El guardián de la Biblia del Diablo

Richard Dübell

Fragmento

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Créditos

Título original: Die Wächter der Tenfelsbibel

Traducción: Irene Saslavsky

1.ª edición: octubre 2015

© 2008 by Bastei Lübbe AG

© Ediciones B, S. A., 2015

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-188-5

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Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita bibliográfica

Existe una leyenda...

DRAMATIS PERSONAE (un extracto)

... Y ALGUNAS FIGURAS HISTÓRICAS MÁS (también un extracto)

Cita del evangelio

1612: CAESAR MORTUUS EST

1617: EL DIABLO DANZANTE

1618: 1. LA GUADAÑA DE LA SEGADORA

1618: 2. UNA PROFUNDA CAÍDA

1618: 3. PERNSTEIN

EPÍLOGO

APÉNDICE

LA BIBLIA DEL DIABLO

EL CAMINO A LA GUERRA

COLOFÓN

AGRADECIMIENTOS

FUENTES

NOTAS

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Dedicatoria

Para mi abuela, que me regaló mi primer carnet de biblioteca. ¡Contempla el resultado, abu!

Ojalá hubiésemos tenido más tiempo para sentarnos juntos y tomar nota de todas las historias que me contabas. Tendremos que ponerle remedio en otra vida. Quiero darte las gracias por haber puesto en mis manos la llave que da acceso al mundo de los libros.

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Cita bibliográfica

No encontrarás los límites del alma.

HERÁLICTO DE EFESO

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Existe una leyenda...

Existe una leyenda...

Un monje fue emparedado como castigo por un delito atroz. Mientras se consumía en su prisión quiso dejar su legado por escrito. El libro debía contener todos los conocimientos que había reunido a lo largo de su existencia, precisamente los que le habían costado la vida. Debía convertirse en una Biblia del saber.

Durante la primera noche comprendió que jamás lograría terminar la obra y, desesperado, empezó a rezar. Como Dios no prestó oídos a sus súplicas, dirigió sus oraciones al diablo y le ofreció su alma.

El diablo acudió y aquella noche escribió el libro hasta el final, pero en vez de cumplir con lo acordado e incluir todos los saberes del mundo, solo volcó los del mal. A lo largo de milenios el Gran Tentador había intentado traspasar su saber a los hijos del hombre, un saber para el que aún no estaban preparados y que causaría su destrucción. Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso por su culpa, y por su culpa la humanidad acabaría sucumbiendo. Y como sabía que, en su mayoría, las personas estaban en guardia frente a él, camufló su legado y le dio la apariencia de una Biblia. Los de escaso intelecto no se darían cuenta, pero los inteligentes lo descubrirían. El propósito del diablo siempre fue causar la perdición de los miembros más destacados y brillantes de la humanidad.

El monje se daría cuenta de todo ello. Pero si intentaba destruir la obra, su saber también se perdería y no solo su vida, sino también su castigo, habrían resultado completamente inútiles.

El diablo sabía que el monje jamás sería capaz de hacerlo.

Después de unas semanas, cuando abrieron la celda del prisionero, encontraron un libro gigantesco junto a su cadáver. Los monjes que lo abrieron retrocedieron presa del horror: en una página se encontraron con un enorme retrato del diablo que les lanzaba una sonrisa maligna. Lo único que el solitario monje pudo hacer fue advertir a la posteridad mediante ese dibujo. Y ocultar la clave de la obra del diablo en tres páginas del libro.

Existe una leyenda...

Quien posee la fe en Dios posee el reino de los cielos.

Quien posee el saber del diablo dominará el mundo.

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DRAMATIS PERSONAE (un extracto)

DRAMATIS PERSONAE

(un extracto)

AGNES KHLESL

Nacida cuando su madre ya agonizaba y criada en un hogar sin afecto, Agnes ha entregado su corazón a Cyprian incondicionalmente... pero el precio de su amor es elevado.

CYPRIAN KHLESL

Siempre se interpuso en el camino de Mal cuando este quiso apoderarse de sus seres queridos. No sospecha lo cerca que se encuentra en esta ocasión.

ANDREJ VON LANGENFELS

El mejor amigo y compañero de Cyprian fue ladrón, ayudante de un charlatán, el primer cuentacuentos del emperador y un hombre a quien le arrebataron el gran amor de su vida.

A partir de entonces dejó que las sombras del pasado lo dominaran.

ALEXANDRA KHLESL

La hija de Agnes y Cyprian cree en el amor y se desespera ante el estado del mundo.

WENZEL VON LANGENFELS

El único hijo de Andrej debe enfrentarse a sus orígenes.

FILIPPO CAFFARELLI

El joven clérigo conoce tan bien la Iglesia que solo le queda una última pregunta que hacerle a Dios.

ADAM AUGUSTYN

El principal contable de la firma Khlesl & Langenfels siente afición por los escondites extraordinarios.

CORONEL STEPHAN ALEXANDER SEGESSER

El comandante de la Guardia Suiza es un leal camarada de su antecesor... y sobre todo un buen hijo.

VILÉM VLACH

El influyente comerciante de Brno mantiene vínculos con las más altas esferas... y tiene una cuenta pendiente.

SEBASTIAN WILFING HIJO

Aún sigue siendo el sueño de una futura suegra.

HEINRICH VON WALLENSTEIN-DOBROWITZ

El primo de un conocido general ha descubierto que la oscuridad más profunda siempre reside en la propia alma.

KASSANDRA DE LARA HURTADO DE MENDOZA

Tiene el diablo en el rostro... y en el corazón.

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... Y ALGUNAS FIGURAS HISTÓRICAS MÁS (también un extracto)

... Y ALGUNAS FIGURAS HISTÓRICAS MÁS

(también un extracto)

CARDENAL MELCHIOR KHLESL

El arzobispo de Viena hace caso omiso de la prudencia política.

POLYXENA VON LOBKOWICZ

La esposa del canciller imperial y la mujer más bella de su época guarda un secreto.

ZDENĚK POPEL VON LOBKOWICZ

Un diestro político que ocupa el más alto cargo del imperio.

ABAD WOLFGANG SELENDER VON PROSCHOWITZ

Un pastor de la iglesia que cree en el poder del Señor, pero no en el propio.

JAN LOHELIUS

Arzobispo de Praga, primado de Bohemia, Gran Maestre de los cruzados... y belicista a pesar de sí mismo.

CONDE JAROSLAV VON MARTINITZ, WILHELM SLAVATA, PHILIPP FABRICIUS

Tres hombres se precipitan por la ventana y provocan una catástrofe.

CONDE MATTHIAS VON THURN

Portavoz de los estamentos protestantes de Bohemia.

KARL VON ŽEROTIN, ALBRECHT VON SEDLNITZKY, SIEGMUND VON DIETRICHSTEIN

Políticos de Moravia que abrigan diversos conceptos morales.

MATÍAS I DE HABSBURGO

Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y sucesor del aborrecido Rodolfo II; por lo demás, en realidad no supuso una elección mejor.

FERNANDO II DE HABSBURGO

Archiduque de Austria Interior, rey de Bohemia y futuro emperador del Sacro Imperio Romano Germánico; hermano de Matías; un fanático que detesta a los protestantes.

PAPA PABLO V

Su espíritu está centrado en los edificios suntuosos, su corazón en el archivo secreto del Vaticano... pero, por desgracia, allí ya no hay espacio para la cristiandad.

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Cita del evangelio

De nuevo lo llevó consigo el diablo a un monte muy alto, le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: «Todo esto te daré si te postras y me adoras.»

Evangelio según san Mateo

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1612: CAESAR MORTUUS EST

1612: CAESAR MORTUUS EST

Todos cuantos aquí yacemos

somos huesos y ceniza, y nada más.

Inscripción en una lápida romana

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1

El emperador había fallecido y con la muerte había desaparecido todo lo que tenía de humano. En cambio permanecía todo lo fantástico, visionario y demencial, todo lo monstruoso e increíble que el mundo había relacionado con su persona; todo ello quedaría eternamente conservado en el recuerdo de los hombres... y allí, en su reino, en su cueva del dragón, su refugio profundamente oculto en las entrañas del castillo situado en el Hradčany.

Sebastián de Mora, antiguo bufón de la corte del difunto emperador Rodolfo, se estremeció: estaba convencido de que en cualquier momento aparecería el espíritu del muerto detrás de una de las columnas del cuarto de las maravillas.

—¡Por san Wenceslao! ¿Qué es eso? —susurró uno de los monjes encapuchados. Había retirado parcialmente un recipiente apoyado en un estante y el cristal relumbró, iluminado por el candil que sostenía el monje. Sebastián sabía qué era, conocía casi todos los objetos que el difunto emperador había coleccionado.

«En conserva —pensó—, ni más ni menos.»

Echó una rápida mirada a los demás; siempre se había preguntado si un día el emperador Rodolfo —en caso de que su bufón muriera antes que él— se encargaría de que su cadáver también fuera conservado.

Los otros jamás habían entrado en ese recinto, pero al contemplar su expresión se dio cuenta de que ellos también se hacían esa pregunta. La amenaza que suponían los monjes que sostenían espadas y puñales era muy tangible, pero al ver lo que se encontraba en esos estantes y reconocer su propia imagen reflejada, la pregunta pasaba a primer plano.

El monje retrocedió, el cristal se deslizó del estante, atravesó el rayo de luz y se hizo trizas contra el suelo; el contenido se derramó sobre las baldosas y un hedor a alcohol y podredumbre invadió la habitación.

—¡Cielo Santo!

El monje se apartó violentamente y los compañeros de infortunio de Sebastián apartaron la vista de la masa macilenta y tumefacta que yacía en el suelo. Pese a que el pestazo le perforaba la nariz, el bufón tomó aire. Sabía que en las docenas de recipientes de cristal que descansaban en ese estante se conservaban cosas mucho más horripilantes que un lactante de dos cabezas, cuyos ojos ciegos aparecían en ambos rostros medio descompuestos.

—Esos no son verdaderos monjes —susurró la voz de Brigitta. Sebastián la miró de soslayo; a la luz del candil su cara era una colección de sombras deformes que casi se asemejaba a los rostros grises de aquel horror que yacía en el suelo. Había sido una de las últimas en llegar a la corte de Rodolfo, un regalo del rey de Suecia. El emperador Rodolfo había reunido todos esos seres de baja estatura, patizambos y de miembros cortos, de rasgos nudosos o torcidos, procedentes de medio mundo.

—¡Habría que quemar todo esto, todas estas repugnantes... monstruosidades! —soltó el falso monje que había derramado el contenido del recipiente, y dirigió la mirada a los seis enanos que de pronto se apiñaron.

