Dime que eres tú

Alexia Mars

Fragmento

Creditos

1.ª edición: julio, 2016

© 2016 by Alexia Mars

© Ediciones B, S. A., 2016

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-508-1

Maquetación ebook: Caurina.com

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Dedicatoria

 

 

 

 

 

A mi madre, que me enseñó a creer en lo imposible.

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Prólogo

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Agradecimientos

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PRÓLOGO

Ariadna bajó del coche de alquiler unas calles antes de la casa de la señora Jenkins, en la que se hospedaba. Necesitaba aire fresco. Odiaba la frivolidad que se respiraba en esa ciudad, ella era una mujer de campo, sencilla. Cómo deseaba que todo aquello terminase para regresar a la tranquilidad que se palpaba en su tierra, Montana. Aunque eso significase no volverlo a ver… «¡Basta!», se reprendió mentalmente, obligándose a alejarlo de sus pensamientos.

Cuando llegó a la entrada, una extraña sensación la invadió y un irracional miedo se alojó en su pecho. Se sentía aterrada. Respirando profundamente, giró la cabeza y examinó la calle. Nada. La oscuridad reinaba en cada rincón del callejón levemente iluminado por un débil rayo de luna. Un escalofrío le recorrió la espalda, y torpemente se ajustó el grueso abrigo que la cubría del frío.

«Vamos, Ariadna, no seas tonta, solo es el viento», se reprochó. Sin embargo, la inquietante sensación no desapareció. Alguien la estaba observando, podía sentir sus ojos clavados en la espalda. Eso, o sencillamente se estaba volviendo loca.

Con mano temblorosa rebuscó en su pequeño clutch de pedrería hasta hallar las llaves. Las introdujo en la cerradura con cierta dificultad y rápidamente penetró en la estancia. Soltando el aliento, se apoyó en la gran puerta de madera y sonrió por su estupidez. Tenía demasiada imaginación, seguro que hasta la señora Jenkins podía oír los latidos de su corazón desde el cuarto. Al pensar en ella, se acordó de la llamada telefónica, ¿se habría comunicado con ella? Rezó porque la dueña de la pensión le hubiese cogido el recado, tentada estuvo de correr hacia ella para preguntarle, pero era tarde y no tenía sentido molestarla, podía esperar hasta el día siguiente… Con esa convicción, se encaminó hacia las escaleras para subir a su habitación. Pero, cuando estaba a mitad del camino, se detuvo. Sin saber bien por qué, bajó los escalones y giró a la derecha, hacia el dormitorio de su casera. Sentía una ridícula preocupación, seguramente la buena mujer estaba durmiendo, pero, aun así, necesitaba acercarse. Golpeó la puerta con los nudillos, y esta se abrió con facilidad. «Qué extraño», pensó. Encendió la luz y se sorprendió ante el desorden que reinaba en la habitación. Se aproximó hasta la cama revuelta y entre las sábanas divisó uno de los ostentosos pendientes de plata dorada y amatista de la señora Jenkins. Con el pulso acelerado, se acercó lentamente hasta la puerta de enfrente por la que salía una pálida luz. Respiró hondo y asió el pomo. Al contemplar la estancia, se quedó sin respiración y, sin ser consciente de ello, emitió un grito desgarrador.

El cuerpo ensangrentado y sin vida de la señora Jenkins yacía en el centro de la hermosa tina plateada que databa de 1850. Arriba, en la pared, había un mensaje en el que se leía:

«¡Márchate o serás la siguiente, puta!».

Ariadna se mesó desesperada los cabellos, las lágrimas la cegaban. Pensó en la policía. Sí, debía llamarlos de inmediato. De repente, un ruido la sobresaltó, «Dios mío… ¡Ha vuelto!», sospechó aterrada. Con el corazón encogido de miedo, se giró para enfrentarse a su atacante y al verlo, agrandó los ojos con sorpresa. Era él, Christopher Railey.

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1

Seattle, 1901

Caroline Johnson aguantó la respiración mientras Ruth, una de las doncellas de la casa, le ajustaba el entallado corsé que empujaba su busto hacia arriba y estrechaba su cintura en forma de s. Odiaba esa maldita prenda. Se preguntó si algún día las mujeres lucirían más cómodas. Al pensarlo, soltó una carcajada, imaginándose al bello sexo embutido en pantalones de hombre. Menuda idiotez.

Se dirigió hacia la cama y, con sumo cuidado, se enfundó el vestido de tafetán azul cielo que el modisto parisino Jacques Doucet había diseñado en exclusiva para ella. El ajustado corpiño de escote bajo dejaba muy poco a la imaginación, mientras que la estrecha falda, que acababa en forma de campana a sus pies, se acoplaba a sus caderas resaltando sus exuberantes curvas.

