..., y todo terminó. Estaba muerto.

El teléfono sonó una sola vez. El director adjunto de la CIA miró la pantallita y levantó el auricular con su manaza, pero permaneció en silencio.

—Ya está —susurró el hombre, apoyado contra la pared y repitiendo las palabras que había pronunciado docenas de veces a lo largo de los últimos años.

—Bien —susurró el hombre de la CIA. Se hallaba en el centro de la estancia, donde la única fuente de luz eran los fríos rayos que proyectaba la luna desde el cielo nocturno.

—¿Tiene...?

—Lo tengo. —El asesino apretó el asa de una gastada maleta, que colocó delante de él.

—Llamaré al jefe enseguida. El resto del dinero le será transferido por la mañana.

—Merci.

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2

No cabía duda al respecto. El hombre sentado en una roca, acurrucado en un estrecho agujero, observaba un convoy de tres vehículos avanzar lentamente por un terreno árido. Tenía ganas de pelea. Control. Lo percibía, lo sentía, lo saboreaba. Lo tenía en las puntas de los dedos. Poder absoluto. Resultaba extraño que algo que él buscaba desde hacía tanto tiempo estuviera tan a menudo conectado con la rutina. Sí, había trabajado por ello, con diligencia. Soberanía. Soltó un gruñido. Vaya estupidez...

Prefería ir despacio, desmenuzar los trozos poco a poco, evitando cambios repentinos del poder nacional al federal. Y ¿por qué no regresar al período anterior a Hobbes? La Edad Media tenía mucha más humanidad, y una diversidad de identidades que en la actualidad podría constituir un modelo. La Edad Media es hermosa. Poderes sin territorios, sin soberanía. El totalitarismo no existirá. La democracia no necesita ninguna clase de soberanía. Necesita un mundo de regiones y ciudades, sin estados-nación soberanos que defiendan el bienestar general. Más bien una estructura imperial, una nueva Edad Media con una esperanza de vida, una pobreza y una población acordes.

Los vehículos eran tres camiones con matrícula de California, indistinguibles de cualquier otro que pasara un día cualquiera por la zona. Poco a poco, el Hombre Poderoso se concentró en el camión que iba delante. Intrincadas interdependencias humanas. Poder y riqueza. Un antídoto perfecto para seleccionar los montones de mentes inexpertas influenciadas por necesidades elementales. El colapso financiero mundial destruirá la riqueza, acabará con el nivel de vida de todos y deshumanizará a la población, convirtiéndola en un rebaño de ovejas todavía más asustadas que ahora.

El hombre se puso de pie en la roca.

Permaneció un instante inmóvil bajo los silenciosos tilos. La integración del mundo debe ser el objetivo primordial de cualquier cultura progresista, y donde los gobiernos han fallado, los industriales triunfarán. Debemos tener una aristocracia selectiva, no de privilegios, sino de entendimiento y propósito. De lo contrario, la humanidad fracasará. «La codicia es buena», dijo en voz alta mientras entraba en el campo visual de los faros y se dirigía al convoy.

—Esta noche va a reunirse con uno de nuestros hombres en Shawnsee.

—Estará contento, Jefe.

—Un día este joven morirá. Cáncer, un ataque cardíaco, leucemia, Parkinson, vete a saber. —El hombre al que llamaban Jefe hizo una pausa—. Sólo queremos realizar un pedido urgente ante esa deseable eventualidad.

El timbrazo de un teléfono interrumpió la conversación.

El Jefe buscó en el bolsillo y sacó un móvil.

—¿Sí? —Su voz sonaba brusca y áspera.

—Ya está —contestó, todavía oculto, el hombre de la CIA. Se llamaba Henry Stilton, director adjunto de la Agencia Central de Inteligencia. Era alto, desgarbado, e iba impecablemente vestido. En su rostro anodino destacaban una barbilla hendida y unas cejas pobladas.

—Bien —dijo el Jefe, mirando de soslayo a su izquierda. Entornó los ojos mientras rememoraba recuerdos invisibles.

—Esto significa, literalmente, que se ha llevado los códigos a la tumba. —Echó whisky en un vaso.

El hombre al que llamaban Jefe se volvió.

—Sin ese dinero el gobierno no tendrá más remedio que devaluar el dólar para evitar el desastre inmediato. —Entornó los ojos, irritados por el humo del tubo de escape—. Un colapso del valor del dólar causaría, en el planeta entero, una implosión simultánea de las economías nacionales.

—Estamos un paso más cerca. Un nuevo sistema monetario mundial. —El hombre de la CIA eructó ligeramente mientras sacudía la cabeza—. Los que dirigen los mercados monetarios controlan el mundo.

—Un nuevo orden mundial. Nos hallamos al borde de una nueva edad de las tinieblas global, que durará generaciones. Al final, sólo sobrevivirá una minoría relativamente pequeña de la población del planeta.

—Quizá lo estemos celebrando demasiado pronto. ¿No es posible que el gobierno tenga otras opciones? —preguntó el director adjunto de la CIA, que hacía girar el vaso en la mano como si fuese algo que él mismo había fabricado y de lo que se estuviera despidiendo.

—Lo que se ha propuesto casi equivale a tomar cianuro como remedio para el mal aliento —contestó el Jefe—. El género humano es la influencia más poderosa para las formas deliberadas de cambio progresista a estados superiores. Por eso se debe asfixiar a los primates superiores.

—Hundiendo los mercados mundiales —señaló el hombre de la CIA, que sonrió tranquilamente aunque estaba inquieto.

—El dinero no tiene valor económico intrínseco. Es un medio para alcanzar un fin deseado.

—Ya sabe lo que dicen, ignorancia no es lo mismo que inocencia —comentó Stilton, y soltó un suspiro.

—Hummm, llame a Lovett y manténgame informado. —El Jefe colgó el teléfono—. Vamos.

