Título original: Gone with the Wind
Traducción: Juan G. de Luaces y J. Gómez de la Serna
1.ª edición: abril, 2015
© 2015 by Stephens Mitchell
© Ediciones B, S. A., 2015
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Depósito Legal: B 5733-2015
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-063-5
Maquetación ebook: Caurina.com
Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
A J. R. M.
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
PRIMERA PARTE
1
2
3
4
5
6
7
SEGUNDA PARTE
8
9
10
11
12
13
14
15
16
TERCERA PARTE
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
CUARTA PARTE
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
QUINTA PARTE
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
PRIMERA PARTE
1
Scarlett O’Hara no era bella, pero los hombres no solían darse cuenta de ello hasta que se sentían ya cautivos de su embrujo, como les sucedía a los gemelos Tarleton. En su rostro contrastaban acusadamente las delicadas facciones de su madre, una aristócrata de la costa, de familia francesa, con las toscas de su padre, un rozagante irlandés. Pero era el suyo, con todo, un semblante atractivo, de barbilla puntiaguda y de anchos pómulos. Sus ojos eran de un verde pálido, sin mezcla de castaño, sombreados por negras y rígidas pestañas, levemente curvadas en las puntas. Sobre ellos, unas negras y espesas cejas, sesgadas hacia arriba, cortaban con tímida y oblicua línea el blanco magnolia de su cutis, ese cutis tan apreciado por las meridionales y que tan celosamente resguardan del cálido sol de Georgia con sombreros, velos y mitones.
Sentada con Stuart y Brent Tarleton a la fresca sombra del porche de Tara, la plantación de su padre, aquella mañana de abril de 1861, la joven ofrecía una imagen linda y atrayente. Su vestido nuevo de floreado organdí verde extendía como un oleaje sus doce varas de tela sobre los aros del miriñaque y armonizaba perfectamente con las chinelas de tafilete verde que su padre le había traído poco antes de Atlanta. El vestido se ajustaba maravillosamente a su talle, el más esbelto de los tres condados, y el ceñido corsé mostraba un busto muy bien desarrollado para sus dieciséis años. Pero ni el recato de sus extendidas faldas, ni la seriedad con que su cabello estaba suavemente recogido en un moño, ni el gesto apacible de sus blancas manitas que reposaban en el regazo conseguían encubrir su personalidad. Los ojos verdes en la cara de expresión afectadamente dulce eran traviesos, voluntariosos, ansiosos de vida, en franca oposición con su correcto porte. Los modales le habían sido impuestos por las amables amonestaciones y la severa disciplina de su madre; pero los ojos eran completamente suyos.
A sus dos lados, los gemelos, recostados cómodamente en sus butacas, reían y charlaban. El sol los hacía parpadear al reflejarse en los cristales de sus gafas, y ellos cruzaban al desgaire sus fuertes, largas y musculosas piernas de jinetes, calzadas con botas hasta la rodilla. De diecinueve años de edad y rozando los dos metros de estatura, de sólida osamenta y fuertes músculos, rostros curtidos por el sol, cabellos de un color rojizo oscuro y ojos alegres y altivos, vestidos con idénticas chaquetas azules y calzones color mostaza, eran tan parecidos como dos balas de algodón.
Fuera, los rayos del sol poniente dibujaban en el patio surcos oblicuos bañando de luz los árboles, que resaltaban cual sólidas masas de blancos capullos sobre el fondo de verde césped. Los caballos de los gemelos estaban amarrados en la carretera; eran animales grandes, jaros como el cabello de sus dueños, y entre sus patas se debatía la nerviosa traílla de enjutos perros de caza que acompañaban a Stuart y a Brent adondequiera que fuesen. Un poco más lejos, como corresponde a un aristócrata, un perro de lujo, de pelaje moteado, esperaba pacientemente tumbado con el hocico entre las patas a que los muchachos volvieran a casa a cenar.
Entre los perros, los caballos y los gemelos hay una relación más profunda que la de su constante camaradería. Todos ellos son animales sanos, irreflexivos y jóvenes; zalameros, garbosos y alegres los muchachos, briosos como los caballos que montan, briosos y arriesgados, pero también de suave temple para aquellos que saben manejarlos.
Aunque nacidos en la cómoda vida de la plantación, atendidos a cuerpo de rey desde su infancia, los rostros de los que están en el porche no son ni débiles ni afeminados. Tienen el vigor y la viveza de la gente del campo que ha pasado toda su vida al raso y se ha preocupado muy poco de las tonterías de los libros. La vida es aún nueva en la Georgia del Norte, condado de Clayton, y un tanto ruda como lo es también en Augusta, Savannah y Charleston. Los de las provincias del Sur, más viejas y sedentarias, miran por encima del hombro a los georgianos de las tierras altas; pero allí, en Georgia del Norte, no avergonzaba la falta de esas sutilezas de una educación clásica, con tal de que un hombre fuera diestro en las cosas que importaban. Y las cosas que importaban eran cultivar buen algodón, montar bien a caballo, ser buen cazador, bailar con agilidad, cortejar a las damas con elegancia y aguantar la bebida como un caballero. Los gemelos sobresalían en estas habilidades, y eran igualmente obtusos en su notoria incapacidad para aprender cualquier cosa contenida entre las tapas de un libro. Su familia poseía más dinero, más caballos, más esclavos que ninguna otra del condado, pero los muchachos tenían menos retórica que la mayoría de los vecinos más pobres de la región.
Ésta era la razón de que Stuart y Brent estuvieran haraganeando en el porche de Tara en aquella tarde de abril. Acababan de ser expulsados de la Universidad de Georgia (la cuarta universidad que los expulsaba en dos años), y sus dos hermanos mayores, Tom y Boyd, habían vuelto a casa con ellos por haberse negado a permanecer en una institución donde los gemelos no eran bien recibidos. Stuart y Brent, consideraban su última expulsión como una broma deliciosa, y Scarlett, que no había abierto con gusto un libro desde que saliera, un año antes, de la academia femenina de Fayetteville, lo encontraba tan divertido como ellos.
—Ya sé que ni a Tom ni a vosotros dos os importa que os hayan expulsado —dijo—. Pero ¿qué me decís de Boyd? Está decidido a instruirse, y vosotros le habéis hecho salir de las universidades de Virginia, de Alabama y de Carolina del Sur, y ahora de la de Georgia. A ese paso no acabará nunca.
—¡Oh! Puede estudiar leyes en el despacho del juez Parmalee, en Fayetteville —contestó Brent despreocupadamente—. Además, no importa gran cosa. Hubiéramos tenido que volver a casa de todos modos antes de fin de curso.
—¿Por qué?
—¡La guerra, tonta! La guerra va a estallar el día menos pensado, y no imaginarás que ninguno de nosotros va a seguir en el colegio mientras dure la guerra, ¿verdad?
—Ya sabéis que no va a haber guerra —replicó Scarlett, enojada—. Nadie habla de otra cosa. Ashley Wilkes y su padre dijeron a papá la semana pasada precisamente que nuestros delegados en Washington llegarían a... a un acuerdo amistoso con el señor Lincoln sobre la Confederación. Y, además, los yanquis nos tienen demasiado miedo para luchar. No habrá guerra alguna, y ya estoy harta de oír hablar de eso.
—¿Que no va a haber guerra? —protestaron con indignación los gemelos, como si se sintieran defraudados—. ¡Claro que habrá guerra, querida! —dijo Stuart—. Los yanquis pueden tenernos mucho miedo; pero, después de ver la forma en que el general Beauregard los arrojó anteayer de Fort Sumter1, tendrán que luchar o quedarán ante el mundo entero como unos cobardes. Si la Confederación...
Scarlett hizo un gesto de enfado e impaciencia.
—Si nombráis la guerra una sola vez más, me meto en casa y cierro la puerta. Nunca en mi vida he estado tan harta de una palabra como de ésta de Secesión. Papá habla de guerra mañana, tarde y noche, y todos los señores que vienen a verle se exaltan hablando de Fort Sumter, Estados, derechos y de Abraham Lincoln, hasta que me ponen tan nerviosa que de buena gana me echaría a llorar. Ése es también el tema de conversación de los muchachos que no saben hablar de otra cosa; de eso y de su Milicia. No ha habido diversiones esta primavera porque los chicos no saben hablar de otra cosa. Me alegro infinito de que Georgia esperase a que pasaran las Navidades para separarse, pues de lo contrario nos hubiera estropeado las reuniones de Pascuas. Si volvéis a decir una palabra de la guerra, me meto en casa.
Y lo pensaba como lo decía, porque no le era posible soportar mucho rato una conversación de la que ella no fuese el tema principal. Pero sonreía al hablar y, con estudiado gesto, hacía más señalados los hoyuelos de sus mejillas, y agitaba sus negras y afiladas pestañas tan rápidamente como sus alas las mariposas. Los muchachos estaban entusiasmados, como ella quería que estuviesen, y se apresuraron a disculparse por haberla disgustado. No encontraban mal su falta de interés. Parecíales mejor, por el contrario. La guerra es asunto de hombres, no de señoras, y ellos consideraban aquella actitud como prueba de la feminidad de Scarlett.
Habiendo maniobrado de este modo para sacarlos del árido tema de la guerra, volvió con interés al de su situación actual.
—¿Qué ha dicho vuestra madre al saber que os han expulsado otra vez?
Los muchachos parecieron sentirse desasosegados recordando la actitud de su madre cuando, tres meses antes, habían vuelto a casa, expulsados de la Universidad de Virginia.
—Pues mira, no ha tenido aún ocasión de decir nada. Tom y nosotros dos hemos salido temprano de casa, esta mañana, antes de que se levantase. Tom se ha quedado en casa de los Fontaine, mientras nosotros veníamos aquí.
—¿No dijo nada anoche cuando llegasteis?
—Anoche estuvimos de suerte. Precisamente cuando nosotros llegamos acababan de llevarle el nuevo caballo garañón que mamá compró en Kentucky el mes pasado, y toda la casa estaba revuelta. ¡Qué animal tan robusto! Es un gran caballo, Scarlett; tienes que decir a tu padre que vaya a verlo enseguida. Ya ha mordido al mozo que lo trajo y ha coceado a dos de los negros de mamá que fueron a buscarlo al tren en Jonesboro. Y un momento antes de llegar nosotros a casa había destrozado a patadas el establo y dejado medio muerto a Fresa, el viejo garañón de mamá. Cuando llegamos, mamá estaba en el establo, calmándolo con un saquito de azúcar; y lo hacía a las mil maravillas. Los negros estaban tan espantados que temblaban, encaramados a las vigas; pero mamá hablaba al caballo como si se tratara de una persona; y el animal comía en su mano. No hay nadie como mamá para entender a un caballo. Y cuando nos vio nos dijo: «¡En nombre del cielo! ¿Qué hacéis otra vez en casa? ¡Sois peores que las plagas de Egipto!» Y entonces el caballo empezó a relinchar y a encabritarse, y mamá dijo: «¡Largo de aquí! ¿No veis que el pobre animal está nervioso? Ya me ocuparé de vosotros cuatro mañana por la mañana.» Entonces nos fuimos a la cama, y esta mañana nos marchamos antes de que nos pudiera pescar, dejando a Boyd para que se las entendiese con ella.
—¿Creéis que pegará a Boyd?
Scarlett, como el resto del condado, no podía acostumbrarse a la manera como la menuda señora Tarleton trataba a sus hijos, ya crecidos, y les cruzaba la espalda con la fusta cuando el caso lo requería.
Beatrice Tarleton era una mujer muy activa, que regentaba por sí misma no sólo una extensa plantación de algodón, un centenar de negros y ocho hijos, sino también la más importante hacienda de cría caballar del condado. Tenía mucho carácter y a menudo se incomodaba por las frecuentes trastadas de sus cuatro hijos; y, mientras a nadie le permitía pegar a un caballo, ella pensaba que una paliza de vez en cuando no podía hacer ningún daño a los muchachos.
—Claro que no le pegará. A Boyd no le pega nunca, primero porque es el mayor y luego por ser el más menudo de la camada —dijo Stuart, que estaba orgulloso de su casi metro noventa—. Por eso le hemos dejado en casa, para que explique las cosas a mamá. ¡Dios mío, mamá no tendrá más remedio que pegarnos! Nosotros tenemos ya diecinueve años y Tom veintiuno, y nos trata como si tuviéramos seis.
—¿Montará tu madre el caballo nuevo para ir mañana a la barbacoa de los Wilkes?
—Eso quería, pero papá dice que es demasiado peligroso. Y, además, las chicas no quieren dejarla. Dicen que van a procurar que vaya a esa fiesta por lo menos en su coche, como una señora.
—Espero que no llueva mañana —dijo Scarlett—. No hay nada peor que una barbacoa que se convierte en un picnic bajo techado.
—No, mañana hará un día espléndido y tan caluroso como si fuera de junio. Mira qué puesta de sol. No la he visto nunca tan rojiza. Siempre se puede predecir el tiempo por las puestas de sol.
Miraron a lo lejos hacia el rojo horizonte por encima de las interminables hectáreas de los recién arados campos de algodón de Gerald O’Hara. Ahora, al ponerse el sol entre oleadas carmesíes detrás de las colinas, más allá del río Flint, el calor de aquel día abrileño parecía expirar con balsámico escalofrío. La primavera había llegado pronto aquel año con sus furiosos chaparrones y con el repentino florecer de los melocotoneros y de los almendros que salpicaba de estrellas el oscuro pantano y las colinas lejanas. Ya la labranza estaba casi terminada, y el sangriento resplandor del ocaso teñía los surcos recién abiertos en la roja arcilla de Georgia de tonalidades aún más bermejas. La húmeda tierra hambrienta que esperaba, arada, las simientes de algodón, mostraba tintes rosados, bermellón y escarlata en los lomos de los arenosos surcos, y siena allí donde las sombras caían a lo largo de las zanjas. La encalada mansión de ladrillo parecía una isla asentada en un mar rojo chillón, un mar cuyo oleaje ondulante, creciente, se hubiera petrificado de pronto, cuando las rosadas crestas de sus ondas iban a romperse. Porque allí no había surcos rectos y largos, como los que pueden verse en los campos de arcilla amarillenta de la llana Georgia central o en la oscura y fértil tierra de las plantaciones costeras. El campo que se extendía en pendiente al pie de las colinas del norte de Georgia estaba arado en un millón de curvas para evitar que la rica tierra se deslizase en las profundidades del río.
Era una tierra de tonalidades rojas, color sangre después de las lluvias y color polvo de ladrillo en las sequías; la mejor tierra del mundo para el cultivo del algodón. Era un país agradable, de casas blancas, apacibles sembrados y perezosos ríos amarillos; pero una tierra de contrastes, con el sol más radiantemente deslumbrador y las más densas umbrías. Los claros de la plantación y los kilómetros de campos de algodón sonreían al sol cálido, sereno, complaciente. A sus lados se extendían los bosques vírgenes, oscuros y fríos aun en las tardes más sofocantes; misteriosos, un tanto siniestros, los rumorosos pinos parecían esperar con paciencia secular, para amenazar con suaves suspiros: «¡Cuidado! ¡Cuidado! Fuisteis nuestros en otro tiempo. Podemos arrebataros otra vez.»
A los oídos de las tres personas que estaban en el porche llegaba el ruido de los cascos de las caballerías, el tintineo de las cadenas de los arneses, las agudas y despreocupadas carcajadas de los negros, mientras braceros y mulas regresaban de los campos. De dentro de la casa llegaba la suave voz de la madre de Scarlett, Ellen O’Hara, llamando a la negrita que llevaba el cestillo de sus llaves. La voz atiplada de la niña contestó: «Sí, señora», y se oyeron las pisadas que salían de la casa dirigiéndose por el camino de detrás hacia el ahumadero, donde Ellen repartiría la comida a los trabajadores que regresaban. Se oía el chocar de la porcelana y el tintineo de la plata anunciando que Pork, el mayordomo de Tara, ponía la mesa para la cena.
Al oír estos últimos sonidos, los gemelos se dieron cuenta de que era ya hora de regresar a casa. Pero tenían miedo de enfrentarse con su madre y remoloneaban en el porche de Tara, con la momentánea esperanza de que Scarlett los invitara a cenar.
—Oye, Scarlett. A propósito de mañana —dijo Brent—, el que hayamos estado fuera y no supiéramos nada de la barbacoa y del baile no es razón para que no nos hartemos de bailar mañana por la noche. No tendrás comprometidos todos los bailes, ¿verdad?
—¡Claro que sí! ¿Cómo iba yo a saber que estabais en casa? No podía exponerme a estar de plantón sólo por esperaros a vosotros.
—¿Tú de plantón?
Y los muchachos rieron a carcajadas.
—Mira, encanto. Vas a concedernos a mí el primer vals y a Stu el último, y cenarás con nosotros. Nos sentaremos en el rellano de la escalera, como hicimos en el último baile, y llevaremos a mamita Jincy para que te eche otra vez la buenaventura.
—No me gustan las buenaventuras de mamita Jincy. Ya sabes que me dijo que iba a casarme con un hombre de pelo y bigotazos negros; y no me gustan los hombres morenos.
—Te gustan con el pelo rojo, ¿verdad, encanto? —dijo Brent haciendo una mueca—. Bueno, anda; prométenos todos los valses y que cenarás con nosotros.
—Si lo prometes te diremos un secreto —dijo Stuart.
—¿Cuál? —exclamó Scarlett, curiosa como una chiquilla ante aquella palabra.
—¿Es lo que oímos ayer en Atlanta, Stu? Si es eso, ya sabes que prometimos no decirlo.
—Bueno, la señorita Pitty nos dijo...
—¿La señorita qué?
—Ya sabes; la prima de Ashley Wilkes, que vive en Atlanta. La señorita Pittypat Hamilton, la tía de Charles y de Melanie Hamilton.
—Sí, ya sé; y la vieja más tonta que he visto en toda mi vida.
—Bueno, pues cuando estábamos ayer en Atlanta, esperando el tren para venir a casa, llegó en su coche a la estación, se paró y estuvo hablando con nosotros; y nos dijo que mañana por la noche, en el baile de los Wilkes, iba a anunciarse oficialmente una boda.
—¡Ah! Ya estoy enterada —exclamó Scarlett con desilusión—. Charles Hamilton, el tonto de su sobrino, con Honey Wilkes. Todo el mundo sabe hace años que acabarán por casarse alguna vez, aunque él parece tomarlo con indiferencia.
—¿Le tienes por tonto? —preguntó Brent—. Pues las últimas Navidades bien dejabas que mosconeara a tu alrededor.
—No podía impedirlo —dijo Scarlett, encogiéndose de hombros con desdén—. Pero me resulta un moscón aburrido.
—Además, no es su boda la que se va a anunciar —dijo Stuart triunfante—. Es la de Ashley con Melanie, la hermana de Charles.
El rostro de Scarlett no se alteró, pero sus labios se pusieron pálidos como los de la persona que recibe, sin previo aviso, un golpe que la aturde, y que en el primer momento del choque no se da cuenta de lo que le ha ocurrido. Tan tranquila era su expresión mientras miraba fijamente a Stuart, que éste, nada psicólogo, dio por supuesto que estaba simplemente sorprendida y muy interesada.
—La señorita Pitty nos dijo que no pensaban anunciarlo hasta el año que viene, porque Melanie no está muy bien de salud; pero que con estos rumores de guerra las dos familias creyeron preferible que se casaran pronto. Por eso lo harán público mañana por la noche, en el intermedio de la cena. Y ahora, Scarlett, ya te hemos dicho el secreto. Así que tienes que prometernos que cenarás con nosotros.