Se sentó en la silla del pequeño escritorio y dejó que Ruth hiciese magia con su lacio pelo, tan poco de moda en aquellos días, pues era sinónimo de carácter caprichoso. La doncella le onduló el cabello y se lo recogió en un alto moño del que desprendió varios mechones.

—¡Dios mío, señora! Parece usted un ángel —exclamó Ruth emocionada cuando su hermosa ama se puso en pie.

Ante la imagen que le devolvía el espejo, supo que Ruth tenía razón, esa noche causaría una gran conmoción. Se pellizcó las mejillas para darse color y salió de la habitación dispuesta a arrojarse a los lobos.

Agazapada entre las sombras, una joven la observaba con el ceño fruncido. «La hermosa y perfecta Caroline», pensó con una punzada de envidia mientras estudiaba sus bellos rasgos y su piel de alabastro. Ocultándose un poco más, la siguió con la mirada mientras descendía con majestuosidad las escaleras que conducían al vestíbulo de la entrada. Advirtió cómo los delicados dedos asían con fuerza la barandilla mientras sonreía coqueta a su pretendiente, Jeff Martin. Abajo, el pobre idiota la aguardaba con ojos bobalicones al tiempo que apreciaba sus formas. Qué patético resultaba ver su admiración cuando estaba claro que Caroline lo usaba como un títere para codearse con la alta sociedad. Jeff era el hijo de un prominente médico y, como tal, tenía las puertas abiertas a los sitios más exclusivos. Hubo un tiempo en el que esas mismas puertas los recibían con alegría, pero eso fue antes de la llegada de los acreedores. El cabeza de familia había caído en las garras del juego y para salvarlo, tuvieron que vender el Pearl Hotel, su principal fuente de ingresos. Y así, los Johnson fueron relegados al olvido. Sin embargo, la vanidosa Caroline no lo aceptó y convirtió a ese perro faldero en su salvación. Siempre conseguía todo cuanto se proponía la muy zorra, incluso tenía al viejo avaro comiendo de su mano. Maldita fuera una y mil veces, ¿por qué tenía que ser siempre el centro de todo?

Entornó los ojos al contemplar cómo Caroline apoyaba su delicada mano en el brazo de su pretendiente mientras le sonreía y se disculpaba por su tardanza. El mentecato la perdonó con una suave sonrisa y se adelantó para abrirle la puerta. En la calle esperaba el carruaje de los Martin; la pareja se acercó hasta el vehículo y se alejaron de su vista.

Con rabia, dirigió sus pasos hacia el cuarto del enfermo y antes de entrar en la recámara, se acercó al cuadro que adornaba el pasillo. Se fijó en la estampa familiar que ofrecían los Johnson, y su boca se estiró en una sonrisa siniestra; primero sería él y luego le tocaría el turno a la princesa. Trazó una línea alrededor de ese rostro de facciones delicadas que tan bien había inmortalizado el pintor y soltó una estruendosa carcajada. «Serás la siguiente, zorra», sentenció.

* * *

Jonathan Railey esperaba impaciente en el vestíbulo a que su socio bajase. «Condenado francés pomposo, llegaremos tarde por su culpa», pensó con enfado mientras miraba de nuevo el reloj. ¿Quién le mandaría a él asociarse con ese gallo de corral presumido? Ni que fuesen a recibir las cálidas caricias de una mujer; era solo una maldita reunión de negocios. Pero ya se lo imaginaba acicalándose como el buen dandi que era. Perdiendo toda paciencia, comenzó a subir los escalones hacia el cuarto de Jean-Pierre y cuando iba por la mitad de las escaleras, su estrafalario amigo hizo su entrada triunfal.

—¡Vaya! Hasta que por fin apareces, lechuguino —dijo Jon al verlo, al tiempo que contemplaba con sorpresa su smoking de chaqueta corta confeccionada en terciopelo color burdeos, con un solo botón y pantalones del mismo tono. Una camisa blanca, pajarita negra y un chaleco borgoña. Sacudiendo la cabeza. pensó en su Tuxedo simple de chaqueta y pantalón negro acompañado de una camisa y corbata blanca—. Pero qué diantres llevas puesto Jean-Pierre. Vamos a una reunión, ¿lo recuerdas? No sé en qué estarías pensando para ponerte... ¡Eso!

—No seas gazmoño, gringo. Estas prendas son la última moda en Francia. Además, que tú seas un aburrido no quiere decir que el resto también lo tengamos que ser. ¿Y por qué estás tan malhumorado? Venga, hombre, deja de fruncir las cejas y date prisa, que a este paso no llegamos —agregó antes de pasar por delante de su furioso amigo y dirigirse a la entrada.

—¿¡Que yo qué!? Sal de mi vista, francés mañoso, antes de que pierda la poca paciencia que me queda —murmuró entre dientes, luchando por controlar su ira—. ¡Cállate, Jean, ni una sola palabra más! —exclamó, cortando en seco la réplica de su amigo.