—Sí, Jefe.

Se abrió la portezuela del conductor; el hombre subió y encendió las luces. Menos de diez segundos después, los vehículos habían desaparecido.

Reed introdujo en su boca el último y suculento bocado de pan negro con una montaña de salsa de arándanos, tomó una última copita de champán y ocupó su sitio tras una mesa ovalada de caoba hecha a mano. Era el guardián de la cripta. Un número de cuenta. No, el número de cuenta. Era responsabilidad suya. Más que el dinero en sí, lo que lo excitaba era el impropio número de ceros que había detrás de la primera cifra. Concentraba la atención en ellos. Ah, la emoción del descubrimiento, la exaltación de la riqueza, el conocimiento del poder...

Reed sentía que el dolor le abrasaba los ojos y las sienes y se desbocaba hacia abajo, hasta clavársele en el pecho. Tenía la mirada fija en la pantalla. El estruendo procedía de su interior, pero al principio había sonado más bien apagado. Cerró los párpados con fuerza, contó hasta cinco, hasta diez, y luego los abrió, plenamente consciente del súbito temblor que lo inmovilizaba por momentos. 0.000000000. Cero. Cero dividido por cero, más cero, multiplicado por cero. De repente, Reed fue presa de convulsiones borborígmicas. Un segundo destello confirmó que algo desafinaba.

Y ahora, mientras miraba boquiabierto la enorme pantalla de su ordenador y trataba de comprender, intentó procesar el hecho de que una suma de dinero muy elevada... no, muy, muy elevada... no, fantasmagórica, había desaparecido de su ordenador. Clavó de nuevo la mirada en la pantalla, empotró la silla contra la mesa de caoba, se frotó los ojos, sacudió la cabeza, pulsó varias veces la tecla de retorno, hizo una pausa, la pulsó unas cuantas veces más. Por fin, decidió apagar el ordenador y volver a encenderlo. «No puede ser», murmuraba a través de los dientes apretados. El vértigo que sentía junto a aquel abismo lo empujó hacia delante. Como en estado de trance, tecleó la jota mayúscula, luego la i griega minúscula y los números 5, 7 y 2, asterisco, 4, el símbolo del dólar y finalmente el signo de interrogación. Contraseña aceptada. Su cuenta bancaria estaba a cero. Tiene usted cero dólares en su cuenta. Reed se limpió el sudor de la frente, se secó las manos en los pantalones, cogió el teclado con ambas manos. Tenía que recuperar la cordura concentrándose en cosas pequeñas. Verificar la cuenta. «Quizás el número de cuenta esté equivocado. Eres presidente de Citibank. Conoces miles de números de cuentas.»

Reed buscó en el cajón superior y sacó una gruesa libreta con tapas de cuero negras. La abrió por la página 47, dolorosamente consciente de las gotas de sudor que corrían... no, que manaban por la parte posterior de su cuello. «Empieza otra vez. Cero. Tienes cero dólares en tu cuenta corriente.»

Era una noche fría y lluviosa de febrero y el viento se colaba por la ventana entreabierta. «Tranquilízate. Esto tiene una explicación lógica. Tranquilízate, he dicho. Sí, sí, me tranquilizo. Debo tranquilizarme.» Se lavó la cara, se cambió de ropa, se sirvió otra copa y volvió a empezar.

«Cero. Tienes cero dólares en tu cuenta corriente.» Temblando de arriba abajo, se apartó de la mesa, se puso de pie y echó a andar por el pasillo hasta la puerta principal. Cero. Cero. Cero. Cero. Cero. Cero. Cero. Cada cero proyectaba una sombra fatal sobre sus sentidos.

«Cero», murmuró Reed cuando llegó al final del pasillo. «Cero», repitió mientras salía al exterior. Era consciente de que le temblaban las manos. Se detuvo un momento y respiró hondo, sujetándose la manga derecha con la mano izquierda.

«Ordenador averiado. Vete a la cama. Mira, es imposible. Se trata de un sistema blindado. Quién iba a atreverse... Soy John Reed... en caso de que ya no sea lo bastante lúcido para recordar quién es John Reed, era... no, es y será. Vaya estupidez.»

Con un gesto muy suyo, Reed sacudió la cabeza con vehemencia. De pronto, una leve sonrisa brilló en su boca.

«Ordenador averiado. Ordenador averiado. Ordenador averiado...», mientras llegaba al pie de las escaleras.

Entonces sonó el teléfono. Reed levantó el auricular con desgana.

—¿Sí? —Su voz sonaba como si flotase en medio de un sueño angustioso.

Tras un breve silencio, alguien dijo:

—Perdone, señor. Ciertos caballeros desean que acuda en persona, y cuanto antes, al lugar habitual.

Se oyó un clic y se cortó la comunicación.

Teresa, un valle rodeado por montañas ricas en mármol, es una de las zonas menos interesantes de Rizal, en las laderas de Sierra Madre, la cordillera más larga de Filipinas. De hecho, podría no haber existido si no fuera por el arroz que se cultiva en terrazas desde hace siglos, en medio de los llanos del oeste y las onduladas colinas y escarpadas crestas del este.

John Reed, presidente de Citibank, conocía bien el terreno. Estuvo ahí, sesenta años atrás, a las órdenes del general MacArthur. Lo vio de primera mano. Área de operaciones: el Pacífico. Poco después de la guerra formó parte de una expedición secreta encargada de encontrar el tesoro y traerlo a casa. Los condujeron con los ojos vendados hasta una zona próxima al lago Caliraya, en Lumban, Filipinas. Les ordenaron cavar sin preguntar por qué ni para qué. Trabajaban de noche. Se avanzaba a duras penas. Todos los túneles estaban llenos de trampas y callejones sin salida que dificultaban y retrasaban la excavación. Su equipo de búsqueda había tardado ocho meses en encontrar la primera cámara del tesoro, situada a sesenta metros bajo tierra. Los japoneses lo habían enterrado y habían dejado señales extrañas en las rocas, a fin de ocultar la verdadera ubicación del botín.