—Desde luego —dijo Scarlett como una autómata.
—¿Y todos los valses?
—Todos.
—¡Eres encantadora! Apuesto a que los demás chicos van a volverse locos de rabia.
—Déjalos que se vuelvan locos. ¡Qué le vamos a hacer! Mira, Scarlett, siéntate con nosotros en la barbacoa de la mañana.
—¿Cómo?
Stuart repitió la petición.
—Desde luego.
Los gemelos se miraron entusiasmados, pero algo sorprendidos. Aunque se consideraban los pretendientes preferidos de Scarlett, nunca hasta aquel momento habían logrado tan fácilmente testimonios de su preferencia. Por regla general les hacía pedir y suplicar, mientras los desesperaba negándoles un sí o un no; riendo si se ponían ceñudos, mostrando frialdad si se enfadaban. Y ahora les había prometido el día siguiente casi entero: sentarse a su lado en la barbacoa, todos los valses (¡y ya se las arreglarían ellos para que todas las piezas fueran valses!), y cenar con ellos en el intermedio. Sólo por esto valía la pena ser expulsados de la universidad.
Henchidos de renovado entusiasmo con su éxito, continuaron remoloneando, hablando de la barbacoa y del baile, de Ashley Wilkes y Melanie Hamilton, interrumpiéndose uno a otro, diciendo chistes y riéndoselos, y lanzando indirectas clarísimas para que los invitaran a cenar. Pasó algún tiempo antes de que notaran que Scarlett tenía muy poco que decir. Algo había cambiado en el ambiente, algo que los gemelos no sabían qué era. Pero la tarde había perdido su bella alegría. Scarlett parecía prestar poca atención a lo que ellos decían, aunque sus respuestas fuesen correctas. Notando algo que no podían comprender, extrañados y molestos por ello, los gemelos lucharon aún durante un rato y se levantaron por fin de mala gana consultando sus relojes.
El sol estaba bajo, sobre los campos recién arados, y recortaba al otro lado del río las negras siluetas de los bosques. Las golondrinas hogareñas cruzaban veloces a través del patio, y polluelos, patos y pavos se contoneaban, rezagándose de vuelta de los campos.
Stuart bramó: «¡Jeems!» Y, tras un intervalo, un negro alto y de su misma edad corrió jadeante alrededor de la casa y se dirigió hacia donde estaban trabados los caballos. Jeems era el criado personal de los gemelos y, lo mismo que los perros, los acompañaba a todas partes. Compañero de juegos de su infancia, había sido regalado a los gemelos cuando cumplieron los diez años. Al verle, los perros de los Tarleton se levantaron del rojo polvo y permanecieron a la expectativa, aguardando a sus amos. Los muchachos se inclinaron estrechando la mano de Scarlett, y le dijeron que por la mañana temprano la esperarían en casa de los Wilkes. Salieron enseguida a la carretera, montaron en sus caballos y, seguidos de Jeems, bajaron al galope la avenida de cedros, agitando los sombreros y gritándole adiós.
Cuando hubieron doblado el recodo del polvoriento camino que los ocultaba de Tara, Brent detuvo su caballo en un bosquecillo de espinos. Stuart se paró también, mientras el criado negro retrocedía, distanciándose de ellos unos pasos. Los caballos, al sentir las bridas flojas, alargaron el cuello para pacer la tierna hierba primaveral y los pacientes perros se tumbaron de nuevo en el suave polvo rojo, mirando con ansia las golondrinas que revoloteaban en la creciente oscuridad. El ancho e ingenuo rostro de Brent estaba perplejo y demostraba una leve contrariedad.
—Oye —dijo—. ¿No te parece que debía habernos convidado a cenar?
—Eso creo —respondió Stuart—, y estaba esperando que lo hiciese pero no lo ha hecho. ¿Qué te ha parecido?
—No me ha parecido nada, pero creo que debía habernos invitado. Después de todo es el primer día que estamos en casa, no nos había visto casi ni un minuto, y teníamos un verdadero montón de cosas que decirle.
—A mí me ha hecho el efecto de que estaba contentísima de vernos cuando llegamos.
—Y a mí también.
—Y de repente, al cabo de media hora, se ha quedado casi ensimismada, como si le doliera la cabeza.
—Yo me he dado cuenta, pero no me he preocupado de momento. ¿Qué crees que le dolería?
—No sé. ¿Habremos dicho algo que la disgustase?
Ambos pensaron durante un momento.
—No se me ocurre nada. Además, cuando Scarlett se enfada, todo el mundo se entera; no se domina como hacen otras chicas.
—Sí, precisamente eso es lo que me gusta de ella. No se molesta en aparentar frialdad y desapego cuando está enfadada, y dice lo que se le ocurre. Pero ha sido algo que hemos hecho o dicho lo que ha provocado su mudez y su aspecto de enferma. Yo juraría que le alegró vernos cuando llegamos y que tenía intención de convidarnos a cenar. ¿No habrá sido por nuestra expulsión?
—¡Qué diablos! No seas tonto. Se rió como si tal cosa cuando se lo dijimos. Y, además, Scarlett no concede a los libros más importancia que nosotros.
Brent se volvió en la silla y llamó al criado negro.
—¡Jeems!
—¿Señor?
—¿Has oído lo que hemos estado hablando con la señorita Scarlett?
—¡Por Dios, señorito Brent...! ¿Cómo puede usted creer...? ¡Dios mío, estar espiando a las personas blancas!
—¡Espiando, por Dios! Vosotros, los negros, sabéis todo lo que ocurre. Vamos, mentiroso, te he visto con mis propios ojos rondar por la esquina del porche y esconderte detrás del jazminero del muro. Vaya, ¿nos has oído decir algo que pueda haber disgustado a la señorita Scarlett o herido sus sentimientos?
Así interrogado, Jeems no llevó más lejos su pretensión de no haber escuchado la charla, y frunció el oscuro ceño.
—No, señor; yo no me di cuenta de que dijeran ustedes nada que le disgustase. Me pareció que estaba muy contenta de verlos y que los había echado mucho de menos; gorjeaba alegre como un pájaro, hasta el momento en que empezaron ustedes a contarle lo de que el señorito Ashley y la señorita Melanie Hamilton se iban a casar. Entonces se quedó callada como un pájaro cuando va el halcón a echarse sobre él.
Los gemelos se miraron moviendo la cabeza, perplejos.
—Jeems tiene razón. Pero no veo el motivo —dijo Stuart—. ¡Dios mío! Ashley no le importa absolutamente nada, no es más que un amigo para ella. No está enamorada de él. En cambio, nosotros la tenemos loca.
Brent movió la cabeza asintiendo.
—¿Pero no crees —dijo— que quizás Ashley no le haya dicho a Scarlett que iba a anunciar su boda mañana por la noche y que Scarlett se ha disgustado por no habérselo comunicado a ella, una antigua amiga, antes que a nadie? Las muchachas dan mucha importancia a eso de ser las primeras en enterarse de semejantes cosas.
—Bueno, puede ser. Pero ¿qué tiene que ver que no le dijera que iba a ser mañana? Se supone que era un secreto, una sorpresa, y un hombre tiene derecho a mantener secreta su palabra de casamiento, ¿no es así? Nosotros no nos hubiéramos enterado si no se le escapa a la tía de Melanie. Pero Scarlett debía saber que él había de casarse algún día con Melanie. Nosotros lo sabemos hace años. Los Wilkes y los Hamilton se casan siempre entre primos. Todo el mundo estaba enterado de que seguramente se casarían, exactamente igual que Honey Wilkes se va a casar con Charles, el hermano de Melanie.
—Bueno, vamos a dejarlo. Pero siento que no nos convidara a cenar. Te juro que no tengo ninguna gana de oír a mamá tomarla con nuestra expulsión. No es como si fuera la primera vez.
—Tal vez Boyd la haya suavizado a estas horas. Ya sabes que es un hábil parlanchín ese gorgojo. Y sabes también que consigue siempre aplacarla.
—Sí, puede hacerlo, pero necesita tiempo. Tiene que empezar con rodeos hasta que pone a mamá tan nerviosa que se da por vencida y le pide que reserve su voz para la práctica del Derecho. No habrá tenido tiempo, sin embargo, de llevar las cosas a buen fin. Mira, te apuesto lo que quieras a que mamá está tan excitada aún con lo de su caballo nuevo que ni se dará cuenta de que estamos otra vez en casa hasta que se siente a cenar esta noche y vea a Boyd. Y antes de que termine la comida se habrá ido acalorando y poniendo furiosa. Y habrán dado las diez sin que Boyd haya conseguido tomar la palabra para decirle que no hubiera resultado digno en ninguno de nosotros continuar en el colegio después de habernos hablado el rector como nos habló a ti y a mí. Y será más de medianoche antes de que haya él conseguido darle la vuelta en tal forma que esté tan indignada con el rector que le pregunte a Boyd por qué no le pegó un tiro. No, decididamente, no podemos ir a casa hasta pasada medianoche. Es algo completamente imposible.
Los gemelos se miraron malhumorados. No tenían ningún miedo ni a los caballos salvajes ni a los peligros de la caza ni a la indignación de sus vecinos; pero les infundían un saludable pánico las clarísimas advertencias de su pelirroja madre y la fusta con la cual no tenía reparo en castigarles.
—Bueno, mira —dijo Brent—, vamos a casa de los Wilkes. Las chicas y Ashley se sentirán encantados de que cenemos allí.
Stuart pareció un poco molesto.
—No, no vayamos allí. Estarán muy ocupados preparándolo todo para la barbacoa de mañana, y además...
—¡Oh! Me había olvidado de eso —replicó Brent rápido—. No iremos, no.
Pusieron los caballos al paso y marcharon un rato en silencio, Stuart con las morenas mejillas encendidas de sonrojo. Hasta el verano anterior él había cortejado a India Wilkes, con la aprobación de ambas familias y del condado entero. El condado pensaba que tal vez la fría y comedida India Wilkes tendría sobre él una influencia sedante. Por lo menos, eso esperaban todos fervientemente. Y Stuart hubiera seguido adelante, pero Brent no estaba satisfecho. Brent le tenía afecto a India pero la encontraba muy fea y apocada y no hubiera podido enamorarse de ella sólo por hacerle compañía a Stuart. Era la primera vez que los intereses de los gemelos no estaban acordes, y Brent se sintió agraviado por las atenciones que su hermano prodigaba a una muchacha que a él no le parecía nada extraordinaria.
Entonces, el verano anterior, en un discurso político que tuvo lugar en un robledal de Jonesboro, a los dos les llamó la atención Scarlett O’Hara. La conocían desde hacía años; en su infancia había sido su compañera favorita de juegos porque sabía montar a caballo y trepar a los árboles casi tan bien como ellos. Pero ahora, ante su gran asombro, vieron que se había convertido en una bella joven, la más encantadora del mundo entero.
Se dieron cuenta por primera vez de la movilidad de sus verdes ojos, de lo profundos que resultaban los hoyuelos de sus mejillas cuando reía, de lo diminutos que eran sus manos y sus pies y de lo esbelto que era su talle. Las ingeniosas salidas de los gemelos la hacían prorrumpir en sonoras carcajadas, y, poseídos del convencimiento de que los consideraba una pareja notable, ellos se superaron realmente.
Fue aquél un día memorable en la vida de los gemelos. Desde entonces, cuando hablaban de ello, se asombraban de que no se hubieran dado cuenta antes de los encantos de Scarlett. Nunca lograban dar con la exacta respuesta, y era ésta: que Scarlett decidió aquel día conseguir que se diesen cuenta de sus referidos encantos. Era incapaz por naturaleza de soportar que ningún hombre estuviera enamorado de otra mujer que no fuese ella, y simplemente el ver a Stuart y a India Wilkes durante el discurso fue demasiado para su temperamento de predadora. No contenta con Stuart, echó también las redes a Brent, y ello con una habilidad que los dominó a los dos.
Ahora, ambos estaban enamorados de ella. India Wilkes y Letty Munroe, de Lovejoy, a quienes Brent había estado medio cortejando, se encontraban muy lejos de sus mentes. Qué haría el vencido, si Scarlett daba el sí a uno de los dos, era cosa que los gemelos no se preguntaban. Ya se preocuparían de ello cuando llegase la hora. Por el momento, se sentían muy satisfechos de estar otra vez de acuerdo acerca de una muchacha, pues no existía envidia entre ellos. Era una situación que interesaba a los vecinos y disgustaba a su madre, a quien no le era simpática Scarlett.
—Os vais a lucir si esa buena pieza se decide por uno de vosotros —observaba ella—. O tal vez os diga que sí a los dos, y entonces tendríais que trasladaros a Utah, si es que los mormones os admiten, lo cual dudo mucho... Lo que más me molesta es que cualquier día os vais a pegar, celosos el uno del otro, por culpa de esa cínica pécora de ojos verdes, y os vais a matar. Aunque tal vez no fuese una mala idea, después de todo.
Desde el día del discurso, Stuart se había encontrado a disgusto en presencia de India. No era que ésta le reprochase ni le indicara siquiera con miradas o gestos que se había dado cuenta de su brusco cambio de afectos. Era demasiado señora. Pero Stuart se sentía culpable y molesto ante ella. Comprendió que se había hecho querer y sabía que India le quería aún; y sentía, en el fondo del corazón, que no se había portado como un caballero. Ella le seguía gustando muchísimo por su frío dominio sobre sí misma, por su cultura y por todas las auténticas cualidades que poseía. Pero, ¡demonio!, era tan incolora y tan poco interesante, tan monótona en comparación con el luminoso y variado atractivo de Scarlett. Con India siempre sabía uno a qué atenerse, mientras que con Scarlett no se tenía nunca la menor idea. No basta con saber entretener a un hombre, pero ello tiene su encanto.
—Bueno, vamos a casa de Cade Calvert y cenaremos allí. Scarlett dijo que Cathleen había vuelto de Charleston. Tal vez tenga noticias de Fort Sumter que nosotros no conozcamos.
—¿Cathleen? Te apuesto doble contra sencillo a que ni siquiera sabe que el fuerte está en el muelle, y mucho menos que estaba lleno de yanquis hasta que fueron arrojados de allí. Ésa no sabe nada más que los bailes a que asiste y los pretendientes que selecciona.
—Bueno, pero es divertido oírla charlar. Y es un sitio donde esconderse hasta que mamá se vaya a la cama.
—¡Qué diablo! Me gusta Cathleen; es entretenida, y me alegrará saber de Caro Rhett y del resto de la gente de Charleston; pero que me condenen si soy capaz de aguantar otra comida sentado al lado de la yanqui de su madrastra.
—No seas demasiado duro con ella, Stuart. Tiene buena intención.
—No soy duro con ella. Me inspira muchísima lástima, pero no me gusta la gente que me inspira compasión. Y se agita tanto de un lado para otro procurando hacer las cosas bien y darte la sensación de que estás en tu casa, que siempre se las arregla para decir y hacer precisamente lo peor. ¡Me pone nervioso! Y cree que los del Sur somos unos bárbaros feroces. Siempre se lo está diciendo a mamá. La tienen asustada los del Sur. Siempre que estamos con ella parece muerta de miedo. Me hace pensar en una gallina esquelética encaramada en una silla, con los ojos en blanco, brillantes y espantados, dispuesta a agitar las alas y a cacarear al menor movimiento que se haga.
—Bueno, no debes censurarla. Le disparaste un tiro a la pierna a Cade.
—Sí, pero estaba bebido; si no, no lo hubiera hecho —dijo Stuart—. Y Cade no me ha guardado nunca rencor, ni Cathleen, ni Raiford, ni el señor Calvert. La única que chilló fue esa madrastra yanqui, diciendo que yo era un bárbaro feroz y que las personas decentes no estaban seguras entre los meridionales incultos.
—No puedes echárselo en cara. Es una yanqui y no tiene muy buenos modales; y, al fin y al cabo, le habías soltado un balazo a Cade, y Cade es su hijastro.
—¡Qué diablo! Eso no es disculpa para insultarme. Tú eres de la misma sangre de mamá y ¿se puso mamá así aquella vez que Tony Fontaine te largó a ti un tiro en la pierna? No, se limitó a llamar al viejo doctor Fontaine para que vendase la herida, y le preguntó al médico por qué había errado el blanco Tony. Dijo que preveía que la falta de entrenamiento iba a echar a perder la buena puntería. Acuérdate cómo le indignó esto a Tony.
Los dos muchachos prorrumpieron en carcajadas.
—¡Mamá es admirable! —dijo Brent, con cariñosa aprobación—. Siempre puedes contar con que ella hará lo más indicado y estar seguro de que no te pondrá en un apuro delante de la gente.
—Sí, pero estará dispuesta a ponernos en un apuro delante de papá y de las chicas, cuando lleguemos a casa esta noche —dijo Stuart con mal humor—. Mira, Brent, eso me hace presentir que ya no iremos a Europa. Ya sabes que mamá dijo que si nos expulsaban de otro colegio nos quedaríamos sin nuestro viaje alrededor del mundo.
—Bueno, ¿y qué? Nos tiene sin cuidado, ¿no es verdad? ¿Qué hay que ver en Europa? Apostaría a que esos extranjeros no nos iban a enseñar nada que no tengamos aquí en Georgia. Juraría que sus caballos no son tan rápidos ni sus muchachas tan bonitas. Y estoy completamente seguro de que ellos no tienen un whisky de centeno que pueda compararse con el que hace papá.
—Ashley Wilkes dice que no hay quien los iguale en decoraciones de teatro y en música. A Ashley le gusta mucho Europa; siempre está hablando de ella.
—Sí, ya sabes cómo son los Wilkes. Tienen la manía de la música, de los libros y del teatro. Mamá dice que es porque su abuelo vino de Virginia y que la gente de allá es muy aficionada a esas cosas.
—Buen provecho les haga. A mí dame un buen caballo que montar, un buen vino que beber, una buena muchacha que cortejar y una mala para divertirme, y que se queden ellos con su Europa. ¿Qué nos importa perder el viaje? Suponte que estuviéramos en Europa, ahora que va a estallar aquí la guerra. No podríamos volver a tiempo. Me interesa mucho más ir a la guerra que ir a Europa.
—Lo mismo me pasa a mí. Algún día... Mira, Brent, ya sé adónde podemos ir a cenar. Crucemos el pantano en dirección a la hacienda de Able Wynder. Le diremos que estamos otra vez los cuatro en casa dispuestos a hacer la instrucción.
—Es una buena idea —exclamó Brent, entusiasmado—. Y nos enteramos de las noticias del Ejército y del color que han adoptado al fin para los uniformes.
—Si es el de zuavo, prefiero cualquier cosa a alistarme con ellos. Me iba a sentir como un monigote con esos pantalones bombachos encarnados. Esos calzones de franela roja me parecen de señorita.
—¿Piensan ir a la hacienda del señor Wynder? Si van, no cenarán muy bien —dijo Jeems—. Se les murió la cocinera y no han comprado otra. Han puesto a guisar a una de las trabajadoras del campo, y me han dicho los negros que es la peor cocinera del Estado.
—¡Dios mío! ¿Por qué no compran otra?
—¿Cómo van a poder esos blancos pobretones comprar ningún negro? No han tenido nunca más de cuatro.
Había franco desprecio en la voz de Jeems. Su propia categoría social estaba asegurada porque los Tarleton poseían un centenar de negros, y, como todos los esclavos de los grandes hacendados, despreciaban a los modestos labradores que no podían tener tantos.