Suspirando, Jonathan volvió a mirar a su estrambótico socio y sonrió. Lo conoció cuando realizaba el Grand Tour a los 18 años. Sus padres querían que conociese un poco de mundo antes de asumir la responsabilidad de los negocios familiares; él, que por aquel entonces era un joven soñador, aceptó encantado de vivir una aventura como aquella. Cuando estaba en Francia, acudió a un club; allí se sumó a una partida de cartas, apostó una suma considerable y la perdió; abatido, fue a entregar el dinero a su oponente, pero entonces una mano lo frenó y acusó a su contrincante de hacer trampas al «gringo». Su salvador, un tal Jean-Pierre, fue retado a duelo y al día siguiente se batió por él. Con mucha destreza salió victorioso; Jon, que hacía de padrino, se acercó y le agradeció su ayuda. Luego, lo invitó a un trago y le dijo que lo recompensaría muy bien. Jean-Pierre lo miró con suficiencia y se rio de él.

—Vamos, gringo, ¿es que acaso crees que lo he hecho por ti? Ese estúpido tenía una cuenta que saldar conmigo y gracias a tu intervención me he podido resarcir. Y si te preguntas por qué no lo reté antes, bueno mon ami, como sabrás, los duelos están prohibidos desde hace unos años, por eso tenía que lograr que fuese él quien… Pero bueno, ¿y ahora dónde vas? —exclamó enfadado al ver que su compañero se iba del club sin ni siquiera despedirse. Soltó una carcajada y pensó en la sorpresa del americanito cuando se volviesen a ver.

Jon salió hecho una furia del club. «Maldito intrigante», escupió. Tres días más tarde, subía al barco que lo llevaría a su próximo destino y para su horror ese detestable francés era el hijo del capitán. Jean sonrió cuando lo vio y se acercó, el endemoniado incordio decidió sumarse a su Tour y cuando llegó el momento de partir hacia América, le informó que se iba también, ya que nada lo ataba a ningún lugar. Había pasado parte de su niñez con su aristocrática familia materna, hasta que su padre fue a buscarlo. Desde entonces, recorrió medio mundo y según él mismo decía tenía ganas de establecerse en un «condenado sitio». Y así fue como Jon se vio encadenado a ese pomposo durante doce años. Un pesado arrogante con el que sorprendentemente compartía mucho más que con sus verdaderos hermanos, Jack y Jimmy.

Jonathan dejó de lado sus pensamientos y se fijó en la hora. «Joder, no llegarían a tiempo», se preguntó nervioso cómo conseguirían estar a las 21 horas en el Seattle Hotel, ubicado en la céntrica plaza Pioneer, si tan solo quedaba un minuto para la hora acordada. Se mesó el cabello y suspiró angustiado pensando en la oportunidad que perderían si no se reunían con Alexander Pantages, un visionario que quería establecer varios teatros de estilo Vaudeville en la ciudad. Su primer objetivo era construir el próximo año el Teatro Crystal. Jean había sido el responsable de esa reunión, él se enteró de las intenciones del empresario y concertó la cita. Jonathan, a pesar de sus reservas iniciales, pronto comprendió que ese tipo de entretenimiento era el futuro, por lo que sería una gran idea asociarse con ese hombre, aumentando con ello el gran imperio de la familia Railey, quienes supieron aprovecharse de la fiebre del oro de Klondike de 1897 creando el Edificio Pioneer, uno de los centros de negocios más importantes de Seattle, pues unas 48 empresas mineras tenían sus oficinas allí.

Con resignación, Jonathan asumió que la única forma de llegar puntual sería haciendo uso del endemoniado trasto de su hermano Jack, un Lohner-Porche Electromobile. El cabriolet de dos plazas y propulsión eléctrica podría servirles. Solo había un problema, ¿cómo diantres se conducía ese chisme? Él era un hombre de gustos sencillos, prefería su carruaje de siempre. Por Dios, qué sería lo siguiente si ya hasta hablaban del teletrófono, un aparato que permitía que dos personas se comunicasen a través de él, aun cuando había bastante distancia entre ellas. Sacudió la cabeza sonriente imaginando cuál sería el próximo juguete de Jack. Miró a Jean y decidió que sería él quien conduciría el extraño vehículo, se lo debía por tardón.

Subieron al coche eléctrico y con torpeza arrancaron. En pocos minutos alcanzaron gran velocidad y Jonathan cerró los ojos maldiciéndose interiormente por haber dejado que Jean condujese. No tenía ninguna duda, aquella noche sería su fin.