—Prosigamos —indicó el cabecilla de los monjes—. No perdamos más tiempo.

Sebastián los condujo hacia las profundidades del gabinete de curiosidades. No tenía otra opción. Como tampoco le había quedado más remedio que participar en el malvado juego de los hombres cuando de pronto estos aparecieron en el solitario pasillo al que Sebastián se había retirado para llorar la muerte del emperador Rodolfo. Eran dos y al principio los había tomado por verdaderos monjes, aunque luego oyó el taconeo de las botas, se fijó en sus oscuras capuchas... e intentó huir, pero el cabecilla lo atrapó y lo alzó con una mano mientras con la otra le cubría la boca. Después lo habían arrastrado hasta uno de los numerosos gabinetes y Sebastián se encontró frente a los demás enanos de la corte y ante dos monjes más que mantuvieron a raya a sus compañeros de infortunio mediante sus armas.

—¿Sabes dónde ocultó el emperador la Biblia del Diablo? —le había susurrado al oído el cabecilla. Sebastián había callado. El tipo lo zarandeó, pero el bufón insistió en su silencio. Pese a ello, notó que el temor amenazaba con obligarlo a ceder. El cabecilla hizo un pequeño movimiento con la cabeza y uno de sus hombres aferró al enano que estaba más cerca —por casualidad se trataba de Miguel, junto al cual Sebastián ya había estado en la corte española— y lo amenazó con la espada.

Casi asfixiado de terror, Sebastián se había apresurado a asentir con la cabeza.

—¿En un arcón del gabinete de las maravillas, cerrado mediante una cadena? ¿Y el emperador guarda la llave del arcón entre sus ropas?

Sebastián volvió a asentir con aire resignado.

—Están velando al emperador en su lecho de muerte. ¿Crees que podrás hacerte con la llave, Toro? —dijo el cabecilla en tono excitado. Que conociera el apodo de Sebastián indicaba que era un miembro de la corte de Rodolfo; sin embargo, su voz le resultaba desconocida.

El enano había vuelto a asentir antes de alejarse para cumplir con la tarea. Nadie prestó atención a la pequeña figura que se abría paso a tientas hasta el lecho del difunto emperador mientras los dignatarios y servidores de la corte permanecían de pie en un rincón, cuchicheando. Después el bufón regresó a la pequeña cámara confiando en que, contra todo pronóstico, los hombres disfrazados de monjes los dejaran en libertad a él y a sus camaradas.

Cuando alcanzaron la última habitación, el grupo volvió a detenerse. Allí Rodolfo había reunido los objetos que más lo fascinaban. Bezoares recubiertos de oro, engastados en plata o convertidos en cálices ocupaban los estantes. Un conejo con una sola cabeza y dos cuerpos, uno más escuálido que el otro, junto a un ternero de dos cabezas, contemplaba fijamente a los visitantes con sus ojos de vidrio. La luz del candil iluminó fugazmente las piezas expuestas. Un bastón de aspecto insignificante destacó en la oscuridad; el emperador estaba convencido de que se trataba del báculo original de Moisés, como también había creído que el largo huso de marfil incrustado de oro y gemas era el cuerno de un unicornio. Unos juguetes mecánicos despedían un fulgor apagado; el peso de las numerosas personas que ocupaban la cámara desplazó algunos tablones de madera, el resorte de uno de los mecanismos se accionó y, con un sonoro traqueteo, una Diana metálica y un centauro también metálico entraron en movimiento y avanzaron un par de pulgadas por el suelo. Uno de los falsos monjes soltó una maldición.

Sebastián indicó una argolla en el suelo y el candil iluminó el contorno de una trampilla magistralmente engastada. Cuando la abrieron del hueco emanó un tufo a azufre y salitre y el efluvio polvoriento de las setas secas, y a ello se sumó el olor a musgo y a otros líquenes; el aroma de aceite de rosas, lino, trementina y sándalo flotaba por encima de un hálito casi imperceptible a secreto, a actos furtivos y a magia negra.

Obligaron a Sebastián y a los demás a descender por la escalera. Oyó que uno de los hombres inspiraba el aire entre dientes. No quería hacerlo, pero entonces se volvió.

El emperador Rodolfo había hecho construir un enorme atril para la Biblia del Diablo, en torno al cual habían instalado una jaula de hierro a la que se accedía por una corta escalera circular; parecía el púlpito de una iglesia en la que no veneraban a Dios sino a esotéricos experimentos. Sebastián recordó las ocasiones en las que había visto la Biblia del Diablo apoyada en el atril: el cuero blanco parecía poseer un brillo propio, los herrajes de metal se asemejaban a negras huellas de zarpas, el ornamento también metálico situado en el centro de la tapa evocaba a una llave mágica que daba acceso a un mundo más allá de la realidad. Era el libro más grande que hubiera visto nunca. Para alguien como él, que se veía obligado a ponerse de puntillas para ver por encima del borde de una mesa, el volumen se elevaba en el atril como un enorme y resplandeciente arrecife. Sebastián oyó el mismo zumbido que siempre oía cuando se encontraba allí; parecía proceder de la Biblia del Diablo, pero en realidad solo era la sangre que palpitaba en su cabeza.

—Está vacío —dijo el cabecilla.

Sebastián indicó el pie del colosal púlpito, donde había un gran arcón ante el cual colgaba una cadena con un candado. Sin que nadie lo obligara, el bufón se acercó al arcón y abrió el candado. Alguien estiró el brazo, abrió la tapa e iluminó el interior del arcón, donde brillaban los herrajes. Sebastián sintió náuseas.

—Buen trabajo —dijo el cabecilla de los monjes—. Podéis marcharos, enanos.

Al tiempo que se volvía, Sebastián oyó un sonido metálico, como el de una guadaña que corta un grueso haz de hierba. Miguel se encontraba delante de Sebastián y, durante un instante de confusión, se preguntó en qué había cambiado su compañero. Entonces lo supo: las piernas de Miguel se doblaron en la medida que sus articulaciones rígidas y tullidas lo permitieron y luego cayó de lado como un muñeco de madera. Del cuello brotó un chorro de sangre negra y la cabeza de Miguel rodó hasta el pie del atril.

Silencio.

Durante un instante que se prolongó eternamente reinó el silencio.

La sangre de Miguel produjo un tamborileo contra el suelo de piedra, como un chaparrón.

Brigitta empezó a chillar y el silencio dio paso al desconcierto y al pánico.

Cinco pequeñas y macizas figuras empezaron a correr por la estancia. Los falsos monjes maldijeron mientras blandían las espadas, al tiempo que los aterrorizados enanos intentaban escapar, rápidos como gacelas. El laboratorio, repleto de mesas, bancos y tinas, no facilitaba que los hombres más grandes aprovecharan su ventaja. Uno de ellos asestó un cintarazo a un fugitivo, pero en vez de darle en la espalda acertó en el borde de una mesa. Las redomas y los serpentines que había encima produjeron un tintineo, cayeron al suelo y se rompieron al tiempo que el dueño de la espada se afanaba por arrancarla de la madera. Otro asestó un golpe a una pila de piedra y produjo una lluvia de chispas, pero no logró acertar a la multicolor figura que se había lanzado al interior. Brigitta chillaba desaforadamente mientras se deslizaba por debajo de las mesas e intentaba alcanzar la escalera agitando los bracitos. Alguien chocó contra el atril de la Biblia del Diablo, rebotó y cayó al suelo al tiempo que una espada hendía el aire donde hacía un instante había un enano que huía.

—¡Acabad con estas criaturas deformes! —rugió el cabecilla de los monjes, quien tropezó con el cuerpo decapitado de Miguel y cayó contra el arcón.

Su capucha se deslizó hacia atrás y Sebastián, que permanecía como petrificado en medio del caos, distinguió un rostro oculto tras un pañuelo negro por encima del cual solo los ojos permanecían visibles. Esos ojos se clavaron en el cuero blanco de la Biblia del Diablo situada a solo un palmo de distancia. Sebastián vio la codicia y el miedo reflejados en esa mirada, que no tardó en quedar enceguecida por la ira. El falso monje se volvió de un brinco y asestó un puntapié al cuerpo de Miguel, de manera que este acabó debajo de una mesa del laboratorio. El tipo alzó la espada y dio un paso hacia el bufón, pero alguien —era Juanito, Sebastián estaba seguro que se trataba de Juanito, que era tan gordo que en cierta ocasión se quedó atascado en la cesta de alambre instalada debajo de un pastel del cual debía salir de un brinco un poco más tarde— se arrojó contra las piernas del hombre y lo hizo tambalear. La suela de una bota resbaló en la sangre de Miguel y el falso monje cayó al suelo junto con la mesa, provocando un caos de astillas de vidrio, líquidos de diversos colores, polvos y cristales mágicos. Juanito se tambaleó en dirección opuesta y así escapó del cintarazo que perforó un saco de cuero del que brotó un gran chorro del mejor de los vinos tintos empleados por Rodolfo para lavar lombrices.

Sebastián salió de su parálisis y brincó hacia atrás. Clavó la vista en la luz de un candil apoyado en una mesa. Si lograba apagarla reinaría la más absoluta oscuridad en el laboratorio, y en esas circunstancias la estatura y la fuerza de los cuatro hombres ya no les supondrían ninguna ventaja. Vio que Brigitta había logrado encaramarse a la escalera mientras un brazo cubierto por un hábito trataba de alcanzarla. Vio que Juanito había intentado deslizarse entre las piernas de uno de los atacantes, pero no lo había logrado y el hombre lo arrastraba; vio que los otros dos enanos que se habían refugiado en el rincón más alejado se abrazaban, atrapados como conejitos entre la espada y la pared... Si lograba alcanzar el candil podría salvar a sus camaradas.

Se dejó caer contra la mesa sobre la cual estaba apoyado el candil y este se tambaleó. Sus bracitos eran demasiado cortos; no podía alcanzarlo. Aterrorizado, empujó con fuerza la mesa; el candil se agitó, se desplazó hacia Sebastián y amenazó con caer del borde. Él logró cogerlo, se quemó los dedos y se volvió para estrellarlo contra el suelo...

... la escena se congeló ante su mirada y no la olvidaría durante el resto de su vida: Brigitta, a quien el largo brazo oculto bajo el oscuro hábito había barrido de la escalera y arrojado contra una pared rompiéndole todos los huesos del cuerpo, dejó de chillar. Juanito permanecía tendido en el suelo agitando los bracitos y las piernas, con la vista clavada en el hombre que estaba de pie ante él y le clavaba la espada en el cuerpo. Los dos enanos del rincón seguían abrazados pero tendidos inmóviles en el suelo, mientras el cabecilla de los monjes se apartaba de ellos y la sangre goteaba de la hoja de su espada.