—¡Te voy a hacer azotar por decir eso! —exclamó Stuart con orgullo—. No vuelvas a llamar a Able Wynder blanco pobretón. Verdad es que es pobre, pero no es un cualquiera: que me condene si hay alguien, blanco o negro, que pueda compararse con él. No hay hombre mejor que él en todo el condado. Y, si no, ¿cómo iba a haberle elegido teniente la Milicia?
—Nunca lo hubiera creído, mi amo —replicó Jeems, impertérrito después de la riña de su señor—. Yo creí que elegirían a los oficiales entre la gente rica y nunca a esos pobretones de los pantanos.
—No es un pobretón. ¿Cómo se te ocurre compararle con gente como los Slattery? Ésos sí que son unos blancos pobretones. Able no es rico, sencillamente. Es un modesto hacendado, no un gran terrateniente, y puesto que los muchachos le consideran con suficiente talla para nombrarle teniente, no tiene por qué hablar de él descaradamente un negro cualquiera. La Milicia sabe lo que hace.
La milicia de caballería había sido organizada tres meses antes, el mismo día que Georgia se separó de la Unión, y desde entonces los reclutas se venían preparando para la guerra. El batallón carecía de nombre aún, aunque no por falta de sugerencias. Todos tenían su idea sobre el asunto y no se sentían dispuestos a abandonarla, de igual modo que todos tenían su idea sobre el color y el corte de los uniformes. «Los gatos monteses de Clayton», «Los devoradores de fuego», «Los húsares de Georgia del Norte», «Los zuavos», «Los rifles del interior» (aunque la Milicia iba a ser equipada con pistolas, sables y cuchillos de monte, y no con rifles), «Los Clayton grises», «Los rayos y truenos», «Los rudos y preparados», y otros muchos por el estilo. Mientras se decidía este asunto, todo el mundo, al referirse a la organización, la llamaba la «Milicia», y, a pesar del muy sonoro nombre que fue adoptado finalmente, toda la vida se la conoció por la «Milicia».
Los oficiales eran elegidos entre los propios miembros, porque nadie en el condado tenía la menor experiencia militar, excepto algunos veteranos de las guerras de México y la de los Semínolas,2 y además la Milicia hubiera rechazado como jefe a un veterano si no le hubiera querido y apreciado personalmente. Todo el mundo quería a los cuatro chicos Tarleton y a los tres Fontaine; pero, sintiéndolo mucho, se negaron a elegirlos porque los primeros se excitaban fácilmente con la bebida y eran demasiado aficionados a la jarana, y, en cuanto a los Fontaine, tenían un temperamento demasiado vivo y sanguinario. Fue elegido capitán Ashley Wilkes, porque era el mejor jinete del condado y porque se confiaba en su carácter frío para mantener cierta apariencia de orden. Fue nombrado primer teniente Raiford Calvert, porque todo el mundo quería a Raif, y Able Wynder, el hijo de un trampero del pantano y a su vez modesto hacendado, fue elegido segundo teniente.
Able era un gigante astuto y serio, inculto, de buen corazón, de más edad que los otros muchachos y de tan buenos o mejores modales que ellos con las señoras. No había muchos en la Milicia que pudieran presumir de aristócratas. Los padres y abuelos de muchos de ellos habían alcanzado la fortuna desde la clase de modestos granjeros. Además, Able era la mejor escopeta de la Milicia, un magnífico tirador capaz de vaciar un ojo a una ardilla a una distancia de setenta metros; y sabía mucho de la vida al aire libre: encender fuego bajo la lluvia, rastrear animales y encontrar agua. La Milicia se inclinaba ante el verdadero mérito, y, como además de todo esto le querían, le eligieron oficial. Recibió el honor gravemente y sin engreírse, como si le fuera debido. Pero las señoras de los grandes hacendados y los esclavos de los mismos no podían soportar el hecho de que no hubiera nacido noble, aunque a esto no le concediesen importancia los hombres.
Al principio, la Milicia había sido reclutada tan sólo entre los hijos de los hacendados y la gente acomodada, teniendo que aportar cada uno su caballo, armas, equipo, uniforme y asistente. Pero los ricos hacendados eran pocos en el nuevo condado de Clayton, y para poder reunir una milicia poderosa había sido necesario alistar más reclutas entre los hijos de los modestos granjeros, cazadores, tramperos, canteros y, en casos excepcionales, hasta entre los blancos pobres, si estaban por encima del nivel medio de los de su clase.
Estos últimos jóvenes se sentían tan deseosos de luchar contra los yanquis como sus vecinos ricos; pero se planteó la delicada cuestión del dinero. Pocos son los pequeños labradores que tienen caballos. Hacen las faenas de la granja con mulas y no suelen tener más que las absolutamente necesarias, rara vez más de cuatro. No podían prescindir de las mulas para darlas al Ejército y eso en el caso de que la Milicia las hubiera aceptado, cosa que no ocurrió. En cuanto a los blancos pobres, se consideraban potentados si tenían una mula. Los habitantes de los bosques y de los pantanos no poseen ni caballos ni mulas. Viven exclusivamente del producto de sus tierras y de la caza en el pantano, atendiendo a sus necesidades por el sistema del cambio de artículos, pues no ven una moneda de cinco dólares al cabo del año, y caballos y uniformes se hallan fuera de su alcance. Pero eran tan salvajemente orgullosos en su miseria como los hacendados en su opulencia, y no hubieran aceptado de sus ricos vecinos nada que pudiera tener apariencia de limosna. Así, para no herir los sentimientos de nadie y conseguir formar una poderosa milicia, el padre de Scarlett, John Wilkes, Buck Munroe, Jim Tarleton, Hugh Calvert y, en fin, todos los ricos hacendados del condado, con la única excepción de Angus Macintosh, habían aportado el dinero para equipar enteramente a la Milicia de caballos y hombres. El resultado del acuerdo fue que cada hacendado consintió en pagar para equipar a sus hijos y a cierto número de muchachos más, pero se hizo en tal forma que los menos afortunados pudieron aceptar caballos y uniformes sin menoscabo de su dignidad.
La Milicia se reunía dos veces por semana en Jonesboro para hacer la instrucción y rezar por el pronto estallido de la guerra. Todavía no habían terminado las gestiones para conseguir el cupo completo de caballos, pero quienes los tenían realizaban lo que ellos creían maniobras de caballería en un campo, detrás de la Audiencia; levantaban grandes nubes de polvo, se gritaban unos a otros con voz ronca y blandían las espadas de la Guerra de Independencia cogidas de la panoplia del salón. Los que no tenían aún caballos se sentaban al borde de la acera, delante del almacén de Bullard y contemplando a sus compañeros masticaban tabaco y contaban cuentos. Y también organizaban partidas de tiro al blanco. No había necesidad de enseñar a tirar a ninguno de los hombres. La mayoría de los meridionales nacen con un fusil en la mano, y el pasarse la vida cazando les ha hecho a todos tiradores.
De las casas de las plantaciones y de las cabañas del pantano llegaba para cada revista un variado surtido de armas de fuego. Se veían allí largos fusiles que habían sido nuevos cuando los montes Alleghenies fueron cruzados por primera vez, antiguallas que se cargaban por la boca y que habían despachado a más de un indio, recién creado el Estado de Georgia; pistolas de arzón que habían prestado servicio en 1812, en las guerras de los Semínolas y de México, pistolas de desafío montadas en plata, derringers de bolsillo, escopetas de caza de dos cañones y magníficos rifles ingleses, nuevos, fabricados con relucientes culatas de maderas finas.
La instrucción terminaba siempre en los salones de Jonesboro, y al caer la noche habían estallado tantas disputas que a los oficiales les era difícil evitar los accidentes sangrientos en espera de que se los ocasionasen los yanquis. Fue en uno de aquellos alborotos donde Stuart Tarleton hirió a Cade Calvert y Tony Fontaine a Brent. Los gemelos acababan de llegar a casa recién expulsados de la Universidad de Virginia, cuando se estaba organizando la Milicia, y se habían incorporado a ella con entusiasmo; pero después del episodio del tiro, hacía dos meses, su madre los mandó a la Universidad del Estado, con órdenes categóricas de permanecer allí. Habían echado mucho de menos la animación del ejercicio militar y daban por bien perdidos sus estudios con tal de volver a cabalgar, a gritar y a disparar rifles.
—Bueno, atajemos a campo traviesa para ir a casa de Able —sugirió Brent—. Podemos ir cruzando el vado del señor O’Hara y los pastos de los Fontaine y estar allí en un momento.
—No vamos a conseguir para comer más que zarigüeya y verduras —arguyó Jeems.
—Tú no vas a conseguir nada —gruñó Stuart—, porque vas a irte a casa a decir a mamá que no iremos a cenar.
—¡No, yo no! —protestó Jeems alarmado—. Yo no. No me hace gracia que la señora Beatrice me vuelva a castigar. Lo primero, me va a preguntar cómo se las han arreglado ustedes para que los echen otra vez, y después por qué no los he llevado a casa esta noche para que pudiera zurrarlos. Además me va a sacudir de lo lindo, como a una estera vieja, y voy a ser yo el que pague por todos. Si no me llevan ustedes a casa del señor Wynder me quedaré al sereno en el bosque toda la noche, y puede que me cojan las brujas; al fin y al cabo, prefiero que me cojan las brujas a que me coja la señora Beatrice cuando está enfadada.
Los gemelos le miraron perplejos e indignados.
—Es tan loco que es capaz de dejarse llevar por las brujas; y eso proporcionará a mamá tema de conversación para unas semanas. Te aseguro que los negros son un estorbo. Algunas veces pienso que los abolicionistas tienen razón.
—Realmente, no sería justo hacerle enfrentarse a Jeems con lo que a nosotros nos asusta. Bueno, vamos a tener que llevarle con nosotros. Pero, mira, negro loco y descarado, si empiezas a presumir con los negros de Wynder y a hacer alusiones a que nosotros comemos siempre pollo asado y jamón, mientras ellos sólo tienen conejo y zarigüeya, yo... yo se lo diré a mamá. Y no te dejaremos ir a la guerra con nosotros.
—¿Presumir? ¿Presumir yo con esos negros baratos? No, mi amo, tengo mejores modales. ¿No me ha enseñado educación la señora Beatrice como a ustedes?
—Pues no se ha lucido con ninguno de los tres —dijo Stuart—. En marcha, vamos deprisa.
Se echó hacia atrás en su alto caballo jaro, y, picando espuelas, le hizo saltar con agilidad la valla que separaba el prado de la plantación de Gerald O’Hara. El caballo de Brent le siguió, y luego, el de Jeems, con éste aferrado a las crines y al pomo de la silla. A Jeems no le gustaba saltar vallas, pero las había saltado más altas que aquélla para seguir a sus amos.
Mientras buscaban su camino a través de los surcos rojizos, en medio de la creciente oscuridad, desde la falda de la colina hasta llegar al vado, Brent gritó:
—¡Oye, Stu! ¿No te parece que Scarlett podía habernos convidado a cenar?
—Sigo pensando que sí —gritó Stuart—. ¿Por qué crees tú...?
1 El fuerte Sumter, levantado en la bahía de Charleston, fue escenario de uno de los primeros choques militares que enfrentaron a los yanquis con los sudistas, antes de que se declarase la guerra. (N. de los T.)
2 Las segundas guerras Semínolas que enfrentaron, de 1834 a 1842, a los norteamericanos con los indios de Florida. (N. de los T.)
2
Cuando los gemelos dejaron a Scarlett de pie en el porche de Tara y se hubo extinguido el último eco de los rápidos cascos, ella volvió a su asiento como una sonámbula. Sentía su rostro como rígido por el dolor, y su boca verdaderamente dolorida de tanto dilatarla a disgusto en sonrisas forzadas para evitar que los gemelos se enterasen de su secreto. Se sentó abrumada, en descuidada postura, con el corazón rebosante de amargura, como si no le cupiera en el pecho. Le latía con extrañas y leves sacudidas; sus manos estaban frías, y se sentía oprimida por la sensación de un desastre. Había dolor y asombro en su expresión, el asombro de una niña mimada que siempre ha tenido todo cuanto quiere y que ahora, por primera vez, se ve en contacto con la parte desagradable de la vida.
¡Casarse Ashley con Melanie Hamilton!
¡Oh, no podía ser verdad! ¡Los gemelos estaban equivocados! ¡Le habían gastado una de sus bromas! Ashley no podía estar enamorado de ella. Nadie podía estarlo de una personilla tan ratonil como Melanie. Scarlett recordó con disgusto la delgada figura infantil, la cara seria en forma de corazón e inexpresiva casi hasta la fealdad. Y Ashley llevaba varios meses sin verla. Él no había estado en Atlanta más de dos veces desde la recepción que había dado el año anterior en Doce Robles. No, Ashley no podía estar enamorado de Melanie porque —¡oh, era imposible que se equivocase!—..., ¡porque estaba enamorado de ella! Era a ella, a Scarlett, a quien él amaba. ¡Lo sabía, sí!
Scarlett oyó los pesados pasos de Mamita que hacían retemblar el piso del vestíbulo, se apresuró a adoptar una postura natural y procuró dar a su rostro una expresión más apacible. No quería que nadie sospechase que algo no marchaba bien. Mamita creía poseer a los O’Hara en cuerpo y alma, y que sus secretos eran los suyos; y el menor asomo de secreto bastaba para ponerla sobre la pista, implacable como un sabueso.
Scarlett lo sabía por experiencia; si la curiosidad de Mamita no quedaba satisfecha, pondría enseguida al corriente del asunto a Ellen, y entonces Scarlett no tendría más remedio que contárselo todo a su madre o inventar alguna mentira aceptable.
Mamita llegó del vestíbulo. Era una mujer enorme, con ojillos penetrantes de elefante. Una negra reluciente, africana pura, devota de los O’Hara hasta dar por ellos la última gota de su sangre; la mano derecha de Ellen, la desesperación de sus tres hijas y el terror de los demás criados de la casa. Mamita era negra, pero su regla de conducta y su orgullo eran tan elevados como los de sus amos. Se había criado con Solange Robillard, la madre de Ellen, una francesa distinguida, fría, estirada, que no perdonaba ni a sus hijos ni a sus criados el justo castigo por la menor ofensa al decoro. Había sido nodriza de Ellen, viniéndose con ella de Savannah a las tierras altas cuando se casó. Mamita castigaba a quienes quería. Y como a Scarlett la quería muchísimo y estaba enormemente orgullosa de ella, la serie de castigos no tenía fin.
—¿Se han marchado esos señores? ¿Cómo no los ha convidado a cenar, señorita Scarlett? Le dije a Poke que pusiera plato para ellos. ¿Es ésa su educación?
—¡Oh! Estaba tan cansada de oírlos hablar de la guerra que no hubiera podido soportarlo la comida entera, y menos con papá vociferando sobre el señor Lincoln.
—No tiene usted mejores maneras que cualquiera de las criadas. ¡Después de lo que la señora Ellen y yo hemos luchado con usted! ¿Y está usted aquí sin un chal? ¡Con el relente que hace! ¿No le he dicho y repetido que se cogen fiebres por estar sentada al relente de la noche sin nada sobre los hombros? ¡Métase en casa, señorita Scarlett!
—No; quiero estar sentada aquí contemplando la puesta de sol. ¡Es tan hermosa! Por favor, corre y tráeme un chal, Mamita. Estaré aquí sentada hasta que llegue papá.
—Me parece, por la voz, que está usted resfriándose —dijo Mamita, recelosa.
—Pues no es verdad —replicó Scarlett, impaciente—. Anda, tráeme mi chal.
Mamita volvió al vestíbulo, con sus andares de pato, y Scarlett la oyó llamar en voz baja desde el pie de la escalera a una de las criadas del piso de arriba.
—¡Tú, Rose, échame el chal de la señorita Scarlett! —Y luego más alto—: ¡Dichosas negras! Nunca están donde deben. Ahora voy a tener que subir yo a buscarlo.
Scarlett oyó crujir los peldaños y se levantó sin hacer ruido. Cuando Mamita volviese, reanudaría su sermón sobre la falta de hospitalidad de Scarlett, y ésta sentía que no podría aguantar la charla sobre un asunto tan trivial cuando le estallaba el corazón. Mientras permanecía en pie, vacilante, pensando dónde podría esconderse hasta que el dolor de su pecho se hubiera calmado algo, se le ocurrió una idea que fue como un rayo de esperanza. Su padre había ido aquella tarde a caballo a Doce Robles, la plantación de Wilkes, para proponerle la compra de Dilcey, la obesa esposa de su criado Pork. Dilcey era el ama de llaves y mujer de confianza de Doce Robles, y desde que, hacía seis meses, se había casado con Pork, éste había mareado a su amo día y noche para que comprase a Dilcey, y que pudieran así vivir los dos en la misma plantación. Y, esa tarde, Gerald, agotada ya su resistencia, salió a proponer una oferta por Dilcey.
«Seguramente —pensó Scarlett—, papá se enterará si es cierta esa horrible historia. Aunque realmente no oiga nada esta tarde, acaso note algo, tal vez perciba alguna agitación en la familia Wilkes. Si yo pudiera verle a solas antes de cenar, quizá conseguiría averiguar la verdad. Será una de las odiosas bromas de los gemelos.»
Era ya la hora de que volviese Gerald, y si quería verle a solas no tenía más remedio que esperar allí donde el sendero desembocaba en la carretera. Bajó despacio los escalones del porche, mirando con cuidado por encima de su hombro para estar segura de que Mamita no la estaba observando desde las ventanas del piso de arriba. Viendo que ningún rostro negro, tocado con cofia blanca como la nieve, atisbaba, inquisitivo, detrás de los descorridos visillos, se recogió valientemente las floreadas y verdes faldas y corrió camino abajo, hacia la carretera, tan velozmente como sus pequeñas y elegantes chinelas, atadas con cintas, se lo permitieron.
Los oscuros cedros que crecían a ambos lados del enarenado camino formaban un arco sobre su cabeza, convirtiendo la larga avenida en sombrío túnel. Tan pronto como estuvo debajo de los nudosos brazos de los cedros, comprendió que se hallaba a salvo de la curiosidad de los de la casa y aflojó su rápido paso. Estaba jadeante porque llevaba el corsé demasiado apretado para permitirle correr muy deprisa, pero caminaba rápidamente. Pronto llegó al final del camino y a la carretera, pero no se detuvo hasta dar vuelta a un recodo que dejaba un bosquecillo entre ella y la casa.
Sofocada, anhelante la respiración, se sentó en un tocón a esperar a su padre. Había pasado ya la hora de su regreso, pero Scarlett se alegraba de aquel retraso. La demora le daría tiempo a calmar su respiración y a tranquilizar su rostro para no despertar sospechas. A cada momento esperaba oír el ruido de los cascos de su caballo y verle aparecer galopando a la velocidad acostumbrada, como si quisiera romperse la cabeza. Pero se deslizaban los minutos sin que Gerald llegase. Miraba ella a lo lejos buscándole, sintiendo renacer la angustia de su corazón.
«¡Oh, no puede ser verdad! —pensó—. ¿Por qué no viene?»
Su mirada seguía el sinuoso camino, de un rojo de sangre ahora, después de la lluvia matinal. Lo seguía imaginariamente en su carrera mientras cabalgaba colina abajo hasta el perezoso río Flint, a través de los intrincados vados pantanosos y, luego, subiendo la colina inmediata a Doce Robles donde Ashley vivía. Éste era todo el camino que los separaba ahora, un camino que conducía a Ashley, a la hermosa casa de blancas columnas que como un templo griego coronaba la colina.