* * *

Caroline miraba distraída por la ventana del carruaje y soñaba con una vida diferente a la que le había tocado. Desde que su padre contrajo deudas de juego, todo había empeorado en su vida, su querido hotel fue embargado por los acreedores y su progenitor cayó gravemente enfermo, «una dolencia cardiaca», solía decirles el médico, aunque ella sospechaba que era más bien la vergüenza por lo que había destruido con sus vicios. Cuando todo se volvió negro, las responsabilidades recayeron sobre sus hombros y tuvo que rebajarse a lo que más detestaba en la vida, un matrimonio de conveniencia. Ella soñaba con encontrar el amor, con ser feliz junto a una persona que la amase y la respetase por lo que era y no por ser una cara bonita. Alguien que valorase su intelecto y la forzase a diatribas verbales, no quien la elogiase por conducirse como una perfecta dama. Detestaba esa pantomima, pero necesitaban el dinero. Su familia dependía de ella y no podía fallarles. Cómo echaba de menos a su madre, ella era una mujer fuerte y luchadora que no se rendía ante nada. Incluso plantó cara a aquellas fiebres que la alejaron de sus seres queridos cinco años atrás, seguramente ella sabría qué hacer en su situación. Suspirando con pesar, miró de reojo a Jeff y sintió un escalofrío; era un hombre apuesto, de rubia cabellera y rasgos angelicales, solo sus ojos del color del mar mostraban su verdadera personalidad, la de un ser frío y vanidoso que la trataba como si fuese una muñequita de porcelana sin cerebro.

Lo conoció en la fiesta que organizaron los Pommels hacía un año y la persiguió sin descanso. Al principio, ella lo rechazaba amablemente insistiendo en que solo lo veía como un amigo, pero cuando se enteró de la situación económica que atravesaba su familia la instó a aceptarlo. Por supuesto, Caroline se negó hasta que él se presentó en su casa con unos pagarés que Graham Johnson debía liquidar. La suma era tan cuantiosa que Caroline rompió a llorar desconsolada, pues ni vendiendo su casa conseguirían pagarla. Él le indicó que había una forma de resarcir la deuda contraída por su padre y evitar los tribunales. «Cásate conmigo, Caroline, y olvidaré estos papeles», ella lo miró con los ojos zafiros llenos de lágrimas y, con una gran pena en el corazón, susurró: «Sí».

Desde entonces, se sentía vacía por dentro y lo único que quería era llorar hasta caer rendida.

Estaba tan sumida en sus pensamientos que no se percató de los movimientos de su acompañante; Jeff se había desplazado de su asiento y se había acercado a ella. De repente, sintió una mano posarse sobre su pierna y avanzar hacia arriba, Caroline se giró sorprendida y se alarmó al ver la proximidad de su prometido. El extraño brillo que traslucían sus ojos la inquietó y sin pensar en las consecuencias, estalló con furia:

—¿Cómo te atreves? No vuelvas a tocarme de esa forma jamás —le gritó llena de ira—. Te lo advierto, Jeff, si lo haces, no respondo de mí. Que seas mi prometido no te da derecho sobre mi persona.

Jeff soltó una carcajada y se abalanzó sobre ella. Le tiró el cabello hacia atrás con una mano y con la otra la cogió de la barbilla con fuerza.

—Te recuerdo, tesoro, que estás muy equivocada, tú me perteneces y puedo hacer contigo lo que se me dé la gana. Es más, podría tomarte aquí mismo y nadie me recriminaría nada; eres mía, Caroline, y yo decido lo que hacer contigo —le espetó mientras sus labios tapaban con fuerza los de la joven ahogando sus desesperados gritos. Tiró con firmeza de su cabello obligándola a echar la cabeza atrás y con la mano derecha le intentó bajar el corsé, rompiéndole parte del escote.

Caroline se sentía atrapada, su furia se había convertido en un miedo atroz, «¡esa serpiente iba a violarla!». Instintivamente, trató de cubrirse cuando le desgarró el vestido, pero él le apartó el brazo y con una mano poderosa le agarró un pecho, apretándoselo con crueldad. Ella le arañó la piel de los brazos e intentó morderle los labios que intentaban acallarla con violentos besos. Con un gruñido, se separó de ella brevemente y se tocó la sangre que emanaba de su boca.

—Estúpida ramera, ¡me has mordido! Pagarás cara tu insolencia —chilló con desdén, levantando el puño y golpeándola—. Vamos, palomita, no te hagas la estrecha conmigo, sé que lo deseas tanto como yo. ¿Sabes? Soy un caballero, por eso no voy a dejar que ruegues, te daré lo que tanto anhelas.

Sintiendo el amargor de la sangre en sus labios, Caroline supo que tenía que reaccionar o sería demasiado tarde para ella. De pronto, una idea cruzó por su mente y sonriendo a su atacante, le acarició el rostro.

