{

Heaven, Texas (Chicago Stars 2)

Susan Elizabeth Phillips

Fragmento

Creditos

Título original: Heaven, Texas

Traducción: María José Losada Rey y Rufina Moreno Ceballos

1.ª edición: julio, 2013

© 2013 by Susan Elizabeth Phillips

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B. 23.212-2013

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-529-1

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Dedicatoria

 

 

 

 

 

Para todas mis viejas amigas de

La Liga de la Leche.

Gracias por ser las primeras

en decirme que os gustaba

lo que escribía.

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Agradecimientos

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

heaven_texas-4.xhtml

Agradecimientos

Me gustaría expresar mi gratitud a las siguientes personas que compartieron su sabiduría conmigo cuando escribí Heaven, Texas: a Mary Lynn Baxter (y también a Len, por dejarme robar unas cuantas líneas), a Katherine Johnson, a Pamela Litton, a John Roscich, a Glenda Sanders y a Ron Struxness. También agradezco la colaboración de la National Collegiate Athletic Association por contestar a mis preguntas. Gracias a mis chicos, Bill, Ty y Zach; siempre estáis ahí cuando os necesito. Un especial agradecimiento a mi editora Carrie Feron y a mi agente Steven Axelrod. Y mi más profunda gratitud a los lectores que comparten mis libros con sus amigos y me escriben unas cartas maravillosas. Para todos vosotros, que Dios os bendiga.

Susan Elizabeth Phillips

www.susanephillips.com

heaven_texas-5.xhtml

1

—¡Un guardaespaldas! ¡No necesito un maldito guardaespaldas!

Las punteras plateadas de las botas de piel de serpiente de Bobby Tom Denton centellearon bajo la luz del sol cuando el ex futbolista cruzó la alfombra con paso airado y plantó las manos sobre el escritorio de su abogado.

Jack Aikens lo miró con una expresión cautelosa.

—Windmill Studios opina lo contrario.

—¿Y qué importa lo que ellos opinen? Todo el mundo sabe que no queda ni una persona cuerda al sur de California. —Bobby Tom se incorporó—. Bueno, puede que algunos rancheros, pero nadie más. —Acomodando su larguirucho cuerpo en una silla de cuero, apoyó las botas sobre el escritorio y cruzó los tobillos.

Jack Aikens observó a su mejor cliente. Ese día, Bobby Tom vestía de manera casi conservadora: unos pantalones de lino blancos, una camisa de seda color lavanda, las botas púrpura de piel de serpiente y un sombrero Stetson gris claro. El ex receptor no iba a ningún sitio sin su sombrero. Algunas de sus novias juraban que no se lo quitaba ni para hacer el amor, aunque a Jack le costaba creerlo. Aun así, Bobby Tom se enorgullecía de ser tejano, si bien su carrera profesional le había obliga-do a pasar la mayor parte de la última década en Chicago.

Con el atractivo de un modelo, una sonrisa arrebatadora y dos anillos de la Super Bowl, Bobby Tom Denton era el niño mimado del fútbol americano profesional. Desde el comienzo de su carrera, había encandilado a la audiencia televisiva con su aire provinciano, aunque sus adversarios en el campo de juego no se habían dejado engañar por esa mirada de niño bueno. Sabían que Bobby Tom era listo, decidido y difícil de pillar. No sólo había sido el receptor más famoso de la National Football League1 sino también el mejor, y cuando una lesión en la rodilla, cinco meses antes de que se disputara la Super Bowl en enero, lo había obligado a retirarse con tan sólo treinta y tres años, Hollywood había querido convertirlo en el próximo héroe de sus películas de acción.

—Bobby Tom, en Windmill tienen derecho a preocuparse. Te pagan una pasta para que ruedes con ellos tu primera película.

—¡Soy jugador de fútbol americano, no una maldita estrella de cine!

—En enero te convertiste en un jugador de fútbol americano retirado —señaló Jack—. Y nadie te obligó a firmar el contrato para rodar esa película.

Bobby Tom se quitó el Stetson, se pasó una mano por el espeso pelo rubio y volvió a ponerse el sombrero.

—Estaba borracho e intentaba darle un nuevo sentido a mi vida. Tú sabes mejor que nadie que es una locura dejarme tomar decisiones tan importantes cuando estoy bebido.