El candil se hizo añicos. De pronto reinó la más absoluta oscuridad, solo se oía el gotear de líquidos, el ruido de astillas de vidrio que lentamente se apagaba, el chirrido de la madera... Un prolongado y burbujeante gemido que debió de surgir de la boca de Juanito. Una maldición apenas susurrada. Botas que tropezaban y una maldición en voz alta. Alguien exclamó «¿Eh?» como si todo fuera un juego y alguien hubiese apagado la vela sin querer. Luego el silencio. Y Sebastián, de pie en el lugar donde había roto el candil, permanecía inmóvil, sin aliento, como si la sangre se hubiera detenido en sus venas, incapaz de pensar, medio enloquecido de pavor.

—Lo han oído en todas partes —dijo una voz.

—Larguémonos.

—¿Toro? —preguntó la voz del cabecilla, y Sebastián se estremeció de la cabeza a los pies—. ¡No ha estado nada mal, Toro!

—¡Larguémonos, Henyk! Los guardias del palacio llegarán en cualquier momento.

—¿Toro?

Sebastián contuvo el aliento.

—Deja ya a ese ser deforme. He encontrado la escalera.

Sebastián captó las dudas del cabecilla.

—De acuerdo, de acuerdo. ¡Volveremos a vernos, Toro! Vamos, llevémonos eso y larguémonos mientras podamos.

Durante los siguientes minutos —¿horas, días, siglos?— se oyeron gemidos, maldiciones, tanteos y el cauteloso avance de Sebastián, que se arrastró a través de la oscuridad por encima de cristales rotos y líquidos hediondos hasta quedar debajo de una de las mesas caídas, a salvo de una pisada que hubiese revelado su posición. Oyó que los cuatro ladrones arrastraban el arcón —que contenía el libro y que debía de pesar como dos hombres adultos— por la escalera y luego oyó pasos en el piso superior alejándose en dirección a la salida. No sabía cuánto tiempo permaneció tendido allí hasta que volvió a reinar el silencio y procuró ponerse de pie, aunque sus piernas se negaban a obedecerle. Por fin se arrastró escaleras arriba y sintió un hormigueo al pensar que tal vez lo habían engañado y lo aguardaban arriba, junto a la trampilla, pero finalmente no sucedió nada de eso. Atravesó el gabinete de curiosidades con paso vacilante, guiado en la oscuridad por su instinto; cuando consideró que debía de haber alcanzado el estante donde reposaban las criaturas deformes percibió el olor del alcohol y notó que el líquido en el que estaban conservados le salpicaba los zapatos.

Entonces la puerta se abrió, un rayo de luz penetró y, una vez más guiado por el instinto, Sebastián se ocultó detrás del estante más próximo.

—¡Vamos, iluminad!

Un grupo de hombres penetró en la primera bóveda y Sebastián distinguió el brillo de sus armaduras. Se arrastró hasta acurrucarse en un rincón al tiempo que la luz se acercaba y el grupo recorría la estancia. El cabecilla era un hombre envuelto en un largo manto oscuro, seguido de varios soldados.

—¡Dios mío! ¿Qué es eso que hay ahí delante?

—¡Virgen Santa...!

—Un engendro —dijo la primera voz, que sonaba asqueada. Sebastián no la conocía... En ese momento cayó en la cuenta de qué era el manto que le llegaba hasta los tobillos: la sotana de un sacerdote—. Su Majestad los coleccionaba. Creo que aquí hay docenas de ellos.

—¡Madre de Dios...!

—¿Dónde está el laboratorio secreto?

—Por debajo de la última cámara, reverendo padre.

Un rayo de luz se deslizó junto al escondite de Sebastián. Su mirada cayó sobre una copa engarzada en joyas situada delante de él. Un rostro lo contemplaba desde el fondo de la copa: ojos de pesados párpados, una nariz ancha, labios carnosos, una cabeza sin cuello que por encima de los ojos estaba aplanada como una tabla. La luz desapareció del gabinete de curiosidades. Sebastián oyó las exclamaciones de asco o sorpresa de los guardias y, después, cuando descubrieron la trampilla e iluminaron el interior con sus lámparas, un repentino y consternado silencio. El bufón se arrastró fuera de su escondite y echó a correr hacia la salida del gabinete de curiosidades lo más rápido que pudo, sin percatarse de que las lágrimas se derramaban por sus mejillas y que sus labios intentaban proferir palabras que su deformada garganta nunca podría pronunciar, un mugido apagado que suponía otro motivo para el sobrenombre que le habían puesto.

Corrió al pasillo, chocó contra la pared opuesta, se deslizó al suelo y sollozó. A través de las lágrimas vio que una figura envuelta en un atuendo amarillo y rojo se acercaba apresuradamente, y distinguió un sombrero de ala ancha con plumas de los mismos colores. Le daba igual que el hombre lo viera tendido en el suelo y llorando; el horror por lo que había visto y a lo que a duras penas había logrado sobrevivir anulaba cualquier otro sentimiento. Se encogió y deseó no seguir con vida.

De repente notó que lo alzaban y clavó la mirada en el apuesto rostro de un joven y, por encima de los colores flamígeros del atuendo, vio que sonreía.

—Que te vaya bien, Toro —dijo el rostro.

Si el espanto que invadía el alma de Sebastián podía ser aún mayor se debía precisamente a la voz, que resultó ser conocida. Hacía unos instantes había oído que decía: «¡Acabad con esas criaturas deformes!»

El joven del colorido atuendo lo sostenía en lo alto sin el menor esfuerzo mientras el bufón asestaba puñetazos al brazo del que colgaba. Era como si una mariposa luchara contra un león. Sebastián oyó el sonido de la ventana cuando su adversario la abrió con la otra mano y percibió el frío del mes de enero. Oyó que él mismo soltaba un quejido...

... y de pronto se volvió ingrávido. Una parte de su ser constató cuán ridículo resultaba su recuerdo en ese instante, el recuerdo de un tibio día de verano, los rostros acalorados que se acercaban y se alejaban de él, la manta que se tensaba y lo arrojaba hacia arriba y que lo recibía blandamente cuando volvía a caer, solo para volver a catapultarlo hacia lo alto... Las risas y los chillidos de las damas de la corte que tiraban de la manta... Las alitas que le habían sujetado a la espalda y que se disolvían en medio de un remolino de plumas al tiempo que él volaba hacia arriba para volver a caer en medio de un suave y cálido remolino de nieve... El corto jubón que constituía su único atuendo y que cada vez que ascendía se le deslizaba hasta las axilas provocando las carcajadas burlonas de las damas de la corte... Un angelote vivo de tres pies de estatura, de elegante barba y bigote negros, y un miembro viril que en un hombre de estatura normal ya hubiera llamado la atención y que constituía el primer motivo por el cual le habían adjudicado su apodo... Las risas que lo rodeaban y el temor de que las damas chillonas dejaran que cayera a un lado de la manta, mezclado con la excitación que suponía ser arrojado una y otra vez hacia el cielo, de volar...

Oyó un griterío y el ruido lo sorprendió hasta que se percató que quien gritaba era él mismo. ¡Desconcertado, comprobó que lo único que quería era vivir! Oyó la voz de su madre diciendo: «¡Mi pequeña, mi pequeñísima estrella de la suerte!», y sintió sus abrazos mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas y él se preguntaba por qué estaba triste, puesto que él estaba sano.

Oyó el rugido del viento.

Un hombre diminuto que se precipitaba a la muerte.

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2

Jadeando, el canciller imperial Zdenĕk von Lobkowicz alcanzó la entrada del gabinete imperial de las maravillas justo cuando los soldados se apostaban ante la puerta.

Quien creyera que con la muerte del emperador la vida en la corte se paralizaría debido al duelo haría mejor en no presentarle dicha teoría, pues en ese caso el hombre menudo de aspecto inofensivo, bigote hirsuto y cabellos peinados hacia atrás tal vez se hubiese abalanzado sobre él. Durante todos esos años Zdenĕk von Lobkowicz había sido el funcionario de rango más elevado del imperio, años marcados por la decadencia del emperador Rodolfo y por los torpes intentos de su hermano Matías de hacerse con la corona imperial. Dicha experiencia le había enseñado a albergar un considerable desprecio por casi todos los miembros de la corte, incluidos los grandes señores del imperio supuestamente escogidos por Dios. Había procurado enfrentarse a dicho desprecio demostrando una gran eficiencia, con el fin de no experimentarlo él mismo un día cualquiera, al mirarse en el espejo.

Solo había conservado el respeto por un hombre de alto rango al servicio del imperio: Melchior Khlesl. En realidad, el viejo cardenal y ministro había estado en el bando enemigo, el de los que apoyaban a Matías, hermano de Rodolfo, pero sumidos en ese pantano de pretenciosos ávidos de poder, perezosos y fanfarrones, los dos únicos funcionarios competentes se habían visto obligados a respetarse mutuamente pese a ser adversarios políticos.

Jan Lohelius, Gran Maestre de los cruzados y arzobispo de Praga, se encontraba junto a los soldados removiendo los pies; el anciano, que se había puesto una sotana en vez de los ropajes de obispo, parecía un viejo, gordo y reumático párroco de pueblo, de una palidez casi resplandeciente. Frente a él un hombre estaba apoyado contra la pared junto a la ventana; parecía tan presuntuoso como todos los jóvenes cortesanos que, con la mayor de las arrogancias, ocultaban su desesperada dependencia del favor de un cándido alto funcionario o de una dama de la corte entrada en años y deseosa de carne joven. Un segundo vistazo a los ojos azules del joven le hizo sospechar que en esa ocasión tal vez se había equivocado. En cualquier caso, ¿por qué preocuparse por una persona que ya no tendría la menor importancia cuando la tarea hubiese concluido y que, dadas las circunstancias, demostraba su mal gusto en el color de su atuendo amarillo y rojo?

—¿Ha salido todo bien? —susurró Lobkowicz, dirigiéndose a Lohelius.

El Gran Maestre asintió bajando los ojos, como quien no puede evitar hacerlo.

Lobkowicz rebuscó en sus bolsillos y encontró dos pequeñas cápsulas de metal descascarilladas, una pintada de verde y la otra de rojo, y clavó la vista en la primera.

—Canciller imperial... —musitó Lohelius.

Lobkowicz titubeó antes de abrir la cápsula, de la que extrajo un papel enrollado. En las últimas horas debía de haberlo sacado una docena de veces para leerlo, volver a guardarlo y extraerlo una vez más para leerlo de nuevo, todo con el único propósito de asegurarse de que había introducido el mensaje correcto en la cápsula correcta. Clavó la vista en la diminuta escritura: «Arcimboldo ha abandonado el edificio.»