—Tienes razón, Jeff, te deseo, siempre lo he hecho. —Tímidamente posó sus labios sobre su boca y se dejó arrastrar por ese repulsivo beso. Permaneció impasible ante sus caricias notando cómo se pegaba a ella para restregarle la hinchazón de sus pantalones.

—Así se hace, querida, buena chica. Jeff te enseñará lo que es tener a un verdadero hombre entre las piernas —le susurró él regocijado; su respiración aparatosa acarició el rostro de la joven—. Después de esta noche me suplicarás que te tome una y otra vez.

—La verdad es que no lo creo, asqueroso asno repugnante —contestó ella cuando lo sintió lo bastante cerca. Alzando la pierna con determinación, lo golpeó duramente en sus partes sensibles. Con un sonido ahogado, Jeff se dobló de dolor; Caroline aprovechó para escapar de sus garras y gritar al cochero que detuviese el vehículo; aferró con fuerza la portezuela y bajó del carruaje. Se giró y observó a esa rata de cloaca emitiendo lastimeros gimoteos en el suelo. Cerró con asco la puerta y como una sonámbula se adentró en la calle Yesler Way. Ajena a todo cuanto la rodeaba pensó en su padre, en su hermana y en las enormes deudas contraídas con la familia Martin. Con lágrimas en los ojos, miró al cielo y pidió perdón a los suyos. Pues ahora sí estaban perdidos.

—¡Dios Santo! ¿Pero es que quieres matarnos, hombre? Se trata de llegar a tiempo, no en un ataúd —replicó Jon cuando observó cómo su amigo giraba violentamente para adentrarse en la calle Yesler Way, situada al sur del Seattle Hotel—. Además, te dije que te desviases hacia James Street, zoquete, que nos venía mejor.

—¡Oh, por el amor de…! —estalló Jean, exasperado ante las continuas chanzas de su socio.

—¡Jean, cuidado! —lo interrumpió Jon con voz alarmada—. Joder, pero qué hace esa loca en mitad de la calle… ¡Frena, maldita sea! —le advirtió desesperado al observar cómo una mujer andaba directamente hacia ellos.

Al verla, Jean tocó el claxon insistentemente, mas la pequeña majadera ni se inmutó. Desesperado, Jon le arrebató el volante intentando girar el coche a la izquierda, pero fue demasiado tarde.

—¡Jon! ¿Estás bien? —preguntó Jean aturdido cuando recuperó la consciencia. Confundido, se agarró la cabeza e intentó despejar la mente de la nebulosa que amenazaba con engullirlo. Al no recibir respuesta, se giró hacia su amigo; asustado, le palpó la cabeza y notó cómo una viscosidad empapaba sus dedos—. ¡Oh no, Jon! Merde, tú no… —gimió angustiado antes de romper a llorar.

—¡Quieres dejar de maullar como un gato desamparado! Vas a hacer que me estalle la cabeza —refunfuñó Jon al tiempo que abría los ojos y se palpaba la sien cubierta de sangre. De repente, ahogó un gemido al sentir el abrazo de oso de su amigo—. Pero ¿qué diantres…? ¡Suéltame, desgraciado!

—Vamos, mon ami, no te pongas así, es que yo… yo… ¡Pensaba que habías muerto! —se disculpó Jean-Pierre sonrojado por su arrebato. De pronto, se acordó de aquello que le había rondado desde que despertó—. ¡Merde, la femme!

Sin articular palabra, ambos hombres se deslizaron del destrozado vehículo y con dificultad se acercaron a la mujer que yacía inerte en el suelo. Suavemente, Jonathan la cogió entre sus brazos y le dio la vuelta despacio. Observó sus prendas de gran calidad y frunció el ceño al percatarse de sus ropas rasgadas. Pensó que sería una mujer de vida fácil, de esas que se codeaban con los hombres más pudientes de la ciudad. Desplazó sus dedos hasta la melena azabache que cubría su rostro y ahogó la respiración al verla.

¡Era la mujer más hermosa que había visto jamás! Facciones delicadas enmarcaban un semblante perfecto. Se fijó en la elegante naricilla, en las cinceladas mejillas y se preguntó de qué color tendría los ojos; como si lo hubiese oído, la joven aleteó las larguísimas pestañas dando paso a unos maravillosos ojos ligeramente rasgados de un azul profundo, casi cerúleo.

Con dificultad, abrió los ojos e intentó retener la difusa imagen del hombre que la tenía sujeta. Le ardía el brazo y la cabeza le iba estallar. Sentía la boca pastosa y pinchazos en el tobillo. Se esforzó por escuchar lo que le decía.

—¿Puedes oírme, muchacha?, ¿estás bien?, ¿cómo te llamas, pequeña?

Quiso levantarse, pero su cuerpo no le respondía. Finalmente, se oyó a sí misma contestándole en un susurro: «Caroline…». Después, la oscuridad la atrapó.