«¡Oh, Ashley, Ashley!», pensaba, y su corazón latía aceleradamente. Se había disipado en parte la fría sensación de catástrofe que la oprimiera desde que los gemelos Tarleton le habían contado sus murmuraciones, y en su lugar se insinuaba la fiebre que venía padeciendo desde hacía dos años.
Le parecía extraño ahora que, mientras se hacía mujer, Ashley no le atrajera nunca demasiado. En los días de su infancia lo había visto ir y venir sin concederle nunca un pensamiento. Pero hacía tres años, Ashley, recién llegado a su casa de un gran viaje de tres años por Europa, había ido a visitarla, y desde aquel día lo amaba. Era así de sencilla la cosa.
Estaba ella delante del porche, y él había llegado a caballo por la larga avenida, vestido de fino paño gris, con una corbata ancha que resaltaba a la perfección sobre su rizada camisa. Aun ahora, podía recordar Scarlett cada detalle de su indumentaria; lo relucientes que estaban sus botas, la cabeza de Medusa en camafeo de su alfiler de corbata, el ancho panamá que se quitó rápidamente al verla. Se apeó, entregó las riendas a un negrito y se quedó mirándola. Sus soñolientos ojos grises sonreían y el sol brillaba de tal modo sobre su rubio cabello que parecía un casco de reluciente plata. Y dijo: «¿De modo que ya estás hecha una mujer, Scarlett?» Y subiendo ligero los escalones, le había besado la mano. ¡Y su voz! Nunca podría olvidar el salto que dio su corazón cuando la oyó como si fuese por primera vez, lenta, sonora, musical.
Desde aquel mismo instante, él le había sido preciso, tan sencilla e irrazonablemente como le eran precisos la comida para alimentarse, los caballos para cabalgar y un suave lecho para su reposo.
Durante dos años la había escoltado por toda la comarca, en bailes, fritadas, meriendas campestres y sesiones en la Audiencia; nunca con tanta frecuencia como los gemelos Tarleton o Cade Calvert, nunca tan pesado como los jóvenes Fontaine; pero, así y todo, no transcurría jamás una semana sin que Ashley fuera de visita a Tara.
Verdad es que nunca le había hecho la corte, ni sus claros ojos verdes habían brillado con el fulgor que tan bien conocía Scarlett en la mirada de otros hombres. Y, sin embargo..., sin embargo, ella sabía que él la amaba. No podía equivocarse en esto. Un instinto más fuerte que la razón y el conocimiento nacido de la experiencia le decían que él la quería. Con demasiada frecuencia le había sorprendido, cuando su mirada no era ni soñolienta ni lejana, contemplándola con un anhelo y una tristeza que la desconcertaban. Ella sabía que la amaba. ¿Por qué no se lo había dicho? No lo podía comprender; pero había en él tantas cosas que ella no comprendía...
Él era siempre cortés, pero lejano, distante. Nadie hubiera podido decir nunca en qué estaba pensando, y Scarlett menos que nadie. Y esto en un vecindario donde todos decían lo que pensaban no bien lo habían pensado. Resultaba exasperante lo reservado que era Ashley. Era tan diestro como cualquiera de los otros muchachos en las habituales diversiones del condado, caza, juego, baile y política, y el mejor jinete de todos ellos, pero difería de todos los demás en que esas gratas actividades no constituían el objetivo de su vida. Y sólo él sentía interés por los libros y la música y era aficionado a las musas.
¡Oh! ¿Por qué era tan atractivamente rubio, tan cortésmente distraído, tan enloquecedoramente aburrido con su charla sobre Europa, los libros, la música, la poesía y otras cosas que a ella no le interesaban en absoluto, y era, sin embargo, tan deseable? Noche tras noche, cuando Scarlett se iba a acostar después de haber estado sentada con él en la penumbra del porche, permanecía sin dormirse durante horas enteras y sólo la consolaba la idea de que seguramente Ashley se declararía la próxima vez que le viera. Pero la próxima vez llegaba y pasaba, y el resultado era nulo, nulo salvo en que la fiebre que la atacaba se hacía cada vez más alta y más ardiente.
Le quería y le necesitaba, pero no le comprendía. Ella era tan natural y sencilla como los vientos que soplaban sobre Tara, como el amarillo río que la surcaba, y hasta el fin de sus días sería incapaz de comprender nada complejo. Y ahora, por primera vez en su vida, se encontraba frente a una naturaleza compleja.
Porque Ashley provenía de un linaje de hombres que entretenían sus ocios en pensar, no en obrar, en tener brillantes y coloridos sueños sin un ápice de realidad. Se movía en un mundo interior que era más hermoso que Georgia, y le costaba trabajo volver a la realidad. Miraba a la gente, y ni le gustaba ni le disgustaba. Miraba a la vida, y ni le alegraba ni le entristecía. Aceptaba el universo y su puesto en él tales como eran, y, encogiéndose de hombros, volvía a su música, a sus libros y a su mundo mejor.
¿Cómo podía haber cautivado a Scarlett con una mente tan distinta de la suya? Ella no lo sabía. Aquel mismo misterio excitaba su curiosidad como una puerta que no tiene llave ni cerradura. Lo que tenía él de incomprensible acrecía en ella su amor, y la extraña y comedida corte que le hacía servía únicamente para aumentar su decisión de hacerlo suyo. No dudó nunca de que se declararía algún día, pues era ella demasiado joven y demasiado mimada para conocer la derrota. Y ahora, como un trueno, había llegado aquella horrible noticia. ¡Casarse Ashley con Melanie! ¡No podía ser cierto!
¡Pero si todavía la semana anterior, cuando regresaban a caballo de Fairhill, al anochecer, él había dicho: «Scarlett, tengo algo tan importante que decirte que apenas sé cómo expresarlo»!
Ella había bajado los ojos recatadamente, mientras el corazón le palpitaba con salvaje alegría pensando que llegaba el feliz momento. Entonces, él había dicho: «Ahora, no. Estamos cerca de casa y no hay tiempo. ¡Oh, Scarlett, qué cobarde soy!» Y picando espuelas a su caballo, había subido al galope la colina hasta Tara.
Sentada en el tocón, Scarlett pensó en aquellas palabras que la habían hecho tan feliz, y de repente tomaron éstas otro sentido, un sentido horrible. ¿Y si era la noticia de sus esponsales lo que había intentado decirle?
—¡Oh, si al menos llegara papá!
Scarlett no podía soportar la duda un momento más. Miró otra vez con impaciencia hacia el camino, y de nuevo se sintió defraudada.
El sol estaba ahora bajo en el horizonte y en el límite de la tierra el rojo resplandor se difuminaba en tonos rosados. Y, encima, el firmamento iba cambiando lentamente su color celeste por un delicado azul verdoso de exquisitas tonalidades. La mágica quietud del crepúsculo en el campo la envolvía calladamente. La tenebrosa oscuridad de la noche se cernía sobre los campos. Los rojos surcos y la bermeja herida del camino perdían su mágico color de sangre y recobraban la parda uniformidad de la tierra. Al otro lado del camino, en los pastos, el ganado, asomando la cabeza por encima de la barrera, esperaba pacientemente que lo condujesen a los establos y al pienso. Atemorizados por la negra sombra de la espesura que bordeaba los pastos, los animales parecían mover sus orejas con satisfacción al ver a Scarlett, como si apreciasen la compañía de un ser humano.
En la extraña media luz, los altos pinos del pantanoso río, que tan verdes parecían iluminados por el sol, resaltaban cual negras siluetas sobre el azul pastel del cielo en hilera de oscuros gigantes y hundían sus raíces en la mansa y amarillenta corriente. En la colina, al otro lado del río, las altas chimeneas blancas de la casa de los Wilkes se borraban gradualmente en la oscuridad de los espesos robles que las rodeaban y sólo, más lejanos, los puntitos de luz de las lámparas encendidas para la cena revelaban que allí había una casa. El aire embalsamado de la primavera se confundía con los húmedos efluvios de los campos recién arados y con la agradable frescura de los verdes prados.
Para Scarlett no eran espectáculo milagroso ni la puesta del sol, ni la primavera, ni el verdor de los campos. Aceptaba su belleza como cosa natural, como el aire que respiraba y el agua que bebía; porque nunca había admirado conscientemente la belleza, más que en las mujeres hermosas, en caballos, trajes de seda, en cosas tangibles. Sin embargo, la serena media luz sobre los bien cuidados campos de Tara actuó como un sedante sobre sus excitados nervios. ¡Amaba tanto aquella tierra sin saber que la amaba! Le gustaba lo mismo que amaba el rostro de su madre rezando a la luz de la lámpara.
No se divisaban aún señales de Gerald en la sinuosa y tranquila carretera. Si tenía que esperar mucho, Mamita vendría seguramente en su busca y la obligaría a entrar en casa. Pero, cuando esforzaba su mirada hacia el oscuro camino, oyó el golpear de los cascos de un caballo y vio al ganado dispersarse espantado. Gerald O’Hara volvía a casa, a campo traviesa y a toda marcha. Llegó colina arriba galopando en su caballo de caza, de patas tan largas que, a distancia, parecía un niño montado sobre una cabalgadura demasiado grande para él. Sus largos cabellos blancos flotaban al viento sobre su espalda y animaba al caballo con el látigo y con sus gritos.
Aunque embargada por sus preocupaciones, Scarlett lo contempló con cariñoso orgullo, porque Gerald era un magnífico jinete.
«Me sorprende ese empeño suyo en saltar siempre obstáculos cuando está algo bebido —pensó—. Y más, después de aquella caída que tuvo precisamente aquí, el año pasado, cuando se rompió la rodilla. Creímos que le serviría de lección; sobre todo cuando prometió a mamá no volver a saltar.»
Scarlett no tenía miedo a su padre; lo sentía como más contemporáneo suyo que sus hermanas; saltar vallas y setos, sin que se enterara su mujer, le producía un orgullo infantil y una culpable alegría que corrían parejos con la de ganar en listeza a Mamita. Scarlett se levantó de su asiento para verlo.
El gigantesco bruto llegó al cercado, recogió sus patas y se alzó por encima del obstáculo tan ligero como un pájaro, mientras el jinete gritaba entusiasmado azotando el aire con su fusta, y sus blancos rizos golpeaban su nuca. Gerald no vio a su hija en la sombra de los árboles y tiró de las riendas al llegar al camino, acariciando el cuello del caballo en señal de aprobación.
—No hay otro en el condado que pueda comparársele, ni en el Estado —dijo orgulloso de su montura; y, a pesar de los treinta y nueve años pasados en Estados Unidos, su palabra tenía un marcado acento irlandés.
Se alisó apresuradamente el cabello, arreglando la arrugada camisa y la corbata, que se le había torcido al saltar. Scarlett conocía aquellos precipitados arreglos, hechos a fin de presentarse ante su mujer con el aspecto de un caballero que llega tranquilamente a su casa de visitar a un vecino. Comprendió también que aparecía ante él en el momento más oportuno para entablar conversación sin revelar su verdadero propósito.
Se echó a reír ruidosamente y, como era su intención, consiguió sobresaltar a su padre; luego, éste la reconoció y una expresión tímida y desconfiada a la vez apareció en su colorado rostro. Se apeó con dificultad, porque su rodilla estaba rígida, y, con las riendas en el brazo, caminó a su lado cojeando.
—Bien, señorita —dijo, pellizcándole la mejilla—. ¿De modo que estabas espiándome como tu hermana Suellen la semana pasada? Y, ahora, ¿se lo irás a contar a tu madre?
En su ronca voz había indignación, pero también una nota de cariñoso afecto. Scarlett chascó la lengua y, mimosa, se empinó para colocarle bien la corbata. El aliento de Gerald olía a whisky, mezclado con una ligera fragancia de menta. También se mezclaban a aquel olor otros, a tabaco de mascar, a cuero engrasado y a caballos, una combinación de olores que Scarlett asociaba siempre a su padre y que, instintivamente, le gustaba en los demás hombres.
—No, papá, yo no soy una chismosa como Suellen —dijo, tranquilizadora, separándose un poco para contemplar con mirada crítica el rápido arreglo de su atavío.
Gerald era un hombre bajito, de poco más de metro sesenta, pero tan fuerte de cintura para arriba y de cuello tan desarrollado que su apariencia, cuando estaba sentado, le hacía parecer mucho más grandote. Unas piernas cortas y gruesas, que acostumbraba a llevar muy separadas, como un mozo fanfarrón, sostenían aquel macizo torso. La mayoría de las personas bajas que se toman a sí mismas en serio resultan un poco ridículas; pero Gerald, como el gallito del corral, era el amo del cotarro. Y nadie hubiera cometido la temeridad de pensar siquiera que Gerald O’Hara tenía una figurilla ridícula.
Contaba sesenta años, su cabello crespo y rizado era de un blanco de plata, pero su astuto rostro no mostraba una arruga, y los duros ojillos azules eran jóvenes, con la tranquila juventud de quien no ha agobiado nunca su mente con más problemas abstractos que el saber cuántas cartas hay que pedir en una jugada de póker. Era el tipo más irlandés que podía imaginarse, aun llevando ya tanto tiempo separado de su patria y a tanta distancia de ella, rollizo, colorado, chato, de boca grande y muy pendenciero.
Tras su furibunda apariencia, Gerald tenía el corazón más tierno que cabe imaginar. No podía ver a un esclavo enfurruñado por una reprimenda, por merecida que ésta fuera, ni oír maullar a un gato, ni llorar a un niño; pero le horrorizaba que le descubriesen esta debilidad. No sabía que bastaba estar cinco minutos con él para darse cuenta de la bondad de su corazón; de haberlo sabido, su vanidad hubiese sufrido mucho, pues le gustaba creer que cuando gritaba sus órdenes con voz atronadora todo el mundo temblaba y obedecía. No se le había ocurrido nunca que sólo una voz era obedecida en la plantación: la suave voz de Ellen, su mujer. Era éste un secreto que nunca descubriría, ya que todos, desde Ellen al último bracero, conspiraban tácita y bondadosamente para dejarlo en la creencia de que su palabra era ley.
Scarlett se dejaba impresionar menos todavía que los demás por el mal genio y los gritos de su padre. Era la mayor de las hijas, y, ahora que Gerald sabía que ya no vendrían más hijos a sustituir los tres varones que yacían en el panteón de la familia, había tomado la costumbre de tratarla como a un camarada, cosa que a Scarlett le resultaba muy agradable. Se parecía a él más que sus hermanas, pues Carreen (por su nombre de pila Caroline Irene) era delicada y soñadora, y Suellen (bautizada con el de Susan Elinor) no pensaba más que en la elegancia de sus trajes y en la corrección de sus modales.
Además, Scarlett y su padre estaban ligados por una complicidad mutua. Si Gerald sorprendía a su hija saltando una cerca en lugar de andar unos metros para llegar al portillo, o sentada, demasiado tarde, en los escalones del porche con un admirador, la reñía con gran violencia, pero no iba con el cuento a Ellen ni a Mamita. Y cuando le sorprendía a él saltando obstáculos, después de la solemne promesa a su mujer, o cuando se enteraba, como ocurría siempre por las habladurías de la gente, de la suma exacta a que ascendían sus pérdidas en el póker, se abstenía a su vez de mencionar el hecho a la hora de la comida, como hacía con mucha naturalidad la astuta Suellen. Scarlett y su padre se habían convencido mutuamente de que hacer llegar cosas a oídos de Ellen servía tan sólo para disgustarla; y ellos deseaban ante todo evitarle disgustos.
Scarlett miró a su padre a la débil luz del anochecer, y sin saber por qué se sintió reconfortada con su presencia. Había en él algo vital y fuerte que la animaba. Como no era nada psicóloga con la gente no se daba cuenta de que esto era debido a que ella poseía también en cierto grado aquellas mismas cualidades, pese a los esfuerzos que, desde hacía dieciséis años, venían haciendo Ellen y Mamita para destruirlas.
—Ahora te encuentras muy presentable —dijo— y no creo que nadie pueda adivinar que has estado haciendo travesuras, a no ser que a ti mismo se te ocurra contarlo. Aunque me parece que después de haberte roto la rodilla saltando esta misma barrera el año pasado...
—Bueno, pero ¿tú crees que voy a consentir que una hija mía me sermonee por si salto o no salto? —protestó él, pellizcándole de nuevo la mejilla—. Supongo que se trata de mi propia cabeza, ¿no es así? Y además, señorita, ¿se puede saber qué estás haciendo aquí sin tu chal?
Viendo que él estaba empleando subterfugios para conseguir zafarse de una conversación desagradable, Scarlett deslizó su brazo bajo el de su padre, y le dijo:
—Estaba esperándote. No sabía que volverías tan tarde. Tenía curiosidad por saber si habías comprado a Dilcey.
—Sí, la he comprado, y el precio me ha arruinado. Los compré a ella y a su diablillo, Prissy. John Wilkes quería dármelas casi regaladas, pero no quiero que nadie pueda decir que Gerald O’Hara se aprovecha de la amistad para un negocio. Le he hecho admitir tres mil por los dos.
—¡Por Dios santo, papá! ¡Tres mil! ¡No tenías ninguna necesidad de comprar a Prissy!
—¡Vaya, es bonito que mis hijas se atrevan a criticarme! —protestó Gerald, enfáticamente—. Prissy es un diablillo muy simpático, y además...
—La conozco. Es una criatura tonta —repuso Scarlett tranquilamente, sin asustarse por los gritos de su padre—. Y la única razón para comprarla ha sido que te lo suplicó Dilcey.
Gerald se quedó apabullado y molesto, como siempre que lo cogían en una buena acción, y Scarlett rió, sin disimulo, de su ingenuidad.
—Bueno. ¿Y qué, si he hecho eso? ¿De qué nos iba a servir haber comprado a Dilcey si se pasaba el día llorando por su niña? No vuelvo a permitir que ningún negro de la plantación se case con alguien de fuera; me sale demasiado caro. Anda, gatita, vamos a cenar.
Las sombras eran cada vez más densas. El último tono verdoso había desaparecido del cielo y un airecillo frío había sucedido a la agradable serenidad del atardecer. Pero Scarlett remoloneaba, cavilando en cómo llevar la conversación a Ashley sin que Gerald pudiera presumir el motivo. Resultaba difícil, ya que Scarlett no sabía fingir; y Gerald se le parecía tanto que nunca dejaba de descubrir sus débiles subterfugios lo mismo que ella descubría los de él. Y generalmente no tenía mucho tacto al hacerlo.
—¿Cómo andan los de Doce Robles?
—Como siempre. Allí estaba Cade Calvert, y, después de arreglar lo de Dilcey, nos instalamos todos en la galería y estuvimos tomando unos ponches. Cade acababa de llegar de Atlanta y dice que allí está todo trastornado y que nadie habla más que de la guerra y...
Scarlett suspiró. Si Gerald la emprendía con el tema de la guerra y de la Secesión, pasarían horas antes de que lo dejase. Lo interrumpió hablando de otra cosa.
—¿Dijeron algo de la barbacoa de mañana?
—Ahora que me acuerdo, sí, dijeron algo. La señorita... ¿Cómo se llama aquella muchachita tan mona que estuvo aquí el año pasado? ¿Sabes? La prima de Ashley... ¡Ah, sí! Se llama Melanie Hamilton. Ella y su hermano Charles acaban de llegar de Atlanta y...