—Canciller imperial...

—¿Qué ocurre, reverendo?

—Todo ha salido bien, pero... ha ocurrido algo...

—¿Qué? —dijo Lobkowicz, tratando de introducir nuevamente el rollo de papel en la cápsula. Se maldijo al comprobar que el temblor de sus dedos se lo impedía. Desde algún lugar al otro lado de la ventana que daba al jardín resonaban un alboroto y gritos apagados—. ¿Qué diablos pasa allí?

—Yo... yo... —barbotó el arzobispo y tuvo que carraspear—. Decídselo vos, Von Wallenstein.

El joven se apartó de la pared, se acercó a Lobkowicz y, sin que este se lo pidiera, cogió el papel y la cápsula e introdujo el mensaje con gesto diestro. El canciller le dirigió una mirada airada, pero calló y volvió a tomar la cápsula cerrada. El joven sonrió. Sus rasgos hubiesen servido como modelo para la imagen de un ángel, pero su sonrisa —pese a sus facciones perfectas, dientes blanquísimos y hoyuelos en las mejillas— hizo que el canciller se estremeciera: era como si un hálito gélido lo hubiera rozado.

—Hay un par de muertos tendidos en el laboratorio secreto —manifestó el joven.

—¿Sois el responsable... eh...?

—Heinrich von Wallenstein-Dobrowitz —dijo el joven, inclinando la cabeza—. No, ya estaban allí cuando llegué con mis hombres.

—¿La llave encajó en el cerrojo de la puerta...?

—Estaba abierta —contestó el joven en tono amable.

Lobkowicz apretó los dientes.

—¿Quiénes son esos muertos?

—Los enanos de la corte del emperador.

El canciller estaba atónito.

—¿Quién puede haber tenido interés en quitarles la vida a esos pequeños engen... a esos pequeños individuos?

—Acaso podamos suponer que se trata de una suerte de suicidio colectivo —dijo el interlocutor de Lobkowicz—. Tras la muerte de su protector, el emperador Rodolfo, etcétera.

—Uno o dos de ellos estaban literalmente cortados en pedazos... —soltó el arzobispo—. ¿Suicidio, Von Wallenstein?

—No digo que se trate de eso, solo que podríamos suponerlo. En voz alta y clara, quiero decir.

Lobkowicz, capaz de resolver cualquier asunto político con rapidez, asintió.

—Bien —dijo—. Ya tenemos bastantes problemas, así que no nos conviene cargar con el asesinato de unos cuantos enanos.

—¡Ellos también son pobres almas ante el Señor! —protestó Lohelius.

Lobkowicz lo contempló.

—¿Alguna vez habéis observado a uno de esos pobres seres imitándoos para divertir al emperador, vestido con el atavío de vuestro cargo que Su Majestad había hecho confeccionar para él? ¿Y habéis contemplado su cara retorcida y sonriente, que os permitía adivinar que el dueño sabía perfectamente que lo que más os hubiese agradado habría sido descuartizarlo, pero que no osabais hacerlo porque de lo contrario el emperador hubiera dispuesto otra jaula para vos en el foso del castillo? ¿Y acaso no os habéis descubierto, no sin bochorno, a vos mismo riéndole las gracias por conservar vuestro puesto?

El arzobispo tartamudeó.

—No, ya veo que no —concluyó Lobkowicz—. Yo sí. Así que dejadme en paz con vuestras pobres almas. Solo porque fueran pequeños eso no significa que no disfrutaran cometiendo maldades, al igual que todos los demás.

—Pero el que dejó abierta la puerta... Tiene que haber ocurrido apenas unos instantes antes de la llegada de Wallenstein... Incluso hemos visto un recipiente de vidrio hecho trizas, uno que contenía un engendro...

—¡Ojalá se hubiesen hecho trizas unos cuantos más!

—Pero, señor canciller..., ¡puede que hayan robado algo del gabinete de las maravillas!

—¿Qué, por ejemplo? ¿Una sirena disecada que cualquier imbécil hubiera identificado como una falsificación? ¿Una nuez increíblemente valiosa? ¿Un autómata que finge devorar perlas y que las caga diez minutos después?

El arzobispo Lohelius se esforzó por encontrar las palabras adecuadas, pero el canciller imperial se le adelantó.

—Por mí, que roben todo lo que hay allí dentro. En cuanto Matías acceda al trono, de todos modos lo hará quemar casi todo, lo hará arrojar al foso o lo venderá.

—Sí, pero...

—Sí, sí —dijo el canciller. Comprobó que su ira empezaba a abandonarlo y se encogió de hombros—. Mientras el rey de Bohemia no sea emperador del Sacro Imperio Romano Germánico o nadie más me indique lo contrario, soy el responsable de la conservación del gabinete de curiosidades de Su Majestad. Ya lo sé. ¡Y mientras ello sea así, haré ahorcar a cuantos osen meter la mano allí!

—Mis hombres han preparado el cargamento para la entrega tal como me ordenaron —intervino Heinrich von Wallenstein-Dobrowitz durante la pausa que se generó.

—¿Un saco de cuero con el emblema imperial?

—Un arcón sin emblema, cerrado mediante una cadena y un candado —contestó Von Wallenstein, permitiéndose una sonrisa compasiva.

—¿Examinó el contenido?

—Solo disponíamos de la llave de la puerta.

—¿Era pesado?

—Como un ataúd.

Lobkowicz lo miró fijamente.

—Una comparación de lo más desafortunada.

Heinrich von Wallenstein-Dobrowitz extendió las manos.

—Os pido perdón.

—Quiero ver el arcón —dijo Lobkowicz, se volvió y depositó la cápsula verde en la mano del arzobispo—. Tomad, reverendo. Puesto que ya os habéis disfrazado de párroco, también podéis encargaros de enviar la paloma mensajera. Conocéis el camino al palomar.

—¿Puedo serviros en algo más, excelencia? —preguntó Von Wallenstein.

—Que Dios nos asista a todos —dijo Lobkowicz, meneando la cabeza—. Llevadme con vuestros hombres para que podamos dejar atrás la condenada entrega —añadió, y lanzó una mirada irritada a la ventana—. Y por amor de Dios, que alguien se encargue de poner fin a ese alboroto. ¡Es como para creer que alguien cayó por la ventana!

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3

El fragmento de pergamino no hubiese tenido el menor significado para cualquiera que no estuviera relacionado con el archivo secreto del Vaticano. Sin embargo, una persona que durante los últimos años se había dedicado a realizar una completa reestructuración del archivo por encargo del papa Pablo V, con el fin de volverlo aún más indescifrable, había comprendido en el acto lo que significaban las columnas de cifras: una ubicación en un archivo.

Alguien que no pasara todo el día rodeado de tratados, decretos y bulas tal vez no hubiera reconocido una nota del papa Urbano VII en los garabatos escritos a mano tras las coordenadas, un papa que, sorprendentemente, en septiembre de 1590 había muerto tras un brevísimo pontificado de solo doce días. Esto último no hubiese resultado muy extraño de no ser por los rumores e incoherencias relacionados con la muerte del pontífice. De momento, la defunción del papa Urbano seguía siendo un enigma oficial.

El texto de la breve nota no le hubiera llamado la atención a nadie, a excepción del padre Filippo Caffarelli. Reverto meus fides!: Tú me has devuelto la fe.

¿Qué le había devuelto la fe al papa Urbano? ¿O quién?

Y la pregunta más importante: ¿tendría el poder de devolverle la fe al padre Filippo?

—No estás prestando atención —dijo la joven, y le pegó un cachete juguetón.

—Perdona —dijo el padre Filippo y volvió a lo suyo.

Que no se concentraba en su actividad resultaba innegable; notó que las manos de la joven se clavaban en las suyas y sospechó que sus movimientos no hubieran tardado en detenerse si, tras la última advertencia, ella no hubiese tomado la iniciativa; oyó sus jadeos y vio su rostro sudoroso sin verlo realmente.

¿Quién no perdería la fe en una época como esa, en la que un archiduque católico se aliaba con ciudades protestantes para arrebatarle la corona de Bohemia a su hermano, una corona que desde hacía siglos era decisiva para la elección del siguiente emperador? ¿Quién no desesperaría del propio imperio al pensar en todos los años durante los que el emperador Rodolfo había llevado la corona, un hereje que había renegado de todas las religiones, que realizaba experimentos antinaturales en su laboratorio secreto y reunía a su alrededor astrólogos, charlatanes y alquimistas herejes? ¿Y quién no enloquecería con su Iglesia cuando su supremo pastor no se afanaba en volver a unir la dividida cristiandad y en cambio se dedicaba por completo a sus tres proyectos: el archivo secreto, la reconstrucción de la fachada de la basílica de San Pedro y el reparto de prebendas eclesiásticas entre los miembros de su familia?

—Esto no conduce a nada —dijo la joven, que detuvo sus movimientos rítmicos y bajó las manos. Avergonzado, Filippo se apartó—. Piensas demasiado —dijo ella, cambió de posición ante la mantequera, agarró el mazo y empezó a trabajar de nuevo. Filippo contempló sus manos y calló—. Y cada vez estás peor.

—Quería ayudarte, de verdad.

—Ayúdate a ti mismo y dime qué te aflige.

—¿Alguna vez has oído hablar de la Biblia del Diablo?

—¿De qué...?

Filippo suspiró.

—No he oído hablar de ella, pero estoy convencida de que ha de existir algo así. Si el de allí arriba hizo escribir un libro sobre Él, ¿por qué no habría de hacerlo el de abajo?

—Resulta chocante, Vittoria, que alguien en cuya familia hay un Papa vivo y también un cardenal diga semejantes cosas.

—Pues justo en dichas circunstancias hay mucho que aprender.

Vittoria Caffarelli dejó de batir la mantequilla y contempló a Filippo, su hermano menor, el benjamín, tras el velo formado por sus largos cabellos sueltos.

—Sobre todo si uno se encarga del hogar del cardenal. ¿Por qué no se lo preguntas a él, a nuestro hermano mayor?

—¿A Scipione? —dijo Filippo, negando con la cabeza.

—¿Por qué tiene tanta importancia esa Biblia del Diablo? Si la encuentras, seguro que resultará ser una estúpida falsificación de un monje de hace cuatrocientos años y ni siquiera valdrá dinero.

—¿Cómo lo sabes? —exclamó Filippo, entornando los ojos—. Eso de los cuatrocientos años.

—No lo sé en absoluto —replicó Vittoria, riendo—, solo he mencionado una cifra al azar.

—La Biblia del Diablo fue creada hace cuatrocientos años. Y el papa Urbano la ha buscado.