«Sesenta años atrás.»

Abrió la puerta, salió a la galería y se quedó mirando el colorido collage que veía desde el magnífico ático que daba al río Hudson, en pleno centro de Nueva York. Y lo que contempló ese día le pareció una estampa de colores exquisitos, una benévola definición de realismo enjaulado, como metáfora de la forma artística y, al mismo tiempo, del destino humano. Su destino.

«Ojalá supieran...»

Sólo unos cuantos privilegiados sabían que Teresa formaba parte de la mayor conspiración de la historia de la humanidad, una leyenda susurrada entre quienes conocían el alucinante tesoro que fue robado y escondido por el Ejército Imperial japonés en retirada durante los días más duros de la Segunda Guerra Mundial.

«Un millón trescientas mil toneladas métricas de oro.»

Se sirvió una copa.

«El equivalente a seis coma cuatro trillones de dólares. ¿Hay alguien capaz de concebir una cifra tan extravagante?»

La cantidad de oro era diez veces superior a las cifras de las reservas oficiales de todo el mundo proporcionadas por el Banco Mundial. El hecho de que existiese tal cantidad de oro fuera de los circuitos oficiales resultaba increíble, pensó John Reed. Que un puñado de gobiernos lo bastante afortunados para saber la verdad hubiera guardado el secreto, era algo extraordinario.

«Seis coma cuatro trillones de dólares escondidos en los agujeros más profundos de las junglas de Sierra Madre», murmuró para sí, convirtiendo en palabras sus pensamientos.

Reflexionó sobre el hecho de que el oro, al igual que ocurre con los diamantes, es mucho más común en la naturaleza de lo que la gente cree. Si alguna vez llegaba a conocerse la verdad, ésta destruiría la economía mundial, porque la mayoría de los países todavía utilizaban el patrón oro como respaldo de su moneda.

Se le ocurrió pensar que la naturaleza es bella pero no tiene nada de coherente. Ojalá pudiera hacer retroceder el tiempo. ¿Por qué es tan escurridizo? El futuro no viene después del presente en línea recta desde el pasado, ni tampoco el presente es una línea recta. El futuro es imaginario y siempre puede ser anulado.

«Sobre todo si deciden matarme.»

Una parte del oro de Filipinas, el equivalente a unos cuantos billones de dólares, fue embarcado a Génova a bordo del portaaviones President Eisenhower, y después trasladado a diversos bancos de Suiza en un convoy fuertemente protegido.

El resto... un secreto envuelto en misterio, guardado tras mil cerraduras de criptonita desde principios de la década de 1960, custodiado por cincuenta y cuatro fideicomisarios, en depósitos de Teresa y en las montañas selváticas de Irian Joya, Indonesia. Los fideicomisarios trabajaban de manera independiente, sin conocerse unos a otros. Pero estaban coordinados por una serie de directores del complejo industrial-militar, quienes a su vez eran controlados por su superior jerárquico. Y por encima de ellos, en el vértice de la pirámide, Octopus: menos de una docena de miembros, estrechamente unidos y financieramente entrelazados. Los controladores de la riqueza del planeta, hombres cuyo poder hacía girar el mundo.

Reed tragó saliva y puso mala cara. Durante varios segundos siguió mirando al frente. El gobierno utilizaba el oro oculto en Suiza como garantía monetaria de un programa comercial extraoficial con derecho ilimitado de giro sobre los depósitos. El dinero, poco más de doscientos veinte billones de dólares, estaba depositado en treinta cuentas de Citibank. Su banco. Otra pausa. Se le crispó el rostro. De todos modos, el gobierno no era la única entidad con acceso a ese dinero.

Mediante cuentas espejo al margen de los libros, Octopus también sabía sacar provecho del dinero del gobierno, utilizándolo para acaparar los mercados mundiales mediante fusiones y adquisiciones, con tapaderas y manipulando precios. Los pensamientos de Reed eran como piedras que caían en agua estancada. El gobierno... y... Octopus. Intereses entrelazados, objetivos diametralmente opuestos. Bien, alguien había robado el dinero, y el mundo podía sufrir una desintegración financiera. Reed estaba citado a declarar, y Octopus quería respuestas... que él no tenía. El mensajero había sido muy correcto, pero en su voz había algo inexplicablemente violento. Algo que hizo a Reed desear que fuese otro quien tuviera que enfrentarse a ellos.

—Personalmente, me sorprende que pase algo así estando JR de guardia —soltó con un bufido un individuo situado justo a la izquierda del hombre al que llamaban JR. Henry Stilton era director adjunto de la CIA. JR era, en efecto, John Reed, presidente de Citibank—. A estas alturas, ni siquiera podemos empezar a calibrar las consecuencias.

Stilton contaba sesenta y pocos años y había sobrevivido a tres administraciones presidenciales. Sacudió la ceniza de su puro cubano y miró desafiante a los presentes, como si esperase que al menos uno lo contradijera.

Además de Stilton y JR, había otras dos personas sentadas a una mesa de reuniones de caoba en forma de U, en una estancia especialmente insonorizada cuya intimidad estaba garantizada por un blindaje de Faraday e interceptores de radiofrecuencia de banda ancha.

—Henry, no insinuarás que en nuestras medidas de seguridad hay deficiencias o falta de supervisión. ¿Verdad? —John Reed tenía una voz de barítono profunda y melosa, acentuada por años de tabaco y bebida.

«Bud», para sus amigos, era un conservador reaganiano de setenta y cinco años, con lo que superaba en edad a todos los presentes. En los pasillos del poder se decía que, si antes era más fácil ver a un presidente de Estados Unidos que a Bud Reed, ahora era claramente distinto.