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2

Turah (Missoula, Montana), 1922

Ariadna se acercó abatida a la silla de madera y se desplomó en ella. A su alrededor reinaba el caos, un desastre que ella misma había desatado en un ataque de rabia y frustración; prendas desparramadas por el suelo, vasijas hechas añicos, cojines y cortinajes rasgados, muebles volcados, baúles destrozados, utensilios de aseo esparcidos por el suelo y pisoteados… Un destrozo provocado por la ira que había sentido al percatarse de que ya no estaba. Una certeza que vino a ella como un jarro de agua fría cuando se acercó al tocador para recoger su colgante y sin querer volcó su perfume favorito. Su primera reacción fue la culpabilidad y la necesidad de disculparse con ella por su torpeza, pero al girarse para pedirle perdón, la realidad se impuso y, de pronto, comprendió que se había marchado para siempre. Entonces, todo se volvió negro y dio rienda suelta a su profundo dolor.

Ahora, cansada y débil, miraba fijamente la cama vacía frente a ella. De nuevo rompió a llorar desconsoladamente, preguntándose entre lágrimas el porqué de aquella desgracia.

Lentamente, se alzó y se arrastró hacia el lecho para acurrucarse entre las frías sábanas. Había pasado muchas noches en aquella habitación durante el último mes, sentada al lado de la cama velando a la mujer que yacía en ella. Pero esa noche era diferente; esa noche, ella ya no estaba.

Cerró los ojos aun sabiendo que no encontraría paz entre los sueños y rogó al cielo que todo fuese una pesadilla; que al despertar su vida volviese a ser como antes. Golpeó desolada la almohada con el puño y pensó en su frágil y hermosa madre. «¿Por qué te has ido…?», susurró con pesar.

—Cielos, niña, pero ¿qué ha pasado aquí? —preguntó preocupada Enriqueta Clarens al entrar en la habitación y observar a la demacrada joven que ocupaba el centro de la revuelta yacija. Resoplando y musitando palabras inteligibles para la adormecida muchacha, se acercó a la ventana, la abrió y dio paso a la luz del nuevo día.

—Déjame sola, tía Enri, por favor…

—No, pequeña, aunque te moleste, aquí me quedo, me he ido un día y mira lo que has hecho. No, definitivamente no me muevo de este cuarto. Necesitas ayuda, Ari, y te guste o no, te la voy a dar. Empezaremos por recomponer este desastre, y luego bajarás al estudio a poner en orden todo el papeleo del rancho. Sé que es duro, pero levantarás cabeza. Lo que ha pasado es ciertamente una desgracia, todos queríamos muchísimo a tu madre; para mí era como una hermana, ya lo sabes. Pero, Ariadna, ella se entristecería al verte así. Además, odiaba esas horrendas ropas negras, y mírate ahora con ellas, pareces una pálida sombra de ti misma. Han pasado cinco días, ya está bien, señorita. Es hora de que retomes las riendas, la vida sigue y aunque llevemos el dolor por dentro, se debe avanzar. Es lo que ella desearía.

Ariadna miró con los ojos entristecidos a la gruñona mujer que era como una más de la familia, una especie de tía que ahora quería forzarla a olvidarse de su pena. ¿Es que acaso no le importaba su dolor? Se sentía muerta por dentro, su madre era el centro de todo su universo y ahora la había dejado sola, no tenía familia, no tenía a nadie… Sacudió la cabeza y se dio cuenta de que estaba siendo melodramática, Enri tenía razón, ya era hora de sacar fuerzas y retomar su vida. En ausencia de su madre, las responsabilidades recaían sobre sus hombros y debía dar la talla, comportarse como se esperaba de ella. Observó a la mujer que tenía los ojos plagados de lágrimas de preocupación no derramadas y pensó en ella.

Cuatro años atrás, su madre le había propuesto trasladarse con ellas cuando su marido murió, y aceptó gustosa; desde entonces, las tres formaban un equipo y se encargaban de la pequeña granja que sus padres habían comprado al llegar a Montana, y de la que se ocupó su madre tras el fallecimiento del cabeza de familia. Enriqueta era una buena mujer, de voluminosas formas; con un destacable abdomen signo de su buen gusto por la comida. Eso sí, su carácter rivalizaba con el de cualquier hombre de la zona, si alguien se preguntase cómo tres mujeres podían dirigir una granja y comercializar los beneficios que de ella se extraían solo habría que echarle un vistazo a esta robusta pelirroja y se saldría de dudas.

Ariadna se levantó y se agachó junto a Enri para recoger el desaguisado que había armado la noche anterior. Era una Smith y a partir de ahora se conduciría como tal.