—¡Oh! ¿De modo que ha venido?
—Sí, y es un encanto de muchacha, tan modosa, sin hablar nunca de ella misma, como debe ser una mujer. No te quedes atrás, hija. Tu madre debe de estar buscándonos.
Scarlett sintió oprimírsele el corazón al oír la noticia. Había esperado contra toda esperanza que algo retuviese a Melanie en Atlanta, donde vivía, y el saber que hasta su padre aprobaba su suave carácter, tan distinto del suyo, la dejó anonadada.
—¿Estaba allí también Ashley?
—Sí, estaba. —Gerald soltó el brazo de su hija y se volvió, mirándola inquisitivamente a la cara—. ¿De modo que por eso has salido a esperarme? ¿Por qué no lo dijiste de una vez, sin dar tantos rodeos?
A Scarlett no se le ocurrió nada que contestar y notó con disgusto que se ruborizaba.
—¡Vamos, habla!
Pero Scarlett permaneció callada; en aquel momento sintió no poder darle un buen meneo a su padre y obligarlo a callar.
—Estaba allí y me preguntó por ti con más interés que sus hermanas, y dijo que esperaba que nada te impediría ir mañana a la barbacoa. Respondo de que nada te lo impedirá —afirmó Gerald con marcada intención—. Y ahora, hija mía, dime: ¿qué hay entre Ashley y tú?
—No hay nada —dijo ella, arrastrándole por el brazo—. Vamos, papá.
—Vaya, ahora eres tú la que tienes prisa —observó él—. Pero no me moveré de aquí hasta que consiga entenderte. Pensándolo bien..., ya te notaba yo algo raro últimamente. ¿Ha estado jugando contigo? ¿Se te ha declarado?
—No —replicó ella secamente.
—Ni se te declarará —dijo Gerald.
Scarlett se sintió furiosa en su interior, pero su padre la aplacó con un ademán.
—¡No se ponga usted así, señorita! John Wilkes me lo ha dicho esta noche en la más estricta intimidad: Ashley se va a casar con Melanie. Lo anunciarán mañana.
Scarlett dejó caer bruscamente la mano.
¡Así, pues, era cierto!
El dolor se le clavaba en el corazón tan brutalmente como los colmillos de un fiero animal. Como a través de una niebla, sintió que los ojos de su padre la observaban con una mirada entre compasiva y enojada, por tener que enfrentarse con un problema al que no encontraba solución. Quería mucho a Scarlett, pero le resultaba desagradable verse obligado a buscar solución a los pueriles problemas de la muchacha. Ellen sabía todas las soluciones. Que Scarlett le confiase a ella sus problemas.
—¡De modo que nos has estado poniendo a todos en evidencia! —gritó, elevando la voz como le ocurría siempre que se excitaba—. ¡Perseguir a un hombre que no te quiere, cuando podrías esclavizar a tu gusto a cualquier petimetre del condado!
La cólera y el amor propio herido se sobrepusieron al dolor.
—No le he perseguido. Es, sencillamente, que me has cogido de sorpresa.
—¡Mientes! —replicó Gerald. Pero, al observar su apenado rostro, añadió en un arranque de bondad—: Lo siento, hija mía. Después de todo no eres más que una niña, y hay otros muchos galanes en el mundo.
—Mamá tenía quince años cuando se casó contigo, y yo tengo ya dieciséis.
—Tu madre era distinta —repuso Gerald—. Nunca fue una atolondrada como tú. Ahora ven, hija mía, anímate, y te llevaré a Charleston la semana que viene, a ver a tu tía Eulalie, y con todo el jaleo que hay allí, con lo de Fort Sumter, antes de una semana te habrás olvidado de Ashley.
«Cree que soy una niña —pensó Scarlett, afligida y rabiosa sobre toda ponderación—, y sólo se le ocurre darme un nuevo juguete para que olvide mis descalabros.»
—Vamos, no me pongas esa cara —dijo, regañón, Gerald—. Si tuvieras algo de sentido común te habrías casado con Stuart o Brent Tarleton hace tiempo. Piénsalo, hija mía. Cásate con uno de los gemelos, juntaremos las plantaciones y Jim Tarleton y yo os construiremos una hermosa casa, precisamente en el gran pinar donde se unen, y...
—¿Quieres dejar de tratarme como a una niña? ¡No quiero ir a Charleston, ni tener una casa, ni casarme con los gemelos! Sólo quiero... —Se contuvo, pero era demasiado tarde.
La voz de Gerald era tranquila, y habló despacio, como si extrajese sus palabras de un lugar de su memoria al que rara vez acudiese.
—Sólo quieres a Ashley y no lo vas a tener. Y si él quisiera casarse contigo, te daría mi consentimiento temblando, a pesar de la excelente amistad que me une con su padre. —Al notar la mirada de asombro de Scarlett, explicó—: Yo deseo que mi hija sea feliz; y tú no serías feliz con él.
—¡Oh, lo sería! ¡Lo sería!
—No, hija mía. Sólo las parejas afines pueden ser felices en el matrimonio.
Scarlett sintió un súbito deseo de gritar: «¡Pues vosotros habéis sido felices, y mamá y tú no os parecéis en nada!», pero se contuvo, comprendiendo que se ganaría un tirón de orejas por su impertinencia.
—Nuestra gente es distinta de los Wilkes —continuó pausado, articulando torpemente las palabras—. Los Wilkes son distintos de todos nuestros vecinos, distintos de las demás familias que he conocido. Son seres raros, y es mejor que se casen dentro de su propia familia y guarden sus rarezas para ellos.
—Pero, papá, Ashley no es...
—¡Punto en boca, gatita! No digo nada en contra de ese muchacho, pues le tengo afecto. Al llamarle raro, no quiero decir que esté loco. No es su rareza como la de los Calvert, que se juegan a un caballo todo lo que tienen, o la de los Tarleton, entre quienes hay siempre uno o dos borrachines en cada generación, o la de los Fontaine, fogosos como animalitos y que son capaces de matar a un hombre por el menor capricho. Esa clase de rarezas son fáciles de comprender, sin duda, y si no fuese por misericordia divina, ¡Gerald O’Hara tendría todos esos defectos! Y tampoco quiero decir que Ashley se escapase con otra mujer, si te casaras con él, ni que te pegase. Serías más feliz si tal hiciese, pues por lo menos podrías comprenderle. Pero es un raro de otro estilo y no hay quien lo entienda. Me resulta simpático, pero no encuentro pies ni cabeza a la mayor parte de lo que dice. Y ahora, gatita, dime la verdad, ¿entiendes tú sus desatinos sobre libros, música, poesía y pintura y otras tonterías por el estilo?
—¡Oh, papá! ¡Si me caso con él, ya haré que cambie todo eso! —exclamó Scarlett con impaciencia.
—¡Lo harás! ¿Lo cambias ahora? —dijo Gerald, impertinente, mirándola sagazmente—. Conoces muy poco a los hombres, Scarlett. No pienses en Ashley. No hay mujer que cambie a su marido en lo más mínimo: no lo olvides. Y en cuanto a cambiar un Wilkes... ¡Por Dios, hija mía! ¡Si toda esa familia es del mismo estilo, y lo ha sido siempre! Y, probablemente, siempre lo será. Te digo que han nacido raros. Tú fíjate cómo se largan a Nueva York para oír una ópera o ver una exposición de pintura. Y cómo encargan libros franceses y alemanes a los yanquis. Y se pasan las horas leyendo o soñando, sabe Dios qué, en lugar de pasarlas cazando o jugando al póker, como hacen las personas decentes.
—No hay nadie en el condado que monte como Ashley —dijo Scarlett, indignada por el estigma de afeminado que se arrojaba sobre él—. Nadie, excepto tal vez su padre. Y, en cuanto al póker, ¿no te ganó Ashley doscientos dólares en Jonesboro la semana pasada?
—Los chicos de Calvert han estado otra vez chismorreando —dijo Gerald, resignado—, pues de otro modo no sabrías la cantidad. Ashley puede montar a caballo con el mejor y jugar al póker con el mejor, ¡o sea, conmigo!, gatita. Y no te niego que si se pone a beber es capaz de dejar atrás a los mismos Tarleton. Puede hacer esas cosas, pero no pone corazón en ellas. Por eso digo que es un ser raro.
Scarlett, con el pecho oprimido, permaneció silenciosa. Sabía que Gerald tenía razón y no encontraba disculpa para su amado. Ashley no ponía nunca el corazón en ninguna de aquellas cosas tan agradables y que tan bien sabía hacer. No les dedicaba más que un interés cortés, en contraste con los demás, a quienes les interesaban vitalmente.
Interpretando certeramente su silencio, Gerald le acarició el brazo, y dijo triunfante:
—¡Scarlett! ¿Reconoces, entonces, que es verdad? ¿Qué ibas a hacer con un marido como Ashley? Todos los Wilkes son unos auténticos lunáticos.
Y luego, con acento mimoso, continuó:
—Aunque hace un momento mencioné a los Tarleton, no quiere esto decir que los ensalce. Son simpáticos muchachos, pero si prefieres a Cade Calvert, a mí lo mismo me da. Los Calvert son buena gente, todos ellos; aunque el viejo se haya casado con una yanqui. Y cuando yo desaparezca, ¡cállate, rica, y escúchame!, os dejaré Tara a ti y a Cade.
—¡No querría a Cade ni en bandeja de plata! —gritó Scarlett, exasperada—. Haz el favor de no decirle nada de mí. No quiero ni Tara ni ninguna otra antigua plantación. Las plantaciones no me importan nada cuando...
Iba a decir «cuando no tengo al hombre que quiero», pero Gerald, irritado por la desdeñosa actitud con que acogía su dadivosa oferta, lo que más quería en el mundo después de Ellen, exhaló un rugido:
—¿Eres capaz, tú, Scarlett O’Hara, de decirme a mí que esta tierra de Tara no te importa nada?
Scarlett movió la cabeza obstinadamente. Sentía demasiado dolorido su corazón para que la preocupase irritar a su padre.
—La tierra es la única cosa del mundo que tiene algún valor —murmuró él, haciendo con sus cortos y gruesos brazos amplios ademanes de indignación—, porque es la única que perdura. ¡No lo olvides! Es la única cosa que merece que trabajemos por ella, que luchemos por ella, que muramos por ella.
—¡Oh, papá! —protestó Scarlett, disgustada—. ¡Hablas como un irlandés!
—Nunca me he avergonzado de serlo; por el contrario, estoy orgulloso de ello. ¡No olvides que tú también eres medio irlandesa, señorita! Y para cualquiera que tenga en sus venas una gota de sangre irlandesa la tierra en que vive es como su madre. De ti sí que estoy avergonzado ahora. Te ofrezco la tierra más hermosa del mundo, exceptuando el condado de Meath, en el Viejo Continente, ¿y tú, qué haces? ¡La desprecias!
Gerald había empezado a excitarse, gritando de rabia, cuando algo en el desconsolado rostro de su hija le hizo interrumpirse.
—Bueno, eres joven aún. Ya sentirás después ese amor a la tierra. No podrás escapar de él, si tienes sangre irlandesa. Eres sencillamente una niña, preocupada por tus adoradores. Cuando seas vieja, ya verás lo que es eso. Y ahora, ¿quieres decidirte por Cade o por los gemelos o por uno de los chicos de Evan Munroe? ¡Ya verás el pago que te doy!
—¡Oh, papá!
En aquel momento estaba ya Gerald completamente harto de la conversación y aburridísimo de encontrarse aquel problema sobre sus hombros. Se sentía ofendido, además, al ver que Scarlett seguía estando desconsolada aun después de haberle ofrecido los mejores partidos del condado y Tara por añadidura. A Gerald le gustaba que sus regalos fuesen recibidos con palmitas y besos.
—¡Vaya! ¡No haga usted pucheros, señorita! No me importa con quién te cases con tal que piense como tú y sea un caballero, un hombre del Sur, y arrogante. Porque el amor de la mujer llega después del matrimonio.
—¡Por Dios, papá! ¡Ésa sí que es una teoría del Viejo Continente!
—Y una magnífica teoría. Todos los americanos tratan afanosos de casarse por amor, como los criados, como los yanquis. Los mejores matrimonios son aquellos que escogen los padres. ¿Cómo va a saber una chiquilla tonta, como tú, distinguir a un hombre bueno de un canalla? Fíjate, si no, en los Wilkes. ¿Qué es lo que les hace conservarse dignos y fuertes a través de todas las generaciones? Pues sencillamente el casarse con sus afines; entre primos, como quiere su familia que lo hagan.
—¡Dios mío! —gimió Scarlett, sintiendo renovado su dolor con las palabras de Gerald, que trajeron de nuevo a su mente la inevitable verdad.
Su padre la miró y bajando la cabeza anduvo unos pasos indeciso.
—¿No estarás llorando? —le preguntó, acariciándole torpemente la barbilla e intentando levantarle la cabeza, compasivo.
—¡No! —exclamó ella con vehemencia, dando un respingo.
—Mintiendo es lo que estás, y me enorgullezco de ello. Me alegro de que seas orgullosa, gatita. Y deseo verte orgullosa mañana, en la barbacoa. No quiero que todo el condado cotillee y se ría de ti mañana porque hayas entregado tu corazón a un hombre que no ha pensado en ti más que como amiga de la familia.
«Sí que ha pensado —se dijo Scarlett, dolida—. ¡Ya lo creo que ha pensado! Estoy segura de que si hubiera tenido un poco más de tiempo se lo hubiera hecho confesar... ¡Ay, si no fuese porque los Wilkes se creen siempre obligados a casarse con sus primas!»
Gerald enlazó su brazo al de su hija.
—Y, ahora, entremos a cenar; que todo esto quede entre nosotros, para que tu madre no se preocupe y yo tampoco. Suénate, hija mía.
Scarlett se sonó con su arrugado pañuelito, y ambos echaron a andar por el sendero, cogidos del brazo, mientras el caballo los seguía lentamente. Al llegar a la casa, Scarlett se disponía a hablar de nuevo, cuando vio a su madre salir de la densa sombra del porche. Tenía puestos la toca, el chal y los mitones, y detrás de ella iba Mamita con cara de pocos amigos, asiendo el maletín de cuero negro en que Ellen O’Hara llevaba siempre los vendajes y medicinas que utilizaba en las curas de los esclavos. Mamita tenía una boca grande, de labios gruesos y colgantes que, cuando la negra se enfadaba, pendían más que de costumbre. En aquellos momentos los labios de Mamita tenían una longitud desmesurada, y Scarlett comprendió que Mamita estaba furiosa por algo que no aprobaba.
—Señor O’Hara —llamó Ellen, al ver a la pareja que avanzaba por el camino (Ellen pertenecía a una generación formalista, aun después de diecisiete años de matrimonio y de haber tenido seis hijos)—. Señor O’Hara, ha ocurrido una desgracia en casa de los Slattery. El hijo de Emmie ha nacido, se está muriendo y hay que bautizarlo. Voy allá con Mamita a ver qué puedo hacer.
Su voz se alzaba interrogante como si estuviera pendiente de la aprobación de su marido, mera formalidad, pero muy grata al corazón de Gerald.
—¡Por Dios santo! —gritó O’Hara—. ¿Cómo se atreven esos indecentes blancos a hacerte salir de casa precisamente cuando vas a cenar y cuando estoy deseando contarte todo lo que en Atlanta se dice de la guerra? Vete, señora O’Hara; no podrías dormir tranquila esta noche si supieras que ha ocurrido una desgracia y no has acudido a aliviarla.
—No podría dormir nunca tranquila si no hubiese ido antes a cuidar a los negros y a esos pelmas de los blancos, que bien podrían cuidarse a sí mismos —gruñó Mamita como rezando, mientras bajaba las escaleras dirigiéndose al coche que esperaba al borde del camino.
—Ocupa mi lugar en la mesa, querida —dijo Ellen a Scarlett, acariciándole la mejilla con su enguantada mano.
A pesar de sus lágrimas, Scarlett se estremeció al contacto realmente mágico de la mano de su madre y con la débil fragancia de verbena que exhalaba la crujiente seda de su traje. Para Scarlett había algo portentoso en Ellen O’Hara; era una maravilla que vivía en la casa con ella, a la que temía, pero que la hechizaba y la calmaba al mismo tiempo.
Gerald ayudó a su mujer a subir al coche y ordenó al cochero que condujese con cuidado. Toby, que manejaba los caballos de Tara desde hacía veinte años, hizo un gesto de muda indignación al oír que le daban consejos sobre la manera de efectuar su propia tarea. Al marchar con Mamita sentada a su lado era cada uno la perfecta imagen del africano ceñudo y gruñón.
—A mí tendrían que pagarme por lo mucho que hago en favor de esos inútiles de los Slattery —dijo Gerald, malhumorado—. Ya podían acceder a venderme sus escasos acres de mísero pantano y el condado se vería libre de ellos.
Luego añadió, satisfecho por anticipado con una de sus bromas habituales:
—Ven, hija mía, vamos a decirle a Pork que en vez de comprar a Dilcey le he vendido a él a John Wilkes.
Echando las riendas a un negrito que estaba por allí, subió rápidamente las escaleras. Se había olvidado ya del sufrimiento de Scarlett y sólo pensaba en mortificar a su criado. Scarlett le siguió lentamente, pues se sentía cansada. Pensó que, después de todo, una boda entre ella y Ashley no sería más rara que la de su padre con Ellen Robillard. Se preguntó, una vez más, cómo se las habría arreglado su áspero y estridente padre para casarse con una mujer como su madre, pues no hubo nunca dos personas tan opuestas en nacimiento, educación, costumbres y opiniones.
3
Ellen O’Hara tenía treinta y dos años y, para la mentalidad de la época era una mujer madura; tuvo seis hijos, tres de los cuales se le habían muerto. Era alta (su pequeño y fogoso marido no le llegaba más arriba de los hombros), pero se movía con una gracia tan reposada en su ondeante saya de volantes, que su estatura no llamaba la atención. Su cuello, surgiendo del ceñido corpiño de tafetán negro, era redondo y fino, de piel blanquísima, y parecía doblarse ligeramente hacia atrás por el peso de su espléndida cabellera, recogida en una redecilla sobre la nuca.
Había heredado los ojos oscuros, algo oblicuos, sombreados por largas pestañas, y el negro cabello de su madre, una francesa cuyos padres se habían refugiado en Haití durante la Revolución de 1791; de su padre, soldado de Napoleón, procedían su larga nariz recta y las mandíbulas cuadradas que rectificaban la curva suave de las mejillas. Sólo el transcurrir de la vida había podido dar al rostro de Ellen aquella expresión de orgullo sin altanería, su gracia, su melancolía y su carencia absoluta de sentido del humor.
Hubiera sido una mujer de notable belleza de haber tenido más brillo en sus ojos, más color en su sonrisa, más espontaneidad en su voz que sonaba como dulce melodía en los oídos de sus familiares y de sus sirvientes. Hablaba con el suave acento de los georgianos de la costa, líquido en las vocales y dulce en las consonantes con un lejano vestigio del acento francés. Era una voz que no se alzaba jamás para dar órdenes a un criado o para reprochar la travesura de un niño; sin embargo, todos la obedecían en Tara, mientras que los gritos de su marido eran silenciosamente desacatados.
Hasta donde Scarlett podía recordar, su madre siempre había sido la misma; su voz suave y dulce, tanto para reprochar como para alabar; sus modales tranquilos y dignos a pesar de las cotidianas necesidades del turbulento dueño de la casa, su carácter siempre sereno y su temple firme, aun cuando había perdido tres de sus hijos.