—Hace tiempo que somos amigos y aún no te he visto borracho, así que no me vengas con esa excusa. Además, eres uno de los hombres de negocios más listos que conozco. Sabes de sobra que no necesitas el dinero. Si no hubieras querido firmar ese contrato con Windmill, no lo habrías hecho.

—Sí, bueno, pues he cambiado de opinión.

—Te he visto firmar más contratos de los que puedo recordar y nunca has dado marcha atrás. ¿Te parece sensato empezar ahora?

—No he dicho que vaya a romper el maldito contrato.

Jack toqueteó un par de carpetas y un bote de antiácidos Tums. Eran amigos desde hacía una década, pero sospechaba que no conocía a Bobby Tom mejor que el peluquero que le cortaba el pelo. A pesar de su amabilidad y simpatía, el ex jugador de fútbol americano era una persona muy reservada. Jack no lo culpaba. Todo el mundo quería algo de Bobby Tom, y el futbolista había aprendido a protegerse. En opinión de Jack, no siempre lo conseguía. Todos los ex compañeros, mujeres o vecinos de su ciudad natal con problemas habían llegado a considerar a Bobby Tom una presa fácil.

Jack quitó el tapón del bote de Tums.

—Sólo por curiosidad. ¿Sabes algo de interpretación?

—¡Caramba, no!

—Me lo imaginaba.

—No veo qué importancia puede tener. Todas las películas son iguales... Lo único que hay que hacer es patearle el culo a alguien y desnudar a un par de mujeres. Y eso es algo que llevo haciendo desde los ocho años.

Esa clase de comentarios era tan típica de Bobby Tom Denton que Jack sonrió. A pesar de lo que su cliente dijera, quería creer que Bobby intentaría que la película tuviera éxito. Lo conocía lo suficiente para saber que no iba a cobrar por algo que no tuviera intención de hacer lo mejor posible, ya fuera comprar tierras o invertir en nuevos negocios. Pero, evidentemente, se estaba tomando su tiempo.

Jack se reclinó en la silla.

—Hace un par de horas he hablado con Willow Craig, la productora de Windmill. Parece muy estresada, sobre todo desde que insististe en que todos los exteriores se rodaran en Telarosa.

—Querían rodar en un pueblo pequeño de Texas. Y ya sabes lo mal que van allí las cosas.

—Creía que querías mantenerte alejado de allí durante un tiempo, en especial con toda esa locura del festival para resucitar al pueblo.

Bobby Tom se estremeció.

—No me lo recuerdes.

—Pero el caso es que tienes que ir allí. Windmill ya ha trasladado a todo el equipo pero, como tú aún no has hecho acto de presencia, no pueden empezar a rodar.

—Les dije que iba a ir.

—También les dijiste que ibas a ir a todas esas pruebas de vestuario que programaron hace dos semanas en Los Ángeles.

—No quería parecer un maldito figurín. Caramba, tengo el mejor guardarropa de la National Football League. ¿Para qué necesito pruebas de vestuario?

Jack se rindió. Como siempre, Bobby Tom iba a hacer las cosas a su manera. A pesar de su aparente amabilidad, el tejano era terco como una mula y no le gustaba que lo presionaran.

Bobby Tom bajó las botas del escritorio y se levantó sin prisa. Aunque lo ocultaba perfectamente, Jack sabía cómo le había afectado su retirada forzosa del fútbol americano profesional. Desde que los médicos diagnosticaron que nunca podría volver a jugar, Bobby Tom se había comportado como un hombre al borde del abismo, en vez de actuar como una leyenda viva del deporte con una inmensa fortuna. Jack se preguntó si el contrato para hacer la película no sería para Bobby Tom un simple pasatiempo, mientras intentaba decidir qué haría durante el resto de su vida.

Bobby se paró en la puerta y dirigió a su agente aquella penetrante mirada azul que todos los defensas de la liga habían aprendido a temer.

—Llama ahora mismo a esa gente de Windmill y diles que no envíen ningún guardaespaldas.

Aunque la orden fue dicha con suavidad, Jack no se engañó. Bobby Tom siempre sabía con exactitud lo que quería y, por lo general, lo conseguía.

—Me temo que ya hay alguien en camino. Y es un acompañante, no un guardaespaldas.