—Bueno, no sé, Bud. ¿Cómo lo llamarías tú? Tienes más agujeros que un colador. No lo tomes como algo personal. Me ciño a los hechos.

—Caballeros, melodramas aparte, estamos en un aprieto de esos que pasan una vez en la vida y en el que, lamento decirlo, ojalá yo nunca me hubiera visto implicado.

El hombre se quitó el abrigo cruzado de pelo de camello y lo colgó pulcramente en el respaldo de su asiento. Hablaba con suavidad, como si escuchase el sonido de su voz, acariciando cada sílaba al deslizarse de su boca. Con cincuenta y tres años, era el más joven del grupo, vicepresidente de Goldman Sachs y presidente honorario del poderoso Grupo Bilderberger. No era sobrino de nadie. Tampoco había estudiado en Yale. De hecho, no había completado los estudios universitarios, pero tenía un gran talento para las finanzas. Su nombre era James F. Taylor. La «F» correspondía a Francis, el apellido de soltera de su madre. Sabía de qué hablaba. Nadie en la mesa podía dudarlo.

Reed arrugó la nariz y parpadeó unas cuantas veces.

—El sistema es hermético —insistió.

—¿Ah, sí? —intervino un hombre calvo y fornido de Tejas—. Entonces, ¿dónde está el dinero?

Oficialmente, era un analista de alto rango del Departamento de Estado. Extraoficialmente, ocupaba un puesto de responsabilidad en la Unidad de Estabilización Política, una rama de los servicios de inteligencia de Estados Unidos conocida como Operaciones Consulares. Su nombre era Robert Lovett. Lo describían como «arquitecto de la Guerra Fría» y había sido ejecutivo de un viejo banco de Wall Street llamado Brown Brothers Harriman.

—Es hermético, ¡creedme! —Dio un puñetazo sobre la mesa.

—Puedes repetirlo ad nauseam, Bud. Sólo falta que te quites la ropa como en el sesenta y ocho para demostrar tu sinceridad...

—Dadme un tiempo y lo recuperaré. Lo juro.

—Mejor que así sea —replicó Taylor—. De lo contrario, la desaparición del dinero provocará el hundimiento de la economía mundial.

—Yo haré...

—Bud, ese dinero es el mecanismo de control de los intereses financieros de Octopus —lo interrumpió Stilton—. Es decir, nuestros intereses privados, en caso de que no lo hayas entendido.

—O sea, un instrumento de peso y una salvaguarda contra las políticas económicas de los gobiernos soberanos —apuntó Taylor.

—Bud, ¿cómo demonios se supone que vamos a construir un imperio si no tenemos ni un centavo a nuestro nombre? —dijo Lovett. Hizo una pausa y añadió—: En este momento somos un imperio de víctimas. Señor, vaya mierda... —Se dio una palmada en la rodilla—. A mí, por lo pronto, no me gusta ser víctima, Bud. Así que sé bueno con nosotros y encuentra ese dinero.

—¿De cuánto estaríamos hablando? —inquirió Stilton, para a continuación levantar una reluciente bota sobre el brazo del sillón y apretar la boca.

—¿Una cifra aproximada? En torno a doscientos billones —contestó Taylor.

Stilton se rascó las axilas, pensativo.

—No se preocupen, caballeros —dijo Reed—. En cuanto averigüemos cómo lograron los autores anular los múltiples sistemas de seguridad y apoderarse de nuestros fondos, tendremos una idea clara de dónde se encuentran. —Tragó saliva—. Apostaron fuerte y les dio resultado. En cualquier caso, el dinero no es el factor determinante de la riqueza. Pero sí nuestro poder.

—Bud, tu argumentación hueca es propia del positivismo lógico, con una huella característica no de un pensador original sino de un sicofante bizantino. —Taylor le apretó el brazo contra su cuerpo—. Tienes una semana para encontrar el dinero.

Reed se liberó impulsivamente.

—Una semana.

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3

En el motel Merry Kone, había que abandonar la habitación a las once. La mayoría de los huéspedes eran camioneros y viajantes que se iban al despuntar el día. El ingreso se hacía al mediodía, pero pocas personas se registraban en el Merry Kone antes de ponerse el sol. Shawnsee, Oklahoma, no era exactamente una atracción turística.

«Qué extraño...», pensó la mujer de la limpieza. Miró su reloj de plástico. Las doce treinta y cuatro. Hinchó con sorna los orificios nasales. Dudó un instante, acercó la oreja a la puerta y escuchó durante unos segundos. De pronto, llamó al contrachapado.

Nada.

Volvió a llamar, esta vez con insistencia e irritación. El sonido era hueco, como si lo causara el bulto robusto de un puño cerrado. Entonces, la mujer abrió con una tarjeta.

—¿Hola?

Se detuvo un momento antes de entrar con decisión. Los pesados visillos permanecían corridos. La cama estaba sin hacer, pero la habitación no parecía ocupada. La mujer entró en el cuarto de baño.

Se quedó boquiabierta. Al salir, estaba pálida. Era como si dentro del pecho tuviera un globo que le impidiera respirar. De repente, llenó el aire un grito desgarrador:

—¡Dios santo...! Por favor, que alguien me ayude. ¡Hay un hombre muerto en la bañera!

Entró enseguida otra mujer de la limpieza, seguida del recepcionista. Se quedaron los tres clavados en el suelo.

—Lucía... —le dijo el recepcionista a la asistenta, empujándola fuera—. Por favor, cierra la puerta y espera abajo. Yo llamaré a la policía.

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4

La parte más profunda de la naturaleza humana cubre el planeta con una nauseabunda capa viscosa de rechazo.