Scarlett no había visto jamás a su madre apoyarse en el respaldo de la silla ni sentarse sin una labor de costura entre sus manos, a excepción de las horas de las comidas, cuando asistía a los enfermos o se ocupaba de la contabilidad de la plantación. Si había visitas se enfrascaba en un bordado delicado; otras veces, sus manos se ocupaban de las camisas plisadas de Gerald, de los vestidos de los niños o de la ropa de los esclavos. Scarlett no acertaba a imaginarse las manos de su madre sin el dedal de oro ni su figura altiva sin la compañía de la negrita, que no tenía otra ocupación en su vida que la de poner o quitar la mesa y llevar de aposento en aposento la caja encarnada de las labores, cuando Ellen se ajetreaba de acá para allá en la casa, vigilando la cocina, la limpieza y los trabajos de costura para los trajes de los plantadores.
Jamás había visto a su madre abandonar su austera placidez o faltar a ninguna de sus obligaciones, tanto si era de día como de noche. Cuando Ellen se vestía para asistir a un baile, para recibir a los invitados o bien para ir a cualquiera de las reuniones en Jonesboro, tenía frecuentemente necesidad de disponer de dos horas, de dos criadas y de Mamita para sentirse completamente satisfecha; aunque, en casos necesarios, sus rápidos tocados eran asombrosos.
Scarlett, cuya habitación se hallaba situada frente a la de su madre, al otro lado del vestíbulo, conocía desde su infancia el sordo rozar de los pies descalzos de los negros que correteaban por el pavimento de madera desde el alba; las urgentes llamadas en la puerta de su madre y las voces aterradas y roncas de los negros que gemían enfermos, de los que nacían y morían en la hilera de cabañas blanqueadas de sus alojamientos.
De niña, se deslizaba hasta la puerta y, atisbando a través de las rendijas, había visto a Ellen salir a oscuras de su habitación (donde los ronquidos de Gerald proseguían rítmicos e ininterrumpidos) a la tenue luz de una vela sostenida en alto, con la caja de las medicinas bajo el brazo, los cabellos pulcramente alisados y ni un solo botón de su vestido desabrochado.
Era siempre muy grato para Scarlett oír a su madre murmurar compasivamente, pero con firmeza, mientras atravesaba el vestíbulo de puntillas: «Chist..., chist..., no tan fuerte. Despertaréis al señor O’Hara. No están tan mal como para morirse.»
Sí, era grato volver al lecho y saber que Ellen estaba fuera, en la noche, y que todo marchaba bien.
Por las mañanas, después de las sesiones siempre nocturnas de natalicios o de muertes, cuando el viejo doctor Fontaine y su joven hijo, también doctor, se disponían a hacer sus visitas y no podían ir a ayudarla, Ellen presidía la mesa en el desayuno, como siempre, con sus ojos negros ojerosos, pero sin que su voz ni sus gestos revelasen el menor cansancio.
Bajo su firme dulzura había una tenacidad de acero que inspiraba respeto a la casa entera, lo mismo a Gerald que a sus hijas, aunque él hubiera preferido morir antes que admitirlo.
A veces, cuando iba por la noche de puntillas a besar las mejillas de su madre, Scarlett miraba su boca, de labios tiernos y delicados, una boca demasiado vulnerable ante el mundo, y se preguntaba si ésta se habría arqueado alguna vez con las risas inocentes de la infancia o si habría murmurado secretos a las amigas íntimas durante las largas noches estivales. Pero no, no era posible. Su madre había sido siempre así, una columna de fortaleza, una fuente de sabiduría, la única persona que tenía respuestas para todo.
No obstante, Scarlett no tenía razón, porque algunos años antes Ellen Robillard, de Savannah, había reído en la linda ciudad costera, del mismo modo inexplicable que se ríe a los quince años, y cuchicheado con sus amigas durante largas noches, cambiando confidencias y contando todos sus secretos, menos uno. Era el año en el cual Gerald O’Hara, que le llevaba veintiocho años, había entrado en su vida..., el año en que aquel primo suyo de ojos negros, Philippe Robillard, había partido. Y cuando éste, con sus ojos ardientes y sus maneras fogosas, abandonó Savannah para siempre, se llevó consigo el ardor que había en el corazón de Ellen, dejando para el pequeño irlandés de piernas cortas que se había casado con ella sólo una graciosa concha vacía.
Pero esto bastaba a Gerald, oprimido por la increíble felicidad de hacerla realmente su esposa. Y, si algo faltaba en ella, no lo echaba nunca de menos. Perspicaz como era, se daba cuenta de que era un milagro que un irlandés, sin bienes de fortuna y sin parentela, conquistase a la hija de una de las más ricas y altivas familias de la costa. Gerald era un hombre que se lo debía todo a sí mismo.
Gerald había llegado a Estados Unidos desde Irlanda a los veinte años. Vino precipitadamente, como vinieron antes o después tantos otros irlandeses mejores o peores que él, y sólo traía la ropa puesta, dos chelines, además del importe del pasaje y su cabeza puesta a un precio que le parecía mayor de lo que su delito merecía. En efecto, no existía un orangista3 que valiese cien libras esterlinas para el Gobierno inglés o para el demonio en persona; pero el Gobierno tomó tan en serio la muerte de un inglés, administrador de un hacendado, que Gerald vio que había llegado el momento de partir, y de partir a toda prisa. Verdad era que al mencionado agente le había llamado «bastardo orangista», pero esto, según la manera de pensar de Gerald, no daba derecho a aquel hombre a insultarle silbando los primeros compases de la canción El agua del Boyne.4
La batalla del Boyne se había librado más de cien años atrás, pero para los O’Hara y sus vecinos era como si hubiese sucedido ayer, ya que sus sueños y sus esperanzas, así como sus tierras y riquezas, habían desaparecido envueltas en la misma nube de polvo que arrastró al príncipe Estuardo, espantado y huido, dejando que Guillermo de Orange y sus odiosos soldados con sus escarapelas anaranjadas aplastaran a los irlandeses adictos a los Estuardo.
Por esta y otras razones, la familia de Gerald no estaba dispuesta a considerar el fatal resultado de su reyerta como cosa muy seria, salvo en el caso de que acarrease graves consecuencias. Durante muchos años, los O’Hara habían permanecido en malas relaciones con los alguaciles ingleses, debido a su sospechosa actividad contra el Gobierno, no siendo Gerald el primero de su familia que ponía pies en polvorosa dejando Irlanda de la noche a la mañana.
Recordaba vagamente a sus dos hermanos mayores, James y Andrew, dos jóvenes taciturnos que iban y venían a ciertas horas de la noche por misteriosas razones o desaparecían durante semanas, con gran disgusto y ansiedad de su madre. Marcharon a Estados Unidos hacía ya varios años, a raíz del descubrimiento de un pequeño arsenal de fusiles enterrados en el corral de los O’Hara. Eran ahora ricos comerciantes de Savannah. «Sólo Dios sabe el lugar de su paradero», decía la madre siempre que hablaba de sus dos hijos mayores; y el joven Gerald fue enviado junto a ellos.
Abandonó la casa con un beso de su madre en las mejillas, su ferviente bendición católica y la amonestación de su padre: «Recuerda quién eres y no quites nada a nadie.» Sus cinco hermanos, más altos que él, le dijeron adiós con sonrisas de admiración, pero ligeramente protectoras, porque Gerald era el más joven y el más bajo de su familia fornida.
Sus cinco hermanos y el padre eran altos, sobrepasaban el metro ochenta y cinco y eran además robustos en proporción; pero Gerald, el pequeño, a los veintiún años, sabía que el Señor, en su sabiduría, no le había concedido más que un metro y sesenta centímetros. Pero Gerald nunca perdió el tiempo en lamentarse por su estatura, ni pensó jamás que esto fuese un obstáculo para obtener cualquier cosa que desease. Más bien fue su sólida pequeñez la que le hizo ser lo que era, ya que aprendió en buena hora que la gente pequeña ha de ser resistente para sobrevivir entre la de gran tamaño. Y Gerald era resistente.
Sus hermanos, altos de estatura, eran torvos y silenciosos; en ellos, la tradición familiar de las glorias pasadas, perdidas para siempre, enconábase en virtud de un odio contenido que estallaba en amargo sarcasmo. Si Gerald hubiese sido musculoso, habría sido como los otros O’Hara y actuado oscura y silenciosamente entre los rebeldes contra el Gobierno. Pero Gerald era «alborotador y testarudo», como decía su madre cariñosamente; impulsivo, pronto a hacer uso de los puños, con una susceptibilidad muy evidente. Se pavoneaba entre los altos O’Hara como un orgulloso gallito de pelea en un corral con gigantescos gallos domésticos; ellos le querían, le hacían rabiar para oírle alborotar y le golpeaban con sus grandes puños, solamente lo necesario para mantener al benjamín en su justo lugar.
Si la educación que Gerald había llevado a Estados Unidos era insuficiente, él lo ignoró siempre. Y si se lo hubiesen dicho no le habría importado. Su madre le enseñó a leer y escribir con claridad. Le gustaban las cuentas. Y aquí terminaban sus conocimientos. El único latín que conocía era el de las respuestas de la misa, y la sola Historia, la de las múltiples injusticias cometidas con Irlanda. No conocía más poesía que la de Moore ni más música que las canciones irlandesas que le habían transmitido a través de los años. Aunque sentía un gran respeto por quienes tenían más conocimientos intelectuales que él, no los echaba nunca de menos. ¿Qué necesidad habría tenido de estas cosas en un país nuevo, donde los más ignorantes irlandeses habían hecho fortuna? En aquel país sólo se exigía a los hombres que fuesen fuertes y no tuviesen miedo al trabajo.
Tampoco James y Andrew, que le acogieron en su almacén de Savannah, lamentaron su falta de cultura. Su clara caligrafía, sus cálculos exactos y su habilidad para el regateo le conquistaron su respeto, mientras que si el joven Gerald hubiese poseído conocimientos de literatura o un refinado gusto musical no hubiera suscitado en ellos más que bufidos desdeñosos. Estados Unidos, en los primeros años del siglo, había sido bondadoso con los irlandeses. James y Andrew, que empezaron transportando mercancías en carros cubiertos desde Savannah a las ciudades interiores de Georgia, habían prosperado hasta tener un almacén propio, y Gerald prosperó con ellos.
Le agradaba el Sur y pronto llegó a ser, en opinión suya, un sudista. En los Estados del Sur y en sus habitantes había muchas cosas que no comprendería nunca; pero, con la cordialidad innata en su carácter, adoptó sus ideas y costumbres tal como las entendía: póker y carreras de caballos, política ardiente y código caballeresco, derechos de los Estados y maldiciones a todos los yanquis, devoción al rey Algodón, desprecio a los blancos míseros y exagerada cortesía con las mujeres. Aprendió incluso a masticar tabaco. No le fue necesario adquirir la facilidad de beber whisky, porque la poseía de nacimiento.
Gerald seguía siendo el Gerald de siempre. Sus hábitos de vida y sus ideas cambiaron, pero él no quiso variar sus modales, aunque hubiese sido capaz de ello. Admiraba la elegancia afectada de los ricos plantadores de arroz y de algodón, artículos que transportaban a Savannah desde sus reinos pantanosos en caballos de pura sangre, seguidos de los carruajes de sus señoras, igualmente elegantes, y de las carretas de sus esclavos. Pero Gerald no consiguió nunca ser elegante. Aquel modo de hablar perezoso y confuso sonaba agradablemente en sus oídos; pero su propio acento vivo adheríase a su lengua. Le agradaba la gracia indolente con que realizaban negocios importantes, arriesgando una fortuna, una plantación o un esclavo a una carta y escribiendo sus pérdidas con indiferente buen humor y sin darle mayor importancia que a la calderilla que arrojaban a los negritos. Pero Gerald había conocido la pobreza y jamás pudo aprender a perder el dinero alegremente y de buen grado. Era una raza simpática la de aquellos georgianos de la costa, con su voz dulce, sus iras repentinas y sus deliciosas contradicciones que tanto agradaban a Gerald. Pero en el joven irlandés, recién llegado de un país donde el viento soplaba húmedo y fresco y en donde la fiebre no acechaba en los neblinosos pantanos, había una vitalidad ardiente e inquieta que lo hacía diferente de aquellos individuos indolentes, producto del clima semitropical y de los pantanos, focos de malaria.
De ellos aprendió lo que le pareció útil, prescindiendo del resto. Encontró que el póker era la más útil de las costumbres sudistas; el póker y el aguantar el whisky; fue su natural actitud ante las cartas y los licores lo que facilitó a Gerald dos de sus tres bienes más preciados: su criado y su plantación. El tercero era su mujer; y ésta la atribuía únicamente a la misteriosa bondad de Dios.
El criado, llamado Pork, un negro lustroso, digno y práctico en todas las artes de la elegancia indumentaria, era el resultado de una noche entera de póker con un plantador de la isla de Saint Simon, cuyo denuedo en la baladronada igualaba al de Gerald, pero que no tenía su misma resistencia para el ron de Nueva Orleans. Aunque el propietario de Pork ofreció después para recobrarlo el doble de su valor, Gerald rehusó obstinadamente, porque la posesión de aquel primer esclavo (y por añadidura «el mejor maldito criado de la costa») constituía el primer paso hacia el cumplimiento de lo que ansiaba su corazón. Gerald deseaba ser propietario de esclavos y terrateniente.
Acariciaba el pensamiento de no pasarse todos los días de su vida comprando y vendiendo como James y Andrew, o todas las noches comprobando columnas de cifras a la luz de una vela. Sentía ardientemente lo que sus hermanos no sentían, el estigma social adscrito a los pertenecientes al comercio. Gerald quería ser un plantador. Con la profunda codicia de un irlandés que ha sido arrendatario de las tierras que un tiempo fueron de la familia, deseaba ver sus propias hectáreas extenderse verdes ante sus ojos. Con una despiadada sinceridad de propósitos deseaba tener su propia casa, su propia plantación, sus caballos y sus esclavos. Y aquí, en este nuevo país, libre de los dos peligros de la tierra que había dejado (los impuestos que devoraban las cosechas y la continua amenaza de una confiscación imprevista), pensaba tenerlos. Pero, con el transcurso del tiempo, se dio cuenta de que tener aquella ambición y conseguir realizarla eran dos cosas distintas. La costa georgiana estaba sostenida tan firmemente por una aristocracia atrincherada en sus reductos que era muy difícil que él nunca pudiera esperar conseguir el puesto que se proponía. Entonces, la mano del destino y la del póker, conjuntamente, le dieron la plantación, que más tarde denominó Tara, y al mismo tiempo le sacaron de la costa y le establecieron en la meseta de Georgia.
Ocurrió en un salón de Savannah en una cálida noche de primavera, cuando la casual conversación de un desconocido sentado a su lado hizo que Gerald aguzase el oído. El forastero, un nativo de Savannah, había regresado después de doce años de ausencia en el interior. Era uno de los agraciados de la lotería agrícola organizada por el Gobierno para dividir el amplio espacio de la Georgia central, cedida por los indios el año antes de la llegada de Gerald a Estados Unidos. El desconocido marchó allá y estableció una plantación; pero ahora que su casa se había incendiado no quería permanecer más tiempo en aquel «maldito lugar» y se sentiría encantado de poder abandonarlo.
Gerald, siempre con el pensamiento de poseer una plantación propia, buscó la manera de serle presentado; y su interés aumentó cuando el extranjero le dijo que la parte septentrional del Estado se estaba poblando de personas procedentes de Carolina y Virginia. Gerald había vivido lo suficiente en Savannah para adquirir la opinión de los habitantes de la costa: que el resto del país era bosque salvaje y que en cada matorral había escondido un indio. Haciendo negocios para sus hermanos, había tenido que pasar por Augusta, ciudad situada a ciento sesenta kilómetros al norte del río Savannah, y viajado por el interior visitando las viejas ciudades al oeste de aquélla. Sabía que esa parte estaba tan poblada como la costa; pero, por la descripción del forastero, su plantación debía de encontrarse a más de cuatrocientos kilómetros hacia el interior, al noroeste de Savannah, a poca distancia del río Chattahoochee. Gerald sabía que, al norte y al otro lado del río, el territorio estaba aún en poder de los indios iroqueses; por este motivo oyó con estupor al forastero burlarse de los temores acerca de las desavenencias con los indios y contar cómo en el nuevo país se extendían las ciudades y prosperaban las plantaciones.
Una hora después, cuando la conversación empezó a languidecer, Gerald, con una astucia que hacía creer en la inocencia de sus brillantes ojos azules, propuso una partida. A medida que avanzaba la noche y las bebidas se sucedían, los demás jugadores fueron abandonando la partida, dejando que contendiesen Gerald y el forastero. Éste apostó todas sus fichas y puso a continuación la escritura de propiedad de la plantación. Gerald empujó todas sus fichas y apostó por añadidura su cartera. Que el dinero que contenía fuera casualmente de la razón social O’Hara Hermanos, no inquietaba su conciencia hasta el punto de confesarlo antes de la misa de la mañana siguiente. Sabía lo que quería, y cuando Gerald quería algo lo conquistaba por el camino más corto. Además tenía tal fe en su destino y en los cuatro doses que ni por un momento se preguntó cómo restituiría el dinero si se echaran sobre la mesa cartas mejores.
—No es negocio su ganancia; y me alegro de no tener que pagar más contribuciones allá —suspiró el poseedor de un trío de ases pidiendo pluma y tintero—. La casa grande se incendió hace un año y en los campos crecen malezas y pinos. Pero ya son suyos...
—No mezcles nunca las cartas con el whisky, como no hayas sido destetado con aguardiente irlandés —dijo gravemente aquella noche Gerald a Pork, mientras éste le ayudaba a acostarse.
Y el criado, que había empezado a chapurrear el dialecto irlandés por admiración a su amo, le respondió en una extraña combinación de jerga negra y de dialecto del condado de Meath que hubiera confundido a cualquiera excepto a ellos dos.
El fangoso río Flint, que corría silencioso entre murallas de pinos y encinas cubiertas de retorcidas vides silvestres, rodeaba la nueva tierra de Gerald como un brazo curvado. Erguido en la pequeña cima sobre la cual había estado en un tiempo la casa, veía aquella gran barrera verde que representaba la agradable evidencia de su posesión, como si fuese una cerca construida por él mismo para señalar su propiedad. Firme sobre los cimientos ennegrecidos de la casa quemada, contemplaba la gran avenida de árboles que conducía al camino y juraba ruidosamente con una alegría demasiado profunda para permitirle una plegaria de acción de gracias. Aquellas dos líneas paralelas de árboles frondosos eran suyas, suyo aquel prado abandonado, invadido por la cizaña que crecía sin trabas bajo los jóvenes magnolios. Los campos incultos tachonados de pinos y de malezas espinosas, que a los cuatro lados extendían, lejana, su quebrada superficie de arcilla rojiza, pertenecían a Gerald O’Hara..., eran todos suyos, porque él poseía un obstinado cerebro irlandés, y el valor de apostarlo todo en una jugada de cartas. Gerald cerró los ojos y, en el silencio de aquellos eriales, sintió que había llegado al hogar. Allí, bajo sus pies, surgiría una casa de ladrillos enjalbegados. Al otro lado del camino se harían nuevas cercas que encerrarían rollizo ganado y caballos de raza; y la rojiza tierra que descendía desde la ladera de la colina a la fértil orilla del río resplandecería al sol como un edredón: ¡algodón, hectáreas y hectáreas de algodón! La fortuna de los O’Hara volvería a surgir.