—Les dije que iría a Telarosa por mi cuenta, y lo haré. Si aparece ante mi puerta un maldito guardaespaldas creyendo poder darme órdenes, será mejor que sea un hombre tenaz, porque, de lo contrario, volverá con mis iniciales grabadas en el trasero.

Jack miró el sobre amarillo que tenía delante y decidió que ése no era el mejor momento para decirle a Bobby Tom que el «hombre tenaz» que enviaba Windmill Studios respondía al nombre de Gracie Snow. Mientras deslizaba el papel debajo de una carpeta, deseó que la señorita Snow tuviese un buen culo, unas tetas de infarto y los instintos de una piraña. De lo contrario, no tendría nada que hacer contra Bobby Tom Denton.

El peinado de Gracie Snow era un desastre. Mientras la húmeda brisa nocturna de principios de julio le agitaba un mechón del pelo castaño cobrizo delante de los ojos, decidió que debería haberse resistido a confiar en un peluquero llamado Mister Ed. Sin embargo, no era sensato darle tantas vueltas al asunto, así que, en vez de pensar en aquella desastrosa permanente, cerró la puerta del coche de alquiler y caminó por la acera en dirección a la casa de Bobby Tom Denton.

Había media docena de coches aparcados en la curva del camino de entrada y, al acercarse a la estructura de madera y vidrio que asomaba sobre el lago Michigan, oyó la música a todo volumen. Eran las nueve y media. Hubiese querido posponer el encuentro hasta el día siguiente, cuando estuviera más descansada y menos nerviosa, pero no podía permitirse el lujo de perder más tiempo. Tenía que demostrarle a Willow Craig que era capaz de cumplir con eficacia la primera tarea «real» que le encomendaba.

Aquélla era una casa inusual, baja y armónica, con el tejado formando un ángulo agudo. Las puertas principales estaban lacadas y tenían pomos de aluminio con forma de huesos. No es que la casa fuera precisamente de su gusto, pero tenía su interés. Tratando de ignorar los nervios que le atenazaban el estómago, pulsó el timbre con decisión y tiró con fuerza de la chaqueta de su mejor traje azul marino, una prenda sin forma con una falda a juego que no era ni larga ni corta, sino simplemente pasada de moda. Ojalá no se le hubiera arrugado tanto en el vuelo de Los Ángeles al aeropuerto O’Hare de Chicago, pero la ropa nunca había sido lo suyo. Algunas veces pensaba que el sentido de la moda se le había atrofiado al crecer rodeada de tanta gente mayor, ya que siempre parecía quedarse anticuada.

Al llamar al timbre una vez más, creyó oír la reverberación de un gong en el interior, pero la música sonaba tan fuerte que no estaba segura. Un pequeño hormigueo de anticipación la recorrió de pies a cabeza. Aquello parecía una fiesta salvaje.

Aunque Gracie tenía treinta años, nunca había asistido a una de esas fiestas. Se preguntó si habría películas pornográficas y dosis de cocaína circulando entre los invitados. Estaba casi segura de que desaprobaría ambas cosas, pero en realidad nunca había tenido ningún tipo de experiencia al respecto, así que se reservó su opinión. Después de todo, ¿cómo iba a forjarse una nueva vida si no estaba abierta a nuevas experiencias? No es que quisiera probar las drogas, pero en cuanto a las pelis pornos... quizá pudiera echar una miradita.

Pulsó el timbre dos veces seguidas y se retiró otro caprichoso mechón de la cara. Había esperado que la nueva permanente eliminase la necesidad de utilizar aquella trenza, tan anticuada como cómoda, que había lucido durante una década. Había imaginado un peinado suave y ondulado que la hiciera sentir una mujer nueva, pero la permanente de Mister Ed era desesperadamente marcada.

¿Por qué no había recordado a tiempo sus años de adolescencia, cuando todos sus esfuerzos de autosuperación habían resultado un auténtico desastre? Se había pasado meses con el pelo verde por haber calculado mal la cantidad de peróxido de un tinte y, en otra ocasión, se le había puesto la piel en carne viva por una reacción alérgica a una crema contra las pecas. Aún podía oír las carcajadas de sus compañeros de secundaria cuando los algodones con los que había rellenado el sujetador se habían desplazado mientras explicaba una lección en clase. Ese incidente había echado por tierra todas sus esperanzas y, desde entonces, se había prometido a sí misma aceptar las francas palabras que su madre le había repetido desde los seis años:

«Gracie, desciendes de una larga saga de mujeres feas. Acepta que nunca serás una chica guapa y vivirás mucho más feliz.»

