1.ª edición: octubre, 2015
© 2015 by María C. García
© Ediciones B, S. A., 2015
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-201-1
Maquetación ebook: Caurina.com
Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
A Óscar,
por iluminarme siempre con el ángel de su mirada
incluso en los momentos de más absoluta oscuridad.
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Prólogo
Sobre aquella silla, en una solitaria cabaña abandonada, se empeñaba en planear su siguiente movimiento. Se encontraba en una casa destartalada sin apenas mobiliario. Intentaba reflexionar sobre lo que debía hacer, pero una voz dentro de su cabeza le impedía hacerlo con libertad. Aquella voz siempre se decantaba por las opciones más inverosímiles, por las más extrañas y peligrosas, y aunque intentaba resistirse a sus órdenes, al final siempre acababa obedeciendo. Se pasó la mano por su pelo dorado y volvió a posarla sobre la mesa. No quería aceptar lo que estaba por venir, pero sabía que era inevitable. Su vida había terminado, así que alguien debía pagar por ello, y, teniendo en cuenta que la culpa de todo era de aquella mujer, no cabía la menor duda de que debía ser ella. Por fin, su mano tomó la pistola que descansaba sobre la mesa y la cargó con las balas que estaban a su lado. El silencio se vio interrumpido por el sonido del arma y, poco después, por su respiración acelerada. No podía creer lo que iba a ocurrir, pero no iba a desistir en su empeño. Aquella estúpida secretaria debió haber hecho caso a sus advertencias, pero ya era demasiado tarde. La decisión estaba tomada, y no se iba a echar atrás. Tenía que hacerlo, iba a hacerlo.
Capítulo 1
Aquella mañana, el sol me despertó cegándome los ojos. Solo eran las siete y media, pero me sentía tan cansada que no creía que fuera a ser capaz de moverme. Estaba agotada de verdad, pero, por desgracia, no había forma de librarme de la entrevista de trabajo que me esperaba unas horas después. No pensaba que fuera a conseguir el empleo, desde luego no me sentía preparada para ello, pero, para mi sorpresa, me habían llamado y habían concertado una cita, algo que no fui capaz de rechazar. Era para un puesto de secretaria en LANDON HOUSE INC., una de las empresas más importantes de Madrid. Después de haber dejado atrás mi maravilloso pueblo sevillano, donde pasé mi infancia y parte de mi adolescencia, venir a estudiar a Madrid me pareció una buena idea porque, aunque sin duda echaría de menos a mi cariñosa madre, quería empezar a vivir por mi cuenta y enfrentarme a la vida sin su protección. Sabía que había llegado el momento. Los primeros años en la universidad fueron duros, pero pronto me fui acostumbrando a todo y no fue tan difícil como yo esperaba. No puedo negar, sin embargo, que conocer a Juanjo ayudó bastante. Fue en mi segundo día de clase. Yo estaba sentada en mi pupitre, intentando escuchar el monólogo de nuestro profesor de ciencias de la información, cuando entró de repente. Todo el mundo desvió la mirada hacia él, quien, lejos de intimidarse, esbozó una pequeña sonrisa y observó con tranquilidad los rostros que lo miraban asombrados. Su sonrisa creció cuando se encontró con mi mirada, y, con paso ligero, se sentó a mi lado, aunque no volvió a hablarme ni a posar sus ojos en mí en todo el tiempo que duró la clase. Cuando al fin el profesor nos dio permiso para irnos, Juanjo se levantó y me observó cauteloso. Sus ojos color caramelo se clavaron en los míos mientras me ponía en pie, se pasó la mano por el pelo oscuro y lacio y me dijo con naturalidad:
—¿Eres nueva aquí? No me suena tu cara...
Mis ojos buscaban un punto en su rostro que se alejase de sus perfectos labios carnosos antes de contestarle, aunque fue complicado. Al fin, conseguí articular:
—Sí, soy nueva.
—Genial. —Me indicó entonces con una sonrisa—. De primer curso, supongo...
—Sí, ¿y tú?
—Yo estoy en segundo... No sabía si coger esta optativa, pero ahora me alegro de haberlo hecho...