Con una pequeña cantidad que sus hermanos le prestaron con escaso entusiasmo y con una bonita suma obtenida por la hipoteca del terreno, Gerald adquirió los primeros braceros y se fue a vivir a Tara en soledad de soltero en la casita de cuatro aposentos del mayoral, hasta el día en que se levantaron los blancos muros de Tara.
Desbrozó los campos, plantó algodón y volvió a pedir un préstamo a James y a Andrew para comprar más esclavos.
Los O’Hara eran como una tribu unida, ligada en la prosperidad y en el infortunio, no por excesiva afección familiar, sino porque habían aprendido durante los años dolorosos que una familia debe, para poder sobrevivir, presentar al mundo un frente compacto. Prestaron el dinero a Gerald y, en los años siguientes, aquel dinero volvió a ellos con intereses. Gradualmente, la plantación se ensanchó, porque Gerald compró más hectáreas situadas en las cercanías; y con el tiempo la casa blanca llegó a ser una realidad en vez de un sueño.
Los esclavos construyeron un edificio pesado y amplio, que coronaba la cima herbosa dominando la verde pendiente que descendía hasta el río; a Gerald le agradaba mucho porque aun siendo nuevo tenía un aspecto añejo. Las vetustas encinas que habían visto pasar bajo su follaje a los indios circundaban la casa con sus gruesos troncos y elevaban sus ramas sobre la techumbre con densa umbría. En el prado, limpio de cizaña, crecieron tréboles y una hierba para pasto que Gerald procuró fuese bien cuidada. Desde la avenida de los cedros que conducía a las blancas cabañas del barrio de los esclavos, todo el contorno de Tara tenía un aspecto de solidez y estabilidad, y cuando Gerald galopaba por la curva de la carretera y veía entre las ramas verdes el tejado de su casa, su corazón se henchía de orgullo como si lo viese por primera vez.
Todo era obra suya, del pequeño, terco y tumultuoso Gerald. Estaba en magníficas relaciones con todos sus vecinos del condado menos con los Macintosh, cuyas tierras confinaban con las suyas a la izquierda, y con los Slattery, cuya hectárea de terreno se extendía a la derecha junto a los pantanos, entre el río y la plantación de John Wilkes.
Los Macintosh eran escoceses, irlandeses y orangistas; y, aunque hubiesen poseído toda la santidad del calendario católico, su linaje estaba maldito para siempre a los ojos de Gerald. Verdad era que vivían en Georgia desde hacía setenta años o más y, anteriormente, habían vivido durante una generación en las dos Carolinas; pero el primero de la familia que había puesto el pie en las costas americanas procedía del Ulster, y esto era suficiente para Gerald.
Era una familia taciturna y altanera, cuyos miembros vivían estrictamente para ellos mismos, casándose con parientes suyos de Carolina; y Gerald no era el único que sentía antipatía por ellos, porque la gente del condado era cortés y sociable pero poco tolerante con quienes no poseían esas mismas cualidades. Los rumores que corrían sobre sus simpatías abolicionistas no aumentaban la popularidad de los Macintosh. El viejo Angus no había libertado jamás ni a un solo esclavo y había cometido la imperdonable infracción social de vender alguno de sus negros a los mercaderes de esclavos, de paso hacia los campos de caña de Luisiana; pero los rumores persistían.
—Es un abolicionista, no hay duda —hizo observar Gerald a John Wilkes—. Pero en un orangista, cuando un principio es contrario a la avaricia escocesa, se viene abajo.
Los Slattery eran cosa diferente. Pertenecientes a los blancos pobres, no se les concedía siquiera el envidioso respeto que la independencia de Angus Macintosh conseguía forzadamente de las familias vecinas. El viejo Slattery, que permanecía desesperadamente aferrado a sus escasas hectáreas de terreno, a pesar de las constantes ofertas de Gerald y de John Wilkes, era inútil y quejumbroso. Su esposa, una mujer desgreñada de aspecto enfermizo y pálido, era la madre de una prole de chicos ceñudos y conejiles que aumentaba cada año. Tom Slattery no poseía esclavos; él y sus dos hijos mayores cultivaban a ratos sus pocas hectáreas de algodón, mientras la mujer y los hijos menores atendían lo que se suponía una huerta. Pero de todos modos el algodón se malograba siempre y la huerta, a causa de los constantes embarazos de la señora Slattery, no producía lo suficiente para nutrir su rebaño.
El ver a Tom Slattery haraganeando ante los porches de sus vecinos, mendigando semillas de algodón o un trozo de tocino «para salir adelante», era cosa frecuente. Slattery odiaba a sus vecinos con toda la poca energía que poseía, percibiendo su desprecio bajo la cortesía aparente. Y odiaba especialmente a los «negros engreídos de los ricos». Los esclavos negros del condado se consideraban superiores a los pobretones blancos y su visible desprecio le hería, así como su más segura posición en la vida excitaba su envidia. En contraste con su propia existencia miserable, ellos estaban bien alimentados, bien vestidos y cuidados cuando eran viejos o estaban enfermos. Se sentían orgullosos del buen nombre de sus amos y, la mayor parte de ellos, de pertenecer a gente de calidad, mientras que él era despreciado por todos. Tom Slattery podía haber vendido su granja por el triple de su valor a cualquier plantador del condado. Éstos hubieran considerado bien gastado el dinero que librase a la comunidad de un indeseable; pero él prefería quedarse y vivir miserablemente del provecho de una bala de algodón, y de la caridad de sus vecinos.
Con el resto del condado Gerald mantenía relaciones de amistad, y con algunos de sus vecinos, de intimidad. Los Wilkes, los Calvert, los Tarleton, los Fontaine, todos sonreían cuando la figurilla del irlandés sobre el gran caballo blanco galopaba por sus carreteras y le hacían señas para que vaciase grandes copas en las que echaban una buena cantidad de aguardiente de maíz sobre una cucharadita de azúcar y una ramita de menta picada. Gerald era simpático y los vecinos se enteraban con el tiempo de lo que los niños, los negros y los perros descubrían a primera vista, esto es, que detrás de su voz retumbante y de sus modales truculentos se escondía un buen corazón, un oído acogedor y servicial y una cartera abierta a todos.
Su llegada tenía lugar siempre entre un tumulto de perros que ladraban y de negritos que gritaban, corriendo a su encuentro, disputándose el privilegio de sujetar su caballo y retorciéndose y gesticulando al oír sus afables insultos. Los niños blancos querían sentarse sobre sus rodillas para que les hiciese el caballito, mientras él denunciaba a los mayores la infamia de los políticos yanquis; las hijas de sus amigos le confiaban sus asuntos amorosos y los jovencitos de la vecindad, que temían confesar a sus padres sus deudas de honor, encontraban en él un amigo en la necesidad.
—¿Cómo tienes esa deuda desde hace un mes, bribón? —les gritaba—. ¡Por Dios! ¿Por qué no me has pedido el dinero antes?
Su ruda manera de hablar era demasiado conocida para que nadie se ofendiese; y el jovencito se limitaba a sonreír burlonamente, respondiendo avergonzado:
—Bueno, es que no quería molestarle, y mi padre...
—Tu padre es un buen hombre; generoso, pero un poco rígido; toma esto y que no te vuelva a ver por aquí.
Las mujeres de los plantadores fueron las últimas en capitular. Pero la señora Wilkes («una gran señora que posee el raro don del silencio», como la definía Gerald) dijo una tarde a su marido después de haber visto desaparecer entre los árboles el caballo de Gerald: «Tiene una manera ordinaria de hablar, pero es un caballero.» Gerald había triunfado definitivamente.
No se daba cuenta de que había tardado cerca de diez años en triunfar, pues jamás se le ocurrió que sus vecinos le hubieran mirado con recelo al principio. A su juicio era indudable que lo había logrado desde el primer momento en que puso los pies en Tara.
Cuando Gerald cumplió cuarenta y tres años (tan robusto de cuerpo y coloradote de cara que parecía uno de esos nobles cazadores que aparecen en los grabados deportivos) se le ocurrió que, por queridos que le fuesen Tara y la gente del condado, por abiertos que tuviesen el corazón y la casa para él, no era bastante. Necesitaba una mujer.
Tara reclamaba una dueña. El grueso cocinero, un negro del corral elevado a aquel puesto por necesidad, no tenía jamás a tiempo las comidas; y la criada, que antes trabajaba en el campo, dejaba que el polvo se acumulase sobre los muebles y no tenía nunca un paño de limpieza a mano, así que la llegada de huéspedes era siempre motivo de mucho jaleo y barahúnda. Pork, el único negro educado de la casa, tenía a su cargo la vigilancia general de los otros sirvientes, pero se había vuelto también perezoso y descuidado después de varios años de presenciar la manera de vivir descuidada de Gerald. Como criado tenía en orden el dormitorio de Gerald y como mayordomo servía a la mesa con dignidad y estilo; pero, aparte de esto, dejaba que las cosas siguiesen su curso. Con un infalible instinto africano, todos los negros habían descubierto que Gerald ladraba pero no mordía y se aprovechaban de ello vergonzosamente. Estaba siempre amenazando con vender los esclavos y con azotarlos terriblemente, pero jamás fue vendido un esclavo de Tara y sólo uno de ellos fue azotado, castigo que le administraron por no haber cepillado el caballo favorito de Gerald después de una larga jornada de caza.
Los ojos azules de Gerald observaban lo bien cuidadas que estaban las casas de sus vecinos y con qué facilidad dirigían a sus sirvientes las señoras de cabellos repeinados y de crujientes faldas. Él no sabía el trajín que tenían aquellas mujeres desde el alba hasta medianoche, consagradas a la vigilancia de la cocina, a la crianza, a la costura y al lavado. Veía únicamente los resultados exteriores y éstos le impresionaban.
La urgente necesidad de una esposa se le apareció claramente una mañana mientras se vestía para ir a caballo a la ciudad a asistir a una vista en la Audiencia. Pork sacó su camisa plisada preferida, tan torpemente zurcida por la doncella que sólo su criado hubiera podido ponérsela.
—Señor Gerald —dijo Pork, agradecido, doblando la camisa mientras Gerald se enfurecía—, lo que usted necesita es una esposa, una esposa que le traiga muchos negros a la casa.
Gerald regañó a Pork por su impertinencia, pero comprendió que tenía razón. Necesitaba una mujer y necesitaba hijos; y si no se apresuraba a tenerlos sería demasiado tarde. Pero no quería casarse con la primera que se presentase, como había hecho el señor Calvert, que había dado su mano a la institutriz inglesa de sus hijos, huérfanos de madre. Su mujer debía ser una señora, una verdadera señora, digna y elegante, como la señora Wilkes, y capaz de dirigir Tara como la señora Wilkes regía su propiedad.
Pero en las familias del condado se presentaban dos dificultades en el sistema matrimonial. La primera era la escasez de jóvenes casaderas. La segunda, más seria, era que Gerald era un «hombre nuevo», a pesar de sus diez años de residencia, y además un extranjero. No se sabía nada de su familia. Aun siendo menos inexpugnable que la aristocracia de la costa, la sociedad de Georgia septentrional no habría admitido jamás que una de sus hijas se casase con un hombre cuyo abuelo era un desconocido.
Gerald sabía que a pesar de la simpatía sincera de los hombres del condado, con los que cazaba, bebía y hablaba de política, no habría podido casarse con la hija de ninguno de ellos. Y no quería que se pudiese murmurar durante la sobremesa de la cena acerca de que este o aquel padre había negado a Gerald O’Hara, lamentándolo mucho, permiso para hacer la corte a su hija. No por esto se sentía Gerald inferior a sus vecinos. Nada podría hacerle sentirse inferior a ninguno. Era sencillamente una costumbre inveterada en el condado que las hijas se casaran únicamente entre familias que llevaran viviendo en el Sur mucho más de veinte años y que durante todo aquel tiempo hubiesen sido propietarias de tierras y de esclavos, entregándose únicamente a los vicios elegantes de la sociedad.
—Prepara el equipaje. Nos vamos a Savannah —dijo a Pork—. Y si te oigo decir «¡Punto en boca!» o «¡Vaya!» una sola vez, te vendo, porque ésas son palabras que rara vez empleo.
James y Andrew habrían podido ciertamente darle algunos consejos sobre el asunto del matrimonio; y quizás entre sus viejos amigos podía haber alguna hija que reuniese las condiciones deseadas y que lo encontrase aceptable como marido. Sus hermanos escucharon pacientemente su historia, pero le dieron pocas esperanzas. No tenían en Savannah parientes a los que recurrir, porque ambos estaban ya casados cuando llegaron a Estados Unidos. Y las hijas de sus viejos amigos se habían casado hacía tiempo y tenían ya hijos.
—Tú no eres un hombre rico ni perteneces a una gran familia —dijo James.
—He llegado a ser rico y podré formar una gran familia. Y no quiero casarme con una cualquiera.
—Vuelas muy alto —replicó Andrew secamente.
Pero hicieron lo que pudieron por Gerald. Eran viejos y estaban bien situados. Tenían muchos amigos y durante un mes llevaron a Gerald de casa en casa, a cenas, bailes y meriendas.
—Sólo hay una que me agrada —dijo finalmente Gerald—. Y ésa no había nacido aún cuando desembarqué aquí.
—¿Y quién es?
—La señorita Ellen de Robillard —dijo Gerald, aparentando indiferencia, porque los ojos negros y ligeramente oblicuos de Ellen de Robillard habían despertado algo más que su atención. A pesar de sus modales de una desconcertante apatía, tan extraña en una muchacha de quince años, le había fascinado. Por otra parte, Ellen tenía generalmente un aspecto de desesperación que le llegaba al corazón y le hacía ser más amable con ella de lo que lo había sido en toda su vida con nadie.
—¡Pero si podrías ser su padre!
—¡Estoy en la flor de la vida! —exclamó Gerald, picado.
James habló con calma:
—Escúchame, Jerry,5 no hay muchacha en todo Savannah con la que puedas tener menos probabilidades de casarte. Su padre es un Robillard; y estos franceses son orgullosos como Lucifer. Y su madre, ¡Dios la tenga en la gloria!, era lo que se dice una verdadera gran señora.
—No me importa —se obstinó Gerald—. Además, su madre ha muerto y el viejo Robillard me aprecia.
—Como hombre, sí; pero como yerno, no.
—Y la muchacha no te aceptará, de todas maneras —intervino Andrew—. Hace ahora un año estuvo enamorada de ese pollo alocado, primo suyo, Philippe de Robillard, a pesar de que su familia ha estado día y noche detrás de ella para hacerla desistir.
—Se marchó el mes pasado a Luisiana.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé —contestó Gerald, quien no deseaba descubrir que Pork le había proporcionado aquella valiosa información ni que Philippe se había marchado al Oeste por expreso deseo de su familia—. Además, no creo que esté tan enamorada como para no poder olvidarle. Quince años son muy poco para saber mucho de amor.
—Preferirán para ella a ese impetuoso primo, antes que a ti.
Por eso James y Andrew se quedaron tan admirados como todos cuando les llegó la noticia de que la hija de Pierre de Robillard iba a casarse con el pequeño irlandés que no era del país. Savannah murmuró de puertas adentro, haciendo comentarios acerca de Philippe de Robillard, que había marchado al Oeste; pero los chismes no obtuvieron respuesta. Fue siempre para todos un misterio el que la hija más bonita de los Robillard se casara con aquel turbulento hombrecillo de rostro colorado que apenas le llegaba al hombro.
El propio Gerald no supo nunca del todo cómo ocurrió el hecho. Sólo supo que se había operado un milagro. Y por única vez en su vida se sintió humilde cuando Ellen, palidísima pero tranquila, le puso su blanca mano sobre el brazo y le dijo: «Me casaré con usted, señor O’Hara.»
Los Robillard, estupefactos, se enteraron en parte de la respuesta; pero sólo Ellen y su Mamita supieron toda la historia de aquella noche en que la joven sollozó hasta el amanecer como una niña con el corazón destrozado, levantándose por la mañana con el ánimo sereno.
Con un presentimiento, Mamita llevó a su joven señora un paquetito enviado desde Nueva Orleans, con la dirección escrita con letra desconocida; el paquetito contenía una miniatura de Ellen, que ella dejó caer al suelo con un grito; cuatro cartas escritas de su puño y letra a Philippe de Robillard y otra breve de un sacerdote de Nueva Orleans, anunciándole la muerte de su primo en una riña de taberna.
—Le hicieron marcharse mi padre, Pauline y Eulalie. Le hicieron marcharse, sí. Los odio, los odio a todos. No quiero verlos más. Quiero irme. Quiero irme adonde no pueda verlos más, ni a ellos ni a esta ciudad, ni nada que me recuerde... a él.
Y, cuando acababa la noche, Mamita, que también había llorado inclinada sobre la cabeza morena de su ama, dijo a modo de protesta:
—¡Pero tú no puedes hacer eso, tesoro!
—Lo haré. Es un hombre bueno. Lo haré o entraré en el convento de Charleston.
Fue la amenaza del convento lo que hizo finalmente ceder a Pierre de Robillard, trastornado y afligido. Era un fiel presbiteriano, aunque su familia fuese católica, y la idea de que su hija se hiciese monja le resultaba más penosa que su casamiento con Gerald O’Hara. Después de todo, contra éste no tenía nada, como no fuese su falta de familia.
Así, Ellen, que ya no era Robillard, volvió la espalda a Savannah para no regresar nunca más y viajó hacia Tara con un marido de mediana edad, Mamita y veinte «negros de la casa».
Al siguiente año nació su primera hija, a la que bautizaron con el nombre de Katie Scarlett, como la madre de Gerald. Éste se desilusionó, porque esperaba un hijo; aunque, sin embargo, le agradó su morena hijita lo suficiente para servir ron a todos los esclavos de Tara y beber él también con ruidosa alegría.
Nadie supo jamás si Ellen lamentó alguna vez su decisión de casarse con él, y menos que nadie Gerald, que casi reventaba de orgullo cada vez que la miraba. Ella había borrado de su mente a Savannah y sus recuerdos cuando abandonó aquella graciosa y acogedora ciudad y, desde el momento en que llegó al condado, Georgia del Norte se convirtió en su patria.
Cuando salió para siempre de casa de su padre, dejó una mansión de líneas tan bellas y esbeltas como las de un cuerpo de mujer, como las de un navío a toda vela; una casa pintada con un rosado estuco, construida al estilo colonial francés, que se levantaba con delicada traza, y accesible por unas escaleras de caracol con barandillas de hierro forjado tan finas como encaje; una casa rica y graciosa, pero algo altiva.
Había abandonado no sólo la airosa morada, sino también toda la civilización que existía dentro de aquel edificio; se encontraba en un mundo tan extraño y distinto como si hubiera arribado a otro continente.
La Georgia septentrional era una región escarpada, habitada por gentes ásperas. Desde lo alto de la meseta, al pie de la cordillera de las Blue Ridge Mountains, veía hacia dondequiera que mirase colinas rojizas, con enormes picos de granito y esbeltos pinos que se alzaban umbrosos por doquier. Todo parecía selvático y bravío a sus ojos acostumbrados a la costa y a la tranquila belleza de las islas tapizadas de musgo gris y verde, con las blancas fajas de sus playas abrasadas bajo el sol semitropical y las vastas perspectivas de tierra arenosa tachonada de palmeras.