—No debe de haber dedicado mucho tiempo a la búsqueda.

—Creo que precisamente esa búsqueda le costó la vida.

—Pues lo que yo creo es que se murió al ver los abismos de inmundicia en los que en gran parte consiste el Vaticano.

Filippo se preguntó si, de haber tenido una hermana mayor menos cínica, no se habría ahorrado el destino de ser el dubitativo frente a la Iglesia católica. Vittoria y él eran los últimos de la larga lista de hermanos Caffarelli. Después de que los dos niños que los precedieron no superaran la edad de la lactancia, la diferencia de edad entre ellos dos y los demás hermanos era muy grande y, en el caso del cardenal arzobispo Scipione Caffarelli, era de diez años: una distancia considerable que, sin embargo, quizás habría sido superable si todos los afectados lo hubieran intentado con más afán. Pero ello no ocurrió y los dos hermanos más jóvenes formaban una estrecha unión, pues ya de niños intuyeron que un día su existencia dependería de su capacidad de servir a todos los demás de un modo u otro.

Vittoria se había convertido en el ama de llaves de Scipione y Filippo en un párroco sin parroquia en la diócesis de su hermano mayor, al que le encargaban todas las ocasionales tareas en el interior del Vaticano mediante las cuales Scipione Caffarelli pretendía medrar. Scipione era la gran sombra en la vida de Filippo, un hosco monumento a la firmeza de la fe, la intolerancia y el fanatismo católico en medio de cuya oscuridad húmeda y gélida Filippo había montado su hoguera personal y en la cual ardía.

—He averiguado que el papa Urbano estaba firmemente convencido de que, mediante la Biblia del Diablo, lograría superar el cisma de la Iglesia. El libro debía de contener algo que hacía que uno se desprendiera de cualquier duda...

—Pobre hermanito. Deberías saber que la fe no proviene del exterior, tú que todos los días te enfrentas a las lecciones impartidas por el Papa y otros dignatarios de la Iglesia.

Filippo se encogió de hombros. Ni siquiera confiaba lo bastante en su hermana como para confesarle que en su alma se había abierto un agujero en el lugar que debería ocupar su fe y que allí solo había negrura. Esa clase de agujero clamaba por ser llenado desde el exterior.

—¿Qué más has averiguado?

—Que los protocolos acerca de la muerte del papa Urbano no encajan del todo. Pero nada más.

—¿Qué pone en los protocolos de la guardia suiza?

Filippo la miró fijamente.

—La guardia suiza —insistió Vittoria—. Esos individuos que parecen pavos reales, con sus largas alabardas y ese deje...

—¡Vittoria!

Filippo detestaba convertirse en blanco del cinismo de su hermana. Ella carraspeó y volvió a coger el mazo.

—Esos individuos lo saben todo —insistió, sin dejar de batir la mantequilla—. Pero no lograrás sonsacarles nada, solo dicen algo si los sometes a presión.

—¿Cómo podrías presionar a la guardia suiza?

—Todos tienen algo que ocultar.

—La guardia suiza, no.

—Pues entonces ya has descubierto un punto flaco.

Filippo besó a su hermana en la frente.

—¿Por qué trabajas y cocinas para nuestro hermano mayor? —preguntó—. Eres la más inteligente de todos nosotros.

Vittoria lo miró con afecto.

—Demasiadas veces he visto cómo te manipula Scipione —dijo mientras le acariciaba—. Lo hace mediante la fe. ¿Lo recuerdas?

—Sí —contestó Filippo en tono ahogado.

—Un día —dijo ella—, cobraré valor y mezclaré una libra de raticida en su comida. Este es el único y verdadero motivo por el que cocino y trabajo para él.

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4

El sonido evocó la isla de Iona en el recuerdo del abad Wolfgang Selender. Se encontrara donde se encontrase, nunca lograba escapar del rumor que aumentaba y disminuía sin cesar, un sonido que había formado parte de la vida en la isla, al igual que el frío, la lluvia, las nubes bajas que ocultaban el cielo y el permanente mal humor de los hermanos escoceses. Allí el ruido era similar, aumentaba y disminuía de volumen, resonaba en los pasillos del convento, rompía contra bordes, esquinas y peldaños, iba y venía en oleadas.

En Iona había sido el embate de las olas que jamás abandonaba a los monjes de la orgullosa abadía benedictina, el embate que los acompañaba cuando conciliaban el sueño y también cuando despertaban.

En Braunau, en cambio, todos desconocían el sonido del oleaje salvo el abad Wolfgang, y este sabía que lo único que le evocaba el año transcurrido en la isla —fría, solitaria y completamente olvidada por Dios y su Creación— era el aumento y la disminución del sonido.

Este rumor no guardaba la menor relación con el embate de las olas; en realidad se trataba de los gritos de la multitud invadida por el odio, reducidos a un apagado bramido por los muros del convento.

Detestaba la turbamulta, la detestaba por atreverse a alborotar ante la puerta de su convento, la detestaba por tomarse la libertad de amenazarlo... ¡a él, abad de Braunau y señor de la ciudad! La detestaba por su errónea fe protestante y por resistirse a todas sus medidas para intimidarla y todos sus intentos de obligarla a abandonar la herejía. Y, sobre todo, por ensuciar sus recuerdos de Iona.

El abad Wolfgang oyó que se abría la puerta de la pequeña celda en la que solía permanecer de día para responder a las preguntas de los monjes. No se volvió.

—Cada vez hay más, reverendo padre —anunció una voz trémula.

Él asintió sin apartar la vista de la inscripción en la pared. La había dejado allí como advertencia para sí mismo y como indicativo de lo que podría ocurrir si uno dejaba de creer en el poder divino.

—¿Qué hemos de hacer, reverendo padre? Si empiezan a embestir la puerta... Sabéis que no aguantará mucho...

Por supuesto, sabía que la puerta ni siquiera era merecedora de tal nombre. Cuando él llegó al convento por orden del emperador y por la mediación de un buen amigo, un miembro de los círculos más elevados de la Iglesia, para ocupar el puesto vacante debido a la muerte del abad Martin, su antecesor, no había ninguna puerta. Era como si un asalto hubiese pasado por encima del portal. Más adelante, cuando comprendió cuán sombrío era el tesoro que albergaban esos muros, también descubrió que, efectivamente, el convento había sufrido un asalto. El abad Martin no había hecho reparar nada y la disciplina de la comunidad se había desbaratado por completo. «Al igual que en Iona», había pensado Wolfgang. Si bien el abundante paisaje cultural y Braunau, que poco a poco se recuperaba de la última epidemia de peste, eran totalmente distintos de la isla escocesa sumida en su pobreza y su claridad marítima, esas eran casi las únicas diferencias: él, Wolfgang Selender von Proschowitz, había sido llamado a un lugar donde Dios y los reglamentos benedictinos requerían una mano firme que volviera a imponer el orden. Que él, que mantenía esa vocación hacía decenios, hubiera preferido permanecer en Iona, donde el mar proclamaba el ritmo sencillo y penetrante de la fe, carecía de importancia. Había aceptado la tarea convencido de que podría acabarla en uno o dos años, pero tras tomar conciencia de la pésima situación reinante en Braunau se había concedido cinco años e incluido la Contrarreforma de la ciudad en sus cálculos.

En el ínterin ya habían transcurrido diez años y lo único que había logrado había sido instalar las nuevas alas de la puerta del convento, pero aún no había podido amurallarla para que resistiera un verdadero asalto. El convento, que en el pasado había sido uno de los centros de erudición de Bohemia, alimentado por la rica ciudad de tejedores que se extendía ante sus muros, en ese momento se encontraba en el fin del mundo y la villa se había visto debilitada por las inundaciones, las pestes y una herejía pertinaz que se resistía a toda conversión.

A veces, durante sus más solitarias plegarias, Wolfgang preguntaba a Dios por qué había permitido que fracasara allí, pero de vez en cuando la respuesta provenía de otra fuente que palpitaba en las profundidades, bajo las bóvedas del convento, y le susurraba su perversión al oído.

—Regresa junto a los demás, seguid rezando, seguid cantando. Esos de ahí fuera deben oíros. Si la puerta cae, vuestros cuerpos deberán ser el obstáculo que detenga a los herejes.

El monje titubeó. El abad Wolfgang lo miró a los ojos: los tenía muy abiertos en medio del rostro grisáceo.

—La puerta resistirá —aseguró el abad y se obligó a sonreír.

El monje se alejó apresuradamente. Wolfgang volvió a dirigir la mirada a la inscripción que había ordenado dejar allí adrede cuando mandó cubrir todo el enyesado con pintura. Se había preparado para luchar contra la laxitud, las ideas erróneas y la desorientación; como siempre, se había preparado para emprender una pequeña cruzada contra la disminución de la fe en ese lugar del cual él era el responsable. Nadie le había advertido de que en realidad habría de enfrentarse a una cosa encerrada en diversos arcones y asegurada mediante cadenas y candados, situada en una mazmorra en los sótanos del convento, una cosa cuya vibración y susurro algunos afirmaban captar. Una cosa que no se le revelaba porque él se negaba a dar crédito a la historia de su creación, pero que a veces parecía susurrarle al oído cuando el aborrecimiento por las resistencias a las cuales se enfrentaba en ese lugar aumentaba hasta asfixiarlo.

El abad Martin, que había pasado los meses anteriores a su muerte en esa celda, un prisionero voluntario de su delirio, debió de estar paralizado de terror. Wolfgang ignoraba qué había ocurrido con la fe católica de Martin o con su confianza en las reglas de san Benito, pero supuso que alguien cuya fe era firme no habría necesitado un exorcismo para apartar el temor. Martin había garabateado el exorcismo una y otra vez en la pared de su celda, en mayúsculas, en minúsculas, legible como la inscripción en una lápida e ilegible como un esgrafiado. Una y otra vez, siempre el mismo exorcismo hasta cubrir todas las paredes y el enyesado que ya se desconchaba en algunos lugares. La primera vez que echó un vistazo a la celda, Wolfgang se había estremecido de espanto y no se sorprendió cuando ninguno de sus monjes lo siguió al interior; había dejado una de las inscripciones, justo a la altura de los ojos, pero ya empezaba a arrepentirse de ello: le parecía que había creado una pequeña abertura por la que podía penetrar en la celda la ponzoña del maldito tesoro que albergaban los sótanos del convento.

En Iona, por encima de la palpitación del oleaje y si prestaba mucha atención, le parecía oír sonidos individuales: el chillido de las gaviotas, el ladrido de los lobos de mar... En Braunau, si uno deseaba hacerlo, también se oían otros sonidos superpuestos bastante similares a los agudos chillidos de las aves blancas. Humillaciones y maldiciones que incluían su nombre, el de abad Wolfgang. Oía los insultos, que echaban a perder el recuerdo de las nubes y las gaviotas que flotaban en el cielo.