Aquel comentario me hizo sonreír. Al no conocer a nadie, me sentía muy sola, y su compañía me pareció agradable. A lo largo del día me fue facilitando información sobre sí mismo sin apenas necesidad de que le preguntara. Yo nunca he sido muy habladora, al menos con gente a quien no conozco, pero él me transmitía algo positivo. Durante los primeros días me explicó que tenía intención de vivir en Madrid toda su vida, porque adoraba la ciudad, quería trabajar en publicidad en cuanto se le presentara la ocasión, por supuesto, al igual que yo, y, por último, me confesó con un gesto serio, al que no estaba acostumbrada, que yo le gustaba. Nos conocíamos desde hacía pocos días, pero no podía negar que sentí cierta atracción por él desde el primer momento, y me encantaba estar a su lado, así que nuestra relación surgió como algo natural. Siempre he sabido que él era el hombre de mi vida y nunca he querido separarme de él desde entonces. Soñábamos con casarnos en cuanto yo terminase la carrera, lo que iba a ocurrir en menos de un año, y siempre había estado segura de que él era mi destino, casi desde el momento en que le vi por primera vez. Aquellos recuerdos habían acudido a mi mente aquella mañana sin ser invitados, pero habían contribuido a calmar mis nervios, al menos en parte. Hasta aquel momento había trabajado en una tienda de ropa, pero, por desgracia, la crisis los obligó a reducir personal, y me habían despedido. Eso me llevó a tener que buscar otro empleo, pues era consciente de que, sin él, no podría seguir pagando el alquiler del piso donde vivía, y aquello sería una catástrofe. Tenía claro que no quería abandonarlo. Había sido mi hogar durante cuatro años, y estaba más que acostumbrada a él, y también a mi compañera Lina. Si no hubiera estado trabajando, su optimismo y apoyo me hubieran venido muy bien aquella mañana en que los nervios estaban empezando a apoderarse de mí. Juanjo había insistido en varias ocasiones en que podríamos irnos a vivir juntos, y yo siempre me había negado. Me gustaba mi independencia y no tenía intención de perderla, al menos por el momento. Todo aquello me había conducido a esa entrevista en la que podría conseguir un buen trabajo mientras acababa la carrera, pero en la que no tenía puesta ninguna esperanza. No tenía apenas preparación como secretaria, ni mucho menos experiencia, y aquella compañía era muy importante. Aun así, cuando salí de la ducha y me puse la ropa que había dejado preparada la noche antes, que se componía de una falda oscura de tubo por debajo de la rodilla, unos sencillos zapatos a juego con poco tacón y una camisa blanca holgada con unos sencillos volantes, me convencí a mí misma de que podía conseguirlo, intentando infundirme el valor que sin duda necesitaba. Aunque no consiguiera el puesto, haría una buena entrevista, y se quedarían impresionados con mi madurez y mi determinación. Estaba decidido.
Cuando iba a salir por la puerta, ya estaba casi convencida de que era suficientemente valiente para afrontar aquello, así que me miré al espejo una última vez, asegurándome de que no llevaba demasiado maquillaje, me atusé el pelo oscuro para que se mantuviera en su sitio, dejándolo caer hasta mi cintura, tan liso como siempre, abrí los ojos color esmeralda con seguridad, y decidí no quejarme por la excesiva palidez de mi piel como solía hacer a menudo. Justo cuando cerraba la puerta de mi edificio, recibí un mensaje de Juanjo deseándome suerte. Sabía que no se olvidaría. Siempre había sabido que era perfecto.
El camino fue corto. La empresa solo estaba a unas pocas paradas del metro, y en menos de veinte minutos me encontraba de pie frente a la puerta de entrada. La imagen que apareció frente a mí imponía. El edificio era todo acristalado, tan alto como alcanzaba la vista, y el interior que se vislumbraba a través del cristal era impresionante, todo en blanco y beige, con varios sillones y mesitas bajas adornadas con discretos centros de flores, pero yo abrí la puerta con decisión y me dirigí a la mesa de recepción intentando aparentar que era lo que hacía cada día. Una mujer con el pelo muy corto y unos ojos amables me recibió con una sonrisa que correspondí sin esfuerzo.
—Hola. Tengo una entrevista de trabajo a las once. Mi nombre es Samantha Esteban.
La mujer observó unos papeles que había en su mesa durante unos segundos que se me hicieron eternos y me volvió a mirar.
—Por supuesto, señorita Esteban. El señor Domínguez la está esperando en la planta diez.