Era de estatura mediana, ni lo suficientemente baja como para ser graciosa, ni lo suficientemente alta para ser esbelta. Aunque no carecía de busto, éste era más bien escaso. Sus ojos no eran de un castaño ardiente ni de un azul chispeante, sino de un gris insulso. Tenía la boca demasiado ancha y el mentón demasiado terco. Ni siquiera agradecía lucir una piel clara y una nariz recta y pequeña, pues estaban salpicadas por un montón de pecas. Lo que hacía era concentrarse en los dones que Dios le había dado: una inteligencia brillante, un peculiar sentido del humor y un insaciable interés por la condición humana. Se decía a sí misma que la fuerza de carácter era más importante que cualquier tipo de belleza y, sólo cuando estaba deprimida, deseaba poder cambiar un poco de integridad, una pizca de virtud o parte de sus dotes organizativas por una talla más de sujetador.

Por fin, se abrió la puerta, y sus pensamientos y ella se encontraron cara a cara con uno de los hombres más feos que había visto en su vida: un gorila calvo y gigantesco, de cuello grueso y hombros protuberantes. Gracie lo miró con interés al tiempo que los ojos del hombre descendían rápidamente por el traje azul marino y la impoluta blusa blanca de poliéster hasta llegar a los prácticos zapatos negros.

—¿Sí?

Gracie cuadró los hombros y alzó ligeramente el mentón.

—He venido a ver al señor Denton.

—Pues ya era hora. —Sin previo aviso, la agarró del brazo y tiró de ella hacia el interior—. ¿Has traído música?

Ella se alarmó ante la pregunta, mientras vislumbraba el vestíbulo: suelo de piedra caliza y una enorme escultura de aluminio contra la pared sobre un soporte de granito que sostenía un casco de samurai.

—¿Música?

—Claro, le dije a Stella que se asegurara de que traías tu propia música. No importa. Guardo la cinta que se dejó la última chica que vino.

—¿La cinta?

—Bobby Tom está en el jacuzzi. Los chicos y yo queríamos darle una sorpresa. Espera aquí mientras lo preparo todo. Luego entraremos juntos.

Sin más, desapareció por una puerta corredera de papel de arroz que había a la derecha. Ella lo siguió con la mirada, entre alarmada y curiosa. Era obvio que la había confundido con otra persona. Como ya sabía que Bobby Tom no aceptaba llamadas de Windmill Studios, se preguntó si debería aprovechar el malentendido.

La antigua Gracie Snow habría esperado pacientemente a que el hombre regresara para poder explicarle su misión, pero la nueva Gracie Snow tenía sed de aventuras y siguió el sonido de la estridente música a lo largo del pasillo.

Las habitaciones que cruzó no se parecían a nada que hubiera visto antes. Siempre había estado ávida de nuevas sensaciones, y sólo con ver no le bastaba. Sentía picazón en las manos tras acariciar la aspereza de las esculturas que se asentaban sobre unos pedestales de hierro oxidado y los bloques de granito que sostenían unas tablillas de formas irregulares, que parecían ramas seccionadas de un árbol prehistórico. Quería sentir en la punta de los dedos la textura de las paredes, algunas de ellas lacadas en un gris pálido mientras que otras estaban cubiertas por trozos de cuero gastado de color ceniza. Los asientos bajos, tapizados en loneta con un estampado de imitación a piel de cebra, parecían llamarla por señas, y el aroma a eucalipto que salía de unas urnas antiguas le resultaba incitante.

Mezclado con el eucalipto, captó el olor a cloro. Al rodear una hilera de grandes rocas colocadas artísticamente contra la pared, sus ojos se agrandaron. El pasillo desembocaba en una lujosa gruta cuyas paredes eran enormes cristaleras desde el suelo al techo. Palmas, bambú y alguna que otra planta exótica surgían entre las tumbonas sobre el suelo de mármol negro, haciendo que la gruta pareciera tropical y prehistórica. La piscina asimétrica de baldosas negras parecía un estanque escondido donde los dinosaurios podrían haberse acercado a beber. Incluso las sillas de austero diseño y las mesas hechas de roca concordaban con el ambiente.