Clavó la vista en la pared haciendo rechinar dolorosamente los dientes. En Iona de vez en cuando había permanecido de pie en el acantilado, dejándose azotar por el viento con los brazos extendidos, rugiendo al compás de las olas con los ojos cerrados y la lluvia empapándole la cara y, al percibir su pequeñez frente a los elementos, pensaba que Dios lo había situado allí donde él resultaba necesario, lleno de la fuerza y del poder divino. En realidad, el rugido era como un salmo, mientras que en Braunau sentía con intensidad cada vez mayor que debía cerrar las mandíbulas para impedir que de sus labios brotara un alarido lleno de odio, no imbuido de la conciencia del poder divino. Durante los peores momentos estaba seguro de oír algo que palpitaba y susurraba en su alma, algo completamente inhumano. Era como si la inscripción en la pared respirara.

Vade retro, Satanas.

Al ver que todas las paredes de la celda estaban cubiertas de esa inscripción se quedó sin aliento. Un único grito mil veces repetido. Jesucristo lo había pronunciado lleno de confianza, pero allí la desesperación chillaba desde cada una de las letras. El abad Wolfgang había pasado una semana en esa celda de resonancias mudas y, cada vez más, creyó encontrarse dentro del cráneo del abad Martin; después ya no pudo soportarlo y pidió al cillerero que buscara un artesano.

Vade retro, Satanas.

¿Cuánto se había acercado el anticristo al abad Martin?

La puerta de la celda se abrió violentamente y chocó contra la pared. El abad Wolfgang se volvió y vio al hermano portero, jadeando y pálido como la nieve.

—¡Están derribando la puerta! —exclamó el hombre.

El semicírculo de monjes que, siguiendo las órdenes del abad Wolfgang, rezaban y cantaban detrás de la puerta parecía frágil y en absoluto tan sólido como una pared, no daban la impresión de que estuvieran firmemente convencidos de que su fe les permitiría enfrentarse a la horda hereje; los salmos que entonaban se apagaban bajo el estrépito de las alas del portón contra las que parecía embestir la turba. La muchedumbre no disponía de un ariete, se limitaba a lanzarse contra la puerta. Wolfgang vio que el yeso seco se desprendía de los lugares en los que los herrajes estaban engastados en la pared. Era como si las alas de la puerta respiraran y durante un instante la madera grisácea adoptó el color del mar embravecido bajo el cielo primaveral azul oscuro de Iona, teatralmente surcado de nubes. El cielo por encima de Braunau parecía inocente: un cálido día bohemio de abril recorrido por nubes algodonosas, musicalmente acompañado por el salvaje vocerío al otro lado de la puerta.

—¡Cerdos católicos paganos!

—¡Muérete, Wolfgang Selender!

—¡Mátalos a todos, san Wenceslao!

El abad Wolfgang percibió las miradas de los hermanos e, invadido por una cólera indecible, se arrepintió de no haber rasgado el documento ante la vista de todos, el documento que por entonces, en el tercer año de su cargo, le habían sostenido bajo las narices. En el documento aparecían la letra temblorosa del abad Martin y su firma bajo un largo párrafo que, en tono triunfal, exigía la construcción de una iglesia protestante en el interior de las murallas. Como si la burla quisiera sumarse al descaro, habían dedicado su templo pagano a san Wenceslao, santo patrón de Bohemia. En aquel entonces Martin había tachado «en el mercado de la ciudad» y reemplazado por «junto a la puerta Nieder»; pese al dislate que suponía considerar siquiera la construcción, había sido lo bastante precavido para exigir que la iglesia se erigiera en el extremo opuesto de la ciudad. Martin no llegó a sellar el documento: la muerte se le adelantó. Pero sin el sello del convento el permiso era nulo. Wolfgang nunca había accedido a sellarlo, a pesar de que a lo largo de los años los herejes siempre se habían presentado el día del aniversario de la muerte de su maldito doctor Lutero y exigido el refrendo.

Tras una nueva embestida la puerta estuvo a punto de ceder, los monjes retrocedieron y sus cánticos se volvieron vacilantes. Wolfgang estaba convencido de que esa situación ya se habría dado hacía años si él hubiese sellado el documento, pues en ese caso ya no lo hubieran necesitado. Un documento era un documento y concedía todo el derecho a sus poseedores, por más que el emperador hubiese enviado una delegación a Braunau para investigar el saqueo del convento y la muerte de los monjes (entre estas, casualmente, la del abad).

Las alas de la puerta traquetearon y temblaron; la torturada madera crujió.

—¡Ahorcad a los hermanos!

Uno de los monjes de la fila se volvió y echó a correr hacia el edificio principal, gimoteando. Los cánticos enmudecieron por completo. Wolfgang apretó los puños y ocupó el hueco que había dejado el monje fugitivo, cogió las manos de los hermanos situados a derecha e izquierda y no las soltó.

—Sed et si ambularevo in valle mortis non timebo malum quoquiam tu mecum es virga tua et baculuus tuus ipsa consolabuntur me! —dijo, entonando el texto del salmo veintitrés: Aunque fuese por valle tenebroso...

Un par de voces titubeantes se unieron a la suya.

—Pones coram me mensam ex adversia hostium meorum...

La puerta tembló. Las voces vacilaron pero no enmudecieron.

«Eso es —pensó el abad—, esa es la fuerza de la Iglesia católica. Esa es la quintaesencia de la fe.

»Preparas ante mí una mesa, a la vista de mis enemigos; perfumas mi cabeza, mi copa rebosa.»

—¡Arderás en el infierno, Wolfgang Selender!

Le pareció oír de nuevo el insistente susurro por encima de todo el griterío, pero las estrofas del salmo lo ahogaron.

«Bondad y amor me acompañarán todos los días de mi vida, y habitaré en la casa de Yavé un sinfín de días.»

Poco a poco los monjes formaron un coro cerrado. El abad Wolfgang miró fijamente al portero que, paralizado ante la amenaza, había permanecido inmóvil. Como en trance, el hombre cogió la mano del hermano más próximo y se unió a los cánticos. Un número cada vez mayor de monjes se dieron las manos: el cillerero, el maestro de los novicios, el prior... Casi todos los monjes se habían unido al muro viviente detrás de la puerta. Pese a la ira, Wolfgang se sintió invadido por una confianza casi sagrada. Fue lo que aconteció en Iona, cuando en otoño de pronto llegó una marea muy alta y los cinco hermanos de más edad habrían muerto ahogados en el dormitorio si todos los demás no hubiesen formado una cadena humana y los hubiesen arrastrado hasta la planta superior de la torre sin tener en cuenta el peligro que corrían sus propias vidas.

—¡Un salmo de David! —rugió Wolfgang, y los hermanos repitieron el recitado.

Ese era el brillo de la Iglesia católica, ese era el triunfo de la fe cristiana: permanecer juntos frente a cualquier amenaza exterior, aunque supusiera el martirio.

—¡Dadnos lo que nos corresponde!

—¡Largaos de la ciudad, putas del Papa!

De repente se desprendió una de las charnelas de la puerta, fragmentos de yeso y piedras cayeron al suelo, el ala de la puerta se combó y el portero se atragantó, presa del terror.

«El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes pastos me hace reposar. Me conduce a fuentes tranquilas, allí reparo mis fuerzas. Me guía por cañadas seguras haciendo honor a su nombre.»

Las alas de la puerta dejaron de temblar y el griterío exterior enmudeció súbitamente. En medio del silencio el coro resonó como las voces de los mismos ángeles y las altas paredes del convento devolvieron el eco. El abad Wolfgang siguió cantando y las voces lo siguieron hasta llegar al final del salmo por segunda vez, luego el silencio se adueñó del convento. Un último trozo de yeso se desprendió de la charnela reventada y cayó al suelo. Los monjes intercambiaron miradas asustadas; el abad Wolfgang se dirigió a la puerta con las piernas entumecidas y cogió el madero que la atrancaba con ambas manos. El portero soltó un suspiro. Wolfgang levantó el madero, que dejó caer con gran estrépito, y los monjes se sobresaltaron cuando abrió las alas de la puerta de un puñetazo. La callejuela que conducía a la plaza estaba cubierta de verduras y piedras, pero los proyectiles nunca llegaron a ser utilizados. La callejuela estaba desierta, la desembocadura que daba a la plaza del mercado resplandecía al sol.

Wolfgang se volvió, esforzándose más que nunca en su vida para contener un alarido triunfal.

—Amén —dijo, en cambio, en tono sereno.

Los hermanos se persignaron y unos cuantos empezaron a sonreír.

Los cánticos resonaban en los oídos del abad.

Entonces vio salir al monje envuelto en un hábito negro del edificio principal: se tambaleaba y la sangre se derramaba por su rostro.

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5

El sueño había sido tan real que Agnes permaneció tendida en la oscuridad, jadeando, con los ojos abiertos y como paralizada de espanto. En realidad más bien se trató de un recuerdo vívido, pues carecía por completo de los aspectos absurdos e incoherentes típicos de un sueño. Invadida por el temor, Agnes se aferró a la idea de que, en realidad, las cosas se habían desarrollado de un modo muy distinto. ¿O tal vez no? ¿Qué era la realidad en esos minutos entre el sueño y la vigilia? ¿Acaso lo que hasta entonces había tomado por la realidad era el sueño?

Volvió a verse en la ruinosa casa del barrio de Malá Strana de Praga: una mujer alta y delgada que llevaba un caro vestido que llamaba la atención, no tanto por las alhajas como por el tejido, sencillo pero precioso, que el sastre había empleado para confeccionarlo. Sus cabellos formaban un moño del que ya se habían desprendido los primeros mechones cuando abandonó su hogar. Cyprian, que la conocía mejor que cualquier otra persona, solía decir que el aplomo y la voluntad de ser libre empezaban por la cabeza, y ella creía que —en efecto— empezaban en la cabeza: en sus cabellos, que se resistían obstinadamente a todo peinado que no fuera una cabellera suelta y rizada. Según Cyprian —quien debía de saberlo— con el resto de su persona ocurría prácticamente lo mismo en relación con el aplomo. Agnes se había encontrado a sí misma hacía mucho tiempo y buscara lo que buscase, su propio centro no formaba parte de dicha búsqueda: ya se encontraba en él. Aparte de eso, pertenecía a ese tipo de criatura femenina que impulsaba a las otras mujeres a dar un codazo a sus acompañantes porque estos le lanzaban miradas demasiado conspicuas, unas miradas que Agnes únicamente percibía a medias porque en su corazón solo había lugar para uno: Cyprian, el hombre que permanecía a su lado desde hacía veinte años. Y es que pese a que cualquiera le habría echado unos treinta años, en realidad acababa de cumplir cuarenta.