—Gracias.
Mis piernas se encaminaron hacia el ascensor con lentitud. Llamé al botón y esperé con paciencia hasta que las puertas se abrieron y tres hombres con trajes elegantes me recibieron con una gran sonrisa antes de desaparecer, dejándome sola con mis pensamientos en aquel reducido espacio.
Las puertas volvieron a abrirse sin hacer apenas ruido para dar paso a una sala aún más lujosa que la anterior. Los suelos eran de mármol blanco, a juego con las paredes, y había cuatro sillones de cuero marrón a cada lado con una mesa de cristal impoluta en el centro que contaba con diferentes revistas y periódicos. Debía ser la sala de espera. Me senté esforzándome en permanecer erguida y simular que todo aquello no me impresionaba lo más mínimo, cuando escuché como la puerta del despacho que había frente a mí se abría de repente. Un hombre enfundado en el traje gris más bonito e impecable que había visto nunca, con barba de pocos días, pelo negro corto y un gesto que no fui capaz de descifrar, me observaba en silencio. No pude evitar fijarme en que era muy atractivo, aunque aquel pensamiento fuera indeseado y pronto lo forzase a salir de mi mente. La dureza que mostraba su rostro implacable contribuyó a que fuera más fácil olvidar aquel detalle, aunque no afeaba sus perfectos rasgos en absoluto. Esperé un momento a que apareciera en sus labios una sonrisa, algo que me hiciera sentir más relajada ante su caro traje y la poderosa empresa en la que me encontraba, pero aquello no ocurrió. Me miró de arriba abajo y alargó la mano para estrechármela.
—Usted debe ser Samantha, ¿es así? —dijo mirándome fijamente.
—Sí, así es.
—Encantado de conocerla. Soy César Domínguez, el director. Pase, por favor. —Al escuchar aquello, mi mente se bloqueó por completo. ¿El director? ¿Cómo podía recibirme el director de aquella empresa? Debía tratarse de un error, pero no me sentía con fuerzas para señalárselo, así que asentí como pude y lo seguí a su despacho, cerrando la puerta tras de mí—. Tome asiento —me indicó haciendo un gesto con la mano. Obedecí sin dudar y me preparé para afrontar la que estaba segura de que sería la peor entrevista de mi vida.
Capítulo 2
Para mi sorpresa, la entrevista pareció transcurrir con relativa normalidad, aunque era complicado concentrarme en contestar las preguntas que escuchaba mientras intentaba que no me temblara la voz o evitaba dar cualquier muestra de inseguridad. Estaba segura de que aquel hombre se daría cuenta de cualquier mínima muestra de flaqueza por mi parte, parecía experto en ello, y, aunque yo era plenamente consciente de que no iba a conseguir el puesto, y en aquel momento estaba más segura que nunca, me había prometido a mí misma que haría todo lo que estuviera en mi mano para, al menos, darles una buena impresión, compensando mis carencias preparatorias con mi actitud madura y decidida. Creía estar consiguiendo mi objetivo, aunque el esfuerzo invertido era enorme. Pero merecía la pena. Quizás en un futuro, cuando hubiera terminado mi carrera y hecho algunos meses de prácticas como becaria en alguna empresa de los alrededores, tuviera alguna oportunidad de trabajar allí por la buena imagen que les hubiera mostrado en esa entrevista. Aquello era todo a lo que podía aspirar, estaba segura.
Con aquella idea en la cabeza contesté tranquila y calmada a todas las preguntas que se me iban formulando. Las primeras fueron bastante inofensivas: por qué me interesaba la empresa, qué creía que podía aportar yo a su proyecto... Eran las preguntas usuales en casi cualquier entrevista de trabajo, por lo que me fue fácil responder, dado que tenía las respuestas ya pensadas con anterioridad y casi memorizadas. Sin embargo, pronto las preguntas parecieron desviarse del tema central y comenzaron a centrarse en mí como persona. Eso me hizo sentir algo más incómoda, pero intenté que no se me notara, aunque en mi mente se abría paso la idea de que no eran del todo adecuadas. Escuché atónita como el señor Domínguez me preguntaba sobre mi carrera, por qué había elegido esa y no otra, cuánto me quedaba para terminar... Contesté con toda la tranquilidad que mi alma inquieta me permitió en aquel momento, hasta que escuché una que me desconcertó sobremanera.
—¿Tiene usted novio, señorita Esteban?
Por un momento no supe qué contestar, me había dejado sin habla. Me quedé mirando los fríos ojos de mi entrevistador, tan angelicales como distantes, del color azul más bonito que recordaba haber visto en mi vida, dudando sobre cómo responder a aquella pregunta tan inoportuna, cuando divisé como una ligera sonrisa se extendía por sus labios antes de desaparecer por completo. Parecía que estaba disfrutando... con mi incomodidad. Antes de que yo tuviera oportunidad de contestar, el señor Domínguez interrumpió mis pensamientos con su voz de nuevo.
—Entiendo que le pueda parecer una pregunta poco usual, pero estamos obligados a preguntar a nuestros trabajadores si tienen intención de casarse o formar una familia en un futuro inmediato. Es por el bien de la empresa... Cuando contratamos a alguien, queremos saber que va a responder ante nosotros... Pero si no está segura... —Una ligera sonrisa volvió a aparecer en sus labios. Era como si guardara un secreto, como si él supiera algo que yo no sabía, y, al parecer, aquello le hacía gracia. Cada vez me estaba irritando más, pero no podía demostrárselo. Buscaban profesionalidad, y yo iba a dársela. No iba a seguir su juego, le demostraría que estaba muy por encima de eso.
—Claro que estoy segura —lo interrumpí fijando la vista en su mirada con la misma decisión que me había acompañado en la mayor parte de aquella conversación—. Pero, simplemente, no me parece una pregunta adecuada para una entrevista de trabajo, por lo que prefiero no contestarla. Sin embargo, si tiene algún otro interés dentro de los límites profesionales, estaré encantada de contestar, señor Domínguez.
Mi mirada permaneció impasible cuando comprobé que mis palabras le habían afectado, incluso podría decirse que lo habían sorprendido. No se esperaba aquella respuesta, estaba claro. Por un momento, me sentí orgullosa de mí misma, aunque supuse que con mi contestación había acabado con todas mis posibilidades de trabajar algún día en aquella empresa, lo que habría sido un sueño hecho realidad. Sin embargo, me conocía y sabía que el señor Domínguez había traspasado los límites con su última pregunta, y no estaba dispuesta a dejarlo pasar, costara lo que costase. De todos modos, no podía negar que la tristeza se apoderó de mí cuando vi como sus ojos me observaban con recelo, o al menos eso fue lo que me pareció en aquel momento. Era muy difícil descifrar sus gestos. Por supuesto, solo fue durante una décima de segundo, porque pronto volvió a recuperar su compostura y frialdad anterior. Me daba la impresión de que aquello era algo que lo caracterizaba.
—Está en su derecho —afirmó al fin, clavando sus inexpresivos ojos en los míos. Fue entonces cuando me fijé en el precioso color azul verdoso de su iris. Sus ojos no eran solo azules, eran de un color muy vivo pero frío, que casaba perfectamente con su forma de ser rígida y distante. Sin darme cuenta, me encontré a mí misma pensando en lo que echaría de menos poder volver a ver aquellos preciosos ojos, aunque ello conllevara tener que enfrentarme al intimidante hombre que los poseía. Por suerte, no me fue difícil apartar aquel pensamiento antes de que el señor Domínguez continuase hablando—. Bien, pues podemos dar por terminada la entrevista, señorita Esteban. Muchas gracias por su tiempo —dijo con un tono tan calculado como siempre mientras se levantaba y extendía de nuevo el brazo para estrecharme la mano. Entendí perfectamente el mensaje subliminal que contenían aquellas palabras. No había pasado la prueba, fuera la que fuese, pero eso no impidió que me levantase con tranquilidad y le estrechase la mano de nuevo con firmeza, esbozando una ligera sonrisa.
—Ha sido un placer. Gracias por recibirme. —Me señaló con la mano el camino hacia la puerta, y avancé con decisión, desesperada por salir de allí cuanto antes. Sabía que aquella entrevista era un caso perdido desde el principio, pero no imaginaba que saldría tan mal, y mucho menos que sería por un motivo tan extraño como injusto. Una entrevista de trabajo no debería centrarse en la vida personal de nadie. Eso era extralimitarse.
Cuando cogí el pomo de la puerta, escuché la voz del señor Domínguez de nuevo, pero esta vez con un tono algo más cálido que antes, lo que me sorprendió tanto que me obligó a volver la cabeza.
—Recibirá noticias a lo largo de esta tarde. Hasta pronto.
—Adiós, señor Domínguez —contesté algo confundida antes de salir. No entendía a qué se refería. Estaba claro que la entrevista había ido mal. Excesivamente mal. Mientras bajaba en el ascensor reflexionando sobre ello, me di cuenta de que probablemente solo se refería a que me llamarían para confirmar su rechazo. No era lo usual, pero algunas empresas parecían hacerlo, y, aunque no sería la llamada más agradable, se agradecía saber cuál era su respuesta en cualquier caso.
Cuando salí del edificio, me di la vuelta y observé aquella gran torre acristalada por última vez. Sabía desde el principio que no tenía ninguna oportunidad, ni siquiera aunque la entrevista hubiera salido perfecta, pero me apenaba saber que después de aquello no tendría ninguna posibilidad de trabajar allí, supuse que durante el resto de mi vida.
Cuando llegué a casa, Lina aún no había vuelto. Pensé en que tenía que hacer la comida y, por la tarde, me vería obligada a buscar trabajo de nuevo. Me quedé un rato tumbada en la cama, mirando el techo, intentando relajarme, pensando que ya encontraría otro empleo, y, finalmente, me decidí a levantarme. Fui a la cocina y cogí mi libro de recetas. Necesitaba apartar mi mente de aquel mal pensamiento, y concentrarme en la cocina siempre me había ayudado. Elegí la receta de coliflor con bechamel y comencé a reunir los ingredientes. Cuando me disponía a empezar con mi trabajo, escuché como se abría la puerta y una Lina exhausta aparecía ante mí, con su corta melena pelirroja recogida en una desordenada coleta, sentándose en una silla de la cocina.
—Dios, necesito echarme una siesta...
—Ya veo... —bromeé.
—Menos mal que estás haciendo la comida... Hoy el restaurante estaba a tope... No veía la hora de salir de allí... —Me observó un momento mientras yo continuaba con mi tarea—. Bueno... ¿Qué tal la entrevista?
—Fatal... No tenía posibilidades, ya te lo dije... —expliqué intentando quitarle importancia—. Además, el tío que me ha entrevistado era un capullo...
—Mal asunto, ¿eh? —dijo, haciéndose cargo de la situación como siempre.
—Quizá necesite trabajo en el restaurante después de todo...
—¿En serio? —preguntó, levantándose con un gesto de alegría en los ojos mientras me agarraba los brazos sin preocuparse por si la manchaba.
—Sí, no estoy segura de poder conseguir trabajo a tiempo... No tengo muchos ahorros... Aunque no sé si lo de ser camarera es lo mío... No tengo experiencia y...
—Da igual, puedes aprender. Yo lo hice... Y sería genial... Estaríamos allí juntas... —comentó con una sonrisa radiante en el rostro—. Aunque siento que la entrevista saliera tan mal —matizó un poco más seria—. Sé cuánto te gustaba esa empresa.
—No importa... Ya lo he aceptado... Ahora tenemos que hacer la comida.
—Sí, tengo muchísimo hambre... ¿Te ayudo?
Asentí, y nos concentramos de nuevo en la cocina. No pasó mucho tiempo antes de que Lina se aburriese de ayudarme y comenzara a tirarme trocitos de coliflor cruda, lo que dio paso a una especie de guerra de la coliflor entre las dos. Cuando al fin dimos el conflicto por finalizado, nos sentamos a comer, y para cuando terminamos y Lina se fue a dormir un rato para recuperarse, mi ánimo había mejorado de forma notable.
Capítulo 3
Después de haber retirado la mesa, limpiado toda la cocina, que era un caos después de haber hecho la comida y jugar al nuevo entretenimiento que nos habíamos inventado Lina y yo y que se basaba principalmente en dispararnos coliflores hasta la muerte, me decidí al fin a sentarme a ver un rato la tele. Estaba agotada, tanto física como mentalmente, así que decidí saltarme las clases aquella tarde. Sin embargo, sabía que no iba a ser capaz de dormir, por lo que me concentré en encontrar algo en la televisión para distraerme hasta q