El decorado podía parecer prehistórico, pero los invitados eran otra historia. Se trataba de un grupo heterogéneo de unas treinta personas. Todas las mujeres eran jóvenes y bellas, mientras los hombres, tanto blancos como negros, tenían músculos marcados y cuellos gruesos. No sabía nada sobre los jugadores de fútbol americano, sal-vo la mala reputación que les precedía, y al observar los diminutos biquinis de la mayoría de las mujeres, no pudo reprimir una pequeña chispa de esperanza. Quizás estuviera a punto de presenciar algún tipo de orgía. No es que quisiera participar en tal cosa —suponiendo que alguien la invitara—, pero sería interesante verlo.

Una de las mujeres soltó un chillido agudo y atrajo la atención de Gracie hacia el espumoso jacuzzi que había en el centro de unas rocas sobre una plataforma cerca de las ventanas. Cuatro mujeres retozaban entre las burbujas y Gracie sintió envidia y admiración al ver los brillantes pechos bronceados que sobresalían por la parte superior de los biquinis. Luego desvió la mirada más allá de las mujeres, hacia el único hombre que había en la plataforma, y se quedó paralizada.

Lo reconoció de inmediato por las fotos. Él permanecía de pie al lado del jacuzzi, como un sultán contemplando a su harén y, mientras lo miraba, todas sus fantasías sexuales cobraron vida. Ése era Bobby Tom Denton.

«¡Santo Cielo!»

Era la personificación de cada hombre con el que había soñado: de todos los chicos del colegio que la habían ignorado, de todos los jovencitos que nunca habían recordado su nombre, de todos los hombres atractivos que habían elogiado su madurez pero que nunca habían pensado en invitarla a salir... Era una radiante criatura sobrehumana que debía de haber sido puesta sobre la Tierra por algún Dios perverso, para recordar a las mujeres poco atractivas como ella que algunas cosas estaban fuera de su alcance.

Sabía, por las fotos que había visto, que el sombrero tejano cubría un pelo rubio y espeso, y que el ala del sombrero escondía unos ojos azul oscuro. A diferencia de los suyos, los pómulos de aquel hombre parecían cincelados por un escultor renacentista. Tenía la nariz firme y recta, la mandíbula fuerte y una boca que debería llevar una etiqueta de advertencia. Era sumamente masculino y, mientras lo miraba, sintió el mismo deseo penetrante que experimentaba en las cálidas noches de verano, cuando yacía sobre la hierba con los ojos clavados en las estrellas. Él brillaba como una de aquellas estrellas, totalmente inalcanzable.

Llevaba un Stetson negro, unas botas tejanas de piel de serpiente y un albornoz de terciopelo con motivos rojos y verdes en forma de relámpago. Tenía una botella de cerveza en una mano y el humo ascendía en espiral desde el puro que sujetaba con la comisura de la boca. Entre el borde de las botas y el dobladillo del albornoz se revelaban unas pantorrillas fuertes y musculosas; se le secó la boca de repente al preguntarse si estaría desnudo bajo aquella prenda.

—¡Oye...! Te he dicho que me esperaras junto a la puerta.

Dio un respingo cuando el corpulento hombre que la había dejado entrar apareció detrás de ella con un casete en la mano.

—Stella dijo que eras bastante sexy, pero le expliqué que quería una rubia. —La miró dubitativamente—. A Bobby Tom le gustan las rubias. ¿Eres rubia bajo esa peluca?

Gracie se llevó la mano hasta la trenza.

—En realidad...

—Me gusta el disfraz de bibliotecaria que llevas puesto, pero te falta maquillaje. A Bobby Tom le gustan las mujeres maquilladas.

«Y los pechos», pensó ella mirando hacia la plataforma. A Bobby Tom también le gustaban las mujeres con los pechos grandes.

Ella volvió a observar el radiocasete, intentando buscar la manera de aclarar el malentendido. Cuando comenzaba a formular una explicación razonable, el hombre se rascó el pecho.