Agnes se apoyó contra la jamba de la puerta y aguzó el oído.

—Madre... —susurró Alexandra.

La hija de Agnes estaba sentada en la cama retorciéndose las manos, con los ojos muy abiertos y brillantes en medio de la oscuridad. La mujer embarazada tendida bajo las mantas soltó un gemido de temor. Agnes se maldijo por haber ido a ver a la embarazada pese al peligro, y aún más por haberse llevado a Alexandra con ella. Había considerado que a la quinceañera le haría bien abandonar el mundo protegido de su hogar y acompañarla durante esa visita. Era la manera de Agnes de ofrecer limosna a los necesitados: con voluntad enérgica de prestar ayuda, con un plato caliente y un consuelo práctico para la muchacha que, apenas mayor que Alexandra, ya se enfrentaba a morir en el parto o a una vida vergonzosa como madre de un hijo ilegítimo. Pero en ese momento existía el peligro de que la experiencia vital de su hija se viera ampliada de manera atroz y que los toscos lansquenetes de Passau la violaran y asesinaran. Agnes apretó los dientes para retener un gemido de terror, al igual que la embarazada.

Y de nuevo tuvo que ser más lista que todos los demás; claro que alguien menos impulsivo que ella primero habría reflexionado y habría hecho caso de las aterradas advertencias con respecto al ejército de lansquenetes. Pero el parto había de producirse al cabo de una o dos semanas y la muchachita, una pariente lejana de su cocinera, necesitaba su consuelo. Debido a su propia historia, Agnes respetaba a esa futura joven madre que había optado por tener el niño aunque se encontrara frente al abismo y aunque hubiera sido más sencillo recurrir a una abortera. Así que Agnes consideró que era su deber dirigirse cada dos días a Malá Strana, una caminata de apenas media hora desde el mundo acaudalado y resplandeciente asentado en torno a la Fuente de Oro hasta la lúgubre pobreza de los jornaleros y los muertos de hambre. Llevaba comida, bebidas, ropas en desuso; ayudaba a la embarazada a asearse, charlaba con ella, comentaba posibles nombres para el niño; lloraba y reía con ella y, sin embargo, siempre tenía la sensación de no hacer lo bastante para pagar su propia supuesta culpa frente al destino, que en su caso había sido tan benévolo...

En ese punto de sus pensamientos se maldijo por tercera vez por haber involucrado a Alexandra, su primogénita, la hija que se asemejaba tanto a ella en todo y que siempre, por más que adorara a sus hijos menores, siempre ocuparía un lugar especial en su corazón...

... Y al mismo tiempo se preguntó, presa de un temor helado, si no había llegado el momento en el que se viera obligada a pagar por veinte años de felicidad.

—Madre... —volvió a susurrar Alexandra.

—¡Chitón!

—Madre, la casa tiene una salida a la callejuela trasera. Si la cogemos entre las dos, tal vez podamos llevarla fuera y conducirla a un lugar seguro sin que nos descubran.

Agnes negó con la cabeza. Sintió una oleada de afecto por su hija, porque esta no había sugerido escabullirse sino salvar a la futura madre. Pero tras cinco embarazos, dos de los cuales habían acabado en un aborto espontáneo, Agnes era una experta y sabía que la joven no debía moverse. O bien le harían daño a ella y al bebé, o bien provocarían un parto prematuro, en medio de la callejuela, en invierno, mientras por todas partes merodeaban los lansquenetes en busca de nuevas víctimas con quienes ensañarse.

Agnes se llevó un dedo a los labios. Fuera resonaron las carcajadas de varios hombres tan borrachos que hubieran reído, aunque alguien hubiese defenestrado a su propia abuela. Agnes sintió náuseas. Apenas unos días antes hubiese estado dispuesta a creer que esos hombres —siempre que estuvieran sobrios— eran individuos medianamente civilizados y decentes, dispuestos a acompañar a una mujer hasta su casa en vez de hacer cola riendo para violarla en medio de la calle y después matarla. Pero no tardó en tener noticias de los actos de los lansquenetes: que habían quemado vivos a padres de familia que trataron de proteger a sus seres queridos; que habían ensartado a niños pequeños con sus picas y los habían arrojado al aire aún pataleando, aún con vida, aún chillando; que habían colgado cabeza abajo de una puerta a embarazadas a quienes les habían arrancado el hijo de las entrañas. El archiduque y príncipe obispo Leopoldo I había enrolado a los lansquenetes de Passau por orden del emperador Rodolfo, pero después fue postergando el asunto y los había dejado en la estacada. Esos hombres enfermos que vegetaban en sus tiendas medio muertos de hambre finalmente se habían levantado en armas y se habían abierto paso hasta Praga dedicados al saqueo; según ellos, para proteger al emperador. Las tropas protestantes de Praga habían impedido que cruzaran el río Moldava, pero de momento habían dejado Malá Strana en sus manos.

Agnes oyó el tintineo de vajillas y cristales que surgía de la callejuela y el sonido de los puñetazos con los que el grupo de soldados obligaba a algunos de los vecinos a correr de un lado a otro. Sabía que esa brutalidad no era nada e intuyó que los lansquenetes disfrutaban contemplando los dientes y las narices rotas. En unos minutos se producirían las primeras muertes, acompañadas por los gritos de las mujeres y las niñas que arrastraban fuera de sus casas. Tragó saliva y se preguntó qué podía hacer.

Entonces oyó que el cabecilla de los lansquenetes gritaba:

—¡Eh, palurdos! ¿Dónde están vuestras mujerzuelas? ¡Traedlas!

Un escalofrío le recorrió la espalda. Ninguno de aquellos martirizados de allí fuera entraría en la casa, pero eso solo significaba que los soldados la registrarían. Intercambió una mirada con la embarazada y sintió una punzada de angustia al ver el terror en sus ojos. La mirada de Alexandra expresaba el mismo terror, pero menos descontrolado; aún no estaba a punto de entrar en pánico. De pronto comprendió cuál era su única oportunidad.

La adolescente la contempló con los ojos muy abiertos, como si adivinara la intención de su madre, y abrió la boca. Agnes inclinó la cabeza, se tragó las lágrimas y se deslizó fuera de la habitación.

—Ahí viene una por propia voluntad —chilló uno de los lansquenetes sorprendido, tras callar un momento—. ¡Lo necesita, muchachos!

Agnes los contempló con expresión sosegada. No había contado con poder intimidarlos con la mirada y el corazón le palpitaba con tanta violencia que apenas podía respirar. Los hombres tendidos en el suelo, semiinconscientes tras la paliza recibida, le dirigieron una mirada de resignación.

—¡Una preciosa pollita! ¿Hay más como tú ahí dentro, preciosa?

Agnes asintió.

—Entonces tráelas, o iremos a por ellas.

Agnes pensó en Cyprian, su marido, y deseó poder decirle lo que pasaba, y al mismo tiempo se sintió agradecida porque veinte años atrás él le había explicado cómo podría escapar de una situación como la que se encontraba.

—Id a buscarlas vosotros mismos —dijo—, pero daos prisa si queréis encontrarlas aún calientes.

—¿Eh?

Agnes se tambaleó; no le costó el menor esfuerzo: los músculos apenas le respondían.

—Mi madre y mi abuela —dijo, fingiendo que le costaba hablar—. Se las ha llevado la peste, haced lo que queráis con ellas, ya no sentirán nada.

Los soldados se quedaron boquiabiertos e intercambiaron miradas.

—¿Han estirado la pata?

—Si os divierte violar a dos muertas —dijo Agnes, haciendo hincapié en lo que consideraba su triunfo—, entonces adelante. ¿Qué más da si revientan un par de pústulas mientras las violáis? —añadió, tambaleándose de nuevo ...

... y entonces, absolutamente horrorizada, oyó que los hombres estallaban en carcajadas.

—¿Por qué habríamos de follarnos a las muertas si te tenemos a ti, preciosa?

—No te importará, ¿verdad? Puesto que estás apestada.

—¡Déjanos disfrutar antes de que la espiches!

—Os contagiaréis... —soltó Agnes.

—¿Y qué? De todos modos somos carne de horca, simple carroña.

Tres de ellos ya se acercaban a Agnes, el primero con la mano dentro del pantalón; Agnes vio que movía el puño y retrocedió. Las sonrisas se intensificaron y de pronto comprendió que hasta entonces, en realidad, no había dado crédito a todas esas historias sobre hombres quemados vivos y embarazadas abiertas en canal... y fue consciente de que había cometido un error. ¡Tal vez hubiese existido una posibilidad de escapar! En cambio se había entregado a los hombres y encima había llamado su atención sobre las dos mujeres que permanecían en el interior de la casa.

Cuando comprendió lo que acabaría ocurriendo inevitablemente un espanto indecible se apoderó de ella. Retrocedió otro paso y notó la puerta a sus espaldas; así que allí libraría la última batalla, en el umbral de una casa medio en ruinas... pues no cabía duda de que defendería la entrada hasta su último aliento. Atenazada por el temor de lo que le harían, rogó que Alexandra permaneciera en silencio y que no... «¡Señor, no dejes que esos miserables la...!»

El lansquenete que agitaba la mano dentro del pantalón tironeó de la cuerda que lo sujetaba con la otra mano y esbozó una sonrisa depravada.

—¡Prefiero que la peste acabe conmigo tendido sobre ti que colgado de una soga!

—Te comprendo, amiguito —dijo otra voz.

Los lansquenetes se volvieron y fue como si Agnes lo viera a través de los ojos de ellos: un hombre solitario de pie en medio de la callejuela. Era muy fornido, sus anchos hombros y su amplio torso hacían que pareciera más bajo de lo que era. En un mundo en el que los hombres pudientes solían tener las mejillas enrojecidas por el vino y unas grandes panzas hinchadas por la cerveza, el recién llegado descollaba por su figura atlética. Pese a ello, cualquiera podría haberlo subestimado de no fijarse en sus ojos, pues quienes entablaban un duelo de miradas con él se enfrentaban a una serenidad casi mortífera. Y es que, en efecto, sus oponentes no tardaban en comprender que el dueño de esos ojos siempre guardaba un as en la manga en cuanto las cosas se ponían feas, sin olvidar el hecho de que, en cualquier enfrentamiento, quien tenía una buena razón para luchar siempre llevaba las de ganar. Quien tuviera dos dedos de frente se daba cuenta de que ese hombre siempre estaba dispuesto a luchar por sus seres queridos.