Al aproximarse a una de las prendas desparramadas por el suelo, se percató de que uno de los baúles que había volcado en su estallido se hallaba cerrado con un imponente candado. Se arrimó a los otros, que estaban abiertos, y buscó la llave, pero ahí no había nada. Llena de curiosidad, se paseó por el cuarto intentando imaginar el lugar en el que su madre habría escondido el metal que liberaría ese enigmático arcón de madera. Se fijó en la cómoda y sonrió, «¡claro, madre todo lo guardaba ahí!», expresó con una carcajada, la primera en mucho tiempo.

Se acercó a la cómoda y rebuscó entre los cajones. De repente, tocó algo suave, lo cogió y lo examinó minuciosamente. Era una preciosa cajita de terciopelo azul. La abrió y encontró una llave. Se sintió eufórica, lo había conseguido, ahora encontraría respuestas. Se acercó al baúl e introdujo la llave en la cerradura y se preparó para abrirlo. Un pinchazo de culpabilidad la atravesó al sentir que invadía la intimidad de su madre, pero su curiosidad pudo más y alegando que el baúl podría contener algo relevante para el funcionamiento del rancho, se animó a mirar. Sí, decididamente debía saber qué se ocultaba allí.

—Ariadna, ¿qué pasa?, ¿qué estás rebuscando ahí? Deberías dejar eso, eran las cosas privadas de tu madre. —Esperó, pero la joven permanecía callada, de espaldas a ella—. ¿Niña? —la instó, acercándose a la joven.

Al abrir la tapa del cofre, Ariadna se encontró con un montón de papeles. Entre ellos había un periódico, lo alzó y se fijó en la fecha: «15 de noviembre de 1904». La portada contenía una gran fotografía protagonizada por un hombre muy apuesto vestido elegantemente, Ariadna miró sus ojos y sintió una punzada en el pecho. Moviendo la cabeza, se rio de sí misma, estaba tan alterada que hasta le afectaba la imagen de un extraño. Se fijó en el titular y sintió un estremecimiento. «Muere el empresario Jonathan Railey a manos de su socio». Una inexplicable ansiedad le hizo buscar la página interior donde se desarrollaba la noticia:

«El cuerpo del ilustre Jonathan Railey ha sido hallado totalmente calcinado esta tarde en su mansión familiar. Por el momento, se desconocen las causas de su muerte, aunque según el detective de la Policía de Seattle, Raymond Scott, los primeros indicios apuntan a que el responsable podría ser su socio y amigo, el francés Jean-Pierre de Soussa, que también ha perecido en el incendio.

El sonido de un disparo alertó a los miembros de la casa que intentaron acceder al estudio del joven empresario, quien permanecía encerrado desde hacía una hora con su socio. Los criados avisaron a las autoridades que, al llegar, intentaron junto a los dos hermanos Railey, Jack y Jimmy, sofocar el fuego. Una vez extinguido, entraron a la habitación cerrada, pero ya era tarde, todo estaba consumido por las llamas y dos personas, totalmente irreconocibles, yacían en el abrasado suelo.

El médico forense que ha acudido al lugar de los hechos ha dictaminado que los cuerpos pertenecían a Jonathan Railey y Jean-Pierre de Soussa.

Según fuentes consultadas por este diario, los hombres mantuvieron una feroz disputa esa misma tarde (…)»

Ariadna apartó el diario de su vista y miró sorprendida a Enri. ¿Por qué su madre guardaría ese recorte de prensa? Siguió buceando entre los papeles hasta que de repente dio con una antigua fotografía. En ella aparecía su madre muy joven y hermosa sonriendo a la cámara frente a un gran edificio triangular. A su lado, un hombre guapísimo, muy parecido al que salía en el obituario, le sujetaba el brazo. Se fijó en las prendas de ella y ahogó una exclamación, ¡parecía una gran dama! Desconcertada, giró la imagen y el pecho le dio un vuelco. «A mi amada Caroline, tuyo siempre, Jonathan Railey», ponía, escrito a modo de dedicatoria. ¡Railey!, sí, definitivamente era el mismo tipo al que habían asesinado. ¿Quién era? ¿Qué hacía al lado de su madre? ¿Y por qué diantres había grabado en la imagen una dedicatoria a la tal Caroline? Confusa, rebuscó entre las hojas hasta que su corazón se encogió de miedo. En sus manos tenía otro recorte, en este aparecía su bella madre junto al hombre; en el pie de foto se podía leer: «El prestigioso empresario Jonathan Railey y su esposa Caroline Railey».

Ahogó un sollozo con su puño y sintió los fuertes brazos de Enri rodeándola. ¿¡Caroline!? ¿Pero qué puñetas estaba pasando? El nombre de su madre era Ann Smith. Sin embargo, era idéntica a la mujer de la fotografía.

* * *

—Disculpe, señor, acaban de traer esta carta para usted. ¿Desea que se la deje en alguna parte? —preguntó Thomas Richmon, acercándose a la mesa rectangular plagada de libros y papeles en los que su jefe se hallaba enfrascado.