—¿Te ha dicho Stella que queríamos algo especial? Bobby Tom está deprimido por su retirada forzosa. Incluso habla de dejar Chicago para irse a vivir a Texas todo el año. Los chicos y yo creemos que esto le levantará el ánimo. A Bobby Tom le encantan las strippers.

¡Strippers! Gracie toqueteó sus perlas falsas.

—¡Oh, Dios mío! Debería saber...

—Hubo una stripper con la que pensé que se casaría, pero no pasó su examen de fútbol. —El hombre sacudió la cabeza—. Aún me cuesta creer que el mejor receptor del mundo haya colgado el casco por Hollywood. Maldita rodilla.

Ya que él parecía hablar para sí mismo, Gracie no respondió. Estaba intentando asimilar el increíble hecho de que ese hombre la hubiera confundido, a ella —la última virgen de treinta años del planeta—, con una... ¡stripper!

Era embarazoso.

Aterrador.

¡Excitante!

El hombre volvió a mirarla con aire crítico.

—La última chica que nos envió Stella vino vestida de monja. Bobby Tom casi se muere de risa. Pero estaba mejor maquillada que tú. A él le gustan las mujeres con mucho maquillaje. Puedes prepararte arriba.

Era el mejor momento para poner fin a ese malentendido. Gracie dijo, aclarándose la garganta:

—Por desgracia, señor...

—Bruno. Bruno Metucci. Jugué con los Chicago Stars en la época en la que Bert Somerville era propietario del equipo. Desde luego, nunca fui tan bueno como Bobby Tom.

—Entiendo. Bueno, el caso es que...

Del jacuzzi salió un chillido femenino, distrayéndola. Levantó la vista para descubrir a Bobby Tom mirando con indulgencia a las mujeres que retozaban a sus pies, mientras en la ventana, a sus espaldas, brillaban las distantes luces del lago Michigan. Por un momento, tuvo la impresión de que él flotaba en el espacio, un cowboy cósmico, con Stetson, botas y albornoz. Un hombre que no estaba gobernado por las mismas reglas gravitatorias con las que los ordinarios mortales estaban atados a la tierra. Parecía llevar puestas espuelas invisibles en esas botas, espuelas que giraban a velocidad supersónica, como una rueda de chispas brillantes que reflejaran todas las maravillas que él hacía en su vida.

—Bobby Tom, dijiste que volverías a hacerme las preguntas —dijo una de las mujeres desde las burbujas del jacuzzi.

Lo había dicho en voz alta, y varios de los invitados prorrumpieron en ovaciones. Como si fueran un solo ente, todos se volvieron hacia la plataforma, esperando su respuesta.

Bobby Tom, con el puro en la boca y el botellín de cerveza en una mano, rebuscó en el bolsillo del albornoz y miró a la mujer con preocupación.

—Julie, cariño, ¿estás realmente preparada? Sabes que sólo tienes dos oportunidades, y que la última vez fallaste la pregunta sobre la carrera de Eric Dickerson y su récord de cien yardas.

—Estoy segura. He estudiado muchísimo.

Julie tenía el mismo aspecto que si estuviera posando en bañador para la portada de Sports Illustrated. Cuando salió del agua, el cabello rubio y mojado le caía en pálidas guedejas sobre los hombros. Se sentó en el borde del jacuzzi, mostrando un bañador de tres piezas estampado con diminutos triángulos turquesa y los bordes amarillo brillante. Gracie sabía que muchas de sus amistades desaprobarían semejante prenda pero, como fiel defensora de que cada mujer debía sacar el máximo partido de sus atributos femeninos, pensó que le sentaba como un guante.

Alguien bajó el volumen de la música. Bobby Tom se sentó en una de las grandes rocas y apoyó una de las botas piel de serpiente sobre la rodilla desnuda.

—Ven aquí para que te dé un beso de buena suerte. Y esta vez no me decepciones. He puesto todas mis esperanzas en que acabes siendo la señora de Bobby Tom.

Mientras Julie cumplía sus órdenes, encantada, Gracie contempló inquisitivamente a Bruno.

—¿Les hace un examen de fútbol?

—Por supuesto. Bobby Tom es un apasionado del fútbol. No cree en el divorcio, y sabe que no podrá ser feliz con una mujer que no entienda el juego.