Era aquella de Georgia una región que conocía lo mismo el frío invernal que el calor del verano; y en la gente había un vigor y una energía que la sorprendían. Eran personas buenas, corteses, generosas, de carácter afable, pero resueltas, viriles y propensas a la ira.
Los habitantes de la costa que ella había abandonado se vanagloriaban de tomar todos sus asuntos, incluso los duelos y contiendas, con actitud indolente, pero estos de Georgia del Norte tenían una veta de violencia. En la costa, la vida se había suavizado; aquí era juvenil, vigorosa y nueva.
Todas las personas que Ellen había conocido en Savannah estaban cortadas por el mismo patrón; eran parecidísimos sus puntos de vista y sus tradiciones; aquí, la gente era de una gran variedad. Los colonos de Georgia del Norte venían de lugares muy diversos: de otras partes de Georgia, de las Carolinas, de Virginia, de Europa y del Norte. Algunos, como Gerald, eran gente nueva en busca de fortuna. Otros, como Ellen, eran miembros de viejas familias que encontraron la vida insoportable en sus antiguos hogares y habían buscado refugio en tierras distantes. Muchos se habían trasladado sin otra razón que la sangre inquieta de sus padres exploradores, que corría aún, vivificante, por sus venas.
Esta gente, llegada de lugares muy diversos y de muy distintos ambientes, daba a la vida entera del condado una falta de formulismo que para Ellen era completamente nueva y a la que no consiguió nunca acostumbrarse por completo. Sabía instintivamente cómo hubiera obrado la gente de la costa en cualquier circunstancia. Allí no consiguió nunca descubrir lo que habría hecho un georgiano del Norte.
Todos los negocios de la región prosperaban rápidamente, en una ola que rodaba hacia el Sur. Todo el mundo pedía algodón y la tierra nueva de la comarca, fértil y lozana, lo producía en abundancia. El algodón era el latir del corazón de la comarca; la siembra y la recolección eran la sístole y la diástole de la rojiza tierra. De los surcos sinuosos brotaba la riqueza y también la arrogancia creada por las verdes matas y las hectáreas de blanco vellón. Si éste los había hecho ricos en una generación, ¡cuánto más lo haría en la próxima!
La seguridad del mañana daba placer y entusiasmo por la vida; y la gente del condado gozaba de la existencia con una sinceridad que Ellen no comprendió jamás. Tenían dinero bastante y los suficientes esclavos para que les quedase tiempo de divertirse; y les gustaba el juego. Parecían no estar nunca ocupados; no dejaban de asistir a una partida de pesca o de caza o a una carrera de caballos; y no pasaba apenas una semana sin barbacoa o baile.
Ellen no quiso nunca, o no pudo, llegar a ser por completo como ellos (había dejado en Savannah mucho de sí misma), pero los respetaba, y con el tiempo aprendió a admirar la franqueza y la rectitud de aquella gente, muy poco reticente y que valoraba a un hombre por lo que era.
Llegó a ser la vecina más querida del condado. Era un ama de casa ahorrativa y afable, una buena madre y una esposa fiel. El dolor egoísta que habría dedicado a la Iglesia lo consagró, en lugar de a ella, al servicio de sus hijos, de su casa y del hombre que la había arrancado de Savannah y de sus recuerdos sin hacerle jamás una pregunta.
Cuando Scarlett tuvo un año (más sana y fuerte de lo que una niña tiene derecho a ser, según Mamita) nació la segunda hija de Ellen, bautizada con los nombres de Susan Elinor, pero a la que llamaban siempre Suellen; y a su debido tiempo vino Carreen, inscrita en la Biblia familiar como Caroline Irene. Las siguieron tres muchachos, que murieron antes de haber aprendido a andar; tres niños que ahora yacían bajo los retorcidos cedros, en el cementerio, a cien metros de la casa, bajo tres lápidas, cada una de las cuales llevaba el nombre de «Gerald O’Hara Jr.».
Desde el día en que Ellen llegó a Tara, el lugar había ido transformándose. Aunque ella sólo tenía quince años, estaba no obstante preparada para las responsabilidades de una dueña de plantación. Antes del matrimonio, las muchachas tenían que ser, sobre todo, dulces, amables, bellas y decorativas; pero después de casadas debían regir una casa con cien personas o más, entre blancos y negros; y con vistas a esto eran educadas.
Ellen había recibido la preparación para el matrimonio que se da a toda señorita de buena familia; y además tenía a Mamita, que con su energía era capaz de galvanizar al negro más holgazán. Pronto impuso orden, dignidad y gracia en la casa de Gerald y dio a Tara una belleza que antes no había tenido nunca.
La casa fue construida sin seguir ningún género de plan arquitectónico, y le añadían cuartos donde y cuando iban siendo necesarios; pero, con el cuidado y la atención de Ellen, adquirió un encanto especial que provenía, justamente, de su falta de diseño. La avenida de cedros que conducía del camino principal a la casa, aquella avenida sin la que ninguna casa de plantadores georgianos hubiera estado completa, tenía una sombra densa y fresca que daba mayor viveza y esplendor, por contraste, al verde de los otros árboles. La enredadera que caía sobre las terrazas resaltaba brillante sobre los ladrillos enjalbegados; y se unía con las rosadas y retorcidas ramas del mirto junto a la puerta y con las blancas flores de los magnolios, en la explanada, disimulando en parte las feas líneas de la casa.
En primavera y verano, el trébol y el pasto del prado se tornaban de un color esmeralda, de un esmeralda tan seductor que representaba una tentación irresistible para las bandadas de pavos y de gansos que debían vagar únicamente por la parte trasera de la casa. Los más viejos de la bandada se desviaban continuamente en clandestinos avances hacia la explanada delantera, atraídos por el verde de la hierba y la sabrosa promesa de los capullos y de los macizos sembrados. Contra sus latrocinios se había instalado bajo el pórtico delantero un pequeño centinela negro. Armado con una toalla andrajosa, el negrito, sentado en los escalones, formaba parte del cuadro de Tara; y era muy desgraciado, porque le estaba prohibido tirar a las aves y debía limitarse solamente a agitar la toalla y a gritar «¡Sos!» para espantarlas.
Ellen adiestró en aquella tarea a docenas de negritos; era el primer puesto de responsabilidad que desempeñaba un esclavo en Tara. Cuando cumplían diez años, eran enviados al viejo Daddy, el zapatero de la plantación, para aprender su oficio; o a Amos, el carpintero y carrero; o a Philippe, el vaquero; o a Cuffee, el mozo de mulas. Si no mostraban aptitudes para ninguno de estos oficios, trabajaban en el campo, y, en opinión de los negros, habían perdido sus derechos a cualquier posición social.
La vida de Ellen no era fácil ni feliz; pero ella no había esperado que fuese fácil, y, en cuanto a la felicidad, era aquél su destino de mujer. El mundo pertenecía a los hombres, y ella lo aceptaba así. El hombre era el dueño de la prosperidad, y la mujer la dirigía. El hombre se llevaba el mérito de la gerencia y la mujer encomiaba su talento. El hombre mugía como un toro cuando se clavaba una astilla en un dedo y la mujer sofocaba sus gemidos en el parto por temor a molestarle. Los hombres eran ásperos al hablar y se emborrachaban con frecuencia. Las mujeres ignoraban las brusquedades de expresión y metían en la cama a los borrachos, sin decir palabras agrias. Los hombres eran rudos y francos, y las mujeres, siempre buenas, afables e inclinadas al perdón.
Ella había sido educada en las tradiciones de las grandes señoras, a quienes se les enseña a soportar su carga conservando su encanto; y pensaba que sus tres hijas llegarían a ser también grandes señoras. Con las dos más jóvenes lo había conseguido, porque Suellen ansiaba tanto ser atractiva que prestaba oídos atentos y obedientes a las enseñanzas de su madre, y Carreen era tímida y fácil de guiar. Pero Scarlett, verdadera hija de Gerald, encontró áspero el camino del señorío.
Ante la indignación de Mamita, prefería compañeros de juego que no fuesen sus formales hermanitas o las bien educadas niñas de los Wilkes, sino los negritos de la plantación y los chicos de la vecindad; y sabía trepar a un árbol o tirar una piedra tan bien como cualquiera de ellos. Mamita estaba muy disgustada con que una hija de Ellen manifestara tales inclinaciones, y con frecuencia la conjuraba a que «se portase como una señora». Pero Ellen tomaba el asunto con una actitud más tolerante y previsora. Sabía que los compañeros de infancia serían, años después, sus pretendientes, y el primer deber de una muchacha era casarse. Se decía a sí misma que la niña estaba simplemente llena de vida y que habría tiempo de enseñarle las artes y gracias precisas para resultar atractiva a los hombres.
A tal fin encaminaron Ellen y Mamita sus esfuerzos, y, cuando Scarlett creció, se hizo una buena alumna en esa materia; pero no aprendió casi ninguna otra cosa. A pesar de una serie de institutrices y de dos años en la cercana Academia Femenina de Fayetteville, su educación era muy incompleta; sin embargo ninguna muchacha del condado bailaba con más gracia que ella. Sabía sonreír haciendo resaltar los hoyuelos de su rostro; caminar anadeando para que las amplias faldas de su miriñaque oscilaran fascinantes; sabía mirar a un hombre a la cara y bajar después los ojos pestañeando rápidamente, de modo que pareciese el temblor de una dulce emoción. Pero sobre todo aprendió a ocultar a los hombres una inteligencia aguda bajo un rostro tan dulce y tierno como el de un niño.
Ellen, con amonestaciones en tono suave, y Mamita, con sus constantes censuras, trataban de inculcar en ella las cualidades que la habrían de hacer verdaderamente deseable como esposa.
—Debes ser más amable, querida, más sosegada —decía Ellen a su hija—. No debes interrumpir a los caballeros que te hablen, aunque creas saber más que ellos sobre el asunto de que traten. A los caballeros no les gustan las muchachas demasiado desenvueltas.
—Las señoritas tontas que presumen mucho y dicen «quiero esto, no quiero aquello» pueden dar por seguro que no encontrarán marido —profetizaba Mamita con enfado—. Las muchachas deben bajar los ojos y decir «Sí, señor», «Está muy bien lo que usted dice, señor».
Entre las dos le enseñaron todo lo que una señorita bien nacida debía saber, pero ella aprendió solamente los signos exteriores de la urbanidad. No aprendió nunca la gracia interior de la que esos signos deben brotar: no la aprendió nunca ni vio la necesidad de aprenderla. Con las apariencias bastaba, porque sus apariencias señoriles le atraían cortejadores, y ella no deseaba más. Cernid se jactaba de que su hija era la mayor beldad de los cinco condados, lo cual era, en parte, verdad, pues le habían hecho proposiciones matrimoniales casi todos los jóvenes de las cercanías y de muchos lugares tan lejanos como Atlanta y Savannah.
A los dieciséis años, gracias a Mamita y a Ellen, Scarlett parecía dulce, encantadora y vivaracha; pero era, en realidad, caprichosa, presumida y terca. Tenía las pasiones fácilmente excitables de su padre irlandés, y nada, excepto una tenue capa exterior, del carácter desinteresado e indulgente de su madre. Ellen no se dio jamás completamente cuenta de que era sólo una capa, pues Scarlett le ponía siempre su mejor cara a su madre, ocultando sus travesuras, refrenando su temperamento y mostrándose en presencia de Ellen lo más suave que podía, porque su madre sabía, con una sola mirada de reproche, hacerla llorar. Pero Mamita no se hacía ilusiones sobre ella, y estaba constantemente alerta a las grietas de aquella capa. Los ojos de Mamita eran más agudos que los de Ellen, y Scarlett no recordaba nunca haberla podido engañar por mucho tiempo.
No es que estas dos guías afectuosas deplorasen la alegría, la vivacidad y la fascinación y el hechizo de Scarlett. Éstos eran rasgos de los que las mujeres del Sur se enorgullecían. Era el carácter terco e impetuoso de Gerald lo que las preocupaba en ella, y a veces temían que no pudieran ocultarse sus cualidades nocivas antes de que hiciese un buen matrimonio.
Pero Scarlett se proponía casarse, y casarse con Ashley, y le interesaba aparecer recatada, dócil y frívola, si es que éstas eran las cualidades que atraían a los hombres. No sabía por qué les gustaban a los hombres. Sólo sabía que tales métodos eran los que tenían éxito. Nunca le interesó tanto aquello como para intentar buscar la razón que lo motivaba, porque ignoraba el interior de los seres humanos y, por tanto, el suyo propio. Sabía únicamente que si ella decía «esto es así», los hombres invariablemente respondían «así es». Era como una fórmula matemática y sin mayor dificultad, porque las matemáticas habían sido la única materia que le pareció fácil a Scarlett en su época de colegiala.
Si conocía poco la idiosincrasia masculina, conocía aún menos la femenina, pues las mujeres le interesaban poco. No había tenido jamás una amiga ni sentido su necesidad. Para ella, todas las mujeres, incluso sus dos hermanas, eran enemigas naturales que perseguían la misma presa: el hombre.
Todas las mujeres, excepto una: su madre.
Ellen O’Hara era diferente, y Scarlett la consideraba como algo sagrado, aparte del resto del género humano. De niña, confundía a su madre con la Virgen María, y ahora que era mayor no veía motivo para cambiar de opinión. Para ella, Ellen representaba esa completa seguridad que sólo el Cielo o una madre pueden dar. Sabía que su madre era la personificación de la justicia, de la verdad, de la ternura afectuosa y del profundo saber: una gran señora.
Scarlett deseaba vivamente ser como su madre. La única dificultad era que, siendo justa y sincera, tierna y desinteresada, una se perdía la mayor parte de los goces de la vida y, sin duda, muchos cortejadores. Y la vida era demasiado breve para renunciar a tantas cosas agradables. Algún día, cuando se hubiese casado con Ashley y fuese vieja, algún día, cuando tuviese tiempo, trataría de ser como Ellen. Pero hasta entonces...
3 Orangista. Miembro de una sociedad formada en Irlanda en 1795 para mantener el protestantismo, es decir, la causa de Guillermo de Orange. (N. de los T.)
4 Canción compuesta en Inglaterra después de la batalla del Boyne (1690), en que los orangistas aplastaron a los partidarios de los Estuardo. (N. de los T.)
5 Diminutivo de Gerald. (N. de los T.)
4
Aquella noche, durante la cena, Scarlett cumplió su misión de presidir la mesa en ausencia de su madre; pero su pensamiento estaba trastornado por la tremenda noticia que había oído acerca de Ashley y Melanie. Sentía un desesperado deseo de que su madre volviera de casa de los Slattery, porque sin ella se sentía perdida y sola. ¿Qué derecho tenían los Slattery, con sus eternas enfermedades, a sacar a Ellen de su casa, cuando Scarlett la necesitaba más?
Durante la triste comida, la voz ruidosa de Gerald continuó ensordeciéndola hasta el punto de hacérsele insoportable. Él había olvidado por completo su conversación de aquella tarde y continuaba una especie de monólogo sobre las últimas noticias de Fort Sumter, acompañándolo de puñetazos en la mesa y agitando los brazos en el aire.
Gerald tenía la costumbre de dominar la conversación a las horas de comer, y Scarlett, generalmente preocupada con sus propios pensamientos, apenas le oía; pero aquella noche podía oírle menos aún, ya que sólo estaba atenta al ruido del coche que anunciase la vuelta de Ellen. Cierto que no pensaba decir a su madre lo que tanto le pesaba en el corazón, porque a Ellen la disgustaría y apenaría el saber que una hija suya quería a un hombre comprometido con otra muchacha. Pero, en lo más recóndito de la primera tragedia de su vida, ansiaba el gran consuelo de la presencia de su madre. Se sentía siempre segura cuando Ellen estaba a su lado, pues no había nada, por doloroso que fuese, que Ellen no pudiese mejorar sólo con su presencia.
Se levantó repentinamente de la silla al oír rechinar ruedas en la avenida; pero volvió a sentarse cuando el ruido se perdió en el corral de detrás de la casa. No podía ser Ellen, porque ella se habría apeado frente a la escalinata. En la oscuridad del corral, se oyó un excitado vocerío de negros y una estridente risotada. Mirando por la ventana, Scarlett vio a Pork, que había salido de la estancia un momento antes, sosteniendo en alto un candelabro encendido, mientras que de un carro descendían varias figuras que no conseguía distinguir. Las risas y las palabras sonaron más fuertes en el aire de la noche; eran voces agradables, rústicas y descuidadas, guturalmente suaves y musicalmente agudas.
Los pies se fueron arrastrando hasta la escalera posterior, y cruzaron el pasadizo que conducía a la casa principal, deteniéndose en el vestíbulo, justamente a la puerta del comedor. Hubo una breve pausa de cuchicheos, y luego Pork entró sin su habitual dignidad, girando los ojos alegres y resplandeciendo sus blancos dientes.
—Señor Gerald —anunció entrecortadamente, con el orgullo de un novio en su rostro radiante—. Su nueva mujer ha llegado.
—¿Mi nueva mujer? Yo no he comprado ninguna mujer —declaró Gerald, fingiendo gran seriedad.
—¡Ya lo creo, señor Gerald, ya lo creo! Y ahora está ahí fuera, esperando hablar con usted —contestó Pork, con una risita y frotándose las manos con excitación.
—Bueno, que pase la novia —dijo Gerald.
Y Pork, volviéndose, hizo señas de que entrase a su mujer, recién llegada de la plantación de los Wilkes para formar parte de la servidumbre de Tara. Entró, y, detrás de ella, casi oculta en su voluminosa falda de indiana, iba una niña de doce años, incrustada entre las piernas de su madre.
Dilcey era alta y se mantenía derecha. Podía tener cualquier edad entre los treinta y los sesenta años, tan terso era su inmóvil rostro. La sangre india rebelaba en sus facciones, dominando las características negras. El color rojo de su piel, su frente alta y estrecha, los pómulos salientes y la nariz aguileña, cuya punta se aplastaba sobre unos gruesos labios de negra, mostraban la mezcla de las dos razas. Se mantenía serena y andaba con una dignidad que superaba incluso a la de Mamita, porque ésta la había adquirido y Dilcey la llevaba en su sangre.
Cuando hablaba, su voz no era tan estridente como la de la mayor parte de los negros, y escogía las palabras con más cuidado.
—Buenas noches, señoritas, señor Gerald. Siento mucho molestarlos, pero quería venir a darles las gracias por haberme comprado a mí y a mi niña. Muchos señores han querido comprarme, pero no querían comprar también a mi Prissy, y por eso, sobre todo, quiero darle las gracias. Me portaré lo mejor que pueda, para demostrarles que no lo olvido.
—¡Ejem, ejem! —tosió Gerald, aclarándose la garganta y sintiéndose apurado al ser sorprendido en un acto de bondad.
Dilcey se volvió a Scarlett, y algo como una sonrisa arrugó las comisuras de sus ojos.
—Señorita Scarlett, Pork me ha dicho que usted le había pedido a su papá que me comprase. Y por eso le voy a dar a usted mi Prissy, para que sea su doncella.
Se volvió e hizo adelantarse a la chiquilla. Era una criaturita morena, de piernas delgaduchas como las de un pajarito, y con una profusión de trencitas cuidadosamente arrolladas en tiesos bigudíes sobre su cabeza. Tenía unos ojos agudos e inteligentes que se fijaban en todo y una expresión estudiadamente estúpida en la cara.
—Gracias, Dilcey —replicó Scarlett—; pero me temo que Mamita tenga algo que objetar. Ha sido doncella mía