Un hombre con gafas oscuras de diseño y manos como hojas de hacha paseaba tranquilamente por la Piazza del Popolo, frente a un viejo y calvo vendedor de salchichas de rostro arrugado y unos niños gritones que iban de excursión. En el otro lado de la Piazza, en un hueco entre los edificios, se levantaba Santa Maria del Popolo, una de las primeras iglesias renacentistas de Roma, famosa por albergar el Martirio de san Pedro y la Conversión de san Pablo de Caravaggio, y la Capilla Chigi de Rafael.

Se llamaba Curtis Fitzgerald, tenía cuarenta y un años y era ranger del ejército y miembro del Décimo Grupo de Fuerzas Especiales de Estados Unidos. Lo apodaban el Guerrero Celta, y era evidente que para ese alto filadelfiano su imponente tamaño suponía una gran ventaja. Era un hombre de muchos proyectos, y a todas luces su cuerpo era uno de ellos. Curtis había sido durante años especialista de «gama alta». En la jerga de los servicios de inteligencia, la expresión «gama alta» se refería a alguien acreditado para acceder a niveles de alto secreto. Y tras casi dos décadas de servicio, a Curtis aún le gustaba su trabajo.

Tal vez para concentrarse mientras dudaba entre varias direcciones, o quizá porque observaba ahí cierta oculta relación con su apuro actual, Curtis volvió a pensar en su última misión.

El último trabajo lo había llevado a Bagram, una antigua base aérea soviética situada a unos quinientos kilómetros al norte de Kabul, capital de Afganistán. Una causa «de cinco estrellas», concebida para mejorar el estilo de vida de esos «nauseabundos pastores de cabras», como los habían definido sus superiores. Durante la invasión soviética de los años ochenta, fue siempre el reducto más seguro del país, nunca en peligro real de ser atacado. Ahora era el principal centro de detención de los más duros y aguerridos prisioneros y simpatizantes de Al Qaeda. Bagram está situada en una llanura rodeada de cumbres nevadas, un escenario espectacular, la clase de propiedad inmobiliaria que en Estados Unidos estaría bien regada y llena de campos de golf.

Curtis era «senior E», contraseña de investigador principal en un equipo especial de tres hombres. Los aliados habían capturado un HVT, un objetivo de alto valor, alguien que al parecer tenía contactos directos con Osama bin Laden. Cuando llegó Curtis, el Prisionero n.º 178 ya estaba esperando en una tienda militar junto con personal de alto rango, analistas del ejército y agentes de contraespionaje. La zona que albergaba los prisioneros era un enorme campo con límites de adobe que, en otro tiempo, antes de la sequía, había sido un exuberante huerto de manzanos. Dentro había ocho tiendas de gran tamaño, cada una con sus faldones permanentemente subidos y rodeadas por tres rollos de alambre. El cometido de Curtis consistía en evaluar la importancia de cierto prisionero para los servicios de inteligencia, un arte impreciso para cuya ejecución se apoyaba, en buena medida, en su perseverancia y sus instintos.

—¿Por dónde entraste en Pakistán? —preguntó con su voz retumbante.

—Por Lahore —contestó el prisionero. Era mayor, quizá cincuenta y tantos, estaba ligeramente herido en el costado y en una mano, y temblaba de frío.

—¿Por qué entraste en Pakistán por Lahore?

—Allí me llevó el billete.

—¿Quién le dijo al representante de la compañía aérea que tu ciudad de destino sería Lahore?

—Yo.

—¿Por qué querías ir allí?

—Seguía instrucciones.

Curtis frunció el ceño. El interrogatorio estaba siguiendo una pauta desalentadoramente improductiva. Siguió adelante.

—¿Quién te pidió que fueras a Lahore?

—El imán de mi mezquita.

—¿Y él por qué te dijo que entraras en Pakistán por Lahore?

—Allí hay un hotel para inmigrantes.

—¿Cómo se llama?

—No me acuerdo.

—Describe el aspecto del hotel.

—Era grande.

—¿Cómo de grande exactamente?

—Muy, muy grande.

—Cuando digo exactamente, quiero que lo describas con detalle.

—De acuerdo.

—¿Cómo de grande era exactamente el hotel en el que te alojaste siguiendo instrucciones del imán?

Esperó a que el prisionero hablara. Y siguió esperando, pues Curtis, como interrogador, disponía de todo el tiempo del mundo.

—Muy, muy, muy grande —fue la respuesta.

Este absurdo prosiguió durante horas. El Prisionero n.º 178 decía no recordar el nombre del hotel, los nombres de sus amigos en su Argelia natal, el nombre de su patrona, ni siquiera el nombre del imán de la mezquita. Para Curtis, aquello era increíble. En los recovecos de la mente donde regía la lógica, Curtis sabía que era imposible que tantos presos hubieran olvidado tantas cosas. Lo que desconcertaba a otros interrogadores era la mecánica refutación de lo evidente. Y al estar prohibido castigar a nadie por no cooperar, no podían hacer nada al respecto. Curtis siguió adelante.

—¿Con quién tenías que reunirte en el hotel?

—Con un hombre.

—¿Quién te dijo que te reunieras con él en el hotel?

—El imán.

—¿Cómo se llamaba el hombre?

—No me acuerdo.

—¿Cómo ibas a reconocerlo?

—No lo sé.

—Descríbelo.

—Era un hombre con barba.

Curtis había pasado más de seis horas con el Prisionero n.º 178. Ambos estaban fatigados y muertos de frío. La noche había sido una pérdida de tiempo. Curtis dio por terminada la sesión, le dijo al guardia que devolviera el preso a las jaulas y se levantó para irse. Mientras recogía sus cosas, advirtió en la mesa un papel con la palabra «dueño» garabateada. La había escrito para sí mismo mientras el Prisionero n.º 178 farfullaba algo. Era un recordatorio para preguntarle quién era el propietario de la casa en que se había alojado en Jalalabad.

El prisionero se había levantado de la silla metálica, y el policía militar ya le había puesto el saco de arpillera sobre los ojos y lo acompañaba a la salida. Curtis, todavía con el papel en la mano, rodeó la mesa, alzó el borde de la capucha y, mucho más alto que él, preguntó:

—¿De quién es la casa de Jalalabad?