Mientras Gracie intentaba asimilar esa información, Julie besaba a Bobby Tom, que luego le palmeó el trasero mojado enviándola de regreso a su sitio en el borde del jacuzzi. Los invitados se habían arremolinado cerca de la plataforma para observar el espectáculo. Gracie aprovechó que Bruno también miraba el intercambio para subir uno de los escalones que había a sus espaldas y así no perderse nada.

Bobby Tom dejó el puro en un cenicero negro.

—Está bien, cariño. Comencemos con los quarterbacks. Terry Bradshaw, Len Dawson y Bob Griese. ¿Cuál de ellos obtuvo el mejor promedio? Ya ves que intento facilitarte las cosas. No te pido los porcentajes de cada uno, sino que me digas cuál fue el mejor.

Julie se lanzó el pelo mojado y liso sobre el hombro y le dirigió una sonrisa confiada.

—Len Dawson.

—Eso ha estado muy bien.

Las luces del jacuzzi apuntaban hacia el techo, y su cara quedaba oculta por el ala del sombrero. Aunque Gracie estaba demasiado lejos para estar segura, creyó detectar una chispa de diversión en esos ojos azul oscuro. Estudiosa a ultranza de cualquier manifestación de la naturaleza humana, lo observó absorta.

—Ahora veamos si has resuelto las lagunas del último examen. Vayamos a 1985. Dime: ¿quién fue el mejor receptor de la National Football League?

—Bien. Marcus Allen.

—¿Y de la AFC?

—Curt... ¡No! Gerald Riggs.

Bobby Tom se llevó la mano al corazón.

—¡Uf!, por un momento mi corazón ha dejado de latir. De acuerdo... ¿El gol de campo más largo en un partido de la Super Bowl?

—1970. Jan Stenerud. 4.ª Super Bowl.

Él miró a la multitud expectante y sonrió ampliamente.

—¿Soy yo el único que oye campanas de boda?

Gracie sonreía ante su aire chulesco cuando se inclinó hacia delante para murmurar en el oído de Bruno:

—¿No es esto un poco humillante?

—No si ella gana. ¿Tienes idea de lo que vale Bobby Tom?

«Bastante», supuso. Oyó cómo él formulaba dos preguntas más, a las que Julie respondió muy correctamente. Además de bella, la rubia estaba bien documentada, pero Gracie tenía el presentimiento de que no era lo suficientemente lista para ser rival de Bobby Tom Denton.

De nuevo, murmuró al oído de Bruno:

—¿Creen esas jovencitas que él va en serio?

—Por supuesto que va en serio. ¿Por qué crees que un hombre al que le gustan tanto las mujeres no se ha casado?

—Tal vez sea gay —sugirió ella, sólo para hacerle pensar.

Bruno arqueó sus espesas cejas con rapidez y empezó a hablar como si se estuviera ahogando.

—¡Gay! ¿Bobby Tom Denton? Tiene más muescas en su haber que un cazador de la frontera. Jesús, que no te oiga decir eso. Si lo hiciera probablemente..., bueno, no quiero imaginarme lo que haría.

Gracie siempre había creído que ningún hombre heterosexual debería sentirse amenazado por la homosexualidad, pero ya que no era precisamente una experta en el comportamiento masculino, pensó que tal vez estaba equivocada.

Julie contestó una pregunta sobre alguien llamado Walter Payton y otra sobre los Steelers de Pittsburgh. Bobby Tom se levantó de su silla y comenzó a pasear por el borde de la plataforma, como si estuviera reflexionando, cosa que Gracie no se creyó ni por un momento.

—Bien, querida, ahora concéntrate. Ésta es la pregunta que te puede llevar al altar; ya estoy viendo los preciosos bebés que tendremos. No había sentido tanta presión desde mi primera Super Bowl. ¿Estás concentrada?

Las arrugas inundaban la perfecta frente de Julie.

—Concentradísima.

—No me decepciones. —Se llevó la cerveza a los labios, se la bebió de un trago, y dejó la botella en el suelo—. Todo el mundo sabe que entre los postes de la portería tiene que haber cinco metros y dieciséis centímetros de ancho. La altura máxima del larguero...

—¡Tres metros desde el suelo! —gritó Julie.

—Cariño, te respeto demasiado para insultar tu inteligencia con una pre

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos