Título original: Dear God, Have You Ever Gone Hungry?
Traducción: Antonio Luis Golmar Gallego
1.ª edición: mayo, 2016
© 2016 by Joseph Bau
© Ediciones B, S. A., 2016
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-262-2
Maquetación ebook: Caurina.com
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Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Dedicatoria
Dedicatoria
Fotografía
Comentario
Prólogo
La casa que fue
Un milagro de Hanuka
El secreto
Persianas negras
Una oda al pan
El patíbulo
Muro de la desesperación
Plaszow
La despedida
Un reencuentro portentoso
Hambre intensa
El mundo guardó silencio
El dispensario
Hamsin, una ola de calor
Monumentos
El juicio en Viena
El anhelo
El pasaporte de Tzilah Bau

En recuerdo de mi amada esposa, Rebecca, fallecida el 28 de abril de 1997. Convivimos cincuenta y tres años, en lo bueno y en lo malo. Sólo gracias a ella he sido capaz de escribir e ilustrar éste y otros libros. Cuando celebramos nuestras bodas de oro, en los periódicos y en la televisión nos describieron como la pareja más romántica de la Tierra. Nos habíamos casado a escondidas en el campo de concentración de Plaszow, pero a aquellas alturas casi todo el mundo lo sabía y nos encomiaba por ello. Celebramos la boda el Día de San Valentín por casualidad, porque en el campo no éramos conscientes de que fuera el día internacional del amor.
Este libro también está dedicado a la memoria de:
Mi madre, Tzilah Bau,
asesinada en Bergen-Belsen en 1945
Mi padre, Abraham Bau,
asesinado en el campo de concentración de Plaszow en 1943
Mi hermano Iziu (Ignacio) Bau,
asesinado en el gueto de Cracovia en 1943
Los seis millones de judíos que perecieron con ellos
Oskar Schindler
—sin quien este libro nunca habría llegado a escribirse—,
fallecido en Frankfurt en 1974

No soy responsable de lo aquí expuesto.
Lo copié todo directamente de la vida.

En pleno verano de 1939 fui con mi madre al mercado para comprar fruta. Tras examinar con detenimiento casi todos los puestos, mamá se paró ante uno del que se encargaba una mujer bastante corpulenta y le preguntó:
—¿Cuánto quiere por estas manzanas?
A pesar de su generosa constitución, la mujer pidió un precio liviano:
—Veinte groszy1 el kilo.
Puesto que era costumbre de los vendedores inflar los precios con el fin de tener margen para el regateo, mamá supuso que debía seguir el ritual.

—¿Y no aceptaría quince por esas sobras? —preguntó.
La gorda se levantó del montón de sacos, alzó sus rollizas manos hacia el cielo nuboso y rogó:
—¡Oh, Dios que estás en los cielos, haz caer una lluvia de fuego sobre esta gentuza! Atemorizados, corrimos a casa con las bolsas de la compra vacías. Unas cuantas semanas más tarde comenzó la guerra y las bombas empezaron a caer sobre Cracovia. Cuando mi madre estaba muerta de miedo, yo le preguntaba con mal disimulada ironía: «Bueno, mamá, ¿merecía la pena causar esta catástrofe por cinco groszy?»

1 Moneda fraccionaria usada en varios países europeos de habla germana y eslavos. (N. del T.)
LA CASA QUE FUE
Una vez hubo una casa,
y cada habitante de esa casa vivía en un mundo particular
en el que los secretos y los recuerdos colgaban de paredes con papel pintado.
Hasta que los forasteros llegaron para destruir ese mundo.
Arrancaron el tejado y, sin anestesia,
echaron abajo los muros, ladrillo a ladrillo.
Las puertas quedaron boquiabiertas de confusión,
cegaron las ventanas mientras dormían,
la electricidad murió en una maraña de cables de cobre,
las paredes se derrumbaron y los techos se hundieron,
las esquinas se desvanecieron y las calles quedaron sembradas
de reliquias que no tenían precio y de almas de maltratadas
y de montones de objetos cargados de recuerdos.
La gente, hurgando entre los escombros en busca de mundos pasados
extendía los brazos con impotencia y pesar:
«¿Dónde están nuestros tesoros?»
Los hombres lloraban y las mujeres, con sus pequeños agarrados a las faldas,
escarbaban en los montones con las uñas para recuperar algún resto precioso.
Las casas cercanas contemplaban con indiferencia
que una de las suyas era barrida del mapa.
Los vecinos escudriñaban los textos de los sabios
en busca de algún sentido a la destrucción del edificio,
con la esperanza de que su sacrificio los mantuviera a salvo.
Y ni un solo hombre trató de intervenir
por temor a arriesgar su privilegio...
Hasta que los forasteros se pusieron manos a la obra en su portal.


Ocurrió en la Cracovia ocupada, unos dos años después del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Los alemanes, después de privar a los judíos del amparo de las leyes, procedieron a la Solución Final de su completa aniquilación. Se impuso el toque de queda entre las nueve de la noche y las seis de la mañana. Se prohibió a los judíos ir en tren y en tranvía y se les ordenó usar un brazalete con la estrella de David azul sobre fondo blanco. Los niños fueron expulsados de las escuelas y cada judío tenía que llevar un Kennkarte, una tarjeta de identidad amarilla expedida por la policía.
Sin embargo, a algunos les negaron la tarjeta, por lo que podían ser deportados de inmediato a bordo de los infames «transportes». Mi hermano Marcel y yo pertenecíamos a este grupo. Gracias a algunos enchufes y una gran suma de dinero, nuestro padre se las arregló para conseguir unas tarjetas falsas expedidas por el Consejo Regional de Olsha, una aldea de las afueras de la ciudad. Los documentos pasarían una inspección superficial, pero si se descubría que eran falsos nos aplicarían el castigo corriente: una bala en la cabeza.
Tras una búsqueda desesperada de refugio en la aldea, nos dejaron, por un precio mensual exorbitante, usar el sofá en casa de un deshollinador cristiano, pero sólo entre las nueve de la noche y las ocho de la mañana. Durante el día nos veíamos forzados a merodear por los callejones y caminos poco frecuentados de Olsha.
Los lugareños nos miraban con una mezcla de miedo y franca hostilidad. Su temor se debía al peligro que corrían sus vidas si los encontraban ayudando a judíos o cooperando con ellos. Por otra parte, la proximidad de una base aérea militar hacía que desconfiasen de todos los forasteros sin excepción. Nadie se molestaba en preguntarnos quiénes éramos ni dónde vivíamos, pero a cada paso que dábamos éramos conscientes de que la gente no nos quitaba el ojo de encima.
Fue un invierno extraño. A veces un viento helado cubría el suelo de aguanieve; otros días se tragaba nuestro desdichado mundo un frío vendaval siberiano que amontonaba nieve y gruesas capas de duro hielo. Envidiábamos a los afortunados que estaban a salvo en sus hogares.
Sin lugar donde cobijarnos hasta la noche, Marcel y yo teníamos que permanecer en la calle. Calados hasta los huesos y tiritando de frío, renqueábamos por la nieve y cojeábamos sobre el brillante hielo hasta que nos parecía que incluso el cerebro se nos congelaba. Para mantener el ánimo, charlábamos sobre los placeres de la vida antes de la guerra. Intentábamos bromear e incluso nos las arreglábamos para reírnos un poco. Sin embargo, la cruda realidad no tardaba en imponerse y convertía nuestras bromas en chistes macabros, demasiado horripilantes.
Por las tardes nos entreteníamos detrás de un quiosco, frente a la última parada del tranvía, aguardando la llegada de nuestro hermano menor, Iziu, de diez años, que nos traía un bote de sopa y un resumen de las últimas noticias. Como no tenía demasiado aspecto de judío no llamaba la atención entre los viajeros. Sin embargo, un control de identidad repentino o la denuncia de algún pasajero suspicaz podría haberle costado la vida fácilmente.
Después de tres meses de aguantar el frío en la calle, un día, Iziu llegó con su habitual tarro de sopa y algunas noticias preocupantes: se ordenaba que todos los judíos se mudaran al gueto. Nuestros padres nos pedían que fuéramos a casa para ayudar a empaquetar lo que quedaba de sus pertenencias.
Transgrediendo las leyes raciales y el toque de queda, esa noche nos quitamos los brazaletes con la estrella de David y montamos en un tranvía. Marcel se sentó en la primera fila, detrás del conductor, y yo elegí la última, cerca de la salida. De esa forma, al menos uno de nosotros podría saltar en caso de una trampa de los nazis. Normalmente el trayecto a la ciudad no duraba más de media hora, pero aquella noche el tiempo parecía haberse detenido, y el tranvía, como si estuviera compinchado con nuestros perseguidores, avanzaba a paso de tortuga. Intenté mirar por la ventana, pero todo lo que pude ver fue el reflejo de otros pasajeros y el interior del vagón.
Tras mi fachada de calma, tenía el corazón en la garganta, y sólo el sonido de las ruedas sobre los raíles era más fuerte que el bombeo de la sangre por mis venas.
¡Cómo anhelábamos ver a mamá, a papá, a Iziu, nuestro piso! En casa nos dieron la bienvenida como a grandes héroes —no con medallas, sino con una avalancha de besos—. Por primera vez en tres meses disfrutamos del lujo de una comida casera y del éxtasis de un baño caliente.
Tras dos años de saqueo y confiscación alemanes, había bien poco que empaquetar. Aun así, preparar nuestra casa, tan llena de recuerdos, para la mudanza, nos llevó la noche entera. Papá se libró de buena parte de la desagradable tarea, puesto que salió antes del amanecer para buscar un medio de transporte. ¡Si hubiese podido al menos encontrar una forma de trasladar al gueto la adorada comodidad de nuestra juventud! Iba a ser una temporada lucrativa para los que poseían algún medio de transporte. Convirtieron la desgracia de los judíos en beneficios, y no hubo ni precio demasiado alt