—Emm... Sí, Thomas, colócala en la repisa de la chimenea. No pongas esa cara, hombre, que no se va a quemar y si así sucediese, pues, bueno, menos obligaciones, amigo.

—Claro, señor, lo que usted diga —repuso malhumorado Thomas presintiendo el desastre que se avecinaba, ya que la chimenea estaba encendida y el espacio de la repisa era tan minúsculo que el sobre se balanceó peligrosamente al depositarlo allí.

Christopher Railey soltó una carcajada al contemplar a su estirado empleado ingeniándoselas para colocar pulcramente la carta en la enmohecida repisa. Sonrió agradecido con su remilgado secretario y pensó en qué habría hecho sin él estos últimos cuatro años, cuando decidió convertir uno de los teatros que su tío Jonathan puso a su nombre en el club más aclamado de todo Seattle. Había sido una ardua tarea, pero ahí estaban. La perla prohibida se había convertido en el establecimiento nocturno más concurrido de los últimos tiempos. Se sentía orgulloso, sobre todo, porque ahora sí tendría una razón para mirarlo a los ojos con la cabeza bien alta. Aún le escocían esas palabras pronunciadas tantos años atrás, recordó cómo se rio de él cuando, lleno de ilusiones, le dijo que algún día sería tan importante como su tío Jonathan y encontraría a una mujer tan bella como su esposa. Todavía sentía esos ojos vidriosos recorriéndolo de arriba abajo, con sumo desprecio, como asegurándole, sin pronunciar palabra, que jamás se parecería a su tío Jonathan. Rememoró esa sonrisa desprovista de sentimiento y esa voz pastosa por el alcohol con la que le gritó: «¿Y quién te va a querer a ti, mocoso?, ¿no te das cuenta de que no le importas a nadie? Vamos, ahora vas a llorar como una nenaza… ¿Sabes por qué nadie te necesita? Porque eres un maldito bastardo, por eso. Me repugnas, te odio desde que naciste; eres fruto del pecado…». Ese día, Cristopher entendió por qué lo rechazaba, era un «maldito bastardo» y no se merecía su amor. Tenía nueve años.

La voz de Richmon lo sacó de sus cavilaciones y lo trajo al presente.

—¿Necesitará algo más, señor?

—Lo cierto es que sí, Thomas, que me hables de tú de una puñetera vez. ¿Cuántas veces te lo he dicho ya? Deja el maldito formalismo hombre; sabes muy bien que no eres un mero empleado, para mí eres mucho más —le contestó Cristopher con el ceño fruncido.

—Ya le he dicho que no es adecuado, pero está bien, si insiste, lo trataré sin tanta pomposidad, como usted dice, siempre y cuando no nos hallemos en presencia de otras personas —dijo Richmon alzando la barbilla en señal de cabezonería; sus ojos, por el contrario, dieron cuenta de la admiración que sentía por ese joven que era como un hijo para él.

—¡Oh, por Dios…! Está bien, tú ganas, estirado —se rindió, y estalló en carcajadas al observar cómo salía de la estancia sumamente ofendido.

Sonriente, pensó en su pintoresco ayudante, tenía el pelo completamente blanco recogido en una pulcra coleta que anudaba con un lazo negro, vestía elegantemente de pies a cabeza con una chaqueta de hombros cuadrados, que se estrechaba en la cintura y caderas de forma cónica, y pantalones estrechos del mismo tono que el resto del traje de franela clásica, un horroroso negro desgastado. Concluyó que sin duda era un ejemplar único. De hecho, le recordaba a los antiguos mayordomos londinenses de la época victoriana. ¿Quién sabe? Igual sus antepasados estuvieron al servicio de grandes lores y de ahí que fuese tan lechuguino; se moría de ganas por preguntárselo…

Bajó la mirada a la pila de papeles y suspiró de tedio. Necesitaba un respiro, joder. Se acordó de la misiva y se encaminó hacia la chimenea, la recogió sin mirarla y se sentó en el pequeño sofá granate de terciopelo situado a la derecha de la entrada del estudio. Se acomodó y ahogó una maldición al ver el remitente; procedía de su queridísima familia, el poderoso clan Railey. «¡Qué mierdas querrán ahora!», estalló malhumorado. Sacó la carta y la leyó.

Querido Christopher,

El sábado celebramos un baile en la mansión Railey con motivo de mi compromiso con Adam Fisher; te escribo estas líneas para invitarte. Sé que juraste no regresar jamás y pese a que entiendo de sobra tus razones, necesito verte. Un día me dijiste que siempre podría acudir a ti cuando estuviese en apuros; pues bien, ese momento ha llegado. He descubierto algo y tengo mucho miedo, Chris. Solo

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