—De Al-Jezari —respondió el Prisionero n.º 178 sin vacilar.

Entonces irguió la cabeza con una sacudida que podría haber sido provocada por una descarga eléctrica. Había pronunciado un nombre. Se le había escapado. Había sido un pequeño error, pero para Curtis aquello probaba que en Afganistán era posible romper el código de silencio.

Al otro lado de la calle, las tiendas de souvenirs exhibían grandes pósteres de esa famosa escena de la Capilla Sixtina, aquella en la que Dios se inclina y casi toca el dedo de Adán. «A lo mejor Adán y Dios están señalándose mutuamente —pensó Curtis por un instante—, desafiándose uno a otro a asumir la responsabilidad de lo que sólo puede ser una Creación bastante caótica.» Curtis sentía respeto hacia Dios igual que lo sentía hacia un arma cargada, o hacia la mano que la sostenía. «Dios es la única cosa segura que hay», pensaba el ranger del ejército.

De pronto notó una ligera vibración en el bolsillo interior de la chaqueta. Una BlackBerry en versión militar. El sistema de mensajes de texto era un algoritmo flotante conectado al teclado. Imposible para los hackers. Pulsó la tecla de mensajes entrantes y luego un código de paso. «Por favor, teclea protocolo de e-mail», se leía en la pantalla. Curtis escribió SERIAL ECO 99. Al cabo de unos instantes, apareció un mensaje: «Akira Shimada, alto comisionado de la ONU, Roma, via Giustiniani, 11h 15m, mañana.»

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5

Simone Casalaro entró en el aula con ímpetu, tapada hasta las orejas. Se sacudió la nieve de las botas y se quitó el abrigo, que al instante dejó doblado sobre el respaldo de una silla. Abrió el maletín con un fuerte clic, sacó sus notas y lo cerró con otro clic. Noventa y cinco pares de ojos observaban todos sus movimientos. La clase de literatura del Renacimiento de la señora Casalaro en la Universidad Cornell de Ithaca, Nueva York, era la preferida del campus, sólo eclipsada por la clase de música folk que daba un intérprete de Nashville, famoso en otro tiempo pero ya retirado. El primer día de clase de la señora Casalaro, los alumnos eran recibidos con una brusquedad fingidamente imperiosa:

—Hoy compraréis el libro de Dante y empezaréis a leerlo enseguida. Leed cada palabra. No os saltéis párrafos. En Dante no hay fragmentos aburridos. Apagad la televisión, guardad el iPod, quitaos de encima el reproductor de CD y cualquier otro artefacto estúpido. A Dante hay que paladearlo, saborearlo, masticarlo, diseccionarlo y olerlo. Quiero que lo acariciéis y que sea temporalmente vuestro compañero de juegos.

La sala estalló en aplausos y algunas risitas. Simone era una actriz excepcional, con un estilo extravagante, único, que ninguno de los profesores del campus era capaz de imitar. Sentía pasión por su materia y tenía una habilidad especial para la provocación. Pero, más importante, lograba animar la imaginación de sus estudiantes, un regalo que ellos conservarían durante el resto de su vida.

—Hace cien años —empezó—, Flaubert, en una carta a su amante, hizo la siguiente observación: «¿Qué erudito lo sería si sólo conociera media docena de libros?» —Hizo una pausa y recorrió la sala con la mirada—. Este trimestre estudiaremos la Divina Comedia, que podemos describir simplemente como una alegoría.

»La alegoría de Dante, sin embargo, es más compleja, y analizaremos otros niveles de significado, como el histórico, el moral, el literal y el analógico. De todos modos, no buscaremos el alma de la Italia de la época en la obra de Dante, sino que indagaremos el genio individual. El desarrollo del arte de la descripción a lo largo de los siglos debe ser abordado en función del prodigioso ojo de un genio.

»Dante es este genio, y su ojo, como veremos en la Divina Comedia —ralentizó el ritmo—, es un órgano complejo que produce gradualmente las combinaciones de colores para nuestro disfrute, pues al leer, pensar y soñar debéis advertir y acariciar los detalles. Dejemos para otros los trillados clichés, las tendencias populares y los comentarios sociales. —Cruzó la sala a toda prisa hacia la pizarra, donde dibujó frenéticamente el perfil del rostro de Dante—. Cualquier obra de arte es una creación del mundo nuevo. Un gran escritor es siempre un gran hechicero, un creador de fantasías y mundos mágicos. Y, en nuestro caso, Dante es un creador supremo de ficción.

Una chica alta y flacucha de la primera fila levantó la mano.

—Profesora Casalaro, el año pasado me dijeron que se aprende mucho sobre la gente y su cultura leyendo novelas históricas. Si leemos a Dante, ¿conoceremos la Italia de su tiempo?

Simone sintió vergüenza ajena. El profesor Botkin, que había impartido los clásicos del siglo xix durante los últimos cinco años en la misma aula, tenía fama de dedicar bastante más tiempo a la vida sexual de los autores que a su obra. Los alumnos llamaban a su asignatura «SexLit».

Simone miró a la estudiante y sonrió.

—¿Alguien cree de veras que se puede aprender algo del pasado a partir de bestsellers encuadrados en la categoría de novelas históricas? —Desechó la idea con un ademán—. ¿Podemos confiar realmente en el retrato que hace Jane Austen de la Inglaterra de los terratenientes cuando ella sólo conocía el recibidor de un clérigo? Los que busquen hechos sobre la Rusia provinciana no los encontrarán en Gogol, quien, por cierto, pasó la mayor parte de su vida en el extranjero. La verdad es que las grandes obras de arte son grandes cuentos de hadas, y este trimestre nos centraremos en uno de los más extraordinarios de todos los tiempos.

—¿Señora Casalaro? —un hombre llamó a Simone, dejando la puerta del aula ligeramente entreabierta—. Lamento molestarla. ¿Podríamos hablar un momento, por favor?

Había algo embarazoso en su conducta. Simone le echó un vistazo rápido, miró el reloj del extremo opuesto del aula y levantó el índice.

—Estaré con usted en dos minutos.

El hombre hizo un breve gesto de asentimiento.

—Esperaré fuera.

—De acuerdo. —Simone sonrió y se estremeció por un instante; sintió que la envolvía un escalofrío. Miró el reloj. Faltaban dos minutos para las dos.

»Aunque los dos grandes acontecimientos por los que el siglo xv supuso un viraje decisivo en la historia, la invención de la imprenta y el descubrimiento del Nuevo Mundo, aún quedaban lejos, aquélla fue una época de grandes hombres, de libertad de pensamiento y de expresión, de acciones brillantes y osadas. —Advirtió un movimiento general en el aula—. Antes de iros... —dijo Simone, alzando la voz mientras se acercaba al dibujo de Dante—, recordad que en el estudio de Dante lo que más nos interesa no es el activista político sino el gran artista del Renacimiento, su poderosa imaginación y peculiar visión del mundo.

La chica de la primera fila pareció vacilar mientras volvía a leer el folleto del curso que Simone le había dado al principio de la clase. Un chico pecoso preguntó desde la última fila:

—Profesora Casalaro, ¿cómo puede ser a la vez poema y comedia?

—Me alegra que lo preguntes —dijo Simone—. Dante llamó al poema Comedia porque los poemas del mundo antiguo se clasificaban como Altos (Tragedia) y Bajos (Comedia). Los poemas bajos tenían finales felices y trataban sobre temas cotidianos o vulgares, mientras que los altos se dedicaban a cuestiones más serias. De hecho, el adjetivo «Divina» se añadió mucho después, en 1555, en la edición de Ludovico.

Sonó el timbr y el aire se impregnó del familiar murmullo. Mientras los alumnos iban saliendo en fila, Simone sintió una calidez conocida. «¿Por qué enseñas literatura?», le preguntó una vez su hermano Danny. «Porque me encantan las historias, cariño.»

—Señora Casalaro —la voz del hombre era firme y nasal, pero tranquila—, soy el detective Lyndon Torekull.

Simone tragó saliva. Le entró el pánico. Se estrecharon la mano. La de ella estaba pegajosa y flácida.

—¿Qué ocurre, detective? —preguntó—. ¿Ha pasado algo?

Las manos se le agarrotaron instintivamente mientras miraba al hombre a los ojos, y acto seguido apartó los suyos. El rostro que tenía delante era delgado y arrugado. Se trataba de un hombre recio, que lucía tejanos y un abrigo sobre un grueso jersey rojo de cuello vuelto, y mostraba una sonrisa autoprotectora de disculpa.

Él dudó un instante, se aclaró la garganta y dijo, con voz sombría:

—Señora Casalaro... —Torekull buscaba las palabras adecuadas.

Algo se removió dentro de Simone.

—¿Qué ocurre? —dijo con voz apenas audible.

—Señora Casalaro..., Danny..., quiero decir, hemos encontrado...

Simone se quedó helada. Sin abrir la boca, se sentó en el borde de la mesa.

—Señora Casalaro —continuó el hombre—, esta mañana hemos encontrado el cadáver de su hermano en un motel de Shawnsee, Oklahoma. Parece haberse suicidado.

Simone notó una asfixiante tensión en la garganta. Le pareció que iba a ser aplastada por el peso del mundo. Apartó la mirada de Torekull. Durante unos instantes, sus ojos quedaron fijos en un resplandor extraño que se deslizaba por la mejilla de Dante, pintada en la pizarra.

—Señora Casalaro, nos consta que usted es el único pariente vivo de Danny. —El detective Torekull metió la mano en el bolsillo y le dio a Simone varias fotos escaneadas de un hombre muerto. Simone se obligó a mirar. Se le vino el mundo encima. El hombre de las fotos era su hermano Danny.

Unos días antes, Danny le había dicho que iría a Shawnsee a traer en bandeja la cabeza de Octopus.

Las últimas palabras de ella fueron:

—Ten cuidado, por favor, Danny. Todo esto me da mala espina.

Él sonrió.

—Estaré de vuelta en un par de días y comeremos helado, hermanita.

Ella fingió no haberle oído. «Ten cuidado, por favor.» Esas palabras se dicen a menudo, pero en boca de Simone no eran mecánicas. Reflejaban sus sentimientos, su admiración por lo que él hacía, por su resolución: hacer el bien en nombre de aquellos que habían padecido la codicia y la avaricia.

Danny era periodista de investigación, diez años más joven que ella, políticamente incorrecto, idealista e incorruptible. En el transcurso de más de cinco años de investigación sobre lo que Danny llamaba «un conciliábulo de algo más de veinte personas que controlan la mayor parte de la riqueza del mundo», se había granjeado enemigos para más de una vida. Había sido amenazado, obligado a salirse de la carretera y tiroteado varias veces. El año anterior, su coche fue registrado por oficiales del Departamento del Sheriff de Tennessee, supuestamente en busca de drogas. Ese mismo verano pasó tres semanas en el hospital tras ser golpeado con una palanca por un presunto ladrón. Nunca encontraron al agresor. Sólo quedaron las secuelas de su trabajo: una cicatriz de diez centímetros en la parte posterior del cuello. Pero Danny seguía imperturbable.

Simone sostenía con ambas manos una fotografía, por miedo a que se le cayera, como si fuera algo frágil y muy valioso. Hizo un esfuerzo por concentrarse y mirar. ¿Era posible que se tratase de un error cruel? Ese hombre desnudo ¿podía parecerse a Danny? Por un momento creyó que iba a vomitar. Tragó saliva con dificultad. Luego miró fijamente la foto. Danny tenía las venas cortadas, se veía una botella de alcohol sobre una gastada alfombrilla de baño. Miró al detective, suplicándole respuestas con los ojos.

—Esta fotografía ha sido tomada hace menos de dos horas —dijo él—. En la habitación del motel.

Mientras Simone miraba el cuerpo sin vida, su conmoción y repugnancia iniciales dieron paso a un súbito ataque de ira.

—¿Quién le ha hecho esto?

—Señora Casalaro —dijo el detective Torekull—, nuestros informes preliminares sugieren que él mismo se infligió las heridas. Lo siento mucho.

Ella devolvió las fotografías al detective, que permaneció de pie.

—Dios mío... —murmuró Simone—. ¿Por qué?

«Ten cuidado», gritó Simone a su espalda. Aquélla fue la última imagen que tuvo de Danny: con zapatillas y sin calcetines, saliendo por la puerta a toda prisa. Su «estaré de vuelta en un par de días» se perdió en el fuerte silbido del viento. Se cerró la puerta. Simone oía a Danny bajar las escaleras saltando los peldaños de tres en tres. «Nos vemos en un par de días.» Simone lo observó cruzar la calle, por el asfalto negro, sobre los neumáticos de camión apoyados en la baranda junto a la tienda de accesorios para bicicletas, el color verde de un pub irlandés..., todo aquello desfiló ante ella por centésima vez.

«No te preocupes, todo le irá bien, como siempre», intentó decirse a sí misma. Pero esta vez no fue así. Había algo que fallaba. Acaso fuera intuición femenina. Se volvió y corrió a la puerta. «No, Simone, te estás volviendo paranoica.» Fue al cuarto de baño y se echó agua en la cara. De repente notó que se le doblaban las rodillas. Se agarró al lavabo. Luego se miró al espejo. El vértigo se apoderó de ella. Lo que veía en esa mujer que la miraba eran las mismas emociones que llenaban su subconsciente: el miedo. No, esta vez era algo que iba más allá del miedo. Era terror. Dio una bocanada y respiró unos momentos de forma entrecortada. «Danny, ten cuidado, por favor», susurró entonces.

Torekull seguía de pie, y al estar erguido parecía más bajo. Los asustados ojos de Simone lo veían suspendido entre el mundo de ella y el de Danny. La voz de Torekull continuaba llenándole la cabeza y embotándole los sentidos.

Había dicho: «Señora Casalaro, esta mañana hemos encontrado el cadáver de su hermano en un motel de Shawnsee, Oklahoma... En un motel de Shawnsee, Oklahoma... Shawnsee, Oklahoma.» Simone intentó cambiar de posición, sin saber si quedarse de pie o sentarse. La voz de Torekull estaba en todas partes. Se llevó las manos a la espalda, y las mantuvo apretadas.

—Él es todo lo que tengo... He estado esperando que viniera a casa con un helado —dijo con un hilo de voz.

Torekull se aclaró la garganta con escasa elegancia.

—Señora Casalaro, ¿le dijo Danny por qué iba a Shawnsee?

—No sé. Vamos, no me acuerdo. —Se le crispó la cara. Torekull frunció el ceño. Ella intentó contener las lágrimas—. No es verdad. Era un caso de corrupción a alto nivel. —Se apartó las manos de la cara y las deslizó hasta las rodillas, que agarró con firmeza.

Rebobinó la mente hasta tres semanas antes. Nunca había visto a Danny tan serio: «Simone, la mitad del Departamento de Policía de Nueva York está podrida. Aceptan sobornos. Si me pasa algo, no confíes en ellos, a menos que estés totalmente segura, claro.»

La asustó el temblor en la voz de Danny, que advirtió la expresión de miedo en la cara de su hermana. Una arruga alrededor de la boca.

Él comprendió. «No te preocupes. Sólo son unos corruptos. Cuento allí con un par de contactos, pero no tienen modo de desenmascarar la corrupción sin comprometer docenas de bazas en operaciones paralelas.»

Torekull esperó y luego consultó la hora.

—En la habitación de su hermano encontramos una nota manuscrita. —Introdujo de nuevo la mano en el bolsillo del abrigo y sacó un duplicado de lo que la policía había hallado en Shawnsee. Simone fijó la mirada en las tres líneas impresas.

simone, lo siento, PERO ya no puedo seguir. siempre he intentado hacer lo correcto. por favor, intenta perdonarme. danny.

—¿Quién le hizo esto? —preguntó, mirándolo con expresión de dolor—. Danny no se mató. —Su voz era fría como el hielo. Torekull vaciló—. Ésta no es su letra.

Torekull la observó. Simone estaba tensa y tenía los ojos muy abiertos. Él desplazó el peso del cuerpo y luego habló, escogiendo las palabras con cuidado:

—Señora Casalaro, una de las últimas llamadas telefónicas que hemos podido localizar la hizo a Langley. —Hizo una pausa—. El cuartel general de la CIA.

—Se ve que usted tiene todas las respuestas, detective. ¿Por qué no llama y pregunta a esas personas? Sería automático. —Miró desafiante a Torekull.

—Señora Casalaro, teniendo en cuenta el complejo de plataformas del gobierno de Estados Unidos, nada es automático. —Torekull se sentó en un taburete de acero pulido y volvió a estudiar la cara de Simone. Lo intentó de otro modo—: Si, como usted dice, su hermano fue asesinado, necesitaremos su ayuda. —Hizo una pausa—. Porque si es así, estamos hablando de asesinos profesionales, lo que significa que su vida también corre peligro.

Simone apenas le oyó.

—Gracias, detective. Lo tendré presente.

—Señora Casalaro, necesitamos de usted una declaración firmada. ¿Le importaría acompañarme?

Los ojos de Simone seguían clavados en la última imagen de Danny: con z

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