—¿Quién es ese pedazo de mierda?

El corazón de Agnes pegó un brinco: el hombre era Cyprian.

—Tal como están las cosas, hay dos opciones —dijo Cyprian—. Si optáis por la primera, podréis retiraros ilesos: solo habréis de dejar vuestras armas y pagar una indemnización a esos señores que están tendidos en el suelo.

—¿Y si elegimos la segunda, listillo?

—Entonces desearéis haber sido más prudentes —respondió Cyprian, e indicó las ventanas de una casa situada un poco más allá. Los lansquenetes dirigieron la mirada hacia allí.

Presa del horror, Agnes vio que la sonrisa de Cyprian de pronto se borraba; nada se movió en la casa que había señalado.

—No han llegado los refuerzos, ¿verdad? —comentó uno de los lansquenetes, al tiempo que soltaba una risita y alzaba su mosquete.

Las miradas de Cyprian y Agnes se cruzaron y el corazón de ella dejó de latir.

El soldado disparó y la mujer vio que la bala golpeaba el pecho de Cyprian y él caía hacia atrás.

Agnes soltó un alarido y se abalanzó hacia Cyprian, olvidando el umbral que pensaba defender hasta el final.

Su propio grito la despertó y permaneció tendida en la oscuridad, jadeando.

No había sucedido así. En realidad, el cañón de un mosquete se había asomado a cada una de las ventanas de la casa, armas suficientes como para disparar tres veces a los lansquenetes. Y ante una de las ventanas había estado su hermano Andrej, el mejor amigo de Cyprian, sosteniendo un pañuelo en la mano alzada; todos sabían que en cuanto lo dejara caer los mosquetes entrarían en acción y los proyectiles despedazarían a los lansquenetes. Andrej le había guiñado un ojo. Los soldados se habían rendido.

Agnes tanteó a un lado de la cama buscando a Cyprian, pero no lo encontró. Se incorporó y abandonó el lecho, aún temblando, y se envolvió en un manto. El suelo estaba frío bajo sus pies y la casa a oscuras. De vez en cuando Cyprian bajaba al salón durante la noche, encendía el fuego de la chimenea, se sentaba ante las llamas y las contemplaba, como si después de tantos años todavía no estuviese convencido del todo de ser el amo y señor de la casa. A veces Agnes se despertaba y lo encontraba allí, iba a por una manta para cubrirlos a los dos y después se amaban en el suelo ante el fuego, con medio cuerpo congelado debido al frío reinante en la sala y el otro medio abrasado. Agnes cogió la manta de Cyprian y se deslizó hasta el salón.

Se sorprendió al ver que había velas encendidas. En vez de la gran mesa, un túmulo ocupaba el centro de la habitación, y ante él había una figura acurrucada. Encima del túmulo, tendido en su postrer lecho, descansaba el cuerpo frío y rígido de Cyprian como un deformado muñeco de cera.

El sueño había sido la realidad.

Agnes presionó los puños contra la boca y soltó un alarido.

Se incorporó bruscamente; aún oía el eco de su grito resonando en la habitación.

—¡Dios mío! —protestó Cyprian con voz adormilada—. Al final esto acabará conmigo.

Agnes se volvió y clavó la vista en la penumbra; fuera empezaba a clarear. Cyprian se asomó por encima de las mantas, medio divertido, medio dormido. Ella notó que los sollozos se abrían paso en su garganta antes de que un llanto incontrolado se adueñara de sí misma. Rodeó a Cyprian con los brazos y él la atrajo hacia sí; la mujer percibió la tibieza de su cuerpo, la frialdad del suyo propio, la fuerza de los brazos de él y su propio temblor.

—Vi que te disparaban... —tartamudeó y los dientes le castañeteaban—. ¡Y después te vi tendido en la sala, muerto!

—¿Otra vez ese sueño? —dijo Cyprian, meciéndola dulcemente—. Tienes unas pesadillas muy tozudas, querida; todo eso ocurrió hace más de un año y a ninguno de nosotros nos pasó nada, ni siquiera a los malditos lansquenetes. No deberías pensarlo ni en sueños: Andrej jamás habría permitido que yo saliera a buscarte solo.

Ella se aferró a Cyprian agitada por los sollozos. Él siguió meciéndola.

—No te preocupes por mí —dijo con voz suave—. Siempre regresaré a tu lado..

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6

Filippo irguió la espalda cuando el coronel Segesser entró por la puerta. Contempló al guardia suizo en silencio y con aire pensativo. En el pasado Filippo había considerado que el hecho de tardar un momento en concentrarse antes de poder entablar una conversación con un extraño era una debilidad personal. La disciplina que su padre le había inculcado era tan sencilla como aplicable a cualquier circunstancia: «no abras la boca bajo ninguna circunstancia y si te hacen una pregunta deja que respondamos yo o tu hermano Scipione».

Al ser el cuñado del poderoso cardenal Camillo Borghese, el padre Caffarelli siempre procuró que el hermano de su mujer no se viera comprometido a causa de cualquier indiscreción imprudente. En el hogar de los Caffarelli el cardenal Borghese había planeado fríamente su ascenso al papado rodeado del círculo de sus íntimos... y también de los miembros de su familia que sacarían provecho de ello en el futuro. Todos los cardenales lo hacían de un modo u otro, desde luego, pero si ello salía a la luz afectaría a sus posibilidades de ser elegido. En todo caso, Scipione pudo manifestar algunas cosas, pues a los trece años había sido lo bastante inteligente como para saber qué resultaba conveniente para su propia carrera en la Iglesia.

Filippo solo se dio cuenta más adelante de que eso que él consideraba una maldición a menudo le resultaba útil. Su imposibilidad de pronunciar palabra, oculta tras un rostro inexpresivo, quebrantaba la confianza de sus interlocutores y suponía una excelente fachada para ocultar sus propias dudas. Se preguntó si Vittoria no habría jugado con la idea del raticida con respecto a su propia persona si en ese momento hubiese podido ser testigo de lo que hacía. Filippo sabía que lo que planeaba no era mejor que los negocios cotidianos del cardenal Scipione.

Observó que el párpado inferior izquierdo del guardia empezaba a agitarse.

—Se trata de vuestro padre —dijo por fin.

—Mi padre ha servido a la Santa Sede con lealtad y honradez —gruñó el coronel Segesser. La confianza de los guardias suizos en su infalibilidad era envidiable. Filippo tuvo que reconocer que también obedecía a una base sólida.

—Habladme de la muerte de Giovanni Castagna —exigió Filippo y, cuando el coronel Segesser no abrió la boca, añadió—: el papa Urbano VII.

El coronel se puso aún más firme; Filippo reflexionó. Los soldados instruidos como el coronel Segesser eran interlocutores más difíciles que la mayoría; sabían callar mejor que nadie porque dominaban su lenguaje corporal. Permanecer firmes y mudos podía significar cualquier cosa, desde el asentimiento hasta un insulto considerable sin que fuese necesario formular lo uno o lo otro verbalmente.

—El papa Urbano salió del archivo secreto y se desplomó muerto en los brazos de vuestro padre —dijo Filippo—. Eso es lo que pone en el informe que vuestro padre entregó al respecto.

—No lo recuerdo, reverendísimo.

—He encontrado el informe; debe de haber sido mal archivado por error. En aquel entonces vos erais el comandante de vuestro padre y también firmasteis el documento.

—Por supuesto —asintió el coronel Segesser.

Había que reconocer que su voz no delataba nada. Filippo, que sudaba en secreto, reflexionó sobre sus siguientes pasos como un hombre que camina descalzo sobre astillas de cristal.

—Para todos los guardias suizos debe de ser terrible cuando el Santo Padre muere.

—Por supuesto.

—Y todavía peor debe de ser para el comandante de la guardia cuando el Santo Padre muere directamente en sus brazos.

—Por supuesto.

—En circunstancias bastante extrañas...

Filippo no lo había creído posible, pero el coronel se puso aún más firme. Su párpado se agitaba aún más y casi sintió compasión por él, pero alguien que había pasado por la escuela del futuro cardenal Caffarelli cuando este aún era Scipione, la esperanza de la familia, sabía que la compasión no conducía hasta la meta.

—Quiero verla, coronel Segesser —exigió.

—No sé de qué me habla, reverendísimo.

—El papa Gregorio, el sucesor de Urbano, prescindió de vuestro padre. Si estoy correctamente informado, fue vuestro padre quien solicitó la baja. Claro que uno puede suponer que vuestro padre sencillamente estaba demasiado consternado como para seguir ocupando su puesto. Sería una de las varias explicaciones posibles.

El coronel Segesser no contestó.

—Facilitadnos el asunto a ambos, coronel Segesser. Antes de que vuestro padre abandonara la guardia suiza investigó qué estaba buscando el papa Urbano en el archivo. Es evidente que uno podría deducir que vuestro padre, debido a su minuciosidad, quería averiguar si el archivo contenía algo que pudiera haber causado la muerte del Papa.

—Por supuesto.

—Sin embargo, no se trata de a cuál explicación doy crédito —siguió diciendo Filippo—. En última instancia, se trata de lo que crea la Santa Inquisición en caso de que decida volver a investigar la muerte del papa Urbano. O si se le ocurriera la idea de establecer un vínculo entre el lamentable hecho que tras el fallecimiento de Urbano dos otros pontífices no tardaron en morir.

—Las investigaciones están concluidas —dijo el coronel.

—Las investigaciones se cerraron sin que el tribunal descubriera que vuestro padre anduvo husmeando en el archivo.

—¡Mi padre no husmeó!

Filippo contempló al guardia sin pronunciar palabra. El coronel intentó ocultar el odio que asomaba a su mirada, pero fue en vano. Su rostro permanecía inexpresivo, pero una llama ardía en sus ojos.

—¿Alguna vez buscasteis un tesoro cuando erais niño, coronel Segesser?

El coronel parpadeó.

—Resulta increíble lo mal ocultos que están ciertos tesoros. Los indicios son visibles para cualquiera, solo hay que seguir la pista. En el caso de ciertos tesoros sería mejor que estuvieran en la calle, ante la mirada de todos, porque así resultarían bastante más difíciles de encontrar: la gente se limitaría a pasarlos por alto.

«Búsqueda del tesoro», pensó Filippo. Recordaba el juego que Scipione había compartido con él cuando se tomaba un descanso de sus estudios; Scipione, el clérigo de dieciséis años y cabeza tonsurada que contemplaba a todo el mundo con desdén. En aquel entonces Filippo tenía seis años.

«¿Sabes qué es la fe, Filippino?» «No, Scipione.» «Tú mismo has de encontrar el camino a la fe, Filip

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